Cuento amigo

Vecino nuevo

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Ilustración: Fiep Westendorp

Una mañana, muy temprano, un estruendo despertó a los animales del zoo.

—¿Qué es eso? —preguntó la cebra, que casi perdió las rayas del susto.

—¡Vecino nuevo! —respondió el hipopótamo desde su laguna.

—¿Vecino nuevo? —se interesó el ñu.

—Eso parece —dijo el búho desde lo alto de su árbol con voz solemne.

—Me da igual. No son horas de armar tanto jaleo —protestó el avestruz, que ya había sacado la cabeza de entre sus plumas.

—¿Creéis que serán gacelas o ciervos? —preguntaron el tigre y el león.

—Seguro que son peces, peces grandes para mi estanque —se relamió el cocodrilo.

—Vosotros siempre pensando en comer —chilló el puercoespín.

—Pues a mí me suena a elefante —opinó el oso pardo.

El ruido del animal bajando la rampa hasta su nuevo hogar interrumpió la discusión. Todos estiraron el cuello para intentar ver a través de las rejas, los árboles o los matorrales, sin conseguir divisar nada.

La jirafa, tan alta, fue la única capaz de ver lo que bajaba del camión, pero como también era muda, no podía contárselo a sus compañeros.

—¡Es gris! —gritó un perrito de las praderas que entendía los golpes que la jirafa daba en el suelo.

—¿Tiene pelo? —preguntó, impaciente, la hiena.

—No lo sé, pero dice que tiene cuernos.

—Será un ornitorrinco —opinó el buitre—. Dicen que son animales realmente raros.

—Yo he oído hablar de ellos —dijo el macaco—, pero no recuerdo que tuvieran cuernos.

Entonces, el nuevo vecino se acercó a la valla y se presentó.

—Buenos días, soy el rinomedario. ¿Qué se hace por aquí?

—Buenos días, amigo rinomedario —saludó el león, que era el jefe—. Por aquí no se hace gran cosa, salvo dormir, comer y posar para que los humanos hagan fotos de vez en cuando.

—Pues vaya sitio más aburrido —respondió el rinomedario.

—No lo creas —defendió la hiena—. Es más fácil que vivir en la sabana; no tenemos que preocuparnos de cazar la comida o de que nos la roben los leones.

—Bueno, eso no es problema porque yo no como carne.

—¡Ah! —exclamaron los demás animales, aliviados por no poder servirle de cena.

—No tenemos que andar kilómetros en busca de una charca para beber —dijo la cebra.

—Eso no es problema. Yo almaceno el agua en mi joroba y nunca tengo sed.

—¡Uh! —dijeron todos sorprendidos.

—No tenemos que preocuparnos de que los depredadores nos coman —informó la gacela.

—Eso no es problema. Mi piel es dura y mi cuerpo grande.

—Vivimos sin miedo a que los furtivos vengan a por nuestros colmillos —dijo el elefante.

—De donde yo vengo, no hay de eso. Nadie nos caza por nuestros cuernos.

—Y ¿de dónde vienes, si puede saberse? —preguntó el puercoespín.

—¿De la selva? —rugió el tigre.

—¿De los ríos profundos y embravecidos? —aventuró el cocodrilo.

—¿De un desierto abrasador? —propuso el camello.

—Nada de eso. Yo vengo de la imaginación.

—¿Imaginación? —preguntaron—. Nunca oímos hablar de ese lugar.

—¡Sois unos necios! —chilló la lechuza—. La imaginación puede ser como la sabana, la selva o un desierto; puede ser la profundidad del mar, la superficie de una estrella o todas esas cosas al mismo tiempo. La imaginación está en la cabeza de los niños y es un absoluto disparate, como nuestro amigo aquí presente.

—¡No soy ningún disparate!, soy un rinomedario. Y en la imaginación también hay brontodáctilos, perricerdos y flamegartos.

—¿Perricerdos? —Se asombró la pantera—. Y eso ¿a qué sabe?

—Pues a pollo, como todo lo demás— contestó el tigre.

—Vosotros veréis, pero los humanos ya no querrán hacernos fotos si hay perricerdos y flamegartos —sentenció la lechuza antes de volverse al agujero del árbol en que vivía.

Esto preocupó al resto de animales, que se reunieron lejos del rinomedario para debatir la situación y si estaban o no dispuestos a vivir con aquel animal tan extraño.

—La lechuza tiene razón, ¿dónde se ha visto un animal mitad rinoceronte, mitad dromedario? —dijo el león.

—A los niños les gustan las rayas de las cebras —intervino el ñu—. No creo que eso cambie.

—No sé yo —lloriqueó el hipopótamo—. Mirad lo que pasó cuando trajeron al puercoespín. A mí no me hicieron caso durante un mes entero. Me sentí muy solo.

—Es por la novedad, pero luego se les pasa. Siempre se les pasa. ¿Verdad? —dijo el avestruz poco convencida.

—Dejaremos que se quede un tiempo y, si no nos gusta, me lo como —ofreció el tigre, que ya se estaba relamiendo.

Cuando los humanos llegaron, solo querían hacerse fotos con el rinomedario, y así un día, y otro, y otro. Los niños corrían hacia el cercado del animal, ignorando al resto de habitantes del zoológico y los padres los seguían, fascinados por aquel bicho tan raro.

Pasadas dos semanas, los habitantes del zoo se reunieron de nuevo.

—Por más saltos que doy, nadie me hace caso— se quejó la gacela.

—Yo he aprendido acrobacias nuevas, pero no tengo público al que enseñárselas— dijo el mono.

—Rujo y rujo, me estoy quedando afónico y ningún niño me mira siquiera— contó el león.

—Entonces está decidido, me como al rinomedario— dijo el tigre pensando en lo rico que debía estar.

Pero los cuidadores se habían dado cuenta de los planes del tigre y, antes de que encontrara la forma de comérselo, devolvieron al rinomedario al lugar del que procedía, para que viviera tranquilo con los unicornios, los flamegartos, las esfinges y los hipogrifos.

Y es por eso, mis queridos niños, que para poder ver alguno de estos animales, debéis visitar el zoo de vuestra imaginación.

FIN

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Un tesoro bajo el sofá

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No podéis ni imaginar la de cosas maravillosas que se esconden bajo un sofá. Solo hay que ser lo bastante valiente para alargar el brazo y no hacer ascos a lo que podáis encontrar.

Irene tiene una caja llena de tesoros encontrados bajo el sofá: una punta de lápiz de color verde manzana, un encendedor que no funciona, tres tapones de bolígrafo medio roídos y un alfiler.

Hace unos días, también encontró dos pelusas de Miula. Estaban pegadas al trocito de mortadela que se le cayó mientras merendaba. Pero las pelusas no las guardó.

Después de la limpieza del domingo, en casa no se encuentran demasiados tesoros bajo el sofá y, por eso, hoy Irene ha tenido que poner los dos brazos bajo la butaca. Se ha estirado cual larga es y casi se habría colado por el agujero a ras del suelo si su madre no la hubiera enganchado por los pies como quien atrapa una lagartija.

Pero la «lagartija» lleva el puño bien cerrado y una sonrisa de oreja a oreja. «Esta vez he pescado algo grande», piensa, y abre la mano delante de su madre muy orgullosa.

—¿Aún has encontrado porquerías? —le ha dicho mamá—Anda, dame que lo tiro.

Irene ha huido de las «garras todolotiran» de mamá.

