Cuento contemporáneo

El hombre que plantaba manzanos

Ilustración: Adelina34

Un viejo hombre, ya cercano a los noventa años, llevaba toda la mañana preparando un pequeño trozo de tierra en el jardín de su casa. Había quitado las malas hierbas, había cercado con unas maderas un trozo de terreno y, con una pequeña pala, estaba cavando agujeros en el suelo.

Desde la casa de enfrente, su vecino lo había estado observando desde hacía ya más de una hora. Finalmente, preso de la curiosidad, se acercó para ver lo que hacía.

—Buenos días, vecino —lo saludó.

—Buenos días —contestó el anciano mientras abría una bolsa de semillas y las iba depositando cuidadosamente en los agujeros.

—-¿Qué está usted haciendo?

—Ah, esto… es que voy a plantar unos cuantos manzanos.

El vecino no pudo contenerse y comenzó a reírse a carcajadas.

—Pero ¿en serio espera vivir tanto tiempo para llegar a comer las manzanas que den esos árboles que está plantando ahora?

—No, está claro que no —contestó el anciano—, pero durante toda mi vida he estado comiendo las manzanas de los árboles que una vez plantaron otros.

FIN

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La tranquilidad de Villatranquila

Ilustración: Coco-Puppy-Fluffy

Érase que se era un pueblo donde había muchas tortugas, exactamente tantas tortugas como familias, ni una más ni una menos. Cómo podía ser esto, nadie lo sabía; pero cuando se formaba una nueva familia, automáticamente aparecía una nueva tortuga. En el momento de empezar el cuento, las tortugas eran 558.

Pero no vayan a creer que estas tortugas eran de las que entran seis en libra, como las manzanas. Eran enormes, como las de las Islas Galápagos. Grandes casi como burros. Sus cuerpos eran como baúles antiguos; sus patas torcidas y arrugadas; sus cabezas, como cabeza de bruja sin cabellos. No eran nada bonitas. Pero eran muy pacíficas, a nadie molestaban, y se mantenían solas. Cómo, nadie lo sabía tampoco. Algunos decían que cada día ponían un huevo enorme y enseguida se lo comían; pero nadie lo había visto nunca. El pueblo quería mucho a sus tortugas. A lo que recordaban, nunca se había muerto ninguna, lo cual no tiene nada de raro, pues como caminan siempre tan despacio, es lógico que lleguen tarde al fin de sus días. Por otra parte, la gente del pueblo que dicen que siglos atrás era muy nerviosa, ahora era muy sosegada; además, a fuerza de vivir sin berrinches, la vida media había aumentado al doble. Todo esto lo atribuían a las influencias benéficas de las tortugas. Y el pueblo se había bautizado a sí mismo Villatranquila.

Aquellas tortugas, como todas, eran de un pobre color pardusco: por eso los villatranquilinos habían decidido mucho tiempo atrás pintarlas de colores vivos variando además el color de cuando en cuando. Desde tiempo inmemorial también habían tomado las tortugas la costumbre de alinearse alrededor de la plaza los domingos y feriados, formando un marco doble al pasto, y dejar que los niños se les sentasen encima. No eran de asiento muy cómodo, pero eran seguras, porque ninguna se desbocaba; y a los niños les encantaba sentarse en ellas. Cuando ya tenía cada una su criatura encima, se ponían a dar vueltas a la plaza hasta que el último reloj de Villatranquila que también caminaba despacio, daba las doce y cada criatura se iba a su casa.

Un vecino ingenioso pensó en hacer con ellas unas calesitas para variar la diversión; pero ello parece no fue del agrado de las tortugas, que se negaron unánimemente a colaborar, no moviéndose cuando las quisieron hacer andar. Y no se habló más de ello.

Por entonces también, cayó por el pueblo un señor periodista, que quería hacer un reportaje sensacional a base de tortugas. Pero los villatranquilos se negaron todos a una a contestar preguntas, y las tortugas metieron todas la cabeza en su estuche y no hubo forma de que ni una asomase la nariz. El periodista sin embargo tomó una serie de fotos en colores, porque los villatranquilinos no lo pudieron impedir. Y a los pocos días cayó sobre Villatranquila una avalancha de turistas, ansiosos de ver las tortugas multicolores.

Las tortugas, al oír ya de lejos el estrépito de las bocinas y de los escapes libres de las motocicletas, salieron todas lo más deprisa que pudieron a esconderse en sus cuevas respectivas. Los visitantes preguntaron por ellas, y los villatranquilinos contestaron con mucha tranquilidad:

—Nosotros no nos metemos en la vida ajena.

—Pero ustedes las ven cada día, ¿no? Dígannos cómo son.

—Pues miren: unas son así, otras son asá, y otras de otro modo. Distintas todas.

—¿Es verdad que son de colores?

—Bueno, sí; pero cambian tanto de color, que nunca se sabe cuál es el color verdadero de cada una.

—¿Y cómo distinguen ustedes a las unas de las otras?

—No tenemos necesidad de distinguirlas. Son todas distinguidas.

—¿Qué podemos hacer para que alguna de ellas se nos deje ver?

—Pues… irse despacio y a pie hasta la ciudad. Cuando ustedes lleguen allí, seguro que ya alguna de ellas habrá salido de su escondite.

