Cuento contemporáneo

La abuela electrónica

Ilustración: Matías Trillo

Mi abuela funciona a pilas. O con electricidad, depende. Depende de la energía que necesite para lo que haya que hacer.

Si la tarea es cuidarme cuando mis padres salen de noche, la dejan enchufada. La sientan sobre la mecedora que está al lado de mi cama y le empalman un cable que llega hasta el teléfono por cualquier emergencia.

Si en cambio va a prepararme una torta o hacerme la leche cuando vuelvo del colegio, le colocamos las pilas para que se mueva con toda libertad.

Mi abuela es igual a las otras. En serio. Sólo que está hecha con alta tecnología. Sin ir más lejos, tiene doble casetera y eso es bárbaro porque se le pueden pedir dos cosas al mismo tiempo. Y ella responde.

Mi abuela es mía.

Me la trajeron a casa apenas salió a la venta. Mis padres la pagaron con tarjeta de crédito a la mañana, y a la tarde ya estaba con nosotros.

Es que mi familia es muy moderna. Modernísima. A tal punto mi mamá y mi papá están preocupados por andar a la moda que no guardan ni el más mínimo recuerdo. De un día para otro tiran lo que pasó a la basura.

A lo mejor es por eso, ahora que lo pienso, que tengo tan mala memoria y no puedo acordarme entera ni siquiera la tabla del dos.

Desde que la abuela está en casa, sin embargo, las cosas en la escuela no me van tan mal.

Para empezar, ella tiene un dispositivo automático que todas las tardes se pone en marcha a la hora de hacer los deberes. Es así: se le prende una luz y se acciona una palanca. Abandona automáticamente lo que está haciendo y sus radares apuntan hacia donde estoy. Entonces me levanta por la cintura y me sienta junto a ella frente al escritorio. Ahí empezamos a resolver las cuentas y los problemas de regla de tres. O a calcar un mapa con tinta china negra.

Aunque nadie se lo pida, mi abuela lleva un registro exacto de mis útiles escolares. Por otro lado, le aprieto un botón de la espalda y el agujero de su nariz se convierte en sacapuntas. Le muevo un poco la oreja y las yemas de los dedos se vuelven gomas de tinta y lápiz.

Tener una abuela como la mía me encanta. Sobre todo, cuando está enchufada, porque así puede gastar toda la energía que se le dé la gana y no cuesta demasiado mantenerla, como dice mi papá, que además de moderno es un tacaño y sufre como un perro cada vez que a mi abuela hay que cambiarle las pilas.

Casi todas las noches yo la enchufo un rato antes de irme a dormir. Así me cuenta un cuento. O lo hace aparecer en su pantalla para que yo lea mientras ella me acaricia la cabeza. Sabe millones. Basta colocarle el disquete correspondiente (porque también viene con disquetera) y en cuestión de segundos empieza con alguna historia. Como es completamente automática, se apaga sola cuando me duermo.

Cuando mi abuela me cuenta un cuento o me canta algunas canciones, yo me olvido de que es electrónica.

Más que nunca parece una persona común y silvestre. Y es que además tiene una tecla de memoria que le permite escucharme. Yo puedo contarle cosas y, oprimiendo esa tecla, ella archiva toda la información: al final sabe de mí más que ninguno.

Me gusta tener a mi abuela. Aunque salir a pasear con ella me traiga algunos inconvenientes: los que no son tan modernos como mi familia nos miran mucho en la calle. Y se ríen.

O quieren tocarla para ver de qué material es.

Ven algo raro en sus movimientos… o en su cara, no sé.

Creo que las luces que tiene en los ojos no son cosa fácil de disimular.

A mí me encanta tener esta abuela.

Hace unos días, sin embargo, mi mamá dijo que quería cambiarla por un modelo más nuevo. Dice que salieron unas más chicas, menos aparatosas, con más funciones y a control remoto.

La idea no me gusta para nada. Porque, aunque es cierto que estoy bastante acostumbrado a los cambios, con esta abuela me siento muy bien.

Las habrá mejor equipadas, ya sé. Pero yo quiero a la abuela que tengo. Y es que, aparte, cada vez me convenzo más de que ella también está acostumbrada a mí.

A decir verdad, desde que en casa están pensando en cambiar a la abuela, yo estoy tramando un plan para retenerla.

Sí. De a poquito la estoy entrenando para que pueda vivir por sus propios medios. Para que no deje que la compren y la vendan como si fuera una cosa, un mueble usado.

Los otros días le desconecté la luz de los ojos y ahora le estoy enseñando a ver. Vamos bien.

También le estoy enseñando a ser cariñosa sin el disquete. Ésa es la parte que me resulta más fácil; a lo mejor porque me quiere, aunque ella todavía no lo sepa.

