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Cuento clásico

El señor Korbes

Ilustración: Kristin Tercek

Érase que se era una vez, una gallinita y un gallito que decidieron salir juntos de viaje.

Construyeron un hermoso carruaje con cuatro ruedas encarnadas y engancharon cuatro ratoncitos para que tiraran de él.

La gallinita y el gallito montaron en el carruaje y emprendieron la marcha.

Al poco rato, se encontraron con un gato que les preguntó:

—¿Adónde vais?

Y ellos le respondieron:

Por el mundo vamos;

y del señor Korbes,

la casa buscamos.

—Llevadme con vosotros —suplicó el gato.

—Con mucho gusto —respondieron la gallinita y el gallito—. Siéntate detrás, no sea que te caigas por delante.

Y el carrito cantó:

Cuidado al saltar,

que mis ruedas coloradas

no se vayan a ensuciar.

Ruedecitas, rodad;

ratoncillos, silbad.

Por el mundo vamos

y del señor Korbes

la casa buscamos.

Durante el camino, subieron al carrito una piedra de molino; luego, un huevo; luego, un pato; luego, un alfiler y, finalmente, una aguja de coser. Todos se instalaron en el coche y siguieron viaje; y el carrito cantaba:

Cuidado al saltar,

que mis ruedas coloradas

no se vayan a ensuciar.

Ruedecitas, rodad;

ratoncillos, silbad.

Por el mundo vamos

y del señor Korbes

la casa buscamos.

Pero al llegar a la casa del señor Korbes, este no estaba.

Así que los ratoncitos aparcaron el coche en el granero; el gallito y la gallinita volaron a una percha; el gato se sentó junto a la chimenea; el pato fue a posarse en la barra del pozo; el huevo se envolvió en una toalla; el alfiler se clavó en un almohadón de la butaca; la aguja se instaló en la almohada de la cama y la piedra de molino se colgó sobre la puerta de entrada.

Llegó por fin el señor Korbes y se dirigió a la chimenea para encender el fuego; pero el gato bufó asustado y le llenó la cara de ceniza.

Corrió el señor Korbes al pozo para lavarse y el pato le salpicó de agua todo el rostro.

Quiso secarse con la toalla y se golpeó contra el huevo, que se rompió y se le enganchó en los ojos.

Deseaba descansar después de tantos tropiezos; sentóse en la butaca y lo pinchó en el trasero el alfiler.

Encolerizado, se echó en la cama y al apoyar la cabeza en la almohada, se clavó la aguja en el cogote.

Más que furioso, se dirigió a la calle; pero, al abrir la puerta, la piedra de molino le cayó en medio de la cabeza y casi lo mató.

¡Qué mala persona debía de ser ese señor Korbes para que le ocurriera tantas desgracias!

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El señor Korbes» con la voz de Angie Bello Albelda

El ruido que oyó la liebre

Ilustración: Daicelf

Nuestra amiga Marga G. nos descubrió la jataka 322 y nos gustó tanto que, después de editarla, decidimos compartirla con vosotros.

Hace mucho, mucho tiempo, en la India, en un espeso bosque de palmeras y belli, vivía una liebre.

Cierto día, descansaba la liebre bajo una palmera cuando, de pronto, pensó: «¿Y si la tierra se hundiera de repente? ¿Qué sería de mí?».  Justo en ese instante, mientras esa idea tomaba forma en su mente, uno de los frutos del árbol decidió soltarse de la rama en la que estaba y fue a estrellarse contra el suelo, no muy lejos de donde se encontraba la liebre, con un fuerte «¡Plof!».

Sobresaltada por el tremendo ruido, la liebre se levantó de un salto y empezó a gritar mientras huía despavorida del lugar:

—¡La tierra se hunde! ¡La tierra se hunde! —Y sin mirar hacia atrás, emprendió una rauda carrera, ¡pies para qué os quiero!

Una liebre amiga suya, al verla correr como si en ello le fuera la vida, le preguntó atemorizada:

—¿Qué pasa, compañera? —Y comenzó a correr tras ella.

«¡Mejor no preguntes!», jadeó la primera liebre. Esta respuesta asustó aún más a la segunda liebre, que aceleró el paso para pedir más información:

—¡Cuéntame qué sucede!

Sin detener su fuga, la primera liebre respondió entre jadeos:

—¡La tierra se hunde!

Y ambas liebres, espantadas, corrieron juntas.

Su miedo era tan contagioso, que otras compañeras, al verlas, se unieron a la carrera. De tal modo que, en poco tiempo, todas las liebres de aquel bosque estaban huyendo juntas.

Cuando aquella comitiva asustada pasaba cerca de algún animal, este preguntaba curioso:

—¿Por qué corréis? ¿Qué ocurre?

A lo que ellas respondían a coro:

—¡La tierra se hunde!

Y los animales también empezaban a correr, temiendo por sus vidas.

De este modo, a las liebres pronto se unieron manadas de venados, jabalíes, alces, búfalos, bueyes salvajes y rinocerontes, una familia de tigres y algunos elefantes.

Cuando la multitud animal pasó cerca de donde el león reposaba, este se despertó por el ruido, abrió un ojo y quedó muy extrañado al verlos.

Tan rápido como solo él era capaz de correr, los adelantó y haciendo frente a aquella estampida que se le venía encima, rugió tres veces. Al oír su poderosa voz, los animales frenaron su enloquecida carrera y se detuvieron. Jadeantes se amontonaban, mirando hacia atrás asustados.

El león se acercó y les preguntó:

—¿Qué ocurre?

—¡La tierra se hunde! —respondieron todos a una.

Al conocer la causa de su huida, pensó: «Eso no es posible; la tierra no se hunde. Seguramente los asustó algún ruido extraño que no supieron de dónde procedía. Como sigan corriendo así, se van a matar. ¡Debo salvarlos!».

—¿Quién vio cómo se hundía? —preguntó.

—Los elefantes lo vieron —respondieron algunas voces.

Al preguntar a los elefantes, estos dijeron:

—Los tigres lo vieron.

Los tigres dijeron:

—Los rinocerontes lo vieron.

Los rinocerontes dijeron:

—Los bueyes salvajes lo vieron.

Los bueyes salvajes dijeron:

—Los búfalos lo vieron.

Los búfalos dijeron:

—Los alces lo vieron.

Los alces dijeron:

—Los jabalíes lo vieron.

Los jabalíes dijeron:

—Los ciervos lo vieron.

Los ciervos dijeron:

—Nosotros no lo vimos, pero las liebres lo vieron.

Cuando el león preguntó a las liebres, estas señalaron a una liebre en particular y dijeron:

—Ella lo vio. Fue ella la que nos lo contó a nosotras.

El león, entonces, dirigiéndose a la primera liebre preguntó:

—¿Es cierto que tú has visto cómo se hundía la tierra?

—Sí, señor, yo lo vi —afirmó la liebre.

—¿Dónde estabas cuando lo viste?

—En el bosque, en un palmeral mezclado con belli. Estaba descansando bajo una palmera y pensé: «¿Y si la tierra se hundiera de repente? ¿Qué sería de mí?». Justo en ese momento, oí el ruido atronador que hace la tierra al hundirse y hui.

Con esta explicación, el león creyó comprender lo que había ocurrido realmente, pero como deseaba estar seguro de sus conclusiones para poder demostrar la verdad a los otros animales, habló con calma y propuso:

—¿Qué te parece si vamos tú y yo a ese lugar y comprobamos si de verdad se está hundiendo la tierra? —Y dirigiéndose al resto de los animales añadió—. Vosotros, entretanto, esperad aquí nuestro regreso.

El león montó la liebre sobre su espalda y desanduvo el camino para regresar al lugar donde todo había comenzado.

