Cuento amigo

La Luna perezosa

Ilustración: Mikyla Meyer

Hace muchos, muchísimos años, el día estaba repartido en dos mitades iguales. Durante doce horas el Sol alumbraba toda la Tierra y las otras doce era la Luna la que iluminaba tenuemente el mundo.

Todo era armonía entre los animales; durante el día, cazaban y se alimentaban, jugaban, cuidaban de sus cachorros y recorrían sus territorios sin miedo a perderse porque la luz del Sol los acompañaba. Durante la noche, se refugiaban en nidos y cuevas y echaban un buen sueñecito, hasta que la Luna se escondía y salía de nuevo el Sol.

Pero ocurrió que un día, al caer la tarde, los animales de bosques y selvas, asombrados, no dejaban de mirar el cielo esperando ver la luz blanca de la Luna que tardaba en salir. Aguardaron durante horas, sin atrever a moverse, pues la oscuridad era total. Tan solo los animales nocturnos, como búhos y lechuzas, podían andar de aquí para allá.

Todos se preguntaban:

—¿Dónde está la Luna? ¿Por qué no se ve?

Pero nadie sabía qué contestar.

Por suerte, al cabo de doce horas de la más completa oscuridad, el Sol volvió a brillar y todos los seres que habitaban la Tierra respiraron aliviados, aunque esperaban impacientes la noche para ver qué pasaría.

Por desgracia, ni esa noche ni las tres siguientes volvieron a ver la Luna.

¡Pobres animales! Estaban desesperados. Pasaban las noches en completa oscuridad resguardados en sus casitas. Si tenían sed, no salían a beber hasta la mañana, pues podían perderse camino al río o a las lagunas. Los cachorros lloraban pues les daba miedo tanta negritud y hasta los animales nocturnos andaban despistados, pues también echaban de menos el brillo de la Luna.

Así que al quinto día, elefantes y leones decidieron enviar pájaros de todos los tamaños y loros pequeños y grandes a recorrer la Tierra para dar aviso de que se iba a celebrar una Asamblea a la que era importantísimo que acudieran representantes de todas las especies animales para discutir qué podían hacer; si es que podían hacer algo, ¡claro está!

Respondieron a la llamada miles de animales y después de discusiones y diversos pareceres se acordó, por mayoría, que lo principal era averiguar dónde se escondía la Luna para preguntarle por qué ya no aparecía por las noches. El problema era: ¿quién podría subir tan alto como para hablar con la Luna?

En un principio, se pensó en las aves, pero se desechó la idea, pues en el momento en que se pararan a preguntar a la Luna podían caer si dejaban de volar.

Descartados también los animales marinos, se pensó en las jirafas, que son los animales más altos de la tierra, pero por mucho que las más grandes estiraron el cuello no llegaron más que a alcanzar alguna nubecilla.

Fue un pequeño grillo quien dio con la solución

—¡Amigos, compañeros! ¡Escuchad! —Así sonó su voz aguda y chirriante y todos callaron para oír lo que tenía que decir—. ¡Creo que ya lo tengo! Puesto que las jirafas solas no alcanzarán nunca la altura suficiente, propongo que hagamos una torre entre todos, unos encima de otros. Yo mismo me ofrezco como voluntario para ser el portavoz y subir a lo más alto para parlamentar con la Luna.

Era una idea loca, pero como a nadie se le ocurría otra alternativa decidieron que por probar no perdían nada. Acordaron que en cuanto el Sol se escondiera se pondrían a la tarea de hacer la torre animal más alta que nunca se hubiera hecho. El lugar elegido fue una playa para que así miles de peces linterna y medusas cristal, además de millones de luciérnagas, iluminaran la gran torre.

Por supuesto, en la base de la torre se afianzaron cuatro elefantes, que con sus patas clavadas en la arena formaban el mejor de los pilares. A sus lomos, se auparon cuatro osos y después siguieron leones, caballos, camellos y jirafas que elevaron considerablemente la altura. A la cabeza de las jirafas treparon cuatro cabras, seguidas de cuatro cigüeñas que llevaron en sus picos a cuatro canguros que, a su vez, transportaban en sus bolsas a cuatro monos, muy acostumbrados a las alturas. Finalmente, llegó trepando nuestro amigo el grillo.

¡La escena era magnífica! Tan inusual era, que la Luna desaparecida, muerta de curiosidad y un tanto aburrida, salió un momento de detrás de la gran nube negra donde se escondía para observar y el grillo, listillo, desde lo alto de la torre, comenzó a vocear:

—¡Ehhhhh! ¡Señora Luna! ¡Señora Luna! ¿Se encuentra usted bien? ¡Mire que aquí abajo estamos todos muy preocupados!

La Luna, con su voz dulce le contestó:

—Estoy perfectamente. Ahora que no tengo que trabajar todas las noches, puedo dormir cuanto se me antoja ¡No sabéis lo cansado que es tener que pasarse la noche brillando!

El grillo no se achicó:

—Pero, Señora Luna, ¡nosotros la necesitamos! No sabe el caos en que se ha convertido el mundo desde que no sale para darnos su luz. Ningún animal se atreve a salir de noche, algunos lo intentaron y hubo osos que, confundiéndose de guarida, acabaron en la de los leones; conejos que tropezaron con lobos en los caminos; hormigas que equivocaron sus caminos y terminaron en gallineros y abejas en nidos de golondrinas. Le rogamos que, por favor, vuelva a brillar por las noches ¡Porfa, porfa!

La señora Luna escuchaba sorprendida. No sabía que era tan importante para los animales y se sintió un poco culpable por haber sido tan egoísta.

El grillo siguió con su perorata para intentar convencerla:

—Además, Señora Luna, ¡se ve tan bonita allí en el cielo! tan redonda y brillante ¡El mundo ya no es igual sin usted!

Esas palabras tocaron la vanidad de la Luna y remolona respondió:

—Estaaaaá bien, hacedme una propuesta en la que no tenga que trabajar tanto y me lo pensaré.

Toda esta conversación iba siendo transmitida por el grillo a los monos y estos a canguros, cigüeñas, cabras, jirafas, camellos, caballos, leones, osos hasta llegar a los elefantes, que con su gran trompa, haciendo de altavoz, la hacían llegar a todos los que allí esperaban reunidos.

De esta manera, se pusieron todos los animales a pensar en una solución para resolver el problema más grande que nunca hubieran tenido. Después de darle vueltas, los elefantes lanzaron una llamada a los delfines, que nadaban cerca de la orilla, pues tenían fama de ser muy inteligentes:

—¡Arggggggg! Delfines, confiamos en vosotros ¡Dadnos la solución!

Inmediatamente, acudieron a la llamada más de doscientos delfines que tras parlamentar llegaron a un acuerdo y eligieron a un representante, el cual transmitió a la Asamblea lo que habían, entre todos, acordado:

—Nosotros proponemos, ya que el problema es que la Luna está cansada, que no trabaje tanto. Es decir, que tenga algunas noches de descanso cuando lo necesite. Las noches que esté contenta, que brille redonda, como hasta ahora, y cuando necesite descansar, que brille solo la mitad o una cuarta parte. Los animales podemos acostumbrarnos a pasar las noches con menos luz y ella estará más contenta

Con prontitud, la solución fue transmitida por toda la torre de animales hasta llegar al grillo que, con buenas palabras, se la transmitió a la señora Luna. Esta, tras quedarse pensativa un buen rato, habló así:

—¡De acuerdo!, lo haremos como decís. La verdad es que estar toda la noche escondida tras una nube de tormenta tampoco es tan divertido como pensé. Habrá noches en que me esconda del todo; otras me veréis la mitad; y alguna saldré redonda y entera para alumbrar toda la Tierra. ¡Palabra de Luna!

Y para demostrar que decía la verdad, salió de detrás de aquella negra nube y su luz alumbró más que nunca toda la Tierra. Los animales reunidos en la playa, felicitándose unos a otros, estallaron en un clamor de alegría:

—¡Bravo! ¡Hurra! ¡Viva la señora Luna! ¡Qué luz tan bonita!

La torre se deshizo con un estrépito de aullidos, relinchos, graznidos y rugidos, aunque, por fortuna, no hubo que lamentar más que unos cuantos chichones y moratones.

Todos los animales volvieron a sus tareas diarias y a dormir tranquilos. Sabían que la luz de la Luna los acompañaría siempre. Unas noches redonda, otras como un pedazo de queso mordido por un ratón o como raja de sandía. Incluso cuando casi no se viera, aquel que se fijara bien podría distinguir su redonda forma en lo alto.

Y es así como la vemos a partir de entonces. Cuando miréis al cielo y no veáis la Luna es que es una de esas noches en las que ha decidido tomarse un descanso y dormir una buena siesta.

FIN

La Pequeña Hada y Lala

Ilustración: SteeveeJ

En aquellos días, los vecinos de Isla Imaginada andaban un poco aburridos. Entre ellos comentaban que hacía mucho tiempo que no sucedía nada extraordinario, importante o diferente de la rutina habitual.

También nuestra amiga, la Pequeña Hada, se aburría, así que empleaba sus días en favorecer a sus paisanos con pequeños encantamientos: encontrar un anillo perdido, apaciguar los insistentes rebuznos de un burro con un jarabe milagroso, fabricar polvos mágicos para que los zapatos del cartero fueran más deprisa… En fin, cosas sin importancia.

Hasta que una noche, terribles ráfagas de viento, que azotaban calles y ventanas, tuvieron a todos en vela. ¡Aquello era un torbellino impresionante!

Al día siguiente, muy tempranito, el canguro Horacio salió a desayunar como cada día. En dos saltos, se colocó junto al estanque y ¡¡¡ohhhhhhhhhhhh!!!, tal fue su descubrimiento, que salió pitando, mejor dicho, saltando, a compartirlo con todo el pueblo:

—¡Vecinos! ¡Vecinos!  ¡Todos al estanque! ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Es increíble! ¡Es enorme!

Adormilados, se asomaban a puertas y ventanas:

—Pero, Horacio, ¿qué sucede?

—¿Qué horas son estas?

—¡Con la noche que hemos pasado por culpa del viento!

Horacio seguía con su cantinela y los fue guiando hacia el estanque. La mayoría aún iba en pijama, nadie había querido entretenerse porque la curiosidad era muy grande.

A medida que se acercaban, los vecinos vieron en medio del estanque, allí donde el agua era más profunda, una gran, gran, bola moviéndose arriba y abajo, arriba y abajo, haciendo un ruido como un soplido.

