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Cuento contemporáneo

¡No me jorobes!

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Ilustración: stefanogesh

Al principio del mundo, cuando todo era joven y nuevo y los animales empezaban a repartirse los trabajos para ayudar al hombre, había un dromedario muy holgazán, habitante del desierto Bramante, en el que siempre bramaba el viento, que se negaba a trabajar. Se pasaba el día tendido en la arena, tomando el sol y masticando palitos. Cada vez que alguien le dirigía la palabra, contestaba invariablemente:

—¡No me jorobes!

Solo contestaba eso, «¡No me jorobes!». Nada más. Después, seguía durmiendo o masticando ramitas, sin hacer caso de nada ni de nadie.

Un lunes por la mañana llegó hasta el desierto en el que habitaba el dromedario un caballo. Llevaba una silla de montar y un freno en la boca.

—Dromedario, dromedario ya tengo trabajo. Ven a trotar conmigo.

—¡No me jorobes!

El caballo se alejó de allí y fue a contarle al hombre lo que le había dicho el dromedario.

Después, recibió la visita de un perro con un palo en la boca que le dijo:

—Dromedario, dromedario ven a atrapar cosas con la boca para devolvérselas al hombre.

—¡No me jorobes!

El perro se marchó y fue a contarle al hombre lo que había dicho el dromedario.

Tras el perro, llegó un buey con su yugo al cuello:

—Dromedario, dromedario ven conmigo a arar los campos.

—¡No me jorobes!

El buey se marchó y le contó al hombre lo que había dicho el dromedario.

Aquella misma noche, el hombre convocó al caballo, al perro y al buey y les comunicó lo siguiente:

—¡Ay!, amigos míos, lo siento muchísimo, pero está visto que ese jorobador del desierto Bramante no sirve para nada, de lo contrario, ya estaría aquí colaborando con nosotros. Es terriblemente perezoso y no puedo hacer otra cosa que dejarlo en paz; pero entended que alguien tendrá que hacer su trabajo, así, que lo repartiré entre vosotros tres para compensar. A partir de mañana, tendréis que trabajar el doble.

Aquello enfureció mucho al trío, que celebraron enseguida, al borde del desierto, una larga reunión, un panchayat. un powwow y una indaba.

El dromedario, que merodeaba por allí cerca masticando hierbajos, se acercó con parsimonia hasta donde estaban y dijo indolente:

—¡No me jorobes!

Y dicho esto, se marchó por donde había venido.

Así estaban las cosas, cuando apareció un genio rodando en una nube de polvo (los genios del desierto se trasladan de este modo) y se detuvo ante los tres que celebraban la tediosa conferencia.

—Genio del desierto, ¿te parece justo que en un mundo tan nuevo habite un ocioso?

—¡Claro que no! —respondió el genio.

—Pues bien —prosiguió el caballo—, que sepas que en medio de tu desierto vive alguien de largas patas y cuello largo que desde el lunes no ha hecho nada de nada. Ni siquiera quiere trotar.

—¡Fiuuuuuuuu! —Silbó el genio a modo de respuesta—. Seguro que te refieres al dromedario. ¿Y él qué dice?

—Dice «¡No me jorobes!» —contestó el perro— Y tampoco quiere recoger un palo y llevarlo de vuelta al hombre.

—¿Dice alguna otra cosa?

—Solo «¡No me jorobes!», y tampoco quiere arar —añadió el buey.

—Bien —afirmó el genio—, esperad un minuto y veréis cómo lo jorobo yo a él.

El genio, en su polvoriento transporte, se fue a buscar al dromedario y le dijo:

—Larguirucho y haragán amigo, ¿es cierto que te niegas a entrar en el reparto de tareas de este mundo nuevo?

—¡No me jorobes! —respondió el dromedario.

El genio se sentó frente a él con la barbilla apoyada en su mano y empezó a pensar en un poderoso encantamiento. Mientras tanto, el dromedario admiraba su estilizado reflejo en un charco de agua.

Por fin, habló el genio:

—Desde el lunes no trabajas y, por tu culpa, hay tres que han de repartirse tu trabajo.

—¡No me jorobes! —exclamó el dromedario.

—Yo, de ti, no volvería a decir eso —le advirtió el genio— y me pondría a trabajar ahora mismo.

Y entonces, el dromedario repitió:

—¡No me jorobes!

Nada más pronunciarlo, su recta espalda, de la que estaba tan orgulloso, se hinchó y se hinchó, hasta que se formó sobre ella una enorme joroba.

—¿Te das cuenta? —dijo el genio— Tú mismo te has jorobado por haragán. Hoy es jueves, y desde el lunes, cuando se empezaron a repartir los trabajos, tú has estado ocioso. Ahora vas a tener que hacer algo.

—¡No me jorobes!, ¿cómo pretendes que haga algo con esta joroba en la espalda? —replicó el dromedario.

—Esa joroba tiene un propósito: con ella podrás vivir tres días sin comer ni beber, los mismos días que no has trabajado. No podrás decir que no he hecho nada por ti. ¡Joróbate! Y ahora únete al trío y cumple con tu parte.

Desde aquel día y hasta hoy, el dromedario, cargado con su joroba —aunque es mejor decir «giba», para no herir sus sentimientos—, trabaja, aunque nunca ha podido recuperar los tres días que perdió al principio del mundo ni tampoco, según cuentan caballo, perro y buey, ha aprendido a comportarse.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «De cómo al dromedario le salió su joroba».

La elección del rey

Ilustración: John Bauer

El rey Helamund debía partir lejos e hizo jurar a sus seis ministros que, durante su ausencia, gobernarían el reino lo mejor posible. Les advirtió, además, de que, en caso de fallecer durante su viaje, protegerían a su pequeña hija, todavía un bebé, y que le guardarían el trono para cuando se hiciera mayor.

Pero el rey todavía no tenía decidido a cuál de ellos nombraría primer ministro. Uno le parecía demasiado viejo, el otro demasiado joven, el tercero demasiado impaciente, el cuarto demasiado lento, el quinto demasiado atrevido y el sexto demasiado cobarde.

Una noche, acostado en la cama, pensaba a quién debía elegir cuando vio asomarse, entre los pliegues de las cortinas de la alcoba, una figura:

—¿Quién eres? —preguntó sorprendido.

—Soy la ninfa del castillo. He vivido aquí durante muchos reinados y siempre he intentado ayudar a la persona que reinaba en los momentos difíciles. Ahora lo haré contigo. Apoya la cabeza en la almohada.

A continuación, la ninfa sopló en el rostro del monarca y él se quedó dormido y empezó a soñar.

Soñaba que ya había partido y que estaba lejos, muy lejos de casa. Pero, a pesar de eso, podía ver lo que ocurría en su reino. Podía ver a sus ministros discutiendo. Solamente uno permanecía tranquilo e intentaba calmar la disputa.

Después, el rey los vio bajar a la cámara del tesoro y llenar sus bolsillos con oro. Solamente uno no rozó siquiera los baúles, sino que por el contrario intentaba impedir que los demás robaran.

A continuación, vio cómo uno de los ministros, al frente de una multitud de guerreros, comunicaba la muerte del rey Helamund, se proclamaba a sí mismo monarca, metía en la cárcel al ministro fiel y encerraba a la pequeña princesa en la torre.

Mientras Helamund soñaba esto, se le llenaba la frente de sudor. Anhelaba abalanzarse sobre aquel traidor. En ese momento, despertó agitando salvajemente los brazos a su alrededor, pero se dio cuenta de que la ninfa estaba todavía a su lado y se calmó, porque comprendió que nada de aquello había sucedido en realidad. Pero al mismo tiempo se asustó. Quizás el sueño era un aviso de lo que podía suceder.

La ninfa afirmó con la cabeza, como si hubiera leído sus pensamientos, y dijo:

—Ya ves el poco valor que tienen a veces promesas y juramentos.