Al llegar allí le pidió a la liebre:

—Llévame al punto exacto en el estabas cuando se empezó a hundir la tierra.

—¡No me atrevo! —dijo. Después, añadió señalando con la pata—. Fue allí. Allí estaba cuando escuché ese ruido espantoso.

El león se dirigió hacia donde le indicaba y distinguió el lugar en el que la liebre había estado echada sobre la hierba y, muy cerca, vio el fruto maduro que había caído de la palmera. Comprobó, cuidadosamente, que la tierra no se estuviera hundiendo, volvió a montar la liebre sobre su espalda y regresó al lugar donde esperaban los animales para contarles lo ocurrido.

Más tranquilos, fueron regresando a sus hogares y reanudaron sus rutinas. Se habían puesto inútilmente en peligro por dar crédito a rumores infundados en lugar de tratar de averiguar ellos mismos la verdad. Ciertamente, si no hubiera sido por el león, no sabemos dónde, cómo, ni cuándo hubiera acabado aquella loca huida.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El ruido que oyó la liebre» con la voz de Angie Bello Albelda

El abecedario

Gallo

Ilustración: Yudaev

Érase una vez un hombre que compuso nuevos versos para un abecedario; dos por letra, exactamente como se suele ver en las antiguas cartillas escolares. Decía que hacía falta algo nuevo, pues los viejos pareados estaban muy sobados, y los suyos le parecían más acertados.

De momento, el nuevo abecedario estaba solo en manuscrito, guardado en el gran armario-librería, junto a la vieja cartilla impresa; aquel armario contenía muchos libros eruditos o entretenidos.

Pero el viejo abecedario no quería por vecino al nuevo, así que había saltado del anaquel en el que estaba y, al hacerlo, había pegado un empellón al intruso, el cual también cayó al suelo, y allí estaba ahora con todas las hojas dispersas.

El viejo abecedario giró su primera página, que era la más importante, pues en ella estaban todas las letras, mayúsculas y minúsculas.

ABCCAP

Aquella hoja contenía todo lo que constituye el alma de los libros: el Alfabeto, las letras que, quiérase o no, gobiernan el mundo. ¡Qué poder más terrible! Todo depende de cómo se las dispone: pueden dar la vida, pueden condenar a muerte; alegrar o entristecer. Por sí solas nada son, pero ¡puestas en fila y ordenadas!…

Allí estaban, cara arriba. El gallo, Ave de la A mayúscula, lucía sus plumas rojas, azules y verdes. Hinchaba el pecho muy ufano, pues él sabía lo que significaban las letras.

Al caer al suelo el viejo abecedario, el gallo había batido las alas y se había encaramado de una volada en uno de los bordes del armario y después de atusarse las plumas con el pico, lanzó al aire su penetrante quiquiriquí. Todos los libros del armario, que, cuando no estaban de servicio, se pasaban el día y la noche dormitando, oyeron la estridente trompeta. Y entonces, el ave se puso a discursear, con voz clara y perceptible, sobre la injusticia que acababa de cometerse con el viejo abecedario.

—Por lo visto, ahora ha de ser todo nuevo, todo diferente —dijo—. El progreso no puede detenerse. Los niños son tan listos, que ya saben leer antes de conocer las letras. «¡Hay que darles algo nuevo!», dijo el autor de los nuevos versos, que yacen esparcidos por el suelo. ¡Bien los conozco! Más de diez veces se los oí leer en alta voz. ¡Cómo gozaba el hombre! Pues no, yo defenderé los míos, los antiguos, que son tan buenos, y las ilustraciones que los acompañan. Por ellos lucharé y cantaré. Todos los libros del armario lo saben bien. Y ahora voy a leer los de nueva composición. Los leeré con calma y tranquilidad, y creo que estaremos todos de acuerdo en lo malos que son.

A. Ama
Sale el ama endomingada
por un niño ajeno honrada.

B. Barquero
Penas y fatigas pasó el barquero,
pero ahora reposa placentero.

—Este pareado no puede ser más estúpido —dijo el gallo—, pero seguiré leyendo.

C. Colón
Navegó Colón el mar ingente,
y ensanchó la tierra enormemente.

D. Dinamarca
De Dinamarca la leyenda es bella,
que ningún mal caiga sobre ella.

—Muchos daneses encontrarán bonitos estos versos —observó el ave— pero yo no. No les veo nada de particular. Sigamos.

E. Elefante
Siempre es pesado el elefante,
incluso cuando solo es un infante.

F. Flor
Al llegar la primavera,
se abre al mundo lisonjera.

G. Gigante
Este individuo tan ingente,
a menudo, asusta a la gente.

H. Hurra
Con este grito, en nuestra tierra,
empieza la fiesta y acaba la guerra.

—¿¡Cómo podrá un niño comprender estas alusiones!?  —protestó el ave— Y, sin embargo, en la portada leemos: Abecedario para adultos y niños. Pero los adultos seguro que tienen mejores cosas que hacer que leer los versos de un abecedario, y los pequeños no lo entenderán. ¡Esto es el colmo! Sigo.

I. Isla (Imaginada)
Cada martes allí vamos
y de cuentos disfrutamos.

—Este es el único pareado que se salva —aprobó el gallo.

J. Jardín
Tantas plantas hay en él,
que más que un jardín, es un vergel.

K. Kilo
Pesa más un kilo de plomo que de paja,
¿será que está de rebaja?

—¡A ver cómo explican esto a los niños!

L. León
Si furioso lanza un rugido,
corre para no ser mordido.

M. Mañana (sol de)
Cada amanecer asoma puntual,
y no es porque cante el ave en el corral.

—¡Vaya!, ahora se mete con nosotras —exclamó el gallo—. Suerte que estamos en buena compañía; en compañía del sol. Sigamos.

N. Negro
Lo negro, negro siempre será,
aunque lo laves con asiduidad.

Ñ. Ñu
Ciertamente es un bicho raro,
tal vez vaca y antílope cruzado.

O. Olivo
Hoja más hermosa nunca fue
que la que le regaló la paloma a Noé.

P. Pensador
La mente del pensador mueve el mundo,
de lo más alto a lo más profundo.

Q. Queso
El queso se utiliza en la cocina,
y con otros manjares bien combina.

R. Rosa
Entre las flores, es la rosa bella
lo que al cielo la más brillante estrella.

S. Sabiduría
Muchos presumen de tener sabiduría
y en verdad su mollera está vacía.

—¡Permitidme que cacaree ahora un poco! —dijo el gallo—. De tanto leer pierdo las fuerzas y he de tomar aliento.

Y se puso a cantar de tal forma, que no parecía sino una trompetilla de latón que daba gusto oír —al gallo, entendámonos—.

—Prosigamos.

T. Tetera
La tetera tiene rango en la cocina,
pero la categoría del puchero es aún más fina.

U. Urbanidad
Virtud indispensable es la urbanidad,
para no ser un ogro en sociedad.

—Esto tiene que ser muy profundo —observó el gallo—, pero por más que lo intento, no puedo llegar al fondo.

V. Valle (de lágrimas)
Valle de lágrimas, Madre Tierra
a ti iremos todos, en paz o en guerra.

—¡Esto es muy crudo! —se lamentó el ave.

W. Waterpolo
El waterpolo es un gran deporte,
aunque al de secano no le importe.

X. 

—Aquí no ha sabido encontrar nada nuevo:

Xilófono
Tu melodía a los niños encanta,
tanto como a los viejos espanta.

—Al final, ha tenido que contentarse con «xilófono».

