Cuento de Martes de cuento

La cocina de los abrazos

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Ilustración: Neko-Hana

Dedicado a los magos que transforman una receta de cocina en arte, en especial a Maribel, de Picoteando ideas 

Cocinar un abrazo es lo más sencillo del mundo. Incluso aquellos que no tienen ni idea de freír un huevo son capaces, si se lo proponen, de hacer un sabroso guiso de abrazos.

Los abrazos se pueden tomar solos, combinados con besos, aderezados con caricias, salteados con cosquillas, untados con sonrisas, pochados con amor… Hay recetas para todos los gustos. Y lo mejor de todo es que, se cocinen como se cocinen, nunca sientan mal, ¡ni siquiera los abrazos muy picantes! Eso sí, algunos abrazos repiten, aunque al contrario de lo que ocurre con otros manjares, cuando lo hacen, suelen mejorar su gusto.

Seguro que cada uno de vosotros cocina los abrazos de un modo distinto y también seguro que cada uno tiene algún abrazo preferido del que nunca se harta. Aquel que le gusta más que nada en el mundo y del que jamás tiene bastante. Porque con los abrazos pasa como con el chocolate, que cuando empiezas ya no puedes parar… ¡Vale!, de acuerdo, hay personas que odian el chocolate, pero es infinitamente más difícil encontrar a alguien que odie los abrazos.

Los abrazos son muy energéticos, pero no engordan aunque se tomen kilos y kilos. Si se consumen antes de ir a dormir, previenen el insomnio; si se toman al levantarse, el día transcurre sobre ruedas; y como tentempié, a cualquier hora, provocan sonrisas.

Aunque hay quien aconseja no abusar de ellos, lo cierto es que es mejor la abundancia que la escasez, puesto que al abrazar el corazón se alegra y bombea la sangre con más fuerza, la salud mejora y el sistema inmunológico se refuerza. En cambio, se ha constatado que en épocas de escasez hay terribles epidemias de tristeza y de ira y que la gente puede incluso morir de congoja si pasa grandes temporadas sin consumir abrazos.

Es por eso que en remotos tiempos, cuando la sabiduría del mundo aún se atesoraba en libros, después de haber pasado un periodo de terrible penuria, alguien decidió empezar a recopilar las mejores recetas de abrazos en un libro mágico que hoy se custodia en Isla Imaginada.

En la portada de ese grueso ejemplar de tapas verdes, escrito en kjidsituinko, el idioma de los shkrimtar de los Lagos Pálidos, se puede leer:

La cocina de los abrazos. Las mejores recetas.

En él hay miles y miles de recetas en miles y miles de idiomas, pero lo más increíble es que cada vez que se inventa un nuevo abrazo… ¡la nueva receta se escribe sola!

Este ejemplar único contiene recetas de abrazos de todos los tiempos y lugares como, por ejemplo, el de sapo, el de mamá en invierno, el tierno de Luna, el sin brazos de papá, el enfadoso, el rápido con luz verde, el quejicoso, el apretado sombreado, el con cuento de abuela, el de pantalla de ordenador…

Como sería imposible nombrar todas las recetas incluidas en él, solo os dejamos un par, pero si necesitáis cocinar un abrazo para una ocasión especial decídnoslo, que intentaremos complaceros.

Abrazo salado de oso loco

—Ingredientes:

  • Veintitrés pelos de oso loco.
  • Agua pura de manantial.
  • Tres kilos de sal de Uyuni.
  • Dos brazos macerados durante siete minutos.

—Tiempo de preparación: según temporada y osos.

—Dificultad: muy, muy, pero que muy difícil.

—Indicaciones: relaja los músculos.

Esta receta es mejor prepararla en invierno, cuando los osos están hibernando, porque es mucho más fácil conseguir los pelos que nos hacen falta. ¡Advertencia!, si no sabes tratar con osos locos, es mejor que no te arriesgues.

En un recipiente no muy hondo extenderemos la sal de Uyuni e iremos vertiendo sobre ella, muy despacio, agua de manantial hasta que quede totalmente empapada. A continuación, tomaremos en la mano izquierda veinte pelos de oso loco y en la derecha tres y pondremos a macerar durante siete minutos las manos y los antebrazos en la mezcla. Pasado ese tiempo, el abrazo ya está listo para consumir y solo hay que abrazar con toda la fuerza de un oso loco, hasta que se corte casi la respiración.

Este abrazo es muy intenso, por lo que recomendamos reducirlo con risas y cosquillas. Es preferible tomarlo antes de ir a dormir, puesto que favorece los sueños divertidos.

No es aconsejable su consumo en cuerpos frágiles, ni tampoco en personas menores de tres años o mayores de noventa y nueve. En estos casos, es mejor cocinar un «Abrazo de mariposa tartamuda».

Abrazo de algodón de azúcar

—Ingredientes:

  • Una bolita de algodón.
  • Un terrón de azúcar.
  • Tres sonrisas.
  • Seis o siete caricias.
  • Dos brazos.

—Tiempo de preparación: casi nada.

—Dificultad: requetefácil.

—Indicaciones: eleva la autoestima y consuela las penas.

Adecuado para cualquier época del año, cualquier edad y cualquier hora. Es una de las recetas de abrazos más versátil y fácil de hacer y siempre hace quedar bien con los invitados, sobre todo si se sirve salteada con calidez y aderezada con cariño.

Tomaremos una bolita de algodón y durante el tiempo que tarda en deshacerse un terrón de azúcar dentro de nuestra boca, la iremos frotando con suavidad por los brazos, desde la punta de los dedos hasta los hombros. ¡Muy importante! No se debe morder nunca el azúcar, porque el abrazo perdería parte de su dulzura.

Una vez que solo quede el dulce sabor del azúcar en la lengua, nos sentaremos junto a la persona triste y pasaremos, con suavidad, nuestro brazo izquierdo por encima de sus hombros al mismo tiempo que alargamos la mano derecha y acariciamos su mejilla. Sabremos que el abrazo está en su justo punto de cocción si su cabeza se apoya en nuestro hombro. Entonces podemos hacer una reducción de sonrisas y decirle lo mucho que la queremos. Las sonrisas son importantes porque, aunque no se vean, se escuchan y el abrazo queda más suculento.

Como es un abrazo muy, muy, muy dulce, recomendamos no cocinarlo a menudo, ya que puede empalagar. Consumido en exceso puede producir alergia, sobre todo a los huraños. En caso de detectar erupciones de cualquier tipo, deberemos sustituir el azúcar por una pizca de canela.

***

Esperamos que estas recetas os sean de utilidad. Si os animáis a prepararlas, ya nos contaréis cómo os han quedado. En el libro se asegura que en caso de que sea muy difícil conseguir alguno de los ingredientes, se puede sustituir por una pizca de imaginación; la receta resultará igual de sabrosa.

Cocinad muchos abrazos, porque son muy sanos, mejoran el carácter, desarrollan la inteligencia y afinan el humor. ¡Tened presente el refrán!:

Cura su tontería el que abraza cada día.

FIN

Una escoba nueva

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Ilustración: Pilar Lama Mencía

A Maruja Laruja, bruja de profesión, le había afectado la crisis como a todo el mundo. Los ingredientes mágicos a los que debía sus mágicos poderes habían ido mermado en su despensa a causa de la escasez, y aunque a su escoba le hacía falta un cambio urgente, se resistía a sustituirla por una nueva, ya que andaba escasa de estornudos de rata, escamas de tritón, lágrimas de unicornio y polvo de escufitalia estridentis, una planta muy rara que solo florece en La Pelada, muy cerca de Las Colonias, cada doscientos años. Todos esos ingredientes son los que utilizan las brujas para preparar el ungüento que hace volar escobas, pero como también son imprescindibles para otros muchos hechizos y encantamientos, Maruja se resistía a gastarlos.

