Cuento clásico

Cenicienta

cenicienta (2)

Érase una vez un caballero que tenía una hija buena, gentil y agraciada. Se había quedado viudo y decidió casarse, en segundas nupcias, con una dama, también viuda, que tenía dos hijas que se parecían a ella en todo, pero especialmente en el carácter: presumidas y egoístas.

Al poco de casarse, el hombre murió y la mujer empezó a mirar con malos ojos a su hijastra, porque la gracia y hermosura de esta hacían parecer más feas y antipáticas a sus dos hijas. En la distribución de las tareas de la casa le destinó los quehaceres más pesados: lavar los platos, limpiar la cocina, barrer las escaleras, sacudir las alfombras, y otras muchas más que sería largo enumerar.

La pobre chica dormía en la buhardilla, sobre un duro lecho de paja vieja, mientras las hermanastras dormían en blandos colchones de plumas, en cuartos luminosos, llenos de espejos y cortinas de tul, como en el mejor palacio de la tierra.

La niña soportaba todo esto sin decir nada, pero sufría mucho, sobre todo por la falta de cariño que había en la casa.

Cuando terminaba sus tareas, se acurrucaba junto a la chimenea para leer y allí permanecía horas y horas, hasta que las cenizas del hogar le cubrían los vestidos y el pelo. Por eso, todos empezaron a llamarla Cenicienta.

Un día, el hijo del rey decidió organizar un baile al que fueron invitados todos los jóvenes de la comarca. Como el príncipe estaba en edad de casarse, la noticia causó un gran revuelo en todas las familias. No había hogar en el que hubiera una joven que no soñara con que la niña llegara a ser reina algún día.

Todas las muchachas comenzaron a preparar los mejores vestidos con las más preciosas telas. Una buscaba joyas valiosísimas en los antiguos cofres de la familia; otra se hacía pruebas de complicadísimos peinados; otra se maquillaba los ojos y las uñas para encontrar el color que más la favoreciera… En fin, de norte a sur, por todo el reino, no se hablaba de otra cosa que no fuera el baile del príncipe.

Las dos hermanastras de Cenicienta no comían ni dormían, tanta era su preocupación por la fiesta de palacio. No paraban de ir y venir de tienda en tienda en busca de telas y cintas, encajes y puntillas, joyas y otros adornos.

Llegado el día del baile, las dos hermanas se bañaron, se perfumaron, se vistieron con trajes de seda y, finalmente, pidieron a Cenicienta que las peinara. Mientras terminaban de acicalarse, una de ellas preguntó:

—Dime, Cenicienta, ¿te gustaría ir al baile con nosotras para poder admirar desde un rincón los trajes de las damas más distinguidas de la región?

—Iría con gusto —respondió la niña— pero comprendo que el palacio real no es mi lugar. Yo debo haber nacido para barrer, fregar, cocinar, y lavar y no para asistir a los bailes del rey.

—Tienes razón. ¡Imagina la risa de los invitados si te vieran entrar en palacio! Así que mejor ponte a limpiar porque, la verdad, todo esto lo tienes muy sucio. ¡A trabajar mientras nosotras nos divertimos!

La mayor llevaba un vestido de terciopelo rojo cuajado de estrellitas de oro, y la menor uno de terciopelo azul bordado con hilos de plata. Las dos subieron a una carroza y se dirigieron al palacio real.

Cenicienta las despidió en el jardín y les deseo buena suerte. Parecía contenta, pero al quedarse sola se le llenaron los ojos de lágrimas. Fue a sentarse junto al fuego y allí, mirando el baile de las llamas, suspiraba y suspiraba.

De repente, junto a ella, apareció una hermosa dama. Ante el gesto de sorpresa de la joven, le habló con dulzura:

—No temas, Cenicienta, soy tu hada madrina. ¿Por qué estás tan triste? Dime qué puedo hacer por ti.

—Quisiera… Quisiera… —Pero los sollozos interrumpieron sus palabras.

—Quisieras asistir al baile, ¿no es cierto?

Cenicienta asintió con la cabeza.

—No llores, querida. Irás al baile. Vamos al jardín. En el fondo hay una planta de calabazas. Buscaremos la más grande.

La chica no entendía para qué necesitaban una calabaza; pero el hada, después de vaciarla, la tocó con su varita mágica y la dura corteza abierta se transformó en una espléndida carroza.

Seis ratoncitos, que acudieron desde el granero, al ser tocados por la varita mágica se convirtieron en briosos caballos.

Un ratón de la cocina se asomó, curioso, y la varita del hada lo transformó en un cochero vestido con elegante librea.

De las piedras del muro del jardín asomaron la cabeza seis lagartijas verdes que, por voluntad del hada, se transformaron en lacayos.

—He aquí la carroza y los servidores que te llevarán a palacio. ¿Estás contenta?

Cenicienta no sabía qué contestar. Bajó los ojos, miró su vestido y sus zapatos y murmuró:

—¿Al palacio? Pero es que voy con harapos y zuecos…

El rostro del hada se iluminó con una sonrisa. La varita mágica tocó las ropas de la joven y su ropa vieja se convirtió en un vestido blanco entretejido con hilos de plata.

—Y ahora el calzado. Para tus pequeños pies he traído un par de zapatitos de cristal. Sube a la carroza, te conducirá al baile. No digas a nadie tu nombre, ni siquiera al príncipe. Todos supondrán que eres una princesa recién llegada de un lejano país. Te advierto que el hechizo solo durará hasta la medianoche; a esa hora, tu carroza se convertirá en calabaza, tus servidores volverán a ser animales y tus trajes humildes ropas. ¡No lo olvides! Debes regresar a casa antes de que suenen las doce campanadas.

Cenicienta escuchó con atención, prometió no olvidar los consejos del hada y subió a la espléndida carroza. Cuando entró en el gran salón de baile todos quedaron maravillados. Su porte, su distinción y sus ricos vestidos dejaron a todos con la boca abierta. El hijo del rey solo tenía ojos para ella y aunque bailaron varias veces no consiguió saber el nombre de su pareja de baile.

Entretanto, las hermanastras de Cenicienta no salían de su asombro:

—¡Sí es ella! ¡Te digo que es ella!

—Pero, ¿quién la trajo hasta aquí? ¿De dónde sacó ese vestido?

—¡No lo sé! ¡Parece imposible!…

—¿No será una princesa extranjera que se parece a Cenicienta?

—Acerquémonos a ella, a ver si nos reconoce.

Las dos hermanas recorrieron las salas en busca de Cenicienta, pero esta no aparecía por ninguna parte. Cenicienta había abandonado el palacio un poco antes de medianoche. En cuanto la carroza llegó a casa, volvió a ser una calabaza, y ratoncitos y lagartijas, de nuevo en su verdadera forma, corrieron a refugiarse, cada uno en su escondrijo. La joven, con sus harapos, iba ya a subir a la buhardilla, cuando oyó que golpeaban la puerta. Fingiendo estar medio dormida, preguntó entre bostezos a sus hermanastras:

— ¿Qué tal en palacio? ¿Os habéis divertido? ¿Habéis bailado con el príncipe?

—La verdad es que nada interesante. Una dama desconocida atrajo la atención del príncipe y de todos los asistentes al baile. Tenía un aire a ti, pero ella era muchísimo más interesante. Debía ser una princesa extranjera.

—¿No se hizo anunciar? ¿Nadie le preguntó cómo se llamaba?

—Nadie consiguió averiguar quién era. Desapareció antes de la medianoche y el príncipe quedó muy contrariado, porque parece que se ha enamorado de ella. Espera que vaya al baile de mañana.

—Hermana —dijo Cenicienta a la mayor— ¿me prestarías tu viejo vestido amarillo para ir al baile de mañana y ver a la misteriosa princesa?

—¿Estás loca? ¿Prestarte mi vestido? ¿Ir nosotras con una sirvienta al baile? ¡Ni soñarlo!

Estas palabras hirientes no pudieron ofender a Cenicienta; por dentro, estaba loca de alegría al recordar las atenciones del hijo del rey. Se sentía inmensamente feliz.

Al día siguiente, las dos hermanas se emperifollaron todavía más para asistir al baile. Cuando se quedó sola, Cenicienta recibió, de nuevo, la visita del hada madrina. La varita mágica repitió los prodigios de la noche anterior y, esta vez, la joven llegó a palacio con un vestido de tul blanco y púrpura.

El príncipe esperaba ansioso. Bailó con ella toda la noche, pero a pesar de su insistencia, no obtuvo respuesta sobre el nombre y el domicilio de la bella desconocida. Esta, perdida la noción del tiempo, que pasaba veloz en medio de la alegría de la fiesta, se dio cuenta, de pronto, de que ya estaban a punto de sonar las campanadas de medianoche. Hizo una rápida reverencia al hijo del rey y corrió escaleras abajo.

—¡Detente! ¡Espera un momento, por favor!

Pero ella siguió corriendo y, en su precipitación, perdió uno de los zapatitos de cristal. En ese momento empezaron a sonar las campanadas del reloj de palacio, y los soldados vieron salir corriendo a una niña andrajosa. El príncipe, que se había detenido a recoger el zapatito de cristal, preguntó cuál era la carroza de la princesa que acababa de salir. El jefe de guardia lo miró asombrado:

—Alteza, no ha salido ninguna princesa de palacio. Hace un momento pasó corriendo una joven mendiga. Nada más.

