Cuento amigo

El paraguas que tenía miedo de abrirse

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Ilustración: TummyMountain

Agustín era un paraguas como otro cualquiera. No era de color llamativo, ni tenía dibujos. Era pequeño, transparente y el único detalle original en él era su mango de color rojo escarlata del que estaba tremendamente orgulloso.

El diminuto paraguas era muy tímido. El día que Alberto lo estrenó lo lanzó por los aires para comprobar si volaba; desgraciadamente una ráfaga de viento lo arrastró con violencia y, al estrellarse contra el suelo, se le rompió una varilla.
Nadie lo arregló y quedó abandonado en el fondo del paragüero. A Alberto ya no le gustaba porque, aunque aún servía, no quería que lo viesen con un paraguas roto, no fueran a reírse de él.

Mientras tanto, la vida seguía. En el paragüero todos alardeaban de sus colores o del material del que estaban hechos. Pero a Agustín le espantaba tener que abrirse y mostrarse tal y como era. Y desde su cobijo miraba por la ventana deseando que no lloviera.

Hasta que un día de primavera sucedió lo que él tanto temía. Marta, la mamá de Alberto, le dijo que cogiera el paraguas porque parecía que iba a llover. El niño obedeció a regañadientes respondiendo:

-¡Jooo! No sé por qué tengo que cargar con el paraguas, si está roto y no sirve para nada.

Agustín escuchó las palabras con tristeza y escondió su vergüenza entre las varillas. Allí se sentía seguro y protegido de las burlas y desdenes. De camino al colegio no cayó ni una gota así que Alberto no tuvo que usar el paraguas, y Agustín se sintió aliviado. Pero a la vuelta, mientras Alberto regresaba a casa con sus amigos, comenzó a llover a mares.

-¡Corred, corred! Que nos empapamos- les gritó Alberto a Theo y a Martín que no tenían con qué protegerse.

-Abre tu paraguas y metámonos debajo- dijo Martín. -Alberto intentó abrirlo, pero le fue imposible-.

-¡Qué es para hoy Alberto! -Soltó Theo mientras se cubría la cabeza con su mochila.

-¡Ya voy! ¿Por qué en vez de tanto quejaros no me ayudáis? -sentenció Alberto-. Entre todos intentaron abrir el dichoso paraguas, pero no hubo forma.

-¡Vaya porra! Dijo Alberto -ya me acuerdo, el paraguas tenía una varilla rota y debe de haberse quedado atascada. No vale para nada – y diciendo esto, lo arrojó a la papelera.

Los tres niños salieron corriendo y se resguardaron de la lluvia esperando a que la tormenta pasara.

Mientras tanto, el pobre paraguas se lamentaba de su triste suerte pensando en qué iba a ser de él. Pero entonces, alguien se le acercó y le preguntó:

-¿Por qué lloras tanto amigo? ¿Qué es eso tan malo que te ha sucedido?

Agustín vio que era una mariquita quien le hablaba y le contestó:

– Nunca he valido gran cosa y todo por esta varilla rota. Por eso me han tirado.

– ¡Acéptate como eres y muestra lo mejor de ti! Verás como la vida te vuelve a sonreír. A mí me falta un ala y sigo haciendo mi trabajo, me como el pulgón del rosal y si no fuera por mí las rosas morirían.

El paraguas pensaba en lo que la mariquita le había dicho, cuando sonó un gran estruendo.

– Menos mal que estamos aquí protegidos – dijo el bichito. -No me gustaría ser uno de esos niños que están cruzando el puente, ¡con lo peligroso que es!

Al asomarse, Agustín vio como Alberto y sus amigos avanzaban por el puente de hierro. La tormenta cada vez era más virulenta y el cielo parecía que se iba a caer sobre sus cabezas.

-¡Me voy! Alberto está en peligro y debo avisarlo- le dijo Agustín a su nueva amiga. Finalmente el pequeño paraguas encontró entre las varillas, en lo más profundo de su corazón, su valor. Se abrió de golpe, y aprovechando una fuerte ráfaga de aire, Agustín se elevó por los aires.

