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Cuento a medida

Los sueños que pinchan

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Ilustración: Emma Pumarola

Este cuento y esta ilustración han sido posibles gracias a: 

Poca gente sabe que los sueños viven debajo de la piel; que pueden ser de varias clases; y que no todos están hechos del mismo material.

Tampoco sabe todo el mundo que hay quien puede tener varios tipos de sueños a la vez y otros que solo tienen uno o dos. Pero de lo que no hay noticia hasta el momento, es de que haya habido alguien, en la toda la historia de la humanidad, que no haya tenido un sueño al menos una vez en su vida.

Hay sueños dulces, que se agrupan para recorrer la barriga en fila india, como pequeñas hormigas. Producen cosquillas muy agradables y se suelen manifestar bajo la piel de los enamorados.

Los hay que son muy salados. Se concentran en determinadas zonas del cuerpo y producen pequeñas erupciones que pican mucho, pero son pasajeros y se curan a los pocos días.

Los hay que son en extremo tímidos y recorren de puntillas los párpados, pero solo cuando están bien seguros de que el cuerpo que habitan se ha quedado completamente dormido. Suelen ser extravagantes y raros y se sospecha que algunos son invisibles, porque hay quien afirma que jamás los ha visto, aunque está científicamente demostrado que los de esta clase son los más comunes y tanto hombres como animales los tienen a diario.

También los hay que son justo lo contrario: atrevidos en extremo. Ni de noche ni de día paran de moverse. Exploran hasta el último rincón de la piel del soñador. Estos son fáciles de reconocer porque cuando habitan un cuerpo lo hacen casi ingrávido y parece que quien los posee vaya a salir volando, de un momento a otro, impulsado por ellos.

La tipología de los sueños es casi infinita y podríamos extendernos hasta escribir una enciclopedia completa, pero eso quizá lo hagamos otro día, porque ahora, de los que nos interesa hablar es de una clase de sueños en particular: los sueños que pinchan.

Estos sueños pueden manifestarse en cualquier parte del cuerpo. Se detectan enseguida, porque empujan la piel para poder salir al exterior, pero como la piel es más dura de lo que parece, no pueden liberarse solos y necesitan ayuda. Son molestos e insistentes y pueden llegar a tener muy mal carácter si no se les hace caso.

El gran problema de estos sueños es que son extremadamente rápidos y si son liberados por alguien inexperto se marchan volando sin dejar rastro. Entonces el soñador, además de quedarse sin su sueño, se queda con el diminuto agujerito por el que ha escapado abierto para siempre. Porque hay que saber que, si no se trata correctamente, ese agujero jamás cicatriza y por él se van escapando todos los sueños de la vida. Es por eso que es tan importante que los sueños que pinchan sean liberados, única y exclusivamente, por un especialista.

La labor del liberador de los sueños que pinchan parece, a simple vista, muy sencilla pero si se hace con esmero, es muy. pero que muy complicada, porque en esta, como en cualquier otra profesión, un error puede ser catastrófico.

Para ser un buen liberador de sueños, en primer lugar se debe averiguar si lo que hay debajo de la piel es realmente un sueño, ya que los pinchazos que produce pueden confundirse con los de un simple virus. Los más frecuentes son el moditis puntualis, que ataca cada vez que cambia la moda; y el ennamoratitis tontae, que deja terribles secuelas y horrendas marcas en forma de corazón.

Una vez que el liberador ha verificado que se trata de un auténtico sueño que pincha, esteriliza la zona a tratar y después, con paciencia y mimo, hace un agujerito y libera, poco a poco, el sueño. A medida que este aflora, y para impedir que vuele, lo fija con tinta especial de colores para que dure para siempre.

Seguro que todos vosotros habéis visto muchos de estos sueños sobre la piel de la gente en forma de flor, estrella, cara, elefante, gato o corazón. Cuanto más bueno es el liberador, más perfecto es el sueño adherido sobre la piel. Aunque aquellos que no conocen este secreto los llaman, simplemente, tatuajes.

Como uno nunca sabe cuándo puede ser atacado por un sueño que pincha, es conveniente tener a mano los datos de un especialista, no sea que necesitemos a uno con urgencia y, con las prisas, nos pongamos en manos de cualquiera que estropee lo que soñamos.

