Cuento clásico

Blancanieves

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Ilustración: Charlie Bowater

Cierto día de invierno, una reina, sentada junto a una ventana cuyo marco era de ébano, cosía. En un momento de distracción se clavó la aguja en el dedo índice y tres gotas de sangre cayeron sobre la nieve que cubría el alfeizar.

Al ver la roja sangre que destacaba sobre el blanco de la nieve, la reina pensó: «Quisiera tener una hija de tez tan blanca como la nieve, de mejillas tan rojas como la sangre y con el pelo tan negro como el ébano de esta ventana».

Poco tiempo después, la reina tuvo una hija tal cual la había deseado: con la piel blanca como la nieve, las mejillas rojas como la sangre y los cabellos negros como el ébano. La llamaron Blancanieves.

Días después del nacimiento de la niña, la buena reina murió.

Al año siguiente, el rey se casó de nuevo para que a Blancanieves no le faltase el cariño de una madre.

La nueva reina era muy guapa, pero tan vanidosa que no podía soportar la idea de que hubiese en el mundo una mujer más hermosa que ella. Y como poseía un espejo mágico que respondía a cualquier pregunta, cada mañana le preguntaba:

Espejito, espejito tú que nunca yerras:

¿quién es la más bella de toda la tierra?

Y el espejo respondía:

No existe doncella

que igualarte pueda.

¡Tú eres la más bella!

Entonces la reina se alegraba muchísimo porque sabía que el espejo jamás mentía.

Entretanto, Blancanieves crecía y cada día era más hermosa.

Un día, al preguntarle la reina al espejo:

Espejito, espejito tú que nunca yerras:

¿quién es la más bella de toda la tierra?

el espejo respondió:

¡Ay, reina mía! sin duda eres bella,

pero Blancanieves parece una estrella.

La reina se encolerizó y en su corazón, desde aquel día, creció un odio feroz hacia Blancanieves.

Un día, llamó a uno de los cazadores de palacio y le ordenó:

—Llévate a la princesa al bosque, mátala y tráeme su corazón. Así estaré segura de que has obedecido mi orden.

El cazador se llevó a Blancanieves al bosque y desenvainó su cuchillo. Cuando iba a matarla, según le había ordenado la reina, la niña le suplicó:

—Cazador, no me mates —Y señalando hacia el espeso bosque, agregó—. Me internaré en la fronda para siempre y jamás regresaré al palacio. La reina creerá que he muerto y no podrá castigarte por tu desobediencia.

El cazador meditó la propuesta y al final dijo:

—¡Vete, Blancanieves! ¡Huye lejos!

Después, vio un lobo cerca de allí y se dijo: «Mataré al lobo y llevaré su corazón a la reina para que crea que es el de Blancanieves».

Al caer la noche, Blancanieves sintió miedo. Las ramas de los árboles parecían brazos que querían atraparla pero ella, a pesar del cansancio que sentía, siguió avanzando. Aún seguía huyendo cuando se hizo de día. Por fin, al atardecer, divisó en un claro del bosque una cabaña pequeña. Muy pequeña.

Estaba tan agotada que decidió entrar a descansar, «solo un ratito» —se dijo—, «Y tal vez pueda beber agua y saciar mi sed».

Dentro de la casa todo estaba en orden y limpio. Arrimadas a la pared había siete pequeñas camas y en el centro de la estancia, la mesa estaba preparada para la cena: siete platitos, siete pequeños cubiertos, siete copitas y siete servilletas pulcramente dobladas.

Blancanieves estaba hambrienta; probó la comida de uno de los platitos, luego se sirvió algo de otro, de manera que tomó un poquito de cada plato y bebió un sorbo de cada copa.

Decidió esperar a los dueños de la casa, pero estaba tan cansada que intentó acostarse en una de las camitas. Las fue probando una a una, pero todas eran tan pequeñas que no se sentía cómoda en ninguna. Finalmente, se acostó en la que parecía más grande y enseguida se quedó dormida.

