Cuento clásico

La reina de las abejas

Ilustración: Helen Stratton

Dos príncipes, hijos mayores de un rey, partieron un día en busca de aventuras y se entregaron a una vida disipada y licenciosa, por lo que no volvieron a aparecer por su casa. El tercer hijo, al que llamaban Simplón, se puso en camino, en busca de sus hermanos. Cuando, por fin, los encontró, se burlaron de él.

—¿Cómo pretendes, siendo tan simple, abrirte paso en el mundo cuando nosotros, que somos mucho más inteligentes, aún no lo hemos conseguido?

No obstante, dejaron que los acompañara.

Por el camino, encontraron un nido de hormigas. Los dos mayores querían destruirlo para divertirse viendo cómo los animalitos corrían azorados para poner a salvo los huevos; pero el menor dijo:

—Dejad en paz a las hormigas; no dejaré que las molestéis.

Siguieron andando hasta llegar a la orilla de un lago, en cuyas aguas nadaban muchísimos patos. Los dos hermanos querían cazar unos cuantos para asarlos, pero el menor se opuso:

—Dejad en paz a los patos; no consentiré que los molestéis.

Al fin llegaron a una colmena silvestre, instalada en un árbol, tan repleta de miel, que ésta fluía tronco abajo. Los dos mayores iban a encender fuego al pie del árbol para sofocar los insectos y poderse apoderar de la miel; pero Simplón los detuvo, repitiendo:

—Dejad a las abejas en paz; no toleraré que las queméis.

Al cabo de unas horas, llegaron los tres a un castillo del que decían que estaba encantado. Entraron y lo primero que vieron fue que en las cuadras había muchos caballos de piedra, pero ni un alma viviente. Recorrieron todas las salas sin encontrar a nadie, hasta que se encontraron frente a una puerta cerrada con tres cerrojos, pero que tenía una ventanilla en el centro por la que podía mirarse al interior. Dentro, se veía a un hombrecillo de cabello gris, sentado a una mesa. Lo llamaron una vez y dos, pero no los oyó; a la tercera, se levantó, descorrió los cerrojos y salió de la habitación sin pronunciar una sola palabra y, por señas, les indicó que lo siguieran. Los condujo hacia una mesa ricamente puesta. Una vez hubieron comido y bebido, llevó a cada uno de los tres hermanos a un dormitorio.

A la mañana siguiente, el hombrecillo llamó al mayor y lo condujo hasta una mesa de piedra, en la cual había escritos los tres trabajos que debía cumplir para desencantar el castillo. El primero decía: «En el bosque, entre el musgo, se hallan las mil perlas de la hija del rey. Se han de recoger antes de la puesta del sol, en el bien entendido de que si falta una sola, el que hubiere emprendido la búsqueda quedará convertido en piedra.

El mayor se pasó el día buscando; pero a la hora del ocaso no había reunido más que un centenar de perlas; y le sucedió lo que estaba escrito en la mesa: quedó convertido en piedra.

Al día siguiente, el segundo intentó la aventura, pero no tuvo mayor éxito que el mayor: encontró solamente doscientas perlas, y, a su vez, fue transformado en piedra.

Finalmente, le tocó el turno a Simplón, el cual salió a buscar entre el musgo. ¡Qué difícil se hacía la búsqueda y con qué lentitud se reunían las perlas! Se sentó sobre una piedra y se puso a llorar. De pronto, se presentó la reina de las hormigas a las que había salvado la vida, seguida de cinco mil de sus súbditos y en un abrir y cerrar de ojos tuvieron los animalitos las perlas reunidas en un montón.

Al día siguiente, a Simplón se le encomendó pescar del fondo del lago la llave del dormitorio de la princesa. Al llegar el muchacho a la orilla dispuesto a sumergirse en las negras aguas, los patos que había salvado se acercaron nadando, se sumergieron en las profundidades y, al poco rato, aparecieron con la llave pedida.

A la mañana siguiente, Simplón debía enfrentarse al tercero de los trabajos, el más difícil de todos. De las tres hijas del rey, que estaban dormidas a causa de un encantamiento, debía descubrir cuál era la más joven y hermosa, pero el caso era que las tres se parecían como tres gotas de agua, y entre ellas no se advertía la menor diferencia. De ellas solo se sabía que, justo antes de quedarse dormidas, habían comido diferentes golosinas. La mayor, un terrón de azúcar; la segunda, un poco de jarabe de caramelo, y la menor, una cucharada de miel.

En ese instante, compareció la reina de las abejas, cuyo panal Simplón había salvado del fuego, y exploró la boca de cada una. Después de revolotear sobre las tres princesas, se posó, finalmente, en la boca de la que había comido miel, con lo cual el príncipe pudo reconocer a la verdadera.

El hechizo se desvaneció en ese instante; todos despertaron, y los petrificados recuperaron su forma humana. Simplón se casó con la princesita más joven y bella, y los dos heredaron el trono a la muerte del rey. Los dos hermanos se casaron con las otras dos princesas.

FIN

La bruja y la hermana del Sol

Ilustración: Iván Bilibin

En un país lejano hubo un zar y una zarina que tenían un hijo, llamado Iván, mudo desde su nacimiento.

Un día, cuando ya había cumplido doce años, fue a ver a un palafrenero de su padre, al que tenía mucho cariño porque siempre le contaba cuentos maravillosos.

Esta vez, el zarevich Iván quería oír un cuento; pero lo que oyó fue algo muy diferente de lo que esperaba.

—Iván Zarevich —le dijo el palafrenero—, dentro de poco tu madre dará a luz una niña, y esta hermana tuya será una bruja espantosa que se comerá a tu padre, a tu madre y a todos los servidores de palacio. Si quieres librarte de tal desdicha, ve a pedir a tu padre su mejor caballo y márchate de aquí adonde el caballo te lleve.

El zarevich Iván fue corriendo a su padre y, por la primera vez en su vida, habló. El zar tuvo tal alegría al oírlo hablar que, sin preguntarle para qué lo necesitaba, ordenó en seguida que le ensillasen el mejor caballo de sus cuadras.

Iván Zarevich montó a caballo y dejó en libertad al animal para seguir el camino que quisiese. Así cabalgó mucho tiempo hasta que encontró a dos viejas costureras y les pidió albergue; pero las viejas le contestaron:

—Con mucho gusto te daríamos albergue, Iván Zarevich; pero ya nos queda poca vida. Cuando hayamos roto todas las agujas que están en esta cajita y hayamos gastado el hilo de este ovillo, moriremos.

Iván rompió a llorar y se fue más allá. Caminó mucho tiempo, y encontrando a Vertodub le pidió:

—Déjame vivir contigo.

—Con mucho gusto lo haría, Iván Zarevich; pero no me queda mucha vida. Cuando acabe de arrancar de la tierra estos robles con sus raíces, moriré.

Iván lloró aún con más desconsuelo y se fue más lejos. Al fin se encontró a Vertogez, y acercándose a él, le pidió albergue; pero Vertogez le repuso:

—Con mucho gusto te hospedaría, pero no viviré mucho tiempo. Me han puesto aquí para voltear esas montañas; cuando acabe con la última, moriré.

El zarevich derramó amarguísimas lágrimas y se fue más allá. Después de viajar mucho llegó al fin a casa de la hermana del Sol. Esta lo acogió con gran cariño, le dio de comer y beber y lo cuidó como a su propio hijo.

El zarevich vivió allí contento de su suerte; pero algunas veces se entristecía por no tener noticias de los suyos. Subía entonces a una altísima montaña, miraba al palacio de sus padres, que se percibía allá lejos, y viendo que nunca salía nadie de sus muros ni se asomaba a las ventanas, suspiraba llorando con desconsuelo.

Una vez que volvía a casa después de contemplar su palacio, la hermana del Sol le preguntó:

—Oye, Iván Zarevich, ¿por qué tienes los ojos como si hubieses llorado?

—Es el viento que me los habrá irritado —contestó Iván.

La siguiente vez ocurrió lo mismo. Entonces la hermana del Sol impidió al viento que soplase.

