Cuento clásico

La zorra y el caballo

Ilustración: juanex

Tenía un campesino un fiel caballo, muy viejo ya, que no podía prestarle ningún servicio. El amo decidió no gastar más dinero en darle de comer y le dijo así:

—Ya no me sirves de nada, pero para que veas que te tengo cariño, me quedaré contigo y te daré de comer otra vez si me demuestras que tienes aún la fuerza suficiente para traerme un león. Pero entretanto, ¡fuera de la cuadra!

Y lo echó de su casa. El animal se encaminó triste y cabizbajo al bosque, en busca de cobijo. Allí se encontró con la zorra, la cual le preguntó:

—¿Qué haces por aquí, tan abatido y solitario?

—¡Ay! —respondió el caballo—, la avaricia y la lealtad jamás moran en la misma casa. Mi amo ya no se acuerda de los servicios que le he prestado durante tantos años y como ahora ya no puedo arar como antes, se niega a darme pienso y me ha echado a la calle.

—¿Así, a secas? ¿No puedes hacer nada para evitarlo? —preguntó la zorra.

—La solución es bien difícil. Me dijo que si era lo bastante fuerte para llevarle un león podría quedarme junto a él y me alimentaría de nuevo. Pero él sabe muy bien que lo que me pide yo no puedo hacerlo.

—Yo te ayudaré. Túmbate aquí y no te muevas, haz como si estuvieras muerto.

Hizo el caballo lo que le indicaba la zorra y esta fue al encuentro del león, cuya guarida se hallaba a escasa distancia. Al llegar allí, la zorra le dijo:

—León, aquí cerca hay un caballo muerto; si sales, podrás darte un buen banquete.

—Llévame hasta donde está.

La zorra se puso en marcha y el león salió tras ella. Cuando ya estuvieron junto al caballo, dijo la zorra:

—Aquí no podrás zampártelo cómodamente. ¡Tengo una idea! ¿Sabes qué? Te lo ataré a su cola, así te será más fácil arrastrarlo hasta tu guarida y allí te lo comes tranquilamente

Al león le gustó el consejo y se colocó de manera que la zorra, con la cola del caballo, ató fuertemente las patas del león y le dio tantas vueltas y nudos que no había modo de soltarse. Cuando hubo terminado, golpeó el anca del caballo y dijo:

—¡Arriba, jamelgo, andando!

Se incorporó el animal de un salto y salió al trote, arrastrando tras de sí al león. Se puso este a rugir con tanta fiereza, que todas las aves del bosque echaron a volar asustadas, pero el caballo lo dejó rugir y, a campo traviesa, lo llevó arrastrando hasta la puerta de su amo. Al verlo este, cambió de idea y le dijo a su caballo:

—Te quedarás a mi lado, y vivirás bien.

En adelante, no le faltó al caballo el mejor pienso y no tuvo que trabajar nunca más. Vivió feliz y tranquilo hasta que murió.

FIN

La Luna

Ilustración: photonensauger

En tiempos muy lejanos hubo un país en que de noche siempre estaba oscuro y el cielo se extendía como una sábana negra, pues nada brillaba en el firmamento.

De aquel país salieron un día cuatro amigas a recorrer el mundo en busca de aventuras y llegaron a una tierra en la que al anochecer, en cuanto el sol se ocultaba detrás de las montañas, aparecía sobre un roble una esfera luminosa que esparcía a gran distancia una luz clara y suave. Aun cuando no era brillante como la del sol, permitía ver y distinguir muy bien los objetos. Las forasteras se detuvieron a contemplarla y preguntaron a una campesina, que acertaba a pasar por allí en su carro, qué clase de luz era aquella.

—Es la Luna —respondió la mujer—. Nuestro alcalde la compró por cuatro monedas y la sujetó a la copa del roble. Hay que ponerle aceite todos los días y mantenerla limpia para que arda claramente. Para ello le pagamos una moneda a la semana.

Cuando la campesina se hubo marchado, dijo una de las amigas:

—Esta lámpara nos prestaría un gran servicio. En nuestra tierra tenemos un roble tan alto como este, podríamos colgarla de él. ¡Qué ventaja no tener que andar a tientas por la noche!

—¿Sabéis qué? —dijo la segunda—. Iremos a buscar un carro y un caballo y nos llevaremos la Luna. Cada una de nosotras que ponga una moneda para comprarla. Dejaremos una bolsa con el dinero atada en la copa del roble para que el alcalde compre otra Luna.

—Yo sé subirme a los árboles —intervino la tercera—. La descolgaré.

La cuarta fue a buscar el carro y el caballo y la tercera trepó a la copa del roble, abrió un agujero en la luna, lo atravesó con una cuerda y la bajó. En su lugar, dejó la bolsa con las cuatro monedas dentro.

Cuando ya tuvieron en el carro la brillante bola, la cubrieron con una manta para que nadie se diese cuenta de que se la llevaban y, de este modo, la transportaron sin contratiempos a su tierra, donde la colgaron de un alto roble.

Viejos y jóvenes sintieron gran contento cuando vieron la nueva luminaria esparcir su luz por los campos y llenar sus habitaciones y aposentos. Los enanos salieron de sus cuevas, y los duendecillos, con sus rojas chaquetitas, bailaron en corro por los prados.

Las cuatro amigas se encargaron de poner aceite en la Luna y de mantener limpio el pabilo y por ese trabajo les pagaban una moneda semanal. Pero envejecieron y cuando una de ellas enfermó y previó la proximidad de la muerte, dispuso que depositasen en su tumba, al enterrarla, la cuarta parte de la Luna, de la que era propietaria. Cuando hubo muerto, subió el alcalde al roble y, con las tijeras de jardinero, cortó un cuadrante, que fue colocado en el féretro. La luz del astro quedó debilitada, aunque poco. Pero a la muerte de la segunda hubo de cortar otro cuarto, con la consiguiente mengua de la luz. Más tenue quedó aún después del fallecimiento de la tercera, que se llevó también su parte; y cuando llegó la última hora de la cuarta, las tinieblas volvieron a reinar en el país. La gente que salía por la noche sin linterna chocaba y discutía.

Mientras, al unirse en el mundo subterráneo los cuatro cuadrantes de la luna e iluminar el reino de las eternas tinieblas, los muertos comenzaron a agitarse y a despertar de su último sueño. Se extrañaron al comprobar que veían de nuevo. La luz de la Luna les bastaba, pues sus ojos se habían debilitado tanto, que no habrían podido resistir el resplandor del sol. Se levantaron de sus tumbas y, alegres, reanudaron su antiguo modo de vida. Unos empezaron a jugar, otros a bailar, otros a cantar, a reír, a correr… El ruido era cada vez más estruendoso y acabó por oírse en todo el universo.

Los dioses pensaron que el mundo de abajo se había vuelto loco y corrieron a cerrar las puertas del cielo para rechazar al enemigo, caso de que intentara invadir sus dominios. Pero viendo que no llegaba nadie, un mensajero montó en su caballo y se dirigió al mundo subterráneo para comprobar qué ocurría. Al llegar allí, puso orden y mandó a los muertos volver a sus sepulturas. Después, se llevó los cuatro trozos de luna y los colocó en lo alto del firmamento, donde siguen brillando desde entonces.

FIN

El cofre volador

Ilustración: Anne Anderson

Érase una vez un comerciante tan rico, que habría podido empedrar toda la calle con monedas de plata, y aún casi un callejón por añadidura; pero se guardó de hacerlo, pues el hombre conocía mejores maneras de invertir su dinero, y cuando daba un ochavo era para recibir un escudo. Fue un mercader muy listo… y luego murió.

