Cuento contemporáneo

Pubrecito, el cucudrilo

Ilustración: iktis

Garófalo —un mono pesado como media pirámide de Egipto— se lanzó de liana en liana, desoyendo los pedidos de sus amigos, que le rogaban no desplazarse colgado…

Por suerte, la selva tambaleó unos instantes pero no se derrumbó, porque Garófalo había comprendido que incluso a él mismo, le convenía caminar prudentemente si quería seguir vivito y moneando y se desprendió de la cuarta liana justo a tiempo…

Con qué alivio respiraron todos los demás animales cuando sintieron que la selva volvía a mantenerse en su lugar, después de tantos temblores de tierra y sacudida de árboles, entonces, decidieron celebrarlo.

Espiridón —un oso hormiguero— fue el encargado de organizar la fiesta.

Envió invitaciones hasta a las hormigas, pues bien sabían que no correrían peligro alguno con ese oso, alérgico a ellas al punto que se le producía sarpullido de solo mirarlas…

Las invitaciones decían:

“Te espero el próximo viernes, a la hora de la siesta, junto a mi madriguera. vamos a repartir las tareas previas a la realización del acto con motivo de celebrar que aún estamos vivos. Firmado: Espiridón.”

Y así fue como el viernes, a la hora de la siesta, casi todos los animales se congregaron en las proximidades de la madriguera del oso… Faltaron sólo los amargados de siempre… esos que prefieren reunirse en los velorios y no entienden que estar vivo es un hermoso motivo para festejar…

Una vez que los asistentes a su convocatoria se acomodaron alrededor, Espiridón les anunció:

—Amigos, mañana daremos una gran fiesta. Les comunico que…

Sin esperar a que el  oso concluyera la frase, el sapito González —que era uno de los animales más sinceramente entusiasmados con el festejo, ya que no es lo mismo que a uno se le caiga encima un árbol siendo sapo en vez de elefante— exclamó:

—¡FAAANTAAÁSTIIICOOOOOO!

Además de alérgico a las hormigas, Espiridón lo era también a las pulgas; por eso tenía pocas, tan pocas pulgas que no soportaba que nadie lo interrumpiera mientras hablaba. Y menos un animal que tuviese boca amplia, extendida, generosa como la del sapito.

—¡No tolero a los bocones! —pensaba—. ¡Aj! Se me estará por producir una nueva alergia.

Para su fastidio, cuantas veces trataba de reanudar su discurso González lo interrumpía, sin mala intención… pero lo interrumpía… el sapito lanzaba sus exclamaciones de boca abierta de par en par… de vocales abiertas también de par en par:

—¡MAAARAAAVIIILLLOOOOOSOOOOO!

—¡ESPLEEEEÉNDIIIDOOOOO!

—¡MAAAGNIIIIÍFICOOOOOOO!

—¡EEESTOOOOOY DEEE AAAACUUUUUERDOOOO!

Apenas pronunció:

—¡EEESTOOOOOY DEEE AAAACUUUUUERDOOOO! —se arrepintió, porque el oso —al borde de un ataque de «antiboquismo»— acababa de informar:

—¡NO PODRÁN CONCURRIR A LA FIESTA LOS ANIMALES DE BOCA GRANDE!

Y era evidente que lo decía dirigiéndose exclusivamente a él…

Entonces, como González era sapo, sí, pero no zonzo, saltó junto al oso, fingió gran preocupación por lo que terminaba de escuchar, enfrentó a Espiridón con valentía y, frunciendo su boca  al máximo, gritó:

—¡PUBRECITO EL CUCUDRILU!

FIN

El país de la geometría

Ilustración: Rosita-Fresita

Había una vez un amplio país blanco de papel. El Rey de este país era el Compás. ¿Por qué no?

El Compás. Aquí viene caminando con sus dos patitas flacas: una pincha y la otra no.

Jo jo jo jo jo, una pincha y la otra no.

El Rey Compás vivía en un gran palacio de cartulina en forma de icosaedro, con dieciocho ventanitas. Cualquiera de nosotros estaría contento en un palacio así, pero el Rey Compás no. Estaba siempre triste y preocupado.

Porque para ser feliz y rey completo le faltaba encontrar a la famosa Flor Redonda.

Jo jo jo jo jo, sin la Flor Redonda no.

El Rey Compás tenía un poderoso ejército de Rombos, una guardia de vistosos Triángulos, un escuadrón policial de forzudos Trapecios, un sindicato de elegantes Líneas Rectas, pero… le faltaba lo principal: ser dueño de la famosa Flor Redonda.

El Rey había plantado dos Verticales Paralelas en el patio, que le servían de atalaya. Las Paralelas crecían, crecían, crecían…

Muchas veces el Rey trepaba a ellas para otear el horizonte y ver si alguien le traía la Flor, pero no.

Había mandado cientos de expediciones en su búsqueda y nadie había podido encontrarla.

Un día el Capitán de los Rombos le preguntó:

—¿Y para qué sirve esa flor, señor Rey?

—¡Tonto, retonto! —tronó el Rey—. ¡Solamente los tontos retontos preguntan para qué sirve una flor! El Capitán Rombo, con miedo de que el Rey lo pinchara, salió despacito y de perfil por el marco de la puerta.

Otro día el Comandante de los Triángulos le preguntó:

—Hemos recorrido todos los ángulos de la comarca sin encontrarla, señor Rey. Casi creemos que no existe. ¿Puedo preguntarle para qué sirve esa flor?

—¡Tonto, retonto! —tronó el Rey—. ¡Solamente los tontos retontos preguntan para qué sirve una flor! El Comandante de los Triángulos, temeroso de que el Rey lo pinchara, salió despacito y de perfil por una de las dieciocho ventanas del palacio.