El joven se quedó pensativo. Aquella misteriosa dama le interesaba cada vez más. Guardó el zapatito en uno de los bolsillos y subió lentamente la escalinata de mármol pensando en cómo descubrir la identidad de la desconocida valiéndose de aquel zapato.

Cenicienta llegó a casa sola, mal vestida y agotada por la carrera y se sentó junto a la chimenea a esperar el regreso de sus hermanastras. Estas llegaron muy tarde y le contaron la extraña fuga de la desconocida.

A la mañana siguiente, un bando real anunciaba que un cortesano llevaría un zapato de cristal de casa en casa para que todas las muchachas se lo probaran, la que consiguiera calzarlo, se casaría con el príncipe.

El cortesano, con el zapato de cristal sobre un cojín de raso azul, llegó a casa de Cenicienta. Ninguna de las dos hermanas pudo ponerse el zapato. El funcionario real estaba desesperado:

—Esta es la última casa del reino y no hemos conseguido dar con la joven propietaria de este zapatito de cristal.

Cenicienta, entonces, se adelantó y preguntó:

—¿Puedo probármelo yo también?

A pesar del fastidio de las dos hermanastras, el cortesano accedió y ¡oh!, sorpresa.

—¡No puede ser! —exclamaron todos a la vez— ¡La propietaria del zapato no puede ser esta harapienta!

En ese momento, apareció el hada madrina, que entregó el otro zapatito a Cenicienta y le pidió que lo calzara. Tocó con su varita mágica las ropas de la niña y estas se convirtieron en un elegante vestido.

La madrastra y las hermanastras no salían de su asombro:

—¡Cenicienta se casará con el príncipe!

—¡Pobres de nosotras! Ahora se vengará por todos los malos momentos que le hemos hecho pasar.

Así se lamentaban las tres, pero Cenicienta no había cambiado y aunque ahora era una princesa, su corazón seguía siendo bueno y generoso, como cuando era una humilde sirvienta. Ni odio ni rencor cabían en él y cuando celebró sus bodas con el príncipe, invitó a palacio a sus hermanastras y a su madrastra.

El zapatito que Cenicienta había perdido se conservó en una vitrina de palacio como la joya más preciada del tesoro real y uno de los ratoncitos que había vivido en la buhardilla con la muchacha fue el encargado de custodiarlo y

con un látigo en la mano,

aquel ratón, muy ufano,

cuida todavía hoy,

en el palacio real,

el zapato de cristal.

 

FIN

La Bella Durmiente

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Ilustración: Fabulandia

Este cuento nos lo pidió Amparo y a ella se lo dedicamos.

Había una vez un rey y una reina que estaban muy tristes porque no tenían hijos. Por fin, después de mucho tiempo, la reina dio a luz a una niña.

Como era costumbre en tan lejana época, para celebrar el nacimiento de la heredera, fueron invitadas todas las hadas del reino para que pudieran otorgar sus dones a la pequeña princesa, pero se olvidaron de invitar a una de ellas; un hada malvada de la que no se tenían noticias desde hacía muchísimo tiempo, porque vivía encerrada en su lejano castillo.

No se sabe de qué modo, la noticia del nacimiento de la princesa llegó a oídos de la malvada hada, pero el caso es que acudió a la fiesta sin haber sido invitada.

Al terminar la comida, una a una, las hadas pasaron ante la cuna de la recién nacida y, tocando su frente con sus varitas mágicas, le fueron otorgando sus dones:

—Serás la más inteligente.

—Serás la más alegre.

—Serás la más hermosa.

—Serás la más constante.

—Serás la más paciente.

— …

Al llegar su turno, el hada malvada se situó frente a la cuna de la pequeña y, al mismo tiempo que apoyaba su varita mágica en la frente de la princesita, pronunció con rabia su espantoso conjuro:

—¡El día que cumplas dieciséis años, te pincharás con un huso y morirás!

El hada más joven, al oír tan terrible maleficio, realizó un encantamiento para mitigar el funesto destino de la pequeña:

—El día de tu decimosexto cumpleaños, te pincharás con un huso, pero no morirás, sino que permanecerás dormida durante cien años, hasta que un beso de amor te despierte de tu profundo sueño.

Inmediatamente, los reyes enviaron mensajeros por todo lo largo y ancho del reino con la orden de quemar todos los husos que hubiera en él para evitar que el maleficio pudiera cumplirse.

Fueron pasando los años y en la princesita iban aumentando los dones que le habían otorgado las hadas el día de su nacimiento. Y, por fin, llegó el día en el que cumplía dieciséis años.

Mientras se paseaba por el inmenso palacio pensando en la fiesta que debía celebrarse en su honor aquella noche, la princesa se desorientó y, sin darse cuenta, fue a parar a una zona del castillo que todos creían que estaba deshabitada.

Al entrar en una de las estancias, encontró a una vieja sirvienta que desconocía la prohibición del rey y estaba hilando. La princesa, que no había visto jamás un huso, sintió curiosidad y le preguntó a la anciana mujer:

—¿Qué haces buena mujer?

—Estoy hilando.

—¿Me dejarías probar?

—No es fácil hilar, hija mía, -respondió la sirvienta – pero, si quieres, puedo enseñarte.

La princesa, muy contenta, aceptó el ofrecimiento sin sospechar que, al hacerlo, la maldición del hada malvada estaba a punto de cumplirse.

Justo al tomar el huso entre sus manos, se pinchó en el dedo índice y antes de que la diminuta gota de sangre que brotó de su dedo llegara al suelo, la princesita se desvaneció y allí se quedó, como si estuviera muerta.

Los mejores médicos, las más afamadas brujas y los más competentes magos y hechiceras fueron llamados a consulta. Lo probaron absolutamente todo, sin embargo, nadie fue capaz de vencer el terrible maleficio. El hada más joven, al enterarse de lo ocurrido, corrió también hacia palacio y al encontrarse a toda la corte llorando, rodeando la cama en la que yacía inmóvil la princesa, les dijo:

—No lloréis, que cien años dormirá, pero luego despertará.

Pero los reyes no tenían consuelo posible y se lamentaban diciendo:

—¡Ay! ¡Qué triste día! Todos deberíamos dormir cien años. No queremos seguir despiertos si la princesita duerme.

El hada, al oír la queja de los reyes, quiso cumplir su deseo y decidió que mediante un encantamiento dejaría dormida a toda la corte, para que al cabo de cien años, al despertar, la princesa lo encontrara todo tal y como estaba aquel día. Movió su varita mágica y en ese mismo instante, todos los habitantes del castillo cerraron los ojos. Y, para que nadie pudiera alterar su sueño, hizo crecer una espesa hiedra por las paredes del castillo hasta dejarlo completamente oculto de la vista de todos.

—Dormid tranquilos. Dentro de cien años regresaré.

En el castillo todo dormía. Los relojes no hacían tic tac; los soldados roncaban sobre sus lanzas; el fuego estaba petrificado en las chimeneas; en la cocina, el agua detuvo su hervor y los cocineros, que preparaban la fiesta de cumpleaños de la princesa, dejaron de pelar patatas y de batir huevos para los pasteles; los perros enmudecieron su ladrido. Todo quedó inmóvil. El tiempo se detuvo en palacio.

En el exterior se sucedían los años y alrededor del castillo crecía un frondoso bosque que formaba una verde barrera, cada vez más impenetrable, que impedía el paso. Los habitantes del reino se fueron olvidando del castillo dormido y de su historia.

Pasado un siglo, un príncipe que paseaba cerca del bosque vio a lo lejos, entre los árboles, un extraño destello, que no era otra cosa que el sol de la mañana reflejado en el vidrio de una de las ventanas del palacio. Para descubrir qué era y de dónde procedía aquel fulgor, se abrió paso con su espada por entre la espesura de plantas que rodeaba el castillo.

Paso a paso, fue avanzando. Estaba ya a punto de desistir y dar la vuelta, cuando descubrió, al cortar unas altas ramas, el puente levadizo de un enorme palacio. Con mucha precaución, entró en el castillo y cuál no sería su asombro al descubrir que todos los habitantes de aquel lugar estaban durmiendo, tendidos cuan largos eran, en las escaleras, en los pasillos y en el patio.

—¡Hola! ¿Hay alguien despierto? – gritó el príncipe sin obtener respuesta.

Fue vagando de estancia en estancia, cada vez más extrañado, y no tardó en llegar a la habitación donde yacía la princesa dormida.

Al verla, su corazón dio un vuelco dentro de su pecho y se quedó contemplando largo rato y en arrobado silencio aquel rostro dormido, sereno y bello; mientras sentía cómo nacía el amor que tanto había esperado. Emocionado, se acercó a la princesa dormida y besó, delicadamente, su mejilla.

Al contacto del beso, la princesa despertó de su largo sueño, abrió los ojos, miró al príncipe y le dijo sonriendo:

—Te he esperado mucho tiempo ¡Por fin has llegado!

El encantamiento se había roto.

Justo en aquel instante todo el castillo despertó. La corte entera abrió los ojos y, mirándose muy sorprendidos los unos a otros, se preguntaban qué había sucedido.

El hada joven, que presenciaba la escena, les contó lo que había pasado y les dijo que habían dormido durante cien años.

Locos de alegría, siguieron haciendo lo que estaban haciendo justo antes de quedarse dormidos y aquella misma noche celebraron la gran fiesta de cumpleaños de la princesa.

Poco tiempo después, el castillo, hasta entonces dormido e inmerso en el silencio, se llenó de cantos, de música y de alegres risas para celebrar la boda del príncipe y la princesa.

