Cuento amigo

La Pequeña Hada y las magdalenas flotantes

Ilustración: nicolas-gouny-art

La Pequeña Hada estaba muy contenta, había terminado su tercer año en la Academia de Hadas Buenas y le habían entregado una nueva varita mágica.

Por supuesto que no había terminado sus estudios, así que, aunque su varita no tenía un poder infinito, sí podía efectuar pequeños encantamientos con ella, siempre y cuando fueran para aliviar tristezas y penares; mejorar la vida de algún ser; facilitar entuertos o causar divertimentos inocentes.

Era tan bonita, que no se cansaba de mirarla. Estaba coronada por una estrella y cuando el sol la tocaba, despedía miles de resplandecientes rayos de colores, como si estuviera hecha de diminutos espejos.

Así iba nuestra amiguita, saltando de alegría y feliz, dibujando figuras en el aire con su varita, como si fuera una imaginaria batuta. Dirigiendo una orquesta de mariposas, pajarillos y abejas en una brillante sinfonía inventada.

Tanta emoción había llegado hasta su tripa, que empezaba a reclamar la merienda. Por lo que nada más llegar a casa, se puso manos a la obra y en un plis plas tenía una bandeja de magdalenas dorándose en el horno:

—¡Mmmm! ¡Estoy deseando que se enfríen para comérmelas todas! —se decía relamiéndose al pensar en lo ricas que estarían con esa costra azucarada por encima, cuando, «toc, toc, toc», una llamada en su puerta la interrumpió:

—Hada, soy Osito, ¡abre!

—Hola Osito, ¿qué haces por aquí?

—Mamá, papá y yo perseguíamos a Ricitos de Oro, que se ha comido toda nuestra sopa, cuando me ha traído hasta aquí un aroma delicioso.

—Es de las magdalenas que se están horneando. Si te esperas, te regalaré una.

—Sí, muchas gracias, Pequeña Hada, ¡tengo tanta hambre! ¿Y podrías también regalarme una para mamá y otra para papá?

—¡Por supuesto!

La Pequeña Hada era generosa y como Osito había sido muchas veces su compañero de juegos, estaba encantada de compartir con él sus magdalenas.

De pronto, les llegó desde la calle un pequeño alboroto; un elefante y una vaca porfiaban.

—¡Te digo que es pastel!, vaca ignorante.

—¡Y yo te digo que es bizcocho!, elefante tragón.

—¿Crees que tu nariz chata puede competir con mi trompa?

—¡Pues claro!, porque en tu larga trompa el olor se pierde.

La Pequeña Hada y Osito se miraban asombrados ante tan absurda discusión.

—A ver, a ver, ¿por qué discutís? —preguntó La Pequeña Hada.

—Venimos siguiendo el rastro de un aroma dulce y delicioso, pero no nos ponemos de acuerdo en si es pastel de limón o bizcocho de chocolate. En lo que sí estamos de acuerdo es en que proviene de tu cocina. ¿Puedes decirnos qué estás cocinando y así saldremos de dudas?

De este modo hablaron el elefante y la vaca, y se quedaron aguardando la respuesta.

—Pues ya podéis dejar de reñir porque ninguno de los dos ha acertado ¡Son magdalenas! —dijo la Pequeña Hada.

—¡Ohhhhhh! —exclamaron al unísono los dos animales— ¡Magdalenas! ¿Nos dejarás probar una? —rogaron.

La Pequeña Hada no podía negarse.

—¡Claro!, en cuanto salgan del horno.

La vaca le pidió también una para su ternerito y el elefante otra para una leona desdentada, a la que el dulce le encantaba.

El barullo atrajo a más vecinos, que también querían magdalenas para ellos mismos, para sus hermanos, vecinos, compañeros… Y a todos, la Pequeña Hada dijo que sí. ¿Qué otra cosa podía hacer? Les pidió que regresaran al cabo de una hora y se encerró en su cocina.

—¡Menudo lío! ¡No hay magdalenas para todos! ¿Qué haré? ¡No tengo tiempo de hornear más! Y, para colmo, se me ha terminado la harina. Tengo que pensar en algo rápido…

En estas cavilaciones andaba, cuando vio sobre la mesa de la cocina su varita nueva y decidió que era la ocasión perfecta para estrenarla. Inventaría un encantamiento y multiplicaría las magdalenas para que todos sus amigos tuvieran la suya ¡Qué magnífica idea!

Sin perder ni un instante, empuñó la varita y, al mismo tiempo que pronunciaba las palabras mágicas, dio unos golpecitos con ella en la puerta del horno:

¡Magdalín, magdalán!,
pocas magdalenas en el horno hay.
Varita, me has de ayudar y por cien multiplicar.
Una, dos y tres, ¡magdalenas por doquier!
¡Que todos puedan comer!

Se quedó mirando el horno esperando a que el hechizo surtiera efecto.

Pasaron dos minutos y nada.

Impaciente, pensó que no había pronunciado las palabras mágicas con suficiente fuerza y entonación, así que repitió el encantamiento con voz más grave y potente y golpeó de nuevo la puerta del horno con su varita:

¡Magdalín, magdalán!,
pocas magdalenas en el horno hay.
Varita, me has de ayudar y por cien multiplicar.
Una, dos y tres, ¡magdalenas por doquier!
¡Que todos puedan comer!

¡No pasaba nada! Habían trascurrido tres minutos más y empezaba a desesperarse, cuando se oyó un extraño ruido. Era como si mil pompas de jabón explotaran una tras otra, ¡plaf! ¡plaf! ¡plaf!

¡Zooooommmm!, la puerta del horno salió disparada y de su interior empezaron a salir magdalenas ¡Cientos de magdalenas! Flotaban por la cocina y escapaban por la ventana, como si de una bandada de parajillos se tratara.

La Pequeña Hada, del susto, se cayó al suelo y al instante las magdalenas la rodearon. ¡Vaya si había funcionado la varita!

Se abrió paso como pudo entre los apetitosos proyectiles y salió a la calle, donde cientos de magdalenas flotaban por el aire, como si la tierra hubiera perdido su gravedad.

Los habitantes de Isla Imaginada se afanaban tras ellas intentando atraparlas. Unos con cazamariposas, otros con capazos o cestas y los más, con las manos. Llenaban bolsillos y sombreros y el elefante tragón corrió a buscar una sábana de su cama —de tamaño elefante, claro— para recoger más magdalenas que nadie.

La calle era una fiesta. Todos reían, corrían y saltaban, tropezando unos con otros intentaban alcanzar el esponjoso dulce, pero a nadie le preocupaba, porque desde la ventana de la casita de la Pequeña Hada seguían saliendo más y más magdalenas ¡Habría rica merienda para todos durante muchos días!

Poquito a poco, el hechizo se deshizo y la Pequeña Hada fue felicitada por sus vecinos, que empezaban a marcharse a sus casas:

—¡Que idea tan bonita has tenido, hadita! —le dijo El Patito Feo.

—¡Otro día puedes hacer pastel de chocolate! —le pidieron Hansel y Gretel.

—No, no, ¡fresas con nata! —le rogó una Princesa encantada.

—¿Os imagináis miles de fresas envueltas en nubes de nata? ¡Mmmmmm! —Se relamió Osito.

Todos tenían la tripa llena, los cestos y bolsillos repletos y, lo mejor de todo, habían pasado una tarde estupenda disfrutado juntos, que era lo que más les gustaba.

Cuando todos se fueron, la Pequeña Hada se quedó pensativa. Sabía que algo en su encantamiento no había salido bien. Volvió a coger su varita y mirándola fijamente le preguntó:

—Dime, varita maravillosa, ¿qué hice mal? ¿Qué pasó?