Otra tarde la Secretaria del sindicato de Líneas Rectas se presentó ante el Rey y tuvo la imprudencia de decirle:

—¿No le gustaría conseguir otra cosa más útil, señor Rey? Porque al fin y al cabo, ¿para qué sirve una flor?

—¡Tonta, retonta! —tronó el Rey—. ¡Solamente las tontas retontas preguntan para qué sirve una flor! La pobre señorita Línea, temerosa de que el Rey la pinchara, se escurrió por un agujerito del piso.

Poco después llegaron los Trapecios, maltrechos y melancólicos después de una larga expedición.

—¿Y? ¿Encontraron a la Flor Redonda? —les preguntó el Rey, impaciente.

—Ni rastros, Majestad.

—¿Y qué diablos encontraron?

—Cubitos de hielo, tres dados, una regla y una cajita.

—¡Harrrto! ¡Estoy harrrto de ángulos y rectas y puntos! ¡Sois todos unos cuadrados! (Este insulto ofendió mucho a los Trapecios). ¡Estoy harrrto y amarrrgado! ¡Quiero encontrar a la famosa Flor Redonda!

Y todos tuvieron que corear la canción que ya era el himno de la comarca:

Sin la flor redonda no. Jo jo jo jo jo.

Los súbditos del Rey, para distraerlo, decidieron organizar un partido de fútbol. Las tribunas estaban llenas de Puntos alborotados. Los Rombos desafiaban a los Triángulos.

En fin, ganaron los Triángulos por 1 a 0 (mérito singular si se tiene en cuenta que la pelota era un cubo). El Capitán de los Rombos fue a llorar su derrota en un rincón.

El Comandante de los Triángulos, cansado y victorioso, se acercó al Rey:

—¿Y? ¿Le gustó el partido, Majestad?

—¡Bah, bah!… —dijo el Rey, distraído, siempre con su idea fija—. No perdamos tiempo con partidos; mañana salimos todos de expedición.

—¿Mañana? Pero estamos muy cansados, señor Rey. El partido duró siete horas; usted no sabe cómo cansa jugar con una pelota en forma de cubo.

—Tonto, retonto, mañana partimos.

A la mañana tempranito el Rey pasó revista a sus tropas. Había decidido salir él mismo a la cabeza de la expedición. Rombos, Cuadrados, Triángulos, Trapecios y Líneas Rectas formaban fila, muertos de sueño y escoltados por unos cuantos Puntos enrolados como voluntarios.

Allá se van todos, en busca de la famosa, misteriosa y caprichosa Flor Redonda.

La expedición del Rey Compás atravesó páginas y cuadernos desolados, ríos de tinta china, espesas selvas de viruta de lápiz, cordilleras de gomas de borrar, buscando, siempre buscando a la dichosa flor.

Registraron todos los ángulos, todos los rincones, todos los vericuetos, bajo el viento, la lluvia, el granizo y la resolana.

—Me doy por vencido —dijo por fin el Rey—. Quizás ustedes tenían razón y la dichosa Flor Redonda no exista. Quizá no eran tan retontos como yo pensaba. Volvamos a casita.

Cuando volvieron, el Rey se encerró en su cuarto, espantosamente triste y amargado.

Al rato entró la señora Línea a llevarle la sopita de tiza y se preocupó mucho al verlo tan triste.

—Señor Rey —le dijo para consolarlo—, ¿no sabe usted que siempre es mejor cantar y bailar que amargarse?

Cuando la señorita Línea se hubo deslizado por debajo de la puerta, el Rey, que no era sordo a los consejos, dijo:

—Y bueno, probemos: la la la la… —Y cantó y bailó un poquito.

Bailando, bailando, bailando, descubrió sorprendido que había dibujado una hermosa Flor Redonda sobre el piso de su cuarto.

Y siguió bailando hasta dibujar flores y más flores redondas que pronto se convirtieron en un jardín.

Jo jo jo jo jo, y la Flor la dibujó.

FIN

El Club de los Perfectos

Ilustración: hyban

Hay gente que ya está cansada de que yo cuente cosas del barrio de Florida. Pero no es culpa mía: en Florida pasa cada cosa que una no puede menos que contarla.

Como la historia esa del Club de los Perfectos.

Porque resulta que los perfectos de Florida decidieron formar un club.

Alguno de ustedes preguntará quiénes eran los Perfectos. Bueno, los Perfectos de Florida eran como los Perfectos de cualquier otro barrio, así que cualquiera puede imaginárselos.

Por ejemplo, los Perfectos no son gordos pero tampoco son flacos.

No son demasiado altos, y mucho menos petisos.

Tienen todos los dientes parejos y jamás de los jamases se comen las uñas.

Nunca tienen pie plano ni se hacen pis encima.

No son miedosos. Ni confianzudos.

No se ríen a carcajadas ni lloran a moco tendido.

Los Perfectos siempre están bien peinados, siempre piden «por favor» y jamás hablan con la boca llena.

Hay que reconocer que los Perfectos de Florida no eran muchos que digamos. Es más, eran muy pocos. Tan pocos que había calles, como Agustín Álvarez donde no podía encontrarse un Perfecto ni con lupa. Pero —pocos y todo— decidieron formar un club porque todo el mundo sabe que a los Perfectos sólo les gusta charlar con Perfectos, comer con Perfectos y casarse con Perfectos.

El Club de los Perfectos fue el tercer club de Florida. Los otros dos eran el Deportivo Santa Rita y el Social Juan B. Justo.