El canguro Horacio miró a sus amigos y les dijo:

—¿Qué me decís? ¿No es extraordinario?

Se miraban unos a otros, cada cual daba su opinión

—Es una piedra gigante.

—Un meteorito ¡Sin duda!

—Un gran bombón.

Tita, la tortuga, que la pobre había sido la última en llegar, dio también su opinión

—¡Nada de eso! ¿No veis que respira? ¡Es un animal! ¡Seguro!

Fue entonces, ante tanto ruido, que la gran bola del estanque se despertó y todos pudieron ver cómo del agua surgía una cabezota, con una gran boca, llena de dientes, grandes colmillos y una lengua enorme, que de un gran rugido, acompañado de un soplido, tumbó a todo el mundo por los suelos. La pobre Tita se quedó panza arriba y necesitó la ayuda de dos asnos para volver a ponerse en pie.

Asombrados quedaron todos al ver, en medio del estanque, a la hipopótama más grande que nunca hubieran imaginado.

La verdad era que la más sorprendida y espantada era ella, que los miraba con cara de susto:

—¿Dónde estoy?

En cuanto habló, volvió a salir de su bocaza un huracán que tiró por los suelos a la mayoría de los presentes. Menos mal que Tita estaba bien cobijada entre las patas de los asnos y, esta vez, se salvó del revolcón.

El canguro Horacio, el descubridor, fue el portavoz de los vecinos:

—Señora hipopótama, estás en Isla Imaginada, el país donde habitan todos los personajes de los cuentos que existen o han de existir. ¿Cómo has llegado hasta aquí y cuál es tu nombre? Pero, por favor, contesta bajito para que no salgamos volando.

La pobre hipopótama, haciendo un esfuerzo para no levantar mucha ventolera, les explicó:

—Soy Lala, me he escapado de un cuento que no me gustaba. Tenía que perseguir a los niños para asustarlos y eso a mí no me gusta nada ¡A mí me gustan los niños! Así que esperé al primer huracán que pasó, pude subirme a él y llegué hasta aquí. Por favor ¡dejad que me quede con vosotros! Prometo que no hago daño a nadie —Y entonces, sin ya poderse aguantar más, empezó a llorar con unos sollozos que emocionaron a los que allí estaban. Suerte que, en previsión de otra avalancha de aire, se habían agarrado a los árboles, echado piedras en los bolsillos y cogido unos a otros para no caer— ¡Ayyyyyyyyyy! ¡Ayyyyyyyy! ¡Buaaaaaaaaa! ¡Buaaaaaa!

Las hojas de los árboles empezaron a temblar y caían como si ya hubiera llegado el otoño; en el estanque se creaban remolinos que sacaron a la superficie a los peces que nadaban en el fondo; y las ranas, molestas, empezaron a croar sin parar.

La escandalera era tal, que ya, en toda la isla, no quedaba un alma dormida, y menos aún nuestra amiga la Pequeña Hada, que llegó tarde a la reunión porque se había entretenido, tan presumida era, en peinarse unas bonitas trenzas que en cuanto pisó la calle se le deshicieron debido al huracán creado por el llanto de Lala.

Como la Pequeña Hada era muy querida y respetada, en cuanto llegó empezaron a pedirle opinión y a ponerla al día de la aventura de la pobre hipopótama.

—¿Tú qué opinas Pequeña Hada?

—¿Se puede Lala quedar con nosotros?

—¿Pero cómo haremos para no vivir en un continuo torbellino en cuanto abra la boca?

La Pequeña Hada se aproximó a la orilla del estanque y habló así:

—Querida Lala, fuiste muy valiente al huir de un cuento que no te hacía feliz. Has venido al sitio adecuado. Aquí nadie te va a obligar a hacer algo que no quieras. Así que puedes estar tranquila. Puedes vivir en este estanque y ya pensaremos en algo para que no nos hagas volar a todos

En ese momento, Lala se sintió tan agradecida y contenta que dejó escapar una gran risotada:

—¡Ja, ja, ja, ja, ja! ¡Gracias, amigos!

¡Y ya estamos! De nuevo un huracán barrió todo el parque. Algunas gallinas huyeron despavoridas, prometiéndose no volver nunca más al estanque porque la fuerza del aire las había dejado sin plumas.

Con tantas emociones, a Lala le entró hambre y salió del agua para tomar un rico desayuno de las frescas hierbas que crecían alrededor.

Los vecinos de Isla Imaginada aprovecharon ese intermedio de paz para parlamentar:

—Hemos de encontrar una solución.

—Tiene que haber una manera para hacer que cesen los torbellinos que salen por su boca.

—¿Y en verano qué? ¡Nuestros niños y cachorros vienen a bañarse aquí! Lala ocupa casi todo el estanque y además los puede asustar, es que ¡es tan grande!

—¡Es muy grande! ¡Ese es el problema!

—La Pequeña Hada nos tiene que ayudar, siempre lo hace.

Así que la Pequeña Hada, que escuchaba pensativa, les dijo:

—Está bien, buscaré una solución. De momento, dejemos a Lala en paz. No nos acerquemos demasiado y os pido un favor: que nadie le haga cosquillas ni le cuente un chiste.

Ahora fueron los vecinos los que rieron de buena gana. Volvieron todos a sus hogares, cerraron bien puertas y ventanas en previsión de nuevas ráfagas de viento y procuraron no salir a la calle para no salir volando y acabar en la Luna.

La Pequeña Hada iba por el camino repasando las palabras del señor Oso: «Es muy grande. Ese es el problema».

Desde luego, su problema era el tamaño, nadie había visto nunca, ni siquiera en los libros, una hipopótama tan enorme. «Si fuera más pequeña, su potencia huracanada se reduciría y podría vivir sin problemas entre nosotros», se dijo la Pequeña Hada.

Todos esos pensamientos dieron doscientas vueltas en su cabecita, donde ya se vislumbraba una solución para el problema de Lala.

Decidida, la Pequeña Hada dio media vuelta y volvió al estanque, con los bolsillos cargados de piedras, ¡por si acaso!, y llamó a la hipopótama:

—¡Lala! ¡Lala!, creo que puedo ayudarte, pero tienes que decirme si te parece bien la solución que se me ocurre. Escúchame y después me contestas ¡pero bajito!

La hipopótama movió la cabeza de arriba abajo para indicarle que estaba de acuerdo y la Pequeña Hada le explicó:

—Estarás de acuerdo en que tu problema, ¡y el nuestro!, es que eres demasiado grande para vivir en este estanque y que tu voz, tan potente, desencadena algunos inconvenientes para nosotros. He pensado que si tu tamaño fuera más pequeño no habría ningún problema y estaríamos contentos de que fueras una nueva vecina. En el Gran Libro de los Conjuros para Hadas Buenas tiene que haber uno que nos sirva. Lo investigaré ¿Estás de acuerdo?

Los ojos de Lala se llenaron de lágrimas y con toda la suavidad que pudo respondió

—¡Oh!, eso sería maravilloso ¿De verdad podrías hacerlo?

—¡Pues claro Lala! ¡No hay nada imposible para la Pequeña Hada!

—Pues confío en ti. ¡Adelante!

Caminando deprisa, llegó a la Gran Biblioteca Hadística y fue directa a la mesa donde se consultaba el Gran Libro de los Conjuros para Hadas Buenas. Era un libro muy gordo y había que tener paciencia para encontrar el encantamiento adecuado. Las horas pasaron volando para la hadita consultando hojas y hojas, capítulos y más capítulos hasta que encontró uno que llamó su atención: «Conjuros para engrandecer y empequeñecer animales».

—¡Ya está! ¡Tiene que ser aquí! ¡Aquí estará la solución para Lala!

Estudió todo el capítulo con mucha atención, porque no podía equivocarse. Si en lugar de empequeñecer a la hipopótama la engrandecía, ¡sería un lío gordísimo!

Trabajó hasta estar segura de tener el conjuro perfecto y se dirigió al estanque donde Lala la esperaba impaciente.

—¡Lala! ¡No digas nada! escucha atentamente. He hallado el encantamiento para hacerte más pequeña, si quieres que siga adelante con él di que sí con la cabeza.

Y eso fue, exactamente, lo que la hipopótama hizo.

Entonces, La Pequeña Hada sacó su varita y haciendo con ella grandes círculos en el aire pronunció las palabras mágicas:

Varita brillante,

varita bonita,

que esta hipopótama

se haga pequeñita,

que su risa sea brisa

y su aliento un suspiro.

¡Mágica varita, yo te lo pido!

Inmediatamente, una cascada de puntitos brillantes escapó de la varita mágica y envolvió a Lala, que con los ojos abiertos como platos esperaba temerosa lo que pudiera pasar. Notó que le empezaban a subir cosquillitas desde las patas hasta las orejas mientras iba viendo cómo, a su alrededor, los árboles, las flores y hasta la Pequeña Hada se iban haciendo más y más grandes.

Pero lo que pasó, en realidad, es que ella se fue haciendo más pequeñita y tuvo que nadar hasta un lugar menos profundo de la laguna, porque ya no tocaba con sus patas el fondo.

La Pequeña Hada estaba entusiasmada, ¡el encantamiento había funcionado! Ahora, la hipopótama Lala era del tamaño de cualquier oveja de las que por allí pastaban.

—¡Hurra! ¡Hurra! ¡Funcionó! ¡Lala di algo! ¡Quiero oír tu voz!

Y Lala, complaciendo a su amiga, lanzó un grito lo más fuerte que pudo y que apenas si movió el flequillo de la Pequeña Hada y algunas hojas de un árbol cercano.

Nuestra Hadita había sacado del apuro a la ahora pequeña hipopótama y a todos los habitantes de Isla Imaginada. En adelante, podrían vivir tranquilos sin necesidad de andar con la preocupación de si iban a salir volando, y en verano podrían ir a refrescarse al estanque, como cada año. ¡Mejor aún!, porque ahora tenían una nueva amiga con quién compartir juegos.

FIN

El sueño de Lucy

Ilustración: boum

Era Lucy una modesta y sencilla bombilla que vivía en la casa de los señores González; su trabajo consistía en alumbrar el sótano. Pasaba la mayor parte del día a oscuras y aburrida, esperando que alguien de la familia bajara a buscar algo de lo que allí almacenaban.

