Cuento clásico

La princesa Monina y el príncipe Desir

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Ilustración: Fabulandia

Había una vez un rey que quería casarse con la princesa más hermosa del mundo, pero era como si la princesa no lo viera porque, por mucho que lo intentaba, nunca le hacía ni el más mínimo caso.

Desesperado, fue a consultar a una bruja que vivía en una gruta en medio de un espeso bosque. Después de reflexionar un rato, la bruja le dijo al joven monarca:

—La princesa a la que amas está bajo un terrible encantamiento, por eso no te hace caso. Para liberarla y poder casarte con ella, debes pisarle la cola a su gato Miñón.

El joven, agradecido por el consejo, se dispuso a hacer lo que la bruja le había indicado y cada día se paseaba ante el palacio de la princesa para poder encontrar al gato, que era muy escurridizo. Un día lo sorprendió dormido en el umbral de la puerta principal y, después de acercarse con mucho sigilo, logró pisarle la cola.

En aquel mismo instante, el gatito se convirtió en un terrible gigante que gritó furioso:

—¡Has destruido mi encantamiento! Ahora podrás casarte con tu princesa, pero me vengaré. Vuestro primer hijo tendrá una nariz enorme y no lo advertirá. Solo conseguirá ser feliz cuando se dé cuenta de su defecto.

Poco tiempo después, el rey se casó con su amada princesa y al cabo de un año les nació el primer hijo, que hubiera sido muy guapo de no ser por su nariz, que parecía el espolón de un navío.

El niño, al que llamaron Desir, era sano y fuerte. Enseguida demostró tener una gran inteligencia y un corazón noble. A medida que crecía, todas sus cualidades se acrecentaban y, con ellas, crecía también su nariz.

Los que rodeaban al joven príncipe afirmaban que todos los grandes hombres de la historia habían destacado por sus descomunales apéndices nasales y que, por tanto, era una señal muy positiva que el joven príncipe lo tuviera también.

Para acompañar al heredero de la corte, se eligieron personas de nariz muy grande, aunque ninguna lo era tanto como la del príncipe, así que el joven heredero fue creciendo orgulloso de tener tan gran narizota.

Al cumplir veinte años y tener que elegir una esposa, sus padres le mostraron los retratos de las princesas casaderas de las cortes cercanas. De entre todas ellas, Desir se enamoró perdidamente de Monina, una joven con extraordinarias cualidades y de belleza inigualable, pero con una naricita tan diminuta, que casi no se le veía de lo pequeñísima que era. Por ese motivo, el príncipe dudó de que Monina pudiera enamorarse de él, ya que sus narices eran muy diferentes.

Todos los que rodeaban al príncipe se apresuraron a afirmar que las narices grandes quedaban muy bien a los hombres, pero que a las mujeres les convenían las narices pequeñas. Desir, de nuevo convencido por lo que le decían los que estaban a su alrededor, mandó a sus embajadores al reino vecino para pedir la mano de la princesa Monina, la cual aceptó encantada el matrimonio, puesto que había oído hablar muy bien de Desir.

Se fijó el día de la boda y el futuro novio partió, montado en su caballo y con una gran escolta, hacia el palacio de su novia. Esta lo recibió muy contenta en el jardín donde, pocas horas después, debía celebrarse el matrimonio. Pero cuando Desir se estaba acercando a ella, un gigante la raptó y en un instante desaparecieron ambos sin dejar ni el más mínimo rastro.

Desesperado, el príncipe decidió recorrer todas las tierras conocidas y desconocidas en busca de su amada. Despidió a toda su corte y montado en su blanco corcel empezó a recorrer todos los caminos del mundo. Preguntaba a todo aquel que se encontraba, pero nadie sabía darle noticias, ni del gigante, ni de la princesa.

Una noche, Desir se extravió en un espeso bosque. Avanzaba a tientas, entre las negras tinieblas, por tortuosos senderos. Llevaba horas perdido hasta que, a eso de la medianoche, divisó a lo lejos una lucecita. Dirigió hacia allí su caballo y al poco rato se encontró delante de una cueva. Penetró en su interior y observó que estaba ricamente amueblada.

En el centro de la caverna había un trono y sobre él estaba sentada una vieja que, por lo menos, debía de tener ciento veinte años. Su naricilla era tan diminuta que sobre ella no se sostenían los anteojos y tuvo que sujetarlos con ambas manos para poder distinguir bien a Desir que, en ese justo instante, también la descubrió a ella. Al verse, los dos exclamaron a la vez:

—¡Menuda nariz!

Desir rompió el incómodo silencio:

—Tú eres una mujer y una nariz pequeña es adecuada para ti, aunque la tuya es realmente minúscula. Pero no alcanzo a comprender el motivo de tu extrañeza al ver una nariz grande en el rostro de un hombre.

—¿Y a ti quién te ha dicho eso? Cierto es que las narices grandes, para hombre o para mujer, confieren personalidad al rostro, pero es que la tuya no es grande, ¡la tuya es descomunal!

Desir, que estaba convencido de la belleza de sus napias, pensó que la anciana desvariaba a causa de su avanzada edad, y que por ese motivo hablaba con tan poco respeto de su regia persona. Muy ofendido por aquellas críticas, se marchó para seguir buscando a su amada, sin hacer caso a lo que la vieja bruja intentó decirle después.

Tras tres interminables años vagando por los más recónditos rincones y escuchando los más variados comentarios acerca de su nariz, se encontró un día ante un palacio de cristal.

A través de los gruesos muros transparentes, descubrió a su adorada princesa que, al verlo y reconocerlo, corrió a su encuentro.

Monina acercó su rostro al muro y Desir quiso hacer lo propio para darle un beso, aunque fuera a través del frío vidrio. Pero por mucho que lo intentó, sus esfuerzos fueron vanos: su gran nariz se lo impedía.

Contrariado por aquel contratiempo, exclamó:

—¡Qué nariz tan grande que tengo! Realmente, mi nariz es fea y descomunal.

No había terminado de pronunciar estas palabras, cuando el cristal que lo separaba de su amada se hizo trizas.

Apareció entonces la bruja del bosque y le dijo:

—Aquí tienes a tu futura esposa. Podías haberla encontrado muchísimo antes, pero era necesario que advirtieras que tu nariz es imperfecta. Los elogios que te prodigaron inmerecidamente durante toda tu vida te impidieron, hasta este momento, darte cuenta de la realidad. Ahora que ya sabes que no eres perfecto, podrás casarte, por fin, con Monina.

FIN

La diligencia de los doce meses

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Ilustración: ArtemisiaSynchroma

La noche era fría. A través del aire transparente llegaba a la tierra, en todo su esplendor, el brillo lejano de las estrellas.

De pronto, ¡pump! una olla vieja salió volando por la puerta de un vecino. ¡Bang, bang! disparos de armas de fuego. Era la última noche del año y en el reloj de la torre sonaron las doce campanadas de la medianoche.

—¡Hurra, hurra! ‑gritaban en las casas donde se celebraba la noche de Año Nuevo y levantaban las copas para brindar por la felicidad del año que empezaba.

—¡Feliz Año Nuevo! —exclamaban.

—¡Que el año venga cargado de salud, suerte, amor  y mucho dinero! ¡Fuera las tristezas y el mal humor! —todos se deseaba lo mejor mientras brindaban.

Justo en aquel preciso instante, un carruaje se detuvo frente a la puerta de la ciudad. Se alzó la barrera lentamente y el coche entró. Era la diligencia de los doce meses, que al comienzo de cada año llegaba, puntualmente, con sus doce pasajeros, cargados de regalos para todo el mundo.

—¡Salud y Feliz Año Nuevo!

—¡Bienvenidos!

Bajó el primer pasajero, envuelto en un manto de piel de oso. Calzaba botas impermeables de mucho abrigo.

—Aquí está mi pasaporte, centinela aduanero. Soy alguien en quien la gente pone todas sus esperanzas. No te extrañe el volumen de mi equipaje de treinta y un días. Traigo regalos para todos los niños… hasta para los traviesos, si son buenos y afectuosos. ¿Qué? ¿No puedes descifrar mi nombre? ¡Soy ENERO! La fotografía del pasaporte es un poco antigua y, tal vez, estoy un poco cambiado. Además, me la tomaron en mi casa del lejano Sur, donde vivo siempre en pleno estío; por eso en ella aparezco en mangas de camisa y moreno.

—¡Adelante el segundo de la fila! —gritó el guardia de la aduana—. ¡A ver, su pasaporte! ¿Qué equipaje trae?

—Poca cosa, en verdad: veintiocho días solamente. Cada cuatro viajes en torno a la Tierra hago uno con veintinueve.  Soy director de teatro, organizador de bailes de máscaras y de toda clase de diversiones. Soy el príncipe Carnaval, y viajo con el nombre de FEBRERO.

—¿Qué contienen sus días, señor febrero?

—Inconstancia en el número. Por eso me llaman «febrerillo el loco».

—¡Pase el tercero! ¿También con equipaje de treinta y uno?

—Sí, pero mis días no están llenos de regalos; no son de descanso invernal ni de modorra veraniega. Son días de esperanzas en el Norte y de abundantes cosechas en el Sur. Me llamo MARZO.