Y. Yggdrasil
En este árbol, dioses nórdicos vivieron,
pero cuando el árbol murió, enmudecieron.

—Estamos casi al final —dijo el gallo—. ¡No es poco consuelo! Ahí va el último:

Z. Zapato
El zapato, un gran invento,
que al pie protege o da tormento.

—¡Por fin! ¡Se acabó! Pero aún no estamos al cabo de la calle. Ahora viene imprimirlo. Y luego leerlo. ¡Y lo ofrecerán en sustitución de los venerables versos de mi viejo abecedario! ¿Qué dice la asamblea de libros eruditos e indoctos, monografías y enciclopedias? ¿Qué dice la biblioteca toda? Yo ya he hablado, ahora que actúen los demás.

Los libros y el armario, todos en pie, permanecieron mudos, mientras el gallo voló, muy orondo, y se volvió a situar, de nuevo, bajo la A de Ave.

—He hablado muy bien y he cantado aún mejor. Esto no me lo va a quitar este nuevo abecedario. Seguro que fracasa. De hecho, ya ha fracasado. ¡Porque él no tiene gallo!

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El abecedario» con la voz de Angie Bello Albelda

Saltabardales

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Ilustración: monkyx

En una ocasión, la pulga, la langosta y la taba quisieron ver cuál de ellas saltaba más alto, así que invitaron a todo el mundo y a cualquiera que lo deseara a presenciar el espectáculo. Tres auténticas saltabardales que entraron juntas en la sala.

—¡Me casaré con la que salte más alto! —anunció el rey—. ¡Sería muy feo que las tres saltaran para nada!

La pulga fue la primera. Elegante, dio un paso al frente; con finos ademanes, repartía saludos a diestro y siniestro. No en vano por sus venas corría sangre de gran dama, acostumbrada como estaba a tratar únicamente con personas. Y eso se nota.

Después le tocó el turno a la langosta, que aunque era considerablemente más corpulenta tenía muy buenas maneras. Llevaba un impecable uniforme verde, algo innato en ella; además, afirmó que descendía de una antiquísima familia de la tierra de Egipto y aseguró ser altamente apreciada en algunos países. Acababa de trasladarse desde el campo y se había instalado en un castillo de naipes de tres pisos, todos ellos de figuras con el dibujo hacia dentro; tenía puerta y una gran ventana, esta última la habían recortado en el talle de la reina de corazones.

—Canto tan bien —dijo—, que dieciséis grillos autóctonos, que llevan cantando desde que nacieron pero ni aun así tienen castillo de naipes, del disgusto que han tenido al oírme, se han quedado más flacos de lo que ya eran.

Ambas, pulga y langosta, dieron buena cuenta de quiénes eran y de lo mucho que merecían desposarse con un rey.

La taba callaba (precisamente por eso pensaría mucho más); nada decía, ya hablaban bastante las otras. Cuando el perro de palacio se acercó a husmearla, garantizó que aquella taba era de muy buena familia. Y el anciano consejero, que había recibido tres condecoraciones por quedarse calladito, afirmó que sabía con certeza que la taba poseía dotes adivinatorias: si le mirabas la espalda se podía saber si el invierno sería benigno o riguroso, cosa que es imposible de saber aunque observes la espalda del hombre del tiempo.

—Bueno, yo no digo nada —comentó el rey—, pero conste que es porque me reservo mi opinión.

Llegó el momento de efectuar el salto. La pulga brincó tan alto, que nadie alcanzó a verla y muchos sostenían que ni siquiera había saltado, ¡pero eso fue una bajeza!

La langosta no saltó ni la mitad que la pulga, pero le dio al rey en toda la cara y dijo que fue asqueroso.

La taba permaneció largo rato inmóvil, reflexionando. Estuvo tanto rato así que, al final, la creyeron incapaz de saltar.

—Ojalá no esté indispuesta —dijo el perro de palacio acercándose para husmearla de nuevo.

¡Zas! Dio un salto un poco torcido y fue a caer sobre la falda del rey, que se hallaba sentado en su trono de oro.

Entonces el rey habló:

—El salto más alto de todos es el que lleva hasta mi. Ahí estaba la sutileza, pero hacía falta ingenio para caer en ello y la taba ha demostrado tenerlo.

¡Con ella habéis pinchado en hueso!

Y la taba se llevó al rey.

— ¡Pero yo he sido la que ha saltado más alto que nadie! —protestó la pulga—. Aunque, ¿qué más da? Que el rey se quede con esa osamenta. Aunque yo he saltado más alto, está visto que en este mundo hace falta cuerpo para que se fijen en uno.

Y la pulga se enroló en la legión extranjera, donde cuentan que cayó.

La langosta se sentó en una cuneta a meditar cómo estaba el mundo, y repetía: «¡hay qué ver!», y decía también:

—¡Hay que tener cuerpo! ¡Hay que tener cuerpo!

Y, acto seguido, se puso a cantar esta triste historia, que es de donde la sacamos nosotros, aunque bien pudiera ser una mentira, por muy escrita que ahora esté.

FIN

El elefante curioso

Ilustración: hollietree

En tiempos remotos, los elefantes no tenían trompa, solo una nariz negra y redonda, grande como una bota, que movían de un lado a otro, pero con la que no podían agarrar nada.

En ese tiempo, vivía en África un elefantito curioso que quería saberlo todo y nunca se cansaba de preguntar a todo el mundo.

Una vez, preguntó a su tía el avestruz por qué tenía plumas en la cola, pero su tía le dio un coscorrón con su larga pata.

Preguntó a su otra tía, la jirafa, cómo le habían salido las manchas en la piel, pero su tía le dio un coscorrón con su pezuña.

También preguntó a su rechoncho tío el hipopótamo por qué tenía los ojos tan rojos, pero su tío le dio un coscorrón con su enorme pata.

Preguntó igualmente a su peludo tío el babuino por qué los melones eran dulces, pero su tío le dio un coscorrón con su mano peluda.

Aun así, el elefantito seguía sintiendo una curiosidad insaciable y hacía preguntas sobre todo aquello que veía, oía, olía o tocaba.

Una espléndida mañana de verano, el elefantito hizo una pregunta que hasta entonces nunca había formulado:

—¿Qué come el cocodrilo?

Pero dándole un coscorrón, le gritaron todos a la vez:

—¡Cállate!

Se marchó, muy triste, en busca de su amigo el pájaro Kolokolo.

—Mi padre me ha dado un coscorrón, mi madre me ha dado un coscorrón, y todos mis tíos y tías me han dado un coscorrón —se quejó el pobre elefantito—. Y todo por preguntar. Pero a pesar de los coscorrones, yo quiero saber qué come el cocodrilo.

El pájaro Kolokolo le contestó con su triste voz:

—Ve a orillas del río Limpopo, el de aguas verdosas y grises, y allí descubrirás lo que quieres saber.

A la mañana siguiente, el elefantito cargó cincuenta kilos de plátanos y diecisiete melones para el viaje y se despidió de toda su familia.

—Adiós —les dijo—. Me voy al río Limpopo, el de aguas verdosas y grises, para averiguar qué come el cocodrilo.

Todos le dieron un coscorrón para desearle buena suerte, y él se puso en marcha.

El camino era largo. Subió montañas, atravesó valles y dirigiéndose siempre hacia la salida del sol llegó, por fin, a la orilla del río Limpopo, el de aguas verdosas y grises, tal y como el pájaro Kolokolo le había dicho.

Debéis comprender que hasta esa misma semana, día, hora y minuto, el elefantito nunca había visto un cocodrilo y no tenía ni idea de cómo era.

A la primera que encontró fue a una serpiente boa bicolor enroscada sobre una roca, y le preguntó:

—Hola, ¿has visto un cocodrilo por aquí?

—¿Qué si he visto un cocodrilo? —preguntó a su vez, la serpiente boa bicolor—¿Y qué querrás saber luego?