Algunos de sus compañeros en aquel sótano eran los miembros itinerantes de la despensa. Por allí pasaban latas de conserva, botellas de leche, cajas de galletas, aceites y un sinfín de víveres y productos de limpieza. Se quedaban poco, porque en la casa vivían dos jovenzuelos que comían por diez y ensuciaban por veinte. Apenas Lucy empezaba a intimar con una lata de atún, alguien se la llevaba para preparar una ensalada y la pobre bombilla se quedaba, otra vez, esperando que alguno de los González accionara el interruptor para poder lucir su luz clara y sentir el calorcillo de su filamento iluminando el sótano.

Allí, además de algunos viejos cachivaches, herramientas de bricolaje y enseres de jardín, había un rincón especial en el que guardaban a los más queridos compañeros de Lucy. Era la estantería de las cosas de Navidad. Varias cajas que contenían los muchos adornos que, año tras año, engalanaban la casa y el jardín de la familia González.

Unas semanas antes de las fiestas, los habitantes de esas cajas empezaban a ponerse nerviosos. Lucy oía el murmullo que provenía del fondo del sótano. Eran los espumillones y las bolas del árbol, deseosos de salir de las cajas y vivir otra Navidad en el salón. Se empujaban entre ellos y se hacían cosquillas. La estrella que siempre ponían en lo más alto del árbol los llamaba al orden:

—¡Silencio! ¡Quietos! Tened paciencia, que pronto saldremos de aquí.

—¡Seguro que ya está nevando, Estrella! ¡Nos lo vamos a perder! –decía un ángel de cerámica impaciente.

—Tranquilos, ya veréis como pronto bajarán a por nosotros. Mientras, ¡a callar todos! –remataba la estrella.

Lucy escuchaba estas conversaciones y su corazón transparente sentía un poquito de envidia. Su sueño era salir algún año del sótano para formar parte de las luces del árbol, o brillar fuera, en el jardín, iluminado la casa junto a cientos de sus pequeñas hermanas bombillas ¡Solo una Navidad! ¡Sería tan bonito!

Y es que Lucy disfrutaba escuchando a los adornos cuando, cansados, volvían a ser guardados en sus cajas. Le encantaba el modo en que narraban lo que habían vivido fuera: los niños correteando en la nieve, el olor de las deliciosas viandas que se preparaban en la cocina, las canciones que entonaba, desafinadas, el señor González, el trasiego de vecinos y parientes que compartían la Navidad en aquella casa… ¡Y tantas otras cosas!

—¡Qué suerte, chicas! Con lo bonita que estará la calle con tantos adornos. Y el árbol, que lucirá espléndido. ¡Ay!, ¡cómo me gustaría poder salir de este oscuro sótano!

—¡Oh!, Lucy, querida —tintineó una campanita dorada—, no pierdas la esperanza. ¡Tal vez este año te saquen de aquí!

—¡Ojalá!, ¡Es lo que más deseo en el mundo!

Todos los adornos conocían el deseo de la bombilla, pero no sabían cómo ayudarla:

—Nosotros no podemos hacer nada –susurró una de las bolas plateadas a la campanilla dorada.

—Pobre Lucy, nunca conseguirá salir de aquí —murmuró el angelito.

Todo esto lo escuchó un ratoncillo, vecino del sótano, que había salido de su escondite para ver si pillaba algo de la despensa. El ratoncillo se sintió conmovido por la pena de la bombilla y corrió a su casita, donde esperaban sus papás, los señores Roedor, y sus cinco hermanos. Les contó lo que había oído y les propuso ayudar a Lucy.

—Papá, mamá, por favor, vamos a ayudar a la pobre bombilla ¡se lo merece! Ha estado mucho tiempo ahí colgada, sola y aburrida ¡Porfi, porfi! ¡Es Navidad!

—¡Sí, mami, papi! ¡Vamos a ayudarla! –los pequeños ratoncillos se unieron a su hermano.

—Pero, hijos, ¿qué podemos hacer nosotros, unos pequeños ratones? – les contestó papá ratón.

—Pues la única forma de llevar a Lucy fuera del sótano es desenroscarla y cambiarla por otra bombilla—así habló mamá ratona, que había estado callada hasta entonces.

—¡Difícil empresa! Pero ¡lo intentaremos! –dictaminó papá ratón—. Lo primero será encontrar una bombilla que no quiera trabajar esta Navidad y ceda su puesto a Lucy.

Imaginaban que esto iba a ser un trabajo difícil, pero, aunque los ratones eran pequeños, su corazón era tan grande como un elefante y su determinación de ayudar a Lucy, firme. Así que papá ratón encargó a sus hijos que recorrieran las estanterías de los adornos y vocearan para que los oyeran bien todas las bombillas:

—¡Atención, atención!, bombillas de Navidad, ¿cuál de vosotras haría un favor a una compañera?

Las bombillas, alborotadas, preguntaban:

—¿Qué pasa? ¿Qué es ese griterío, ratones?

Cuando los pequeños les explicaron su idea para cumplir el sueño de Lucy, todas coincidieron:

—¡La bombilla Comodona! ¡No puede ser otra!

Y es que, según explicaron las otras bombillas, Comodona era la más holgazana de todas ellas. Cada año se quejaba de que la hacían trabajar demasiado en Navidad. Al empezar las fiestas, la colocaban en el árbol del salón y permanecía encendida tardes y noches, hasta que la familia se iba a dormir. Y la noche de Navidad incluso la dejaban encendida toda la noche para que Papá Noel no diera un traspiés. Comodona se pasaba todo el tiempo enfurruñada.

—¡Figuraos! –dijo una bombilla azul—, es tan comodona, que ni siquiera se ha asomado para ver qué pasa. ¡Con todo el revuelo que habéis montado!

—La iremos a despertar y seguro que acepta el cambio de mil amores —apostilló una bombilla verde.

¡Y claro que aceptó! Así, que la familia de ratoncillos y los adornos navideños trazaron el plan y cuando se lo contaron a Lucy, esta se puso tan nerviosa, que se encendía y se apagaba sin ton ni son de lo contenta que estaba.

El primer paso era desenroscar a Lucy, llevarla a la caja donde aguardaba Comodona y efectuar el cambio. Se pusieron manos a la obra. Todos a una, la familia Roedor empujó una escalera que se guardaba en el sótano y la colocaron justo debajo de Lucy. Papá ratón subió el primero, arrastrando varias cintas de espumillón. Tras él, tres de sus hijitos hicieron lo mismo y, con mucho cuidado, envolvieron la bombilla para que no se dañara.

Desde abajo, mamá ratona se encargó de dirigir la delicada operación:

—A la de tres, girad con fuerza. Una, dos y… ¡tres! ¡Otra vez! Una, dos y… ¡tres!

Cuando por fin Lucy estuvo desenroscada y acomodada sobre un gran lazo rojo de terciopelo, los ratoncillos la arrastraron hasta la caja de las bombillas. Allí fue recibida, con gran alegría, por todos los adornos, porque compartía con ellos el deseo de vivir la Navidad con la familia. Las campanitas repicaron en su honor y las bolas giraron contentas. Organizaron tal revuelo, que la gran estrella del árbol tuvo serios problemas para acallarlos.

Ahora había que transportar a Comodona, que encantada se dejaba hacer, hasta lo alto de la escalera y enroscarla para que nadie notara el cambio. Pasaría allí el invierno, sin alborotos ni ruidos, durmiendo la mayor parte del tiempo.

De nuevo, con la ayuda de los espumillones y el lazo rojo, los ratones llevaron a cabo su tarea con éxito. Solo quedaba esperar a que la familia González bajara al sótano a buscar toda la decoración navideña. Y eso fue lo que sucedió.

Después de mucho trabajo, las ventanas quedaron muy bonitas con sus guirnaldas luminosas; en las mesas se colocaron velas y plantas de Navidad; los barrotes de la escalera se adornaron con los espumillones; y el gran lazo rojo presidía la chimenea.

También fuera, la casa quedó impresionante. De la puerta pendía una corona de ramas que daría la bienvenida a todos los invitados cuando llegaran a celebrar las Fiestas; decenas de ciervos, ardillas, corderos y otros animalillos de madera, cerámica y paja quedaron esparcidos por el jardín para disfrute de los niños; cientos de bombillas de colores recorrían la fachada de la casa e iluminaban la calle casi, casi, como si fuera de día. Incluso hicieron un muñeco de nieve, que adornaron con un viejo sombrero y al que pusieron una gran zanahoria por nariz.

Pero, sin duda, el rey de los adornos era el árbol del salón, cuyas ramas llegaban hasta el techo. Era tan alto, que papá González tuvo que subirse a una escalera para colocar la gran estrella en lo alto. La familia estuvo adornándolo una tarde entera para dejarlo precioso, con sus bolas plateadas, sus campanitas y los angelitos. Y lo mejor fue cuando se iluminó con todo su esplendor.

—¡Ohhhhhh! ¡Qué bonito! –exclamaron a la vez.

¿Y a que no sabéis dónde estaba nuestra amiga Lucy? ¡Pues claro! En lo más alto del árbol la colocó papá González. Al sacarla de la caja, preguntó extrañado:

—¿De dónde ha salido esta bombilla? Es más grande que las otras ¿La recordáis del año pasado?

Mamá González sonrió divertida:

—Yo no la recuerdo… ¡Pero ya sé lo que ha pasado! ¡Ha venido aquí caminando ella sola desde otro sitio y se ha metido en la caja de las bombillas de Navidad! —dijo burlona—. Una bombilla tan valiente merece estar en lo más alto del árbol, junto a la gran estrella, para iluminarla bien.

Y así fue como se cumplió el sueño de Lucy, la modesta bombilla, que aquel año pasó los días más felices de su vida compartiendo con el resto de adornos la alegría que llenaba el hogar de los González.

¿Y qué fue de los Roedor? La familia al completo, escondida bajo el sofá, observaba orgullosa y feliz el resplandor que desprendía Lucy. Ellos, mejor que nadie, sabían que no hay nada más bonito en Navidad que ayudar a cumplir los sueños de los demás.

FIN

El Pequeño Marinero y la rosa triste

A nuestro amiguito Mario, el Pequeño Marinero, lo arrojó a la orilla de la playa Grande de Isla Imaginada una gran ola una noche de tormenta. En este último año, Mario se ha convertido en un jovencito intrépido y aventurero. ¡Nada le da miedo! Ha convencido a Popeye, el Marino, para que lo lleve con él a explorar el mundo, mejor dicho, los océanos, y prepara con mucho entusiasmo su primer largo viaje.