—Y tú, ¿quién eres tan orondo? ¿Qué contiene ese barril?

—Riego para el Norte y buen vino para el Sur. ¿No recuerdas? ¡Soy ABRIL!

—¡Oh, qué hermosa doncella rubia baja ahora!

—Soy MAYO, siempre con sol. En el Norte siembro flores; en el Sur maduro frutos. La dama que viene detrás es JUNIO. No la importunes con preguntas ni le pidas pasaporte. Viaja siempre muy cargada con vestidos y cajas de sombreros. La acompaña su hermano, JULIO, que lleva los documentos de ambos.

—A usted lo conozco, señor AGOSTO: ¡adelante!

—Menos mal que me conoces, porque he olvidado mis papeles de identificación en mi palacio invernal del Sur. No creía que hicieran falta en el Norte, pues voy allá por poco tiempo. Una temporadita de playa, nada más.

—¿Y usted, SEPTIEMBRE pintor? ¿Para qué quiere treinta paletas mientras viaja? ¿No le parece un poco excesiva esa provisión de pintura?

—Cada día pinto un cuadro nuevo, amigo mío. Uno con prados floridos, otro con bosquecillos umbrosos, otro con un mar tranquilo; uno con nubes viajeras, otro con tenue llovizna, y otras veces un paisaje con el cielo despejado: siempre una paleta distinta, tonos claros, oscuros…

—¡Ah! Ya baja el conde OCTUBRE. Se ve que no tiene prisa.

Con su acostumbrada calma, octubre contestó en tono afable:

—Me entretuvo don NOVIEMBRE. Por eso tardé en bajar. Ahora descenderá también él con su hacha de leñador. Está ayudando al anciano diciembre, que viaja siempre cargado con canastos y paquetes.

—¿Qué trae para mí, señor DICIEMBRE?

—Un arbolito de Navidad y una cajita de música con antiguos villancicos. También llevo un libro de cuentos, que sacaré del bolsillo y leeré en alta voz, para que todos los niños escuchen atentamente mientras las figuritas del árbol cobran vida y el angelito dorado de la punta agita sus alas de oropel.

—¡Gracias, muchas gracias! Pero, usted me perdonará que le haga una pregunta, un poco indiscreta: ¿Qué lleva en ese paquete rojo?

—¡Chisst! Un secreto. Fuegos artificiales para mi último día. ¡No descubras mi contrabando, amigo aduanero! Traigo alegría para todos, ¿entiendes?

—¡Pues claro que lo entiendo!, ¿y qué más nos trae?

Pero esta pregunta no obtuvo respuesta, porque ya la diligencia había reanudado la marcha, cargada con días y acontecimientos.

Empezaba el Año Nuevo y en todos los corazones renacían esperanzas e ilusiones.

FIN

El cuello postizo

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Ulustración: Margarita Nava

Érase una vez un caballero muy distinguido cuyas únicas posesiones eran un calzador y un peine y tenía, además, el más fantástico cuello postizo del mundo. Es, precisamente, sobre este último que tratará nuestra historia.

Ya había alcanzado el cuello postizo aquella edad en la que uno piensa en casarse, cuando quiso la casualidad que coincidiera en la colada con una liga.

—¡Caramba! —dijo el cuello al verla—. Es usted lo más delicado, suave y gracioso que he visto en toda mi vida. ¿Puedo preguntarle su nombre?

—¡No se lo pienso decir! —le contestó la liga.

—¿Dónde vive usted? —insistió el cuello.

Pero la liga, que era muy pudorosa, encontró la pregunta un tanto extraña y permaneció muda.

—¡Ah! Ya veo. ¡Es usted una de esas cinturillas interiores! ¡Así, que además de ser un adorno es usted también muy útil, estimada señora!

—¡Por favor, no me hable! —contestó la liga— ¡No creo haberle dado pie en lo más mínimo!

—Se equivoca. Ser tan maravillosa como usted —dijo el cuello—, ¡ya es pie más que suficiente!

—¡Para mí ese no es ningún motivo, así que no se arrime tanto! —exclamó la liga.

—¡Soy todo un señor! —dijo el cuello—. ¡Poseo un caballero distinguido, un calzador y un peine!

Lo que no era del todo cierto, pues no eran de él, aunque de todos modos, presumía de ello.

—¡Le repito que no se me arrime! —dijo la liga—. ¡No me gustan estas cosas!

—¡Mojigata! —contestó el cuello.

En ese momento, los sacaron del agua, los almidonaron y los colgaron de una silla al sol. Cuando estuvieron secos, los colocaron sobre una tabla de planchar, y allí esperaron hasta que llegó la plancha caliente.

Al ver a la plancha, el cuello exclamó:

—¡Señora! ¡Por usted me quemo! ¡Ya no soy el mismo! ¡Usted no se anda con paños calientes! ¡Me enciende por completo! ¡Quiero su mano!

—¡Andrajo! —respondió la plancha.

Y se paseó orgullosamente por encima del cuello, pues se creía que era una caldera de vapor a punto de partir de la estación, arrastrando tras de sí todos los vagones sobre la vía.

—¡Andrajo! —volvió a decir.

Con el planchado, el cuello se deshilachó un poco por los bordes, así que la tijera llegó para recortarle los hilos.

—¡Oh! —exclamó el cuello—. ¡Usted debe de ser primera bailarina! ¡Cómo estira las piernas! ¡Es lo más encantador que he visto jamás! ¡No hay en el mundo nadie que pueda imitarla!

—Lo sé -contestó la tijera.

—¡Merecería ser condesa! —dijo el cuello—. Yo no soy conde, pero le entrego todo lo que poseo: un caballero distinguido, un calzador y un peine.

—¿Se me está usted declarando? —preguntó la tijera.

Y muy indignada, le propinó un tijeretazo que lo dejó inútil.

—¡Vaya corte! En fin, —suspiró el cuello—, tendré que declararme al peine! —y le dijo dirigiéndose a él —¡Es curioso que conserve usted todos los dientes! ¿Nunca ha pensado en comprometerse?

—De hecho —contestó el peine—, ¡estoy comprometido con el calzador!

—¿¡Comprometido!? —exclamó el cuello.

Como ya no le quedaban más manos por pedir, apartó esa idea de su cabeza.

—Al fin y al cabo, ¡se vive mejor solo!

Pasó mucho tiempo y el cuello acabó dentro de una caja, en un molino donde se fabricaba papel. En aquel cajón había una gran concurrencia de trapos: finos, bastos, de colores, blancos… Todos ellos con muchas historias que contar, pero el cuello más que nadie, pues era todo un conquistador.

—¡La de novias que habré tenido yo! —refería el cuello—. ¡No me dejaban en paz! Y es que yo he sido siempre todo un señor, ¡tan blanco y almidonado! Poseía un caballero, un calzador y un peine que nunca usaba. ¡Tenían que haberme conocido entonces! En esa época todas se derretían por mí. Jamás olvidaré a mi primera novia, una cinturilla, tan fina, tan suave y tan graciosa… ¡La pobre se arrojó a un lavadero por mí! Después conocí a una plancha ardiente, pero cuando la dejé plantada, ¡se puso negra! Y también tuve relaciones con una primera bailarina. Precisamente, fue ella la que, loca de celos, me hizo este desgarrón. ¡Era tan feroz! He de añadir, que mi propio peine estaba enamorado de mí. Perdió hasta el último diente a causa del mal de amores. ¡Sí, no puedo negarlo, he vivido muchas experiencias amorosas! Pero por la que más lo siento es por la cinturilla, la que se arrojó al lavadero por mí. Tengo un gran cargo de conciencia y para hacerme perdonar, ¡necesito convertirme en blanco papel!

Y así fue. Todos los trapos se convirtieron en papel y el cuello se transformó en la hoja sobre la que alguien escribió esta historia, en la que tanto presumía de lo que nunca había sucedido.

Debemos pensar en ello y no comportarnos como él, porque quién sabe si, alguna vez, iremos a parar al cajón de los trapos, nos convertirán en papel y sobre nosotros se imprimirá nuestra verdadera historia, incluso la más secreta, y todo el mundo conocerá la realidad, como se conoció la del cuello postizo.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El cuello postizo» con la voz de Angie Bello Albelda

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Barbazul

Había una vez un hombre dueño de extraordinarias riquezas. Además de varios palacetes en la ciudad, poseía un gran castillo y extensas heredades en el campo. En su casa, escondía cofres repletos de oro y joyas preciosas. Pero a pesar de todos los tesoros que acumulaba, le era difícil encontrar esposa.

Había pedido la mano de varias muchachas y todas lo habían rechazado a causa de su desagradable aspecto, sobre todo, debido al color de su barba, que era extrañamente azul, lo que le había valido el sobrenombre por el que todos lo conocían: Barbazul.

En la ciudad, cerca de una de sus casas, vivía una gran dama que tenía dos hijas y dos hijos. Era viuda, y aunque en otros tiempos había tenido una posición acomodada, lo había perdido todo y ahora estaba completamente arruinada. La dama consideró que para asegurar el porvenir de toda la familia, lo mejor que podía hacer era casar a uno de sus descendientes con alguien que tuviera una gran fortuna y enseguida pensó que Barbazul podía ser la solución.