—Pero, ¿qué dices? ¡¿Una porquería?! —grita indignada—. Pero, si es el cuadro más chiquito y bonito que he visto en toda mi vida. Una obra de arte en miniatura. ¡Y qué colores! Esto lo tiene que ver papá…

Lo encuentra doblando la colada y bostezando.

—Papá, ¿verdad que esto es un tesoro de un valor que no se puede ni contar?

—Será «de valor incalculable», Irene…—la corrige su padre.

—¡Eso! ¡Un tesoro de valor incalculable! —sonríe ella satisfecha— ¡Si ya sabía yo que tenía razón!

Segura de que Marcos se morirá de envidia, corre a la habitación de su hermano. La puerta está cerrada —para variar— y ella grita para hacerse oír:

—¡Marcos, mira que he encontrado!, ¡soy rica!

—Sí, lo más seguro —contesta su hermano desde dentro.

—¡Te lo prometo! Abre y verás…

Marcos abre la puerta solo a medias y estira la mano. Irene duda, pero, finalmente, le alarga su tesoro de valor incalculable.

—¿Esto? ¡Esto ya no vale para nada, pedazo de chorlito! Ahora hay ordenadores —se burla Marcos y le devuelve su tesoro.

Cabizbaja sale al jardín. Al otro lado de la valla está la vecina, Josefina, que le pellizca cariñosamente la mejilla.

—¿Qué te pasa, Irene, preciosa? Tienes una cara de pescado hervido que asusta.

—Es que Marcos dice que esto no vale para nada —Y le enseña su tesoro de valor incalculable, que ya no tiene ningún valor.

La vecina lo mira y, de repente, es ella la que pone ojos de pescado hervido. Y le cuenta no sé qué de un antiguo novio, que siempre le escribía y perfumaba las cartas. Cartas larguísimas llenas de «terroncitos de azúcar», de «miradas de caramelo», de «besos de café con leche», de «caricias de miel»…

Irene, empachada, se marcha a dar una vuelta. ¡Ahora sí que ya no entiende nada! Su tesoro de valor incalculable, que ya no vale para nada, resulta que es más dulce que una piruleta de pastel de chocolate blanco. ¡Ecs!

—¿Qué llevas en la mano, Irene? —pregunta Pedro, el cartero.

—No mucho. Un tesoro de valor incalculable, que ya no vale para nada y que es más dulce que una piruleta de pastel de chocolate blanco.

—¿Me lo dejas ver? —pide curioso Pedro.

Irene abre la mano, ya sin muchas esperanzas. Pedro sonríe. Sonríe tanto, que su boca parece un buzón boquiabierto.

—¡Caramba, Irene! ¡Pero si esto es una varita mágica!, ¡un pozo de los deseos!, ¡la lámpara de Aladino! ¡Qué hallazgo!

Irene lo mira dubitativa, pero Pedro, muy serio, le explica que aquel cuadradito tan pequeño es un teléfono directo que la comunicará con su hada madrina, pero que solo él es capaz de hacerlo funcionar, así que se lo tendrá que dar. Y entonces le pregunta quién es su hada madrina.

—Hombre, hada, hada no sé si es, pero mi madrina es la abuela Mercedes, la que vive en el pueblo —le aclara Irene.

—¡Ah!, ya sé. Vamos bien. Y ahora el deseo. Toma, escribe lo que más te gustaría tener en el mundo en este papel…

Al cabo de cinco días, suena el timbre. Irene sale volando, directa hacia la entrada.

—¡Ya abro yo! ¡Ya abro yo!

—Antes pregunta quién es —dice la madre.

Pero ya es demasiado tarde, Irene ha abierto la puerta y encuentra a la abuela Mercedes plantada en el jardín. De su mano, cuelgan unas riendas y las riendas tiran de un caballo que lleva un gran lazo en la cola.

—¡Es mi deseo, es mi deseo! —grita sin parar Irene mientras brinca.

Miula, mamá, papá y Marcos, al oír sus gritos, se asoman para ver qué ocurre y se encuentran a Irene y a la abuela en el porche, sentadas en el viejo balancín. Además del caballo, la abuela le ha llevado otra sorpresa: una cajita llena a rebosar de sellos de correo.

—¡Oh!, son todos como el tesoro que encontré bajo el sofá—Se maravilla Irene.

—Sí —sonríe la abuela Mercedes— Son tesoros. Y valen tanto como tú los quieras hacer valer.

Y mientras acaricia su cabeza le dice:

—Escríbeme a menudo, linda, y cuéntame todos tus deseos.

FIN

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La familia Ciem

Para Martes de Cuento

Ilustración: Marcos Ortega

Érase una vez la familia Ciem formada por papá Calixto Ciem, mamá Carolina Ciem, el hijo Carlitos Ciem y la benjamina de la familia, Cloe Ciem. Los cuatro vivían felices en el claro del Bosque Verde, que limita con las Colinas de los Gigantes, así llamadas por tener el perfil de dos hombres enormes.

Habían llegado no hacía mucho a aquellos parajes procedentes de un lejano valle. Se vieron obligados a abandonar su casa porque las musarañas y los castores se enzarzaron en una guerra terrible y se peleaban continuamente por controlar el agua del único río que discurría por aquellas tierras. Por eso, un día de primavera, los miembros de la familia Ciem, ya cansados de tantos gritos y de ver pasar por encima de sus cabezas troncos, piedras y alguna que otra piña, decidieron emigrar. Estaban seguros de que, tarde o temprano, acabarían teniendo que lamentar algún terrible accidente, por lo que una mañana, antes de que el sol se desperezara, se pusieron sus calcetines, prepararon un hatillo con sus posesiones y, pasito a pasito, echaron a andar.

El caso es que nuestra familia, como ya habréis adivinado por su peculiar apellido, pertenecía a la clase de los quilópodos, a los que se conoce, vulgarmente, como ciempiés y, claro está, esto suponía un elevado número de pies que poner en marcha, pues entre los cuatro sumaban, nada menos, que ¡cuatrocientos!, una auténtica barbaridad de pies.

Anduvieron y anduvieron con sus cuatrocientas patitas a la vez y, a fuerza de tanto andar, sus calcetines se fueron desgastando y cuando llegaron al Bosque Verde ya no quedaba ni rastro de ellos; habían quedado deshilachados a causa de la larga caminata.

Durante la primavera y el verano eso no fue un inconveniente, puesto que hacía mucho calor y andar descalzos era muy agradable; el problema era que se acercaba el invierno y tenían que empezar a pensar en comprar calcetines nuevos para todos y, claro, cuatrocientos calcetines son muy caros y aunque tanto mamá Ciem como papá Ciem no dejaban de trabajar y trabajar, no estaban seguros de poder afrontar aquel gasto y eso los preocupaba mucho. Si no lograban comprar los calcetines antes de que llegaran los primeros fríos, no tendrían más remedio que cargar de nuevo su hatillo y buscar otro hogar, ya que sin calcetines no resistirían el crudo invierno. Pero ellos no querían marcharse, ¡se vivía tan bien allí y tenían tantos amigos!

Y es que desde que se habían establecido en el Bosque Verde, su relación con el resto de animales había sido fantástica —excepto con un armadillo muy antipático llamado Armando Broncas, que no era amigo de nadie porque todo le parecía mal—, los Ciem se habían ganado el cariño y el respeto de todos por su carácter alegre y porque siempre habían ayudado a quien los había necesitado.

