Cuento contemporáneo

Dulces sueños

Ilustración: Kei Phillips

El príncipe besó a Bella y la princesa despertó.

¡Qué alegría! ¡Qué alboroto! Se había roto el encantamiento, después de cien años de sueño, por fin podrían ser felices para siempre.

Pero «siempre» era mucho tiempo. Sobre todo, para el príncipe.

Tras la boda, la cena, el baile y toda una noche de fiesta, el príncipe empezaba a estar un poco cansado y sugirió a la Bella Durmiente, ahora muy despierta, que se fueran a dormir.

—Pero si yo no tengo sueño. ¿Cómo voy a tener sueño después de tanto tiempo durmiendo?

El príncipe sonrió y siguió bailando con su princesa; sin embargo, unas horas más tarde hasta los músicos estaban agotados, no podían ni sujetar los instrumentos, y todos los invitados se habían ido a sus casas.

El mayordomo, sentado en la escalera del palacio, intentaba sujetarse la cabeza entre las manos, pero no podía: se caís de sueño.

—¿Y si nos fuéramos a dormir? —preguntó el príncipe.

—Yo no tengo ni pizca de sueño! Podríamos ir a montar a caballo —propuso Bella.

Y salieron a montar a caballo.

—¿Y si nos fuéramos a dormir? —preguntó de nuevo el príncipe.

—Es que yo no tengo sueño. ¡Podríamos darnos un baño en la piscina!

Y se bañaron en la piscina.

—¿Y si nos fuéramos a dormir?

—Pero si yo no tengo sueño para nada. Podríamos jugar al parchís.

Y jugaron cuarenta y tres partidas al parchís.

—Aunque yo prefiero las cartas —dijo animada Bella.

Esta vez fueron setenta y nueve partidas de cartas.

—¿Y si nos fuéramos a dormir? —preguntaba de vez en cuando el príncipe.

—¡Que yo no tengo sueño! Ya he dormido mucho. Podríamos dar un paseo por el bosque.

Y recorrieron el bosque de derecha a izquierda, de arriba abajo, desde el norte hasta el sur… Hicieron y deshicieron todos los caminos del bosque.

El príncipe estaba desesperado. Llevaba un montón de horas despierto y, aunque se lo pasaba muy bien con su joven y dinámica esposa, quería dormir.

Cuando regresaron al palacio después de haber visitado una granja cercana para ver cómo los cerdos se revolcaban en el barro, cómo las gallinas ponían huevos, cómo el burro comía zanahorias y cómo los campesinos hacían queso, el príncipe no se tenía en pie.

El mayordomo, que había tenido mejor suerte y había dormido toda la noche, aprovechó un descuido de Bella y susurró al oído del príncipe:

—Un remedio para que los niños se duerman es contarles un cuento. Igual también funciona con las princesas.

El príncipe sonrió. Sí, podía ser una buena idea.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó la princesa—. Yo no tengo sueño.

—Si quieres, te cuento un cuento.

—Estupendo. En la biblioteca hay muchos libros de cuentos.

Efectivamente, en la biblioteca había muchos, muchísimos libros de cuentos. Y el príncipe cogió uno y empezó a leer despacio, con una voz suave y aterciopelada, para que la princesa se durmiera. Pero nada.

El príncipe leyó el libro entero. La princesa estaba encantada y con los ojos como platos.

El príncipe cogió otro libro y lo leyó de cabo a rabo. La princesa seguía encantada y con los ojos abiertos como un búho.

El príncipe leyó todos los cuentos chinos de la biblioteca. Y luego todos los cuentos griegos. Y después los rusos. Y los árabes, los japoneses, los indios, los franceses, los italianos; leyó casi todos los libros de la biblioteca y la princesa seguía encantada. Y despierta.

Desesperado, el príncipe cogió el último libro de cuentos, lo abrió y leyó:

—«Hace mucho tiempo, vivían un rey y una reina que querían tener un hijo…».

Aquellas palabras llamaron mucho su atención, por lo que leyó el título del cuento. Se llamaba «La Bella Durmiente».

—Un momento, cariño —le dijo a la princesa—. Ahora vuelvo.

El príncipe salió de la biblioteca y se leyó a toda prisa el cuento. Al cabo de unos minutos, regresó muy contento con el libro y otro objeto.

—¿Qué es eso? —preguntó ella.

—Un huso.

—¿Y para qué sirve?

—Pues para hilar y… para soñar. Ven, vámonos a la cama y te explico cómo funciona.

Desde ese día, la princesa se duerme cada noche con un pequeño pinchacito, que duele menos que el de un mosquito. Y, cuando el príncipe ha dormido sus nueve o diez horas, la despierta con un beso tierno y dulce.

FIN

Sueño de dragón

Ilustración: Alvia Alcedo

A los dragones les gusta soñar. Les gusta porque siempre sueñan cosas hermosas. Los sueños de los dragones no son como los otros sueños, un humo que se va. Son sueños que van tomando forma hasta que se los mira y se los ve de cuerpo entero. Si un dragón sueña con un árbol enorme, lleno de flores, cuando se despierta encuentra a su lado un lapacho, un ceibo o un jacarandá. Si sueña con mariposas, apenas abre los ojos ve un mundo de mariposas con alas doradas, con alas azules, con alas de todos los colores revoloteando por el monte.

¿Cómo, si no fuera por los sueños de un dragón, podríamos entender que de repente aparezcan millares de golondrinas en el cielo? ¿Cómo podríamos explicarnos que de un día para otro el campo se llene de flores rojas? ¿Cómo podríamos entender que de la nada salga un arco iris? ¿De dónde aparece un sol radiante en medio de la lluvia?