Como la ciudad estaba lo menos a setenta kilómetros, los visitantes comprendieron que los villatranquilos les estaban tomando el pelo, volvieron la espalda, salieron zumbando coches y motocicletas, y no se les vio más. Al llegar a la ciudad, algunos enojados dijeron que nunca habían visto tortugas más mal educadas; pero vosotros sabéis que mentían, porque no habían visto tortuga alguna y, por tanto, no podían decir si eran bien educadas o no.

De todo esto vino la leyenda de que en Villatranquila había unas enormes tortugas invisibles, que cambiaban de color como los camaleones; y se quiso constituir una sociedad para buscarlas, con radar y láser inclusive; pero la empresa no prosperó.

Y aquí termina el cuento.

¿Cómo? —diréis— ¿Y no se pudo hacer un cuento mejor con 558 tortugas?

Para comenzar, rectificaré: al terminar el cuento, y sin que se sepa cómo, aparecieron ocho tortugas más. Eran 566 tortugas ya. Y las familias seguían siendo 558… ¿Cómo repartirlas? No sabían cómo solucionar el problema, y estaban a punto de perder la tranquilidad… Al fin decidieron declararlas asignadas a la comunidad por turno: pensionistas cada ocho días de ocho familias diferentes. ¿No les parece una buena solución?

FIN

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El dragón y la mariposa

Ilustración: Luis de Horna

PRIMER ACTO

 

En un oscuro torreón

vivía en tiempos un dragón,

que Plácido se llamaba

y todo lo destrozaba:

lleno de pinchos y malas artes

escupía fuego por todas partes.

 

Pero un día vino un profesor

con un libraco, y sin temor

al fiero dragón se acercó,

y de cabo a rabo lo examinó.

Midió al bicho con interés:

¡treinta metros de largo es!

 

Ingrato, el monstruo se tragó

el metro, y al que lo midió.

No le dolió su mala acción,

Pues bien le supo al muy glotón.

 

Pero el libro se le empachó

y una indigestión le dio,

y vomitó con desagrado

a sabio y libro antes tragado.

 

El sabio sus gafas agarró

y se marchó sin un adiós.

Mas, ¡mira!, el libro se ha dejado

a mala idea u olvidado.

 

El dragón se puso a leer,

¡nunca lo hubiera debido hacer!

Pues apenas el libro abrió

su nombre escrito se encontró,

Y conoció el significado

de un nombre tan inapropiado.

“PLACIDO”: manso y apacible,

dulce, tranquilo, muy sensible.

 

Gritó el dragón el alma en vilo.

“¡Yo no soy dulce ni tranquilo!”

Y para demostrarnos lo contrario,

Rompió en seguida su diccionario.

Y se pasó quinientos días

Haciendo mil y una fechorías.

 

Pero aunque trágico le pareciera,

Plácido su nombre era.

Enfermó de la tristeza,

¡le dolía la cabeza!

En la cama se metió

Y ya nunca más salió.

 

SEGUNDO ACTO

 

Sobre la hierba frondosa

danzaba una mariposa.

Se llamaba BÁRBARA, y como ves,

es dulce, bella y muy cortés.

Bailaba el vals que era un primor

revoloteando de flor en flor.

 

Tan delicada y tan sensible

que cualquier ruido era insufrible.

Nunca podía dormir la siesta

con aquella autopista tan molesta,

y corrió a buscar por eso

sosiego en un bosque espeso.

 

Apenas se hubo instalado

Zumbó un abejorro a su lado.

«¡Bárbaro!», dijo ella, «¡ruidoso!,

me estás estorbando el reposo».

Zumbó el abejorro: «¡Buuu,

la única “Bárbara” eres tú!»

Bárbara perdió el color:

«¡Cielos, mi nombre es un horror!».

 

Ya nunca más volvió a bailar,

y de puntillas se puso a andar;

pero con eso nada consiguió

pues su nombre tampoco varió.

Decidió, desesperada,

vivir sola y retirada

y en el desierto y en soledad

expiar su «barbaridad».

 

Pero un día una serpiente

pasó en zig-zag por allí enfrente:

«Qué risa me da», le contó,

«a un dragón conozco yo

que se ha metido en la cama

porque Plácido se llama.

Y ahora te encuentro a ti.

Ja, ja la vida es así».

Guiñó un ojo insinuante

y de allí se fue reptante.

 

Ella conservó en su mente

lo que dijo la serpiente.

Tras doce días de reflexión,

gritó: «Hallé la solución».

 

Y con ligero equipaje

emprendió su largo viaje

hasta llegar, de un tirón,

a la torre del dragón.

 

Blancos huesos había en la entrada

y ella llamó muy asustada.

 

Entró por fin al torreón

y en la cama halló al dragón

quejándose a voz en grito;

mas ella le habló bajito:

«Sé qué es lo que te enfermó,

pues Bárbara me llamo yo.

¿Cambiamos ya que son nuestros

esos nombres tan mal puestos?».

 

Al pronto, él no la entendió,

pero al rato se aclaró,

y le estrechó entusiasmado,

la mano (¡con mucho cuidado!).