Por tercera vez volvió Iván con los ojos hinchados, y ya no tuvo más remedio que confesarlo todo a la hermana del Sol, pidiéndole que le dejase ir a visitar su país natal. Ella no quería consentir; pero el zarevich insistió tanto que le dio permiso.

Se despidió de él cariñosamente, y le dio para el camino un cepillo, un peine y dos manzanas de juventud; cualquiera que sea la edad de la persona que come una de estas manzanas rejuvenece en seguida.

El zarevich llegó al sitio donde estaba trabajando Vertogez y vio que quedaba solo una montaña. Sacó entonces el cepillo, lo tiró al suelo y en un instante aparecieron unas montañas altísimas, cuyas cimas llegaban al mismísimo cielo; tantas eran, que se perdían de vista. Vertogez se alegró, y con gran júbilo se puso a trabajar.

El zarevich Iván siguió su camino, y al fin llegó al sitio donde estaba Vertodub arrancando los robles; solo le quedaban tres árboles.

Entonces el zarevich, sacando el peine, lo tiró en medio de un campo, y en un abrir y cerrar de ojos nacieron unos bosques espesísimos. Vertodub se puso muy contento, dio las gracias al zarevich y empezó a arrancar los robles con todas sus raíces.

El zarevich Iván continuó su camino hasta que llegó a las casas de las viejas costureras. Las saludó y regaló una manzana a cada una; ellas se las comieron, y de repente rejuvenecieron como si nunca hubiesen sido viejas. En agradecimiento le dieron un pañuelo que al sacudirlo formaba un profundo lago.

Al fin llegó el zarevich al palacio de sus padres. La hermana salió a su encuentro; lo acogió cariñosamente y le dijo:

—Siéntate, hermanito, a tocar un poquito el arpa mientras que yo te preparo la comida.

El zarevich se sentó en un sillón y se puso a tocar el arpa. Cuando estaba tocando, salió de su cueva un ratoncito y le dijo con voz humana:

—¡Sálvate, zarevich! ¡Huye a todo correr! Tu hermana está afilándose los dientes para comerte.

El zarevich Iván salió del palacio, montó a caballo y huyó a todo galope.

Entretanto, el ratoncito se puso a correr por las cuerdas del arpa, y la hermana, oyendo sonar el instrumento, no se imaginaba que su hermano había huido.

Afiló bien sus dientes, entró en la habitación y su desengaño fue grande al ver que estaba vacía; solo había un ratoncito, que salió corriendo y se metió en su escondrijo.

La bruja se enfureció y, rechinando los dientes con rabia, echó a correr en persecución de su hermano. Iván oyó el ruido, volvió la cabeza hacia atrás, y viendo que su hermana casi lo alcanzaba sacudió el pañuelo y al instante se formó un lago profundo.

Mientras la bruja pasaba a nado a la orilla opuesta, el zarevich Iván se alejó bastante. Ella echó a correr aún con más rapidez. ¡Ya se acercaba!

Entonces Vertodub, comprendiendo al ver pasar corriendo al zarevich que iba huyendo de su hermana, empezó a arrancar robles y a amontonarlos en el camino; hizo con ellos una montaña que no dejaba paso a la bruja. Pero esta se abrió camino royendo los árboles, y al fin, aunque con gran dificultad, logró pasar; pero el zarevich estaba ya lejos.

Corrió persiguiéndole con saña, y pronto se acercó a él; unos cuantos pasos más, y hubiera caído en sus garras.

Al ver esto, Vertogez se agarró a la más alta montaña y la volteó de tal modo que vino a caer en medio del camino entre ambos, y sobre ella colocó otra. Mientras la bruja escalaba las montañas el zarevich Iván siguió corriendo y pronto se vio lejos de allí. Pero la bruja atravesó las montañas y continuó la persecución.

Cuando le tuvo al alcance de su voz le gritó con alegría diabólica:

—¡Ahora sí que ya no te escaparás!

Estaba ya muy cerca, muy cerca. Unos pasos más, y lo hubiera cogido.

Pero en aquel momento el zarevich llegó al palacio de la hermana del Sol y empezó a gritar:

—¡Sol radiante, ábreme la ventana!

La hermana del Sol abrió la ventana e Iván saltó con su caballo al interior.

La bruja pidió que le entregasen a su hermano.

—Que venga conmigo a pesarse —dijo—. Si peso más que él, me lo comeré, y si pesa él más que yo, que me mate.

El zarevich consintió y ambos se dirigieron hacia la balanza. Iván se sentó el primero en uno de los platillos, y apenas puso la bruja el pie en el otro el zarevich dio un salto hacia arriba con tanta fuerza, que llegó al mismísimo cielo y se encontró en otro palacio de la hermana del Sol.

Se quedó allí para siempre, y como la bruja no pudo atraparlo, regresó a su castillo.

FIN

Historia de uno que hizo un viaje para saber lo que era miedo

Ilustración: nikogeyer

Un labrador tenía dos hijos que lo ayudaban en casa, pero si el padre le pedía al mayor una faena en el exterior al caer la noche, o al oscurecer lo mandaba a un recado cerca del cementerio, el chico siempre decía: «¡Qué miedo!».

Si se reunían de noche para contar cuentos alrededor del fuego, en especial si eran de espectros o fantasmas, todos exclamaban: «¡Qué miedo!».

El hijo menor no podía comprender lo que querían decir: «Siempre hablan de “miedo”, pero yo no sé qué es miedo».

Pasó el tiempo y como el chico crecía sin conocer el miedo, un día, quiso marcharse a buscarlo:

—Padre, quisiera recorrer el mundo para conocer el miedo.

El padre suspiró y le contestó:

—¿Y de qué te servirá conocerlo? Eso no te dará de comer. Es mejor que te quedes aquí.

Tanto insistía el muchacho, que el padre ideó un plan para quitarle a su hijo la idea de la cabeza.

Una tormentosa noche de truenos y rayos, lo mandó al granero a buscar leña. «¡Ahora sabrás lo que es el miedo!», dijo para sí. Salió tras él, y cuando el joven se disponía a regresar con su carga de madera entre los brazos, el padre se interpuso entre él y la puerta, envuelto en una sábana blanca.

—¿Quién eres? —preguntó el joven. Pero el fantasma no contestó ni se movió—. ¡Responde!, o te haré volver por donde has venido.

El padre continuó inmóvil y el joven inquirió por segunda vez:

—¿Quién eres? ¡Habla!, o te arreo con un tronco.

El padre creyó que no cumpliría su amenaza y siguió inmóvil, como si fuese de piedra. El chico preguntó por tercera vez, y como tampoco obtuvo respuesta, dio un salto y empezó a atizar con un grueso tronco al espectro, el cual huyó despavorido gritando. El chico se fue a casa, se acostó y se durmió.

A la mañana siguiente, el padre, con el cuerpo tullido, le dijo al chico:

—Hijo, márchate y aprende qué es el miedo.

—Gracias, padre, así lo haré no os preocupéis por mí.

El muchacho echó a andar por el camino real diciendo: «¿Quién me enseñará lo que es el miedo? ¿Quién me enseñará lo que es el miedo?».

Al poco, se encontró con un hombre que, al oír al joven, le dijo señalando un cementerio:

—Entra ahí dentro, espera a que sea de noche, y sabrás lo que es el miedo.

—Si no es más que eso…, ¡lo haré sin problema!

—Ya veremos. Volveré mañana a verte.

El joven se dirigió al cementerio y, como tenía frío, encendió una hoguera. El aire movía las ramas de los árboles, que chocaban entre sí con seco ruido y el fuego dibujaba fantasmagóricas sombras sobre las piedras. Cualquier otra persona hubiera huido despavorida, pero él se echó junto al fuego y se durmió.

A la mañana siguiente, el hombre acudió puntual a la cita:

—¿Has sentido miedo?

—No, solo he sentido frío.

El joven continuó su camino: «¿Quién me enseñará lo que es el miedo? ¿Quién me enseñará lo que es el miedo?». Por la noche, llegó a una posada, donde decidió pasar la noche. Apenas llegó a la puerta, la posadera se echó a reír al oír su cantinela y le dijo:

—Yo sé de un lugar en el que aprenderás lo que es el miedo, aunque quizá no puedas contarlo…

—No me importa el peligro. Quiero saber qué es el miedo; ese es el motivo de mi viaje.

