Cuento de Martes de cuento

Mo y las palabras olvidadas

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Ilustración: Louis du Mont

No sé si ocurrió o si aún tiene que ocurrir que, una vez, la gente se dejó de escuchar, se dejó de hablar y, sin apenas darse cuenta de lo que ocurría a su alrededor,  se fueron olvidando de las palabras.

Fue entonces, cuando lo que se decía perdió todo su significado y ya nadie entendía las palabras de los otros.

No se trataba de que no se comprendiera el idioma ¡todo lo contrario!, los humanos habían inventado máquinas que les permitían conocer todas las lenguas del planeta.

Tampoco era que se hubieran quedado sordos. ¡Qué va!, eran capaces de pasarse horas y horas escuchando lo que les interesaba.

No. El problema era que aunque oían las palabras no comprendían su significado, porque eran incapaces de escuchar con atención. La gente solo se escuchaba a sí misma.

Esto, al principio, les pareció muy divertido, porque uno podía soltar lo primero que se le pasaba por la cabeza, cuando quería, donde quería y como quería, porque nadie parecía oír nada. Así, que la gente pronto se convenció de que sus palabras eran las únicas importantes y dejó de oír las de los demás.

A nadie se le ocurrió pensar que no escuchar o no ser escuchado también tenía sus inconvenientes y que, por ejemplo, preguntar ya no iba a servir de nada, porque nadie respondería.

La situación fue empeorando. Daba lo mismo decir «hola» que «adiós»; «ven» que «vete»; «arriba» que «abajo». Las palabras eran inservibles y, como no servían, se iban olvidando y cada vez que una se olvidaba, las personas eran menos personas; porque solo las personas poseen el maravilloso don de comunicarse mediante las palabras.

Pasó el tiempo. Los años se iban sucediendo y la gente seguía naciendo y muriendo, y eso también daba igual, porque «nacer» y «morir» eran simples verbos, vacíos de significado. Pero he aquí que, un buen día, alguien pronunció en voz alta una extraña palabra y todo empezó a cambiar en el mundo. Los hechos ocurrieron en una pequeña biblioteca de una gran ciudad.

Olvidado de todos, oculto en el estante B-781, en el que se acumulaba una gruesa capa de polvo desde que los libros viejos habían dejado de leerse, se escondía el secreto.

Eran, exactamente, las tres y siete minutos de una tarde de primavera cuando, por uno de los grandes ventanales superiores de la biblioteca, se coló una golondrina.

Su aleteo llamó la atención de Mo, la bibliotecaria, que al mirar hacia arriba y verla revolotear, empezó a perseguirla. Fue entonces, mientras corría, sin quitar la vista del impertinente pajarillo, cuando chocó contra el estante B-781, totalmente abarrotado de libros. Con el golpe, uno de los ejemplares cayó al suelo y se escuchó un eco muy lejano. Eran las voces de los sabios del pasado, que estaban encerradas dentro de él y esperaban, desde hacía tiempo, una oportunidad para huir.

Mo, sorprendida al oírlo, miró a derecha e izquierda y, como no vio a nadie, se agachó a recoger el libro, que había quedado abierto en el suelo por la página número 14. En ella, se veía un misterioso dibujo y, junto a él, una extraña palabra.

—¡Qué palabra tan curiosa! ¡Jamás en mi vida había visto algo parecido! ¿Será un idioma desconocido? ¿O tal vez será un conjuro mágico? —se preguntó Mo.

Y, con mucha dificultad, consiguió pronunciarla en voz alta:

—¡Graaa-ciiii-aaaas!

Una señora con un gran moño, que estaba sentada en una mesa cercana enfrascada en la lectura de un complicado manuscrito medieval, levantó los ojos de su libro y, con una sonrisa, respondió a Mo:

—¡De nada!

Mo dio un respingo.

—¡Qué fuerte! ¡Qué fuerte! ¡Qué fuerte! —Pensó— ¡Creo que he encontrado un auténtico libro de magia! ¡La señora del moño ha oído lo que decía y me ha respondido! ¡Es asombroso!

Fue pasando las hojas, mirando fascinada los dibujos de toda aquella gente que sonreía y se hablaba mirándose a los ojos, mientras seguía pronunciando las extrañas fórmulas mágicas que, dentro de una nubecita blanca, les salían a aquellos curiosos personajes de la boca:

—Poooor-faaaa-vorrrr.

—Looo-siennnn-toooo.

—Uuusteeddd priiii-meee-roooo.

—Leeee ceee-doooo miii aaa-sii-entooo.

Con cada nuevo conjuro, como si despertaran de un largo sueño, más y más personas levantaban la vista de sus libros; miraban a Mo a los ojos, y respondían con una gran sonrisa:

—¡Con mucho gusto!

—¡No se preocupe!

—¡Muy amable!

—¡Se lo agradezco!

