Cuento contemporáneo

El pueblo que no quería ser gris

Ilustración: Leonid Afrémov

Había una vez un rey grande, en un país chiquito. En el país chiquito vivían hombres, mujeres y niños. Pero el rey nunca hablaba con ellos, solamente les ordenaba. Y como no hablaba con ellos, no sabía lo que querían; y si por casualidad lo sabía, no le interesaba.

El rey grande del país chiquito ordenaba, solamente ordenaba: ordenaba esto, aquello y lo de más allá, que hablaran o que no hablaran, que hicieran así o que hicieran asá.

Tantas órdenes dio, que un día no tuvo más cosas para ordenar.

Entonces se encerró en su castillo y pensó, hasta que se decidió: «Ordenare que todos pinten sus casas de gris».

Y todos pintaron sus casas de gris.

Todos menos uno; uno que estaba sentado mirando el cielo y vio pasar una paloma roja, azul y blanca.

—¡Oh, qué linda! —dijo maravillado— ¡Pintaré mi casa de rojo, azul y blanco!

Y la pintó nomás.

Cuando el rey miró desde su torre y vio entre las casas grises una roja, azul y blanca, se cayó de espaldas una vez, pero enseguida se levantó y ordenó a sus guardias:

—¡Traigan inmediatamente a uno que pintó su casa de rojo, azul y blanco!

Los guardias aprontaron sus ojos para verlo todo, sus orejas para oír y se marcharon.

Pero mientras llegaban a la casa de «uno», otro que viva en la casa vecina dijo:

—Qué linda casa; yo también pintaré la mía así.

Y la pintó nomás.

Entonces cuando los guardias llegaron, no supieron cuál era la casa de uno y cuál la casa de otro, así que regresaron al castillo y hablaron con el rey.

—¡No puede ser! —dijo el rey, y miró desde la torre. Al ver lo que vio, se cayó de espaldas dos veces, pero enseguida se levantó. Y ordenó a sus guardias—: ¡Me traen a uno y a otro, ¡inmediatamente!

Pero ya un tercero había visto las dos casas de rojo, azul y blanco y en un instante pintó la suya.

Los guardias no tuvieron más remedio que regresar y preguntarle al rey:

—¿Qué hacemos, traemos a uno, a otro y a otro?

Entonces el rey se cayó de espaldas tres veces, y los guardias tuvieron que ayudarlo a levantarse.

—¡Traen a los tres! —dijo en cuanto estuvo levantado.

Pero cuando los guardias bajaron, no había tres casas pintadas, había 333.333.

—Bueno —dijeron los guardias cuando terminaron de contarlas—, se lo diremos al rey.

Y el rey se cayó de espaldas una vez, dos, cuatro, ocho, dieciséis, treinta y dos, sesenta y cuatro y ciento veintiocho veces.

Mientras se caía y lo levantaban, el rey ordenaba.

—¡Que me traigan todo lo que sea rojo, azul y blanco!

Los guardias bajaron ligerito.

En la ciudad había 333.333 casas rojas, azules y blancas, y las aceras eran rojas, azules y blancas, y los perros metían las colas en los tachos de pintura y luego se sacudían al lado de los árboles, los jinetes con sus ropas recién pintadas subían a los caballos y los caballos al galopar dejaban los caminos pintados; y las palomas mojaban sus patitas en los charcos de pintura que brillaban al sol, luego volaban a los palomares, y los palomeros pintaban las alas de las palomas así que cuando estas volaban por el cielo parecían barriles de colores: y todos las miraban y se sentían muy contentos.

Todo era rojo, azul y blanco.

Todo menos el rey, sus guardias y el castillo.

—¡Todo aquel que sea rojo, azul y banco debe marchar inmediatamente al castillo! ¡El rey lo ordena! —dijeron los guardias.

Y todos hombres, mujeres, niños, ancianos, caballos, perros y pájaros, gatos y palomas, todos los que podían marchar, llegaron al castillo. Eran tantos, tantos, y estaban tan entusiasmados, que al momento el castillo, las murallas, los fosos, los estandartes, las banderas, quedaron de color rojo azul y blanco. Y los guardias también.

Entonces el rey se cayó de espaldas una sola vez, pero tan fuerte que no se levantó más.

El rey de la comarca vecina, al mirar desde lo alto de su torre dijo:

—Algo ha sucedido, el rey del país chiquito ha cambiado el color de sus estandartes, enviaré a mis emisarios para que averigüen lo que ha sucedido.

—¿Qué ha sucedido?, ¿qué ha sucedido? —preguntaron los emisarios, cuando estuvieron en presencia del rey.

Pero el rey grande del país chiquito estaba tan caído, que ni siquiera podía contestar.

Entonces «unoۚ» dijo:

—Resulta que yo estaba en la puerta de mi casa, tomando el fresco, mirando el cielo, y vi pasar una paloma roja, azul y blanca, y entonces…

Y siguió contando todo lo que había sucedido.

—Pondremos sobre aviso a nuestro rey —dijeron los emisarios del país vecino, no vaya a ser que le pase lo mismo.

Y marcharon al galope.

Claro que los caballos llevaban ya sus patas pintadas, y mientras galopaban, pintaban los caminos de rojo, azul y blanco…

Pero fueron las palomas, las que primero llegaron a la comarca del rey vecino.

Y uno que estaba sentado en la puerta de su casa tomando el fresco, las vio y dijo:

—¡Oh, qué lindo!, pintaré mi casa de rojo, azul y blanco.

Y la pintó nomás y, como pueden ustedes imaginar, este cuento que acá termina por otro lado vuelve a empezar.

FIN

La Vaca y la Luna

Ilustración: Seeburglar

Como ustedes saben, la Luna es una señora redonda, monda, oronda y lironda, que está siempre sentada en el cielo.