La posadera le contó que no lejos de allí había un castillo en ruinas, donde podría saber lo que era miedo si pasaba en él tres noches. En el castillo había grandes tesoros ocultos, custodiados por espíritus malignos, suficientes para hacer rico a un pobre. La reina quería recuperarlo y había prometido una gran recompensa a quien superase la prueba y le devolviese el castillo. Hombres y mujeres lo habían intentado, pero nadie lo había conseguido.

A la mañana siguiente, el joven se presentó ante la reina y le pidió permiso para pasar las tres noches en el castillo arruinado. A la reina le pareció un chico guapo e inteligente, así que le dio permiso:

—Si superas la prueba, me casaré contigo. Puedes llevar contigo tres cosas que no tengan vida.

El joven pidió:

—Concédeme llevar leña para hacer lumbre, una silla para sentarme y un saco para transportarlo todo.

La reina le proporcionó lo que había pedido y, al filo de la media noche, entró el joven en el castillo. Encendió en una de las salas un hermoso fuego, puso al lado el saco y se sentó en la silla.

De repente, oyó decir con voz desagarrada en un rincón:

—¡Miauuuuu!, ¡miauuuuuu!, ¡frío tenemos!

—¿Por qué maulláis? si tenéis frío, venid y calentaos.

Apenas hubo dicho esto, dos enormes gatos negros se pusieron a su lado, mirándolo con sus ojos de fuego. Al poco rato, cuando se hubieron calentado, preguntaron:

—¿Quieres jugar con nosotros a las cartas?

—¿Por qué no? —contestó—, pero enseñadme primero las patas. —Los gatos así lo hicieron—. ¡Qué uñas tan largas tenéis!, primero os las cortaré.

Los cogió por los pies y los metió en el saco. «Ahora que os he visto las uñas— les dijo— ya no tengo ganas de jugar», y los lanzó por una de las ventanas.

No bien se había desecho de ellos, salieron de todos los rincones y rendijas una multitud de gatos negros de ojos de fuego. Eran tantos, que era imposible contarlos. Maullaban horriblemente, y lo rodeaban, intentado arañarlo. El chico los miró con tranquilidad, y, cuando se cansó, hizo ademán de pegarles con su silla, con tanta decisión, que los gatos huyeron despavoridos. Al terminar, atizó el fuego y se sentó a descansar. Comenzaron a cerrarse sus los ojos y tuvo ganas de dormir. Miró a su alrededor y vio en un rincón una hermosa cama. «Me viene muy bien», se dijo. Se echó en ella y se quedó dormido al instante, pero la cama comenzó a andar y a dar vueltas alrededor del cuarto, como si de ella tirasen seis caballos. Con el movimiento, el chico cayó al suelo y allí siguió durmiendo hasta el otro día.

A la mañana siguiente, la reina fue a visitarlo y al verlo tendido en el suelo creyó que el miedo había acabado con él:

—¡Qué lástima! Este me gustaba.

Al oírla, el chico se levantó y le contestó:

—Aún no hay por qué tenerme lástima. Ya ha pasado una noche y las otras dos vendrán y pasarán también.

Llegó la segunda noche. Sonaron las doce en el reloj y ruidos y golpes resonaban en la sala, primero débiles, después estridentes, y finalmente cayó por la chimenea la mitad de un hombre, que se plantó ante él:

—Hola —exclamó—, todavía falta el otro medio.

Entonces comenzó el ruido de nuevo: parecía que tronaba, y se venía el castillo abajo y cayó la otra mitad.

Las dos partes se unieron y un hombre horrible se sentó en su silla.

—La silla es mía —dijo el joven.

El espectro no quería dejarlo sentar, y el chico tuvo que recuperar a la fuerza su asiento. Cuando por fin lo recobró, el fantasma se desvaneció. Acto seguido, el chico se echó y durmió a pierna suelta.

A la mañana siguiente, la reina fue a informarse:

—¿Has pasado miedo?

—No.

Llegó la tercera noche y al sonar las doce aparecieron seis hombres pálidos y delgados que cargaban sobre los hombros un ataúd. Cuando lo dejaron en el suelo, el chico levantó la tapa; había un cadáver dentro:

—¡Uy!, estás helado. Espera, te calentaré un poco.

Lo cogió en brazos y lo acercó a la lumbre. Al poco, el muerto comenzó a moverse, se levantó y le dijo:

—Por haberme despertado, ¡morirás de miedo!

—¿Así me das las gracias? ¡Vuelve a tu caja!

Lo metió dentro de ella y cerró y, al hacerlo, el castillo quedó desencantado.

A la mañana siguiente, volvió la reina:

—¿Ya sabes lo que es el miedo?

—Todavía no.

—Has superado la prueba. Has recuperado mi castillo y los tesoros, así que me casaré contigo.

—Me parece muy bien, pero yo sigo sin saber lo que es el miedo.

Se celebró la boda, y aunque el joven rey, estaba muy contento, no paraba de decir: «¿Quién me enseñará lo que es el miedo? ¿Quién me enseñará lo que es el miedo?».

La reina, harta de oírlo, pensó: «¡Yo te voy a enseñar lo que es el miedo!». Fue al arroyo que corría por el jardín y llenó un cubo entero con agua y peces. Por la noche, cuando el joven rey dormía, la reina colocó el cubo sobre su pecho. Los peces, al saltar, salpicaban gotas heladas sobre el nuevo monarca, el cual se despertó sobresaltado gritando:

—¿Qué pasa? ¡Qué miedo! —y añadió, después—. Mi querida esposa, ¡gracias! Tú me has enseñado, por fin, lo que es el miedo.

FIN

Bella y Bestia

Ilustración: TottieWoodstock

Érase una vez un rico mercader que tenía tres hijas. De todas, la más joven era tan inteligente, hermosa y buena que desde pequeña todo el mundo la llamaba Bella y ese nombre le quedó.

Un día, a causa de una terrible tempestad, todos los barcos del mercader se hundieron y el comerciante lo perdió casi todo. Únicamente le quedó una pequeña casita en el campo y la familia no tuvo más remedio que mudarse allí y trabajar la tierra para poder subsistir.

Pasado un año, el comerciante recibió una carta; en ella se le anunciaba que uno de sus barcos, con toda la mercancía, acababa de ser recuperado. El hombre se dispuso a partir y, antes de irse, preguntó a sus hijas que regalo deseaban. Las mayores expresaron sus deseos: vestidos, joyas, golosinas…. La pequeña Bella pidió un rosa.

El comerciante viajó a la ciudad para intentar recuperar su barco, pero fue del todo imposible, así que tomó el camino de regreso tan pobre como antes. Ya le faltaba poco para llegar a su casa, solo lo separaba de ella un espeso bosque, pero nevaba sin parar y, desorientado, se perdió en la espesura. El huracanado viento lo arrojó dos veces del caballo y el hombre pensó que moriría de frío o que se lo comerían los lobos, a los que oía aullando a su alrededor.

De repente, vio una intensa claridad y se dirigió hacia ella. Al poco, descubrió que provenía de un gran palacio por completo iluminado. Cuando entró, se sorprendió de no encontrar a nadie, aunque en el gran salón ardía un alegre fuego y una mesa recién puesta, repleta de comida, aguardaba a los comensales. Mojado y aterido, se sentó junto al fuego para entrar en calor y allí aguardó a los dueños de la casa. Esperó y esperó, pero cuando en el reloj sonaron las doce, no pudo resistir más y comió y bebió en abundancia. Saciado, sintió sueño y buscó una cama para dormir.

Por la mañana, al despertarse, se sorprendió mucho al encontrar un traje nuevo en lugar del suyo, que había quedado destrozado la noche anterior; se vistió y bajó al salón, donde lo esperaba una humeante taza de chocolate.

Después de agradecer en voz alta a sus invisibles anfitriones las atenciones recibidas, abandonó el castillo. Iba a montar su caballo, cuando descubrió en el jardín un macizo de rosas y recordó lo que Bella le había pedido. Se disponía a cortar una de las flores, cuando una horrible Bestia salió de la nada:

—¡Ingrato! —bramó la terrible fiera—. Te salvé la vida dándote refugio, te di de comer, te dejé dormir, te vestí…, ¿y me pagas robando mis rosas? ¡Te encerraré como ladrón que eres!