En menos tiempo del que se tarda en contarlo, la noticia empezó a correr de boca a oído entre los que habían sido tocados por la magia de las palabras olvidadas y fue así, como la gente las recuperó y aprendió de nuevo a pronunciarlas y, al hacerlo, volvieron a escucharse los unos a los otros, a mirarse a los ojos y a sonreírse y, desde entonces, el mundo se convirtió en un lugar un poco más agradable para todos.

FIN

Un nuevo universo

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Ilustración: Patricia Metola

Este extraño caso comenzó una mañana en la cocina. Papá ya me había dado los besos del desayuno y cuando se los iba a dar a mamá, me di cuenta de que comía demasiado, porque su barriga se estaba empezando a hinchar como si fuera un globo.

¡Uy! ¡Perdón! Se me ha olvidado presentarme. Me llamo Patricia, mi mamá se llama Laura y mi papá Gabriel. El mes que viene cumplo 6 años, tengo los ojos y el pelo marrones y mis mejores amigos son Carlos, mi vecino de abajo que es un poco más bajito que yo, Elsa, que va a mi clase y pinta muy bien y Muelas, mi hámster, que se pasa el día comiendo pipas, dando vueltas en su rueda azul y mordiendo todo lo que tiene cerca.

Ahora que ya me conocéis, os sigo contando este extraño caso, por si alguna vez os pasa algo parecido.

Pues como os decía, mamá estaba de pie, tomándose sus cereales y papá se acercó para darle los besos del desayuno. Estaba a punto de dárselos, cuando mamá empezó a rascarse la tripa. Justo en ese momento, vi que su barriga no estaba como siempre. Había crecido.

– Mamá, si sigues comiendo tantos cereales no podrás abrocharte los pantalones. Te estás poniendo muy gorda.

– Patricia, cariño, la barriga de mamá no está así por culpa de los cereales. Lo que le ocurre a mamá es que le está creciendo un universo dentro.

Verás, cada persona, al venir al mundo, trae un universo con ella. Dentro de cada uno de nosotros hay estrellas, que podemos hacer brillar para iluminar a los que están cerca y hacerlos felices. También tenemos planetas, en los que podemos ir plantando sabiduría, paciencia, compasión, respeto…y regarlos con mucho amor para que nunca dejen de crecer. Hay en nosotros espacios infinitos, para navegar con nuestra imaginación. Lunas y soles, que brillan en nuestra cara cuando nos ponemos tristes o alegres. Cometas, para agarrarnos a su cola y llegar tan lejos como queramos llegar. Constelaciones, galaxias… ¡Ya ves la de cosas que hay en nosotros! Y para crear todas esas cosas tan maravillosas, se necesita tiempo.

¡Ah!, y, además de todo eso, venimos cargados con polvo de estrellas. Ese polvo estelar que danza en nuestro interior se llama espermatozoides en los hombres y óvulos en las mujeres. Cuando el polvo estelar de un hombre se funde con el polvo estelar de una mujer, hay una explosión y se crea un nuevo universo que va creciendo, poco a poco. Tarda nueve meses en estar completamente listo y a medida que crece, crece la barriga.

–   ¿Y por qué entró ahí adentro?

–  Porque todos los universos empiezan con abrazos. Un hombre y una mujer que se quieren, se abrazan tan fuerte, tan fuerte, tan fuerte y tanto, tanto, tanto que, por un momento, es como si sus cuerpos fueran solo uno y solo tuvieran un corazón latiendo muy deprisa.  En ese abrazo, el pene del hombre entra en la vagina de la mujer y, cuando está dentro, deja escapar polvo de estrellas en forma de esperma. A veces no pasa nada, y el polvo de estrellas del hombre solo hace cosquillas agradables al deshacerse y ya está. Pero otras veces, un poco de ese polvo de estrellas es tan especial, que necesita todavía más abrazos, así que va a un lugar llamado útero, donde vive el polvo de estrellas de la mujer y, cuando llega allí, los dos se abrazan y estallan en luz y de esa luz nace un nuevo universo. Después de unos meses, cuando ese nuevo universo ya está terminado, sale al exterior en forma de bebé.

Mamá, papá, tú, los abuelos, los tíos… todos somos universos nacidos de un abrazo y ahora, en mamá hay otro pequeño universo que, dentro de poco, estará listo para formar parte de nuestra familia.

 

Y así fue como descubrí el misterio que escondía la barriga de mamá y supe que, dentro de poco, tendré a alguien con quién jugar, a quien querer y a quién enseñar a hablar, a comer, a leer y a saltar. ¡Voy a tener un hermanito!

Ahora ya lo sabéis. Si una mañana, mientras tomáis el desayuno, notáis de repente que vuestra mamá tiene más barriga de lo normal, sospechad que no es porque come mucho, sino porque ahí dentro está creciendo un nuevo universo.

