El zorro y el conejo

Ilustración: ShoJoJim

Había una vez un conejo que había construido su madriguera junto al muro de un campo sembrado de zanahorias. Un día, el conejo, que andaba desayunando una hermosa zanahoria, vio a un zorro que, pegado al muro, se acercaba andando. El conejo calculó la distancia que lo separaba de su madriguera y comprendió que no iba a tener tiempo de esconderse, así, que apoyó la espalda en el muro e hizo fuerza contra él. Al verlo de esa guisa, el zorro le preguntó:

—Amigo conejo, ¿qué haces?

—¡Vaya pregunta!, ¿acaso no lo ves? ¡Sujeto este muro!

—¿Y por qué sujetas el muro?

—¡Ah!, es que hace poco pasaron por aquí unos hombres sabios y me pidieron que aguantara esta pared para que no se caiga. Me advirtieron de que si la dejaba caer, el mundo se acabará. Hoy hace ya tres días que estoy aguantándola para salvar al mundo ¿Por qué no eres solidario y me ayudas un poquito? Tengo un hambre que ya ni veo, pero no me atrevo a moverme, porque si se acaba el mundo, ¡se acabó todo!

—¡Sería terrible que se acabara el mundo! —contestó el zorro asustado—. Te ayudaré a aguantar el muro un rato. Ve a comer, bebe también agua y luego vuelve.

El conejo no se lo hizo repetir dos veces, dejó al zorro aguantando la pared y, a grandes saltos, se alejó de allí todo lo que pudo.

Tres días estuvo el zorro aguantando el muro, pero al cuarto, muerto de hambre y de sed, dijo:

—Yo ya no aguanto más. Por mí, este muro se puede caer ahora mismo. Lo siento mucho si el mundo se acaba.

El zorro cerró los ojos y se alejó corriendo del muro. Al ver que no pasaba nada, se dio la vuelta y vio que la pared seguía en pie y, en ella, no había señal alguna que indicara que fuera a caerse en mucho tiempo.

—¡Qué pícaro el conejo! ¡Me la ha jugado! Voy a buscarlo ahora mismo y cuando lo encuentre… ¡Que se prepare! ¡Me lo comeré de un solo bocado!

Y se marchó, cruzando campos y bosques, en busca del conejo.

Al cabo de unos días, dio con él. El conejo estaba trabajando, construyendo una cueva. En cuanto el conejo vio al zorro, rápido, entró dentro de la madriguera y, desde el fondo, habló así al zorro:

—¿Qué tal, zorro? —le dijo—, ¿Te has enterado? Ahora hay otro anuncio. Hace dos días, encontré de nuevo a los hombres sabios y me dijeron que escarbara una cueva bien profunda. ¡Dicen que va a llover fuego!

—¿En serio? —dijo atónito el zorro.

—¡Y tan en serio!, por qué crees si no que ando cavando esta cueva, ¡porque va a llover fuego! Deberías cavar una tú también, así nos salvaremos los dos.

—¡Vale! Aunque es mucho trabajo…—contestó el zorro.

—¿Sabes qué? No te preocupes, como la mía ya está a medias, te la cedo y yo me haré otra.

—¡Muy bien! —respondió contento el zorro.

—El plazo está cerca, faltan solo dos días para que llueva fuego. ¡Hay que trabajar día y noche!

El conejo se alejó de allí, pies para qué os quiero, mientras el zorro trabajaba noche y día, sin descansar hasta que terminó.

Agotado, se encerró en su cueva y allí pasó los dos días siguientes, pero el hambre y la sed lo obligaron a tomar una decisión:

—¡Me da igual! Aunque me queme, salgo y ya está. ¡Ya no aguanto más!, ¡ya no aguanto más!

Con mucho cuidado, asomó el morro fuera de la madriguera, esperando quemarse los bigotes, pero no pasó nada de nada.

Al darse cuenta de que el conejo lo había vuelto a engañar, exclamó furioso:

—¡Esta vez no se libra! ¡Me lo comeré! ¡Ya no lo perdono más!

Y salió a la carrera tras la pista del conejo.

Al poco, lo encontró viviendo en un pueblo abandonado; descansaba dentro de un antiguo horno de leña. Cuando el zorro se abalanzó sobre él con la intención de comérselo, el conejo le dijo:

—¡Ay, hermano zorro!, antes de comerme, escucha lo tengo que decirte. El anuncio del fuego se aproxima, va a ser muy pronto. Resulta que no entendí bien a los sabios y las cosas serán de otra manera. Primero, habrá un diluvio de agua y, después, vendrá la lluvia de fuego. Mira este horno —susurró el conejo— ¿Sabes para qué sirve? Me encerraré dentro y quizá me salvaré —y añadió—. Si quieres, te encierras tú en él y yo ya me buscaré otro más pequeño. ¡Date prisa, que está a punto de diluviar!

El zorro, más que asustado, se metió de cabeza dentro del horno y el conejo se apresuró a cerrar la puerta. Después, empezó a echar agua por encima del horno y a tirar piedras contra él. Dentro, el zorro creyó que eran truenos y que el diluvio de agua ya había empezado:

—El conejo tonto ha tenido su merecido, se ha quedado fuera y no habrá tenido tiempo de encontrar otro horno. ¡Se habrá ahogado! ¡Vaya diluvio!

Después, el conejo reunió leña, la amontonó bajo el horno y le prendió fuego. En el interior, la temperatura empezó a subir. El zorro, que cada vez sentía más y más calor, exclamó:

—¡Pues era verdad lo que me dijo el conejo! Primero el diluvio de agua y ahora la lluvia de fuego.

A punto ya de quemarse, al zorro le llegó desde fuera la risa del conejo y comprendió que, de nuevo, lo había engañado.

Muy enfadado, abrió la puerta del horno de una patada y se alejó corriendo todo lo que pudo del conejo, el cual regresó a su madriguera junto al muro del campo sembrado de zanahorias.

FIN

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Comments

    • Me temo que todos hemos sido zorro, creyéndonos muy listos, hemos metido la pata cometiendo uno y otra vez los mismos errores 🙂
      ¡Gracias por hacer volar nuestros cuentos!
      Un gran abrazo, Edda.

    • Ja, ja, ja, ja lo que le pasa al zorro, les pasa a muchas personas. Tropezar una y mil veces en la misma piedra es frecuente. Hay quien jamás logra aprender de sus errores.
      ¡Feliz lectura y feliz semana!

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