—Yo te diré lo que pasó, Pequeña Hada —La interrumpió la Gran Hada Buena, que había presenciado en silencio todo el espectáculo—. Debes aprender a ser paciente. La varita es mágica, pero necesita tiempo para que el encantamiento se produzca. Cinco minutos son suficientes, pero tú no has sabido esperar y con cada golpe de tu varita, el hechizo ha comenzado de nuevo, así que se ha multiplicado cientos de veces.

—¡Vaya! Siento muchísimo todo este embrollo de magdalenas flotando ¡Estoy muy arrepentida! –Trató de disculparse.

—Bueno, no ha sido tan grave. Gracias a ti hemos pasado un rato memorable. Se hablará durante mucho tiempo de la tarde en la que flotaron las magdalenas, Y además, ¡qué caramba!, ha sido tan divertido… Aunque te daré un consejo: cuando cocines, cierra la ventana, no me gustaría que escaparan por ella fideos, garbanzos o calabacines.

Y sonriendo, la Gran Hada Buena enfiló camino adelante con un gran cesto repleto de magdalenas colgando de su brazo.

Más tranquila, la Pequeña Hada guardó la varita en un cajón. Pero se cuidó mucho, ¡muchísimo!, de no golpearla para evitar un nuevo tropiezo…  ¡Al menos de momento!

FIN

El pastelero triste

Ilustración: AuToFluXx

Si Ambrosio fuera un pastelero como los demás, elaboraría sus pasteles con azúcar, con almíbar o con sirope de arce. Pero, ¿qué puede hacer alguien que cuando llora endulza pañuelos y mangas de camisa? Pues aprovechar toda su tristeza para endulzar un poco la vida de los demás.

Precisamente por eso, fue que Ambrosio decidió dedicarse al noble arte de la pastelería; porque tenía un don muy especial: sus lágrimas eran dulces.

Ambrosio descubrió que de sus ojos brotaban lágrimas de caramelo el día que murió su abuela Federica, cuando su madre, para tratar de consolarlo porque no dejaba de llorar, decidió hornear sus famosas magdalenas de arándanos y le pidió que la ayudara.

Mientras tamizaba la harina, al pobre, le vino a la cabeza el suave pelo blanco de su abuela Federica y, sin poder contener la pena, derramó sus lágrimas en el centro del volcán de harina.

—Deja de llorar, Ambrosio, o nos saldrán las magdalenas saladas —trató de bromear su madre.

Haciendo un gran esfuerzo, Ambrosio dejó de llorar y se concentró en la receta, pero al cascar los huevos, las brillantes yemas le recordaron los ojos color miel de su querida abuela y volvió a llorar amargamente mientras su madre mezclaba todos los ingredientes, lágrimas incluidas.

—Pero bueno, ¿es que ya has añadido el azúcar? —preguntó a su hijo al probar la mezcla con el dedo.

—No —contestó Ambrosio señalando el recipiente con la medida de azúcar intacta y tratando de contener el llanto entre suspiros.

—Pues no lo entiendo…—observó la madre.

Y atrayéndolo hacia ella para consolarlo, le dio un sonoro beso en la mejilla todavía húmeda. Fue entonces cuando descubrieron lo especiales que eran aquellas lágrimas.

Con el tiempo, Ambrosio, dedicado ya en cuerpo y alma a la profesión de pastelero, se percató de que cuanto más triste estaba, más empalagosas eran sus lágrimas, así que cada vez que cocinaba unos bollos, un bizcocho o unas galletas trataba de entristecerse tanto como podía. Lo tenía todo bien organizado.

Antes de empezar la jornada, en su tienda de dulces del centro de la ciudad, releía las novelas más tristes de su biblioteca particular: huérfanos, desamores y despedidas poblaban los amaneceres de Ambrosio que, con los ojos inundados por la emoción, amasaba panecillos dulces, brioches y cruasanes.

A lo largo de la mañana, mientras decoraba bizcochos y magdalenas, escuchaba en su viejo tocadiscos fados y boleros, las melodías más melancólicas que existen.

A mediodía, miraba una película de las que hacen llorar mucho al tiempo que removía el chocolate caliente, que borboteaba junto a las lágrimas que caían sobre los fogones.

Para los encargos especiales, buscaba una pena más honda; contemplaba las fotografías de la abuela Federica y cocinaba con nostalgia pasteles de cumpleaños, tartas nupciales o repostería para bautizos y comuniones.

Todo funcionaba como un reloj y aunque Ambrosio siempre mantenía su aspecto alicaído, su establecimiento era el más animado de toda la ciudad. Especialmente los domingos, cuando la cola cruzaba de punta a punta la Plaza Mayor. «No hay pasteles como los tuyos Ambrosio», le decían los clientes. «Tienen alma, se nota que los haces con el corazón» añadían.

Eran tantos los parroquianos que se acercaban a comprar los dulces de la pastelería de Ambrosio, que Sofía, una alegre trotamundos que acababa de llegar a la ciudad, creyó que sería el lugar ideal para conseguir unas monedas amenizando con sus trucos malabares la espera de los clientes.

Su espectáculo era digno de ver. Para empezar, lanzaba al aire sus pelotas multicolor… tres, cuatro, cinco, seis… ¡hasta siete pelotas hacía danzar a la vez para regocijo de grandes y pequeños! Y cuando parecía que aquello era todo, con el pie derecho, se calzaba tres aros de brillante acero y los hacía rodar al tiempo que bailaban las pelotas.

Pero la apoteosis llegaba con el número final, cuando encendía tres pequeñas antorchas que intercambiaba de mano con una pericia pasmosa. Los clientes se olvidaban de avanzar y hasta Ambrosio se quedaba totalmente hipnotizado viendo el ardiente espectáculo.

Al terminar, se paseaba con un sombrero de lana multicolor en la mano y raro era el día que no lo llenaba de monedas. De las que ganaba, gastaba algunas en la pastelería de Ambrosio, para comprar una magdalena de arándanos, la especialidad de la casa.

Ambrosio se fue acostumbrando a las visitas de Sofía. Domingo tras domingo, admiraba el espectáculo de fuego y color y, domingo tras domingo, reservaba la más oronda y jugosa de las magdalenas de arándanos, la envolvía con papel de cera y la ataba con un lazo azul. Después, observaba cómo Sofía se la comía, sentada en un banco de la plaza y a él lo invadía una alegría tan incontrolable, que no lograba volver a entristecerse. Ni canciones, ni historias, ni películas surtían ya efecto. Ni siquiera las viejas fotografías de la abuela Federica conseguían hacerlo llorar y llegó el día en el que Ambrosio tuvo que tomar una dura decisión: utilizar azúcar para endulzar sus pasteles.

Desde entonces, las aglomeraciones de los domingos empezaron a disminuir. Algo había cambiado. Incluso sus clientes más fieles empezaron a faltar a la cita del domingo. La plaza se fue quedando vacía y ya eran tan pocos los que acudían a la pastelería, que Sofía, una mañana, no logró reunir suficientes monedas para comprar su magdalena de arándanos. Miró por última vez el escaparate con pena y empacó sus cosas dispuesta a marcharse.

Ambrosio, angustiado, envolvió la magdalena de arándanos y corrió tras Sofía:

—Olvidas tu magdalena…

—No tengo suficiente dinero —contestó ella sin dejar de caminar—. Además, ya no saben igual…

—Ésta sí… —rebatió Ambrosio desenvolviendo el paquete mientras lloraba sobre el esponjoso bizcocho.