Pienso seguir trabajando.

Mi objetivo es que aprenda a llorar. A llorar como loca. Y lo más pronto posible, así el día que se la quieran llevar como parte de pago para traer una nueva, el escándalo lo armamos juntos.

FIN

La extinción del Flojosaurio

Ilustración: Mario Arroyo

En la sección de los fósiles, nunca encontrarán alguna huella del desaparecido Flojosaurio. ¿Por qué? se preguntarán ustedes. Porque era un dinosaurio tan, pero tan, pero tan flojo que sus huesos no quisieron transformarse en fósiles, de puro flojos.

El investigador de este singular espécimen, el profesor Alf Eñique, ha descubierto que el Flojosario dejaba las toallas mojadas en la cueva después de bañarse. También que nunca se lavaba los dientes, y que por eso se le extinguieron los caninos y los molares y los colmillos antes de extinguirse el resto de él. El Flojosaurio tampoco ordenaba sus juguetes, andaba en calcetines y a veces se resbalaba y se caía (y así se extinguieron hartos de ellos), y tampoco se comía toda la comida. Solo le gustaba comer postresaurio y odiaba las ensaladas y las verduras. Por eso andaba flaco y con ganas de comer dulcesaurios.

Algunas mamás Flojosaurias se extinguieron de tanto pedirle a sus hijosaurios que fueran ordenados, limpios y que hicieran las tareas en vez de jugar fútbol pateando un coco contra los Velocirraptores, que siempre les ganaban (es que eran más rápidos).

Estos son los estudios del Flojosaurio del profesor Alf Eñique, al que las mamás del mundo le pagaron para que inventara esta mentira fósil y con tanta moraleja.

FIN

El Lobo calumniado

Ilustración: gregowich

El bosque era mi hogar. Yo vivía allí y me gustaba mucho. Siempre trataba de mantenerlo ordenado y limpio. Un día soleado, mientras estaba recogiendo las basuras dejadas por unos turistas, sentí unos pasos. Me escondí detrás de un árbol y vi llegar a una niña vestida de una forma muy divertida: toda de rojo y su cabeza cubierta, como si no quisieran que la viesen. Caminaba feliz y comenzó a cortar las flores de nuestro bosque sin pedir permiso a nadie, quizá ni se le ocurrió que estas flores no le pertenecían. Naturalmente, me puse a investigar. Le pregunté quién era, de dónde venía, adónde iba, a lo que ella me contestó, cantando y bailando, que iba a casa de su abuelita con una canasta para el almuerzo. Me pareció una persona honesta, pero estaba en mi bosque cortando flores. De repente, sin ningún remordimiento, mató a un mosquito que volaba libremente, pues el bosque también era para él. Así que decidí darle una lección y enseñarle lo serio que es meterse en el bosque sin anunciarse antes y comenzar a maltratar a sus habitantes.

La dejé seguir su camino y corrí a la casa de la abuelita. Cuando llegué, me abrió la puerta una simpática viejecita. Le expliqué la situación y ella estuvo de acuerdo en que su nieta merecía una lección. La abuelita aceptó permanecer fuera de la vista. Cuando llegó la niña la invité a entrar al dormitorio donde yo estaba acostado vestido con la ropa de la abuelita. La niña llegó sonrojada y me dijo algo desagradable acerca de mis grandes orejas. He sido insultado antes, así que traté de ser amable y le dije que mis grandes orejas eran para oírla mejor.

Ahora bien, la niña me agradaba y traté de prestarle atención, pero ella hizo otra observación insultante acerca de mis ojos saltones. Comprenderán que empecé a sentirme enojado. La niña mostraba una apariencia tierna y agradable, pero comenzaba a caerme antipática. Sin embargo, pensé que debía poner la otra mejilla y le dije que mis ojos me ayudaban a verla mejor. Pero su siguiente insulto sí me encolerizó. Siempre he tenido problemas con mis grandes y feos dientes y esa niña hizo un comentario realmente grosero.

Reconozco que debí haberme controlado, pero salté de la cama y le gruñí, enseñándole toda mi dentadura y gritándole que era así de grande para comérmela mejor. Ahora, piensen ustedes, ningún lobo puede comerse a una niña. Todo el mundo lo sabe. Pero esa niña empezó a correr por toda la habitación gritando mientras yo corría detrás de ella tratando de calmarla. Como tenía puesta la ropa de la abuelita y me molestaba para correr me la quité, pero fue mucho peor. La niña gritó aún más. De repente, la puerta se abrió y apareció un leñador con un hacha enorme y afilada. Yo lo miré y comprendí que corría peligro, así que salté por la ventana y escapé corriendo.

