Cuento contemporáneo

Vamos a inventar los números

Ilustración: sushy00

—¿Por qué no inventamos los números?

—Bueno, empiezo yo. Casi uno, casi dos, casi tres, casi cuatro, casi cinco, casi seis.

—Es demasiado poco. Escucha estos: un remillón de billonazos, un ochete de milenios, un maravillar y un maramillón.

—Yo entonces me inventaré una tabla.

Tres por uno, concierto gatuno,

tres por dos, peras con arroz

tres por tres, salta al revés

tres por cuatro, vamos al teatro

tres por cinco, pega un brinco

tres por seis, no me toquéis

tres por siete, quiero un juguete

tres por ocho, nata con bizcocho

tres por nueve, hoy no llueve

tres por diez, lávate los pies.

—¿Cuánto vale este pastel?

—Dos tirones de orejas.

—¿Cuánto hay de aquí a Milán?

—Mil kilómetros nuevos, un kilómetro usado y siete bombones.

—¿Cuánto pesa una lágrima?

—Depende: la lágrima de un niño caprichoso pesa menos que el viento, y la de un niño hambriento pesa más que toda la tierra.

—¿Cuánto mide este cuento?

—Demasiado.

—Entonces inventémonos rápidamente otros números para terminar. Los digo yo, a la manera de Modena: unchi, doschi, treschi, cuara cuatrischi, mi mirinchi, uno son dos.

—Yo entonces voy a decirlos a la manera de Roma: unci, dusci, trisci, cuale cualinci, mele melinci, rife rafe y diez.

FIN

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La carta

Ilustración: Arnold Lobel

Sepo estaba sentado en el porche.

Sapo pasó por allí y dijo:

—¿Qué te pasa, Sepo? Pareces triste.

—Sí —dijo Sepo—. Este es mi rato triste del día. Es el momento en que espero que venga el correo. Me hace siempre muy desgraciado.

—¿Y eso por qué? —preguntó Sapo.

—Porque nunca tengo carta —dijo Sepo.

—¿Nunca? —preguntó Sapo.

—No, nunca —dijo Sepo—. Nadie me ha enviado nunca una carta. Todos los días mi buzón está vacío. Es por lo que esperar el correo es un momento triste para mí.

Sapo y Sepo se sentaron en el porche, sintiéndose tristes juntos.

Luego Sapo dijo:

—Tengo que irme a casa ya, Sepo. Hay algo que debo hacer.

Sapo se marchó a su casa rápidamente.

Encontró un lápiz y un trozo de papel.

Escribió en el papel.

Metió el papel en un sobre.

En el sobre escribió: “CARTA PARA SEPO”

Sapo salió corriendo de su casa.

Vio un caracol al que conocía.

—Caracol —dijo Sapo—, por favor, toma esta carta para Sepo y ponla en el buzón de su casa.

—De acuerdo —dijo el caracol—. Ahora mismo.

Luego Sapo volvió corriendo a la casa de Sepo. Este estaba en cama, durmiendo la siesta.

—Sepo —dijo Sapo—, creo que debes levantarte y esperar el correo un poco más.

—No —dijo Sepo—, estoy cansado de esperar el correo.

Sapo miró por la ventana el buzón de Sepo.

El caracol no había llegado todavía.

—Sepo —dijo Sapo—, nunca se sabe cuándo puede enviarte alguien una carta.

—No, no —dijo Sepo—. Creo que nadie me enviará nunca una carta.

Sapo miró por la ventana.

El caracol todavía no había llegado.

—Pero, Sepo —dijo Sapo—, alguien puede enviarte una carta hoy.

—No seas bobo —dijo Sepo—. Nadie me ha enviado nunca una carta antes y nadie me enviará una carta hoy.

Sapo miró por la ventana.

El caracol todavía no había llegado.

—Sapo, ¿por qué te quedas mirando por la ventana? —preguntó Sepo.

—Porque ahora estoy esperando el correo —dijo Sapo.

—Pero no habrá nada —dijo Sepo.

—¡Oh!, sí que habrá —dijo Sapo—, porque yo te he enviado una carta.

—¿De verdad? —dijo Sepo—. ¿Qué has escrito en la carta?

Sapo dijo:

—Escribí: “Querido Sepo, estoy contento de que tú seas mi mejor amigo. Tu mejor amigo, Sapo.”

—¡Oh! —dijo Sepo—, es una carta preciosa.

Entonces Sapo y Sepo salieron al porche de la entrada a esperar el correo.

Se sentaron allí, sintiéndose felices juntos.

Sapo y Sepo esperaron mucho rato.

Cuatro días más tarde el caracol llegó a la casa de Sepo y le dio la carta de Sapo.

Sepo se alegró mucho de recibirla.

FIN

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El sapo y la pasta de dientes

Ilustración: Marianna Strychowska

Había una vez un sapo que tenía siempre los dientes sucios. Y no solo estaban sucios, sino que estaban totalmente negros.

Esto era porque comía muchas moscas, y las moscas son negras. Pero también era porque vivía cerca de una mina de carbón. En ese lugar las moscas eran más que negras, eran absolutamente negras, tan negras como el carbón.

A ello hay que agregar que el sapo comía con locura chocolate negro. Le fascinaba colocar dos capas de chocolate, una encima de la otra, y entre ellas unas cuantas moscas aplastadas. Eso lo llamaba él un “pan con moscas”.

Un día al sapo le dio un terrible dolor de muelas, y debió ir, quisiera o no, al dentista.

Este, tras mirarle la boca, le preguntó si comía moscas negras.

El sapo calladito le dijo que sí moviendo la cabeza.

—¿Y también come chocolate negro? –siguió preguntando el dentista.

—Sí, croac –respondió el sapo con algo de vergüenza.

El dentista le entregó entonces una pasta de dientes blanca con rayas rojas.

—Límpiese con ella los dientes después de cada comida, y deje de inmediato moscas y chocolate –le advirtió.

El sapo estaba contento de que el dentista no le había pasado la maquinita.

Entonces se fue saltando a su casa en la laguna cerca de la mina de carbón, y probó de inmediato su nueva pasta de dientes.

Le gustó tanto, que desde ese momento siempre untaba medio tubo de pasta de dientes sobre su pan de moscas, antes de comerlo.

Eso, por supuesto, no le sirvió de nada, y así se le fueron cayendo uno tras otro todos los dientes.

¿Qué opinas tú? ¿Será por eso que los sapos no tienen dientes?

FIN

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Los gnomos de Gnu

Ilustración: aralk

Había una vez en la tierra —y quizás lo haya todavía— un emperador muy poderoso que quería descubrir nuevos territorios a toda costa.

