El misterioso caso de la caja de galletas

Ilustración: Cryptid Creations

Cuando aquella mañana de domingo Elsa, la mamá de Mandy, Bruno y Ariel, abrió la caja de las galletas que había horneado toda la familia el día anterior para el desayuno dominical, no quedaba ni una dentro.

—¡Os quiero ver aquí a los tres ahora mismo! —gritó desde la cocina.

Los tres hermanos se reunieron alrededor de su madre con cara de no haber roto un plato en su vida. La madre, con mirada severa, los examinó uno a uno para intentar averiguar quién de ellos se había zampado todas las galletas sin dejar ni las migas, pero fue en vano. No quedaba ni rastro del dulce en la comisura de los labios ni aroma de chocolate o vainilla sobre la piel de ninguno de ellos.

—¿Quién de vosotros se ha comido todas las galletas del desayuno?

Los tres negaron acaloradamente haber sido los autores y también los tres se declararon inocentes:

—¡Yo no he sido! —dijo Mandy con el ceño fruncido— ¡Seguro que ha sido Bruno!, siempre lo toca todo sin pedir permiso.

—¡Porque tú lo digas! —protestó Bruno mirando a su hermana mayor enfurruñado— ¡Habrás sido tú y ahora me echas a mí las culpas!

—Yo no he sido, mamá, porque siempre me porto muy bien, ¿a qué sí? —añadió Ariel, el más pequeño, poniendo sus ojitos más tiernos y su cara más inocente.

Como no había ni pruebas ni testigos que pudieran aclarar el misterioso caso de la caja de galletas y no había forma de poder comprobar cuál de los tres era el culpable de tamaña fechoría, Elsa iba a dar por zanjado el asunto cuando se le ocurrió una buena idea. Les dijo entonces a sus tres hijos:

—Lo que yo no os he dicho todavía es que la caja en la que guardamos las galletas esconde un secreto. La fabricó, hace muchos, muchísimos años, mi tatarabuela, una famosa hechicera muy inteligente y esa caja es capaz de distinguir la verdad de la mentira. Nunca jamás ha fallado. Ahora veo que no tendremos más remedio que acudir a la sabiduría y la magia de nuestra antepasada para aclarar este misterioso caso. Dentro de media hora sabremos la verdad. De momento, os podéis marchar a vuestra habitación.

Los tres hermanos se dirigieron cabizbajos y nerviosos a su habitación, preguntándose cómo aquella misteriosa caja podría resolver el misterio adivinando quién de ellos se había comido las galletas.

Elsa lo preparó todo sigilosamente y después llamó a los niños de nuevo.

Ahora, la caja de galletas estaba sobre la mesa del comedor. En la estancia medio en penumbra, con las persianas bajadas, se respiraba un aire misterioso.

Elsa dio tres vueltas alrededor de la mesa mientras murmuraba un extraño conjuro que ninguno de los tres niños llegó a entender. Acto seguido, les pidió que, por turno, hicieran exactamente lo mismo:

—Dad tres vueltas alrededor de la mesa mientras repetís: “Caja misteriosa, solo tú sabes quién ha sido”.

Cuando los tres finalizaron el recorrido, Elsa hizo una solemne reverencia a la caja y los condujo fuera de la sala para explicarles cómo averiguaría la verdad:

—Para comprobar vuestra inocencia no tenéis más que entrar en la sala, poner las palmas de la manos sobre la caja y decir mentalmente: «Yo no me he comido ninguna galleta». Si eso es verdad, la caja no se moverá. Pero si es mentira lo que decís, la caja empezará a agitarse y a dar golpes sobre la mesa y así demostrará que estáis diciendo una mentira. Ahora pasad uno a uno a la sala y haced lo que os he dicho.

Los niños entraron, uno tras otro para tocar la caja y pronunciar la frase.

Salió el tercer niño sin que la caja mágica se hubiera agitado ni una sola vez.

Relajados y evidentemente satisfechos por el resultado de la prueba, los niños esperaban a que la madre los exculpara a los tres. Sin embargo, Elsa ordenó:

—¡Enseñadme las manos!

Mandy, Bruno y Ariel obedecieron sin saber el motivo y Elsa comprobó que todos tenían las manos manchadas de tinta negra, excepto uno de ellos, que las tenía limpias. Elsa lo señaló, afirmando con tono tajante:

— ¡Tú te has comido todas las galletas y, además, nos has mentido!

— No, no, yo, yo… yo no me las he comido… Bueno sí… Pero ¿cómo lo has sabido? ¿Te lo ha dicho la caja?

Elsa se echó a reír a carcajadas:

—La verdad es que la caja no es mágica y no sabe distinguir entre verdad y mentira. Pero yo la he pintado de tinta negra. Los que no se habían comido las galletas, no tenían nada que temer, por lo que han puesto tranquilamente las dos manos sobre la caja para demostrar su inocencia. Sin embargo, tú no te has atrevido a hacer lo mismo por miedo a que la caja se moviera y te delatara. Por eso tienes las manos sin ninguna mancha negra y por eso te vas a quedar en tu habitación a reflexionar sobre tu mal comportamiento y tu mentira mientras nosotros desayunamos tortitas con chocolate recién hechas.

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

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Comments

  1. Siempre he dicho a mis hijos que una madre vale para todo, o eso creen ellos cuando son pequeños. Esta se lleva la palma en artes adivinatorias. ¿Que hubiera pasado si ninguno hubiera posado las manos? ¿O si las hubieran posado los tres? Es un cuento y los cuentos, cuentos son. Feliz semana!!!

    • La inocencia de los niños hace que crean a pie juntillas lo que les dicen los mayores y, en especial, lo que les dicen las madres. En la juventud las madres pierden esa magia, pero la recuperan a medida que más viejos nos hacemos. Feliz semana lectora.

  2. Que mamá más súper lista… Una buena lección pará sus hijos, el culpable no la olvidará fácilmente… Feliz Martes y Gracias por este cuento tan especial.

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