El flojo, el sabio y el lobo

Ilustración: CarolineRaquel

Había una vez un hombre tan flojo, que su mujer tenía que levantarlo cada día de la cama a empujones, pero ni así conseguía que trabajara en algo. Cada noche se acostaban sin que el hombre hubiera hecho absolutamente nada mientras su esposa, que no paraba en todo el día, le reprochaba que fuera tan gandul.

—No me regañes, mujer —le decía el flojo—; ya verás como un día de estos seremos muy ricos y no tendrás que trabajar ni tendrás de qué quejarte.

—¿Y me puedes explicar cómo crees que vamos a ser ricos si te pasas el día tirado al sol?

—Pues no lo sé —decía el flojo—, pero al otro lado de la montaña vive un hombre sabio que dicen que tiene respuesta para todas las preguntas, así que mañana prometo que haré un esfuerzo e iré a preguntarle qué debo hacer para salir de la miseria.

A la mañana siguiente, temprano, a la hora en que su mujer lo empujaba fuera de la cama, el hombre flojo cumplió su promesa y partió en busca del sabio de la montaña.

Había caminado todo un día y una noche, cuando se cruzó con un lobo tan flaco como hambriento.

—¿A dónde vas, buen hombre? —preguntó el lobo.

—A visitar a un hombre sabio, que me dirá qué debo hacer para dejar de ser pobre.

—En ese caso —dijo el lobo— pregúntale, por favor, qué debo hacer para poder saciar mi hambre, porque como y como, pero nunca tengo bastante.

El flojo prometió hacerlo y siguió su camino.

Después de andar otro día y otra noche por pedregosa tierra, divisó un solitario manzano junto al camino.

—¿A dónde vas, buen hombre? —preguntó el manzano.

—A ver un sabio varón que me enseñará cómo curar mis penas.

—En ese caso —dijo el manzano— pídele también un remedio para las mías. Hace años que no doy frutos. En plena primavera, mis hojas se secan de golpe, como joyas oxidadas.

El flojo prometió hacerlo y siguió su camino.

Tras otro día y otra noche de marcha, el flojo pasó por la orilla del lago en cuyas riberas vivía el hombre sabio.

Un pez enorme nadó a su lado, y le preguntó:

—¿A dónde te diriges, buen hombre?

—A la cabaña de un hombre sabio que me enseñará cómo solucionar mis problemas.

—En ese caso —dijo el gran pez— pregúntale qué debo hacer para solucionar el mío. Hace años que no disfruto mi comida, pues tengo algo como un tumor atorado en la garganta.

El flojo prometió hacerlo y siguió su camino.

Al día siguiente, cuando ya atardecía, el flojo vio a un anciano que plácidamente sentado sobre una roca contemplaba la puesta de sol. Impresionado por el venerable aspecto del anciano, el flojo se acercó con respeto y le explicó el motivo de su viaje:

—¡Dime, venerable anciano, ¿qué debo hacer para escapar de la miseria?

—¿Sólo deseas preguntarme eso? —dijo el sabio, sin desviar sus ojos del último rayo de sol.

El flojo iba decir que solo eso, pero como el anciano parecía saberlo todo, le transmitió los pedidos del lobo, del manzano y del pez.

Entonces el hombre sabio miró al flojo por primera vez, y no podía saberse si en sus ojos había pena o reproche.

—El pez —dijo el anciano —tiene una gran piedra preciosa atorada en su garganta, apenas alguien se la saque terminará su malestar. En las raíces del manzano hay enterradas cientos de monedas de oro; sus emanaciones envenenan la savia y queman las hojas y el fruto. En cuanto al lobo, para saciar su hambre, debe devorar al primer holgazán que se cruce en su camino.

—Y yo, maestro —dijo afligido el flojo—, ¿Qué debo hacer para salir de la miseria?

—Tú no tienes que hacer nada. Limítate a desandar el camino que te ha traído hasta aquí y regresa a tu casa. Haciendo eso, serás un hombre rico y podrás vivir sin esforzarte.

