Cuento de Martes de cuento

El misterioso caso de la caja de galletas

Ilustración: Cryptid Creations

Cuando aquella mañana de domingo Elsa, la mamá de Mandy, Bruno y Ariel, abrió la caja de las galletas que había horneado toda la familia el día anterior para el desayuno dominical, no quedaba ni una dentro.

—¡Os quiero ver aquí a los tres ahora mismo! —gritó desde la cocina.

Los tres hermanos se reunieron alrededor de su madre con cara de no haber roto un plato en su vida. La madre, con mirada severa, los examinó uno a uno para intentar averiguar quién de ellos se había zampado todas las galletas sin dejar ni las migas, pero fue en vano. No quedaba ni rastro del dulce en la comisura de los labios ni aroma de chocolate o vainilla sobre la piel de ninguno de ellos.

—¿Quién de vosotros se ha comido todas las galletas del desayuno?

Los tres negaron acaloradamente haber sido los autores y también los tres se declararon inocentes:

—¡Yo no he sido! —dijo Mandy con el ceño fruncido— ¡Seguro que ha sido Bruno!, siempre lo toca todo sin pedir permiso.

—¡Porque tú lo digas! —protestó Bruno mirando a su hermana mayor enfurruñado— ¡Habrás sido tú y ahora me echas a mí las culpas!

—Yo no he sido, mamá, porque siempre me porto muy bien, ¿a qué sí? —añadió Ariel, el más pequeño, poniendo sus ojitos más tiernos y su cara más inocente.

Como no había ni pruebas ni testigos que pudieran aclarar el misterioso caso de la caja de galletas y no había forma de poder comprobar cuál de los tres era el culpable de tamaña fechoría, Elsa iba a dar por zanjado el asunto cuando se le ocurrió una buena idea. Les dijo entonces a sus tres hijos:

—Lo que yo no os he dicho todavía es que la caja en la que guardamos las galletas esconde un secreto. La fabricó, hace muchos, muchísimos años, mi tatarabuela, una famosa hechicera muy inteligente y esa caja es capaz de distinguir la verdad de la mentira. Nunca jamás ha fallado. Ahora veo que no tendremos más remedio que acudir a la sabiduría y la magia de nuestra antepasada para aclarar este misterioso caso. Dentro de media hora sabremos la verdad. De momento, os podéis marchar a vuestra habitación.

Los tres hermanos se dirigieron cabizbajos y nerviosos a su habitación, preguntándose cómo aquella misteriosa caja podría resolver el misterio adivinando quién de ellos se había comido las galletas.

Elsa lo preparó todo sigilosamente y después llamó a los niños de nuevo.

Ahora, la caja de galletas estaba sobre la mesa del comedor. En la estancia medio en penumbra, con las persianas bajadas, se respiraba un aire misterioso.

Elsa dio tres vueltas alrededor de la mesa mientras murmuraba un extraño conjuro que ninguno de los tres niños llegó a entender. Acto seguido, les pidió que, por turno, hicieran exactamente lo mismo:

—Dad tres vueltas alrededor de la mesa mientras repetís: “Caja misteriosa, solo tú sabes quién ha sido”.

Cuando los tres finalizaron el recorrido, Elsa hizo una solemne reverencia a la caja y los condujo fuera de la sala para explicarles cómo averiguaría la verdad:

—Para comprobar vuestra inocencia no tenéis más que entrar en la sala, poner las palmas de la manos sobre la caja y decir mentalmente: «Yo no me he comido ninguna galleta». Si eso es verdad, la caja no se moverá. Pero si es mentira lo que decís, la caja empezará a agitarse y a dar golpes sobre la mesa y así demostrará que estáis diciendo una mentira. Ahora pasad uno a uno a la sala y haced lo que os he dicho.

Los niños entraron, uno tras otro para tocar la caja y pronunciar la frase.

Salió el tercer niño sin que la caja mágica se hubiera agitado ni una sola vez.

Relajados y evidentemente satisfechos por el resultado de la prueba, los niños esperaban a que la madre los exculpara a los tres. Sin embargo, Elsa ordenó:

—¡Enseñadme las manos!

Mandy, Bruno y Ariel obedecieron sin saber el motivo y Elsa comprobó que todos tenían las manos manchadas de tinta negra, excepto uno de ellos, que las tenía limpias. Elsa lo señaló, afirmando con tono tajante:

— ¡Tú te has comido todas las galletas y, además, nos has mentido!

— No, no, yo, yo… yo no me las he comido… Bueno sí… Pero ¿cómo lo has sabido? ¿Te lo ha dicho la caja?

Elsa se echó a reír a carcajadas:

—La verdad es que la caja no es mágica y no sabe distinguir entre verdad y mentira. Pero yo la he pintado de tinta negra. Los que no se habían comido las galletas, no tenían nada que temer, por lo que han puesto tranquilamente las dos manos sobre la caja para demostrar su inocencia. Sin embargo, tú no te has atrevido a hacer lo mismo por miedo a que la caja se moviera y te delatara. Por eso tienes las manos sin ninguna mancha negra y por eso te vas a quedar en tu habitación a reflexionar sobre tu mal comportamiento y tu mentira mientras nosotros desayunamos tortitas con chocolate recién hechas.

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

La historia secreta de los árboles. Baobab

Ilustración: FatesBR3AK

Tuve conocimiento al tercer día, del drama de los baobabs.
Fue también gracias al cordero y como preocupado por una profunda duda, cuando el Principito me preguntó:
—¿Es verdad que los corderos se comen los arbustos?
—Sí, es cierto.
—¡Ah!, ¡qué contento estoy!
No comprendí por qué era tan importante para él que los corderos se comieran los arbustos. Pero el Principito añadió:
—Entonces se comen también los baobabs.
Le hice comprender al principito que los baobabs no son arbustos, sino árboles tan grandes como iglesias y que incluso si llevase consigo todo un rebaño de elefantes, el rebaño no lograría acabar con un solo baobab.
Esta idea del rebaño de elefantes hizo reír al principito.
—Habría que poner los elefantes unos sobre otros…
Y luego añadió juiciosamente:
—Los baobabs, antes de crecer, son muy pequeñitos.
—Es cierto. Pero ¿por qué quieres que tus corderos coman los baobabs?
Me contestó: «¡Bueno! ¡Vamos!» como si hablara de una evidencia. Me fue necesario un gran esfuerzo de inteligencia para comprender por mí mismo este problema. El Principito,
Antoine de Saint-Exupéry

¡No me mires así, por favor!, ¿acaso no te han dicho que hacer eso es de muy mala educación?

Sí, ya lo sé, los baobabs somos árboles un poco raros. Yo, sin ir más lejos, he tenido que oír las cosas más extravagantes y variopintas sobre el aspecto de mi especie durante los mil ciento veinticuatro años de mi existencia: que si parecemos elefantes momificados; que si somos fósiles; o espejismos; o columnas de un templo derribado… ¡Pero si hasta nos han llamado árboles botella porque en nuestro interior podemos almacenar miles de litros de agua!

Tal es la imaginación de los humanos que incluso, una vez, alguien afirmó que los baobabs estábamos plantados del revés y se atrevió a inventar una leyenda que cuenta que fuimos castigados por los dioses por ser tan vanidosos y creernos los árboles más hermosos del mundo. Los dioses, cansados de nuestra soberbia, nos arrojaron a la Tierra desde lo alto del cielo y, al caer, nos quedamos con las raíces hacia arriba.

Pero todas estas cosas las dicen los humanos porque no conocen la verdadera historia de los baobabs, ¡y eso que se la hemos contado miles de veces a los guardianes de la memoria!, los más sabios de entre los sabios enterradas bajo nuestra sombra. A ellos les susurramos nuestros secretos cuando la soledad invade el campo, justo cuando el sol asoma por el horizonte. Después, el viento, que todo lo oye, los va esparciendo por la sabana, porque el viento no sabe guardar secretos.