Solo se explica por el sueño de un dragón. Y los dragones quedan contentos con sus sueños, porque saben que producen cosas hermosas. Pero una vez un dragón tuvo una pesadilla. Soñó con una espantosa serpiente de siete cabezas, horriblemente perversa, que quería destruir el mundo entero.

—¡Odio las flores! —dijo una de las siete bocas.

—¡Odio los pájaros! —dijo otra mostrando los colmillos repletos de veneno.

—¡Odio los monos! —dijo una tercera cabeza.

—¡Los mataremos a todos! —dijo otra.

—¡Los mataremos y los comeremos! —rugió la quinta.

—¡A los monos y a todos los animales del mundo!

—¡Y los comeremos y los comeremos y los comeremos! —dijo la séptima.

Entonces se despertó el dragón y alcanzó a ver las siete cabezas que se perdían a la distancia buscando monos y pájaros y flores y a todos los animales del mundo para matarlos y comerlos.

—¡Qué hice! —se asustó el dragón.

Pero no había tiempo para lamentos, y corrió por el sendero marcado por la serpiente donde no quedaban ni rastros de flores ni de animales. El dragón voló y pasó por arriba de la serpiente y bajó cortándole el camino.

—¡Qué lindo dragón! —dijo una cabeza.

—¡Lo mejor para comenzar a comer! —dijo la segunda.

La tercera no habló. Ya había estirado su cuello con la velocidad de una centella hacia el cuerpo del dragón. Fue un movimiento casi invisible por la rapidez, pero el dragón que sabía con quién estaba soñando, ya no estaba en ese lugar.

—¡Así me gusta! –dijo otra cabeza.

—¡Qué bien que pelea!

—¡Así nos podemos divertir!

—¡Solo matar y comer es aburrido!

—¡Lo mejor es pelear!

—¡Pelear y matar y comer!

Y la serpiente atacó largando mordiscones para un lado y para el otro.

El dragón se las veía negras tratando de golpear con sus poderosas garras alguna de esas cabezas que nunca estaban en el lugar donde llegaba el golpe. Apenas logró en un momento rozar a la serpiente con las garras y sacarle una escama del cuerpo. Apenas una escama que voló y cayó a lo lejos. Entonces probó con el fuego. Nada en el mundo podía resistir el fuego de un dragón. Dio un paso para atrás, resopló, y largó la llamarada roja más grande que nunca hubiera largado un dragón. Un fuego espantoso, largo, oscuro, que recorrió todo el espacio donde estaba la serpiente. Ardieron los árboles de alrededor y la tierra despidió un humo espeso, enrojecida por el calor.

El dragón miró el humo que comenzaba a borrarse, buscando los restos de la serpiente, y se distrajo. Cuando se dio cuenta del tremendo salto de la serpiente, ya que estaba envuelto en sus poderosos anillos. Las siete cabezas gritaban y reían y giraban enloquecidas.

—¡Dragón estúpido! ¿No sabías que no hay nada que nos guste más que el fuego?

—¡El fuego nos entusiasma como ninguna otra cosa!

El dragón tiraba tremendos golpes, pero las cabezas siempre estaban en otro lugar, y los anillos de la serpiente apretaban cada vez más. Entonces el dragón voló, voló hasta muy arriba, cerca de las estrellas, donde el frío es como el espanto y todo se convierte en un hielo de muerte que solo aguantan los dragones.

—¡Eso, un poco más alto! Después del fuego no hay nada que nos guste más que el frío gritaron las siete cabezas.

Entonces el dragón bajó, bajó como una flecha, se zambulló en el medio del río, en esa zona profunda donde no llegan ni los peces. Así ahogaría a la serpiente.

—¡Eso, eso! —gritaron las siete cabezas—. Nada nos gusta más que estar bajo el agua. Pero después queremos otro poco de fuego.

La serpiente seguía enroscada en el dragón. Siete días y siete noches volaron, lucharon, cayeron, nadaron, subieron, bajaron, siempre como un solo cuerpo. Sin descansar. Al final, en un descuido de la serpiente, el dragón logró escapar de sus anillos. Pero ya no sabía qué hacer. Había probado todas sus argucias y había usado toda su fuerza de dragón, pero la serpiente parecía invencible.

—¡Nos estamos divirtiendo como nunca! —gritaron las siete cabezas.

—¡Jamás nos había pasado algo tan hermoso! ¡Te queremos, dragón! ¡Que esta pelea no se acabe en mucho tiempo!

—¡Nos aburren las peleas tontas con animales tontos!

—¡Queremos pelear, pelear y pelear!

—¡Atacá de nuevo, dragón! ¡Te estamos esperando!

El dragón retrocedió un poco.

—¡Estás escapando, dragón cobarde!

El dragón pensó en volar, volar muy alto y muy lejos, y olvidarse para siempre de esa serpiente. Pero entonces ella mataría a todos los animales. No había caso. Escapar no servía. Pero si… quizás sí podría servir…

El dragón voló hacia lo alto. Subió y subió, burlándose de la serpiente, mientras las siete cabezas lo llenaban de insultos. Y llegó hasta el lugar más alto, arriba de todas las nubes y las sombras. Entonces planeó en círculos. En grandes círculos, dejándose llevar por el viento. Y allí, mientras planeaba, cerró los ojos y se durmió.

Ya sabía lo que tenía que soñar. Y soñó.