Me gustaría decirles que este es el final del cuento, pero desgraciadamente no es así. La abuelita jamás contó mi parte de la historia y no pasó mucho tiempo sin que se corriera la voz de que yo era un lobo malo y peligroso. Todo el mundo comenzó a evitarme y a odiarme.

Desconozco qué le sucedió a esa niña tan antipática y vestida de forma tan rara, pero sí les puedo decir que yo nunca pude contar mi versión. Ahora ya la conocen…

FIN

Sobre lluvias y sapos

Ilustración: Onyana

La sequía no terminaba nunca aquella vez, y todos los animales tuvieron que hacer largos caminos para encontrar un poco de agua.

Cuando al fin aparecía un pozo o una lagunita, al día siguiente ya no tenía ni una gota. Y de nuevo a empezar.

De nada servía que entre el tatú, la iguana, la paloma y el coatí agarraran al sapo de las patas y lo tuvieran horas enteras panza arriba, como decía la abuelita del coatí que había que hacer para que lloviera.

Nada. Lo único que lograban eran las protestas del sapo:

—¡Pero no, chamigo! ¡Eso es puro cuento! ¡Es mentira que los sapos panza arriba podamos hacer llover!

Al final le creían, pero más porque se cansaban de tanto tenerlo cada uno por una pata a ese sapo que no se quedaba quieto, y lo soltaban.

Pero al otro día andaba de nuevo el sapo a los saltos, con todos los bichos atrás, que al final siempre lo alcanzaban. Y otra vez horas y horas panza arriba.

—¡No sean supersticiosos! —gritaba el sapo.

—¡Pero que había sido protestón! —decía sorprendido el coatí.

—¡No hay caso! —decía el tatú—. ¡Nunca queda conforme!

—Compadre sapo —le hablaba con amabilidad la iguana—, le puede hacer mal a la garganta si grita tanto.

—¡Qué sapo inquieto! —decía la paloma.

Cuando al final lo soltaban, el sapo salía a los saltos, estirándose y echando maldiciones.

—¡No hay caso! —decía el tatú—. ¡Nunca queda conforme!

Así andaban las cosas. Cada cual intentaba a su manera conseguir un poco de agua. Pero no había caso. Ni arriba de los árboles, ni detrás de las hojas secas, ni pegando arañazos en la tierra con la pata izquierda.

—¡Qué vivos! —gritaba el sapo estaqueado—. ¿Por qué no prueban con un tatú panza arriba?

—¡No chamigo —decía el tatú—, tengo la panza muy dura!

—¡Entonces con un coatí!

—¡No y no! —decía el coatí—. ¿A quién se le ocurre que un coatí panza arriba pueda hacer llover?

—¡Entonces con el yacaré, que tiene la panza mucho más grande!

Esa idea les pareció buena y aflojaron por un segundo las patas del sapo, que aprovechó para desaparecer en el monte de un solo salto.

Pero ahí nomás se dieron cuenta de que no solamente la panza del yacaré era muy grande, sino todo el yacaré, y de nuevo todo el bicherío salió corriendo detrás del sapo.

Así seguían las cosas. El sapo a los saltos, protestando. La iguana, el tatú, la paloma y el coatí, corriendo y gritándole:

—¡Pará, chamigo sapo! ¡Dejate agarrar!

Y la lluvia que no caía.

Pero como decía la abuelita del coatí: «no hay mal que dure cien años», apenas noventa y nueve años después cayó una enorme lluvia y se acabaron los problemas. El coatí, la paloma, la iguana y el tatú estaban más contentos que víbora con pelecho nuevo.

—¡El método dio buen resultado! —dijo con orgullo la iguana meneando la cola.

—¡Tenemos que felicitar al sapo! —añadió la paloma esponjando las plumas lavadas y brillantes.

Y ahí nomás se fueron a buscarlo. Pero cuando los vio venir el sapo, que no se había olvidado de tanto tiempo panza arriba al santo botón, salió disparando a más no poder.

—¡Pará chamigo, queremos conversar! Pero el sapo tenía demasiada desconfianza y siguió disparando hasta perderse de vista.

—¡Pucha con este sapo! —dijo el tatú—. ¡Nunca va a dejar de ser un protestón!

FIN

La pequeña locomotora

Ilustración: Hermes

Todas las locomotoras son como locomotoras, pero esta pequeña locomotora era diferente: ella siempre llegaba tarde.

Más de una vez, la pequeña locomotora prometió, con toda seriedad, ir siempre hacia adelante y no mirar nunca a los lados, pero cada vez que se ponía en marcha no podía evitarlo y lo hacía de nuevo.

