Blancanieve y Rojaflor

Ilustración: Alexander Zick

Una pobre mujer vivía en una choza solitaria. Ante la puerta de su casa crecían dos rosales: uno, de rosas blancas; otro, de rosas rojas. La mujer tenía dos hijas que se parecían a sus dos rosales y les había puesto por nombre Blancanieve y Rojaflor.

Blancanieve era apacible y dulce y Rojaflor movida y nerviosa. A Rojaflor le gustaba correr y saltar por campos y prados, buscar flores y perseguir bichos y Blancanieve prefería estar en casa, junto a su madre, ayudándola en sus quehaceres o leyendo libros. Aunque eran muy diferentes, las dos niñas se querían con locura.

Blancanieve decía:

—Jamás nos separaremos.

Rojaflor contestaba:

—Jamás mientras vivamos.

Y la madre añadía:

—Lo que es de una, de la otra ha de ser.

Con frecuencia salían juntas al bosque, a recoger leña o frutos silvestres. Los animales, que las conocían, nunca les hicieron daño; al contrario, se acercaban confiados a ellas. La liebre comía hojas tiernas de su mano; el ciervo pacía a su lado, la gacela saltaba alegremente a su alrededor y los pájaros, posados en las ramas, les cantaban dulces canciones. Jamás tuvieron percance alguno en la floresta.

Una fría noche de invierno estaban las dos hermanas y la madre en casa, junto a la chimenea, cuando llamaron a la puerta.

—Mira quién es, Rojaflor. Tal vez sea un caminante que busca refugio —dijo la madre.

Rojaflor abrió la puerta y un gran oso pardo asomó su gorda cabezota. La niña gritó y retrocedió de un salto; Blancanieve se escondió bajo la mesa y la madre se quedó helada de espanto.

El oso entonces les dijo:

—No tengáis miedo, no os haré daño. Estoy helado de frío y solo quiero calentarme un poco. He visto que tratáis bien a los animales del bosque, por eso he venido.

—¡Pobre oso! —exclamó la madre—. Échate junto al fuego.

Las niñas también se acercaron y, al poco rato, ya eran sus amigas. Acariciaban su sedoso pelo, apoyaban los pies en su espalda, y le rascaban tras las orejas, como si de un gran perro se tratara. Y si él gruñía, se echaban a reír. El oso se dejaba querer.

Llegó la hora de acostarse y la madre y le dijo al oso:

—Puedes quedarte aquí, así estarás resguardado del frío y del mal tiempo.

Cuando amaneció, las niñas le abrieron la puerta, y el animal se alejó trotando por la nieve y desapareció en el bosque.

A partir de entonces, regresaba todas las noches a la misma hora; se echaba junto al fuego y dejaba que las niñas jugaran con él. Se acostumbraron tanto al oso, que cuando caía la noche, dejaban la puerta entornada para que pudiera entrar.

Al llegar la primavera, el oso le dijo a Blancanieve:

—Ya es primavera, debo marcharme y no volveré en todo el verano.

—¿Adónde vas, querido oso? —preguntó Blancanieve.

—Al bosque. Debo guardar mis tesoros para protegerlos de los malvados enanos. En invierno, cuando la tierra está helada, no pueden salir de sus cuevas ni abrirse camino hasta la superficie, pero ahora que el sol ha deshelado el suelo, suben a robar. Y lo que cae en sus manos y va a parar a sus madrigueras, es difícil que vuelva a ver la luz.

Blancanieve sintió una gran tristeza por la despedida de su amigo, pero le abrió la puerta. El oso se alejó rápidamente y desapareció entre los árboles.
Poco después, la madre envió a las niñas a buscar leña al bosque. Encontraron un gran árbol caído y, cerca del tronco vieron algo que saltaba de un lado a otro, pero sin distinguir de qué se trataba. Cuando se acercaron, descubrieron a un enanito de rostro arrugado y marchito, con una larguísima barba, blanca como la nieve, cuyo extremo se había quedado enganchado en una hendidura del árbol; por eso, el hombrecillo saltaba y saltaba, intentando soltarse.

Al ver a las niñas, clavó en ellas sus ojillos rojos y encendidos y les gritó:

—¿Qué hacéis ahí paradas? ¡Ayudadme!

—¿Qué te ha pasado, enanito? —preguntó Rojaflor.

—¡Tonta y curiosa! —replicó el enano—. Quise partir en trocitos este tronco para cocinar. Los tizones grandes queman la comida y mis platos son pequeños. Yo como mucho menos que vosotras, gente grandota y glotona. Tenía ya la cuña hincada y todo iba a las mil maravillas, pero esta maldita madera es demasiado lisa; la cuña saltó cuando menos lo pensaba y el tronco se cerró y mi hermosa barba quedó aplastada. No hay forma de sacarla. ¡Estoy aprisionado!

Tiraron y tiraron, pero, por más que se esforzaron, las niñas no pudieron desasir la barba.

—Iré a buscar ayuda —dijo Rojaflor.

—¡Bobaliconas! —gruñó el enano con voz gangosa—. ¿Ayuda para qué? A mí me sobra con vosotras dos. ¿No se os ocurre nada mejor?

—No te impacientes —dijo Blancanieve—, se me ocurre algo —Y sacando unas pequeñas tijeras del bolsillo, cortó el extremo de la barba.

Tan pronto como el enano se vio libre, agarró un saco lleno de oro, que había dejado entre las raíces del árbol y, cargándoselo a la espalda, gruñó:

—¡Has cortado un trozo de mi hermosa barba! ¡Qué gentezuela tan torpe!