Sofía mordió la magdalena y esbozó una sonrisa de satisfacción, pero al ver las lágrimas de caramelo de Ambrosio y comprender lo que ocurría, su alegre semblante se transformó y empezó de nuevo a andar:

—No te vayas —le suplicó el pastelero armándose de valor—. O déjame ir contigo.

—Da igual si me quedo o si vienes conmigo. Si estamos juntos, tus pasteles nunca volverán a saber igual…

Incapaces de resolver el dilema, Ambrosio y Sofía se sentaron en un banco y juntos mordisquearon la magdalena de arándanos, tal vez la última.

En silencio, echaron algunas migas a los pájaros que revoloteaban por la plaza. Una pareja de palomas se peleó por conseguir un bocado. La vencedora alzó el vuelo y dejó caer la miga sobre el nido de polluelos, que con la primavera habían roto ya el cascarón. Al poco, la otra paloma con la que hacia solo unos instantes se había picoteado, llegó con otra miga, que también lanzó sobre el nido.

—Juegan, se pelean… –dijo una viejecita que se había sentado junto a Ambrosio y Sofía sin que ellos se percataran –. A veces están alegres; a veces tristes. A veces son felices y otras tremendamente desgraciados. Comparten las cosas buenas y las malas. Así es la vida. Pero lo importante es que vuelan juntos, tal vez porque se aman… En fin, ya me marcho… Siempre hablo demasiado.

Al levantarse los miró y les dedicó un simpático guiño. Ambrosio se quedó paralizado; aquella mujer tenía unos ojos del color miel que le resultaban terriblemente familiares…

Sofía, mientras veía a la anciana alejarse, supo cómo resolver el dilema:

—Me quedo contigo o ven conmigo. Es lo mismo. Pero juntos.

Y al escuchar sus palabras, Ambrosio, por primera vez, lloró de alegría y sus lágrimas fueron dulces; más dulces que nunca.

FIN

Un tren para Clara

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Ilustración: Barbara Sobczynska

Clara no se ilusiona con la Navidad. En su casa nunca hay árbol de luces, ni regalos con moños satinados, ni nieve de poliestireno, ni cenas hechas al horno. Nadie en la familia se emociona en estas fechas, tampoco se habla de Santa Claus. El papá de Clara dice que ese viejo no existe, que lo inventaron los gringos para vender más Coca-Cola y que dónde se ha visto un trineo volar. La mamá de Clara cree en el niño Dios, pero el dinero no alcanza para hacer fiesta por alguien que nació hace tanto tiempo.

A Clara le gustan estos días de invierno suave, porque no hay que ir a la escuela y puede jugar todo el día en la calle con sus hermanos y los chicos del barrio, ella es la única niña de la pandilla, aunque eso todavía no le importa a nadie. Es una campeona en bailar el trompo y tiene una enorme colección de canicas que ha ganado en competencia. Lo que más le gusta a Clara es jugar al béisbol y a su mano zurda no se le escapa ni una bola.

Cada año, las monjas de la capital vienen al barrio a repartir juguetes usados. Llegan en una furgoneta que parece sufrir de lo cargada que anda y se estacionan frente a la tienda de Doña Lupe. Con la ayuda de las vecinas, arman unas mesas de plástico y acomodan todos los juguetes que lograron reunir de donaciones de gente compadecida o que, simplemente, necesitaba deshacerse de los trastos que hacían bulto es sus armarios.

Clara y sus amigos detienen el partido de beis y se acercan a ver la exhibición de cientos de juguetes protagonistas de navidades pasadas. Son objetos bien conservados o que con una pequeña reparación vuelven a funcionar. Ella sabe que es mejor no llevar a casa nada que necesite baterías porque tal vez nunca se las compren. También está pendiente de que sus hermanos no acepten pistolas de juguete, ni nada que haga demasiado ruido, de lo contrario Papá lo tirará a la basura.

Mientras las monjas acomodan las cosas, la pandilla de Clara y otros niños y niñas que llegan de las calles aledañas, empiezan a formar una fila larguísima organizada por las vecinas que intentan mantener el orden y calmar el alboroto. Desde su lugar, Clara se pone de puntillas y hace un esfuerzo por encontrar algo interesante en la mesa. Entre tantas cosas revueltas, se fija en un pequeño tren despintado, con un vagón de carga, y ruega para que nadie más quiera llevárselo.

—¡Me pido el muñeco ninja rojo! —anuncia su hermano Toño.

—¡Yo quiero el camión de bomberos! —dice el amigo Luis.

—¡Y yo el cohete blanco! —pide su hermano Mario.

A Clara siempre le cuesta mucho decidirse. Además, las monjas parecen no estar de acuerdo con lo que ella quiere y terminan dándole cosas que no le gustan. No entiende para qué le dicen que elija. Lo que la consuela es que, le toque lo que le toque, siempre podrá jugar con las cosas de sus amigos y hermanos. Solo hay que esperar a que se aburran de sus juguetes, porque los primeros días no los sueltan ni para dormir.

—¿Qué regalo elijes? —pregunta una de las monjas cuando llega el turno de Clara.

—Por favor, quiero esa locomotora negra —responde Clara, apuntando al viejo y polvoriento tren, escondido entre los animales de peluche.

—Pero, eso es más para chicos, ¿no crees? —dice la religiosa, buscando otra cosa de la mesa, sin esperar una respuesta de la niña.

Clara se detiene a pensar un momento. No es la primera vez que le vienen con el cuento de que las niñas no deben jugar con cosas que tengan ruedas, a menos que se trate de cochecitos de bebé. Pero, de verdad, el tren le ha gustado mucho y se imagina que viajaría en él por tierras lejanas, construiría largas rutas y puentes para transportar mercancías y gente, a través de lugares misteriosos. Encontraría personajes extraños con los que aprendería a negociar en lenguas desconocidas. Esa locomotora y su vagón serían su transporte hacia un universo nuevo.

—Verá hermana, yo tengo una sola muñeca, que ustedes me dieron el año pasado, se llama Gertrudis, pero no juego con ella porque la pobre es un poco aburrida y no le gusta salir de casa, tal vez sea porque lleva pegados unos tacones altísimos que no la dejan caminar y mucho menos correr. Además, su ropa parece bastante incomoda. Si usted me regala el tren, yo la subiría al vagón para llevarla de paseo y así Gertrudis conocería el mundo fuera de la caja de zapatos donde vive.

La religiosa sonríe resignada y aunque sigue pensando que el juguete que la niña ha elegido no es muy apropiado, decide dárselo, tal vez por solidaridad con Gertrudis, para que al fin salga de su encierro, o porque piensa que el tren mantendrá a Clara lejos de la calle. Por la pinta desaliñada de la niña, es fácil adivinar que pasa muchas horas fuera corriendo y participando en juegos poco tranquilos, poco femeninos, digamos.

Esa Navidad, mientras el planeta brindaba y comía hasta el amanecer, Clara descubrió que su mente no tiene límites y que gracias a su tren podía ir a donde le diera la gana. Que si bien, le gustaba mucho jugar con sus amigos a la pelota, a las carreras y a trepar a los árboles, también era capaz de pasar muchas horas sola, construyendo historias a bordo de su tren, acompañada por Gertrudis que, aunque siguió usando tacones altos, por lo menos ya no sufrió con sus callos y pudo, al fin, abandonar la caja de cartón.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Un tren para Clara» con la voz de Angie Bello Albelda

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El coleccionista de copos de nieve

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Ilustración: Israel Campos

Permitidme que os cuente la historia del señor Eladio Frías, hombre del tiempo de profesión; cazador de copos por afición.