Un día, el jefe de estación le dijo con severidad:

—Si llegas tarde otra vez, entonces…

La pequeña locomotora entendió y silbó:

—Piiiiiiii, ¡entendido! Esta vez no llegaré tarde. ¡Lo prometo!

Y el jefe de estación le dio a la pequeña locomotora una última oportunidad.

—Piiiiiii, piiiiii, piiiiiii —dijo mientras avanzaba por la vía.

Al poco, vio un potrillo y quiso hablar con él, pero recordó su promesa y siguió avanzando.

Mantuvo su palabra y viajó durante mucho rato, mirando siempre al frente, sin girarse ni a derecha ni a izquierda, pero al pasar cerca de un bosque, escuchó su sonido. La pequeña locomotora suspiró, volvió a pensar en lo que había prometido, pero no pudo evitarlo y se dirigió hacia el bosque.

Los pasajeros miraron por la ventana, vieron el bosque y empezaron a gritar:

—Esto es un escándalo, ¡llegaremos tarde!

—Ciertamente —dijo la pequeña locomotora— es posible que lleguemos tarde a la estación, pero, señoras y señores, si no escuchamos ahora el canto del primer ruiseñor, llegaremos tarde a toda la primavera.

Alguien quiso protestar, pero algunos sabios pasajeros, simplemente, negaron con la cabeza sin decir nada. Señal de que la pequeña locomotora tenía razón.

Durante toda la noche, los pasajeros del tren escucharon el canto del ruiseñor y por la mañana siguieron su camino.

La pequeña locomotora viajó durante un largo trecho, siempre adelante, sin mirar nunca ni a un lado ni al otro. De repente, olió el aroma de un prado y suspiró. Por un instante, se acordó otra vez de su promesa, pero no pudo evitarlo y se dirigió hacia el prado.

—¡Esto es un escándalo! ¡Un escándalo! —protestaron de nuevo algunos pasajeros— ¡Llegaremos tarde! ¡Muy tarde!

Y la pequeña locomotora contestó:

—Claro que llegaremos tarde a la estación, pero, señoras y señores, si ahora no recogemos los primeros lirios silvestres, llegaremos tarde a todo el verano.

Algunos pasajeros intentaron protestar, pero los más sabios negaron con la cabeza; la pequeña locomotora tenía razón, ahora era el momento de recoger lirios del valle.

A lo largo del día, los pasajeros recogieron los primeros lirios silvestres en el prado.

Al caer la noche, continuaron su viaje. Recorrieron un largo camino sin que la pequeña locomotora mirara hacia los lados, pero al subir una colina, la pequeña locomotora, que miraba fijamente al frente, se detuvo.

—¿Y ahora por qué nos detenemos? —preguntaron sorprendidos los pasajeros—. Aquí no hay flores ni tampoco hay un bosque.

—El atardecer —dijo la pequeña locomotora— Es el atardecer. Si no lo vemos, puede que lleguemos tarde a la vida. Después de todo, cada atardecer es único en nuestras vidas.

Esta vez nadie protestó. Los pasajeros contemplaron en silencio la puesta de sol desde lo alto de la colina y en silencio esperaron el silbato de la locomotora.

Llegaron, por fin, a la estación. Los pasajeros se bajaron del tren y la pequeña locomotora se escondió.

—Ahora —pensó— los viajeros serios irán a quejarse al jefe de la estación.

Pero los viajeros, por alguna razón, sonrieron y le dijeron:

—¡Muchas gracias, pequeña locomotora!

El jefe de la estación ​​se sorprendió mucho:

—¡Pero si han llegado tres días tarde!

—Y qué —contestaron los pasajeros— pero podríamos haber llegado tarde a todo el verano, a toda la primavera y a toda la vida.

Probablemente, ya has entendido la idea de esta historia: nunca te apresures; si ves algo hermoso, si ves algo bueno, detente.

FIN

Una lista

Ilustración: Arnold Lobel

Una mañana, Sepo se sentó en la cama.

—Tengo muchas cosas que hacer —dijo—. Las escribiré todas en una lista para que no se me olviden.

Sepo escribió en una hoja de papel:

Luego, escribió:

—Ya lo he hecho —dijo Sepo. Y lo tachó:

Después, Sepo escribió más cosas en el papel:

—Bueno, ya está —dijo Sepo—. Ahora ya tengo anotado todo lo que tengo que hacer hoy.

Se levantó de la cama y desayunó.

Enseguida, Sepo tachó:

Sepo sacó su ropa del ropero y se vistió.

Después tachó:

Sepo se metió la lista en el bolsillo. Abrió la puerta y salió. Era una hermosa mañana.

Enseguida llegó Sepo a casa de Sapo. Sacó la lista del bolsillo y tachó:

Sepo llamó a la puerta.

