Cuento contemporáneo

La polilla y la bibliotecaria

Ilustración: silver-melody

Abarrotada por legados sucesivos en la familia y por ostentosas adquisiciones que a lo largo de los siglos algunos de sus miembros habían efectuado, la biblioteca ocupaba en la aristocrática mansión el lugar de un templo sagrado, por lo silenciosa, por lo respetada, y por lo inviolable que era. La bibliotecaria, costeada con un alto sueldo y a manera de gran sacerdotisa de aquel santuario privado, era la guardiana de aquel tesoro oculto de sabiduría de todos los tiempos.

Una tarde fría y silenciosa de invierno —una de aquellas tardes en la que todo invita a la lectura o a las meditaciones más hondas—, en la que el calor artificial mantenido en la silenciosa sala para estímulo de los ausentes lectores servía únicamente de aliciente para las existencias parásitas que de la espléndida biblioteca vivían, la celosa empleada sintió, de pronto, el impulso de revisar los valiosos infolios seculares, que puestos a manera de basamento de aquella enorme arquitectura de papel alcanzaban casi el techo de la espléndida estancia.

Tomó en sus manos un grueso y alto volumen, cuyas hojas de pergamino amarillento cerraban grandes presillas de cuero y al colocarlo sobre la mesa para examinarlo, notó que sus hojas estaban horadadas por una infinita red de túneles minúsculos, por donde las polillas circulaban como mineros llevando a cabo una labor centenaria, que comunicaba con los demás estantes quién sabe hasta dónde.

—¡Malditas polillas —exclamó medio aterrorizada por el descubrimiento—, esto va a acabar con la biblioteca si no se combate enseguida! Mañana mismo tengo que…

—Oye, tú —gritó un diminuto insecto asomando por una de las bocas del túnel—, ¿con qué derecho vienes a incomodarnos en nuestro trabajo y a privarnos de nuestro alimento y de nuestra tranquilidad?

—¡Con el derecho del dueño! ¡Esta biblioteca es de su propiedad! ¿Te parece poco, canalla roedora?

—¡Qué dueño, ni qué propiedad, ni qué nada! —replicó con aire doctoral la agredida polilla, moradora pacífica de aquel beatífico lugar—, hace más de treinta años que nosotras vivimos aquí en absoluta paz, labrando nuestras galerías, formando ciudades y reproduciendo nuestra raza, sin que, hasta ahora, nadie nos haya perturbado en nuestra posesión, y ahora se te ocurre a ti venir a hablar de derechos. Para que lo sepas, por ahí duerme un libro, que es ley, que dice que treinta años de posesión continua valen por título…

—¡Qué sabrá de leyes una miserable polilla!

—Sé más que el dueño de estos libros y que tú, porque ni uno ni otra habéis abierto jamás ninguno de estos libros y nosotras vivimos, por lo menos, dentro de ellos y cuando los roemos, leemos…Y finalmente, aunque no valiera nuestro derecho de posesión, que es de suyo indestructible, vale una razón más alta y es que las ideas no son patrimonio de nadie, que lo sepas, y tanto el que las almacena aquí en forma de biblioteca, como el que las deposita en su cerebro sin transmitirlas a nadie, cometen un delito contra la humanidad y se convierten en defraudadores de la ciencia y en estafadores de la felicidad de los demás, y en pena, pierden cualquier derecho. «Libro no leído es libro ajeno», Res derelictae, como dice aquel otro volumen lleno de sabiduría de ahí enfrente, y cualquiera puede apropiárselo. Si tu amo no lee ni hace leer a nadie estos libros, ¿para qué diablos le sirven, y por qué nos priva a nosotras de nuestro derecho a la vida y al trabajo en este lugar que nadie aprovecha?

Indignada y asustada a partes iguales, la reverente bibliotecaria, fue a dar a su señor, noticia de lo ocurrido; y como este, poseído de otras preocupaciones, le contestara un tanto molesto:

—¿Polilla? Y bien, ¿qué quiere decir ‘polilla’ Bueno, da igual, no me molestes más. Ya veremos…

Tentada estuvo la bibliotecaria de proferir un improperio en voz alta, —lo que no hizo por evidentes y vitales razones—, pero se fue murmurando entre dientes:

—¡Pobrecita polilla! ¡Qué injusta he sido con ella y qué profundas verdades tenemos que escuchar a veces de los seres más insignificantes!

FIN

Lo más hermoso

Ilustración: frana

I

—¡Tip…! ¡Tip…! ¡Tip…!

Hacía el geniecillo, saltando en las hojas de los eucaliptos.

—¡Tip…! ¡Tip…! ¡Tip…!

Hacía colgándose de las gotas de lluvia.

—¡Tip…! ¡Tip…! ¡Tip…!

Hacía saltando de una flor a otra, de las margaritas a las caléndulas, de las violetas a los conejitos. Por eso le llamaban Tip. Dormía en las hojas de un rosal, que el viento mecía. Y lo hacía cuando tenía sueño, porque Tip no usaba reloj. Además… ¡era tan lindo hacer escaleritas con los rayos de luna, para treparse a cazar estrellas! Y eso puede hacerse tan solo por la noche. También le gustaba subir por los hilos del sol y sentarse en las altas montañas, o dejarse llevar arrastrado por una nube hasta el país de los truenos… ¡Qué feliz era Tip!

—¡Tip…! ¡Tip…! ¡Tip…!

Saltando el geniecillo en su nido de hojas, se acomodó para dormir.

Era una mañana fresquita de otoño.

—¡Tap…! ¡Tap…! ¡Tap…!

El pequeño Tip asomó su cabecita.

—¿Será ella? –se dijo.

Sí. Era Elenita, la rubia chiquilla de la casa, que salía para la escuela. Tip vio en la ventana, que estaba cerquita del rosal, el rostro sonriente de la mamá, que despedía a su nena.

De pronto Tip sintió curiosidad. Miró por el cristal de la ventana. La señora iba y venía, arreglaba una cosa larga que debía ser la ropa de dormir de Elenita, guardaba cosas, limpiaba otras, pasaba por el suelo un palo largo con pelos amarillos…

Más tarde se oyó otra vez:

—¡Tap…! ¡Tap…! ¡Tap…!