Viajaba siempre en globo, saltando de Polo en Polo, en busca de trozos de hielo con los que ampliar su colección.

Una bella estrella helada se encontró escalando un día la cima del Himalaya. Y en la misma expedición, pero bajando el K2, paró para guardarse dos.

Más peliaguda fue su caza en la lejana Groenlandia; un esquimal enfadado persiguió al señor Eladio porque le había robado un trocito de su iglú.

En otra ocasión —esta vez fue en Suiza—, mientras Eladio esquiaba, se topó con un alud. Recogió, aquella vez, más de cien copos de nieve que guardó en su baúl.

En la Antártida, un pingüino le hizo un regalo especial: una bola de nieve blanca, que escondía en su interior una estrella coronada por diez puntas estrelladas.

Eladio no descansaba ni siquiera en vacaciones. Bajo un ardiente sol de playa, derramó su granizado sobre la arena porque en él descubrió encerrada otra hermosa estrella helada.

Donde los copos caían, iba Eladio y recogía de cada país su tesoro. Su colección helada era tan desmesurada, que su casa, toda entera, parecía una nevera.

Lo cierto es que el señor Frías buscaba la estrella más bella. Según decían, el copo más hermoso que, más que un puñado de nieve, parecía un brillante congelado.

Y fue en un mes de diciembre que, al regresar al hogar, Eladio vio junto a su puerta un trozo de hielo especial. Descubrió, sobre la nieve, la estrella de Navidad.

FIN

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Una tranquila Navidad

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Ilustración: Lytayvea

En la profundidad de un hermoso bosque tenían sus madrigueras, una junto a la otra, la familia Conejo y el señor Marmota.

El señor Marmota era muy serio, formal y algo antipático. Cada año, al llegar los primeros fríos, hacía acopio de comida: trébol, diente de león, alfalfa, bayas y alguna que otra fruta que pudiera encontrar. Se daba un festín descomunal y ¡a dormir! Pasaba todo el invierno hecho un ovillo en un rincón calentito de su guarida y se despertaba al llegar la primavera.

En pasados inviernos, nada turbó el sueño del señor Marmota, pues sus vecinos, los Conejo, eran muy educados y procuraban no hacer ruido.

Durante el verano, se afanaban en llenar su despensa de cereales y verduras para que no les faltara alimento mientras hiciera frío. Pero aquel invierno fue diferente… La tranquila madriguera de los Conejo se vio bendecida por el nacimiento de diez pequeños que eran el orgullo de sus papás. Lindos gazapos, unos blancos como algodón y otros grises como nubes de primavera.

¡Se acabó la tranquilidad en Casa Conejo!

Había conejitos y conejitas todo el día arriba y abajo, riendo, persiguiéndose, peleando por un grano de maíz o un trozo de manzana, y sus pobres padres intentando, inútilmente, poner paz en tan tremendo guirigay.

Y, claro está, con la llegada de la Navidad andaban todavía más alborotados. Esperaban que alguna sorpresa apareciera por la chimenea y ya se relamían los hocicos pensando en degustar las ricas comiditas y dulces de esos días. La sopa de trigo con albondiguillas de alfalfa y los roscos de zanahoria eran sus manjares preferidos.

En la cocina, tenían formado un gran lío, todos querían colaborar y andaban metiendo sus patitas en harina y sus naricillas en las ollas.

Además, mamá y papá Conejo se había propuesto enseñarles canciones navideñas y ahí andaban ensayando sin parar, pues querían que el coro sonara perfecto.

Entre risas, habían decorado la madriguera con ramas de madroño y acebo, colgado nabos y zanahorias glaseadas que se zamparían más tarde, y en el techo, habían abierto un pequeño agujerito para que la luz de la estrella más brillante los alumbrara la noche de Navidad.  ¡Todo estaba precioso!

¿Y qué hay del señor Marmota? ¿Cómo se había tomado tanta agitación en casa de sus vecinos? ¡Pues muy mal! Recorría su madriguera refunfuñando:

—¡Aquí no se puede dormir! ¡Este escándalo no hay quién lo aguante! ¿Es que no pueden celebrar la Navidad en primavera?

Los señores Conejo ya le habían explicado que es imposible cambiar la Navidad de fecha. Es una tradición antiquísima y todo el mundo la celebra a la vez. Así, que el señor Marmota andaba dando vueltas con unas ojeras enormes y bostezando sin parar:

—¡Pues vaya fastidio! ¡Yo no le veo la gracia! Cantar canciones, hacer roscos y golosinas. ¡Vaya diversión!

Había descubierto en la pared un pequeño orificio por el que veía a la familia Conejo y ya que era imposible dormir, se pasaba horas enteras espiando a sus vecinos. ¡Pobre señor Marmota! Nunca había disfrutado la Navidad, pues siempre la pasaba durmiendo y solo.

Una de esas tardes de juegos y algarabías en la que todos los conejitos tomaban chocolate caliente y galletas de cebada, llamaron a la puerta de los señores Conejo.

—¿Quién será?

Al abrir la puerta, la familia Conejo vio a una marmota que tiritaba, todo el pelaje cubierto de nieve y los bigotes congelados.

—Perdón por llamar tan tarde. Un jabalí se puso a excavar mi casita y me la ha destrozado. He salido a buscar otra, pero se me está haciendo de noche. ¿Podrían dejarme un rinconcito para pasar la noche? ¡Prometo que mañana me iré!

Mamá Conejo le dio una manta y una taza de chocolate.

—¡Pasa! ¡Pasa! Caliéntate junto al fuego.

La señora Marmota, agradecida, se sentó junto a los conejitos, contentos de recibir una visita.

Papá Conejo llamó aparte a mamá Conejo:

—¡No se puede quedar aquí! ¡Si no tenemos sitio suficiente ni para nosotros!

A la conejita, entonces, se le ocurrió una brillante idea:

—¡Ya está! Le diremos a nuestro vecino que la aloje. ¡No podrá negarse! ¡Es de su misma especie!

El señor Marmota, que lo había presenciado todo a través del agujero en la pared, pensó para sí «¡Pues lo que faltaba! ¡Un extraño en mi casa!».

—¡Toc, toc, toc! ¡Señor Marmota abra por favor!

Ceñudo y murmurando se dirigió a la puerta pero, al abrir, su enfado se esfumó como el humo. Se quedó prendado de los dulces ojitos de la marmota, y cuando los señores Conejo le explicaron lo sucedido, no pudo negarse a acogerla.

Estaba asombrado de que su corazón latiera sin control y de que en su tripa sintiera como si un hormiguero entero se hubiera mudado allí. ¡El señor Marmota se había enamorado! ¡Un flechazo!  ¡Eso es lo que pasó!

Al quedarse solos, se le atragantaban las palabras y sin saber qué decir no se le ocurrió otra cosa que hablarle a la marmota de sus vecinos.

—Ya verás que aquí no se puede dormir. Esos conejitos no paran de hacer ruido. ¡Todo el día con cantos y risas! ¡Ven y mira! Ahora mismo están reunidos junto a la estufa.

La invitada miró por el agujero espía y contempló a los conejitos sentados alrededor de sus papás, escuchando con atención. Les estaban contando la historia de la familia, de cómo los abuelos tuvieron que dejar, antaño, un bosque parecido a este a causa de un desgraciado incendio y de cómo los conejos de otros lugares los acogieron y les ofrecieron sus madrigueras durante las noches de invierno.

—Así, hijos míos, sabed que la familia y los amigos son la posesión más importante que un conejo pueda tener porque, adónde vaya, jamás se sentirá solo si lo acoge un hermano conejo.