Si quieres saber nuestra verdadera historia, presta atención…

Cuando además de los humanos el pueblo de los grandes vagaba sobre la Tierra y plantaba enormes baobabs, Sihiri, la hechicera más poderosa de entre todos ellos, fue consultada por la reina Refayawa porque el pueblo de los altos era cada vez más numeroso y ya no había suficiente comida para todos en el planeta. Los frutos escaseaban y animales, humanos y gigantes pasaban hambre.

—¡Oh!, madre Sihiri, la que todo lo sabe, la que lee en la arena y descifra las nubes, ¿qué debemos hacer?

La maga le pidió a la reina dos días para responder y, acto seguido, se marchó al límite del desierto para meditar bajo un viejo baobab y escuchar el consejo de los más sabios.

Pasado el plazo, regresó y habló así:

—Excelsa Soberana, la más sabia, la que empequeñece a los gigantes más gigantes, leí la arena y descifré las nubes. Consulté a los más sabios, los que duermen bajo los baobabs, y el viento me entregó su mensaje:

Marchar a un planeta hecho a vuestra medida debéis;

allí no os faltará comida; allí felices seréis.

Mil años de norte a sur y mil de este a oeste tardareis en recorrerlo.

Se halla a un millón de pasos de gigante, justo al girar la esquina de los sueños.

Nunca es de noche porque lo alumbran siete soles.

Su nombre es Mafarkai y ya os aguarda.

—¿Pero cómo llegaremos hasta ese planeta, madre Sihiri?

—El polen de belladona, mezclado con humo de lapislázuli y flor de adelfa nos conducirá en su regazo. Beberemos la pócima mágica desleída en el agua de lluvia que guardan en su corazón los baobabs y esperaremos a que los oscuros yawo nos muestren el camino.

Y así sucedió. Sihiri preparaba la fórmula mágica y la entregaba a los gigantes. Los gigantes, al recibirla, arrancaban los baobabs y la echaban en su interior para que se deshiciera. Después, usando los baobabs de botella, bebían y esperaban a que los yawo los transportaran en su seno de oscuridad hasta Mafarkai.

A medida que los gigantes se quedaban dormidos y se elevaban del suelo, los baobabs caían de sus manos y hundían sus raíces nuevamente en la tierra.

Los humanos que vieron caer los baobabs desde las alturas pensaron que los dioses los lanzaban desde el cielo y aunque la gente de la Tierra tiene dos orejas, jamás ha aprendido a escuchar lo que les cuenta el viento, así que nunca supieron la verdadera historia de los baobabs y los gigantes e inventaron sus propias leyendas.

Hay que saber, sin embargo, que algunos gigantes sí consiguieron llevarse los baobabs con ellos a su nuevo hogar y allí los replantaron. ¡Cosa terrible!, porque Mafarkai está situado a un tiro de piedra del asteroide B-612 y cuando el cierzo sopla, las semillas de baobab vuelan directamente hasta allí y es por esto por lo que el pequeño Príncipe tiene tanto trabajo arrancándolos antes de que se hagan demasiado grandes.

En la Tierra, nadie jamás ha vuelto a ver gigantes, ellos viven ahora donde el sol nunca se pone. Atrás dejaron, dormidos bajo los viejos baobabs caídos del cielo, a los más sabios de entre los sabios. Ellos escuchan mientras nosotros, los baobabs, les contamos los antiguos secretos que, después, la voz del viento esparce por la sabana.

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

El zorro y el conejo

Ilustración: ShoJoJim

Había una vez un conejo que había construido su madriguera junto al muro de un campo sembrado de zanahorias. Un día, el conejo, que andaba desayunando una hermosa zanahoria, vio a un zorro que, pegado al muro, se acercaba andando. El conejo calculó la distancia que lo separaba de su madriguera y comprendió que no iba a tener tiempo de esconderse, así, que apoyó la espalda en el muro e hizo fuerza contra él. Al verlo de esa guisa, el zorro le preguntó:

—Amigo conejo, ¿qué haces?

—¡Vaya pregunta!, ¿acaso no lo ves? ¡Sujeto este muro!

—¿Y por qué sujetas el muro?

—¡Ah!, es que hace poco pasaron por aquí unos hombres sabios y me pidieron que aguantara esta pared para que no se caiga. Me advirtieron de que si la dejaba caer, el mundo se acabará. Hoy hace ya tres días que estoy aguantándola para salvar al mundo ¿Por qué no eres solidario y me ayudas un poquito? Tengo un hambre que ya ni veo, pero no me atrevo a moverme, porque si se acaba el mundo, ¡se acabó todo!

—¡Sería terrible que se acabara el mundo! —contestó el zorro asustado—. Te ayudaré a aguantar el muro un rato. Ve a comer, bebe también agua y luego vuelve.

El conejo no se lo hizo repetir dos veces, dejó al zorro aguantando la pared y, a grandes saltos, se alejó de allí todo lo que pudo.

Tres días estuvo el zorro aguantando el muro, pero al cuarto, muerto de hambre y de sed, dijo:

—Yo ya no aguanto más. Por mí, este muro se puede caer ahora mismo. Lo siento mucho si el mundo se acaba.

El zorro cerró los ojos y se alejó corriendo del muro. Al ver que no pasaba nada, se dio la vuelta y vio que la pared seguía en pie y, en ella, no había señal alguna que indicara que fuera a caerse en mucho tiempo.

—¡Qué pícaro el conejo! ¡Me la ha jugado! Voy a buscarlo ahora mismo y cuando lo encuentre… ¡Que se prepare! ¡Me lo comeré de un solo bocado!

Y se marchó, cruzando campos y bosques, en busca del conejo.

Al cabo de unos días, dio con él. El conejo estaba trabajando, construyendo una cueva. En cuanto el conejo vio al zorro, rápido, entró dentro de la madriguera y, desde el fondo, habló así al zorro:

—¿Qué tal, zorro? —le dijo—, ¿Te has enterado? Ahora hay otro anuncio. Hace dos días, encontré de nuevo a los hombres sabios y me dijeron que escarbara una cueva bien profunda. ¡Dicen que va a llover fuego!

—¿En serio? —dijo atónito el zorro.

—¡Y tan en serio!, por qué crees si no que ando cavando esta cueva, ¡porque va a llover fuego! Deberías cavar una tú también, así nos salvaremos los dos.

—¡Vale! Aunque es mucho trabajo…—contestó el zorro.

—¿Sabes qué? No te preocupes, como la mía ya está a medias, te la cedo y yo me haré otra.

—¡Muy bien! —respondió contento el zorro.

—El plazo está cerca, faltan solo dos días para que llueva fuego. ¡Hay que trabajar día y noche!

El conejo se alejó de allí, pies para qué os quiero, mientras el zorro trabajaba noche y día, sin descansar hasta que terminó.

Agotado, se encerró en su cueva y allí pasó los dos días siguientes, pero el hambre y la sed lo obligaron a tomar una decisión:

—¡Me da igual! Aunque me queme, salgo y ya está. ¡Ya no aguanto más!, ¡ya no aguanto más!

Con mucho cuidado, asomó el morro fuera de la madriguera, esperando quemarse los bigotes, pero no pasó nada de nada.

Al darse cuenta de que el conejo lo había vuelto a engañar, exclamó furioso:

—¡Esta vez no se libra! ¡Me lo comeré! ¡Ya no lo perdono más!

Y salió a la carrera tras la pista del conejo.

Al poco, lo encontró viviendo en un pueblo abandonado; descansaba dentro de un antiguo horno de leña. Cuando el zorro se abalanzó sobre él con la intención de comérselo, el conejo le dijo:

—¡Ay, hermano zorro!, antes de comerme, escucha lo tengo que decirte. El anuncio del fuego se aproxima, va a ser muy pronto. Resulta que no entendí bien a los sabios y las cosas serán de otra manera. Primero, habrá un diluvio de agua y, después, vendrá la lluvia de fuego. Mira este horno —susurró el conejo— ¿Sabes para qué sirve? Me encerraré dentro y quizá me salvaré —y añadió—. Si quieres, te encierras tú en él y yo ya me buscaré otro más pequeño. ¡Date prisa, que está a punto de diluviar!