—Si por lo menos supiera quién era el ministro fiel. Pero no pude distinguir su cara. —Se lamentó el rey.

—Tampoco yo lo sé —dijo la ninfa del palacio—. Pero si quieres conocer mejor a tus consejeros, te puedo ayudar. Invítalos mañana a pasear en tu barca por el río, pero tú no vayas. Tú y yo nos encontraremos en el embarcadero que hay en el bosque.

Dicho esto, la ninfa desapareció.

Al día siguiente. el rey siguió el consejo de la ninfa e invitó a sus consejeros a pasear en su barca por el río y él cabalgó solo hasta el embarcadero, donde ya lo esperaba la ninfa del palacio.

La ninfa contempló a Helamund con sus ojos profundos y recitó:

Rey como tú no hubo jamás,

pero con mi magia mendigo serás.

El rey sintió entonces que se transformaba. Su cuerpo perdió esbeltez; sus ricos ropajes quedaron convertidos en harapos, su pelo y su barba se enmarañaron y su mano, en lugar de la espada, empuñó un hacha.

—¿Qué me has hecho? —exclamó Helamund asustado.

—No te asustes —dijo la ninfa—, pronto recuperarás tu aspecto normal.

Y recitó de nuevo:

Casucha pobre y pequeña

emerge de la tierra.

Y del suelo salió una cabaña de madera con el tejado cubierto de musgo.

—Ahora escucha —dijo la ninfa—: tú eres un pobre leñador y esta es tu casa. Dentro de un rato, salvarás a tus consejeros y, a cambio, tendrás ocasión de pedirles algo. Pídeles que te honren con su presencia en la fiesta que darás dentro de tres días a la puesta del sol.

Dicho esto, la ninfa desapareció.

Al poco, Helamund oyó gritos. Un remolino de viento agitaba tan fuerte la embarcación real, que parecía que el río se la iba a tragar junto a todos los pasajeros.

Sin pensarlo, el rey se lanzó al agua, nadó hasta la barca, que ya estaba medio hundida, se encaramó a ella y, remando, la llevó, hasta la orilla.

Con el miedo reflejándose aún en sus caras, los consejeros dieron las gracias a su salvador e insistieron en recompensarlo por su valentía.

—Dinos qué quieres. Sea lo que sea cumpliremos tu deseo.

Helamund recordó las palabras de la ninfa del castillo.

—Aunque soy un hombre pobre e insignificante, dentro de tres días, a la puesta del sol, celebraré una fiesta para algunos amigos y vecinos aquí, en mi humilde casa, y desearía contar con vuestra presencia.

Los consejeros se rieron.

—¿Puedes pedir lo que sea y solo deseas que asistamos a tu fiesta? —preguntaron.

—Sí, eso es todo —contestó Helamund.

Los consejeros seguían riendo, pero cada uno de ellos le dio la mano y prometió cumplir el compromiso.

Los seis se alejaron. El rey recuperó su aspecto y regresó a palacio.

Durante los dos días siguientes nada pasó, pero a la noche del segundo día, la ninfa de palacio volvió a visitar al rey:

—Rey Helamund, mañana darás una gran fiesta a la que invitarás a la corte entera, incluidos tus seis consejeros.

—Pero ellos se han comprometido con el leñador —-dijo el rey.

—Precisamente por eso —respondió la ninfa antes de volver a desaparecer.

Helamund se quedó pensativo, pero, poco a poco, comprendió qué debía hacer.

A la mañana siguiente, envió las invitaciones para la fiesta, que empezaría a la puesta del sol.

Puntualmente, a esa hora, la sala del palacio estaba abarrotada.

El rey entró y miró a su alrededor buscando a sus consejeros. Y, efectivamente, allí estaban todos saludándolo sumisamente. No habían hecho caso a la invitación del leñador. Pero al contarlos, se dio cuenta de que faltaba uno.

—No veo a Ismaril.

—Majestad, Ismaril ha mandado un mensaje diciendo que no podrá asistir a la fiesta porque se había comprometido anteriormente con otra persona —contestó el gran chambelán.

El rey se estiró y frunció las cejas, como si se hubiera puesto furioso.

—¿Alguien puede decirme quién es esa persona tan sumamente importante para que él prefiera honrarla con su presencia en vez de estar con su rey? —preguntó.

Los cinco consejeros se miraron entre sí, dudando de cómo debían contestar. Sin embargo, como en secreto tenían celos de Ismaril, no podían desaprovechar la ocasión de echar leña al fuego. Se acercaron al rey, hicieron una reverencia todos a la vez, y le contaron lo que les había sucedido y la estúpida promesa que habían hecho al leñador.

Entonces el rey llamó a un par de soldados y les ordenó:

—iBuscad al consejero Ismaril y traedlo aquí inmediatamente!

Los soldados se marcharon y la fiesta comenzó.

No hacía ni una hora de su marcha, cuando regresaron con el consejero, al que habían encontrado errando por el bosque buscando en vano la casita.

Ismaril, con la cabeza alta y sin demostrar temor, cruzó la sala hasta la presencia del rey, que permanecía sentado con la barbilla apoyada en la mano mirándolo detenidamente.

— iAsí que —dijo el rey— desprecias mi fiesta por ir a la de un leñador!

Ismaril lo miró fijamente a los ojos.

—Lo había prometido —dijo.

El rey se quedó callado un instante.

—¿Das más mérito a la invitación de un simple leñador que a una convocatoria mía? —continuó.

—Lo había prometido —insistió el consejero.

El rey levantó la cabeza.

—Quieres decir con esto que una promesa contraída con el más humilde de mis súbditos es más importante para ti que tener mi favor y gracia.

Ismaril también levantó la cabeza.

—Sí, señor —dijo.

Entonces, el rey se puso de pie y preguntó en voz alta a los invitados:

—¿Qué castigo opináis que merece?

Pero los cortesanos solamente murmuraron, susurraron y bajaron la vista.

—¿No contestáis? Entonces yo le daré el castigo que en mi opinión se merece —dijo el rey.

Helamund bajó del trono, se acercó a Ismaril y le dio un gran abrazo. A continuación, puso a la princesa en brazos de su consejero.

—Ismaril, en este acto te nombro primer ministro, porque en ti he hallado a alguien que prefiere cumplir una promesa dada antes que obtener gracia y honores. Sé que puedo confiar en ti. Dejo en tus manos mi reino, mi vida y a mi hija, lo más preciado que poseo.

FIN

El joven cangrejo

Ilustración: kaozercomics

Un joven cangrejo pensó: «¿Por qué en mi familia todos caminan hacia atrás?, quiero aprender a caminar hacia adelante, como las ranas, y que se me caigan las muelas si no lo consigo».

Comenzó a ejercitarse a escondidas, entre las piedras del arroyo natal, y durante los primeros días se fatigaba mucho. Chocaba por todas partes, se magullaba la coraza y se le trababan las patas. Pero, transcurrido un tiempo, las cosas marcharon mejor, porque todo se puede aprender si se quiere.

Cuando estuvo seguro de poder hacerlo bien, se presentó ante su familia y dijo:

—Venid a ver.

E hizo una magnífica carrera hacia adelante.

—Hijo mío —estalló en llanto la madre—, ¿te ha dado vuelta la cabeza? Vuelve en ti, camina como tu padre y tu madre te han enseñado, camina como tus hermanos que tanto te quieren.

Pero sus hermanos no hacían más que reírse a carcajadas.

El padre lo miró severamente durante un rato y después le dijo:

—Basta ya. Si quieres quedarte con nosotros, camina como los otros cangrejos. Si quieres ser un cabeciduro, el arroyo es grande. Vete y no vuelvas más.

El valiente cangrejito quería mucho a los suyos, pero estaba demasiado seguro de estar en lo cierto para dudar; abrazó a su madre, se despidió del padre y de sus hermanos y se marchó por el mundo.

Su paseo despertó de pronto la sorpresa de un corrillo de ranas que, como buenas comadres, se habían reunido a charlar en torno de una hoja de nenúfar.