A los ojos de la marmota se asomó una lagrimita de emoción:

—Señor Marmota, ¡la risa de los niños es la música de la vida! Deberías estar contento de tener una familia tan amorosa cerca. ¡No me digas que no has pensado nunca en fundar tú una!

El señor Marmota no supo qué responder, así que propuso que aprovecharan que los pequeños se iban a dormir para hacer ellos lo mismo.

—En aquel rincón estaremos bien. No hay corrientes de aire y dormiremos calientes. Por lo menos hasta que se despierten los dichosos gazapos.

Y así lo hicieron. Pasaron la noche acurrucados para darse calor.

Cuando el trajín de sus vecinos despertó al señor Marmota, se dio cuenta de que había dormido de maravilla.

La marmota se despertó poco después, se desperezó y dijo:

—Señor Marmota, muchas gracias por tu hospitalidad, pero he de marchar en busca de una casa nueva.

—¡Con este tiempo no puedes marcharte! ¡Mira cómo nieva! ¡Quédate hasta la primavera!

Ciertamente, la nieve caía sin parar y sería imposible excavar un nuevo refugio.

Justo entonces, una de las pequeñas conejitas llamó a la puerta:

—¡Buenos días! Mis papás me mandan para decirles que están invitados esta noche a la cena de Navidad. ¡Habrá muchas cosas ricas para comer!

—¡Desde luego! Iremos encantados —exclamó la marmota, entusiasmada con la propuesta.

Ya se ocultaba el sol cuando se dirigieron a casa de la familia Conejo, donde los acogieron con amabilidad —olvidando lo antipático que el señor Marmota había sido con ellos—  y les ofrecieron su hospitalidad en una noche tan bonita.

Poco a poco, el ceño antaño fruncido del señor Marmota dio paso a una dulce sonrisa y, para sorpresa de todos, hasta se atrevió a cantar con los conejitos y a participar en sus juegos.

La marmota lo miraba de reojo y supo que jamás lo dejaría ya solo, ella era la que había obrado el milagro.

¡Aquella fue una Navidad maravillosa! ¡La primera de muchas!

En los años siguientes, en la madriguera de los señores Marmota, la Navidad también estuvo llena de risas y cantos, dulces y sorpresas ya que pequeñas marmotitas vinieron a llenar de amor el otrora triste y solitario refugio del señor Marmota.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Una tranquila Navidad» con la voz de Angie Bello Albelda

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Lobo y el Pedro

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Ilustración: Elena Gromaz

Lobo se sentía solo; era triste vagar por los bosques sin nadie con quien hablar o reír, nadie a quien contar lo que le había pasado durante el día. El psicólogo le insistió en que buscara un trabajo y se puso patas a la obra.

Intentó hacer de albañil para tres cerdos que vivían cerca; tres hermanos que resultaron ser unos desconfiados y que no le dejaron ni explicarse; incluso se atrevieron a quemarle el culo en un caldero.

Decepcionado, miró en el periódico y encontró el anuncio de un matrimonio que buscaba niñera para sus cabritas; pero la madre no quiso contratarlo porque, según ella, no daba el perfil. Lobo aceptó la excusa, aunque sabía que se debía a sus prejuicios: los lobos tienen fama de comerse a las crías de cabras y ovejas.

Cuando ya se estaba dando por vencido, se encontró a una niña que cantaba sobre su abuelita, que estaba enferma. Lobo esperó junto a un árbol a que la niña se acercara y cuando llegó hasta él, sonrió abriendo su amplia boca. No solía sonreír, pero le pareció que así demostraría que podía ser amable, tanto como para cuidar de una anciana. La niña, al ver todos aquellos dientes, creyó que se la iba a comer, le dio una patada en la espinilla (con lo que duele eso) y se marchó corriendo.

Triste y cojo, Lobo empezó a preguntarse por qué nadie se le acercaba, si él nunca había hecho nada malo y solo buscaba trabajo.

Estaba a la orilla del río, lamentándose de su mala suerte cuando escuchó a dos liebres hablando.

—Yo no lo he visto, pero dicen que el niño corría calle abajo, gritando: ¡Qué viene el lobo, qué viene el lobo!

—No hagas caso. La semana pasada hizo lo mismo, y la anterior, y la otra. Por lo visto no quiere ir al colegio y ya no sabe qué inventar.

Convencido de que aquel niño tenía algo que ver con que a él no le contratara nadie, decidió hacerle una visita. Se acercó a la entrada del pueblo y esperó tras un muro de pizarra a que el tal Pedro apareciera. Al poco tiempo un niño regordete y pecoso pasó junto a su escondite cantando: «Hoy no iré al colegio, porque el lobo me asaltó, hoy no iré al colegio y mañana tampoco».

Lobo no necesitó más pistas para saber que se trataba del niño que buscaba y lo siguió al interior del bosque. El chico canturreaba sin prestar atención ni a los conejos que huían a su paso, ni a los búhos que giraban la cabeza, molestos por su presencia. Cuando llegó tan lejos que nadie podía verlo, se sentó en las raíces de un avellano y sacó de su zurrón un mendrugo de pan y un trozo de queso. A Lobo se le hacía la boca agua viendo cada lasca de rico queso y cada pedazo de pan que aquel niño insolente, causante de sus desgracias, se metía en la boca.

Pedro se hartó de comer hasta que solo quedó la costra del queso y nada del pan, cerró los ojos y se puso a dormir. Entonces, Lobo se acercó sigiloso y se recostó a su lado. Sería maravilloso ver su cara cuando despertara y lo viera de cerca. ¿No iba contando por ahí maldades de los lobos? Pues ahora iba a contarlas con razón.

El vuelo de una mariposa despertó a Pedro. Intentó espantarla de un manotazo, pero con tan mala puntería, que el golpe aterrizó en el hocico de Lobo, y este se levantó sobre sus cuatro patas con un gruñido que helaba la sangre.

Durante un rato largo se quedaron los dos allí, uno frente al otro. Pedro rezando para que no se le comiera y Lobo pensando en cómo darle un escarmiento al muchacho sin dañar aún más su reputación.

—Eres un lobo muy grande —dijo Pedro, repuesto del susto—, pero parece que hoy no has comido. Se te marcan las costillas.

Acercó la mano a su zurrón, sacó medio chorizo y se lo ofreció a Lobo.

—Gracias —respondió antes de echarse junto al chico devorando la pieza—. ¿Sabes?, tú eres el culpable de que esté famélico.

—¿Yo? ¿Cómo puede ser?

—Has ido contando mentiras, metiendo miedo a todo el mundo y nadie me da trabajo.

—Lo siento. Yo solo quería librarme de ir al colegio y de sacar a pastar a las ovejas. Además, ya casi nadie me cree.

—¿Y eso?

—No sirve de mucho gritar: ¡Qué viene el lobo! si luego el lobo no aparece.

—Yo puedo ayudarte con eso si, a cambio, me das comida y conversación.

Y, desde entonces, todos los días, a la hora de ir a la escuela, Lobo se cruza en el camino de Pedro, a la vista de todos sus compañeros de clase, y luego huyen juntos al bosque para comer pan, queso y chorizo y contarse sus cosas.

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Por el bosque se escondía
sin dinero y sin trabajo;
y siempre iba cabizbajo
porque nadie lo quería.
Así pasó noche y día
era afable, tierno, honesto
siempre a los vetos expuesto…
¡Tan solo, tan abatido!
Era un lobo incomprendido
a los humanos expuesto.
Julie Sopetrán

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FIN

Moc, moc, moc

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Ilustración: loish

Cuando viajas a Isla Imaginada puedes encontrarte cualquier cosa. Quien dice cosa, dice habitante. Lo que os voy a referir, me lo contaron en mi última visita.