—Luego quiero saber qué come.

La serpiente boa de dos colores se desenroscó rápidamente y le dio al elefante un coscorrón con la punta de la cola.

—¡Ay!. mi padre, mi madre y mis tías y tíos siempre me dan coscorrones por preguntar demasiado, y tú haces lo mismo.

El elefantito se despidió de la serpiente y prosiguió su camino.

Por fin, llegó al río Limpopo, el de aguas verdosas y grises, y en la orilla tropezó con lo que le pareció un tronco caído. Pero aquello era, nada más y nada menos, que el cocodrilo, y el cocodrilo guiñó un ojo.

—Hola —le dijo el elefante cortésmente—, ¿has visto por aquí un cocodrilo?

El cocodrilo, entonces, guiñó el otro ojo y levantó media cola del barro. Al ver lo que hacía, el elefantito dio un salto atrás, pues no quería recibir otro coscorrón.

—¿Por qué te alejas? —preguntó el cocodrilo.

—Disculpa, pero es que todo el mundo me da coscorrones cuando pregunto y no quiero recibir otro.

—Pues no preguntes más —dijo el cocodrilo—, porque el cocodrilo soy yo.

Y se puso a llorar lágrimas de cocodrilo para demostrar que era cierto.

—¡Por fin! Te he estado buscando durante muchos días. ¿Me puede decir qué comes?

—Claro, chiquitín. Acércate, te lo susurraré al oído.

El pequeño elefante acercó la cabeza a la boca dentuda del cocodrilo y el cocodrilo lo agarró por la nariz, que hasta ese misma semana, día, hora y minuto no había sido más grande que una bota, aunque mucho más útil.

—Creo —dijo el cocodrilo entre dientes—, que hoy empezaré… ¡comiendo un elefante!

El elefantito, muy molesto, le dijo hablando con la nariz tapada:

—¡Suéltabbe, que be hace’ dallo!

La serpiente boa bicolor, que lo había visto todo, se acercó a la orilla:

—Amigo elefante, si no tiras hacia atrás enseguida con todas tus fuerzas, creo que ese pedazo de piel —Se refería al cocodrilo— se te llevará antes de que puedas decir esta nariz es mía.

El elefantito clavó sus patas traseras en el suelo y tiró y tiró y volvió a tirar con todas sus fuerzas, hasta que su nariz empezó a estirarse.

Mientras tanto, el cocodrilo daba coletazos en el agua haciendo espuma, y seguía tirando y tirando y la nariz del elefantito seguía alargándose más y más.

Poco a poco, el elefante empezó a resbalar y, entonces, la serpiente boa bicolor se acercó a él y se enroscó con doble vuelta en sus patas traseras y lo ayudó a tirar. Y como el elefantito y la serpiente juntos tiraban más fuerte, el cocodrilo, al fin, soltó la nariz del elefante.

El elefantito agradeció la ayuda a la boa bicolor y después envolvió la nariz en piel de plátano y la puso en remojo en las aguas del río.

—¿Qué haces? —le preguntó la boa.

—Quiero encoger mi nariz.

—Algunos no saben lo que les conviene… —suspiró la boa.

Tres días pasó el elefante con la trompa en remojo, pero la nariz no se le acortó ni un poquito, solo consiguió que se le arrugara.

Al tercer día, un tábano picó al elefantito en el hombro y, sin darse cuenta, levantó la trompa y lo espantó.

—¡Primera ventaja! —dijo la boa.

El elefantito sintió hambre, alargó la trompa, arrancó un buen manojo de hierbas y se lo llevó a la boca.

—¡Segunda ventaja! —dijo la boa.

El elefantito tenía calor, tomó agua del río Limpopo con su trompa y la derramó sobre su cabeza.

—¡Tercera ventaja! —dijo la boa— Y hay más. Piensa, que con la trompa podrás defenderte y ya nadie se atreverá a darte coscorrones…

—Gracias, lo recordaré. Ahora me vuelvo a casa.

Y regresó a su hogar balanceando feliz su trompa.

Cuando quería comer fruta, la arrancaba del árbol en vez de esperar a que se cayera. Si tenía calor, se daba una ducha. Y si se sentía solo, barritaba con su trompa y hacia más ruido que varias orquestas juntas.

En una noche oscura, llegó a casa con la trompa enrollada y saludó:

—¿Cómo estáis?

—¡Estábamos muy preocupados! Ven aquí, que te daremos un coscorrón por ser tan preguntón.

—¡Vosotros no sabéis nada de coscorrones!

Y desenroscando su trompa, fue él el que repartió coscorrones por doquier.

—¡Plátanos! ¿Quién te ha enseñado ese truco? ¿Cómo has conseguido esa nariz?

—Me la dio un cocodrilo que vive en el río Limpopo después de preguntarle qué comía.

—¡Qué fea! —dijo su tío el babuino.

—Será fea, pero es muy útil.

El resto de elefantes, al ver todo lo que podía hacer aquella trompa, se apresuraron a ir al río Limpopo para pedir una igual al cocodrilo.

Desde entonces, todos los elefantes —los que verás en tu vida y los que no verás— tienen una trompa exactamente igual a la de aquel elefantito curioso y con ella entonan esta canción:

Tengo seis ayudantes honestos

—me enseñaron cuanto sé—,

sus nombres son  Dónde, Cómo, Cuándo,

Qué, Quién y Por qué.

Los mando por tierra y mar;

los mando de este a oeste

y después de trabajar para mí,

los dejo descansar.

Los dejo descansar de nueve a cinco,

cuando estoy ocupado,

pero les doy desayuno, almuerzo y té,

porque siempre tienen hambre.

Aunque otra gente tiene puntos de vista distintos.

Conozco a una personita

que mantiene a diez millones de ayudantes,

¡y no descansan jamás!

Los envía a todas partes con asuntos personales

desde el momento en que abre los ojos.

¡Un millón de Cómos, dos millones de Dóndes,

y siete millones de Porqués!

FIN

La niña y el manzano

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Ilustración: Reowyn

Esta historia pasó en un tiempo en el que los árboles eran universos y la humanidad aún los respetaba. Un tiempo en el que los hombres se sentaban bajo sus frondosas copas y escuchaban las historias que les contaban.

Pasó en un país en el que los árboles saludaban, agitando sus ramas, a la Luna que se escondía y al Sol que se asomaba. Se desperezaban lavando sus hojas somnolientas en ríos cristalinos y ofrecían sus frutos a todo aquel que tuviera hambre, sin pedir nada a cambio.

En ese tiempo y en ese lugar, vivió un árbol enorme. Era un manzano y su mejor amiga era una niña. Ambos, el árbol y la niña, se querían con locura.

Cada día, sin faltar jamás a su cita, la pequeña visitaba a su amigo y él la mecía en sus ramas, susurrándole al oído cuentos de piratas y ogros; de príncipes y princesas; de brujos, hechiceras y fantasmas.

La niña escuchaba embelesada y con su imaginación volaba hacia lejanos países, en los que vivía fascinantes aventuras.

Trepaba por el tronco del manzano y, acurrucada entre su fronda, se protegía de la lluvia si llovía o del calor del sol cuando abrasaba.

Pero un buen día, la niña no acudió a su cita. Dejó de ir a jugar con el árbol y olvidó sus historias.

Paciente, el manzano aguardó mucho tiempo su regreso, mientras en su tronco la tristeza iba formando arrugas.

Una mañana de primavera, la niña regresó. El árbol la saludó contento moviendo sus ramas:

—Te he echado de menos. ¿Vienes a jugar conmigo?

—No. He crecido. Ya no soy una niña para jugar con árboles. Te vengo a ver porque ahora me gustan otros juegos y necesito dinero para comprarlos.