FIN

El Gran Libro Rojo del Queso

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Ilustración: Yusuke Yonezu

En Roenchistán, el país de los ratones, hay una universidad a la que asisten los roedores más listos del planeta. En ella, dan lecciones eminentes maestros de la nación y del extranjero que enseñan cómo distinguir el olor, el sabor y la textura de todos los quesos que se elaboran en el mundo. Incluso se aprende a diferenciarlos por el ruido que hacen al caer.

Es necesario trabajar mucho y muy duramente para obtener el título de Quesero. Una vez obtenido el diploma, muchos ratones hacen oposiciones para poder entrar a trabajar a las órdenes del Gran Maestro Quesero y, de este modo, intentar conseguir, algún día, leer los secretos del Gran Libro Rojo del Queso en el que está escrita la auténtica y única receta del Queso Sublime, el queso más rico de todo el universo.

La fórmula secreta solo la conoce el Gran Maestro Quesero, que es quien se encarga de prepararla con la ayuda de un equipo de ratones de confianza.

Todo se cuece en la gran cocina, de la que siempre sale un penetrante y exquisito aroma y en la que los ratones se afanan, cada uno con su labor.

La leche llega a través de grandes cañerías, directamente de las ubres de las mejores vacas suizas, escogidas exclusivamente para este menester después de una dura selección.

Las vacas, además de tener un determinado número de manchas negras estratégicamente repartidas por todo el cuerpo, deben saber de memoria las tablas de multiplicar y el nombre de, como mínimo, setenta estrellas. También deben tener muy buena ortografía y una caligrafía impecable; conocer al dedillo en qué época del año florece cada uno de los árboles de Roenchistán y ser diestras en el manejo del teclado del ordenador, ya que no se acepta a las vacas que usan ratón.

La leche que sirve para elaborar el Queso Sublime únicamente puede proceder de estas vacas tan inteligentes, porque si la vaca es tonta, la leche puede agriarse y el queso se echaría a perder irremediablemente, lo que sería un auténtico desastre para los habitantes de Roenchistán.

Una vez que la leche llega a la cocina, cientos de ratones la recogen con cubos de hojalata y, con mucho cuidado, la transportan hacia el centro de la cocina, donde la vierten dentro de una gran olla de cristal para que hierva, a fuego lento, durante dos días enteros.

Pasados los dos días, el Gran Maestro Quesero añade los ingredientes secretos y esta mezcla, una vez bien removida, reposará durante 8 meses, cinco días y diecisiete minutos en una cámara oscura. Transcurrido ese tiempo, el Queso Sublime ya está listo para ser consumido.

Pero antes, ante todos los habitantes de Roenchistán, el Gran Maestro Quesero examina minuciosamente el color y el olor del queso, corta un pequeño pedacito y, en medio del más absoluto silencio, lo deja caer sobre un plato de fina porcelana china, que perteneció al rey Tāng. Si el ruido lo satisface, roe medio gramo de queso.

Todo el mundo aguanta la respiración; si el Gran Maestro Quesero sonríe, los ratones aplauden entusiasmados, esperan el trozo de Queso Sublime que les corresponde y celebran una gran fiesta.

Por el contrario, si el Gran Maestro Quesero se pone muy serio y baja la cabeza, todo el mundo empieza a lamentarse durante tres minutos y medio, pasados los cuales vuelven rápidamente al trabajo para empezar a fabricar otro queso, porque los ratones no se cansan de intentarlo y nunca se dan por vencidos ni se desaniman.

Cada vez que en Roenchistán un Queso Sublime no sale como se esperaba, los ratones se lo regalan a los humanos y es por eso por lo que en el mundo tenemos tantas clases de queso distintas.

FIN

Las dos fantásticas y el niño que nació bajo las margaritas

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Ilustración: Margarita Nava

 

Para Marc, para que siempre encuentres margaritas mágicas cerca de ti.

Hace mucho, mucho tiempo el mundo estaba habitado por mujeres muy especiales. Algunos las llamaban hadas; otros, brujas; otros, amazonas o duendes o gnomos… Pero la realidad es que eran solo mujeres, aunque mujeres extraordinarias. Nosotros, simplemente, las llamamos, las fantásticas.

Las fantásticas habitaban juntas en los linderos de los bosques, lejos de las ciudades, porque su ciencia consistía en recoger plantas y flores y con ellas hacer pócimas mágicas que curaban enfermedades o alegraban el alma de los que estaban tristes.

Eran mujeres dulces y hermosas, llenas de amor. En sus casas todo estaba en su sitio y todo tenía su lugar. Los muebles y los suelos estaban relucientes, porque a las fantásticas no les gustaba la suciedad y no soportaban que en su casa hubiera polvo. Sus grandes bibliotecas, llenas de extraños ejemplares con fórmulas mágicas y complicados dibujos, seguían el más estricto orden. Los libros, como firmes soldados, bien alineados por colores, por tamaños o por temas guardaban en sus páginas todo el saber del mundo. Las fantásticas siempre sabían dónde estaba cada uno de ellos y de qué hablaba, porque los habían leído un montón de veces; por eso eran tan sabias. En sus jardines, los pájaros cantaban y siempre florecían las margaritas, porque las margaritas crecen cerca de la gente que es especial.