Elenita volvía. Con su bonito delantal blanco y sus trenzas doradas.

Tip se colgó de la cartera y entró con ella en la casa.

—¡Tic, tac! ¡Tic, tac! ¡Tic, tac! –le llamó un señor gordo, que miraba con un gran ojo redondo.

Tip saltó hasta allí. Pero el señor gordo no tenía más que contarle. Solo decía:

—¡Tic, tac! ¡Tic, tac! ¡Tic, tac!

En cambio, Elenita y su mamá ¡cómo charlaban alegres luego de saludarse con un beso! ¡Y cuánto aumentó la alegría cuando llegó papá y todos se sentaron a la mesa!

Muchas veces más, Tip entró con Elenita y gozó de los encantos de aquel hogar.

II

Cierta mañana, casi al mediodía, despertó Tip en su nido de hojas.

 —¡Tap…! ¡Tap…! ¡Tap…!

Los pasos de Elenita sonaban desiguales.

—Parece que tiene fiebre –murmuró la madre al verla.

Y así era, en efecto. Poco después, Elenita se hallaba en la cama, bien abrigada. Papá se afligió mucho. Tip, sentado en la almohada, sintió que la frente de la niña quemaba como el sol en los días de verano.

Pronto vio el geniecillo cómo todo trabajo aumentaba en casa para la buena mamá. Y notándola cansada y preocupada, resolvió ayudarla de algún modo.

Mientras la nena dormía, corrió donde estaba la ropa jabonada: salto, se zambulló, resbaló en la tabla, subió gateando y fregó, fregó, hasta que la ropa quedó tan limpia como nueva. Luego se acomodó junto a los platos sucios. Mamá estaba lavando. Tip, colgado del trapo, hizo tan fuertes ejercicios que todo se acabó rápidamente. Entonces le tocó el turno a la escoba. Empujó los pelos amarillos, de modo que a mamá le parecía más liviano el trabajo. Y así siguió. De una y mil maneras trató de ser útil.

Cuando Elenita estuvo algo mejor, Tip le susurraba hermosas historias. Por eso un día, mientras mamá barría el piso, Elenita dijo:

—¿Sabes, mamá, que tengo sueños muy bonitos? Es un geniecillo que…

Mamá cesó de barrer.

—¡Mamá! ¡La escoba barre sola…!

—No puede ser.

—¡Sí, sí, sí! ¡Mira!

Tip, distraído, continuaba barriendo enérgicamente…

Mamá se frotaba los ojos por si fuera sueño. Pero la niña suspiró sonriente:

—¡Es el geniecillo!… Ya me parecía…

Tip se sobresaltó. Lo estaban mirando. Desapareció instantáneamente. La madre aún dudaba. Pero quisieron probar. Y en un plato colocaron dulce como jugo de flores. Si Tip estaba escuchando y lo comía, demostraba su existencia. Y así fue.

III

Día tras día, tomaba Tip el rico dulce del plato. Mas de pronto, se puso triste, y volvió a su nidito de hojas. Por primera vez en su vida, lloró.

El sol, la luna, las nubes querían consolarlo. Pero él no los veía. Nada veía, sino la pena de no pertenecer realmente a ese hogar donde tanto había ayudado. Y se sintió solo, solo…

No supo cómo fue. Pero en cierto momento oyó que alguien le hablaba:

—Has sido un buen geniecillo, Tip. Puedo concederte lo que más desees.

—¿Yo? ¿A mí? ¡Oh, Gran Genio! Yo deseo lo más hermoso del mundo, y tú no me lo darás.

—¿Por qué no? –preguntó seriamente el Gran Genio.

—Porque… porque no es la costumbre.

El Gran Genio, pese a toda su sabiduría, quedó extrañado.

—Puedo darte la gran perla que hicieron mil ostras en el fondo del océano. O el cofre maravilloso donde se encierran todos los conocimientos.

Nada de eso interesaba a Tip.

—Gran Genio, lo que me ofreces apenas si vale algo comparado con lo que te pido. Lo más hermoso del mundo. Viviendo en la casa de Elenita, participando de sus trabajos y alegrías, viendo el cariño del padre y la madre, me sentí casi un niño. Y desearía serlo de verdad, porque, ¡oh Gran Genio!, lo más hermoso del mundo es tener papás y un hogar.

El Gran Genio suspiró hondamente. Cubrió con su mano la hoja y desapareció.

IV

El geniecillo Tip dormía. Dormía, bajo el viento, el sol y la luna. Nada le pudo hacer despertar, hasta que un día abrió sus ojitos azules.

No entendía bien lo que pasaba a su alrededor. La hoja ya no estaba, y en su lugar, una cuna de verdad, toda blanca, guardaba su sueño.

Quiso hablar, más solo pudo llorar. Entonces alguien lo alzó, lo paseó y le cambió la ropa. Besándolo cariñosamente, lo volvió a su cuna.

—¿Qué le pasa al nene, mamá?

Era la voz de Elenita.

—Nada, querida, nada. Los bebés siempre lloran por algo. Como no saben hablar…

Tip sonrió porque había comprendido. Y trató de balbucir:

—M… a… m… á…

Su madre y su hermanita rieron y lo besaron. Entonces Tip, dichoso al fin, tornó a dormirse. Había conquistado lo más hermoso del mundo.

FIN

Los dos sabios

Ilustración: DeepBlueNine

En una montañosa comarca, entre todos los que allí habitaban, gozaba de gran fama y de prudente y parca sabiduría un enorme asno, ya bastante entrado en años, cuya conducta intachable era adornada con la rara virtud del silencio. Esto, además de hacerlo simpático, lo distinguía de los demás miembros de su familia, cuyo áspero rebuzno jamás pudo alcanzar ni un modesto accésit en las academias de canto.

Por esta discreción innata fue que un día, durante una asoladora gripe que azotó la región, los animales resolvieron pedir al reputado cuadrúpedo su consejo salvador y decisivo y, de este modo, poner remedio al común mal que los afligía.

