La vuelta al mundo

Ilustración: Antihelios

Hace cientos de lunas, en una hermosa y fructífera huerta en la que se cultivaban coles, berzas, lechugas, acelgas y otras muchas verduras había un pozo de agua fresca y cristalina. Pero como en este mundo todo cambia, también cambió de dirección el manantial del que se alimentaba el pozo. En vez de tomar hacia la derecha, se fue hacia la izquierda y el resultado fue quedarse el pozo sin agua. No obstante, no se vio privado del todo de ella, pues gracias a algunas filtraciones, nunca llegó a quedarse seco del todo; sin embargo, el agua era tan escasa, que no se podía aprovechar para el riego.

El hortelano, dueño de aquella tierra, cavó otro pozo y abandonó por completo el primero, que quedó olvidado en uno de los rincones de la huerta. Ahora usaba el viejo pozo como contenedor de todo lo inservible. Si se rompía un puchero, al pozo lo tiraba; las peladuras de patata allí las echaba; en una palabra, al pozo iba a parar todo lo inútil.

Pero hubo quien sacó provecho de la nueva situación. Se apoderaron de la superficie del agua esos insectos que tienen el privilegio de caminar por encima de ella. En el fondo, se instalaron algunas sabandijas con suma tranquilidad, pues no las molestaba el chirrido de la polea; y en las negras y húmedas paredes había establecido su morada una babosa, que tenía la costumbre de dar paseos. Al verla, los bichos que con ella se cruzaban se alejaban prudentemente. La limaza los seguía con la vista y decía:

—¡Cómo me temen!

Entonces, se miraba en el espejo del agua y al ver reflejada su imagen, se comparaba con los insectos y con las sabandijas y murmuraba:

—¡Menuda diferencia entre ellos y yo! Ninguno de ellos llega ni a la mitad de mi corpulencia.

Así discurría ella, y como no había quién la contradijera, llegó a deducir que era fuerte, que era hermosa, que era temible y vete tú a saber cuántas otras cosas.

A todo esto, hemos de añadir que las ventanas de la escuela del pueblo daban a la huerta y la babosa oía las explicaciones de la maestra que, a fuerza de repetir las descripciones geográficas, consiguió una alumna aventajada y esta alumna no era otra que la limaza.

Tanto oyó hablar de mares, ríos, de países lejanos y de las bellezas de la naturaleza, que la babosa resolvió dar la vuelta al mundo y como los preparativos eran para ella muy sencillos, pues no necesitaba ni maleta ni dinero, comenzó a arrastrarse describiendo círculos alrededor del pozo, siempre subiendo, pues le pareció ese el camino más corto. En realidad, lo único que consiguió fue fatigarse y perder el tiempo, pues empleó veinte días en llegar al brocal. Una vez allí, se dijo muy satisfecha que otro hubiera necesitado el triple de tiempo para llegar a donde ella. Y dijo el triple porque no le bastaba en todas las cosas doblar a los demás seres, pues cuanto menos quería ser tres veces más que lo demás.

Descansó un poco y calculó el efecto que produciría su presencia en el mundo. Pero…

—¿Dónde está el mundo? —se preguntó la babosa.

Volvió a mirar y como de las explicaciones de la maestra había sacado en limpio o en turbio que el mundo era redondo, al ver que el pozo lo era, se convenció de que, dando la vuelta al brocal, daría la vuelta al mundo.

Ya descansada, se arrastró de nuevo. Como la noche anterior había llovido y se había llenado de agua la junta de dos ladrillos. La babosa creyó hallarse ante el Nilo, el cual había ponderado la maestra, admiró el caudaloso río y al atravesarlo se convenció de que era un animal privilegiado, pues su cuerpo llegó a la orilla opuesta cuando aún se apoyaba en la otra.

—¡Gran río, caudaloso y profundo! —exclamó—, ¿qué eres si conmigo te comparas?

Poco después, halló un agujero formado por la falta de un ladrillo, y como también estaba lleno de agua, creyó que era el Atlántico. Se entretuvo algunos segundos contemplándolo y convirtió en poderosos veleros y buques algunos fragmentos de hojas que flotaban en el agua. Dejó atrás el hoyo, pensando que las cosas están en relación con la importancia del que las mira, pues aquel océano, tan temible para los hombres, era para ella poca cosa, como lo probaba el haberlo atravesado en pocos instantes en vez de los muchos días que empleaba un barco. Una vez pasado el Atlántico exclamó:

—¡He llegado a América!

Un palo viejo de escoba apoyado en el borde del brocal se le antojó un rascacielos y trepó por él para observar la vista.

—Debo estar en Nueva York.

Y como el sol ya desaparecía en el horizonte, la limaza puso fin a la primera parte de su viaje.

Al alba, se despertó la babosa y vio a su lado un troncho de coliflor y creyó encontrarse en uno de aquellos bosques vírgenes de América y pensó que la maestra no había exagerado al ponderar la esplendidez de la vegetación americana, pues nunca había visto cosa semejante. Los ladrillos llenos de moho le parecieron las inmensas praderas de América del Norte; y tomó a los bichos que allí habitaban por un rebaño de búfalos. Más allá, vio un tiesto resquebrajado del que se escapaban hilillos de agua y la babosa exclamó:

—¡Estas deben ser las cataratas del Niágara!