Hace unos días, estaba muy atareado haciendo el equipaje cuando llamó a la puerta su vecino el conejito, un chismoso de cuidado que se pasa el día dando vueltas por el barrio para luego llevar las novedades a unos y otros.

—¡Ehhh! ¡Mario, vecino!, ¿quieres saber qué pasa en el prado del granjero Pepe?

El Pequeño Marinero, un poco enfurruñado con el conejo por haber interrumpido su tarea, contestó:

—Mira, conejito, ahora estoy muy ocupado, vuelve otro rato.

—¡Ohhhh, qué pena! Te quedarás sin saber por qué la rosa no hace más que llorar…

—¿Que la rosa está llorando? ¿Por qué? —A Mario le picó la curiosidad.

La rosa es una preciosa flor que solo vive en los prados de Isla Imaginada, su perfume es único, dulce como una gominola, y sus pétalos suaves como terciopelo.

—¡Si no vienes, no lo sabrás! ¡Vamos! —apremió el conejito.

Mario dejó el equipaje a medio hacer y siguió al conejo.

Faltaba poco para llegar al prado del granjero Pepe, cuando empezaron a oír los tristes lamentos:

—¡Ayyyyyy! ¡Pobre de mí! ¡Nadie me puede ayudar!

La pobre rosa lloraba resignada; las lágrimas caían de sus pétalos como si de rocío se tratara.

Mario y el conejito se acercaron curiosos y, preocupados, se sumaron al círculo que alrededor de la triste rosa habían formado varias familias de hormigas, dos lagartijas, un pato y tres gallinas. En silencio, contemplaban el rosal del que brotaba una única rosa, aún un capullo, del color rojizo del cielo cuando el sol se va a dormir.

—¡Ayyyyyyyyyy! –seguía quejándose la flor.

El Pequeño Marinero se sintió conmovido con su tristeza y le habló así:

—A ver, preciosa rosa, ¿por qué estás tan triste? ¿Cuál es la pena que te aflige?

—Nadie me comprende, marinerito ¡No sabéis la suerte que tenéis todos los que aquí estáis! Nadie me puede ayudar —replicó la rosa.

—Explícate, pues, amiga. Si no compartes con nosotros lo que te apena, seguro que no podremos ayudarte. ¡Cuéntanos!

—Está bien. Veréis, me gusta mucho ser flor. Sé que mi perfume os encanta, que gozáis con mi belleza y, al pasar por mi lado, procuráis no pisarme. Si la tierra está seca, me regáis y cuando el invierno llega y me voy a dormir, esperáis con ansia a que brote de nuevo anunciando la primavera. Pero yo os envidio a vosotros porque sois libres. Vais de un lado a otro cuando queréis. El conejo salta por el prado; el pato se baña en el estanque; las hormigas entran y salen de su hormiguero; las gallinas se pasan el día picoteando de aquí para allá, cacareando; y las lagartijas buscan el sol para calentarse. Sin embargo, yo estoy atada a la tierra. Llueva o haga sol no puedo moverme. No conoceré jamás otras tierras que no sean las que veo a mi alrededor. No puedo ir de visita a otras granjas ni buscar refugio para las tormentas ¿Por qué las flores no tenemos patas? ¡Ayyyyyyyyyyyyy!

Ni los animalitos allí reunidos ni y el Pequeño Marinero supieron qué decirle a la rosa triste. Jamás se les hubiera ocurrido que una flor tan hermosa pudiera ser tan desgraciada y sabían que era muy difícil poder ayudarla.

Mario la comprendía perfectamente, él mismo estaba deseando salir de su país, Isla Imaginada, para conocer otros mundos. No quería rendirse y habló por todos:

—Amiga rosa, ¡te vamos a ayudar! Esta noche consultaremos con la almohada y encontraremos una solución para que no te sientas triste nunca más. ¡Mañana vendremos a verte!

Cuando se hubieron alejado lo suficiente para que la flor no los escuchara, los animalitos, alborotados, replicaron a Mario:

—Pero, Pequeño Marinero, ¡es imposibleeeeee ayudar a la rosa! –se lamentaba el conejito fisgón.

—¡Coc,coc, coc!, las flores no tienen patas ¡Es imposible! –cacareaban las gallinas.

—¡Vaya lío!, ¡vaya lío! —repetían hormigas y lagartijas.

—¡Cuac, cuac! ¿Qué le diremos mañana a la rosa triste? —apostilló el pato.

Pero Mario estaba convencido de que, entre todos, encontrarían el modo de ayudar a la flor.

—No seáis pesimista, procurad poner todo vuestro empeño e inteligencia en encontrar una solución. ¡No podemos consentir que la rosa siga tan triste! Así, que ¡a pensar! Mañana temprano nos reunimos aquí.

La noche fue larga. Poco a poco, cansados de tanto cavilar sin hallar solución, el sueño los fue venciendo a todos… A todos menos a Mario, que seguía dando vueltas, pensando y pensando, hasta que, rendido y con los pies doloridos de tanto andar arriba y abajo, se sentó en su sillón favorito para quitarse sus botas marineras. Al quitarse la izquierda, observó que en la suela había quedado pegado un pequeño terrón de tierra; de él sobresalían, por un extremo, las hojas de una pequeña plantita de hierba y por el otro, las raíces.

—¡Viva, viva!¡Encontré la solución! —El Pequeño Marinero brincaba contento porque ya sabía cómo ayudar a la rosa triste.

A la mañana siguiente, se reunieron como habían convenido. Los animalitos desanimados, porque no habían sido capaces de dar con solución alguna y Mario muy contento, porque tenía un plan.

—Escuchad, ya sé lo que haremos, es muy sencillo: arrancaremos el rosal, que es la casa de la rosa, con mucho cuidado para no dañar las raíces, y lo plantaremos en un recipiente donde quepa suficiente tierra para alimentar a la rosa; yo la regaré cada día para que esté siempre fresca.

—Pero, Mario, la rosa lo que quiere es ver otros paisajes y moverse como si tuviera patas —argumentó el conejito.

—¡Y lo hará! ¡Vaya si lo hará! La llevaré conmigo en mis viajes en el barco de Popeye. ¡Allí dónde yo vaya, irá ella también! ¿Qué os parece?

Los animalitos estuvieron de acuerdo en que era una magnífica idea y corrieron a explicarle a la rosa el plan.

—¡Qué gran idea! ¡Me encantará viajar contigo Pequeño Marinero!, aunque me da miedo que podáis hacerme daño al arrancarme de la tierra —dijo la rosa preocupada.

Entre todos la convencieron de que no sufriría ningún daño y aquella misma mañana empezaron la tarea de buscar un recipiente adecuado, que se convertiría en el nuevo hogar de la rosa. Se les ocurrió ir a ver a la Pequeña Hada, siempre dispuesta a ayudar en lo que fuera, y ella, generosa, les regaló un gran cubo de latón casi nuevo que ellos se encargaron de convertir en una linda casita. Las lagartijas lo pintaron con sus rabitos y las gallinas hicieron agujeritos para el agua sobrante con sus piquitos.

Mientras, las hormigas, el conejo y el pato, con gran cuidado para no dañar las raíces, se atareaban en sacar el rosal de la tierra. Las hormigas excavaron túneles alrededor de la planta y el conejo y el pato sacaron la tierra despacito. Una vez libre, Mario, con mimo, colocó la planta en el cubo que les había regalado la Pequeña Hada, que, pintado de colorines, había quedado precioso.

Cuando el trabajo estuvo terminado, cansados pero contentos, vieron que la rosa lloraba, pero ahora de alegría.

—¡Gracias a todos, amigos, al fin podré ver mundo!

Ahora, el Pequeño Marinero y la rosa son inseparables. Los dos están muy ilusionados y deseando emprender su primer largo viaje. Han decidido que allí adonde vayan, la rosa viajera dejará su simiente para que nazcan nuevas rosas y sean admiradas por su belleza y aroma. Gracias a la generosidad de los animalitos y al ingenio del Pequeño Marinero, en todos los jardines del mundo se podrá contemplar la más hermosa de las flores: la rosa de Isla Imaginada.

FIN

Caperucita, Ramiro y el colgante

Ilustración: poubelle-de-dav

Érase una vez un lobo llamado Ramiro, siempre sonriente y siempre dispuesto a ayudar al resto de animales del bosque. Un día, salió triste de su casa; había perdido el colgante que le había regalado su abuela. Era muy especial para él, porque le daba suerte y le permitía sentirse cerca de su abuela y pedirle consejo si lo necesitaba.

—¿Qué te pasa, Ramiro? —le preguntó su amigo Roberto, el pájaro carpintero, al verlo aparecer con cara compungida.

—He perdido el colgante que me regaló mi abuela. Lo he buscado por todos sitios, pero no logro encontrarlo.

—Yo sé quién lo tiene. La semana pasada, vi a una niña vestida con un traje rojo que recogía fruta; lo encontró al pie de un árbol y se lo llevó.

—¿Y sabes dónde podría encontrar a esa niña?

—Alguna vez la he visto visitando una casa en medio del bosque. Pregunta allí.

—Gracias, Roberto.

Tras caminar un rato, Ramiro escuchó que alguien cantaba:

—La, la, la, la…

—Hola, soy Ramiro. ¿Cómo te llamas?

—Hola Ramiro, soy Caperucita. Voy a casa de mi abuelita a llevarle esta cesta de comida —dijo la niña, que vestía una capa roja.

Ramiro se dio cuenta de que lucía en el cuello su colgante.

—¿Te puedo acompañar? El bosque es peligroso.

—Sí, gracias, Ramiro.

—Caperucita, ¿estuviste hace unos días en el bosque? —le preguntó poco después.

—Yo ando mucho por el bosque. Me gusta recoger flores y frutas para mi abuela.

—¿No encontrarías, por casualidad, un colgante? Perdí uno hace poco.

—¿Yo? —Caperucita escondió con disimulo la joya dentro de su blusa, pero Ramiro se dio cuenta—. No, yo no me llevo las cosas de los demás.

Triste, Ramiro pensó hablar con la abuela de Caperucita para que convenciera a su nieta de que le devolviese su colgante.

—Caperucita, ¿vive muy lejos tu abuelita?

—No, muy cerca, justo al lado del pantano.

—Como esta zona ya es segura, ¿te puedo dejar sola? Se me ha hecho tarde y tengo que volver a casa.

—Claro. Gracias por tu compañía.