Los recibió el docto asno con aire sonriente y bondadoso en el cual se transparentaba su acendrada modestia, y les dijo después de escucharlos con atención:

—Amigos…, el caso tiene…, como es natural…, una solución… pero me la reservo… Sería mejor que consultaran ustedes con el sabio Doctor Humano… Yo mismo los acompañaré a su consulta…

La asamblea de afligidos animales en pleno, encabezada por el sabio asno, se encaminó hacia la residencia semicampestre del afamado médico, ante cuyo saber se inclinaba, reverente y sumiso, todo el país (¡y parte del extranjero!).

Paciente y magnánimo, el docto galeno escuchó las cuitas de aquellos pobres bichos enfermos y, entonces, con cariñoso desdén, les aconsejó:

—El caso, queridos animalitos míos, no entra dentro de mi jurisdicción. Es de carácter tan local y tan propio de vuestra pequeña comarca, que sería preferible que pidierais la opinión de algún nativo de ella. ¿No habéis consultado allí con alguien?

—Sí; hemos pedido el parecer de nuestro convecino más preeminente, el asno, aquí presente, pero él…

—Bien… —rebuznó el aludido. Y bajó la cabeza como ruborizado.

—Y… bien… —añadió el sabio doctor.

—Y bien —los interrumpió un zorro viejo, con mal disimulada ironía—, es mejor volvernos a nuestro valle y curarnos con nuestros propios medios…

Porque aquí, amigos, a lo que discurro,

y sin querer a nadie hacer agravio,

el burro con callar quiere ser sabio,

y el sabio por no errar imita al burro.

FIN

Caso Gaspar

Ilustración Áyax Barnes

Aburrido de recorrer la ciudad con su valija a cuestas para vender —por lo menos— doce manteles diarios, harto de gastar suelas, cansado de usar los pies, Gaspar decidió caminar sobre las manos. Desde ese momento, todos los feriados del mes se los pasó encerrado en el altillo de su casa, practicando posturas frente al espejo. Al principio, le costó bastante esfuerzo mantenerse en equilibrio con las piernas para arriba, pero al cabo de reiteradas pruebas, el buen muchacho logró marchar del revés con asombrosa habilidad. Una vez conseguido esto, dedicó todo su empeño para desplazarse sosteniendo la valija con cualquiera de sus pies descalzos. Pronto pudo hacerlo y su destreza lo alentó.

—¡Desde hoy, basta de zapatos! ¡Saldré a vender mis manteles caminando sobre las manos! —exclamó Gaspar una mañana, mientras desayunaba. Y —dicho y hecho— se dispuso a iniciar esa jornada de trabajo andando sobre las manos.

Su vecina barría la vereda cuando lo vio salir. Gaspar la saludó al pasar, quitándose caballerosamente la galera:

—Buenos días, doña Ramona. ¿Qué tal los canarios?

Pero como la señora permaneció boquiabierta, el muchacho volvió a colocarse la galera y dobló la esquina. Para no fatigarse, colgaba un rato de su pie izquierdo y otro del derecho la valija con los manteles, mientras hacía complicadas contorsiones a fin de alcanzar los timbres de las casas sin ponerse de pie.

Lamentablemente, a pesar de su entusiasmo, esa mañana no vendió ni siquiera un mantel. ¡Ninguna persona confiaba en ese vendedor domiciliario que se presentaba caminando sobre las manos!

—Me rechazan porque soy el primero que se atreve a cambiar la costumbre de marchar sobre las piernas… Si supieran qué distinto se ve el mundo de esta manera, me imitarían…Paciencia… Ya impondré la moda de caminar sobre las manos… —pensó Gaspar, y se aprestó a cruzar una amplia avenida.

Nunca lo hubiera hecho: ya era el mediodía… los autos circulaban casi pegados unos contra otros. Cientos de personas transitaban apuradas de aquí para allá.

—¡Cuidado! ¡Un loco suelto! —gritaron a coro al ver a Gaspar. El muchacho las escuchó divertido y siguió atravesando la avenida sobre sus manos, lo más campante.

—¿Loco yo? Bah, opiniones…

Pero la gente se aglomeró de inmediato a su alrededor y los vehículos lo aturdieron con sus bocinazos, tratando de deshacer el atascamiento que había provocado con su singular manera de caminar. En un instante, tres vigilantes lo rodearon.

—Está detenido —aseguró uno de ellos, tomándolo de las rodillas, mientras los otros dos se comunicaban por radioteléfono con el Departamento Central de Policía. ¡Pobre Gaspar! Un camión celular lo condujo a la comisaría más próxima, y allí fue interrogado por innumerables policías:

—¿Por qué camina con las manos? ¡Es muy sospechoso! ¿Qué oculta en esos guantes? ¡Confiese! ¡Hable!

Ese día, los ladrones de la ciudad asaltaron los bancos con absoluta tranquilidad: toda la policía estaba ocupadísima con el «Caso Gaspar—sujeto sospechoso que marcha sobre las manos».

A pesar de que no sabía qué hacer para salir de esa difícil situación, el muchacho mantenía la calma y —¡sorprendente!— continuaba haciendo equilibrio sobre sus manos ante la furiosa mirada de tantos vigilantes. Finalmente se le ocurrió preguntar:

—¿Está prohibido caminar sobre las manos?

El jefe de policía tragó saliva y le repitió la pregunta al comisario número 1, el comisario número 1 se la transmitió al número 2, el número 2 al número 3, el número 3 al número 4… En un momento, todo el Departamento Central de Policía se preguntaba: ¿ESTÁ PROHIBIDO CAMINAR SOBRE LAS MANOS? Y por más que buscaron en pilas de libros durante varias horas, esa prohibición no apareció. No, señor. ¡No existía ninguna ley que prohibiera marchar sobre las manos ni tampoco otra que obligara a usar exclusivamente los pies!

Así fue como Gaspar recobró la libertad de hacer lo que se le antojara, siempre que no molestara a los demás con su conducta. Radiante, volvió a salir a la calle andando sobre las manos. Y por la calle debe encontrarse en este momento, con sus guantes, su galera y su valija, ofreciendo manteles a domicilio… ¡Y caminando sobre las manos!

FIN

¿De quién es este huevo?