FIN

El gato con botas

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Murió un viejo molinero y no dejó más bienes que su molino, su asno y su gato.

Sus tres hijos hicieron las particiones con gran facilidad, sin notario ni abogado, que se hubieran comido tan exiguo patrimonio.

El mayor de los tres hermanos se quedó el molino. El mediano el asno. Y el pequeño no tuvo otra herencia que el gato.

El pobre chico, al recibir tan pobre heredad, se quedó muy desconsolado.

—Mis hermanos —decía— podrán ganarse la vida trabajando, pero yo, como no me coma al gato y luego venda su piel, me moriré de hambre. ¿Qué haré con él? ¡Ni tan solo puedo alimentarlo!

El gato, que escuchaba lo que el muchacho decía, subió de un salto al regazo de su amo, restregó la cabeza contra su pecho, y lo consoló diciendo:

—No estés triste, amo; cómprame un par de botas y un saco que se cierre con cordones, y ya verás como no es tan mala la parte de herencia que te ha correspondido.

El chico depositó toda su confianza en el astuto gato. Había sido testigo del ingenio del animal, cuando lo observaba cazar pájaros y ratones, así que pensó que tal vez el felino podría socorrerlo de su miseria. Pidió prestado algo de dinero a sus hermanos y compró lo que le pedía.

El gato se calzó inmediatamente las botas, se colgó el saco al hombro y andando sobre sus dos patas traseras se dirigió a un bosque cercano en el que sabía que había cientos de conejos.

Colocó el saco al pie de un árbol y en su interior puso un poco de tomillo y se dispuso a esperar a que algún gazapo, inexperto y poco instruido en los peligros del mundo, se sintiera atraído por la olorosa hierba.

Al poco de estar apostado, un joven conejillo se acercó, olisqueó y entró en el saco dando saltitos. El gato dio un fuerte tirón de los cordones y atrapó al conejo dentro del saco.

Con la caza obtenida, se dirigió al palacio del rey de aquellas tierras y solicitó audiencia.

Después de esperar un buen rato, lo condujeron a la cámara real y haciendo una profunda reverencia, le dio el conejo al monarca diciendo:

—Majestad, mi amo el señor marqués de Carabás se sentiría muy honrado si os dignarais a probar su caza. Por eso os envía este conejo que él mismo ha cazado esta mañana en los bosques que posee.

—Di a tu amo —respondió el rey— que con mucho gusto acepto su regalo. Transmítele mi agradecimiento.

Días después, volvió al bosque, calzado con sus botas y con el saco al hombro, y no tardó en dar caza a un par de perdices.

Acto seguido, corrió a presentarlas al rey, como había hecho con el conejo, y el monarca recibió con tanto entusiasmo las dos perdices, que mandó se le diese al gato unas monedas de oro de propina.

Durante los siguientes meses, el gato le fue llevando al rey una parte de lo que cazaba, hasta el día que corrió la voz de que el rey saldría a pasear por la orilla del río en compañía de su hija, la princesa más hermosa del mundo. Entonces, el astuto gato le dijo a su amo:

—Si sigues mis consejos, tu fortuna ya está hecha. Solo tienes que bañarte desnudo en el río, exactamente, en el lugar que yo te indicaré. El resto, déjamelo a mí.

El hijo del molinero hizo lo que el gato le aconsejaba, aunque sin comprender cuáles eran sus intenciones.

Mientras se estaba bañando llegaron el rey, la princesa y la comitiva real a la orilla del río y justo en ese momento, el gato se puso a gritar con todas sus fuerzas:

—¡Socorro! ¡Socorro! ¡El señor marqués de Carabás se está ahogando!

Al oír los gritos, el rey asomó la cabeza por la ventana de la carroza y, al reconocer al gato que tantas veces lo había obsequiado con la caza, mandó a sus guardias que fuesen de inmediato a socorrer al marqués de Carabás.

Mientras sacaban del río al pobre marqués, el gato, se aproximó a la carroza y le contó al rey que, mientras su amo se bañaba en el río, unos ladrones habían robado sus ropas, y aunque había intentado impedirlo, no había podido hacer nada. El rey inmediatamente hizo traer de palacio los mejores trajes de su guardarropa para el marqués de Carabás.

Cuando estuvo vestido, se presentó ante el monarca, que lo recibió con deferencia. Era tan guapo el muchacho y las ropas le sentaban tan bien, que la princesa, al verlo, se prendó del joven y él de ella.

El rey, al notar que los dos jóvenes se miraban con buenos ojos, invitó al marqués a acompañarlos en su paseo y el gato, al ver que sus planes empezaban a funcionar, tomó la delantera.

No tardó en encontrar a unos campesinos que segaban la yerba de unos prados y les dijo:

—Buena gente, si no decís al rey que los prados que estáis segando pertenecen al señor marqués de Carabás, ordenaré que os hagan picadillo.

Al pasar el rey, preguntó a los segadores quién era el dueño de aquellos prados y, asustados por la amenaza del gato, los labriegos contestaron a una voz:

—Son del señor marqués de Carabás.

—Tenéis unos terrenos magníficos -dijo el rey al hijo del molinero.

—Ciertamente, Majestad, esta tierra no deja de producir con abundancia cada año.

El gato, que iba siempre delante, encontró luego unos labriegos y les dijo:

Buena gente, si no decís al rey que las tierras que estáis labrando pertenecen al señor marqués de Carabás, ordenaré que os hagan picadillo.

El rey, que pasó un momento después, quiso saber a quién pertenecían aquellas tierras y al preguntar, le contestaron a coro:

—Son del señor marqués de Carabás.

Y el rey felicitó de nuevo al hijo del molinero.

El gato, siempre delante de la carroza, iba repitiendo lo mismo a todas las gentes que encontraba a su paso y el rey no pudo menos que admirarse de las grandes riquezas del señor marqués de Carabás.

Por fin llegó el gato a un hermoso castillo, que pertenecía a un sanguinario ogro. El más rico de la comarca, dueño de todos los prados, las tierras y los bosques por donde habían pasado, y después de tener la precaución de informarse acerca de quién era este ogro y de lo que sabía hacer, solicitó hablar con él para presentar sus respetos ya que, dijo, no quería abandonar los dominios de tan gran señor sin haberlo saludado.

El ogro, halagado, lo recibió con gran amabilidad y lo hizo reposar en un gran diván.

—Me han asegurado -le dijo el gato- que tenéis el don de convertiros en el animal que se os antoje. Por ejemplo, en elefante, en león, en tigre…

Cierto es -respondió el ogro-

Y para demostrarle sus habilidades al gato, tomó la forma de un león.

—También me han asegurado, aunque eso no me lo creo, que tenéis la facultad de transformaros en un animal pequeño. Por ejemplo, en un simple ratoncito. Aunque eso sí que me parece imposible.

—¡Para mí no hay nada imposible! —rugió el ogro muy ofendido— ¡Ahora vais a convenceros!

Y diciendo esto, se trasformó en un diminuto ratón. El gato, sin esperar ni un segundo, se abalanzó ágilmente sobre él y le dio caza.

Entretanto, el rey, que ya estaba cerca, al ver el magnífico castillo del ogro, quiso dirigirse allí para descansar. Al oír el ruido de la carroza, el gato salió corriendo para recibir a la comitiva:

—¡Excelencia! Sed bienvenido al castillo de mi noble amo el señor marqués de Carabás.

—¡Cómo, señor marqués!, —dijo el rey al hijo del molinero— ¿¡Es vuestro este castillo!? ¡No hay otro tan hermoso en todo mi estado! ¡Enseñádnoslo, si gustáis!

El marqués tomó del brazo a la joven princesa y todos entraron al castillo.
En el interior encontraron servida una copiosa comida que el ogro había hecho preparar para sus amigos, que aquella noche debían ir a solazarse al castillo y que no se atrevieron a entrar al enterarse de que el rey estaba allí.

El soberano, encantado de las buenas cualidades del marqués y sabiendo que a su hija no le había sido indiferente, le dijo después de haber dado cuenta de la opípara cena:

—Me sentiría muy honrado, amigo mío, si aceptarais ser mi yerno.

El hijo del molinero, haciendo grandes reverencias, aceptó tan honrosa proposición y pocos días después se celebró la fastuosa boda.

El gato, convertido en gran señor, dejó de cazar y solo corría tras los ratones por pura diversión. Jamás se separó de su amo y algunas veces le recordaba:

—Ya ves que el ingenio y la imaginación son más valiosos que cualquier herencia.

FIN

Los tres cerditos

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Ilustración: Lucas S. Lopes

Había una vez, tres hermanos cerditos que vivían en el corazón de un espeso bosque.

En el mismo bosque, vivía un feroz lobo que siempre los perseguía porque quería comérselos. Así que, para escapar de la fiera, los tres cerditos decidieron que cada uno se construiría una casa.

El cerdito más pequeño, que lo único que quería era irse a jugar sin perder ni un minuto, construyó su casa con la paja seca que le servía de cama y después se fue corriendo a retozar por el prado.

El cerdito mediano, que también quería ir a jugar, construyó su casita de madera con las ramas de los árboles que tenía más cerca. Cuando la hubo terminado, se marchó corriendo a jugar con su hermano pequeño.

El cerdito más mayor decidió construir su casa de ladrillo. Trabajaba con mucha paciencia, alineando, midiendo, colocando los ladrillos y uniéndolos con barro para subir, poco a poco, las paredes.