Su hijo heredó todos sus caudales, y vivía alegremente: todas las noches iba al baile de máscaras, hacía cometas con billetes de banco y arrojaba al agua panecillos untados de mantequilla y lastrados con monedas de oro en vez de piedras. No es extraño, pues, que pronto se terminase el dinero; al fin a nuestro mozo no le quedaron más que cuatro perras gordas, y por todo vestido, unas zapatillas y un viejo batín. Sus amigos lo abandonaron; no podían ya ir juntos por la calle; pero uno de ellos, que era un bonachón, le envió un viejo cofre con este aviso: «¡Embala!». El consejo era bueno, desde luego, pero como nada tenía que embalar, se metió él en el baúl.

Era un cofre curioso, echaba a volar en cuanto se apretaba la cerradura. Y así lo hizo; en un santiamén, el muchacho se vio por los aires metido en el cofre, después de salir por la chimenea, y se elevó hasta las nubes, vuela que te vuela. Cada vez que el fondo del baúl crujía un poco, a nuestro hombre le entraba pánico; si se desprendiesen las tablas, ¡vaya salto! ¡Dios nos ampare!

De este modo llegó a tierra de turcos. Escondió el cofre en el bosque, entre hojarasca seca, y se encaminó a la ciudad; no llamó la atención de nadie, pues todos los turcos vestían batín y pantuflas también. Se encontró con un ama que llevaba un niño:

—Oye, nodriza —preguntó—, ¿qué es aquel castillo tan grande, junto a la ciudad, con ventanas tan altas?

—Allí vive la hija del rey —respondió la mujer—. Se le ha profetizado que cuando se enamore será desgraciada. Por eso no dejan que nadie se le acerque, si no es en presencia del rey y la reina.

—Gracias —dijo el hijo del mercader, y volvió a su bosque. Se metió en el cofre y levantó el vuelo; llegó al tejado del castillo y se introdujo por la ventana en las habitaciones de la princesa.

Estaba ella durmiendo en un sofá; era tan hermosa, que el mozo no pudo reprimirse y le dio un beso. La princesa despertó asustada, pero él le dijo que era el dios de los turcos, llegado por los aires; y esto la tranquilizó.

Se sentaron uno junto al otro, y el mozo se puso a contar historias sobre los ojos de la muchacha. Decía que eran como lagos oscuros y maravillosos, por los que los pensamientos nadaban cual ondinas; luego historias sobre su frente, que comparó con una montaña nevada, llena de magníficos salones y cuadros; y luego le habló de la cigüeña, que trae a los niños pequeños.

Sí, eran unas historias muy hermosas, realmente. Luego pidió a la princesa si quería ser su esposa y ella le dio el sí sin vacilar.

—Pero tendréis que volver el sábado —añadió—, pues he invitado a mis padres a tomar el té. Estarán orgullosos de que me case con el dios de los turcos. Pero mira de recordar historias bonitas, que a mis padres les gustan mucho. Mi madre las prefiere edificantes y elevadas y mi padre las quiere divertidas, pues le gusta reírse.

—Bien, no traeré más regalo de boda que mis cuentos —respondió él, y se despidieron; pero antes, la princesa le regaló un sable adornado con monedas de oro. ¡Y bien que le vinieron al mozo!

Se marchó en volandas, se compró una nueva bata y se fue al bosque, donde se puso a componer un cuento. Debía estar listo para el sábado y la cosa no es tan fácil.

Cuando lo tuvo terminado, era ya sábado.

El rey, la reina y toda la corte lo aguardaban para tomar el té en compañía de la princesa. Lo recibieron con gran cortesía.

—¿Vais a contarnos un cuento —preguntó la reina—, uno que tenga profundo sentido y sea instructivo?

—Pero que al mismo tiempo nos haga reír —añadió el rey—.

—De acuerdo —respondió el mozo y comenzó su relato.

Y ahora mucha atención…

«Érase una vez un haz de fósforos que estaban en extremo orgullosos de su alta estirpe; su árbol genealógico, es decir, el gran pino, del que todos eran una astillita, había sido un añoso y corpulento habitante del bosque. Los fósforos se encontraban ahora entre un viejo eslabón y un puchero de hierro no menos viejo, al que hablaban de los tiempos de su infancia.

—¡Sí, cuando nos hallábamos en la rama verde —decían— estábamos realmente en una rama verde! Cada amanecer y cada atardecer teníamos té diamantino: era el rocío; durante todo el día nos daba el sol, cuando no estaba nublado, y los pajarillos nos contaban historias. Nos dábamos cuenta de que éramos ricos, pues los árboles de fronda solo van vestidos en verano; en cambio, nuestra familia lucía su verde ropaje, lo mismo en verano que en invierno. Mas he aquí que se presentó el leñador, la gran revolución, y nuestra familia se dispersó. El tronco fue destinado a palo mayor de un barco de alto bordo, capaz de circunnavegar el mundo si se le antojaba; las demás ramas pasaron a otros lugares y a nosotros nos ha sido asignada la misión de suministrar luz a la baja plebe; por eso, a pesar de ser gente distinguida, hemos venido a parar a esta cocina.

»—Mi destino ha sido muy distinto —dijo el puchero a cuyo lado yacían los fósforos—. Desde el instante en que vine al mundo, todo ha sido estregarme, ponerme al fuego y sacarme de él; yo estoy por lo práctico y, modestia aparte, soy el número uno en la casa. Mi único placer consiste, terminado el servicio de mesa, en estarme en mi sitio, limpio y bruñido, conversando sesudamente con mis compañeros; pero si exceptúo al balde, que de vez en cuando baja al patio, puede decirse que vivimos completamente retirados. Nuestro único mensajero es el cesto de la compra, pero ¡se exalta tanto cuando habla del gobierno y del pueblo!; hace unos días, un viejo puchero de tierra se asustó tanto con lo que dijo, que se cayó al suelo y se rompió en mil pedazos. Yo os digo que este cesto es un revolucionario; y si no, al tiempo.

»—¡Hablas demasiado! —intervino el eslabón, golpeando el pedernal, que soltó una chispa—. ¿No podríamos echar una cana al aire, esta noche?

»—Sí, hablemos —dijeron los fósforos—, y veamos quién es el más noble de todos nosotros.

»—No, no me gusta hablar de mi persona —objetó la olla de barro—. Organicemos una velada. Yo empezaré contando la historia de mi vida y luego los demás harán lo mismo; así no se embrolla uno y resulta más divertido. En las playas del Báltico, donde las hayas que cubren el suelo de Dinamarca…

»—¡Buen principio! —exclamaron los platos—. Sin duda, esta historia nos gustará.

»—…pasé mi juventud en el seno de una familia muy reposada; se limpiaban los muebles, se restregaban los suelos y cada quince días colgaban cortinas nuevas.

»—¡Qué bien se explica! —dijo la escoba de crin—. Diríase que habla un ama de casa; hay un no sé qué de limpio y refinado en sus palabras.

»—Exactamente lo que yo pensaba —asintió el balde, dando un saltito de contento que hizo resonar el suelo.

»La olla siguió contando, y el fin resultó tan agradable como había sido el principio.

»Todos los platos castañetearon de regocijo y la escoba sacó del bote unas hojas de perejil y con ellas coronó a la olla, a sabiendas de que los demás rabiarían. «Si hoy le pongo yo una corona, mañana me pondrá ella otra a mí», pensó.