—Lo siento, pero yo no tengo dinero.

—No, pero tienes manzanas. Si me las das, puedo venderlas y con lo que obtenga por ellas, podré comprar lo que quiero y seré feliz.

—Si vendiendo mis manzanas consigues la felicidad, tómalas, amiga mía.

La muchachada despojó al árbol de todos sus frutos y, sin mirar atrás, se alejó de allí. Vendió las manzanas y, durante un tiempo, fue feliz.

Se olvidó de su amigo y en el tronco del árbol, la tristeza dibujó más arrugas.

Pasaron algunos años, y un cálido día de verano la muchacha regresó junto al manzano. Al verla, el árbol se agitó y sus ramas crujieron de alegría:

—Te he echado mucho de menos. ¿Vienes a jugar conmigo?

—No tengo tiempo para juegos. Soy adulta, he formado una familia y debo trabajar duro para sacarlos adelante. Te vengo a ver porque necesito un lugar en el que vivir con comodidad.

—Lo siento, pero yo no tengo una casa.

—No, pero tienes muchas ramas. Si me das permiso para cortarlas, con ellas construiré mi hogar y seré feliz.

—Si cortando mis ramas consigues la felicidad, tómalas, amiga mía.

La mujer cortó todas las ramas del árbol y se marchó sin dar las gracias. Con ellas construyó una morada para albergar a su familia y, durante un tiempo, fue feliz.

La mujer, como antes, olvidó a su amigo y en la corteza del árbol la tristeza hundió nuevamente sus garras.

Un otoño la mujer regresó junto al árbol y él, al verla, se estremeció hasta las raíces:

—Te he echado mucho de menos. ¿Vienes a jugar conmigo?

—No puedo jugar, estoy envejeciendo y quisiera viajar antes de que sea tarde. Te vengo a ver porque necesito un barco.

—Lo siento, pero yo no tengo un barco.

—No, pero con tu tronco podría construir uno. Si me das permiso para serrarlo, con tu madera construiré una barca para surcar mares y ríos. Así seré feliz.

—Si serrando mi tronco consigues la felicidad, tómalo, amiga mía.

La mujer serró el tronco del viejo manzano y, sin despedirse, se alejó. Con la madera construyó una barca y, durante un tiempo, fue feliz.

Navegando los siete mares olvidó a su amigo y en el tocón del manzano se abrió una honda grieta de tristeza.

Se persiguieron las estaciones; se sucedieron muchas lunas; y un helado día de invierno, una anciana se acercó al lugar donde, tiempo atrás, floreciera el manzano:

—Si vienes a jugar conmigo, lo siento, pero ya no puedo ofrecerte nada, amiga mía. Ya no tengo tronco, ni ramas, ni manzanas.

—Ya soy muy vieja. No podría trepar por tu tronco, ni jugar entre tus ramas, ni morder tus frutos. Estoy muy cansada. Solo necesito un lugar en el que descansar.

—Entonces ven. Aún me quedan mis viejas raíces. Reposa tu cabeza sobre ellas y cierra los ojos, te contaré la historia de una niña y un manzano que un día…

FIN

El oni rojo que lloró

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Ilustración: marmoto

Siglos ha, vivió en la falda de una altísima montaña un oni rojo llamado Aka-oni, cuyo feroz aspecto conseguía poner los pelos de punta al más valiente.

Tenía unos dientes largos y afilados que parecían prestos a morder y una piel rojiza que hacía pensar al que lo miraba que estaba a punto de proferir un aterrador alarido, de esos que hielan la sangre y hacen temblar de la cabeza a los pies.

A pesar de su semblante atroz, tenía un corazón bondadoso y tierno y su único deseo era vivir en paz y armonía con los habitantes del pueblo cercano. Pero estos, cada vez que lo veían, aunque fuera de lejos, huían despavoridos gritando:

—¡Socorro! El oni rojo nos quiere comer. ¡Sálvese el que pueda!

Desesperado por esta situación y después de pensar mucho, el oni decidió dibujar unos preciosos carteles, que enganchó por todas partes: en los árboles del camino que conducía al pueblo; en las piedras cercanas al río; en la verja de su casa; y hasta se atrevió a bajar de noche al pueblo para engancharlos en las puertas de las casas y en la del ayuntamiento:

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Pero los habitantes del pueblo no lo creyeron y los arrancaron todos.

Con gran desánimo, al comprobar que sus esfuerzos habían sido completamente inútiles, el oni rompió los carteles que le quedaban.

Así estaba, bajo una higuera, turbado y cariacontecido rasgando los papeles, cuando apareció su amigo Ao-oni, un oni azul que vivía en la cima de la montaña y que, como él, tenía un corazón tan grande que no le cabía en el pecho, aunque, igualmente, con un aspecto tan fiero y aterrador como el del oni rojo.

—Hola, Aka-oni, ¿qué rompes?

—¡Ay!, Ao-oni, había escrito estos carteles para que los aldeanos los leyeran y supieran que no soy un oni malvado. Quería que se llevaran bien conmigo y que no huyeran cada vez que me ven, pero ellos no me creen. Los han arrancado todos.

—Mmmmm. ¡Déjame que piense! Veamos… Mmmmmm  ¡Ya lo tengo! ¡Vamos al pueblo!

—¿Al pueblo?, ¿para qué? Todo es inútil. No podemos hacer nada. Los aldeanos están ciegos. Están convencidos de que todos los oni somos malos y no hay forma de que entren en razón. En cuanto te vean, huirán y no te dejarán ni hablar.

—Precisamente. Eso es lo que quiero. Quiero que huyan, que se asusten muchísimo. Quiero demostrarles que tú eres bueno, que no deben temerte, que el único malo soy yo.

—No comprendo qué…

—El plan es el siguiente: iré al pueblo y fingiré que soy el oni más terrible de la Tierra. Aterrorizaré a todo el mundo y cuando esté a punto de comerme a alguien, apareces tú y nos peleamos. Salvas a los vecinos de mi ataque y me obligas a huir. Solo tienes que pegarme y echarme del pueblo.

—Ao-oni, yo no puedo pegarte, ¡tú eres mi amigo!

—Pues claro que somos amigos, pero debes representar tu papel y darme una gran paliza delante de todos. Cuando vean que los defiendes, tus vecinos te querrán.

Y así lo hicieron. El oni azul, gruñendo y con ademanes fieros, se dirigió al pueblo y fingió que atacaba a los aldeanos. Cuando ya estaba a punto de atrapar a uno, apareció el oni rojo y se enfrentó a él:

—¡Deja en paz a ese hombre! —¡Plaf!, ¡pam!— Fuera de aquí, oni malvado. —¡Pumba!, ¡pumba!— ¡No molestes a mis vecinos! —¡Plof!, ¡patapam!— ¡Vete y no vuelvas jamás! —gritaba el oni rojo mientras arreaba de lo lindo al oni azul y lo perseguía por todo el pueblo.

—¡Ay, ay, ay!, ya me marcho, pero no me pegues más, por favor —gemía el oni azul—. ¡Ay, ay, ay!, prometo no regresar nunca a este pueblo mientras tú lo protejas.

Y el oni rojo ahuyentó fuera del pueblo al oni azul ante la mirada agradecida de todos los vecinos del pueblo que, desde aquel día, perdieron el miedo a Aka-oni y empezaron a visitarlo con frecuencia.

Hombres, mujeres y niños iban a su casa para charlar con él y él los recibía con una taza de té y galletas caseras, que se comían mientras contaban cuentos y reían. El oni era completamente feliz, se llevaba bien con todos sus vecinos y estos lo querían muchísimo.