Llegó a oídos de Barbazul el deseo de la mujer y, sin tardanza, pidió la mano de una de las hijas, sin especificar a cuál de las dos prefería. La respuesta se demoró, porque la dama, después de hablar de la proposición a las chicas, les dio tiempo para que reflexionaran, advirtiéndoles que lo pensaran muy bien antes de rechazar la propuesta, ya que una de ellas podría llegar a ser la dueña de grandiosas riquezas.

Ni una ni la otra se animaba a casarse con el hombre, pues, aunque era inmensamente rico, su terrible aspecto daba miedo. Además, ya se había casado varias veces y nadie sabía qué había sucedido con sus anteriores esposas.

Para conseguir su objetivo, Barbazul llenó de regalos a la dama y a sus dos hijas: flores, joyas, vestidos… incluso invitó a toda la familia a pasar una semana entera en el castillo que poseía en el campo.

Pasados los siete días, la hija menor comunicó que quería casarse con Barbazul.

La boda se celebró con gran pompa y la joven estaba muy orgullosa de poder presumir ante todo el mundo de sus posesiones.

Días después, Barbazul anunció a su esposa que debía partir para solucionar algunos negocios, y la animó a que hiciera una gran fiesta e invitara a quien quisiera para divertirse durante su ausencia.

—Te dejó las llaves de todos los cuartos, de todas las salas, de las despensas, de los cofres… Eres dueña de todo lo que hay en este castillo: vajillas, cristalerías, libros, cuadros, vestidos, joyas…Dispón de todo y entra donde quieras. Solo una puerta debe permanecer cerrada, aquella pequeña que ves allí. Se abre con esta llave. Quiero que la guardes mientras estoy ausente, ¡y no se te ocurra, bajo ningún concepto, entrar! Si te vence la curiosidad, estás perdida; te aseguro que te arrepentirás de no haberme hecho caso.

Y diciendo esto, le entregó un pesado llavero del que colgaban las llaves de todas las dependencias; también le entregó una llave de oro, que era la que abría la puerta de la estancia prohibida.

La joven, después de asegurarle que cumpliría lo que le había dicho, guardó en un cajón de su dormitorio la llave de oro, pero no podía dejar de pensar en ella y en el misterio que encerraba:

—¡Es extraño! ¡Si pudiera ver qué hay en ese cuarto…!

Para olvidarse de tan extraña prohibición, organizó una gran comida. Sus dos hermanos contestaron que, a causa de ciertos compromisos, no podrían asistir, pero que irían a visitarla a la mañana siguiente.

La recién casada, su hermana mayor y los amigos pasaron todo el día recorriendo el castillo. Los invitados no dejaban de asombrarse ante la ingente cantidad de riquezas que iban encontrando a cada paso.

Al llegar ante la pequeña puerta, uno de los convidados quiso saber qué había dentro:

—No lo sé —contestó la dueña del castillo.

—Entonces, después de todo, no eres la dueña de absolutamente todas las riquezas que hay aquí…

Al anochecer, cuando los amigos se hubieron marchado y las dos hermanas se quedaron solas, cansadas como estaban del ajetreo del día, se retiraron a dormir, cada una a su aposento.

En su dormitorio, la recién casada volvió a pensar en las advertencias de Barbazul:

—¿Qué habrá en ese cuarto…?

Daba vueltas y vueltas en la cama, sin poder conciliar el sueño, hasta que su curiosidad venció el temor a las posibles consecuencias y, al rayar el alba, se levantó, abrió el cajón, cogió la llave de oro y se dirigió hacia el cuarto prohibido.

Al abrir la pequeña puertecita, ¡horror!, en el centro de la estancia vio un cepo y un hacha y en un rincón, amontonados, varios cuerpos sin cabeza.

—¡Las anteriores esposas de Barbazul! —murmuró aterrorizada.

Temblando de miedo por tan espeluznante espectáculo, se tapó la boca para no gritar y, al hacerlo, la llave resbaló de sus manos; con tan mala suerte, que fue a caer, justo, en el gran charco que teñía de rojo el suelo. Al recogerla, vio que estaba manchada. Cerró rápidamente la puerta y corrió a su habitación; frotó la llave con un paño para limpiarla, pero, por mucho que insistió, la mancha no salía.

Alarmada, pensó en abandonar el castillo, pero su marido llegaba justo en aquel momento. Al verla, lo primero que le dijo fue:

—¡Entrégame las llaves!

Ella, temblando, le entregó el llavero.

—¿Y la llave de oro?

—Aquí la tienes —dijo quedamente.

—¡Está manchada de sangre! ¿Qué ha pasado?

—Yo, yo… yo no sé nada…

—¡Pues yo sí lo sé! ¡No me has hecho caso! ¡Has abierto la puerta! ¡Ahora entrarás allí y ya no volverás a salir jamás!

La chica, asustada y llorando, rogaba por su vida:

—¡Perdóname! ¡Guardaré el secreto! ¡Jamás sabrá nadie lo que he visto!

—¡No hay perdón! Me has demostrado que no puedo confiar en ti. Solo estaré a salvo si te corto la cabeza.

—¡No puedes matarme así, de pronto! Al menos déjame que me prepare. Por favor, déjame un rato a solas en mi habitación.

El gigante de barba azul titubeó, pero accedió a lo que le pedía:

—Te concedo un cuarto de hora. Te espero en el cuarto —dijo mientras se dirigía hacia la siniestra estancia para afilar el hacha.

Entretanto, la joven corrió hasta el cuarto de su hermana y la despertó diciendo:

—¡Hermana! ¡Sube deprisa a la torre y dime si vienen nuestros hermanos! ¡Barbazul ha regresado y quiere matarme!

La hermana subió a lo alto de la torre, pero nada se divisaba.

—¿Estás segura de que no llega nadie por el camino?

—No, nadie.

Mientras, desde abajo, tronaba la voz de Barbazul:

—¡Baja!

—¡Un momento!

De repente, la mayor dijo:

—Veo una gran nube de polvo que se acerca.

—¿Son nuestros hermanos?

—No, era un pastor con su rebaño de ovejas.

De nuevo tronó Barbazul:

—¡Baja de una vez!

—¡Enseguida bajo!

En lo alto de la torre, la hermana mayor volvió a exclamar:

—¡Veo a dos caballeros que se acercan!

—¡Ve corriendo a la entrada a ver si son nuestros hermanos y diles que se den prisa y que vengan a salvarme! ¡Barbazul quiere matarme!

En efecto, Barbazul, impaciente, subía profiriendo gritos de rabia.

Al llegar arriba, agarró a su mujer por el pelo y la arrastró escaleras abajo. Ella se resistía con fuerza, para dar tiempo a que sus hermanos llegaran para ayudarla.

Ya en la planta baja; aquel energúmeno entró en la habitación secreta y arrojó sobre el suelo a la pobre desdichada; tomó el hacha entre sus manos y cuando ya la levantaba para descargar el golpe mortal sobre la garganta de su esposa, dos espadas atravesaron el cuerpo del gigante de barba azul, que cayó, mortalmente herido, sobre el ensangrentado suelo.

Los cuatro hermanos, volvieron a la ciudad para contar lo que había sucedido y al saber la gente el desgraciado destino de las anteriores esposas de Barbazul, celebraron haberse librado, para siempre, de aquel monstruo.

La joven viuda, única heredera de todos los bienes de su malvado esposo, vivió feliz el resto de sus días rodeada de comodidades.

FIN

Cenicienta

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Érase una vez un caballero que tenía una hija buena, gentil y agraciada. Se había quedado viudo y decidió casarse, en segundas nupcias, con una dama, también viuda, que tenía dos hijas que se parecían a ella en todo, pero especialmente en el carácter: presumidas y egoístas.

Al poco de casarse, el hombre murió y la mujer empezó a mirar con malos ojos a su hijastra, porque la gracia y hermosura de esta hacían parecer más feas y antipáticas a sus dos hijas. En la distribución de las tareas de la casa le destinó los quehaceres más pesados: lavar los platos, limpiar la cocina, barrer las escaleras, sacudir las alfombras, y otras muchas más que sería largo enumerar.

La pobre chica dormía en la buhardilla, sobre un duro lecho de paja vieja, mientras las hermanastras dormían en blandos colchones de plumas, en cuartos luminosos, llenos de espejos y cortinas de tul, como en el mejor palacio de la tierra.

La niña soportaba todo esto sin decir nada, pero sufría mucho, sobre todo por la falta de cariño que había en la casa.

Cuando terminaba sus tareas, se acurrucaba junto a la chimenea para leer y allí permanecía horas y horas, hasta que las cenizas del hogar le cubrían los vestidos y el pelo. Por eso, todos empezaron a llamarla Cenicienta.

Un día, el hijo del rey decidió organizar un baile al que fueron invitados todos los jóvenes de la comarca. Como el príncipe estaba en edad de casarse, la noticia causó un gran revuelo en todas las familias. No había hogar en el que hubiera una joven que no soñara con que la niña llegara a ser reina algún día.