Mamá Carolina había enseñado una receta nueva a base de miel y hojas de castaño a Ursula Osa, la chef del restaurante del bosque, que había ganado con ella un premio de cocina muy prestigioso.

Papá Calixto ayudó a Pipo, el pájaro carpintero, a reconstruir su casa de madera después de que una terrible plaga de termitas la dejara muy maltrecha.

Carlitos, el hijo mayor, cuidaba de los más pequeños y los entretenía haciendo juegos malabares con sus cien patas a la vez o contándoles cuentos cuando sus papás salían a trabajar.

Y Cloe, aunque aún era muy pequeña, había ayudado a Tiburcio, el topo, a aprobar los exámenes. El pobre veía muy mal la letra pequeña de los libros y para que pudiera estudiar, ella le leía en voz alta las lecciones.

Cuando se corrió la voz de que los Ciem tenían dificultades, los habitantes del Bosque Verde, sin perder ni un instante, se movilizaron y convocaron una asamblea urgente y sin que la familia lo supiera, acordaron colaborar con los gastos. Además, la oruga Lisa, la dueña de la mercería, hizo un precio especial.

De este modo, gracias a la contribución de todos, la familia Ciem al completo consiguió los calcetines que necesitaba: los de papá Calixto eran marrones, los de mamá Carolina de color lila, Carlitos los eligió de mil colores, como el arcoíris, y la pequeña Cloe decidió que el mejor color sería el amarillo ya que —dijo— sería como llevar rayos de sol en los pies.

Así fue como todos ellos, al llegar el invierno, tuvieron sus calcetines, los pies calentitos y no hubo necesidad de que se marcharan a otro lugar.

Y colorín colorado… ¡este cuento se ha terminado! porque, por lo que nos han contado, aún siguen viviendo juntos y muy felices en el Bosque Verde.

FIN

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Burbujas

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Ilustración: Romina Beneventi

La subida fue tortuosa, una tarea para nada fácil, pero después de tanto esfuerzo, por fin, habían alcanzado la cima de la enorme torre que se erguía imponente entre las nubes.

—¿Por qué subimos papá? –pregunta cansada la niña.

—Porque quiero que veas una cosa.

El hombre se acerca a la baranda, se asoma y mira hacia abajo. Su hija, sin saber de qué se trata, imita a su padre luego de recuperar el aliento.

—¡Guau!, estamos muy alto, casi puedo tocar las nubes —exclama feliz.

Sobre la gran superficie que divisan desde allí, se mueven miles de personas de un lado a otro, parecen verdaderos cardúmenes. Varias manchas se dirigen en direcciones opuestas. También hay puntos que caminan en soledad.

El hombre de barba blanca desaliñada con un parche sobre su ojo derecho hace entrega de un catalejo a su alegre hija.

—Dime qué ves.

—Hombres, mujeres y niños caminando en grupos. Otros caminan solos… Se mueven hacia todos lados.

—Mira bien, ¿qué tienen a su alrededor?

—Una… ¿burbuja?

El pirata moderno sonríe. Efectivamente, los hombres se mueven en burbujas.

—¿Cuántas hay?

—Cada uno tiene una.

—Esas personas no son conscientes de lo que pasa a su alrededor. Viven encerradas en sí mismas, tiñen la realidad de los demás con lo que les muestra su propia burbuja. Si te fijas bien, hay algunas que son más opacas que otras, algunas están casi ennegrecidas. Pero mira con atención, porque no todos llevan una.

—¡Es verdad! ¡Hay un grupo enorme con una burbuja gigante! ¡Y hay varios grupos que comparten burbujas! Aquellos —dice señalando a unas personas con lienzos y carteles— luchan por los demás, se preocupan de la gente, no conocen una única realidad, pero tampoco las conocen todas, se encierran en un único medio; cuando se enfrentan a otra burbuja gigante, se producen luchas descomunales, hay muertos incluso. ¡Mira esa! —Señala una burbuja llena de gente elegante—. Parece que se llevan bien entre ellos, pero, en realidad, están encerrados en su burbuja de la misma forma que los demás; comparten una realidad teñida…

Entonces, ¿cómo podemos conocer la realidad?

—No solo es conocerla lo que debemos, sino también cambiarla. Para ello, tenemos que reventar todas esas burbujas, hacer que las personas vean la realidad tal cual es, solo así se puede lograr una verdadera unión y hacer cambios sustanciales.

—Y ¿qué hay de nosotros papi?

—Nuestra burbuja es transparente, he intentado romperla muchas veces, pero me es imposible.

—¡Yo la romperé cuando sea grande!

El padre de un solo ojo ríe ante tal determinación. Él había dicho lo mismo a su madre muchos años atrás.

FIN

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La Pequeña Hada y la lluvia de colores

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Ilustración: nicolas-gouny-art

Ya sabéis que en Isla Imaginada habitan todos los seres que han vivido, viven o vivirán las aventuras fascinantes que nos cuentan los cuentos. Pero antes de ser personajes principales, deben prepararse y formarse muy bien para que la historia en el que habitan sea tan bonita, que ningún niño del mundo se canse jamás de leerla o de escuchar cómo se la cuentan sus mayores una y mil veces.

En estas se encontraba nuestra protagonista, una Pequeña Hada que había llegado a la Isla Imaginada hacía dos años.

Acababa de terminar su segundo curso en la Academia de Hadas Buenas con excelentes notas y ¡hasta se había ganado con honores su varita mágica!, si bien solo podía realizar pequeños encantamientos con ella, porque aún le quedaban muchas cosas por aprender. Podía, por ejemplo, hacer que una araña tejiera un jersey para un gusanito friolero. O bien convertir una castaña en una casita nueva para un caracol que hubiera perdido la suya.

Aunque también se metía en líos tremendos, como cuando convirtió toooooda la comida de Isla Imaginada en fruta y durante una semana no hubo otra cosa para comer que no fueran manzanas, peras, sandías, naranjas, mangos, piñas…

La Pequeña Hada esperaba impaciente los días de vacaciones para correr, saltar y jugar por los parques y bosques de Isla Imaginada, que son los más bonitos del mundo de la fantasía. Pero, justo al acabar las clases, en el cielo de Isla Imaginada se había instalado una familia de nubarrones oscuros, que llevaban en sus panzas miles y miles de litros de agua. Les habían gustado tanto los preciosos campos de la isla, que habían decidido regarlos para que dieran buenas cosechas.

Así, que tras tres días encerrada en casita, nuestra Pequeña Hada ya estaba cansada de tanta humedad. Tras el cristal de la ventana observaba aburrida el paisaje requetemojado cuando, de pronto, el sol se desperezó y dejó que asomara entre las nubes un rayo de su brillante luz y, entonces, un precioso arcoíris se dibujó en el cielo.

—¡¡¡Ooooooohhhhhhh!!! ¡¡¡Qué bonito!!!

La Pequeña Hada se dijo:

—Es una pena que mi varita mágica de segundo curso no tenga poder para ordenar que pare de llover. Si al menos la lluvia fuera de colores, todo sería más divertido…

De pronto, abrió mucho los ojos y exclamó entusiasmada:

—¡Claro! ¡Vaya idea más buena! Sería maravilloso que el agua que cae del cielo fuera roja, verde, azul, naranja… ¡Que divertido! ¡Ahora mismo voy por mi varita y mis libros de consulta!