Los niños, al ver venir un paraguas volando, comenzaron a perseguirlo puente abajo. Justo cuando abandonaron el puente, y Martín estaba a punto de atrapar el paraguas, un gélido y frío rayo cayó sobre el pobre Agustín, que quedó totalmente roto y resquebrajado, ante la triste mirada de los pequeños.

Quizás penséis que este fue el final de Agustín, pero no fue así. Alberto sintió tanta bondad en aquel momento hacia su paraguas que lo cogió y se lo llevó a casa. Su padre conocía a un artesano que pudo arreglarlo y dejarlo casi como nuevo. Hubo gente que al conocer la historia opinaba que hubiera sido mejor tirarlo o comprarse uno nuevo, pero Alberto siempre respondía:

-¿Por qué desprenderse de algo valioso sólo porque aparentemente esté deteriorado?

Y así fue como tanto Alberto como Agustín aprendieron una bonita lección: que el valor de las cosas, tanto y más en el caso de las personas, no se mide por el aspecto físico sino por el amor, la bondad y la generosidad que todos llevamos dentro y podemos en algún momento regalar.

FIN

La cigüeña novata

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Ilustración: Mónica Carretero

En las afueras de la gran ciudad se encuentra un almacén llamado El Nido, donde cada día se reciben cientos de mensajes, cartas e incluso e-mails de papás que desean recibir un bebé de la cigüeña.

Os podéis imaginar cómo es de importante el trabajo de las cigüeñas que trabajan allí. Hay que tener mucho cuidado y escoger a los papás adecuados para cada bebé. ¡Es mucha responsabilidad!

Hacía pocos días que se había incorporado al trabajo una cigüeña jovencita y muy espabilada, pero a la vez despistada y un poco atolondrada, a la que sus compañeras de trabajo, por ser la última en llegar, apodaron Novata.

Su función era el control de calidad. A saber, revisar a los bebés antes de salir de viaje y aplicarse para que lucieran bien guapos, peinados y preciosos para que sus papás los recibieran muy contentos.

Tras unas semanas en su trabajo, ocurrió que una epidemia de gripe dejó a algunas cigüeñas tan malitas que no pudieron ir a trabajar. Entre ellas se encontraba la encargada de asignar los bebés a nuevos papás.

La jefa de las cigüeñas preguntó quién quería ocupar su puesto y nuestra amiga novata enseguida se ofreció:

—Yo lo haré muy bien señora cigüeña jefa le dijo—. Me he fijado mucho y sé cómo hacerlo.

Así, que desesperada porque había muchos encargos de entrega pendientes, la jefa confió en ella y le dio el trabajo.

Ocurrió que nuestra protagonista, la cigüeña novata, iba tan contenta por los pasillos del almacén con el montón de carpetas de pedidos en la mano, que tropezó y cayó al suelo. Ya os podéis imaginar lo que pasó. Todos los expedientes se mezclaron y a pesar de que ella intentó arreglarlo lo mejor que pudo, fue tan grande el lío que se organizó que empezaron a salir los pedidos  al revés.

Los papás que recibían a los nuevos bebés se quedaban asombrados. Papás morenos recibían niños rubios como el sol, los rubios y altos los recibían morenos y pequeñitos. Niños chinos fueron enviados a África y bebés esquimales a Sudamérica.

Cuando la jefa de las cigüeñas, que no se fiaba mucho, repasó los envíos ¡Ay, ay, ay!, se llevó un susto monumental al ver lo que había pasado.

Hizo llamar a su despacho a la novata y la regañó muy enfadada. La cigüeñita estaba muy apenada, pero por dentro pensaba: «Pues un bebé es un bebé. No creo que tenga tanta importancia el que te toque». Pero su jefa, claro está, no pensaba lo mismo.

—¡¡Esto hay que arreglarlo!! —ordenó muy enfadada la cigüeña jefa—. Ahora mismo mandamos aviso a todos los papás afectados y procederemos a cambiar los bebés y a dar a cada uno el que le corresponde.

¿Y qué pasó? Pues enseguida empezaron a salir las cigüeñas transportistas con el encargo de recoger a los bebés equivocados.