Un mosquito pasó zumbando por encima del descalabrado tiesto, y la limaza murmuró:

—Este pájaro que por encima del Niágara vuela es un águila. Como yo, ella no siente pavor ante tan asombroso salto de agua. Solo yo y el águila somos capaces de tanta intrepidez.

Siguió su odisea hasta que la interrumpió una agujereada olla puesta boca abajo en el brocal. Al considerar su elevación, se dijo que aquella debía ser la cordillera de los Andes, y al recordar que los Andes estaban en América meridional, acabó de formarse extraordinario concepto de sí misma, pues en pocas horas se había trasladado del Niágara a los Andes, tan distantes para los hombres y tan cercanos para ella. Resolvió pasar la noche al pie de la cordillera y así lo hizo.

Al amanecer del siguiente día, comenzó la exploración de los Andes, o sea del puchero, y al llegar a la cima vio algunas manchas blancas y recordando las explicaciones de la maestra, se dijo que estaba en la cima del Aconcagua, siempre nevada.

El agujero que había en la olla le llamó poderosamente la atención y supuso que debía ser el cráter de algún volcán extinguido. En esto, el viento movió la olla y creyó que había comenzado un terremoto; temió que el volcán empezara a arder; el miedo hizo que perdiera el equilibrio y, tratando de escapar, cayó en el interior de la olla por el boquete.

El batacazo no fue gran cosa, pero necesitó unos segundos para reponerse y al lograrlo, pensó que se hallaba en las entrañas de la tierra.

No estaba sola, pues allí tenían su refugio unas orugas, que con los vaivenes del puchero se agitaron moviéndose en todas direcciones. En monstruos antediluvianos los convirtió la babosa, que se envaneció al ver que los espantaba. En esto, entró un moscardón, que comenzó a revolotear zumbando; y la babosa no supo qué clase de animal era aquél, superior al mosquito, que ella había creído águila.

El moscardón se enredó en la tela de una araña, que extendió hacia él sus largas y vellosas patas. La víctima se agitó creciendo en intensidad su zumbido. La araña intentó sujetarla con sus patas, pero cuando estaba a punto de lograrlo, el viento volvió a agitar el puchero; la araña se balanceó y el moscardón logró escapar.

La babosa buscó escape en medio del débil susurro del aire, que para ella era el rugido de una fiera tempestad; y al salir del centro de la tierra recordó los tremebundos espectáculos que había presenciado. Entre ellos, la lucha de aquellas bestias; de todo lo cual dedujo que otro ser que no fuera ella hubiera muerto del batacazo, o devorada por aquellos monstruos, o bien del susto. Por tanto, el haber salido ilesa era señal evidente de que ni en fiereza, ni en fuerza, ni en resistencia había criatura que pudiera compararse con ella, ni siquiera los animales antediluvianos. Las emociones habían sido tantas, que la babosa creyó conveniente descansar.

En su cuarta jornada, vio sobre el brocal unas piedrecitas mojadas por la humedad del pozo.

—Estoy en Oceanía —dijo la limaza.

Atravesó Oceanía y como en aquella parte del brocal faltaban varios ladrillos y crecía la hierba, se quedó parada delante de lo que para ella eran espesos bosques, y algo perpleja, pues no sabía si se hallaba en Asia o en África. Al arrastrar su cuerpo por aquel continente, vio una hormiga, y la babosa se detuvo exclamando:

—¡Un león!

El león, o sea la hormiga, iba y venía buscando una salida. Al compararse con la hormiga, la babosa se preguntó qué era ella si el león era el rey de la selva. Mientras así discurría, vio avanzar con torpes movimientos un escarabajo.

—Este debe ser el elefante, el más colosal de los animales. ¿Qué soy yo entonces, pues su volumen no llega al mío? Está claro que soy un ser extraordinario. Fiero es el león, fiero el elefante y yo estoy cerca de ellos y no tiemblo.

La babosa siguió su camino y se encontró con un gusano que tomó por una boa; atravesó nuevas tierras y nuevos ríos y, por último, topó otra vez con la junta de los dos ladrillos que había tomado por el Nilo, que, así como había marcado el principio de su viaje, marcaba el final.

—¡He dado la vuelta al mundo! —exclamó llena de vanidad—. Hubiera deseado ver un pozo, pues recuerdo que un día la maestra dijo a uno de sus alumnos que el mar era un pozo grande; pero los pozos deben ser tan diminutos que escapan a mi grandeza.

Dicho esto, comenzó a descender por la pared del pozo y se metió en su escondrijo, y la vanidad la hinchó tanto, tanto, que nunca más pudo salir de allí y allí se quedó hasta el final de sus días, recordando orgullosa su odisea.

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

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Comments

  1. ¡Madre mIa! Esta nos gana en imaginación a todos los cuenteros. La verdad es que el que no se conforma es que porque no quiere. Nuestro mundo es lo que tenemos a nuestro alrededor y podemos abarcar. Con eso hay que conformarse para no sufrir por lo que no podemos conseguir. Además con esta calor mejor estamos en casita……

Nos encanta que nos cuentes

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