Pero el caso era que ya no podría volar mucho más sobre su vieja escoba, porque en el mango rojo de caoba habían decido instalarse diecisiete termitas que se estaban comiendo la madera, lo que provocaba que su transporte aéreo se desestabilizara en pleno vuelo.

El último incidente había ocurrido hacía tres días, al intentar esquivar a un brujo que sobrepasaba el límite de velocidad montado en una brillante escoba de aluminio último modelo. Maruja había girado bruscamente y había chocado de frente contra las ramas de un roble centenario. Fue rebotando de rama en rama, hasta quedar tendida sobre el suelo del Bosque Estupefacto; paraíso de seres mágicos y de osos pardos. Después de hacer el parte, el seguro le cubría solo algunos desperfectos y entre ellos no estaba incluido el cambio de mango que, debilitado como estaba, se había astillado completamente en el extremo de arriba a causa del golpe.

Maruja empezaba a estar muy, pero que muy preocupada; las voraces termitas no interrumpían su labor y, cuando la terminaran, dejarían a la bruja sin poder desplazarse por los aires y esa es una de las peores cosas que le puede suceder a una bruja; y precisamente ahora, que se acercaba el solsticio de verano en el hemisferio norte y el 20 de junio debía asistir al Gran Aquelarre.

La bruja se puso manos a la obra. Con hongos podridos, cáscaras de limón y pedos de sapo verde fabricó Ungüento Nauseabundo, la eficaz pócima contra las plagas de la madera. Pero aquellas termitas, llegadas al Bosque Estupefacto ocultas en el gorro de un brujo finlandés, eran especialmente agresivas y el potente repelente no había resultado eficaz. Al contrario, incluso parecía que la mezcla les gustaba, porque ahora devoraban la madera a mucha más velocidad que antes. Así que Maruja decidió arriesgarse como jamás antes lo había hecho…

Con las escamas de tritón que le quedaban y con siete plumas de la cola de un impundulu, fabricó dinero. Después, disolvió un poco de pirulensis salmodicum, un poderoso mineral marciano, en su café de la mañana y espero a que le hiciera efecto.

Al cabo de tres horas, Maruja era humana. El efecto del mineral duraría hasta el anochecer, luego recuperaría otra vez su forma de bruja. En ese tiempo, debía salir andando del Bosque Estupefacto, montar en el autobús, llegar a la ciudad y, una vez allí, encontrar una buena escoba, y eso cada vez era más difícil, porque los humanos hacía mucho tiempo que usaban aspiradores, que aunque también volaban, eran demasiado pesados y ruidosos para una bruja. Si encontraba una buena escoba, debería regresar a toda prisa y preparar el ungüento volador para frotar con él, durante tres noches consecutivas, el mango de su nueva escoba. ¿Estaría lista antes del Aquelarre?

Emprendió el viaje y poco después, en lontananza, divisó la esbelta silueta de los Almacenes Tulipán, un gran edificio de cuarenta y siete plantas en el que vendían cualquier cosa que se pudiera comprar. Allí pensaba dirigirse primero, segura de que podría encontrar una escoba a su gusto.

Al llegar a las puertas del imponente edificio de cristal, consultó el directorio:

—Mmmmmmm… Veamos… planta 1, supermercado, ¡no!, planta 2, moda de señora y caballero, ¡tampoco! planta 3, 4, 5, 6…, ¡no!, ¡no, no y no!… 10…, planta 13! ¡Aquí!

Subió volando a la planta de “Artículos para el hogar”, y allí estuvo varias horas probando escobas.

Probó las de mango metálico, pero las desechó rápidamente porque la lluvia las oxidaba. Luego examinó las de madera forrada con plástico y también las descartó porque resbalan demasiado. Quedaron eliminadas las de colores chillones, porque para una bruja es imprescindible pasar desapercibida… Luego miró las de cepillo de alambre y de cepillo sintético. Suaves y duras. Azules, verdes, rojas y doradas. Para caballero, para señora, para barrenderos profesionales y para aficionados. Para barrer casas y para barrer desiertos… Caras y baratas. Buenas y malas… ¡Todas! ¡Las probó todas!

Caía la tarde. Ya no quedaba ni una escoba que probar y los Almacenes Tulipán estaba a punto de cerrar. El tiempo corría raudo y ya faltaba poco para que a Maruja se le pasara el efecto del pirulensis salmodicum, entonces se convertiría de nuevo en bruja, y si ocurría eso y algún humano la descubría, sería muy, pero que muy peligroso.

Desesperada, y a punto ya de marcharse con las manos vacías, una puerta entreabierta que conducía a un viejo trastero llamó su atención. Entró y, tras una montaña de cajas vio, abandonado y lleno de polvo, lo que había estado buscando.

¡Aquella era la mejor escoba del mundo! Era de un modelo antiguo, de las que hacía años que ya no se encontraban. Esbelta, hecha de madera de cedro oloroso y con el cepillo de brezo unido con fuerte cuerda de estameña.

Maruja no podía creerlo, ¡aquella era una escoba reglamentaria de bruja! Y lo mejor de todo es que las escobas auténticas no precisan de ningún ungüento para volar. Solo hay que saber montar en ellas y pronunciar las palabras mágicas talladas en la madera del mango para que emprendan el vuelo. Emocionada, se escondió y aguardó en aquel cuartucho la llegada de la noche.

Cuando los primeros rayos de la luna llena penetraron por la ventana, Maruja, que ya había recuperado su forma de bruja, recitó:

Magicis arbor…Panditur et muscae!

Los que aquella noche miraron hacia el cielo, vieron recortarse la silueta de Majura Laruja, bruja de profesión, que montada en su nueva escoba emprendía el viaje de regreso hacia el Bosque Estupefacto.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Una escoba nueva” con la voz de Angie Bello Albelda

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Vlinder y Gulugufe. Un lugar donde vivir

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Para Moisés, un gran artista de 5 años que con su ilustración inspiró este cuento.

Vlinder y Gulugufe son dos mariposas. Y aunque son muy distintas la una de la otra, son muy amigas y cada tarde vuelan juntas sobre los verdes prados de Escocia.

A Vlinder, se la reconoce por sus brillantes antenas rojas y sus alas marrones. Vive en un pensamiento lila y amarillo.

A Gulugufe, se la distingue por sus hermosas alas de color lila y sus antenas verdes. Vive en una margarita marrón.

Construyeron su hogar en flores cercanas, porque se llevan muy bien y se visitan a menudo para contarse sus secretos, merendar néctar o jugar a perseguir rayos de sol.

Como se quieren tanto, cada una eligió para vivir una flor con los colores de la otra. Vlinder mira el lila de su casita y se acuerda de las alas de Gulugufe. Gulugufe mira el marrón de la suya y se acuerda de las alas de Vlinder. Así, dicen, cuando no están cerca, pueden contemplar los pétalos con los que está hecho su hogar y parece que están viendo las alas de su amiga.

Es bonito tener buenos amigos, porque el mundo se trasforma y se ve de otro color. Los amigos te ayudan, te quieren y siempre puedes contar con ellos, pase lo que pase y estés donde estés.

Vlinder y Gulugufe son como hermanas. Se conocieron cuando eran muy pequeñas hace mucho, muchísimo tiempo en la lejana India.

La cigüeña que las trajo al mundo era novata y confundió las largas espiritrompas que las mariposas utilizan para comer, con la trompa de un elefante, y las alas de los dos lepidópteros le parecieron las enormes orejas de un paquidermo. Así, que las dejó, medio dormidas, en el regazo de Hati, una elefanta gris que tomaba el sol boca arriba a orillas del río Ganges.

Cuando la elefanta sintió el cosquilleo de las alas, las espantó con su trompa mientras exclamaba:

—¡Hati no quiere mariposas en su barriga!