Era ya noche cerrada cuando regresaron los dueños de la casa. Eran siete enanitos que trabajaban durante todo el día en el interior de la montaña extrayendo oro y piedras preciosas.

Al entrar en la casa, a la luz de sus siete linternas, se dieron cuenta de que allí pasaba algo extraño:

—¿Quién ha rondado por nuestra casita?

—¿Quién arrugó nuestro mantelito bordado?

—¿Quién se ha sentado en mi silla de sándalo?

—¿Quién ha movido de aquí mi cuchillo de plata?

—¿Quién ha comido en mi plato de jade?

—¿Quién se ha atrevido con mi panecillo?

—¿Quién ha bebido de las copas de cristal?

Los enanos dirigieron entonces los haces de luz de sus linternas hacia las paredes y vieron que las sábanas de las camas estaban arrugadas. Al alumbrar la última cama lanzaron un grito de sorpresa:

—¡Oh, que hermosa niña! –exclamaron.

—¡Qué piel tan blanca!

—¡Qué cabellos tan negros!

—¡Qué mejillas tan rojas!

—¿Cómo habrá llegado hasta aquí?

—¿Quién será?

—Pobrecita, tiene el vestido hecho jirones.

—¡Silencio! ¡Que no se despierte! Parece muy cansada.

Cuando se despertó a la mañana siguiente, Blancanieves se llevó un gran susto. ¿Quiénes eran aquellos hombrecillos barbudos que la miraban? Entonces, los enanos, le preguntaron amablemente:

—¿Cómo te llamas bella niña? ¿Cómo has llegado hasta aquí?

Blancanieves les contó su historia.

—¿Te gustaría quedarte a vivir con nosotros? Aquí estarás segura y nadie podrá hacerte daño.

—¡Sí! Muchas gracias.

Así que, desde aquel día, se repartieron los quehaceres y mientras ellos bajaban a la mina ella se ocupaba de la casa.

—Estarás sola todo el día  —le decían los enanos al salir al alba—. Cierra bien la puerta y no abras a nadie.

Mientras tanto, la reina, vivía tranquila en el palacio creyendo que el corazón que le había llevado el cazador era el de Blancanieves.

Pasó un tiempo antes de que una mañana, al levantarse, le preguntará a su espejo:

Espejito, espejito tú que nunca yerras:

¿quién es la más bella de toda la tierra?

El espejo respondió:

¡Ay, reina mía! sin duda eres bella,

pero Blancanieves parece una estrella.

—¡¿Pero no estaba muerta Blancanieves?!

No, amada reina, vive y es muy bella,

y hay siete enanos que velan por ella.

La reina, furiosa al comprender el engaño del cazador, se puso a pensar en qué hacer para librarse para siempre de Blancanieves.

Como tenía tratos con hechiceros y magos, pidió a uno de ellos que la transformase en una viejecita vendedora de baratijas y que le indicase el camino para llegar a casa de los siete enanitos. Al llegar allí, la reina gritó:

—¡Cintas de seda de todos los colores! ¿Quién quiere comprar cintas de seda?

Blancanieves se asomó a la ventana y la invitó a entrar. La falsa vendedora la convenció de que una cinta roja le quedaría muy bien en su vestido y la ayudó a atársela en la cintura. Pero la malvada reina la apretó tanto y tanto que la niña se quedó sin respiración y cayó al suelo sin sentido. Creyéndola muerta, la reina exclamó:

—¡Ahora ya no tengo rival! ¡Soy la más bella!  —se rio la reina, y se alejó de la cabaña a grandes pasos.

Por la noche, cuando llegaron los enanitos, encontraron la puerta abierta y a Blancanieves en el suelo y al advertir que la cinta roja no la dejaba respirar, cortaron el lazo. Al recobrar el aliento, Blancanieves contó lo que había ocurrido.

—Ten por seguro que la vieja vendedora era la reina disfrazada. ¡Te hemos dicho mil veces que no abras la puerta a nadie si estás sola!

Al mismo tiempo, la reina, de vuelta en el palacio corría a preguntar a su espejo:

Espejito, espejito tú que nunca yerras:

¿quién es la más bella de toda la tierra?