—Qué falta de respeto —dijo una rana.

—Vaya, vaya —dijo otra.

Pero el cangrejito prosiguió derecho, como si fuera dueño de la calle. De pronto, se sintió llamado por un viejo cangrejote de expresión melancólica que estaba solo junto a una piedra.

—Buenos días —dijo el joven cangrejo.

El viejo lo observó largamente, y después dijo:

—¿Qué cosa crees que estás haciendo? Yo también, cuando era joven, pensaba enseñar a los cangrejos a caminar hacia adelante. Y fíjate qué he ganado: vivo solo y la gente se cortaría la lengua antes de dirigirme la palabra. Ahora que aún estás a tiempo, fíjate en mí; resígnate a ser como los otros y un día me agradecerás el consejo.

El joven cangrejo no sabía qué responder y se quedó en silencio, pero por dentro pensaba: «Yo tengo razón».

Saludó gentilmente al viejo y reanudó altivamente su camino.

¿Andará lejos el joven cangrejo? ¿Habrá hecho fortuna? ¿Enderezará todas las cosas torcidas de este mundo?

Nosotros no lo sabemos, pero él sigue marchando con el coraje y la decisión del primer día. Solo podemos desearle de todo corazón:

—¡Buen viaje!

FIN

La abuela tejedora

Ilustración: Moonshen

Un día llegó a una pequeña ciudad una abuela muy anciana. Solo llevaba un bastón y un par de agujas de tejer. Recorrió la ciudad y no encontró casa, entonces se sentó en el campo sobre una piedra fría y tejió unas hermosas pantuflas para reposar sus pies cansados.

Pero la abuela no quiso poner sus pantuflas sobre la tierra. Así que se tejió un tapete.

Luego se preguntó dónde lo podría extender. A su alrededor solo había espinas y rastrojo. Y de nuevo se puso a trabajar. Suenan, suenan las agujas.

Dos segundos más tarde, había tejido el piso, y de ese problema se olvidó.

Pero ahora, ¿dónde conseguiría una cama o un sillón? De nuevo se puso a trabajar. Suenan, suenan las agujas. Tejió una cama, una almohada y un colchón. Tejió una funda, una colcha y una sábana.

Pero ¿cómo podría dormir sin una cortina? Y de nuevo se puso a trabajar. Suenan, suenan las agujas. Tejió una pared, una ventana y un mosquitero. Tejió una columna y luego otra y sobre ellas tejió el techo.

Pero, sin té ni tetera, ¿qué haría para desayunar? Entonces se puso a tejer una tetera y un pastel. Tejió tres tazas, pues sola ahí no quería vivir. Suenan, suenan las agujas.

La abuela supo qué quería, se tejió un nieto y una nieta.

Con hilo fino les agregó unas muecas de tristeza, otras de risa y mucha picardía. Afuera tejió césped y flores. Adentro, puertas con manijas. Y los dos nietos salieron a la terraza a brincar sobre hierba de estambre verde.

La abuela seguía tejiendo juguetes, estantes, roperos, mientras afuera dos pícaros traviesos algunas flores destejieron.

Luego el pícaro atrapó a la pícara y le rompió unos hilos del tobillo. Y ella a su hermano le descosió un pedazo de espalda.

La abuela tejedora no se enojó. Remendó el tobillo y el pedazo de espalda reparó.

Con estambre negro tejió un poco de oscuridad, acostó a los niños y los arropó. Y frente a la cama se sentó a tejer dulces sueños de fina trama.

Por la mañana tejió un libro para cada uno de sus nietos y a la escuela los llevó. Pero los maestros dijeron al verlos:

—No aceptamos niños de estambre.

La abuela contestó:

—Son niños lindos y encantadores. Vean lo que saben. Son tejidos, pero no es culpa de ellos.

—¿Niños de hilo y huecos? ¡No en nuestra escuela! ¡Eso no es respetable! —dijeron los maestros.

La abuela era obstinada Así que suenan, suenan las agujas.

Tejió un coche y en él viajaron a exigir una disculpa. El alcalde y sus consejeros escucharon a la abuela y decidieron que en una ciudad decente no podían aceptar niños llenos de agujeros.

—¿Qué clase de alcaldía es ésta? —preguntó la abuela y, de nuevo, se puso a trabajar.

Suenan, suenan las agujas. Tejió un avión, y en él volaron a la capital. Discutieron con el presidente y sus ministros

—¿Niños de hilo y huecos?

Fruncieron la nariz y declararon:

—El alcalde y los maestros no se equivocan, aquí no hay lugar para niños de estambre.

Ya para entonces la pequeña ciudad era famosa. De todas partes venían turistas a conocer la extraña casa y su jardín.

El alcalde y sus consejeros decidieron levantar una cerca para proteger la casa, pues en ninguna otra parte había una así, toda tejida. Pero la cerca no sirvió, pues la abuela tejedora, muy enojada, destejió en secreto por la noche la casa entera: las puertas, las paredes, la cerca, las flores, la tetera.

Ya no suenan las agujas.

Cuando desapareció todo, la abuela destejió a sus nietos también. Tomó su bastón y abandonó el lugar para siempre.

Pero la abuela encontrará otro lugar y tejerá todo nuevamente. Lo primero serán sus nietos, para que vuelvan a reír y a correr. Y si en aquel lugar encontrara gente agradable, que con gusto acepte a sus nietos, la abuela tejedora, sin preocuparse, se sentará a tejer y tejerá, tejerá, tejerá…

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan ¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

El viejo marinero

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Ilustración: pesare

Más cerca de allá que de acá, en un pequeño pueblo a orillas de un inmenso mar azul, vivieron hace tiempo dos hermanos a los que les gustaba mucho navegar y pescar. Un día, decidieron visitar al pescador más experimentado de toda la aldea para pedirle que les enseñara el oficio.

Al llegar a la playa, se acercaron hasta el marinero que, sentado en una silla de mimbre frente a su casita, contemplaba en silencio el vaivén de las olas mientras hacía nudos en una gruesa cuerda que sostenía entre sus callosas manos.

—Muy buenos días, señor —saludaron al unísono los dos hermanos.

—Muy buenos días ¿Qué tal estáis? ¿Qué os trae por aquí? —les preguntó sonriente el anciano.

—Estamos muy bien, gracias —respondieron ambos.

—Hemos venido a verlo—continuó el hermano mayor— porque dicen en el pueblo que usted es un gran capitán, el más experimentado de toda la comarca y que su embarcación es la mejor. Como a mi hermano y a mí nos gusta mucho el mar y queremos dedicarnos a la pesca, habíamos pensado que quizá usted pudiera enseñarnos el oficio. Quisiéramos navegar a su lado para aprender a echar las redes y a gobernar la embarcación. ¡Es lo que más deseamos en el mundo! ¡Subir a su barca y surcar las aguas!

—Me parece muy bien, pero poco a poco. Cada cosa a su tiempo —respondió el viejo—. En este momento estoy muy atareado, quizás, en cuanto termine de preparar todas las cosas, pueda llevarme a uno de vosotros conmigo. Pero solo me llevaré a uno: el que yo crea que tiene más deseos de navegar. Entretanto, podéis ayudarme. Aquí tenéis estas cuerdas, mientras esperáis a que yo apareje la barca, terminad vosotros de anudarlas. Las necesitaremos cuando embarquemos.

El marinero enseñó a los dos hermanos cómo debían hacer los nudos y se alejó para disponer la embarcación.

Cuando el anciano ya solo era un puntito sobre la arena, el mayor de los pequeños dejó la cuerda, se levantó de la arena, corrió hacia la orilla y miró hacia el azul horizonte.

—¡Es precioso el mar! —dijo emocionado—. Las olas llegan hasta la playa y mojan la punta de mis dedos. Es como si estuvieran vivas, llenas de espuma blanca. Parece que quieran jugar conmigo, se levantan como para darme un susto, pero luego me acarician con mucha suavidad. ¡Acércate y lo verás!