Vlinder y Gulugufe revolotearon asustadas y se alejaron de la que había sido, durante un minuto, su madre adoptiva.

Sobrevolaron los mágicos manglares de Sundarbans y entre el verde esmeralda de la vegetación, distinguieron un reflejo marrón que se movía despacio.

Por el color, Vlinder pensó que podría tratarse de alguien de la familia, así que se dirigieron allí. Pero al llegar, se dieron cuenta de que aquello marrón que se movía eran las manchas de un gran tigre de Bengala, que al notar el aire de las alas de las dos mariposas sobre sus bigotes, rugió enfadado:

—¿Quién es el impertinente que se atreve a acercarse a mí? ¡Arggggggggggggg! ¡Bichos feos y molestos! ¡Criaturas voladoras tontas! ¿Acaso tienen colmillos afilados como yo? ¿Rabo largo? ¿Hermosa piel rayada? ¿Poderosas garras como las mías?… ¡Nooooooooo!

Y lanzó un zarpazo al aire que casi derriba a las dos amigas. Después, bostezó ruidosamente y se tendió, cuan largo era, a dormir una siesta.

Decepcionadas por no poder vivir tampoco allí, emprendieron de nuevo el vuelo y al poco rato, entre la espesura, las dos mariposas distinguieron a un camaleón que tomaba el sol sobre unos helechos. Gulugufe creyó que aquel verde brillante era como el de sus antenas, así que descendió sin tomar precauciones. Ya estaba a punto de llegar, cuando el camaleón desenroscó su larga lengua con la intención de tragarse a la mariposa. La valiente Vlinder, apartó a su amiga de un empujón en el último momento y las dos huyeron, alas para que os quiero, volando de allí.

Desilusionadas y tristes, empezaban a dudar de encontrar algún día un lugar en el que poder vivir.

Varias horas de vuelo después, divisaron, a los lejos, una gran ciudad y pusieron rumbo hacia ella.

Se pasearon por el bullicioso puerto, confundiéndose entre el gentío y fue entonces cuando, de pronto, repararon en una señora que llevaba una gran sombrero. ¡Aquel sombrero estaba lleno de toda clase de flores de vivos colores!

Gulugufe y Vlinder, sin perder ni un segundo, se posaron en él y después de discutir largamente y de sopesar los pros y los contra, decidieron instalarse en la pamela de Mistress Ann Mary Murray-Kynynmound, distinguida dama británica, que en aquel preciso instante tomaba el trasatlántico que debía conducirla de regreso a su mansión en Escocia.

Tras dos meses de travesía por mar y un largo viaje por tierra, por fin llegaron a la finca, y allí Mistress Murray-Kynynmound cambió su precioso sombrero lleno de flores por un paraguas.

Y fue en aquel sombrero, olvidado en un rincón de una polvorienta buhardilla, donde las dos mariposas encontraron, por fin, un lugar donde vivir. Allí, protegidas y calentitas, fundaron su hogar sobre dos hermosas flores por siempre frescas.

Todavía hoy, a pesar de que han pasado muchísimos años y las dos ya son ancianas, Vlinder y Gulugufe salen cada tarde a través de una de las ventanas del desván y sobrevuelan juntas las verdes praderas escocesas.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Vlinder y Gulugufe. Un lugar donde vivir” con la voz de Angie Bello Albelda

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Bubo, el búho cabreado

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Ilustración: Jan JN

Para Jan JN, un gran artista de 7 años que con su ilustración, «El búho cabreado» , inspiró este cuento.

Bubo no fue siempre un búho cabreado. Algunos cuentan que lo habían visto reír y que tenía muchos amigos.

Vivía en un nogal centenario que compartía con una lechuza sabia, una pareja de ardillas, tres laboriosos escarabajos peloteros y una termita gourmet, que había consagrado toda su vida a los placeres de la buena mesa. Pero para Bubo todo cambió una noche en la que la Luna empezó a menguar.

Aquel día, al mirar al cielo, Bubo se puso de muy mala luna y a partir de entonces, estar cerca de él fue imposible. Se comportaba tan mal que, poco a poco, todos se fueron apartando de su lado, hasta que se quedó completamente solo.

Y eso le ocurrió porque no supo querer…

Desde muy joven, Bubo miraba a la Luna con sus grandes ojos redondos y de tanto mirarla, se enamoró de ella. A todas horas soñaba con su blanco resplandor; estaba fascinado por su pálida belleza y por su personalidad cambiante.

Empezó a escribirle apasionados poemas y a ulularle dulces baladas. Le juró amor eterno y talló sobre el tronco del viejo nogal un corazón con sus nombres entrelazados.

Tanto y tanto insistió, que la Luna, conmovida, acabó por aceptar su amor y cada día, al caer la noche, acariciaba dulcemente las plumas de Bubo con sus níveos rayos y permanecía a su lado hasta que el Sol la eclipsaba. Entonces, depositaba un último beso albo sobre el pico del búho enamorado y se despedía dulcemente.

Todo parecía muy hermoso. Todos parecían muy felices…

Pero, ¡ay!, solo lo parecía, porque llegó el día en el que Bubo le recriminó a la Luna aquellos cambios que no hacía mucho lo habían enamorado y una noche en la que su amada menguaba el búho le exigió:

Luna, lunera,
dulce compañera,
no te quiero menguante
que te quiero entera.

Naturalmente, la Luna no podía cambiar su forma de ser solo porque a Bubo le diera la gana. Así, que se armó de paciencia y le dijo:

¡Ay! Bubo querido,
si tú me quisieras
no me cambiarías
y tal como soy
tú me aceptarías.

Bubo no atendió a razones y empezó a romper las ramas del árbol en el que había construido su hogar:

¡Haz lo que te diga!
¡Eres solo mía!

Al oír los gritos, las dos ardillas le afearon su proceder. Después, recogieron sus cosas, se mudaron siete nogales más abajo y le retiraron su amistad para siempre.

Desde la rama más alta, se oyó la voz de la sabia lechuza:

Ya verás, búho Bubo,
como por ser tan bobo,
te vas a quedar solo.

Al calmarse, Bubo, muy avergonzado, pidió humildemente perdón a la Luna y ella lo perdonó.

Parecía que las cosas habían vuelto a la normalidad, pero ¡ay!, solo lo parecía, porque cuando la Luna, siguiendo su ciclo, desapareció de cielo, los gritos de Bubo volvieron a resonar por todo el bosque:

Luna, lunera,
dulce compañera
no te quiero nueva
que te quiero entera.

La Luna, armándose nuevamente de paciencia, le dijo:

¡Ay! Bubo querido,
si tú me quisieras
no me cambiarías
y tal como soy
tú me aceptarías.

Y de nuevo, el búho destrozó las ramas del nogal, gritó y se enfureció:

¡Haz lo que te diga!
¡Eres solo mía!

Hartos de aquel violento vecino, los tres escarabajos le recriminaron su fea actitud y como única respuesta, Bubo les lanzó una nuez, que fue a dar de lleno en la cabeza de Aristóteles, el escarabajo más joven, que quedó tendido en el suelo sin sentido y patas arriba.

Alarmados, Platón y Sócrates, sus dos hermanos, lo colocaron sobre una hoja y lo arrastraron lejos de aquel lugar para curar sus heridas, decididos a no volver jamás.

Desde la rama más alta del nogal, volvió a oírse la advertencia de la lechuza:

Ya verás, búho Bubo,
como por ser tan bobo,
te vas a quedar solo.

Pasado el enfado, Bubo, llorando, suplicó que lo perdonaran y prometió que jamás volvería a comportarse de aquel modo. Y, de nuevo, lo perdonaron.

