Cuento clásico

Yorinda y Yoringuel

Ilustración: Sulamith Wülfing

Érase una vez un viejo castillo que se levantaba en lo más fragoso de un vasto y espeso bosque. Lo habitaba una vieja bruja, que vivía completamente sola. De día, tomaba la figura de un gato o de una lechuza, y al llegar la noche recuperaba de nuevo su forma humana. Poseía la virtud de atraer a toda clase de aves y animales silvestres, de los que se alimentaba. Todo aquel que se acercaba a cien pasos del castillo quedaba detenido, sin poder moverse del lugar hasta que ella se lo permitía; y siempre que entraba en aquel estrecho círculo una muchacha, la vieja la transformaba en pájaro la colocaba en una jaula y la encerraba en un aposento del castillo. Tendría, quizás, unas siete mil jaulas de esa clase.

Vivía también por aquel entonces una muchacha llamada Yorinda, más hermosa que ninguna. Estaba prometida con un doncel, muy apuesto también, cuyo nombre era Yoringuel. Ambos se querían mucho y lo que más les gustaba en el mundo era estar juntos. Un día, para poder hablar sin que nadie los molestara, se fueron a pasear por el bosque.

—¡Debemos ser cuidadosos —dijo Yoringuel— y no acercarnos demasiado al castillo!

Era un bello atardecer; el sol brillaba entre las ramas de los árboles, bañando con su luz el verde de la floresta y una tórtola cantaba su lamento desde lo alto de una añosa haya.

De pronto, a Yorinda se le llenaron los ojos de lágrimas; se sentó al sol, y se echó a llorar; y también lloraba Yoringuel. Los dos se sentían aquejados de una extraña angustia, como si presintieran la proximidad de la muerte. Miraban a su alrededor, desconcertados, y no sabían cómo volver a casa. El sol se ocultaba; solo la mitad de su disco sobresalía tras la cima de la montaña cuando Yoringuel, al dirigir la mirada a través de la maleza, descubrió, a muy poca distancia, el viejo muro del castillo. Aterrorizado, sintió una angustia de muerte, mientras, Yorinda cantaba:

Mi pajarillo de rojo anillo

canta tristeza, tristeza, tristeza,

canta la muerte de tu paloma,

canta tristeza, ¡tri, tri, tri…!

Yoringuel se volvió a mirar a Yorinda. La doncella se había transformado en un ruiseñor y cantaba:

—¡Tri, tri, tri…!

Una lechuza de ojos ardientes sobrevoló tres veces sus cabezas gritando:

—¡Uh, uh, uh!

Yoringuel no podía moverse; se sentía como petrificado, sin poder llorar, ni hablar; sin poder mover manos ni pies.

El sol se ocultó por completo tras las colinas, la lechuza se posó en un arbusto y, acto seguido, de entre el follaje, apareció una vieja encorvado, flaca y macilenta, de grandes ojos encarnados y corva nariz que casi tocaba su puntiaguda barbilla. Refunfuñando, atrapó entre sus manos al ruiseñor y se lo llevó.

Yoringuel seguía inmóvil, sin poder hacer nada. Al cabo de un rato, la bruja regresó y, con voz sorda, pronunció su conjuro:

—¡Hola, Zaquiel! Cuando brille la lunita en su cestita, desata, Zaquiel, en buena hora.

Yoringuel quedó desencantado. Se postró a los pies de la vieja y le suplicó, llorando, que le devolviese a su Yorinda. Pero ella le respondió que jamás volvería a verla, y desapareció.

El muchacho gimió, clamó, se lamentó, pero todo fue en vano. «¿Qué será de mí sin Yorinda?», se decía.

Anduvo a la ventura, y, al fin, llegó a un pueblo desconocido, en el que residió durante largo tiempo, trabajando como pastor de ovejas. Con frecuencia, iba a pasear por los alrededores del castillo, pensando en cómo podría salvar a su amada, pero sin atreverse nunca a acercarse demasiado.

Una noche, soñó que encontraba una flor roja como la sangre, en cuyo centro había una hermosa perla de gran tamaño. Arrancaba la flor y se dirigía con ella al castillo; todo lo que tocaba con la flor, quedaba al instante desencantado y, al fin, gracias a la magia de la flor, volvía a reunirse con su querida Yorinda y juntos vencían a la bruja.

Al levantarse por la mañana, se puso a buscar, por montes y valles, la flor soñada, hasta que, al llegar la madrugada del día noveno, la encontró. Tenía en el centro una gota de rocío, grande y hermosa como una perla. La cortó y con ella en la mano se dirigió al castillo; cuando llegó a cien pasos de él no se quedó petrificado, sino que pudo continuar hasta la puerta. Esperanzado, tocó con la flor el portón y este se abrió bruscamente. Atravesó el patio, agudizando el oído para localizar el aposento de las aves, y, al fin, oyó su trino. Al entrar en la estancia, se topó con la bruja, que estaba dando de comer a los pájaros encerrados en las siete mil jaulas.

Cuando la vieja vio a Yoringuel, se encolerizó terriblemente. Lo increpó, escupiendo bilis y veneno por su boca; pero no podía acercarse a él a más de dos pasos.

El muchacho, sin hacerle caso, se dirigió hacia las jaulas que contenían los pájaros; pero, entre tantos ruiseñores, ¿cómo reconocería a su amada Yorinda?

Mientras buscaba, observó que la vieja descolgaba con disimulo una de las jaulas y, con ella, se encaminaba hacia la puerta. Se precipitó sobre la bruja y tocó la jaula con la flor. Su amada reapareció, tan hermosa como antes y lo abrazó. Yorinda tomó entonces la flor y con los pétalos rozó la mano de la hechicera, la cual perdió su poder de brujería para siempre. Acto seguido, liberó a sus compañeras de cautiverio, transformadas, como ella, en aves.

Los dos enamorados regresaron a su casa, donde vivieron el resto de sus días juntos y llenos de felicidad.

FIN

El tesoro oculto

Ilustración: cartonus

Había una vez un hombre que después de un largo viaje llegó a una aldea y en ella se instaló junto a su mujer. En aquel lugar eran unos extraños, no se relacionaban con nadie, y nadie trataba con ellos. Hablaban un idioma extranjero que nadie comprendía, ni quería comprender.

Un día, el extranjero se encontró una bolsa que contenía brillantes. Aunque no sabía a ciencia cierta lo que valía su hallazgo, no estaba dispuesto a desprenderse de aquellas preciosas piedras.

—Brillan mucho —se dijo el hombre —, seguramente he hallado una fortuna.

El extranjero sabía que podía ser muy peligroso vivir entre gente desconocida poseyendo lo que él creía que era un tesoro. Estaba seguro de que si los habitantes de la aldea se enteraban de que había hallado aquella bolsa, asaltarían su casa y, después de forzar la entrada, le arrebatarían las piedras, junto con su vida y la de su esposa. Era preciso, pues, ocultar aquello y no contar a nadie su feliz hallazgo. Ni siquiera a su propia mujer.

De regreso a su casa, enterró la bolsa en el jardín y para no olvidarse del lugar, colocó una gran piedra encima como señal, para que, en tiempos mejores, cuando ya no debiese temer la envidia y el odio de sus vecinos, supiera dónde buscar su preciado tesoro, el cual podría entonces brillar libremente a la luz del sol.

Poco después, la esposa del extranjero vio la piedra. No podía tolerar que esta ocupase inútilmente una parte del jardín, puesto que entorpecía el paso y podían tropezar con ella. No pudiendo mover ella sola la pesada piedra, llamó a su marido para que la ayudara.