Todas las muchachas comenzaron a preparar los mejores vestidos con las más preciosas telas. Una buscaba joyas valiosísimas en los antiguos cofres de la familia; otra se hacía pruebas de complicadísimos peinados; otra se maquillaba los ojos y las uñas para encontrar el color que más la favoreciera… En fin, de norte a sur, por todo el reino, no se hablaba de otra cosa que no fuera el baile del príncipe.

Las dos hermanastras de Cenicienta no comían ni dormían, tanta era su preocupación por la fiesta de palacio. No paraban de ir y venir de tienda en tienda en busca de telas y cintas, encajes y puntillas, joyas y otros adornos.

Llegado el día del baile, las dos hermanas se bañaron, se perfumaron, se vistieron con trajes de seda y, finalmente, pidieron a Cenicienta que las peinara. Mientras terminaban de acicalarse, una de ellas preguntó:

—Dime, Cenicienta, ¿te gustaría ir al baile con nosotras para poder admirar desde un rincón los trajes de las damas más distinguidas de la región?

—Iría con gusto —respondió la niña— pero comprendo que el palacio real no es mi lugar. Yo debo haber nacido para barrer, fregar, cocinar, y lavar y no para asistir a los bailes del rey.

—Tienes razón. ¡Imagina la risa de los invitados si te vieran entrar en palacio! Así que mejor ponte a limpiar porque, la verdad, todo esto lo tienes muy sucio. ¡A trabajar mientras nosotras nos divertimos!

La mayor llevaba un vestido de terciopelo rojo cuajado de estrellitas de oro, y la menor uno de terciopelo azul bordado con hilos de plata. Las dos subieron a una carroza y se dirigieron al palacio real.

Cenicienta las despidió en el jardín y les deseo buena suerte. Parecía contenta, pero al quedarse sola se le llenaron los ojos de lágrimas. Fue a sentarse junto al fuego y allí, mirando el baile de las llamas, suspiraba y suspiraba.

De repente, junto a ella, apareció una hermosa dama. Ante el gesto de sorpresa de la joven, le habló con dulzura:

—No temas, Cenicienta, soy tu hada madrina. ¿Por qué estás tan triste? Dime qué puedo hacer por ti.

—Quisiera… Quisiera… —Pero los sollozos interrumpieron sus palabras.

—Quisieras asistir al baile, ¿no es cierto?

Cenicienta asintió con la cabeza.

—No llores, querida. Irás al baile. Vamos al jardín. En el fondo hay una planta de calabazas. Buscaremos la más grande.

La chica no entendía para qué necesitaban una calabaza; pero el hada, después de vaciarla, la tocó con su varita mágica y la dura corteza abierta se transformó en una espléndida carroza.

Seis ratoncitos, que acudieron desde el granero, al ser tocados por la varita mágica se convirtieron en briosos caballos.

Un ratón de la cocina se asomó, curioso, y la varita del hada lo transformó en un cochero vestido con elegante librea.

De las piedras del muro del jardín asomaron la cabeza seis lagartijas verdes que, por voluntad del hada, se transformaron en lacayos.

—He aquí la carroza y los servidores que te llevarán a palacio. ¿Estás contenta?

Cenicienta no sabía qué contestar. Bajó los ojos, miró su vestido y sus zapatos y murmuró:

—¿Al palacio? Pero es que voy con harapos y zuecos…

El rostro del hada se iluminó con una sonrisa. La varita mágica tocó las ropas de la joven y su ropa vieja se convirtió en un vestido blanco entretejido con hilos de plata.

—Y ahora el calzado. Para tus pequeños pies he traído un par de zapatitos de cristal. Sube a la carroza, te conducirá al baile. No digas a nadie tu nombre, ni siquiera al príncipe. Todos supondrán que eres una princesa recién llegada de un lejano país. Te advierto que el hechizo solo durará hasta la medianoche; a esa hora, tu carroza se convertirá en calabaza, tus servidores volverán a ser animales y tus trajes humildes ropas. ¡No lo olvides! Debes regresar a casa antes de que suenen las doce campanadas.

Cenicienta escuchó con atención, prometió no olvidar los consejos del hada y subió a la espléndida carroza. Cuando entró en el gran salón de baile todos quedaron maravillados. Su porte, su distinción y sus ricos vestidos dejaron a todos con la boca abierta. El hijo del rey solo tenía ojos para ella y aunque bailaron varias veces no consiguió saber el nombre de su pareja de baile.

Entretanto, las hermanastras de Cenicienta no salían de su asombro:

—¡Sí es ella! ¡Te digo que es ella!

—Pero, ¿quién la trajo hasta aquí? ¿De dónde sacó ese vestido?

—¡No lo sé! ¡Parece imposible!…

—¿No será una princesa extranjera que se parece a Cenicienta?

—Acerquémonos a ella, a ver si nos reconoce.

Las dos hermanas recorrieron las salas en busca de Cenicienta, pero esta no aparecía por ninguna parte. Cenicienta había abandonado el palacio un poco antes de medianoche. En cuanto la carroza llegó a casa, volvió a ser una calabaza, y ratoncitos y lagartijas, de nuevo en su verdadera forma, corrieron a refugiarse, cada uno en su escondrijo. La joven, con sus harapos, iba ya a subir a la buhardilla, cuando oyó que golpeaban la puerta. Fingiendo estar medio dormida, preguntó entre bostezos a sus hermanastras:

— ¿Qué tal en palacio? ¿Os habéis divertido? ¿Habéis bailado con el príncipe?

—La verdad es que nada interesante. Una dama desconocida atrajo la atención del príncipe y de todos los asistentes al baile. Tenía un aire a ti, pero ella era muchísimo más interesante. Debía ser una princesa extranjera.

—¿No se hizo anunciar? ¿Nadie le preguntó cómo se llamaba?

—Nadie consiguió averiguar quién era. Desapareció antes de la medianoche y el príncipe quedó muy contrariado, porque parece que se ha enamorado de ella. Espera que vaya al baile de mañana.

—Hermana —dijo Cenicienta a la mayor— ¿me prestarías tu viejo vestido amarillo para ir al baile de mañana y ver a la misteriosa princesa?

—¿Estás loca? ¿Prestarte mi vestido? ¿Ir nosotras con una sirvienta al baile? ¡Ni soñarlo!

Estas palabras hirientes no pudieron ofender a Cenicienta; por dentro, estaba loca de alegría al recordar las atenciones del hijo del rey. Se sentía inmensamente feliz.

Al día siguiente, las dos hermanas se emperifollaron todavía más para asistir al baile. Cuando se quedó sola, Cenicienta recibió, de nuevo, la visita del hada madrina. La varita mágica repitió los prodigios de la noche anterior y, esta vez, la joven llegó a palacio con un vestido de tul blanco y púrpura.

El príncipe esperaba ansioso. Bailó con ella toda la noche, pero a pesar de su insistencia, no obtuvo respuesta sobre el nombre y el domicilio de la bella desconocida. Esta, perdida la noción del tiempo, que pasaba veloz en medio de la alegría de la fiesta, se dio cuenta, de pronto, de que ya estaban a punto de sonar las campanadas de medianoche. Hizo una rápida reverencia al hijo del rey y corrió escaleras abajo.

—¡Detente! ¡Espera un momento, por favor!

Pero ella siguió corriendo y, en su precipitación, perdió uno de los zapatitos de cristal. En ese momento empezaron a sonar las campanadas del reloj de palacio, y los soldados vieron salir corriendo a una niña andrajosa. El príncipe, que se había detenido a recoger el zapatito de cristal, preguntó cuál era la carroza de la princesa que acababa de salir. El jefe de guardia lo miró asombrado:

—Alteza, no ha salido ninguna princesa de palacio. Hace un momento pasó corriendo una joven mendiga. Nada más.

El joven se quedó pensativo. Aquella misteriosa dama le interesaba cada vez más. Guardó el zapatito en uno de los bolsillos y subió lentamente la escalinata de mármol pensando en cómo descubrir la identidad de la desconocida valiéndose de aquel zapato.

Cenicienta llegó a casa sola, mal vestida y agotada por la carrera y se sentó junto a la chimenea a esperar el regreso de sus hermanastras. Estas llegaron muy tarde y le contaron la extraña fuga de la desconocida.

A la mañana siguiente, un bando real anunciaba que un cortesano llevaría un zapato de cristal de casa en casa para que todas las muchachas se lo probaran, la que consiguiera calzarlo, se casaría con el príncipe.

El cortesano, con el zapato de cristal sobre un cojín de raso azul, llegó a casa de Cenicienta. Ninguna de las dos hermanas pudo ponerse el zapato. El funcionario real estaba desesperado:

—Esta es la última casa del reino y no hemos conseguido dar con la joven propietaria de este zapatito de cristal.

Cenicienta, entonces, se adelantó y preguntó:

—¿Puedo probármelo yo también?

A pesar del fastidio de las dos hermanastras, el cortesano accedió y ¡oh!, sorpresa.

—¡No puede ser! —exclamaron todos a la vez— ¡La propietaria del zapato no puede ser esta harapienta!