—Por cierto, para ir a casa de tu abuela, te recomiendo que sigas el camino de la derecha en la bifurcación que hay más adelante, está lleno de flores y frutas.

Ramiro se marchó y fue por el camino de la izquierda, el más directo para llegar a casa de la abuelita. Cuando Ramiro llegó allí, a Caperucita aún le quedaba un buen trecho por recorrer.

—Buenos días, abuelita. Hace unos días, su nieta Caperucita se encontró un colgante que yo había perdido. He estado con ella hace un rato y aunque se lo he visto puesto, ella me ha dicho que no lo tenía. ¿Puede pedirle usted que me lo devuelva?

—¡No seas mentiroso! Mi nietecita es demasiado buena como para mentir así.

—¡Pero le digo la verdad!

—Bueno, tranquilo. Hablaré con ella. Te traeré algo de beber mientras la esperamos.

La abuelita fue a la cocina, descolgó un rodillo y, con él en las manos, se abalanzó sobre Ramiro, que asustado abrió la boca para gritar, pero en vez de eso, lo que hizo fue comerse a la abuela de un solo bocado sin querer.

En ese preciso instante, el lobo oyó el lejano canturreo de Caperucita, que se acercaba. Se puso nervioso y se metió en la cama de la abuelita temblando.

Al entrar en la casa, Caperucita vio el rodillo tirado en el suelo y lo recogió. Eso la hizo sospechar, porque su abuela era muy ordenada.

—Abuelita, ya he llegado —gritó desde el salón la pequeña.

—Pasa, pasa. Estoy en la habitación —dijo el lobo intentando suavizar la voz.

Al ver al animal entre las sábanas, Caperucita exclamó:

—Abuelita, abuelita. Te noto un poco rara, ¿qué te ocurre?

—E… esto… estoy un poco enferma.

—Abuelita, abuelita. Qué ojos más grandes tienes.

—Em… pues… ¡Es que son para verte mejor! —improvisó Ramiro.

—Abuelita, abuelita… qué nariz más grande tienes.

—Pues… es que… ¡Es para olerte mejor! —disimuló olisqueando su cabello.

Caperucita sabía que esa no era su abuelita.

De pronto, Ramiro vio reflejado en el espejo del armario el rodillo que la niña escondía a su espalda.

—Abuelita, abuelita… qué boca tan grande tienes.

—Es… ¡para comerte mejor! —gritó Ramiro intentando asustar a Caperucita para que no lo atacase.

La pequeña dio un salto hacia atrás y Ramiro aprovechó para quitarle el colgante. La niña gritó pidiendo socorro, mientras no dejaba de repetir que el lobo se la quería comer. Ramiro aullaba para intentar calmarla. Los gritos de ambos alertaron a un cazador que se acercó con cautela y observó desde la ventana cómo Caperucita corría hacia Ramiro. El pobre, arrinconado y temeroso, cerró los ojos y abrió su enorme boca para gritar y, justo entonces, Caperucita se metió sola en la boca del lobo.

Ramiro se sentó en un sillón para pensar en qué podía hacer y ahí se quedó dormido.

Mientras, el cazador, que había juntado muchas piedras en la entrada de la casa, entró sigiloso y con un enorme cuchillo le abrió la tripa a Ramiro para sacar a Caperucita y a la abuelita y meter las piedras en su lugar. Luego lo cosió y los tres se escondieron para ver qué ocurría.

Ramiro despertó y decidió ir a dar un paseo para seguir meditando. Caperucita, la abuelita y el cazador lo siguieron. En el pequeño pantano cercano, el lobo se paró para beber agua y, al inclinarse sobre el borde, el peso de las piedras lo precipitó hacia el fondo. Todos pensaron que aquel era el fin.

Pero, poco después, Ramiro salió a la superficie a lomos de un hipopótamo, al cual le agradeció que le hubiese salvado la vida. Por suerte, el agua había deshecho el hilo con el que el cazador había cosido la barriga del lobo y las piedras se habían hundido en el pantano. Preocupado, por si también había perdido el colgante, Ramiro se echó la mano al bolsillo, pero al comprobar que lo tenía, respiró tranquilo.

Volvió, muy enfadado, a casa de la abuelita para pedir explicaciones por lo mal que lo habían tratado, pero al acercarse, oyó música y risas. Se escondió tras unos arbustos y vio que Caperucita y los demás habían organizado una gran fiesta. Prefirió no pensar en lo que celebraban, simplemente se puso el colgante, sonrió y regresó, feliz, a su casa.

FIN

La Pequeña Hada y los sueños

Ilustración: Virginia Carrillo

La Pequeña Hada ya se ha convertido, después de cuatro años de estudios, en un hada titulada. Está muy, muy contenta con su resplandeciente diploma; lo ha puesto en un marco y lo ha colgado en la pared del salón. Ahora ya puede usar su varita mágica para prestar ayuda a quién pueda necesitarla; deshacer enredos y malentendidos —siempre con el fin de hacer el bien—; y procurar felicidad. Pero lo que nunca debe hacer es usar sus poderes contra nadie.

El mismo día que obtuvo su diploma, después de colgarlo y deseosa de ponerse a trabajar, lo primero que hizo fue poner una nota en el tablón de anuncios de la Plaza Mayor de Isla Imaginada, el lugar en el que vive y en el que también habitan todos los personajes de nuestros cuentos.

Decía así:

Se ofrece hada titulada para aquél que lo necesite. encantamientos, hechizos y sortilegios varios.

Firmado: Pequeña Hada, casita lila en el camino del Bosque Pequeño.

¡Listo! ¡Ahora a esperar clientela!

Muy ilusionada en empezar a trabajar, esperó en su casita lila a que alguien respondiera a su oferta.

Transcurrieron dos días sin que ocurriera nada, pero a la tarde del tercer día llamaron a su puerta.

—¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!

—¡Enseguida voy!

La Pequeña Hada iba por el pasillo corriendo, nerviosa, pues no sabía a quién hallaría tras la puerta.

—¡Buenas tardes, señor Gallo y señora Gallina!

Efectivamente, los que habían llamado a su puerta eran don Gallo y doña Gallina, que venían acompañados de un precioso pollito, su hijo. Sus plumitas eran amarillas como los girasoles y su piquito colorado como las rosas rojas, pero la Pequeña Hada se dio cuenta de que los ojitos del pollito estaban tristes y tenían ojeras.

—¡Buenas tardes! ¿Eres tú la Pequeña Hada que ha puesto el anuncio en la Plaza Mayor?

—Sí, señor Gallo, la misma. Encantada de conocerlos, pero, por favor, pasen, pasen y cuéntenme qué los trae a mi casa.

La Pequeña Hada les ofreció bebida y pastelitos de maíz —¡era muy buena anfitriona!—, y le dejó al pollito varios cuentos y entretenimientos para poder charlar tranquilos y, entonces, doña Gallina le contó el problema que hasta ella los había llevado.

—Verás, Pequeña Hada, la ayuda que pedimos es para nuestro pollito Plumitas. Lleva ya varias semanas sin dormir bien. Tiene sueños feos, se despierta piando y asustado, despierta a los demás pollitos, sus hermanos y el gallinero se revoluciona.

También se despiertan los granjeros pensando que es la hora de empezar las labores, y al darse cuenta de que aún no ha salido el sol, quedan desconcertados y les cuesta volver a dormirse. Comprenderás, Pequeña Hada, por qué estamos tan preocupados. Plumitas, en sus sueños, ve un monstruo de color rosa que lo asusta. Nosotros sabemos que es solo un sueño y así se lo decimos, pero no funciona y ya no sabemos qué hacer para consolarlo.

Ilustración: Virginia Carrillo

Don Gallo y yo misma lo abrazamos con nuestras alas y le piamos dulces canciones para que vuelva a dormirse, le contamos cuentos bonitos y todos sus hermanos le desean sueños felices, pero al poco rato de quedarse dormido vuelve a despertarse.

La Pequeña Hada escuchó, muy atenta, sus explicaciones mientras observaba de lejos al pobre Plumitas. ¡Ella solucionaría aquel problema! ¡No consentiría que un animalito tan dulce e inocente sufriera por culpa de los malos sueños!

—Señor Gallo y Señora Gallina, ¡yo los ayudaré! Es un caso de urgencia máxima que ese monstruo rosa desaparezca para siempre. Vuelvan a verme dentro de tres días.

Los papás de Plumitas, muy agradecidos, quedaron en volver al cabo de tres días y la Pequeña Hada besó con ternura al pollito y le dedicó una gran sonrisa que hizo feliz por un momento al pequeñín.

Aquella noche, la Pequeña Hada se puso manos a la obra y se empleó a fondo tratando de encontrar el mejor remedio para los malos sueños de Plumitas. Consultó todos sus libros de encantamientos y hechizos. Repasó el manual de su flamante varita mágica. Estudió al detalle la enciclopedia del mundo de los sueños y hasta telefoneó a la Gran Hada Buena para consultarle qué hacer con los monstruos inoportunos.

Tras tanta agitación, y ya segura de haber hallado la solución, se echó un sueñecito reparador y al despertarse se encaminó al supermercado Mundo Mágico, que es el súper en el que las hadas compran lo necesario para elaborar sus encantamientos. En él venden polvo de estrellas, arena de desiertos de oro, hierbas mágicas y curativas, especias con poderes venidas de mundos lejanos, polen de flores milagrosas e infinidad de piedras y cristalitos de colores, varitas de repuesto, cajitas, estuches y recipientes varios donde guardar las elaboraciones y otros cientos de ingredientes secretos que no se pueden revelar.

Contenta, aunque un poquito nerviosa, tras repasar la compra para comprobar que no se dejaba nada —¡quería que el hechizo saliera bien!—, caminó deprisita para llegar a casa y comenzar a preparar el hechizo que hiciera desaparecer al monstruo rosa.

Pasó todo el día siguiente trabajando, ¡ni siquiera se acordó de comer!, y al caer el sol, dio por terminado el encantamiento con estas palabras mágicas:

Que un hada acompañe cada noche al que duerme

Que sus sueños sean dulces como un pastel

y los monstruos  se alejen para no volver.

Estrellas brillantes, luna redonda

Que este hechizo nunca se rompa.

Ahora solo había que esperar a que diera resultado.

Al día siguiente:

—¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!

Era bien temprano cuando llamaron a la puerta y, efectivamente, eran los señores Gallo y Gallina.

—¡Buenos días! –saludó la Pequeña Hada con una gran sonrisa. ¡Pasen, por favor!