Ilustración: stokrotas

—Uno…, dos …, tres …, cuatro …, cinco …, seis… —contó mamá gallina con alegría—. He contado cuidadosamente todos los huevos. Hay seis en total. Pero ¿por qué este es tan grande? Estos cinco huevos parecen iguales, está claro que son míos, ¡Son tan perfectos! Pero ¿por qué este es tan grande? ¡No creo que sea mío!

Después, la gallina se preguntó: «Si este no es mi huevo, entonces ¿de quién podrá ser? Creo que debo averiguar quién es su verdadera madre». A continuación, puso todos los huevos en una cesta se la colgó del ala derecha con mucho cuidado y salió de su gallinero.

A la primera que encontró fue a la gata. La gallina la saludó amablemente:

—Buenos días, señora gata, en mi nido he encontrado un huevo muy diferente, inusual. Demasiado grande para que sea mío. Es más, ¡estoy segura de que no es mío! ¿Puedes echarle un vistazo y comprobar si es tuyo?

La señora gata maulló suavemente:

—Estimada señora gallina, los gatos criamos a nuestros hijos con mucho amor, como tú, pero no ponemos huevos. Las gatas damos a luz a los gatitos. Y ahora discúlpame, mis gatitos ya deben estar llorando de hambre. Los tengo que alimentar con mi leche. Te veo luego, adiós.

Doña gallina siguió adelante. Después de un rato, se topó con la perrita que guardaba la granja. La señora gallina le preguntó:

—Doña perrita, hay un huevo inusual junto a mis huevos. Estoy buscando a la madre de ese huevo raro, ¿podría ser tuyo? Míralo, aquí lo traigo.

—¿Cómo? ¿Mi huevo? ¡No, no! ¡Yo no pongo huevos! Los perros no ponemos huevos. Damos a luz a nuestros cachorros y les damos de comer de nuestra leche. Si el huevo no es tuyo, mío tampoco es. Será mejor que vayas y preguntes a otro animal de la granja —gruñó la señora perrita de mala gana.

—Siento mucho haberte molestado —dijo la gallina en voz baja. Y se alejó a paso rápido.

La señora gallina anduvo y anduvo y llegó al otro extremo de la granja. Allí vio a una cerdita muy gorda acostada sobre un gran charco, justo al borde del camino. Se acercó a ella y le habló así:

—Hola, señora cerdita, querría hacerte una pregunta. Resulta que encontré un huevo diferente entre los míos y quiero devolvérselo a su madre. ¿Podrías mirarlo para comprobar si es tuyo?

La señora cerdita ni siquiera se molestó en mirarlo y tampoco respondió.

La señora gallina insistió:

—Señora cerdita, por favor, hazme caso, mira este huevo y dime si es tuyo.

Esta vez, la cerdita contestó airadamente:

—¡Tú debes de ser tonta! ¿Acaso no sabes que mis lechones, no salieron de un huevo? ¡Yo les di a luz y los alimento con mi leche! Y ahora, ¿dejarás ya de molestarme? —Y volvió a remojarse en el charco.

La señora gallina, desanimada, caminó un poco más y, no muy lejos, se encontró con una vaca que pastaba plácidamente en la pradera. Se dirigió a ella con estas palabras:

—Señora vaca, he encontrado este huevo tan grande que alguien dejó en mi nido y quisiera devolvérselo a su madre. ¿Serías tan amable de comprobar si es tuyo?

Doña vaca observó detenidamente el huevo y luego mugió con calma:

—No es mío señora gallina, las vacas damos a luz a nuestros terneros, no ponemos huevos. Alimentamos a nuestros terneros con leche. Entre los animales que viven en la tierra y tienen cuatro patas sé que los lagartos ponen huevos; tal vez el huevo sea de doña lagarta. Si sigues este camino, la encontrarás tomando el sol sobre una piedra.

Dicho esto, la vaca siguió rumiando y doña gallina reemprendió su camino. De pronto alzó la vista y, muy contenta, descubrió a doña lagarta tomando el sol sobre una piedra y le preguntó:

—Doña lagarta, si no te importa, ¿puedo preguntarte una cosa?

—¿Qué puedo hacer por ti? —preguntó la lagarta.

—Mira estos huevos. Estos cinco son míos, pero este grande no lo es. ¿Por casualidad no será tuyo? ¿No tendrás que darle leche para que rompa el cascarón?

La señora lagarta miró los huevos e inmediatamente respondió:

—Señora gallina, aunque pongo huevos yo no alimento con leche a mis bebés. Y, de todas formas, este huevo no es mío. Los que pongo yo son más pequeños.

—Si no es tuyo, ¿no sabrías de quién puede ser?

—Ni idea. Y ahora, si me disculpas, debo marcharme; parece que está a punto de llover y he de buscar un agujero para cobijarme.

—Gracias por escucharme, doña lagarta. ¡Qué le vaya muy bien!

La señora gallina siguió su camino hasta que dio con una familia de cabras. Las cabritas estaban mamando la leche de mamá cabra y la señora gallina se dirigió a ella:

—Buenos días señora cabra, esta mañana, cuando conté mis huevos, vi que había uno más grande que los demás y comprendí que no era mío, así que desde entonces estoy tratando de averiguar quién es su madre. Ya sé que no es tuyo, porque veo que das de mamar a tus hijitos, así que no debes poner huevos. Pero ¿podrías decirme si sabes de quién es?

La señora cabra miró el huevo, cerró los ojos y reflexionó durante un rato:

—No estoy segura de que este huevo pertenezca a un animal de cuatro patas. Los cocodrilos ponen huevos, pero aquí no hay cocodrilos. Las tortugas también ponen huevos, pero tampoco hay tortugas por aquí. Creo que para descubrir de quién es este huevo, deberías preguntar a las aves.

—Muchas gracias. Seguiré tu consejo.

No muy lejos de allí, la señora gallina se encontró a doña pata. Antes de que la señora gallina tuviera tiempo de abrir el pico, la pata graznó nerviosa y le preguntó a dónde se dirigía.

Doña gallina respondió:

—Hace horas que estoy dando vueltas por la granja intentando buscar a la madre de este huevo. He preguntado a todos los animales de la granja, pero todos me han respondido que dan a luz a sus hijos y los alimentan con leche; no ponen huevos. La señora cabra me sugirió que preguntara a las aves.