Pero pronto olvidó sus promesas, porque pasados unos días, cuando la Luna empezó a crecer muy despacito y de ella solo se veía un hilito blanco sobre el fondo negro del cielo nocturno, Bubo le gritó impaciente:

Luna, lunera,
dulce compañera
no te quiero creciente
que te quiero entera.

La Luna le recordó nuevamente:

¡Ay! Bubo querido,
si tú me quisieras
no me cambiarías
y tal como soy
tú me aceptarías.

Pero Bubo, sin atender a razones, se puso a gritar:

Haz lo que te digaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa,
¡Eres solo míaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!

Y aquella vez, con aquel espeluznante alarido, hasta el mismísimo nogal tembló. En su interior, la pobre termita se atragantó con una astilla. Creyó que alguien estaba talando el centenario tronco y sin recoger sus cosas ni mirar hacia atrás, se alejó corriendo de allí y no paró hasta tres bosques después.

En la rama más alta, resonó la advertencia de la sabia lechuza:

Ya verás, búho Bubo,
como por ser tan bobo,
te vas a quedar solo.

Recuperada la calma, Bubo se disculpó y aunque muy molestos por su actitud, volvieron a perdonarlo.

Fueron pasando los días y la Luna creció y creció, hasta que volvió a lucir redonda, preciosa y brillante.

Al verla, Bubo exclamó entusiasmado:

Luna, lunera,
dulce compañera
eso es lo que quiero:
¡que luzcas entera!
Siempre así estarás,
y no cambiarás.
Haz lo que te diga,
¡eres solo mía!

Pero aquella vez, la Luna, harta de las exigencias de Bubo, le respondió:

Búho cabreado,
hasta aquí he llegado.
Al fin lo has logrado,
también yo me he hartado.
Tú te lo has buscado,
¡te dejo plantado!

 Y recogiendo todos sus rayos, se fue a alumbrar a otro lugar.

Desde la rama más alta del nogal, se oyó a la sabia lechuza:

Ya lo has visto, búho Bubo,
por ser tan bobo,
¡te has quedado solo!
No escuchaste mi consejo.
Yo también me alejo.

Y añadió:

—De nada sirve ladrar a la Luna, porque las cosas que no pueden ser, no son y además no lo serán jamás por mucho que tú te enfades, grites y lo rompas todo. Aprende a conformarte y ama lo que tienes.

Y mientras le daba este último consejo, la sabia lechuza se alejó volando, perdiéndose en la oscura noche.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Bubo, el búho cabreado” con la voz de Angie Bello Albelda

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Un matrimonio muy bien avenido

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Ilustración: Luigi Lucarelli

Don Pepe y Doña Fina vivían juntos y felices desde ya nadie era capaz de recordar cuándo, pero debía de hacer muchísimo tiempo, porque casi todas las fotos de su álbum de recuerdos eran en blanco y negro.

Los dos ancianitos formaban un matrimonio perfecto y en su pueblo eran famosos por lo mucho que se querían y por lo bien que se llevaban. Ambos eran, como se suele decir, un matrimonio muy bien avenido.

Una fría tarde de invierno, estaban los dos acurrucados bajo la mantita azul de cuadros que compartían, sentados en el sofá de terciopelo verde que colocaban frente a la chimenea del salón cuando empezaban los primeros fríos. Contemplaban, medio adormecidos, el chisporroteo de la chimenea cuando Don Pepe, de repente, abrió mucho los ojos y, muy excitado, se dirigió a su esposa:

—Fina de mi vida, ¡mañana es nuestro aniversario de boda! En un día tan señalado y especial, no puede faltarnos tu rico bizcocho, dulce y calentito, para celebrarlo.

—Pepe de mi alma, ¡es verdad! ¡Mañana es nuestro aniversario! ¡No puede faltar mi bizcocho!

—¿Harás ese bizcocho tan rico que solo tú sabes hacer?

—¡Ay, Pepe!, con gusto te lo haría, pero el caso es que no queda ni una pizca de harina.

—¿Harina? ¡No hay problema! ¡Ahora mismo voy a comprar harina!

Y dicho y hecho. Se sacó el batín, se calzó sus botas, se abotonó el abrigo, se caló el sombrero, cogió su bastón y se dirigió a la panadería.

Con el paquete de la mejor harina bajo el brazo, regresó rápidamente a su casa.

—¡Finaaaaaaaaaaaaa, mi amor! Aquí traigo harina para que hagas tu bizcocho, dulce y calentito, para celebrar nuestro aniversario.

—Pepe, ¡qué bien que has traído la harina! Con gusto te haría el bizcocho que me pides, pero el caso es que tampoco queda azúcar.

—¿Azúcar? ¡No hay problema! ¡Ahora mismo voy a comprar azúcar!

Y dicho y hecho. Se sacó el batín, se calzó sus botas, se abotonó el abrigo, se caló el sombrero, cogió su bastón y se dirigió al supermercado.

Con la bolsa del azúcar más refinado bajo el brazo, regreso rápidamente a su casa.

—¡Finaaaaaaaaaaaaa, mi amor! Aquí traigo azúcar para que hagas tu bizcocho, dulce y calentito, para celebrar nuestro aniversario.

—Pepe, ¡qué bien que has traído el azúcar! Con gusto te haría el bizcocho que me pides, pero el caso es que no queda ni un solo huevo.

—¿Huevos? ¡No hay problema! ¡Ahora mismo voy a comprar huevos!

Y dicho y hecho. Se sacó el batín, se calzó sus botas, se abotonó el abrigo, se caló el sombrero, cogió su bastón y se dirigió a la huevería.

Con los huevos más gordos y frescos bajo el brazo, regreso rápidamente a su casa.

—¡Finaaaaaaaaaaaaa, mi amor! Aquí traigo huevos para que hagas tu bizcocho, dulce y calentito, para celebrar nuestro aniversario.

—Pepe, ¡qué bien que has traído los huevos! Con gusto te haría el bizcocho que me pides, pero el caso es que tampoco queda ni una pizca de levadura.

—¿Levadura? ¡No hay problema! ¡Ahora mismo voy a comprar levadura!

Y dicho y hecho. Se sacó el batín, se calzó sus botas, se abotonó el abrigo, se caló el sombrero, cogió su bastón y se dirigió a la tienda de la esquina.

Con la levadura bajo el brazo, regreso rápidamente a su casa.

—¡Finaaaaaaaaaaaaa, mi amor! Aquí traigo levadura para que hagas tu bizcocho, dulce y calentito, para celebrar nuestro aniversario.

—Pepe, ¡qué bien que has traído la levadura! Con gusto te haría el bizcocho que me pides, pero con tanto viaje arriba y abajo estoy completamente agotada y, como ya se ha hecho muy tarde, ahora mismo me voy a la cama. ¡Mañana será otro día! ¡Que tengas muy buena noche!

—¿Agotada? ¡No hay problema! ¡Tú vete a dormir, que yo ya me encargo de todo!

Y dicho y hecho. Se sacó el batín, se puso un largo delantal, entró en la cocina y allí se puso a amasar la harina, junto a los huevos, la levadura y el azúcar. Después, puso la masa a hornear.

A la mañana siguiente, el bizcocho estaba listo. Don Pepe lo colocó en una bandeja, junto a dos cafés recién hechos, y se dirigió al dormitorio.

—¡Finaaaaaaaaaaaaa, mi amor! ¡Muy buenos días! Abre los ojos, esposa de mi alma!, que aquí traigo tu bizcocho recién salido del horno, dulce y calentito, para celebrar nuestro aniversario.

—Pepe, de mi corazón, ¡feliz aniversario!

Y muy juntitos, arrebujados bajo las mantas, Don Pepe y Doña Fina, disfrutaron de un suculento desayuno para celebrar su aniversario. Tal y como debe hacerlo un matrimonio muy bien avenido.