Y también habrán pensado muchas veces: ¿la Luna no se aburre allá arriba, tan sentada?

Ahora que los hombres ya van a visitarla a ella, ¿no se le habrá ocurrido nunca jugar a las visitas con nosotros? Podríamos hacerla saltar, botar y rodar como una pelota blanca.

Pues bien, yo les contaré un secreto, pero no lo repitan a nadie.

Hace mucho, mucho tiempo, cuando la Luna era chiquita, bajaba a la Tierra todos los lunes. Sí, venía a jugar y hacer travesuras. Y bajaba sin permiso del Sol, que se quedaba allá arriba sentado en su trono, muerto de calor, mirándola de reojo muy enojado. Y la Luna chiquita se divertía mucho aquí en la Tierra. Jugaba con los gatos, los chicos, las mariposas y las ovejas. Se bañaba en los arroyos y rodaba por los toboganes. Se caía de las hamacas y botaba por las calesitas.

Pero un lunes… un lunes le pasó un accidente, pobre la Luna, y desde entonces no quiso volver más a la Tierra. Se quedó sentada en el cielo para siempre, redonda, monda, oronda y lironda, repitiendo una triste canción que dice:

Y ahora les contaré, en secreto, qué le pasó a la Luna cuando bajó a la Tierra hace muchos, muchos años, por última vez.

Resulta que vino rodando por el cielo, como todos los lunes. Aterrizó en un campito verde lleno de flores y mariposas. El Sol brillaba muy fuerte, de puro enojado que estaba con la escapada de la Luna. Como se había agachado para mirarla mejor, hacía mucho calor. La Luna se bañó en el arroyo para refrescarse y después se sentó en el pastito muy tranquila cuando, como todos los lunes, se le acercaron sus amigos: chicos, sapos, ovejas, mariposas y grillos. Se pusieron todos a jugar, y la Luna rodaba de aquí para allá, de allá para aquí, riendo en jajajá y riendo en jijijí.

Jugaron a la escondida, a la mancha venenosa, al Martín Pescador… bailaron la rancherita y el pericón, hasta que por fin los chicos tuvieron que irse al colegio, las ovejas a almorzar, los grillos a cantar y las mariposas a mariposear. La Luna se quedó sola, y como estaba muy cansada de tanto brincar, decidió dormir una siestita. Durmió un rato muy largo.

Cuando se despertó, el Sol ya estaba resbalando por el horizonte, sin dejar de mirarla de reojo y con las cejas arrugadas como si fueran dos ciempiés. Al despertarse, la Luna sintió algo muy raro en la cabeza. Una cosa áspera, caliente y húmeda la acariciaba torpemente.

—¿Pero qué es esto? —gritó la Luna asustada.

Y se encontró con los ojos tontos y vacunos de una Vaca que la estaba lamiendo entusiasmada. La Luna se tocó la cabezota y notó con horror que le faltaba un buen pedazo. La Vaca a todo esto se relamía.

—¡Pero qué barbaridad! —le dijo la Luna—. ¡Me has estado lamiendo durante toda la siesta con esa lengua grandota y de papel de lija! ¿No te da vergüenza, Vaca vacuna?

La pobre Vaca se disculpó diciendo:

—Tunúus rucu gustu u sul. U cumu u mú mu gustu muchu lu sul…

(Las vacas hablan solamente con la U, de modo que esto, traducido del vacuno al castellano, quiere decir: «Tenías rico gusto a sal, y como a mí me gusta mucho la sal…»).

Y la pobre Luna se puso a llorar.

—¡Ahora sí que el Sol me va a retar, y con toda razón, porque ya no soy redonda, monda, oronda y lironda, me falta un pedazo, parezco un huevo!…

La Luna lloraba frotándose tristemente el pedazo de cabeza que le faltaba. A todo esto, la Vaca se relamía, y como única palabra de consuelo y disculpa, decía atentamente:

—Muuuuu.

El Sol se tapó con una nube y desapareció, para no seguir presenciando tamaña calamidad. La Luna, tristísima, se volvió al cielo, donde algunas veces, cuando se da vuelta un poquito, ustedes le podrán ver el buen pedazo de Luna que le gastó la vaca con su lengua de lija.

Por eso ahora la Luna prefiere no bajar más a la Tierra, y se queda sentada en el cielo todas las noches, repitiendo esa triste canción que dice:

Y a las tres, a las dos, y a la una, se acabó el cuento de la Luna.

FIN

El jabalí y el yugo

Temprano por la mañana, un jabalí se fue a pescar al lago. Se sentó en un tocón de árbol talado, arrojó su caña de pescar y esperó pacientemente.

Al poco, algo quedó atrapado en el anzuelo. Con todas sus fuerzas tiró de la caña hacia atrás y, de repente, algo salió del agua.

—¿Qué es esto? ¡Nunca antes había visto un pez así!

—Eso es un pez yugo de caballo —le explicó un pájaro.

—¿Y qué voy a hacer yo con este pez? —preguntó el jabalí.

—Muy sencillo, colócaselo a alguien encima y ese alguien tendrá que llevarte a donde tú quieras —explicó el pájaro.

—¡Así que, después de todo, la pesca ha sido buena! —dijo contento el jabalí—. Este yugo me servirá. Estoy tan gordo, que me cuesta andar.

Entonces vio un pato en el lago que nadaba junto a sus patitos.

—¡Le pondré el yugo ahora mismo! —dijo decidido.

Pero no tuvo éxito. Los patos volaron y el jabalí cayó entre los juncos y casi se ahoga en el agua.

«¿A quién podría ponerle el yugo?», pensó el jabalí.

Regresó al bosque, se escondió detrás de un árbol y esperó.

De algún lugar, apareció de súbito un zorro. Pero ¿podría poner el yugo sobre aquel pelirrojo? El zorro no estuvo en absoluto de acuerdo en llevar aquello alrededor de su cuello, ¡y, además, mordió al jabalí en la punta de la nariz!