—¡Déjame ver ese huevo! —dijo nerviosa la señora pata.

La señora gallina dejó la cesta en el suelo y dijo:

—Es este; es demasiado grande. Alguien debe haberlo dejado en mi nido, por eso estoy dando vueltas para descubrir a quién pertenece. ¡Estoy tan cansada!

—Con tu permiso, veré si es el mío…. ¡Soy tan despistada! ¡No recuerdo dónde dejé mi huevo esta mañana! ¡Llevo todo el día buscándolo!

Doña pata estiró el cuello para mirar dentro de la cesta y, justo entonces, el gran huevo comenzó a eclosionar y asomó un pequeño patito.

Doña gallina miró al patito y dijo emocionada:

—¡Se parece mucho a ti!

Apenas había terminado de decir eso, cuando los otros huevos también comenzaron a eclosionar y de dentro salieron los pollitos.

Tanto la señora gallina como la señora pata estaban contentas. Se felicitaron mutuamente y observaron con alegría como el patito y los pollitos correteaban por todas partes para encontrar comida.

FIN

Las medias de los flamencos

Ilustración:: marijeberting

Cierta vez las víboras dieron un gran baile. Invitaron a las ranas y a los sapos, a los flamencos, y a los yacarés y a los pescados. Los pescados, como no caminan, no pudieron bailar; pero siendo el baile a la orilla del río los pescados estaban asomados a la arena, y aplaudían con la cola.

Los yacarés, para adornarse bien, se habían puesto en el pescuezo un collar de bananas, y fumaban cigarros paraguayos. Los sapos se habían pegado escamas de pescado en todo el cuerpo, y caminaban meneándose, como si nadaran. Y cada vez que pasaban muy serios por la orilla del río, los pescados les gritaban haciéndoles burla.

Las ranas se habían perfumado todo el cuerpo, y caminaban en dos pies. Además, cada una llevaba colgada, como un farolito, una luciérnaga que se balanceaba.

Pero las que estaban hermosísimas eran las víboras. Todas, sin excepción, estaban vestidas con traje de bailarina, del mismo color de cada víbora. Las víboras coloradas llevaban una pollerita de tul colorado; las verdes, una de tul verde; las amarillas, otra de tul amarillo; y las yararás, una pollerita de tul gris pintada con rayas de polvo de ladrillo y ceniza, porque así es el color de las yararás.

Y las más espléndidas de todas eran las víboras de coral, que estaban vestidas con larguísimas gasas rojas, blancas y negras, y bailaban como serpentinas. Cuando las víboras danzaban y daban vueltas apoyadas en la punta de la cola, todos los invitados aplaudían como locos.

Solo los flamencos, que entonces tenían las patas blancas, y tienen ahora como antes la nariz muy gruesa y torcida, solo los flamencos estaban tristes, porque como tienen muy poca inteligencia no habían sabido cómo adornarse. Envidiaban el traje de todos, y sobre todo el de las víboras de coral. Cada vez que una víbora pasaba por delante de ellos, coqueteando y haciendo ondular las gasas de serpentinas, los flamencos se morían de envidia.

Un flamenco dijo entonces:

—Yo sé lo que vamos a hacer. Vamos a ponernos medias coloradas, blancas y negras, y las víboras de coral se van a enamorar de nosotros.

Y levantando todos juntos el vuelo, cruzaron el río y fueron a golpear en un almacén del pueblo.

—¡Tan-tan! —Pegaron con las patas.

—¿Quién es? —respondió el almacenero.

—Somos los flamencos. ¿Tienes medias coloradas, blancas y negras?

—No, no hay —contestó el almacenero—. ¿Están locos? En ninguna parte van a encontrar medias así.

Los flamencos fueron entonces a otro almacén.

—¡Tan-tan! ¿Tienes medias coloradas, blancas y negras?

El almacenero contestó:

—¿Cómo dice? ¿Coloradas, blancas y negras? No hay medias así en ninguna parte. Ustedes están locos. ¿Quiénes son?

—Somos los flamencos —respondieron ellos.

Y el hombre dijo:

—Entonces son con seguridad flamencos locos.

Fueron a otro almacén.

—¡Tan-tan! ¿Tienes medias coloradas, blancas y negras?

El almacenero gritó:

—¿De qué color? ¿Coloradas, blancas y negras? Solamente a pájaros narigudos como ustedes se les ocurre pedir medias así. ¡Váyanse enseguida!

Y el hombre los echó con la escoba.

Los flamencos recorrieron así todos los almacenes, y de todas partes los echaban por locos. Entonces un tatú, que había ido a tomar agua al río, se quiso burlar de los flamencos y les dijo, haciéndoles un gran saludo:

—-¡Buenas noches, señores flamencos! Yo sé lo que ustedes buscan. No van a encontrar medias así en ningún almacén. Tal vez haya en Buenos Aires, pero tendrán que pedirlas por encomienda postal. Mi cuñada, la lechuza, tiene medias así. Pídanselas, y ella les va a dar las medias coloradas, blancas y negras.

Los flamencos le dieron las gracias, y se fueron volando a la cueva de la lechuza. Y le dijeron:

—¡Buenas noches, lechuza! Venimos a pedirte las medias coloradas, blancas y negras. Hoy es el gran baile de las víboras, y si nos ponemos esas medias, las víboras de coral se van a enamorar de nosotros.

—¡Con mucho gusto! —respondió la lechuza—. Esperen un segundo, y vuelvo enseguida.

Y echando a volar, dejó solos a los flamencos; y al rato volvió con las medias. Pero no eran medias, sino cueros de víboras de coral, lindísimos cueros recién sacados a las víboras que la lechuza había cazado.

—Aquí están las medias —les dijo la lechuza—. No se preocupen de nada, sino de una sola cosa: bailen toda la noche, bailen sin parar un momento, bailen de costado, de pico, de cabeza, como ustedes quieran; pero no paren un momento, porque en vez de bailar van entonces a llorar.

Pero los flamencos, como son tan tontos, no comprendían bien qué gran peligro había para ellos en eso, y locos de alegría se pusieron los cueros de las víboras de coral, como medias, metiendo las patas dentro de los cueros, que eran como tubos. Y muy contentos se fueron volando al baile.