Y, ni corta ni perezosa, se puso a buscar un encantamiento colorido y acuático en el Gran Libro de los Conjuros para Hadas Buenas.

—¡Vamos a ver! Conjuros para bichos, para gnomos, para princesas, conjuros para árboles, para bebés, musicales, conjuros matemáticos… —murmuraba a medida que pasaba las hojas— ¡Uffff!, esto es más complicado de lo que pensaba.

Pero como era voluntariosa y obstinada, siguió buscando:

—Conjuros para enfermedades, de amor, para ogros, para lluvia… ¡Aquí!, ¡aquí debe estar lo que busco!

Emocionada, abrió el libro en el capítulo de los conjuros para lluvia y repasó todos los que allí se nombraban:

—Lluvia de garbanzos, lluvia calentita, lluvia que no moja, lluvia cantarina, lluvia de sopa, lluvia invisible, lluvia de colores… ¡Lluvia de colores! ¡Por fin! Manos a la obra. Mejor dicho, ¡varita a la obra!

La Pequeña Hada abrió la puerta y corrió hacia el jardín, dirigió su varita al cielo y en voz muy, muy alta empezó a recitar el encantamiento:

¡Chincharabón! ¡Chincharabín!

¡Colores del arcoíris, venid a mí!

¡Vestid la lluvia aburrida de rojo, verde y añil!

¡Chincharabín! ¡Chicharabón!

¡Varita haz lo que ordeno hasta que acabe el chaparrón!

De inmediato empezaron a caer del cielo ráfagas de lluvia de todos los colores. ¡Era un espectáculo fantástico!

Charcos multicolor alfombraron los campos, como pequeños lunares en un vestido veraniego. Cataratas azules caían de los canalones de los tejados. Las calles de los pueblos se convirtieron en ríos verdes, amarillos y fucsia y dejaron a los vecinos boquiabiertos y asombrados. Todos salieron a la calle, sin importarles que la colorida lluvia los calara.

La capita mojada de Caperucita Roja se tornó lila, los Pitufos, empapados, eran ahora de color naranja y la melena de Rapunzel de un brillante color morado. El león, rey de la selva, corrió a guarecerse en su cueva cuando su melena se tiñó de rosa ¡No le pareció un color apropiado para un fiero león!

¡Toda Isla Imaginada estallaba en colores, convirtiéndose en el escenario perfecto del cuento más bonito jamás contado!

Y tanto lo disfrutaron sus habitantes, que los abrumados reyes, condesas, alcaldes y presidentas de los diferentes reinos, ciudades y territorios no tuvieron más remedio que proclamar festivos los días siguientes, porque nadie quería perderse el espectáculo maravilloso del mundo pintado de todos los colores imaginados.

Así pasaron tres días más, hasta que las nubes se fueron vaciando y emigraron al mar para volver a llenar sus panzas de agua y seguir su lluviosa ruta.

Fueron los días más divertidos que se habían vivido en la Isla Imaginada en mucho tiempo.

Nadie se molestó en investigar de quién había sido la idea de convertir la lluvia en agua de colores, y es que los personajes de los cuentos viven en el mundo de la Fantasía y no se extrañan de nada, solo disfrutaron del espectáculo. Y, por supuesto, la que más disfrutó fue La Pequeña Hada. Su corazoncito brincaba de alegría al ver a sus vecinos y amigos tan contentos.

FIN

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Las capas (o ¿por qué lloramos cuando cortamos cebolla?)

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Ilustración: Dilka Bear

¿Hacéis ensaladas? ¿Os gustan con pocos ingredientes o con muchos? Y, sobre todo, ¿acostumbráis a incluir en ellas a la reina de las verduras?…

¡Un momento!, ¡¿que no sabéis quién es la reina de las verduras?! Pues mirad, la elección de las verduras comenzó…

Hace mucho, mucho tiempo, cuando los árboles caminaban por la tierra y por el cielo volaban criaturas de las que hoy ni siquiera conocemos el nombre que, un día, se reunieron las verduras para elegir a una que reinara sobre todas ellas.

Estaban muy emocionadas. Todas creían que eran las mejores para optar al título y todas creían que tenían la razón de más peso para ser las elegidas.

Más que una reunión, aquello era un griterío increíble. Por un lado estaban los pimientos y las lechugas, los tomates y las cebollas por el otro. También estaban las acelgas, las espinacas y los rábanos. Y tampoco faltaba una zanahoria que exclamaba:

—Yo tengo derecho a ser la reina.

—Sí, ¡y qué más! —gritaba el resto—. ¿Tú que te pasas la vida bajo tierra? ¡Vamos, calla!

—Lo seré yo, que soy la verdura más espléndida —decía la lechuga.

—¿Qué dices? ¡Lo seré yo!, porque mi planta sube y sube y os puedo observar a todas desde las alturas —argumentaba el tomate.

Y así iba transcurriendo la conversación, sin que nadie se pusiera de acuerdo. Las horas pasaban y aquellas discusiones no conducían a ninguna parte.

A esta reunión, sin que nadie lo viera, se había colado un pequeño caracolito que, de vez en cuando, hacía una visita al huerto donde todas vivían para comer las hojas de las plantas y si podía, en alguna ocasión, también algo de verdura. Escuchaba atento toda aquella palabrería hasta que, de pronto, se le ocurrió una idea.

—¿Y por qué no hacéis un concurso?

Todas las verduras se callaron de golpe. El caracolito había tenido la mejor idea de todas las que se habían propuesto hasta ese momento. Pero tenían una duda, ¿qué tipo de concurso podían hacer?

Si lo hacían sobre quién tenía las raíces más grandes, las zanahorias y los rábanos estarían en el podio.

Si fuera un concurso sobre quién era la más alta, los tomates ganarían.

Y si había que decidir quién era la más verde, muchas quedarían descartadas sin poder participar.

La cosa era de lo más difícil y una nueva discusión arrancó.

—¡Callad todos! —gritó el caracol—. ¡Es muy fácil! Si deseáis saber quién ha de ser la reina de las verduras, debéis invitar al ser humano para que os pruebe y aquella verdura que haga emocionar más al hombre, será la ganadora.

Y así lo hicieron. Enviaron un mensaje al hombre y este se presentó al cabo de dos días.

Ante él, se colocaron las verduras para que las catara.

El hombre comenzó con el tomate. Lo cortó a daditos y lo probó. ¡Su sabor era espectacular! ¡Buenísimo! Era tan rico, ¡que se lo tuvo que comer entero!

Después, le tocó el turno a la lechuga. Separó unas hojas; su aroma era impresionante —aunque quizás vosotros, acostumbrados a comer las verduras de los grandes cultivos que no huelen a nada, no sepáis que las lechugas son olorosas a más no poder—, mordió y un torbellino de emociones se mezcló en su boca, ¡era algo sorprendente!

Y así fue probando todas y cada una de las verduras. Pimientos, rábanos, acelgas, espinacas, zanahorias, coles, escarolas…, hasta que le llegó el turno a la última verdura: la cebolla.

Mientras el hombre probaba a sus compañeras, la cebolla, que era muy inteligente y apenas había hablado durante la reunión, se había ido cubriendo con muchas capas de piel así que, cuando llegó su turno, el hombre tuvo que empezar a quitárselas para conseguir llegar hasta su corazón.

A medida que iba eliminando capas, de los ojos del hombre comenzaron a brotar lágrimas. Primero tan pequeñas, que solo le humedecieron los ojos pero, poco a poco, se fueron acumulando y, finalmente, comenzaron a resbalar por sus mejillas.