Pero como ocurre muchas veces en este mundo, las personas que son distintas a la mayoría son envidiadas y odiadas. Así, que aquellas mujeres fantásticas fueron acusadas falsamente de los más horrendos crímenes por aquellos que no limpiaban sus casas, por los que no leían libros y por lo que no eran sabios ni sabían curar enfermedades ni alegrar el alma. Gente movida por la codicia que se había propuesto acabar con ellas y apropiarse de todo lo que les pertenecía.

Duramente perseguidas, muchas fueron encerradas en sucias y oscuras prisiones y allí murieron de pena. Otras lograron escapar y se refugiaron en profundas cavernas de las que solo se atrevían a salir de noche, por eso muchos les tenían miedo y así se forjaron las leyendas sobre brujas malvadas.

El tiempo fue pasando. Los libros de las fantásticas, encerrados en polvorientas bibliotecas, no enseñaban a nadie y el saber se fue muriendo.

Después de siglos y siglos de oscuridad y tristeza, en algunos lugares, las fantásticas decidieron enterrar sus temores y plantar cara a los que no limpiaban sus casas, a los que no tenían libros, a los que no eran sabios, ni sabían curar enfermedades ni alegrar el alma. Algunas valientes se atrevieron a mostrarse tal y como eran, consiguieron recuperar sus libros de las olvidadas bibliotecas y todos sus tesoros y así fue cómo, por fin, se supo la verdad. Por eso pudimos escribir el cuento que ahora os contamos.

Alba y Maika fueron dos de estas fantásticas. Se querían mucho, así que decidieron construirse una casa para vivir juntas. La casa era perfecta. Era grande, estaba cerca de un bosque y los pájaros alegraban con sus trinos la vida de las dos enamoradas. Ordenaron los libros por colores y limpiaron hasta el último rincón y durante un tiempo fueron muy felices en su nuevo hogar… Hasta que un día, se dieron cuenta de que en su casa no florecían las margaritas.

Empezaron a consultar manuales de magia sin hallar solución al problema hasta que al fin, en un ejemplar de tapas azules y letras doradas llamado “Grimorio de margaritas mágicas”, encontraron la solución.

En aquel libro había complicadas fórmulas para hacer crecer margaritas en los lugares más insospechados y extraños: en el desierto, en la nieve, en cuevas marinas, en la luna… Al fin dieron con la fórmula adecuada y plantaron las flores que, en poco tiempo, empezaron a florecer y a reír… ¿A reír?

Pues sí, habéis leído bien: las margaritas, un buen día, empezaron a reír, porque, sin darse cuenta, Alba y Maika habían añadido más polvo de perla del debido y en lugar de la “fórmula para hacer crecer margaritas en la ciudad”, habían fabricado la “fórmula para hacer crecer margaritas en la ciudad con un niño debajo”. El resultado fue que, al mirar bajo las flores, encontraron a un niño precioso que reía y las miraba feliz, estirando hacia ellas sus rechonchos bracitos. Contentas con el hallazgo, lo tomaron en sus brazos y decidieron quedárselo para siempre y enseñarle toda la sabiduría de sus libros.

Lo llamaron Marc, porque lo habían encontrado bajo las margaritas y también en honor a Marte, el dios de la guerra, para que creciera fuerte y pudiera luchar siempre con valentía contra todos los que no limpiaban sus casas, no tenían libros, no eran sabios y no sabían curar enfermedades ni alegrar el alma.

Y es por eso, que Marc lleva en sí toda la delicadeza de las flores y toda la fuerza de un dios.

FIN

Mar de palabras

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Ilustración: Roger Ycaza

 Para Mar, para que siempre recuerdes que eres pura magia.

Érase una vez que, en un lejano país, un rey y una reina estaban organizando el Gran Baile de las Palabras que cada año se celebraba en aquel reino la noche del 22 de abril. Al baile asistían gentes de los rincones más recónditos de la nación para hacer bailar sus palabras y formar con ellas bellas historias.

Algunos concursantes llegaban unos días antes a la capital del reino para poder intercambiar sustantivos, verbos y pronombres y terminar sus relatos.

También había mercaderes, que vendían extraños términos provenientes de remotos países, atrapados durante largas travesías por selvas y desiertos casi inexplorados. La ciudad se abarrotaba de gente y el aire se llenaba de sones y aromas. Todos esperaban con impaciencia la Gran Jornada del 23 de abril, en la que se premiaba al ganador.