—¿Qué clase de emperador soy yo —gritaba—, si mis naves no descubren ningún continente nuevo, lleno de oro, de plata y de pastos, al que pueda llevar nuestra civilización?

Y sus ministros contestaban:

—Majestad, en la tierra ya no queda nada por descubrir. ¡Mire el mapamundi!

—¿Y esta islita tan pequeña que veo aquí? —preguntaba ansioso el Emperador.

—Si aparece en el mapamundi, es que ya la han descubierto hace tiempo —replicaban los ministros—. Es posible que incluso hayan instalado allí una colonia de vacaciones. Y, por otra parte, hoy en día ya no se hace nadie a la mar para descubrir islas y continentes. Hoy en día, los astronautas recorren las galaxias.

—¿Ah, sí? —contestó testarudo el Emperador— ¡Pues enviad a un explorador galáctico al espacio! ¡Y que no vuelva hasta haber descubierto al menos un pequeño planeta habitado!

Así se hizo, y el Explorador Galáctico (E. G. para los amigos) estuvo tiempo y tiempo vagando por la inmensidad del espacio en busca de un planeta que civilizar.

Pero solo encontraba planetas rocosos, planetas polvorientos, planetas llenos de volcanes que escupían fuego… De planetas bonitos y habitados, ni rastro.

Hasta que un día, precisamente en el rincón más alejado de toda la Galaxia, mientras enfocaba su megatelescopio megagaláctico, E. G. vio una cosa maravillosa… Un pequeño planeta precioso, con un cielo azul ligeramente salpicado de nubes blancas, con unos valles y unos bosques tan verdes que daba gozo mirarlos. Y, al acercarse un poquito más, vio que en aquellos valles retozaban hermosos animales de todas las especies, mientras unos hombrecillos minúsculos, un poco ridículos, pero a fin de cuentas de aspecto simpático, podaban los árboles, daban de comer a los pájaros, cortaban el césped, o nadaban tranquilamente en ríos y torrentes de agua tan transparente que se podía ver al fondo infinidad de peces multicolores.

E.G. aterrizó, bajó de la astronave y vio que se le acercaban, sonriendo, aquellos hombrecitos, que enseguida se presentaron:

—Buenos días, señor forastero, nosotros somos los gnomos de Gnu, que es el nombre de nuestro planeta. ¿Y tú quién eres?

—Yo —dijo E. G.— soy el Explorador Galáctico del Gran Emperador de la Tierra, ¡y he venido a descubriros!

—¡Vaya casualidad! —dijo el jefe de los gnomos— ¡Nosotros estábamos seguros de ser nosotros los que te habíamos descubierto a ti!

—De eso ni hablar —dijo E. G.—. Soy yo el que os ha descubierto a vosotros, porque nosotros, en la Tierra, no sabíamos que existíais. Y, por lo tanto, tomo posesión de este planeta en nombre de mi emperador, para poder traeros la civilización.

—A decir verdad —respondió el jefe de los gnomos—, nosotros tampoco sabíamos que existíais vosotros. Pero no vamos a discutir por tan poca cosa, porque nos amargaría el día. Y dime, ¿en qué consiste esta civilización que queréis traernos, y cuánto vale?

—La civilización —contestó E. G. — es toda una serie de cosas maravillosas que los terrestres han inventado, y mi emperador está dispuesto a dároslas gratis.

—Si es gratis —dijeron los gnomos muy contentos—, la aceptamos inmediatamente. Sin embargo (perdona, amigo, ya sabemos que a caballo regalado no hay que mirarle el dentado), nos gustaría tener una pequeña idea de cómo es vuestra civilización. No te parece raro, ¿verdad?

E.G. refunfuñó un poco, porque en la escuela le habían enseñado que, cuando los exploradores antiguos llevaban la civilización a una nueva tierra, los indígenas la aceptaban sin preguntar. Pero de todos modos, como estaba orgulloso de la civilización de la Tierra, sacó de la astronave su megatelescopio megagaláctico, lo enfocó hacia nuestro planeta y dijo:

—Venid y lo veréis con vuestros propios ojos.

—¡Vaya máquina! ¡Vaya técnica! —decían los gnomos admirados ante el megatelescopio megagaláctico, y, uno tras otro, todos fueron mirando hacia la Tierra.

—¡Pero si no veo nada! —dijo el primer gnomo de Gnu—. ¡Solo veo humo!

E.G. echó a su vez una mirada y luego se disculpó:

—He enfocado por error una ciudad. Ya sabéis, con todas las chimeneas de las fábricas, los escapes de los camiones y de los coches… Hay un poco de contaminación.

—Comprendo —dijo el gnomo—, también a nosotros nos ocurre que, cuando está nublado, no podemos ver las cumbres de aquellas montañas… Pero quizás mañana haga buen tiempo y podremos ver esto que tú llamas ciudad.

—Me temo que no —dijo E. G.—, la contaminación está siempre allí, incluso los domingos.

—¡Qué pena! —dijo el gnomo—. Pero ¿qué es aquella agua negruzca en el centro y amarronada cerca de la costa?

—¡Oh —dijo E. G.—, debo de haber enfocado el mar! Es que, sabéis, en medio del mar naufragan barcos petroleros y todo el petróleo se esparce por la superficie. Y en la costa la gente a veces no controla los desagües, y así acaban llegando al mar… cómo diré… las cosas feas que los hombres tiran…

—¿Significa esto que vuestro mar está lleno de caca? —preguntó el segundo gnomo.

Y todos los demás rieron, porque a los gnomos de Gnu la palabra «caca» les daba mucha risa.

E.G. quedó callado, y el segundo gnomo murmuró:

—¡Qué pena!

—Pero ¿qué es aquella llanura gris, con aquellas cosas blancuzcas encima, sin árboles y toda llena de latas vacías? —preguntó el tercer gnomo.

Tras echar una mirada de control, E. G. dijo:

—Es nuestro campo. Sí, reconozco que hemos cortado demasiados árboles, y, además, la gente tiene la mala costumbre de tirar allí bolsas de plástico, cajas de galletas y potes de mermelada…

—¡Qué pena! —dijo el tercer gnomo.

—Pero, ¿qué son —preguntó el cuarto gnomo— todas aquellas cajitas de metal, colocadas una detrás de la otra en aquella carretera?

—Son nuestros automóviles. Es uno de nuestros mejores inventos. Sirven para ir muy aprisa de un sitio a otro.

—¿Y por qué están parados? —preguntó el gnomo.

—Pues —contestó E. G. un poco cortado—, mira, hay demasiados y a menudo se producen embotellamientos de tráfico.

—Y aquellos seres tumbados al lado de la carretera, ¿quiénes son? —volvió a preguntar el gnomo.

—Son hombres que han resultado heridos, en un momento en que no había embotellamiento y en que corrían demasiado. De vez en cuando hay accidentes.