»—¡Voy a bailar! —exclamó la tenaza y, ¡dicho y hecho! ¡Dios nos ampare, cómo levantaba la pierna! La vieja funda de la silla del rincón estalló al verlo

»—¿Me vais a coronar también a mí? —pregunto la tenaza; y así se hizo.

»—¡Vaya gentuza! —pensaban los fósforos.

»Le tocó, entonces, el turno de cantar a la tetera, pero se excusó alegando que estaba resfriada; solo podía cantar cuando estaba en el fuego; pero todo aquello eran remilgos; no quería hacerlo más que en la mesa, con las señorías.

»Había en la ventana una vieja pluma, con la que solía escribir la sirvienta. Nada de notable podía observarse en ella, aparte de que la sumergían demasiado en el tintero, pero ella se sentía orgullosa de eso.

»—Si la tetera se niega a cantar, que no cante —dijo—. Ahí afuera hay un ruiseñor enjaulado que sabe hacerlo. No es que haya estudiado en el conservatorio, mas por esta noche seremos indulgentes.

»—Me parece muy poco conveniente tener que escuchar a un pájaro forastero —objetó la cafetera, que era una cantora de cocina y hermanastra de la tetera—. ¿Es esto patriotismo? Que juzgue el cesto de la compra.

»—Francamente, me habéis desilusionado —dijo el cesto—. ¡Vaya manera estúpida de pasar una velada! En lugar de ir cada cuál por su lado, ¿no sería mucho mejor hacer las cosas con orden? Cada uno ocuparía su sitio y yo dirigiría el juego. ¡Mejor nos iría!

»—¡Sí, vamos a armar un escándalo! —exclamaron todos.

»En esto, se abrió la puerta y entró la criada. Todos se quedaron quietos, nadie se movió; pero ni un puchero dudaba de sus habilidades y de su distinción. «Si hubiésemos querido —pensaba cada uno—, ¡qué velada más deliciosa habríamos pasado!».

»La sirvienta cogió los fósforos y encendió fuego. ¡Cómo chisporroteaban y qué llamas echaban!

»Ahora todos tendrán que percatarse de que somos los primeros —pensaban—. ¡Menudo brillo y menudo resplandor el nuestro!». Y, pensando eso, se consumieron».

—¡Qué cuento tan bonito! —dijo la reina—. Me parece encontrarme en la cocina, entre los fósforos. Sí, te casarás con nuestra hija.

—Desde luego —asintió el rey—. Será tuya el lunes por la mañana —Lo tuteaban ya, considerándolo como de la familia.

Se fijó el día de la boda y en la víspera hubo grandes iluminaciones en la ciudad, se repartieron bollos de pan y rosquillas, los golfillos callejeros se hincharon a gritar «¡Hurra!» y a silbar con los dedos metidos en la boca… ¡Una fiesta magnífica!

«Tendré que hacer algo», pensó el hijo del mercader, y compró cohetes, petardos y qué sé yo cuántas cosas de pirotecnia, las metió en el baúl y emprendió el vuelo.

¡Pim, pam, pum! ¡Vaya estrépito y vaya chisporroteo!

Los turcos, al verlo, pegaban unos saltos tales, que las babuchas les llegaban a las orejas; nunca habían contemplado una traca como aquella.

Ahora sí que estaban convencidos de que era el propio dios de los turcos el que iba a casarse con la princesa.

No bien llegó nuestro mozo al bosque con su baúl, se dijo: «Me llegaré a la ciudad a observar el efecto causado».

Era una curiosidad muy natural.

¡Qué cosas contaba la gente! Cada una de las personas a quienes preguntó había presenciado el espectáculo de una manera distinta, pero todos coincidieron en calificarlo de muy hermoso.

—Yo vi al propio dios de los turcos —afirmó uno—. Sus ojos eran como rutilantes estrellas y la barba parecía agua espumeante.

—Volaba envuelto en un manto de fuego —dijo otro—. Por los pliegues, asomaban unos angelitos preciosos.

Sí, escuchó cosas muy agradables y al día siguiente era la boda.

Regresó al bosque para instalarse en su cofre; pero ¿dónde estaba el cofre? El caso es que se había incendiado. Una chispa de un cohete había prendido fuego en el forro y había reducido el baúl a cenizas. El hijo del mercader ya no podía volar ni volver al palacio de su prometida.

Ella se pasó todo el día en el tejado, aguardándolo; y aún sigue ahí esperando. Mientras, él recorre el mundo contando cuentos, aunque ninguno tan regocijante como el de los fósforos.

FIN

El pez de oro

Ilustración: Ebineyland

En una lejana isla, llamada Shumshu, vivían un anciano y una anciana. Eran muy pobres, solo poseían una cabaña pequeña y destartalada y una vieja red, con la que todos los días el viejecito iba a pescar para procurarse el sustento de ambos.

Un día, echó su red al mar, y al ir a recogerla le pareció que pesaba

más de lo normal. Se puso muy contento, porque esperaba obtener una buena pesca; pero cuando logró recogerla, comprobó que, a excepción de un diminuto pececillo, la red estaba totalmente vacía.

Al tratar de atrapar la pieza capturada, quedó asombrado al comprobar que se trataba de un pez de oro. Y todavía creció más su asombro al oír que la extraña criatura, con voz humana, le suplicaba:

—Devuélveme al mar y te daré todo lo que me pidas.

El anciano, después de pensar un rato, le contestó:

—No quiero nada, te devuelvo tu libertad.

Y diciendo esto, devolvió al agua el pez de oro.

Al regresar a su cabaña, su mujer le preguntó:

—¿Qué tal la pesca?

—Mal —contestó—. Solo atrapé un insignificante pez de oro. Me suplicó que lo soltara y me prometió que, a cambio, que me daría lo que fuera, me dio tanta lástima, que lo dejé en libertad.

—¡Viejo tonto! ¿Tenías en tus manos una gran fortuna y no lo aprovechaste? —se enfadó la mujer—. Ya que no pescaste nada, le hubieras podido pedir un poco de pan. ¡Algo tendríamos para llenar la tripa! ¿Qué vamos a comer ahora? En casa no queda ni una migaja. ¡Ve y pídele pan a ese pez!

El marido regresó a la orilla del mar en busca del pez de oro:

—¡Pececito, pececito! ¡Ven! ¡Sí quiero algo!

El pez se acercó a la orilla:

—¿Qué quieres?

—Mi mujer se ha enfadado conmigo porque no te he pedido nada y me manda que te pida pan.

—Vete a casa, que el pan no os faltará.

El anciano volvió a casa y preguntó a su mujer:

—¿Tenemos bastante pan?

—Pan hay de sobra, el cajón está lleno —dijo la mujer—; pero no nos vendría nada mal una artesa nueva, porque en la que tenemos ya no podemos lavar la ropa. Ve y pídele al pez de oro que te dé una artesa nueva.

El viejo regresó a la playa otra vez y llamó:

—¡Pececito, pececito! ¡Ven! ¡Sí quiero algo!

El pez se acercó a la orilla:

—¿Qué quieres?

—Mi mujer me manda pedirte una artesa nueva.

—Bien; tendrás una artesa nueva.

De vuelta a su casa, cuando apenas había pisado el umbral, su mujer le salió al paso gritándole:

—¡No entres! Ve en seguida a pedirle al pez de oro que nos regale una cabaña nueva, que esta apenas se tiene en pie.

Se fue el marido a la orilla del mar y gritó:

—¡Pececito, pececito! ¡Ven! ¡Sí quiero algo!

El pez se acercó a la orilla:

—¿Qué quieres?

—Constrúyenos una nueva cabaña.