Los dos cerditos juguetones, al verlo trabajar tanto, se burlaban de su hermano mayor, pero él seguía con su trabajo sin hacerles caso diciendo:

—Cuando venga el lobo, ya veréis lo que pasará con vuestras casas. Deberíais hacer como yo y construir las vuestras también con ladrillos.

Pero los dos cerditos siguieron jugando, sin hacer caso del consejo de su hermano mayor.

Ya estaba el sol muy alto, cuando las orejas del lobo aparecieron tras un árbol.

El cerdito pequeño, al verlas, se asustó y empezó a correr hacia su casa para refugiarse. Entró en ella y cerró la puerta. El lobo, al ver la casa se rio del cerdito pequeño y le dijo:

—Cerdito tonto, tu casa de paja es muy endeble, así que soplaré y soplaré y en un momento la derribaré.

Y dicho y hecho. Sopló y sopló y la casa de paja derribó.

El cerdito pequeño salió corriendo y se dirigió hacia casa de su hermano mediano. Al llegar allí, entró, cerró la puerta y le contó a su hermano lo que había sucedido.

Al poco rato, llegó el lobo y al ver la casa se rio del cerdito mediano y le dijo:

—Cerdito tonto, tu casa de madera es muy endeble, así que soplaré y soplaré y en un momento la derribaré.

Y dicho y hecho. Sopló y sopló y la casa de madera derribó.

A los dos cerditos les faltó tiempo para salir corriendo hacia casa de su hermano mayor mientras el lobo los perseguía.

Casi sin aliento, con la fiera pisándoles los talones, llegaron a casa del tercer hermano y le contaron todo lo que había sucedido. El hermano mayor cerró bien las puertas y las ventanas.

Al poco, llegó el lobo y al ver la casa se rio del cerdito mayor y le dijo:

—Cerdito tonto, tu casa de ladrillos es muy endeble, así que soplaré y soplaré y en un momento la derribaré.

Y dicho y hecho. Sopló y sopló. Y sopló y volvió a soplar… pero la casa de ladrillos no pudo derribar.

El lobo, muy enfadado, empezó a dar vueltas alrededor de la casa, buscando un sitio por el que poder entrar. Al mirar hacia arriba y ver la chimenea, pensó que podría colarse por allí, así que cogió una larga escalera y empezó a subir por ella.

El cerdito mayor, al oír el ruido que hacía el lobo con las pezuñas sobre el tejado, comprendió sus intenciones y, a toda velocidad, puso una gran olla con agua en la chimenea y encendió el fuego.

El lobo descendió por la chimenea y, al llegar abajo, en lugar de pisar el suelo se metió de cuatro patas en el agua hirviendo y se escaldó.

Con todos los pelos chamuscados, escapó corriendo de allí, mientras lanzaba unos aullidos tan terribles que se oían por todo el bosque. Cuentan que, después de aquello, nunca jamás quiso volver a comer cerditos.

FIN

El tesoro de los tres hermanos

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Había una vez tres hermanos que vivían en un pequeño pueblo. A uno lo llamaban el Largo, a otro el Gordo, y al tercero el Tonto.

El Largo, cansado de vivir en aquel pueblecito aburrido, dijo a sus hermanos:

—Voy a recorrer el mundo en busca de fortuna —Y se puso en camino.

No había llegado muy lejos cuando se quedó sin dinero y empezó a preocuparse. ¿Qué comería al día siguiente?

Estaba pensando en esto cuando, por el camino del bosque, apareció un viejecito que le preguntó:

—¿Qué te pasa? ¿Por qué estás tan preocupado?

—Tengo hambre, estoy sin dinero y no tengo trabajo.

—Todo tiene solución. Ven conmigo, te daré de comer.

Después el viejo dijo:

—Si quieres, también puedo darte trabajo y aunque no tengo dinero, tendrás una justa recompensa por lo que hagas.

El Largo aceptó. Finalizado el trabajo, el anciano abrió un armario y sacó una mesita.

—Esta es una mesa mágica —prosiguió el viejecito— cuando le ordenes: «¡Mesita, tiéndete!», se cubrirá de manjares. Trata de mantener el secreto y no te separes de ella.

Contento con el regalo, el Largo se despidió muy agradecido.

Anochecía ya cuando llegó a una aldea cercana a su pueblo, así que el joven decidió pasar allí la noche. Al llegar al hostal, el hostelero le preguntó:

—¿No quieres nada para cenar?

—No, gracias, no lo necesito. Un anciano me ha regalado esta mesita, que es mágica. Observa.

Y acto seguido le ordenó a la mesa:

—¡Mesita, tiéndete!

En el acto apareció un mantel de seda rosa y sobre el mantel deliciosos manjares, a cual más apetitoso.

El hostelero, asombrado, se dijo a sí mismo:

—Esto es justamente lo que yo necesito para mi negocio.

Estuvo toda la noche trabajando para hacer una mesita exactamente igual y al día siguiente, sin que nadie lo notara, hizo el cambio.

Al llegar a su pueblo, el Largo contó sus aventuras y propuso celebrar un banquete:

—Invitemos a comer a todo el pueblo.

—¿De dónde sacaremos comida para tanta gente? —preguntaron sus hermanos.

—No os preocupéis. ¡Que vengan todos! Sobre esta mesita aparecerá todo lo necesario.

Cuando los invitados estuvieron reunidos en torno a la mesa, el Largo dijo:

—¡Mesita, tiéndete!

La gente se quedó mirando, y pensó que el chico se había vuelto loco. Sobre la mesa no apareció nada. Su dueño repitió varias veces:

—¡Mesita, tiéndete! ¡Mesita, tiéndete! ¡Mesita tiéndete!

Los invitados empezaron a reírse, pensando que era una broma. El Largo quedó tan avergonzado que decidió no correr más aventuras.

Tiempo después, el segundo de los hermanos decidió recorrer el mundo. También el Gordo encontró al generoso anciano en el camino del bosque. Fue a su casita y le hizo algunos trabajos. Al despedirse, el dueño de la casa le regaló un burro.

—Como no tengo dinero para pagarte por tu trabajo, te regalo este burrito. No parece gran cosa, pero es mágico. Cada vez que le digas: «¡Estornuda!», estornudará monedas de oro.Trata de mantener el secreto y no te separes de él.

El Gordo agradeció el valioso regalo y se alejó más contento que unas pascuas. Al llegar a la hostería en que se había alojado su hermano, decidió pasar allí la noche, pero el hostelero, que era muy desconfiado, le exigió el pago por adelantado. El Gordo exclamó:

—¡No hay problema! ¡Ahora mismo te pago! Un anciano me ha regalado este burrito, que es mágico. Observa —y ordenó al burrito—. ¡Estornuda!

¡Cuál no sería la sorpresa del hostelero cuando vio que el animal sacaba monedas de oro por la nariz!

—Ese burro tiene que ser mío —Pensó.

Pasó toda la noche buscando por la aldea un burrito parecido al de su huésped y cuando dio con él, lo cambió sin que nadie lo notara.

A la mañana siguiente,sin sospechar que el burro que llevaba no era el suyo, el Gordo se marchó a su casa.

—¡De hoy en adelante no nos faltará de nada! —dijo el joven a su familia—. Invitad a todo el pueblo; quiero hacer una gran fiesta para celebrar mi regreso. Habrá oro para todo y para todos.

Se celebró una gran fiesta en la que no faltó de nada y al final el Gordo llevó el burrito ante sus invitados y le ordenó:

—¡Estornuda!

El burro ni se movió.

—¡Estornuda! —repitió.

Pero el burro siguió sin hacerle caso.

Los invitados se partían de la risa. Todo el mundo pensó que era una broma del Gordo. Éste, muerto de vergüenza, no tuvo más remedio que ponerse a trabajar duramente para pagar las deudas que había contraído con el fastuoso banquete.

El tercer hermano, al que llamaban el Tonto, porque pensaba mucho y hablaba poco, se propuso averiguar qué estaba ocurriendo.

Muy de mañana, tomó el camino por el que se habían ido sus hermanos. Al llegar al bosque, encontró al mismo anciano, y este le ofreció trabajo y recibió como pago un bastón metido en un saco.

—No tengo dinero para pagar tu trabajo, pero aquí tienes un regalito. Es un bastón mágico que golpea cuando ordenas: «¡Sal del saco!».  Te defenderá de tus enemigos. Sólo dejará de pegar cuando le digas: «¡Vuelve al saco!».

El muchacho se marchó y por la noche llegó a la hostería en la que habían dormido sus hermanos y pidió una habitación. Le entregó el saco al hostelero para que lo guardase mientras él cenaba, advirtiéndole:

—Llévalo a mi habitación, por favor, y por nada del mundo digas: «¡Sal del saco!».

El hostelero, muy extrañado por la advertencia, preguntó:

—¿Hay un animal feroz dentro?

—No, no hay ningún animal —respondió el Tonto.

—¿Y a qué viene tanto secreto, entonces? ¿Hay un objeto de mucho valor? —insistió el preguntón, mientras iba palpando a través de la tela del saco.

—Ni es un animal, ni es un objeto de valor —respondió el Tonto.

—Entonces será algo extraordinario o mágico. De otra manera ¿cómo se explica tu recomendación de que no le ordene salir del saco?

El Tonto, harto de tantas preguntas, se encogió de hombros y se fue a cenar.