—Hola —dijo Sapo.

—Mira la lista de cosas que tengo que hacer hoy —dijo Sepo.

—Oye, Sepo —dijo Sapo—, es una lista estupenda.

Sepo dijo:

—La lista dice que vamos a dar un paseo.

—Muy bien —dijo Sapo—, pues vamos.

Sapo y Sepo se fueron a dar un largo paseo.

Después, Sepo sacó otra vez su lista del bolsillo.

Y tachó:

En ese momento empezó a soplar un viento muy fuerte. Arrancó la lista de las manos de Sepo y se la llevó volando por los aires.

—¡Horror! —gimió Sepo—. Mi lista se va volando. ¿Qué voy a hacer sin mi lista?

—¡Ven, corre! —dijo Sapo—. Vamos de prisa y la atraparemos.

—¡No puedo! —exclamó Sepo—. ¡No puedo hacer eso!

—¿Por qué? —preguntó Sapo.

—Porque correr detrás de mi lista —explicó lloriqueando Sepo— no es una de las cosas que tengo escritas en mi lista de las cosas que tengo que hacer hoy.

Sapo corrió detrás de la lista. Corrió por valles y colinas, pero la lista volaba más y más lejos… Por fin, Sapo volvió junto a Sepo.

—Lo siento —jadeó Sapo—, lo siento, no he podido alcanzar la lista.

—¡Qué desastre! —dijo Sepo—.  No me acuerdo de ninguna de las cosas que había en mi lista de las cosas que tenía que hacer hoy. Así que tendré que quedarme aquí sentado sin hacer nada.

Sepo se sentó y no hizo nada. Sapo se sentó a su lado.

Después de muchísimo rato, Sapo dijo:

—Sepo, se está haciendo de noche. Deberíamos irnos a dormir ya.

—¡Dormir! —exclamó Sepo—. ¡Ésa era la última cosa que estaba escrita en mi lista!

Sepo escribió en el suelo con un palo:

Y luego tachó:

—Bueno, ya está —dijo Sepo—. Ahora ya he tachado la última cosa que tenía que hacer hoy.

—¡Cuánto me alegro! —suspiró Sapo.

Y enseguida, Sapo y Sepo se quedaron dormidos.

FIN

El pueblo que no quería ser gris

Ilustración: Leonid Afrémov

Había una vez un rey grande, en un país chiquito. En el país chiquito vivían hombres, mujeres y niños. Pero el rey nunca hablaba con ellos, solamente les ordenaba. Y como no hablaba con ellos, no sabía lo que querían; y si por casualidad lo sabía, no le interesaba.

El rey grande del país chiquito ordenaba, solamente ordenaba: ordenaba esto, aquello y lo de más allá, que hablaran o que no hablaran, que hicieran así o que hicieran asá.

Tantas órdenes dio, que un día no tuvo más cosas para ordenar.

Entonces se encerró en su castillo y pensó, hasta que se decidió: «Ordenare que todos pinten sus casas de gris».

Y todos pintaron sus casas de gris.

Todos menos uno; uno que estaba sentado mirando el cielo y vio pasar una paloma roja, azul y blanca.

—¡Oh, qué linda! —dijo maravillado— ¡Pintaré mi casa de rojo, azul y blanco!

Y la pintó nomás.

Cuando el rey miró desde su torre y vio entre las casas grises una roja, azul y blanca, se cayó de espaldas una vez, pero enseguida se levantó y ordenó a sus guardias:

—¡Traigan inmediatamente a uno que pintó su casa de rojo, azul y blanco!

Los guardias aprontaron sus ojos para verlo todo, sus orejas para oír y se marcharon.

Pero mientras llegaban a la casa de «uno», otro que viva en la casa vecina dijo:

—Qué linda casa; yo también pintaré la mía así.

Y la pintó nomás.

Entonces cuando los guardias llegaron, no supieron cuál era la casa de uno y cuál la casa de otro, así que regresaron al castillo y hablaron con el rey.

—¡No puede ser! —dijo el rey, y miró desde la torre. Al ver lo que vio, se cayó de espaldas dos veces, pero enseguida se levantó. Y ordenó a sus guardias—: ¡Me traen a uno y a otro, ¡inmediatamente!

Pero ya un tercero había visto las dos casas de rojo, azul y blanco y en un instante pintó la suya.

Los guardias no tuvieron más remedio que regresar y preguntarle al rey:

—¿Qué hacemos, traemos a uno, a otro y a otro?

Entonces el rey se cayó de espaldas tres veces, y los guardias tuvieron que ayudarlo a levantarse.

—¡Traen a los tres! —dijo en cuanto estuvo levantado.