Durante el gran Baile de Gala, se elegía el cuento más bonito y al día siguiente, en la Gran Jornada, el relato era escrito con letras de oro sobre la muralla de piedra que rodeaba la ciudad. Allí, los más famosos cuentacuentos del reino, que habían esperado junto a la muralla durante días enteros para poder tener el mejor sitio, aguardaban impacientes a que los escribas terminasen su delicada labor para ser los primeros en memorizar el texto. Una vez bien aprendido, se marchaban a toda velocidad y lo iban contando de un extremo a otro de la nación durante un año entero. De este modo, nadie se quedaba sin oír el cuento ganador y todos podían aprenderlo. Después, los relatos iban pasando de boca en boca y de generación en generación para que se conservaran para siempre en la memoria de la gente.

Aquel año, en palacio, los preparativos habían comenzado hacía ya un tiempo porque los monarcas nunca habían conseguido ganar el concurso y aquella vez, costara lo que costara, estaban dispuestos a alzarse con el triunfo.

Durante los meses precedentes, habían estado guardando, con mimo y paciencia, dentro de una gran caja de laca roja, las palabras que pensaban utilizar para su relato y, por eso, el contenido de aquella caja era el secreto mejor guardado del reino. Nadie sabía qué palabras contenía, excepto ellos.

La reina Virginia y el rey Alberto, que así se llamaban los monarcas de aquel lejano reino, habían ido guardando dentro de la caja las palabras de amor que se susurraban cada noche al oído para que, llegado el momento, bailaran juntas y formaran la combinación más hermosa escuchada jamás en la tierra.

Por fin llegó el gran día y todos los que habían sido invitados al baile fueron entrando en el gran salón con sus palabras bien guardadas. A medida que les llegaba su turno, subían al escenario y las lanzaban al aire para que bailaran. Una vez finalizada la actuación, regresaban con sus dueños, que las guardaban hasta el año siguiente, aunque muchas aprovecharon y, en lugar de regresar a su encierro, se marcharon volando a través de las ventanas para ir a recorrer mundo. Otras, se quedaron en un rincón muy enfurruñadas, sin bailar en toda la noche, y es que hubo concursantes que, como no consiguieron palabras hermosas, utilizaron algunas de muy desagradables que se negaron a danzar.

El baile tocaba a su fin. Ya solo faltaba la gran actuación de los reyes y fue entonces, en aquella mágica noche del 22 de abril, cuando ocurrió algo tan extraordinario, que todavía hoy se recuerda en aquel lejano reino.

La reina Virginia, con su precioso vestido blanco, y el príncipe Alberto con su oscuro traje de gala, subieron al escenario, abrieron la gran caja de laca roja para que sus palabras salieran y bailaran pero, por extraño que parezca, en lugar de salir palabras, del interior de la caja, ¡oh, maravilla!, salió una preciosa niña. Todos miraron asombrados, ¿qué era lo que estaba ocurriendo?, ¿adónde habían ido a parar las palabras?, ¿quién era aquella preciosa criaturita?

Para el que quiera saberlo, lo que ocurrió fue que durante los largos meses en los que los reyes habían ido atesorando sus palabras de amor dentro de la caja de laca roja, sin ellos ni siquiera sospecharlo, aquellas palabras se habían ido fundiendo las unas con las otras y habían insuflado su aliento al cuento más precioso que jamás nadie hubiera podido soñar jamás. Un cuento vivo, surgido de aquel mar de palabras.

Y fue, por eso, que los reyes decidieron llamar a su preciosa creación «Mar», para que a pesar del paso del tiempo nunca olvidara su origen. Para que, cuando mirara el mar, siempre recordara que ella era un maravilloso cuento de amor, tejido con las palabras más hermosas, que en aquella mágica noche de abril había cobrado vida.

FIN

Una orquesta bestial

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Ilustración: Sandra Agudo

 

Desde antes de amanecer, Paolo, el pavo, estaba ensayando en su piano una canción muy especial que quería dedicar a Gala, la granjera de la granja en la que vivía. Gala cumplía siete años al día siguiente y ¡siete años no se cumplen todos los días!

Muy de mañana, se había dirigido al río empujando su piano y se había puesto a ensayar:

—Ding, ding, ding, ding, dooooong… Esta última nota no acaba de salir bien —titó Paolo.

Ya empezaba a asomar el sol, cuando pasó cerca del río Gisela, la gallina, que le preguntó a Paolo qué hacía allí:

—Mañana es el cumpleaños de Gala y quiero componer una canción muy especial para regalársela —contestó Paolo.

—¡Qué idea tan genial! —cacareó Gisela— ¡Voy a buscar mi gaita y te ayudaré!

Al cabo de un momento, llegó Gisela con su gaita y los dos empezaron a tocar:

—Ding, ding, ding, ding, dooooong.

—Titititit, titititi, titittooooooo.

La última nota no acababa de salir bien, pero ellos seguían insistiendo.