Este quedó aterrado.

—¡Ni se te ocurra! —exclamó—. No toques esa piedra.

—¿Por qué?

—Es una piedra propicia.

—¡Pero si no es más que una simple piedra!

—Eso te parece a ti. Pero la verdad es que esta piedra posee un enorme poder; algún día nos traerá fortuna y bienestar. ¡Ya lo verás!

La mujer se admiró de aquello y como no sabía con certeza si el marido le hablaba en serio o no, lo miró fijamente y vio que sus ojos permanecían serios, severos casi, y no reflejaban indicios de burla, así que no dudó de su palabra. Le pareció buena idea creer en algo, sobre todo si ese algo era augurio de buena suerte y de un futuro mejor. Además, tampoco tenía mucho tiempo para reflexionar en todo aquello, puesto que era necesario cultivar la huerta, ordeñar las vacas, recoger los huevos… Dio por bueno lo que le decía su marido y retomó sus faenas.

Al día siguiente, el marido observó que en el jardín no había una, sino dos piedras.

—¿Qué es esto? ¿Quién ha puesto la otra piedra? —preguntó asombrado.

Sonrió la joven esposa; había dormido mal aquella noche, era tan extraño el brillo de la luna a través de la ventana… Su corazón sentía tanta angustia, tanta nostalgia de su lejana tierra… Tenía miedo del porvenir, pero no quería despertar a su compañero para contárselo. Se levantó sigilosamente de la cama, se dirigió al exterior y colocó otra piedra en el jardín. Hacer eso la tranquilizó.

—He sido yo —contestó sonriendo—, así será doble su eficacia.

¿Qué iba a hacer el extranjero? ¿Cómo podía decirle a su esposa que aquello era una tontería si ella lo miraba sonriendo dulcemente y lo abrazaba feliz? Le dio un beso y no volvieron a hablar del asunto.

La joven mujer lo pasaba muy mal en aquella tierra extranjera, rodeada de gente que no la entendía ni la quería. Por eso, cada vez que quería sentirse un poco mejor, ponía otra piedra en el jardín…

La pareja tuvo hijos y estos, sin preguntar el porqué, imitaban a su madre. La mujer colocaba piedras grandes; los hijos piedras pequeñas y el montón de piedras iba aumentando a medida que la nueva generación crecía.

Llegó un día en el que los hijos se hicieron adultos y la mayor empezó a reflexionar sobre aquello, hasta que al fin preguntó:

—Madre, ¿qué significan estas piedras?

—Las piedras —respondió la madre, orgullosa de su saber— nos son propicias.

—¿Por qué? —insistió la muchacha. ¿Y qué quiere decir ‘propicio’?

Esto no lo sabía la madre.

—Pregúntaselo a tu padre —le contestó.

Y el padre le reveló a su hija el secreto del tesoro escondido. Y así sucedió con una larga serie de generaciones, una transmitía a la otra el arcano. De cada generación, tan solo una persona conocía el secreto de los brillantes enterrados; los demás creían, simplemente, que las piedras traían suerte y que cuantas más hubiera amontonadas, más suerte tendrían, así que seguían añadiendo piedras y más piedras al montón.

Los vecinos contemplaban el espectáculo, llenos de admiración. Algunos se burlaban; otros, en cambio, respetaron aquella antigua costumbre extranjera, que ya lo era cuando ellos habían llegado al mundo. Más de uno pensaba que ese hábito debía datar de la época en la que los ángeles descendían del cielo por escaleras, a la vista de los hombres. Algunos vecinos, deseosos de mostrar su amistad a la familia, recogían piedras y las amontonaban también.

En el seno de la familia el hecho de colocar las piedras se convirtió en costumbre, en tradición, en culto.

Algunos jóvenes protestaban por tener que poner piedras y los viejos, irritados, los amenazaban con sus decrépitos puños:

—Tal como lo hicieron nuestros abuelos, así lo haremos nosotros… Nuestros antepasados eran sabios, y si ellos colocaban piedras, es señal de que así se debe hacer. No podemos modificar aquello que no comprendemos. ¡Estas piedras son sagradas!

Y hablaban y hablaban de los cimientos de la cultura, de las costumbres y de lo que venía de lejos, «desde que el mundo es mundo».

Muchos jóvenes, cansados, acababan por marcharse de la casa paterna para ir a buscar trabajo lejos porque la vida en su propia casa se hizo insoportable. El montón de piedras crecía diariamente, se desparramaba, y cada vez estaba más cerca de la puerta. Con el tiempo, las sagradas piedras obstruyeron las puertas y las ventanas.

—No importa —dijeron los ancianos.

Y colocaron una escalera para entrar por la chimenea y en aquella casa les llegó a faltar el aire. Hubo también escasez de víveres porque era imposible cultivar la tierra: todo el terreno estaba ocupado por las piedras…

Y por qué callaba el que conocía el secreto del tesoro enterrado, os preguntaréis…

El problema fue que, con el paso del tiempo, la bolsa de brillantes había sido olvidada por completo. Ya fuera porque el que conocía el secreto había muerto sin transmitirlo o porque alguien no quiso creer la historia que le contaban o porque alguien no quiso engañar a su hijo con lo que creyó que era un cuento… Lo cierto es que los brillantes cayeron en olvido y ahora, jóvenes y viejos aún se siguen peleando por unas simples piedras…

FIN

El clavo

Ilustración: shanyar

Un mercader había realizado buenos negocios en la feria. Había vendido todas sus mercancías y regresaba con la bolsa bien repleta de oro y plata. Como quería estar en casa antes de que anocheciera, metió el dinero en su valija, la ató en la parte de atrás de su silla de montar y se puso en camino, cabalgando sobre su caballo.

A mediodía se detuvo a descansar en una ciudad y dejó el caballo en el establo. Ya se disponía a continuar su ruta, cuando el mozo de la posada, al devolverle el caballo, le dijo:

—Señor, en el casco izquierdo de detrás falta un clavo en la herradura. Descansad diez minutos más, que yo llevaré el caballo al herrero para que ponga un clavo nuevo.

—No importa —respondió el comerciante—. La herradura aguantará bien sin ese clavo las seis horas que me quedan de viaje. Tengo prisa. Quiero llegar a casa antes de que anochezca.

Por la tarde, el comerciante paró en otra posada; tras otro descanso y tras pedirle al posadero que le diera pienso al animal, este le dijo:

—Señor, vuestro caballo ha perdido la herradura del casco izquierdo de atrás. ¿Queréis que lo lleve al herrero? Le pondrá una nueva herradura en media hora.

—No, déjalo —respondió el mercader—. El animal aguantará sin herradura el par de horas que quedan hasta casa. Llevo mucha prisa. Se hace tarde y quiero llegar a casa antes de que se ponga el sol.

Y continuó su camino.

Mas, al poco rato, el caballo empezó a cojear, luego a tropezar continuamente y, por fin, se cayó y se rompió una pata. El comerciante no tuvo más remedio que abandonarlo en medio del camino, cargar con la valija y recorrer a pie el resto del trayecto. Llegó a su casa cansado, sin caballo y de muy mal humor.

—Quería llegar a casa antes de que anocheciera y ya es noche cerrada… ¡Y de esto ha tenido la culpa un maldito clavo!

Si quieres llegar pronto a tu destino, apresúrate, pero con calma.