Os aconsejamos que si alguna vez necesitáis liberar un sueño, os pongáis en buenas manos:

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Los sueños que pinchan” con la voz de Angie Bello Albelda

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La máquina del tiempo

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Ilustración: Emma Pumarola

  Este cuento y esta ilustración han sido posibles gracias a: 

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Aunque hasta ahora había sido uno de los secretos mejor guardados del mundo, lo que estaban a punto de descubrir Marieta y Luigi iba a cambiar por completo el curso de la historia.

Aquella tarde, Tobías, su papá, los había llevado al hospital porque Anita, la madre de los niños, estaba ingresada. La habían operado y aún tardaría un tiempo en regresar a casa. Le regalaron una caja de galletas para la merienda, un libro y un cactus.

Después de merendar, Anita les dio permiso para salir al jardín que rodeaba el hospital.

—Pero no os alejéis mucho. Que os podamos ver desde la ventana— les advirtió.

Lo más divertido de ir al hospital era que los dejaban pasear solos por el enorme jardín vallado.

—Luigi, hoy imaginaremos que… -De pronto, Marieta se quedó muda.

Acababa de ver como unos niños entraban sigilosamente en uno de los pabellones de la derecha y quiso saber qué tramaban.

—Ven Luigi, quizá nos dejen jugar con ellos. A lo mejor están celebrando una fiesta…

Se dirigieron hacia el pabellón y vieron, a través de una de las ventanas, que aquellos niños vestían pijamas.

—¡Qué raro! —se extrañó Luigi—, si es la hora de la merienda… Como no sea una fiesta de disfraces…

—Puede ser… —añadió Marieta—.  Mira a esa niña del pañuelo en la cabeza: es una pirata. Y aquel de allí, el que lleva esos tubos que le salen de la nariz… ¡ese es un buzo! Y ese otro, el que arrastra ese palo con una botella arriba, pues va disfrazado de robot, y el de las gafas…, mmmm, ¡ese no sé!

-¡Pues ese es un sabio!

Sin atreverse a entrar, siguieron observando a través de la ventana.

Dentro del pabellón, el grupo de niños amontonaba los más diversos objetos sobre una mesa: pulseras, lápices, bolsos, un par de bufandas, monedas y billetes, llaveros… Hablaban entre ellos, y aunque Luigi y Marieta no podían oír lo que decían, señalaban las cosas que había en la mesa y parecía, por sus gestos, que guardaban un gran secreto.

De repente, como si notara que alguien los estaba espiando, la niña que llevaba el pañuelo en la cabeza, miró hacia la ventana y sorprendió a Marieta y a Luigi, que se quedaron petrificados donde estaban, sin saber qué hacer.

La puerta del pabellón se abrió y el niño de las gafas los invitó a pasar:

—¡Adelante!, que no os vamos a morder…

—¿Por qué vais en pijama?, ¿estáis celebrando una fiesta de disfraces?

—No, no es una fiesta. Estamos en el hospital porque estamos enfermos; por eso llevamos pijama. Y vosotros, ¿qué hacéis aquí?

—Hemos venido a darle la merienda a mamá. La han operado. ¿Y a vosotros qué os pasa? ¿Qué enfermedad tenéis? —preguntó curiosa Marieta

—Tenemos cáncer.

—Yo he tenido muchas veces anginas o dolor de barriga, pero nunca he tenido cáncer. ¿Duele? —interrogó Luigi.

—A veces.

—¿Y a qué jugáis? —quiso saber Marieta.

—No jugamos, estamos construyendo una máquina del tiempo. Nuestros padres, los médicos y los enfermeros nos dicen siempre que en el futuro el cáncer se curará tan rápido como un resfriado, pero nosotros no queremos esperar tanto. Queremos viajar en el tiempo para poder curarnos ya. Si esperamos mucho, el cole habrá terminado y no podremos pasar de curso con nuestro amigos.

—¡Una máquina del tiempo! ¡Suena divertido! ¿Nos dejáis construirla con vosotros?

—¡Claro! Para construirla, necesitamos pulseras, bolsos, lápices, dinero para comprar cosas… ¡todo lo que se os ocurra! Cada día venimos aquí, pero siempre falta alguna pieza, así que no hay forma de ponerla en marcha. Cuando vengáis, podéis traernos algo. Aunque sea pequeño. En una máquina tan complicada como esta, nunca se sabe qué funcionará. ¡Hasta el tornillito más pequeño es importante!