—Ya entiendo —dijo el gnomo—, estas cajas vuestras, cuando son demasiadas no avanzan, y, cuando sí avanzan, las personas que van dentro se hacen daño. Qué pena, qué pena…

Entonces intervino el jefe de los gnomos:

—Perdona, señor descubridor —dijo—, no sé si merece la pena seguir mirando. Quizás vuestra civilización tenga aspectos muy interesantes, pero, si nos la trajerais aquí, nosotros nos quedaríamos sin nuestros prados, sin los árboles y sin los ríos, y estaríamos peor que ahora. ¿No podrías renunciar a descubrirnos?

—¡Pero si nosotros tenemos un montón de cosas magníficas! —protestó E. G. un poco picado—. Por ejemplo, ¿cuántos hospitales tenéis vosotros? ¡Nosotros tenemos unos hospitales preciosos!

—¿Y para qué sirven los hospitales? —preguntó el jefe de los gnomos, tras haberles echado una ojeada por el megatelescopio.

—¡Sois de veras primitivos! ¡Sirven para curar a la gente que se pone enferma!

—¿Y por qué se pone enferma? —preguntó el jefe de los gnomos.

E.G. estaba francamente irritado:

—¡Ya está bien! ¿Veis a aquel señor de allí abajo? Ha fumado demasiados cigarrillos y ahora le harán un trasplante de pulmón, porque el suyo está negro como el carbón. ¿Y aquel otro? Tomaba una cosa que nosotros llamamos droga, y en el hospital intentan curarle todas las infecciones que ha cogido por usar jeringuillas sucias. Y a aquel otro le están poniendo una pierna de plástico, porque lo ha atropellado una moto. Y a aquel otro le están haciendo un lavado de estómago, porque ha comido alimentos contaminados. ¡Para esto sirven los hospitales! ¿No os parecen un buen invento?

—Como a tal invento —dijo el jefe de los gnomos—, no lo discuto. Pero, como nosotros no fumamos cigarrillos, ni usamos esto que tú llamas jeringuillas para la droga, como no corremos en moto, y comemos alimentos fresquísimos que crecen en nuestros huertos y en nuestros árboles, aquí no se pone enfermo casi nadie, y es suficiente un buen paseo por las colinas para curarse. Oye, señor descubridor, se me ha ocurrido una buena idea. ¿Por qué no vamos nosotros a la Tierra y os descubrimos a vosotros?

—¿Y después? —preguntó E. G., que en el fondo ya se sentía un poco avergonzado.

—Después, nosotros tenemos muy buena mano para cuidar prados y jardines, para plantar árboles, para cuidar a los viejos que están a punto de caer enfermos. Nos pondremos a recoger todo aquel plástico y todas aquellas latas, y arreglaremos un poco vuestros valles. Haremos filtros de hojas para vuestras chimeneas, explicaremos a la gente de la Tierra lo bonito que es pasear sin tener que coger siempre el coche, etcétera, etcétera. Y tal vez, al cabo de unos años, vuestro planeta se vuelva tan hermoso como nuestro Gnu.

E.G. ya se imaginaba a los gnomos de Gnu poniendo manos a la obra, y pensaba lo preciosa que volvería a ser, después, su (y nuestra ) Tierra.

—De acuerdo —dijo. —Voy a volver a casa y hablaré con el Emperador.

Volvió, pues, a la Tierra, y contó su aventura al Emperador y a sus ministros. Pero el Primer Ministro puso un montón de inconvenientes:

—Eso de permitir que vengan aquí los gnomos de Gnu, hay que pensarlo muy bien. Necesitan un pasaporte, tienen que pagar el impuesto de inmigración, el papel sellado, y además es imprescindible la autorización de la guardia urbana, de la guardia forestal, de la capitanía del puerto…

Y, mientras hablaba, el Primer Ministro resbaló con un chiclé que otro ministro había escupido al suelo. Se rompió las piernas el labio, la barbilla, la nariz, la espalda, la cabeza, y se le quedaron los dedos enganchados en las orejas, de tal modo que resultaba imposible desenredarlo.

Con el jaleo que se armó después, el Primer Ministro acabó tirado en la acera, en medio de las bolsas de basura que nadie recogía desde hacía un montón de tiempo, y allí quedó, a merced de la contaminación, aspirando los gases que salían de los tubos de escape de los coches.

Por el momento nuestra historia termina aquí, y lamento muchísimo no poder decir que a partir de entonces vivieron contentos y felices. Y quién sabe si dejarán a los gnomos de Gnu venir algún día a la Tierra. Pero, aunque no vengan, ¿por qué no nos ponemos nosotros a hacer lo que harían los gnomos de Gnu?

FIN

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El higo más dulce

Ilustración: Chris van Allsburg

Monsieur Bibot, el dentista, era un hombre muy exigente. Tenía su pequeño apartamento muy bien ordenado y limpio, lo mismo que su consultorio. Si su perro, Marcel, saltaba sobre los muebles, Bibot no dejaba de darle una lección. Excepto el día de la Revolución francesa, el pobre animal no podía ni ladrar.

Una mañana, Bibot encontró a una anciana que lo esperaba frente a la puerta de su consultorio. Tenía dolor de muelas y le rogó al dentista que la ayudara.

—¡Pero si no tiene cita! —dijo él.

La mujer dejó escapar un gemido. Bibot consultó su reloj. Tal vez tenía tiempo de ganarse unos cuantos francos más. La hizo pasar y le revisó la boca.

—Tendremos que sacarle la muela —dijo con una sonrisa y, una vez que hubo terminado, añadió—: Le daré unas píldoras para el dolor.

La anciana estaba muy agradecida:

—No puedo pagarle con dinero —dijo—, pero tengo algo mucho mejor. —Sacó un par de higos de su bolsillo y se los tendió a Bibot.

—¿Higos? —dijo él, enfadado.

—Estos higos son muy especiales —susurró la mujer—. Pueden hacer que sus sueños se hagan realidad —Le guiñó un ojo y se llevó un dedo a los labios.

Para Bibot estaba claro que se trataba de una loca. Puso los higos sobre la mesa y tomó del brazo a la mujer. Cuando ella le recordó las píldoras, Bibot respondió:

—Lo siento, ésas son sólo para los clientes que pagan —y la empujó hacia la puerta.

Esa tarde, Bibot sacó a su perro a pasear por el parque. Al pobre Marcel le encantaba olisquear los troncos de los árboles y entre los arbustos, pero cada vez que se detenía a hacerlo, Bibot le daba un fuerte tirón a su correa.