El mercader se arrodilló y le rogó a la Bestia:

—Perdóname, no quería ofenderte. La rosa es un regalo para una de mis hijas.

—Mi decisión está tomada. Ve a despedirte de tu familia. Si mañana a esta misma hora no estás aquí, iré a buscarte y entonces, además de a ti, encerraré en mi prisión también a los que amas .

El buen hombre se alejó montado en su caballo y al cabo de poco llegó a su pequeña casa. Llorando, contó a sus hijas lo que había sucedido:

—Esta rosa me costará muy cara —Bella, sintiéndose culpable por lo sucedido, tomó la decisión de ir al palacio de la Bestia en lugar de su padre. Pero el buen hombre no quiso ni oír hablar de aquello—. Yo ya soy viejo, solo perderé algunos años de vida, tú, en cambio, tienes toda la vida por delante.

—Te aseguro, padre, que no te irás sin mí —dijo Bella.

Tanto insistió la muchacha, que padre e hija partieron juntos hacia el palacio. Era tarde cuando entraron en el gran salón. Allí los esperaba una mesa magníficamente servida y Bella pensó estremecida: «La Bestia quiere engordarnos antes de comernos».

Al acabar la cena, se presentó la Bestia y ordenó al padre:

—Vete mañana al amanecer y no vuelvas jamás por aquí.

Dicho esto, se retiró.

Por la mañana, cuando el anciano se hubo marchado, Bella decidió visitar el hermoso castillo. Se sorprendió mucho al encontrar una puerta, en la que había un letrero que decía: «Habitación de Bella». Abrió y quedó deslumbrada por la magnificencia que reinaba dentro. Lo que más le gustó fue la gran biblioteca y el hermoso piano de cola.

—La Bestia no quiere que me aburra —dijo—. Si quisiera comerme, no habría preparado todo esto —Siguió deambulando por la estancia y se paró ante un gran espejo que había colgado de la pared y mirándose en él le preguntó—: ¿Qué hará mi padre ahora?

Cuál no sería su sorpresa, cuando la superficie del espejo le mostró su casa y, en ella, a su padre llorando. Al cabo de un momento, todo desapareció y Bella pensó que la Bestia era muy considerada y que no tenía nada que temer de ella.

A la hora de la cena, cuando Bella se disponía a sentarse, escuchó que llegaba la Bestia, y no pudo evitar estremecerse.

—Buenas noches, Bella, si te incomodo, solo tienes que decirme que me vaya.

—Aunque eres feo, creo que eres bueno. No me importan si te quedas.

—No soy malo, es cierto, pero tienes razón: soy muy feo y, además, no tengo inteligencia; sé que no soy más que una Bestia.

—Uno no es del todo estúpido cuando cree que lo es, porque un tonto nunca reconoce que es tonto. Te prefiero sincero y con de Bestia, que con bella cara humana pero escondiendo un corazón falso, corrupto e ingrato.

Tres meses pasó Bella en el palacio. Cada noche, la Bestia la visitaba y ambos charlaban durante la cena. A fuerza de verlo, se había acostumbrado a su fealdad, y lejos de temer el momento de su visita, a menudo miraba el reloj para ver si eran las nueve; la hora a la que siempre llegaba la Bestia. Un día la Bestia le preguntó:

—Bella, ¿quieres ser mi esposa?

Ella no respondió; temía excitar la ira del monstruo rechazándolo, pero al fin dijo:

—No. Desearía poder decirte que quizá algún día, pero soy demasiado sincera para hacerte creer que eso sucederá. No obstante, siempre seré tu amiga, trata de conformarte con eso.

—Con eso tengo suficiente. Seré feliz si te quedas para siempre conmigo

—Podría prometerte —le dijo Bella— que nunca te abandonaré; pero tengo tantas ganas de volver a ver a mi padre, que moriré de dolor si no vuelvo a abrazarlo.

—No quiero causarte dolor. Márchate. Si decides no regresar, tu pobre Bestia morirá de pena.

—¡No! —dijo Bella—. Te aprecio demasiado como para desear tu muerte. Prometo volver en ocho días.

—Ve a dormir. Estarás en casa de tu padre al despertar. Cuando quieras regresar, pon este anillo sobre la mesita de noche al acostarte y despertarás aquí. Adiós, Bella.

Al abrir los ojos por la mañana, Bella estaba en su vieja cama, en casa de su padre. Cuando el hombre la vio, casi se vuelve loco de alegría.

Durante su ausencia, sus hermanas se habían casado, pero eran infelices. La mayor se había desposado con un caballero muy hermoso, pero tan enamorado de su propio rostro, que solo se ocupaba de sí mismo de la mañana a la noche y ni miraba a su esposa. La segunda se había casado con un hombre muy ingenioso; pero que solo usaba su ingenio para enojar a los demás, a su esposa la primera. Aun así, cuando Bella les contó que era feliz junto a la Bestia, sin belleza y sin ingenio, no la entendieron.

—Hermana, esa Bestia te ha hechizado.

Tan convencidas estaban de ello, que las mayores trazaron un plan para retener a la pequeña. A los seis días, una de ellas se hizo la enferma y tan grave parecía, que Bella prometió que permanecería a su lado hasta el fin.

Sin embargo, Bella pensaba en su Bestia; deseaba con todo su corazón volver a verlo. La décima noche que pasó en casa de su padre, soñó con él; estaba tendido en el jardín, a punto de morir. Bella se despertó sobresaltada en mitad de la noche.

—¡Pobre Bestia! Si es tan bueno, ¿por qué no vivir junto a él? Ni la belleza ni el ingenio de las personas es lo que nos hace felices, sino su bondad, su paciencia y su generosidad y Bestia tiene todo eso.

Bella colocó su anillo sobre la mesita y se durmió. Al despertarse, comprobó con alegría que estaba de nuevo en el palacio. Impaciente, esperó a que el reloj marcara las nueve de la noche; pero la Bestia no apareció. Bella, temía haberle causado la muerte. Recorrió todo el palacio, llamándolo desesperada y, de pronto, recordó su sueño. Corrió hacia el jardín, y allí encontró a la pobre Bestia; parecía muerto. Lo abrazó, sin pensar en su feo rostro, y sintió que su corazón todavía latía. La Bestia abrió los ojos:

—Bella, olvidaste tu promesa y tu ausencia me está matando, pero moriré feliz por haberte visto de nuevo.

—No, mi querida Bestia, no morirás —dijo Bella—, vivirás para convertirte en mi esposo. Pensé que no te quería, pero el dolor que siento al estar lejos de ti me hace comprender que no podría vivir sin verte.

Al pronunciar estas palabras, el castillo brilló con luz de fuegos artificiales y la música resonó. Al mirar a su querida Bestia, Bella vio a un hermoso príncipe:

—Gracias, Bella, por haber vencido el encantamiento. Un hada me condenó a ser una Bestia hasta que alguien descubriera lo bueno que hay en mí y consintiera en casarse conmigo. Ahora yo te ofrezco mi amor y mi corona. Recibe la recompensa por tu sabia elección: has preferido la bondad a la belleza.

Bella dio la mano al príncipe y juntos se dirigieron al castillo, donde los esperaba toda la familia de la nueva princesa.

Bella y Bestia unieron sus vidas y fueron felices para siempre.

FIN

La paja, la brasa y la alubia

Ilustración: Otto Schubert

Vivía en un pueblo una anciana que, habiendo recogido un plato de alubias, se disponía a cocerlas. Preparó fuego en el hogar y, para que ardiera más deprisa, lo encendió con un puñado de paja. Al echar las alubias en el puchero, se le cayó una sin que ella lo advirtiera, y fue a parar al suelo, junto a una brizna de paja. Al poco, una ascua saltó del hogar y cayó al lado de las otras dos. Inició entonces la conversación la paja:

—Amigas, ¿de dónde venís?

Y respondió la brasa:

—¡Yo he tenido la suerte de poder saltar del fuego! De no ser por mi arrojo, aquí se acababan mis días. Me habría consumido hasta convertirme en ceniza.