—Vuelve a tu casa, que vuestros deseos se harán realidad.

Volvió el anciano a casa y vio, con asombro, que en el lugar de la vieja cabaña vieja se levantaba una nueva hecha de roble.

Tal y como su mujer lo vio, le gritó más enfadada que nunca:

—¡Tonto más que tonto! ¡No sabes aprovecharte de la suerte! Has conseguido una cabaña nueva y creerás que has hecho algo importante. Ve otra vez al mar y dile al pez de oro que no quiero ser una campesina; que quiero ser la mujer de un gobernador y que la gente me obedezca y me haga reverencias.

Se dirigió de nuevo el anciano a la orilla del mar y llamó en alta voz:

—¡Pececito, pececito! ¡Ven! ¡Sí quiero algo!

El pez se acercó a la orilla:

—¿Qué quieres?

—Mi mujer, por fuerza, se ha vuelto completamente loca; dice que no quiere ser una campesina; que quiere ser la mujer de un gobernador.

—Ve a casa; yo lo arreglaré todo.

Al volver a su casa, vio que en el sitio de la cabaña se levantaba una magnífica casa de piedra de tres pisos. La servidumbre corría atareada por el patio; en la cocina, los cocineros preparaban la comida, mientras que su mujer sentada en un rico sillón y vestida con un precioso traje de seda, daba órdenes a los criados.

—¿Estás ya contenta, esposa mía? —preguntó el marido.

—¿Yo tu esposa? ¡Yo soy la mujer de un gobernador! —y dirigiéndose a sus servidores ordenó—: Prended a este insolente campesino.

Acudió la servidumbre, agarraron por el cuello al viejo y lo echaron a la calle.

—¡Qué mala es mi mujer! He conseguido para ella todo lo que deseaba y ahora niega que yo sea su marido.

Sin embargo, no se había alejado mucho el anciano, cuando oyó que la vieja lo llamaba de nuevo:

—¡Viejo tonto!, ve y dile al pez de oro que ya no quiero ser la mujer de un gobernador. Lo he pensado mejor y quiero ser zarina.

Se fue el anciano a la orilla del mar y exclamó:

—¡Pececito, pececito! ¡Ven! ¡Sí quiero algo!

El pez se acercó a la orilla:

—¿Qué quieres?

—¡Ay, pobre de mí! Mi mujer se ha vuelto aún más loca que antes; ya no quiere ser la mujer de un gobernador, ¡ahora quiere ser zarina!

—No te preocupes. Regresa a tu casa, que yo me encargo.

Volvió el anciano a su casa, que ahora era un magnífico palacio con un tejado de oro. La mujer, engalanada como correspondía a su rango de zarina, se paseaba por los jardines.

Pero a pesar de toda la magnificencia que la rodeaba, no tardó la anciana en aburrirse y volvió a pedir a su marido que fuera a ver al pez de oro:

—¡Ve, viejo tonto; ve en seguida a la orilla del mar y dile al pez de oro que no quiero ser zarina; quiero ser la diosa de los mares, para que olas y peces me obedezcan!

El buen viejo quiso negarse, pero su mujer lo amenazó con cortarle la cabeza si se atrevía a desobedecerla. Con el corazón oprimido se dirigió el anciano a la orilla del mar, y una vez allí, exclamó:

—¡Pececito, pececito! ¡Ven! ¡Sí quiero algo!

Pero el pez de oro no apareció. El anciano lo llamó por segunda vez, pero tampoco acudió. Lo llamó por tercera vez. De repente, en el mar se levantaron grandes olas y las azules aguas se volvieron negras. Apareció el pez y preguntó:

—¿Qué más quieres?

El anciano contestó:

—Mi mujer me ha amenazado con cortarme la cabeza si no vengo a decirte que ya no quiere ser zarina; ahora quiere ser la diosa del mar, para que olas y peces la obedezcan.

Esta vez, el pez no respondió; se limitó a desaparecer en las profundidades del mar y el desgraciado viejo regresó a su casa.

Para su asombro, el palacio había desaparecido y la que había sido su vieja cabaña volvía a estar en su lugar. En la puerta, su mujer lo aguardaba sentada, vestida con sus pobres ropas remendadas.

Ambos volvieron a su vida de antes y aunque el viejo echaba todos los días su red al mar, nunca volvió a pescar el maravilloso pez de oro.

FIN

Los tres hermanos

Ilustración: PHOEBELIN001

Érase una vez un hombre que tenía tres hijos y por toda fortuna, la casa en que habitaban. A cada uno de los tres le hubiera gustado heredarla, mas el padre los quería a todos por igual y no sabía cómo arreglárselas para dejar contentos a los tres. Tampoco estaba dispuesto a vender la casa, pues había pertenecido a sus bisabuelos. De no haber sido así, la habría transformado en dinero para repartido entre sus tres herederos. Se le ocurrió, al fin, una solución:

—Hijos míos, salid a recorrer el mundo y aprended un oficio. Cuando regreséis, entregaré la casa a quien demuestre mayor habilidad en su arte.

Les pareció bien a los hijos la decisión del padre y después de pensarlo, el mayor resolvió aprender la profesión de herrador; el segundo quiso hacerse barbero, y la última, profesora de esgrima. Luego calcularon el tiempo que tardarían en volver a su casa y partieron, cada uno por su lado.

Tuvieron la suerte de encontrar buenos maestros y los tres se convirtieron en excelentes oficiales.

El herrador, cuando llegó a herrar los caballos del Rey, pensó: «Ya no cabe duda de que la casa será para mí».

El barbero tenía entre su clientela a los más distinguidos personajes, y estaba también seguro de ser el heredero.

En cuanto a la profesora de esgrima, hubo de encajar más de una estocada, pero apretó los dientes y no se desanimó, pensando: «Si temo a las cuchilladas, me quedaré sin casa».

Transcurrido el tiempo acordado, volvieron a reunirse los tres con su padre. Pero no sabían cómo mostrar sus habilidades. Mientras estaban deliberando sobre el caso, vieron una liebre que corría a campo traviesa.

—¡Mirad! —dijo el barbero—. Esta liebre nos viene como pintada.

Y tomando la bacía y el jabón, preparó bien la espuma. Cuando el animal llegó a su altura, lo enjabonó y afeitó en plena carrera, dejándole un bigotito muy coquetón. Y todo eso, sin hacerle ni el más mínimo rasguño en la piel.

—¡Me ha gustado! —dijo el padre—; si tus hermanos no se esmeran mucho, tuya será la casa.

Al poco rato, llegó un señor montado en un caballo a galope tendido.

—Padre, ahora veréis de lo que soy capaz yo —dijo el herrador. Y sin detener la veloz carrera del rocín, le arrancó las cuatro herraduras sin hacerle daño alguno y le colocó otras nuevas.

—¡Muy bien! —exclamó el padre—. Estás a la altura de tu hermano. No sé a quién de vosotros dos voy a dejar la casa.

Dijo entonces la tercera:

—Padre, esperad a que yo os muestre mis habilidades.

En esto empezó a llover, y la muchacha, desenvainando dos espadas que llevaba consigo, se puso a esgrimirlas sobre la cabeza con tal agilidad, que no le cayó encima ni una sola gota de agua. La lluvia fue arreciando hasta caer a cántaros; pero ella, con velocidad siempre creciente, consiguió quedar tan seca como si se encontrase bajo techado.

El padre, no pudo por menos de exclamar:

—Debo reconocer que te llevas la palma; ¡tuya es la casa!