«A ese par de mocosos los venceré con facilidad», pensó el jabalí al ver a dos conejos hermanos jugando al fútbol en un claro. «¡En un periquete estarán corriendo con mi yugo alrededor del cuello!». Pero tampoco tuvo éxito. Intentó atrapar a los dos, pero, al final, no atrapó ni a uno.

El jabalí, muy cansado, se acostó entre los arbustos y se durmió rápidamente. Soñó que su yugo era tirado por una bandada de patos, que lo llevaban por el lago. Él nadaba sobre el agua y eran los propios peces los que entraban en su boca para que se los comiera.

De repente, se oyó un ruido entre los arbustos que despertó al jabalí. Abrió los ojos y se movió sigilosamente, levantó el yugo por encima de su cabeza y, ¡zas!, lo arrojó en la dirección del ruido, entre los arbustos de frambuesa, y el yugo fue a caer sobre el cuello de… ¡un oso!

—¡Discúlpame, por favor! —gritó el jabalí— Pensé que…

—¿Dónde encontraste este yugo? —preguntó el oso.

—En el lago.

—¿Y para qué lo quieres?

—Quería colocárselo a alguien en el cuello, para que tirara de mí y me llevara adonde yo quisiera.

—Pues haremos una cosa —dijo el oso muy enfadado—, antes de que te arrastren a ti,  primero probarás tú mismo cómo es eso de arrastrar a otros —Y, acto seguido, puso el yugo en el cuello del jabalí.

FIN

Los sueños del sapo

Ilustración: Rowkey

Una tarde un sapo dijo:

—Esta noche voy a soñar que soy árbol.

Y dando saltos, llegó a la puerta de su cueva. Era feliz; iba a ser árbol esa noche.

Todavía andaba el sol girando en la rueda del molino. Estuvo un largo rato mirando el cielo. Después bajó a la cueva, cerró los ojos y se quedó dormido.

Esa noche el sapo soñó que era árbol.

A la mañana siguiente contó su sueño. Más de cien sapos lo escuchaban.

—Anoche fui árbol —dijo—; un álamo. Estaba cerca de unos paraísos. Tenía nidos. Tenía raíces hondas y muchos brazos como alas, pero no podía volar. Era un tronco delgado y alto que subía. Creí que caminaba, pero era el otoño llevándome las hojas. Creí que lloraba, pero era la lluvia. Siempre estaba en el mismo sitio, subiendo, con las raíces sedientas y profundas. No me gustó ser árbol.

El sapo se fue, llegó a la huerta y se quedó descansando debajo de una hoja de acelga.

Esa tarde el sapo dijo:

—Esta noche voy a soñar que soy río.

Al día siguiente contó su sueño. Más de doscientos sapos formaron rueda para oírlo.

—Fui río anoche —dijo—. A ambos lados, lejos, tenía las riberas. No podía escucharme. Iba llevando barcos. Los llevaba y los traía. Eran siempre los mismos pañuelos en el puerto. La misma prisa por partir, la misma prisa por llegar. Descubrí que los barcos llevan a los que se quedan. Descubrí también que el río es agua que está quieta, es la espuma que anda; y que el río está siempre callado, es un largo silencio que busca las orillas, la tierra, para descansar. Su música cabe en las manos de un niño; sube y baja por las espirales de un caracol. Fue una lástima. No vi una sola sirena; siempre vi peces, nada más que peces. No me gustó ser río.

Y el sapo se fue. Volvió a la huerta y descansó entre cuatro palitos que señalaban los límites del perejil.

Esa tarde el sapo dijo:

—Esta noche voy a soñar que soy caballo.

Y al día siguiente contó su sueño. Más de trescientos sapos lo escucharon. Algunos vinieron desde muy lejos para oírlo.

—Fui caballo anoche —dijo—. Un hermoso caballo. Tenía riendas. Iba llevando un hombre que huía. Iba por un camino largo. Crucé un puente, un pantano; toda la pampa bajo el látigo. Oía latir el corazón del hombre que me castigaba. Bebí en un arroyo. Vi mis ojos de caballo en el agua. Me ataron a un poste. Después vi una estrella grande en el cielo; después el sol; después un pájaro se posó sobre mi lomo. No me gustó ser caballo.

Otra noche soñó que era viento. Y al día siguiente dijo:

—No me gustó ser viento.

Soñó que era luciérnaga, y dijo al día siguiente:

—No me gustó ser luciérnaga.

Después soñó que era nube, y dijo:

—No me gustó ser nube.

Una mañana los sapos lo vieron muy feliz a la orilla del agua.

—¿Por qué estás tan contento? —le preguntaron.

Y el sapo respondió:

—Anoche tuve un sueño maravilloso. Soñé que era sapo.

FIN

Unas rimas que se arriman

Ilustración: Cryptid-Creations

Todos andaban mal por la zona del Yacuarebí. Y dicen que lo que pasó fue más o menos así.

Un día el zorro se levantó de mal humor. Tal vez porque sí nomás, tal vez porque hacía calor. Iba pateando la tierra y por dentro se sentía en pie de guerra.

Estaba en eso cuando vio pasar a un perro mascando un hueso. Sin darle tiempo de saludar le gritó:

—¡Eh, perro! ¡Sos el más tonto del mundo!

Sin esperar ni un segundo se le tiró encima para descargar sobre él su mal humor y le dio una patada que por poco lo desmaya del dolor.

Cuando el perro se repuso, se sintió dominado por el enojo y con ganas de pelear con el primero que se le pusiera ante los ojos.

Justo en ese momento vio pasar a una liebre y la miró tan mal, que a la pobre casi le da fiebre.

—¡Eh, liebre! —le gritó—. ¡Sos la más idiota! —y le dio un golpe que estuvo cerca de dejarle la cabeza rota.