Antes de irse a la cama, el dentista decidió tomar un bocadillo. Se sentó en la mesa del comedor y se comió uno de los higos que le había dado la anciana. Estaba delicioso. Era tal vez el mejor higo, el más dulce, que se había comido jamás.

A la mañana siguiente, Bibot arrastró a Marcel escaleras abajo para el paseo matutino. Los escalones eran demasiado altos para las cortas patas del perro, pero a Bibot jamás se le hubiera ocurrido cargar a su mascota: odiaba que su hermoso traje azul se llenara de pelos blancos.

Mientras caminaba por la acera atestada, Bibot notó que la gente se le quedaba mirando.

«Admiran mi traje», pensó.

Pero cuando se vio reflejado en el ventanal de un café, se detuvo horrorizado. Sólo tenía puesta la ropa interior.

El dentista dio la vuelta y se metió corriendo a un callejón.

«Sacré bleu —pensó—, ¿qué ha pasado con mi ropa?».

Y entonces se acordó del sueño que había tenido la noche anterior: había soñado que estaba justo frente a ese mismo café, en ropa interior.

Pero algo más había pasado en su sueño, y Bibot se esforzaba por recordar qué. Marcel, acechando desde la sombra del callejón, comenzó a ladrar. El dentista alzó la vista y vio cómo el resto de su sueño se hacía realidad.

Nadie volteó a mirar a Bibot mientras este corría de regreso a su casa en ropa interior. Todos los ojos de París estaban fijos en la Torre Eiffel, que se iba inclinando hacia abajo lentamente, como si fuera de goma.

Bibot comprendió que la anciana de los higos le había dicho la verdad, así que no iba a desperdiciar el segundo higo.

Durante las siguientes semanas, mientras se iniciaban las obras de reconstrucción de la Torre Eiffel, el dentista leyó docenas de libros sobre hipnotismo. Cada noche, antes de meterse a la cama, se miraba en el espejo y repetía, una y otra vez:

—Bibot es el hombre más rico del mundo, Bibot es el hombre más rico del mundo.

Y al poco tiempo, en sus sueños, Bibot era exactamente eso. Cuando dormía, el dentista se veía conduciendo su lancha de carreras, pilotando su avión y viviendo a todo lujo en la Riviera francesa. Noche tras noche era la misma historia.

Un día, al anochecer, Bibot tomó el segundo higo de la alacena. No podría durar para siempre.

«Esta noche, es la noche», pensó el dentista.

Puso el fruto maduro en un plato y se dirigió a la mesa. Al día siguiente, al despertar, sería el hombre más rico del mundo.

Miró a Marcel y sonrió. El perrito no lo acompañaría en aquella vida, pues en sus sueños Bibot era dueño de media docena de grandes daneses.

Mientras el dentista abría la alacena para sacar un poco de queso, escuchó un ruido como de porcelana que se rompe. Se volvió, pero sólo para ver cómo Marcel, trepado en una silla y apoyando las patas delanteras sobre la mesa, se comía el último higo.

¡Bibot estaba furioso! Persiguió al perro por todo departamento. Cuando Marcel se metió debajo de cama, Bibot le gritó:

—¡Mañana te enseñaré una lección que no olvidarás jamás! —y luego, enojado y con el corazón destrozado, el dentista se fue a dormir.

Cuando despertó, a la mañana siguiente, Bibot se sintió muy confundido. No estaba en su cama. Estaba debajo de su cama. De repente, una cara apareció frente a él: ¡era su propia cara!

—Es hora de tu paseo —dijo la boca de aquel rostro—. Ven con Marcel.

Una mano se deslizó debajo de la cama y lo atrapó. Bibot quiso gritar, pero todo lo que pudo hacer fue ladrar.

FIN

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Juan, Juanita y la Princesa Seria

Ilustración: PINKIE20

Había una vez un cielo, con nubes, sol y pájaros volando.

Debajo del cielo un reino, con su bosque, su campo, su río y su pequeña montaña. En la montaña, un palacio, con su torre. Y, en la torre una princesa seria. No reía, solo miraba hacia el camino.

La princesa era bondadosa y muy querida por su pueblo. Y el reino era feliz, bueno, casi. Todos, desde su Rey, su Reina y hasta el más pequeños de los súbditos, se angustiaban con la seriedad que la princesa.

Las personas del pueblo hablaban mucho sobre la seriedad de la princesa. Unos decían que una bruja le había dado a beber un elíxir mágico. Otros, que era un mago, que se había enamorado de ella y, al no ser correspondido, le impuso el castigo de vivir sin reír.

«No, la enamorada es la princesa» —sostenían unos terceros—«Cómo se explica que siempre esté mirando desde la torre: solo espera el retorno del príncipe azul que una vez vimos pasar por el camino».

Todos los días llegaban juglares, trovadores, magos, malabaristas y bufones. Venían de todos los rincones del reino para alegrar a la princesa seria. Algunos, hasta eran traídos desde muy lejanas tierras. Pero ni aquellos, ni estos, lograban hacerla reír. Ni le sacaban la más leve sonrisa.

¿Tú reirías con unos juglares y trovadores que cantan sangrientas historias? Más bien, igual que yo, llorarías.

¿Tú lo harías con unos magos que te hacen siempre los mismos trucos con pañuelos, conejos y palomas? Te aburrirías mucho, ¿verdad?

¿O con malabaristas que hacen girar numerosas pelotas, platos, palos, botellas u otros objetos? Con tus nervios, no podrías reírte.

Y, ¿qué decir de los bufones, con esas figuras tan desiguales y grotescas como sapos enormes?

Pero, sigamos con el cuento.

Una mañana, la princesa estaba en la torre mirando hacia el camino. Por el sendero salpicado de florcitas del campo, mariposas de variados colores y pájaros revoloteando, se oyó un cantar que venía por el aire. Desde lejos.

Desde atrás de las colinas que ocultaban el camino, casi antes del horizonte.

Era una canción muy festiva. Los labradores dejaban de sembrar para reírse. Los bueyes y caballos de tiro se desprendían de los carros y de sus arneses para revolcarse, riéndose. Las aves detenían sus vuelos y se posaban de nuevo en los árboles, a reír. Los caminantes no podían seguir con su marcha, por las risas. Todos los animales de los campos y bosques salían de sus cuevas, refugios y nidos para reír y reír.

Los árboles y las plantas sacudían sus ramas y tallos, como si un viento interior las moviera: era su manera de reír. Los peces de los ríos y de la mar cercana, se amontonaban en las orillas y en las playas, riendo. También, como has de suponer, todas las personas del palacio, desde los reyes, hasta el más pequeño de los súbditos…

—Mmm… ¿Todas las personas?