Cuando vieron a los flamencos con sus hermosísimas medias, todos les tuvieron envidia. Las víboras querían bailar con ellos, únicamente, y como los flamencos no dejaban un instante de mover las patas, las víboras no podían ver bien de qué estaban hechas aquellas preciosas medias.

Pero poco a poco, sin embargo, las víboras comenzaron a desconfiar. Cuando los flamencos pasaban bailando al lado de ellas se agachaban hasta el suelo para ver bien.

Las víboras de coral, sobre todo, estaban muy inquietas. No apartaban la vista de las medias, y se agachaban también tratando de tocar con la lengua las patas de los flamencos, porque la lengua de las víboras es como la mano de las personas. Pero los flamencos bailaban y bailaban sin cesar, aunque estaban cansadísimos y ya no podían más.

Las víboras de coral, que conocieron esto, pidieron enseguida a las ranas sus farolitos, que eran bichitos de luz, y esperaron todas juntas a que los flamencos se cayeran de cansados.

Efectivamente, un minuto después, un flamenco, que ya no podía más, tropezó con el cigarro de un yacaré, se tambaleó y cayó de costado. Enseguida las víboras de coral corrieron con sus farolitos, y alumbraron bien las patas del flamenco. Y vieron qué eran aquellas medias, y lanzaron un silbido que se oyó desde la otra orilla del Paraná.

—¡No son medias! —gritaron las víboras—. ¡Sabemos lo que es! ¡Nos han engañado! ¡Los flamencos han matado a nuestras hermanas y se han puesto sus cueros como medias! ¡Las medias que tienen son de víboras de coral!

Al oír esto, los flamencos, llenos de miedo porque estaban descubiertos, quisieron volar; pero estaban tan cansados que no pudieron levantar una sola pata. Entonces las víboras de coral se lanzaron sobre ellos, y enroscándose en sus patas les deshicieron a mordiscos las medias. Les arrancaron las medias a pedazos, enfurecidas, y les mordían también las patas, para que murieran.

Los flamencos, locos de dolor, saltaban de un lado para otro, sin que las víboras de coral se desenroscaran de sus patas. Hasta que al fin, viendo que ya no quedaba un solo pedazo de media, las víboras los dejaron libres, cansadas y arreglándose las gasas de sus trajes de baile.

Además, las víboras de coral estaban seguras de que los flamencos iban a morir, porque la mitad, por lo menos, de las víboras de coral que los habían mordido eran venenosas.

Pero los flamencos no murieron. Corrieron a echarse al agua, sintiendo un grandísimo dolor. Gritaban de dolor, y sus patas, que eran blancas, estaban entonces coloradas por el veneno de las víboras. Pasaron días y días y siempre sentían terrible ardor en las patas, y las tenían siempre de color de sangre, porque estaban envenenadas.

Hace de esto muchísimo tiempo. Y ahora todavía están los flamencos casi todo el día con sus patas coloradas metidas en el agua, tratando de calmar el ardor que sienten en ellas.

A veces se apartan de la orilla, y dan unos pasos por tierra, para ver cómo se hallan. Pero los dolores del veneno vuelven enseguida, y corren a meterse en el agua. A veces el ardor que sienten es tan grande, que encogen una pata y quedan así horas enteras, porque no pueden estirarla.

Esta es la historia de los flamencos, que antes tenían las patas blancas y ahora las tienen coloradas. Todos los pescados saben por qué es, y se burlan de ellos. Pero los flamencos, mientras se curan en el agua, no pierden ocasión de vengarse, comiendo a cuanto pescadito se acerca demasiado a burlarse de ellos.

FIN

Un elefante ocupa mucho espacio

Ilustración: Euchariss

Que un elefante ocupa mucho espacio lo sabemos todos. Pero que Víctor, un elefante de circo, se decidió una vez a pensar «en elefante», esto es, a tener una idea tan enorme como su cuerpo… ¡ah!… eso algunos no lo saben, y por eso se lo cuento:

Verano. Los domadores dormían en sus carromatos, alineados a un costado de la gran carpa. Los animales velaban desconcertados. No era para menos: cinco minutos antes, el loro había volado de jaula en jaula comunicándoles la inquietante noticia. El elefante había declarado huelga general y proponía que ninguno actuara en la función del día siguiente.

—¿Te has vuelto loco, Víctor? —le preguntó el león, asomando el hocico por entre los barrotes de su jaula—. ¿Cómo te atreves a ordenar algo semejante sin haberme consultado? ¡El rey de los animales soy yo!

La risita del elefante se desparramó como papel picado en la oscuridad de la noche:

—¡Ja! El rey de los animales es el hombre, compañero. Y sobre todo aquí, tan lejos de nuestras selvas…

—¿De qué te quejas, Víctor? —interrumpió un osito, gritando desde su encierro— ¿No son acaso los hombres los que nos dan techo y comida?

—Tú has nacido bajo la lona del circo… —le contestó Víctor dulcemente— La esposa del criador te crio con mamadera… Solamente conoces el país de los hombres y no puedes entender, aún, la alegría de la libertad…

—¿Se puede saber para qué hacemos huelga? —gruñó la foca, coleteando nerviosa de aquí para allá.

—¡Al fin una buena pregunta! —exclamó Víctor, entusiasmado, y ahí nomás les explicó a sus compañeros que ellos eran presos… que trabajaban para que el dueño del circo se llenara los bolsillos de dinero… que eran obligados a ejecutar ridículas pruebas para divertir a la gente… que se los forzaba a imitar a los hombres… que no debían soportar más humillaciones y que patatín y que patatán. (Y que patatín fue el consejo de hacer entender a los hombres que los animales querían volver a ser libres… Y que patatán fue la orden de huelga general…).

—¡Bah! Pamplinas… —se burló el león— ¿Cómo piensas comunicarte con los hombres? ¿Acaso alguno de nosotros habla su idioma?

—Sí —aseguró Víctor—. El loro será nuestro intérprete —Y enroscando la trompa en los barrotes de su jaula, los dobló sin dificultad y salió afuera.

Enseguida, abrió una tras otra las jaulas de sus compañeros. Al rato, todos retozaban en los carromatos. ¡Hasta el león!