Cuando la liebre se recuperó, se sintió llena de furor. En ese momento vio pasar a un ratón.

—¡Eh, ratón! —exclamó—. ¡Sos tan tonto que más que tonto sos un tontón! —Y sin darle tiempo de contestar, se le tiró encima y le dio un mordisco que estuvo a punto de dejarlo bizco.

Cuando el ratón se dio cuenta de lo sucedido, sintió una tremenda furia y un impulso ciego de descargarse con el primero al que le viera el pelo. El primero que pasó fue un cuis. Y sin pensarlo dos veces, le gritó:

—¡Eh cuis, sos el más estúpido de todo el país!

Después, el ratón le estampó un golpazo con la cola que lo dejó sin sentido por más de una hora.

En cuanto el cuis se pudo levantar se sintió de un humor terrible y con ganas de descargarse con cualquiera lo más pronto posible. Sucedió que pasó por allí una rana. Apenas la vio, el cuis le dijo:

—¡Eh, rana saltarina, sos lo más imbécil que vi en mi vida!

En un segundo se abalanzó sobre ella y le dio una paliza que le hizo ver las estrellas.

No bien la rana pudo volver a ponerse de pie estaba tan furibunda que al primero que viera lo iba a dejar más chato que una funda.

Entonces pasó por allí el zorro, que ya no tenía tanto mal humor aunque seguía haciendo bastante calor.

En cuanto la rana vio al zorro, sintió que sus fuerzas se multiplicaban por millones y le dio unos tremendos coscorrones.

Al zorro le volvió enseguida el mal humor, y un rato después volvió a patear al perro que se retorció de dolor. Más tarde el perro atacó a la liebre; la liebre, al ratón; el ratón, al cuis y el cuis a la rana.

Así se pasaron toda la mañana. Después, también la tarde. Mientras tanto el ánimo se les encendía cada vez más, como una fogata que arde y arde y arde.

Por la noche durmieron inquietos y nerviosos. Para cada uno los demás eran su enemigo, y les resultaba imposible descansar tranquilos.

Así estuvieron un tiempo. En sus cabezas había lugar para una sola idea: cómo estar siempre preparados para la pelea. No podían pensar en otra cosa, y ni hablar de disfrutar de alguna experiencia hermosa. Todos se insultaban, se pateaban, se golpeaban y se mordían donde se encontraran y a cualquier hora del día.

Fue entonces que una mañana sopló una brisa refrescante y llegó al lugar un mono que nadie había visto antes. Apareció frente al zorro justo cuando este andaba con ganas de descargar sobre alguien un fuerte mamporro.

Pero cuando el mono lo vio, no le dio tiempo de que lo atacara. Lo saludó con una sonrisa que le recorría toda la cara. El zorro se sintió paralizado por un gran desconcierto. Una sonrisa era algo que no veía hacía tiempo. Y en menos de lo que se tarda en decir «abracadabra» el mono empezó a soltar estas palabras:

—Justo en el medio del campo

suspiraban dos tomates,

y en el suspiro decían:

¡hoy queremos tomar mate!

El zorro pasó del desconcierto al asombro y del asombro a la carcajada. Se reía tanto que tenía la expresión desencajada. Se imaginaba a los tomates con una bombilla y se reía como si alguien le hiciera cosquillas. Entonces el mono siguió:

—Por el río Paraná

va nadando un surubí,

y mientras nada, comenta:

¡qué picante está el ají!

Las carcajadas del zorro eran tan grandes que resonaban por todas partes. En pocos minutos llegaron el perro, la liebre, el ratón, el cuis y la rana, atraídos por el sonido de la risa, que hacía tanto tiempo no escuchaban. El mono siguió:

—De las aves que bailan

me gusta el sapo,

porque deja la alfombra

toda hecha un trapo.

Entonces todos se largaron a reír, y rieron juntos durante todo un día hasta soltar toda la risa que hacía tiempo no reían. Estaban de tan buen humor, que a nadie le importaba si hacía frío o hacía calor. Después inventaron entre todos muchas rimas del estilo de las que había dicho el mono. Y se les ocurrían tantas y tantas ideas, que no les quedó lugar para volver a imaginar una pelea.

Una noche sopló una brisa que venía de las estrellas, y el mono desapareció sin dejar huellas.

FIN

La planta de Bartolo

Ilustración: Mónica Pironio

El buen Bartolo sembró un día un hermoso cuaderno en un macetón. Lo regó, lo puso al calor del sol, y cuando menos lo esperaba, ¡trácate!, brotó una planta tiernita con hojas de todos colores. Pronto la plantita comenzó a dar cuadernos. Eran cuadernos hermosísimos, como esos que les gustan a los chicos. De tapas duras con muchas hojas muy blancas que invitaban a hacer sumas y restas y dibujitos. Bartolo palmoteó siete veces de contento y dijo:

—Ahora, ¡todos los chicos tendrán cuadernos!

¡Pobrecitos los chicos del pueblo! Estaban tan caros los cuadernos que las mamás, en lugar de alegrarse porque escribían mucho y los iban terminando, se enojaban y les decían:

—¡Ya terminaste otro cuaderno! ¡Con lo que valen!

Y los pobres chicos no sabían qué hacer. Bartolo salió a la calle y haciendo bocina con sus enormes manos de tierra gritó:

—¡Chicos!, ¡tengo cuadernos, cuadernos lindos para todos! ¡El que quiera cuadernos nuevos que venga a ver mi planta de cuadernos!

Una bandada de parloteos y murmullos llenó inmediatamente la casita del buen Bartolo y todos los chicos salieron brincando con un cuaderno nuevo debajo del brazo. Y así pasó que cada vez que acababan uno, Bartolo les daba otro y ellos escribían y aprendían con muchísimo gusto. Pero, una piedra muy dura vino a caer en medio de la felicidad de Bartolo y los chicos. El Vendedor de Cuadernos se enojó como no sé qué.