Celedonio, el cerdo, que era un poco tímido, hacía un rato que escuchaba detrás de una azalea:

—Quizá, si os ayudo con mi clarinete…—gruñó muy bajito.

—¡Estupendo! —dijeron a coro Paolo y Gisela.

Y los tres empezaron a hacer sonar sus instrumentos:

—Ding, ding, ding, ding, dooooong.

—Titititit, titititi, titittooooooo.

—Tarará, tarará, tararirooooooo.

—¿Pero se puede saber qué es este alboroto? —mugió Vidina, la vaca—. Si no sois capaces de componer una canción, es que sois unos músicos de pacotilla ¡Escuchad mi violín y aprended de mí!

Y empezó a tocar junto a Paolo, Gisela y Celedonio:

—Ding, ding, ding, ding, dooooong.

—Titititit, titititi, titittooooooo.

—Tarará, tarará, tararirooooooo.

—Binnz, binz, bonzzzzzzzzz.

En el río, los peces empezaron a alborotarse y Pantaleón, un anciano pirarucú, y Paulina, una perca muy presumida que siempre llevaba la aleta muy bien peinada, se unieron al grupo de músicos con sus panderetas:

—Ding, ding, ding, ding, dooooong.

—Titititit, titititi, titittooooooo.

—Tarará, tarará, tararirooooooo.

—Binnz, binz, bonzzzzzzzzz.

—Pam, pam, pooommm.

El sol ya estaba muy alto, cuando el resto de los animales de la granja, atraídos por la música, empezaron a llegar con sus instrumentos: Olivia, la oveja, con su oboe; Belinda, la burra, con su batería; y hasta se les sumo Ginés, el gato de Gala, con su guitarra:

—Ding, ding, ding, ding, dooooong.

—Titititit, titititi, titittooooooo.

—Tarará, tarará, tararirooooooo.

—Binnz, binz, bonzzzzzzzzz.

—Pam, pam, pooommm.

—Fiuuuuu, fiuuuuu, foooo.

—Chan, chan, chonnn.

—Rang, rang, rong.

No había forma. Algo fallaba. La última nota seguía saliendo muy mal y nadie sabía porqué:

—Es culpa de Olivia, que no entra a tiempo —maullaba Ginés.

—Es culpa de Vidina, que desentona —rebuznaba Belinda.

—Es culpa de Pantaleón y Paulina, que hacen demasiado ruido —graznaba Paolo.

—¡¡Basta!! ¡¡Silencio!! —ululó Lucía, la lechuza, que desde el principio lo había observado todo desde lo alto de una higuera— El problema es que no hay un director. ¡Necesitáis que alguien dirija vuestra orquesta!

Los animales se quedaron pensativos, ¿quién podía dirigirlos? Después de discutir largamente, decidieron que le propondrían a Dámaso, el gran danés que vigilaba la granja, que fuera el director de la orquesta y Paloma y Paula, dos palomas que estaban entre el público, se fueron volando a buscarlo. No tardó mucho Dámaso en llegar con su batuta, un palito de cedro perfumado y, después de dar unos cuantos ladridos para organizar a los músicos, empezó el concierto:

—Ding, ding, ding, ding —sonaba el piano de Paolo, el pavo.

—Titititit, titititi, titittiiiiii —sonaba la gaita de Gisela, la gallina.

—Tarará, tarará, tarará —sonaba el clarinete de Celedonio, el cerdo.

—Binnz, binz, binz —sonaba el violín de Vidina, la vaca.

—Pam, pam, pam  —sonaban las panderetas de Pantaleón, el pirarucú, y Paulina, la perca.

—Fiuuuuu, fiuuuuu, fiuuuuu —sonaba el oboe de Olivia, la oveja.

-Chan, chan, chan – sonaba la batería de Belinda, la burra.

—Rang, rang, rang —sonaba la guitarra de Ginés, el gato.

Todos juntos, formaban una orquesta bestial y, a la mañana siguiente, Gala tuvo el mejor cumpleaños de toda su vida.

FIN

Mi abuela es única

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Ilustración: Lirael42

Todo el mundo tiene abuelas, aunque algunos ya ni se acuerdan, porque ha pasado el tiempo y ellos mismos se han convertido en abuelos.

La mayoría de gente tiene dos, que es lo más común: la abuela materna, que es la madre de la madre; y la abuela paterna, que es la madre del padre.

Hay quien tiene solo una, pero que vale por siete.

También, aunque más raramente, hay casos como el de Ramón, que tenía una docena de abuelas porque su abuelo materno era mormón.

De abuelas hay de muchas formas, clases, alturas, tamaños pesos y colores. Por eso es fácil diferenciarlas. Algo muy útil, porque si no uno andaría todo el día confundiéndose de abuela y sería un verdadero engorro.