El zorro, más que asustado, se metió de cabeza dentro del horno y el conejo se apresuró a cerrar la puerta. Después, empezó a echar agua por encima del horno y a tirar piedras contra él. Dentro, el zorro creyó que eran truenos y que el diluvio de agua ya había empezado:

—El conejo tonto ha tenido su merecido, se ha quedado fuera y no habrá tenido tiempo de encontrar otro horno. ¡Se habrá ahogado! ¡Vaya diluvio!

Después, el conejo reunió leña, la amontonó bajo el horno y le prendió fuego. En el interior, la temperatura empezó a subir. El zorro, que cada vez sentía más y más calor, exclamó:

—¡Pues era verdad lo que me dijo el conejo! Primero el diluvio de agua y ahora la lluvia de fuego.

A punto ya de quemarse, al zorro le llegó desde fuera la risa del conejo y comprendió que, de nuevo, lo había engañado.

Muy enfadado, abrió la puerta del horno de una patada y se alejó corriendo todo lo que pudo del conejo, el cual regresó a su madriguera junto al muro del campo sembrado de zanahorias.

FIN

La maceta de albahaca

Ilustración: Clovie31

En un remoto reino, frente al palacio de un anciano rey, vivía una zapatera muy pobre con sus tres hijas.

Las niñas tenían una maceta de albahaca en la ventana y salían a regarla por turnos, un día cada una. Una mañana, el anciano rey, que estaba muy solo y muy aburrido, salió al balcón vio a la más mayor regando la maceta y le dijo:

—Niña, niña, tú que riegas la maceta de albahaca, ¿cuántas hojitas tiene la mata?

La niña, sorprendida de que el rey le hablara y no sabiendo qué contestarle, entró apresuradamente en casa y cerró la ventana.

Al día siguiente, le tocó regar la maceta a la segunda niña. El rey salió al balcón como el día anterior y le dijo:

—Niña, niña, tú que riegas la maceta de albahaca, ¿cuántas hojitas tiene la mata?

La niña sorprendida de que el rey le hablara, pensó que era mejor hacerse la sorda y entró en su casa.

Al tercer día salió la niña menor a regar la maceta y el rey, que ya estaba en el balcón, después de verla le dijo:

—Niña, niña, tú que riegas la maceta de albahaca, ¿cuántas hojitas tiene la mata?

Y la niña, que más que lista era listísima, le contestó:

—Real majestad, rey y señor, usted que está en su balcón, ¿cuántos rayos tiene el sol?

El rey se quedó sorprendido de la contestación de la niña y avergonzado de no poderle contestar, se escondió corriendo en palacio más rojo que un tomate.

Después de pensar y pensar, se le ocurrió un plan. Como la niña era muy pobre, mandaría a una sirvienta que se paseara por la calle, frente la casa de la zapatera, gritando que cambiaba pan por besos y después…

La niña, que nada sospechaba, tan pronto como oyó el pregón de la criada, salió a su encuentro y le dio dos besos a cambio de dos buenas barras de pan.

A la siguiente mañana que le tocó salir a regar la maceta, el rey ya la estaba esperando en el balcón y luego que la vio le dijo:

—Niña, niña, tú que riegas la maceta de albahaca, tú que le diste dos besos a mi criada, ¿cuántas hojitas tiene la mata?

A la niña le dio tanta rabia lo que escuchó, que cerró la ventana de golpe y entró en su casa sin haber regado la maceta de albahaca y decidida a no salir nunca más a regarla.

El viejo rey, que ya estaba acostumbrado a ver a la niña, se puso enfermo por no poder verla. Su médico de cabecera, viendo que no podía curarlo, le aconsejó que mandara llamar a todos los médicos del reino a ver cuál de todos aliviaba su mal.

La niña, que buscaba una ocasión para desquitarse, se disfrazó de médico y se dirigió al palacio montada en su burrito. Al llegar a presencia del rey le dijo:

—Real majestad, rey y señor, si gusta usted curarse de su mal es menester que le bese el culito a mi burro y que mañana, muy de mañana, salga al balcón a recibir los primeros rayos del sol.

El rey, con tal de curarse, hizo lo que le recetaba aquel médico, así que después de besar el culito al burro, se acostó a dormir.

A la mañana siguiente, muy temprano, salió al balcón y la niña, que ya lo estaba esperando regando la maceta, tan pronto lo vio le dijo:

—Real majestad, rey y señor, usted que está en su balcón, usted que besó el culito a mi burro, ¿cuántos rayos tiene el sol?

El rey, dándose cuenta del engaño de la niña, entró en palacio muy enojado y mandó llamar a la zapatera.

Cuando llegó la buena mujer a presencia del rey, este le ordenó:

—Vecina zapatera, quiero que a las tres horas del tercer día me traigas aquí a tus tres hijas. Además, te ordeno que la más pequeña venga bañada, pero no bañada; peinada, pero no peinada; a pie, pero no a pie; y que sepas que en caso de no cumplir mi mandato, os encerraré a todas en prisión.

La pobre zapatera, triste y compungida, se fue a su casa y contó a sus hijas lo que el rey había dispuesto; a las dos mayores toda la fuerza se les fue en protestar y gritar, en cambio, la más pequeña, que más que lista era listísima, dijo:

—No os preocupéis de nada, ya veréis como yo lo arreglo todo.

Y así fue. A las tres horas del tercer día se presentó la zapatera en palacio con sus tres hijas; delante iban las dos mayores y más atrás la chiquita, montada en su burro con un pie en el aire y otro apoyado en el suelo; tiznada de carbón la mitad de su cuerpo y la otra mitad bien lavada; media cabeza enmarañada y la otra bien peinada.

Viendo el rey que se habían acatado todas sus órdenes, no tuvo más remedio que darse por bien servido y le dijo a la niña:

—Has demostrado ser mucho más lista que yo y, por tanto, mereces un premio: puedes llevarte a tu casa lo que más te guste de este palacio.

Después de decir esto, el anciano rey se fue a dormir la siesta. La niña, que no esperaba otra cosa, ¿a que no sabéis qué hizo? Pues, como más que lista era listísima, montó al rey sobre su burro y, con mucho cuidado para no despertarlo, se lo llevó a su casa.

¡Cuál no sería la sorpresa del anciano rey al despertarse y hallarse en una casa pobre y desconocida!

Lo primero que hizo el soberano fue llamar a gritos a sus lacayos, a sus pajes, a la guardia real. Pero en lugar de ellos, apareció la niña y le dijo:

—Real majestad, rey y señor, no hace falta que gritéis tanto. Vos mismo me distéis permiso para llevarme a mi casa lo que más me gustase de palacio y como fuisteis vos lo que más me gustó, por eso estáis en mi casa.

El rey entendió que con aquella niña llevaba siempre las de perder y que era tan inteligente y espabilada, que gobernaría el reino mucho mejor que él, así que se lo dejó en herencia. Y si todavía vive, aquella niña, más que lista, listísima, sigue gobernando hoy en aquel remoto reino.

FIN

El tiempo es oro

Ilustración: dizzyclown

En mis viajes por Isla Imaginada me contaron este cuento, que, aunque no sé si sucedió aquí o allá, ni tampoco sé si pasó hace mucho tiempo o justo ayer, os puedo asegurar que ocurrió de verdad. Y eso sí que es bien seguro.

Es la historia de unos padres muy ocupados, que trabajaban muy duramente, durante muchas horas al día, los siete días de la semana, para darle a su única hija la mejor educación, los mejores juguetes, la mejor casa, las mejores actividades extraescolares, la mejor ropa… En fin, que, como todos los padres del mundo, deseaban para su pequeña lo mejor y cualquier esfuerzo por conseguirlo les parecía poco. Tanto era así, que para que a la niña no le faltara de nada casi ni podían verla y no tenían más remedio que dejarla al cuidado de expertas niñeras, que se ocupaban de llevarla al colegio, darle comida sana y equilibrada, acostarla puntualmente a su hora, enseñarle idiomas y tenerla ocupada en todo momento para que no se aburriera. Ellos dos, padre y madre, llegaban todos los días a casa casi al mismo tiempo, cuando ya era de noche; agotados tras una dura jornada laboral llena de reuniones, llamadas telefónicas, páginas y páginas de complicadas estadísticas…   Eran tan competentes en lo que hacían, que no era extraño que cada uno de ellos cobrara cien euros a la hora por sus servicios profesionales; una cantidad que mencionaban a menudo en sus conversaciones, que siempre giraban en torno a lo mismo: sus obligaciones laborales y sus sueldos.

