La liebre que engañó al tigre

Ilustración: ReevolveR

En una de las grandes selvas de la India vivían, como es natural, una porción de animales de distintas especies. Pero no vivían en paz, porque les robaba la calma un feroz tigre que se almorzaba, comía y cenaba a cuantos vecinos se le antojaba, y los pobres no sabían qué hacer para quitarse de encima aquel azote de lomo rayado y afilados colmillos. Por lo menos querían que el tigre reglamentase su vida y no comiese más que lo estrictamente necesario para vivir.

Transigían con darle carne, puesto que el tigre no estaba acostumbrado a comer paja, y no había más remedio que darle tajadas.

Después de muchos conciliábulos, los animales de la selva decidieron llamar a capítulo al feroz tigre, el cual debía ser, sin duda, un tigre razonable, porque no se almorzó al mensajero y acudió puntualmente al llamamiento de sus vecinos y futuras víctimas.

Ya en presencia de aquella especie de congreso que se había reunido para recibirlo, lanzó un potente rugido que sembró la alarma en el ánimo de los más esforzados.

—Aquí me tenéis —dijo—, y desembuchad pronto lo que tengáis que comunicarme, porque me caigo de sueño. He pasado mala noche. Se me indigestó la cena y estoy, lo que se dice, muerto.

—¡Ojalá! —exclamó por lo bajo una gacela.

—¿Qué dices ? —preguntó el tigre al oír refunfuñar a la gacela.

—Digo que ojalá no se hubiera usted puesto malo, porque lo aprecio mucho —repuso la interpelada temblando de miedo.

—Muchas gracias, vecinita —dijo el tigre cortésmente—. Ahora al grano, aunque no me gusta. ¿Para qué me habéis llamado?

Y aquí surgió un grave problema. Los animales que más habían vociferado cuando estaban solos, eran mudos en presencia del tigre, porque siempre suele ocurrir lo mismo con los valentones. Por fin habló un mono que, por su facilidad de palabra y de trepar a los árboles, podía explicarse mejor y huir de rama en rama en caso de que el tigre tomase a mal sus palabras y quisiera imponerle silencio violentamente.

—Escucha, tigre carnicero —le dijo—. Te hemos llamado para decirte que estamos hartos de ser víctimas tuyas y queremos reglamentar tu comida. Es preciso que no mueran tantos animales para satisfacer tus feroces apetitos.

—¡Oh, qué poco entiendes la vida, amigo mono! —respondió el tigre que, al parecer, estaba satisfecho y, por lo tanto, no le importaba perder el tiempo discutiendo—. Lo que tú tomas por un mal, no es sino un bien desde mi punto de vista. Todos hemos venido al mundo para trabajar y yo trabajo como el primero para procurarme el sustento. ¿No es trabajo, dime, levantarme por la noche, y, cuando la mayoría de vosotros está durmiendo a pierna suelta, echar me al bosque a buscar qué comer?  ¡Qué culpa tengo yo de que no me entre la hierba? Yo me considero en el deber de comer carne, pues para eso tengo colmillos, y trabajo para adquirirla andando a veces leguas enteras en busca de ella y aguzando el ingenio para vencer la astucia de aquellos que, lejos de considerarse honrados con ir a parar a mi vientre, huyen y se ocultan con un cuidado que me obliga a trabajar aún más.

—Te conocemos, tigre, y aunque vengas ahora dándotelas de infeliz, sabemos muy bien que matas muchos más animales de los que realmente te hacen falta para tu sustento. Por eso vamos a hacerle una proposición.

—¿Qué proposiciones podéis hacerme que sean capaces do convencerme? El trabajar es digno de criaturas honradas, y yo no aceptaré nada que contribuya a librarme de mi trabajo. Sin embargo, os escucho y, si puedo complaceros, lo haré con mucho gusto.

—Pues lo que queremos proponerte —continuó el mono—, es lo siguiente: no salgas de caza por las noches para que tu celo por el trabajo no te incite a matar animales que no necesitas; estate en tu casa, o paséate tranquilamente, y si te comprometes a no matar a nadie, nosotros nos comprometemos a traerte diariamente una víctima para que te la comas. Así, tú no tendrás que preocuparte y nosotros sabremos que has de comerte al año trescientos sesenta y cinco animales o trescientos sesenta y seis si el año es bisiesto, mientras que siendo tú el cazador matarías diez veces más animales.