FIN

 Receta del bizcocho de Doña Fina:

Ingredientes:

  • 400g de harina
  • 320g de azúcar
  • 4 huevos
  • Un sobre de levadura
  1. Separar las yemas de las claras de los huevos y batir muy bien las yemas. Seguidamente, incorporar, poco a poco, el azúcar, hasta conseguir una masa sin grumos.
  2. Mezclar bien la harina con la levadura y unirlo a la masa anterior, sin parar de remover, para que el bizcocho quede bien esponjoso.
  3. Batir las claras del huevo a punto de nieve, en un recipiente aparte, y añadirlas, muy despacio, a la masa anterior.
  4. Colocar el bizcocho en el horno, previamente precalentado a 180º, y dejar hornear entre 40 y 45 minutos.
  5. Pasado ese tiempo, entreabrir el horno durante 10 minutos para que el aire frío entre poco a poco. De este modo, evitaremos que la masa baje de golpe a causa de la diferencia brusca de temperatura. Pasados los diez minutos, se saca del horno y se deja enfriar, a ser posible sobre una rejilla.
  6. ¡A comer! y ¡Buen provecho!

Si quieres, también puedes escuchar “Un matrimonio muy bien avenido” con la voz de Frederick Engel y Angie Bello Albelda

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Matilde, la pluma sin vergüenza

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Ilustración: Iraville

Si algo tenía más que nada en el mundo Sofía era vergüenza. La tenía a montones y se le escapaba por las orejas y por las mejillas.

Y es que Sofía se sonrojaba por cualquier cosa. Si alguien le decía «¡Hola!» se ponía como la grana. Si alguien le decía «¡Adiós!» su cara y sus orejas se encendían como un semáforo. Era como si las palabras que le dirigían los demás causaran en ella un extraño efecto, que hacía que sus mejillas estuvieran casi siempre rojas y sus orejas más calientes que una estufa.

En el colegio, si la profesora le preguntaba, aunque se sabía muy bien la lección, era incapaz de responder y aunque sus compañeros de clase la animaban para que contestara, el efecto era, justamente, el contrario. Lo que ocurría, era que al oír las voces de ánimo, aún se ponía más colorada y aún le costaba más que las palabras salieran de su cabeza, porque la vergüenza no la dejaba hablar.

Su única amiga, era una ovejita blanca de peluche. Con ella sí que hablaba. Se encerraba en su habitación, la abrazaba y le susurraba sus penas al oído, porque sabía que la escucharía sin interrumpirla y sin impacientarse:

—Olivia —le decía en voz baja mientras acariciaba el suave lomo blanco—, no sé qué hacer. Si al menos pudiera contestar a la maestra. ¡Así sabrían que he estudiado y que me sé la lección! ¡Así sabrían que lo que me ocurre es que me cuesta hablar! —Y Olivia, sin abrir la boca, la miraba con sus redondos ojos de cordera.

Una tarde, en la que como de costumbre hacía confidencias a su amiga de peluche, de súbito,  resonó una voz a espaldas de Sofía:

—¡Hola, niña!

Sofía, que pensaba que estaba sola, no se movió. Como siempre, se puso roja como un pimiento y bajó la mirada sin decir nada.

—Oye, niña, que te he dicho hola. ¿Es que no me has oído?

Sofía se puso aún más roja y siguió mirando al suelo, sin atreverse a girarse para ver quién le hablaba.

—¡Vale!, pues no me contestes, pero no vas a tener más remedio que hablarme alguna vez, porque vamos a estar juntas mucho tiempo. Soy tu pluma nueva. Tus padres me han comprado de regalo para ti y ya empiezo a estar hartita de estar en esta caja tan estrecha. Así que, por favor, no me hables, pero al menos sácame del estuche.

Sofía, sin dar crédito a lo que estaba oyendo, se giró y vio que, efectivamente, sobre su escritorio, había un paquete envuelto en papel verde. Se acercó y leyó la tarjeta: “Sorpresa especial para Sofía de mamá y papá”. Desenvolvió el regalo, abrió el estuche y, en su interior, encontró una preciosa pluma azul que reposaba sobre un forro de seda amarilla.

—¡Gracias, niña! ¡Qué alivio! Pensaba que me ahogaba ahí dentro. Me llamo Matilde y me encanta conocer gente, hablar con todo el mundo y que todos me cuenten sus cosas. Y tú, ¿cómo te llamas?

Sofía, alucinada de oír hablar a una pluma, se olvidó, por un momento, de su timidez y susurró:

—Sofía.

—¡Precioso nombre! ¡Sí señor! ¿Sabías que tu nombre, en griego, quiere decir «sabiduría»? ¡Me gusta! ¡Creo que nos llevaremos muy bien!

—No sé… Es que a mí me da mucha vergüenza hablar… —se atrevió a susurrar.

—¡Pues fíjate que yo, de eso, no tengo ni pizca! Vamos, que soy una pluma sin vergüenza y hablo por los codos y, por eso, a veces me equivoco y me lío, pero no pasa nada, porque si meto la pata, vuelvo a empezar y listo. Pero es que además, Sofía, comunicarse no siempre significa hablar. Hay muchas formas de decir las cosas y no siempre se hace con la voz. Están los abrazos, están los besos, están las miradas y, sobre todo, está la escritura. ¡Ya verás! ¡Cógeme! Solo tienes que apoyar suavemente mi punta sobre el papel y escribir «¡Hola, Matilde!».

Sofía hizo lo que Matilde le pedía.

—¡Fantástico!, ¡ya te he dicho que tú y yo juntas haremos grandes cosas! ¡No hace falta que me hables! ¡Solo tienes que escribir!

Durante las semanas siguientes, Sofía y su pluma se comunicaron así. Matilde preguntaba cualquier cosa en voz alta:

—¿Qué has cenado hoy?

Y Sofía cogía su bloc y escribía sus respuestas sobre el papel:

—Arroz, pescado y de postre, un plátano.

Un día, en medio de una conversación, Matilde se quedó sin tinta. Sofía tenía aún muchas cosas que contarle de su día en el colegio a su amiga la pluma, pero su vergüenza no la dejaba abrir la boca, así que Matilde le propuso algo:

—Sofía, imagina que en lugar de escribir las cosas sobre el papel las escribes en tu cabeza. Una vez lo hayas hecho, solo tienes que leerlas en voz alta, así yo podré escuchar lo que has escrito.

Sofía decidió probarlo. Cerró los ojos y «escribió» dentro de su cabeza: «Después del recreo hemos estado conjugando verbos». Y a continuación «leyó» la frase en voz alta:

—Después del recreo hemos estado conjugando verbos.

—¡Qué divertido! ¡A ver qué has aprendido! ¿Sabes conjugar el presente indicativo del verbo «hablar» en primera persona del singular?

—¡Yo hablo! —pronunció después de haberlo escrito en su cabeza.

—¡Muy bien Sofía! ¡Pues claro que hablas! ¡Y además tienes muchísimas cosas interesantes que explicar! ¡Así que, ahora que has empezado, no pares!

De repente, Sofía se dio cuenta de que no era tan difícil contarle a Matilde las cosas en voz alta. Lo único que tenía que hacer era “escribir” primero en su cabeza aquello que tenía que decir y después pronunciarlo. Porque, al fin y al cabo, eso era lo que siempre hacía: imaginar lo que diría, aunque la mayoría de veces se quedaba dentro de su cabeza sin poder salir. La diferencia es que, en esta ocasión, había conseguido que saliera de allí en forma de voz.

Ahora ya le faltaba muy poco para vencer su timidez. Pensó que, antes de darse cuenta, podría recitar de un tirón toda la lección en clase y que la maestra y sus compañeros estarían orgullosos de ella. Y si se equivocaba, no pasaría nada, porque su pluma estaría siempre cerca para ayudarla a reescribir en su cabeza todo lo que estuviera mal.