Solo vivían por y para trabajar y para ganar más y más dinero, el cual les permitía ofrecer a su hija lo mejor y gastar en ellos lo que se les antojaba… aunque esto último solo lo hacían durante diez días al año, cuando se marchaban de vacaciones, si es que se puede llamar vacaciones a lo que ellos hacían, porque durante esos días seguían trabajando. Decían que eran imprescindibles y que sus respectivas obligaciones les impedían un descanso completo y más prolongado. Ambos anteponían sus empleos a todo lo demás, por lo que era difícil tener vida familiar. Jamás comían juntos y muy raramente se sentaban a disfrutar de una agradable cena en familia. Mucho menos contaban cuentos o reían. ¡No tenían tiempo para eso!  Durante los pocos momentos en los que se tomaban un respiro, miraban sus móviles, contestaban e-mails o leían informes.

Amigos y familiares se comunicaban con ellos mediante mensajes telefónicos y correos electrónicos y ya estaban acostumbrados a verlos, con suerte, una vez al año, coincidiendo con alguna fiesta navideña, a la que la pareja aportaba manjares exquisitos, bebidas carísimas o regalos exclusivos que repartían con generosidad, como si con todo eso quisieran hacerse perdonar las largas ausencias que ya nadie, entre sus seres queridos, notaba…

¿Nadie? Bien, no exactamente… Lina, la pequeña hija de ambos, los añoraba terriblemente. No se acostumbraba a las niñeras que, aunque le daban mucho cariño y la mimaban, no podían sustituir el amor de su padre y de su madre. Y aunque no le faltaba de nada, lo cierto es que no era feliz.

Un día de invierno, faltaba muy poco para la noche de Reyes, los padres de Lina llegaron a casa cuando ya era de noche, como era habitual. Como si de una obligación diaria más se tratara, entraron juntos a dar un beso y a desear buenas noches a su pequeña hija, que casi ya estaba dormida.

—Buenas noches, Lina. ¿Todo bien? ¿Has cenado?

—Mamá, papá… Quiero… Ahora que ya se acerca el día de Reyes … Quiero… un regalo especial…

—¡Claro, Lina! Pídeles lo que quieras, hija.

—Quiero… Necesito… cien euros…

—¡Eso es mucho dinero, Lina! Es lo que ganamos nosotros por una hora de trabajo. ¿Para qué necesitas ese dinero? Mejor será que pienses en otro regalo. ¿No preferirías pedir un ordenador nuevo? ¿Tal vez un vestido? ¿Zapatos? ¿Juguetes?…

—No… Solo quiero cien euros… Nada más…

—¡Pues olvídate! Los Reyes no traen dinero. El dinero cuesta mucho de ganar y no hay que tomarlo a broma.

—De verdad que me hacen mucha falta… —dijo Lina intentado aguantar las lágrimas de desilusión que pugnaban por salir.

—No y no. Tienes siete años y no necesitas dinero. Ve pensando en pedirles otro regalo. ¡Se acabó!

Padre y madre abandonaron la habitación y se fueron a dormir. O lo intentaron… Ambos sentían remordimientos por lo ocurrido. ¿Para qué necesitaría su hija aquel dinero? ¿Y si de verdad era importante para ella?

—¿Duermes?

—No. No paro de darle vueltas a lo que quiere pedir Lina a los Reyes Magos… ¿Para qué querrá cien euros?

—Deberíamos averiguarlo…

Madre y padre se dirigieron a la habitación de Lina.

—¿Lina…?

—Mmmmm…

—Si nos dices para qué quieres ese dinero, quizá pensaremos en la posibilidad de dártelo nosotros, así no tendrás que esperar a que te lo traigan los Reyes Magos…

—No os lo puedo decir antes de tenerlo… Sería muy peligroso… Pero os prometo que en cuanto tenga el dinero en la mano, os lo contaré…

La curiosidad de los padres, al fin, pudo más y, sin esperar, le dieron ellos a Lina lo que pedía.

—No hace falta que pidas dinero a los Reyes Magos. Aquí tienes los cien euros. Y ahora mismo nos dirás para qué los necesitas…

Lina se levantó y sacó del fondo del armario una cajita llena de billetes y monedas.

—¡Pero si tienes ahí un dineral, Lina! ¿Para qué demonios necesitas más!

—Estoy ahorrando desde hace mucho tiempo. Pero ya no podía esperar más. Me faltaban cien euros para llegar a doscientos… Cien y cien, lo que ganáis los dos en una hora, ¿verdad?… ¡Ahora puedo comprar una hora de vuestro tiempo! ¡El sábado nos iremos los tres de paseo! Como no me fío de vosotros, porque siempre decís que iremos a pasear y luego no vamos porque tenéis trabajo, os pago por adelantado, así no tendréis más remedio que guardar esa hora y «trabajar» para mí.

Aquel sábado, los tres se fueron a pasear al parque… Y al sábado siguiente, y al otro, y al otro…

Lina recuperó a sus padres y estos a su hija y una parte muy importante de sus vidas.

Cierto es que es necesario trabajar, pero sin olvidar que hay otras muchas cosas en la vida que también merecen su espacio y su tiempo.

Si esta historia te resulta familiar, no olvides que el final puede ser como el de este cuento u otro muy distinto. En tus manos está escribirlo.

FIN

Verdad y Mentira

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Ilustración: pesare

Cuentan que una vez, cuando los animales aún hablaban y el sol madrugaba más que ahora, se encontraron en medio de un camino la Verdad y la Mentira, que viajaban por el mundo captando adeptos para sus respectivas causas.

Entablaron una animada discusión sobre si era más conveniente ser sincero o mentiroso y al no ponerse de acuerdo, decidieron seguir juntas su periplo para comprobar cuál de las dos tenía razón.

Antes de emprender la marcha, pactaron que un día una y otro día la otra, se responsabilizarían de buscar alojamiento y sustento y de hablar con la gente que les saliera al paso y que cuando no fuera su turno no intervendrían, escucharan lo que escucharan.

Ya sospecharéis que la Verdad era muy sincera; siempre decía lo que pensaba y nunca jamás mentía. En cambio, la Mentira era justo todo lo contrario, no era en absoluto sincera, mentía y lisonjeaba para obtener provecho de sus aranas o bien para congraciarse con los demás, diciéndoles todo aquello que deseaban escuchar.

Al finalizar la primera jornada de viaje juntas, llegaron a una posada y la Verdad pidió alojamiento. Aclaró que estaban de paso y que solo se quedarían aquella noche. «Poco negocio haré con este par», pensó para sí el posadero. Y se dispuso a darles la peor habitación de todas, afirmando que era la única que le quedaba, a pesar de que en la posada no se alojaban otros viajeros.

La Mentira callaba, según lo acordado, mientras la Verdad, al ver aquella estancia cochambrosa, le fue indicando al posadero todo lo que estaba mal, roto o sucio. El posadero se quedó tan boquiabierto al escuchar tantas verdades juntas, que no acertó a replicar.

La Verdad y la Mentira se encerraron en su habitación y, desde allí, oyeron cómo el dueño de la venta preparaba la cena y, después, se sentaba a comer.

Esperaron en vano a que el hombre las avisara para tomar un bocado, hasta que la Verdad decidió salir y recriminarle al posadero su falta de hospitalidad. El posadero la escuchó ofendido y replicó que no servía cenas a quien lo criticaba, así que las dos viajeras no tuvieron más remedio que irse a dormir muertas de hambre.

Al día siguiente, al reemprender su viaje, la Mentira le dijo a la Verdad:

—Compañera, hoy me toca a mí. Te ruego que, oigas lo que oigas, no hables.