Los otros dos hermanos se conformaron con la sentencia, como habían acordado de antemano. Sin embargo, los tres se querían tanto, que decidieron seguir viviendo juntos bajo el mismo techo practicando cada cual su oficio; y como eran tan buenos maestros, ganaron mucho dinero. Y así vivieron: unidos hasta la vejez.

Cuando el primero enfermó y murió, tuvieron tanta pena los otros dos, que enfermaron a su vez y no tardaron en seguir al mayor a la tumba. Y como habían sido tan hábiles artífices y se habían querido tan entrañablemente, fueron enterrados juntos en una misma sepultura.

FIN

Los zapatos de Tamburí

Había en El Cairo un mercader llamado Abou Tamburí, que era conocido por su avaricia; aunque rico, iba pobremente vestido, y tan sucio, que parecía un mendigo. Lo más característico de su traje eran unos enormes zapatones, remendados por todos lados, y cuyas suelas estaban provistas de gruesos clavos.

Paseábase cierto día el mercader por el gran bazar de la ciudad, cuando se le acercaron dos comerciantes a proponerle: el uno la compra de una partida de cristalería, y el otro una de esencia de rosa. Este último era un perfumista que se encontraba en grande apuro, y Tamburí compró toda la partida por la tercera parte de su valor.

Satisfecho con su compra, en lugar de pagar el alboroque a los comerciantes como es costumbre en Oriente, creyó más oportuno el ir a tomar un baño. No se había bañado desde hacía mucho tiempo, y tenía gran necesidad de ello, porque el Corán manda a los creyentes de Mahoma bañarse frecuentemente en agua limpia.

Cuando se dirigía al baño, un amigo que lo acompañaba le dijo:

—Con los negocios que acabas de hacer tienes una ganancia muy pingüe, pues has triplicado tu capital. Así es que deberías comprarte un calzado nuevo, pues todo el mundo se burla de ti y de tus zapatos.

—Ya lo había pensado; pero me parece que mis zapatos pueden tirar aún cuatro o cinco meses.

Llegó a la casa de baños, se despidió de su amigo y se bañó. El Cadí fue también a bañarse aquella mañana y en el mismo establecimiento, y como Tamburí saliera del baño antes que él, se dirigió a la pieza inmediata para vestirse. Pero con sorpresa vio que a lado de su ropa, en lugar de sus antiguos zapatos había otros nuevos, que se apresuró a ponerse, creyendo que eran un regalo de alguno de sus amigos. Como ya al encontrarse con zapatos nuevos no tenía necesidad de comprar otros, salió muy satisfecho de la casa de baños.

El Cadí, después de terminar su baño, fue a vestirse; pero en vano sus esclavos buscaron su calzado, tan sólo encontraron los viejos y remendados zapatos de Tamburí.

Furioso el Cadí mandó a un esclavo a cambiar el calzado, y encerró en la cárcel al avaro Tamburí. Este, al día siguiente, después de pagar la multa que le impuso el Cadí, fue dejado en libertad. Cuando llegó a su casa Tamburí arrojó por la ventana al río los zapatos que habían sido causa de su prisión.

Después de algunos días, unos pescadores, que habían echado sus redes en el río, cogieron entre las mallas los zapatos de Tamburí, pero los clavos de que estaba llena la suela destrozaron los hilos de las redes. Indignados los pescadores, recurrieron al Juez para reclamar contra quien había echado al río indebidamente aquellos zapatos.

El Juez les dijo que en aquel asunto nada podía hacer. Entonces los pescadores cogieron los zapatos, y, viendo abierta la ventana de la casa de Tamburí, los arrojaron dentro, rompiendo todos los frascos de esencia de rosa que el avaro había comprado hacía poco, y con cuya ganancia estaba loco de contento.

—¡Malditos zapatos! —exclamó— ¡Cuántos disgustos me cuestan! —Y cogiéndolos, se dirigió al jardín de su casa y los enterró. Unos vecinos que vieron al avaro remover la tierra del jardín y cavar en ella, dieron parte al Cadí, añadiendo que sin duda Tamburí había descubierto un tesoro.

Llamóle el Cadí para exigirle la tercera parte que correspondía al Sultán, y costó mucho dinero al avaro el librarse de las garras del Cadí. Entonces cogió sus zapatos, salió fuera de la ciudad y los arrojó en un acueducto; pero los zapatos fueron a obstruir el conducto del agua con que se surtía la población de Suez.

Acudieron los fontaneros, y encontrando los zapatos se los llevaron al Gobernador, el cual mandó reducir a prisión a su dueño y pagar una multa más crecida aún que las dos anteriores, entregando, no obstante, los zapatos a Tamburí.

Así que se vio Tamburí otra vez en posesión de sus zapatos, resolvió destruirlos por medio del fuego; pero como estaban mojados no logró su objeto. Para poder quemarlos los llevó a la azotea de su casa con el propósito de que los rayos del sol los secasen.

El destino, empero, no había agotado los disgustos que le proporcionaban los malditos zapatos. Cuando los dejó, varios perros saltaron a la azotea por los tejados y, cogiéndolos, se pusieron a jugar con ellos. Durante el juego, uno de los perros tiró un zapato al aire con tal fuerza que cayó a la calle en el momento en que pasaba una mujer. El espanto, la violencia y la herida que le causó fueron tales que quedó desmayada en la calle. Entonces, el marido fue a quejarse nuevamente al Cadí y Tamburí tuvo que pagar a aquella mujer una gruesa multa como indemnización de daños.

Esta vez, desesperado, Tamburí se propuso quemar los endiablados zapatos y los llevó a la azotea, donde se puso de vigilante para evitar que se los llevasen. Pero entonces fueron a llamarlo para finalizar un negocio de cristalería, y la codicia le hizo abandonar su puesto.

No bien dejó la azotea cuando un halcón que revoloteaba sobre la casa, creyendo que los zapatos eran buena presa, los cogió con sus garras y se remontó en los aires. Cansado el halcón, desde cierta altura dejó caer los zapatos sobre la cúpula de la mezquita mayor y los pesados zapatos hicieron considerables destrozos en la cristalería de la cúpula.

Los sirvientes del templo acudieron al ruido, y vieron con asombro que la causa de aquel destrozo eran los zapatos de Tamburí, y expusieron su queja al Gobernador. Tamburí fue preso y llevado a presencia del Gobernador, el que, enseñándole los zapatos, le dijo:

—¿Es posible que no escarmientes? ¡Merecías ser empalado! Pero tengo lástima de ti y sólo te condeno a quince días de cárcel y a una multa para el tesoro del Sultán, y al pago de los destrozos que has causado en la cúpula de la mezquita.

Tamburí tuvo que cumplir su condena; pasó quince días en la cárcel; pagó dos mil cequíes de multa para el tesoro del Sultán y ciento cincuenta por las reparaciones que hubo que hacer en el tejado. Pero las autoridades de El Cairo mandaron a Tamburí los zapatos.

Tamburí, después de meditarlo mucho pidió audiencia al Sultán, y éste se la concedió. Hallábase el Sultán rodeado de todos los Cadíes de la ciudad en el Salón del Trono, cuando se presentó Tamburí, y, de hinojos ante el Sultán, le dijo:

—Soberano Señor de los creyentes, soy el hombre más infortunado del mundo; una serie inconcebible de circunstancias fatales ha venido a causar casi mi ruina y hacer que padeciera muchos días de prisión. Causa de todas mis desdichas son estos malditos zapatos, que no puedo destruir ni hacer desaparecer. Ruego a V.M. que me releve de responsabilidad en los sucesos a que estos zapatos puedan dar lugar, directa o indirectamente, pues declaro que desde hoy renuncio por completo a todos mis derechos sobre ellos. No me quejo de las resoluciones del Cadí ni de las del Gobernador, porque han sido justas.

