La Pequeña Hada y el rey malvado

Ilustración: imaginism

Como todos los años, los habitantes de Isla Imaginada —también nuestra Pequeña Hada— esperaban con ilusión la llegada de la primavera. Veían asomar en los árboles hojitas nuevas y eso significaba que los días se alargarían y podrían olvidar el frío del invierno. Saldrían de sus casas a disfrutar de parques, caminos y jardines, harían barbacoas y organizarían meriendas.

Lo que no se imaginaban era que esa primavera iba a ser muy diferente de las otras. A Isla Imaginada estaban llegando novedades alarmantes…

Del exterior llegaban noticias que decían que un rey muy ambicioso y malvado, el rey Coronavirus, al frente de un ejército de soldados igual de malasombras que él, se estaba apoderando de lejanos países y dejaba a su paso una estela de aburrimiento y fastidio.

Como el rey Coronavirus odiaba la fantasía y los cuentos, en los territorios que conquistaba no quería ni oír hablar de historias mágicas ni de relatos encantadores y prohibía terminantemente que nadie, escribiera, leyera o ni siquiera mirara ilustraciones. Mandaba quemar en una hoguera gigante todos los cuentos que sus soldados hallaban en las casas, que eran registradas una por una.

Los vecinos de la Pequeña Hada, al conocer las noticias, quedaron asombrados y preocupados en igual medida y organizaron una reunión urgente en casa de la hadita.

Todos se preguntaban lo mismo:

—¿Qué pasará si el malvado rey Coronavirus llega a nuestra isla?

El pobre oso Miedoso estaba muy preocupado, era muy grandote pero la valentía no era su mejor cualidad:

—Pequeña Hada , ay, ay, ay, estoy muy asustado ¿Qué vamos a hacer? ay, ay, ay…

—Si, Pequeña Hada. Si desaparecen los cuentos, ¿qué será de nosotros?

Preguntó la tortuga Maripili, que vivía en el jardín de Doña Lupe, la modista encargada de vestir a los protagonistas de los cuentos.

—Queridos vecinos —habló la Pequeña Hada—, estoy tan preocupada como vosotros y creo que lo mejor que podemos hacer es tranquilizarnos. Aún no sabemos si el rey Coronavirus se dirige a nuestra isla. Tenemos que informarnos. Hablaremos con la señora alcaldesa, puede que ella sepa algo más.

Así lo hicieron, fueron en tropel al Ayuntamiento y encontraron a la señora alcaldesa, que era la mamá de Caperucita, reunida con las autoridades y con los personajes más sobresalientes de Isla Imaginada.

Allí estaban la doctora Topo, el boticario Jacinto, un pavo real realmente presumido pero muy estudiado. También doña Jirafa, maestra de escuela, el pájaro Carpintero, el lagarto Genaro, que era el guardia de tráfico y el señor Martín, director de La voz de la Isla, el periódico local, un gran conocedor del mundo y sus alrededores.

—¡Oh!, Pequeña Hada —saludó la señora alcaldesa—, ahora mismo hablábamos de ti. Íbamos a mandar a buscarte, quizás necesitemos de tu ayuda y consejo en estos momentos tan difíciles.

La señora alcaldesa puso al corriente a los vecinos de las últimas noticias recibidas:

—Queridos vecinos, los informes no son nada buenos. Nos llegan noticias de que las huestes del malvado rey Coronavirus ya avanzan hacia nuestra isla. Debemos prepararnos y trazar un plan de resistencia.

—Señora alcaldesa —contestó la Pequeña Hada—, estoy segura de que, entre todos, encontraremos una solución. Pero, de momento, se me ocurre que nadie se mueva de su casa. Si por casualidad el rey Coronavirus mandara una avanzadilla, ha de ver las calles vacías. No puede saber que aquí viven los personajes de todos los cuentos ¡Eso sería fatal!

La señora alcaldesa estuvo de acuerdo y rápidamente se pusieron en marcha.

El lagarto Genaro subió a su coche patrulla para recorrer toda la isla y avisar a los vecinos. Megáfono en mano, leía el bando redactado por el señor Martín que explicaba las medidas a tomar de inmediato:

Queridos vecinos, en nombre de la señora alcaldesa, hago llegar este bando de obligado cumplimiento a todos habitantes de Isla Imaginada.