El Deportivo Santa Rita era sobre todo un club de fútbol. Los sábados por la tarde se llenaba de floridenses porque los sábados por la tarde se jugaban los partidos amistosos con el equipo de Cetrángolo.

El Social Juan B. Justo era el club de los bailes. Los sábados por la noche los floridenses que querían ponerse de novios se reunían a bailar con los Rockeros de Florida entre guirnaldas verdes, rojas y amarillas.

Pero el Club de los Perfectos era otra cosa.

Para empezar no era ni un galpón ni una cancha. Era una casa en la calle Warnes, con grandes ventanales y una verja alta de rejas negras. Y en el jardín que daba al frente, nada de malvones, dalias y margaritas, solo palmeras esbeltas, rosales de rosas blancas y gomeros de hojas lustrosas.

Los sábados por la noche los Perfectos llegaban al club con sus ropas planchadas y sus corbatas brillantes. Como eran perfectamente puntuales llegaban todos juntos.

Se sentaban alrededor de la mesa con mantel almidonado y vajilla deslumbrante. Comían tranquilos y educados. Masticaban bien. Sonreían. Nunca parecían tener hambre. Ni apuro. Ni sueño. Ni rabia. Ni ganas. Ni celos. Ni frío.

Tan diferentes eran, que a los floridenses se les hizo costumbre eso de ir a visitar el Club de los Perfectos. Bueno, visitar es una manera de decir porque al Club de los Perfectos sólo entraban Perfectos, y los demás miraban de afuera.

Lo cierto es que, a eso de las siete de la tarde, en cuanto terminaba el partido, los del Deportivo Santa Rita se venían en patota a la calle Warnes y, a eso de las ocho, antes de ir para el baile del Social Juan B. Justo, las parejas de novios pasaban por la calle Warnes para echarles una ojeadita a los Perfectos.

Los floridenses se apretaban todos junto a la verja. Eran un montón, pero ninguno era perfecto. Estaba doña Clementina, llena de arrugas; el nieto de don Braulio, que era un poco bizco; el chico del almacén, que era petiso; Antonia, llena de pecas… y chicos que usaban aparatos en los dientes, chicos que a veces se comían las uñas, chicos que a veces se hacían pis encima, chicos con mocos, muchachos que clavaban los dientes en sánguches de milanesa porque tenían hambre y chicas un poco despeinadas porque había viento.

Los sábados por la noche el Club de los Perfectos estaba siempre rodeado de floridenses. Y fue por eso que, cuando pasó lo que tenía que pasar, hubo muchos que pudieron contarlo.

Resulta que estaban ahí los Perfectos, tan perfectos como siempre reunidos alrededor de la mesa, perfectamente bronceados porque era verano y perfectamente frescos y perfumados, cuando pasó lo que tenía que pasar.

Pasó una cucaracha.

Una cucaracha lisita, negra, brillante, en cierto modo una cucaracha perfecta, que trepó lentamente por el mantel almidonado y empezó a caminar, perfectamente serena, por entre los platos.

El primero que la vio fue un Perfecto de saco blanco y corbata a rayas, perfectamente rubio. La cucaracha se acercaba, pacíficamente, hacia su plato.

El Perfecto rubio se puso de pie… demasiado bruscamente, porque volcó la silla, empujó con el codo el plato decorado, que se estrelló contra el piso, y derramó el vino tinto de su copa labrada sobre la Perfecta de vestido blanco.

La cucaracha entre tanto, posiblemente sorda y seguramente valiente, seguía recorriendo la mesa, desviándose sin sobresaltos cuando se le interponía algún plato.

Los Perfectos en cambio sí que parecían sobresaltados. Había algunos que se subían a las sillas y gritaban pidiendo ayuda, y otros que se comían velozmente las uñas acurrucados en los rincones.

Había algunos que lloraban a moco tendido y otros que, de puro nerviosos, se reían a carcajadas.

El mantel ya no parecía el mismo, lleno como estaba de platos rotos y copas volcadas. Y serena, parsimoniosa la manchita negra y lustrosa proseguía su camino.

Los floridenses que estaban junto a la reja al principio no entendían. Se agolpaban para ver mejor, los de la primera fila les pasaban noticias a los de atrás. Aníbal, el relator de los partidos amistosos, se trepó a lo alto de la verja y empezó a transmitir los acontecimientos:

—El Perfecto de la Camisa a Cuadros se cae de espaldas. Rueda. Quiere ponerse de pie, trastabilla y cae sobre la Perfecta del Collar de Nácar. La Perfecta del Collar de Nácar pierde la peluca. Se arroja al suelo y camina en cuatro patas tratando de recuperarla. El Perfecto del Traje Azul tropieza con ella, pierde el equilibrio y cae… Cae también su dentadura, que golpea ruidosamente contra la pata de la mesa…

Arrugados, despeinados, manchados y llorosos, los Perfectos fueron abandonando la casa de la calle Warnes. Los floridenses los miraban salir y no podían casi reconocerlos. Algunos estaban pálidos. Otros parecían viejos. Algunos, si se los miraba bien, eran francamente gordos. Y todos, uno por uno, estaban muertos de miedo.

A los floridenses más burlones les daba un poco de risa.

Los floridenses más comprensivos les sonreían y les daban la bienvenida: al fin de cuentas no era tan malo estar de este lado de la reja.

De más está decir que ese mismo día se disolvió el Club de los Perfectos.

Y cuentan en el barrio que los sábados por la tarde algunos de los que fueron sus socios llegan cansados y hambrientos del Deportivo Santa Rita y que otros van, un poco despeinados, al Social Juan B. Justo.

Cuentan también que en la casa de la calle Warnes ahora crecen malvones.