Y diciendo esto, Tamburí colocó los dos zapatos en las gradas del Trono. El Sultán, enterado de las aventuras, rio con todos los cortesanos, y para satisfacer a Tamburí ordenó que en la plaza pública fueran quemados los zapatos.

El verdugo los impregnó de pez y resina y les prendió fuego, y desde aquel momento Tamburí quedó libre y tranquilo.

FIN

Así fue como al rinoceronte se le arrugó la piel

Ilustración: hellcorpceo

Había una vez, en una isla deshabitada frente a las costas del mar Rojo, un parsi cuyo sombrero reflejaba los rayos del sol con un resplandor-más-que-oriental. Vivía aquel parsi junto al mar Rojo sin más bienes que su sombrero, su cuchillo y un hornillo de esos a los que tú, por nada del mundo, debes acercarte.

Un buen día, tomó harina, agua, pasas, ciruelas, azúcar y esas cosas y se preparó un pastel de medio metro de ancho y un metro de alto. Aquel era un «Comestible Superior» (eso es mágico), y lo puso sobre su hornillo —porque el parsi sí tenía permiso para acercarse a él— y lo coció y lo coció, hasta que estuvo todo dorado y olía que daba gusto. Pero justo cuando se disponía a comérselo, apareció en la playa, procedente del Interior Totalmente Deshabitado, un rinoceronte con un cuerno en el hocico, unos ojitos de puerco y muy pocos modales.

En aquellos tiempos, el rinoceronte tenía la piel muy estirada, se le ajustaba muy bien, sin arrugas por ninguna parte. Era exactamente igual a los rinocerontes de un Arca de Noé de juguete, aunque mucho más grande, por supuesto. De todas formas, no tenía modales en aquella época, tampoco los tiene ahora y no los tendrá nunca.

Dijo: «¡Auummm!» y el parsi soltó el pastel y trepó a lo más alto de una palmera, sin llevarse con él más que su sombrero, que reflejaba los rayos del sol con un resplandor-más-que-oriental.

El rinoceronte derribó con el hocico el hornillo de aceite y el pastel rodó por la arena, lo ensartó con su cuerno y lo devoró en un periquete, tras lo cual se marchó tranquilamente, meneando la cola, al desolado Interior Totalmente Deshabitado, que linda con las islas de Mazanderan, Socotra y los Promontorios del Equinoccio.

Entonces, el parsi bajó de la palmera, puso en pie el hornillo y recitó un sloka que, como tú no lo sabes, te recito a continuación:

Aquel que el pastel comió,

el que el parsi cocinó,

un grave error cometió.

 

Y estos versos tenían mucha más miga de lo que tú puedas imaginar.

Cinco semanas después de este suceso, una gran ola de calor azotó las costas del mar Rojo y todo el mundo se quitó la ropa que llevaba. El parsi se quitó el sombrero y el rinoceronte se quitó la piel, se la echó al hombro y se acercó a la playa para bañarse. En aquellos tiempos, la piel del rinoceronte era de quita y pon, se abrochaba con tres botones por debajo y parecía un impermeable. Del pastel que se había comido no dijo nada. Ya sabemos que no tenía modales en aquella época, tampoco los tiene ahora y no los tendrá nunca. Dejó la piel en la playa, se metió en el agua y empezó a hacer burbujas soplando por la nariz.

Entonces, el parsi, que pasaba por allí, se encontró la piel del rinoceronte y sonrió con una sonrisa que le dio la vuelta a la cara dos veces. Luego, bailó dando tres vueltas alrededor de la piel y frotándose las manos. Corrió a su tienda y llenó su sombrero con migajas de pastel, pues hay que tener en cuenta que aquel parsi solo comía pasteles y nunca barría la tienda. Tomó la piel, la restregó, la sacudió la frotó y la llenó a más no poder de migajas de pastel, viejas, duras y punzantes y también metió algunas pasas chamuscadas. Después, se subió a lo más alto de una palmera y esperó a que el rinoceronte saliera del agua y se pusiera la piel.

Y el rinoceronte así lo hizo. Abrochó los tres botones y notó que la piel le picaba, como cuando la cama está llena de migas. Entonces quiso rascarse, pero eso fue peor; se tumbó sobre la arena, y empezó a revolcarse y a revolcarse, pero con cada revolcón, las migajas le picaban más y más. Entonces corrió hacia la palmera y se restregó y se restregó y se restregó contra el tronco varias veces. Tanto y tan fuerte se restregó que, al final, se le hizo una tremenda arruga en la espalda y otra debajo, donde solían estar los botones (que perdió de tanto restregar) y también aparecieron pliegues en sus patas. Todo esto le agrió el carácter, pero para nada solucionó las molestias que le producían las migajas del pastel que le picaban dentro de la piel. Se marchó a su casa de muy mal humor, con aquella terrible comezón y lleno de rasguños. Y desde entonces hasta hoy, todos los rinocerontes tienen grandes arrugas en la piel y un humor de mil diablos, todo por culpa de las migajas del pastel que llevan dentro.

El parsi bajó de la palmera llevando puesto el sombrero, que reflejaba los rayos del sol con un resplandor-más-que-oriental, empaquetó su hornillo y se marchó en dirección a Orotavo, Amígdala, las Praderas Altas del Anantarivo y las Marismas de Sonaput.

FIN

Perico, el conejo travieso

Ilustración: Beatrix Potter

Había una vez cuatro conejitos que se llamaban Pelusa, Pitusa, Colita de algodón y Perico. Vivían con su madre bajo las raíces de un abeto muy grande.

Una mañana, su madre les dijo:

—Hijitos, podéis ir a jugar al campo o a correr por la vereda…, pero no vayáis al huerto del tío Gregorio. «Ya sabéis la desgracia que le ocurrió allí a vuestro padre; ¡la tía Gregoria lo cocinó en pepitoria! ¡Hala! Id ya a jugar y no hagáis travesuras. Yo tengo que salir.

Entonces, la mamá coneja cogió su cesta y su paraguas y se fue por el bosque a la panadería. Allí compró una barra de pan moreno y cinco bollos.

Pelusa, Pitusa, y Colita de Algodón, que eran unas conejitas muy buenas, se fueron por la vereda a recoger zarzamoras. Pero Perico, que era muy travieso, se fue derecho al huerto del tío Gregorio, y estirándose mucho…, ¡se coló por debajo de la verja!

Primero comió unas lechugas, después unas judías verdes y por último…, ¡se zampó unas zanahorias! Al rato, ya le dolía la tripa de tanto comer y se fue a buscar unas ramitas de perejil.

Pero al dar la vuelta al invernadero… ¡se dio de narices con el tío Gregorio que estaba de rodillas plantando coles!

En cuanto vio a Perico, se lanzó tras él blandiendo el rastrillo y gritando: «¡Al ladrón!».

Perico estaba muerto de miedo. Corría de acá para allá por todo el huerto sin encontrar la verja por donde había entrado.

Perdió uno de sus zapatos entre las coles y el otro en el campo de patatas.

Sin zapatos, comenzó a correr a cuatro patas tan deprisa, tan deprisa que hubiera conseguido escapar a no ser porque… ¡los botones de su chaqueta se engancharon en una red que cubría una mata de grosellas! Perico acababa de estrenar una preciosa chaqueta azul con botones dorados.