FIN

Pulgarcito

Ilustración: Carl Offterdinger

Érase una vez un leñador y una leñadora que tenían siete hijos, todos varones. El mayor tenía diez años y el menor siete. Quizá os parezca sorprendente que tuvieran tantos hijos en tan poco tiempo; pero es que todos, excepto el menor, habían llegado a pares. La familia era muy pobre y siete hijos eran una pesada carga, ya que todos comían y ninguno trabajaba. Además el pequeño era algo delicado y casi no hablaba. Era tan chiquitín, que al nacer no era más grande que un dedo pulgar y, por ese motivo, lo llamaron Pulgarcito. En la casa siempre le echaban la culpa de todo y, sin embargo, era el más listo de todos y aunque hablaba poco, escuchaba mucho.

Llegó un año de tanta hambruna, que la pobre pareja ya no sabía qué hacer. Una noche, cuando ya los niños dormían, el leñador, sentado con su mujer junto al fuego, dijo:

—Ya no podemos alimentar a nuestros hijos y no quiero verlos morir de hambre. He decidido que mañana los abandonaremos a su suerte en el bosque.

—¡No serás capaz! —exclamó la leñadora.

La pobre madre no quería ni oír hablar de abandonarlos, pero al pensar que aún sería más triste verlos morir de hambre, aceptó y se acostó llorando.

Pulgarcito, escondido debajo del taburete de su padre, había oído toda la conversación sin ser visto. Cuando se quedó solo, volvió a la cama, pero no podía conciliar el sueño dando vueltas a lo que había oído y se le ocurrió una idea… Se levantó, fue a la orilla del río, donde se llenó los bolsillos con guijarros blancos, y en seguida regresó a casa.

A la mañana siguiente, la familia partió. Pulgarcito nada dijo a sus hermanos de lo que sabía. Se internaron en el bosque, tan espeso que a diez pasos de distancia no se veían unos a otros. El matrimonio se puso a cortar leña y los niños a recoger astillas. El padre y la madre, al verlos ocupados, aprovecharon para alejarse de ellos sigilosamente y luego echaron a correr.

Cuando los niños vieron que estaban solos, se pusieron a llorar a mares. Pulgarcito nada decía; sabía muy bien por dónde regresarían a casa. En el trayecto de ida, había ido dejando caer, a lo largo del camino, las piedrecitas blancas que llevaba en los bolsillos:

—No tengáis miedo, hermanos; yo os guiaré de vuelta a casa —dijo—. ¡Seguidme!

Fueron tras él y al poco estaban en casa. Al principio, no se atrevían a entrar, y se pusieron a escuchar tras la puerta la conversación de sus padres:

—¡Ay!, ¿qué será de nuestros pobres hijos? ¿Qué estarán haciendo en el bosque? ¡Ay!, ¡ay!, ¡ay!, ¡quizás los lobos ya se los han comido! ¿Dónde estarán ahora?

Los niños, agolpados tras la puerta, se pusieron a gritar al unísono:

—¡Estamos aquí!, ¡estamos aquí!

Los padres abrieron la puerta y los abrazaron y los besaron:

Se sentaron a la mesa y se repartieron la poca comida que tenían mientras los niños contaban el miedo que habían pasado al creerse perdidos en el bosque.

Poco duró la alegría de los padres, el hambre y la preocupación los obligó, de nuevo, a pensar en abandonar en el bosque a sus hijos. Pero esta vez, para no fracasar, se internarían en el bosque mucho más que la primera vez.

Pulgarcito, escondido bajo el taburete, oyó los nuevos planes de sus padres y pensó en hacer lo mismo que en la ocasión anterior. Sin embargo, al levantarse de madrugada para ir a recoger los guijarros, no pudo salir, pues encontró la puerta cerrada con llave. No sabía qué hacer.

A la mañana siguiente, la leñadora dio a cada uno un pedazo de pan para desayunar y a Pulgarcito se le ocurrió que podía guardar su mendrugo en el bolsillo y utilizarlo en lugar de los guijarros. Dejaría caer miguitas de pan a lo largo del recorrido y, de ese modo, podría encontrar el camino de regreso.

Después de mucho andar, llegaron al lugar más lóbrego y alejado del bosque y allí, los leñadores abandonaron a los niños.

Pulgarcito no se preocupó, porque creía que podría encontrar la senda gracias a las miguitas de pan que había ido dejando caer durante el camino, pero cuando quiso volver, cuál no sería su sorpresa al comprobar que no había ni una sola miguita; ¡los pájaros se las habían comido!

Empezaron entonces a caminar, pero cuanto más andaban, más se extraviaban en el bosque. Cayó la noche. Por todas partes creían oír los aullidos de los lobos, acercándose para comérselos. Una lluvia torrencial los caló hasta los huesos. Muertos de hambre y frío, no sabían qué hacer.

Pulgarcito trepó a un árbol para ver si descubría algo y divisó una lejana lucecita. Después de caminar un rato, llegaron a una casa iluminada. Golpearon la puerta; una mujer abrió y les preguntó qué querían. Pulgarcito le contó que se habían extraviado en el bosque y que necesitaban cobijo. La mujer les dijo:

—Este lugar es peor que el bosque. Esta es la casa de un ogro come niños.

—-¿Y qué podemos hacer? —-respondió Pulgarcito—. También los lobos, con toda seguridad, nos comerán esta noche si no nos da cobijo en su casa, así que preferimos que sea el ogro quien nos coma; quizás se compadecerá de nosotros, si usted se lo pide.

La mujer del ogro creyó poder esconder a los niños de su marido hasta la mañana siguiente. Los dejó entrar y los llevó a calentarse a la orilla de la chimenea, en la que se asaba un cordero entero para la cena del ogro.

Al poco, se oyeron fuertes golpes en la puerta: era el ogro que regresaba de su cacería. En el acto, la mujer ocultó a los niños debajo de la cama y abrió la puerta. El ogro entró y se sentó a la mesa sin dejar de olfatear a derecha e izquierda:

—Huelo carne fresca…

—Tiene que ser —le dijo su mujer—, el ternero que estoy asando.

—No es el ternero. Huelo carne fresca… —repitió el ogro, observando de reojo a su mujer—. Aquí hay algo que no comprendo…

Y al decir estas palabras, se levantó de la mesa y fue derecho a mirar bajo la cama.

—¡Ahhhh! —rugió el ogro a su mujer—. Si me vuelves a engañar, te comeré a ti también.

Y sacó de un tirón a los niños de debajo de la cama; uno tras otro.

Los pobres se arrodillaron pidiendo clemencia, pero estaban ante el más cruel de los ogros come niños, el cual, lejos de sentir compasión, los devoraba ya con los ojos.

Cogió un enorme cuchillo y mientras lo afilaba, se acercaba a los infelices niños. Ya había cogido a uno de ellos cuando su mujer exclamó:

—Es muy tarde, ¿no es mejor esperar a mañana por la mañana?

—¡Cállate! —repuso el ogro.

—Pero todavía queda mucha comida —replicó la mujer—Hay un ternero asándose y aún queda la mitad de un puerco de ayer. Si los matas ahora, mañana no tendrás carne fresca.

—Tienes razón —aceptó el ogro—. Dales bien de cenar para que engorden y luego que se acuesten.

Este ogro tenía siete hijas ogresas que, como su padre, se alimentaban de carne fresca. Aún no eran malvadas del todo, pero prometían serlo, pues ya mordían a los niños que encontraban perdidos en el bosque.

Las siete estaban durmiendo en una gran cama, cada una con una corona de oro en la cabeza. En el mismo cuarto había otra cama del mismo tamaño y en ella la mujer del ogro puso a dormir a los siete niños.