Pasó el tiempo y, una mañana, el oni rojo miró hacía la cima de la montaña y, de pronto, se acordó de su amigo el oni azul. «¿Qué habrá sido de mi amigo Ao-oni?, hace mucho tiempo que no lo veo por aquí. Ya no viene a visitarme. Gracias a él, ahora soy muy feliz, pero nunca le di las gracias por el favor que me hizo. Debo ir a verlo ahora mismo». Y Aka-oni, el oni rojo, se puso en camino.

Trepa, que trepa, que trepa, escaló la alta montaña y se encaminó a casa del oni azul, pero cuando llegó allí, descubrió que aquel lugar estaba completamente desierto. Una espesa maleza cubría el jardín otrora lleno de preciosas flores. Todas las puertas y ventanas estaban cerradas a cal y canto.

Se acercó a la puerta principal y allí, clavado sobre la puerta principal, descubrió un sobre en el que, con pulcra caligrafía, estaba escrito: «Para mi amigo Aka-oni».

El oni rojo rasgó el sobre y leyó la carta:

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A medida que leía la carta, los ojos del oni rojo se iban llenando de lágrimas y, sin poder evitarlo, rompió a llorar desconsoladamente al recordar la desinteresada amistad del oni azul.

FIN

La familia feliz

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Ilustración: Yan’ Dargent

La mayor hoja verde que existe en la Tierra es, sin duda, la de la acedera. Si te la colocas en la barriga, te sirve de delantal, y en la cabeza, los días de lluvia, es casi tan práctica como un paraguas, ¡imagina lo grande que es!

Las acederas jamás crecen solas, ¡ni hablar! donde hay una, seguro que hay muchas más. Es una maravilla. Y toda esa maravilla, es pasto de los caracoles. De esos enormes caracoles blancos que las familias distinguidas de antaño se hacían cocinar en fricasé y se comían sin parar de decir: «Mmmmm, ¡délicieux!», convencidos de que tenían un sabor exquisito.

Bien, pues como decía, esos caracoles se alimentaban de acederas y, por ese motivo, se plantaban.

El caso es que había una vieja mansión donde ya no comían caracoles, porque se habían extinguido; no así las acederas, que crecían y crecían por sendas y bancales y de las que no había forma humana de deshacerse. Formaban un auténtico bosque; acá y allá asomaba un manzano o un ciruelo, pero, por lo demás, nadie habría podido suponer que aquello había sido alguna vez un jardín. Todo eran acederas; y allí, en medio de todas ellas, vivían los dos últimos y viejísimos caracoles.

Ni ellos mismos sabían la edad que tenían, aunque recordaban que habían sido muchos más, que procedían de una familia llegada de lejanas tierras, y que para ellos y los suyos habían plantado todo el bosque. Jamás habían salido de sus lindes, pero sabían que en el mundo había algo más, que llamaban «La Mansión», y que allá lo cocían a uno hasta que se ponía negro y lo servían en bandeja de plata. Lo que sucedía después, era un misterio. Por otra parte, no acertaban a imaginar qué era eso de ser cocido y servido en bandeja de plata, aunque no les cabía ni la menor duda de que sería algo fascinante y sumamente distinguido. Ni el abejorro, ni el sapo, ni la lombriz, a quienes habían interrogado, supieron darles razón, ya que a ninguno de ellos lo habían cocido ni servido en bandeja de plata.

Los viejos caracoles blancos eran los más ilustres del mundo, de eso sí estaban seguros. El bosque existía por ellos, y la mansión estaba allí para que ellos pudieran ser cocidos y servidos en bandeja de plata.

Vivían muy solos y muy felices y como no tenían hijos, habían adoptado a un caracolito ordinario, al que educaron como si fuera su propio hijo, pero no había forma de que el pequeño creciera, pues no dejaba de ser un caracol ordinario. No obstante, los ancianos…, bueno, en especial la mamá caracol, aseguraba que observaba cómo crecía y le había pedido al papá que, como no podía verlo, palpara al menos la cáscara. Así lo hizo él y afirmó que la madre tenía razón.

Un día, la lluvia cayó con fuerza.

—Escucha cómo tam-tamborilea en las acederas —dijo el padre caracol.

—¡Sí! Y las gotas caen hasta aquí —apuntó mamá caracol—. ¡Resbalan por el tallo! Ya verás cómo va a quedar todo esto. Menos mal que tenemos nuestra casa y que el pequeño también tiene la suya. No se puede dudar de que han hecho mucho más por nosotros que por cualquier otro ser vivo. ¡Salta a la vista que somos los reyes de la creación! Tenemos casa desde que nacemos y plantaron todo el bosque de acederas por nosotros. Me gustaría saber hasta dónde llega y qué hay más allá.

—¡No hay nada más allá! —dijo papá caracol—. Mejor que donde estamos no se puede estar en ningún sitio, ¡y yo no deseo nada más!

—Pues a mí —dijo la madre—, me gustaría ir a la mansión y que allí me cocieran y me sirvieran en bandeja de plata. Todos nuestros antepasados pasaron por eso, así que seguro que debe de ser algo excepcional.

—Tal vez la mansión se haya venido abajo —dijo papá caracol—. O tal vez la ha cubierto el bosque de acederas y la gente no puede salir. Por otra parte, no hay ninguna prisa, pero tú siempre vas acelerada y el niño ya está siguiendo tu ejemplo. En tres días ya se ha encaramado a lo alto de ese tallo, ¡me da vértigo solo de verlo ahí arriba!

—No lo regañes —repuso mamá caracol—. El chiquillo sube con cuidado y estoy segura de que nos dará muchas alegrías. Los viejos no tenemos más razones para vivir. ¿Has pensado alguna vez dónde podemos encontrarle esposa? ¿Crees que en este bosque de acederas vivirá alguien de nuestra especie?

—Caracoles negros creo que sí hay —dijo el anciano—. Babosas sin casa, pero son muy vulgares y, en cambio, se dan mucha importancia. Tal vez podríamos encargárselo a las hormigas, que siempre van de un lado a otro como si tuvieran muchas cosas que hacer. Es posible que sepan de alguna esposa para nuestro caracolillo.

—Conozco, en verdad, a la mejor de todas —afirmó una de las hormigas—, pero mucho me temo que no no hay nada que hacer, pues se trata de una reina.

—Eso no importa —contestaron los ancianos—. ¿Tiene casa?

—¡Tiene un palacio! —dijo la hormiga—. Un magnífico palacio hormiguero, con setecientos pasillos.

—Muchas gracias —dijo mamá caracol—, pero nuestro hijo no va a vivir en ningún hormiguero. Si eso es todo lo que podéis hacer, se lo encargaremos a los mosquitos blancos, que vuelan por todas partes, tanto si llueve como si hace sol, y se conocen el bosque de acederas de arriba abajo.

—¡Tenemos una esposa para él! —contestaron los mosquitos—. A cien pasos de hombre de aquí, sobre un agraz, hay una caracolita con casa. Está muy sola y en edad casadera. ¡Son solo cien pasos de hombre!

—¡Muy bien!, pues que venga —repusieron los ancianos—. ¡Él posee un bosque entero de acederas y ella un simple arbusto!

Y fueron a buscar a la señora caracolita. Tardó ocho días en llegar, pero eso precisamente fue lo bueno, en eso se notaba que era de su misma clase.

Y se celebró la boda. Seis luciérnagas alumbraron lo mejor que supieron, por lo demás, todo trascurrió sin alborotos, pues los viejos caracoles no soportaban las francachelas ni el bullicio. Mamá caracol, eso sí, pronunció un maravilloso discurso. Papá no fue capaz de hablar a causa de la emoción.

A los recién casados les dejaron en herencia todo el bosque de acederas, diciendo lo que siempre habían dicho: que era el mejor del mundo y que algún día, si vivían recta y honradamente y se multiplicaban, ellos y sus hijos entrarían en la mansión, donde los cocerían hasta dejarlos negros y los servirían en bandeja de plata.