Perico se dio por vencido y empezó a llorar. Por suerte, unos gorriones muy simpáticos que volaban por allí lo animaron para que hiciera un último esfuerzo.

El tío Gregorio ya estaba encima de Perico y trababa de atraparlo con una criba. Pero en el último instante, Perico consiguió escabullirse, dejando tras de sí su chaqueta.

Corriendo a más no poder, se metió en la caseta de las herramientas y, de un salto, se escondió en la regadera. Habría sido un escondite perfecto si no hubiera sido porque… ¡estaba llena de agua!

El tío Gregorio estaba seguro de que Perico se escondía en la caseta, así que fue levantando los tiestos uno por uno a ver si lo encontraba.

De repente, Perico estornudó:

—A… a… ¡achís! —Y el tío Gregorio se lanzó tras él de nuevo.

A punto estaba de pisarlo, cuando Perico, de un salto, se escapó por la venta, volcando unas cuantas macetas. La ventana era demasiado pequeña para el tío Gregorio y, además, estaba cansado de perseguir a Perico, así que dio media vuelta y volvió a su trabajo.

Perico se sentó a descansar; estaba sin aliento, temblaba de miedo y no tenía ni la menor idea del camino que debía seguir. Además, estaba empapado mojado por lo de la regadera.

Después de un rato, empezó a rondar por los alrededores, dando pequeños saltitos: «plop, plop, plop», y mirando a ver qué veía.

Por fin, encontró una puerta en la tapia que rodeaba el huerto, pero estaba cerrada y no había sitio para que un conejito tan gordo como él pudiera pasar por debajo.

Vio un ratoncito que entraba y salía por debajo de la puerta, llevando guisantes y judías a su familia que vivía en el bosque. Perico le preguntó dónde quedaba el camino para llegar a la verja, pero el ratón, que se estaba comiendo un guisante en ese momento, se atragantó. Solo movía la cabeza de un lado a otro; y Perico se echó a llorar.

Trató de encontrar un camino a través del huerto, pero cada vez estaba más desorientado. Llegó al estanque donde el tío Gregorio llenaba sus regaderas. Había allí una gata blanca que miraba fijamente a los peces de colores. Estaba sentada sin moverse pero, de vez en cuando, la punta de su cola se estremecía como si estuviera viva. Perico se marchó sin dirigirle la palabra… ¡Había oído cosas terribles de los gatos en boca de su primo, el conejito Benjamín!

Volvió de nuevo a la caseta de herramientas, pero, de pronto oyó el ruido del azadón, «zas, zas, zas», al cavar la tierra. Perico se agazapó bajo unos arbustos. Al ver que no pasaba nada, decidió salir de su escondrijo y se subió en una carretilla para echar un vistazo. Lo primero que vio, fue al tío Gregorio escardando cebollas. Estaba de espaldas a Perico, y el conejito pudo ver que más allá estaba… ¡la verja!

Perico se bajó de la carretilla sin hacer ruido y echó a correr por una senda medio oculta entre matas de grosella.

El tío Gregorio lo vio cuando Perico doblaba la esquina del huerto, pero ya era demasiado tarde. Perico se deslizó por debajo de la verja y llegó, sano y salvo, al bosque.

El tío Gregorio recogió la chaqueta y los zapatos de Perico y, con ellos, hizo un espantapájaros para asustar a los mirlos.

Perico no paró de correr hasta que llegó a su casa, bajo las raíces del gran abeto.

Estaba tan cansado, que se dejó caer en el suelo blando y arenoso de la madriguera y allí se quedó, con los ojos cerrados. Su madre estaba cocinando y, al verlo llegar, se preguntó qué habría hecho con su ropa… ¡era la segunda chaqueta y el segundo par de zapatos que perdía en dos semanas!

Lamento decir que Perico no se sintió muy bien aquella noche. Su madre lo acostó, le preparó una infusión de manzanilla amarga… ¡y obligó al pobre Perico a tomarla! «Una cucharada sopera antes de acostarse», como decía el médico.

En cambio, sus hermanas Pelusa, Pitusa, y Colita de Algodón cenaron tan ricamente sopas de leche y, de postre, zarzamoras.

FIN

El gato, el gallo y el zorro

Ilustración: dreamstime

En otros tiempos vivió un anciano que tenía un gato y un gallo muy amigos uno de otro. Un día el viejo se fue al bosque a trabajar; el gato le llevó el almuerzo y el gallo se quedó para guardar la casa. Pasado un rato se acercó a la casa un zorro y situándose debajo de la ventana, se puso a cantar:

—¡Quiquiriquí, gallito de cresta de oro! Si te asomas a la ventana te daré un guisante.

El gallo abrió la ventana y, en un abrir y cerrar de ojos, el zorro lo agarró por el cuello para llevárselo a su choza. El gallo se puso a gritar:

—¡Socorro!, ¡socorro! El zorro me ha atrapado y me lleva por bosques obscuros, profundos valles y altos montes. ¡Gatito, compañero mío, socórreme!

Cuando el gato oyó los gritos, echó a correr en ayuda del gallo; encontró al zorro, le arrancó el gallo y se lo llevó a casa.

—Ten cuidado, querido Gallito, de no asomarte más a la ventana —le dijo el gato—. No hagas caso del zorro, que lo que quiere es comerte sin dejar de ti ni siquiera los huesos.

Al día siguiente, se fue de nuevo el anciano al bosque; el gato le llevó la comida y el gallo se quedó a cuidar de la casa, no sin haberle recomendado el buen viejo que no abriese la puerta a nadie y que no se asomase a la ventana.

Pero el zorro, que tenía muchas ganas de comerse al gallo, se puso debajo de la ventana y empezó a cantar como el día anterior:

—¡Quiquiriquí, gallito de cresta de oro!, asómate a la ventana y te daré un guisante y otras semillas.

El gallo, nervioso, se puso a pasear por la cabaña sin responder al zorro. Entonces, este repitió la misma canción y le echó un guisante por la ventana. El gallo, después de comérselo, le dijo al zorro:

—No, zorro, no me engañas; lo que tú quieres es comerme sin dejar de mi ni siquiera los huesos.

—¿Pero por qué te figuras que yo te quiero comer? Lo que yo quiero es que vengas a mi casa a hacerme una visita. Te presentaré a mi familia y te agasajaremos como te mereces.

Y otra vez se puso a cantar con una voz muy suave:

—¡Quiquiriquí, gallito de cresta de oro y cabecita de seda!, asómate a la ventana; así como te di un guisante te daré también semillas.

El gallo asomó la cabeza por la ventana y el zorro lo atrapó con sus patas y, sin perder ni un instante, se lo llevó a su choza.

El gallo, asustado, se puso a dar grandes gritos:

—¡Socorro!, ¡socorro! El zorro me ha atrapado y me lleva por bosques obscuros, profundos valles y altos montes. ¡Gatito, compañero mío, socórreme!

El gato oyó los gritos del gallo, lo buscó por todas partes y al fin lo encontró; se lo quitó a el zorro, lo llevó de regreso a casa y le dijo:

—¿No te había dicho, querido Gallito, que no mirases por la ventana? Cualquier día te comerá el zorro y no dejará de ti ni siquiera los huesos. Ten cuidado mañana porque iremos muy lejos de casa y no te podré oír ni ayudar.

Al día siguiente, el viejo se marchó otra vez al campo y el gato, como de costumbre, le llevó la comida.

Cuando el zorro vio que se habían marchado, se puso bajo la ventana de la cabaña y se puso a cantar la misma canción de siempre. La repitió tres veces, pero el gallo no respondía.