Sofía supo, en ese momento, que lo conseguiría gracias a la ayuda de Matilde, la pluma sin vergüenza.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Matilde, la pluma sin vergüenza” con la voz de Angie Bello Albelda

logoAngie

Un negocio redondo

En el País de Listalante, donde todo el mundo es muy listo, vivieron, en inmemoriales tiempos, dos amigos.

Desde muy pequeños, Canuto y Torcuato, que así se llamaban, fueron inseparables. Como lo suyo no era construir suntuosos castillos, ni escribir imperecederas obras literarias, ni componer conmovedoras óperas, ni embelesar con apasionados discursos, que era a lo que se dedicaban los habitantes de Listalante, decidieron ponerse a trabajar en aquello que les gustaba de verdad: Torcuato de zapatero y Canuto de basurero.

Ambos eran muy felices, porque amaban su trabajo y disfrutaban haciéndolo, pero la gente de Listalante los despreciaba, porque consideraba que su labor era servil y carecía de importancia.

Tanto oyeron Canuto y Torcuato que eran tontos, que su trabajo era inútil y que no servían para llevar a cabo grandes empresas, que acabaron por creerlo. Así que, un día, decidieron cambiar de vida para conseguir fama y dinero y, de ese modo, ser aceptados por sus vecinos de Listalante.

Los dos amigos, dando un paseo por el bosque cercano al pueblo, empezaron a cavilar sobre el modo de ganarse la vida en el futuro.

Ya habían desechado bastantes ideas, cuando Torcuato exclamó:

– ¡Canuto, ya lo tengo! ¡¿Por qué no nos dedicamos a los negocios?!

– ¡Genial idea, Torcuato!… Pero, el caso es que casi no tenemos dinero.

– No hace falta mucho dinero. Lo único que tenemos que hacer es juntar las monedas que hemos ahorrado y comprar naranjas con ellas. Luego las venderemos, ganaremos mucho dinero y reinvertiremos las ganancias en más naranjas. Y así, hasta conseguir tener un negocio próspero.

– ¡Excelente proposición, amigo mío!

Y así lo hicieron. Reunieron todo el capital que habían obtenido con su trabajo y emprendieron el largo viaje hacia la vecina localidad de Naranjales. Una vez allí, con las treinta y una monedas que habían conseguido reunir, le compraron a un agricultor una cesta con treinta naranjas, a moneda la naranja, y aún les sobró una moneda.

Para no cansarse con el peso, acordaron que cada uno llevaría la cesta durante media hora y, animosos, emprendieron la marcha.

Después de dos horas de caminar sin ver a nadie, Torcuato le dijo a Canuto, que era el que en ese momento llevaba la cesta:

– Canuto, tengo mucha sed. Como llevo la moneda que nos ha sobrado en el bolsillo, ¿qué te parece si me vendes una naranja? Después de todo, a ti te da lo mismo venderla a un extraño que vendérmela a mí, ¿no?

Canuto, después de meditarlo, no vio inconveniente, así que le vendió a Torcuato la naranja y se puso la moneda en el bolsillo.

Pasada media hora, le tocó a Torcuato llevar la cesta y entonces fue Canuto el que dijo:

– Pues yo también tengo sed, así que ahora véndeme tú a mí una naranja y yo te doy la moneda.

Torcuato le vendió la naranja a Canuto y se guardó la moneda en el bolsillo.

Pasaron las horas y la moneda fue pasando de uno a otro bolsillo, hasta que las naranjas se terminaron. Entonces Canuto exclamó:

– ¡Oye, Torcuato!, ¡que nos hemos quedado sin género!

– ¡Claro! Lo hemos vendido todo.

– Pues yo solo tengo una moneda.

– ¡Imposible! Había treinta naranjas, a moneda la naranja… son treinta monedas, más la moneda que nos sobraba… en total treinta y una monedas.

Por más vueltas que le dieron, por más que contaron, sumaron, restaron, multiplicaron y dividieron solo apareció una moneda.

Decepcionados, arruinados y muy tristes, por la poca pericia que ambos tenían para los negocios, decidieron regresar a su país y aceptar que habían fracasado.

Cuál no sería su sorpresa cuando, al llegar allí, se encontraron con un desolador espectáculo. Durante su ausencia, montañas de basura se habían acumulado por doquier, y un olor nauseabundo flotaba en el aire. La gente, lamentándose, andaba descalza entre la suciedad, porque sus zapatos se habían roto hacía tiempo y no había nadie que los arreglara.

Cuando los vieron llegar, los habitantes de Listalante, los aclamaron como a héroes. Entre abrazos y vítores, los llevaron a hombros por toda la población mientras coreaban sus nombres.

Y es que, durante la ausencia de los dos amigos, los habitantes del pueblo habían comprendido que, para que el país funcionara, no solo eran necesarios los grandes artistas y científicos; también eran necesarios los buenos artesanos.

Desde aquel día, Canuto y Torcuato volvieron a dedicarse a lo que de verdad les gustaba y fueron muy felices haciendo aquello que sabían hacer tan bien.

FIN

¿Quién pinta el mundo?

Ilustración: Deevad

 Este cuento lo dedicamos a todos nuestros amigos ilustradores, pintores, dibujantes, diseñadores… que llenan nuestros cuentos y nuestra vida de color.  ¡Gracias por vuestras creaciones!

 

En el principio, cuando los antiguos dioses empezaron a inventarse la Tierra, y el mundo era oscuro y sin colores, he aquí que cuatro divinidades hermanas, hijas del Tiempo, llamadas Primavera, Verano, Otoño e Invierno, pensaron que sería fantástico dar color a las cosas.

Se pusieron manos a la obra y empezaron, las cuatro a la vez, a pintar todo lo que había a su alrededor, cada cual con su paleta.

Primavera era dulce y tierna y con sus suaves tonos pastel, pintaba florecillas silvestres multicolor aquí y allá, esparcidas en las verdes praderas y pajaritos rojos, lila y amarillos que piaban sobre perezosos árboles cargados de fruta. Cuando Primavera andaba, esparcía en el aire un dulce perfume a vainilla y con sus movimientos pausados, era como si flotara sobre las aguas.

Verano tenía un carácter alegre y ruidoso y enseguida hacía un montón de amigos. En su paleta abundaban los colores ardientes e intensos y tan pronto usaba el amarillo chillón para pintar la arena y el sol, como el azul claro y límpido para los cielos diurnos. Al moverse, desprendía olor a agua fresca, y era como si tras de sí arrastrará todos los mares, los ríos y las fuentes de la Tierra.

Otoño era, de las cuatro divinidades, la más melancólica, así que le encantaba poner un aire tristón a todo lo que pintaba. En su paleta solo había colores ocre, castaños y rojizos y para acordarse de que debía estar siempre triste, prendía entre su pelo las hojas que arrancaba de los árboles. Por eso, al caminar, desprendía un tenue olorcillo a moho que no era en absoluto desagradable. Su mejor amigo era el viento, que siempre remolineaba a su lado.

Invierno era taciturno y fue el único de los cuatro que no estuvo de acuerdo en que un mundo de colores sería mejor. Él prefería el blanco y el negro y esos eran los colores que ponía en su paleta. Aquellos que lo rodeaban, decían de él que era antipático y frío, pero los que se preocupaban por conocerlo a fondo, descubrían que podía ser fantástico. A él no le gustaba demasiado moverse, así que solía sentarse en un rincón, muy quieto, y observaba lo que hacían sus hermanos. Si en su quietud alguien lo molestaba en exceso, gritaba y se enfurruñaba y de su boca saltaban blancas gotitas de helada saliva que se esparcían por doquier, salpicándolo todo. A causa de su agrio carácter, no tenía muchas amistades.