A Pulgarcito, que no podía dormir porque temía que el ogro se arrepintiera de no habérselos comido esa misma noche, se le ocurrió una idea. Cuando todos dormían, se levantó e intercambió los gorros de sus hermanos y el suyo por las coronas de oro que las ogresas llevaban en la cabeza. Si el ogro entraba a oscuras, tomaría a sus hijas por los muchachos y se las comería a ellas.

La cosa resultó tal como había pensado. El ogro se despertó con hambre a medianoche, arrepentido de haber dejado para el día siguiente el trabajo, se levantó y cogió su enorme cuchillo. Subió al cuarto y se acercó a la cama donde estaban los muchachos; todos dormían, menos Pulgarcito, que tuvo mucho miedo cuando sintió la mano del ogro que tocaba su cabeza, tal y como había hecho antes con las de sus hermanos. Al notar el tacto de las coronas, el ogro se dirigió a la cama de las niñas, que llevaban los gorros y exclamó:

—¡Ajá!,¡aquí están estos tiernos niños!

Y diciendo estas palabras, clavó el enorme cuchillo en sus hijas las ogresas. Satisfecho, volvió a acostarse junto a su mujer.

Apenas Pulgarcito oyó los ronquidos del ogro, despertó a sus hermanos y les ordenó que lo siguieran. Corrieron durante toda la noche sin saber adónde se dirigían.

Al despertarse, el ogro ordenó a su mujer:

—¡Guísame a los niños!

La mujer, sin sospechar nada, subió a buscarlos y cuál no sería su disgusto al ver a sus siete hijas muertas y a los niños desaparecidos. Loca por el disgusto, empezó a llorar y a lamentarse. El ogro, al oír los gritos, subió para ver qué ocurría y su disgusto no fue menor que el de su mujer al ver lo ocurrido. Fuera de sí, exclamó:

—¡Esos desagraciados me las pagarán!

Y calzándose sus botas de siete leguas, se puso en camino.

Los niños estaban a solo cien pasos de la casa de sus padres cuando vieron como el ogro se acercaba a toda velocidad a ellos atravesando sin esfuerzo montañas y ríos.

Pulgarcito descubrió una roca hueca y todos se metieron dentro, pero sin perder de vista al ogro. Éste, agotado de tanto caminar (las botas de siete leguas cansan muchísimo), quiso reposar y, por casualidad, se fue a sentar sobre la roca donde estaban escondidos los niños y allí se durmió.

Pulgarcito les dijo a sus hermanos que huyeran deprisa y que no se preocuparan por él. Todos obedecieron y partieron raudos a casa y él se acercó al ogro con cautela, le sacó suavemente las botas de siete leguas y se las calzó él. Como las botas eran mágicas, tenían el don de adaptarse al tamaño de quien las calzara, de modo que se le ajustaron como si hubiesen sido hechas a su medida. Partió derecho a casa del ogro donde estaba la mujer.

—Su marido —le dijo Pulgarcito— está en grave peligro; ha sido capturado por una banda de malhechores que han jurado matarlo si no les da oro y dinero. En el momento de apresarlo, me vio y me pidió que me calzara sus botas para venir a avisarla de que me entregue todas las riquezas que tenga, sin guardar nada, porque de otro modo lo matarán sin misericordia.

La mujer, asustadísima, le dio en el acto todos los tesoros. Pulgarcito, cargado con ellos, volvió a casa de sus padres, donde fue recibido con la mayor alegría.

FIN

Cómo a la ballena se le formó la garganta

Ilustración: martabeceiro

Me informaron de que hace mucho tiempo, mis queridos niños, vivió una ballena en el mar que comía peces. Comía lubinas y pescadillas, salmones y esturiones, cangrejos y abadejos, a los meros y a sus compañeros, comía jureles y verdeles y hasta a la retorcida y escurridiza anguila en verdad se comía. A todos los peces que en el mar podía encontrar se los zampaba de un solo bocado: ¡así! Hasta que al fin solo quedó en el mar un pececillo. Era un pececillo astuto, que nadaba un poco por detrás de la oreja derecha de la ballena para no correr peligro.

Cuando ya no quedaba pez que comer, la ballena se irguió sobre su cola y dijo:

—¡Tengo hambre!

El astuto pececillo, con su débil y astuta vocecilla, le contestó:

—Noble y generoso cetáceo, ¿has comido hombre alguna vez?

—No —respondió la ballena—. ¿A qué sabe?

—Está rico —dijo el pececito astuto—, aunque es algo correoso.

—Entonces tráeme algunos —dijo la ballena, mientras daba coletazos que levantaban montañas de espuma.

—Con uno en cada comida es suficiente —-dijo el pez astuto—. Si nadas hasta la latitud cincuenta norte y la longitud cuarenta oeste (esa es una coordenada mágica) encontrarás, sentado sobre una balsa, en medio del mar, vistiendo solo unos pantalones de lona azul, unos tirantes (debéis recordar especialmente los tirantes) y una navaja, a un marinero náufrago. Pero es de justicia que te prevenga: es hombre de sagacidad y recursos infinitos.

La ballena nadó y nadó, tan deprisa como pudo, hasta la latitud cincuenta norte y longitud cuarenta oeste, y sobre una balsa, en medio del mar, vistiendo solo unos pantalones de lona azul, unos tirantes (debéis recordar especialmente los tirantes) y una navaja, vio a un marinero solo, náufrago y solitario que, con los dedos de los pies, iba haciendo surcos en el agua. (Su madre le había dado permiso para ir a remar, de otro modo, no lo habría hecho jamás, porque era un hombre de sagacidad y recursos infinitos).

Entonces la ballena abrió su enorme boca más y más, hasta casi tocar con ella la cola, y se tragó al marinero náufrago, y la balsa sobre la que estaba sentado, los pantalones de lona azul, los tirantes (que no debéis olvidar) y la navaja. Se lo tragó todo y lo guardó en su despensa interior, cálida y oscura, luego se relamió los labios: así, y dio tres vueltas sobre la cola.

Pero en cuanto el marinero, que era hombre de sagacidad y recursos infinitos, se encontró en la despensa interior, cálida y oscura, de la ballena, pisoteó y saltó, aporreó y taconeó, brincó y danzó, golpeó y retumbó, topó y mordisqueó, saltó y se arrastró, merodeó y aulló, saltó a la pata coja y se cayó y gateó y suspiró y bailó danzas marineras donde no debía, y la ballena se sintió muy mal de verdad (¿habéis olvidado los tirantes?).

Así pues, la ballena preguntó al pez astuto:

—Este hombre es muy correoso y además me está dando hipo. ¿Qué hago?

—Dile que salga —contestó el pez astuto.

Entonces la ballena, habló al marinero náufrago dirigiendo la voz garganta abajo hacia sus entrañas:

—Sal de ahí y compórtate. Tengo hipo.

—¡Nanay! —replicó el marinero—. De eso nada, sino todo lo contrario. Llévame a mi tierra natal, a los blancos acantilados de Albión, y luego me lo pensaré.

Dicho esto, empezó a bailar más que antes.

—Harías bien en llevarlo a casa —le dijo el pez astuto a la ballena—. Ya te advertí de que es hombre de sagacidad y recursos infinitos.

Así que la ballena nadó, nadó y nadó, con las dos aletas y la cola, con toda la fuerza que le permitía el hipo y, al fin, avistó los blancos acantilados de Albión y la tierra natal del marinero. Se lanzó en medio de la playa, abrió, abrió y abrió la boca y dijo:

—Transbordo para Winchester, Ashuelot, Nashua, Keene y estaciones de Fitchburg Road.