Todas las verduras se quedaron mudas de asombro; ¡la cebolla había conseguido hacer emocionar al hombre más que ninguna de ellas! ¡Ya tenían ganadora! La reina de las verduras tenía que ser la cebolla.

—¿Cómo has conseguido turbar tanto al hombre? —le preguntó el caracol.

—Muy fácil —dijo ella—, simplemente le he recordado a sí mismo.

—¿Qué quieres decir? —interrogó el resto de verduras.

—Veréis, ya sabéis que yo, normalmente, no tengo tantas capas y es muy fácil llegar hasta mi corazón. Pero, al ponerme tantas, he imitado al ser humano. Ellos ponen capas y capas sobre su corazón y para conseguir llegar hasta él tienes que ir sacándolas poco a poco. Algunas personas se ponen muchas, para que nadie llegue nunca hasta allí, pero si tienes la paciencia suficiente para ir sacándolas todas, puedes descubrir un corazón tierno y buenísimo. Cuando el hombre ha comenzado a sacarme las capas, se ha dado cuenta de la naturaleza de su propio ser y de la de sus congéneres y por eso se ha emocionado.

Las verduras escuchaban atónitas a la cebolla, ¡habían elegido a la verdura más inteligente de todas! Por fin tendrían la reina que les convenía.

Desde entonces, las personas, que tendemos a olvidar rápidamente las cosas, cada vez que pelamos una cebolla, lloramos porque las capas que vamos sacando para llegar hasta su corazón nos recuerdan cómo somos en realidad los seres humanos.

FIN

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Sabela y la mariposa

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Ilustración: Claudia Tremblay

Sabela pensaba que tenía mucha suerte de vivir en el campo; así podía adentrarse en el bosque y corretear por los prados, hablar con los animales y descubrir duendes bajo las setas o hadas sobre las flores.

Un día, mientras vagaba distraída, una mariposa decidió descansar sobre su hombro. Sabela se quedó muy quieta, para no asustarla; después, giró despacio la cabeza y las dos se observaron con cautela.

—¡Hola, mariposa! —le dijo la niña—, me llamo Sabela y quiero saber si eres feliz como yo.

La mariposa contestó con un «No» triste y rotundo.

—¿Pero por qué? Tus alas son tan bellas que son la envidia de otros insectos voladores.

—No te quiero engañar, pequeña, en realidad, mis alas son transparentes, como las de la mayoría de mis compañeros, pero las adorno con diminutas escamitas de colores. Vamos, acerca tu dedo y acaricia una de ellas.

La niña pasó delicadamente el dedo por la superficie aterciopelada y, al retirarlo, descubrió que estaba cubierto del mismo fino polvo azul que exhibía el ala que había acariciado.

Sabela, no contenta con ello, insistió:

—Pero aunque tus alas estén disfrazadas, tendrías que sentirte feliz; revoloteando entre las flores te lo pasas muy bien.

—No creas, visito tantas flores porque tengo que alimentarme con su néctar, pero acabo agotada con tanto vuelo.

—De acuerdo, pero al menos vuelas en compañía de mariposas amigas. ¡Yo te he visto con una! Las dos dais vueltas en el aire hasta que decidís reposar juntas.

—Llevas razón, pero eso lo hago porque debo elegir pareja y perpetuar nuestra especie, ¡es una gran responsabilidad!, y, aunque después ya no duraré mucho, esta breve etapa de mi existencia como mariposa es la mejor.

—¿Pero es que no has sido siempre mariposa?

—No, ¡mi vida es más larga y difícil de lo que imaginas! Si quieres te la cuento…

—¡Sí, sí!

—Pues bien, nazco de un huevo y, al principio, soy una especie de gusano al que llaman «oruga». Tengo patas gruesas y cortas, unas son verdaderas y otras falsas. Mi cuerpo es tan largo y pesado que si solo tuviera los tres pares verdaderos, me arrastraría por el suelo…

—¡Y podrías ensuciarte!

—Pues bien, me desplazo sobre mis patas y busco la gran cantidad de comida que necesito. Durante este tiempo mi única obligación es crecer y engordar. ¡Me paso el día comiendo! Mastico hojas con unos «dientes» grandes y fuertes llamados «mandíbulas».

—Comer ricas hojas tampoco parece que sea una vida tan terrible…

—No creas. Como mi cuerpo es rico en grasas y proteínas, me convierto en un manjar exquisito para muchos animales y mi vida corre grave peligro, así que me protejo con largos pelos y sustancias irritantes que les resultan muy desagradables. Pero soy una oruga buena y los aviso con mis vivos colores. Aun así, ellos se las saben todas y tienen muchos trucos para alcanzarme.

—¡Pobrecita! Pero no entiendo cómo naciendo gusano eres ahora una preciosa mariposa.

—¡Paciencia! Verás, cuando ya no puedo crecer ni engordar más como oruga, busco un lugar agradable para instalarme y construyo una casita en la que refugiarme durante un tiempo.

—¡¿Sola?! ¡Ahora sí que te aburrirás! Te echarás a dormir, claro.

—Parece que duermo, pero mi actividad es grande. Utilizo todas mis energías para la gran transformación que voy a sufrir.

—¿Y te sigues llamando oruga?

—No, ahora me llaman «crisálida» o «pupa» y mi cuerpo experimenta importantes cambios. Por ejemplo, como en mi refugio no necesito desplazarme ni tampoco corro peligro de servir de bocado a nadie, me voy deshaciendo de mis patas falsas y de mis «armas» defensivas. Los «dientes» de mi boca, esas dos toscas mandíbulas con las que tantas hojas comí, se van a convertir —junto con otras piezas nuevas—, en una fina y larga trompa que se estira y se enrolla en espiral.

Imagen 1

—¡La que utilizas para alcanzar el néctar de las flores!

—¡Muy bien, Sabela! Se llama «espiritrompa» y es mi nuevo aparato bucal. Además, hay otros cambios. Si te fijas, comprobarás que sobre mi cabeza tengo ahora antenas y antes no las tenía.

—¡Es verdad! ¿Para qué sirven?

—En ellas residen sentidos tan importantes como el olfato, el tacto y la orientación; ¡sin mis antenas no podría vivir! Y para que sucedan tantos cambios en mi cuerpo, voy consumiendo las reservas de alimento que acumulé cuando era oruga. Además, cuando abandone mi refugio de crisálida, seré ligera y estilizada y tendré alas para volar, así que también tengo que fabricar unas.

—¡Y haces todo eso sin que nadie se entere, encerrada en tu casita!

—Claro, Sabela, mi niña amiga, si no… ¿cómo conseguir transformarme en mariposa? Cuando mis alas están formadas, mi vida como crisálida finaliza. Entonces, poco a poco y con cuidado, abro las puertas de mi refugio y recupero mi libertad. La luz ciega mis ojos y mis alas, húmedas, están arrugadas y plegadas sobre mi cuerpo. Deberé tener un poco de paciencia, y hacerme con el entorno. Al fin, consigo desplegar mis alas e intento volar. Primero, tímidamente; después, me animo tanto que no paro, ¡me encanta desplazarme por el aire y sentir el viento acariciando mi cara!

—Al escucharte, creo que te gusta ser como eres, ¿por qué entonces me has dicho que no eres feliz?