—Marietaaaaaaaaaaaaaa, Luigiiiiiiiiiiiiiiii —las voces de Anita y Tobías llegaron desde el jardín.

—¡Son mamá y papá! ¡Nos tenemos que marchar! Volveremos luego con cosas para construir la máquina. ¡¡Adiós!!

En el jardín, los padres de los dos niños buscaban a sus hijos con cara de preocupación. Al verlos, Anita los riñó aliviada:

—¿¡No os hemos dicho millones de veces que no os alejéis!? ¡Estábamos muy preocupados! ¡Pensábamos que os habíamos perdido para siempre! ¿Dónde os habíais metido?

—Allí —dijeron al unísono señalando el pabellón—. Estamos construyendo una máquina del tiempo y necesitamos…

—Muy bien —los interrumpió Tobías—, pero ahora ¡a casa!, que todavía tenéis que hacer los deberes o no pasaréis de curso. Ya construiréis esa máquina mañana…

 …pero mañana es AHORA y el tornillito más pequeño cuenta.

Construir la máquina del tiempo solo será posible con TU AYUDA. Colabora un poco, POR FAVOR…

…mira todo lo que puedes hacer. ES IMPORTANTE…

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FIN

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La comida real

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Ilustración: Emma Pumarola

 Este cuento y esta ilustración han sido posibles gracias a: 

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Para los hermanos Sentido, asesores reales en varios mundos, que responden a los nombres de Oído, Olfato, Vista, Tacto y Gusto, cada vez es más complicado encontrar un lugar en la Tierra en el que celebrar la gran comida que disfrutan los Reyes Magos al terminar su reparto.

En esa reunión anual, además de comer y reponer fuerzas después de su agotadora jornada de trabajo, sus Majestades hablan de cómo les ha ido el día y planifican, con todo lujo de detalles, las tareas del año que tienen por delante, para que al llegar de nuevo el 6 de enero todo salga a la perfección. No pueden permitirse ni el más mínimo desliz, ya que en una sola noche se debe efectuar la entrega y cualquier error de cálculo supone un desastre difícilmente reparable.

La misión de los hermanos Sentido es buscar un lugar especial de reunión para Melchor, Gaspar y Baltasar, a los que es casi imposible sorprender, porque en sus más de 2.000 años de profesión han visto, oído, olido, tocado y gustado todo aquello que se puede ver, oír, oler, tocar o gustar. Así que, como podéis imaginar, es muy difícil impresionarlos con algo.

Por eso, cada uno de septiembre, los cinco hermanos se ponen en marcha y recorren juntos el mundo.

Este año, sin embargo, después de discutirlo largamente, decidieron tomar distintos caminos para ampliar la cada vez más complicada búsqueda.

Olfato se fue a Asia, porque había oído que allí, el aroma de la cúrcuma, el cardamomo, la cayena, el cilantro y la canela cosquillea en la nariz cuando el aire esparce en los coloridos mercados de especias su dulce y suave perfume.

Siete días después de su partida, propuso a sus hermanos celebrar la reunión en Estambul, contemplando el mar de Mármara.

La propuesta se rechazó, porque en 1453 ya se celebró allí la comida.

Oído puso rumbo a Oceanía, donde hay quien dice que, si se escucha con atención, se oye hablar al silencio, que se refugia a menudo en aquellas vacías inmensidades para poder meditar.

Volvió al cabo de un mes convencido de que el punto idóneo de reunión era el desierto Pintado de Australia, que en inmemoriales tiempos sirvió de paleta para ensayar combinaciones de colores a las cuatro estaciones cuando aún vivían juntas.

La propuesta se desestimó, porque se esperan vientos racheados a principios de enero en aquella zona y es un poco molesto encontrar arena en la comida.

Tacto tomó la dirección de África, para poder acariciar la piel de los animales en libertad, porque cuentan, los que la han tocado, que es la más suave del mundo, muy distinta a la de los animales cautivos, cuya piel se vuelve rugosa a causa de la pena.

Al volver a finales de octubre, propuso a sus hermanos ir a Tanzania, a la inmensa sabana del Serengeti, donde los animales corren sin barreras.

Se desechó la propuesta a causa de que en enero, precisamente, comienzan las grandes migraciones en la región de Ndutu y se prevé que más de un millón de ñus, trescientas cincuenta mil gacelas y unas cincuenta mil cebras se reúnan allí para emprender su periplo anual.