Y muy contentos, en suma,

cogieron papel y pluma,

y por escrito dejaron

el acuerdo que tomaron.

 

Se fue contenta y gozosa

Plácida la mariposa,

y Bárbaro, el fiero dragón,

la despidió con emoción.

FIN

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El ratón generoso

Ilustración: zentaoaki

Dicen que un hombre muy rico y muy avaro cambiaba los billetes que ganaba por hermosas y brillantes monedas que guardaba celosamente en una secreta cueva en la montaña.

Solo él conocía el misterioso camino.

En la noche, a hurtadillas, partía con su cargamento de monedas.

Luego de besarlas una a una, las introducía por un pequeño agujero que había hecho en la puerta de la caverna secreta.

Un día, ya viejo, quiso contar su fortuna y zambullirse en el dorado tesoro. Grande fue su sorpresa al abrir la puerta: en vez de las monedas encontró a un viejo ratón contando relucientes dientes de leche que cambiaba a los niños por brillantes monedas que dejaba, silencioso, debajo de sus almohadas

FIN

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El elefante coqueto

Ilustración: doriangart

Todos los días, el elefante Jacinto se iba a asear y mirarse un poquito en la gran laguna, que era como un límpido espejo.

¡No estaba conforme con lo que veía! ¡Tenía tantas y tantas arrugas! Eso le producía mucha preocupación.

Acongojado. una tarde charlaba con el mono más viejo y más sabio y le confió su disgusto por verse tan, pero tan feo con esas arrugas como dobladillos que tenía en la piel. El mono Pedrín, que siempre tenía una solución para los problemas de los demás le dijo:

—¿Por qué no pruebas, Jacinto, con el salón de belleza de la tortuga Lentini? ¡Ahí se han hecho verdaderos milagros! Y lo que es mejor… ¡No cobra demasiado caro!

Jacinto movió a uno y otro lado sus orejitas y dijo:

—Tienes razón, probaré mañana mismo. Iré al salón de la experta en belleza doña Tortuga Lentini.

Al otro día, bien temprano, se dirigió el elefante al gran salón de belleza de doña Lentini.

¡Casi no pasaba por la puerta!, pero empujando y empujando pudo al fin entrar y sentarse en el enorme taburete que para los animales grandes había dispuesto el salón.

Encima de una alta, alta escalera, especialmente hecha para estas ocasiones, la dueña del salón de belleza le dijo:

—Tenga usted muy buenos días, señor Jacinto. ¿En qué puedo servirle?

El elefante, luego de responder cortésmente como corresponde a un elefante educado, le dijo:

—Vengo muy, pero muy triste y malhumorado, aunque no se me note, pero más que nada estoy muy desconforme con esta piel arrugada que luzco y don Mono Pedrín me recomendó sus tratamientos de belleza.

La tortuga Lentini tomó una gran lupa que tenía, y moviendo la cabeza, después de pasársela por algunas de las muchas arrugas de la piel, dijo con voz y gesto de experta:

—No va a ser nada fácil pero… vamos a intentarlo, don Jacinto.

Le colocó como pudo. y después de subir hasta lo alto de la escalera, un gran canasto lleno de cosas; un babero… un babero enorme como corresponde al tamaño del elefante. Cremas… y más cremas. Compresas de barro y ¡¡más cremas!! Masajes, masajes, masajes. Subía y bajaba doña Lentini la escalera, en busca de más potes llenos, ya que gastaba kilos y kilos y kilos.

Al cabo de casi dos horas de tratamiento, la pobre señora Lentini, cansadísima de subir y bajar, de darle masajes y tratar de planchar las enormes arrugas, ¡se dio por vencida!

—Mire, señor Jacinto, mi buen elefante, creo que el tratamiento de belleza no da los resultados esperados. Probé con cremas de manzanas, de algas, de pino, de zanahoria…. y hasta de huevos…. ¡y nada! Las arrugas están igualitas.

Don Jacinto movió la cabeza y con su grandota resignación le dijo:

—No es culpa suya, ya veo que esto no tiene remedio. Se sacó el enorme babero como pudo, bajó del enorme taburete y con tristeza le dijo: ¿cuánto le debo doña Tortuga Lentini?

Nada, don Jacinto, solo le cobraré los potes de crema que gastamos. Fueron… fueron 25. Cada pote, cuesta una lechuga, así que solo me deberá traer 25 lechugas, pues el trabajo, ¡eso sí que no se lo cobro!

Don Jacinto agradeció como corresponde y le aseguró que le mandaría con los conejos mensajeros las 25 lechugas.

Saludó y se alejó moviendo su cola como el péndulo de un reloj y dando de vez en cuando un trompetazo contra su cabezota. Llegó hasta la gran laguna donde siempre se miraba y no resistió la tentación de hacerlo.

¡Qué desilusión! Estaba igual, igualito como era antes. Sobre la frente tenía una arruga que parecía almidonada y cerca de la trompa, ahí, al costado no más de su boqueta, otras dos que parecían refuerzos de pan. ¡Y ni que hablar de su lomo y sus patas!

En esas estaba cuando sintió unas cosquillas que le subían por las patas y se detuvo después de un rato, en su cabeza, justo, justo encima de la arruga grandota como un cerro.