Me gusta ir, de vez en cuando, para saludar a los personajes de mis cuentos y saber de sus vidas imaginadas. Ellos fueron los que me hablaron de un sitio especial que muy poca gente conoce.

Se encuentra al final de un camino escarpado, allí, en lo alto de un risco. Son unas cuevas casi invisibles, pues las entradas son pequeños agujeritos en la pared de la montaña. Si pasas por delante, parece una roca con la apariencia de un queso.

Pero, ¡ay!, es allí donde sestean o veranean unos personajillos que saben muy bien cómo fastidiarnos los inviernos: ¡los mocos! ¡Sí señor!, ¡los mocos!

Los mocos se refugian en sus cuevitas tras el invierno, a resguardo del sol y las altas temperaturas, que no son nada favorables a su naturaleza. Cogen fuerzas y vuelven apenas comienzan los primeros fríos y los chaparrones, cuando las hojas caducas se visten de otoño y caen de los árboles, los niños se enfundan sus abriguitos y gorros y todos comemos castañas y boniatos. Justo en ese momento, los mocos salen al exterior y esperan las corrientes de aire que los transportan a todo el mundo invernal y…

¡En marcha! ¡Ahí van!, dispuestos a arruinarnos los días de fiesta, los cumpleaños, los juegos con amigos y hasta los paseos y los días de escuela.

Te entran volando por la nariz y ni siquiera te das cuenta. Cuando ya están a gustito ahí dentro, con la humedad, calentitos, a ti te entra un cosquilleo y……¡Atchisssss! ¡Atchisssss!

¡Ya está! ¡Ya lo has pillado! Ahora seguirán las toses, los escalofríos, los dolores de cabeza y hasta los de barriga.

Aunque no hay que preocuparse mucho, los mocos son inquietos y se aburren pronto. No les gusta estar mucho tiempo en el mismo sitio y enseguida se buscan otra nariz a la que fastidiar durante unos días. Pero veréis lo que le pasó a un moquito perezoso.

Cuando sus compañeros empezaron a viajar por el aire en busca de narices en las que refugiarse, él se decía: «Mañana. Yo me iré mañana. ¡Vaya unas prisas!, ¡aún queda mucho invierno!»

Y al otro día seguía en el mismo lugar: «¡Pues que manía de viajar tan lejos!, ¡yo me quedo aquí cerquita!»

Como era tan perezoso, ni siquiera quiso salir de Isla Imaginada; cuando ya no tuvo más remedio, porque en su rincón hacía mucho frío, se montó sobre una corriente de aire pequeñita que pasaba por allí y que lo dejó en la puerta de la casa de Caperucita.

Estuvo dando vueltas por los alrededores y ¡zas!, se puso la mar de contento al ver acercarse por el camino al Lobo Feroz:

—¡Vaya suerte! ¡Eso sí que es una nariz en condiciones! ¡Ahí puedo pasarme todo el invierno!

Pero el Lobo, que era muy astuto, apenas sintió el cosquilleo en su nariz estornudó y lanzó al moco perezoso al suelo.

—¡Ehhhh! ¡Lobo! ¡A ver si tienes más cuidado! ¡Me vas a pisar!

El Lobo, asombrado por su impertinencia, se lo quedó mirando y le respondió:

—¿Es que tú no sabes que no puedes vivir aquí? ¿Acaso has visto alguna vez un personaje de cuento con mocos? ¿Qué tal lucirían Caperucita, Blancanieves o Ricitos de Oro con un moco colgando de sus naricitas? ¡Por no hablar de todos los príncipes, reyes, piratas o magos! ¡Ningún niño los tomaría en serio!

El pobre moco perezoso se quedó pasmado al comprender que el Lobo tenía razón. Pero lo peor, fue que se dio cuenta de que si no encontraba pronto una nariz calentita, se congelaría y ya no podría regresar nunca más a la cueva para pasar otro verano.

—Pero, señor Lobo, dime, ¿de verdad no podría encontrar una nariz aquí cerquita? No hace falta que sea la de un personaje protagonista, podría ser una cocinera, un lacayo, una campesina… No tengo preferencias, y pasado el invierno, me vuelvo a casa.

El Lobo, pensativo, anduvo unos pasos:

—¡Ummmmmmm! ¡Déjame pensar! La casa más cercana a esta es la de Blancanieves y los enanitos. Son muchos. Siete, para ser más exactos. Quizás sorprendas desprevenido a alguno de ellos. Son confiados y buenas personas, ¡puaj!, ¡un asco! Toma ese camino y en el tercer cruce gira a la derecha. No tiene pérdida. Es una casita pequeña con una puerta enana ¡Ja, ja!

Y así fue como el moco perezoso se encaminó en busca de la pequeña casa de los enanitos.

Tardó dos días en llegar, porque no encontró ninguna ventolera que lo quisiera llevar hasta allí y tuvo que ir haciendo aire-stop. De soplo en soplo, llegó agotado y deseando encontrar calor narigudo.

Entró por una ventanita de la cocina. Allí estaban, los siete enanitos y Blancanieves terminando su cena.

Era una pena no poder recalar en la naricilla respingona y preciosa de Blancanieves, pero estuvo de acuerdo con el Lobo. Una protagonista mocosa no quedaba bien en un cuento. Así que se conformaría con la de uno de los enanos.

Los estuvo espiando a fin de hallar cuál de ellos poseía la nariz más grande y cuando estuvieron bien dormidos dio un salto y se coló en la de uno de ellos.

—¡Ahhhhhhhh! ¡Esta nariz es un maravilloso refugio!

Nada más decir esto, el enanito sintió un cosquilleo extraño:

—¡Atchissssss! ¡Atchissssss! ¡Ja, ja!, ¡qué cosquillitas!

Al enanito le había gustado aquella sensación nueva que acababa de experimentar y no podía evitar reírse cada vez que estornudaba.

El moco y él se hicieron grandes amigos y el enano, a cambio de que no lo molestara demasiado,  dejó que pasara, incluso, los veranos en su nariz.

Como ya habréis adivinado, a ese enanito lo llamaron, desde entonces, Mocoso, y no es otro que aquel que vive en uno de los cuentos más famoso del mundo: «Blancanieves y los siete enanitos».

 FIN

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Un bonito sueño

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Ilustración: Claudia Tremblay

Beatriz corrió alegre hacia su madre, llevaba el pelo recogido en dos largas coletas que saltaban al compás de sus movimientos.

—¡Mamá! ¡Mamá!

—Hola, cariño.

—Mamá, mira qué vestido más bonito llevo, es el que me compraste tú.

—Estás muy guapa, hija mía.

—¿Adónde iremos hoy?

—¿Qué te parecería ir a un lugar mágico, donde el sol brilla y el cielo es de un azul claro precioso?

—¡Sí! ¡Vamos mamá!

Beatriz le dio la mano a su madre y juntas avanzaron por un camino cubierto de flores de muchos colores.

Al pasar un río, vieron un bancal de naranjos; los frutos desprendían una suave fragancia que envolvía el aire.

—Mamá, ¿qué sitio es este?

—«El bancal del río». Es del abuelo, pero todos ayudamos para que crezcan las naranjas. Y cuando ya están maduras, las recogemos.

—¿Puedo comerme una?

—¡Claro que sí! Toma.

Beatriz peló la naranja y la mordió. Estaba muy jugosa y el dulce sabor le llenó la boca. Era deliciosa.

Guardaron algunas para el camino y siguieron adelante.

El paisaje se llenó de árboles frutales, de los que pendían limones, manzanas, peras y muchas más frutas de delicioso aspecto.