—Bueno, la princesa seguía en la torre, mirando hacia el camino, sin reír. Desde allí ya se veía al cantor de la canción festiva. Perdón, los cantores. El que uno de ellos, mejor dicho una, sea pequeña no le quita su importancia. Eran Juan y su pulga mágica, Juanita.

Mucho antes de llegar a las puertas del palacio, se acercaron a Juan y Juanita unos emisarios enviados por el Rey. Temeroso que, como el príncipe azul, pasaran de largo por el camino, le llevaban una carta, invitándolos a realizar una presentación para toda la corte.

Luego de comer, beber y descansar, a Salón Principal de Palacio lleno, Juan y Juanita realizaron su maravillosa presentación. Registrada, luego, en el Libro de las Crónicas del Reino, guardada por muchas generaciones en la memoria de todos los abuelos y Cuentacuentos.

Los aplausos se iniciaron cuando Juan tomó la cajita y salió al centro del salón. Cuando abrió la caja y Juanita —en malla de fino terciopelo y con su mejor falda de volados y lentejuelas— saltó a la mesa, los aplausos recrudecieron. Para repetirse ante cada uno de sus números.

Juanita saltó la cuerda, tocó la flauta y bailó. Simuló los balidos de una oveja, los cantos de un gallo, los mugidos de una vaca, los aullidos de un lobo. Y hasta hizo unos sonidos que asustaron a todos. Eran los barritos de un elefante, que había aprendido a imitar cuando viajaron con Juan por el norte de África.

Dio numerosos saltos mortales, sencillos y triples. De frente, de lado y de espalda.

Entre aplausos, ¡hurras!, ¡vítores! y ¡vivas! cerraron su actuación con la, ya famosa, «Canción Festiva». Todos aplaudían y reían, reían y aplaudían a rabiar…

—¿Mmm…? ¿Todos?

—¡Sí!: ¡todos, menos la princesa!

Juanita brincó desde la mesa donde saludaba a la falda de la princesa. De inmediato, al centro de su pecho y de ahí a su hombro. Luego, se acercó a su oído y le dijo algo, casi en secreto.

La princesa, primero, se sonrió —leve, como toda una princesa— para, poco a poco, reírse, hasta culminar en el más sonoro estallido de carcajadas.

Todos los que escuchan o leen este cuento preguntan siempre si se sabe qué es lo que le dijo Juanita a la princesa.

Por suerte, mi bis tatarabuelo —que estaba de paso ese día en el reino, y asistió a toda la presentación—, lo guardó muy bien en su memoria. Él se lo dijo a mi tatarabuelo. Mi tatarabuelo a mi bisabuelo. Este a mi abuelo. Y por él lo sé yo. Juanita dijo:

—Bli bli bli bli, burulú bli bli, blum blam bli bli. Bli bli buruli blibli blumblam blibli.

En la familia, todos, siempre hemos lamentado no haber aprendido nunca el pulgués, el pulgñol o el pulgán. O cómo se llame al idioma de las pulgas. Pero nos queda el consuelo de saber que la princesa seria sí lo hablaba. ¡Y de maravilla!

FIN

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Preciosaurio

Ilustración: Chireck

«Gracias por cuidarlo», decía la carta colgada de la canasta. Porque lo que dejaron en la puerta de mi casa—alguien que quizás tocó el timbre y salió corriendo— fue una canasta con un huevo rojo del tamaño de una sandía.

Creí que era una broma. Pero al escuchar que el cascarón empezaba a quebrarse como cuando va a nacer un pollito, cargué el bulto hasta mi pieza.

Y bien. «Gracias por cuidarlo», decía la nota.

De nada, pensé.

Pero… ¿Cuidar qué?

De pronto, entre craques y cracs por todos los costados, el huevo se abrió. Sin darme tiempo a respirar. O pestañear, o toser, o salir corriendo.

Asomó una cabeza verde con nariz de chanchito y me miró. Sus ojos brillaban como dos estrellas transparentes.

—Soy Silvia— me presenté, con la voz entrecortada.

Y el ser asomado del huevo, abriendo la bocota grande como todo el ancho de su cara, me sonrió.

Cuando vi que hacía fuerza para salir, me acerqué y lo ayudé a romper el cascarón.

Su cuerpo era verde. Ni claro ni oscuro. Y tenía escamas del mismo color.

El cuello, largo como la cola, lucía un collar de pelusa amarilla.

Y aunque no me animaba a tocarlo, debo confesar que me resultó simpático desde el principio.

Era una mezcla de dinosaurio, perro salchicha y elefante. Cosa extraña, era precioso.

Lo miré un rato y fui a consultar la enciclopedia: no era un hipopótamo ni un lagarto. No era un elefante marino, ni un yacaré, ni un dragón. No encontré su nombre por ninguna parte.

Así es que como era precioso y se parecía un poco a los animales prehistóricos, lo llamé Preciosaurio.

Claro que haberle puesto nombre no alcanzaba para conocer sus costumbres.

Entonces le ofrecí un poco de leche. Puse un litro en un plato. Se lo tragó de un solo sorbo y como no se movía le agregué otro tanto.

Recién después de gastar más de la mitad de mis ahorros comprando leche y, con el plato cambiado por un balde, el cachorrito se dio por satisfecho y se me tiró en los brazos. Fue la primera vez que un recién nacido me sentó de cola para hacerme mimos.

Sí. Solo cuando lo tuve entre mis brazos se me ocurrió preguntarme qué haría con él.

En eso pensaba cuando el preciosaurio se quedó dormido.

Lo tapé con mi frazada y entonces supe que ya no podría dejarlo. Mis amigos me ayudaron mucho, sobre todo cuando empezaron los problemas.

A mi preciosaurio había que alimentarlo. Y eso no era nada fácil. A las palanganas de leche hubo que agregar pan duro y después frutas y verduras. Y, al fin, todos los restos de comida del vecindario.

Crecía sin parar.

Le armamos una cama, pero la cabeza no tardó en salírsele por todos los costados.

Era enorme. Al moverse chocaba con las paredes. Y cuando quería levantar lo que a su paso caía, volvía a tirar otra cosa.

A veces se convertía en montaña para que nosotros lo escaláramos. Nos dejaba trepar por su lomo y construir aventuras con su sola presencia.

Recién cuando su cabeza pegó contra el techo me di cuenta de que ya no le alcanzaba el espacio de mi habitación.

El pobre se quedaba quietito y agachado para no traer problemas. Pero cuando hubo que poner mi cama sobre su lomo verde, mis padres me dieron una semana para que me deshiciera de él.

Le pregunté al preciosaurio si pensaba crecer mucho más. Por sus antepasados, me juró que no.

Volví a hablar con mis padres. La respuesta entonces fue terminante: o sacaba el ‘monstruo’ de la casa o…

Junté un poco de mi ropa. Rodeé el cuello de mi preciosaurio con una soga a modo de correa y, por primera vez, salimos juntos a la calle.