Un día, fumando su largo cigarro, fue caminando pesadamente hasta la casa de Bartolo. Golpeó la puerta con sus manos llenas de anillos de oro: ¡Toco toc! ¡Toco Toc!

—Bartolo —le dijo con falsa sonrisa atabacada—, vengo a comprarte tu planta de hacer cuadernos. Te daré por ella un tren lleno de chocolate y un millón de pelotitas de colores.

—No —dijo Bartolo mientras comía un rico pedacito de pan.

—¿No? Te daré entonces una bicicleta de oro y doscientos arbolitos de navidad.

—No.

—Un circo con seis payasos, una plaza llena de hamacas y toboganes.

—No.

—Una ciudad llena de caramelos con la luna de naranja.

—No.

—¿Qué querés entonces por tu planta de cuadernos?

—Nada. No la vendo.

—¿Por qué sos así conmigo?

—Porque los cuadernos no son para vender sino para que los chicos trabajen tranquilos.

—Te nombraré Gran Vendedor de Lápices y serás tan rico como yo.

—No.

—Pues entonces —rugió con su gran boca negra de horno—, ¡te quitaré la planta de cuadernos! —y se fue echando humo como la locomotora.

Al rato volvió con los soldaditos azules de la policía.

—¡Sáquenle la planta de cuadernos! —ordenó.

Los soldaditos azules iban a obedecerle cuando llegaron todos los chicos silbando y gritando, y también llegaron los pajaritos y los conejitos. Todos rodearon con grandes risas al Vendedor de cuadernos y cantaron «arroz con leche», mientras los pajaritos y los conejitos le desprendían los tiradores y le sacaban los pantalones. Tanto y tanto se rieron los chicos al ver al Vendedor con sus calzoncillos colorados, gritando como un loco, que tuvieron que sentarse a descansar.

—¡Buen negocio en otra parte! —gritó Bartolo secándose los ojos, mientras el Vendedor, tan colorado como sus calzoncillos, se iba a la carrera hacia el lugar solitario donde los vientos van a dormir cuando no trabajan.

FIN

Segunda aventura de Florianís

 

Ilustración: M.ª Fe Quesada

Donde se narra el singular episodio de ejemplar desenlace protagonizado por el caballero  Florianís, la vaca, la cabra, la oveja y el majestuoso león.
(conoce más sobre las aventuras de Florianís).

Cierto día en que andaba el caballero Florianís buscando algo para comer, se topó sorpresivamente con una vaca ocupada en la misma tarea.

—¡Ay de mí! —se quejaba la pobre vaca—. Tengo hambre y no encuentro nada para comer.

—Buenos días, vaca —saludó el caballero, no porque anduviera por el mundo saludando a cualquiera, sino porque era una manera de empezar a charlar; nada más.

—Buenos días —respondió la vaca, que era muy atenta, aunque bastante desconfiada—. ¿Con quién tengo el gusto de hablar? —preguntó, porque no era cosa de andar hablando con cualquiera.

—Soy el caballero Florianís, para servirla, señora. Escuché sus lamentos, y le diré que mi situación es semejante a la suya: tengo hambre y no encuentro nada para comer. Sólo me quedan dos zanahorias y una cebolla, pero no pierdo la esperanza de encontrar algunas verduritas más para hacerme una rica sopa.

—A mí me quedan una papa y dos dientes de ajo —dijo la vaca—. ¿Qué le parece si entre los dos buscamos algo más y después nos ponemos a preparar la sopa? —sugirió, porque si una cualidad tenía esta vaca, era precisamente la de ser muy práctica.

—Cómo no —aceptó encantado el caballero—. Vayamos por aquel camino, tal vez encontremos algo.

Juntos y hambrientos se fueron los dos, mirando a un lado y a otro, recogiendo algunos hongos al pie de los árboles y unas pocas hierbas para agregar a la olla. En eso estaban cuando vieron pasar por allí a una cabra y una oveja llevando una canasta.

—Buenos días, señoras —saludó el caballero Florianís—. ¿Andan de paseo? —preguntó, por preguntar.

Muy apenadas, la oveja y la cabra se pusieron a contar su difícil situación, ya que hacía dos días que no comían y por ese motivo andaban buscando algunas verduritas, con la ilusión de poder prepararse algún plato de comida.

—¡Igual que nosotros! —exclamó Florianís—. ¿Qué les parece si juntamos todo lo que tenemos y preparamos una sopa para los cuatro?

Por supuesto que les pareció bien.

Sin perder tiempo, juntaron unas ramas secas, encendieron el fuego y alistaron la olla para el puchero. Ya estaba el agua a punto de hervir, y muy atareados los cuatro limpiando las verduras y también saboreando de antemano la comida que habrían de compartir, cuando los sorprendió una voz desconocida.

—¿Hay un lugarcito para mí?

La voz era alta y grave; era una voz majestuosa. Todos se dieron vuelta de inmediato y, ¡cómo no sorprenderse!, detrás de un árbol, asomando su monárquica cabeza, un león sonreía bonachonamente.

—No se asusten, amigos —Intentó tranquilizarlos el recién llegado—. Soy un pacífico león muerto de hambre, y como veo que están cocinando, les propongo colaborar con algunos ingredientes, así luego podré participar de la comida.

—Cómo no… señor… león…—dijo tímidamente la cabra—. Bienvenido a… nuestro almuerzo.

El león abrió su mochila y sacó un chorizo, un ramo de perejil y un puñado de porotos. Echó todo en la olla y se sentó, dispuesto a esperar su porción de puchero.