El hostelero se alejó de mala gana para llevar el saco a la habitación de su huésped. No se atrevía a abrirlo, pero su curiosidad venció su miedo. Al ver que se trataba de un vulgar palo, creyó que el Tonto le había tomado el pelo y ordenó al bastón:

—¡Sal del saco!

Una lluvia de bastonazos empezó a caer sobre su espalda y el hostelero se puso a gritar y a pedir socorro.

El Tonto, al verlo, se dijo: «¡Ahora lo comprendo todo!».

—¿Creías que era un gran tesoro y lo querías robar como hiciste con la mesita y el burro de mis hermanos? Pues ahora, ¡aguanta los bastonazos!

Quejándose de dolor, el hostelero pidió perdón y devolvió al Tonto la mesita y el burro.

Al volver a su casa, el joven a quien todos llamaban el Tonto, porque pensaba mucho y hablaba poco, maravilló al pueblo entero con la mesita, el burro y el bastón.

Los dos hermanos, que habían sido engañados por el hostelero, le preguntaron al Tonto cómo había descubierto la trampa. Pero el joven no dio explicaciones ni al Largo, ni al Gordo ni a nadie. Como de costumbre, ante las preguntas de los curiosos se encogía de hombros y callaba.

Desde entonces, la gente se guardó muy bien de llamar Tonto a aquel joven meditativo y silencioso, que pensaba mucho y hablaba poco.

FIN

El firme soldadito de plomo

01_libros

Ilustración: Jordi Goy

Había una vez veinticinco soldaditos de plomo, todos hermanos, fundidos de un mismo cucharón. Fusil al hombro, mirando de frente. El uniforme, rojo y azul era precioso.

Lo primero que escucharon los soldaditos en cuanto se levantó la tapa de la caja en la que estaban fue:

—¡Soldaditos de plomo!

Lo dijo un niño, mientras daba palmadas de contento. Eran su regalo de cumpleaños. Los sacó de la caja y los alineó sobre la mesa. Todos eran exactamente iguales. Todos excepto uno, que era diferente porque le faltaba una pierna. Había sido fundido el último y no hubo plomo suficiente. Pero aunque solo tenía una pierna, se sostenía tan firme como los demás. Y es precisamente de este soldadito del que queremos contar la historia.

En la mesa donde los alinearon había otros muchos juguetes, y entre ellos destacaba un precioso palacio de papel, por cuyas ventanas se veían las salas interiores. Enfrente, unos arbolitos rodeaban un espejo que semejaba un lago, en el cual nadaban y se reflejaban unos cisnes de cera. Todo era en extremo encantador, pero lo más lindo era una muchacha que estaba ante la puerta abierta del castillo. De papel también ella, llevaba una preciosa falda de tul azul  y alrededor de sus hombros una cinta, también azul, que tenía en el centro una gran estrella de oropel. Como era una bailarina, tenía los brazos extendidos y una pierna levantada, tanto, que el soldadito de plomo, desde donde estaba colocado, no podía verla y creyó que tenía una sola pierna como él.

—He aquí a la compañera que necesito -pensó-. Pero es una aristócrata. Vive en un palacio, y yo en una caja de madera junto a otros veinticuatro soldados; no es lugar para ella. Sin embargo, debo tratar de conocerla.

Y se colocó detrás de una tabaquera que había sobre la mesa, desde donde, sin que nadie lo molestara, podía observar a tan distinguida dama, que se sostenía sobre una sola pierna sin perder el equilibrio.

Por la noche, guardaron los soldaditos de plomo en su caja y los habitantes de la casa se fueron a dormir. Este es el momento en que los juguetes aprovechan para jugar por su cuenta y así lo hicieron también en aquella casa.

El cascanueces empezó a dar volteretas, el yeso pintaba en la pizarra y los soldaditos de plomo alborotaban en su caja, porque también querían jugar, pero no podían levantar la tapa.

Con tanto jaleo, se despertó el canario, y se sumó al alboroto recitando versos.

Los únicos que no se movieron de su sitio fueron el soldadito de plomo que, firme sobre su pierna, miraba embelesado a la bailarina y la bailarina, que se seguía sosteniendo sobre la punta de su pie.

El reloj dio las doce y la tapa de la tabaquera saltó por los aires. En su interior no había tabaco, sino un duendecillo negro. Era una caja sorpresa.

—¡Soldado! —dijo el duende—, ¡deja de mirar a la bailarina!

Pero el soldado se hizo el sordo.

—¡Ya verás mañana! —exclamó el duende.

Cuando los niños se levantaron, pusieron al soldado en la ventana  y fuera por obra del duende o del viento, esta se abrió de repente y el soldadito cayó de cabeza desde el tercer piso. Fue una caída terrible. Quedó clavado entre los adoquines con su bayoneta, cabeza abajo y con su única pierna estirada.

La criada y el niño bajaron enseguida y a pesar de que estuvieron a punto de pisarlo, no lo vieron. Si él hubiera gritado “¡Estoy aquí!”, lo habrían encontrado, pero al soldadito no le pareció apropiado dar gritos yendo de uniforme.

Empezó a llover. Las gotas caían cada vez más seguidas, hasta que se convirtieron en un auténtico aguacero. Cuando aclaró, pasaron por allí dos niños.

—¡Anda! —exclamó uno—. ¡Un soldadito de plomo! ¡Lo haremos navegar!

Hicieron un barquito de papel, embarcaron en él al soldado y lo pusieron en el agua. El barquichuelo fue arrastrado por la corriente, mientras los niños lo seguían batiendo palmas.

¡Qué olas! ¡Qué corriente! Claro, con el diluvio que había caído. El pequeño barquito tropezaba y se tambaleaba continuamente, girando bruscamente, pero el valiente soldadito seguía firme; sin pestañear, mirando siempre al frente, con su arma al hombro.

De pronto, el barquito entró en un lugar oscuro. “¿Adónde iré a parar? — pensaba-. La culpa de todo esto es del duende. ¡Ay!, si al menos en este viaje me acompañara la bailarina. ¡No me importaría esta oscuridad!”

De repente, una rata enorme le gritó:

—¿Pasaporte? ¡A ver el pasaporte!

Pero el soldadito de plomo no respondió y siguió firme, sujetando con más fuerza su fusil.

El barquito siguió su camino y la rata fue tras él, rechinando los dientes y gritando:

—¡Que alguien lo detenga! ¡No ha pagado peaje! ¡No me ha enseñado su pasaporte!

La corriente se volvía cada vez más impetuosa. El soldadito veía ya la luz del sol al final de aquella oscuridad. Entonces, oyó un estruendo que hubiera asustado al más valiente y vio que el arroyo por el que navegaba se precipitaba como una catarata en un gran canal.

Estaba ya tan cerca que era imposible detenerse. El barquito salió disparado, pero el soldadito siguió tan firme como pudo. ¡Nadie podía decir que hubiera pestañeado siquiera!

La barquita giró sobre sí misma con un ruido sordo y empezó a hundirse. Al soldadito ya le llegaba el agua al cuello. La barca se hundía por momentos. El papel se deshacía. El agua cubría la cabeza del soldado…

En aquel momento, se acordó de la linda bailarina y pensó que ya nunca más volvería a ver su rostro. Y le pareció oír una voz que decía:

—¡Adiós, valiente soldado!

El papel se deshizo por completo y el soldado empezó a hundirse; pero en ese mismo instante, se lo tragó un gran pez.

¡Aquello sí que estaba oscuro! Muchísimo más oscuro que en la alcantarilla y, además, ¡era tan estrecho! Sin embargo, el soldadito seguía firme, tendido cuan largo era y sin soltar su fusil.

El pez seguía moviéndose, hasta que, de repente, se quedó inmóvil. De pronto, se hizo una gran claridad, y alguien exclamó:

—¡El soldadito!

El pez había sido pescado, llevado al mercado y vendido; y ahora estaba en la cocina, donde la cocinera lo estaba limpiando. Cogió al soldadito y lo llevó a la sala. Todos querían ver a aquel valiente soldado que había viajado en la barriga de un pez.

Lo pusieron de pie sobre la mesa y —¡qué cosas más extrañas suceden a veces en la vida!— se encontró en el mismo cuarto, con los mismos niños y con los mismos juguetes sobre la mesa.

Ahí estaba el soberbio palacio y la linda bailarina, sosteniéndose sobre la punta del pie y con la otra pierna en el aire. Aquello emocionó tanto al soldadito que a punto estuvo de llorar lágrimas de plomo. Miró a la bailarina y la bailarina lo miró a él, pero no se hablaron.

Uno de los niños, cogió con la punta de los dedos al soldadito y lo tiró a la chimenea sin dar explicaciones. No había duda: el duende de la caja tenía la culpa.

El soldado de plomo sintió un intenso calor, pero no sabía si a causa del fuego o del amor. Había perdido su color, aunque nadie podría decir si a consecuencia de la pena o del viaje.

Miró a la bailarina, y sus miradas se encontraron. Él sintió que se derretía, pero siguió firme, con su fusil al hombro.

La puerta se abrió, y una ráfaga de viento levantó por los aires a la bailarina, que volando fue a caer en la chimenea; junto al soldado, y allí se inflamó con una llamarada y desapareció.

Al día siguiente, cuando la criada barrió las cenizas de la chimenea encontró, muy juntitos, un trocito de plomo en forma de corazón y una estrella de oropel.

FIN

¡Es la pura verdad!