—Ahora no puedo — contestó el hermano menor —Este nudo está casi listo.

—¿No oyes? ¡Es como si el agua te llamará! ¡Ven a escucharla!

—¡No puedo! Este nudo no me sale.

—Mmmmm, y este olor a sal que te hace cosquillas en la nariz. ¡Te estás perdiendo toda esta belleza! ¡Deja de hacer nudos y acércate!

—Ahora no, ya casi lo tengo…

—¡Ohhhhh! —gritó de nuevo el hermano mayor—, ¡desde aquí veo la barca! Flota sobre el agua. Se mece como si fuera una bailarina. Sube y baja y su perfil se recorta sobre el cielo celeste. En mi vida he visto algo tan precioso. ¡Ven a verlo!

—¡No puedo! —respondió el hermano—. Estoy terminando otro nudo.

—Tengo muchas ganas de navegar. Será maravilloso estar en la barca —afirmó entusiasmado el primer niño—. Yo soy el mayor y estoy seguro de que el marinero me llevará a mí con él ¡Me gusta tanto el mar! ¡Tengo tantas ganas de navegar y pescar! No quiero perder el tiempo aprendiendo a hacer nudos ¡ya sé hacerlos! Tú, en cambio, ni siquiera te has movido de la arena. Ni siquiera has levantado la vista para mirar el agua.

Al poco, regresó el pescador.

—Hola, muchachos —saludó—. La barca ya está preparada. ¿Qué habéis hecho mientras esperabais?

—Yo he contemplado el mar —dijo el mayor de los niños—. ¡Es precioso! Me he mojado los pies con el vaivén de las olas. Después, he admirado cómo la barca se mecía sobre el agua. ¡Tengo tantas ganas de subirme en ella y surcar las aguas! ¿Tardaremos mucho? ¡Ya estoy preparado!

—Yo solo he hecho nudos… —susurró el segundo hermano, bajando los ojos un poco avergonzado.

El marinero los observó a los dos un buen rato en silencio y, al fin, habló.

—Tú vendrás conmigo —dijo el hombre tendiendo su bronceada mano al más pequeño —. Embarcarás junto a mí. Te enseñaré a gobernar la barca y a pescar. Surcaremos las olas y te contaré todos los secretos de este oficio. Desplegaremos las velas y descubriremos nuevos puertos…

—¡Pero eso no es justo! ¡Yo soy el mayor! —gritó el otro—. ¡Yo sé mucho más que él! ¡Tengo más fuerza! ¡Tengo muchas ganas! ¡A mí me gusta más el mar!

—Es posible —respondió el viejo marinero—, pero antes de poder navegar, hay que aprender a hacer bien los nudos.

FIN

Cómo tío Conejo les jugó sucio a tía Ballena y a tío Elefante

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Ilustración: WilsonWJr

Pues señor, allá una vez tío Conejo se fue a cambiar de clima a la orilla del mar.

Un día que andaba dando brincos por la playa se va encontrando con tía Ballena y tío Elefante que estaban en gran conversona (1).

Tío Conejo se escondió entre unos charrales y paró la oreja para ver en qué estaban.

Y en lo que estaban era en que el uno al otro no hallaban donde ponerse:

—Que, tía Ballena, a usté sí que no hay quien le gane en fuerzas y eso de que ya se tomara usté tener las mías, es hablar por el hueso de la nuca (2).

—Que, adió (3) tío Elefante, no me salga con eso. Usté sí que es ñeque. Sí, sí, donde se llora está el muerto…

Y que esto, y que lo otro, y que por aquí y que por allá.

Bueno, para no cansarlos con el cuento, llegaron a convenir en que los dos tenían fuerzas y que lo mejor que podían hacer era unirse para gobernar toda la Tierra.

Pero a tío Conejo no le hicieron naditica de gracia aquellos planes y se puso a pensar: «Pues lo que soy yo, les voy a dar una buena chamarreada (4) a ese par de monumentos, ¡Ay! ¡Y la enredada de pita que les voy a dar!

Y no fue cuento sino que enseguida se puso en funcia (5): se fue a buscar una coyunda muy fuerte, muy fuerte y muy larga, muy larga; después yo no sé de dónde se hizo de un tambor que escondió entre unos matorrales y corrió a buscar a tía Ballena. Por fin dio con ella.

—Tía Ballenita de Dios. ¡Qué a tiempo me la encuentro! ¡Viera qué caballada me ha pasado! ¿Pues no se me metió la única vaquita que tengo entre un barrial como a media legua de aquí?

—No diga esa niño, ¿y eso cómo?

—¡Sepa Judas! El caso es que allí me la tiene en ese atolladero y como es tan poquita, está llora y llora, con el barro hasta el pescuezo. Por vida suyita, tía Ballena, sáqueme de este apuro, usté que es la más fuerte de todos los animales y además tan noble.

Tía Ballena se volvió muy chiquiona (6) al oír estos pericos y al momento se puso a las órdenes de tío Conejo.

¡No faltaba más, sino que se le fuera a ahogar en barro su vaquita, estando ella allí!

—¡Quién otra lo podía hacer! —dijo tío Conejo—. Bien me lo habían dicho, que no la vieran tan grande que hasta que da miedo, pero con un corazón que es un alfeñique! Lo que vamos a hacer es que yo voy a amarrarle una punta de esta coyunda de la cola y la otra voy a ver cómo se la amarro a mi vaquita. Cuando todo esté listo toco en mi tambor. Al oír el redoble, se me pone usté a jalar con toda alma.

—Ni diga más, tío Conejo, no me llamo tía Ballena si no se la saco aunque esté hundida hasta los cachos (7).

De veras, tío Conejo amarró la coyunda de la cola de tía Ballena y después el muy papelero, cogió tierra adentro haciéndose el afanado. Apenas calculó que la otra no lo veía se puso a bailar en una pata y a cantar.

Después se fue a buscar a tío Elefante y cuando lo divisió se hizo el encontradizo:

—¡Ay, tío Elefante, solo Dios pudo habérmelo reparado! ¡Viera en las que ando!

—¿Qué es la cosa hombré? —preguntó tío Elefante.

—¿Pues qué me había de pasar? Qué le parece que tengo una novillita chúcara que se me ha metido entre un barrial a media legua de aquí y no hay modo de sacarla. Allí estoy desde buena mañana sudando la gota gorda y la confisgada (8) cada vez se hunde más. Mire, tío Elefante, usté que es tan fuerte y tan noble, que dicen que nadie le gana, por qué no hace una gracia conmigo y de un tironcillo con su trompa, como quien no quiere la cosa, me la saca.

Tío Elefante le dijo que bueno, que le explicara lo que tenía que hacer.

Tío Conejo contestó:

—Pues nada más que dejarse amarrar el extremo de esta coyunda de su trompa. Enseguida iré yo y con mil y tantos trabajos amarraré mi novillita de la otra punta. Cuando todo esté listo redoblaré en mi tambor y entonces usté se pone a jalar con toda alma porque está muy metida.

—No tengás cuidado y aunque fuera más pesada que mil vacas juntas yo la saco. Si eso es un juguete para mí. Amarrá bien, hombré.

Tío Conejo le requintó bien la coyunda en la trompa y luego se alejó en una pura micada (9) como si fuera muy agradecido.

Así que estuvo a la mitad de la distancia entre los dos, sacó el tambor y se puso a redoblar.

Tía Ballena comenzó a tirar, pero la vaquita no tenía trazas de salir. Tío Elefante jalaba y jalaba y nada.

—¡Demontres con la vaquita para pesar!

—¡Carasta! Si la novillita chúcara pesa más de lo que yo pensaba.

Y siguieron cada uno por su lado a más y mejor.