Vista se marchó hacia América, donde selvas, cordilleras, pampas, mares, ciudades y desiertos desprenden una luz tan especial que, mires hacia donde mires, te explota en mil colores dentro de la retina.

A mediados de noviembre regresó con su propuesta: irían a Guatemala, al lago Atitlán, que en idioma náhuatl significa «en el agua».

La idea quedó inmediatamente descartada, porque Melchor sufre de reuma y en el agua lo pasaría fatal.

Gusto, el último de los hermanos Sentido, optó por explorar Europa.

No se ha sabido nada de él hasta hace dos días, cuando sus hermanos, muy nerviosos, reclamaron su presencia con urgencia.

Regresó de su viaje muy feliz, rebosante de salud. Propuso ir a Capmany, un precioso pueblecito al sur del viejo continente donde, según dijo, todo es maravilloso. Allí lo habían tratado tan bien, ¡que se había olvidado por completo de su misión!

Emocionado, Gusto relataba a sus hermanos:

—¡Ay, hermanos!… Después de recorrer Europa entera, después de degustar las más exclusivas exquisiteces, descubrí un restaurante tan, tan, pero tan especial que decidí quedarme a vivir en él. ¡Y no me equivoqué! Allí he visto, olido, saboreado y tocado cosas que vosotros no creeríais. Juntas, viandas y trufas, me contaron que…

—¡¡¿¿Trufas??!! —exclamaron a la vez Oído, Olfato, Vista y Tacto.

Porque a los hermanos Sentido, si hay una cosa en el mundo capaz de volverlos locos es, precisamente, una trufa, el hongo mágico cuyo cuento empieza, justo, donde acaban otros.

«Érase una vez una trufa que se enamoró de un árbol y abrazada a sus raíces esperó paciente, a oscuras y en silencio, el momento preciso para entregar al mundo el fruto de ese amor».

Y es que cada año, en los espesos bosques de castaños, nogales, encinas y robles se viven fascinantes aventuras bajo la tierra. Algunas las conocemos porque, al llegar enero, quieren ser contadas y entonces desprenden un suave aroma que solo el fino olfato de jabalíes y perros puede percibir. Las trufas, cargadas de cuentos, son desenterradas y en ese momento hay que ir con muchísimo cuidado, porque solo un experto, con delicadeza, ternura y mimo, puede desprenderlos, muy despacio y sin dañarlos, de entre la tierra adherida en la rugosa superficie de las trufas. Si no se hace correctamente, finales o principios de esos cuentos pueden perderse irremediablemente.

Después, las historias desprendidas de las trufas deben mezclase cuidadosamente con los más deliciosos manjares para que juntos compongan relatos llenos de sabores, colores, olores y texturas que, al comerlos, estallan en el paladar. ¡Y no cualquiera puede hacer esto!

Pero precisamente, en Capmany, Gusto descubrió a uno de los mejores artistas desprende cuentos del mundo. Se llama Toni, y los hermanos Sentido decidieron que este año fuera él el encargado de cocinar la comida real.

Ha preparado un banquete muy, muy especial a base de trufas y, ¡por fin!, después de muchos siglos, los cinco hermanos han conseguido sorprender a los tres Magos de Oriente, que a estas horas aún siguen allí, saboreando historias.

Y aunque hoy el restaurante de Toni está reservado para Melchor, Gaspar, Baltasar, todos sus ayudantes y, naturalmente, para los cinco hermanos Sentido, podéis encargarle mesa para otro día y disfrutar de todo lo que nos cuentan sus platos.

Porque nosotros, que sabemos mucho de cuentos, os aseguramos que viviréis una experiencia…

 

¡…mágica en…!

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FIN

El último regalo de la Luna

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Ilustración: Emma Pumarola

Este cuento y esta ilustración han sido posibles gracias a: 

MWh

Cuentan, que cuando el mundo fue creado, en el firmamento alumbraban el Sol y la Luna, que salían juntos y se escondían a la vez.

Afirman, que la Luna era más brillante que el Sol y siempre lucía redonda; pero que al aparecer los primeros humanos sobre la Tierra, las cosas empezaron a cambiar.