—Mi querida Sabela, estoy triste porque esta fase de mi vida con la que tanto soñé, la que me hace ser una de las más hermosas, gráciles y libres de las criaturas que sobrevuelan los campos, es también la más efímera.

—Mariposa, si quieres sentirte feliz no debes pensar en el mañana, sino en que has conseguido tu sueño. Disfruta de lo que eres ahora y no pienses en el tiempo que te queda por vivir.

Sabela y la mariposa aún permanecieron juntas, pensativas y en silencio, un rato más. Después, la niña siguió con sus juegos campestres mientras la mariposa le dedicaba un revoloteo feliz.

FIN

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Rita, la escobita

Rita la escobita

Ilustración: Israel Campos

Era Rita una linda escobita que vivía feliz en casa de Ana y Ramón. Cierto es que trabajaba mucho, porque ya se sabe que una casa con tres niños, un perro grandullón y peludo y dos pequeñas gatitas se ensucia muchísimo.

Cada día, muy de mañana, la sacaban para barrer toda la casa de arriba abajo. Pelusas, miguitas, restos de goma de borrar, papelitos y, sobre todo, los pelos de Max, el perro, y los de Lula y Lili, las gatitas.

Cuando no estaba barriendo, Rita vivía en el cuarto de la limpieza junto a sus amigos: la fregona Ona, el plumero Baldomero y los trapos de polvo gemelos Serafín y Agustín, además de multitud de botes y envases con detergentes varios.

Allí habitaba también la lavadora Eleonora, que se creía la reina de la casa porque era la más grande de todos, aunque su vida era la más aburrida, ya que nunca salía del cuartito y, por eso, la pobre se quejaba amargamente:

—¡Hay que ver! ¡Vaya trajín! ¡Todo el día trabajando! ¡Es que no me dejan descansar ni los domingos!

—¡No te quejes tanto, Eleonora! —le contestaban entonces los trapos del polvo—. Míranos a nosotros, ¡con la alergia nos pasamos el día estornudando! Al fin y al cabo, tú estás siempre limpita y hueles muy bien a jabón.

—¡Y mírame a mí! —le decía Ona, la fregona—, cada vez que me escurren, la cabeza me da vueltas y vueltas y acabo mareada como una peonza.

Rita, la escobita, en cambio, no se quejaba nunca. Le gustaba pasear por la casa, aunque se las tuviera que ver con Max y con las gatitas, que solían perseguirla mientras trabajaba, y siempre querían jugar a peleas con ella.

La hora que más le gustaba a Rita era la de la tarde, cuando los niños, Pol, Daniel y Sergio merendaban y después hacían sus tareas escolares. Porque seguro, seguro, que entonces la volvían a sacar para recoger las migas de los bocadillos, los recortes de papel, las virutas de sacar punta a los lápices, la arena que dejaban los zapatos…

También le gustaba la tarde pastelera de los sábados, porque en el suelo de la cocina siempre quedaba harina, azúcar, canela y, en ocasiones, hasta algún huevo juguetón que se escapaba de las manos de los niños e iba a parar al suelo.

Así transcurría la vida de Rita hasta que un día…

Era un jueves por la mañana, cuando un desconocido y ensordecedor ruido dejó a todos los habitantes del cuarto de la limpieza asombrados. Sonaba algo así como ¡¡¡Zuuuuuummmmmm!!!

—Chicas, ¿habéis oído? —preguntó Eleonora a Ona y Rita

—¡Vaya susto más grande! ¿Qué puede ser? —contestaron la fregona y la escobita al unísono.

El ruido no paraba, parecía como si un tornado se hubiera colado por una de las ventanas y anduviera visitando todas las habitaciones de la casa. Incluso pasó como una exhalación ante la puerta del cuarto de la limpieza, dándoles un susto tan monumental, que Serafín y Agustín se pusieron a estornudar, Eleonora hizo un centrifugado rápido y Ona y Rita entrechocaron sus palos asustadas.

Cuando por fin cesó aquel escándalo, se abrió la puerta de cuartito de la limpieza y entró Ramón con un extraño artefacto. Parecía la pieza de un platillo volante. Andaba sobre ruedas, como un patín, pero era más grande. De él salía un tubo largo, ¡como la trompa de un elefante! Y tenía un montón de botones e interruptores.

Le hicieron un hueco junto a la lavadora, que lo miró de reojo, intentando adivinar para qué serviría tan raro aparato y si se iba a quedar para siempre.

Apenas se cerró la puerta del cuarto de la limpieza cuando, muertos de curiosidad, empezaron a hacerle preguntas, todos a la vez:

—Dinos, ¿tú quién eres? ¿Eras tú quién hacía ese espantoso ruido? ¿Cómo te llamas?

—Soy Ninacor, el robot aspirador —les contestó el recién llegado.

—¿Robot aspirador? ¿Y para qué sirves, además de para hacer tanto ruido? —replicaron, porque ninguno de ellos había oído hablar de semejante cosa.

Nicanor les aclaró muy ufano:

—Soy imprescindible en cualquier hogar moderno. Aspiro toda la casa y no dejo ni rastro de polvo ni de sustancia indeseable alguna y, si es necesario, también dejo los suelos como un espejo con mi chorro de vapor.

Rita y Ona se miraron asustaditas mientras Eleonora seguía hablando:

—¡Pero ese trabajo ya lo hacen la escoba y la fregona! ¡Y muy bien, por cierto!

A lo que Nicanor replicó:

—¡Nadie lo duda!, pero hay que modernizarse, yo soy más eficiente, tengo más poder de limpieza y voy más rápido. Me trago todo lo que no debe estar en el suelo y lo guardo en mi tripa. ¡Las escobas y las fregonas pasaron a la historia!

Esa noche fue muy triste para todos, en especial para Rita y Ona que ya se imaginaban abandonadas en un basurero.

Sus compañeros las intentaron animar y consolar:

—¡Ya veréis como no os abandonan! ¡Ana y Ramón son buenas personas!

Pero lo cierto, es que durante los días siguientes ninguna de las dos salió a realizar su tarea por la casa; el robot aspirador las sustituyó. Y aunque eso les causaba gran tristeza, también es cierto que tampoco nadie fue a buscarlas para tirarlas a la basura.

El domingo siguiente, temprano, Ramón sacó a Rita y Ona del cuartito y las dejó en un rincón de la cocina. Desde allí, solo podían ver la mesa de la cocina y, sobre ella, distinguieron unas enormes tijeras, varias madejas de distintas lanas, cintas de colores, cola, pegatinas, cordel…

Nuestras amigas, la fregona y la escoba, estaban muy asustadas, no sabían qué pensaban hacer con ellas y, mientras, esperaban temblando, intentaban imaginar que podría pasarles.

Ramón, que era muy amante de los trabajos manuales y disfrutaba reciclando y dando una nueva vida a los objetos que ya parecían inservibles, cogió a Rita y a Ona y empezó a pegar sobre ellas largas tiras de lana, coloridas cintas y tornasoladas pegatinas, hasta que, ¡por arte de magia!, las dos quedaron convertidas en lindos caballitos.

Con el cordel rojo hizo las riendas, con lana amarilla, azul y lila preciosas crines y los ojos y las bocas con relucientes pegatinas. Adornó sus palos, ya muy viejecitos, con lindas cintas de colores y así de preciosas las llevó al cuarto de los niños.

¡Rita y Ona se habían convertido en juguetes! Estaban muy felices, y los niños, Pol, Daniel y Sergio, encantados con sus nuevos amigos.