Soñó con pájaros y flores, soñó con ríos crecidos, soñó con el arco iris, y cuando en medio del sueño apareció la serpiente de siete cabezas que peleaba enloquecida de furia, se dio vuelta en el aire para borrar su sueño. Porque los sueños se borran si uno se da vuelta para el otro lado mientras está soñando. La serpiente se borró. Se borró de golpe, sin dejar ningún rastro de serpiente. Entonces el dragón abrió los ojos. Estaba cansado, pero voló muy rápido para volver a ver el sitio de su pelea. El lugar estaba como antes. Como siempre. Estaban los árboles y las flores. Estaban las mariposas y los monos. Y no había rastros de la serpiente. Ningún rastro de la pelea.

Apenas una escama que brillaba y no brillaba en el suelo.

FIN

Historia de una Princesa, su papá y el Príncipe Kinoto Fukasuka

Ilustración: Yasu Yanami

Esta es la historia de una princesa, su papá, una mariposa y el Príncipe Kinoto Fukasuka.

Sukimuki era una princesa japonesa. Vivía en la ciudad de Siu Kiu, hace como dos mil años, tres meses y media hora.

En esa época, las princesas todo lo que tenían que hacer era quedarse quietitas. Nada de ayudarle a la mamá a secar los platos. Nada de hacer mandados. Nada de bailar con abanico. Nada de tomar naranjada con pajita. Ni siquiera ir a la escuela. Ni siquiera sonarse la nariz. Ni siquiera pelar una ciruela. Ni siquiera cazar una lombriz. Nada, nada, nada. Todo lo hacían los sirvientes del palacio: vestirla, peinarla, estornudar por… –atchís–, por ella, abanicarla, pelarle las ciruelas. ¡Cómo se aburría la pobre Sukimuki!

Una tarde estaba, como siempre, sentada en el jardín papando moscas, cuando apareció una enorme Mariposa de todos colores. Y la Mariposa revoloteaba, y la pobre Sukimuki la miraba de reojo porque no le estaba permitido mover la cabeza.

—¡Qué linda mariposapa! —murmuró al fin Sukimuki, en correcto japonés.

Y la Mariposa contestó, también en correctísimo japonés:

—¡Qué linda Princesa! ¡Cómo me gustaría jugar a la mancha con usted, Princesa!

—Nopo puepedopo —le contestó la Princesa en japonés.

—¡Cómo me gustaría jugar a escondidas, entonces!

—Nopo puepedopo —volvió a responder la Princesa haciendo pucheros.

—¡Cómo me gustaría bailar con usted, Princesa! —insistió la Mariposa.

—Eso tampococo puepedopo —contestó la pobre Princesa.

Y la Mariposa, ya un poco impaciente, le preguntó:

—¿Por qué usted no puede hacer nada?

—Porque mi papá, el Emperador, dice que si una Princesa no se queda quieta, quieta, quieta como una galleta, en el imperio habrá una pataleta.

—¿Y eso por qué? —preguntó la Mariposa.

—Porque sípi —contestó la Princesa—, porque las Princesas del Japonpón debemos estar quietitas sin hacer nada. Si no, no seríamos Princesas. Seríamos mucamas, colegialas, bailarinas o dentistas, ¿entiendes?

—Entiendo —dijo la Mariposa—, pero escápese un ratito y juguemos. He venido volando de muy lejos nada más que para jugar con usted. En mi isla, todo el mundo me hablaba de su belleza.

A la Princesa le gustó la idea y decidió, por una vez, desobedecer a su papá.

Salió a correr y bailar por el jardín con la Mariposa.

En eso se asomó el Emperador al balcón y al no ver a su hija armó un escándalo de mil demonios.

—¿¡Dónde está la Princesa!? —chilló.

Y llegaron todos sus sirvientes, sus soldados, sus vigilantes, sus cocineros, sus lustrabotas y sus tías para ver qué le pasaba.

—¡Vayan todos a buscar a la Princesa! —rugió el Emperador con voz de trueno y ojos de relámpago.

Y allá salieron todos corriendo y el Emperador se quedó solo en el salón.

—¿¡Dónde estará la Princesa!? —repitió.

Y oyó una voz que respondía a sus espaldas:

—La Princesa está de jarana donde se le da la gana.

El Emperador se dio vuelta furioso y no vio a nadie. Miró un poquito mejor, y no vio a nadie. Se puso tres pares de anteojos y, entonces sí, vio a alguien. Vio a una mariposota sentada en su propio trono.

—¿Quién eres? —rugió el Emperador con voz de trueno y ojos de relámpago.

Y agarró un matamoscas, dispuesto a aplastar a la insolente Mariposa.

Pero no pudo.

¿Por qué?

Porque la Mariposa tuvo la ocurrencia de transformarse inmediatamente en un Príncipe. Un Príncipe buen mozo, simpático, inteligente, gordito, estudioso, valiente y con bigotito.

El Emperador casi se desmaya de rabia y de susto.

—¿Qué quieres? —le preguntó al Príncipe con voz de trueno y ojos de relámpago.

—Casarme con la Princesa —dijo el Príncipe valientemente.

—¿Pero de dónde diablos has salido con esas pretensiones?

—Me metí en tu jardín en forma de mariposa —dijo el Príncipe— y la Princesa jugó y bailó conmigo. Fue feliz por primera vez en su vida y ahora nos queremos casar.

—¡No lo permitiré! —rugió el Emperador con voz de trueno y ojos de relámpago.

—Si no lo permites, te declaro la guerra —dijo el Príncipe sacando la espada.

—¡Servidores, vigilantes, tías! —llamó el Emperador.