¿Qué es esto? Sacudió la cabeza, pero sentía que esa cosquilla le caminaba de uno a otro lado de la arruga.

Volvió a sacudir la cabeza para ver si hacia desaparecer la cosquilla… ¡pero nada! ¡Seguía allí paseándose muy oronda de un lado a otro de la arruga!

Y cuando menos lo esperaba, una voz chiquita le dijo al oido:

—¡Hola, don Jacinto! ¡Cada día más arrugadito y más lindo!

—¿Quién eres? ¿Te estás riendo de mí? Sal de allí, ¡in-me-dia-ta-men-tel

La vocecita dulce y chiquita, le dijo entonces:

—¡No te enojes, grandullón! ¡Soy el grillito cantor!, el viento me puso aquí después de un buen coscorrón. Primero, pensé que estaba encima de un nubarrón, luego pensé ¡es la montaña! y ahora… ¡ya sé quién sos! Me gustaría tanto quedarme aquí.

—Pero ¿qué piensas hacer? —le dijo don Jacinto—. ¡Me estás haciendo cosquillas en la azotea!

Se oyó una risa chiquitita y juguetona y el grillo dijo:

—¡He decidido pedirte permiso para vivir dentro de una de tus abrigadas arrugas! Acá no corro ningún peligro de esos que hay por allí.

El elefante Jacinto pensó un momento, se le llenó la enorme cabezota de buenos pensamientos hasta que estos le salieron por la boca y dijo:

—Está bien, ¡al fin y al cabo, para algo servirán mis arrugas! Lo único que quiero pedirte es que de vez en cuando, cuando me veas triste, toques en mi oído un poco de tu violín para alegrar mi corazón. Ese será el pago del alquiler de mis arrugas.

—¡Dicho y hecho!

A partir de ese momento, cada vez que al elefante Jacinto le venía la tristeza por sentirse feo y arrugado, su inquilino de la altura, el grillito cantor comenzaba a tocar su violín, justo detrás de la trompa, o parado sobre la enorme arruga que parecía una montaña. Y el señor Jacinto movía cola y cabeza al ritmo de su música y se olvidaba de sus arrugas.

FIN

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Vamos a inventar los números

Ilustración: sushy00

—¿Por qué no inventamos los números?

—Bueno, empiezo yo. Casi uno, casi dos, casi tres, casi cuatro, casi cinco, casi seis.

—Es demasiado poco. Escucha estos: un remillón de billonazos, un ochete de milenios, un maravillar y un maramillón.

—Yo entonces me inventaré una tabla.

Tres por uno, concierto gatuno,

tres por dos, peras con arroz

tres por tres, salta al revés

tres por cuatro, vamos al teatro

tres por cinco, pega un brinco

tres por seis, no me toquéis

tres por siete, quiero un juguete

tres por ocho, nata con bizcocho

tres por nueve, hoy no llueve

tres por diez, lávate los pies.

—¿Cuánto vale este pastel?

—Dos tirones de orejas.

—¿Cuánto hay de aquí a Milán?

—Mil kilómetros nuevos, un kilómetro usado y siete bombones.

—¿Cuánto pesa una lágrima?

—Depende: la lágrima de un niño caprichoso pesa menos que el viento, y la de un niño hambriento pesa más que toda la tierra.

—¿Cuánto mide este cuento?

—Demasiado.

—Entonces inventémonos rápidamente otros números para terminar. Los digo yo, a la manera de Modena: unchi, doschi, treschi, cuara cuatrischi, mi mirinchi, uno son dos.

—Yo entonces voy a decirlos a la manera de Roma: unci, dusci, trisci, cuale cualinci, mele melinci, rife rafe y diez.

FIN

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La carta

Ilustración: Arnold Lobel

Sepo estaba sentado en el porche.

Sapo pasó por allí y dijo:

—¿Qué te pasa, Sepo? Pareces triste.

—Sí —dijo Sepo—. Este es mi rato triste del día. Es el momento en que espero que venga el correo. Me hace siempre muy desgraciado.

—¿Y eso por qué? —preguntó Sapo.

—Porque nunca tengo carta —dijo Sepo.

—¿Nunca? —preguntó Sapo.

—No, nunca —dijo Sepo—. Nadie me ha enviado nunca una carta. Todos los días mi buzón está vacío. Es por lo que esperar el correo es un momento triste para mí.

Sapo y Sepo se sentaron en el porche, sintiéndose tristes juntos.

Luego Sapo dijo:

—Tengo que irme a casa ya, Sepo. Hay algo que debo hacer.

Sapo se marchó a su casa rápidamente.

Encontró un lápiz y un trozo de papel.

Escribió en el papel.

Metió el papel en un sobre.

En el sobre escribió: “CARTA PARA SEPO”

Sapo salió corriendo de su casa.

Vio un caracol al que conocía.

—Caracol —dijo Sapo—, por favor, toma esta carta para Sepo y ponla en el buzón de su casa.

—De acuerdo —dijo el caracol—. Ahora mismo.

Luego Sapo volvió corriendo a la casa de Sepo. Este estaba en cama, durmiendo la siesta.

—Sepo —dijo Sapo—, creo que debes levantarte y esperar el correo un poco más.