Atardecía cuando llegaron a la siguiente población y decidieron pasar allí la noche. La Mentira se dirigió sin tardanza a casa del alcalde para saludarlo y presentarse:

—Sepa usted, señor alcalde, que viajo de incógnito, con la única compañía de mi ayudante. Soy alguien muy importante, mi poder no tiene límites. Puedo conseguir todo aquello que me proponga. Incluso cosas que nadie creería.

Acto seguido, le pidió al alcalde que convocara a todos los habitantes para poder contar cuáles eran esas habilidades extraordinarias.

Cuando el pueblo al completo estuvo reunido en la plaza mayor, la Mentira pronunció su discurso. Contó que estaba de paso y que, únicamente, podía quedarse aquella noche, ya que gentes de otros pueblos reclamaban su presencia. Afirmó que estaban en presencia de alguien tan poderoso, que incluso podía resucitar a los muertos. No obstante, añadió, como era muy tarde y estaba cansada del largo viaje, se marchaba a descansar. Sin embargo, al día siguiente, a mediodía, y para demostrar lo que afirmaba, resucitaría a todos los difuntos que hubieran fallecido el último año.

Dicho esto, la gente se dispersó y la Mentira y su compañera de viaje se acomodaron en la suntuosa casa en la que eran alojadas las personas distinguidas que visitaban el pueblo.

No habían pasado ni cinco minutos, cuando el alcalde se presentó para advertir a la Mentira de que cuando resucitara a los muertos, ni se le ocurriera resucitar a su predecesor, puesto que él hacía solo una semana que había tomado posesión de su nuevo cargo. El motivo estaba claro: si resucitaba al anterior alcalde, perdería su puesto. La Mentira escuchó, pero no dijo ni que sí, ni que no.

Al cabo de un minuto de haberse marchado el alcalde, se presentó ante la Mentira una mujer, que contó que había perdido a su marido hacía once meses. El marido, que en vida había sido el mayor tacaño del que se tenga noticia, le había dejado en herencia una inmensa fortuna, de la que ahora disfrutaba y a la que tendría que renunciar si él regresaba. De nuevo, la Mentira escuchó, pero no dijo ni que sí, ni que no.

Tras la mujer, se presentaron otras personas con la misma súplica: que resucitara a cualquier difunto, menos al suyo. Aunque los motivos eran diversos, el más frecuente era el de las herencias. Dinero, objetos o propiedades que se verían obligados a devolver a sus legítimos dueños en caso de que volvieran a la vida. A todos escuchó la Mentira, pero a nadie le dijo ni que sí, ni que no.

Había ya oscurecido y se acercaba la hora de cenar, pero como cada uno de los que había visitado a la Mentira para pedirle que dejara a su muerto muerto y bien muerto la había intentado sobornar con una gran bandeja repleta de las más exquisitas y delicadas viandas, el problema fue elegir qué comer.

Mientras daban cuenta de aquellos manjares, la Verdad le dijo a la Mentira:

—Te has pasado con tus embustes. ¿Cómo has sido capaz de prometer devolver la vida a un muerto? Todo el mundo sabe que eso es imposible. Y más increíble aún, es que la gente te haya creído.

—Sí, hay cosas que todo el mundo sabe que son imposibles pero que, sin embargo, desean creer. Gracias a eso, hoy nos iremos a comer con la barriga bien llena y dormiremos en una cama mullida.

A mediodía, la plaza mayor estaba abarrotada, llena de curiosos que esperaban el milagro anunciado por la Mentira. Esta empezó su discurso:

—Buenos días,  sin que nadie se ofenda por ello, creo que es mi deber empezar por resucitar a la persona más importante de este pueblo. Es decir, al antiguo alcalde.

El nuevo alcalde se apresuró a responder:

—Mi predecesor dirigió nuestros destinos durante más de sesenta años. Se dedicó en cuerpo y alma al servicio de la comunidad y todos lo apreciamos por ello. Justo es que ahora lo dejemos tranquilo, ya hizo suficiente. Creo que será mejor empezar con otro.

—Ya habéis oído lo que dice el señor alcalde —dijo la Mentira—. La palabra de un alcalde es ley. Por lo tanto, empezaré con otro difunto.

Se dirigió entonces a la mujer que había perdido a su marido hacia casi un año. Sin embargo, ella también rechazó la oferta diciendo que su marido se había pasado la vida trabajando duramente y que él mismo había afirmado en los últimos tiempos que estaba ya cansado.

Acató la Mentira el deseo de la mujer y pasó a otra persona, y luego a otra y a otra, y a otra más, siguiendo el orden de las visitas recibidas la noche anterior. Todos ponían alguna excusa para que no se obrara el milagro en sus difuntos.

Finalmente, dijo:

—Ya lo veis, soy capaz de resucitar a los muertos, pero preferís que no lo haga, así que acataré vuestros deseos y los dejaré descansar en paz.

La gente empezó a dispersarse en dirección a sus casas y cuando la plaza quedó desierta, las dos viajeras se dirigieron a su alojamiento para recoger sus pertenencias antes de marcharse. Al abrir la puerta, casi ni pudieron entrar, tan llena estaba la casa de los regalos de agradecimiento que les había enviado la gente del pueblo.

De nuevo en ruta, la Verdad reflexionó:

—Yo siempre soy sincera y valoro la franqueza por encima de todas las cosas, pero lo cierto es que en el mundo hay muchos mentirosos y de eso, en parte, la culpa es de la propia gente, que prefiere creer cualquier embuste antes que aceptar la verdad. Además, hay personas tan simples que pagan muy caras las mentiras, cuando escuchar las verdades les saldría gratis. ¡Esto no hay quién lo entienda!

FIN

El Árbol

mancha verdeCuando en la Tierra no se habían inventado todas las palabras —y de eso hace tanto tiempo que la Memoria apenas guarda recuerdo—, sobre nuestro planeta solo vivían árboles. Habitaban muy lejos, en un remoto jardín.

Debéis saber que, por aquel entonces, el mundo era muy pequeño. En realidad, solo era un proyecto de mundo, porque lo único que había en él era ese lugar, que no se sabe cómo, cuándo ni por qué apareció. Nada de lo que conocemos ahora existía. Para que lo entendáis; pensad en una gran hoja de papel en blanco y en un rinconcito, una diminuta manchita verde.

En ese espacio, había árboles, árboles y más árboles por doquier, que entrechocaban sus ramas y por el nombre de cuyos frutos eran conocidos.

Estaba el Árbol de la Vida, que daba vida; el Árbol de las Tormentas, de cuyas ramas pendían rayos y truenos; el Árbol del Bien y del Mal, en el que se mecían acciones buenas y malas. El Árbol de los Enfados, con gritos y rabietas balanceándose en él…

En fin, de cada uno de ellos colgaba algo: Sorpresas, Deseos Posibles e Imposibles, Pensamientos, Muerte, Conocimiento, Risa, Dolor, Envidia… Había tantísimos, que sería imposible nombrarlos sin olvidarse de alguno.

Los árboles lo cubrían todo, pero como en esa época tenían la facultad de caminar, se paseaban a sus anchas a lo largo y ancho de aquel territorio, sin molestarse entre ellos. Cuando se cansaban de un vecino, desenterraban sus raíces y se trasladaban a otro sitio, aunque nunca iban demasiado lejos y jamás, bajo ningún concepto, se atrevían a traspasar los límites marcados, porque más allá, hasta donde la vista alcanzaba, lo único que se divisaba era un inmenso desierto blanco.

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Ilustración: Enrique Carlos

Sin embargo, entre aquella verde multitud había uno que era distinto del resto. Un árbol que, por algún inexplicable fenómeno, no tenía ramas, sino que estaba coronado por brillantes lápices de colores, que al soplar el viento trazaban efímeros arcoíris en el aire.

Los otros árboles pensaban que era un poco raro y no se decidían a considerarlo uno de los suyos, ya que de sus estrafalarios brazos no pendía nada; y, según decían, un árbol sin ramas y sin frutos no podía ser un árbol de verdad. De él nada podía esperarse. Cierto es que era muy bonito, pero era inútil.