Dijo la alubia:

—También yo he salvado el pellejo; porque si la vieja consigue echarme en la olla, a estas horas estaría ya cocida y convertida en puré sin remisión, como mis compañeras.

—No habría salido mejor librada yo —terció la paja—, todas mis hermanas han sido arrojadas al fuego por la vieja, y ahora ya no son más que humo. Sesenta cogió de una vez para quitarnos la vida. Por fortuna, yo pude deslizarme entre sus dedos.

—¿Y qué vamos a hacer ahora? —preguntó la brasa.

—Yo soy de parecer —propuso la alubia— que puesto que tuvimos la buena fortuna de escapar de la muerte, sigamos reunidas las tres en amistosa compañía, y, para evitar que nos ocurra aquí algún otro percance, nos marchemos juntas a otras tierras.

La proposición gustó a las otras dos, y juntas se pusieron en camino. Al cabo de poco, llegaron a la orilla de un arroyuelo, y, como no había puente ni pasarela, no sabían cómo cruzarlo. Pero a la paja se le ocurrió una idea:

—Me echaré de través sobre el arroyo y haré de puente para que crucéis vosotras.

Se tendió la paja de orilla a orilla, y el ascua, que por naturaleza era fogosa, se apresuró a aventurarse por la nueva pasarela. Pero cuando estuvo en la mitad, oyendo el murmullo del agua bajo sus pies, sintió miedo y se paró, sin atreverse a dar un paso más. La paja comenzó a arder, y, partiéndose en dos, cayó al arroyo, arrastrando al ascua con ella, que, con un chirrido, expiró al tocar el agua. La alubia, que, prudente, se había quedado en la orilla, no pudo contener la risa ante la escena, y tales fueron sus carcajadas, que reventó de la risa. También ella habría acabado allí su existencia; pero quiso la suerte que un sastre que iba de viaje se detuviese a descansar a la orilla del riachuelo. Como era hombre de corazón compasivo, sacó hilo y aguja y cosió el desgarrón. La alubia le dio las gracias del modo más efusivo; pero como el sastre había usado hilo negro, desde aquel día todas las alubias tienen una costura negra.

FIN

El ratoncillo, el pajarito y la salchicha

Ilustración: Louis Rhead

Un ratoncillo, un pajarito y una salchicha hacían vida en común. Llevaban ya mucho tiempo juntos, en buena paz y armonía y congeniaban muy bien. La faena del pajarito era volar todos los días al bosque a buscar leña. El ratón se cuidaba de traer agua y poner la mesa, y la salchicha tenía a su cargo la cocina.

¡Cuando las cosas van demasiado bien, uno se cansa pronto de ellas! Así, ocurrió que un día el pajarito se encontró con otro pájaro, a quien contó y encomió lo bien que vivía. Pero el otro lo trató de tonto, pues dijo que cargaba con el trabajo más duro mientras los demás se quedaban en casita muy descansados. El ratón, en cuanto había encendido el fuego y traído el agua, podía irse a descansar a su cuartito hasta la hora de poner la mesa. La salchicha, no se movía del lado del puchero, vigilando que la comida se cociese bien, y cuando estaba a punto, no tenía más que zambullirse un momento en las patatas o las verduras, y éstas quedaban adobadas, saladas y sazonadas. No bien llegaba el pajarillo con su carga de leña, se sentaban los tres a la mesa y, terminada la comida, dormían como unos benditos hasta la mañana siguiente. Era, en verdad, una vida regalada.

Al otro día el pajarillo, cediendo a las instigaciones de su amigo, declaró que no quería ir más a buscar leña; estaba cansado de hacer de criado de los demás y de portarse como un bobo. Era preciso volver las tornas y organizar de otro modo el gobierno de la casa. De nada sirvieron los ruegos del ratón y de la salchicha; el pájaro se mantuvo en sus trece. Hubo que echarlo, pues, a suertes: la salchicha iría a por leña; el ratón cuidaría de la cocina; y el pájaro, se encargaría del agua.

Veréis lo que sucedió…

La salchicha se marchó a buscar leña; el pajarillo encendió fuego, y el ratón puso el puchero; luego, los dos aguardaron a que la salchicha volviera con la provisión de leña para el día siguiente. Pero tardaba tanto en regresar, que sus dos compañeros empezaron a inquietarse, así que el pajarillo emprendió el vuelo en su busca. No tardó en encontrarse con un perro que, considerando a la salchicha buena presa, la había capturado y asesinado. El pajarillo le echó en cara al perro su mala acción, la cual calificó de «robo descarado», pero el can le replicó que la salchicha llevaba documentos comprometedores, y había tenido que pagarlo con la vida.

El pajarillo volvió a su casa y, con lágrimas en los ojos, le contó al ratoncillo lo que acababa de suceder. Los dos compañeros quedaron muy abatidos; pero convinieron reponerse de tan triste suceso y seguir haciendo vida en común. Así, el pajarillo puso la mesa y se fue a por leña. El ratón, mientras, se puso a guisar la comida y queriendo imitar a la salchicha, se zambulló en el puchero de las verduras para agitarlas y reblandecerlas; pero aún no había llegado al fondo de la olla, cuando se quedó hervido y allí dejó la piel y la vida.

Al volver el pajarillo reclamó su comida, pero se encontró sin cocinero. Malhumorado, dejó la leña en el suelo de cualquier manera, y se puso a llamar y a buscar, pero el cocinero no aparecía. Por su descuido, el fuego alcanzó la leña y la prendió. El pájaro voló raudo a buscar agua para apagar el incendio, pero, con las prisas, el cubo se le cayó al pozo y lo arrastró a él dentro, y, como no pudo salir, ahí murió ahogado.

FIN

El reyezuelo

Ilustración: kimsingu

En tiempos remotísimos todos los sonidos y ruidos tenían sentido y significado. Lo tenía el martillo del herrero al golpear el yunque, y el cepillo del carpintero al pulir la madera, y la rueda del molino al ponerse en acción, diciendo con su tableteo: «¡Cuántas vueltas da la vida! ¡Cuántas vueltas da la vida!» Y si el molinero que iba a moler era un ladrón, cuando la ponía en marcha, hablaba muy claramente y empezaba preguntando despacio: «¿Quién viene? ¿Quién viene? —y contestaba más rápido—: ¡El molinero! ¡El molinero! —y, finalmente, añadía a toda velocidad—: ¡Roba que robarás! ¡De un saco, dos sacarás!».

Por aquellos tiempos, incluso las aves tenían su propio lenguaje, que hoy en día, inteligible para todo el mundo, nos suena a gorjeos, chillidos, arrullos o silbidos, y el de ciertos pájaros, a música sin palabras. Pues bien, he aquí que, un día, se les metió a las aves en la cabeza la idea de que necesitaban alguien que mandase y decidieron elegir un rey. Solo una, el avefría, no estuvo de acuerdo: ella siempre había volado libre, y libre quería morir. Revoloteaba de un lado para otro, angustiada, gritando:

—¿Adónde voy, adónde voy?

Finalmente, se retiró a los pantanos solitarios y desiertos, sin dejarse ver de sus semejantes.

Las demás aves decidieron deliberar sobre el asunto, y una hermosa mañana de mayo, salieron de bosques y campos. Se congregaron: el águila, el pinzón, la lechuza, la graja, la alondra, el gorrión… ¡Imposible mencionarlas todas! Incluso acudieron la abubilla y el cucú, su sacristán, llamado así porque siempre se deja oír unos días antes que la abubilla. También compareció un pajarillo muy chiquitín, que todavía no tenía nombre. La gallina que, despistada como siempre, no se había enterado del asunto, se admiró al ver aquella enorme concentración:

—Coc, coc, coc coc, ¿qué pasa ahí? —cacareó asustada—. Pero el gallo la tranquilizó, explicándole el objeto de la asamblea.

Se decidió que sería rey el ave capaz de volar a mayor altura. Una rana de zarzal que contemplaba todo desde una mata, exclamó, en tono de advertencia, al oír aquello:

—Croac, croac. croac, convencida estoy de que esta es una mala solución.

Pero el mirlo le replicó:

—¡Chuik, chuik, chuik! —que significa: «Todo irá bien».