En ese momento, apareció el hada madrina, que entregó el otro zapatito a Cenicienta y le pidió que lo calzara. Tocó con su varita mágica las ropas de la niña y estas se convirtieron en un elegante vestido.

La madrastra y las hermanastras no salían de su asombro:

—¡Cenicienta se casará con el príncipe!

—¡Pobres de nosotras! Ahora se vengará por todos los malos momentos que le hemos hecho pasar.

Así se lamentaban las tres, pero Cenicienta no había cambiado y aunque ahora era una princesa, su corazón seguía siendo bueno y generoso, como cuando era una humilde sirvienta. Ni odio ni rencor cabían en él y cuando celebró sus bodas con el príncipe, invitó a palacio a sus hermanastras y a su madrastra.

El zapatito que Cenicienta había perdido se conservó en una vitrina de palacio como la joya más preciada del tesoro real y uno de los ratoncitos que había vivido en la buhardilla con la muchacha fue el encargado de custodiarlo y

con un látigo en la mano,

aquel ratón, muy ufano,

cuida todavía hoy,

en el palacio real,

el zapato de cristal.

 

FIN

La Bella Durmiente

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Ilustración: Fabulandia

Este cuento nos lo pidió Amparo y a ella se lo dedicamos.

Había una vez un rey y una reina que estaban muy tristes porque no tenían hijos. Por fin, después de mucho tiempo, la reina dio a luz a una niña.

Como era costumbre en tan lejana época, para celebrar el nacimiento de la heredera, fueron invitadas todas las hadas del reino para que pudieran otorgar sus dones a la pequeña princesa, pero se olvidaron de invitar a una de ellas; un hada malvada de la que no se tenían noticias desde hacía muchísimo tiempo, porque vivía encerrada en su lejano castillo.

No se sabe de qué modo, la noticia del nacimiento de la princesa llegó a oídos de la malvada hada, pero el caso es que acudió a la fiesta sin haber sido invitada.

Al terminar la comida, una a una, las hadas pasaron ante la cuna de la recién nacida y, tocando su frente con sus varitas mágicas, le fueron otorgando sus dones:

—Serás la más inteligente.

—Serás la más alegre.

—Serás la más hermosa.

—Serás la más constante.

—Serás la más paciente.

— …

Al llegar su turno, el hada malvada se situó frente a la cuna de la pequeña y, al mismo tiempo que apoyaba su varita mágica en la frente de la princesita, pronunció con rabia su espantoso conjuro:

—¡El día que cumplas dieciséis años, te pincharás con un huso y morirás!

El hada más joven, al oír tan terrible maleficio, realizó un encantamiento para mitigar el funesto destino de la pequeña:

—El día de tu decimosexto cumpleaños, te pincharás con un huso, pero no morirás, sino que permanecerás dormida durante cien años, hasta que un beso de amor te despierte de tu profundo sueño.

Inmediatamente, los reyes enviaron mensajeros por todo lo largo y ancho del reino con la orden de quemar todos los husos que hubiera en él para evitar que el maleficio pudiera cumplirse.

Fueron pasando los años y en la princesita iban aumentando los dones que le habían otorgado las hadas el día de su nacimiento. Y, por fin, llegó el día en el que cumplía dieciséis años.

Mientras se paseaba por el inmenso palacio pensando en la fiesta que debía celebrarse en su honor aquella noche, la princesa se desorientó y, sin darse cuenta, fue a parar a una zona del castillo que todos creían que estaba deshabitada.

Al entrar en una de las estancias, encontró a una vieja sirvienta que desconocía la prohibición del rey y estaba hilando. La princesa, que no había visto jamás un huso, sintió curiosidad y le preguntó a la anciana mujer:

—¿Qué haces buena mujer?

—Estoy hilando.

—¿Me dejarías probar?

—No es fácil hilar, hija mía, -respondió la sirvienta – pero, si quieres, puedo enseñarte.

La princesa, muy contenta, aceptó el ofrecimiento sin sospechar que, al hacerlo, la maldición del hada malvada estaba a punto de cumplirse.

Justo al tomar el huso entre sus manos, se pinchó en el dedo índice y antes de que la diminuta gota de sangre que brotó de su dedo llegara al suelo, la princesita se desvaneció y allí se quedó, como si estuviera muerta.

Los mejores médicos, las más afamadas brujas y los más competentes magos y hechiceras fueron llamados a consulta. Lo probaron absolutamente todo, sin embargo, nadie fue capaz de vencer el terrible maleficio. El hada más joven, al enterarse de lo ocurrido, corrió también hacia palacio y al encontrarse a toda la corte llorando, rodeando la cama en la que yacía inmóvil la princesa, les dijo:

—No lloréis, que cien años dormirá, pero luego despertará.

Pero los reyes no tenían consuelo posible y se lamentaban diciendo:

—¡Ay! ¡Qué triste día! Todos deberíamos dormir cien años. No queremos seguir despiertos si la princesita duerme.

El hada, al oír la queja de los reyes, quiso cumplir su deseo y decidió que mediante un encantamiento dejaría dormida a toda la corte, para que al cabo de cien años, al despertar, la princesa lo encontrara todo tal y como estaba aquel día. Movió su varita mágica y en ese mismo instante, todos los habitantes del castillo cerraron los ojos. Y, para que nadie pudiera alterar su sueño, hizo crecer una espesa hiedra por las paredes del castillo hasta dejarlo completamente oculto de la vista de todos.

—Dormid tranquilos. Dentro de cien años regresaré.

En el castillo todo dormía. Los relojes no hacían tic tac; los soldados roncaban sobre sus lanzas; el fuego estaba petrificado en las chimeneas; en la cocina, el agua detuvo su hervor y los cocineros, que preparaban la fiesta de cumpleaños de la princesa, dejaron de pelar patatas y de batir huevos para los pasteles; los perros enmudecieron su ladrido. Todo quedó inmóvil. El tiempo se detuvo en palacio.

En el exterior se sucedían los años y alrededor del castillo crecía un frondoso bosque que formaba una verde barrera, cada vez más impenetrable, que impedía el paso. Los habitantes del reino se fueron olvidando del castillo dormido y de su historia.

Pasado un siglo, un príncipe que paseaba cerca del bosque vio a lo lejos, entre los árboles, un extraño destello, que no era otra cosa que el sol de la mañana reflejado en el vidrio de una de las ventanas del palacio. Para descubrir qué era y de dónde procedía aquel fulgor, se abrió paso con su espada por entre la espesura de plantas que rodeaba el castillo.

Paso a paso, fue avanzando. Estaba ya a punto de desistir y dar la vuelta, cuando descubrió, al cortar unas altas ramas, el puente levadizo de un enorme palacio. Con mucha precaución, entró en el castillo y cuál no sería su asombro al descubrir que todos los habitantes de aquel lugar estaban durmiendo, tendidos cuan largos eran, en las escaleras, en los pasillos y en el patio.

—¡Hola! ¿Hay alguien despierto? – gritó el príncipe sin obtener respuesta.

Fue vagando de estancia en estancia, cada vez más extrañado, y no tardó en llegar a la habitación donde yacía la princesa dormida.

Al verla, su corazón dio un vuelco dentro de su pecho y se quedó contemplando largo rato y en arrobado silencio aquel rostro dormido, sereno y bello; mientras sentía cómo nacía el amor que tanto había esperado. Emocionado, se acercó a la princesa dormida y besó, delicadamente, su mejilla.

Al contacto del beso, la princesa despertó de su largo sueño, abrió los ojos, miró al príncipe y le dijo sonriendo:

—Te he esperado mucho tiempo ¡Por fin has llegado!

El encantamiento se había roto.

Justo en aquel instante todo el castillo despertó. La corte entera abrió los ojos y, mirándose muy sorprendidos los unos a otros, se preguntaban qué había sucedido.

El hada joven, que presenciaba la escena, les contó lo que había pasado y les dijo que habían dormido durante cien años.

Locos de alegría, siguieron haciendo lo que estaban haciendo justo antes de quedarse dormidos y aquella misma noche celebraron la gran fiesta de cumpleaños de la princesa.

Poco tiempo después, el castillo, hasta entonces dormido e inmerso en el silencio, se llenó de cantos, de música y de alegres risas para celebrar la boda del príncipe y la princesa.

FIN

El gato con botas

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Murió un viejo molinero y no dejó más bienes que su molino, su asno y su gato.

Sus tres hijos hicieron las particiones con gran facilidad, sin notario ni abogado, que se hubieran comido tan exiguo patrimonio.

El mayor de los tres hermanos se quedó el molino. El mediano el asno. Y el pequeño no tuvo otra herencia que el gato.

El pobre chico, al recibir tan pobre heredad, se quedó muy desconsolado.

—Mis hermanos —decía— podrán ganarse la vida trabajando, pero yo, como no me coma al gato y luego venda su piel, me moriré de hambre. ¿Qué haré con él? ¡Ni tan solo puedo alimentarlo!