La Señora Gallina habló en primer lugar:

—Dime, Pequeña Hada, que has encontrado la solución al problema de Plumitas. ¡Eres nuestra última esperanza!

La Pequeña Hada les tendió un cofrecillo de madera adornado con cristalitos de colores y espejos que relucían y les explicó lo que debían hacer.

—Cuando Plumitas se vaya a dormir, esparcid en su almohada la purpurina mágica que hallaréis en el cofre.

—¿Y ya está? —preguntó desconfiado don Gallo.

—No os preocupéis, el encantamiento ya está hecho. Cuando Plumitas se duerma, un Hada de los Sueños lo acompañará para que nunca vuelva tener sueños feos.

El Señor Gallo y la Señora Gallina prometieron esparcir cada noche la purpurina en la almohada de Plumitas.

La Señora Gallina, antes de irse, quiso ver la purpurina y al abrir el cofre se quedó con el pico abierto: ¡allí dentro no había nada!

—Pequeña Hada, ¡aquí no hay nada! ¡Este cofre está vacío!

—Ohhhhh —exclamó la hadita— ¡Qué tonta! Me olvidé de advertiros que la purpurina es mágica y, como tal, es invisible. Bastará con que cojáis un pellizco del interior del cofre cada noche y hagáis el gesto de esparcirlo por la almohada. Ya os he dicho que es purpurina mágica. Además, no se agotará jamás; siempre que abráis el cofre, habrá purpurina mágica y podrán heredarlo vuestros hijos y nietos por si algún otro pollito necesitara de su magia.

Así que los señores Gallo y Gallina, confiados de los poderes de la Pequeña Hada, le agradecieron mil veces lo que había hecho por el pollito y quedaron en darle noticias sobre cómo había funcionado la purpurina invisible.

La Pequeña Hada esperaba, impaciente, noticias del gallinero y no hacía otra cosa que dar vueltas por la casa. Tantas vueltas dio, que hasta se mareó y tuvo que sentarse a descansar. Pasadas dos noches llamaron a la puerta:

—¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!

—¡Hola señora Gallina! ¡Bienvenida!

La mamá de Plumitas apareció en la puerta con una gran cesta y una sonrisa enorme en su pico. Hasta las plumas de sus alas estaban revueltas de tanta agitación como llevaba.

—¡Ohhhhhh!, ¡Pequeña Hada!, ¡has salvado a nuestro pollito! Desde que esparcimos la purpurina mágica en su almohada, descansa toda la noche como un lirón y tenemos que despertarlo a la salida del sol porque duerme profundamente. ¡Está mucho más contento y todo el gallinero también!

Aquí te traigo una cesta de huevos para que hagas magdalenas. ¡He oído que te salen muy ricas!

Si en alguna ocasión necesitas la ayuda de una familia de gallinas, no dudes en mandar aviso a la granja. Además, hablaremos de tu buena magia para que en Isla Imaginada todos te conozcan.

La Pequeña Hada no podía estar más contenta, ¡había superado con éxito su primer encargo! Y, lo mejor de todo, era que había podido ayudar a un animalito a perder el miedo a los sueños.

Los sueños siempre deben ser bonitos y, si no es así, también nosotros podemos comprar un pequeño cofre y recitar las palabras mágicas mientras esparcimos sobre nuestra almohada purpurina invisible. ¡Así, un Hada de los Sueños velará mientras dormimos!

FIN

El mensajero y el ginko

Ilustración: Belette Le Pink

Soy un palomo de ciudad, de esos grises que muchas veces habréis visto en alguna plaza del lugar donde vivís. Mis padres me pusieron de nombre Capuccino, por las dos manchas blancas que tengo alrededor de los ojos. Os voy a explicar lo que me ocurrió hace mucho tiempo.

Veréis, amiguitos, por aquel entonces, yo trabajaba en la oficina de correos como mensajero de la comunidad de aves y era joven y fuerte. Mi misión era hacer llegar mensajes, atados a mi pata, a lugares lejanos. Tan lejanos, que solo se podía viajar hasta ellos haciendo paradas en varios árboles de la comarca, si no estabas perdido. Podías cansarte de tanto volar y caer en cualquier oscuro y peligroso lugar.

Un día, me encomendaron la misión de encontrar el legendario ginko biloba, que habitaba en un bosque, aunque nadie sabía exactamente dónde.

Me dirigí, como una flecha, a mi destino.

Volé mucho tiempo y comenzaba a estar cansado, pero yo era fuerte, y no me daba miedo nada.

De pronto, comenzó a soplar un viento frío del norte, que me hacía descender y descender. Cada vez el viento era más fuerte, soplaba más y más. El vendaval me arrastraba sin que yo pudiese oponer resistencia y, por fin, caí como una mosca en el centro de un bosque lejano, oscuro y húmedo.

Estaba perdido, herido y el miedo me paralizaba.

Sin que pudiera evitarlo, alguien me recogió del suelo y me elevó muuuuuuuchos metros del suelo. Era un árbol enorme, con unas hojas en forma de trébol que nunca en mi vida había visto. Lo cierto, es que sus frutos desprendían un olor muy desagradable.

—Hola, palomo, ¿qué se te ha perdido por aquí? —me dijo el árbol con voz grave.

—Me he caa-aaa-aído por cuu-uu-ulpa del vii-iiien-to —respondí tartamudeando de miedo.

—El viento es bueno, palomo, limpia de ramas viejas y de hojas muertas mi cuerpo —me explicó aquel viejo árbol.

—Lo creo, árbol, pero el viento no me ha dejado volar.

—Todos los pájaros del mundo saben que no se debe volar cuando sopla el viento huracanado —me recriminó muy serio.

—Eso ya lo sé, pero tengo que llevar un mensaje urgente al país del ginko.

—Ja, ja, ja, ja, ja —rio el árbol— ¡Ya estás en el país del ginko!

—¿Y quién es el ginko? Es al él a quien debo entregar mi mensaje —dije mucho más tranquilo. El árbol, a pesar de ser grande, no parecía ser peligroso para mí—. Me dijeron en la oficina de correos que tengo que entregarlo a un tal Ginko Biloba, de la comarca del Bosque Encantado —dije.

—¡Yo soy Ginko! Ginko Biloba, para servirte. Puedes leerme el mensaje, palomo —me pidió.

Desaté el mensaje de mi pata y lo desplegué para leerlo:

—¡Vaya!, sabía que, un día u otro, esto llegaría —se lamentó el ginko.

—Pero usted es muy sabio y ha vivido más de dos mil años, seguro que descubrirá el modo de vivir otros mil más. ¡Por lo menos! —contesté muy preocupado.

—Mira, palomo, no todos los humanos son inconscientes. También los hay que están muy en contra de destruir la naturaleza de la que formamos parte todos nosotros. Estos son los que ven claro que este comportamiento solo traerá la destrucción y la muerte de todo el planeta. Por eso, debéis enviar un mensaje al jefe de todos los humanos que luchan por salvar la Tierra, para decir que protesten enérgicamente ante sus gobiernos, para que no destruyan los pocos bosques que nos quedan.
Los humanos no saben que todas las especies que habitamos este mundo sabemos comunicarnos. Incluso los árboles. Son tan egocéntricos, que piensan que su lenguaje es el único del planeta.
Date prisa, vuela. Lleva el mensaje a los tuyos antes de que sea tarde.

—¿Siiií? ¡Yo tampoco sabía lo del lenguaje! —le dije.

—A ver, palomo, ¿no estamos hablando tu y yo, o qué? —replicó enfadado.

—¡Upppps!, ¡es verdad!

Después de escribir todo lo que me dijo sobre los humanos, me despedí del gran ginko.

A pesar de que aún soplaba un viento huracanado, pude regresar, sano y salvo, gracias a que me regaló una cápsula de vitaminas para pájaros de su despensa particular.

Cuando volví a la ciudad con las noticias, todos estuvieron muy contentos y me felicitaron por haber culminado la peligrosa misión con éxito.

Después de descansar unos cuantos días, me enviaron a la casa del jefe de los humanos que defienden la Tierra. Me posé en su ventana y, al poco rato, un hombre grande y barbudo me cogió con una mano. Con la otra, desató el papel que llevaba atado en mi pata y lo leyó atentamente.

Al poco tiempo, muchos humanos formaron una gran concentración delante del edificio de su gobierno, haciendo mucho ruido, gritando y portando muchos letreros en contra de la tala de bosques. Allí se quedaron durante muchos días, hasta que el gobierno decidió cancelar la tala del bosque en el que vivía el legendario Ginko Biloba.

Si algún día salís de excursión, podéis visitar el Bosque Encantado del señor Ginko. Es fácil de encontrar, está en todos los bosques que imaginéis.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El mensajero y el ginko» con la voz de Angie Bello Albelda

La barba de Papá Noel

Ilustración: RobbVision

En las lejanas y frías tierras de Laponia se encuentra el taller más increíble del mundo porque en él trabaja y vive Papá Noel. Allí fue donde unos inviernos atrás sucedió esta historia…

En el taller trabajan todo el año elfos, duendes, hadas y sus ayudantes para que en la noche de Navidad todos los niños del mundo reciban un regalo. Fabrican juguetes de madera, muñecas, juegos de construcción, cuentos, instrumentos musicales, lápices de colores, pinturas, libretas, mochilas, plastilinas, coches, cocinitas… y una lista inacabable de regalos que han de estar listos, envueltos en bonitos papeles de colores y preparados para ser llevados en el mágico trineo de Papá Noel.

Así, que llegado el mes de diciembre todos andan muy atareados. Tanto, que hasta el mismísimo Papá Noel se pasea por la fábrica y los almacenes revisando todos los detalles.

En esa labor se encontraba una tarde, la actividad era febril; faltaban solo tres días para Navidad cuando sucedió que a un joven elfo se le derramó un bote enterito de pintura azul y se formó un charco muy grande. Tanta prisa tenía el pobre elfo que no se detuvo a recoger el estropicio y pasó lo peor que podía pasar: Papá Noel, al pasar por allí, resbaló y, ¡zas!, fue a dar con su oronda figura en el suelo. ¡Horror!, su cara, incluida su blanca barba, se tiñeron al instante de un bonito color azul.

Todos los que presenciaron el accidente corrieron a socorrerlo y al verlo con su barba azul se miraron unos a otros boquiabiertos.