Ante las serias amenazas de invasión por parte del malvado rey Coronavirus, instamos a toda la población a quedarse en su casa, cueva, guarida o nido hasta nuevo aviso. Solo se permite salir para comprar comida y medicamentos.

Todos en Isla Imaginada se aprovisionaron de alimentos y se resguardaron en sus hogares a buen recaudo, conscientes del peligro que suponía ser conquistados por el rey Coronavirus, alérgico a los cuentos, del que se decía que cuando olía, veía o escuchaba una historia fantástica le subía desde los pies hasta la punta del pelo un picor insoportable, tenía ataques de tos y un dolor de cabeza de campeonato.

La vida en Isla Imaginada cambió.

Los pequeños de la casa no acudían al colegio, pero no por eso dejaron de trabajar. Con la ayuda de sus papás hacían tareas escolares, dibujaban y hacían multitud de trabajos manuales, además de dedicar tiempo a la lectura. Rescataron de los desvanes juegos olvidados y se inventaron otros nuevos.

Las cocinas de Isla Imaginada se llenaron de olores dulces de canela, vainilla y caramelo porque, para entretenerse, la mayoría se puso a cocinar dulces y pasteles.

Naturalmente, el confinamiento era únicamente una medida temporal, había que buscar la manera de que el rey Coronavirus no llegara nunca a Isla Imaginada, y si lo hacía, que saliera corriendo de ella.

Los habitantes de la isla no dejaban de pensar y pensar, y dar vueltas y vueltas a la cabeza para hallar una solución ¡Había que encontrarla!

Nuestra amiga, La Pequeña Hada, hacía lo propio. Ya sabemos que, además de inquieta y curiosa, su mayor satisfacción es ayudar a los demás y en esas cavilaciones estaba:

—A ver, si el rey Coronavirus odia los cuentos quiere decir que su mayor enemigo son los cuentos. Entonces, si el rey Coronavirus es nuestro enemigo, pero su enemigo son los cuentos… ¡los cuentos son nuestros amigos! ¡Ya está! ¡Hemos de utilizar los cuentos para alejarlo para siempre de aquí!

Corre que corre, fue a buscar su teléfono y llamó a la señora alcaldesa para exponerle su idea:

—Pero, Pequeña Hada ¿Cómo vamos a utilizar los cuentos como arma? ¡No entiendo nada!

—Si, Señora Alcaldesa, pondremos a todos los niños y cachorros de Isla Imaginada a inventar nuevos cuentos, porque pudiera ser que el rey Coronavirus estuviera vacunado contra los que ya son famosos. Pueden ser cuentos largos, cortos, tristes, alegres, de animales, del futuro o del pasado. No importa, basta con que sean historias fantásticas. Inundaremos Isla Imaginada de cuentos y eso ahuyentará a ese rey malvado.

La señora alcaldesa estaba estupefacta, no se le hubiera ocurrido esa solución ni en mil años. Pero confiaba en el instinto de la Pequeña Hada, ¡por algo era licenciada en la Academia de Hadas Buenas!

Ipso facto, el viento del norte extendió la noticia por Isla Imaginada y los pequeños habitantes del lugar se pusieron a escribir cuentos.

Unos eran bonitos y otros aburridos, pero, lo más importante, es que todos fueron escritos con mucho empeño. Los más chiquitines, que no sabían escribir, hicieron dibujos muy bonitos para ilustrarlos y las casas se llenaron de miles de páginas fantásticas.

Una brigada, encabezada por el Príncipe Valiente y Juan sin Miedo, fue la encargada de empapelar las calles con los cuentos.

Se ataron cuerdas de balcón a balcón y colgaron los cuentos como una colada multicolor. En las puertas y ventanas de cada casa, clavaron uno o dos, por si acaso, a modo de escudo. Visto desde el aire, el panorama era precioso. ¡No se había visto nunca un país tan engalanado!

Una vez terminada la tarea, se encerraron en sus casas a esperar el desembarco del ejército del rey Coronavirus.

El encargado de vigilar el puerto desde el campanario, como si fuera el palo mayor de su barco, fue el Capitán Garfio. No hubo que esperar mucho; al tercer día, dio la voz de alarma y los vientos se encargaron de difundirla por la isla entera.