En cuanto dijo «Fitch», el marinero salió andando de su boca. Pero mientras la ballena había estado nadando, el marinero, que era, en verdad, una persona de sagacidad y recursos infinitos, había cogido la navaja y había cortado la balsa, convirtiéndola en una reja cuadrada y la había atado firmemente con los tirantes (¡ahora ya sabéis por qué no teníais que olvidaros de los tirantes!) y la arrastró y la empotró con firmeza en la garganta de la ballena y ¡allí la dejó! Entonces le recitó un sloka, que, como seguramente no sabes, te lo escribo a continuación:

Por medio de un enrejado,

tu voracidad he limitado.

Salió, pisó los guijarros de la playa y se fue a casa con su madre, que le había dado permiso para meter las puntas de los pies en el agua y hacer surcos en ella, luego se casó y vivió feliz desde entonces. Lo mismo le sucedió a la ballena. Pero, desde aquel día, el enrejado de la garganta, que no pudo expulsar tosiendo ni tragar, solo le permitió comer peces pequeñísimos, y ese es el motivo por el cual hoy en día las ballenas no comen niños ni niñas, ni hombres ni mujeres.

El pequeño pez astuto, que tenía miedo de que l ballena estuviera enfada con él, fue a esconderse en el barro del fondo del ecuador.

El marinero se llevó a casa la navaja. Cuando salió y se puso a caminar por los guijarros de la playa, llevaba puestos los pantalones de lona azul. Los tirantes, como sabéis, los dejó sujetando la reja. Y este es el fin de esta historia.

FIN

La invernada de los animales

La invernada de los animales

Un toro que pasaba por un bosque se encontró con un cordero.

—¿Adónde vas, Cordero? —le preguntó.

—Busco un refugio para resguardarme del frío en el invierno que se aproxima —contestó el cordero.

—Pues vamos juntos en su busca.

Continuaron andando los dos y se encontraron con un cerdo.

—¿Adónde vas, Cerdo? —preguntó el toro.

—Busco un refugio para el crudo invierno —contestó el cerdo.

—Pues ven con nosotros.

Siguieron andando los tres y a poco se les acercó un ganso.

—¿Adónde vas, Ganso? —le preguntó el toro.

—Voy buscando un refugio para el invierno —contestó el ganso.

—Pues síguenos.

Y el ganso continuó con ellos.

Anduvieron un ratito y tropezaron con un gallo.

—¿Adónde vas, Gallo? —le preguntó el toro.

—Busco un refugio para invernar —contestó el gallo.

—Pues todos buscamos lo mismo. Síguenos —repuso el toro.

Y juntos los cinco siguieron el camino, hablando entre sí.

—¿Qué haremos? El invierno está empezando y ya se sienten los primeros fríos. ¿Dónde encontraremos un albergue para todos?

Entonces el toro les propuso:

—Mi parecer es que hay que construir una cabaña, porque si no es seguro que nos helaremos en la primera noche fría. Si trabajamos todos juntos, pronto la veremos hecha.

Pero el cordero repuso:

—Yo tengo un abrigo muy calentito. ¡Mirad qué lana! Podré invernar sin necesidad de cabaña.

El cerdo dijo a su vez:

—A mí el frío no me preocupa; me esconderé entre la tierra y no necesitaré otro refugio.

El ganso dijo:

—Pues yo me sentaré entre las ramas de un abeto, un ala me servirá de cama y la otra de manta, y no habrá frío capaz de molestarme; no necesito, pues, trabajar en la cabaña.

El gallo exclamó:

—¿Acaso no tengo yo también alas para preservarme contra el frío? Podré invernar muy bien al descubierto.

El toro, viendo que no podía contar con la ayuda de sus compañeros y que tendría que trabajar solo, les dijo:

—Pues bien, como queráis; yo me haré una casita bien caliente que me resguardará; pero ya que la hago yo solo, no vengáis luego a pedirme amparo.

Y poniendo en práctica su idea, construyó una cabaña y se estableció en ella.

Pronto llegó el invierno, y cada día que pasaba el frío se hacía más intenso. Entonces el cordero fue a pedir albergue al toro, diciéndole:

—Déjame entrar, amigo Toro, para calentarme un poquito.

—No, Cordero; tú tienes un buen abrigo en tu lana y puedes invernar al descubierto. No me supliques más, porque no te dejaré entrar.

—Pues si no me dejas entrar —contestó el cordero— daré un topetazo con toda mi fuerza y derribaré una viga de tu cabaña y pasarás frío como yo.

El toro reflexionó un rato y se dijo: «Lo dejaré entrar, porque si no será peor para mí».

Y dejó entrar al cordero.

Al poco rato el cerdo, que estaba helado de frío, vino a su vez a pedir albergue al toro.

—Déjame entrar, amigo, tengo frío.

—No. Tú puedes esconderte entre la tierra y de ese modo invernar sin tener frío.

—Pues si no me dejas entrar hozaré con mi hocico el pie de los postes que sostienen tu cabaña y se caerá.

No hubo más remedio que dejar entrar al cerdo. Al fin vinieron el ganso y el gallo a pedir protección.

—Déjanos entrar, buen Toro; tenemos mucho frío.

—No, amigos míos; tenéis cada uno un par de alas que os sirven de cama y de manta para pasar el invierno calentitos.

—Si no me dejas entrar —dijo el ganso— arrancaré todo el musgo que tapa las rendijas de las paredes y ya verás el frío que va a hacer en tu cabaña.

—¿Que no me dejas entrar? —exclamó el gallo—. Pues me subiré sobre la cabaña y con las patas echaré abajo toda la tierra que cubre el techo.

El toro no pudo hacer otra cosa sino dar alojamiento al ganso y al gallo. Se reunieron, pues, los cinco compañeros, y el gallo, cuando se hubo calentado, empezó a cantar sus canciones.

La zorra, al oírlo cantar, se le abrió un apetito enorme y sintió deseos de darse un banquete con carne de gallo; y pensando en el modo de cazarlo se le ocurrió pedir ayuda a sus amigos y se dirigió a ver al oso y al lobo, y les dijo:

—Queridos amigos, he encontrado una cabaña en que hay un excelente botín para los tres. Para ti, Oso, un toro; para ti, Lobo, un cordero, y para mí, un gallo.

—Muy bien, amigo —le contestaron ambos—. No olvidaremos nunca tus buenos servicios; llévanos pronto adonde sea que nos los comeremos.

La zorra los condujo a la cabaña y el oso dijo al lobo:

—Ve tú delante.

Pero este repuso:

—No, tú eres más fuerte que yo. Ve tú delante.

El oso se dejó convencer y se dirigió hacia la entrada de la cabaña; pero apenas había entrado en ella, el toro lo embistió y lo clavó con sus cuernos a la pared; el cordero le dio un fuerte topetazo en el vientre que lo hizo caer al suelo; el cerdo empezó a morderle el pellejo; el ganso le picoteaba los ojos y no lo dejaba defenderse y, mientras tanto, el gallo, sentado en una viga, gritaba como loco:

—¡Dejádmelo a mí! ¡Dejádmelo a mí!