En una de tantas, como tío Elefante se iba arrollando la coyunda en la trompa, se trajo a tía Ballena a tierra; pero tía Ballena se calentó tanto, que no supo a qué horas se tiró al agua y fue a dar al fondo y ya me tienen al otro patas arriba, corriendo hacia la playa sobre el espinazo.

Del colerón (10) dió tal jalonazo que se volvió a traer a tía Ballena a la superficie.

—¿Quién es el atrevido que está en ese juguete conmigo? ¡Conque esa era la vaquita?

—¿Quién es el tal por cual que no me respeta? ¡Miren la novillita chúcara! —gritó tío Elefante que había hecho a un lado su cachaza y estaba más caliente que un avispero alborotado.

¡En esto se van viendo!

¡Ave María, Gracia Plena! ¡Aquello sí que era contento! ¡Qué bocas y lo que se dijeron!

—¡Yo te contaré, trompudo, labioso, poca pena! ¿No te da vergüenza ver que te cogí la maturranga? ¡Creyó que yo me iba a dejar, como soy una triste mujer, para quedarse gobernando solo!

–¡Callate, vieja bocona! ¡A vos sí que no se te puede creer! ¡Quería salir de mí para quedarse reinando…! ¡Convidándome para que gobernáramos juntos y ya con su tortón entre la jupa!

Y no fue cuento, sino que se pusieron otra vez a tirar de la coyunda cada uno por su lado. Por fin la coyunda no resistió y ¡traca! reventó, y tía Ballena bien acardenalada y con la cola desollada fue a parar a los profundos, y tío Elefante fue a dar por allá, otra vez patas arriba, con la trompa bien luyida. Y Tío Conejo que ya no aguantaba el estómago de tanto reír, escondido entre los charrales.

No hay para qué decir que tío Elefante y tía Ballena quedaron enemigos y se quitaron el habla para siempre. Y cabalmente eso era lo que tío Conejo andaba buscando, para que no volvieran a hacer planes de gobernar ellos dos la Tierra.

FIN

El par de zapatos

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Ilustración: Fernando Puig Rosado

Había una vez un par de zapatos que estaban casados. El zapato derecho, que era el caballero, se llamaba Nicolás. Y el zapato izquierdo, que era la dama, se llamaba Tina.

Vivían en una preciosa caja de cartón, envueltos en papel de seda. Eran muy felices y deseaban que aquella felicidad durara para siempre.

Pero un buen día, una vendedora los sacó de su caja para probárselos a una señora. La mujer se los puso, dio algunos pasos con ellos y, a continuación, al ver que le quedaban bien, dijo:

—¡Los compro!

—¿Quiere que se los envuelva? —preguntó la vendedora.

—No, no hace falta —dijo la mujer—. Me los llevo puestos.

Pagó y salió con sus zapatos nuevos.

Fue así como Nicolás y Tina anduvieron todo el día sin verse el uno al otro. Por la noche, se reencontraron dentro de un oscuro armario.

—Tina, ¿eres tú?

—Sí, Nicolás, soy yo.

—¡Qué alegría! ¡Pensé que te había perdido!

—Yo también. Pero, ¿dónde estabas?

—¿Yo?, estaba en el pie derecho.

—Yo estaba en el izquierdo.

—¡Ya lo entiendo! —dijo Nicolás—. Cada vez que tú estabas delante, yo estaba detrás. Y cuando tú estabas detrás, yo estaba delante. Por eso no pudimos vernos.

—¿Y va a ser así todos los días? —preguntó Tina.

—¡Eso me temo!

—¡Pero eso es horrible! ¡Estar todo el día sin verte, mi querido Nicolás! No me podré acostumbrar nunca.

—Escucha —dijo Nicolás—, tengo una idea: puesto que yo siempre estoy a la derecha y tú siempre a la izquierda cada vez que yo avance te daré un golpecito, así nos saludaremos y no nos sentiremos solos. ¿De acuerdo?

—¡De acuerdo!

Eso hizo Nicolás, de manera que durante todo el día siguiente, la señora que llevaba los zapatos no pudo dar tres pasos sin que su pie derecho se enredara con el izquierdo, y ¡plaf! cada vez caía desmadejada al suelo.

Muy preocupada, fue ese mismo día a ver a un médico.

—Doctor, no sé qué me pasa, ¡me pongo la zancadilla a mí misma!

—¿Zancadillas a usted misma?

—¡Sí, doctor! A cada paso que doy, mi pie derecho se enreda con el izquierdo y me hace caer.

—¡Eso es muy grave! —dijo el médico—. Si la cosa sigue así, tendré que cortarle el pie derecho. Tome esta receta. Las medicinas le costarán dos mil euros. Deme a mí trescientos por la visita y vuelva mañana.

Esa misma tarde, ya en el armario, Tina le preguntó a Nicolás:

—¿Has oído lo que ha dicho el doctor?

—Sí, lo he oído.

—¡Es espantoso! Si le cortan el pie derecho a la señora, ella te tirará y estaremos separados para siempre. ¡Tenemos que hacer algo!

—Sí, pero ¿qué?

—¡Escucha!, tengo una idea: mañana seré yo la que te dará a ti un golpecito para saludarte cada vez que avance. ¿Qué te parece?

—¡De acuerdo!

Así lo hizo Tina, y a lo largo del segundo día fue el pie izquierdo el que daba un golpecito al derecho y, ¡plaf!, la pobre señora volvía a caerse al suelo.

Cada vez más preocupada, regresó a la consulta del médico:

—Doctor, esto va de mal en peor. ¡Ahora es mi pie izquierdo el que se enreda con el derecho!

—Este asunto es cada vez más grave —sentenció el médico—. Si sigue así, tendré que cortarle los dos pies. Tome, aquí tiene otra receta. Las medicinas le costarán tres mil euros. Deme a mí quinientos por la visita, y sobre todo, ¡no olvide volver mañana!

Por la noche, Nicolás preguntó a Tina:

—¿Oíste?

—Oí.

—Si le cortan los dos pies, ¿qué será de nosotros?

—¡Ni me atrevo a pensarlo!

—Y, sin embargo, ¡Te amo tanto, Tina!

—¡Yo también, Nicolás! ¡Te quiero mucho!

—¡Jamás te abandonaría!

—¡Ni yo tampoco!

Hablaban así, en la oscuridad, sin saber que la señora que los había comprado caminaba arriba y abajo por el pasillo, en zapatillas, porque lo que le había dicho el médico no la dejaba dormir. Al pasar frente al armario, escuchó toda la conversación y como era muy inteligente, lo comprendió todo.

—Así que es eso —pensó— No soy yo la que está enferma, sino que son mis zapatos, que se aman. ¡Qué bonito!

Tiró a la basura los cinco mil euros de medicinas y al día siguiente dio instrucciones a su doncella:

—¿Ves este par de zapatos? No volveré a ponérmelos nunca, pero los quiero conservar de todas formas. Quiero que los lustres bien y que siempre estén relucientes y, sobre todo, ¡jamás los separes el uno del otro!

Una vez a solas, la criada pensó: «La señora está loca, ¿a quién se le ocurre guardar un par de zapatos que ya no va a usar? Dentro de unos días, cuando se haya olvidado de ellos, me los quedaré».

Efectivamente, quince días más tarde, se los llevó y se los calzó. Pero una vez puestos, también ella comenzó a tropezar.

Una noche, mientras bajaba la basura por la escalera de servicio, Nicolás y Tina se quisieron besar y ¡patapam!, ¡plaf!, ¡plof!, la sirvienta se encontró sentada en el rellano, con un montón de cáscaras en la cabeza y una piel de patata en forma de espiral sobre la frente, colgando como si fuera un tirabuzón.

«Estos zapatos están embrujados», pensó. «¡No me los pienso poner más! Se los regalaré a mi sobrina la coja».

Y eso hizo. La sobrina, que era coja, se pasaba casi todo el día sentada en una silla, con los pies muy juntos. Cuando por casualidad caminaba, lo hacía tan despacio, que era imposible que se hiciera la zancadilla. Y los zapatos eran felices porque, incluso de día, estaban casi siempre juntos.