En ese mismo instante, el sol desapareció en el lago, el anciano se puso en pie, recogió su larga túnica y caminó majestuosamente hacia su cabaña.

Animado con tal pronóstico, el flojo no pensó más que en desandar de inmediato el largo camino de regreso.

Al pasar junto al lago, el gran pez se asomó para preguntarle qué había dicho el sabio sobre su problema.

—¡Sanarás en cuanto te saquen la piedra preciosa que tienes en la garganta! —le gritó el flojo, sin detener su marcha.

El gran pez le rogó que se la sacara, pero como el hombre no se detuvo, el pez reapareció para explicarle:

—Piensa que, si lo haces, yo sanaré y tú podrás quedarte con la piedra y serás rico.

—¡Uf!, ¿sacarte la piedra de la garganta? ¡Con lo fría que debe estar el agua! Además, el sabio me dijo que no tendría que esforzarme para ser rico —dijo el flojo—, que bastaba con que volviera por el mismo camino sin hacer nada y eso es lo que haré.

A su debido tiempo, volvió a pasar junto al manzano.

—¿Qué dijo el sabio? —preguntó tembloroso el árbol.

—Tus hojas sanarán y tus frutos madurarán en cuanto alguien desentierre el cofre de monedas de oro que se esconde entre tus raíces — dijo el flojo, sin detener su marcha.

—¿Y a qué esperas? —gritó el manzano—, ¡excava la tierra y saca el tesoro! Yo reverdeceré y tú serás un hombre rico.

El flojo, sin detenerse, contestó:

—¿Cavar ahora? ¡Qué cansado! El sabio dijo que no tendría que esforzarme para ser rico. Me bastará con volver por el mismo camino, y eso es lo que haré.

Dejó atrás el manzano y, a su debido tiempo, se encontró con el lobo, más flaco y más hambriento que a la ida.

—Cuéntame, ¿encontraste al sabio?

El hombre le contó al lobo su encuentro con el anciano y los sabios consejos que le había dado para el pez y el manzano.

—Caramba —dijo el lobo—, tendrás que ir con mucho cuidado, no vaya a ser que algún ladrón te asalte ahora que eres un hombre rico. —Y con aire dubitativo, continuó—. Aunque… Comprendo que lleves bien oculta la piedra preciosa que le sacaste al pez de la garganta, pero ¿dónde está el cofre con las monedas de oro que desenterraste?

—¿Qué piedra preciosa y qué cofre? —bostezó el flojo— El anciano sabio me dijo que viviría sin esforzarme y que para ser rico me bastaba con regresar por el mismo camino. ¿Para qué meterme en las frías aguas del lago o por qué romperme la espalda cavando la tierra?

Ya se disponía a partir el flojo, cuando el lobo lo detuvo:

—¡Espera!, ¿le preguntaste al anciano qué es lo que debía hacer yo?

—¡Claro! —dijo el hombre—, el sabio me dijo que lo que debes hacer para saciar tu hambre es arrojarte sobre el primer holgazán que se cruce en tu camino.

—En verdad,  ese anciano es un hombre muy sabio —dijo el lobo mientras se arrojaba relamiéndose sobre el caminante holgazán.

FIN

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Comments

  1. Yo a veces pienso que soy flojo, pero ni punto de comparación con este, que además era un poco cortito… Muy bonito cuento! Besitos.
    PD. Publiqué el otro sin querer, que aún no había terminado… 😛

  2. ¡En verdad era flojo, flojo de categoría! El único que salió ganando fue el lobo que llenó la tripa. Bueno y la mujer del flojo que no tendrá que mantenerlo más ¡Feliz semana!

    • El lobo parece que solucionó el problema y seguro que sabiendo lo que les pasa, tanto el pez como el árbol han solucionado el suyo. Seguro que algún paseante se paró a escuchar su historia y ahora es muy rico. La mujer sigue esperando al flojo. Ella cree que aún está en camino.

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