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Ilustración: Juliana Daniluski

—¡Es una historia espantosa! —decía una gallina desde el extremo de la ciudad donde no había ocurrido la historia—. ¡Es una historia espantosa la de ese gallinero! ¡Yo no me atrevo a dormir sola esta noche! ¡Menos mal que somos varias en cada percha!

Y la contó de tal manera, que a las demás gallinas se les pusieron las plumas de punta y al gallo se le bajó la cresta de golpe. ¡Es la pura verdad!

Pero empecemos por el principio; que aconteció en un gallinero en el otro extremo de la ciudad. El sol bajaba y las gallinas subían; una de ellas, de plumas blancas y patas cortas, ponía su huevo reglamentario y, como gallina, era respetable en todos los sentidos, pero al subir a su percha se atusó con el pico y perdió una pluma.

—¡Allá va! —exclamó—. ¡Cuanto más me desplumo, más guapa me pongo!

Lo dijo en broma, siendo como era la bromista del gallinero y por lo demás, como ya se ha dicho, muy respetable. Y después de decir esto se quedó dormida.

Reinaba la oscuridad, las gallinas descansaban unas junto a las otras y la que estaba a su lado no dormía. Escuchaba y no escuchaba, como hay que hacer en esta vida para poder vivir en paz y tranquilidad. Sin embargo, no pudo evitar decir a su vecina:

—¿Has oído eso? No miro a nadie, pero ¡cierta gallina quiere desplumarse para estar más guapa! ¡Si yo fuera gallo la despreciaría!

Encima de las gallinas estaba la lechuza con su lechuzo y sus lechucitos. En esa familia todos andaban muy finos de oído y oyeron todas y cada una de las palabras de la vecina. Bizquearon y la lechuza madre se abanicó con las alas:

—¡No escuchéis! ¿Habéis oído lo mismo que yo? Lo he escuchado con mis propios oídos. ¡Lo que hay que oír! Una de las gallinas ha olvidado hasta tal punto lo que se espera de una gallina ¡que se está arrancando todas las plumas mientras el gallo la mira!

—Prenez garde aux enfants! —dijo la lechuza padre—. ¡Éstas no son cosas para niños!

—¡Esto tengo que contárselo a la lechuza de al lado! ¡Es tan honorable!

Y la madre emprendió el vuelo.

—¡Uh, uh! ¡Uhuh! —ululaban las dos en el palomar vecino a las palomas—. ¿Habéis oído? ¿Habéis oído? ¡Uhuh! ¡Hay una gallina que se ha arrancado todas las plumas por el gallo! Se está muriendo de frío, ¡eso si no está muerta ya, uhuh!

—¿Dónde? ¿Dónde? —zureaban las palomas.

—¡En casa del vecino! ¡Prácticamente lo he visto con mis propios ojos! ¡Es una historia casi indecente! ¡Pero es la pura verdad!

—¡Cierto, cierto, palabra por palabra! —dijeron las palomas, y bajaron zureando a su gallinero—. Hay una gallina, bueno, hay quien dice que son dos, que se han arrancado todas las plumas para no ser como las demás y así llamar la atención del gallo. Es un juego arriesgado, podrían acatarrarse y morir de fiebres, ¡y ya están muertas las dos!

—¡Despertad! ¡Despertad! —cantaba el gallo mientras subía volando a lo alto de la valla con el sueño aún pegado en los ojos; pero aun así cacareo—: ¡Tres gallinas han muerto de amor no correspondido por un gallo! ¡Se habían arrancado las plumas! Es una historia repugnante y yo no quiero quedármela, ¡que circule!

—¡Que circule! —gemían los murciélagos, y las gallinas cacareaban y los gallos cantaban:

—¡Que circule! ¡Que circule!

Y la historia corrió como la pólvora de gallinero en gallinero hasta que al final regresó al lugar del que había salido.

Hay cinco gallinas —se decía ya— que se han arrancado todas las plumas para ver cuál de ellas había adelgazado más por amor al gallo, y después se han dado de picotazos hasta sangrar y caer muertas, ¡para vergüenza y oprobio de sus familias y enorme perjuicio de su dueño!

La gallina que había perdido la pluma, como es natural, no reconoció su propia historia y, como era una gallina respetable, comentó:

—¡Siento desprecio hacia esas gallinas! ¡Pero hay muchas como ellas! No debemos pasar por alto algo así, y yo pondré de mi parte para que esta historia salga en los periódicos y recorra el país. ¡Se lo tienen merecido esas gallinas, y con ellas, sus familias!

Salió en el periódico y se imprimió en letras de molde, y es la pura verdad: ¡una pluma puede acabar convirtiéndose en cinco gallinas!

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “¡Es la pura verdad!” con la voz de Angie Bello Albelda

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Blancanieves

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Ilustración: Charlie Bowater

Cierto día de invierno, una reina, sentada junto a una ventana cuyo marco era de ébano, cosía. En un momento de distracción se clavó la aguja en el dedo índice y tres gotas de sangre cayeron sobre la nieve que cubría el alfeizar.

Al ver la roja sangre que destacaba sobre el blanco de la nieve, la reina pensó: «Quisiera tener una hija de tez tan blanca como la nieve, de mejillas tan rojas como la sangre y con el pelo tan negro como el ébano de esta ventana».

Poco tiempo después, la reina tuvo una hija tal cual la había deseado: con la piel blanca como la nieve, las mejillas rojas como la sangre y los cabellos negros como el ébano. La llamaron Blancanieves.

Días después del nacimiento de la niña, la buena reina murió.

Al año siguiente, el rey se casó de nuevo para que a Blancanieves no le faltase el cariño de una madre.

La nueva reina era muy guapa, pero tan vanidosa que no podía soportar la idea de que hubiese en el mundo una mujer más hermosa que ella. Y como poseía un espejo mágico que respondía a cualquier pregunta, cada mañana le preguntaba:

Espejito, espejito tú que nunca yerras:

¿quién es la más bella de toda la tierra?

Y el espejo respondía:

No existe doncella

que igualarte pueda.

¡Tú eres la más bella!

Entonces la reina se alegraba muchísimo porque sabía que el espejo jamás mentía.

Entretanto, Blancanieves crecía y cada día era más hermosa.

Un día, al preguntarle la reina al espejo:

Espejito, espejito tú que nunca yerras:

¿quién es la más bella de toda la tierra?

el espejo respondió:

¡Ay, reina mía! sin duda eres bella,

pero Blancanieves parece una estrella.

La reina se encolerizó y en su corazón, desde aquel día, creció un odio feroz hacia Blancanieves.

Un día, llamó a uno de los cazadores de palacio y le ordenó:

—Llévate a la princesa al bosque, mátala y tráeme su corazón. Así estaré segura de que has obedecido mi orden.

El cazador se llevó a Blancanieves al bosque y desenvainó su cuchillo. Cuando iba a matarla, según le había ordenado la reina, la niña le suplicó:

—Cazador, no me mates —Y señalando hacia el espeso bosque, agregó—. Me internaré en la fronda para siempre y jamás regresaré al palacio. La reina creerá que he muerto y no podrá castigarte por tu desobediencia.

El cazador meditó la propuesta y al final dijo:

—¡Vete, Blancanieves! ¡Huye lejos!

Después, vio un lobo cerca de allí y se dijo: «Mataré al lobo y llevaré su corazón a la reina para que crea que es el de Blancanieves».

Al caer la noche, Blancanieves sintió miedo. Las ramas de los árboles parecían brazos que querían atraparla pero ella, a pesar del cansancio que sentía, siguió avanzando. Aún seguía huyendo cuando se hizo de día. Por fin, al atardecer, divisó en un claro del bosque una cabaña pequeña. Muy pequeña.

Estaba tan agotada que decidió entrar a descansar, «solo un ratito» —se dijo—, «Y tal vez pueda beber agua y saciar mi sed».

Dentro de la casa todo estaba en orden y limpio. Arrimadas a la pared había siete pequeñas camas y en el centro de la estancia, la mesa estaba preparada para la cena: siete platitos, siete pequeños cubiertos, siete copitas y siete servilletas pulcramente dobladas.

Blancanieves estaba hambrienta; probó la comida de uno de los platitos, luego se sirvió algo de otro, de manera que tomó un poquito de cada plato y bebió un sorbo de cada copa.

Decidió esperar a los dueños de la casa, pero estaba tan cansada que intentó acostarse en una de las camitas. Las fue probando una a una, pero todas eran tan pequeñas que no se sentía cómoda en ninguna. Finalmente, se acostó en la que parecía más grande y enseguida se quedó dormida.

Era ya noche cerrada cuando regresaron los dueños de la casa. Eran siete enanitos que trabajaban durante todo el día en el interior de la montaña extrayendo oro y piedras preciosas.

Al entrar en la casa, a la luz de sus siete linternas, se dieron cuenta de que allí pasaba algo extraño:

—¿Quién ha rondado por nuestra casita?

—¿Quién arrugó nuestro mantelito bordado?

—¿Quién se ha sentado en mi silla de sándalo?

—¿Quién ha movido de aquí mi cuchillo de plata?

—¿Quién ha comido en mi plato de jade?

—¿Quién se ha atrevido con mi panecillo?

—¿Quién ha bebido de las copas de cristal?

Los enanos dirigieron entonces los haces de luz de sus linternas hacia las paredes y vieron que las sábanas de las camas estaban arrugadas. Al alumbrar la última cama lanzaron un grito de sorpresa:

—¡Oh, que hermosa niña! –exclamaron.

—¡Qué piel tan blanca!