Y todos entraron corriendo, pero al ver al Príncipe empuñando la espada se pegaron un susto terrible.

A todo esto, la Princesa Sukimuki espiaba por la ventana.

—¡Echen a este Príncipe insolente de mi palacio! —ordenó el Emperador con voz de trueno y ojos de relámpago.

Pero el Príncipe no se iba a dejar echar así nomás.

Peleó valientemente contra todos. Y los vigilantes se escaparon por una ventana. Y las tías se escondieron aterradas debajo de la alfombra. Y los cocineros se treparon a la lámpara.

Cuando el Príncipe los hubo vencido a todos, preguntó al Emperador:

—¿Me deja casar con su hija, sí o no?

—Está bien —dijo el Emperador con voz de laucha y ojos de lauchita—. Cásate, siempre que la Princesa no se oponga.

El Príncipe fue hasta la ventana y le preguntó a la Princesa:

—¿Quieres casarte conmigo, Princesa Sukimuki?

—Sípi —contestó la Princesa entusiasmada.

Y así fue como la Princesa dejó de estar quietita y se casó con el Príncipe Kinoto Fukasuka. Los dos llegaron al templo en monopatín y luego dieron una fiesta en el jardín. Una fiesta que duró diez días y un enorme chupetín. Así acaba, como ves, este cuento japonés.

FIN

La abuela electrónica

Ilustración: Matías Trillo

Mi abuela funciona a pilas. O con electricidad, depende. Depende de la energía que necesite para lo que haya que hacer.

Si la tarea es cuidarme cuando mis padres salen de noche, la dejan enchufada. La sientan sobre la mecedora que está al lado de mi cama y le empalman un cable que llega hasta el teléfono por cualquier emergencia.

Si en cambio va a prepararme una torta o hacerme la leche cuando vuelvo del colegio, le colocamos las pilas para que se mueva con toda libertad.

Mi abuela es igual a las otras. En serio. Sólo que está hecha con alta tecnología. Sin ir más lejos, tiene doble casetera y eso es bárbaro porque se le pueden pedir dos cosas al mismo tiempo. Y ella responde.

Mi abuela es mía.

Me la trajeron a casa apenas salió a la venta. Mis padres la pagaron con tarjeta de crédito a la mañana, y a la tarde ya estaba con nosotros.

Es que mi familia es muy moderna. Modernísima. A tal punto mi mamá y mi papá están preocupados por andar a la moda que no guardan ni el más mínimo recuerdo. De un día para otro tiran lo que pasó a la basura.

A lo mejor es por eso, ahora que lo pienso, que tengo tan mala memoria y no puedo acordarme entera ni siquiera la tabla del dos.

Desde que la abuela está en casa, sin embargo, las cosas en la escuela no me van tan mal.

Para empezar, ella tiene un dispositivo automático que todas las tardes se pone en marcha a la hora de hacer los deberes. Es así: se le prende una luz y se acciona una palanca. Abandona automáticamente lo que está haciendo y sus radares apuntan hacia donde estoy. Entonces me levanta por la cintura y me sienta junto a ella frente al escritorio. Ahí empezamos a resolver las cuentas y los problemas de regla de tres. O a calcar un mapa con tinta china negra.

Aunque nadie se lo pida, mi abuela lleva un registro exacto de mis útiles escolares. Por otro lado, le aprieto un botón de la espalda y el agujero de su nariz se convierte en sacapuntas. Le muevo un poco la oreja y las yemas de los dedos se vuelven gomas de tinta y lápiz.

Tener una abuela como la mía me encanta. Sobre todo, cuando está enchufada, porque así puede gastar toda la energía que se le dé la gana y no cuesta demasiado mantenerla, como dice mi papá, que además de moderno es un tacaño y sufre como un perro cada vez que a mi abuela hay que cambiarle las pilas.

Casi todas las noches yo la enchufo un rato antes de irme a dormir. Así me cuenta un cuento. O lo hace aparecer en su pantalla para que yo lea mientras ella me acaricia la cabeza. Sabe millones. Basta colocarle el disquete correspondiente (porque también viene con disquetera) y en cuestión de segundos empieza con alguna historia. Como es completamente automática, se apaga sola cuando me duermo.

Cuando mi abuela me cuenta un cuento o me canta algunas canciones, yo me olvido de que es electrónica.

Más que nunca parece una persona común y silvestre. Y es que además tiene una tecla de memoria que le permite escucharme. Yo puedo contarle cosas y, oprimiendo esa tecla, ella archiva toda la información: al final sabe de mí más que ninguno.

Me gusta tener a mi abuela. Aunque salir a pasear con ella me traiga algunos inconvenientes: los que no son tan modernos como mi familia nos miran mucho en la calle. Y se ríen.

O quieren tocarla para ver de qué material es.

Ven algo raro en sus movimientos… o en su cara, no sé.

Creo que las luces que tiene en los ojos no son cosa fácil de disimular.

A mí me encanta tener esta abuela.

Hace unos días, sin embargo, mi mamá dijo que quería cambiarla por un modelo más nuevo. Dice que salieron unas más chicas, menos aparatosas, con más funciones y a control remoto.

La idea no me gusta para nada. Porque, aunque es cierto que estoy bastante acostumbrado a los cambios, con esta abuela me siento muy bien.

Las habrá mejor equipadas, ya sé. Pero yo quiero a la abuela que tengo. Y es que, aparte, cada vez me convenzo más de que ella también está acostumbrada a mí.

A decir verdad, desde que en casa están pensando en cambiar a la abuela, yo estoy tramando un plan para retenerla.