Sucedía, que cuando el Sol y la Luna se marchaban al otro lado del planeta, la mitad de la Tierra se quedaba en tinieblas y los habitantes de la parte oscura, aterrorizados y en completo silencio, casi ni se atrevían a respirar. Se escondían, temblando, en profundas cuevas y no se movían de allí hasta que la luz regresaba de nuevo.

Cuando supo lo que ocurría, la Luna se apiadó de ellos y le propuso al Sol:

—¿Qué te parece si enviamos un poco de nuestro resplandor a la humanidad para que pueda ver lo que tiene a su alrededor mientras nosotros no estamos?

—¡Ni pensarlo! —respondió el Sol—. Dar mi claridad significaría apagarme un poco y no estoy dispuesto a perder ni una pizca de mi brillo.

—¡No te apagarías! Tan solo darías un poco de tu luz. Como yo soy más brillante, pondría más y tú apenas notarías la diferencia.

—¡No, no y mil veces no! ¡No regalaré ni una pizca de mi luminosidad!

Ante la negativa del Sol, la Luna decidió mandar ella sola algunos de sus rayos a la Tierra para iluminar la penumbra y, al hacerlo, se apagó un poco.

Al llegar a la Tierra, los haces de luz de la Luna se desperdigaron y buscaron un lugar en el que poder brillar. Algunos se fundieron con oscuérnagas, que desde entonces se conocen como luciérnagas. Otros se enredaron en las alas de las hadas nocturnas, las que vuelan justo después del crepúsculo. Y unos pocos se marcharon a los pantanos o a los cementerios; a esos los conocemos como fuegos fatuos.

Pero aunque el regalo lunar había ayudado un poco, la parte oscura del mundo seguía estando muy oscura y los habitantes del planeta empezaron a llamar noche a las horas en las que el Sol y la Luna no estaban y día a las horas en las que la brillante luz de los dos astros alumbraba con todo su esplendor.

Al comprobar la Luna que a pesar de su regalo todo seguía inmerso en las sombras, decidió desprenderse de un poco más de claridad y, esta vez, envió sus rayos hacia el espacio. Aquella luz se fue quedando enganchada en trozos de piedra que vagaban por el negro vacío y así fue como se formaron las estrellas. Gracias a ellas, al mirar al cielo durante la noche, podemos orientarnos para no perdernos, porque es como si diminutos faros nos guiaran a través de las tinieblas.

Con este regalo, la Luna se apagó un poquito más y las cosas mejoraron algo en la Tierra, pero hacía falta más iluminación durante las horas nocturnas.

La Luna volvió a pedir ayuda al Sol:

—Sol, ya he dado mucha de mi luz y me estoy apagando. Por favor, ¿podrías ayudarme a iluminar un poco la noche?

Y el Sol contestó de nuevo:

—¡No, no y mil veces no! ¡No regalaré ni una pizca de mi luminosidad!

La Luna, entonces, le pidió ayuda al relámpago:

—Relámpago, por favor, ¿podrías ayudarme a iluminar un poco las sombras?

—Me gustaría ayudarte, Luna, pero ya sabes que mi fulgor solo dura un segundo y…¡Aunque se me ocurre una idea! Caeré sobre un árbol y dejaré allí prendida parte de mi claridad, así durará un poco más.

Y eso hizo. Se desplomó con fuerza sobre una vieja encina, cuya madera se incendió rápidamente, irradiando luz y calor a los hombres que estaban más cerca, los cuales, asombrados, se acercaron, se apropiaron de aquella nueva fuente de energía, la repartieron por toda la Tierra y la llamaron fuego.

Pero tampoco el fuego fue capaz de alumbrar lo suficiente las penumbras, además de que era difícil y peligroso de transportar. Por eso la Luna, ya con muy poca luz, decidió mudarse. Se despidió del sol y se fue a vivir a la noche para poder iluminar las tinieblas.

Desde aquel día, con el poco brillo que le quedaba, empezó a lucir durante las horas nocturnas, junto a las luciérnagas, las hadas, los fuegos fatuos, las estrellas y el fuego. Pero ni todos juntos a la vez podían vencer por completo la penumbra.

La Luna, en un último acto de generosidad, decidió entregar aún más luz y solo se guardó un poquito para ella. Tan poco, tan poco que ya ni siquiera podía brillar entera todas las noches.

A este último regalo de la Luna los humanos lo llamaron electricidad.

Con la electricidad, podemos ver durante la noche como si fuera de día, podemos viajar, leer o movernos por cualquier lugar y a cualquier hora, sin temor a la oscuridad.