—Mamá, ¿por qué hay tantos árboles y por qué todo es tan bonito?

—Porque es un lugar mágico. Aquí todo crece libremente y sus habitantes pueden coger todo aquello que deseen, siempre y cuando respeten la naturaleza y no le hagan daño.

—¡Mira mamá!, también hay animalitos. ¿Has visto ese perrito tan bonito que viene hacia nosotras?

—Se llama Pulgarcito; es mi perro. Te gustará jugar con él.

—¿Tú tienes un perro?

—¡Claro!, lo tuve hace tiempo, y ahora nos hemos vuelto a encontrar.

Pulgarcito se acercó retozando, muy contento de verlas. Beatriz lo acarició y los dos se pusieron a jugar. La madre los miraba contenta, sintiéndose dichosa de tenerlos cerca y de disfrutar de aquel momento.

Juntos se dirigieron a un hermoso paraje, en el que había fuentes de aguas cristalinas y en ellas contemplaron cómo nadaban los peces.

Cantarinas cascadas daban frescura y sofocaban el calor del sol. Los animalitos jugaban mientras Pulgarcito corría de un lado a otro, moviendo el rabo sin parar. Todo el mundo era feliz y sonreía contento y alegre.

Realmente, aquel era un lugar mágico, en el que la dicha y la felicidad envolvían cada instante, llenándolo todo de luz.

Justo aquel día, había una feria y Beatriz montó cuantas veces quiso en los caballitos. Comieron algodón de azúcar y caramelos con sabor a macedonia. Todo era muy divertido. Beatriz no se separaba de su madre y en su cara se dibujaba una permanente sonrisa de felicidad.

—Mamá ¿vendremos más veces aquí?

—Cariño, este lugar no es siempre el mismo. Ya te he dicho que es mágico; por eso cada día es diferente.

—¿Cómo de diferente?

—Eso nunca se sabe. Cada mañana, cuando amanece, todo cambia y aparece un lugar nuevo, lleno de nuevos rincones que has de descubrir.

—No lo entiendo. Explícamelo, mamá, ¡por favor!

—Beatriz, todavía no te lo puedo explicar; pero cuando llegue el momento, tú también lo descubrirás. Aunque eso será dentro de mucho, mucho tiempo. Aún te queda un largo camino que recorrer para llegar aquí.

—Pero es que yo quiero quedarme contigo. Te echo mucho de menos.

—Yo también te hecho mucho de menos, por eso te he traído hasta aquí, para compartir este momento especial y diferente. Y aunque no puedas quedarte, recuerda que sigo a tu lado. No olvides que este camino lo empezamos juntas, pero ahora debes seguir adelante tú sola; yo te acompañaré desde aquí.

—Mamá, dame un beso. ¡Pero corre!, dámelo antes de que suene el despertador.

Su madre se acercó con ternura y, abrazándola, la llenó de besos cálidos y dulces.  Esos besos que jamás se olvidan.

—Te quiero mucho, mamá.

—Yo también te quiero mucho, bonita mía. Pero debes marcharte ya, es hora de despertar. Nos veremos en tu próximo sueño.

El despertador sonó, como cada mañana, pero aquel día, Beatriz se despertó envuelta en una sensación de felicidad.

FIN

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Vecino nuevo

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Ilustración: Fiep Westendorp

Una mañana, muy temprano, un estruendo despertó a los animales del zoo.

—¿Qué es eso? —preguntó la cebra, que casi perdió las rayas del susto.

—¡Vecino nuevo! —respondió el hipopótamo desde su laguna.

—¿Vecino nuevo? —se interesó el ñu.

—Eso parece —dijo el búho desde lo alto de su árbol con voz solemne.

—Me da igual. No son horas de armar tanto jaleo —protestó el avestruz, que ya había sacado la cabeza de entre sus plumas.

—¿Creéis que serán gacelas o ciervos? —preguntaron el tigre y el león.

—Seguro que son peces, peces grandes para mi estanque —se relamió el cocodrilo.

—Vosotros siempre pensando en comer —chilló el puercoespín.

—Pues a mí me suena a elefante —opinó el oso pardo.

El ruido del animal bajando la rampa hasta su nuevo hogar interrumpió la discusión. Todos estiraron el cuello para intentar ver a través de las rejas, los árboles o los matorrales, sin conseguir divisar nada.

La jirafa, tan alta, fue la única capaz de ver lo que bajaba del camión, pero como también era muda, no podía contárselo a sus compañeros.

—¡Es gris! —gritó un perrito de las praderas que entendía los golpes que la jirafa daba en el suelo.

—¿Tiene pelo? —preguntó, impaciente, la hiena.

—No lo sé, pero dice que tiene cuernos.

—Será un ornitorrinco —opinó el buitre—. Dicen que son animales realmente raros.

—Yo he oído hablar de ellos —dijo el macaco—, pero no recuerdo que tuvieran cuernos.

Entonces, el nuevo vecino se acercó a la valla y se presentó.

—Buenos días, soy el rinomedario. ¿Qué se hace por aquí?

—Buenos días, amigo rinomedario —saludó el león, que era el jefe—. Por aquí no se hace gran cosa, salvo dormir, comer y posar para que los humanos hagan fotos de vez en cuando.

—Pues vaya sitio más aburrido —respondió el rinomedario.

—No lo creas —defendió la hiena—. Es más fácil que vivir en la sabana; no tenemos que preocuparnos de cazar la comida o de que nos la roben los leones.

—Bueno, eso no es problema porque yo no como carne.

—¡Ah! —exclamaron los demás animales, aliviados por no poder servirle de cena.

—No tenemos que andar kilómetros en busca de una charca para beber —dijo la cebra.

—Eso no es problema. Yo almaceno el agua en mi joroba y nunca tengo sed.

—¡Uh! —dijeron todos sorprendidos.

—No tenemos que preocuparnos de que los depredadores nos coman —informó la gacela.

—Eso no es problema. Mi piel es dura y mi cuerpo grande.

—Vivimos sin miedo a que los furtivos vengan a por nuestros colmillos —dijo el elefante.

—De donde yo vengo, no hay de eso. Nadie nos caza por nuestros cuernos.

—Y ¿de dónde vienes, si puede saberse? —preguntó el puercoespín.

—¿De la selva? —rugió el tigre.

—¿De los ríos profundos y embravecidos? —aventuró el cocodrilo.

—¿De un desierto abrasador? —propuso el camello.

—Nada de eso. Yo vengo de la imaginación.

—¿Imaginación? —preguntaron—. Nunca oímos hablar de ese lugar.

—¡Sois unos necios! —chilló la lechuza—. La imaginación puede ser como la sabana, la selva o un desierto; puede ser la profundidad del mar, la superficie de una estrella o todas esas cosas al mismo tiempo. La imaginación está en la cabeza de los niños y es un absoluto disparate, como nuestro amigo aquí presente.

—¡No soy ningún disparate!, soy un rinomedario. Y en la imaginación también hay brontodáctilos, perricerdos y flamegartos.

—¿Perricerdos? —Se asombró la pantera—. Y eso ¿a qué sabe?

—Pues a pollo, como todo lo demás— contestó el tigre.

—Vosotros veréis, pero los humanos ya no querrán hacernos fotos si hay perricerdos y flamegartos —sentenció la lechuza antes de volverse al agujero del árbol en que vivía.

Esto preocupó al resto de animales, que se reunieron lejos del rinomedario para debatir la situación y si estaban o no dispuestos a vivir con aquel animal tan extraño.