Y parece que así es mucho mejor que antes.

FIN

La pajarita de papel

Ilustración: oanalivia

Tato tenía seis años y un caballo de madera.

Un día, su padre le dijo:

 —¿Qué regalo quieres? Dentro de poco es tu cumpleaños.

Tato se quedó callado. No sabía qué pedir.

Entonces, vio un pisapapeles sobre la mesa de su padre. Era una pajarita de plata sobre un pedazo de madera. Y sobre la madera estaba escrito:

Para los que no tienen tiempo de hacer pajaritas.

Al leer aquello, sin saber por qué, el niño sintió pena por su padre y dijo:

—Quiero que me hagas una pajarita de papel.

El padre sonrió:

—Bueno, te haré una pajarita de papel.

El padre de Tato empezó a hacer una pajarita de papel, pero ya no se acordaba. Fue a una librería y compró un libro. Con aquel libro, aprendió a hacer pajaritas de papel.

Al principio le salían mal; pero, después de unas horas, hizo una pajarita de papel maravillosa.

—Ya he terminado, ¿te gusta?

El niño miró la pajarita de papel y dijo:

—Está muy bien hecha, pero no me gusta. La pajarita está muy triste.

Y el padre fue a casa de un sabio y le dijo:

—Esta pajarita de papel está triste; inventa algo para que esté alegre.

El sabio hizo un aparato, se lo colocó a la pajarita debajo de las alas, y la pajarita comenzó a volar.

El padre llevó la pajarita de papel a Tato y la pajarita voló por toda la habitación.

—¿Te gusta ahora? —le preguntó

Y el niño dijo:

 —Vuela muy bien, pero sigue triste. Yo no quiero una pajarita triste.

El padre fue a casa de otro sabio. El otro sabio hizo un aparato con el que la pajarita podía cantar.

La pajarita de papel voló por toda la habitación de Tato. Y, mientras volaba, cantaba una hermosa canción.

Tato dijo:

—Papá, la pajarita de papel está triste; por eso, canta una triste canción. ¡Quiero que mi pajarita sea feliz!

El padre fue a casa de un pintor muy famoso. Y el pintor muy famoso pintó hermosos colores en las alas, en la cola, y en la cabeza de la pajarita de papel.

El niño miró la pajarita de papel pintada de hermosos colores.

—Papá, la pajarita de papel sigue estando triste.

El padre de Tato hizo un largo viaje. Fue a casa del sabio más sabio de todos los sabios. Y el sabio más sabio de todos los sabios, después de examinar a la pajarita, le dijo:

—Está pajarita de papel no necesita volar, no necesita cantar, no necesita hermosos colores, para ser feliz.

Y el padre de Tato le preguntó:

 —Entonces ¿por qué está triste?

Y el sabio más sabio de todos los sabios le contestó:

—Cuando una pajarita de papel está sola, es una pajarita de papel triste.

El padre regresó a casa. Fue al cuarto de Tato y le dijo:

—Ya sé lo que necesita nuestra pajarita para ser feliz.

Y se puso a hacer muchas, muchas, pajaritas de papel.  Cuando la habitación estuvo llena de pajaritas, Tato grito:

—¡Mira, papá! Nuestra pajarita de papel ya está muy feliz. Es el mejor regalo que me has hecho en toda mi vida.

Entonces, todas las pajaritas de papel, sin necesidad de ningún aparato, volaron y volaron por toda la habitación.

FIN

El rey que no quería bañarse

Ilustración: pesare

Las esponjas suelen contar historias muy interesantes, el único problema es que lo cuentan en voz muy baja y para oírlas hay que lavarse muy bien las orejas. Una esponja me contó una vez lo siguiente…

En una época lejana las guerras duraban mucho, un rey se iba a la guerra y tardaba treinta años en volver, cansado y sudado de cabalgar, y con la espada tinta en chinchulín enemigo.

Algo así le sucedió al rey Vigildo. Se fue a la guerra una mañana y volvió veinte años más tarde, protestando porque le dolía todo el cuerpo.

Naturalmente lo primero que hizo su esposa, la reina Inés, fue prepararle una bañera con agua caliente. Pero cuando llegó el momento de sumergirse en la bañera, el rey se negó.

—No me baño —dijo—¡No me baño, no me baño y no me baño!

La reina, los príncipes, la parentela real y la corte entera quedaron estupefactos.

—¿Qué pasa majestad? —preguntó el viejo chambelán— ¿Acaso el agua está demasiado caliente? ¿El jabón demasiado frío? ¿La bañera demasiado profunda?

—No, no y no —contestó el rey— pero yo no me baño nada.

Por muchos esfuerzos que hicieron para convencerlo, no hubo caso.

Con todo respeto trataron de meterlo en la bañera entre cuatro, pero tanto gritó y tanto escándalo formó para escapar, que al final lo soltaron.

La reina Inés consiguió cambiarle las medias, —¡las medias que habían batallado con él veinte años!— pero nada más.

Su hermana, la duquesa Flora le decía:

—¿Qué te pasa Vigildo? ¿Temes oxidarte o despintarte o encogerte o arrugarte..?

Así pasaron días interminables. Hasta que el rey se atrevió a confesar.

—¡Extraño las armas, los soldados, las fortalezas, las batallas! Después de tantos años de guerra, ¿qué voy a hacer yo sumergido como un besugo en una bañera de agua tibia? Además de aburrirme, me sentiría ridículo.

Y terminó diciendo en tono dramático: ¿Qué soy yo, acaso un rey guerrero o un poroto en remojo?