Y el espejo respondió:

En este palacio nadie te iguala,

tú eres la más bella.

Pero en todo el mundo Blancanieves gana,

la más bella es ella.

Al oír la respuesta, la reina se puso verde de rabia.

—Debo pensar en algo que no falle… ¡Ya lo tengo!, ¡un peine envenenado!. Conseguiré ser la más hermosa de la tierra.

Transformada en una viejecita pobre, la malvada reina golpeó en la puerta de los enanos:

—No necesito nada, buena mujer, y no puedo abrir la puerta.

—No hace falta que entre, bella niña, solo quiero mostrarte este hermoso peine.

A Blancanieves le gustó tanto el peine, que no solo aceptó el regalo, sino que abrió la puerta para que la anciana la peinara. En cuanto los dientes se clavaron en su cabeza, la niña cayó al suelo sin sentido y la reina, convencida de que aquella vez sí estaba muerta, se apresuró a volver al palacio.

Por suerte, los enanos regresaron pronto aquel día y apenas vieron la puerta abierta y a Blancanieves en el suelo, sospecharon otro maleficio de la reina. Arrancaron el peine que la bruja había clavado en la cabeza de la niña y esta se repuso enseguida.

Al oír el relato de lo sucedido, los enanos insistieron en que la puerta no debía abrirse por nada del mundo. Un día u otro la malvada reina podía volver a intentarlo de nuevo.

Entretanto, la reina en palacio consultaba al espejo:

Espejito, espejito tú que nunca yerras:

¿quién es la más bella de toda la tierra?

Y el espejo respondió de nuevo:

En este palacio nadie te iguala,

tú eres la más bella.

Pero en todo el mundo Blancanieves gana,

la más bella es ella.

Fuera de sí, al comprobar que había fracasado de nuevo, la reina juró que se saldría con la suya aun a riesgo de su propia vida. Entró en su habitación secreta y preparó un poderoso veneno. Cogió una manzana y emponzoñó solo la parte más roja; la otra mitad podía comerse sin peligro y disfrazada de campesina, la malvada reina se internó de nuevo en el bosque.

Cuando Blancanieves la vio no la reconoció, pero no quiso abrir la puerta porque los enanitos se lo habían prohibido terminantemente.

—Es una lástima que no puedas ver mis hermosas manzanas —dijo la falsa vendedora—. Bueno, no importa, descansaré un rato aquí afuera antes de seguir mi camino.

Cortó en dos partes la manzana y se puso a comer la mitad buena.

—¿No quieres probarla? —dijo ofreciendo la mitad envenenada a la niña—, verás que sabor más dulce tiene.

Blancanieves tomó la manzana a través de la ventana abierta y al darle el primer bocado se desplomó. La reina murmuró satisfecha:

—¡Blanca como la nieve, roja como la sangre, negra como el ébano! ¡Adiós lindos colores! Esta vez tus amigos no podrán salvarte.

Se apresuró para llegar deprisa a palacio y allí preguntó a su espejo:

Espejito, espejito tú que nunca yerras:

¿quién es la más bella de toda la tierra?

Y el espejo, esta vez, contestó como en otro tiempo:

En todo este reino no existe doncella

que igualarte pueda.

¡Tú eres la más bella!

Cuando los enanitos regresaron aquella noche hallaron a Blancanieves tendida y yerta. Trataron de reanimarla y buscaron entre el pelo y en la ropa algún objeto que pudiera ser la causa de su estado, pero no encontraron nada.

Colocaron su cuerpo sobre una cama y la lloraron durante tres días, pasados los cuales hablaron de enterrarla, pero uno de los enanitos no quiso ni oír hablar del tema:

—¡No podemos sepultarla en la tierra negra! Aunque está rígida y no se mueve parece viva, ¡sus mejillas aún están rojas!

Construyeron un ataúd de cristal para ella y lo colocaron en una alta roca y allí, por turno, los siete enanos la velaban día y noche.