Decidieron efectuar la prueba aquella misma mañana, para que nadie pudiese luego decir: «Yo habría volado más alto; pero llegó la noche y tuve que descender».

Ya de acuerdo, a una señal convenida, se elevó por los aires aquel tropel de aves, levantado una gran polvareda en el campo. Se oyó un estruendoso rumor de aleteos, y pareció como si una nube negra cubriese el cielo.

Las aves pequeñas no tardaron en quedar rezagadas; agotadas sus fuerzas, regresaron a tierra. Las mayores resistieron más, aunque ninguna pudo rivalizar con el águila, la cual subió tan alto, que habría podido dar un picotazo al sol. Al ver que ninguna otra la seguía, pensó: «¿Para qué subir más? Indudablemente, soy la reina,» y empezó a descender. Las demás aves, desde el suelo, la recibieron al grito de:

—¡Tú serás nuestra reina; nadie ha volado a mayor altura que tú!

—¡Excepto yo! —exclamó el pequeñuelo sin nombre, que se había escondido entre las plumas del águila. Y como no se había fatigado, pudo seguir subiendo y subiendo cuando el águila empezó a bajar. Tanto subió, que llegó casi a rozar la luna. Y, una vez allí arriba, recogió sus alas y se dejó caer como un plomo, gritando, con su voz fina y penetrante—: ¡Rey soy yo!, ¡rey soy yo!, ¡rey soy yo!

—¿Tú nuestro rey? —protestaron las aves, airadas—. Has ganado con engaño y astucia.

Y entonces pusieron otra condición: sería rey aquel que fuese capaz de hundirse más profundamente en la tierra. ¡Era digno de ver cómo el ganso restregaba su ancho pecho contra el suelo! ¡Con cuánto vigor abría el gallo un agujero! El pato fue el menos afortunado, pues si bien saltó a un foso, se torció las patas y echó a correr, anadeando, hasta la charca próxima, mientras parpaba:

—¡Cuek, Cuek!, ¡mal negocio!

El pequeño sin nombre buscó un agujero de ratón, se metió en él, y desde el fondo, gritó con su voz fina:

—¡Rey soy yo!, ¡rey soy yo!, ¡rey soy yo!

—¿Tú nuestro rey? —repitieron las aves, más indignadas todavía—. ¿Piensas que van a valerte tus ardides?

Y decidieron retenerlo prisionero en la madriguera, condenándolo a morir allí de hambre. Para ello, encargaron su custodia a la lechuza, con la consigna de no dejar escapar al bribonzuelo, bajo ningún concepto.

Al caer la noche, todas las aves, cansadas del ejercicio de vuelo al que se habían sometido, se retiraron a sus respectivos nidos, solo la lechuza se quedó junto al agujero del ratón, con sus grandes ojos clavados en la entrada. Sin embargo, como también ella estaba cansada, pensó: «Como mis ojos son tan grandes, cerraré uno y velaré con el otro. Ese pajarillo no podrá escapar de la ratonera». Y, así, cerró un ojo, manteniendo el otro clavado en la madriguera. El pajarillo sacaba de vez en cuando la cabeza con el propósito de escapar; pero la lechuza seguía vigilante, y él no tenía más remedio que meterse de nuevo en su escondite. Al cabo de un rato, la lechuza cambió de ojo para descansar el otro, con la idea de usarlos alternativamente hasta que llegase la mañana. Pero una vez lo cerró, se olvidó de abrir el otro y se quedó profundamente dormida. El pequeño pajarito no tardó en darse cuenta de ello y se escapó.

Desde entonces, la lechuza no puede dejarse ver durante el día; porque, si lo hace, todas las demás aves la persiguen y la cosen a picotazos. Por eso, vuela únicamente de noche y también, por eso, odia y persigue a los ratones, a causa de que los agujeros que abren en el suelo le recuerdan su fracaso.

Tampoco el pajarillo se presenta mucho en público, temeroso de perder la cabeza si lo cogen. Se oculta entre los setos y, cuando cree estar muy seguro, todavía suele gritar:

—¡Rey soy yo!, ¡rey soy yo!, ¡rey soy yo!—por lo cual, las demás aves lo llaman, en son de burla, «reyezuelo».

Pero ningún ave se sintió más contenta que la alondra de que no se eligiera rey, pues así no tenía que obedecer a nadie. En cuanto el sol aparece en el horizonte, se eleva en los aires y canta:

—¡Qué bonito! ¡Qué bonito! ¡Qué bonito!

FIN

El libro de los encantamientos

Ilustración: Karl Mühlmeister

Había una vez un poderoso brujo, muy hábil en materia de hechizos. Vivía en una cabaña en medio del bosque y sintiéndose viejo y cercano a la muerte, pensó en transmitir el arte de su magia a alguien.

Un día vio a dos hermanitos jugando en un prado y el mago se dijo: «¡Aquí está lo que andaba buscando! Me los llevaré, los criaré y, más adelante, les enseñaré el maravilloso arte de la magia».

Los capturó con una red tejida con pelo y se los llevó a su cabaña.

Pasó el tiempo. Los pequeños hubieran querido escapar, pero el mago los vigilaba estrechamente y casi nunca abandonaba la casa; solo, a veces, iba de pesca. Un día, cuando el mago se dirigió al río con su caña, la hermanita rogó a su hermanito:

—¡Huyamos! El mago se ha marchado a pescar; ¡vámonos antes de que regrese!

Pero el hermano, más paciente y prudente, respondió:

—Ese hombre es tan sabio que, con su magia, nos encontraría de inmediato. Ten paciencia. Ya se presentará una ocasión mejor.

Pasaron los meses y el mago cada vez se ausentaba con más frecuencia. Un día en el que tardaba más de la cuenta, los hermanos se pusieron a revisar la biblioteca. En el estante más alto, descubrieron un grueso libro en cuya tapa se leía: Magia.

—Este debe ser el libro de los encantamientos —dijo el chico—. ¡Mira!, aquí están todos los hechizos. Cada vez que nos quedemos solos, podemos aprenderemos una fórmula mágica. Cuando hayamos aprendido algunas, tal vez consigamos huir.

Después de varias semanas de estudiar el grimorio, acordaron escapar:

—¡Ha llegado el momento! Ahora sabemos algunos hechizos que pueden sernos de utilidad en caso de peligro.

Salieron de la cabaña y enfilaron por el sendero del bosque.

Entretanto, el mago, sentado en la orilla del río, no pescaba nada. Veía a los peces acercarse al cebo y comer de él con delicadeza, pero sin tragarse el anzuelo. Era ya noche cerrada cuando volvió a su casa con un humor de mil demonios. Al entrar en la cabaña y no ver a los dos hermanos se puso a buscar en todas las esquinas, miró debajo de la mesa y debajo de la cama, ¡pero habían desaparecido!

—¿Adónde habrán ido esas malditas criaturas? ¡Han huido!, y lo pagarán caro —gritó enfurecido—. ¡A mí, bastón mágico!

Inmediatamente, un grueso bastón saltó a sus manos y señaló la dirección que habían tomado los fugitivos. El mago siguió las indicaciones y cuando ya amanecía, divisó, a lo lejos, a los dos hermanos.

—¿Por qué huis de mí?

El hechicero no entendía por qué los hermanos no eran felices. Les daba de todo: ropa, golosinas, juguetes, comida, libros… El único libro que tenían prohibido era el de los encantamientos. «Ingratos, ingratos», repetía mientras se acercaba cada vez más a ellos.

Al mirar atrás, el muchacho comprendió que el mago los alcanzaría enseguida, así que pronunció su conjuro en voz alta:

Al instante, el chico se transformó en un lago azul, y su hermana en un pequeño pez de plata que buceaba plácidamente en sus aguas.

Al llegar a la orilla de aquel lago que nunca había visto antes, el mago receló e inmediatamente imaginó lo que había sucedido. «Queréis libraros de mí —gruñó—, pero os atraparé».

Y a toda prisa volvió a su casa para abastecerse de redes y pescar el pececito. ¡Luego ya se ocuparía del lago! Tan pronto como se fue, los niños recuperaron su forma humana y reanudaron su camino.