Pensándolo bien el rey Vigildo tenía razón. ¿Pero cómo solucionarlo? Razonaron bastante, hasta que al viejo chambelán se le ocurrió una idea. Mandó hacer un ejército de soldados del tamaño de un dedo pulgar, cada uno con su escudo, su lanza, su caballo, y pintaron los uniformes del mismo color que el de los soldados del rey. También construyeron una pequeña fortaleza con puente levadizo y con cocodrilos del tamaño de un carretel, para poner en el foso del castillo. Fabricaron tambores y clarines en miniatura. Y barcos de guerra que navegaban empujados a mano o soplidos.

Todo esto lo metieron en la bañera del rey, junto con algunos dragones de jabón.

Vigildo quedó fascinado. ¡Era justo lo que necesitaba!

Ligero como una foca, se zambulló en el agua. Alineó a sus soldados, y ahí nomás inició un zafarrancho de salpicaduras y combate. Según su costumbre daba órdenes y contraordenes. Hacía sonar la corneta y gritaba:

—¡Avanzad mis valientes! Glub, glub. ¡No reculéis cobardes! ¡Por el flanco izquierdo! ¡Por la popa…!- Y cosas así.

La esponja me contó que después no había forma de sacarlo del agua.

También que esa costumbre quedó para siempre. Es por eso que, todavía hoy, cuando los chicos se van a bañar, llevan sus soldados, sus perros, sus osos, sus tambores, sus cascos, sus armas, sus caballos, sus patos y sus patas de rana.

Y si no hacen eso, cuénteme lo aburrido que es bañarse.

FIN

La extraña vecina

Ilustración: llamadorada

Una mañana, muy temprano, el Duende Melodía se paseaba inquieto frente a su casa. Tirándose de la barba, murmuraba con preocupación:

—¿Y si la nueva vecina es una bruja…?

Acompañaban al Duende en su paseo, la Torcaza y la Ranita.

—¿Y si la nueva vecina es una bruja…? —repetían.

La causa de tanta intranquilidad era el nuevo hongo que había aparecido junto al que le servía de casa al Duende. Es sabido que en las callampas habitan seres mágicos. Nadie podía adivinar si en la que venía saliendo habitaba una bruja, un hada o algún otro duende.

La Torcaza decidió consultar al señor Tordo, profesor del bosque. En el nido, el Tordo tenía una vieja enciclopedia. Tratando de parecer culta, la Torcaza preguntó en verso:

—Señor Tordo negro,
me alegro de verlo.
¿Podría decirnos
si el nuevo vecino
será alguna bruja
o algún duende fino?

El Tordo abrió la enciclopedia y, después de dar vuelta muchas páginas, contestó:

—Crecerá la callampa,
crecerá, crecerá…
y este nuevo vecino
¿quién será, quién será?

La Torcaza se sintió muy informada y voló a contarle a su amiga lo que había averiguado. Después de escuchar con atención el anuncio del Tordo, la Ranita comentó haciendo girar sus ojos:

—Eso que ha dicho el Tordo, si no estuviera en verso, sería una gran tontería.

Las dos, una volando y la otra saltando, se acercaron a mirar la nueva callampa.

—¿Qué será, qué será? —se preguntaban en secreto.

El Duende Melodía hablaba y suspiraba de puros nervios:

—Si me toca de vecino un duende peleador, tendré que mudarme. Si en el hongo nuevo viene una bruja, tendré que arrancar ligero, sin llevarme ni siquiera una muda de ropa. Ay, ¿dónde encontraré otro hongo tan lindo como este, con techo rojo y con chimenea chueca? Ay, ay…

En esto, se oyó un fuerte crujido y en la nueva callampa se abrió una puerta como un resorte. Todos lanzaron un grito, pero luego se quedaron mudos al ver salir un par de zapatos viejos, unas chancletas que huían saltando entre las hierbas. De atrás apareció una viejecita que chillaba:

—¡Atajen mis zapatos, ay, no puedo correr a pie desnudo!

El Duende alcanzó los zapatos antes de que se perdieran de vista y se los pasó a la extraña vecina, que se los puso dando suspiros de alivio.

—¡Qué felicidad! Ahora puedo caminar, bailar, brincar.

Y todo esto iba haciendo la viejecita con una agilidad increíble. El Duende la miró un rato y se presentó delicadamente:

—Respetable señora, yo soy el Duende Melodía y vivo en la callampa del lado.

—Y yo soy la bruja Picarona y vivo en la callampa de ningún lado, ji ji.

El Duende, la Ranita y la Torcaza dieron un salto atrás.

—¡Picarona y bruja! ¡Qué horror! —gimió el Duende.

—¡Qué horror! —repitieron las otras dos.

—Yo no soy bruja, soy una brujita y hay una gran diferencia —corrigió Picarona.

Diciendo esto, se metió en su casa y cerró la puerta. Antes de que nadie alcanzara a respirar, la nueva callampa empezó a dar vueltas y como tornillo se hundió en la tierra limpiamente. Todos lanzaron otro grito, pero tuvieron que tragárselo, porque la callampa apareció un poco más allá, junto a unas flores. La brujita salió con una regadera y se puso a echar agua a las plantas murmurando:

—Corrí la casa más acá porque me gustan mucho las flores.

—Si le gustan las flores, es buena —exclamó el Duende con alivio—. Pero si le gusta la música, es perfecta.

Sacó de su bolsillo la flauta con que solía encantar sus tardes. A los primeros compases, la brujita dejó la regadera, se metió en. la casa y con callampa y todo se trasladó con suma ligereza, esta vez por encima de la tierra, hacia el lugar donde sonaba la música.