A las pocas horas, fueron regresando todas con su hatillo vacío en el pico.

—¡Pero no puede ser! —decía la jefa ojiplática.

Las cigüeñas transportistas explicaron que ningún papá ni mamá quiso devolver el bebé que llevaban algunos días cuidando. No les importaba lo diferentes que pudieran ser de ellos. Los habían amado desde el momento que les vieron las caritas. Los cuidaron si enfermaron, los alimentaron, los acunaron, los presentaron orgullosos a sus familias y amigos y querían estar por siempre con ellos.

La cigüeña novata sonrió:

—Ya lo pensé yo. Un bebé es un bebé.

A pesar de que todo el enredo acabó bien, a nuestra amiga  la devolvieron a su puesto inicial y prometió no moverse de allí nunca más. O eso fue lo que dijo…

Yo no me fío mucho. Así que si alguna vez veis un bebé muy diferente de sus papás, empezad a sospechar de la cigüeña novata.

FIN

Un cuentecito

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Ilustración: Skottie Young

 

Me venía yo acordando

que sabía un cuentecito

no sé si era de ogros

o más bien de animalitos.

Creo que era de un conejo…

¡Noooo!, que era del gallo Perico,

que, si mal no lo recuerdo,

se casó con una oca

o se marchó de improviso.

Tal vez la protagonista,

fuera la rana Julieta,

que sufría mucho, mucho

por no cantar opereta.

Estaba también el príncipe

más feo que nunca hubiera;

los niños traviesos;

el árbol gigante que daba pena.

La ballena Elena;

la brujita Lucía…

todos dando vueltas

por esta cabeza mía.

¡Ay, mi madre!,

¡no me acuerdo de lo que contar quería!

Si alguien tiene algún remedio

para este mal que me aqueja,

por favor, que me lo diga,

¡así acabaré este cuento

y podré dormir tranquila!

FIN

El gusanito y el manzano

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Había una vez un gusanito…

El gusanito buscaba un lugar donde vivir y encontró un frondoso manzano. Desde abajo lo miró y pensó:

—¡Ahí construiré mi casita!

Por el gran tronco subió, subió y subió, hasta que una hermosa manzana encontró.

Empezó a comer de la manzana e hizo un agujero y dentro instaló su casita, con una sillita, una mesita y una camita y allí se puso a vivir.

De repente, una  noche el viento empezó a soplar. Y tanto sopló, sopló y sopló que la manzana, al final, se cayó.

A la mañana siguiente, al salir de su casita, el gusanito se encontró en el suelo.

Otra vez subió, subió y subió y de nuevo su casa construyó. Pero el viento volvió a soplar y la casa, por segunda vez, volvió a tirar.

El valiente gusanito no se rindió y por tercera vez su casa reconstruyó. Pero de nuevo el viento la tiró. Entonces, miró hacia arriba y le preguntó al manzano:

—¿Qué hago yo en el suelo? ¿Por qué has tirado las manzanas que eran mi casa hasta tres  veces?

El manzano le contestó:

—Lo siento amigo gusano, las manzanas estaban maduras y ya no se aguantaban más en mis ramas, pero ahora que sé que tú quieres vivir aquí, sube otra vez y elige la manzana que quieras, que yo tu casa resguardaré para que no se vuelva a caer nunca más.

Entonces el gusanito por el gran tronco subió, subió y subió, hasta que una hermosa manzana encontró.  Comió de la manzana e hizo un agujero y dentro instaló su casita con una sillita, una mesita y una  camita y allí se puso a vivir.

Ahora, cada vez que sopla el viento, el manzano, con sus ramas, la casa de su amigo gusano protege para que nunca más se vuelva a caer.

FIN

El menú de Don Glotón

Don Glotón

Traga que te traga vivía Don Glotón,

una bolita gorda y peluda que daba besitos de corazón.

Su fino y morado pelo unas pequitas dejaba ver,

pero como tenía tapados sus ojitos,

nunca sabía qué iba a comer.

Traga que te traga vivía Don Glotón,

los lunes para comer había libros

y los domingos para cenar, champiñón.

FIN