Por eso, siempre que contempléis el cielo nocturno, acordaos de la generosidad de la Luna y tened muy presente que cada vez que encendéis una luz o a vuestro alrededor la noche se ilumina, es gracias a ella. ¡No malgastéis su precioso regalo!

Esta historia nos la contó, el Gran Guardián de los Rayos de Luna, que se encarga de repartir en la Tierra la electricidad a todos aquellos que se la piden y de explicarles cómo deben usarla para no malgastarla. Por él, hemos sabido por qué la Luna sale de noche y también por qué algunas veces luce brillante, otras no está entera y otras está apagada.

Tened siempre presente que la energía es un don muy valioso que no debemos derrochar. Informaos muy bien de cómo conservar ese preciado presente para no desperdiciar ni uno solo de los rayos que nos regaló la Luna…

 …preguntad cómo hacerlo a…

MWh

FIN

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El baño del cuento del martes

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Ilustración: Emma Pumarola

 

Este cuento y esta ilustración han sido posibles gracias a: 

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Desde que el mundo es mundo se han contado cuentos. Pero a diferencia de ahora, en que la gente cree que los cuentos son solo cosa de niños, hubo una época remota en la que fueron muy importantes, y desde los reyes a los campesinos, desde los más grandes a los más chicos y de norte a sur de la tierra, las historias eran escuchadas alrededor del fuego por cualquiera que tuviera orejas. Y aquellas historias, si se escuchaban con atención, acababan por hacerse realidad.

Fue, precisamente, en aquellos lejanos tiempos cuando nuestra historia comienza.

Ocurrió en una ciudad de la baja Mesopotamia; una fértil tierra llena de agua situada entre dos ríos: el Tigris y el Éufrates y en la remota época en la que Sumu-abum reinaba.

En aquel tiempo, vivía allí un viejo sabio que había pasado toda su vida observando las estrellas y que, por ese motivo, era conocido por todo el mundo como El Observante.

Una noche, en la que haciendo honor a su nombre El Observante observaba las estrellas desde lo alto de un zigurat cercano a su casa, se dio cuenta, de pronto, de que podía ordenar el tiempo, y decidió repartir las horas en sesenta minutos y las semanas en siete días, tal y como todavía seguimos haciendo hoy.

La cosa no hubiera tenido más consecuencias si no hubiera sido porque, poco después, se puso tan de moda el invento de El Observante, que la gente empezó a organizarlo absolutamente todo alrededor del tiempo:

—¡Uy!, ¡las siete y diecisiete! ¡Debo pasar por la palmera a buscar dátiles antes de volver a casa!

—¡Por Enki! ¿¡Tan tarde se ha hecho ya!? ¡Tengo seis minutos para coger el último camello!

—¡Corre, corre! ¡Te veo mañana a las cuatro y ocho!

—¡¡¿A las cuatro y ocho?!! ¡Imposible! Deja que consulte mi tablilla temporal… Lo siento, pero a esa hora tengo astrólogo y luego voy a la pelu a pintarme la raya de kohl en los ojos. ¿Qué tal antes?, ¿a las doce y tres?

—Creo que puedo, pero te lo confirmo luego. Te mandaré un mensaje con mi paloma nueva; ¡es de la última generación y va que vuela!

De tal manera se obsesionaron con medir todo lo que hacían, que empezaron a depender de los minutos, las horas y los días y se olvidaron, por completo, del verdadero valor temporal. Ya no daban importancia a aquellas cosas para las que no es necesario controlar los minutos; como mirar las estrellas, hablar con los amigos, tomar el sol y contar cuentos.

Pero como todas estas cosas es imprescindible hacerlas, no tuvieron más remedio que encerrarlas en el tiempo para poder llevarlas a cabo. Así, que decidieron que mirarían las estrellas cuando hubiera un eclipse; tomarían el sol en verano; hablarían con los amigos los fines de semana, y contarían cuentos…  ¡Gran problema! ¿Qué harían con los cuentos?

Como a los cuentos es muy difícil poder encerrarlos en el tiempo, el asunto llegó a las más altas instancias del reino y después de debatirlo durante días enteros, el Consejo de Ministros del Rey Sumu-abum anunció a todos los habitantes de Mesopotamia que los cuentos se contarían por la noche, antes de ir a dormir y que no podrían ser más largos de catorce minutos.