El lobo y la zorra, al oír aquel grito guerrero, se asustaron y echaron a correr. El oso, con gran dificultad, se libró de sus enemigos, y cuando alcanzó al lobo le contó sus desdichas:

—¡Si supieras lo que me ha ocurrido! En mi vida he pasado un susto semejante. Apenas entré en la cabaña se me echó encima una mujer con un gran tenedor y me clavó a la pared; acudió luego una gran muchedumbre, que empezó a darme golpes, pinchazos y hasta picotazos en los ojos; pero el más terrible de todos era uno que estaba sentado en lo más alto y que no dejaba de gritar: «¡Dejádmelo a mí!, ¡Dejádmelo a mí!». Si ese me llega a coger por su cuenta, seguramente o lo cuento.

FIN

El lobo y las siete cabritillas

Ilustración: Stevan55

Érase una vez una vieja cabra que tenía siete cabritas, a las que quería tan tiernamente como una madre puede querer a sus hijos. Un día quiso salir al bosque a buscar comida y llamó a sus pequeñuelas.

—Hijas mías —les dijo—, me voy al bosque; mucho ojo con el lobo, pues si entra en la casa os devorará a todas sin dejar ni un pelo. El muy bribón suele disfrazarse, pero lo conoceréis enseguida por su bronca voz y sus negras patas.

Las cabritas respondieron:

—Tendremos mucho cuidado, mamaíta. Márchate tranquila.

Se despidió la vieja cabra con un balido y, confiada, emprendió su camino.

No había transcurrido mucho rato cuando llamaron a la puerta y una voz pidió:

—Abrid, hijitas. Soy vuestra madre, que estoy de vuelta y os traigo algo para cada una.

Pero las cabritas comprendieron, por lo ronco de la voz, que era el lobo.

—No te abriremos —exclamaron— no eres nuestra madre. Ella tiene una voz suave y cariñosa, y la tuya es bronca: eres el lobo.

El lobo se fue a la tienda y se compró un buen trozo de yeso, que se comió para suavizarse la voz. Volvió a la casita y llamó nuevamente a la puerta:

—Abrid hijitas —dijo—  vuestra madre os trae algo a cada una.

Pero el lobo había puesto una de sus negras patas en la ventana, y al verla las cabritas, exclamaron:

—No, no te abriremos, nuestras mamá no tiene las patas negras como tú. ¡Eres el lobo!

Corrió entonces, el muy bribón, a un molinero:

—Échame harina blanca en el pie —le dijo.

El molinero comprendió que el lobo tramaba alguna tropelía, así que se negó, pero la fiera lo amenazó:

—Si no lo haces, te devoro.

El hombre, asustado, le blanqueó la pata.

Volvió el rufián por tercera vez a la puerta y, llamando, dijo:

—Abrid, pequeñas; es vuestra mamíta querida, que está de regreso y os trae buenas cosas del bosque.

Las cabritas replicaron:

—Enséñanos la patita; queremos asegurarnos de que eres nuestra madre.

La fiera puso la pata en la ventana, y, al ver ellas que era blanca, creyeron que eran verdad sus palabras y se apresuraron a abrir. Pero fue el lobo quien entró. ¡Qué sobresalto, Dios mío! ¡Y qué prisas por esconderse todas!

Una se metió debajo de la mesa; la otra, en la cama; la tercera, en el horno; la cuarta, en la cocina; la quinta, en el armario; la sexta, debajo del fregadero, y la más pequeña, en la caja del reloj.

Pero el lobo fue descubriéndolas una tras otra y, sin gastar cumplidos, se las engulló a todas menos a la más pequeñita que, oculta en la caja del reloj, no la pudo encontrar.

Ya harto, el lobo se alejó a un trote ligero y en un prado verde que encontró se  tumbó a dormir a la sombra de un árbol.

Al cabo de poco regresó a casa la vieja cabra. ¡Lo que vio! La puerta, abierta de par en par; la mesa, las sillas y bancos, todo volcado y revuelto; la jofaina, rota en mil pedazos; las mantas y almohadas, por el suelo.

Buscó a sus hijitas, pero no aparecieron por ninguna parte; las llamó a todas por sus nombres, pero ninguna contestó. Hasta que le llegó el turno a la última, la cual, con vocecilla queda, dijo:

—Mamá querida, estoy en la caja del reloj.

La fue a buscar la cabra  y, entonces, la pequeña le explicó que había venido el lobo y se había comido a las demás. ¡Imaginad con qué desconsuelo lloraba la madre la pérdida de sus hijitas!

Cuando ya no le quedaban más lágrimas, salió al campo en compañía de su pequeña, y, al llegar al prado, vio al lobo dormido debajo del árbol, roncando tan fuertemente que hacía temblar las ramas.

Se acercó y al observarlo de cerca, le pareció que algo se agitaba en su abultada barriga. «¡Válgame el cielo! —pensó la cabra—, ¿serán mis pobres hijitas, que se las ha merendado y que están vivas aún? Y envió a la pequeña a casa, a toda prisa, en busca de tijeras, aguja e hilo.

Abrió la panza al monstruo, y apenas había empezado a cortar, cuando una de las cabritas asomó la cabeza. Al seguir cortando saltaron las seis afuera, una tras otra, todas vivitas y sin daño alguno, pues la bestia, en su glotonería, las había engullido enteras sin masticar.

¡Que contentas se pusieron! ¡Con cuánto cariño abrazaron a su mamaíta!

Pero aún no había terminado. La cabra dijo:

—Traedme piedras, que ahora que el lobo duerme, aprovecharemos y llenaremos su panza con ellas.

Las siete cabritas corrieron en busca de piedras y las fueron metiendo en la barriga, hasta que ya no cupieron más. La madre cosió la piel con tanta presteza y suavidad, que la fiera no se dio cuenta de nada ni hizo el menor movimiento.

Terminada su siesta, el lobo se despertó  y, como los guijarros que le llenaban el estómago le habían dado mucha sed, se encaminó a un pozo cercano para beber.

Mientras andaba, los guijarros de su panza se movían de un lado a otro y chocaban entre sí con gran ruido, por lo que exclamó:

—¿Qué será este ruido que suena en mi barriga? Creí que eran cabritas, pero parecen chinitas.

Al llegar al pozo e inclinarse sobre el brocal, el peso de las piedras lo arrastró y lo hizo caer al fondo y no pudo volver a salir y si nadie lo ha ayudado, ahí debe seguir.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El lobo y las siete cabritillas» con la voz de Angie Bello Albelda

El agua de la vida

Ilustración: Arthur Rackham

Hubo una vez un rey que enfermó gravemente. No había nada que aliviara ni calmara su dolor. Después de mucho deliberar, los sabios decidieron que solo lo podría curar el agua de la vida, tan difícil de encontrar que no se conocía a nadie que lo hubiera logrado. Este rey tenía tres hijos, el mayor de los cuales decidió partir en busca de tan especial medicina. «Sin duda, si logro que mejore, me premiará generosamente», pensaba, pues le importaba más el oro que la salud de su padre.

En su camino encontró a un pequeño hombrecillo que le preguntó cuál era su destino.

—¿Qué ha de importarte eso a ti?, ¡enano! Déjame seguir mi camino.

El duende, ofendido por el maleducado príncipe, utilizó sus poderes para desviarlo hacia una garganta en las montañas que cada vez se estrechaba más, hasta que ni el caballo pudo dar la vuelta, y allí quedó atrapado.

Viendo que su hermano no volvía, el mediano decidió ir en busca de la medicina para su padre. «Toda la recompensa será para mí»,  pensaba ambiciosamente.

No llevaba mucho camino recorrido, cuando el duende se le apareció preguntando a dónde iba:

—¡Qué te importará a ti! Aparta de mi camino, ¡enano!