Se puso a bailar locamente, lo que alegró tanto al Duende, que improvisó rondas, polcas, valses y otros ritmos modernos. La Ranita y la Torcaza se entusiasmaron; mientras una daba bote sobre su panza, la otra aleteaba como remolino. El Duende tocó hasta que Picarona cayó sentada al suelo.

—¡Usted es buena! ¡Le gustan las flores y la música! —gritó el Duende.

—No, no soy buena, lo que pasa es que estoy recién nacida —contestó la brujita.

La Torcaza y la Ranita se toparon ala con pata, mientras comentaban riendo:

—Dice que es recién nacida y parece una vieja, requetevieja. Debe ser porque es bruja.

Picarona pidió más música:

—¡Quiero seguir bailando hasta la medianoche! —gritó.

Pero entonces las chancletas crujieron y de un tirón se salieron de los pies de la extraña vecina, huyendo entre las malezas a grandes trancos mientras se quejaban:

—Estamos cansados, ya no damos más, no queremos estar en los pies de esta bruja.

Llamando a sus zapatos con desesperación, la brujita echó a correr detrás de ellos hasta perderse de vista. Ante el asombro de todos, partió también, muy apurada, la nueva callampa.

Largo rato, el Duende, la Ranita y la Torcaza esperaron que Picarona regresara. Cuando oscureció, cada uno se fue a su casa, desilusionado.

Hasta el día de hoy, la brujita no ha vuelto ni se ha sabido de ella. La Torcaza consultó al Tordo y solo pudo saber lo siguiente:

—Volverá la brujita,
volverá, volverá,
pero el día que vuelva
¿cuál será, cuál será?

La Torcaza y la Ranita se sintieron satisfechas con estas sabias y esperanzadas palabras. Pero el Duende Melodía no quedó muy tranquilo, porque tener de vecina a una bruja o a una brujita es de todas maneras inquietante.

Por eso despierta temprano y revisa los alrededores, temiendo que aparezca la callampa corredora, o que se oigan los crujidos de los viejos zapatos de Picarona.

FIN

El sabio maharajá

Ilustración: HOS73

En la lejana India, en la ciudad de Wirani, vivió un maharajá que gobernaba a sus súbditos con tanto poder como sabiduría. Su pueblo lo temía por lo primero y lo admiraba por lo segundo.

Aquella ciudad era conocida por el profundo pozo que estaba situado en la plaza central del pueblo, el único que había en muchos kilómetros a la redonda, y del cual se abastecían los habitantes de la zona, desde el más rico, al más menesteroso. Desde el mendigo más pobre, hasta el mismísimo rey, todos, sin excepción, bebían y se lavaban con el agua fresca y cristalina que brotaba de lo más profundo de la tierra.

Una calurosa noche de verano, cuando en Wirani todo estaba en calma, una hechicera entró en la ciudad y se dirigió con cautela, para no ser descubierta, hacia el pozo. Sacó de uno de sus bolsillos un pequeño frasco y bajo la luz de la luna llena, vertió siete gotas de un espeso líquido azul en el agua al tiempo que lanzaba su maldición:

Dicho esto, desapareció sin dejar ni el más mínimo rastro. Todavía hoy se ignora adónde se dirigió y tampoco se sabe por qué vertió aquel fluido en el pozo de Wirani, pero el caso es, que, a la mañana siguiente, todos los habitantes del reino bebieron y enloquecieron, tal y como había predicho la misteriosa hechicera. Solo el maharajá y su chambelán se libraron de volverse locos, porque consumieron el agua que aún quedaba en las grandes tinajas del palacio.

Aquel día, en las callejuelas y en el mercado, la gente empezó a comportarse de un modo muy peculiar: unos trepaban a los árboles; otros picoteaban grano como si fuesen gallinas; otros rugían como tigres de Bengala y había muchos que andaban a cuatro patas y ladraban, como si fueran perros.

Cuando a mediodía el gran chambelán fue al pozo para llenar las tinajas, se quedó perplejo ante el extravagante comportamientos de la gente y regresó a toda prisa a palacio a informar al maharajá, el cual quiso salir a ver, con sus propios ojos, lo que le contaba su ayudante.

Juntos se pasearon entre la multitud observando a los habitantes de la ciudad, y estos, a su vez, los observaban a ellos y cuchicheaban:

—¡El rey está loco! Nuestro rey y su gran chambelán han perdido la razón. Se comportan de un modo extraño. No podemos permitir que nos gobierne un loco; debemos destronarlo de inmediato.

Al ver el cariz que tomaban los acontecimientos, el monarca y su criado regresaron presurosos a palacio.

Aquella misma noche, el maharajá ordenó que llenaran con agua fresca, recién traída del pozo, una gran copa de oro y bebió con avidez de ella; después, pasó la copa a su gran chambelán, para que bebiera también.

A la mañana siguiente, en la lejana ciudad de Wirani, hubo un gran regocijo. Los habitantes celebraban gozosos que el rey y el gran chambelán hubieran recobrado la razón.

FIN

Un botón perdido

Ilustración: Arnold Lobel

Sapo y Sepo se fueron a dar un largo paseo.

Caminaron por un extenso prado.

Caminaron por el bosque.

Caminaron a lo largo del río.

Al final volvieron a casa, a la casa de Sepo.

—¡Ah, maldición! —dijo Sepo—. No solo me duelen los pies, sino que he perdido un botón de la chaqueta.

—No te preocupes —dijo Sapo—. Volveremos a todos los sitios por donde anduvimos. Pronto encontraremos tu botón.

Volvieron al extenso prado.

Empezaron a buscar el botón entre la hierba alta.

—¡Aquí está tu botón! —gritó Sapo.