Y se alejó, sin volverse a mirar a las niñas.

Poco tiempo después, las dos hermanas salieron de pesca y al llegar cerca del río vieron un bicho que avanzaba a saltitos hacia el agua. Parecía un saltamontes y pensaron que quería bañarse pero, al aproximarse, reconocieron al enano de barba blanca.

—¿Adónde vas? —preguntó Rojaflor—. Supongo que no querrás darte un baño en el río. Es peligroso.

—¡No soy tan tonto! —gritó el enano—. ¿Es que no veis que ese maldito pez me arrastra al río?

El caso era que el hombrecillo había estado pescando, pero quiso la mala suerte que una ráfaga de viento enredara el sedal en su barba justo cuando acababa de picar un pez gordo. El enano no tuvo fuerza suficiente para sacarlo, por el contrario, era el pez el que arrastraba al enanillo al agua. El hombrecillo se agarraba a las hierbas y juncos, pero sus esfuerzos no servían de gran cosa.

Las niñas habían llegado muy oportunamente; lo sujetaron e intentaron desenredar la barba, pero en vano: barba e hilo estaban sólidamente enmarañados. No hubo más remedio que acudir nuevamente a las tijeras y cortar otro trocito de barba. Al ver lo que hacían, el enano les gritó:

—¡Estúpidas! ¿No bastaba con haberme despuntado la barba, sino que ahora me cortáis otro trozo?¡Ojalá tuvieseis que echar a correr sin zapatos!

Y, cargando un saco de perlas que yacía entre los juncos, desapareció detrás de una piedra.

Otro día, la madre envió a las dos hermanas a la ciudad a comprar hilo, agujas, cordones y cintas. El camino cruzaba por un erial, en el que se veían, dispersas de trecho en trecho, grandes rocas. De pronto, observaron cómo una gran águila describía amplios círculos sobre sus cabezas, descendiendo cada vez más, hasta que se posó en lo alto de una de las peñas. Inmediatamente, oyeron un penetrante grito de angustia.

Corrieron hacia allí y vieron, con espanto, que el ave había apresado a su viejo conocido, el enano, y se aprestaba a llevárselo. Entre las dos sujetaron con fuerza al hombrecillo y no cejaron hasta que el águila soltó su presa.

Cuando el enano se hubo repuesto del susto, gritó con su voz gangosa:

—¿No podríais tratarme con más cuidado? Me habéis desgarrado la chaqueta, ¡torpes más que torpes!

Y cargando con un saquito de piedras preciosas, se metió en su cueva, entre las rocas.

Las niñas, acostumbradas a su ingratitud, prosiguieron su camino e hicieron sus recados en la ciudad.

De regreso, al pasar de nuevo por el erial, sorprendieron al enano, que había esparcido sobre el suelo las piedras preciosas de su saco. El sol poniente proyectaba sus rayos sobre las brillantes piedras, que refulgían y centelleaban como soles; y sus colores eran tan vivos, que las pequeñas se quedaron boquiabiertas, contemplándolas.

—¿Por qué os paráis? ¿Qué estáis mirando con esa cara de lelas? —gritó el enano; y su rostro ceniciento se volvió rojo de ira.

Se disponía a seguir con sus improperios cuando se oyó un fuerte gruñido proveniente del bosque y apareció un gran oso. Aterrorizado, el hombrecillo trató de emprender la fuga; pero el oso le dio alcance antes de que pudiera cobijarse en su escondrijo.

Entonces se puso a suplicar, angustiado:

—Perdóname la vida y te daré mi tesoro. ¿De qué te serviría comerte a una criatura tan pequeña y flacucha como yo? Mejor es que te comas a esas dos; ellas sí serán un buen bocado. Cómetelas y buen provecho te hagan.

El oso, sin hacer caso de sus palabras, se tragó al malvado hombrecillo de un solo bocado.

Las muchachas habían echado a correr; pero el oso las llamó:

—¡Blancanieve, Rojaflor!, no temáis; esperadme, que voy con vosotras.

Ellas reconocieron entonces su voz y se detuvieron.

Cuando el oso las hubo alcanzado, su espesa piel cayó al suelo y quedó transformado en un hermoso joven:

—Soy un príncipe —contó—, pero ese malvado enano me había encantado, Como no pudo robarme mis tesoros, me condenó a errar por el bosque en figura de oso salvaje. Solo su muerte podía liberarme de su hechizo.

Blancanieve se casó con el príncipe y Rojaflor, con su hermano. Entre los cuatro se repartieron las inmensas riquezas que el enano había acumulado durante siglos en su cueva.

La anciana madre vivió aún muchos años tranquila y feliz, al lado de sus hijas en el palacio. Con ella se llevó los dos rosales que, plantados delante de su ventana, siguieron dando todos los años sus hermosísimas rosas, blancas y rojas.

FIN

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Comments

    • Probablemente, ningún clásico pase el filtro en el mundo de hoy, pero Isla Imaginada es un universo paralelo y tiene leyes propias.
      También es necesario leer lo ‘políticamente incorrecto’ para desarrollar una mente crítica y un criterio propio. El pensamiento único nunca es bueno.
      Un gran abrazo, ratón.

  1. Los cuentos de infancia de los que pasamos de los cincuenta. Duendes, encantamientos,malos y niñas buenas.
    De vez en cuando apetece la fantasía clásica.¡Feliz semana!

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