El duende se hizo a un lado, no sin antes maldecirlo para que acabara en la misma trampa que el mayor, atrapado en un paso de las montañas que cada vez se hizo más estrecho, hasta que caballo y jinete quedaron inmovilizados.

Al pasar los días y no tener noticias, el menor de los hijos del rey decidió ir en busca de sus hermanos y del agua milagrosa para sanar a su padre. Se puso en marcha y no tardó mucho en encontrar al hombrecillo, el cual también le preguntó cuál era su destino:

—Mi padre está muy enfermo, busco el agua de la vida, que es la única cura para él.

—¿Sabes ya a dónde debes dirigirte para encontrarla? —volvió a preguntar el enano.

—Aún no. ¿Tú puedes ayudarme?

—Has resultado ser amable y humilde y, por ello, mereces mi favor. Toma esta varilla y estos dos panes y dirígete hacia el castillo encantado. Toca la cancela tres veces con la vara, y arroja un pan a cada una de las bestias que intentará comerte. Busca entonces la fuente del agua de la vida tan rápido como puedas, pues si dan las doce, y sigues en el interior del castillo, ya nunca más podrás salir —añadió el enanito.

A lomos de su caballo, pasados varios días, llegó el príncipe al castillo encantado. Tocó tres veces la cancela con la vara mágica, amansó a las bestias con los panes y llegó a una estancia donde había una preciosa muchacha que le dijo:

—¡Por fin se ha roto el hechizo! En agradecimiento, me casaré contigo si vuelves dentro de un año.

Contento por el ofrecimiento, el muchacho buscó rápidamente la fuente de la que manaba el agua de la vida. Llenó un frasco con ella y salió del castillo antes de las doce.

Durante el camino de regreso, se encontró de nuevo con el duende, a quien relató su experiencia. Después le preguntó:

—Mis hermanos partieron hace tiempo, y no los he vuelto a ver. ¿No sabrías dónde puedo encontrarlos?

—Están atrapados por la avaricia y el egoísmo, pero tu bondad los hará libres. Vuelve a casa y por el camino los encontrarás. Pero ¡cuídate de ellos!

Tal como había anunciado el duende, el menor encontró a sus dos hermanos antes de llegar al castillo del rey. Los tres fueron a ver a su padre, quien después de tomar el agua de la vida se recuperó por completo. Incluso pareció rejuvenecer. El menor de los hermanos le relató entonces su compromiso con la princesa, y su padre, orgulloso, le dio su bendición y permiso para casarse. Así pues, al acercarse la fecha pactada, el menor de los príncipes se dispuso a partir en busca de su amada.

Ella, que ya lo esperaba ansiosa en el castillo, ordenó extender una carretera de oro para recibir a su amado, desde su palacio hasta el camino y ordenó a los guardianes:

—Dejad pasar a aquel que venga por el centro de la carretera. Cualquier otro será un impostor —advirtió, y se marchó a hacer los preparativos.

Efectivamente, los dos hermanos mayores, envidiosos, habían tramado, por separado, llegar antes que el menor y presentarse a la princesa como sus libertadores:

—Suplantaré a mi hermano y seré yo el que me case con la princesa. —Pensaba cada uno de ellos.

El primero en llegar fue el hermano mayor, que al ver la carretera de oro pensó que la estropearía si la pisaba y, dando un rodeo tomó un camino lateral a la derecha y se presentó a los guardas como el rescatador de la princesa. Mas éstos, obedientes, le negaron el paso.

El hermano mediano llegó después, pero apartó el caballo de la carretera por miedo a estropearla, y tomó el camino de la izquierda hasta los guardias, que tampoco lo dejaron entrar.

Por último llegó el hermano menor, que ni siquiera notó cuando el caballo comenzó a caminar por la carretera de oro, pues iba tan absorto pensado en la princesa que se podría decir que casi flotaba.

Al llegar a la puerta, le abrieron enseguida, y allí estaba la princesa esperándolo con los brazos abiertos, llena de alegría y reconociéndolo como su salvador.

Los esponsales duraron varios días, y trajeron mucha felicidad a la pareja, que invitó también al padre, el cual vivió muchos años sin enfermar gracias al agua de la vida.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El agua de la vida» con la voz de Angie Bello Albelda

La pequeña cerillera

Ilustración: roserika

Hacía un frío terrible. Estaba nevando y comenzaba a oscurecer. Era la última noche del año, la víspera de Año Nuevo. En medio de ese frío y esa oscuridad, una niña pequeña y pobre, con la cabeza descubierta y los pies descalzos, caminaba por la calle.  Sí, llevaba zapatillas al salir de casa, pero de poco le sirvieron. Eran unas zapatillas muy grandes, habían sido de su madre, y la niña las había perdido al cruzar corriendo la calle, tratando de esquivar a dos coches que se acercaban a toda velocidad. Una de las zapatillas no hubo forma de encontrarla; la otra se la llevó un chiquillo; dijo que la utilizaría de cuna cuando tuviese hijos.

Así que la pobre andaba descalza, con los piececitos amoratados por el frío. En un viejo delantal llevaba cerillas y sostenía entre sus manos un paquete entero de ellas. En todo el día nadie le había comprado ni una, nadie le había dado una mísera moneda. Caminaba hambrienta y aterida de frío, ¡pobre cerillera! Los copos de nieve se posaban sobre su largo pelo rubio, que formaba preciosos rizos en el cuello; pero no estaba ella para pensar en tales adornos.

Se veían luces en todas las ventanas y hasta la calle llegaba un delicioso aroma a guiso. Era la víspera de Año Nuevo, sí, no lo olvidaba.

En un ángulo que formaban dos casas —una de ellas se adentraba en la calle más que la otra—, se sentó la cerillera acurrucada en el suelo y encogió sus piernecitas bajo el cuerpo, pero incluso así sentía frío. No se atrevía a regresas a su casa, pues no había vendido ni una sola cerilla ni tampoco había conseguido ni una triste moneda y seguro que su padre le pegaría. Además, en su casa también hacía frío; solo los cobijaba el tejado y por él se colaba el viento por todas partes, a pesar de la paja y los trapos con los que habían intentado tapar los huecos. Tenía las manos casi congeladas de frío. ¡Ay, el calor de una cerilla le vendría muy bien!… ¡Si se atreviera a sacar una de la caja, encenderla y calentarse los dedos! Y sacó una: «¡ras!». ¡Cómo chisporroteaba! ¡Cómo ardía! Dio una llama clara y cálida, como la de una velita, cuando la resguardó con la palma mano; ¡una luz maravillosa! A la niña le pareció que estaba sentada frente a una gran estufa de hierro, con pies y chimenea de latón; el fuego ardía alegremente en su interior, ¡y cómo calentaba! La niña alargó los pies para entrar en calor, pero la llama se extinguió, la estufa se esfumó y ella se quedó sentada, con un trocito de cerilla quemado en la mano.

Encendió otra cerilla, que al arder y proyectar su luz sobre el muro, lo volvió transparente como si fuese una gasa. La niña pudo ver, a través de la pared, el interior de una sala; en ella había una mesa puesta, cubierta con un blanco mantel y adornada con fina porcelana. Sobre la mesa, humeaba un pato relleno de ciruelas y manzanas. Y lo mejor de todo fue que el pato saltó de la fuente y, contoneándose por el suelo, con cuchillo y tenedor sobre su espalda, se acercó hacia la niña. Pero cuando ya lo alcanzaba, la cerilla se apagó y no quedó más que la fría y gruesa pared ante ella.