—¡Venga, venga! —decía Papá Noel—, ¡aquí no ha pasado nada! Con agua y jabón se limpia la pintura y ¡solucionado!

Gnomos y hadas se pusieron inmediatamente a la tarea de limpiar la barba de Papá Noel, pero sabían que no era nada fácil, ya que la pintura derramada era de gran calidad, pues era la que usaban para pintar los juguetes de madera… ¡y nunca se borraba!

Fueron a por toallas, esponjas, jabones, champús, espumas… y consiguieron limpiarle la cara, pero de la barba… ¡nada!, la pintura no se iba. Su barba seguía azul como el cielo.

Papá Noel  estaba perdiendo la paciencia

—¡Dejadme a mí! ¡Ya me quitaré yo esta pintura! Así no puedo presentarme ante los niños del mundo. La barba de Papá Noel siempre ha sido blanca y siempre lo será.

De este modo, resuelto a resolver el problema fue al baño y con un estropajo de los fuertes comenzó a frotar y frotar su barba……pero, ¡ay!, fue mucho peor el remedio que la enfermedad; en el estropajo fueron quedando mechones azules de la magnífica barba de Papá Noel.

—¡Ay!, ¡ay!, ¡ay! ¡Qué gran desgracia! ¡Me quedé sin mi barba!

¡Pobre Papá Noel! Estaba desconsolado

—¡No quedará más remedio que retrasar la Navidad hasta que me crezca de nuevo!

Pero los elfos, duendes y, sobre todo, Mamá Noel no lo iban a permitir. ¡Los niños tenían que recibir sus regalos la noche de Navidad! La solución solo podía ser una: ¡habría que fabricar una nueva barba a toda prisa!

Probaron con espuma de afeitar, pero en cuanto Papá Noel salió al frío exterior se congeló la espuma y hubo que quitársela inmediatamente.

Usaron también nata, pero estaba tan buena, que Papá Noel, que era muy goloso, acabó por comérsela a lametazos.

Una barba de algodón salió volando cuando una ráfaga de viento entró por la puerta.

Intentaron también a hacer una barba con espaguetis, pero unos pajarillos empezaron a picotearla y en un plis-plas se quedó sin ella.

Hasta probaron a hacer una de cartón, pero era muy incómoda y, además, quedaba tan fea que a nadie le gustó.

Desesperados estaban cuando oyeron a Mamá Noel lamentarse:

—¡Ojalá tuviéramos lana! ¡Haríamos con ella una preciosa barba!

¡Esa sí que era una idea estupenda! Todos aplaudieron entusiasmados, menos Papá Noel, que se opuso al instante:

—Eso es imposible; es invierno y las ovejas necesitan su lana para abrigarse ¡No podemos pedirles que se desprendan de ella para hacer mi barba! ¡Se helarían de frío!

Entonces, el pequeño elfo, que había derramado la pintura, fue a dar con la solución:

—Papá Noel, amigos… quizás podríais perdonar mi torpeza si encuentro la manera de reunir la lana suficiente para hacer la barba.

—¡A ver!, ¡habla pues! —lo animó Papá Noel.

—Es verdad que no podemos pedir a las ovejas de nuestro establo que nos cedan toda su lana para hacer la barba, pero sí que podríamos pedir un rizo de lana a cada una de las ovejas del territorio de Laponia ¡Hay decenas de granjas! Y si cada una de ellas nos da un mechón, ¡tendremos más que suficiente para tejer una barba bien bonita!

¡Dicho y hecho! Inmediatamente se pusieron a trabajar. No dudaron en que las buenas gentes de Laponia colaborarían en tan solidaria tarea.

Los duendes secretarios redactaron mensajes en los que explicaban la situación y pedían, por favor, a los granjeros que cortaran un rizo de lana de cada una de sus ovejas.

Ante la imposibilidad de mandar a las palomas mensajeras, que no hubieran resistido los helados vientos del invierno, las encargadas de llevar los mensajes y recoger los rizos de las ovejas fueron una colonia de águilas de cola blanca, magníficas aves capaces de volar a todos los rincones del territorio.

Fueron despegando las águilas con mochilas colgando de sus picos y en el pueblo de Papá Noel todos quedaron expectantes, pero convencidos de que pronto comenzarían a llegar con las mochilas llenas de la lana de las generosas ovejas.

No tuvieron que esperar mucho. Las águilas se dejaron llevar por vientos de cola y rápidamente tornaron con la ansiada lana.

No encontraron ningún pastor que se negara a colaborar en la tarea. Todos adoraban a Papá Noel y estaban orgullosos de que viviera en su país. Además, ¡sus niños también esperaban su visita la noche de Navidad!

Cuando todas las aves regresaron, Mamá Noel se puso a la tarea de tejer la barba nueva de Papá Noel, que se había mantenido mientras tanto refugiado junto al fuego, pues sin su barba se sentía desnudo y friolero.

El trabajo de tejer era delicado y lento: había que lavar la lana, cardarla, hilarla y, por último, tejerla. Así que Mamá Noel trabajó durante todo un día y toda una noche y al amanecer de la víspera de Navidad la barba nueva de Papá Noel estuvo terminada. ¡Había quedado preciosa y además muy calentita!

Esa noche, los habitantes de Laponia vieron pasar volando en su trineo a un orgulloso Papá Noel que lucía una blanquísima barba y contentos se fueron a dormir; sabían que todos habían colaborado para que los regalos llegaran puntuales a sus destinos.

Por si acaso, después de terminado el viaje de Papá Noel de aquella Navidad, la barba de lana fue guardada en un baúl, a buen recaudo, en previsión de que algún otro «accidente» en el futuro pusiera en peligro la majestuosa barba de Papá Noel.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La barba de Papá Noel» con la voz de Angie Bello Albelda

Nita y Gus

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Ilustración: Belette Le Pink

En la huerta de Manuel y Luz, el rey de los árboles era el gran manzano. Daba frutos deliciosos que eran recolectados cada otoño y  acababan en el mercado del pueblo para deleite de todos los que los probaban.

Faltaba un mes para la recolección y las ramas del gran árbol lucían llenas de cientos de manzanas que, día a día, se iban tornando de verdes en rojizas a la vez que iban engordando.

En una rama escondida colgaba una pequeña manzana, más chica que sus hermanas. Vivía feliz  en una huerta tan linda, le gustaba ver amanecer desde su rama y el olor a tierra mojada después del chaparrón. Su tamaño no le importaba mucho y  le daba igual que las otras manzanas se burlaran de ella:

—No llegas ni a manzanita. ¡Te llamaremos Nita! Ja, ja, ja, ja.

—¡No vas a servir ni para hacer una papilla!

—¡Ya!, ni hablar de un buen pastel o una macedonia!

—¡Puaffff! ¡Irás a parar al comedero de los cerdos!

Un día Nita empezó a sentir unas cosquillas en su tripa. Primero fue un hormigueo muy suave, luego se hizo más fuerte y no podía dejar de reír.

—Ja, ja, ja, ja, ja.

Las manzanas de su alrededor la miraban extrañadas hasta que la tenía más cerca soltó un grito mirándola muy seria:

—¡Nita!, ¿no te das cuenta? En verdad eres boba. ¡Tienes un gusano en la tripa! ¡Si no te libras de él, te comerá entera!

Nita, sorprendida, descubrió en su barriguita un pequeño agujero del que asomaba la cabeza de un gusanito, con dos ojos brillantes y una sonrisa amable.

—¡Oh!, perdona pequeña manzana, buscaba un hogar donde refugiarme, pronto comenzará a helar por las noches y me has parecido muy confortable, tan pequeña y  tan dulce. Pero si quieres que me vaya, buscaré otra manzana. ¡Aquí hay muchas!

Las otras manzanas que estaban muy atentas protestaron:

—¡Ni hablar! ¡Quédate con Nita! De todas maneras, ella no sirve para ir al mercado.

La pequeña manzana se sintió halagada de ser la elegida, ella no vio al gusano como un enemigo y le propuso:

—Amigo gusano, si me prometes que vivirás conmigo sin hacerme daño y que no me molestaras, dejaré que pases a mi lado el invierno.

Las demás manzanas comenzaron a reír a carcajadas:

—Ja, ja, ja…. ¡Pasar el invierno, dice! ¡Eso no hay manzana que lo resista! Cuando llegue el frío, no quedarán ni frutos ni hojas.

A Nita no le importaba lo que dijeran las demás, ella estaba muy contenta de haber encontrado un amigo, alguien que la valoraba y que quería vivir con ella.

Así que firmaron un pacto de amistad y Gus, que ese era el nombre del gusanito, se convirtió en su amigo y defensor.

Nita y Gus pasaban los días muy entretenidos. Gus salía por las mañanas y traía las novedades de la huerta: que si las lechugas andan frescas, que si las gallinas han puesto poco, que si el gato cazó un ratón…

Y llegó el día de la recolecta. Manuel y Luz se pusieron a la tarea de llenar grandes cestos con todas las manzanas en buen estado para poder venderlas.

Cuando Manuel hubo puesto en el cesto todas las vecinas de Nita, fijó su mirada en ella y dijo a Luz:

—Esta la dejo, es muy pequeña y, además, tiene gusano.

Y allí se quedaron, Nita y Gus, solos en el gran manzano.

Los días eran cada vez más fríos y cuando el aire soplaba, las hojas del árbol volaban por doquier e iban formando a los pies del árbol una alfombra mullida.

Gus, que era más espabilado y tenía más mundo, se dio cuenta de que uno de esos golpes de viento haría caer a su amiga al suelo e ideó un plan.

Se pasó dos días enteros trabajando sin parar a los pies del árbol, primero excavó un hoyo, poquito a poco —hay que tener en cuenta que era un gusano muy pequeño—, y, después, lo rellenó con las hojas caídas, hasta que quedó satisfecho con la tarea realizada:

—¡Sí señor! ¡Me ha quedado un colchón magnífico!

Y volvió a instalarse con Nita.

—Gus, ¿qué has estado haciendo tanto tiempo ahí abajo? ¡Ya estaba preocupada!

—No has de temer nada, ya me he ocupado yo de todo.

La inocente Nita no sabía bien de qué hablaba su amigo, pero confiaba en él y se quedó tranquila.

El día siguiente amaneció otoñal, con oscuras nubes cargadas de agua y fuerte viento.

—¡Fiuuuuuuuu! ¡Fiuuuuuuuuu! —Soplaba.

Gus le decía a Nita:

—¡Agárrate fuerte, amiga, y no tengas miedo!