Pasó el tiempo, y la convivencia entre los hermanos se fue haciendo cada vez más difícil. Llegaba Primavera y pintaba tiernas hojitas verdes sobre un árbol, cuando a Verano ya le faltaba tiempo para pintar abejas cerca, «Para dar más color y alegría» —decía riendo—. Invierno, molesto con el zumbido de las abejas y con las risas, pegaba uno de sus gritos y todo quedaba blanco. A Otoño, sobresaltado, le faltaba tiempo para arrancar las hojas del árbol y prenderlas en su pelo.

Continuamente ocurría lo mismo.

Los animales y las plantas empezaron a murmurar y a quejarse de los cuatro hermanos. Era realmente incómodo tener que ir cambiando de ropa varias veces al día y preocuparse por lo que comerían o por lo que vestirían.

Los osos polares amanecían en un paisaje helado pintado por Invierno, a media mañana comían la miel que había esparcido Primavera, por la tarde los calentaba un sol de justicia pintado por Verano y por la noche, el viento que iba de la mano de Otoño, enredaba el pelo de sus abrigos blancos.

Las manzanas no sabían si ponerse la piel verde, roja o amarilla así que los manzanos optaron por especializarse, hablaron entre ellos y cada uno eligió un color y un nombre.

La situación empeoraba. La Tierra empezaba a estar ya harta de que sus colores combinaran tan mal y de no saber qué ropa ponerse, por lo que decidió convocar una reunión urgente, a la que asistieron los cuatro hermanos.

Las conversaciones duraron doce largos meses pero, ¡por fin!, después de tensas negociaciones, y algún que otro grito de Invierno, llegaron a un acuerdo: se separarían e irían a vivir a lugares distintos y cada tres meses se trasladarían para poder ir a visitar a los amigos que tenían en todos los lugares del planeta.

Allí donde estuvieran, vivirían solos y durante un trimestre serían los únicos encargados de pintar el mundo.

Invierno, a causa de su carácter adusto, consiguió que le asignaran una vivienda permanente tanto en el Polo Sur como en el Polo Norte y Verano, que tenía muchísimos amigos a los que no podía estar mucho tiempo sin ver, consiguió también casa en el ecuador terrestre y un par de apartamentos en desiertos y playas.

Desde entonces, las estaciones se suceden ordenadamente y solo coinciden con sus hermanos durante unos días, cuando recogen sus pinturas y hacen las maletas para irse a otro lugar.

La Tierra ha conseguido combinar perfectamente su vestuario según el hermano que la pinta y animales y plantas han regularizado sus ciclos.

Con su acuerdo, consiguieron dar al mundo colores tan preciosos que los artistas más afamados de todos los tiempos, antes de pintar, consultan con ellos para conseguir plasmarlos exactamente igual en sus obras.

Si miras las ilustraciones de «Martes de cuento», verás como muchos lo han conseguido…

FIN

Tres tristes tortugas

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Ilustración: faboarts

Por si no lo sabías, las tortugas viven doscientos años y aunque parezca una eternidad, eso no es vivir para siempre, porque un día mueren.

Todos los seres de la tierra que respiramos llega un día en el que gastamos toda la vida que trajimos al nacer y entonces desaparecemos.

Es como si en nuestro interior, una pila repleta de energía, como la que les ponemos a los muñecos para que funcionen, se terminara. Cuando ocurre eso, tanto los muñecos como nosotros nos quedamos inmóviles. La diferencia es que a los muñecos les podemos cambiar la pila para que sigan funcionando, pero a los seres vivos no, porque no existe pila de recambio. Así que cuando la pila se agota, desaparecemos.

Sí, incluso las tortugas. Sí, incluso nosotros. Yo, que te cuento este cuento desapareceré. Y tú, que me estás escuchando, también. Todos. Absolutamente todos, sin excepción, morimos.

Morir es una palabra que a mucha gente no le gusta y por eso evita pronunciarla. Aunque en realidad, nadie sabe a ciencia cierta qué significa.

Morirse no es como ir a la Luna o a la selva, que aunque están muy lejos hay quien ha vuelto para contar lo que allí ha visto. No, los que se mueren no regresan, así que nadie sabe adónde van. Y es aquí donde empieza este gran misterio sin solución que tres tristes tortugas intentaron una vez resolver.

Estas tres tortugas eran miembros de una misma familia: padre, madre e hija. Vivían felices y contentas en la ladera de una montaña que siempre estaba verde y sus días trascurrían en apacible armonía. Se levantaban muy temprano y salían juntas en busca de las hojas más jugosas para desayunar, que tiernas y apetitosas, todavía húmedas de rocío, encontraban en los pastizales.

Cada martes, sin excepción, después de tomar su desayuno, cruzaban en fila india el pequeño arroyo que había detrás de su casa. Atravesaban la corriente por un camino hecho con piedras que conducía a la otra orilla y, desde allí, se dirigían hacia un bosquecillo cercano en el que vivían los abuelos tortuga.

Las tres tortugas pasaban el día contando a los abuelos todo lo que habían hecho durante la semana, tomaban el sol y mascaban las amapolas que la abuela había preparado, con esmero, especialmente para ellos.

Cuando el sol estaba a punto de ponerse, emprendían el camino de regreso para no atravesar el río de noche. El abuelo siempre les decía que era muy peligroso y cada martes les repetía la misma historia, la de aquella tortuga temeraria que fue arrastrada por las aguas.

Transcurrió mucho tiempo sin que nada alterara la plácida vida de las tortugas, hasta que un martes, al llegar a casa de los abuelos, las amapolas de la abuela no los estaban esperando y tampoco oyeron los consejos del abuelo.

El más absoluto silencio reinaba en aquel trocito de bosque y abandonados y vacíos, en medio del prado, solo vieron los caparazones de los abuelos tortuga.

Por más que registraron la casa y sus alrededores, por más que los llamaron a gritos, no hubo forma de dar con ellos y las tres tortugas se pusieron muy tristes.

¿Qué había pasado? ¿Adónde habían ido? ¿Volverían a verlos alguna vez?

Lloraban sin parar y se lamentaban, mientras acariciaban los oscuros caparazones vacíos.

Muy cerca de donde estaban, sobre la rama de un arce, un cuervo negro las observaba. Al verlas tan tristes las llamó:

—¡Pst! ¡Tortugas! No estéis tan tristes. Yo he visto cómo esta noche una brillante luz que bajaba del cielo se las ha llevado. Si miráis hacia allí cuando oscurezca, veréis que se han convertido en estrellas y que desde el cielo os miran y velan por vosotros.

Al pie del árbol dormitaba un lince, que al oír las palabras del cuervo protestó airado:

—¡¿Pero qué tonterías estás diciendo?! ¡No has podido en modo alguno ver eso que afirmas! Porque yo mismo he sido testigo de lo que ha pasado.

Y dirigiéndose a las tortugas añadió:

—No hagáis caso al cuervo. Estaba muy oscuro, pero yo he visto con mis propios ojos cómo abandonaban sus caparazones para entrar en el majestuoso cuerpo de aquellas águilas —Y al mismo tiempo que señalaba a las aves con el dedo preguntó—. ¿Acaso no estáis viendo cómo vuelan en círculo sobre vuestras cabezas y os llaman con sus gritos?

Cuervo y lince empezaron a reñir acaloradamente y el alboroto atrajo a otros animales, que se sumaron a la discusión:

—Ni estrellas ni águilas. ¡Se han ido al cielo de los animales! Allí es donde vamos todos. En ese lugar tenemos todo lo que aquí hemos deseado y no se pasa ni hambre ni frío. Lo sé de buena tinta —sentenció un topo asomando la nariz por un agujero.