—¡Vecinos! ¡Alarma! ¡Ya está aquí el enemigo! ¡Que nadie salga de su casa, ni siquiera se asome a las ventanas! ¡Todos escondidos debajo de las camas!

La Pequeña Hada, nerviosa y un poquito asustada agarró muy fuerte su varita mágica, y asomándola por un resquicio de su ventana la agitó recitando el encantamiento:

Estrellas brillantes, luna preciosa

haced que mi varita sea maravillosa.

Que los cuentos ahuyenten al rey malvado,

¡que sea por siempre de aquí desterrado!

De repente, un ruido espantoso se extendió por toda la Isla, decenas de caballos y camellos surgieron de los barcos que habían llegado al puerto y, montados en ellos, jinetes malcarados se acercaban. Al frente de todos ellos, a lomos de un imponente elefante, desembarcó el rey Coronavirus. En el mismo instante en que pisó Isla Imaginada, el malvado monarca comenzó a estornudar:

—¡Achís! ¡Achís! ¡Achís! ¿Qué picor insoportable es este? -¡Agg! ¡Demonios! ¿Qué son tantos papeles de colores por todas partes? ¡Mi cabeza! ¡Me duele! ¡Y me pica todo!

Un general de su ejército, que andaba cerca, contestó:

—Majestad ¡Son miles de cuentos! ¡Han llenado la isla de cuentos! ¡Que astucia tan grande! ¡Pardiez!

Los soldados, que seguían al rey Coronavirus, comenzaron igualmente a estornudar y a quejarse:

—¡Ay! ¡Ay! ¡Me pica todo! ¡Me va a estallar la cabeza!

Y es que la alergia del rey se había contagiado a todo su ejército. Hasta los caballos y camellos comenzaron la estornudar, y cuando lo hizo el elefante sobre el que cabalgaba el rey Coronavirus, el estruendo fue atronador. El rey salió disparado por los aires y aterrizó de culo en la calle. Se puso de pie de un salto y poniendo las manos en sus posaderas, comenzó a correr de vuelta hacia las naves seguido por su ejército, todos rascándose y estornudando sin parar. ¡Vaya espectáculo!

El Capitán Garfio, desde su atalaya, los vio embarcar y, avante toda, contempló como los barcos se alejaban mar adentro.

—¡Vecinos! ¡Salid! ¡Se han marchado! ¡Han huido!

Todos salieron de sus refugios y rompieron en un aplauso conjunto que resonó más allá de la isla. Sabían que nunca más el rey Coronavirus se atrevería a volver por allí.

Nuestra Pequeña Hada bailaba de contento; su idea había unido a todos los pequeños habitantes de Isla Imaginada con un solo fin: escribir y pintar cuentos. Se demostró que la unión hace la fuerza y que no hay que despreciar a los más pequeños, que se comportaron como auténticos héroes, porque ellos son la esperanza y el futuro de la humanidad.

Puede que todos tengamos una pequeña varita guardada para casos especiales como este. Usémosla en la medida que nuestra magia nos lo permita, porque no hay ayuda pequeña cuando se trata de vencer al malvado rey Coronavirus.

FIN

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Comments

      • Estimad@s. Gracias por tantas historias !!!! le leo a mis alumnos y docentes.. Quisiera saber los nombres de los autores para contarles a los alumnos así los conocen.
        saludos cordiales
        Susana Bibliotecaria

        • Hola, Susana. Gracias por confiar en Martes de cuento. Al final de cada una de las entradas tienes la sección «¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?». Si pinchas sobre el enlace, te llevará a la sección donde se amplía la información de cada cuento. También, al final de cada cuento, verás que hay una ficha que puede ser de mucha utilidad para tus alumnos.
          Un cordial saludo.

  1. Una nueva manera de verlo. Con propósito, con responsabilidad, en concordancia y cooperación ,todos a una, así es como brilla de verdad esa varita y hace magia… con un poco de cada uno de nosotros.
    Un beso enorme.

    • La imaginación es el sexto sentido del ser humano y así como los otros los usamos con frecuencia, la imaginación se suele atrofiar al llegar a adultos. Una pena.Deberíamos reivindicarla y usarla a nuestro favor.
      En Isla Imaginada queremos que así sea.
      Un abrazo grande, Olga. Gracias por comentar.

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