El tigre se quedó pensativo y, después de haberse rascado las dos orejas y el hocico, respondió:

—En principio no me parece mal la idea y estoy dispuesto a ensayarla desde esta noche. Pero os advierto que, si en la práctica no me da buen resultado, volveré al trabajo como siempre.

Y así se hizo.

Desde aquella noche los animales de la selva entregaban una víctima diaria al tigre y todo marchó como una seda durante algún tiempo. Los animales se sorteaban, y al que le tocaba la china iba a entregarse a los colmillos del tigre.

Al cabo ele algún tiempo le tocó la desgracia, porque no podemos decir la suerte, a la liebre, y esta no la recibió con agrado.

—¿Cuánto tiempo va a durar esta odiosa opresión? —dijo.

Sus vecinos comenzaron a gritar y a protestar contra el que todos creían era un deseo de romper el convenio, y solo se quedaron medio satisfechos cuando la liebre les indicó que tenía un plan para acabar con el tigre. No hay que decir que todos quisieron saber qué pensaba hacer, pero la liebre contestaba con un refrán que se usa en la India: «Antes de emprender tu viaje esconde tres cosas: tu dinero, la fecha de salida y el camino que vas a recorrer».

En una palabra, la liebre ocultó su plan y, por la noche, emprendió el camino hacia la guarida del tigre, tan tarde, que el animal estaba ya hambriento y enfadado por el retraso de su víctima.

Cuando llegó la liebre, aparentemente muy precipitada, el tigre la regañó muchísimo, y la liebre tuvo que esforzarse para lograr que escuchara su explicación.

—Escucha, tigre —dijo cuando pudo hacerse oír—, venía para acá con un amigo cuando encontramos otro tigre que nos cogió a los dos. Yo le dije que tuviera cuidado conmigo, porque estaba destinada al servicio de mi rey, pero el tigre desconocido me amenazó terriblemente, y dijo que te iba a destrozar a ti; más, por fortuna, con esta labia que tengo, conseguí que me dejase un respiro para venir a comunicarte lo ocurrido. Lo que sí te advierto, ¡oh, tigre!, es que no esperes más víctimas —concluyó—. El camino está cerrado por ese tigre, y si deseas que llegue tu cotidiano alimento tendrás que despejar el camino.

Al oír esto, el tigre montó en cólera, y diciendo a la liebre que le indicase el sitio en el cual estaba su rival, echó a andar.

La liebre lo llevó por un camino hasta un pozo que en el mismo había, pero antes de llegar se detuvo muy asustada

—¿Dónde está ese tigre? —preguntó, impaciente, su acompañante—. ¿Qué te pasa que no andas?

—¿Cómo quieres que ande con el miedo que tengo? —repuso la liebre—. ¿No ves que estoy temblando? Por nada del mundo me acercaré a ese pozo, porque ahí está el tigre con mi amigo.

El tigre insistió en que le mostrase el otro tigre y la liebre accedió a condición de que la cogiera en brazos. Así lo hizo su acompañante, y entonces la liebre le dijo que se asomara al pozo.

En efecto, en el fondo se veía al otro tigre con otra liebre en brazos, y, sin esperar a más el tigre verdadero, puesto que el otro no era sino su imagen reflejada en el agua con la claridad de la luna, soltó a la liebre y se arrojó al pozo, donde se ahogó.

La liebre, loca de contento por el triunfo de su ardid, corrió al pueblo con la buena nueva de la muerte de su enemigo y todos la aclamaron.

FIN

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Comments

  1. Siempre se ha dicho eso de «eres más espabilado que una liebre», por algo será. Y es que contra los abusones no se ha de tener misericordia.
    Un beso, Martes 🙂 en viernes :-9

    • Sobre todo suspenden en inteligencia emocional. Hacer daño a otros gratuitamente es, por desgracia, prerrogativa del género humano. Deberíamos aprender más de los otros habitantes de la tierra e imitarlos.
      Un abrazo, Óscar.

  2. Pobres animales!! Vivir a sabiendas que serás merendado por un tigre, eso es una tortura, por fortuna el más fiero no tiene porqué ser el más listo.¡Hurra por la liebre! ¡Feliz semana!

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