Por eso, aquel árbol solía vagar solo por el margen del jardín. Siempre un poco triste, con sus rama-lápices mustias a causa de la melancolía.

Suspirando, se sentaba justo allí donde empezaba el vacío blanco y pensaba sobre el porqué de su insólito aspecto, sin encontrar respuesta y sin comprender qué hacía él en aquel lugar, donde cada uno tenía su cometido.

Aquel árbol, por no tener, no tenía ni nombre, porque, aunque se llamaba Árbol de la Imaginación, nadie jamás había contemplado sus frutos.

Un día en el que estaba especialmente alicaído, sus lápices rozaron sin querer el blanco suelo exterior y, ¡oh, maravilla!, de pronto comprendió que, al fin y al cabo, no era un árbol inútil y que aquellos trazos multicolor debían de ser la Imaginación, aquel extraño fruto que nunca había visto, pero al que debía su nombre.

Al principio, tímidamente, dibujó cosas pequeñas: unas briznas de hierba; una hormiguita atareada sobre ellas; florecillas de vivos colores aquí y allá…

Al ver todo lo que era capaz de crear, se animó y, atreviéndose a ir más allá, traspasó los viejos límites. Saltó el margen y, con vertiginosos movimientos de la punta de sus ramas, fue dibujando sobre el inmaculado lienzo ahora un búho, luego un abrazo, olor a menta, un cocodrilo, un par de zapatos, un eclipse, demonios, una lágrima…

El Árbol de la Curiosidad, sin poder resistir el peso de sus frutos, se acercó a mirar. Tras él, siguieron los demás árboles. No daban crédito a lo que veían y, con grandes precauciones, se dispusieron a seguir la estela multicolor que iba dejando tras de sí el Árbol de la Imaginación, que ya se alejaba pintando un nuevo universo jamás visto.

El primero que puso sus raíces fuera de la seguridad del jardín fue el Árbol de la Vida y, a su contacto, todos los dibujos se animaron.

Tigre y león rugieron hambrientos, y se abalanzaron sobre el árbol más cercano, que resultó ser el de la Fiereza. Cuando mordieron sus rojos frutos, estos estallaron en sus fauces salpicando a un gato, que se apresuró a lamer las manchas que habían caído sobre su piel.

Una mariposa, tres urracas, un ángel y el resto de seres a los que el Árbol de la Imaginación había dibujado alas, picotearon granos del Árbol de los Altos Vuelos y echaron a volar, a excepción del pingüino, el kiwi, el dodo, los emús y alguno más, que se entretuvieron eligiendo vestido en el Árbol de las Plumas, llegaron tarde y no probaron ni un bocado.

El beso y la caricia se hartaron de comer del Árbol del Amor, lo mismo que los mimos y los apapachos, que no dejaron ni las migas.

El caracol comió bayas del Árbol de la Lentitud, e invitó al perezoso y a la tortuga, que se dieron un atracón de aquel pegajoso alimento.

El ser humano probó un poco de casi todo. Mordisqueó el escaso fruto del Árbol de la Sabiduría, pero como era muy duro, enseguida lo tiró, Probó las bayas del Árbol de la Tontería, que eran fáciles de pelar y muy dulces al paladar. Se atiborró de ellas y esparció las semillas a los cuatro vientos —es por eso que hay tanta tontería dispersa por el mundo—. También sorbió el picante néctar del Árbol del Poder, chupó las burbujeantes pepitas del Árbol de las Palabras y masticó un poco de goma del Árbol de la Compasión… Hizo tal mezcla de frutos, que aún anda recuperándose de aquel empacho.

Poco a poco, el blanco lienzo dejó de ser blanco y fue convirtiéndose en el mundo que ahora conocemos: ballenas, lirones y dragones, montañas nevadas, brujas, cielos estrellados…

El Árbol del Tiempo extendió sus espesas ramas para dar sombra; el Árbol del Recuerdo abrió con sus raíces largos túneles bajo la superficie; el Árbol de la Tristeza lloró lágrimas saladas que formaron mares, en cuyas aguas se sumergieron los peces; y el Árbol del Olvido… ¡ese lo olvidó todo!

Cada uno repartió lo que tenía y llegó el momento en el que no hubo ni más blanco que pintar, ni más frutos que ofrecer y los árboles fueron echando raíces allí donde quisieron, y ya nunca más volvieron a caminar sobre la Tierra.

Bueno, excepto uno: el Árbol de la Imaginación, que no agotó sus frutos y siguió caminando. Cuando llegó a los confines de la Tierra, se fue a explorar los senderos del Sueño y por allí anda todavía.

Es por eso, que al cerrar los ojos, pintamos los seres más hermosos, los monstruos más espantosos, los deseos más ardientes, las utopías más locas, las ilusiones más irrealizables y otras mil cosas extrañas más. Son los frutos del Árbol de la Imaginación que, en ocasiones, escapan de Isla Imaginada, penetran en nuestro mundo y se hacen realidad.

FIN

El rey y el dragón

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Ilustración: Taluns

Refieren las leyendas que, en un lejano país rodeado de altas montañas coronadas de nieve sempiterna, vivió un rey muy, muy sabio al que lo que más le gustaba en el mundo eran los dragones.

Desde muy joven, empezó a recopilar libros que, en cualquier idioma, hablaran sobre ellos; los estudiaba con ahínco, los clasificaba y, con el tiempo, consiguió reunir la más completa y docta colección de obras sobre la materia. Tan magna era, que sabios de todo el planeta hacían cola para poder consultar los innumerables tratados, prontuarios, opúsculos, epítomes, ensayos, compendios y monografías que se alineaban en las largas estanterías de la egregia biblioteca de palacio.

A fuerza de leer, estudiar e investigar, aquel rey se convirtió en el erudito de dragones más destacado que ha existido —e incluso nos atrevemos a afirmar que existirá jamás— sobre la Tierra. Conocía a la perfección la naturaleza y el carácter de esos seres. Podía recitar de carrerilla, al derecho y al revés, los alimentos que preferían y cuáles detestaban; en qué postura dormían; qué tierras habitaban; cómo se rascaban o qué los hacía reír o estornudar… En fin, cualquier hábito, rareza, costumbre o manía que tuviera que ver con los dragones, lo dominaba aquel rey, para el que la «ciencia dragonística» no guardaba secretos.

Tal era el entusiasmo que sentía por los dragones, que publicó un bando en el que ofrecía la mitad de su reino a la persona que le llevara uno vivo. Algo que, sin duda, habría solucionado la vida del afortunado en cuestión y la de todos sus descendientes si hubiera sabido cómo viajar hasta Imaginación, apresar a una de esas criaturas y volver vivo para conducirla a la presencia de aquel extravagante monarca.

Su pasión lo llevó a contratar a los mejores arquitectos para que le construyeran un gran palacio en forma de dragón y en sus paredes colgó cuadros, tapices y esmaltes de dragones firmados por los más afamados artistas del orbe.

También mandó pintar frescos en cada una de las tres mil cuatro habitaciones del castillo, con dragones de todo tipo y en todas las posturas imaginables: dragones llameantes, verdes, de río, de tierra. Dragones azules, dormidos, despiertos, voladores, sibilantes. Dragones de lustrosa piel rosa clarito durmiendo la siesta… En fin, que se mirara hacia donde se mirara, no había rincón en el que no hubiera un dragón.

El escudo real, un lebrel sobre campo de gules, también fue modificado. El can que desde hacía generaciones custodiaba fielmente el apellido familiar, fue confinado al desván de palacio y en su lugar, se colocó un dragón rampante de aspecto imponente y fiero, que arrojaba fuego amarillo por sus fauces.

El anillo del monarca fue fundido y el mejor orfebre de la comarca esculpió la silueta del mismo dragón que exhibía el escudo. Cada vez que el rey sellaba sus cartas, era como si el dragón cobrara vida y escupiera cera roja por aquella bocaza amenazante.

Se confeccionó ropa nueva para todos los nobles de la corte con telas estampadas con dragones. Los uniformes de los sirvientes lucían, asimismo, dragones bordados con hilos de colores y en las cofias y gorros se cosieron alas que asemejaban las del dragón volador de Changchun.