Pero cuando los guardias bajaron, no había tres casas pintadas, había 333.333.

—Bueno —dijeron los guardias cuando terminaron de contarlas—, se lo diremos al rey.

Y el rey se cayó de espaldas una vez, dos, cuatro, ocho, dieciséis, treinta y dos, sesenta y cuatro y ciento veintiocho veces.

Mientras se caía y lo levantaban, el rey ordenaba.

—¡Que me traigan todo lo que sea rojo, azul y blanco!

Los guardias bajaron ligerito.

En la ciudad había 333.333 casas rojas, azules y blancas, y las aceras eran rojas, azules y blancas, y los perros metían las colas en los tachos de pintura y luego se sacudían al lado de los árboles, los jinetes con sus ropas recién pintadas subían a los caballos y los caballos al galopar dejaban los caminos pintados; y las palomas mojaban sus patitas en los charcos de pintura que brillaban al sol, luego volaban a los palomares, y los palomeros pintaban las alas de las palomas así que cuando estas volaban por el cielo parecían barriles de colores: y todos las miraban y se sentían muy contentos.

Todo era rojo, azul y blanco.

Todo menos el rey, sus guardias y el castillo.

—¡Todo aquel que sea rojo, azul y banco debe marchar inmediatamente al castillo! ¡El rey lo ordena! —dijeron los guardias.

Y todos hombres, mujeres, niños, ancianos, caballos, perros y pájaros, gatos y palomas, todos los que podían marchar, llegaron al castillo. Eran tantos, tantos, y estaban tan entusiasmados, que al momento el castillo, las murallas, los fosos, los estandartes, las banderas, quedaron de color rojo azul y blanco. Y los guardias también.

Entonces el rey se cayó de espaldas una sola vez, pero tan fuerte que no se levantó más.

El rey de la comarca vecina, al mirar desde lo alto de su torre dijo:

—Algo ha sucedido, el rey del país chiquito ha cambiado el color de sus estandartes, enviaré a mis emisarios para que averigüen lo que ha sucedido.

—¿Qué ha sucedido?, ¿qué ha sucedido? —preguntaron los emisarios, cuando estuvieron en presencia del rey.

Pero el rey grande del país chiquito estaba tan caído, que ni siquiera podía contestar.

Entonces «unoۚ» dijo:

—Resulta que yo estaba en la puerta de mi casa, tomando el fresco, mirando el cielo, y vi pasar una paloma roja, azul y blanca, y entonces…

Y siguió contando todo lo que había sucedido.

—Pondremos sobre aviso a nuestro rey —dijeron los emisarios del país vecino, no vaya a ser que le pase lo mismo.

Y marcharon al galope.

Claro que los caballos llevaban ya sus patas pintadas, y mientras galopaban, pintaban los caminos de rojo, azul y blanco…

Pero fueron las palomas, las que primero llegaron a la comarca del rey vecino.

Y uno que estaba sentado en la puerta de su casa tomando el fresco, las vio y dijo:

—¡Oh, qué lindo!, pintaré mi casa de rojo, azul y blanco.

Y la pintó nomás y, como pueden ustedes imaginar, este cuento que acá termina por otro lado vuelve a empezar.

FIN

La Vaca y la Luna

Ilustración: Seeburglar

Como ustedes saben, la Luna es una señora redonda, monda, oronda y lironda, que está siempre sentada en el cielo.

Y también habrán pensado muchas veces: ¿la Luna no se aburre allá arriba, tan sentada?

Ahora que los hombres ya van a visitarla a ella, ¿no se le habrá ocurrido nunca jugar a las visitas con nosotros? Podríamos hacerla saltar, botar y rodar como una pelota blanca.

Pues bien, yo les contaré un secreto, pero no lo repitan a nadie.

Hace mucho, mucho tiempo, cuando la Luna era chiquita, bajaba a la Tierra todos los lunes. Sí, venía a jugar y hacer travesuras. Y bajaba sin permiso del Sol, que se quedaba allá arriba sentado en su trono, muerto de calor, mirándola de reojo muy enojado. Y la Luna chiquita se divertía mucho aquí en la Tierra. Jugaba con los gatos, los chicos, las mariposas y las ovejas. Se bañaba en los arroyos y rodaba por los toboganes. Se caía de las hamacas y botaba por las calesitas.

Pero un lunes… un lunes le pasó un accidente, pobre la Luna, y desde entonces no quiso volver más a la Tierra. Se quedó sentada en el cielo para siempre, redonda, monda, oronda y lironda, repitiendo una triste canción que dice:

Y ahora les contaré, en secreto, qué le pasó a la Luna cuando bajó a la Tierra hace muchos, muchos años, por última vez.