Mientras tanto se pusieron a charlar, sorprendidos los cuatro amigos al ver a un león tan cortés y tan humilde. Pero ya llevaba la charla bastante tiempo, cuando el caballero Florianís decidió interrumpirla para inspeccionar la olla.

—Señores, el almuerzo está listo —anunció—. Por favor, si cada uno me alcanza su plato, procederé a servir.

—¡Ajá! —dijo el león, acercándose a la olla—. Veo que el puchero es abundante. ¿Se puede saber cómo va a repartirlo, estimado caballero?

—Pues en partes iguales —respondió Florianís—. Somos cinco, así que serviré cinco platos bien llenos. Uno para cada uno.

Ya estaban la cabra, la vaca y la oveja esperando que les llenaran el plato, cuando imprevistamente se adelantó el león.

—Un momento, caballero cocinante, detenga el cucharón —gritó con gesto amenazador, olvidándose de la humildad y la cortesía que hasta ahora había tenido—. Ninguno tocará esta olla —prosiguió—. Yo haré el reparto.

—¿Ah, sí? ¿Y se puede saber cómo piensa repartir? —quiso saber Florianís.

—Como corresponde, ni más ni menos. La primera parte será para mí —continuó—, y eso no se discute porque soy el león. La segunda me la merezco porque no existe nadie tan valiente como yo. La tercera también es para mí porque soy el más audaz. La cuarta me la he ganado por derecho natural. Y si alguno intenta tocar la quinta —concluyó—, tendrá que rendirme cuentas de semejante osadía.

Así diciendo y amenazando a todos con sus garras y feroces rugidos, los echó del lugar para poder comer tranquilo el sabroso puchero.

La oveja, la cabra y la vaca, temblando de miedo, se escondieron detrás de unos árboles. El caballero, en cambio, quiso hacer frente a la situación, pero se dio cuenta de que él solo no podía, ni siquiera usando su espada. Entonces corrió hasta los árboles donde estaban refugiadas sus amigas, para tratar de convencerlas de que se unieran a él y lucharan contra el león.

—Es muy fuerte —dijo la oveja—. Nos devorará a los cuatro.

—¡Es feroz! —exclamó la vaca—. Nadie puede contra él.

—Es muy valiente —aseguró la cabra—. No le teme a nada.

—Pero es uno solo —razonó el caballero Florianís— y nosotros somos más.

—¿Y qué podemos hacer? —preguntaron las temerosas.

—Defender nuestra olla y nuestros estómagos —contestó Florianís—. Cada una de ustedes con un palo y yo con mi espada —prosiguió— atacaremos al león.

¡Veremos quién es más fuerte!

De este modo marchó el pequeño ejército con el caballero Florianís a la cabeza. Y espada va y espada viene, y palazos por aquí y por allá, lograron entre todos ahuyentar al león, que escapó muerto de miedo, sin haber probado ni siquiera la parte del puchero que con justicia le hubiera correspondido y que por prepotente perdió.

FIN

El vendedor de lluvias

Ilustración: Hernán Kirsten

La tienda se encontraba al fondo de una calle serpenteante escondida y sin salida ubicada en la zona vieja de la ciudad. Era uno de esos lugares que sin buscarse se encuentran y cuando aparecen, así, tan inesperadamente, se adueñan de la situación como si siempre hubieran estado entre nuestras preocupaciones.

En la vitrina había una gruesa pátina de polvo color ladrillo molido que también se pegaba en los frascos que exhibían una curiosa mercancía, y para qué decir al interior de la tienda; parecía que por allí había pasado una tormenta de arena como esas fabulosas del desierto del Sahara.

Antes de entrar me volví a fijar en la frasquería de la vitrina: ¿Qué podría significar esa extraña cantidad de frascos cubiertos con polvo viejo? ¿Por qué tenían esas etiquetitas escritas a mano y en su interior, brumas azules, verdes, amarillas, rojas? ¿Por qué esas brumas se desplazaban como si lo hicieran de acuerdo con la acción de minúsculos vientos invisibles? Los frascos estaban llenos y sellados, a excepción de uno que se encontraba abierto y con su tapa en el piso de la vitrina. Muy cerca del frasco vacío había un letrero donde se podía leer:

En el interior de la tienda vi a un anciano sonriente, envuelto en un largo abrigo oscuro y con una bufanda enrollada hasta las orejas.

—¿Es verdad que vende lluvias? —dije como saludo, incrédulo. Pero también pensando en mi pueblo que sufría una sequía de meses.

—Lo estaba esperando. Como ya es tarde, después de atenderlo a usted, cerraré. ¿Cuánta lluvia necesita? Dígamelo de una vez, que para eso se requiere hacer un trabajo muy especial.

El cielo estaba arrebolado, con los tintes rojizos propios del atardecer y se apreciaba prácticamente despejado, como hacía tanto tiempo en todos estos lugares y también en mi pueblo. «¿Esperando?», pensé. «¿De dónde, si ni siquiera tenía la intención de llegar a este callejón sin salida?». Pero como creo en los momentos mágicos, en esos instantes que surgen inesperadamente y que generan territorios nuevos por explorar, le respondí como si estuviera diciendo la cosa más natural del mundo:

—Necesito suficiente lluvia como para apagar la sed de mi pueblo, de los animales, de las plantas, en fin, de la gente…

—Sí. Ya lo sé. Todos andan en lo mismo. No se imagina cuánto trabajo he tenido últimamente.

El anciano se desprendió del abrigo y de la bufanda ¡y me pareció tan delgado y con tantos años a cuestas! Enseguida se restregó los dedos e hizo un gesto como si hubiera pronunciado: «¡Manos a la obra!».

Yo abrí tamaños ojos cuando vi que tomó una gran caja y abriendo la puerta interior de la vitrina que daba a la calle, comenzó a tomar algunos de los frascos que allí se exhibían, mientras murmuraba entre dientes, como esas personas que están acostumbradas a vivir en soledad y hablan solas:

—Hum, lluvia intensa, restablecedora, recuperadora, ¡revitalizadora! Para ello tomaré este frasco que tiene una buena porción de nimbus. A propósito, ¿sabe qué significa nimbus?