—¡Qué cabellos tan negros!

—¡Qué mejillas tan rojas!

—¿Cómo habrá llegado hasta aquí?

—¿Quién será?

—Pobrecita, tiene el vestido hecho jirones.

—¡Silencio! ¡Que no se despierte! Parece muy cansada.

Cuando se despertó a la mañana siguiente, Blancanieves se llevó un gran susto. ¿Quiénes eran aquellos hombrecillos barbudos que la miraban? Entonces, los enanos, le preguntaron amablemente:

—¿Cómo te llamas bella niña? ¿Cómo has llegado hasta aquí?

Blancanieves les contó su historia.

—¿Te gustaría quedarte a vivir con nosotros? Aquí estarás segura y nadie podrá hacerte daño.

—¡Sí! Muchas gracias.

Así que, desde aquel día, se repartieron los quehaceres y mientras ellos bajaban a la mina ella se ocupaba de la casa.

—Estarás sola todo el día  —le decían los enanos al salir al alba—. Cierra bien la puerta y no abras a nadie.

Mientras tanto, la reina, vivía tranquila en el palacio creyendo que el corazón que le había llevado el cazador era el de Blancanieves.

Pasó un tiempo antes de que una mañana, al levantarse, le preguntará a su espejo:

Espejito, espejito tú que nunca yerras:

¿quién es la más bella de toda la tierra?

El espejo respondió:

¡Ay, reina mía! sin duda eres bella,

pero Blancanieves parece una estrella.

—¡¿Pero no estaba muerta Blancanieves?!

No, amada reina, vive y es muy bella,

y hay siete enanos que velan por ella.

La reina, furiosa al comprender el engaño del cazador, se puso a pensar en qué hacer para librarse para siempre de Blancanieves.

Como tenía tratos con hechiceros y magos, pidió a uno de ellos que la transformase en una viejecita vendedora de baratijas y que le indicase el camino para llegar a casa de los siete enanitos. Al llegar allí, la reina gritó:

—¡Cintas de seda de todos los colores! ¿Quién quiere comprar cintas de seda?

Blancanieves se asomó a la ventana y la invitó a entrar. La falsa vendedora la convenció de que una cinta roja le quedaría muy bien en su vestido y la ayudó a atársela en la cintura. Pero la malvada reina la apretó tanto y tanto que la niña se quedó sin respiración y cayó al suelo sin sentido. Creyéndola muerta, la reina exclamó:

—¡Ahora ya no tengo rival! ¡Soy la más bella!  —se rio la reina, y se alejó de la cabaña a grandes pasos.

Por la noche, cuando llegaron los enanitos, encontraron la puerta abierta y a Blancanieves en el suelo y al advertir que la cinta roja no la dejaba respirar, cortaron el lazo. Al recobrar el aliento, Blancanieves contó lo que había ocurrido.

—Ten por seguro que la vieja vendedora era la reina disfrazada. ¡Te hemos dicho mil veces que no abras la puerta a nadie si estás sola!

Al mismo tiempo, la reina, de vuelta en el palacio corría a preguntar a su espejo:

Espejito, espejito tú que nunca yerras:

¿quién es la más bella de toda la tierra?

Y el espejo respondió:

En este palacio nadie te iguala,

tú eres la más bella.

Pero en todo el mundo Blancanieves gana,

la más bella es ella.

Al oír la respuesta, la reina se puso verde de rabia.

—Debo pensar en algo que no falle… ¡Ya lo tengo!, ¡un peine envenenado!. Conseguiré ser la más hermosa de la tierra.

Transformada en una viejecita pobre, la malvada reina golpeó en la puerta de los enanos:

—No necesito nada, buena mujer, y no puedo abrir la puerta.

—No hace falta que entre, bella niña, solo quiero mostrarte este hermoso peine.

A Blancanieves le gustó tanto el peine, que no solo aceptó el regalo, sino que abrió la puerta para que la anciana la peinara. En cuanto los dientes se clavaron en su cabeza, la niña cayó al suelo sin sentido y la reina, convencida de que aquella vez sí estaba muerta, se apresuró a volver al palacio.

Por suerte, los enanos regresaron pronto aquel día y apenas vieron la puerta abierta y a Blancanieves en el suelo, sospecharon otro maleficio de la reina. Arrancaron el peine que la bruja había clavado en la cabeza de la niña y esta se repuso enseguida.

Al oír el relato de lo sucedido, los enanos insistieron en que la puerta no debía abrirse por nada del mundo. Un día u otro la malvada reina podía volver a intentarlo de nuevo.

Entretanto, la reina en palacio consultaba al espejo:

Espejito, espejito tú que nunca yerras:

¿quién es la más bella de toda la tierra?

Y el espejo respondió de nuevo:

En este palacio nadie te iguala,

tú eres la más bella.

Pero en todo el mundo Blancanieves gana,

la más bella es ella.

Fuera de sí, al comprobar que había fracasado de nuevo, la reina juró que se saldría con la suya aun a riesgo de su propia vida. Entró en su habitación secreta y preparó un poderoso veneno. Cogió una manzana y emponzoñó solo la parte más roja; la otra mitad podía comerse sin peligro y disfrazada de campesina, la malvada reina se internó de nuevo en el bosque.

Cuando Blancanieves la vio no la reconoció, pero no quiso abrir la puerta porque los enanitos se lo habían prohibido terminantemente.

—Es una lástima que no puedas ver mis hermosas manzanas —dijo la falsa vendedora—. Bueno, no importa, descansaré un rato aquí afuera antes de seguir mi camino.

Cortó en dos partes la manzana y se puso a comer la mitad buena.

—¿No quieres probarla? —dijo ofreciendo la mitad envenenada a la niña—, verás que sabor más dulce tiene.

Blancanieves tomó la manzana a través de la ventana abierta y al darle el primer bocado se desplomó. La reina murmuró satisfecha:

—¡Blanca como la nieve, roja como la sangre, negra como el ébano! ¡Adiós lindos colores! Esta vez tus amigos no podrán salvarte.

Se apresuró para llegar deprisa a palacio y allí preguntó a su espejo:

Espejito, espejito tú que nunca yerras:

¿quién es la más bella de toda la tierra?

Y el espejo, esta vez, contestó como en otro tiempo:

En todo este reino no existe doncella

que igualarte pueda.

¡Tú eres la más bella!

Cuando los enanitos regresaron aquella noche hallaron a Blancanieves tendida y yerta. Trataron de reanimarla y buscaron entre el pelo y en la ropa algún objeto que pudiera ser la causa de su estado, pero no encontraron nada.

Colocaron su cuerpo sobre una cama y la lloraron durante tres días, pasados los cuales hablaron de enterrarla, pero uno de los enanitos no quiso ni oír hablar del tema:

—¡No podemos sepultarla en la tierra negra! Aunque está rígida y no se mueve parece viva, ¡sus mejillas aún están rojas!

Construyeron un ataúd de cristal para ella y lo colocaron en una alta roca y allí, por turno, los siete enanos la velaban día y noche.

Pasaron muchos meses y Blancanieves parecía dormida en su caja de cristal: la tez blanca como la nieve, las mejillas rojas como la sangre y el pelo negro como el ébano.

Cierto día, acertó a pasar por allí un príncipe con su séquito y, al ver a la niña, se quedó prendado de ella. Los enanos comprendieron que el príncipe ya no podría vivir sin contemplarla y, atendiendo sus ruegos, accedieron a que se llevara la caja a su palacio.

El príncipe ordenó a cuatro hombres de su séquito que bajaran la caja de la cima rocosa. A pesar del cuidado que pusieron, al descender por el estrecho sendero tropezaron y las paredes de la caja de cristal se hicieron trizas.

A consecuencia del golpe, la manzana que tenía Blancanieves atravesada en la garganta saltó y la niña, abriendo los ojos, preguntó sorprendida:

—¿Dónde estoy? ¿Quiénes sois vosotros? ¿A dónde me lleváis?

Loco de alegría el príncipe saltó del caballo y se arrodilló ante Blancanieves:

—Estás entre amigos. Si tú quieres, te llevaré al palacio de mi padre, el rey, y si me aceptas serás mi esposa.

—Acepto, a condición de que pueda venir siempre que quiera a visitar a mis amigos los siete enanitos del bosque.

Las bodas se celebraron con gran esplendor y a la fiesta fueron invitados los monarcas de los reinos vecinos y, naturalmente, el padre y la madrastra de Blancanieves también fueron invitados, aunque ignoraban quién era la novia.

Mientras la reina se preparaba para el gran baile preguntó, como era su costumbre, al espejito:

Espejito, espejito tú que nunca yerras:

¿quién es la más bella de toda la tierra?

Y esta vez el espejo contestó:

En todo este reino tú eres la más bella,

pero la joven princesa del reino vecino

es como una estrella.

Llena de envidia, la reina estuvo tentada de no asistir al enlace, pero su curiosidad pudo más. Al llegar al palacio del reino vecino y ver que la novia era Blancanieves, quedó aterrada, muda y sin aliento y, al comprender que sus malas artes quedarían al descubierto, intentó huir.

Fue detenida y su infame proceder castigado. El rey la encerró en prisión y ordenó que no fuera liberada hasta que su falta fuera totalmente olvidada por todos los habitantes del reino.

La reina malvada vivió durante mucho tiempo encarcelada y solo Blancanieves iba a verla, de vez en cuando, para llevarle un poco de consuelo.