Finalizado el discurso, los ancianos entraron en sus casas, de las cuales no volvieron a salir nunca más, pues se durmieron definitivamente.

La joven pareja de caracoles reinó en el bosque y tuvo una numerosa descendencia, pero jamás los cocieron y jamás los sirvieron en bandeja de plata, por lo que dedujeron que la mansión se había venido abajo y que todos los hombres del mundo se habían extinguido y, como nadie les llevó la contraria, la cosa debía de ser verdad. La lluvia tam-tamborilea para ellos sobre las hojas de acedera, para que pudieran escuchar música de tambor y el sol brillaba en su honor, para dar color al bosque de acederas. Y fueron muy felices y toda su familia fue también muy feliz. ¡Y tanto que lo fue!

FIN

Vardiello

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Ilustración: Cuentos para siempre

Tenía doña Grannonia de Aprano gran juicio, pero su hijo Vardiello era el más simplón de todo Nápoles. Pese a ello, y porque los ojos de una madre están encantados y trasvén, sentía la mujer por su retoño un amor tan grande, que todo se lo disculpaba siempre; continuamente lo amparaba y lo lisonjeaba como si fuera la criatura más perfecta del mundo.

Doña Grannonia tenía una gallina clueca que estaba incubando a sus polluelos y en ellos había puesto la buena mujer muchas esperanzas para sacar algún beneficio.

Un día, que tenía que ausentarse de casa para resolver diversos asuntos, llamó a su hijo y le dijo:

—Preciosura de mamá, escúchame bien, no pierdas de vista a la gallina, y si se levanta para picotear, la haces volver al nido sin tardanza, de lo contrario, los huevos se enfriarán y no darán pollitos.

—Déjamelo a mí —dijo Vardiello— que no hablas con un sordo.

—Otra cosa —añadió la madre señalando un bote— ni se te ocurra comer lo que hay en ese tarro, que es una cosa muy venenosa y estirarías la pata.

—¡Ni mirarlo! —respondió Vardiello— Bien has hecho en avisarme, pues, la verdad es que me parecieron nueces confitadas.

Se marchó la madre dejando a Vardiello solo, y él, que se aburría, se fue al huerto a hacer agujeros en el suelo. Estaba en lo mejor de la faena, cuando levantó la vista y vio que la gallina había abandonado su nido, por lo que se puso a gritar:

—¡Tita, tita, tita! ¡Vuelve al nido!

Pero la clueca ni caso y Vardiello, viendo que la gallina tenía cruce con borrico, la emprendió a zapatazos con ella. Después, le lanzó su gorra y, finalmente, un bastón, que la alcanzó de pleno y la dejó frita.

Vardiello, al ver tal desaguisado, pensó en remediar el daño y para que los huevos no se enfriasen, se bajó los pantalones y se sentó en del nido; pero calculó mal la distancia, cayó con demasiada fuerza e hizo una tortilla. Cuando vio la escabechina, pensó en estrellarse contra la pared, pero oyendo que el estómago le rugía, se decidió a desplumar la clueca, la espetó en un asador, encendió una gran hoguera y la asó. Cuando vio que estaba casi lista, para hacerlo todo como es debido, extendió un precioso mantel y tomó un jarro para bajar a la bodega a buscar un poco de vino.

Justo lo estaba escanciando, cuando oyó un guirigay por la casa y, espantado, vio que un gatazo se había apoderado de la clueca, incluido el espetón, y que otro gatazo lo perseguía, reclamando con fieros maullidos su parte. Vardiello se lanzó, cual león furioso, en persecución de los gatos y, con las prisas, dejó abierto el cañito del barrilejo.

Por fin, después de jugar a pillapilla por toda la casa, recuperó la gallina y volvió a la bodega, para descubrir que el barrilejo se había vaciado y, para no ser menos, también él se puso a vaciar el tonel de su alma por los cañitos de sus ojos.

Quiso, a continuación, enmendar este nuevo daño para que su madre no reparase en tanta catástrofe; cargó un costal llenísimo de harina y la esparció sobre lo mojado.

A pesar de ello, sacando cuentas con los dedos de las calamidades ocurridas y pensando que con tamañas burradas perdería el afecto de Doña Grannonia, tomó la valiente resolución de no dejarse hallar vivo por su madre. Agarró el tarro de nueces confitadas, el que la madre le dijera que era veneno, y no paró hasta dar con el fondo. Al acabar, con la barriga bien llena, se encerró en el horno.

En el ínterin regresó la madre y, después de un buen rato, viendo que nadie le abría la puerta, la abrió ella misma de una patada y entró, llamando a voces a su hijo. Como no obtenía respuesta, presintió una desgracia y, con redoblado afán, levantó la voz aún más:

—Vardiello, Vardiello, ¿te has quedado sordo que no me oyes? ¿Dónde te escondes, lerdo? ¿Dónde te has metido, mal hijo?

Vardiello, sin poder resistir más, con una vocecilla que inspiraba lástima, lloriqueó:

—Estoy dentro del horno, mamaíta, pero ya no me verás más.

—¿Por qué? —preguntó con desespero la pobre madre.

—Porque me he envenenado —replicó el hijo.

—¡Ay! — añadió doña doña Grannonia— ¿Qué motivo tenías? ¿Quién te ha dado el veneno?

Y Vardiello le contó todas las proezas que había llevado a cabo, por todo lo cual quería morir para no hacer más experimentos en el mundo.

Como la pobre mujer lo quería con locura, le quitó de la mollera el asunto de las nueces, convenciéndolo de que no eran veneno, sino medicina para el estómago. Así, una vez que lo calmó con buenas palabras y después de hacerle mil arrumacos, consiguió sacarlo del horno, y para entretenerlo, le entregó un bonito paño con el encargo de que lo fuese a vender, pero le advirtió de no tratar del negocio con personas de demasiadas palabras.

—Ahora he de servirte como es debido, ¡no lo dudes! —dijo Vardiello.

Y con el paño bajo el brazo, fue gritando por la ciudad:

—¡Vendo paño! ¡Paaaaañooooo!

Pero cuando le preguntaban:

—¿Qué clase de paño es?

Respondía:

—No vales, que hablas demasiado.

Y si le decían:

—¿A cuánto lo vendes?

Él salía con que eran charlatanes, que lo mareaban o que le habían roto los tímpanos con sus monsergas.

Por fin, divisó una estatua en el jardín de una casa, que estaba deshabitada por culpa de un duende, y extenuado de tanto dar vueltas, se sentó en un murete y preguntó a la figura:

—Dime, amigo, ¿vives en esta casa?

Viendo que no obtenía respuesta, le pareció hombre de pocas palabras y agregó:

—Si quieres comprar este paño, te lo vendo barato.

Y como la estatua seguía callada, añadió:

—Un hombre de pocas palabras, ¡justo el comprador que buscaba! Aquí te dejo el paño. Examínalo con calma y dame por él lo que creas justo. Mañana vendré a por el dinero.

Dejó el paño al pie de la estatua y se marchó.

No pasó mucho rato, cuando entró un hombre al jardín para hacer sus necesidades, halló el paño y se lo llevó consigo.

Llegó Vardiello a casa sin el paño y le contó a su madre lo ocurrido. A la pobre mujer poco le faltó para que le estallase el corazón:

—¿Cuándo sentarás la cabeza, majadero? ¡Mira la de malas pasadas que me has jugado! ¡Solo me faltaba esta!

Vardiello, por su parte, le decía:

—¡Calla, madre, que no será como piensas! Qué te crees, ¿que soy tonto y que no sé qué me hago?