En los amplios jardines que rodeaban el palacio, los setos de los parterres se podaron en forma de dragón. Se instalaron fuentes de dragones esculpidos en piedra que arrojaban agua por sus fauces y se plantaron macizos de flores rojas y verdes, que recordaban los colores de la piel y del fuego de los dragones llameantes de Transnistria. En ese mismo jardín, el jardinero cortaba cada mañana flores de dragonaria, con las que llenaba los jarrones de palacio para que sirvieran de vegetal adorno.

La «Fiesta Anual», que coincidía con el cumpleaños del rey, pasó a denominarse «Gran Festival del Dragón» y en él actuaban famosos tragafuegos, con sus sables y antorchas envueltos en llamas.

Durante los festejos, mucha gente se disfrazaba de dragón y el primer chambelán repartía farolillos entre los asistentes, que formaban una alegre comitiva ardiente hasta el palacio para desearle al rey feliz cumpleaños. El monarca observaba el espectáculo desde el torreón más alto, imaginando que aquella estela de fuego pertenecía a un auténtico dragón —al parecer, este es el origen de las velas que hoy encendemos en las tartas de cumpleaños.

La vida transcurría apacible en aquel lejano reino rodeado de montañas hasta que en una fría noche de invierno el aire se llenó de un penetrante olor de azufre y un ensordecedor ruido despertó al apacible pueblo. Nadie osaba asomarse a la ventana para saber qué ocurría.

En el palacio real, el sueño del soberano se vio interrumpido cuando la cabeza de un enorme monstruo se asomó por una de las ventanas de sus aposentos. La furibunda bestia miró fijamente al adormilado monarca y lanzó sobre él una terrible llamarada. Por fortuna, el rey pudo apartarse antes de que aquel fuego devorador churruscara por completo su peluca.

Al darse cuenta de que no soñaba, el aterrorizado monarca pidió ayuda a gritos:

—¡Auxilio! ¡Socorro! ¡A mí la guardia! ¡Matad a esa bestia! ¡Libradme de este engendro del abismo! —clamaba el rey completamente histérico y fuera de control.

En singular y desigual batalla, los caballeros se batieron con el espeluznante bicho hasta que consiguieron ahuyentarlo.

Nadie sabe el motivo pero, según cuentan, al rey le dejaron de gustar los dragones después de aquella noche.

FIN

La llave de la felicidad

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Ilustración: ciclomono

Cuando el universo aún olía a nuevo y diosas y dioses andaban atareados fabricando y construyendo aquí y allá mundos con mares, montañas y cielos, hete aquí que uno de ellos, que se sentía terriblemente solo, creó la Tierra y quiso poner sobre ella a un ser que lo acompañara y le diera conversación.

Se puso manos a la obra y creó el oro, la plata y los diamantes; pero aunque todos eran preciosos, no consiguió que le hablaran.

Creó las nubes, las estrellas y la arena; pensando que, como eran infinidad, alguno tendría el don de la palabra, pero tampoco le dijeron nada.

De sus manos salían objetos bellos, pero incapaces de hablar.

Entonces, creó un mosquito, que hablaba demasiado y le impedía dormir, porque cuando no le hacía caso, lo despertaba de un picotazo. No tuvo más remedio que apartarlo de su lado y enviarlo a la Tierra para que volara a sus anchas.

A continuación creó un gato, pero no tardó en darse cuenta de que era un animal demasiado independiente y que cuando lo llamaba para conversar, nunca estaba cerca. También lo mandó a la Tierra, para que la recorriera entera.

Seguidamente creó un perro, pero con él no podía tener buenas conversaciones; solo escuchaba y siempre le daba la razón en todo. Además, obedecía sin rechistar le pidiera lo que le pidiera. Aun las cosas más extrañas, el can las hacía gustosamente, y aunque desde su creación siempre fueron muy buenos amigos, tampoco al dios le sirvió como conversador.

Elefantes, rosas, palmeras, tigres, caimanes, águilas, anguilas… creó infinidad de animales y plantas, pero las tertulias con ellos no fueron lo que esperaba.

Más tarde, creó un ser de fuego que se le parecía mucho y lo llamó «ángel». Con él vivió largas tardes de charlas interesantes hasta que, un buen día, el ángel encontró por casualidad una llave que aquel dios guardaba en uno de sus bolsillos, abrió con ella la puerta de la felicidad y se fundió en el resplandor de su creador.

Y todo volvió a empezar, porque el dios quedó tan solo como lo había estado al principio.

Después de tantos fracasos, la divinidad paró de crear y reflexionó durante algunos siglos, pasados los cuales, decidió crear un nuevo ser con el que poder hablar; lo moldearía con barro y lo llamaría «humano» y también se le parecería, pero como no quería que volviera a ocurrir lo que había ocurrido con el ángel, antes debía pensar el modo de impedir que su nueva creación hallara la llave de la felicidad ya que, si lo hacía, volvería a quedarse solo.

Siguió cavilando, pero no se le ocurría nada. Se preguntaba dónde podría ocultar la llave para que el hombre no diese con ella. Tenía, desde luego, que esconderla en un lugar recóndito donde nunca jamás pudiera hallarla nadie.

Pensó en ocultarla en el fondo del océano, en una cueva abisal custodiada por siete tritones y dos pulpos gigantes, pero no le pareció un lugar seguro, porque sabía que los hombres, un día, navegarían los mares y la llave podría salir a flote.

Pensó también en ocultarla en una caverna del Himalaya y poner un yeti para que vigilara la puerta, pero aquel tampoco era un lugar seguro; llegaría un tiempo en el que los seres humanos pisarían aquellas nieves eternas.

Incluso pensó en ocultarla en un remotísimo rincón sideral, pero en un futuro lejano, la humanidad volaría por el espacio estelar recorriendo el universo entero y acabaría por dar con ella. ¡Ni siquiera estaría segura atada a la cola de un cometa!

Ninguno de aquellos lugares satisfizo al dios y pasó quince siglos en vela dándole vueltas al asunto y preguntándose cuál sería el lugar más seguro para esconder la llave de la felicidad. Descartó el oro, la belleza y la tierra. Descartó la plata, los diamantes, los palacios suntuosos y el amor. Descartó el orgullo, la fama y la envidia… Estaba convencido de que el hombre terminaría por encontrar la llave la pusiera donde la pusiera y ningún escondite le parecía suficientemente seguro. Una sola pregunta daba vueltas en su mente: «¿Dónde la ocultaré…?»

A la mañana del sexto día del decimoquinto siglo, cuando el sol disipaba la bruma matutina, el dios abrió de súbito los ojos y sonrió. Se le acaba de ocurrir el escondite perfecto. El único lugar en el que nadie buscaría jamás la llave de la felicidad y ese lugar era dentro del hombre mismo.

Fue así como aquel dios creó al ser humano a su imagen y semejanza y en su interior ocultó la llave de la felicidad. Desde entonces, los hombres no han parado de buscarla en los lugares más recónditos y extraños, sin sospechar que los acompaña vayan adonde vayan y hagan lo que hagan. Muy pocos humanos conocen este secreto, pero sabréis enseguida quiénes lo han descubierto porque, si os fijáis bien, las personas que encuentran la llave de la felicidad desprenden una luz especial.

FIN

La princesa, el pañuelo y la cabra

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Ilustración: pepperin

Esta historia la hemos inventado especialmente para Der Ketzer, que nos escribió hace un tiempo y, entre otras cosas, nos dijo: 
«Cuando era pequeña mi madre nos contaba un cuento, uno de muchos, que a grandes rasgos contaba una historia de una princesa un pañuelo y una cabra […] cuando le he preguntado a ella, ni recuerda el cuento ni de dónde lo sacó. Es posible que incluso se lo hubiera inventado […]  Es un cuento que siempre me gustó, pero el tiempo ha hecho que se vaya borrando de mi memoria y no querría perderlo para siempre».
Aunque de momento aún no hemos podido localizar el cuento que nos pidió, esperamos que, mientras tanto, disfrutéis leyendo este.a

Pasó o no pasó, ¡quién sabe!, en un remoto reino muy cerca de aquí, una historia poco cierta, aunque ciertamente muy verídica, que con el paso de los años se fue borrando de la memoria de un desmemoriado hasta que, un buen día, cansada de que nadie la recordara, se enganchó en las alas del viento y voló hasta nosotros. Prestad atención, que ahora empieza…

En un país a medio camino entre el mar azul y las verdes montañas, vivió el Gran Sultán Mehmed Abd-ul-Hajmed en un irisado palacio de cristal de roca, con puertas y ventanas de oro macizo.