—La lechuza tiene razón, ¿dónde se ha visto un animal mitad rinoceronte, mitad dromedario? —dijo el león.

—A los niños les gustan las rayas de las cebras —intervino el ñu—. No creo que eso cambie.

—No sé yo —lloriqueó el hipopótamo—. Mirad lo que pasó cuando trajeron al puercoespín. A mí no me hicieron caso durante un mes entero. Me sentí muy solo.

—Es por la novedad, pero luego se les pasa. Siempre se les pasa. ¿Verdad? —dijo el avestruz poco convencida.

—Dejaremos que se quede un tiempo y, si no nos gusta, me lo como —ofreció el tigre, que ya se estaba relamiendo.

Cuando los humanos llegaron, solo querían hacerse fotos con el rinomedario, y así un día, y otro, y otro. Los niños corrían hacia el cercado del animal, ignorando al resto de habitantes del zoológico y los padres los seguían, fascinados por aquel bicho tan raro.

Pasadas dos semanas, los habitantes del zoo se reunieron de nuevo.

—Por más saltos que doy, nadie me hace caso— se quejó la gacela.

—Yo he aprendido acrobacias nuevas, pero no tengo público al que enseñárselas— dijo el mono.

—Rujo y rujo, me estoy quedando afónico y ningún niño me mira siquiera— contó el león.

—Entonces está decidido, me como al rinomedario— dijo el tigre pensando en lo rico que debía estar.

Pero los cuidadores se habían dado cuenta de los planes del tigre y, antes de que encontrara la forma de comérselo, devolvieron al rinomedario al lugar del que procedía, para que viviera tranquilo con los unicornios, los flamegartos, las esfinges y los hipogrifos.

Y es por eso, mis queridos niños, que para poder ver alguno de estos animales, debéis visitar el zoo de vuestra imaginación.

FIN

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Un tesoro bajo el sofá

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No podéis ni imaginar la de cosas maravillosas que se esconden bajo un sofá. Solo hay que ser lo bastante valiente para alargar el brazo y no hacer ascos a lo que podáis encontrar.

Irene tiene una caja llena de tesoros encontrados bajo el sofá: una punta de lápiz de color verde manzana, un encendedor que no funciona, tres tapones de bolígrafo medio roídos y un alfiler.

Hace unos días, también encontró dos pelusas de Miula. Estaban pegadas al trocito de mortadela que se le cayó mientras merendaba. Pero las pelusas no las guardó.

Después de la limpieza del domingo, en casa no se encuentran demasiados tesoros bajo el sofá y, por eso, hoy Irene ha tenido que poner los dos brazos bajo la butaca. Se ha estirado cual larga es y casi se habría colado por el agujero a ras del suelo si su madre no la hubiera enganchado por los pies como quien atrapa una lagartija.

Pero la «lagartija» lleva el puño bien cerrado y una sonrisa de oreja a oreja. «Esta vez he pescado algo grande», piensa, y abre la mano delante de su madre muy orgullosa.

—¿Aún has encontrado porquerías? —le ha dicho mamá—Anda, dame que lo tiro.

Irene ha huido de las «garras todolotiran» de mamá.

—Pero, ¿qué dices? ¡¿Una porquería?! —grita indignada—. Pero, si es el cuadro más chiquito y bonito que he visto en toda mi vida. Una obra de arte en miniatura. ¡Y qué colores! Esto lo tiene que ver papá…

Lo encuentra doblando la colada y bostezando.

—Papá, ¿verdad que esto es un tesoro de un valor que no se puede ni contar?

—Será «de valor incalculable», Irene…—la corrige su padre.

—¡Eso! ¡Un tesoro de valor incalculable! —sonríe ella satisfecha— ¡Si ya sabía yo que tenía razón!

Segura de que Marcos se morirá de envidia, corre a la habitación de su hermano. La puerta está cerrada —para variar— y ella grita para hacerse oír:

—¡Marcos, mira que he encontrado!, ¡soy rica!

—Sí, lo más seguro —contesta su hermano desde dentro.

—¡Te lo prometo! Abre y verás…

Marcos abre la puerta solo a medias y estira la mano. Irene duda, pero, finalmente, le alarga su tesoro de valor incalculable.

—¿Esto? ¡Esto ya no vale para nada, pedazo de chorlito! Ahora hay ordenadores —se burla Marcos y le devuelve su tesoro.

Cabizbaja sale al jardín. Al otro lado de la valla está la vecina, Josefina, que le pellizca cariñosamente la mejilla.

—¿Qué te pasa, Irene, preciosa? Tienes una cara de pescado hervido que asusta.

—Es que Marcos dice que esto no vale para nada —Y le enseña su tesoro de valor incalculable, que ya no tiene ningún valor.

La vecina lo mira y, de repente, es ella la que pone ojos de pescado hervido. Y le cuenta no sé qué de un antiguo novio, que siempre le escribía y perfumaba las cartas. Cartas larguísimas llenas de «terroncitos de azúcar», de «miradas de caramelo», de «besos de café con leche», de «caricias de miel»…

Irene, empachada, se marcha a dar una vuelta. ¡Ahora sí que ya no entiende nada! Su tesoro de valor incalculable, que ya no vale para nada, resulta que es más dulce que una piruleta de pastel de chocolate blanco. ¡Ecs!

—¿Qué llevas en la mano, Irene? —pregunta Pedro, el cartero.

—No mucho. Un tesoro de valor incalculable, que ya no vale para nada y que es más dulce que una piruleta de pastel de chocolate blanco.

—¿Me lo dejas ver? —pide curioso Pedro.

Irene abre la mano, ya sin muchas esperanzas. Pedro sonríe. Sonríe tanto, que su boca parece un buzón boquiabierto.

—¡Caramba, Irene! ¡Pero si esto es una varita mágica!, ¡un pozo de los deseos!, ¡la lámpara de Aladino! ¡Qué hallazgo!

Irene lo mira dubitativa, pero Pedro, muy serio, le explica que aquel cuadradito tan pequeño es un teléfono directo que la comunicará con su hada madrina, pero que solo él es capaz de hacerlo funcionar, así que se lo tendrá que dar. Y entonces le pregunta quién es su hada madrina.

—Hombre, hada, hada no sé si es, pero mi madrina es la abuela Mercedes, la que vive en el pueblo —le aclara Irene.

—¡Ah!, ya sé. Vamos bien. Y ahora el deseo. Toma, escribe lo que más te gustaría tener en el mundo en este papel…

Al cabo de cinco días, suena el timbre. Irene sale volando, directa hacia la entrada.

—¡Ya abro yo! ¡Ya abro yo!

—Antes pregunta quién es —dice la madre.

Pero ya es demasiado tarde, Irene ha abierto la puerta y encuentra a la abuela Mercedes plantada en el jardín. De su mano, cuelgan unas riendas y las riendas tiran de un caballo que lleva un gran lazo en la cola.

—¡Es mi deseo, es mi deseo! —grita sin parar Irene mientras brinca.

Miula, mamá, papá y Marcos, al oír sus gritos, se asoman para ver qué ocurre y se encuentran a Irene y a la abuela en el porche, sentadas en el viejo balancín. Además del caballo, la abuela le ha llevado otra sorpresa: una cajita llena a rebosar de sellos de correo.

—¡Oh!, son todos como el tesoro que encontré bajo el sofá—Se maravilla Irene.

—Sí —sonríe la abuela Mercedes— Son tesoros. Y valen tanto como tú los quieras hacer valer.

Y mientras acaricia su cabeza le dice:

—Escríbeme a menudo, linda, y cuéntame todos tus deseos.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Un tesoro bajo el sofá» con la voz de Angie Bello Albelda

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