—Ni idea —le dije un poco avergonzado de mi ignorancia.

—No hay problema. Nimbus en latín significa nube de precipitación. Se entiende, entonces, que le eche un frasco concentrado de nimbus, ¿verdad? Pero no solo eso necesita.

En la vitrina había tantos frascos recubiertos con ese polvo amarillento y también el que estaba vacío que antes me había llamado la atención. Entonces, no resistí en avisarle al anciano, con la intención de advertirle que tal vez se le hubiera escapado alguno de sus vapores. Pero él con una sonrisa socarrona me dijo:

—Tranquilo, que allí duermo yo.

Después siguió seleccionando frascos y mientras lo hacía iba remarcando sus actos como si estuviera dictando la receta más sabrosa y exclusiva.

—También necesitará estratonimbus y aire caliente para formar cumulonimbus, con ello tendrá la tormenta más hermosa, con truenos y relámpagos por añadidura, y este frasco con mucho viento norte, este otro con algo de sur y unos cuantos más con vientos cordilleranos que saben de historias de nieves, glaciares y del juguetón granizo y, además, este otro, con un poco del cálido viento puelche que siempre avisa la llegada de la lluvia.

—¿Y qué más?

Mi pregunta debió haberle sonado tan estúpida, pero quise asegurarme; es que estaba tan entusiasmado con todo eso de los vientos y las nubes. El anciano sonrió mientras echaba los frascos en la caja y me pasaba la boleta de pago.

—¿Qué más? —repitió mi tonta pregunta—, un paraguas, pues lo necesitará muy pronto. Ah, se me olvidaba. Destape los frascos en el cerro más alto de su pueblo y después… a esperar los resultados.

Cuando en el cielo ya aparecían las primeras estrellas, salí de la tienda cargando una enorme caja. Tenía que apresurarme para tomar el último bus que me llevaría a mi pueblo. Mientras, sentía en mi pecho un arrobamiento como los que experimenté siendo niño, cuando apresuré el sueño para despertar con la Navidad a la mañana siguiente, o cuando me instalé en el tren que me llevaría por primera vez a ver el mar, o cuando llegó mi padre con una canasta repleta con frutas, y, además, todos esos otros «cuandos» que guardaba en mi alma como el mejor de los tesoros.

De pronto, no sé por qué se me ocurrió mirar hacía la tienda y juraría que un vapor azulino se metía en el frasco vacío, ese que estaba olvidado en un rincón de la vitrina, muy cerca de donde se encontraba el letrero que anunciaba la venta de lluvias.

FIN

El sapo que quería ser estrella

Ilustración: Marshmellomeat

—He visto pasar una víbora con el cuerpo lleno de luces. Parecía una cadena de estrellas y era porque se tragó las luciérnagas del huerto —Así decía el sapo escondido, bajo el rosal, que aquella noche estaba cubierto de bichitos de luz—. Y pensar que si yo me tragara las luciérnagas de este rosal brillaría igual que la víbora. Y me convertiría en estrella. Y todos los que me desprecian por mi fealdad se morirían de envidia al verme tan hermoso. Sí, me voy a comer todas estas luciérnagas doradas.

En ese instante, sopló el viento y sacudió el rosal, derramando una lluvia de luces. El sapo abrió la boca y la primera luciérnaga le pintó de oro la garganta y siguió como una chispa, hasta el fondo de su panza.

—¡Bravo! ¡Ya empiezo a brillar!

Siguió lamiendo, una tras otra, las manchitas de luz que salpicaban el césped, hasta que no quedó ninguna.

—¡Es maravilloso! Ya nadie brilla en el huerto. ¡El único que brilla soy yo!

Y realmente parecía un sapo de cristal, un hermoso sapo verde, relleno de fuego. Loco de orgullo y alegría, se miró en el espejo de agua.

—¡Soy lo más hermoso de la naturaleza! —dijo y se tiró en el estanque.

Los peces se alborotaron y dijeron:

—¡Qué milagro! ¡Cayó una estrella al agua!

—¡Soy una estrella! ¡Soy una estrella! —repetía el sapo, echando chorros de luz por la boca y por los ojos. Una guirnalda de peces multicolores lo observaba, girando a su alrededor.

—¡Qué extraño! ¡La estrella tiene la forma de un sapo!

—Pero es una estrella. —Y continuaba la ronda de peces asombrados.

—Sigan girando, sigan girando, que soy una estrella y ustedes mis satélites —decía el sapo, loco de felicidad.

La noche empezó a desteñirse y el sapo temió que sus reflejos se apagaran con el día descubriendo su verdadera identidad. Por eso se fue nadando hacia arriba, seguido por los peces que le pedían a coro:

—Estrella hermosa, quédate en el agua.

—Ilumina la oscuridad en que vivimos.

—Serás la reina de este mundo submarino.

Pero el sapo llegó a la superficie y dijo:

—Tengo que volver al cielo antes de que salga el sol.

Dio un gran salto y dejó a sus amiguitos con el agua al cuello y la boca abierta de admiración.

Un gallo viejo y pensativo, que aquella noche no podía dormir, vio salir al extraño sapo del estanque. Abrió y cerró los ojos varias veces, lleno de asombro y, por fin, despertó a las gallinas que dormían en el mismo árbol.

—¡Miren, la estrella del amanecer cayó junto al estanque y está rebotando en el suelo! ¡Mírenla!

Todos despertaron de golpe y gritaron:

—¡Vamos a verla de cerca!

Y fueron volando hasta donde estaba el sapo luminoso.

—Tonterías, no es una estrella sino un sapo.

—¿Y por qué brilla tanto?