Pasaron muchas horas juntos, cabalgando por el pasillo de la casa, jugando a indios y vaqueros, caballeros medievales o guerreros vikingos.

Cuando Nicanor, el aspirador, llevó la noticia al cuarto de la limpieza, los antiguos compañeros de Rita y Ona se alegraron mucho por ellas ¡Ahora vivían en el mejor lugar de la casa! Allí donde toda aventura es posible: ¡la habitación de los niños!

FIN

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Las dos reinas

Dama de hielo

Ilustración: Hermes

Desde su creación, el mundo se haya dividido en dos magníficos reinos: el Reino del Norte, con su reina Luna, bellísima, de piel blanca, al igual que su pelo, cara redonda y ojos transparentes de tan azules; y el Reino del Sur, con su reina Sol, de piel morena, ojos negros y chispeantes y cabello oscuro.

Las dos reinas son muy amigas, pero como viven tan alejadas la una de la otra, solo pueden encontrarse dos veces al año. Quedan para tomar el té, una vez en el Reino del Norte y otra en el Reino del Sur.

Cuando el encuentro tiene lugar en el Reino del Norte, la reina Sol se pertrecha de todos los avíos necesarios para no pasar frío en el palacio helado de la reina Luna. Llega envuelta en varias capas, cual cebolla andante: camiseta, jersey, abrigo, bufanda, guantes y ¡hasta una manta por encima! Es que la pobre no está acostumbrada a temperaturas bajas y se pasa tiritando toda la merienda. Toman té bien calentito y pastas recién hechas.

Cuando es la reina Luna la que viaja al Reino del Sur, su naturaleza fría sufre muchísimo. Se hace acompañar de dos doncellas que la abanican constantemente y que se encargan de aliviarla del calor poniéndole paños fríos en la frente. Viste un vestido ligero. Toman té helado y toda clase de frutas tropicales bien fresquitas.

Aun así, Luna y Sol disfrutan de lo lindo de sus reuniones. Repasan las novedades acaecidas desde el último encuentro y pueden hablar, de igual a igual, de sus cuitas con respecto al gobierno de sus reinos.

Una vez, en una de sus reuniones, poco antes de Navidad, ambas se dieron cuenta de que sus súbditos se quejaban de igual cosa: no estaban conformes en cómo el clima afectaba la manera de celebrar las Pascuas.

Los norteños estaban cansados de tanto frío, de la nieve y de los días tan cortos que les impedían salir a jugar fuera de casa e ir de excursión. Andaban de acá para allá, abrigados con un montón de ropa. Tenían que ir a buscar leña calentarse. Debían cocinar alimentos calóricos como asados, potajes, sopas y caldos amén de las variedades de dulces. Ellos querían celebrar la Navidad con helados en la playa, jugar en los parques hasta tarde y cenar ricos sándwiches fríos.

Los habitantes del sur, en cambio, se mostraban cansados de tanto calor. Nadie quería hacer de Papá Noel en las funciones escolares ¡Se asaban de calor! y como no había chimeneas en las casas, los regalos navideños, en muchos lugares, los tenía que dejar el Niño Jesús. Les llegaban noticias del norte, de lo divertido que era hacer muñecos de nieve, y pasar las tardes elaborando mantecados y roscas, leer historias al calor de la lumbre y tomar una buena taza de chocolate.

Las dos reinas no comprendían la insatisfacción de sus pueblos, ya que ambas maneras de celebrar las Navidades son bien bonitas. Pero la naturaleza humana suele no estar conforme con lo que posee y desea lo que tiene el prójimo.

Así que la reina Sol y la reina Luna se pusieron de acuerdo para dar un escarmiento a sus reinos y decidieron visitar a la Gran Hada del Tiempo, que era la única con la facultad de cambiar o trastocar el clima sin que eso supusiera una gran catástrofe.

Se presentaron ante ella y le manifestaron su deseo de convertir por una Navidad el Reino del Sur en frío y helado país, y el Reino del Norte en cálido y sofocante paraje. A la Gran Hada del Tiempo le pareció una magnífica idea. ¡Por fin, algo divertido que hacer!

Quedaron en encontrarse después de Navidad y ver cuál había sido el resultado del encantamiento.

Durante los días siguientes, en ambos reinos el tiempo fue cambiando paulatinamente.

Cada día subía unos grados la temperatura y las tardes eran más largas en el Reino del Norte, la nieve no llegaba y los abrigos nuevos quedaron sin estrenar en los armarios.

En un principio, sus habitantes estaban contentos.

—¡Qué bien, una Navidad sin nieve!

—¡Este año jugaremos todo el tiempo en la calle!

Pero las Navidades cálidas no resultaron ser tan divertidas. Pronto se cansaron de tanto sofoco, de noches calurosas sin poder conciliar el sueño, que les hicieron añorar las mantas calentitas y el calor de las chimeneas. Y llegaron a la reina Luna nuevas quejas.

Por el contrario, en el Reino del Sur los días se iban volviendo fríos y un viento helado recorría los pueblos, hasta que al fin comenzó a nevar y todos los habitantes se quedaron estupefactos.

—¡Nieve, nieve!

—Navidad nevada ¡Qué bien!

Los chiquillos contentos ¡Claro está!, hacían muñecos y jugaban a tirarse bolas. Pero pronto hubo que buscar mantas, guantes, abrigos, calcetines y botas por todo el reino.

Como no sabían cómo calentar las casas, improvisaron estufas con bidones partidos por la mitad y echaron al fuego todo aquello que no servía, dejando en el aire un insoportable olor a quemado.

Transitar por las calles se hizo harto difícil y hubo que comprar palas para quitar la nieve y tan atareados estaban, que se les pasó la Navidad sin tiempo para celebrar las comilonas con las familias. Así que también la reina Sol tuvo nuevas quejas.

Reunidas tras la Navidad, las dos reinas decidieron que sus súbditos ya habían recibido suficiente lección y pidieron a la Gran Hada del Tiempo que volviera a dejarlo todo igual que antes.

Después, escribieron un bando que mensajeros reales se encargaron de hacer llegar hasta los pueblecitos más pequeños:

Hubo algunos curiosos y atrevidos que se acogieron a la idea de viajar al otro lado del mundo, pero la mayoría acabó volviendo al lugar en el que había nacido, porque allí habían dejado familia y amigos, recuerdos de infancia, comiditas ricas, alegrías y sinsabores. En fin, todo lo que hace que seamos quienes somos.

De este modo, cada uno aprendió a apreciar lo hermoso que era su país y la suerte que tenía de haber nacido en él.

FIN

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El bizcocho mágico de nana Cándida

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Ilustración: Marloser

Hace algunos años, cuando yo era niña, se instaló en el edificio en el que vivíamos una nueva vecina: Cándida, una viejecita de cara dulce y vivarachos ojitos azules. Su cabello, completamente blanco, parecía de algodón de azúcar. Pero lo mejor de ella era su sonrisa, siempre resplandeciente en su cara, tan redonda como un pan de pueblo.

No sabíamos nada de ella pero, poco a poco, se introdujo en nuestras vidas y se nos hizo imprescindible.

Aunque vivía sola, su casa no tardó en convertirse en refugio para todos los niños del vecindario.