Los primeros rayos de sol picaban como abejas zumbadoras sobre las pieles de los animales cuando el dueño del circo se desperezó ante la ventana de su casa rodante. El calor parecía cortar el aire en infinidad de líneas anaranjadas… (los animales nunca supieron si fue por eso que el dueño del circo pidió socorro y después se desmayó, apenas pisó el césped…).

De inmediato, los domadores aparecieron en su auxilio:

—¡Los animales están sueltos! —gritaron a coro, antes de correr en busca de sus látigos.

—¡Pues ahora los usarán para espantarnos las moscas! —les comunicó el loro no bien los domadores los rodearon, dispuestos a encerrarlos nuevamente—. ¡Ya no vamos a trabajar en el circo! ¡Huelga general, decretada por nuestro delegado, el elefante!

—¿Qué disparate es este? ¡A las jaulas!

Y los látigos silbadores ondularon amenazadoramente.

—¡Ustedes a las jaulas! —gruñeron los orangutanes. Y allí mismo se lanzaron sobre ellos y los encerraron. Pataleando furioso, el dueño del circo fue el que más resistencia opuso. Por fin, también él miraba correr el tiempo detrás de los barrotes.

La gente que esa tarde se aglomeró delante de las boleterías las encontró cerradas por grandes carteles que anunciaban:

CIRCO TOMADO POR LOS TRABAJADORES. HUELGA GENERAL DE ANIMALES.

Entretanto, Víctor y sus compañeros trataban de adiestrar a los hombres:

—¡Caminen en cuatro patas y luego salten a través de estos aros de fuego! —¡Mantengan el equilibrio apoyados sobre sus cabezas!

—¡No usen las manos para comer!

—¡Rebuznen!

—¡Maúllen!

—¡Ladren!

—¡Rujan!

—¡BASTA, POR FAVOR, BASTA! —gimió el dueño del circo al concluir su vuelta número doscientos alrededor de la carpa, caminando sobre las manos—. ¡Nos damos por vencidos! ¿Qué quieren?

El loro carraspeó, tosió, tomó unos sorbitos de agua y pronunció entonces el discurso que le había enseñado el elefante:

—Con que esto no, y eso tampoco, y aquello nunca más, y no es justo, y que patatín y que patatán… porque… o nos envían de regreso a nuestras selvas… o inauguramos el primer circo de hombres animalizados, para diversión de todos los gatos y perros del vecindario. He dicho.

Las cámaras de televisión transmitieron un espectáculo insólito aquel fin de semana: en el aeropuerto, cada uno portando su correspondiente pasaje en los dientes (o sujeto en el pico en el caso del loro), todos los animales se ubicaron en orden frente a la puerta de embarque con destino al África.

Claro que el dueño del circo tuvo que contratar dos aviones: en uno viajaron los tigres, el león, los orangutanes, la foca, el osito y el loro. El otro fue totalmente utilizado por Víctor… porque todos sabemos que un elefante ocupa mucho, mucho espacio…

FIN

Bicho raro

Ilustración: Paola Garmo

El bicho raro apareció un día como otros días, en la plaza de la vuelta de la ciudad importante justo a la hora en que Anastasio, como siempre, rastrillaba el arenero. El bicho raro miraba con sus ojos rosados desde abajo de una hamaca.

Era verdaderamente raro, sin chiste. Tenía una gran cabezota llena de rulos y bigotes muy lacios. Tenía un cuerpo gordo de vaca. Tenía ojos rosados. Tenía una cola ridícula, dientes absurdos, hocico inverosímil.

Anastasio se lo quedó mirando, con el rastrillo en la mano. Y el bicho raro también miró a Anastasio.

Al poco rato empezó a correrse la noticia, por supuesto. Un bicho raro no puede pasar desapercibido en una ciudad importante. A la plaza de la vuelta llegaron los biólogos y los vigilantes; los locutores de televisión y los veterinarios; los curanderos y los astrólogos.

Pero llegó, más que nadie, el intendente; el único intendente de la ciudad importante, que de inmediato mandó desalojar la plaza. Y mandó muchísimo más: no por nada era intendente. Mandó, por ejemplo, que trajesen una jaula, una gran jaula de aluminio que brillaba como una estrella. Tanto brillaba que nadie se explicaba cómo podía ser que el bicho raro no quisiera entrar en ella.

Enroscado, debajo del tobogán, espiaba con sus ojos rosados, y miraba cómo Anastasio volvía a rastrillar la arena para quitarle los papeles, las cajitas y las latas de todos los visitantes.

Lo cierto es que para meter al bicho raro en la jaula hubo que usar correas rojas y cadenas redondas con los eslabones de bronce.

Después subieron la jaula a una camioneta, y la pasearon en triunfo por la ciudad; ida y vuelta por la gran avenida, por la calle de los generales y por la calle del cine.

Todos se agolpaban para mirar a bicho raro; para tirarle, si podían, de las orejas. Nadie, en cambio, le miraba a los ojos.

Y en la ciudad importante es fácil acostumbrarse a todo, hasta a un bicho raro. Por eso, el bicho raro, al rato, ya no fue tan raro: «No es nada más que un bicho». Y después, «un bicho molesto».

Poco a poco, bicho raro dejó de mirar pasar las cosas con sus ojos rosados. Y se acurrucó contra los barrotes, porque la jaula brillante no tenía rincones.

Entonces, volvió el único intendente. Y volvieron los biólogos, los vigilantes, los locutores y los veterinarios.

—¡Está intoxicado! —dijo el veterinario.

—¡Está descompuesto! —dijo el biólogo.

—¡Está engualichado! —dijo el curandero.

Y todos estuvieron de acuerdo en que el bicho raro no tenía remedio.

—¡Que lo lleven, que lo lleven de vuelta a la plaza! —ordenó el intendente.

Y dio por terminado el cuento.

Pero a pesar del intendente, el cuento no terminó ahí. Porque en la plaza de la vuelta estaba Anastasio, como siempre, rastrillando arena.

«Bicho raro… bicho feo… ¡Pobre bicho!», se dijo Anastasio cuando lo vio acurrucado, como el primer día, debajo de una hamaca.