El gato, que escuchaba lo que el muchacho decía, subió de un salto al regazo de su amo, restregó la cabeza contra su pecho, y lo consoló diciendo:

—No estés triste, amo; cómprame un par de botas y un saco que se cierre con cordones, y ya verás como no es tan mala la parte de herencia que te ha correspondido.

El chico depositó toda su confianza en el astuto gato. Había sido testigo del ingenio del animal, cuando lo observaba cazar pájaros y ratones, así que pensó que tal vez el felino podría socorrerlo de su miseria. Pidió prestado algo de dinero a sus hermanos y compró lo que le pedía.

El gato se calzó inmediatamente las botas, se colgó el saco al hombro y andando sobre sus dos patas traseras se dirigió a un bosque cercano en el que sabía que había cientos de conejos.

Colocó el saco al pie de un árbol y en su interior puso un poco de tomillo y se dispuso a esperar a que algún gazapo, inexperto y poco instruido en los peligros del mundo, se sintiera atraído por la olorosa hierba.

Al poco de estar apostado, un joven conejillo se acercó, olisqueó y entró en el saco dando saltitos. El gato dio un fuerte tirón de los cordones y atrapó al conejo dentro del saco.

Con la caza obtenida, se dirigió al palacio del rey de aquellas tierras y solicitó audiencia.

Después de esperar un buen rato, lo condujeron a la cámara real y haciendo una profunda reverencia, le dio el conejo al monarca diciendo:

—Majestad, mi amo el señor marqués de Carabás se sentiría muy honrado si os dignarais a probar su caza. Por eso os envía este conejo que él mismo ha cazado esta mañana en los bosques que posee.

—Di a tu amo —respondió el rey— que con mucho gusto acepto su regalo. Transmítele mi agradecimiento.

Días después, volvió al bosque, calzado con sus botas y con el saco al hombro, y no tardó en dar caza a un par de perdices.

Acto seguido, corrió a presentarlas al rey, como había hecho con el conejo, y el monarca recibió con tanto entusiasmo las dos perdices, que mandó se le diese al gato unas monedas de oro de propina.

Durante los siguientes meses, el gato le fue llevando al rey una parte de lo que cazaba, hasta el día que corrió la voz de que el rey saldría a pasear por la orilla del río en compañía de su hija, la princesa más hermosa del mundo. Entonces, el astuto gato le dijo a su amo:

—Si sigues mis consejos, tu fortuna ya está hecha. Solo tienes que bañarte desnudo en el río, exactamente, en el lugar que yo te indicaré. El resto, déjamelo a mí.

El hijo del molinero hizo lo que el gato le aconsejaba, aunque sin comprender cuáles eran sus intenciones.

Mientras se estaba bañando llegaron el rey, la princesa y la comitiva real a la orilla del río y justo en ese momento, el gato se puso a gritar con todas sus fuerzas:

—¡Socorro! ¡Socorro! ¡El señor marqués de Carabás se está ahogando!

Al oír los gritos, el rey asomó la cabeza por la ventana de la carroza y, al reconocer al gato que tantas veces lo había obsequiado con la caza, mandó a sus guardias que fuesen de inmediato a socorrer al marqués de Carabás.

Mientras sacaban del río al pobre marqués, el gato, se aproximó a la carroza y le contó al rey que, mientras su amo se bañaba en el río, unos ladrones habían robado sus ropas, y aunque había intentado impedirlo, no había podido hacer nada. El rey inmediatamente hizo traer de palacio los mejores trajes de su guardarropa para el marqués de Carabás.

Cuando estuvo vestido, se presentó ante el monarca, que lo recibió con deferencia. Era tan guapo el muchacho y las ropas le sentaban tan bien, que la princesa, al verlo, se prendó del joven y él de ella.

El rey, al notar que los dos jóvenes se miraban con buenos ojos, invitó al marqués a acompañarlos en su paseo y el gato, al ver que sus planes empezaban a funcionar, tomó la delantera.

No tardó en encontrar a unos campesinos que segaban la yerba de unos prados y les dijo:

—Buena gente, si no decís al rey que los prados que estáis segando pertenecen al señor marqués de Carabás, ordenaré que os hagan picadillo.

Al pasar el rey, preguntó a los segadores quién era el dueño de aquellos prados y, asustados por la amenaza del gato, los labriegos contestaron a una voz:

—Son del señor marqués de Carabás.

—Tenéis unos terrenos magníficos -dijo el rey al hijo del molinero.

—Ciertamente, Majestad, esta tierra no deja de producir con abundancia cada año.

El gato, que iba siempre delante, encontró luego unos labriegos y les dijo:

Buena gente, si no decís al rey que las tierras que estáis labrando pertenecen al señor marqués de Carabás, ordenaré que os hagan picadillo.

El rey, que pasó un momento después, quiso saber a quién pertenecían aquellas tierras y al preguntar, le contestaron a coro:

—Son del señor marqués de Carabás.

Y el rey felicitó de nuevo al hijo del molinero.

El gato, siempre delante de la carroza, iba repitiendo lo mismo a todas las gentes que encontraba a su paso y el rey no pudo menos que admirarse de las grandes riquezas del señor marqués de Carabás.

Por fin llegó el gato a un hermoso castillo, que pertenecía a un sanguinario ogro. El más rico de la comarca, dueño de todos los prados, las tierras y los bosques por donde habían pasado, y después de tener la precaución de informarse acerca de quién era este ogro y de lo que sabía hacer, solicitó hablar con él para presentar sus respetos ya que, dijo, no quería abandonar los dominios de tan gran señor sin haberlo saludado.

El ogro, halagado, lo recibió con gran amabilidad y lo hizo reposar en un gran diván.

—Me han asegurado -le dijo el gato- que tenéis el don de convertiros en el animal que se os antoje. Por ejemplo, en elefante, en león, en tigre…

Cierto es -respondió el ogro-

Y para demostrarle sus habilidades al gato, tomó la forma de un león.

—También me han asegurado, aunque eso no me lo creo, que tenéis la facultad de transformaros en un animal pequeño. Por ejemplo, en un simple ratoncito. Aunque eso sí que me parece imposible.

—¡Para mí no hay nada imposible! —rugió el ogro muy ofendido— ¡Ahora vais a convenceros!

Y diciendo esto, se trasformó en un diminuto ratón. El gato, sin esperar ni un segundo, se abalanzó ágilmente sobre él y le dio caza.

Entretanto, el rey, que ya estaba cerca, al ver el magnífico castillo del ogro, quiso dirigirse allí para descansar. Al oír el ruido de la carroza, el gato salió corriendo para recibir a la comitiva:

—¡Excelencia! Sed bienvenido al castillo de mi noble amo el señor marqués de Carabás.

—¡Cómo, señor marqués!, —dijo el rey al hijo del molinero— ¿¡Es vuestro este castillo!? ¡No hay otro tan hermoso en todo mi estado! ¡Enseñádnoslo, si gustáis!

El marqués tomó del brazo a la joven princesa y todos entraron al castillo.
En el interior encontraron servida una copiosa comida que el ogro había hecho preparar para sus amigos, que aquella noche debían ir a solazarse al castillo y que no se atrevieron a entrar al enterarse de que el rey estaba allí.

El soberano, encantado de las buenas cualidades del marqués y sabiendo que a su hija no le había sido indiferente, le dijo después de haber dado cuenta de la opípara cena:

—Me sentiría muy honrado, amigo mío, si aceptarais ser mi yerno.

El hijo del molinero, haciendo grandes reverencias, aceptó tan honrosa proposición y pocos días después se celebró la fastuosa boda.

El gato, convertido en gran señor, dejó de cazar y solo corría tras los ratones por pura diversión. Jamás se separó de su amo y algunas veces le recordaba:

—Ya ves que el ingenio y la imaginación son más valiosos que cualquier herencia.

FIN

Los tres cerditos

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Ilustración: Lucas S. Lopes

Había una vez, tres hermanos cerditos que vivían en el corazón de un espeso bosque.

En el mismo bosque, vivía un feroz lobo que siempre los perseguía porque quería comérselos. Así que, para escapar de la fiera, los tres cerditos decidieron que cada uno se construiría una casa.

El cerdito más pequeño, que lo único que quería era irse a jugar sin perder ni un minuto, construyó su casa con la paja seca que le servía de cama y después se fue corriendo a retozar por el prado.

El cerdito mediano, que también quería ir a jugar, construyó su casita de madera con las ramas de los árboles que tenía más cerca. Cuando la hubo terminado, se marchó corriendo a jugar con su hermano pequeño.

El cerdito más mayor decidió construir su casa de ladrillo. Trabajaba con mucha paciencia, alineando, midiendo, colocando los ladrillos y uniéndolos con barro para subir, poco a poco, las paredes.

Los dos cerditos juguetones, al verlo trabajar tanto, se burlaban de su hermano mayor, pero él seguía con su trabajo sin hacerles caso diciendo:

—Cuando venga el lobo, ya veréis lo que pasará con vuestras casas. Deberíais hacer como yo y construir las vuestras también con ladrillos.

Pero los dos cerditos siguieron jugando, sin hacer caso del consejo de su hermano mayor.

Ya estaba el sol muy alto, cuando las orejas del lobo aparecieron tras un árbol.