Encendió la tercera cerilla y se encontró sentada bajo un precioso árbol de Navidad. Era todavía más alto y más bonito que el que había visto a través de las puertas de cristal de la casa del rico comerciante la pasada Navidad. Miles de velitas ardían en sus verdes ramas y de las ramas colgaban postales de colores, como las que adornaban los escaparates de las tiendas. La pequeña levantó sus bracitos… y, entonces, la cerilla se apagó. Todas las lucecitas navideñas se elevaron hacia el cielo y ella se dio cuenta de que eran las rutilantes estrellas; una de ellas cayó y trazó en el firmamento una larga estela de fuego.

—Alguien está muriendo —murmuró la niña.

Su abuela ya fallecida, la única persona que la había tratado con cariño, le había dicho una vez: «Cuando una estrella cae, se eleva un alma al cielo».

De nuevo, frotó una cerilla contra la pared. Todo se iluminó y en medio del resplandor apareció su anciana abuela, nítida, radiante, dulce y dichosa.

—¡Abuela! —exclamó la pequeña—. ¡Llévame contigo! Sé que desaparecerás cuando se apague la cerilla. ¡Desaparecerás igual que la estufa, el delicioso asado y el gran árbol de Navidad!

Y se apresuró a encender todas las cerillas que le quedaban, porque no quería perder a su abuela. Los fósforos brillaron de tal manera, que la luz era más clara e intensa que la del día. La abuela nunca había sido tan hermosa ni tan grande. Tomó en sus brazos a la niña y, envueltas las dos en felicidad y luz, volaron alto, muy alto. Y ya no hubo frío, ni hambre, ni miedo. Estaban en un reino celestial.

En el ángulo de las dos casas, la fría madrugada descubrió a la chiquilla, rojas sus mejillas y la boca sonriente… Había muerto de frío en la última noche del año viejo. La primera mañana del nuevo año iluminó el pequeño cuerpecito, que sostenía entre las manos un paquete de cerillas casi consumido. «¡Quiso calentarse!», decía la gente. Pero nadie supo las maravillas que había visto, ni el resplandor con que estaban envueltas ella y su abuela cuando entraron en la dicha del Año Nuevo.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La pequeña cerillera» con la voz de Angie Bello Albelda

Las hadas

Ilustración: coda-leia

Había una vez una viuda que tenía dos hijas. La mayor era muy parecida a la madre, tanto en físico como en carácter; de modo que el que conocía a una, conocía a la otra. Ambas eran tan desagradables y orgullosas, que nadie podía vivir en paz con ellas. La menor era una copia de su padre en su dulce temperamento, en su inteligencia y en sus virtudes, y era, además, también parecida en su agraciado aspecto. Y como por naturaleza solemos amar a quien se nos parece, la madre sentía locura por su hija mayor en la misma medida que aborrecía a la pequeña. A esta la hacía trabajar sin descanso y la obligaba a comer en la cocina.

Entre las obligaciones impuestas, la desafortunada niña tenía que ir dos veces al día a buscar agua a una fuente que distaba dos kilómetros de la casa y transportarla en una gran jarra.

Un día, cuando estaba en la fuente, se acercó a ella una pobre mujer y le rogó que le diera de beber.

—Naturalmente, buena señora —contestó la niña.

Puso la jarra bajo el chorro que manaba, la llenó con un poco de agua fresca y, sonriendo, se la ofreció a la señora, sosteniéndole la vasija todo el tiempo, para que pudiera beber más cómodamente.

Una vez hubo saciado su sed, la mujer le dijo:

—Eres lista y cortés; lo tienes todo. Así que te concederé un don especial —porque la anciana era, en realidad, un hada, que tomaba la figura de pobre campesina para probar a las personas—. El don que te concedo hará que con cada palabra que pronuncies salga de tu boca una flor o una joya.

De regreso a casa, la madre reprendió a la niña por haber tardado:

—Perdón, mamá, por haberme retrasado tanto —dijo la pobre muchacha. Y al pronunciar las seis palabras, de su boca salieron dos rosas, dos perlas y dos grandes diamantes.

—¿Qué es lo que estoy viendo? —dijo la madre llena de asombro—. De tu boca han salido rosas, perlas y diamantes. ¿Cómo has hecho eso, hija mía?

Aquella era la primera vez que la llamaba «hija mía».

La niña le fue contando todo lo que había ocurrido y junto con cada palabra, de su boca, salían flores y joyas.

 —¡Maravilloso! —gritó la madre—, debo enviar a mi hija mayor allí. ¡Mira, hijita, ven a ver lo que sale de la boca de tu hermana cada vez que habla! ¿No te gustaría, querida, recibir un don semejante? Basta con que vayas a la fuente a buscar agua y cuando una pobre campesina te pida que le des de beber, le ofreces la jarra muy gentilmente.

—¡Qué te crees tú eso! —dijo la grosera niña— ¡¿Yo a la fuente?! ¡Ni soñarlo!

—Pues yo te digo que irás —le ordenó la madre—, ¡de inmediato!

La hija mayor tomó de mala gana una jarra de plata que había en la casa y, refunfuñando, tomó el camino para ir a buscar agua.

No había hecho más que llegar a la fuente, cuando del bosque salió una dama magníficamente ataviada que se acercó a ella y le pidió de beber.

La dama era la misma hada que se había presentado ante su hermana, pero ahora venía con la apariencia y vestiduras de una princesa, para comprobar hasta dónde llegaba la maldad de aquella niña.

—¿Te crees que he venido aquí para darte de beber? —dijo altanera la joven— A ver si te has creído que esta jarra de plata es para que la uses tú, majestad. Si tienes sed, ¡amórrate a la fuente!

—No eres muy amable, ni tampoco muy lista —contestó el hada, sin enojarse—. A tu insolencia, sin embargo, le falta algo, así que te concederé un don especial: junto a cada palabra que pronuncies, saldrán de tu boca sapos y culebras.

Tan pronto como la madre la vio regresar, le gritó:

—¿Y bien, hija?

—¿Y bien qué, madre? —contestó la infeliz. Y de su boca salieron dos culebras y dos sapos.

—¡Cielo santo! —exclamó la madre— ¿Qué es esto? ¡Tú hermana es la culpable de todo y me las pagará!  —y corrió para darle un escarmiento.

La hija pequeña, al ver a su madre tan furiosa, se alejó corriendo y fue a buscar refugio en el bosque cercano.

El hijo de los reyes de aquel lugar, que andaba por aquellos parajes, se encontró con ella. Al verla tan triste, le preguntó qué hacía allí y cuál era el motivo de su llanto.

—¡Ay!, he tenido que huir de mi casa porque mi madre estaba muy enojada.

El príncipe, lleno de asombro ante las perlas, diamantes y flores que salían de la boca de la niña con cada una de sus palabras, le rogó que le explicara cómo conseguía  hacer aquello y ella le relató toda la historia.

Mientras escuchaba, el hijo del rey se enamoró de ella y al darse cuenta de que el don de la niña era mucho más valioso que el más valioso tesoro que pudiera encontrar jamás, la llevó al palacio y allí le pidió que se casara con él.

En cuanto a la otra hermana, se hizo cada vez más despreciable y odiosa. Tanto, que su madre terminó por echarla de casa. La infeliz, después de mucho deambular, se refugió en lo más profundo del bosque y en él sigue; sola, sin pronunciar ni una sola palabra.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Las hadas» con la voz de Angie Bello Albelda