Por ejemplo, si uno se confunde de abuela, la merienda cambia, porque hay abuelas que cuando te van a buscar al colegio te llevan bocadillos de queso y otras, en cambio, te dan para merendar pan con chocolate.

Otro problema que hay es, que si te confundes de abuela, tampoco juegas a lo mismo. Hay abuelas a las que les encanta contar cuentos y disfrazarse de pirata, de lobo o de princesa. Otras prefieren hacer punto de cruz o colchas de ganchillo mientras cantan canciones de cuna. Y también las hay a las que les gusta hacer volar cometas, aunque de este tipo no hay en todo el mundo, porque las cometas, como se sabe, solo vuelan si hay corrientes de aire y en los lugares donde no sopla el viento, estas abuelas son muy escasas. Cuando las abuelas que vuelan cometas no pueden hacerlas volar, se dedican a la cría de saltamontes. Las abuelas que crían saltamontes son una verdadera rareza. Si tienes una abuela de este tipo, puedes presentarla a un concurso de abuelas porque casi seguro que ganará.

A las abuelas también se las puede diferenciar por su olor.

Las hay que huelen a durazno, que es lo mismo que oler a melocotón. Otras huelen a colonia o a jabón. Algunas, según el día, huelen diferente; hay días que huelen a canela y otros a vainilla o a limón. Las que casi todo el mundo adora son las que huelen a tostadas con mantequilla.

También las que hay que huelen a campo, sobre todo si son pastoras de cabras y andan todo el día por el monte. Estas suelen ser abuelas de verano, a las que ves solo cuando te dan vacaciones en la escuela y viajas al pueblo para pasar allí unos días.

Hay noticia de una abuela que no olía absolutamente a nada, pero todavía no se ha podido comprobar si es cierto, porque un día se perdió y los sabuesos que la buscan siguen sin encontrar su rastro.

Las abuelas suelen ser blandas y por eso los nietos, cuando son pequeños, duermen tan plácidamente en sus brazos. Los bebés creen que están hechas de nubes y, al cerrar los ojos, sueñan que vuelan sobre ellas y sonríen.

El carácter de las abuelas también varía. Las hay dulces y las hay adustas. Alegres y más bien tristes. Besuconas y ariscas. Serias y un poco locas. Las hay que se ríen por todo y las hay que no se ríen por nada. Algunas, cuando vas a visitarlas, dejan que te subas a la lámpara y otras no te dejan casi ni pestañear.

Una vez, se dio el caso de una abuela que era de carácter cambiante: por la mañana era dulce; al mediodía, insulsa y por la noche, agria. Según cuentan, un eminente médico consiguió, después de meses de arduo estudio y aplicando un nuevo tratamiento altamente complicado y secreto, mezclar sus caracteres y ahora es una abuela agridulce. Tiene un sabor tan logrado, que la han contratado en un restaurante chino para aderezar los platos de pollo.

Las abuelas más típicas llevan moño gris y bastón, porque ya son viejecitas. Pero también las hay de muy jóvenes. Esas se visten con colores brillantes. Entre los zíngaros son habituales los casos de abuelas jóvenes con vestidos alegres. El más famoso es el de la abuela Iris, que tuvo a su primer nieto con 23 años, cuatro meses y dos días y en su armario guardaba 365 vestidos. Uno para cada día del año. Solo repetía vestido los años bisiestos; el 29 de febrero se ponía el mismo traje que había llevado el 28. Los que se iban rompiendo los usaba para reparar la carpa del circo en el que trabajaba adiestrando tardígrados, a los que entrenaba a diario para que aprendieran a bailar claqué con sus ocho patas a la vez.

A veces, las abuelas se estropean. Se ponen enfermitas y entonces tenemos que cuidarlas e ir a visitarlas, porque se alegran mucho cuando nos ven y se curan antes. En estos casos, debemos tener mucho cuidado y estar alerta al coger el metro o el autobús si vamos solos a su casa. Hay lobos sueltos que se disfrazan de personas y nos pueden hacer daño. Recordad el caso de Caperucita y su abuela.

A las abuelas debemos cuidarlas, porque cada abuela es especialista en una cosa y esa cosa la hace mejor que nadie. Por eso, se dice: el caldo de mi abuela…, los cuentos de mi abuela.., los jerséis de mi abuela… y cosas parecidas. Las abuelas pasan a la historia por esa cosa especial que las caracteriza y que las hace diferentes a cualquier otra abuela del mundo, y cuando ya no están para hacerlo, las añoramos mucho.

Ramona, Manuela, Mari o Teresa. Rosa, Angelita, o Isabel. Amparo, Antonia o Asunción. Juani, Juli, Marga, Mercedes o Luisa. Emma, Carmen, Cristina, Montse o Tomasa… No importa su nombre, porque es la abuela, la yaya, la nana, la abuelita, la nonna, la abue, la yayi, la güeli, la abu, la yayita… Todas son abuelas, pero todas son distintas.