El cerdito pequeño, al verlas, se asustó y empezó a correr hacia su casa para refugiarse. Entró en ella y cerró la puerta. El lobo, al ver la casa se rio del cerdito pequeño y le dijo:

—Cerdito tonto, tu casa de paja es muy endeble, así que soplaré y soplaré y en un momento la derribaré.

Y dicho y hecho. Sopló y sopló y la casa de paja derribó.

El cerdito pequeño salió corriendo y se dirigió hacia casa de su hermano mediano. Al llegar allí, entró, cerró la puerta y le contó a su hermano lo que había sucedido.

Al poco rato, llegó el lobo y al ver la casa se rio del cerdito mediano y le dijo:

—Cerdito tonto, tu casa de madera es muy endeble, así que soplaré y soplaré y en un momento la derribaré.

Y dicho y hecho. Sopló y sopló y la casa de madera derribó.

A los dos cerditos les faltó tiempo para salir corriendo hacia casa de su hermano mayor mientras el lobo los perseguía.

Casi sin aliento, con la fiera pisándoles los talones, llegaron a casa del tercer hermano y le contaron todo lo que había sucedido. El hermano mayor cerró bien las puertas y las ventanas.

Al poco, llegó el lobo y al ver la casa se rio del cerdito mayor y le dijo:

—Cerdito tonto, tu casa de ladrillos es muy endeble, así que soplaré y soplaré y en un momento la derribaré.

Y dicho y hecho. Sopló y sopló. Y sopló y volvió a soplar… pero la casa de ladrillos no pudo derribar.

El lobo, muy enfadado, empezó a dar vueltas alrededor de la casa, buscando un sitio por el que poder entrar. Al mirar hacia arriba y ver la chimenea, pensó que podría colarse por allí, así que cogió una larga escalera y empezó a subir por ella.

El cerdito mayor, al oír el ruido que hacía el lobo con las pezuñas sobre el tejado, comprendió sus intenciones y, a toda velocidad, puso una gran olla con agua en la chimenea y encendió el fuego.

El lobo descendió por la chimenea y, al llegar abajo, en lugar de pisar el suelo se metió de cuatro patas en el agua hirviendo y se escaldó.

Con todos los pelos chamuscados, escapó corriendo de allí, mientras lanzaba unos aullidos tan terribles que se oían por todo el bosque. Cuentan que, después de aquello, nunca jamás quiso volver a comer cerditos.

FIN

El tesoro de los tres hermanos

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Había una vez tres hermanos que vivían en un pequeño pueblo. A uno lo llamaban el Largo, a otro el Gordo, y al tercero el Tonto.

El Largo, cansado de vivir en aquel pueblecito aburrido, dijo a sus hermanos:

—Voy a recorrer el mundo en busca de fortuna —Y se puso en camino.

No había llegado muy lejos cuando se quedó sin dinero y empezó a preocuparse. ¿Qué comería al día siguiente?

Estaba pensando en esto cuando, por el camino del bosque, apareció un viejecito que le preguntó:

—¿Qué te pasa? ¿Por qué estás tan preocupado?

—Tengo hambre, estoy sin dinero y no tengo trabajo.

—Todo tiene solución. Ven conmigo, te daré de comer.

Después el viejo dijo:

—Si quieres, también puedo darte trabajo y aunque no tengo dinero, tendrás una justa recompensa por lo que hagas.

El Largo aceptó. Finalizado el trabajo, el anciano abrió un armario y sacó una mesita.

—Esta es una mesa mágica —prosiguió el viejecito— cuando le ordenes: «¡Mesita, tiéndete!», se cubrirá de manjares. Trata de mantener el secreto y no te separes de ella.

Contento con el regalo, el Largo se despidió muy agradecido.

Anochecía ya cuando llegó a una aldea cercana a su pueblo, así que el joven decidió pasar allí la noche. Al llegar al hostal, el hostelero le preguntó:

—¿No quieres nada para cenar?

—No, gracias, no lo necesito. Un anciano me ha regalado esta mesita, que es mágica. Observa.

Y acto seguido le ordenó a la mesa:

—¡Mesita, tiéndete!

En el acto apareció un mantel de seda rosa y sobre el mantel deliciosos manjares, a cual más apetitoso.

El hostelero, asombrado, se dijo a sí mismo:

—Esto es justamente lo que yo necesito para mi negocio.

Estuvo toda la noche trabajando para hacer una mesita exactamente igual y al día siguiente, sin que nadie lo notara, hizo el cambio.

Al llegar a su pueblo, el Largo contó sus aventuras y propuso celebrar un banquete:

—Invitemos a comer a todo el pueblo.

—¿De dónde sacaremos comida para tanta gente? —preguntaron sus hermanos.

—No os preocupéis. ¡Que vengan todos! Sobre esta mesita aparecerá todo lo necesario.

Cuando los invitados estuvieron reunidos en torno a la mesa, el Largo dijo:

—¡Mesita, tiéndete!

La gente se quedó mirando, y pensó que el chico se había vuelto loco. Sobre la mesa no apareció nada. Su dueño repitió varias veces:

—¡Mesita, tiéndete! ¡Mesita, tiéndete! ¡Mesita tiéndete!

Los invitados empezaron a reírse, pensando que era una broma. El Largo quedó tan avergonzado que decidió no correr más aventuras.

Tiempo después, el segundo de los hermanos decidió recorrer el mundo. También el Gordo encontró al generoso anciano en el camino del bosque. Fue a su casita y le hizo algunos trabajos. Al despedirse, el dueño de la casa le regaló un burro.

—Como no tengo dinero para pagarte por tu trabajo, te regalo este burrito. No parece gran cosa, pero es mágico. Cada vez que le digas: «¡Estornuda!», estornudará monedas de oro.Trata de mantener el secreto y no te separes de él.

El Gordo agradeció el valioso regalo y se alejó más contento que unas pascuas. Al llegar a la hostería en que se había alojado su hermano, decidió pasar allí la noche, pero el hostelero, que era muy desconfiado, le exigió el pago por adelantado. El Gordo exclamó:

—¡No hay problema! ¡Ahora mismo te pago! Un anciano me ha regalado este burrito, que es mágico. Observa —y ordenó al burrito—. ¡Estornuda!

¡Cuál no sería la sorpresa del hostelero cuando vio que el animal sacaba monedas de oro por la nariz!

—Ese burro tiene que ser mío —Pensó.

Pasó toda la noche buscando por la aldea un burrito parecido al de su huésped y cuando dio con él, lo cambió sin que nadie lo notara.

A la mañana siguiente,sin sospechar que el burro que llevaba no era el suyo, el Gordo se marchó a su casa.

—¡De hoy en adelante no nos faltará de nada! —dijo el joven a su familia—. Invitad a todo el pueblo; quiero hacer una gran fiesta para celebrar mi regreso. Habrá oro para todo y para todos.

Se celebró una gran fiesta en la que no faltó de nada y al final el Gordo llevó el burrito ante sus invitados y le ordenó:

—¡Estornuda!

El burro ni se movió.

—¡Estornuda! —repitió.

Pero el burro siguió sin hacerle caso.

Los invitados se partían de la risa. Todo el mundo pensó que era una broma del Gordo. Éste, muerto de vergüenza, no tuvo más remedio que ponerse a trabajar duramente para pagar las deudas que había contraído con el fastuoso banquete.

El tercer hermano, al que llamaban el Tonto, porque pensaba mucho y hablaba poco, se propuso averiguar qué estaba ocurriendo.

Muy de mañana, tomó el camino por el que se habían ido sus hermanos. Al llegar al bosque, encontró al mismo anciano, y este le ofreció trabajo y recibió como pago un bastón metido en un saco.

—No tengo dinero para pagar tu trabajo, pero aquí tienes un regalito. Es un bastón mágico que golpea cuando ordenas: «¡Sal del saco!».  Te defenderá de tus enemigos. Sólo dejará de pegar cuando le digas: «¡Vuelve al saco!».

El muchacho se marchó y por la noche llegó a la hostería en la que habían dormido sus hermanos y pidió una habitación. Le entregó el saco al hostelero para que lo guardase mientras él cenaba, advirtiéndole:

—Llévalo a mi habitación, por favor, y por nada del mundo digas: «¡Sal del saco!».

El hostelero, muy extrañado por la advertencia, preguntó:

—¿Hay un animal feroz dentro?

—No, no hay ningún animal —respondió el Tonto.

—¿Y a qué viene tanto secreto, entonces? ¿Hay un objeto de mucho valor? —insistió el preguntón, mientras iba palpando a través de la tela del saco.

—Ni es un animal, ni es un objeto de valor —respondió el Tonto.

—Entonces será algo extraordinario o mágico. De otra manera ¿cómo se explica tu recomendación de que no le ordene salir del saco?

El Tonto, harto de tantas preguntas, se encogió de hombros y se fue a cenar.

El hostelero se alejó de mala gana para llevar el saco a la habitación de su huésped. No se atrevía a abrirlo, pero su curiosidad venció su miedo. Al ver que se trataba de un vulgar palo, creyó que el Tonto le había tomado el pelo y ordenó al bastón:

—¡Sal del saco!