Sí. De a poquito la estoy entrenando para que pueda vivir por sus propios medios. Para que no deje que la compren y la vendan como si fuera una cosa, un mueble usado.

Los otros días le desconecté la luz de los ojos y ahora le estoy enseñando a ver. Vamos bien.

También le estoy enseñando a ser cariñosa sin el disquete. Ésa es la parte que me resulta más fácil; a lo mejor porque me quiere, aunque ella todavía no lo sepa.

Pienso seguir trabajando.

Mi objetivo es que aprenda a llorar. A llorar como loca. Y lo más pronto posible, así el día que se la quieran llevar como parte de pago para traer una nueva, el escándalo lo armamos juntos.

FIN

La extinción del Flojosaurio

Ilustración: Mario Arroyo

En la sección de los fósiles, nunca encontrarán alguna huella del desaparecido Flojosaurio. ¿Por qué? se preguntarán ustedes. Porque era un dinosaurio tan, pero tan, pero tan flojo que sus huesos no quisieron transformarse en fósiles, de puro flojos.

El investigador de este singular espécimen, el profesor Alf Eñique, ha descubierto que el Flojosario dejaba las toallas mojadas en la cueva después de bañarse. También que nunca se lavaba los dientes, y que por eso se le extinguieron los caninos y los molares y los colmillos antes de extinguirse el resto de él. El Flojosaurio tampoco ordenaba sus juguetes, andaba en calcetines y a veces se resbalaba y se caía (y así se extinguieron hartos de ellos), y tampoco se comía toda la comida. Solo le gustaba comer postresaurio y odiaba las ensaladas y las verduras. Por eso andaba flaco y con ganas de comer dulcesaurios.

Algunas mamás Flojosaurias se extinguieron de tanto pedirle a sus hijosaurios que fueran ordenados, limpios y que hicieran las tareas en vez de jugar fútbol pateando un coco contra los Velocirraptores, que siempre les ganaban (es que eran más rápidos).

Estos son los estudios del Flojosaurio del profesor Alf Eñique, al que las mamás del mundo le pagaron para que inventara esta mentira fósil y con tanta moraleja.

FIN

El Lobo calumniado

Ilustración: gregowich

El bosque era mi hogar. Yo vivía allí y me gustaba mucho. Siempre trataba de mantenerlo ordenado y limpio. Un día soleado, mientras estaba recogiendo las basuras dejadas por unos turistas, sentí unos pasos. Me escondí detrás de un árbol y vi llegar a una niña vestida de una forma muy divertida: toda de rojo y su cabeza cubierta, como si no quisieran que la viesen. Caminaba feliz y comenzó a cortar las flores de nuestro bosque sin pedir permiso a nadie, quizá ni se le ocurrió que estas flores no le pertenecían. Naturalmente, me puse a investigar. Le pregunté quién era, de dónde venía, adónde iba, a lo que ella me contestó, cantando y bailando, que iba a casa de su abuelita con una canasta para el almuerzo. Me pareció una persona honesta, pero estaba en mi bosque cortando flores. De repente, sin ningún remordimiento, mató a un mosquito que volaba libremente, pues el bosque también era para él. Así que decidí darle una lección y enseñarle lo serio que es meterse en el bosque sin anunciarse antes y comenzar a maltratar a sus habitantes.

La dejé seguir su camino y corrí a la casa de la abuelita. Cuando llegué, me abrió la puerta una simpática viejecita. Le expliqué la situación y ella estuvo de acuerdo en que su nieta merecía una lección. La abuelita aceptó permanecer fuera de la vista. Cuando llegó la niña la invité a entrar al dormitorio donde yo estaba acostado vestido con la ropa de la abuelita. La niña llegó sonrojada y me dijo algo desagradable acerca de mis grandes orejas. He sido insultado antes, así que traté de ser amable y le dije que mis grandes orejas eran para oírla mejor.

Ahora bien, la niña me agradaba y traté de prestarle atención, pero ella hizo otra observación insultante acerca de mis ojos saltones. Comprenderán que empecé a sentirme enojado. La niña mostraba una apariencia tierna y agradable, pero comenzaba a caerme antipática. Sin embargo, pensé que debía poner la otra mejilla y le dije que mis ojos me ayudaban a verla mejor. Pero su siguiente insulto sí me encolerizó. Siempre he tenido problemas con mis grandes y feos dientes y esa niña hizo un comentario realmente grosero.

Reconozco que debí haberme controlado, pero salté de la cama y le gruñí, enseñándole toda mi dentadura y gritándole que era así de grande para comérmela mejor. Ahora, piensen ustedes, ningún lobo puede comerse a una niña. Todo el mundo lo sabe. Pero esa niña empezó a correr por toda la habitación gritando mientras yo corría detrás de ella tratando de calmarla. Como tenía puesta la ropa de la abuelita y me molestaba para correr me la quité, pero fue mucho peor. La niña gritó aún más. De repente, la puerta se abrió y apareció un leñador con un hacha enorme y afilada. Yo lo miré y comprendí que corría peligro, así que salté por la ventana y escapé corriendo.

Me gustaría decirles que este es el final del cuento, pero desgraciadamente no es así. La abuelita jamás contó mi parte de la historia y no pasó mucho tiempo sin que se corriera la voz de que yo era un lobo malo y peligroso. Todo el mundo comenzó a evitarme y a odiarme.

Desconozco qué le sucedió a esa niña tan antipática y vestida de forma tan rara, pero sí les puedo decir que yo nunca pude contar mi versión. Ahora ya la conocen…

FIN

Sobre lluvias y sapos

Ilustración: Onyana

La sequía no terminaba nunca aquella vez, y todos los animales tuvieron que hacer largos caminos para encontrar un poco de agua.