—No —dijo Sepo—, estoy cansado de esperar el correo.

Sapo miró por la ventana el buzón de Sepo.

El caracol no había llegado todavía.

—Sepo —dijo Sapo—, nunca se sabe cuándo puede enviarte alguien una carta.

—No, no —dijo Sepo—. Creo que nadie me enviará nunca una carta.

Sapo miró por la ventana.

El caracol todavía no había llegado.

—Pero, Sepo —dijo Sapo—, alguien puede enviarte una carta hoy.

—No seas bobo —dijo Sepo—. Nadie me ha enviado nunca una carta antes y nadie me enviará una carta hoy.

Sapo miró por la ventana.

El caracol todavía no había llegado.

—Sapo, ¿por qué te quedas mirando por la ventana? —preguntó Sepo.

—Porque ahora estoy esperando el correo —dijo Sapo.

—Pero no habrá nada —dijo Sepo.

—¡Oh!, sí que habrá —dijo Sapo—, porque yo te he enviado una carta.

—¿De verdad? —dijo Sepo—. ¿Qué has escrito en la carta?

Sapo dijo:

—Escribí: “Querido Sepo, estoy contento de que tú seas mi mejor amigo. Tu mejor amigo, Sapo.”

—¡Oh! —dijo Sepo—, es una carta preciosa.

Entonces Sapo y Sepo salieron al porche de la entrada a esperar el correo.

Se sentaron allí, sintiéndose felices juntos.

Sapo y Sepo esperaron mucho rato.

Cuatro días más tarde el caracol llegó a la casa de Sepo y le dio la carta de Sapo.

Sepo se alegró mucho de recibirla.

FIN

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El sapo y la pasta de dientes

Ilustración: Marianna Strychowska

Había una vez un sapo que tenía siempre los dientes sucios. Y no solo estaban sucios, sino que estaban totalmente negros.

Esto era porque comía muchas moscas, y las moscas son negras. Pero también era porque vivía cerca de una mina de carbón. En ese lugar las moscas eran más que negras, eran absolutamente negras, tan negras como el carbón.

A ello hay que agregar que el sapo comía con locura chocolate negro. Le fascinaba colocar dos capas de chocolate, una encima de la otra, y entre ellas unas cuantas moscas aplastadas. Eso lo llamaba él un “pan con moscas”.

Un día al sapo le dio un terrible dolor de muelas, y debió ir, quisiera o no, al dentista.

Este, tras mirarle la boca, le preguntó si comía moscas negras.

El sapo calladito le dijo que sí moviendo la cabeza.

—¿Y también come chocolate negro? –siguió preguntando el dentista.

—Sí, croac –respondió el sapo con algo de vergüenza.

El dentista le entregó entonces una pasta de dientes blanca con rayas rojas.

—Límpiese con ella los dientes después de cada comida, y deje de inmediato moscas y chocolate –le advirtió.

El sapo estaba contento de que el dentista no le había pasado la maquinita.

Entonces se fue saltando a su casa en la laguna cerca de la mina de carbón, y probó de inmediato su nueva pasta de dientes.

Le gustó tanto, que desde ese momento siempre untaba medio tubo de pasta de dientes sobre su pan de moscas, antes de comerlo.

Eso, por supuesto, no le sirvió de nada, y así se le fueron cayendo uno tras otro todos los dientes.

¿Qué opinas tú? ¿Será por eso que los sapos no tienen dientes?

FIN

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Los gnomos de Gnu

Ilustración: aralk

Había una vez en la tierra —y quizás lo haya todavía— un emperador muy poderoso que quería descubrir nuevos territorios a toda costa.

—¿Qué clase de emperador soy yo —gritaba—, si mis naves no descubren ningún continente nuevo, lleno de oro, de plata y de pastos, al que pueda llevar nuestra civilización?

Y sus ministros contestaban:

—Majestad, en la tierra ya no queda nada por descubrir. ¡Mire el mapamundi!

—¿Y esta islita tan pequeña que veo aquí? —preguntaba ansioso el Emperador.

—Si aparece en el mapamundi, es que ya la han descubierto hace tiempo —replicaban los ministros—. Es posible que incluso hayan instalado allí una colonia de vacaciones. Y, por otra parte, hoy en día ya no se hace nadie a la mar para descubrir islas y continentes. Hoy en día, los astronautas recorren las galaxias.

—¿Ah, sí? —contestó testarudo el Emperador— ¡Pues enviad a un explorador galáctico al espacio! ¡Y que no vuelva hasta haber descubierto al menos un pequeño planeta habitado!

Así se hizo, y el Explorador Galáctico (E. G. para los amigos) estuvo tiempo y tiempo vagando por la inmensidad del espacio en busca de un planeta que civilizar.

Pero solo encontraba planetas rocosos, planetas polvorientos, planetas llenos de volcanes que escupían fuego… De planetas bonitos y habitados, ni rastro.