A partir de entonces, los cuentos empezaron a ser cada vez más cortos y menos importantes y, poco a poco, fueron quedando relegados. Ya no se relataban alrededor de los grandes fuegos sino que, a toda prisa, se contaban después de la cena, justo antes de que la gente se acostara.

Los cuentos de todos los días de la semana se tomaron las nuevas normas con resignación y ninguno de ellos duraba más de los catorce minutos reglamentarios, pero el cuento del martes se negó en redondo a ser encapsulado en tan corto espacio de tiempo, ¡él tenía muchas cosas que contar! Por lo que después de dar vueltas y más vueltas a tan delicado asunto, pensó que la mejor manera de zafarse de las normas y alargar sus historias sería que la gente estuviera tan interesada en su cuento que se olvidara por completo del tiempo. Y empezó a pensar en qué cuento podría inventar.

Primero le dio vueltas a un relato sobre un diluvio, en el que la tierra quedaba completamente cubierta por el agua… Pero supuso que la gente se asustaría, así que lo soltó en el aire.

Imaginó después la historia de un hombre fuera del tiempo llamado Utnapishtim, que guardaba el secreto de la inmortalidad… Pero tampoco le convenció, así que también la dejó volar.

Inventó otros muchos relatos, pero ninguno acababa de gustarle y los iba dejando libres.

Ya empezaba a desesperarse cuando, de pronto, tuvo una brillante idea:  ¡No inventaría un cuento, inventaría un lugar! Un lugar lleno de agua en el que la gente se olvidaría del tiempo. Un lugar en el que se estaría tan bien, que nadie querría salir de allí y entonces él aprovecharía para contar largas historias. ¡Eso haría! “El baño del cuento del martes”, así lo llamaría. Un rincón lleno de magia en el que el agua lavaría de la mente el tiempo y remojaría todas las preocupaciones. ¡Allí la gente sería tan feliz que los cuentos podrían cobrar vida!

Rápidamente, se puso manos a la obra y viajando en una ráfaga de viento susurró su idea al primer humano que se cruzó en su camino, que no fue otro que Alí Ibn Abbas Abu Muhammad Ibn Amir Taymullah Zuhayr Ibn Ubayy, un comerciante árabe cargado de especias que, procedente de la India, regresaba a su casa.

Durante el camino de vuelta, Abu, entusiasmado, fue imaginando todo lo que haría para hacer realidad  aquel sueño y al llegar a su país edificó un magnífico palacio lleno de aguas mágicas al que llamó “Aire. Baños árabes”. “Aire” porque el viento le había susurrado la idea y “árabe” porque él lo era.

Allí, durante mil y una noches, entre baño y baño, el cuento del martes inventó historias fantásticas que fascinaron a todo aquel que las escuchaba.

La voz corrió rápidamente y las gentes de los más recónditos rincones del planeta copiaron esta costumbre. Se construyeron lujosos baños en los se contaban interminables cuentos, se tomaba té y se olvidaban, por un rato, todas las penas. No había ni una sola ciudad importante de la tierra que no tuviera un lujoso baño público, y la gente acudía allí antes de tomar cualquier decisión.

Aunque desde entonces han pasado muchos siglos, todavía hoy existen estos lugares mágicos en los que los relojes dejan de funcionar, el tiempo se detiene  y cualquier cuento puede hacerse realidad…

 …y nosotros sabemos dónde están…

Almería

Barcelona

Sevilla

 FIN

Garbanzo Ivanovich

La cocina de la Montse

Ilustración: Emma Pumarola

Este cuento y esta ilustración han sido posibles gracias a: 

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Al despertar Garbanzo Ivanovich una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse, de pronto, dentro de una bolsa de plástico, apretujado e incómodo, compartiendo su espacio con otros muchos garbanzos.

– ¿Qué hago yo aquí? –se preguntó.

¡Garbanzo Ivanovich no era un garbanzo cualquiera! ¡Él provenía de una larga estirpe garbancera! Sus orígenes se remontaban a la noche de los tiempos.