Aquella felicidad duró mucho tiempo. Pero, por desgracia, el defecto que tenía en los pies su nueva dueña hacía que, al caminar, un zapato se gastara más que el otro.

Una tarde, Tina le dijo a Nicolás:

—Siento que mi suela se está poniendo fina, fina. ¡No tardará en agujerearse!

—¡No hagas eso! —le rogó Nicolás—. ¡Si nos tiran, estaremos separados!

—Ya lo sé —contestó Tina—, pero ¿qué quieres que haga? ¡No puedo evitar envejecer!

En efecto, ocho días después, su suela tenía agujeros. La sobrina se compró unos zapatos nuevos y tiró a la basura a Nicolás y Tina.

—¿Qué será ahora de nosotros? —se lamentó Nicolás.

—No lo sé —respondió Tina—. Si al menos supiera que nunca más me separé de ti.

—Ven aquí —dijo Nicolás— anuda tu cordón al mío. Así jamás podrán separarnos.

Así lo hicieron. Juntos fueron a parar al cubo de la basura, juntos fueron transportados por el camión de los desperdicios, y juntos fueron arrojados en un terreno baldío. Y allí permanecieron juntos hasta que un niño y una niña los encontraron:

—¡Oh, mira! ¡Dos zapatos cogiditos del brazo!

—Eso es porque están casados —afirmó la niña.

—Bueno —contestó el pequeño—, pues si están casados, tienen que marcharse de viaje de novios.

El niño clavó los dos zapatos muy juntos sobre un tablero, luego acercó la tabla a la orilla del riachuelo y la empujó corriente abajo, hacia el mar. Mientras se alejaba, la niña agitó su pañuelo, gritando:

—¡Adiós, zapatos, y buen viaje!

Fue así como Nicolás y Tina, que ya no esperaban nada de la vida, tuvieron, de todas formas, una preciosa luna de miel.

FIN

Apartamento en alquiler

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Ilustración: Shmuel Katz

En un hermoso valle, entre viñas y huertas, se yergue una torre de cinco plantas. Pero… ¿quién vive en esa torre?

En la primera planta, vive una gallina rechoncha. Se pasa la vida en casa, dando vueltas en la cama. Está tan gorda, que le cuesta andar.

En la segunda planta, vive la señora cucú, todo el día se pasea; visita a sus hijos, que viven en otras casas.

En la tercera planta, vive una gata negra muy limpia, acicalada. En el cuello luce una cinta.

En la cuarta planta, vive una ardilla que, con parsimonia y alegría, casca nueces todo el día.

Y en la quinta planta, vivía el señor ratón. Pero hace una semana empacó sus pertenencias y se marchó. Nadie sabe adónde. Nadie sabe por qué.

Los vecinos de la torre han escrito un cartel, han clavado un clavo en la puerta y han colgado el cartel del clavo:

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Y he aquí, que por senderos, caminos y carreteras desfilan hacia la torre nuevos inquilinos.

Primero llega una hormiga, sube a la quinta planta y lee el letrero. Abre la puerta, entra y mira a su alrededor.

Todos los vecinos acuden a recibirla amablemente:

—¿Te gustan las habitaciones?

—Me gustan.

—¿Te gusta la cocina?

—Me gusta.

—¿Te gusta el pasillo?

— Me gusta.

—Entonces… ¡quédate con nosotros, hormiga!

—No, no me quedo.

—¿Por qué?

La hormiga contesta:

—Los vecinos no me gustan. ¿Cómo voy a vivir yo, la hormiga, en la misma casa que una gallina perezosa? Todo el día en la cama dando vueltas, tan gorda y pesada que casi ni puede andar.

La gallina se ofende y la hormiga se marcha.

Se marcha la hormiga; llega una liebre.

Muy veloz sube a la última planta. Lee el cartel, abre la puerta, entra y observa.

Todos los vecinos acuden a recibirla amablemente:

—¿Te gustan las habitaciones?

—Me gustan.

—¿Te gusta la cocina?

— Me gusta

—¿Te gusta el pasillo?

— Me gusta

—Entonces… ¡quédate con nosotros, liebre!

— No, no me quedo.

—¿Por qué?

—Los vecinos no me gustan. ¿Cómo voy a vivir aquí, yo, una madre de veinte lebratos. con una cucú que abandona a sus hijitos? Todos creciendo en nidos desconocidos, todos abandonados, todos desamparados. ¡¿Qué ejemplo daría a los niños?!

La cucú se ofende y la liebre se marcha.

Se marcha la liebre; llega un cerdo.

Lee el letrero: «Apartamento en alquiler», y después de leerlo, sube pesadamente y abre la puerta.

Se queda de pie, observando con sus pequeños ojillos las paredes, el techo y las ventanas.

Todos los vecinos acuden a recibirlo amablemente:

—¿Te gusta el apartamento?

—Me gusta.

—¿Te gusta la cocina?

— Me gusta, ¡a pesar de que no está sucia!

—¿Te gusta el pasillo?

— Me gusta.

—Entonces… ¡quédate con nosotros!

— No, no me quedo.

—¿Por qué?

—No me gustan los vecinos. ¡¿Cómo voy a vivir yo, un cerdo rosado, descendiente de cerdos rosados desde que el mundo es mundo, junto a una gata negra?! Ni me sentiría cómodo, ni sería apropiado para mí.

Gritan los vecinos:

—¡Fuera de aquí! ¡Vete, cerdo! Tampoco sería cómodo ni apropiado para nosotros que te quedaras.

Se marcha el cerdo y llega una ruiseñor.

Canta con voz melodiosa. La ruiseñor sube a la última planta. Lee el letrero, abre la puerta, observa el apartamento, las paredes, el techo…

Todos los vecinos acuden a recibirla amablemente:

—¿Te gustan las habitaciones?

—Me gustan.

—¿Te gusta la cocina?

— Me gusta.

—Entonces… ¡quédate con nosotros!

—No, no me quedo. Los vecinos no me gustan. ¿Cómo voy a vivir con calma y tranquilidad si la ardilla se pasa el día cascando nueces? ¡El ruido se oye desde lejos! ¡Terrible y horrible! Mis oídos están acostumbrados a otros sonidos, únicamente canciones y melodías.

La ardilla se ofende y la ruiseñor se marcha.

Se marcha la ruiseñor y llega una paloma.

Rápidamente, sin demora, sube a la última planta. Lee el letrero, abre la puerta, entra y observa.

—¿Te gustan las habitaciones?

—Las habitaciones… son estrechas.

—¿Te gusta la cocina?

—La cocina me gusta, aunque no es muy amplia.

— ¿Te gusta el pasillo?

—Hay muchas sombras; es un pasillo sombrío.

—Entonces… no te quedas con nosotros.

—¡Me quedo!, Y me quedo de buena gana porque me gustan los vecinos. La gallina es de buena cresta; la cucú, tan preciosa, la gata, tan limpia; y la ardilla, con sus nueces, sabe ser feliz. Yo creo que podemos vivir juntos en buena compañía, en paz y armonía.

La paloma alquiló el apartamento y, día tras día, arrulla en su casa.

Así, en este hermoso valle, entre viñas y huertas, se yergue una torre de cinco plantas. Y en la torre, hasta hoy, viven en paz buenos vecinos.

FIN

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El Bosque Azul

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Ilustración: esyre

Cuentan que todos los animales que están en el mundo entraron por las tres puertas que había en un principio. Por una puerta pasaron los que andan por el agua; por otra, los que vuelan, y por otra, los que viven en la tierra.

Por esta última puerta pasaron, antes que todos, el elefante, el león, el tigre y el oso y la cerraron, para que nadie se colara sin permiso.

Uno de ellos, por turno, era portero. Y los otros animales que iban llegando tenían que explicar qué servicios le darían al mundo. Si no servían para nada, no los dejaban entrar.