Cuando al fin aparecía un pozo o una lagunita, al día siguiente ya no tenía ni una gota. Y de nuevo a empezar.

De nada servía que entre el tatú, la iguana, la paloma y el coatí agarraran al sapo de las patas y lo tuvieran horas enteras panza arriba, como decía la abuelita del coatí que había que hacer para que lloviera.

Nada. Lo único que lograban eran las protestas del sapo:

—¡Pero no, chamigo! ¡Eso es puro cuento! ¡Es mentira que los sapos panza arriba podamos hacer llover!

Al final le creían, pero más porque se cansaban de tanto tenerlo cada uno por una pata a ese sapo que no se quedaba quieto, y lo soltaban.

Pero al otro día andaba de nuevo el sapo a los saltos, con todos los bichos atrás, que al final siempre lo alcanzaban. Y otra vez horas y horas panza arriba.

—¡No sean supersticiosos! —gritaba el sapo.

—¡Pero que había sido protestón! —decía sorprendido el coatí.

—¡No hay caso! —decía el tatú—. ¡Nunca queda conforme!

—Compadre sapo —le hablaba con amabilidad la iguana—, le puede hacer mal a la garganta si grita tanto.

—¡Qué sapo inquieto! —decía la paloma.

Cuando al final lo soltaban, el sapo salía a los saltos, estirándose y echando maldiciones.

—¡No hay caso! —decía el tatú—. ¡Nunca queda conforme!

Así andaban las cosas. Cada cual intentaba a su manera conseguir un poco de agua. Pero no había caso. Ni arriba de los árboles, ni detrás de las hojas secas, ni pegando arañazos en la tierra con la pata izquierda.

—¡Qué vivos! —gritaba el sapo estaqueado—. ¿Por qué no prueban con un tatú panza arriba?

—¡No chamigo —decía el tatú—, tengo la panza muy dura!

—¡Entonces con un coatí!

—¡No y no! —decía el coatí—. ¿A quién se le ocurre que un coatí panza arriba pueda hacer llover?

—¡Entonces con el yacaré, que tiene la panza mucho más grande!

Esa idea les pareció buena y aflojaron por un segundo las patas del sapo, que aprovechó para desaparecer en el monte de un solo salto.

Pero ahí nomás se dieron cuenta de que no solamente la panza del yacaré era muy grande, sino todo el yacaré, y de nuevo todo el bicherío salió corriendo detrás del sapo.

Así seguían las cosas. El sapo a los saltos, protestando. La iguana, el tatú, la paloma y el coatí, corriendo y gritándole:

—¡Pará, chamigo sapo! ¡Dejate agarrar!

Y la lluvia que no caía.

Pero como decía la abuelita del coatí: «no hay mal que dure cien años», apenas noventa y nueve años después cayó una enorme lluvia y se acabaron los problemas. El coatí, la paloma, la iguana y el tatú estaban más contentos que víbora con pelecho nuevo.

—¡El método dio buen resultado! —dijo con orgullo la iguana meneando la cola.

—¡Tenemos que felicitar al sapo! —añadió la paloma esponjando las plumas lavadas y brillantes.

Y ahí nomás se fueron a buscarlo. Pero cuando los vio venir el sapo, que no se había olvidado de tanto tiempo panza arriba al santo botón, salió disparando a más no poder.

—¡Pará chamigo, queremos conversar! Pero el sapo tenía demasiada desconfianza y siguió disparando hasta perderse de vista.

—¡Pucha con este sapo! —dijo el tatú—. ¡Nunca va a dejar de ser un protestón!

FIN

La pequeña locomotora

Ilustración: Hermes

Todas las locomotoras son como locomotoras, pero esta pequeña locomotora era diferente: ella siempre llegaba tarde.

Más de una vez, la pequeña locomotora prometió, con toda seriedad, ir siempre hacia adelante y no mirar nunca a los lados, pero cada vez que se ponía en marcha no podía evitarlo y lo hacía de nuevo.

Un día, el jefe de estación le dijo con severidad:

—Si llegas tarde otra vez, entonces…

La pequeña locomotora entendió y silbó:

—Piiiiiiii, ¡entendido! Esta vez no llegaré tarde. ¡Lo prometo!

Y el jefe de estación le dio a la pequeña locomotora una última oportunidad.

—Piiiiiii, piiiiii, piiiiiii —dijo mientras avanzaba por la vía.

Al poco, vio un potrillo y quiso hablar con él, pero recordó su promesa y siguió avanzando.

Mantuvo su palabra y viajó durante mucho rato, mirando siempre al frente, sin girarse ni a derecha ni a izquierda, pero al pasar cerca de un bosque, escuchó su sonido. La pequeña locomotora suspiró, volvió a pensar en lo que había prometido, pero no pudo evitarlo y se dirigió hacia el bosque.

Los pasajeros miraron por la ventana, vieron el bosque y empezaron a gritar:

—Esto es un escándalo, ¡llegaremos tarde!

—Ciertamente —dijo la pequeña locomotora— es posible que lleguemos tarde a la estación, pero, señoras y señores, si no escuchamos ahora el canto del primer ruiseñor, llegaremos tarde a toda la primavera.

Alguien quiso protestar, pero algunos sabios pasajeros, simplemente, negaron con la cabeza sin decir nada. Señal de que la pequeña locomotora tenía razón.