Nos ayudaba con los deberes y se encargaba de cuidar a nuestros hermanitos pequeños cuando las mamás estaban atareadas. Hasta se hizo amiga de los señores Vázquez, los ancianitos del primero, que no tenían familia y que así, rodeados de toda la chiquillada, pasaban acompañados las largas tardes de invierno.

Los mayores decían que era un ángel que había caído entre nosotros.

Los martes eran especiales. Todos los niños, ¡y hasta los no tan niños!, los esperábamos con impaciencia.

A la salida de la escuela era obligatoria la visita a casa de nana Cándida, que así era como la llamábamos. ¡Allí nos esperaba el bizcocho más rico que nunca se hubiera horneado en el mundo!

Muy de mañana, el edificio entero se llenaba de un goloso aroma a canela y limón, ¡mmmmmmmmmmm!, que nos hacía esperar la hora de la merienda con ansiedad.

—Nana Cándida ya está haciendo el bizcocho.

—¡¡¡Sííí!!! ¡¡Qué ricooooo!!

Esta era, semana tras semana, la conversación de los niños de la escalera.

Nana Cándida elaboraba su bizcocho con una receta secreta que jamás quiso desvelar; la repartía sobre tres grandes bandejas de horno y, cuando ya estaba lista, la cortaba en pedacitos para que hubiera para todos.

Cuando llegaba, por fin, la hora de degustarlo, la sensación era maravillosa: el azúcar y la canela se fundían en la boca y la masa esponjosa dejaba un delicioso regusto de limón en el paladar.

Eran tardes muy felices para los niños de la comunidad. Desde la llegada de nana Cándida ya no había rencillas, discusiones ni riñas entre nosotros. Parecía como si toda su alegría y paz interior, la que se reflejaba en su rostro, se nos hubiera contagiado a todos.

El tiempo pasaba y nuevos vecinos llegaron con niños pequeños, los cuales también se unieron a la tradición del bizcocho del martes.

Durante aquellos años, nana Cándida jamás se quejó de mal alguno; pero un día, los más mayorcitos advertimos que el color sonrosado de sus mejillas se estaba apagando y que en sus vivos ojitos ya no lucía aquella luz de antaño:

—Nana Cándida, ¿te encuentras bien? ¿Te ocurre algo? —le preguntamos.

Ella sonrió dulcemente:

—Nada, nada, ¡¿pues qué me va a pasar?! Es solo que ya tengo muchos años y estoy un poquito cansada. No os preocupéis.

Y todos seguimos con nuestras rutinas hasta aquel fatídico martes en el que, al abrir la puerta por la mañana, nos dimos cuenta de que el ansiado aroma a bizcocho no llenaba el portal.

Nos extrañó mucho, pero pensamos que nana Cándida tal vez se había quedado un ratito más en la cama y que muy pronto se pondría a preparar su dulce maravilloso.

No fue así. Llegó el mediodía y algunos vecinos, preocupados, llamaron a su puerta, pero ella no respondió.

Alarmados, decidieron llamar al señor Cortés, el cerrajero del barrio. Abrieron la puerta y entraron despacio, sin hacer ruido, como si no quisieran molestar, pero en el fondo de sus corazones nuestros papás intuían lo que habían de encontrar.

Hallaron a nana Cándida en su cama, dormidita para siempre. En su cara se dibujaba toda la ternura y toda la paz del mundo.

Los pequeños la lloramos muchos días, se había ganado nuestros corazones y la echábamos mucho de menos. Solo nos consolaba lo que el señor Anselmo, el vecino del ático que era muy aficionado a la astronomía, nos contó.

Nos dijo que el día que se fue nana Cándida, justo encima de nuestra calle, al caer la noche, había observado con su telescopio cómo se encendía una nueva estrella en el firmamento y que nos fijáramos en que en las noches claras iluminaba directamente nuestras ventanas. Ahí era donde se había mudado el espíritu de nana Cándida y desde allí nos acompañaría ya para siempre.

Y eso hacíamos; mirábamos las estrellas desde la ventana y buscábamos la más brillante.

—¡Esa es!

—¡No, esa de allí!

—¡Sí, sí aquella!

Días después, mi mamá y algunas vecinas decidieron ordenar las cosas de nana Cándida y en su cocina, en un cajón, dieron con un librito antiguo que rezaba en su tapa:

Imagen 1

Era tan antiguo, que la mayoría de páginas estaban borradas por el uso y el tiempo. La única receta que se podía leer entera decía así:a

►♦◄ Bizcocho de canela y limón ►♦◄

  • 175 gr. de harina
  • 6 gr. de levadura
  • 130 gr. de azúcar
  • 100 gr. de mantequilla
  • 2 huevos
  • 50 cl. de leche
  • 1 limón
  • 1 cucharadita pequeña, colmada, de canela en polvo
  • Extracto de vainilla
  • Una pizca de ralladura de bondad
  1. Batir la mantequilla con el azúcar hasta obtener una masa cremosa. Añadir la leche, la piel del limón, el extracto de vainilla y la canela.
  2. Incorporar los huevos montados y, después, ir tamizando lentamente la harina y la levadura.
  3. ¡No olvidar la ralladura de bondad!, que deberá mezclarse bien con la preparación anterior para que todo el que coma un pedazo de bizcocho sienta sus efectos.
  4. Verter la masa en un molde untado con mantequilla e introducirlo en el horno, previamente precalentado, a 180º C durante treinta minutos. Comprobar que esté bien hecho con un palillo, y ¡a disfrutar!
  5. Podéis ver cómo queda el bizcocho de nana Cándida en el blog de Maribel.
a

Mi madre me contó más tarde que todas se quedaron asombradas:

—¡¿Ralladura de bondad?!

—¡¿Pero eso qué es?!

—¡¡Parece un ingrediente de hadas!!

—¡Esta receta es igualita a la que yo hago! ¡Pero no puede ser!, ¡a mí no me sale tan rico!

Pero más se asombraron cuando en uno de los armarios encontraron un pequeño frasco con una etiqueta que decía:

Imagen 5

Lo abrieron con cuidado; no querían que se derramara ni un solo gramo de un bien tan preciado, y hallaron un polvo blanco y brillante, con reflejos dorados que ninguna se atrevía a probar.

—Yo creo que es simplemente azúcar.

—Pues yo creo que además lleva canela.

—No, no, es alguna especia de oriente que aquí desconocemos.

Al fin, decidieron elaborar entre todas el bizcocho exactamente como ponía la receta y añadirle la ralladura de bondad.

Estaban ansiosas por probarlo, pero se llevaron una gran desilusión. A pesar de seguir al pie de la letra la receta, el bizcocho no salió como el de nana Cándida.

Lo intentaron más de una vez en hornos diferentes, con harinas distintas, con varios moldes… Pero nada. El original era siempre mucho mejor.

Cuando quisieron darse cuenta, habían acabado con el frasquito de ralladura de bondad, así que decidieron darlo por imposible y seguir haciendo los bizcochos como antes, que aunque siendo muy buenos no nos hicieron olvidar el maravilloso de nana Cándida.

Nadie supo nunca qué era en realidad aquel polvo blanco y brillante, con reflejos dorados. Las vecinas aún andan discutiendo: que si azúcar, que si azúcar y canela, que si una especia desconocida en occidente…

Hoy en día, a pesar de que han pasado más de veinte años, durante las noches claras sigo mirando las estrellas. Busco la que más brilla y juraría que a veces he visto caer sobre el alfeizar de mi ventana un polvo blanco y brillante, con reflejos dorados.

FIN

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