Hasta que un día, precisamente en el rincón más alejado de toda la Galaxia, mientras enfocaba su megatelescopio megagaláctico, E. G. vio una cosa maravillosa… Un pequeño planeta precioso, con un cielo azul ligeramente salpicado de nubes blancas, con unos valles y unos bosques tan verdes que daba gozo mirarlos. Y, al acercarse un poquito más, vio que en aquellos valles retozaban hermosos animales de todas las especies, mientras unos hombrecillos minúsculos, un poco ridículos, pero a fin de cuentas de aspecto simpático, podaban los árboles, daban de comer a los pájaros, cortaban el césped, o nadaban tranquilamente en ríos y torrentes de agua tan transparente que se podía ver al fondo infinidad de peces multicolores.

E.G. aterrizó, bajó de la astronave y vio que se le acercaban, sonriendo, aquellos hombrecitos, que enseguida se presentaron:

—Buenos días, señor forastero, nosotros somos los gnomos de Gnu, que es el nombre de nuestro planeta. ¿Y tú quién eres?

—Yo —dijo E. G.— soy el Explorador Galáctico del Gran Emperador de la Tierra, ¡y he venido a descubriros!

—¡Vaya casualidad! —dijo el jefe de los gnomos— ¡Nosotros estábamos seguros de ser nosotros los que te habíamos descubierto a ti!

—De eso ni hablar —dijo E. G.—. Soy yo el que os ha descubierto a vosotros, porque nosotros, en la Tierra, no sabíamos que existíais. Y, por lo tanto, tomo posesión de este planeta en nombre de mi emperador, para poder traeros la civilización.

—A decir verdad —respondió el jefe de los gnomos—, nosotros tampoco sabíamos que existíais vosotros. Pero no vamos a discutir por tan poca cosa, porque nos amargaría el día. Y dime, ¿en qué consiste esta civilización que queréis traernos, y cuánto vale?

—La civilización —contestó E. G. — es toda una serie de cosas maravillosas que los terrestres han inventado, y mi emperador está dispuesto a dároslas gratis.

—Si es gratis —dijeron los gnomos muy contentos—, la aceptamos inmediatamente. Sin embargo (perdona, amigo, ya sabemos que a caballo regalado no hay que mirarle el dentado), nos gustaría tener una pequeña idea de cómo es vuestra civilización. No te parece raro, ¿verdad?

E.G. refunfuñó un poco, porque en la escuela le habían enseñado que, cuando los exploradores antiguos llevaban la civilización a una nueva tierra, los indígenas la aceptaban sin preguntar. Pero de todos modos, como estaba orgulloso de la civilización de la Tierra, sacó de la astronave su megatelescopio megagaláctico, lo enfocó hacia nuestro planeta y dijo:

—Venid y lo veréis con vuestros propios ojos.

—¡Vaya máquina! ¡Vaya técnica! —decían los gnomos admirados ante el megatelescopio megagaláctico, y, uno tras otro, todos fueron mirando hacia la Tierra.

—¡Pero si no veo nada! —dijo el primer gnomo de Gnu—. ¡Solo veo humo!

E.G. echó a su vez una mirada y luego se disculpó:

—He enfocado por error una ciudad. Ya sabéis, con todas las chimeneas de las fábricas, los escapes de los camiones y de los coches… Hay un poco de contaminación.

—Comprendo —dijo el gnomo—, también a nosotros nos ocurre que, cuando está nublado, no podemos ver las cumbres de aquellas montañas… Pero quizás mañana haga buen tiempo y podremos ver esto que tú llamas ciudad.

—Me temo que no —dijo E. G.—, la contaminación está siempre allí, incluso los domingos.

—¡Qué pena! —dijo el gnomo—. Pero ¿qué es aquella agua negruzca en el centro y amarronada cerca de la costa?

—¡Oh —dijo E. G.—, debo de haber enfocado el mar! Es que, sabéis, en medio del mar naufragan barcos petroleros y todo el petróleo se esparce por la superficie. Y en la costa la gente a veces no controla los desagües, y así acaban llegando al mar… cómo diré… las cosas feas que los hombres tiran…

—¿Significa esto que vuestro mar está lleno de caca? —preguntó el segundo gnomo.

Y todos los demás rieron, porque a los gnomos de Gnu la palabra «caca» les daba mucha risa.

E.G. quedó callado, y el segundo gnomo murmuró:

—¡Qué pena!

—Pero ¿qué es aquella llanura gris, con aquellas cosas blancuzcas encima, sin árboles y toda llena de latas vacías? —preguntó el tercer gnomo.

Tras echar una mirada de control, E. G. dijo:

—Es nuestro campo. Sí, reconozco que hemos cortado demasiados árboles, y, además, la gente tiene la mala costumbre de tirar allí bolsas de plástico, cajas de galletas y potes de mermelada…

—¡Qué pena! —dijo el tercer gnomo.

—Pero, ¿qué son —preguntó el cuarto gnomo— todas aquellas cajitas de metal, colocadas una detrás de la otra en aquella carretera?

—Son nuestros automóviles. Es uno de nuestros mejores inventos. Sirven para ir muy aprisa de un sitio a otro.

—¿Y por qué están parados? —preguntó el gnomo.

—Pues —contestó E. G. un poco cortado—, mira, hay demasiados y a menudo se producen embotellamientos de tráfico.

—Y aquellos seres tumbados al lado de la carretera, ¿quiénes son? —volvió a preguntar el gnomo.