La calle lo impresionó hasta la locura. De tan contento pegó unos saltos que hundieron parte del asfalto.

Era inmenso. Mi cabeza llegaba hasta la mitad de sus patas.

La primera reacción de los vecinos al vernos partir fue encerrarse en sus casas. Y después, desatar el bombardeo: naranjazos, tomatazos, zapatazos. Nos pegaron sin compasión.

Y cuando él vio que me habían lastimado, me cargó sobre su lomo.

En pocos minutos se empezaron a escuchar helicópteros y aviones sobrevolando el barrio. Las veredas se llenaron de curiosos.

—¡Fuera monstruo! —gritaban al preciosaurio.

Fotógrafos de todo el mundo encandilaban sus ojos transparentes con flashes.

Altoparlantes, gritos y bocinas amenazaban nuestra vida.

Pude ver cuando su nariz de chanchito se cubría de lagrimones y chorros de llanto bajaban como una catarata hasta su boca.

Lo que nunca imaginé es lo que después sucedería.

Rápido, como el más veloz de los caballos, mi preciosaurio empezó a galopar sin rumbo.

Bien lejos del peligro, me hizo bajar de su lomo y, cansado, muy cansado se echó sobre el pasto a dormir.

Habría pasado una hora cuando intenté despertarlo y ya no pude. Su cuerpo empezó a cambiar de colores hasta volverse transparente.

Y derritiéndose de a poco, se transformó en una laguna que todavía existe.

Fue a orillas de esas aguas que apareció un huevo rojo del tamaño de una sandía.

Lo agarré con cuidado. Caminé y caminé con él hasta conseguir una canasta.

Metí en ella el huevo rojo y con un cartelito que decía: «Gracias por cuidarlo», lo dejé en la puerta de la primera casa que encontré.

Estaba triste y cansada. Así que toqué el timbre y salí corriendo.

FIN

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Cuento aprincipado, embrujado y erizado

Ilustración: andreaga13

Había una vez, en el reino de Moladovia, una reina y un rey que tenían una única hija.

La princesa era malísima y –como si esto fuera poco– también fea como el sarampión.

—¡No puede ser! —chillaban los soberanos cuando nadie los veía—. ¡Las princesas de los cuentos son siempre buenas y hermosas!

Cerca del palacio, vivía la bruja Cunegunda, madre —claro está— de una brujita. Pero de una brujita distinta de todas las conocidas… Era muy, muy bondadosa y —como si esto fuera poco— una estrella de linda.

—¡No puede ser! —pataleaba Cunegunda cuando nadie la veía— ¡las brujas de los cuentos son siempre malvadas y horribles!

Cierto día, apareció una fantástica carroza en las calles de Moladovia, tirada por diecinueve caballos negros. Se detuvo frente a la plaza principal del reinado. Enseguida, bajó de ella un corpulento erizo uniformado y tocó la trompeta.

Cuando casi todos los habitantes de Moladovia llenaron la plaza y sus alrededores, el erizo plantó un cartel junto a la carroza. En el cartel decía:

Al rato, se formó una larguísima hilera de muchachas. Hasta la propia princesa esperaba turno. Lo raro era que estaba en último lugar, furiosa y protestando por lo bajo, ya que hasta allí la habían conducido sus padres casi a la rastra, decididos a librarse de la hija tan insoportable. Ella se había dado cuenta y ni loca pensaba darles el gusto. Estaban convencidos de que el poderoso príncipe la elegiría, después de rechazar a las demás. (Aunque mala y repelente, era una verdadera princesa, ¡ja!).

Pero ocurrió que hasta la princesa fue rechazada, al igual que los cientos de chicas que se habían presentado. Y había sido el erizo quien —tras consultar misteriosamente por un agujerito de la carroza— anunció que Mi señor dice que con esta no, con esta tampoco, con esta menos… y con aquella menos que menos…

De este modo fueron descartadas todas las aspirantes a novia, hasta la mismísima princesa de Moladovia.

La bruja Cunegunda —encaramada en la copa de un árbol y muerta de risa— observó la increíble escena. Imaginaba que pronto sería rica a costillas de su hija.

—Puaj —murmuraba— la condenada sí que es buenísima y hermosa, ¡aj!

Entonces, empujó a la brujita para que se acercara a la carroza.

Casi a las patadas la condujo, porque su hija no quería saber nada de casarse con alguien a quien no conocía, por más potentado príncipe de Ulitania que fuese. Por eso —cuando estuvo frente al erizo— le susurró, en un cortajeado hilito de voz:

—Yo no deseo ser la esposa de tu príncipe… Nunca lo vi… Cómo puedo amarlo si no sé cómo es… Además… la verdad… soy una brujita… Y se echó a llorar.

En el mismo momento en que la pobre se echó a llorar, un relámpago alumbró carroza y erizo. Y la carroza se partió en gajos, se hizo humo y su sitio lo ocupó un enorme globo de gas, listo para partir. Y el erizo se transformó en invisible y en su lugar apareció un dulce muchacho que le dijo a la brujita, ante el asombro de todos:

—Amor mío, ¡por fin volvemos a encontrarnos…!

Sin entender nada, la brujita parpadeó durante unos instantes. Ya se secaba las últimas lágrimas cuando —de repente— recordó algo y se arrojó a los brazos del joven. Gritaba, mientras repetía:

—Sí, sí, sí; recuperé la memoria, mi vida; ya recuerdo… ¡Nos encantaron!

—Nos separaron en otro cuento y… —agregaba él— …nos convirtieron en erizo y bruja y nos mandaron a este…

Entonces, se tomaron de las manos y subieron al globo.

Antes de despegarse de la historia a la que no pertenecían, se despidieron del gentío que los rodeaba y que los miraba con las bocas abiertas, sin comprender ni mu de lo que estaba sucediendo.

—Chau… Adiós… Hasta nunca jamás… —exclamaban a dúo—. ¡Ahora vamos a inventar nuestro cuento, nuestro cuento!

El globo se elevó por los aires, llevándose a los felices novios.

—¡No puede ser! —afirmó el reino de Moladovia entero.

Pero sí; pudo ser. Por eso, llegamos a un colorín-colorado desprincipado, deserizado y desembrujado.

FIN

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La peor señora del mundo

Ilustración: TheBurningLobster

En el norte de Turambul, había una señora que era la peor señora del mundo. Era gorda como un hipopótamo, fumaba puro y tenía dos colmillos puntiagudos y brillantes. Además, usaba unas botas de pico y tenía unas uñas grandes y filosas con las que le gustaba rasguñar a la gente.