Aceptaron enseguida al mono, porque quería ser portero. Y también entraron muchos otros animales, después de explicar cada uno qué sabía hacer.

Los más chiquitos, como el piojo, la pulga y el mosquito se colaron en este mundo de contrabando, escondidos en el pelaje de animales más grandes.

Cuando ya fueron muchos, buscaron un lugar donde reunirse a conversar y eligieron el Bosque Azul.

Allí discutían todos los temas que les interesaban, y lo que decidían era ley para todos.

Un día llegó a la puerta de los animales terrestres uno que tenía cuatro patas escamosas, una cola larga con plumas blancas y negras, pico chato y ojos grandes. En la barriga tenia plumas y en el lomo un caparazón.

Este animal tan raro golpeó la puerta y esperó a que le abrieran.

El elefante preguntó:

—¿Tu nombre?

—Muliñandupelicascaripluma.

—¿Cómo? No entiendo. Escríbelo, por favor.

—No sé escribir.

—Ah… ¿y quieres entrar en el mundo?

—Para eso vine.

—¿Sabes que aquí todos trabajan y que es necesario servir de alguna forma?

—Si tú lo dices, así será.

—Veo que no tienes trompa. ¿Cómo haces para comer?

—Como puedo.

—¿Y qué es lo que comes?

—Lo que venga.

El elefante consideró que el caso era demasiado complicado y llamó al león, al que todos habían elegido presidente de la asamblea de los animales.

El león preguntó:

—¿Qué servicios nos prestarás?

—Los que me toquen.

Al león también le pareció complicado el asunto, así que llamó al mono, quien ya había conseguido que el león lo nombrara su secretario para las reuniones en el Bosque Azul.

Vino el mono, miró a ese bicho tan raro y le preguntó:

—¿Comes bananas?

—Si es algo bueno…

—¿Te gustan los cocos?

—Dame uno para probarlo.

—¿Sabes abrirlos?

—Dámelos abiertos.

—¡Este quiere engañarnos! —exclamó el mono.

El león rugió y el extraño animal que quería entrar dijo, asustado:

—Los servicios que prestaré serán muy grandes. Para alimentarme libraré al mundo del animal más inútil.

—Por ahí deberías haber empezado —dijo el león—. Vamos a estudiar tu caso. Quédate afuera y espera nuestra decisión.

A la noche, los animales se reunieron en el Bosque Azul.

El mono se puso los lentes y leyó:

—Vamos hablar del Muli…. ñandú… peli… cascari… pluma.

En seguida se oyeron risas y silbidos.

Pidió la palabra el tigre y dijo:

—Yo no puedo creer que exista un animal con semejante nombre. Me parece que se burla de nosotros.

—¡Silencio! —rugió el león—. Que el secretario vuelva a leer el nombre del candidato.

Así lo hizo el mono y esta vez nadie se atrevió a chistar.

El hipopótamo pidió entonces la palabra y dijo:

—Propongo que se acorte ese nombre.

—Yo le sacaría eso de “pluma” —opinó el lobo—. No sirve más que para confundir.

—Yo pido que se le saque lo de “cáscara” —dijo el zorro.

—Y yo, “dupeli” —agregó el tigre.

Entonces dijo el león:

—Que el secretario lea el nombre final.

Y leyó el mono:

—Muliñán.

—Suena bien —dijo el hipopótamo—. Mu-li-ñán…Mu-li-ñán

—Ahora —continuó el león— hay que resolver si se le permite o no la entrada. Él asegura librará al mundo del animal más inútil, pues se alimentará de él.

—Pido la palabra —intervino el búho—. Para entrar en el mundo todos demostramos nuestra utilidad. El Muliñán tiene que explicarse. ¡Aquí todos servimos para algo!

—Puede haber habido algún error —observó el cóndor—. El señor búho, por ejemplo, todavía no se sabe para qué sirve.

—Sirvo —respondió el búho— para comer muchos bicharracos que hacen daño. Yo no ataco, como algunos, a las aves más hermosas y más buenas.

—Pido la palabra —rebuznó el burro—. Propongo que se lo destine a reemplazarnos en nuestros trabajos. ¿Por qué tenemos que cargar cosas pesadas?…

—Quisiera saber —preguntó la martineta— cuáles serían entonces los servicios que prestaría el burro.

—Me dedicaría a la música. Creo que mis rebuznos son una prueba de talento para el arte.

El león pidió silencio, y le dio la palabra al oso hormiguero, que dijo:

—¡Dejemos al burro y sus rebuznos y pensemos en el Muliñán!

El león concedió la palabra al elefante, que dijo:

—Voto por dejar entrar al Muliñán. Propongo que se dedique a perseguir y comer a los ratones.

—¡Qué disparate! —dijo el búho—. El elefante olvida que ya existimos los encargados de comernos a los ratones.

—Propongo —dijo el lobo— que nos vayamos a dormir y que, con más calma, mañana por la noche terminemos de considerar esta cuestión.

A la noche siguiente, al empezar la asamblea, el tigre exclamó:

—¡Señor presidente! La asamblea se ha reunido nada más que para resolver si entra o no el Muliñán.

—¡Señor presidente! —añadió el leopardo con tono llorón—. ¡Me preocupa la situación de ese animal que quiere entrar! Hablamos y hablamos sin resolver nada. ¡Se va a morir de hambre!

Y la pantera lloraba a lágrimas viva, mientras decía:

—¡Pobrecito Muliñán!… ¡Esperando tanto tiempo!… ¡Y no se decide nada!

El benteveo pidió la palabra:

—Estoy conforme con que el Muliñán entre y se alimente de lo más inútil del mundo. Yo creo que lo más inútil es lo más feo, y lo más feo es el murciélago.

—El murciélago, señores —mugió el búfalo— es un animal muy útil. Durante las noches, caza sin descanso una cantidad de bichitos odiosos que luego molestan durante el día. Yo propongo que el Muliñán se alimente de tábanos.

—Si seguimos así —interrumpió el zorro—, nunca llegaremos a una solución.

El búfalo no ha calculado los millares de tábanos diarios que necesitaría el Muliñán para alimentarse.

El elefante se acercó al presidente y le habló al oído. Cuando se retiró, el león dijo:

—El elefante ha venido a anunciarme que Muliñán nos pide una respuesta.

Hubo un instante de silencio, y luego una batahola de bufidos, cacareos y silbidos.

—Pido la palabra —gritó el pavo—. ¡Nuestra situación es intolerable, nos rellenan y nos comen! ¡Propongo que el Muliñán sirva para eso: que lo engorden, y lo metan en el horno y se lo coman en Navidad!

Sus palabras provocaron fuertes carcajadas.

La nutria opinó:

—Nunca oí una pavada más grande que la que acaba de decir el pavo. ¡Hasta el lirón se ha despertado con tanta risa!

La comadreja pidió la palabra y dijo:

—Propongo que aceptemos al Muliñán, con la condición de que coma lo más inútil, que son las víboras y las serpientes.

—¡Qué disparate! —exclamó la perdiz—. Víboras y serpientes se alimentan de ratas y ratones que devoran las cosechas.

—Los más inútiles —señaló el cóndor— son los buitres y los caranchos, esas desagradables aves de rapiña.

—¡Apoyado! —exclamó el águila.

—Sin embargo —replicó el ciervo—, limpian el campo al alimentarse de los animales muertos.

—¡Los inútiles son ellos! —afirmó el carancho, mirando al cóndor y al águila con desprecio.

—Los inútiles —chilló la ardilla— son los peces. Imposible comerlos… ¡No sirven para nada!

—¡Y qué sabes tú sobre peces! —le contestó la gaviota.

—¡Señores —dijo el lobo—, no perdamos tanto tiempo. Lo único inútil es lo que está debajo de la tierra.

—¡Que el Muliñán se alimente de lombrices!

—¡Que salga la lombriz! ¡Que hable y se defienda! —ordenó el león.