Mientras tanto, el mago había regresado al lugar donde estaba el lago, pero, para su disgusto, ya no lo encontró. Solo había un prado pantanoso donde saltaban algunas ranas. Arrojó furioso las redes y después de interrogar al bastón mágico, reanudó la persecución. Hacia la noche, los niños escucharon el ruido de sus pasos.

—¡Estamos perdidos! —dijo el chico.

Pero la niña, animosa, pronunció una de las fórmulas mágicas aprendidas:

Inmediatamente se convirtió en una pequeña capilla blanca, de las que se ven a lo largo de los caminos, y el niño se convirtió en un bello ángel pintado en la pared.

Cuando el mago llegó, comenzó a maldecir, echando espuma por la boca. ¿Cómo capturar a aquel ángel pintado que parecía que lo amenazaba con su manita alzada? Rodeó la capilla tres o cuatro veces y llegó a la conclusión de que lo único que podía hacer era quemarla. «Te reduciré a un montón de cenizas!».

Y dicho esto, comenzó a juntar hierba seca y ramas para prender fuego a la capilla; pero cuando estaba a punto de incendiarla, se dio cuenta de que no tenía cerillas. Todo lo que tenía que hacer era ir a casa a buscarlas.

Tan pronto como desapareció de la vista, los dos hermanos volvieron a su aspecto habitual y reemprendieron la marcha.

Cuando el mago, regresó con las cerillas, solo encontró una gran roca. El hechicero, furioso, consultó su bastón y reanudó su persecución hasta que, al amanecer, de nuevo les pisaba los talones.

A oír los pesados pasos, el hermano recitó:

En un segundo, se convirtió en un corral, en el que se levantaba una gran pila de trigo. La niña se convirtió en un grano de oro mezclado con los demás. Cuando el mago llegó, gritó lleno rabia. ¡Se la habían jugado de nuevo! Luego, poco a poco, se calmó y reflexionó: «Esta vez, en lugar de enojarme tanto, buscaré un remedio infalible». Finalmente, sus ojos lanzaron un destello de triunfo:

—¡Ya sé! —exclamó.

Pronunció unas palabras mágicas e inmediatamente se convirtió en un gallo negro, que avanzó deprisa, extendiendo su pico en busca de la niña, convertida en grano de trigo. Gracias a sus poderes mágicos, ya había descubierto cual era y estaba a punto de atraparlo, cuando la pequeña pronunció mentalmente la última fórmula mágica que recordaba:

—¡Gallo negro, gallo negro, no tengas prisa! ¡No sabes la que te espera!, yo seré un galgo y mi hermano un zorro.

Inmediatamente en un extremo del seto apareció un gran galgo que, con sus dientes afilados, comenzó a correr hacia el gallo. Tan pronto como lo vio, el gallo, asustado, huyó en dirección opuesta, pero al otro lado aguardaba un zorro rojo que, con los ojos ardientes y la boca abierta, se abalanzó sobre él.

El gallo no sabía por dónde escapar; revoloteó dando bandazos y perdiendo sus plumas. Ya no pensaba en el grano de trigo, y, peor aún, no recordaba ninguna de las fórmulas mágicas que podrían haberlo salvado.

El zorro saltó sobre el gallo y acabó con él de un solo mordisco.

Los dos niños recuperaron su aspecto habitual y volvieron a casa muy contentos; ya no tenían nada que temer. Los padres, que durante tanto tiempo los habían llorado al creerlos muertos, los recibieron con alegría y grandes fiestas. A partir de ese día, vivieron felices para siempre y nadie volvió a oír hablar del malvado brujo.

FIN

Yorinda y Yoringuel

Ilustración: Sulamith Wülfing

Érase una vez un viejo castillo que se levantaba en lo más fragoso de un vasto y espeso bosque. Lo habitaba una vieja bruja, que vivía completamente sola. De día, tomaba la figura de un gato o de una lechuza, y al llegar la noche recuperaba de nuevo su forma humana. Poseía la virtud de atraer a toda clase de aves y animales silvestres, de los que se alimentaba. Todo aquel que se acercaba a cien pasos del castillo quedaba detenido, sin poder moverse del lugar hasta que ella se lo permitía; y siempre que entraba en aquel estrecho círculo una muchacha, la vieja la transformaba en pájaro la colocaba en una jaula y la encerraba en un aposento del castillo. Tendría, quizás, unas siete mil jaulas de esa clase.

Vivía también por aquel entonces una muchacha llamada Yorinda, más hermosa que ninguna. Estaba prometida con un doncel, muy apuesto también, cuyo nombre era Yoringuel. Ambos se querían mucho y lo que más les gustaba en el mundo era estar juntos. Un día, para poder hablar sin que nadie los molestara, se fueron a pasear por el bosque.

—¡Debemos ser cuidadosos —dijo Yoringuel— y no acercarnos demasiado al castillo!

Era un bello atardecer; el sol brillaba entre las ramas de los árboles, bañando con su luz el verde de la floresta y una tórtola cantaba su lamento desde lo alto de una añosa haya.

De pronto, a Yorinda se le llenaron los ojos de lágrimas; se sentó al sol, y se echó a llorar; y también lloraba Yoringuel. Los dos se sentían aquejados de una extraña angustia, como si presintieran la proximidad de la muerte. Miraban a su alrededor, desconcertados, y no sabían cómo volver a casa. El sol se ocultaba; solo la mitad de su disco sobresalía tras la cima de la montaña cuando Yoringuel, al dirigir la mirada a través de la maleza, descubrió, a muy poca distancia, el viejo muro del castillo. Aterrorizado, sintió una angustia de muerte, mientras, Yorinda cantaba:

Mi pajarillo de rojo anillo

canta tristeza, tristeza, tristeza,

canta la muerte de tu paloma,

canta tristeza, ¡tri, tri, tri…!

Yoringuel se volvió a mirar a Yorinda. La doncella se había transformado en un ruiseñor y cantaba:

—¡Tri, tri, tri…!

Una lechuza de ojos ardientes sobrevoló tres veces sus cabezas gritando:

—¡Uh, uh, uh!

Yoringuel no podía moverse; se sentía como petrificado, sin poder llorar, ni hablar; sin poder mover manos ni pies.

El sol se ocultó por completo tras las colinas, la lechuza se posó en un arbusto y, acto seguido, de entre el follaje, apareció una vieja encorvado, flaca y macilenta, de grandes ojos encarnados y corva nariz que casi tocaba su puntiaguda barbilla. Refunfuñando, atrapó entre sus manos al ruiseñor y se lo llevó.

Yoringuel seguía inmóvil, sin poder hacer nada. Al cabo de un rato, la bruja regresó y, con voz sorda, pronunció su conjuro:

—¡Hola, Zaquiel! Cuando brille la lunita en su cestita, desata, Zaquiel, en buena hora.

Yoringuel quedó desencantado. Se postró a los pies de la vieja y le suplicó, llorando, que le devolviese a su Yorinda. Pero ella le respondió que jamás volvería a verla, y desapareció.

El muchacho gimió, clamó, se lamentó, pero todo fue en vano. «¿Qué será de mí sin Yorinda?», se decía.

Anduvo a la ventura, y, al fin, llegó a un pueblo desconocido, en el que residió durante largo tiempo, trabajando como pastor de ovejas. Con frecuencia, iba a pasear por los alrededores del castillo, pensando en cómo podría salvar a su amada, pero sin atreverse nunca a acercarse demasiado.

Una noche, soñó que encontraba una flor roja como la sangre, en cuyo centro había una hermosa perla de gran tamaño. Arrancaba la flor y se dirigía con ella al castillo; todo lo que tocaba con la flor, quedaba al instante desencantado y, al fin, gracias a la magia de la flor, volvía a reunirse con su querida Yorinda y juntos vencían a la bruja.

Al levantarse por la mañana, se puso a buscar, por montes y valles, la flor soñada, hasta que, al llegar la madrugada del día noveno, la encontró. Tenía en el centro una gota de rocío, grande y hermosa como una perla. La cortó y con ella en la mano se dirigió al castillo; cuando llegó a cien pasos de él no se quedó petrificado, sino que pudo continuar hasta la puerta. Esperanzado, tocó con la flor el portón y este se abrió bruscamente. Atravesó el patio, agudizando el oído para localizar el aposento de las aves, y, al fin, oyó su trino. Al entrar en la estancia, se topó con la bruja, que estaba dando de comer a los pájaros encerrados en las siete mil jaulas.