—Son hombres que han resultado heridos, en un momento en que no había embotellamiento y en que corrían demasiado. De vez en cuando hay accidentes.

—Ya entiendo —dijo el gnomo—, estas cajas vuestras, cuando son demasiadas no avanzan, y, cuando sí avanzan, las personas que van dentro se hacen daño. Qué pena, qué pena…

Entonces intervino el jefe de los gnomos:

—Perdona, señor descubridor —dijo—, no sé si merece la pena seguir mirando. Quizás vuestra civilización tenga aspectos muy interesantes, pero, si nos la trajerais aquí, nosotros nos quedaríamos sin nuestros prados, sin los árboles y sin los ríos, y estaríamos peor que ahora. ¿No podrías renunciar a descubrirnos?

—¡Pero si nosotros tenemos un montón de cosas magníficas! —protestó E. G. un poco picado—. Por ejemplo, ¿cuántos hospitales tenéis vosotros? ¡Nosotros tenemos unos hospitales preciosos!

—¿Y para qué sirven los hospitales? —preguntó el jefe de los gnomos, tras haberles echado una ojeada por el megatelescopio.

—¡Sois de veras primitivos! ¡Sirven para curar a la gente que se pone enferma!

—¿Y por qué se pone enferma? —preguntó el jefe de los gnomos.

E.G. estaba francamente irritado:

—¡Ya está bien! ¿Veis a aquel señor de allí abajo? Ha fumado demasiados cigarrillos y ahora le harán un trasplante de pulmón, porque el suyo está negro como el carbón. ¿Y aquel otro? Tomaba una cosa que nosotros llamamos droga, y en el hospital intentan curarle todas las infecciones que ha cogido por usar jeringuillas sucias. Y a aquel otro le están poniendo una pierna de plástico, porque lo ha atropellado una moto. Y a aquel otro le están haciendo un lavado de estómago, porque ha comido alimentos contaminados. ¡Para esto sirven los hospitales! ¿No os parecen un buen invento?

—Como a tal invento —dijo el jefe de los gnomos—, no lo discuto. Pero, como nosotros no fumamos cigarrillos, ni usamos esto que tú llamas jeringuillas para la droga, como no corremos en moto, y comemos alimentos fresquísimos que crecen en nuestros huertos y en nuestros árboles, aquí no se pone enfermo casi nadie, y es suficiente un buen paseo por las colinas para curarse. Oye, señor descubridor, se me ha ocurrido una buena idea. ¿Por qué no vamos nosotros a la Tierra y os descubrimos a vosotros?

—¿Y después? —preguntó E. G., que en el fondo ya se sentía un poco avergonzado.

—Después, nosotros tenemos muy buena mano para cuidar prados y jardines, para plantar árboles, para cuidar a los viejos que están a punto de caer enfermos. Nos pondremos a recoger todo aquel plástico y todas aquellas latas, y arreglaremos un poco vuestros valles. Haremos filtros de hojas para vuestras chimeneas, explicaremos a la gente de la Tierra lo bonito que es pasear sin tener que coger siempre el coche, etcétera, etcétera. Y tal vez, al cabo de unos años, vuestro planeta se vuelva tan hermoso como nuestro Gnu.

E.G. ya se imaginaba a los gnomos de Gnu poniendo manos a la obra, y pensaba lo preciosa que volvería a ser, después, su (y nuestra ) Tierra.

—De acuerdo —dijo. —Voy a volver a casa y hablaré con el Emperador.

Volvió, pues, a la Tierra, y contó su aventura al Emperador y a sus ministros. Pero el Primer Ministro puso un montón de inconvenientes:

—Eso de permitir que vengan aquí los gnomos de Gnu, hay que pensarlo muy bien. Necesitan un pasaporte, tienen que pagar el impuesto de inmigración, el papel sellado, y además es imprescindible la autorización de la guardia urbana, de la guardia forestal, de la capitanía del puerto…

Y, mientras hablaba, el Primer Ministro resbaló con un chiclé que otro ministro había escupido al suelo. Se rompió las piernas el labio, la barbilla, la nariz, la espalda, la cabeza, y se le quedaron los dedos enganchados en las orejas, de tal modo que resultaba imposible desenredarlo.

Con el jaleo que se armó después, el Primer Ministro acabó tirado en la acera, en medio de las bolsas de basura que nadie recogía desde hacía un montón de tiempo, y allí quedó, a merced de la contaminación, aspirando los gases que salían de los tubos de escape de los coches.

Por el momento nuestra historia termina aquí, y lamento muchísimo no poder decir que a partir de entonces vivieron contentos y felices. Y quién sabe si dejarán a los gnomos de Gnu venir algún día a la Tierra. Pero, aunque no vengan, ¿por qué no nos ponemos nosotros a hacer lo que harían los gnomos de Gnu?

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

El higo más dulce

Ilustración: Chris van Allsburg

Monsieur Bibot, el dentista, era un hombre muy exigente. Tenía su pequeño apartamento muy bien ordenado y limpio, lo mismo que su consultorio. Si su perro, Marcel, saltaba sobre los muebles, Bibot no dejaba de darle una lección. Excepto el día de la Revolución francesa, el pobre animal no podía ni ladrar.