Y entonces, un gran remolino envolvió el manzano y Gus y Nita se precipitaron contra el suelo.

Pero como el gusanito bien había previsto, fueron a caer en la cama que tanto trabajo le había costado hacer.

Allí quedaron, bien tapados y calentitos, porque Gus se encargó de ir aportando tierra nueva y hojas limpias para que Nita no pasara frío y así durmieron todo el invierno, abrazados.

Tan bien estaban, que al llegar los primeros días cálidos y las lluvias primaverales a Nita comenzaron a salirle pequeñas raíces que fueron afianzándola en la tierra y, con el andar de los días, hasta ramitas y hojas, que buscaron la luz del sol y se convirtieron en promesa de una nueva planta.

En un paseo por la huerta, Luz observó el pequeño árbol que empezaba a crecer a los pies del gran manzano y con la ayuda de Manuel, cuidando de no estropear ramas ni raíces, lo trasplantaron a una suave colina donde siempre lucía el sol y con unas vistas excelentes del lugar. ¡El mejor rincón de la finca!

Así fue como la pequeña manzana, ayudada por su amigo el gusanito, llegó a convertirse en un magnífico manzano que, con el correr de los años, llenó muchísimos cestos de deliciosos frutos y ofreció plácidas horas de descanso a su fresca sombra a los hijos y nietos de Luz y Manuel.

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Ilustración: Belette Le Pink

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Nita y Gus» con la voz de Angie Bello Albelda

Dulce & Cabaña

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Ilustración: Luciano Lozano

A Dulce no le iba aquello de pasearse en cueros por los prados. Y eso no hubiera supuesto un problema si Dulce no hubiera sido la heredera de una larga estirpe de vacas lecheras. De las de más arraigo y tradición de la comarca. Leche con denominación de origen de «Ganaderías Cabaña».

 A Carlos Cabaña tampoco le iba lo de ordeñar y limpiar establos. Pero era lo que hacía su padre, como había hecho antes el padre de su padre, y todavía antes, el padre del padre de su padre, durante generaciones. Vivir rodeados de vacas, cuidarlas, ordeñarlas y vender su cremosa leche.

Siendo todavía una ternera, al poco de ser destetada, fue cuando a Dulce se le despertó aquel extraño pudor a abandonar el establo sin más vestido que su propia piel. Su madre, doña Anabella, la empujaba exasperada con el hocico para obligarla a pastar por los prados.

 —Es hora de rumiar, holgazana —la regañaba enfadada.

—¿No puedo quedarme aquí? Comeré paja —suplicaba Dulce pegada a las paredes del cercado.

—¡No! —Era siempre la última palabra de su madre.

Don Mariano, el padre de Carlos, también acostumbraba a valerse de aquel «¡No!» innegociable. Especialmente cuando, antes de su viaje semanal a la ciudad, su hijo le pedía colores y cuadernos de dibujo. De inmediato, señalaba intransigente los bebederos e «invitaba» a Carlos a dejarlos bien limpios.

—Hay cosas más importantes que hacer en la granja que andar garabateando papeluchos —zanjaba don Mariano.

Por fortuna, Silvana, la madre de Carlos, que adoraba los esbozos de su pequeño artista, se encargaba de abastecerlo a escondidas de acuarelas, plumillas, láminas y ceras. Y por la noche, cuando don Mariano roncaba en el sofá con el mando a distancia del televisor a punto de caerse de su callosa mano, madre e hijo disfrutaban de las ilustraciones de Carlos, que demostraba un don natural para el dibujo.

Por supuesto, a falta de otros modelos, Carlos se dedicaba a pintar vacas. Y Dulce, sin lugar a duda, era su favorita. Sus grandes ojos negros de mirada apocada lo tenían cautivado. Pero todavía lo impresionaban más las maniobras de la ternera para cubrirse el cuerpo con flores y briznas de hierba fresca. Una curiosa destreza que la mayoría tomaba por las excentricidades de una vaca con la manía de revolcarse por el prado. Pero a Carlos, que se dedicaba a perseguirla con su cuaderno de esbozos siempre que podía, no le había pasado inadvertido que las estratégicas ubicaciones de flores, hojas y hierbajos sobre las orondas carnes de Dulce no eran fruto de la casualidad.

Con cada retrato, Carlos se iba haciendo más consciente de la necesidad de Dulce de adornar su cuerpo, captando en sus dibujos los originales diseños que la joven vaca improvisaba a base de fibras naturales. Girasoles a modo de pamela, collares a base de jazmines y azaleas, hojas de parra ingeniosamente enlazadas sobre su lomo…

Pero lo que empezó como una necesidad de dar cobijo a su instintiva vergüenza a la desnudez, se convirtió en un desafío cada vez mayor al sentirse observada por Carlos. Y así, los vestidos de Dulce se fueron perfeccionando. La vaca arrancaba a escondidas hojas de higuera o de nogal, según combinaran con las flores de temporada. Y ya no se conformaba con trenzar la sucia paja que esparcían por el suelo del establo, buscaba en las balas secadas al sol las briznas más elegantes para lograr tejidos de cálidos degradados.

Carlos no solo testimoniaba con sus dibujos los diseños de la vaca, a la que empezaba a considerar su musa, sino que se convirtió en su cómplice y colaborador. Cada noche, escondía en el corral de Dulce pedazos de tela viejos que había encontrado en un antiguo cofre del desván de la granja. Rasgaba los vestidos que habían pertenecido, probablemente, a su abuela e incluso a su bisabuela y se los cedía a su amiga bovina esperando nuevos y sorprendentes diseños que dibujar. Sedas, miriñaques y canesúes que olían a rancio y que Dulce lograba confundir entre flores y vegetales con tanta gracia, que parecían cosidos por expertos modistos.

Carlos retrataba con fruición cada una de las creaciones de Dulce y se obsesionó en la búsqueda de más telas que combinar. Cuando se acabaron los vestidos viejos, buscó mantelerías y cortinas, que también se acumulaban en el desván. Y juntos, fueron diseñando una auténtica colección de vestidos talla XXXXL.

Para no levantar sospechas, los pases de la modista y modelo se hacían de madrugada, cuando el resto de la granja dormía, pues ya a nadie le hubiera pasado por alto que la vaca tejía y que alguien le suministraba material para sus vestidos.

Por no decir que doña Anabella se hubiera negado taxativamente a que su hija se paseara por el prado vestida con ropas propias de humanos. De modo, que la única testigo de la colección de alta costura para vacas que habían ido creando mano a mano los dos amigos, era Silvana, la madre de Carlos, aunque ella atribuía los modelos a la inagotable imaginación de su hijo.

—¿De dónde sacas tanto arte, hijo mío? Si aquí vivimos entre heno… ¡Mira este diseño! Me lo compraría al instante. Tu padre no puede seguir ignorando tu potencial… Tu vida no está en la granja. Mañana mismo le digo que debes acudir a una escuela de diseño o a la universidad de Bellas Artes. ¡Qué se yo!

Carlos, asustado, no supo qué decir. Le encantaba la idea de abandonar la granja. Acudir a una escuela de arte y diseño había sido siempre su sueño. Pero por bellos que fueran sus dibujos, sabía que todo el mérito era de Dulce. Aunque, ¿quién lo iba a creer? Aquella noche, Carlos le contó a su amiga lo ocurrido con la esperanza de encontrar juntos una solución.

—Si mi madre se entera, la mato del disgusto  —aseguró Dulce angustiada—.  Para ella, a lo máximo que puede aspirar una vaca es a producir leche para nata o mantequilla.

—¡Pero eres una gran artista, Dulce! El mundo lo tiene que saber —suplicaba Carlos—. Has creado una colección digna de pasarela.

—No lo hubiera logrado sin ti, Carlos, ya lo sabes

Los dos amigos se quedaron toda la noche discutiendo y descartando opciones. Los pillaron el amanecer y don Mariano dormidos sobre las decenas de lienzos en el corral de Dulce.

—¿Qué significa esto? —gritó don Mariano arrugando entre sus manos dos o tres dibujos de Dulce vestida con sus mejores galas—.  Además de holgazán, ¿te has vuelto loco? ¿Una vaca vestida? ¡¿A quién se le ocurre?! Y tu madre quiere enviarte a una escuela en la ciudad. ¡Jamás!, serías el hazmerreír de esta familia. Y eso es algo que no voy a consentir.

—No lo regañe, don Mariano, todo fue idea mía, yo tejí esos vestidos —Quiso disculparlo Dulce, pensando que así don Mariano permitiría a Carlos asistir a la Universidad que tanto deseaba.

Mas el remedio fue peor que la enfermedad, pues el ganadero se giró embravecido hacia la ternera y profiriendo improperios, la ató por el cuello y se la llevó a rastras, directa al matadero, para sacrificarla a mediodía. ¡Nada había peor para un Cabaña que criar en sus establos a una vaca loca!

Carlos, desesperado, acudió a su madre y se lo contó todo. Le contó cómo, noche tras noche, él y Dulce habían ido tejiendo no solo toda una colección de moda, sino una sincera amistad y le suplicó que intercediera por la vaca.

Silvana quedó maravillada de que una ternera hubiera creado tantos y tan bellos vestidos, pero también sabía que su marido no pondría en peligro la credibilidad de «Ganaderías Cabaña» por algo tan atípico y tan poco sujeto a las normas como una vaca diseñadora. Así que solo halló una solución. Echando mano de toda su sutileza, pues don Mariano estaba muy, pero que muy enfadado, trató de ganar algo de tiempo para Dulce. Fingió estar enferma y le pidió a su marido que la acompañara con urgencia a la ciudad para que la visitara un médico. Antes de irse, entregó a Carlos las llaves de uno de los camiones de transporte de la granja y abrazándolo estrechamente le susurró al oído a su hijo:

 —El camión está lleno de gasolina y en la guantera encontrarás todos mis ahorros. Vete con Dulce tan lejos como puedas. Milán y París os esperan. Incluso Nueva York, si sois capaces de volar.

 Al cabo de unos meses, Silvana, hojeando una revista de moda en la peluquería, no daba crédito a lo que veían sus ojos. El especial de moda de otoño lo ilustraba una foto a doble página de Dulce luciendo una elegante gabardina amarilla. El titular rezaba: «Los diseños de Dulce & Cabaña: el muuuuuuust have de este noviembre».

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Ilustración: Luciano Lozano

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Dulce & Cabaña» con la voz de Angie Bello Albelda