Y como era el mediodía, se sentó a desenvolver con cuidado el paquete del almuerzo. Cuando estaba por morder una puntita de pan pensó… «¡Pobre bicho! En una de esas tiene hambre»

Anastasio se acercó despacito hasta la hamaca. Y despacito también, tendió su mano grande con un sanguche de queso y matambre en la punta.

El bicho raro se levantó sobre sus piecitos de cinco dedos, husmeó la mano de Anastasio con su hocico inverosímil, movió alegremente su cola ridícula y clavó sus dientes absurdos en el sanguche tierno.

«¡Pobre bicho! Tenía hambre».

Ese día, y muchos otros, Anastasio y el bicho raro compartieron el almuerzo debajo de un paraíso.

FIN

Pedro y el lobo

Ilustración: cosmococo

Una mañana temprano, Pedro abrió la puerta del jardín y salió a la verde pradera que se extendía frente a su casa.

Sobre la rama más alta de un alto árbol, se encontró con un pájaro, que cantaba alegre, dando brincos de un lado a otro.

—Buenos días, Pedro —le dijo el pájaro—. ¡Qué mañana tan tranquila!

Y, en efecto, era tranquila. No soplaba ni la más ligera ráfaga de aire que inclinara la hierba o hiciera bailar las hojas de los árboles.

Apareció, entonces, el pato que vivía en la parte trasera de la casa de Pedro, en el jardín, y que aprovechó que el chico se había dejado la puerta abierta, para acercarse contoneándose a darse un chapuzón en el estanque que había en medio de la pradera.

Al verlo, el pájaro se posó junto a la charca y preguntó al pato:

—¡Pío! ¿Qué clase de pájaro eres que no sabes volar?

A lo que el Pato respondió:

—¡Cuac! ¿Y qué clase de pájaro eres tú que no sabes nadar? —Y después sumergió su cabeza en el agua.

Así estuvieron un buen rato discutiendo.

De pronto, algo llamó la atención de Pedro: su gato se acercaba sigiloso relamiéndose los bigotes mientras pensaba: «Mientras están entretenidos, lo atraparé».

—¡Cuidado! —previno Pedro al pájaro.

Con un rápido aleteo, el pájaro voló a la rama del árbol. Y desde el centro del estanque, el pato, indignado, graznaba y graznaba.

El gato, hambriento, empezó a dar vueltas alrededor del árbol, vigilando al pobre pájaro.

Justo en aquel momento de tanta tensión, apareció el abuelo de Pedro. Estaba muy enfadado porque su nieto, había salido solo al prado.

—Pedro, este lugar es peligroso, puede salir algún lobo del bosque y tú eres demasiado pequeño para andar solo.

—¡Yo ya soy mayor y no tengo miedo de los lobos! Además, me gusta correr por los prados —respondió Pedro.

Pero el abuelo tomó a Pedro de la mano y lo condujo a casa. Luego cerró la verja con llave.

En ese preciso instante, un enorme lobo gris salió del bosque.

Como un relámpago, el gato trepó al árbol en el que estaba el pájaro y el pato, desorientado, aleteó fuera del estanque mientras graznaba desesperado. A pesar de todos los esfuerzos que hacía por escapar, el lobo corría más deprisa y cada vez se acercaba más y más al indefenso pato hasta que, al fin, lo alcanzó y se lo tragó de un bocado.

Tras la puerta del jardín, Pedro observaba atento lo que estaba sucediendo y se le ocurrió una idea. Entró en casa, y buscó una cuerda gruesa, luego trepó al muro que rodeaba el jardín y que llegaba a las ramas más altas del árbol y le dijo al pajarito:

—Ayúdame a atrapar al lobo. Vuela sobre su cabeza para distraerlo. Pero ten cuidado, ¡que no te alcance!

El pájaro volaba con gran agilidad, casi rozaba la cabeza del lobo y luego se elevaba en el aire y mientras, el lobo intentaba devorarlo sin éxito. Entretanto, Pedro hizo un nudo en la cuerda, la cual fue dejando caer lentamente hasta que consiguió enganchar la cola del lobo y, entonces, tiró de ella con todas sus fuerzas. El lobo, al sentirse atrapado, estiraba con fuerza, pero con sus bruscos tirones, lo único que conseguía era apretar cada vez más el nudo que lo sujetaba.

Mientras esto ocurría, unos cazadores, que iban tras las huellas del lobo, salieron del bosque disparando sus escopetas. Pedro les gritó:

—¡No disparéis! ¡El pájaro y yo hemos atrapado al lobo! Ayudadnos a llevarlo al zoológico.

Entre todos, desataron al lobo del árbol e iniciaron una triunfal caravana. Pedro, feliz, iba en cabeza; tras él, los cazadores, que llevaban al lobo y cerrando el desfile, el abuelo y el gato. Sobre sus cabezas, el pájaro revoloteaba y piaba con gran alegría. Y, si prestáis atención, podréis oír al pato graznando en la barriga del lobo, porque el muy glotón ¡se lo había tragado entero!

FIN

El hueso de la ciruela

Ilustración: Alexei Pakhomov

Una madre compró ciruelas para darlas de postre a sus hijos. Las ciruelas estaban en un plato. Vania no había comido nunca ciruelas y no hacía más que olerlas. Le gustaron mucho. Y sintió deseos de probarlas. Todo el tiempo andaba rondando las ciruelas. Y, cuando se quedó solo en la habitación, no pudo contenerse, tomó una ciruela y se la comió. Antes del almuerzo, la madre contó las ciruelas y vio que faltaba una. Se lo dijo al padre.

Durante el almuerzo, el padre preguntó:

—Decidme, hijitos, ¿no se ha comido ninguno de vosotros una ciruela?

Todos dijeron:

—No.

Vania se puso rojo como la grana y dijo también:

—Yo no me la he comido.

Entonces, el padre dijo:

—Uno de vosotros se la ha comido, y eso no está bien. Pero no es lo peor. Lo peor es que las ciruelas tienen huesos, y si alguien no sabe comerlas y se traga uno, se muere al día, siguiente. Eso es lo que temo.

Vania se puso pálido y dijo:

—El hueso lo arrojé por la ventana.

Todos se echaron a reír, pero Vania estalló en sollozos.

FIN