Pasaron muchos meses y Blancanieves parecía dormida en su caja de cristal: la tez blanca como la nieve, las mejillas rojas como la sangre y el pelo negro como el ébano.

Cierto día, acertó a pasar por allí un príncipe con su séquito y, al ver a la niña, se quedó prendado de ella. Los enanos comprendieron que el príncipe ya no podría vivir sin contemplarla y, atendiendo sus ruegos, accedieron a que se llevara la caja a su palacio.

El príncipe ordenó a cuatro hombres de su séquito que bajaran la caja de la cima rocosa. A pesar del cuidado que pusieron, al descender por el estrecho sendero tropezaron y las paredes de la caja de cristal se hicieron trizas.

A consecuencia del golpe, la manzana que tenía Blancanieves atravesada en la garganta saltó y la niña, abriendo los ojos, preguntó sorprendida:

—¿Dónde estoy? ¿Quiénes sois vosotros? ¿A dónde me lleváis?

Loco de alegría el príncipe saltó del caballo y se arrodilló ante Blancanieves:

—Estás entre amigos. Si tú quieres, te llevaré al palacio de mi padre, el rey, y si me aceptas serás mi esposa.

—Acepto, a condición de que pueda venir siempre que quiera a visitar a mis amigos los siete enanitos del bosque.

Las bodas se celebraron con gran esplendor y a la fiesta fueron invitados los monarcas de los reinos vecinos y, naturalmente, el padre y la madrastra de Blancanieves también fueron invitados, aunque ignoraban quién era la novia.

Mientras la reina se preparaba para el gran baile preguntó, como era su costumbre, al espejito:

Espejito, espejito tú que nunca yerras:

¿quién es la más bella de toda la tierra?

Y esta vez el espejo contestó:

En todo este reino tú eres la más bella,

pero la joven princesa del reino vecino

es como una estrella.

Llena de envidia, la reina estuvo tentada de no asistir al enlace, pero su curiosidad pudo más. Al llegar al palacio del reino vecino y ver que la novia era Blancanieves, quedó aterrada, muda y sin aliento y, al comprender que sus malas artes quedarían al descubierto, intentó huir.

Fue detenida y su infame proceder castigado. El rey la encerró en prisión y ordenó que no fuera liberada hasta que su falta fuera totalmente olvidada por todos los habitantes del reino.

La reina malvada vivió durante mucho tiempo encarcelada y solo Blancanieves iba a verla, de vez en cuando, para llevarle un poco de consuelo.

FIN

Caperucita Roja

Ilustración: mikemaihack

Había una vez una niña pequeña y dulce a la que todo el mundo quería mucho. Incluso aquellos que solo la habían visto una vez, decían que era una niña encantadora.

La niña tenía una abuelita que, por supuesto, también la quería mucho. Como a la abuelita le gustaba coser, confeccionó para su nieta preferida un abrigo de terciopelo rojo con capucha. Tan bien le quedaba a la niña el abrigo rojo, que todo el mundo empezó a llamarla Caperucita Roja.

Un día, su mamá la llamó y le dijo:

—Caperucita, quiero que le lleves a la abuela este pastel de manzana que he horneado para ella y esta jarra de miel. La abuela está enferma y estas cosas buenas la ayudarán a curarse. Date prisa, que después hará mucho calor.

Ve directamente a casa de la abuela, sin desviarte ni a la derecha ni a la izquierda del camino; no hables con extraños; no corras, no vaya a romperse la jarra de miel; sé educada y si te cruzas en el pueblo con algún conocido lo saludas. ¿Lo has entendido?

—Sí, mamá. Haré todo lo que me has dicho —contestó la niña.

Y después de despedirse, emprendió el camino. El trayecto desde la aldea a casa de la abuela cruzaba en medio del bosque y era bastante largo, tenía que andar durante media hora.

Justo al entrar en el bosque, se le acercó el Lobo, pero Caperucita Roja no tenía ni la menor idea de que los lobos son animales salvajes, así que no tuvo miedo de él.

—Muy buenos días, Caperucita —dijo el Lobo.