Cuando la vieja vio a Yoringuel, se encolerizó terriblemente. Lo increpó, escupiendo bilis y veneno por su boca; pero no podía acercarse a él a más de dos pasos.

El muchacho, sin hacerle caso, se dirigió hacia las jaulas que contenían los pájaros; pero, entre tantos ruiseñores, ¿cómo reconocería a su amada Yorinda?

Mientras buscaba, observó que la vieja descolgaba con disimulo una de las jaulas y, con ella, se encaminaba hacia la puerta. Se precipitó sobre la bruja y tocó la jaula con la flor. Su amada reapareció, tan hermosa como antes y lo abrazó. Yorinda tomó entonces la flor y con los pétalos rozó la mano de la hechicera, la cual perdió su poder de brujería para siempre. Acto seguido, liberó a sus compañeras de cautiverio, transformadas, como ella, en aves.

Los dos enamorados regresaron a su casa, donde vivieron el resto de sus días juntos y llenos de felicidad.

FIN

El tesoro oculto

Ilustración: cartonus

Había una vez un hombre que después de un largo viaje llegó a una aldea y en ella se instaló junto a su mujer. En aquel lugar eran unos extraños, no se relacionaban con nadie, y nadie trataba con ellos. Hablaban un idioma extranjero que nadie comprendía, ni quería comprender.

Un día, el extranjero se encontró una bolsa que contenía brillantes. Aunque no sabía a ciencia cierta lo que valía su hallazgo, no estaba dispuesto a desprenderse de aquellas preciosas piedras.

—Brillan mucho —se dijo el hombre —, seguramente he hallado una fortuna.

El extranjero sabía que podía ser muy peligroso vivir entre gente desconocida poseyendo lo que él creía que era un tesoro. Estaba seguro de que si los habitantes de la aldea se enteraban de que había hallado aquella bolsa, asaltarían su casa y, después de forzar la entrada, le arrebatarían las piedras, junto con su vida y la de su esposa. Era preciso, pues, ocultar aquello y no contar a nadie su feliz hallazgo. Ni siquiera a su propia mujer.

De regreso a su casa, enterró la bolsa en el jardín y para no olvidarse del lugar, colocó una gran piedra encima como señal, para que, en tiempos mejores, cuando ya no debiese temer la envidia y el odio de sus vecinos, supiera dónde buscar su preciado tesoro, el cual podría entonces brillar libremente a la luz del sol.

Poco después, la esposa del extranjero vio la piedra. No podía tolerar que esta ocupase inútilmente una parte del jardín, puesto que entorpecía el paso y podían tropezar con ella. No pudiendo mover ella sola la pesada piedra, llamó a su marido para que la ayudara.

Este quedó aterrado.

—¡Ni se te ocurra! —exclamó—. No toques esa piedra.

—¿Por qué?

—Es una piedra propicia.

—¡Pero si no es más que una simple piedra!

—Eso te parece a ti. Pero la verdad es que esta piedra posee un enorme poder; algún día nos traerá fortuna y bienestar. ¡Ya lo verás!

La mujer se admiró de aquello y como no sabía con certeza si el marido le hablaba en serio o no, lo miró fijamente y vio que sus ojos permanecían serios, severos casi, y no reflejaban indicios de burla, así que no dudó de su palabra. Le pareció buena idea creer en algo, sobre todo si ese algo era augurio de buena suerte y de un futuro mejor. Además, tampoco tenía mucho tiempo para reflexionar en todo aquello, puesto que era necesario cultivar la huerta, ordeñar las vacas, recoger los huevos… Dio por bueno lo que le decía su marido y retomó sus faenas.

Al día siguiente, el marido observó que en el jardín no había una, sino dos piedras.

—¿Qué es esto? ¿Quién ha puesto la otra piedra? —preguntó asombrado.

Sonrió la joven esposa; había dormido mal aquella noche, era tan extraño el brillo de la luna a través de la ventana… Su corazón sentía tanta angustia, tanta nostalgia de su lejana tierra… Tenía miedo del porvenir, pero no quería despertar a su compañero para contárselo. Se levantó sigilosamente de la cama, se dirigió al exterior y colocó otra piedra en el jardín. Hacer eso la tranquilizó.

—He sido yo —contestó sonriendo—, así será doble su eficacia.

¿Qué iba a hacer el extranjero? ¿Cómo podía decirle a su esposa que aquello era una tontería si ella lo miraba sonriendo dulcemente y lo abrazaba feliz? Le dio un beso y no volvieron a hablar del asunto.

La joven mujer lo pasaba muy mal en aquella tierra extranjera, rodeada de gente que no la entendía ni la quería. Por eso, cada vez que quería sentirse un poco mejor, ponía otra piedra en el jardín…

La pareja tuvo hijos y estos, sin preguntar el porqué, imitaban a su madre. La mujer colocaba piedras grandes; los hijos piedras pequeñas y el montón de piedras iba aumentando a medida que la nueva generación crecía.

Llegó un día en el que los hijos se hicieron adultos y la mayor empezó a reflexionar sobre aquello, hasta que al fin preguntó:

—Madre, ¿qué significan estas piedras?

—Las piedras —respondió la madre, orgullosa de su saber— nos son propicias.

—¿Por qué? —insistió la muchacha. ¿Y qué quiere decir ‘propicio’?

Esto no lo sabía la madre.

—Pregúntaselo a tu padre —le contestó.

Y el padre le reveló a su hija el secreto del tesoro escondido. Y así sucedió con una larga serie de generaciones, una transmitía a la otra el arcano. De cada generación, tan solo una persona conocía el secreto de los brillantes enterrados; los demás creían, simplemente, que las piedras traían suerte y que cuantas más hubiera amontonadas, más suerte tendrían, así que seguían añadiendo piedras y más piedras al montón.

Los vecinos contemplaban el espectáculo, llenos de admiración. Algunos se burlaban; otros, en cambio, respetaron aquella antigua costumbre extranjera, que ya lo era cuando ellos habían llegado al mundo. Más de uno pensaba que ese hábito debía datar de la época en la que los ángeles descendían del cielo por escaleras, a la vista de los hombres. Algunos vecinos, deseosos de mostrar su amistad a la familia, recogían piedras y las amontonaban también.

En el seno de la familia el hecho de colocar las piedras se convirtió en costumbre, en tradición, en culto.

Algunos jóvenes protestaban por tener que poner piedras y los viejos, irritados, los amenazaban con sus decrépitos puños:

—Tal como lo hicieron nuestros abuelos, así lo haremos nosotros… Nuestros antepasados eran sabios, y si ellos colocaban piedras, es señal de que así se debe hacer. No podemos modificar aquello que no comprendemos. ¡Estas piedras son sagradas!

Y hablaban y hablaban de los cimientos de la cultura, de las costumbres y de lo que venía de lejos, «desde que el mundo es mundo».

Muchos jóvenes, cansados, acababan por marcharse de la casa paterna para ir a buscar trabajo lejos porque la vida en su propia casa se hizo insoportable. El montón de piedras crecía diariamente, se desparramaba, y cada vez estaba más cerca de la puerta. Con el tiempo, las sagradas piedras obstruyeron las puertas y las ventanas.

—No importa —dijeron los ancianos.

Y colocaron una escalera para entrar por la chimenea y en aquella casa les llegó a faltar el aire. Hubo también escasez de víveres porque era imposible cultivar la tierra: todo el terreno estaba ocupado por las piedras…

Y por qué callaba el que conocía el secreto del tesoro enterrado, os preguntaréis…

El problema fue que, con el paso del tiempo, la bolsa de brillantes había sido olvidada por completo. Ya fuera porque el que conocía el secreto había muerto sin transmitirlo o porque alguien no quiso creer la historia que le contaban o porque alguien no quiso engañar a su hijo con lo que creyó que era un cuento… Lo cierto es que los brillantes cayeron en olvido y ahora, jóvenes y viejos aún se siguen peleando por unas simples piedras…

FIN