—¡De eso ni hablar! ¿Cómo vamos a fiarnos de ti?, ¡pero si no ves más allá de tus propias narices! —replicó una mariposa que revoloteaba cerca—. Renacerán. Eso es lo que pasará. Nosotras, las mariposas, sabemos mucho de esto. Puede parecer que desaparecemos dentro de nuestra crisálida, pero renacemos trasformadas en algo mejor. Todos empezamos siendo seres feos que se arrastran, luego parece que desaparecemos, pero acabamos convertidos en hermoso seres alados.

Las tres tristes tortugas ya no sabían qué pensar, a quién escuchar, ni qué creer. Todos y cada uno de los animales del bosque parecían saber, perfectamente, qué había ocurrido con los abuelos tortuga y todos les decían qué debían hacer:

—Os vigilan desde el cielo. No os preocupéis.

—Son águilas que vuelan libres. No lloréis.

—Están felices en el paraíso. Alegraos.

—Se han transformado en seres alados. No sufráis.

—Bla, bla, bla, bla.

Una vieja lechuza, vecina de los abuelos tortuga, que miraba mucho pero hablaba poco, se acercó y les dijo a las tres tristes tortugas:

—Lo que ha ocurrido es que los abuelos tortuga se han muerto. Yo no sé qué quiere decir morirse, ni tampoco sé adónde han ido, ni si algún día los volveremos a ver. Lo que sí sé, es que su marcha duele mucho y también sé que esta pena atrancada en la garganta solo podemos sacarla llorando. Así que lloremos. Lloremos mucho, para que nuestras lágrimas arrastren hacia fuera toda la tristeza y los recuerdos hermosos puedan salir. Porque aunque nos siga doliendo mucho su ausencia, y nos duela no ver sus caras; ni recibir sus abrazos y sus besos; porque aunque ya no volvamos a oír su voz pronunciando nuestro nombre, en nuestra mente los seguiremos viendo, escuchando, sintiendo y recordando y todo lo que nos dieron y nos enseñaron seguirá vivo en nosotros y así la muerte no podrá llevárselos del todo, porque la muerte solo se lleva del todo aquello que olvidamos.

Las tres tristes tortugas y la vieja lechuza acariciaron los viejos caparazones de los abuelos tortuga y, despidiéndose de ellos por última vez, los enterraron bajo un frondoso lentisco.

Caía el sol y el resto de animales seguía picoteándose, arañándose, mordiéndose y queriendo imponer su razón.

Las tres tristes tortugas, con lágrimas en los ojos, les dieron la espalda y recordando los consejos del abuelo, se encaminaron hacia el río para cruzar antes de que anocheciera. Sobre sus caparazones, llevaban las amapolas frescas para la cena que habían encontrado en la despensa de la abuela.

FIN

Los tesoros del abuelo

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Ilustración: Dani Padrón

El abuelo tiene poco pelo blanco y lleva gafas. Lo que más me gusta de él es su sonrisa. Cuando me mira, de sus ojos saltan chispitas. Luego se ríe a carcajadas y yo me río con él. Los demás no saben de qué nos reímos, pero también se ríen. La risa del abuelo es contagiosa.

Me gusta que me coja en brazos y me dé besos.

Cuando viene a buscarme al cole siempre llega temprano, para ser el primero. Después, nos vamos a jugar al parque o me lleva a casa.

Merendamos juntos. Al abuelo también le gusta el chocolate y, cuando llega el verano, nos tomamos un helado muy grande, sentados en un banco, a la sombra del álamo que hay al final de la calle Mayor.

Me encanta ir a casa del abuelo, porque su casa está llena de tesoros.

El abuelo tiene una caja de laca roja con flores pintadas encima y al abrir la tapa suena música y un bailarín y una bailarina dan vueltas sin parar sobre un espejo. Le pido al abuelo que me siente sobre sus rodillas y juntos miramos a los bailarines sin decir nada, hasta que se termina la cuerda y se acaba el baile. Ella lleva un vestido muy cortito de tul blanco y una flor en el pelo y él un frac y un sombrero de copa muy alto.

El abuelo tiene una gran biblioteca llena de libros y, en un rincón, hay un estante para mí. Allí ordeno los cuentos que él me regala.

Mi abuelo siempre lee en su sillón rojo y yo me pongo a su lado y le pido que me cuente alguna historia de piratas, de dragones o de brujas.

Cerca del sillón rojo está su viejo escritorio de madera. En él, el abuelo guarda muchas cosas. A veces, el abuelo me dice:

—¡Ven! ¡Vamos a buscar tesoros!

Entonces abrimos los cajones y encontramos cosas increíbles.

Una goma muy chiquita, que borra los errores que cometemos. Dice el abuelo que no es malo equivocarse, lo malo es no reconocer que nos hemos equivocado, porque entonces no podemos borrar el error y empezar de nuevo. Dice que es como cuando escribimos mal una letra en el cuaderno del colegio, que es mejor arreglarla que dejarla en la libreta sin hacer nada, porque luego, cada vez que la miramos o cada vez que pensamos en ella, nos acordamos de que la hemos hecho mal y eso nos pone de mal humor. El abuelo siempre está de buen humor porque usa mucho su goma de borrar.

También tiene una grapadora para grapar los enfados al papel cuando quieren salir de dentro en forma de gritos y pataletas. El otro día la usé y funciona muy bien. Me enfadé con papá y con mamá porque no me dejaron ir con ellos al cine y tuve que quedarme a dormir en casa de los abuelos y como no paraba de quejarme y de llorar, el abuelo me enseñó a usarla. Fuimos escribiendo en papeles de colores lo que yo sentía y grapando cada papel sobre una hoja grande con la grapadora de los enfados. Mientras, él me contaba que todo lo malo que sentimos es mejor graparlo, porque si anda suelto puede hacernos daño a nosotros o a los que están cerca. En cambio, si está bien sujeto, como no se puede mover, acaba por cansarse y desaparece. Al terminar, la hoja de papel estaba llena de cosas malas grapadas y yo ya me sentía mucho mejor.

Uno de los tesoros que más me gusta es su pluma de color verde y dorado que se carga con la tinta de los sentimientos. Es una tinta que parece normal, pero no lo es. Se tiene que preparar, antes de usarse. Con mucho cuidado, para no mancharte, se abre la tapa negra del tintero de cristal y, sin que nadie lo oiga, se le dicen a la tinta los secretos. Cuando ya lo has dicho todo, solo tienes que cargar la pluma con la tinta de los sentimientos y escribir, porque la tinta se encarga de decir todo lo que tú no te atreves.

En cada cajón, el abuelo guarda un tesoro, aunque mi tesoro preferido no está ahí. El tesoro que más me gusta lo tiene colgado del cielo. Si salimos al balcón de noche lo podemos ver. Hay que mirar hacia arriba, a la derecha, justo sobre el campanario, para poder contemplar su tesoro más valioso. Allí, en lo más alto, está el rincón de cielo donde guarda sus estrellas.

Dice el abuelo que solo los que guardan estrellas son felices. Por eso el abuelo me ha enseñado a guardarlas. Es muy fácil. Solo tienes que mirar al cielo y elegir un rincón, siempre el mismo, y empezar a contar… una, dos, tres, cuatro…  Cada estrella que guardas en ese rincón es una cosa que te gusta, una persona a la que quieres, un lugar al que quieres volver, un día especial, un deseo por cumplir… Cuantas más estrellas guardas, más valioso es tu tesoro. Porque dice el abuelo que los tesoros auténticos, los que de verdad importan y tenemos que guardar, son las cosas que no podemos tocar con las manos.

Después, cuando te sientes solo o estás triste, lo único que tienes que hacer es buscar tu tesoro en tu rincón de cielo y al contar las estrellas vuelves a sentirte feliz.

Por eso, lo mejor es hacer como el abuelo y como yo y elegir el rincón de cielo más estrellado.

FIN