Llegada la mañana, cuando las sombras de la Noche perseguidas por los esbirros del Sol abandonaban Nápoles, Vardiello se fue al jardín en el que estaba la estatua, y le dijo:

—Buen día, caballero, ¿puedes pagarme el paño?

Pero viendo que la estatua permanecía muda, se enfadó tanto, que agarró una piedra y se la lanzó con todas sus fuerzas a la cabeza. Cayó decapitada la estatua y dejó al descubierto una vasija llena de monedas de oro, que Vardiello se apresuró a llevar a su casa:

—¡Madre, madre!, ¡mira cuántos altramuces!

La madre, al ver las monedas y sabedora de que su hijo contaría la aventura a diestro y siniestro, le dijo que esperara en la puerta porque tenía que espantar un fantasma que se había colado en la casa.

Vardiello, que se lo tragaba todo, se sentó ante la puerta y, entretanto, la madre, desde la ventana de arriba, lanzó sobre él durante más de media hora pasas e higos secos, que él recogía gritando:

—¡Madre, madre, si sigue lloviendo así, nos hacemos ricos!

Cuando terminó de recoger, estaba tan cansado que se fue a dormir.

Días después, ocurrió que se peleaban dos vecinos, maleantes ambos, por un escudo de oro que habían encontrado en el suelo. Al verlos, Vardiello dijo:

—Vaya borricos que sois para discutir tanto por un altramuz. ¡Si ni siquiera se pueden comer! Lo sé porque yo encontré una olla repleta.

Los que estaban cerca, al escucharlo, le preguntaron dónde, cómo y cuándo había encontrado esos altramuces que no se podían comer. Y Vardiello respondió:

—Los encontré en un palacio, dentro de un hombre mudo. Fue el día de la lluvia de pasas e higos secos.

Como todos sabían lo simple que era, supusieron que aquello era fruto de su imaginación y se olvidaron del asunto.

Así, el buen juicio de la madre puso remedio a las burradas del hijo. Por eso podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que a piloto diestro, no hay mar siniestro.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Vardiello” con la voz de Angie Bello Albelda

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La mala suerte. La buena suerte

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Ilustración obtenida del libro Tao Te King

Esta historia ocurrió hace muchos siglos, al norte de la China, allí donde se construyó la Gran Muralla.

Para los habitantes de aquellas vastas regiones, tener un buen caballo era una de las mayores fortunas. Los usaban para cultivar la tierra, como medio de transporte y también para cargar las cosechas que llevaban al mercado para vender.

Allí, en una pequeña granja, habitaba un granjero, paciente y sabio, junto a su único hijo. Ambos vivían de lo que producían sus tierras, que araban con la ayuda de su rocín, un magnífico ejemplar de color bayo, fuerte y trabajador.

Una mañana, antes de que el sol saliera, el granjero se levantó para ir al mercado, pero cuando entró en el establo para aparejar al caballo, se encontró con que este había desaparecido. El buen hombre, sin saber si el animal había escapado o se lo habían robado, decidió cargar sobre su espalda las verduras y, andando, se marchó al mercado para venderlas.

Al llegar a la plaza, se dirigió hacia el lugar que tenía asignado y montó su tenderete, junto al de los otros granjeros, tal y como siempre hacía. Al verlo, sus compañeros le preguntaron extrañados:

—¿Dónde has dejado tu caballo? ¿Le ha pasado algo? ¿Está enfermo?

—No lo sé —respondió el granjero—, esta mañana, cuando fui a buscarlo, no estaba en el establo. Quizá ha escapado. Quizá me lo han robado. ¡Quién sabe!

Todo esto lo dijo sin pesar ni tristeza, con la misma expresión serena que tenía siempre y que lo caracterizaba.

No tardó en extenderse por todo el mercado la noticia de la desaparición del caballo del buen granjero. Todos lo compadecían por su desgracia.

—Pobre hombre, no se queja, pero ahora no podrá trabajar la tierra.

—Es cierto. No podrá cosechar ni vender en el mercado y él y su hijo se morirán de hambre.

—Parece que no le afecta, pero está claro que está destrozado, aunque quiera disimularlo.

Así comentaban entre ellos y acercándose a él le dijeron:

—Aunque sonríes como siempre, sabemos que estás destrozado y que perder tu caballo es una de las peores cosas que podían sucederte. ¡Qué mala suerte!

El granjero, sin dejar de sonreír, contestó:

—¿Quién sabe si esto que ha sucedido es mala suerte? Esperemos a ver qué pasa, porque nunca se puede saber por qué ocurren las cosas, ni tampoco que vendrá después.

Pasaron las semanas y cuando ya hacía más de un mes que el caballo del granjero había desaparecido, una mañana, al levantarse para ir a vender su cosecha, oyó relinchos que provenían del establo y, cuando entró, se encontró con que el animal había regresado a casa y que no venía solo; una magnífica yegua lo acompañaba.

Montó y se fue al mercado. Al verlo, los mismos aldeanos que tiempo atrás lo habían compadecido, le preguntaron qué había ocurrido y él les refirió la historia. Asombrados, lo felicitaban por su buena suerte:

—Tan preocupados que estábamos por tu desgracia y resulta que eres el hombre más afortunado de toda China. No solo has recuperado tu caballo, sino que ha regresado acompañado de una magnífica yegua y, sin duda, pronto tendrás potrillos. ¡Qué buena suerte!

Con la sonrisa que nunca lo abandonaba, el granjero contestó:

—¿Quién sabe si esto que ha sucedido es buena suerte? Esperemos a ver qué pasa, porque nunca se puede saber por qué ocurren las cosas, ni tampoco que vendrá después.

Regresó el granjero a casa y allí se encontró que su hijo había sufrido un accidente. Había intentado arar el campo con la yegua, pero esta se había resistido y había golpeado al muchacho. Lo había lanzado con tanta fuerza contra el suelo, que el pobre chico se había roto una pierna.

—¡Ay, padre! Esta yegua es muy asustadiza y no se deja domar. Me ha empujado, con tal mala fortuna, que me he caído y me he roto la pierna. ¿Cómo podré ayudarte ahora? ¡Qué mala suerte!

El granjero, sin dejar de sonreír, le dijo a su hijo:

—¿Quién sabe si esto que ha sucedido es mala suerte? Esperemos a ver qué pasa, porque nunca se puede saber por qué ocurren las cosas, ni tampoco que vendrá después.

No había pasado ni una semana, cuando vientos de guerra llegaron al pueblo. El ejército del emperador recorría todo el territorio para llevarse a los jóvenes en edad de luchar. Al llegar al pueblo, todos los chicos fueron reclutados, excepto el hijo del granjero, que al tener la pierna rota no podía montar.

Los habitantes del pueblo al conocer la noticia, corrieron a felicitarlo:

—Al menos tu hijo se ha librado de ir a la guerra y no morirá en ella. Podrá casarse, tener hijos y se hará cargo de ti cuando envejezcas ¡Qué buena suerte!

Con la misma sonrisa de siempre pintada en su cara, el granjero contestó:

—¿Quién sabe si esto que ha sucedido es buena suerte? Esperemos a ver qué pasa, porque nunca se puede saber por qué ocurren las cosas, ni tampoco que vendrá después.

***

La buena y la mala suerte
nunca se puede saber;
lo que puede parecer
sin darte cuenta se invierte.
Lo malo se reconvierte
en el mejor suceder;
y sin más, o sin querer
entre riqueza has de verte.
Viendo qué pasa o no pasa
vivir es expectativa
de un éxito que fracasa,
y estés abajo o arriba
sonríe como payasa…
lo importante: es estar viva.
Julie Sopetrán

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “La mala suerte. La buena suerte” con la voz de Angie Bello Albelda

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