El primer antepasado que había llevado el nombre de Garbanzo en la familia, había sido Garbanzo Ikshvâku, del que se hablaba en las “Crónicas Leguminosas”. Había nacido en una hermosa planta de flores blancas aunque, en el libro, no se aclaraba si había sido en Grecia, en Turquía o en Siria, pero lo que sí decía es que había vivido en la lejana India, donde acabó sus días al ser elegido, entre otros muchos candidatos, como regalo de boda de la hija pequeña del Marajá de Kanchipuram. Le habían dado un baño de oro y, después, lo habían engarzado en una sortija; junto a una esmeralda y dos brillantes. ¡Glorioso fin para un garbanzo convertirse en joya!

Ahí empezó la larga lista de nombres ilustres que habían pertenecido a su familia.

Los descendientes de Garbanzo Ikshvâku, se desperdigaron y fundaron cultivos en las ciudades costeras más importantes del Mediterráneo.

Garbantonio conquistó amplios territorios y llegó hasta las pirámides de Egipto, donde conoció a Garbanpantra, con la que tuvo una numerosa prole.

Uno de sus tataranietos, Garbanzo Agas, se trasladó a Ghana para explorar el bosque Atiwa y allí fundó, también, una gran familia. Su historia pasó a las Crónicas porque murió trágicamente en Abisinia, mientras luchaba valerosamente para no ser engullido por un fiero león negro.

Una de sus hijas, Garbanzo América, abrumada por la pena de tal desgracia, decidió embarcarse en el barco de un tal Cristóbal Colón para ver mundo. Descubrió nuevos territorios, y en el valle de Anáhuac entabló relaciones con Tomatoatl, que le enseñó a hablar náhuatl con fluidez. Junto a él, vivió muy feliz ejerciendo de intérprete y guía turística por todo el territorio americano. Pasó a las “Crónicas Leguminosas” porque le dio su nombre al continente que había descubierto.

En América, dejaron su huella numerosos garbanzos. Por ejemplo, Garbanzo Eastwood, uno de los garbanzos más duros de los que se tiene noticia, nacido en las tierras yesosas de Fort Dodge y Garbanzo Monroe, que fue aplastada accidentalmente por un pie en Hollywood Boulevard y todavía sigue allí, porque se quedó enganchada, con el cuerpo plano como el de una estrella de mar, en el cemento recién puesto de la acera. Después, muchos la imitaron y ahora es difícil dar con ella porque la avenida está llena de estrellas.

Las “Crónicas Leguminosas” hablan de otros americanos famosos: Garbanzo Guevara, Garbanzita Perón, Garbanzo Borges, Garbanzo Kennedy… nombrarlos a todos sería arduo.

Y ahora, él, Garbanzo Ivanovich, que siempre había soñado con correr aventuras, estaba allí, en una bolsa roja y transparente, viendo el mundo a través de una diminuta ventanita y preguntándose adónde habían ido a parar todos sus anhelos. ¡¡¡Así era imposible pasar a la historia!!!

Hubiera querido inscribir su nombre en las “Crónicas Leguminosas” como gran científico. Ser como Garbanzo Pasteur, que había conseguido alargar la vida de los garbanzos con sus experimentos de pasteurización, o como Garbanzo Curie, la primera que había conseguido, tras infinidad de mezclas fallidas, combinarse en el justo punto con una salsa de tomate y hierbas provenzales.

¡Qué pena la suya! ¡Terminar sus días encerrado en una vulgar bolsa amontonado con vulgares garbanzos!

Estaba Garbanzo Ivanovich desesperándose con tan nefastos pensamientos, cuando una mano tomó el paquete, lo abrió y echo todos los garbanzos al agua.

En una cazuela, remojado e incómodo, pasó una noche entera y se arrugó, claro está, como un garbanzo.

Después, la misma mano lo puso a hervir, junto con un bacalao muy resalado que contó a todos sus aventuras marinas en el Cantábrico; con una cebolla que no paraba de llorar; y con algunos ingredientes más y, todos juntos, estuvieron haciendo chup-chup un buen rato en la cocina de la Montse, una afamada cocinera, que lo enalteció gracias a una de sus suculentas recetas.

Porque, amigos, lo que nunca supo Garbanzo Ivanovich es que, al fin y al cabo, su nombre sí quedó inscrito para siempre en las “Crónicas Leguminosas” y se hizo famosísimo gracias a la Montse, que se encargó de inmortalizarlo, dejando constancia del proceso completo que había seguido el ilustre garbanzo para convertirse en una nutritiva delicia.

Y para mayor gloria de Garbanzo Ivanovich,

aquí tenéis la prueba.

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FIN