Ante la sorpresa de todos, la humilde lombriz se asomó a la superficie de la tierra y dijo:

—¿Ustedes dicen que yo no sirvo para nada? Si estoy aquí es porque soy necesaria, quizá más que ningún otro de los animales.

Las risas, cacareos, chillidos y rebuznos obligaron a la lombriz a suspender su discurso.

Cuando se callaron continuó:

—Debería darles vergüenza: ¡Todos ustedes viven gracias a nosotras!

—Vamos, vamos —replicó el lobo—. ¡Hay que hablar claro!

—¡Silencio! –rugió el león.

Todos callaron y la lombriz continuó:

—Si la tierra no está en buenas condiciones, no pueden existir los vegetales, y tampoco los animales. ¿Y quiénes son las encargadas de trabajar la tierra para que sea fértil? Somos nosotras las que renovamos la tierra trabajando día y noche. Excavamos, ventilamos y purificamos. Sin nosotras, el suelo sería reseco y duro. Por eso somos tan numerosas, para que en la tierra exista vida.

—Recibimos una lección de quien está tan abajo, tan abajo que ni sabía yo que existía —dijo el cóndor.

—¡Con todo mi poder, yo sería incapaz de realizar la tarea de la lombriz! —exclamó el león.

—¡Un aplauso, señores, por estas palabras! Los más pequeños también somos importantes —zumbó el mosquito.

—¡Alto ahí! —gritó el mono secretario—. Ese no tiene derecho a opinar. ¡Es de los que se colaron!

Pero el mosquito, al oír las primeras palabras del mono, ya se había escapado.

—¡Lo que dijo la lombriz —añadió el cascarudo— debe servir para que se nos tenga más consideración a los humildes y no seamos pisoteados por los grandes.

—Ya ven —agregó la golondrina— que todos los seres son de alguna utilidad. Los mosquitos se colaron en el mundo, pero nosotras nos alimentamos de ellos durante el día y los murciélagos los comen de noche.

—Es muy útil que alguien se coma los mosquitos y los tábanos —dijo la cebra.

—Este desorden es intolerable —exclamó el tigre.

—¡Señores! Lo mejor será que votemos por sí o por no. ¡Que el secretario junte los votos! —decidió el león.

Así lo hizo el mono secretario, pero era tan grande la batahola, que era imposible saber qué opinaba la mayoría. Algunos, muy astutos, habían votado dos veces. Otros, como los murciélagos, hacían ruidos que nadie entendía.

Ante la confusión, el león resolvió darle tiempo al Muliñán para que pensara en qué podría ser útil y de qué se alimentaría.

Dicen que, cada tanto, los animales vuelven a reunirse en el Bosque Azul. Pero todavía no pudieron tomar una decisión sobre el Muliñán. Por eso, ese raro animal aún no ha entrado en el mundo.

FIN

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La oportunidad

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Ilustración: shinga

Un día de verano, harta de vivir en su aldea, Briseida decidió recorrer mundo para probar de cambiar su suerte.

Anduvo durante tres días y el anochecer del tercero la sorprendió mientras caminaba por un sendero que atravesaba un espeso bosque. Para no extraviarse, decidió encender una fogata y esperar a que amaneciera para reemprender su viaje.

No muy lejos de allí, tenía su guarida un ladrón que, al ver la hoguera, se acercó y le preguntó a la muchacha si estaba sola, de dónde venía y adónde se dirigía.

Contenta por la compañía y sin desconfiar de aquel desconocido, Briseida lo invitó a compartir cena y conversación pero, en un momento de descuido, el bandido le robó lo poco que poseía y aunque ella lo persiguió, no pudo darle alcance.

Se quedó Briseida perdida en la espesura, desorientada, sin pertenencias y, muy triste, decidió encaramarse a un árbol para pasar la noche alejada de más peligros.

Ya estaba a punto de quedarse dormida sobre una de las gruesas ramas, cuando un lobo, un león y un toro se reunieron al pie del añoso nogal en el que estaba Briseida y empezaron a hablar:

—¡Qué alegría reencontrarnos después de un año! ¡Contémonos nuestros secretos!

—Amigo lobo, ¿qué novedades hay? —preguntó el toro.

—Poca cosa. Este año he estado en el país en el que todos son ciegos, y un tuerto es el rey. Si supieran que solo con frotarse los ojos con las hojas de este árbol recobrarían la vista… ¡imaginad lo que darían por ello!

Después habló el león y le preguntó al toro:

—Y tú, ¿qué cuentas de nuevo?

—Pues yo he pasado el año en aquel país que sufre una terrible sequía desde hace décadas. Sus habitantes no saben que solo con hacer un corte en el tronco del árbol que hay en la plaza mayor, el agua brotaría a raudales.

—Y tú, león, ¿qué nos cuentas?

—Yo he pasado el año en mi país, y allí la hija del rey se muere, porque nadie sabe que se salvaría si la envolvieran con la manta que esconde dentro de un cofre un enano que vive en lo más profundo de la gruta de la montaña de las Precauciones, a la que solo se puede acceder diciendo tres veces en voz alta: “¡Abracadabra!”

Se despidieron, no sin antes acordar que justo al cabo de un año se volverían a reunir los tres en aquel mismo lugar.

Briseida, muy contenta con toda la información obtenida, bajó del árbol y después de llenarse los bolsillos de hojas de nogal, se encaminó hacia el país de los ciegos.

Al llegar allí, se puso a vender hojas para curar la ceguera y pronto reunió una gran cantidad de monedas de oro.

Después, se dirigió al país azotado por la sequía e hizo brotar agua del árbol que había en la plaza mayor haciendo un corte en su tronco. Los habitantes, muy agradecidos, la colmaron de piedras preciosas y perlas.

Con todas las riquezas obtenidas, viajó al país del león y allí ofreció al rey salvar la vida de la princesa. El monarca le prometió que la nombraría Consejera del reino y la colmaría de incontables bienes si tenía éxito en la empresa.

Briseida salvó a la princesa y el rey no solo cumplió su promesa, sino que, además, como las dos chicas se habían enamorado, ordenó celebrar una fastuosa boda que duró varios días, a la que fueron invitados los reyes y reinas de todos los países vecinos.

Un día, al salir del palacio real, Briseida vio a un mendigo y se acercó a él:

—¡Pero si tú eres el ladrón del bosque!, ¿no me reconoces? Soy yo, Briseida, aquella chica a la que robaste. Ven conmigo y te contaré lo que me ha ocurrido desde entonces, porque con tu mala acción cambiaste por completo mi suerte.

Briseida le refirió toda la historia y le dijo que, precisamente, aquel día hacía justo un año de su encuentro. Al despedirse, le regaló una bolsa llena de monedas de oro para que dejara de robar, pudiera establecerse en algún lugar y llevara una vida honrada. Pero el randa, envidioso de la suerte de la chica, se dirigió al bosque donde, un año antes, Briseida había vivido su aventura y se encaramó al mismo árbol.

No tardaron en llegar los tres animales.

El león dijo:

—Amigos, hoy hace justo un año alguien oyó nuestra conversación encaramado a este árbol. Comprobemos si ha vuelto para darle su merecido.

Al levantar los ojos, descubrieron al ladrón que, temblando y muy asustado, empezó a gritar:

—¡No fui yo, no fui yo! ¡Fue Briseida! ¡La encontraréis en el país del león, vive allí y se ha casado con la princesa!

Sin escuchar sus palabras, el toro embistió el árbol y el ladrón cayó de cabeza al suelo, donde lloró, pataleó y suplicó tanto que los animales, finalmente, hartos de oír sus gritos y lamentos, dejaron que se marchara.

Corriendo, muerto de miedo y arrepentido de todas sus fechorías, regresó a su pueblo y allí, con las monedas que le había regalado Briseida, abrió un taller y ahora es zapatero. Desde entonces, tanto Briseida como la princesa le encargan a él todos sus zapatos.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “La oportunidad” con la voz de Angie Bello Albelda

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