FIN

Caperucita Roja

Ilustración: mikemaihack

Había una vez una niña pequeña y dulce a la que todo el mundo quería mucho. Incluso aquellos que solo la habían visto una vez, decían que era una niña encantadora.

La niña tenía una abuelita que, por supuesto, también la quería mucho. Como a la abuelita le gustaba coser, confeccionó para su nieta preferida un abrigo de terciopelo rojo con capucha. Tan bien le quedaba a la niña el abrigo rojo, que todo el mundo empezó a llamarla Caperucita Roja.

Un día, su mamá la llamó y le dijo:

—Caperucita, quiero que le lleves a la abuela este pastel de manzana que he horneado para ella y esta jarra de miel. La abuela está enferma y estas cosas buenas la ayudarán a curarse. Date prisa, que después hará mucho calor.

Ve directamente a casa de la abuela, sin desviarte ni a la derecha ni a la izquierda del camino; no hables con extraños; no corras, no vaya a romperse la jarra de miel; sé educada y si te cruzas en el pueblo con algún conocido lo saludas. ¿Lo has entendido?

—Sí, mamá. Haré todo lo que me has dicho —contestó la niña.

Y después de despedirse, emprendió el camino. El trayecto desde la aldea a casa de la abuela cruzaba en medio del bosque y era bastante largo, tenía que andar durante media hora.

Justo al entrar en el bosque, se le acercó el Lobo, pero Caperucita Roja no tenía ni la menor idea de que los lobos son animales salvajes, así que no tuvo miedo de él.

—Muy buenos días, Caperucita —dijo el Lobo.

—Hola, muy buenos días, señor Lobo —contestó educadamente Caperucita.

—¿Adónde vas tan temprano? —preguntó el Lobo.

—A ver a mi abuelita que está enferma —contestó la niña—. Mi mamá horneó ayer un pastel de manzana y me envía a su casa para que se lo lleve y también una jarra de miel, porque estas cosas buenas la ayudarán a curarse.

—¿Y dónde vive tu abuelita? —preguntó el Lobo.

—Al otro lado del bosque, bajo los tres robles grandes. ¡Todo el mundo sabe dónde es!

«¡Bueno —pensó el Lobo—, «esta niñita, sin duda, estará muy sabrosa. Más dulce y tierna que su abuela, pero es tan pequeña que me quedaré con hambre. No tengo elección. ¡Tendré que comerme a las dos!».

Siguió andando junto a Caperucita Roja hasta que llegaron a un lugar tapizado de flores silvestres de todos los colores.

—¡Mira, Caperucita! —dijo el Lobo dulcemente—. Mira que flores tan lindas hay aquí. Escucha el canto de los pajaritos. ¿Por qué tienes tanta prisa? ¡Ni que tuvieras miedo de llegar tarde a la escuela! Es una pena que no disfrutes de este lugar tan precioso. ¿Por qué no recoges unas cuantas florecillas y haces un lindo ramo para tu abuelita?

Caperucita Roja miró a su alrededor y hacia arriba y vio los destellos de los rayos del sol bailando entre las copas de los árboles y los intensos y brillantes colores de las flores silvestres.

—Tiene razón, señor Lobo —respondió Caperucita Roja—. Este es un precioso lugar y todavía es muy temprano. ¡Recogeré algunas flores para hacerle un gran ramo a la abuelita!

Y dicho esto, Caperucita Roja se apartó de su camino y empezó a recoger flores. Pero cada vez que parecía que ya había suficientes, veía una de preciosa, y otra, y otra y así se fue internando en lo más profundo del bosque.

Entretanto, el Lobo se apresuró hacia casa de la abuela y, al llegar allí, llamó a la puerta: “toc, toc, toc”.

—¿Quién es? —preguntó la abuela.

—Soy yo, Caperucita Roja —respondió el Lobo imitando la dulce voz de la niña—. Mamá te envía un pedazo de tarta de manzana y una jarra de miel para que te pongas buena. ¡Ábreme la puerta, abuelita!

—No tengo fuerzas para levantarme —contestó la abuela—. Levanta tú misma el pestillo y entra.

El Lobo levantó el pestillo y abrió la puerta de par en par, se abalanzó sobre la abuelita y se la comió de un solo bocado. Después, cerró el pestillo, se puso un camisón y una cofia y se acostó en la cama a esperar a Caperucita Roja.

Mientras ocurría esto, Caperucita Roja recogía tantas flores que apenas podía con ellas. Regresó al sendero, se dirigió a casa de su abuelita y llamó a la puerta.

—¿Quién es? —preguntó el Lobo con voz ronca, tratando de imitar a la abuela.

Al oír aquella voz tan áspera, Caperucita Roja se asustó un poco, pero después recordó que la abuela estaba enferma y debía estar algo afónica.

—Soy yo, Caperucita Roja —respondió la niña—. Mamá te envía tarta de manzana y una jarra de miel para que te pongas buena. Ábreme la puerta, abuelita.

—Levanta el pestillo y entra —le indicó el Lobo.

Caperucita Roja abrió el pestillo y entró en la casa. Se acercó a la cama y vio la cabeza de la abuela cubierta por la cofia.

—Buenos días, abuelita —dijo Caperucita Roja.

Pero no obtuvo respuesta.

—Abuelita, ¿por qué tienes esas orejas tan grandes?

—Porque así te escucho mejor, querida.

—Abuelita, ¿por qué tienes esos ojos tan grandes?

—Porque así puedo verte mejor, querida.

—Abuelita, ¿por qué tienes esos brazos tan largos?

—Porque así puedo abrazarte mejor, querida.

—Abuelita, ¿por qué tienes esos dientes tan largos? —preguntó Caperucita Roja llorando porque ya estaba muy asustada.

—¡Porque así puedo comerte entera! —gritó el Lobo, saltando de la cama, abalanzándose sobre Caperucita Roja y engulléndola de un solo bocado.

Ahora el Lobo ya estaba harto. Se tumbó en la cama, se quedó dormido y empezó a roncar tan ruidosamente, que sus ronquidos se podían oír desde muy lejos.

Acertó a pasar por allí un cazador que lo oyó y pensó: “¿Qué le pasará a la abuela que ronca tan fuerte? ¿Estará enferma? ¿Necesitará algo?” Y entró en la casa. Sobre la cama de la abuela vio al Lobo que descansaba.

—¡Ajá! —dijo el cazador—- ¡Por fin te encuentro despreciable bicho! ¡Hacía mucho tiempo que te buscaba!

Ya levantaba su rifle para matar al Lobo cuando, de pronto, se dijo: “¡Un momento!, ¿dónde está la abuela? ¡Quizás este Lobo se la ha zampado!”

Dejó el rifle y abrió la barriga del Lobo. Caperucita Roja saltó rápidamente de allá dentro y exclamó:

—¡Uf! ¡Qué miedo he pasado! ¡Estaba tan oscuro dentro de la panza del Lobo!

Después, entre los dos sacaron a la abuela, que ya casi no podía respirar, de la barriga del Lobo.

¿Y el Lobo? El cazador no tuvo piedad de él. Lo mató y se hizo un abrigo con su piel.

Cuando todo acabó, se sentaron los tres: el cazador, la abuelita y Caperucita Roja, se comieron la tarta de manzana y la miel y, cuando terminaron, el cazador acompañó a Caperucita Roja a su casa.

—Nunca más me desviaré del camino, ni a derecha ni a izquierda —se dijo Caperucita Roja—. No desobedeceré ni haré lo que está prohibido nunca más y siempre haré caso de lo que me diga mi mamá.

Hay que decir, que después de que pasara todo esto, Caperucita Roja siguió llevando cosas buenas a la abuelita y otros lobos intentaron desviarla del camino. Pero Caperucita Roja sabía cuidarse sola e iba derecha a casa de la abuela, sin desviarse, sin hablar con desconocidos, sin distraerse y sin apartarse de su camino. Sin embargo, los peligros seguían existiendo y un día, al llegar a casa de la abuela, Caperucita Roja le contó:

—¡Ay! abuelita —dijo— me he encontrado con un Lobo que parecía bueno pero, cuando lo he mirado a los ojos, me he dado cuenta de que era muy malo. Estoy segura de que quería comerme.

—Pues vamos a cerrar las puertas —dijo la abuela— no sea que venga hasta aquí.

No había pasado mucho rato, cuando el Lobo llegó.

—¡Abuelita, ábreme, soy Caperucita Roja! —gritó el Lobo con dulce voz— Te traigo pastel y miel.

Pero ellas no contestaron y tampoco abrieron la puerta.

Entonces, el malvado Lobo subió al tejado con la intención de esperar a que Caperucita Roja saliera de casa de la abuela para abalanzarse sobre ella. Pero la abuela, que era muy lista, adivinó lo que tramaba.

—Caperucita, querida, —dijo la abuela— ayer cocí una gran salchicha en la cacerola y no tuve fuerza para tirar el agua, así que todavía está hirviendo en el fuego de la chimenea. ¿Podrías tirarla tú en el fregadero de piedra grande del jardín?

Caperucita Roja vació el agua de la cacerola dentro del gran fregadero de piedra del jardín.

Cuando el olor de la salchicha cocida llegó a la nariz del malvado Lobo este empezó a olfatear y a olfatear el aire hasta que, al final, resbaló del tejado, se cayó dentro del agua hirviendo y se murió.

Aquel día, Caperucita Roja regresó a casa tranquila y feliz, sin que ningún otro lobo intentara molestarla por el camino

FIN