—Hola, muy buenos días, señor Lobo —contestó educadamente Caperucita.

—¿Adónde vas tan temprano? —preguntó el Lobo.

—A ver a mi abuelita que está enferma —contestó la niña—. Mi mamá horneó ayer un pastel de manzana y me envía a su casa para que se lo lleve y también una jarra de miel, porque estas cosas buenas la ayudarán a curarse.

—¿Y dónde vive tu abuelita? —preguntó el Lobo.

—Al otro lado del bosque, bajo los tres robles grandes. ¡Todo el mundo sabe dónde es!

«¡Bueno —pensó el Lobo—, «esta niñita, sin duda, estará muy sabrosa. Más dulce y tierna que su abuela, pero es tan pequeña que me quedaré con hambre. No tengo elección. ¡Tendré que comerme a las dos!».

Siguió andando junto a Caperucita Roja hasta que llegaron a un lugar tapizado de flores silvestres de todos los colores.

—¡Mira, Caperucita! —dijo el Lobo dulcemente—. Mira que flores tan lindas hay aquí. Escucha el canto de los pajaritos. ¿Por qué tienes tanta prisa? ¡Ni que tuvieras miedo de llegar tarde a la escuela! Es una pena que no disfrutes de este lugar tan precioso. ¿Por qué no recoges unas cuantas florecillas y haces un lindo ramo para tu abuelita?

Caperucita Roja miró a su alrededor y hacia arriba y vio los destellos de los rayos del sol bailando entre las copas de los árboles y los intensos y brillantes colores de las flores silvestres.

—Tiene razón, señor Lobo —respondió Caperucita Roja—. Este es un precioso lugar y todavía es muy temprano. ¡Recogeré algunas flores para hacerle un gran ramo a la abuelita!

Y dicho esto, Caperucita Roja se apartó de su camino y empezó a recoger flores. Pero cada vez que parecía que ya había suficientes, veía una de preciosa, y otra, y otra y así se fue internando en lo más profundo del bosque.

Entretanto, el Lobo se apresuró hacia casa de la abuela y, al llegar allí, llamó a la puerta: “toc, toc, toc”.

—¿Quién es? —preguntó la abuela.

—Soy yo, Caperucita Roja —respondió el Lobo imitando la dulce voz de la niña—. Mamá te envía un pedazo de tarta de manzana y una jarra de miel para que te pongas buena. ¡Ábreme la puerta, abuelita!

—No tengo fuerzas para levantarme —contestó la abuela—. Levanta tú misma el pestillo y entra.

El Lobo levantó el pestillo y abrió la puerta de par en par, se abalanzó sobre la abuelita y se la comió de un solo bocado. Después, cerró el pestillo, se puso un camisón y una cofia y se acostó en la cama a esperar a Caperucita Roja.

Mientras ocurría esto, Caperucita Roja recogía tantas flores que apenas podía con ellas. Regresó al sendero, se dirigió a casa de su abuelita y llamó a la puerta.

—¿Quién es? —preguntó el Lobo con voz ronca, tratando de imitar a la abuela.

Al oír aquella voz tan áspera, Caperucita Roja se asustó un poco, pero después recordó que la abuela estaba enferma y debía estar algo afónica.

—Soy yo, Caperucita Roja —respondió la niña—. Mamá te envía tarta de manzana y una jarra de miel para que te pongas buena. Ábreme la puerta, abuelita.

—Levanta el pestillo y entra —le indicó el Lobo.

Caperucita Roja abrió el pestillo y entró en la casa. Se acercó a la cama y vio la cabeza de la abuela cubierta por la cofia.

—Buenos días, abuelita —dijo Caperucita Roja.

Pero no obtuvo respuesta.

—Abuelita, ¿por qué tienes esas orejas tan grandes?

—Porque así te escucho mejor, querida.

—Abuelita, ¿por qué tienes esos ojos tan grandes?

—Porque así puedo verte mejor, querida.

—Abuelita, ¿por qué tienes esos brazos tan largos?

—Porque así puedo abrazarte mejor, querida.