Una lluvia de bastonazos empezó a caer sobre su espalda y el hostelero se puso a gritar y a pedir socorro.

El Tonto, al verlo, se dijo: «¡Ahora lo comprendo todo!».

—¿Creías que era un gran tesoro y lo querías robar como hiciste con la mesita y el burro de mis hermanos? Pues ahora, ¡aguanta los bastonazos!

Quejándose de dolor, el hostelero pidió perdón y devolvió al Tonto la mesita y el burro.

Al volver a su casa, el joven a quien todos llamaban el Tonto, porque pensaba mucho y hablaba poco, maravilló al pueblo entero con la mesita, el burro y el bastón.

Los dos hermanos, que habían sido engañados por el hostelero, le preguntaron al Tonto cómo había descubierto la trampa. Pero el joven no dio explicaciones ni al Largo, ni al Gordo ni a nadie. Como de costumbre, ante las preguntas de los curiosos se encogía de hombros y callaba.

Desde entonces, la gente se guardó muy bien de llamar Tonto a aquel joven meditativo y silencioso, que pensaba mucho y hablaba poco.

FIN

El firme soldadito de plomo

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Ilustración: Jordi Goy

Había una vez veinticinco soldaditos de plomo, todos hermanos, fundidos de un mismo cucharón. Fusil al hombro, mirando de frente. El uniforme, rojo y azul era precioso.

Lo primero que escucharon los soldaditos en cuanto se levantó la tapa de la caja en la que estaban fue:

—¡Soldaditos de plomo!

Lo dijo un niño, mientras daba palmadas de contento. Eran su regalo de cumpleaños. Los sacó de la caja y los alineó sobre la mesa. Todos eran exactamente iguales. Todos excepto uno, que era diferente porque le faltaba una pierna. Había sido fundido el último y no hubo plomo suficiente. Pero aunque solo tenía una pierna, se sostenía tan firme como los demás. Y es precisamente de este soldadito del que queremos contar la historia.

En la mesa donde los alinearon había otros muchos juguetes, y entre ellos destacaba un precioso palacio de papel, por cuyas ventanas se veían las salas interiores. Enfrente, unos arbolitos rodeaban un espejo que semejaba un lago, en el cual nadaban y se reflejaban unos cisnes de cera. Todo era en extremo encantador, pero lo más lindo era una muchacha que estaba ante la puerta abierta del castillo. De papel también ella, llevaba una preciosa falda de tul azul  y alrededor de sus hombros una cinta, también azul, que tenía en el centro una gran estrella de oropel. Como era una bailarina, tenía los brazos extendidos y una pierna levantada, tanto, que el soldadito de plomo, desde donde estaba colocado, no podía verla y creyó que tenía una sola pierna como él.

—He aquí a la compañera que necesito -pensó-. Pero es una aristócrata. Vive en un palacio, y yo en una caja de madera junto a otros veinticuatro soldados; no es lugar para ella. Sin embargo, debo tratar de conocerla.

Y se colocó detrás de una tabaquera que había sobre la mesa, desde donde, sin que nadie lo molestara, podía observar a tan distinguida dama, que se sostenía sobre una sola pierna sin perder el equilibrio.

Por la noche, guardaron los soldaditos de plomo en su caja y los habitantes de la casa se fueron a dormir. Este es el momento en que los juguetes aprovechan para jugar por su cuenta y así lo hicieron también en aquella casa.

El cascanueces empezó a dar volteretas, el yeso pintaba en la pizarra y los soldaditos de plomo alborotaban en su caja, porque también querían jugar, pero no podían levantar la tapa.

Con tanto jaleo, se despertó el canario, y se sumó al alboroto recitando versos.

Los únicos que no se movieron de su sitio fueron el soldadito de plomo que, firme sobre su pierna, miraba embelesado a la bailarina y la bailarina, que se seguía sosteniendo sobre la punta de su pie.

El reloj dio las doce y la tapa de la tabaquera saltó por los aires. En su interior no había tabaco, sino un duendecillo negro. Era una caja sorpresa.

—¡Soldado! —dijo el duende—, ¡deja de mirar a la bailarina!

Pero el soldado se hizo el sordo.

—¡Ya verás mañana! —exclamó el duende.

Cuando los niños se levantaron, pusieron al soldado en la ventana  y fuera por obra del duende o del viento, esta se abrió de repente y el soldadito cayó de cabeza desde el tercer piso. Fue una caída terrible. Quedó clavado entre los adoquines con su bayoneta, cabeza abajo y con su única pierna estirada.

La criada y el niño bajaron enseguida y a pesar de que estuvieron a punto de pisarlo, no lo vieron. Si él hubiera gritado “¡Estoy aquí!”, lo habrían encontrado, pero al soldadito no le pareció apropiado dar gritos yendo de uniforme.

Empezó a llover. Las gotas caían cada vez más seguidas, hasta que se convirtieron en un auténtico aguacero. Cuando aclaró, pasaron por allí dos niños.

—¡Anda! —exclamó uno—. ¡Un soldadito de plomo! ¡Lo haremos navegar!

Hicieron un barquito de papel, embarcaron en él al soldado y lo pusieron en el agua. El barquichuelo fue arrastrado por la corriente, mientras los niños lo seguían batiendo palmas.

¡Qué olas! ¡Qué corriente! Claro, con el diluvio que había caído. El pequeño barquito tropezaba y se tambaleaba continuamente, girando bruscamente, pero el valiente soldadito seguía firme; sin pestañear, mirando siempre al frente, con su arma al hombro.

De pronto, el barquito entró en un lugar oscuro. “¿Adónde iré a parar? — pensaba-. La culpa de todo esto es del duende. ¡Ay!, si al menos en este viaje me acompañara la bailarina. ¡No me importaría esta oscuridad!”

De repente, una rata enorme le gritó:

—¿Pasaporte? ¡A ver el pasaporte!

Pero el soldadito de plomo no respondió y siguió firme, sujetando con más fuerza su fusil.

El barquito siguió su camino y la rata fue tras él, rechinando los dientes y gritando:

—¡Que alguien lo detenga! ¡No ha pagado peaje! ¡No me ha enseñado su pasaporte!

La corriente se volvía cada vez más impetuosa. El soldadito veía ya la luz del sol al final de aquella oscuridad. Entonces, oyó un estruendo que hubiera asustado al más valiente y vio que el arroyo por el que navegaba se precipitaba como una catarata en un gran canal.

Estaba ya tan cerca que era imposible detenerse. El barquito salió disparado, pero el soldadito siguió tan firme como pudo. ¡Nadie podía decir que hubiera pestañeado siquiera!

La barquita giró sobre sí misma con un ruido sordo y empezó a hundirse. Al soldadito ya le llegaba el agua al cuello. La barca se hundía por momentos. El papel se deshacía. El agua cubría la cabeza del soldado…

En aquel momento, se acordó de la linda bailarina y pensó que ya nunca más volvería a ver su rostro. Y le pareció oír una voz que decía:

—¡Adiós, valiente soldado!

El papel se deshizo por completo y el soldado empezó a hundirse; pero en ese mismo instante, se lo tragó un gran pez.

¡Aquello sí que estaba oscuro! Muchísimo más oscuro que en la alcantarilla y, además, ¡era tan estrecho! Sin embargo, el soldadito seguía firme, tendido cuan largo era y sin soltar su fusil.

El pez seguía moviéndose, hasta que, de repente, se quedó inmóvil. De pronto, se hizo una gran claridad, y alguien exclamó:

—¡El soldadito!

El pez había sido pescado, llevado al mercado y vendido; y ahora estaba en la cocina, donde la cocinera lo estaba limpiando. Cogió al soldadito y lo llevó a la sala. Todos querían ver a aquel valiente soldado que había viajado en la barriga de un pez.

Lo pusieron de pie sobre la mesa y —¡qué cosas más extrañas suceden a veces en la vida!— se encontró en el mismo cuarto, con los mismos niños y con los mismos juguetes sobre la mesa.

Ahí estaba el soberbio palacio y la linda bailarina, sosteniéndose sobre la punta del pie y con la otra pierna en el aire. Aquello emocionó tanto al soldadito que a punto estuvo de llorar lágrimas de plomo. Miró a la bailarina y la bailarina lo miró a él, pero no se hablaron.

Uno de los niños, cogió con la punta de los dedos al soldadito y lo tiró a la chimenea sin dar explicaciones. No había duda: el duende de la caja tenía la culpa.

El soldado de plomo sintió un intenso calor, pero no sabía si a causa del fuego o del amor. Había perdido su color, aunque nadie podría decir si a consecuencia de la pena o del viaje.

Miró a la bailarina, y sus miradas se encontraron. Él sintió que se derretía, pero siguió firme, con su fusil al hombro.

La puerta se abrió, y una ráfaga de viento levantó por los aires a la bailarina, que volando fue a caer en la chimenea; junto al soldado, y allí se inflamó con una llamarada y desapareció.

Al día siguiente, cuando la criada barrió las cenizas de la chimenea encontró, muy juntitos, un trocito de plomo en forma de corazón y una estrella de oropel.

FIN