—Es un sapo que se escapó del infierno.

—No sean supersticiosas. Brilla porque se tragó las luciérnagas del huerto.

—¡Qué horror! ¡Es un sapo muy malo!

—Mató a esos pobres bichitos para robarles su luz.

—Merece un castigo.

—Sí, ¡merece un castigo!

Y decidieron atacarlo a picotazos. Pero apenas recibió los primeros golpes, el sapo dejó asombrado a todo el mundo: empezó a volar.

—¡Era una estrella verdadera y nosotros nos atrevimos a picotearla! —dijeron las gallinas deslumbradas.

—¡Yo todavía tengo su luz en mi pico! —dijo el gallo, dándose importancia.

El sapo no salía de su asombro al verse en el aire. Lo cierto es que las luciérnagas que estaban dentro de él, al sentir los picotazos resolvieron volar para salvarse, pero solo consiguieron levantar al sapo.

—¿Ahora quien dudará de que soy una estrella? ¡Si ya estoy en el cielo!

Y se puso a cantar, queriendo llamar la atención. Pero abrió tanto la boca que las luciérnagas empezaron a escaparse de su panza. Y él seguía cantando, sin darse cuenta de nada. Pero de repente, sintió que se caía. Todas las luciérnagas lo habían abandonado.

—¡Me voy a estrellar! —gritó el pobre—. Seré un vulgar sapo aplastado, yo que subí como una estrella. ¡Qué pobre final después de tan glorioso vuelo!

FIN

La polilla y la bibliotecaria

Ilustración: silver-melody

Abarrotada por legados sucesivos en la familia y por ostentosas adquisiciones que a lo largo de los siglos algunos de sus miembros habían efectuado, la biblioteca ocupaba en la aristocrática mansión el lugar de un templo sagrado, por lo silenciosa, por lo respetada, y por lo inviolable que era. La bibliotecaria, costeada con un alto sueldo y a manera de gran sacerdotisa de aquel santuario privado, era la guardiana de aquel tesoro oculto de sabiduría de todos los tiempos.

Una tarde fría y silenciosa de invierno —una de aquellas tardes en la que todo invita a la lectura o a las meditaciones más hondas—, en la que el calor artificial mantenido en la silenciosa sala para estímulo de los ausentes lectores servía únicamente de aliciente para las existencias parásitas que de la espléndida biblioteca vivían, la celosa empleada sintió, de pronto, el impulso de revisar los valiosos infolios seculares, que puestos a manera de basamento de aquella enorme arquitectura de papel alcanzaban casi el techo de la espléndida estancia.

Tomó en sus manos un grueso y alto volumen, cuyas hojas de pergamino amarillento cerraban grandes presillas de cuero y al colocarlo sobre la mesa para examinarlo, notó que sus hojas estaban horadadas por una infinita red de túneles minúsculos, por donde las polillas circulaban como mineros llevando a cabo una labor centenaria, que comunicaba con los demás estantes quién sabe hasta dónde.

—¡Malditas polillas —exclamó medio aterrorizada por el descubrimiento—, esto va a acabar con la biblioteca si no se combate enseguida! Mañana mismo tengo que…

—Oye, tú —gritó un diminuto insecto asomando por una de las bocas del túnel—, ¿con qué derecho vienes a incomodarnos en nuestro trabajo y a privarnos de nuestro alimento y de nuestra tranquilidad?

—¡Con el derecho del dueño! ¡Esta biblioteca es de su propiedad! ¿Te parece poco, canalla roedora?

—¡Qué dueño, ni qué propiedad, ni qué nada! —replicó con aire doctoral la agredida polilla, moradora pacífica de aquel beatífico lugar—, hace más de treinta años que nosotras vivimos aquí en absoluta paz, labrando nuestras galerías, formando ciudades y reproduciendo nuestra raza, sin que, hasta ahora, nadie nos haya perturbado en nuestra posesión, y ahora se te ocurre a ti venir a hablar de derechos. Para que lo sepas, por ahí duerme un libro, que es ley, que dice que treinta años de posesión continua valen por título…

—¡Qué sabrá de leyes una miserable polilla!

—Sé más que el dueño de estos libros y que tú, porque ni uno ni otra habéis abierto jamás ninguno de estos libros y nosotras vivimos, por lo menos, dentro de ellos y cuando los roemos, leemos…Y finalmente, aunque no valiera nuestro derecho de posesión, que es de suyo indestructible, vale una razón más alta y es que las ideas no son patrimonio de nadie, que lo sepas, y tanto el que las almacena aquí en forma de biblioteca, como el que las deposita en su cerebro sin transmitirlas a nadie, cometen un delito contra la humanidad y se convierten en defraudadores de la ciencia y en estafadores de la felicidad de los demás, y en pena, pierden cualquier derecho. «Libro no leído es libro ajeno», Res derelictae, como dice aquel otro volumen lleno de sabiduría de ahí enfrente, y cualquiera puede apropiárselo. Si tu amo no lee ni hace leer a nadie estos libros, ¿para qué diablos le sirven, y por qué nos priva a nosotras de nuestro derecho a la vida y al trabajo en este lugar que nadie aprovecha?

Indignada y asustada a partes iguales, la reverente bibliotecaria, fue a dar a su señor, noticia de lo ocurrido; y como este, poseído de otras preocupaciones, le contestara un tanto molesto:

—¿Polilla? Y bien, ¿qué quiere decir ‘polilla’ Bueno, da igual, no me molestes más. Ya veremos…

Tentada estuvo la bibliotecaria de proferir un improperio en voz alta, —lo que no hizo por evidentes y vitales razones—, pero se fue murmurando entre dientes:

—¡Pobrecita polilla! ¡Qué injusta he sido con ella y qué profundas verdades tenemos que escuchar a veces de los seres más insignificantes!

FIN