—¿Qué te pasa? –dijo el zorro–. ¿Por qué hoy, gallito, no me respondes?

—No, zorro; esta vez no me engañas; no miraré por la ventana.

El zorro le echó por la ventana un guisante y varias semillas y se puso a cantar muy dulcemente:

–¡Quiquiriquí, gallito de cresta de oro y cabecita de seda, asómate a la ventana! Yo tengo un gran palacio; en cada rincón hay sacos de grano y podrás comer tanto como quieras. ¡Si tú vieras cuántas golosinas tengo allí para ti! No creas lo que dice el gato, que si yo hubiese querido comerte ya lo habría hecho. Yo te quiero mucho, y mi deseo es que viajes y conozcas tierras nuevas para que aprendas a vivir bien en el mundo. ¿Me tienes miedo? Pues mira, asómate a la ventana, que yo me retiraré un poquito.

Y se escondió debajo de la ventana. El gallo saltó sobre el marco y se asomó. El zorro, de un golpe, lo agarró por el cuello y se lo llevó a su casa.

El gallo se puso a dar gritos desesperadamente llamando al gato para que lo socorriera; pero tanto el viejo como el gato estaban muy lejos y no lo oyeron.

Apenas el gato volvió a casa, se puso a buscar a su amigo, y no encontrándolo, pensó que le habría ocurrido la misma desgracia de siempre.

Cogió una lira y un palo y se fue en busca de la choza del zorro. Una vez llegó, se sentó y empezó a cantar acompañándose con la lira:

—Tocad, cuerdecitas de oro. ¿Está en casa el señor zorro? ¡Qué hermosas son sus hijas, la mayor Maniquí, la otra Ayuda Maniquí, la tercera Dame el Huso, la cuarta Carda la Lana, la quinta Cierra la Chimenea, la sexta Enciende el Fuego y la séptima Hazme Pasteles!

El zorro, oyendo cantar, dijo a su hija Maniquí:

—Sal a ver quién canta tan bonita canción.

Apenas Maniquí se presentó al gato, éste le dio un golpe en la cabeza con el bastón y la guardó en un saco que llevaba. Repitió la misma canción, y el zorro envió a su segunda hija, y después envió a la tercera, y así hasta la última.

Conforme salían de la choza, el gato les daba un golpe y las guardaba en su saco. Por fin salió el mismísimo zorro, y apenas el gato lo vio, le dio con el palo un golpe tan fuerte en la frente, que el zorro cayó rodando por el suelo para no levantarse más.

El gallo se puso muy contento, saltó por una ventana, dio las gracias al gato por haberlo salvado y volvieron los dos a casa del viejo, donde los tres vivieron muy felices durante muchos años.

FIN

La reina de las abejas

Ilustración: Helen Stratton

Dos príncipes, hijos mayores de un rey, partieron un día en busca de aventuras y se entregaron a una vida disipada y licenciosa, por lo que no volvieron a aparecer por su casa. El tercer hijo, al que llamaban Simplón, se puso en camino, en busca de sus hermanos. Cuando, por fin, los encontró, se burlaron de él.

—¿Cómo pretendes, siendo tan simple, abrirte paso en el mundo cuando nosotros, que somos mucho más inteligentes, aún no lo hemos conseguido?

No obstante, dejaron que los acompañara.

Por el camino, encontraron un nido de hormigas. Los dos mayores querían destruirlo para divertirse viendo cómo los animalitos corrían azorados para poner a salvo los huevos; pero el menor dijo:

—Dejad en paz a las hormigas; no dejaré que las molestéis.

Siguieron andando hasta llegar a la orilla de un lago, en cuyas aguas nadaban muchísimos patos. Los dos hermanos querían cazar unos cuantos para asarlos, pero el menor se opuso:

—Dejad en paz a los patos; no consentiré que los molestéis.

Al fin llegaron a una colmena silvestre, instalada en un árbol, tan repleta de miel, que ésta fluía tronco abajo. Los dos mayores iban a encender fuego al pie del árbol para sofocar los insectos y poderse apoderar de la miel; pero Simplón los detuvo, repitiendo:

—Dejad a las abejas en paz; no toleraré que las queméis.

Al cabo de unas horas, llegaron los tres a un castillo del que decían que estaba encantado. Entraron y lo primero que vieron fue que en las cuadras había muchos caballos de piedra, pero ni un alma viviente. Recorrieron todas las salas sin encontrar a nadie, hasta que se encontraron frente a una puerta cerrada con tres cerrojos, pero que tenía una ventanilla en el centro por la que podía mirarse al interior. Dentro, se veía a un hombrecillo de cabello gris, sentado a una mesa. Lo llamaron una vez y dos, pero no los oyó; a la tercera, se levantó, descorrió los cerrojos y salió de la habitación sin pronunciar una sola palabra y, por señas, les indicó que lo siguieran. Los condujo hacia una mesa ricamente puesta. Una vez hubieron comido y bebido, llevó a cada uno de los tres hermanos a un dormitorio.

A la mañana siguiente, el hombrecillo llamó al mayor y lo condujo hasta una mesa de piedra, en la cual había escritos los tres trabajos que debía cumplir para desencantar el castillo. El primero decía: «En el bosque, entre el musgo, se hallan las mil perlas de la hija del rey. Se han de recoger antes de la puesta del sol, en el bien entendido de que si falta una sola, el que hubiere emprendido la búsqueda quedará convertido en piedra.

El mayor se pasó el día buscando; pero a la hora del ocaso no había reunido más que un centenar de perlas; y le sucedió lo que estaba escrito en la mesa: quedó convertido en piedra.

Al día siguiente, el segundo intentó la aventura, pero no tuvo mayor éxito que el mayor: encontró solamente doscientas perlas, y, a su vez, fue transformado en piedra.

Finalmente, le tocó el turno a Simplón, el cual salió a buscar entre el musgo. ¡Qué difícil se hacía la búsqueda y con qué lentitud se reunían las perlas! Se sentó sobre una piedra y se puso a llorar. De pronto, se presentó la reina de las hormigas a las que había salvado la vida, seguida de cinco mil de sus súbditos y en un abrir y cerrar de ojos tuvieron los animalitos las perlas reunidas en un montón.

Al día siguiente, a Simplón se le encomendó pescar del fondo del lago la llave del dormitorio de la princesa. Al llegar el muchacho a la orilla dispuesto a sumergirse en las negras aguas, los patos que había salvado se acercaron nadando, se sumergieron en las profundidades y, al poco rato, aparecieron con la llave pedida.

A la mañana siguiente, Simplón debía enfrentarse al tercero de los trabajos, el más difícil de todos. De las tres hijas del rey, que estaban dormidas a causa de un encantamiento, debía descubrir cuál era la más joven y hermosa, pero el caso era que las tres se parecían como tres gotas de agua, y entre ellas no se advertía la menor diferencia. De ellas solo se sabía que, justo antes de quedarse dormidas, habían comido diferentes golosinas. La mayor, un terrón de azúcar; la segunda, un poco de jarabe de caramelo, y la menor, una cucharada de miel.

En ese instante, compareció la reina de las abejas, cuyo panal Simplón había salvado del fuego, y exploró la boca de cada una. Después de revolotear sobre las tres princesas, se posó, finalmente, en la boca de la que había comido miel, con lo cual el príncipe pudo reconocer a la verdadera.

El hechizo se desvaneció en ese instante; todos despertaron, y los petrificados recuperaron su forma humana. Simplón se casó con la princesita más joven y bella, y los dos heredaron el trono a la muerte del rey. Los dos hermanos se casaron con las otras dos princesas.

FIN