Resulta que vino rodando por el cielo, como todos los lunes. Aterrizó en un campito verde lleno de flores y mariposas. El Sol brillaba muy fuerte, de puro enojado que estaba con la escapada de la Luna. Como se había agachado para mirarla mejor, hacía mucho calor. La Luna se bañó en el arroyo para refrescarse y después se sentó en el pastito muy tranquila cuando, como todos los lunes, se le acercaron sus amigos: chicos, sapos, ovejas, mariposas y grillos. Se pusieron todos a jugar, y la Luna rodaba de aquí para allá, de allá para aquí, riendo en jajajá y riendo en jijijí.

Jugaron a la escondida, a la mancha venenosa, al Martín Pescador… bailaron la rancherita y el pericón, hasta que por fin los chicos tuvieron que irse al colegio, las ovejas a almorzar, los grillos a cantar y las mariposas a mariposear. La Luna se quedó sola, y como estaba muy cansada de tanto brincar, decidió dormir una siestita. Durmió un rato muy largo.

Cuando se despertó, el Sol ya estaba resbalando por el horizonte, sin dejar de mirarla de reojo y con las cejas arrugadas como si fueran dos ciempiés. Al despertarse, la Luna sintió algo muy raro en la cabeza. Una cosa áspera, caliente y húmeda la acariciaba torpemente.

—¿Pero qué es esto? —gritó la Luna asustada.

Y se encontró con los ojos tontos y vacunos de una Vaca que la estaba lamiendo entusiasmada. La Luna se tocó la cabezota y notó con horror que le faltaba un buen pedazo. La Vaca a todo esto se relamía.

—¡Pero qué barbaridad! —le dijo la Luna—. ¡Me has estado lamiendo durante toda la siesta con esa lengua grandota y de papel de lija! ¿No te da vergüenza, Vaca vacuna?

La pobre Vaca se disculpó diciendo:

—Tunúus rucu gustu u sul. U cumu u mú mu gustu muchu lu sul…

(Las vacas hablan solamente con la U, de modo que esto, traducido del vacuno al castellano, quiere decir: «Tenías rico gusto a sal, y como a mí me gusta mucho la sal…»).

Y la pobre Luna se puso a llorar.

—¡Ahora sí que el Sol me va a retar, y con toda razón, porque ya no soy redonda, monda, oronda y lironda, me falta un pedazo, parezco un huevo!…

La Luna lloraba frotándose tristemente el pedazo de cabeza que le faltaba. A todo esto, la Vaca se relamía, y como única palabra de consuelo y disculpa, decía atentamente:

—Muuuuu.

El Sol se tapó con una nube y desapareció, para no seguir presenciando tamaña calamidad. La Luna, tristísima, se volvió al cielo, donde algunas veces, cuando se da vuelta un poquito, ustedes le podrán ver el buen pedazo de Luna que le gastó la vaca con su lengua de lija.

Por eso ahora la Luna prefiere no bajar más a la Tierra, y se queda sentada en el cielo todas las noches, repitiendo esa triste canción que dice:

Y a las tres, a las dos, y a la una, se acabó el cuento de la Luna.

FIN

El jabalí y el yugo

Temprano por la mañana, un jabalí se fue a pescar al lago. Se sentó en un tocón de árbol talado, arrojó su caña de pescar y esperó pacientemente.

Al poco, algo quedó atrapado en el anzuelo. Con todas sus fuerzas tiró de la caña hacia atrás y, de repente, algo salió del agua.

—¿Qué es esto? ¡Nunca antes había visto un pez así!

—Eso es un pez yugo de caballo —le explicó un pájaro.

—¿Y qué voy a hacer yo con este pez? —preguntó el jabalí.

—Muy sencillo, colócaselo a alguien encima y ese alguien tendrá que llevarte a donde tú quieras —explicó el pájaro.

—¡Así que, después de todo, la pesca ha sido buena! —dijo contento el jabalí—. Este yugo me servirá. Estoy tan gordo, que me cuesta andar.

Entonces vio un pato en el lago que nadaba junto a sus patitos.

—¡Le pondré el yugo ahora mismo! —dijo decidido.

Pero no tuvo éxito. Los patos volaron y el jabalí cayó entre los juncos y casi se ahoga en el agua.

«¿A quién podría ponerle el yugo?», pensó el jabalí.

Regresó al bosque, se escondió detrás de un árbol y esperó.

De algún lugar, apareció de súbito un zorro. Pero ¿podría poner el yugo sobre aquel pelirrojo? El zorro no estuvo en absoluto de acuerdo en llevar aquello alrededor de su cuello, ¡y, además, mordió al jabalí en la punta de la nariz!