A sus cinco hijos les pegaba cuando sacaban malas calificaciones en la escuela, y también cuando sacaban dieces. Los castigaba cuando se portaban bien y cuando se portaban mal. Les echaba jugo de limón en los ojos lo mismo si hacían travesuras que si le ayudaban a barrer la casa o a lavar los platos de la comida. Además de todo, en el desayuno les servía comida para perros. El que no se la comiera debía saltar la cuerda ciento veinte veces, hacer cincuenta sentadillas y dormir en el gallinero.

Los niños del vecindario se echaban a correr en cuando veían que ella se acercaba. Lo mismo sucedía con los señores y las señoras y los viejitos y las viejitas y los policías y los dueños de las tiendas. Hasta los gatos y las gaviotas y las cucarachas sabían que su vida peligraba cerca de la malvada mujer. A las hormigas ni les pasaba por la cabeza hacer su hormiguero cerca de su casa porque sabían que la señora les echaría encima agua caliente.

Hasta que un día sus hijos y todos los habitantes del pueblo se cansaron de ella y prefirieron huir de allí porque temían por sus vidas.

Desde entonces, las plazas estaban vacías, ya no ladraban los perros en las calles ni volaban los pajaritos en el cielo ni buscaban flores las abejas. Solo se oía el silbido del viento y el repiquetear de las gotas de lluvia contra los tejados de las casas. Fue así como la mala mujer se quedó sola, solitita, sin nadie a quien molestar o rasguñar.

El único ser que aún vivía allí era una paloma mensajera que se había quedado atrapada en la jaula de una casa vecina. La espantosa mujer se divertía dándole de comer todos los días migas de pan mojadas en salsa de chile y agua revuelta con vinagre. Unas veces le arrancaba una pluma y otras le torcía los dedos de las patas.

Cuando la pobre paloma estaba a punto de morir, la señora, desesperada por no tener alguien a quien pegarle, reconoció que solo ella podría ayudarla para atraer nuevamente a los habitantes del pueblo.

Entonces decidió darle las migas de pan sin salsa de chile, el agua pura y, después de unos días, se atrevió a hacerle unas caricias.

Cuando estaba convencida de que la paloma ya era su amiga y de que llevaría un mensaje a sus hijos y a los habitantes del pueblo, escribió un recadito, se lo puso en el pico y la echó a volar.

A los pocos días, los antiguos habitantes del pueblo volvieron, ya que la peor de todas las señoras del mundo les pidió disculpas en el recadito.

La gente volvió al pueblo, regresó a sus casas y con gran alegría rasguñó y pisó a la horrorosa mujer.

Hasta que una noche, mientras todos dormían, ella se dedicó a construir una muralla alrededor del pueblo para que ya nadie pudiera escapar de él. Quién sabe cómo lo hizo, pero lo cierto es que una alta muralla atrapó, a la mañana siguiente, a toditito el pueblo.

Y desde entonces, volvió a ser la peor, la más peor, la peorsísima de todas las mujeres del mundo.

Les pegaba cachetadas a sus hijos. Mordía las orejas de los carpinteros. Apagaba su puro en los ombligos de los taxistas. Daba cocos en las cabezas de los niños. Asestaba puntapiés a las viejitas. Daba piquetes de ojos a los generales del ejército. Y reglazos en las manos de los policías. Luego les echaba carne podrida a los perros.

Y qué decir de las flores: en unas cuantas horas no hubo una sola que conservara sus pétalos.

Hasta los leones se portaban como gatitos cuando la veían, porque ella les jalaba tanto la melena que los dejaba pelones y con lágrimas en los ojos. Rasguñaba con sus largas uñas las trompas de los elefantes. Les torcía el cuello a las jirafas y se comía vivas a las indefensas tarántulas.

Pero sucedió que un buen día, mientras la señora dormía su siesta, todos los habitantes del pueblo se reunieron en la plaza central. El jefe de los bomberos dijo:

—Esto ya no puede seguir así.

—Es cierto —lo respaldó el boticario—. Debemos tirar la muralla y correr a todo lo que den nuestros pies.

—¿Y por qué no —preguntó un niño— la convencemos de que ya nos deje de molestar?

—Ja, ja, ja —pegaron todos una sonora carcajada, que apagaron de inmediato por temor a despertarla.

—No —intervino el más viejo del pueblo—. Lo que debemos de hacer es engañarla.

—¿Engañarla? —se sorprendió el dueño de la fábrica de hielo—. ¿Cómo vamos a engañarla?

—Muy fácil —aseguró el viejito—. Cuando ella nos pegue vamos a darle las gracias. Si nos muerde las orejas, le pedimos que lo haga otra vez. Si nos rasguña, le decimos que es lo más delicioso que hemos sentido en la vida. ¿Qué les parece?

—¡Ooooh! —exclamaron todos con los ojos abiertos.

—No es mala idea —añadió el dueño de la mayor flotilla de camellos del pueblo.

Y así quedaron de acuerdo.

La señora se despertó de su siesta hecha una furia. Tenía unas ganas enormes de pellizcar a un niño. Al primero que encontró, que era su hijo mayor, lo prendió del cachete y no lo soltó hasta después de media hora. El hijo, aguantando el dolor le dijo:

—Gracias, mamita, ¿podrías darme otro pellizco? Ándale, por favor, aunque sea uno solo…

La señora, extrañada al principio, le dijo que no, que él no merecía un premio así.

Luego se fue contra la vecina. En cuanto la vio le dio una tremenda patada en la espinilla con la punta de su bota.

Aunque le dolió en el alma, la vecina se mordió los labios, aguantó las lágrimas y le dijo a la agresora:

—Muchas gracias, muchas gracias. ¿Le podría pedir un favor?

—¡Un favor! ¡Qué favor ni qué favor! —gritó la malvada.

—Deme también una patada en las pompas. Se siente muy rico. Nunca me había pegado alguien tan bien como usted. Pega tan fuerte…

—¡No, no y no! ¿Quién se cree que es para pedirme un favor?

—¿Ni siquiera una nalgada? —suplicó la vecina con una cara, la verdad, muy triste.

Como vio que estaban sucediendo cosas muy raras, la mala mujer fue a buscar al zapatero y le jaló los pelos tanto que se quedó con ellos en la mano.

—Muchas gracias, doña —le dijo— le agradecería que me quitara los demás pelos. Tengo unas ganas de quedarme pelón que ni se lo imagina. Y lo hace usted con tanta delicadeza…Créame que ni el mejor peluquero del mundo lo haría tan bien.

Y así fue la peor señora del mundo con todos y cada uno de los habitantes del pueblo, hasta que llegó la noche y le dio sueño.

Mientras ella dormía, la gente volvió a reunirse.