Una mañana, Bibot encontró a una anciana que lo esperaba frente a la puerta de su consultorio. Tenía dolor de muelas y le rogó al dentista que la ayudara.

—¡Pero si no tiene cita! —dijo él.

La mujer dejó escapar un gemido. Bibot consultó su reloj. Tal vez tenía tiempo de ganarse unos cuantos francos más. La hizo pasar y le revisó la boca.

—Tendremos que sacarle la muela —dijo con una sonrisa y, una vez que hubo terminado, añadió—: Le daré unas píldoras para el dolor.

La anciana estaba muy agradecida:

—No puedo pagarle con dinero —dijo—, pero tengo algo mucho mejor. —Sacó un par de higos de su bolsillo y se los tendió a Bibot.

—¿Higos? —dijo él, enfadado.

—Estos higos son muy especiales —susurró la mujer—. Pueden hacer que sus sueños se hagan realidad —Le guiñó un ojo y se llevó un dedo a los labios.

Para Bibot estaba claro que se trataba de una loca. Puso los higos sobre la mesa y tomó del brazo a la mujer. Cuando ella le recordó las píldoras, Bibot respondió:

—Lo siento, ésas son sólo para los clientes que pagan —y la empujó hacia la puerta.

Esa tarde, Bibot sacó a su perro a pasear por el parque. Al pobre Marcel le encantaba olisquear los troncos de los árboles y entre los arbustos, pero cada vez que se detenía a hacerlo, Bibot le daba un fuerte tirón a su correa.

Antes de irse a la cama, el dentista decidió tomar un bocadillo. Se sentó en la mesa del comedor y se comió uno de los higos que le había dado la anciana. Estaba delicioso. Era tal vez el mejor higo, el más dulce, que se había comido jamás.

A la mañana siguiente, Bibot arrastró a Marcel escaleras abajo para el paseo matutino. Los escalones eran demasiado altos para las cortas patas del perro, pero a Bibot jamás se le hubiera ocurrido cargar a su mascota: odiaba que su hermoso traje azul se llenara de pelos blancos.

Mientras caminaba por la acera atestada, Bibot notó que la gente se le quedaba mirando.

«Admiran mi traje», pensó.

Pero cuando se vio reflejado en el ventanal de un café, se detuvo horrorizado. Sólo tenía puesta la ropa interior.

El dentista dio la vuelta y se metió corriendo a un callejón.

«Sacré bleu —pensó—, ¿qué ha pasado con mi ropa?».

Y entonces se acordó del sueño que había tenido la noche anterior: había soñado que estaba justo frente a ese mismo café, en ropa interior.

Pero algo más había pasado en su sueño, y Bibot se esforzaba por recordar qué. Marcel, acechando desde la sombra del callejón, comenzó a ladrar. El dentista alzó la vista y vio cómo el resto de su sueño se hacía realidad.

Nadie volteó a mirar a Bibot mientras este corría de regreso a su casa en ropa interior. Todos los ojos de París estaban fijos en la Torre Eiffel, que se iba inclinando hacia abajo lentamente, como si fuera de goma.

Bibot comprendió que la anciana de los higos le había dicho la verdad, así que no iba a desperdiciar el segundo higo.

Durante las siguientes semanas, mientras se iniciaban las obras de reconstrucción de la Torre Eiffel, el dentista leyó docenas de libros sobre hipnotismo. Cada noche, antes de meterse a la cama, se miraba en el espejo y repetía, una y otra vez:

—Bibot es el hombre más rico del mundo, Bibot es el hombre más rico del mundo.

Y al poco tiempo, en sus sueños, Bibot era exactamente eso. Cuando dormía, el dentista se veía conduciendo su lancha de carreras, pilotando su avión y viviendo a todo lujo en la Riviera francesa. Noche tras noche era la misma historia.

Un día, al anochecer, Bibot tomó el segundo higo de la alacena. No podría durar para siempre.

«Esta noche, es la noche», pensó el dentista.

Puso el fruto maduro en un plato y se dirigió a la mesa. Al día siguiente, al despertar, sería el hombre más rico del mundo.

Miró a Marcel y sonrió. El perrito no lo acompañaría en aquella vida, pues en sus sueños Bibot era dueño de media docena de grandes daneses.

Mientras el dentista abría la alacena para sacar un poco de queso, escuchó un ruido como de porcelana que se rompe. Se volvió, pero sólo para ver cómo Marcel, trepado en una silla y apoyando las patas delanteras sobre la mesa, se comía el último higo.

¡Bibot estaba furioso! Persiguió al perro por todo departamento. Cuando Marcel se metió debajo de cama, Bibot le gritó:

—¡Mañana te enseñaré una lección que no olvidarás jamás! —y luego, enojado y con el corazón destrozado, el dentista se fue a dormir.

Cuando despertó, a la mañana siguiente, Bibot se sintió muy confundido. No estaba en su cama. Estaba debajo de su cama. De repente, una cara apareció frente a él: ¡era su propia cara!

—Es hora de tu paseo —dijo la boca de aquel rostro—. Ven con Marcel.

Una mano se deslizó debajo de la cama y lo atrapó. Bibot quiso gritar, pero todo lo que pudo hacer fue ladrar.

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?