«A ese par de mocosos los venceré con facilidad», pensó el jabalí al ver a dos conejos hermanos jugando al fútbol en un claro. «¡En un periquete estarán corriendo con mi yugo alrededor del cuello!». Pero tampoco tuvo éxito. Intentó atrapar a los dos, pero, al final, no atrapó ni a uno.

El jabalí, muy cansado, se acostó entre los arbustos y se durmió rápidamente. Soñó que su yugo era tirado por una bandada de patos, que lo llevaban por el lago. Él nadaba sobre el agua y eran los propios peces los que entraban en su boca para que se los comiera.

De repente, se oyó un ruido entre los arbustos que despertó al jabalí. Abrió los ojos y se movió sigilosamente, levantó el yugo por encima de su cabeza y, ¡zas!, lo arrojó en la dirección del ruido, entre los arbustos de frambuesa, y el yugo fue a caer sobre el cuello de… ¡un oso!

—¡Discúlpame, por favor! —gritó el jabalí— Pensé que…

—¿Dónde encontraste este yugo? —preguntó el oso.

—En el lago.

—¿Y para qué lo quieres?

—Quería colocárselo a alguien en el cuello, para que tirara de mí y me llevara adonde yo quisiera.

—Pues haremos una cosa —dijo el oso muy enfadado—, antes de que te arrastren a ti,  primero probarás tú mismo cómo es eso de arrastrar a otros —Y, acto seguido, puso el yugo en el cuello del jabalí.

FIN

Los sueños del sapo

Ilustración: Rowkey

Una tarde un sapo dijo:

—Esta noche voy a soñar que soy árbol.

Y dando saltos, llegó a la puerta de su cueva. Era feliz; iba a ser árbol esa noche.

Todavía andaba el sol girando en la rueda del molino. Estuvo un largo rato mirando el cielo. Después bajó a la cueva, cerró los ojos y se quedó dormido.

Esa noche el sapo soñó que era árbol.

A la mañana siguiente contó su sueño. Más de cien sapos lo escuchaban.

—Anoche fui árbol —dijo—; un álamo. Estaba cerca de unos paraísos. Tenía nidos. Tenía raíces hondas y muchos brazos como alas, pero no podía volar. Era un tronco delgado y alto que subía. Creí que caminaba, pero era el otoño llevándome las hojas. Creí que lloraba, pero era la lluvia. Siempre estaba en el mismo sitio, subiendo, con las raíces sedientas y profundas. No me gustó ser árbol.

El sapo se fue, llegó a la huerta y se quedó descansando debajo de una hoja de acelga.

Esa tarde el sapo dijo:

—Esta noche voy a soñar que soy río.

Al día siguiente contó su sueño. Más de doscientos sapos formaron rueda para oírlo.

—Fui río anoche —dijo—. A ambos lados, lejos, tenía las riberas. No podía escucharme. Iba llevando barcos. Los llevaba y los traía. Eran siempre los mismos pañuelos en el puerto. La misma prisa por partir, la misma prisa por llegar. Descubrí que los barcos llevan a los que se quedan. Descubrí también que el río es agua que está quieta, es la espuma que anda; y que el río está siempre callado, es un largo silencio que busca las orillas, la tierra, para descansar. Su música cabe en las manos de un niño; sube y baja por las espirales de un caracol. Fue una lástima. No vi una sola sirena; siempre vi peces, nada más que peces. No me gustó ser río.

Y el sapo se fue. Volvió a la huerta y descansó entre cuatro palitos que señalaban los límites del perejil.

Esa tarde el sapo dijo:

—Esta noche voy a soñar que soy caballo.

Y al día siguiente contó su sueño. Más de trescientos sapos lo escucharon. Algunos vinieron desde muy lejos para oírlo.

—Fui caballo anoche —dijo—. Un hermoso caballo. Tenía riendas. Iba llevando un hombre que huía. Iba por un camino largo. Crucé un puente, un pantano; toda la pampa bajo el látigo. Oía latir el corazón del hombre que me castigaba. Bebí en un arroyo. Vi mis ojos de caballo en el agua. Me ataron a un poste. Después vi una estrella grande en el cielo; después el sol; después un pájaro se posó sobre mi lomo. No me gustó ser caballo.

Otra noche soñó que era viento. Y al día siguiente dijo:

—No me gustó ser viento.

Soñó que era luciérnaga, y dijo al día siguiente:

—No me gustó ser luciérnaga.

Después soñó que era nube, y dijo:

—No me gustó ser nube.

Una mañana los sapos lo vieron muy feliz a la orilla del agua.

—¿Por qué estás tan contento? —le preguntaron.

Y el sapo respondió:

—Anoche tuve un sueño maravilloso. Soñé que era sapo.

FIN