—Creo —dijo el más viejo— que nuestro plan está funcionando. Ahora tenemos que seguir engañándola. Cuando a ella se le ocurra hacer alguna cosa buena, si es que se le ocurre, vamos a quejarnos como si nos doliera y fuera la peor cosa que alguien pudiera hacer.

La sonrisa se apoderó de todas las bocas, que a coro respondieron:

—¡De acuerdo!

A la mañana siguiente, la peor señora del mundo se levantó de pésimo humor. Fue a la cocina a prepararles a sus hijos su comida para perros. Hizo un fuerte coraje cuando descubrió que la caja estaba vacía.

—¡Puaj! —se quejó—. Tendré que darles de desayunar cereal con leche y miel.

Los niños, en cuanto vieron sus platos servidos, empezaron a quejarse.

—Mamá, ¿qué es esto tan espantoso?

—¡Es cereal con miel, niño tonto!

—Yo no quiero.

—Ni yo —dijo el más chico con una lágrima en los ojos.

—Prefiero comida para perros.

—Yo también —gritaron los otros al mismo tiempo.

La mamá los obligó a todos a comer lo que les había servido. Y ellos, por supuesto, pusieron tal cara de asco que parecía que se estaban comiendo un guisado de alacranes.

Después de dejar a sus hijos en la escuela se topó en el camino con el herrero, que le dijo:

—Disculpe, señora, ¿podría hacerme el favor de darme un karatazo en la espalda?

—¡No! ¿Quién se cree usted que es para pedirme un favor, eh?

Estaba la señora tan enojada y tan confundida con todo lo que pasaba a su alrededor que, sin darse cuenta, le dio una moneda al limosnero del pueblo. Éste se enfureció y le reclamó:

—¿Qué le sucede, señora? Llévese su horrible dinero a otra parte. No me insulte con su caridad.

Contenta de saber que eso no le gustaba al limosnero, sacó de su bolsa todos los billetes y todas las monedas que tenía y se los arrojó al sombrero.

Y así sucedió con todos y cada uno de los habitantes del pueblo.

Al último que encontró fue al más viejo, que le dijo:

—Muy malos días tenga usted, señora. ¿Ya se dio cuenta de que un ángel caído del cielo nos puso en el pueblo una maravillosa muralla? Todos estamos muy contentos y orgullosos de tener una muralla tan bonita.

Llena de furia, echando baba por la boca y espuma por las narices, corrió a la muralla y en menos de una hora la derribó por completo.

Desde entonces todos vivieron felices, pues la peor señora del mundo seguía haciendo las cosas malas más buenas del mundo, mientras el pueblo se divertía a sus anchas con sus engaños.

FIN

Donde los derechos del niño Pirulo chocan con los de la rana Aurelia

Ilustración: Chrystaliks

A Pirulo le gusta ir a la casa de su abuela porque en el jardín hay un estanque y el estanque está lleno de ranas.

Además le gusta ir por otras razones.

Porque su abuela nunca le pone pasas de uva a la comida. Y para él, que lo obliguen a comer pasas de uva es una violación al artículo 37 de los Derechos del Niño que prohíbe los tratos inhumanos.

Porque su abuela no le impide juntarse con los chicos de la ferretería para reventar petardos, de modo que goza de libertad para celebrar reuniones pacíficas, como estipula el artículo 15.

Porque su abuela no le hace cortar el pasto del jardín, lo que sería una forma de explotación, prohibida por el artículo 32.

Porque su abuela jamás lo lleva de visita a la casa de su prima. Según Pirulo, que lo lleven de prepo a la casa de su prima viola el artículo 11, que prohíbe la retención ilícita de un niño fuera de su domicilio.

Porque su abuela nunca limpia la pieza donde él duerme, así que no invade ilegalmente su vida privada. Artículo 16.

Porque su abuela jamás atenta contra su libertad de expresión oral o escrita –artículo 13–, de manera que puede decir todo lo que piensa sobre su maestra Silvina sin que su abuela se enoje.

Para hacerla corta: en casa de su abuela él es una persona respetada.

Pero lo que más le gusta es el estanque de ranas del jardín.

Ahora mismo, amparado por el artículo 31, se dispone a gozar de una actividad recreativa apropiada para su edad: va a cazar ranas.

Prepara la carnada de salchicha, agarra la linterna y la bolsa de arpillera. Es de noche. En verano las ranas se cazan de noche. Su abuela duerme.

Con mucha mala suerte, la primera rana que saca del estanque es Aurelia.

–¡Un momento! —le dice Aurelia— ¿Qué estás haciendo?

–Cazo ranas.

–Lo siento, pero los animales tenemos derecho a la existencia.

–¿Eso quién lo dice?

–El artículo 1 de la Declaración Universal de Derechos del Animal proclamada en París en 1978.

—¿Eso vale en la Argentina?

–Sí, vale.

—Pero yo tengo derecho a las actividades recreativas apropiadas para mi edad y en este instante mi actividad recreativa consiste en cazar ranas.

Aurelia se impacienta.

–Y yo te recuerdo que tenés que respetar nuestra longevidad natural. Así que te vas a quedar sin comer ranas.

Pirulo levanta la voz.

–¡Yo no las como! ¡No me gustan! ¡Se las va a comer mi abuela!

–¡Entonces peor! ¡Vos las cazás solo para divertirte! ¿Con qué derecho? ¿Te gustaría que te cazaran por diversión?

–¡No es lo mismo! ¡Yo soy una persona!

–¡Vos sos un animal de otra especie, y punto!

En el estanque se armó una batahola. Todas las ranas croaban y saltaban. Pirulo reculó un poco, pero su indignación era grande.

–¡No me voy de acá sin ranas!

–¡Antes pasarás sobre mi cadáver!

En ese momento se abrió la ventana del dormitorio de la abuela. Era ella, asomada, con los pelos parados y una batería de chancletas en la mano

–¿SE VAN A DEJAR DE ROMPER DE UNA BUENA VEZ? ¿SABEN QUÉ HORA ES? ¿CONOCEN EL ARTÍCULO 11 DE LOS PRINCIPIOS EN FAVOR DE LAS PERSONAS DE EDAD? ¿SABEN QUE TENGO DERECHO AL BIENESTAR FÍSICO, MENTAL Y EMOCIONAL? ¿Y QUE PARA ESO NECESITO DORMIR? ¿LES ENTRA EN LA CABEZA? ¡DORMIIIIIIIIR! ¡DORMIIIIIIIR!

Con la primera chancleta no acertó. Con las otras sí. Pirulo estaba muy confundido. Aurelia también. Se miraron.

–Eso fue una agresión por parte de la abuela.

–Injusta me parece a mí.

–Pará, ¿dónde podemos aclarar todo esto?

–En las Naciones Unidas.

–Vamos.

FIN