Durante toda la noche, los pasajeros del tren escucharon el canto del ruiseñor y por la mañana siguieron su camino.

La pequeña locomotora viajó durante un largo trecho, siempre adelante, sin mirar nunca ni a un lado ni al otro. De repente, olió el aroma de un prado y suspiró. Por un instante, se acordó otra vez de su promesa, pero no pudo evitarlo y se dirigió hacia el prado.

—¡Esto es un escándalo! ¡Un escándalo! —protestaron de nuevo algunos pasajeros— ¡Llegaremos tarde! ¡Muy tarde!

Y la pequeña locomotora contestó:

—Claro que llegaremos tarde a la estación, pero, señoras y señores, si ahora no recogemos los primeros lirios silvestres, llegaremos tarde a todo el verano.

Algunos pasajeros intentaron protestar, pero los más sabios negaron con la cabeza; la pequeña locomotora tenía razón, ahora era el momento de recoger lirios del valle.

A lo largo del día, los pasajeros recogieron los primeros lirios silvestres en el prado.

Al caer la noche, continuaron su viaje. Recorrieron un largo camino sin que la pequeña locomotora mirara hacia los lados, pero al subir una colina, la pequeña locomotora, que miraba fijamente al frente, se detuvo.

—¿Y ahora por qué nos detenemos? —preguntaron sorprendidos los pasajeros—. Aquí no hay flores ni tampoco hay un bosque.

—El atardecer —dijo la pequeña locomotora— Es el atardecer. Si no lo vemos, puede que lleguemos tarde a la vida. Después de todo, cada atardecer es único en nuestras vidas.

Esta vez nadie protestó. Los pasajeros contemplaron en silencio la puesta de sol desde lo alto de la colina y en silencio esperaron el silbato de la locomotora.

Llegaron, por fin, a la estación. Los pasajeros se bajaron del tren y la pequeña locomotora se escondió.

—Ahora —pensó— los viajeros serios irán a quejarse al jefe de la estación.

Pero los viajeros, por alguna razón, sonrieron y le dijeron:

—¡Muchas gracias, pequeña locomotora!

El jefe de la estación ​​se sorprendió mucho:

—¡Pero si han llegado tres días tarde!

—Y qué —contestaron los pasajeros— pero podríamos haber llegado tarde a todo el verano, a toda la primavera y a toda la vida.

Probablemente, ya has entendido la idea de esta historia: nunca te apresures; si ves algo hermoso, si ves algo bueno, detente.

FIN

Una lista

Ilustración: Arnold Lobel

Una mañana, Sepo se sentó en la cama.

—Tengo muchas cosas que hacer —dijo—. Las escribiré todas en una lista para que no se me olviden.

Sepo escribió en una hoja de papel:

Luego, escribió:

—Ya lo he hecho —dijo Sepo. Y lo tachó:

Después, Sepo escribió más cosas en el papel:

—Bueno, ya está —dijo Sepo—. Ahora ya tengo anotado todo lo que tengo que hacer hoy.

Se levantó de la cama y desayunó.

Enseguida, Sepo tachó:

Sepo sacó su ropa del ropero y se vistió.

Después tachó:

Sepo se metió la lista en el bolsillo. Abrió la puerta y salió. Era una hermosa mañana.

Enseguida llegó Sepo a casa de Sapo. Sacó la lista del bolsillo y tachó:

Sepo llamó a la puerta.

—Hola —dijo Sapo.

—Mira la lista de cosas que tengo que hacer hoy —dijo Sepo.

—Oye, Sepo —dijo Sapo—, es una lista estupenda.

Sepo dijo:

—La lista dice que vamos a dar un paseo.

—Muy bien —dijo Sapo—, pues vamos.

Sapo y Sepo se fueron a dar un largo paseo.

Después, Sepo sacó otra vez su lista del bolsillo.

Y tachó:

En ese momento empezó a soplar un viento muy fuerte. Arrancó la lista de las manos de Sepo y se la llevó volando por los aires.

—¡Horror! —gimió Sepo—. Mi lista se va volando. ¿Qué voy a hacer sin mi lista?

—¡Ven, corre! —dijo Sapo—. Vamos de prisa y la atraparemos.

—¡No puedo! —exclamó Sepo—. ¡No puedo hacer eso!

—¿Por qué? —preguntó Sapo.

—Porque correr detrás de mi lista —explicó lloriqueando Sepo— no es una de las cosas que tengo escritas en mi lista de las cosas que tengo que hacer hoy.

Sapo corrió detrás de la lista. Corrió por valles y colinas, pero la lista volaba más y más lejos… Por fin, Sapo volvió junto a Sepo.

—Lo siento —jadeó Sapo—, lo siento, no he podido alcanzar la lista.

—¡Qué desastre! —dijo Sepo—.  No me acuerdo de ninguna de las cosas que había en mi lista de las cosas que tenía que hacer hoy. Así que tendré que quedarme aquí sentado sin hacer nada.

Sepo se sentó y no hizo nada. Sapo se sentó a su lado.

Después de muchísimo rato, Sapo dijo:

—Sepo, se está haciendo de noche. Deberíamos irnos a dormir ya.

—¡Dormir! —exclamó Sepo—. ¡Ésa era la última cosa que estaba escrita en mi lista!

Sepo escribió en el suelo con un palo:

Y luego tachó:

—Bueno, ya está —dijo Sepo—. Ahora ya he tachado la última cosa que tenía que hacer hoy.

—¡Cuánto me alegro! —suspiró Sapo.

Y enseguida, Sapo y Sepo se quedaron dormidos.