—Ese no es mi botón —dijo Sepo—. Ese botón es negro. Mi botón era blanco.

Sepo se metió el botón negro en el bolsillo.

Un gorrión bajó volando.

—Perdona —dijo el gorrión—. ¿Has perdido un botón? Yo encontré uno.

—Ese no es mi botón —dijo Sepo—. Ese botón tiene dos agujeros. Mi botón tenía cuatro agujeros.

Sepo se metió el botón de dos agujeros en el bolsillo.

Volvieron al bosque y miraron por los oscuros senderos.

—Aquí está tu botón —dijo Sapo.

—Ese no es mi botón —gritó Sepo-. Ese botón es pequeño. Mi botón era grande.

Sepo se metió el botón pequeño en el bolsillo.

Un mapache salió de detrás de un árbol.

—He oído que están buscando un botón —dijo—. Aquí tengo uno que acabo de encontrar.

—¡Ese no es mi botón! —se quejó Sepo—. Ese botón es cuadrado. Mi botón era redondo.

Sepo se metió el botón cuadrado en el bolsillo.

Sapo y Sepo volvieron al río.

Buscaron el botón en el fango.

—Aquí está tu botón —dijo Sapo.

—¡Ese no es mi botón! —gritó Sepo—. Ese botón es delgado. Mi botón era gordo.

Sepo se metió el botón delgado en el bolsillo. Estaba muy molesto. Saltaba sin parar y chillaba:

—¡El mundo entero está cubierto de botones y ninguno es mío!

Sepo se fue corriendo a casa y dio un portazo.

Allí, en el suelo, vio su botón blanco con cuatro agujeros, grande, redondo y gordo.

—¡Oh! —dijo Sepo—. Estuvo aquí todo el tiempo. Cuántas molestias le he causado a Sapo.

Sepo sacó todos los botones del bolsillo.

Cogió la caja de la costura de la repisa.

Sepo cosió los botones por toda la chaqueta.

Al día siguiente Sepo le dio su chaqueta a Sapo. Sapo pensó que la había dejado preciosa. Se la puso y saltó de alegría.

No se cayó ni un botón.

Sepo los había cosido muy bien.

FIN

El palacio para romper

Ilustración: ThreePoplarTrees

Hace tiempo, la gente de Busto Arsizio estaba preocupada porque los niños lo rompían todo. No hablamos de las suelas de los zapatos, de los pantalones y de las carteras escolares, no. Rompían los cristales jugando a pelota, rompían los platos en la mesa y los vasos en el bar, y si no rompían las paredes, era únicamente porque no disponían de martillos.

Los padres ya no sabían qué hacer ni qué decirles, y se dirigieron al alcalde.

—¿Les pondremos una multa? —propuso el alcalde.

—¡Muchas gracias! —exclamaron los padres—, pero así, los que tendremos que pagar los platos rotos seremos nosotros.

Afortunadamente, por aquellas partes hay muchos peritos. De cada tres personas una es perito, y todos peritan muy bien. Pero el mejor de todos era el perito Gamberoni, un anciano que tenía muchos nietos y, por lo tanto, tenía una gran experiencia en estos asuntos.

Tomó lápiz y papel e hizo el cálculo de los daños que los niños de Busto Arsizio habían causado rompiendo tantas y tan bonitas cosas. ¡El resultado fue espantoso! ¡Milenta tamanta catorce y treinta y tres!

—Con la mitad de esta cantidad —demostró el perito Gamberoni— podemos construir un palacio y obligar a los niños a que lo hagan pedazos; si no se curan con este sistema, no se curarán jamás.

La propuesta fue aceptada y el palacio fue construido en un cuatro y cuatro ocho y dos diez. Tenía siete pisos de altura y noventa y nueve habitaciones; cada habitación estaba llena de muebles y cada mueble atiborrado de objetos y adornos, eso sin contar los espejos y los grifos.

El día de la inauguración se entregó un martillo a cada niño y, a una señal del alcalde, fueron abiertas las puertas del palacio que había que romper.

Lástima que la televisión no llegara a tiempo para retransmitir el espectáculo. Los que lo vieron con sus ojos y lo oyeron con sus oídos aseguran que parecía, ¡Dios nos libre!, el inicio de la tercera guerra mundial. Los niños iban de habitación en habitación como el ejército de Atila y destrozaban a martillazos todo lo que encontraban a su paso. Los golpes se oían en toda Lombardía y en media Suiza. Niños tan altos como la cola de un gato se habían agarrado a armarios tan grandes como guardacostas y los demolieron escrupulosamente hasta que solo quedó un montoncito de virutas.

Los bebés de los parvularios, tan lindos y graciosos con sus delantalitos rosa y celeste, pisoteaban diligentemente los juegos de café reduciéndolos a un finísimo polvo, con el que se empolvaban la nariz.

Al final del primer día no quedó ni un vaso entero.

Al final del segundo día escaseaban las sillas.

El tercer día los niños se dedicaron a las paredes, empezando por el último piso; pero cuando llegaron al cuarto, agotados y cubiertos de polvo, como los soldados de Napoleón en el desierto, se fueron con la música a otra parte. Regresaron a casa tambaleantes, y se acostaron sin cenar.

Se habían desahogado por completo y no encontraban ya ningún placer en romper nada; de repente, se habían vuelto tan delicados y ligeros como las mariposas, y aunque hubiesen jugado al fútbol en un campo de vasos de cristal no hubiesen roto ni uno solo.

El perito Gamberoni hizo más cálculos y demostró que la ciudad de Busto Arsizio se había ahorrado dos remillones y siete centímetros.