—Abuelita, ¿por qué tienes esos dientes tan largos? —preguntó Caperucita Roja llorando porque ya estaba muy asustada.

—¡Porque así puedo comerte entera! —gritó el Lobo, saltando de la cama, abalanzándose sobre Caperucita Roja y engulléndola de un solo bocado.

Ahora el Lobo ya estaba harto. Se tumbó en la cama, se quedó dormido y empezó a roncar tan ruidosamente, que sus ronquidos se podían oír desde muy lejos.

Acertó a pasar por allí un cazador que lo oyó y pensó: “¿Qué le pasará a la abuela que ronca tan fuerte? ¿Estará enferma? ¿Necesitará algo?” Y entró en la casa. Sobre la cama de la abuela vio al Lobo que descansaba.

—¡Ajá! —dijo el cazador—- ¡Por fin te encuentro despreciable bicho! ¡Hacía mucho tiempo que te buscaba!

Ya levantaba su rifle para matar al Lobo cuando, de pronto, se dijo: “¡Un momento!, ¿dónde está la abuela? ¡Quizás este Lobo se la ha zampado!”

Dejó el rifle y abrió la barriga del Lobo. Caperucita Roja saltó rápidamente de allá dentro y exclamó:

—¡Uf! ¡Qué miedo he pasado! ¡Estaba tan oscuro dentro de la panza del Lobo!

Después, entre los dos sacaron a la abuela, que ya casi no podía respirar, de la barriga del Lobo.

¿Y el Lobo? El cazador no tuvo piedad de él. Lo mató y se hizo un abrigo con su piel.

Cuando todo acabó, se sentaron los tres: el cazador, la abuelita y Caperucita Roja, se comieron la tarta de manzana y la miel y, cuando terminaron, el cazador acompañó a Caperucita Roja a su casa.

—Nunca más me desviaré del camino, ni a derecha ni a izquierda —se dijo Caperucita Roja—. No desobedeceré ni haré lo que está prohibido nunca más y siempre haré caso de lo que me diga mi mamá.

Hay que decir, que después de que pasara todo esto, Caperucita Roja siguió llevando cosas buenas a la abuelita y otros lobos intentaron desviarla del camino. Pero Caperucita Roja sabía cuidarse sola e iba derecha a casa de la abuela, sin desviarse, sin hablar con desconocidos, sin distraerse y sin apartarse de su camino. Sin embargo, los peligros seguían existiendo y un día, al llegar a casa de la abuela, Caperucita Roja le contó:

—¡Ay! abuelita —dijo— me he encontrado con un Lobo que parecía bueno pero, cuando lo he mirado a los ojos, me he dado cuenta de que era muy malo. Estoy segura de que quería comerme.

—Pues vamos a cerrar las puertas —dijo la abuela— no sea que venga hasta aquí.

No había pasado mucho rato, cuando el Lobo llegó.

—¡Abuelita, ábreme, soy Caperucita Roja! —gritó el Lobo con dulce voz— Te traigo pastel y miel.

Pero ellas no contestaron y tampoco abrieron la puerta.

Entonces, el malvado Lobo subió al tejado con la intención de esperar a que Caperucita Roja saliera de casa de la abuela para abalanzarse sobre ella. Pero la abuela, que era muy lista, adivinó lo que tramaba.

—Caperucita, querida, —dijo la abuela— ayer cocí una gran salchicha en la cacerola y no tuve fuerza para tirar el agua, así que todavía está hirviendo en el fuego de la chimenea. ¿Podrías tirarla tú en el fregadero de piedra grande del jardín?

Caperucita Roja vació el agua de la cacerola dentro del gran fregadero de piedra del jardín.

Cuando el olor de la salchicha cocida llegó a la nariz del malvado Lobo este empezó a olfatear y a olfatear el aire hasta que, al final, resbaló del tejado, se cayó dentro del agua hirviendo y se murió.

Aquel día, Caperucita Roja regresó a casa tranquila y feliz, sin que ningún otro lobo intentara molestarla por el camino

FIN