FIN

El pueblo que no quería ser gris

Ilustración: Leonid Afrémov

Había una vez un rey grande, en un país chiquito. En el país chiquito vivían hombres, mujeres y niños. Pero el rey nunca hablaba con ellos, solamente les ordenaba. Y como no hablaba con ellos, no sabía lo que querían; y si por casualidad lo sabía, no le interesaba.

El rey grande del país chiquito ordenaba, solamente ordenaba: ordenaba esto, aquello y lo de más allá, que hablaran o que no hablaran, que hicieran así o que hicieran asá.

Tantas órdenes dio, que un día no tuvo más cosas para ordenar.

Entonces se encerró en su castillo y pensó, hasta que se decidió: «Ordenare que todos pinten sus casas de gris».

Y todos pintaron sus casas de gris.

Todos menos uno; uno que estaba sentado mirando el cielo y vio pasar una paloma roja, azul y blanca.

—¡Oh, qué linda! —dijo maravillado— ¡Pintaré mi casa de rojo, azul y blanco!

Y la pintó nomás.

Cuando el rey miró desde su torre y vio entre las casas grises una roja, azul y blanca, se cayó de espaldas una vez, pero enseguida se levantó y ordenó a sus guardias:

—¡Traigan inmediatamente a uno que pintó su casa de rojo, azul y blanco!

Los guardias aprontaron sus ojos para verlo todo, sus orejas para oír y se marcharon.

Pero mientras llegaban a la casa de «uno», otro que viva en la casa vecina dijo:

—Qué linda casa; yo también pintaré la mía así.

Y la pintó nomás.

Entonces cuando los guardias llegaron, no supieron cuál era la casa de uno y cuál la casa de otro, así que regresaron al castillo y hablaron con el rey.

—¡No puede ser! —dijo el rey, y miró desde la torre. Al ver lo que vio, se cayó de espaldas dos veces, pero enseguida se levantó. Y ordenó a sus guardias—: ¡Me traen a uno y a otro, ¡inmediatamente!

Pero ya un tercero había visto las dos casas de rojo, azul y blanco y en un instante pintó la suya.

Los guardias no tuvieron más remedio que regresar y preguntarle al rey:

—¿Qué hacemos, traemos a uno, a otro y a otro?

Entonces el rey se cayó de espaldas tres veces, y los guardias tuvieron que ayudarlo a levantarse.

—¡Traen a los tres! —dijo en cuanto estuvo levantado.

Pero cuando los guardias bajaron, no había tres casas pintadas, había 333.333.

—Bueno —dijeron los guardias cuando terminaron de contarlas—, se lo diremos al rey.

Y el rey se cayó de espaldas una vez, dos, cuatro, ocho, dieciséis, treinta y dos, sesenta y cuatro y ciento veintiocho veces.

Mientras se caía y lo levantaban, el rey ordenaba.

—¡Que me traigan todo lo que sea rojo, azul y blanco!

Los guardias bajaron ligerito.

En la ciudad había 333.333 casas rojas, azules y blancas, y las aceras eran rojas, azules y blancas, y los perros metían las colas en los tachos de pintura y luego se sacudían al lado de los árboles, los jinetes con sus ropas recién pintadas subían a los caballos y los caballos al galopar dejaban los caminos pintados; y las palomas mojaban sus patitas en los charcos de pintura que brillaban al sol, luego volaban a los palomares, y los palomeros pintaban las alas de las palomas así que cuando estas volaban por el cielo parecían barriles de colores: y todos las miraban y se sentían muy contentos.

Todo era rojo, azul y blanco.

Todo menos el rey, sus guardias y el castillo.

—¡Todo aquel que sea rojo, azul y banco debe marchar inmediatamente al castillo! ¡El rey lo ordena! —dijeron los guardias.

Y todos hombres, mujeres, niños, ancianos, caballos, perros y pájaros, gatos y palomas, todos los que podían marchar, llegaron al castillo. Eran tantos, tantos, y estaban tan entusiasmados, que al momento el castillo, las murallas, los fosos, los estandartes, las banderas, quedaron de color rojo azul y blanco. Y los guardias también.

Entonces el rey se cayó de espaldas una sola vez, pero tan fuerte que no se levantó más.

El rey de la comarca vecina, al mirar desde lo alto de su torre dijo:

—Algo ha sucedido, el rey del país chiquito ha cambiado el color de sus estandartes, enviaré a mis emisarios para que averigüen lo que ha sucedido.

—¿Qué ha sucedido?, ¿qué ha sucedido? —preguntaron los emisarios, cuando estuvieron en presencia del rey.

Pero el rey grande del país chiquito estaba tan caído, que ni siquiera podía contestar.

Entonces «unoۚ» dijo:

—Resulta que yo estaba en la puerta de mi casa, tomando el fresco, mirando el cielo, y vi pasar una paloma roja, azul y blanca, y entonces…

Y siguió contando todo lo que había sucedido.

—Pondremos sobre aviso a nuestro rey —dijeron los emisarios del país vecino, no vaya a ser que le pase lo mismo.

Y marcharon al galope.

Claro que los caballos llevaban ya sus patas pintadas, y mientras galopaban, pintaban los caminos de rojo, azul y blanco…

Pero fueron las palomas, las que primero llegaron a la comarca del rey vecino.

Y uno que estaba sentado en la puerta de su casa tomando el fresco, las vio y dijo:

—¡Oh, qué lindo!, pintaré mi casa de rojo, azul y blanco.

Y la pintó nomás y, como pueden ustedes imaginar, este cuento que acá termina por otro lado vuelve a empezar.

FIN