El Ayuntamiento dejó libertad a sus ciudadanos para que hiciesen lo que quisieran con lo que todavía quedaba en pie del palacio. Y entonces pudo verse cómo ciertas personas con carteras de cuero y con gafas de lentes bifocales —magistrados, notarios, consejeros delegados— se armaban de un martillo y corrían a demoler una pared o una escalera, golpeando tan entusiasmados que a cada golpe se sentían rejuvenecer.

—Esto es mejor que discutir con alguien —decían alegremente—, es mejor que romper los ceniceros o el mejor juego de vajilla, regalo de tía Mirina…

Y venga martillazos.

En señal de gratitud, la ciudad de Busto Arsizio le impuso al perito Gamberoni una medalla con un agujero de plata.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El palacio para romper» con la voz de Angie Bello Albelda

Sapo enamorado

Ilustración: Max Velthuijs

Sapo estaba sentado a la orilla del río. Se sentía raro. No sabía si estaba feliz o triste, había pasado toda la semana con la cabeza en las nubes. ¿Qué sería lo que le pasaba?

Entonces se encontró con Cochinito.

—Hola Sapo —dijo Cochinito—. No te ves bien. ¿Qué tienes?

—No sé —dijo Sapo—. Tengo ganas de llorar y de reír al mismo tiempo. Hay algo que hace tunk tunk dentro de mí, aquí.

—Quizá tienes gripe —dijo Cochinito—. Mejor te vas a acostar. Sapo siguió su camino. Estaba muy preocupado.

Entonces pasó por la casa de Liebre.

—Liebre —dijo—, no me siento bien.

—Pasa y siéntate —dijo Liebre amablemente—. Ahora cuéntame, ¿qué te pasa?

—A veces tengo calor y a veces tengo frío —dijo Sapo. Y hay algo que hace tunk tunk dentro de mí, aquí. —Y se puso la mano sobre el pecho.

Liebre pensó profundamente, como un doctor de verdad.

—Ya veo —dijo—, es tu corazón. El mío hace tunk tunk también.

—Pero el mío algunas veces hace tunk tunk más rápido de lo normal —dijo Sapo.

Liebre sacó de su biblioteca un enorme libro y pasó las páginas.

—¡Aja! —dijo—. Oye esto: latidos acelerados, sudores fríos y calientes…¡Estás enamorado!

—¿Enamorado? —preguntó Sapo sorprendido—. ¡Guau! ¿Estoy enamorado?

Y se puso tan contento, que de un salto salió de la casa y brincó hasta el cielo.

Cochinito se asustó cuando vio a Sapo caer del cielo.

—Parece que estas mejor —dijo Cochinito.

—Estoy mejor. Me siento muy bien —dijo Sapo—. Estoy enamorado.

—¡Qué buena noticia! ¿Y de quién estás enamorado? —preguntó Cochinito.

Sapo no había pensado en eso.

—Ah, ¡ya sé! —dijo—, estoy enamorado de la linda y encantadora Pata blanca.

—No puedes —dijo Cochinito—. Un sapo no puede enamorarse de una pata. Tú eres verde y ella es blanca.

Pero Sapo no se preocupó por eso.

Sapo no sabía escribir, pero podía pintar. Cuando regresó a su casa, hizo un hermoso dibujo, con rojo, azul y mucho verde su color favorito. Por la tarde, al oscurecer, salió con su dibujo y llegó hasta la casa de Pata. Metió el dibujo por debajo de la puerta. Su corazón palpitaba de la emoción. Pata se sorprendió mucho cuando encontró el dibujo.

—¿Quién me habrá mandado este dibujo tan bello? —preguntó emocionada, y lo colgó en la pared.

Al día siguiente, Sapo recogió muchas flores silvestres. Se las quería dar a Pata. Pero cuando llegó a la casa de Pata, le faltó valor. Dejó las flores frente a la puerta y salió corriendo.

Hizo lo mismo, día tras día. Sapo no encontraba el coraje para hablarle.

Pata estaba encantada con todos sus regalos. Pero ¿quién se los estaría mandando?

¡Pobre Sapo!, ya no disfrutaba su comida, ya no podía dormir. Así siguieron las cosas, semana tras semana.

¿Cómo podía mostrarle a Pata que la quería?

—Tengo que hacer algo que nadie más pueda hacer —decidió—. ¡Romperé el récord mundial de salto de altura! Mi Pata querida estará muy sorprendida, y entonces me amará también.

Sapo empezó a entrenarse de inmediato. Practicó el salto día tras día. Saltó más y más alto, hasta que llegó a las nubes. Ningún otro sapo en el mundo había logrado jamás saltar tan alto.

—¿Qué le pasará a Sapo? —preguntó Pata preocupada—. Saltar así es peligroso. Puede hacerse daño.

Pata tenía razón.

Trece minutos después de las dos, un viernes por la tarde, algo pasó. Sapo estaba dando el salto más alto de la historia, cuando perdió el equilibrio y cayó a tierra.

Pata, que pasaba justo en ese momento, lo vio y fue corriendo a ayudarlo; Sapo casi no podía caminar. Pata lo ayudó con mucho cuidado, y lo acompaño a su casa. Lo cuidó tiernamente.

—¡Ay, Sapo! Te has podido matar —dijo—. Tienes que ser más cuidadoso. ¡Me gustas tanto! Finalmente, Sapo se armó de valor.

—Tú también me gustas mucho, querida Pata —tartamudeó—. Su corazón hacía tunk tunk más rápido que nunca, y su cara se puso verde, muy verde.

Desde entonces, un sapo verde y una pata blanca se aman tiernamente.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Sapo enamorado» con la voz de Angie Bello Albelda