Junto a él vivía su hija Zaida, una inteligente joven cuyas únicas pasiones eran leer y estudiar y en eso ocupaba casi todas las horas del día, encerrada en sus aposentos.

Mehmed Abd-ul-Hajmed amaba a su hijita sobre todo y sobre todos y el más mínimo deseo de la joven era satisfecho de inmediato, antes incluso de que ella lo pidiera en voz alta. Pero aquella vez…

Faltaba menos de un mes para el cumpleaños de la princesa y su padre todavía no sabía qué regalarle. Su hija poseía una inmensa biblioteca, un fastuoso vestuario, las más ricas joyas, caballos, perros, juguetes, incluso un dragón amaestrado… En fin, que tenía todo lo que existía en este mundo que a una muchacha se le pudiera antojar. Pero aun así, el Gran Sultán deseaba sorprender a su hija, por lo que confió a su mejor espía, Ipsum Garrula, un moscardón que hablaba siete idiomas, la delicada misión de descubrir qué era lo que deseaba la joven heredera.

Raudo y veloz, el bicho aleteó hasta los aposentos donde Zaida pasaba largas horas inclinada ante sus libros y allí permaneció durante todo el día, atento a lo que sucedía en la real estancia…

Las sirvientas entraron y salieron con primorosos ropajes con los que vistieron a Zaida; pero Zaida ni se miró en el espejo y siguió absorta en sus libros.

El jardinero entró y salió con exóticas y coloridas flores, que fue colocando en todos los jarrones; pero Zaida no parecía percibir el dulce aroma que se desprendía de ellas, ni apreciar sus vivos colores.

La cocinera entró y salió con exquisitas viandas, pero Zaida comió sin apartar los ojos del libro, sin saborear aquellos deliciosos manjares elaborados especialmente para ella…

Fue pasando el día y ella continuaba concentrada en su lectura, como si el resto del mundo no existiera.

Ya creía el moscardón que no podría cumplir el encargo del Gran Sultán Mehmed Abd-ul-Hajmed, cuando Zaida lo sobresaltó al exclamar enfadada:

—¡Qué pelo tan molesto!, ¡necesito atarlo con un pañuelo que no resbale!

Y es que la larga y sedosa melena de la princesa se soltaba continuamente y corría una oscura cortina sobre sus ojos azabache que le impedía leer sus libros.

Al oír aquello, el moscardón no espero ni un segundo más. Emprendió un vertiginoso vuelo y fue a zumbar la noticia al oído del gran Sultán:

—Bzzzzzzzzzz, bzzzzzzzzz, la princesa necesita un pañuelo, bzzzzzzz, bzzzzzzz.

—¡¿Un pañuelo?! –Se extrañó Mehmed Abd-ul-Hajmed— ¡Por Alá! ¿Acaso está acatarrada? ¡A mí la guardia!, ¡llamad a los médicos! —añadió alarmado.

—Bzzzzzzzz, ¡Calma majestad! Zaida está sana como una rosa, ¡no necesita un médico!, lo que necesita es un pañuelo para el pelo; pero tiene que ser un pañuelo que no resbale bzzzzzzzzzzzzz.

Al Gran Sultán le faltó tiempo para enviar a todos sus mensajeros a buscar lo que deseaba la princesa. Zocos, mercados y tiendas. Sastres, modistas y talleres. Buhoneros, casas, baúles, ropavejeros… Se registró hasta el más recóndito rincón del reino, pero sin éxito.

Cuando faltaba solo un día para el cumpleaños de Zaida y ya se había perdido toda esperanza, vieron, por fin, lo que habían estado buscando con tanto ahínco sujetando la barba de cuatro metros y veintisiete centímetros de un marinero que acababa de atracar su goleta en la ciudad.

Pagaron por aquel pañuelo un precio desorbitado y regresaron a toda prisa al palacio. Allí, la prenda fue lavada, almidonada, planchada y primorosamente envuelta para ofrecerla como regalo de cumpleaños a la joven princesa.

Al día siguiente, cuando Zaida abrió el paquete, quedó deslumbrada al contemplar el precioso pañuelo, que era de un color verde tan intenso, que podía creerse que había sido tejido con hierba recién regada por la lluvia. Sin demora, se ató el largo pelo con él, se marchó a su habitación y se puso a leer.

Tanto le gustaba su pañuelo, que no se lo quitaba ni para dormir y el precioso color verde, como de hierba recién regada por la lluvia, se fue oscureciendo hasta acabar siendo más negro que las negras plumas de un cuervo en plena noche.

Finalmente, Zaida no tuvo más remedio que admitir que ser tan cochina no era propio de una princesa, así que se soltó el pelo y mandó lavar su preciado regalo de cumpleaños. Sus sirvientes se dirigieron al río y frotaron y frotaron y frotaron hasta que el pañuelo recuperó su color verde, como el verde de la hierba recién regada por la lluvia. Después, lo extendieron sobre unos matorrales de jara para que se secara al sol.

No lejos de allí, pastaba una cabra, que al ver aquel verde trozo de lo que a ella se le antojó suculento césped, se abalanzó sobre el pañuelo y, de un solo bocado, se lo comió, sin que nadie pudiera hacer nada por impedirlo.

Los criados, muy compungidos, regresaron al palacio y le contaron a Zaida lo sucedido y esta, del disgusto, enfermó de tristeza. Dejó de comer, dejó de dormir, ¡y hasta dejó de leer! La princesa solo lloraba, lloraba y suspiraba por su pañuelo perdido.

El Gran Sultán Mehmed Abd-ul-Hajmed, desesperado porque no podía ver a su hija tan infeliz, mandó publicar un bando en el que se ordenaba que todas las cabras del reino fueran conducidas al palacio antes del amanecer. Con el primer rayo de sol, se empezaría a buscar el pañuelo verde en la tripa de cada una de ellas y no se pararía hasta encontrarlo.

Aterrorizada al conocer la cruel decisión de su padre, la princesa le suplicó que no siguiera adelante con su terrible plan, pero ya era demasiado tarde…

Todo el mundo sabe, que un sultán no puede desdecirse de una orden una vez que la ha dado, a no ser que el problema se solucione o que el sultán muera y, lo cierto es que no parecía que fuera a ocurrir ni una cosa, ni la otra. Porque también sabe todo el mundo que una cabra, una vez que se ha tragado un bocado apetitoso no lo devuelve jamás, y que los sultanes de cuento viven más de ciento veinte años.

Aunque la situación era terriblemente complicada, Zaida pidió a su padre que aplazara la dura sentencia durante veinticuatro horas, pasadas las cuales, si no había podido encontrar una solución al problema, se avendría a que todas las cabras del reino fueran sacrificadas. Mehmed Abd-ul-Hajmed aceptó y la princesa se retiró a sus aposentos para meditar.

Pasado el plazo establecido, Zaida se presentó ante el sultán con unas enormes tijeras en la mano:

—Padre mío, tienes razón, ¡hay que cortar por lo sano!

Y dicho y hecho, ante la sorpresa de todos los presentes, ella misma empezó a cortar, tris-tras, tris-tras, tris-tras…

Sus largos cabellos cayeron al suelo formando una gran cascada negra.

—Ya no hay que matar a las cabras, porque ya no necesito mi pañuelo verde.

Gracias a la sabía decisión de Zaida, se solucionaron dos problemas a la vez: las cabras siguieron pastando felices en los verdes prados y la princesa, con su nuevo corte de pelo, pudo leer con más comodidad.

FIN