Y tu abuela, ¿por qué es única?

FIN

Guillermina, la gallina voladora

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Ilustración: Peaje23

Esta es la fantástica, inigualable e increíble historia de Guillermina, la gallina voladora, que un día…

¿Cómo?, ¿qué las gallinas solo ponen huevos?, ¿que las gallinas no vuelan? ¿Quién ha dicho que no? Guillermina, sí. Guillermina voló.

Guillermina siempre andaba mirando al cielo. Desde pequeña había querido volar pero, como todo el mundo sabe, aunque las gallinas son aves, no pueden alzar el vuelo. A lo sumo, si se lanzan desde un lugar elevado moviendo las alas, caen sobre el suelo sin hacerse daño, aunque, la verdad, sin mucha gracia. Y esto era lo que hacía Guillermina.

Todas las mañanas, para bajar al suelo desde lo alto del palo del gallinero, agitaba fuertemente sus alas para conseguir volar un poco más lejos cada día, pero nunca lo lograba. Lo único que conseguía era rebotar un par de veces sobre la barriga antes de aterrizar, perder media docena de plumas por el camino y acabar frenando con el pico para no chocar contra la pared. Esto provocaba las burlas de todos los que andaban cerca.

Matilde y Magdalena, sus compañeras de palo, la señalaban con las alas y cacareaban a coro:

—Coc, coc. ¡No puedes volar! ¡Eres una gallina! ¡Eres una gallina! ¡Las gallinas no vuelan! ¡Las gallinas ponen huevos!

Macario, el cerdo, enroscando y desenroscando su rabito rosado, gruñía:

—Oink, oink. ¡No puedes volar! ¡Eres una gallina! ¡Eres una gallina! ¡Las gallinas no vuelan! ¡Las gallinas ponen huevos!

Marimanteca, la vaca, espantando moscas con sus orejas, mugía:

—Muuuu, muuuu. ¡No puedes volar! ¡Eres una gallina! ¡Eres una gallina! ¡Las gallinas no vuelan! ¡Las gallinas ponen huevos!

Y a pesar de que todo el mundo le repetía lo mismo mil veces para que se convenciera de una vez por todas de que lo que tenía que hacer era poner huevos y olvidar sus clases de vuelo, ella no hacía caso de las burlas y contestaba:

—¡Yo no quiero poner huevos! ¡Yo lo que quiero es volar y algún día lo conseguiré! ¡Ya lo veréis!

Siempre estaba dándole vueltas a la cabeza, pensando en cómo se las podía ingeniar para elevarse del suelo. ¡Nunca se daba por vencida!

Había probado a lanzarse desde lo alto del granero y aprovechar las corrientes de aire del atardecer, pero había acabado cayendo como una piedra, hundiéndose en la paja que Faustino, el granjero, amontaba bajo la ventana.

También había intentado agarrarse a las patas de una cigüeña, que había hecho escala en el tejado de la granja el otoño anterior, cuando iba de camino a África, pero no tenía suficiente fuerza en las alas para sujetarse y se había soltado. Por suerte, había ido a parar al abrevadero de los caballos y, aunque acabó completamente mojada, no se había hecho daño.

El último intento fue con la cometa que Elsa, la hija del granjero, había tirado a la basura, pero se hizo tal lío con el hilo, que tardó tres días en poder desenredarse.

Cada vez que un nuevo intento fracasaba, tenía que oír las burlas de los animales de la granja:

—¡No puedes volar! ¡Eres una gallina! ¡Eres una gallina! ¡Las gallinas ponen huevos! ¡Las gallinas no vuelan! ¡Pon huevos, Guillermina! ¡Pon huevos! ¡Deja de soñar! ¡Las gallinas no vuelan! ¡Pon huevos!

Pero ella seguía insistiendo. Deseaba volar y no se cansaba de pensar en cómo conseguirlo. Y tanto pensó y pensó y tanto se esforzó, que un buen día, las cosas dejaron de ser como eran y Guillermina, después de buscar sin descanso una solución para su problema, finalmente, la halló ante sus ojos.

Ocurrió, que una calurosa tarde de verano, Faustino, el granjero, que era muy aficionado a los aviones de juguete, aparcó su pequeña avioneta plateada y roja junto a la valla del gallinero para ir a buscar limonada fresca y a Guillermina, que andaba picoteando maíz muy cerca de allí, se le ocurrió una brillante idea: ¡pilotaría aquel avión!

Aprovechó que no había nadie cerca para subir al aeroplano y ponerlo en marcha.

La hélice giró. Primero muy despacio y después cada vez más y más deprisa, hasta que empezó a dar vueltas tan rápido que no se veían ni las aspas. Las ruedas empezaron a deslizarse sobre la gravilla y el ruido hizo salir a todos los animales, que exclamaron al unísono:

—¡Guillermina está loca! ¡Guillermina está loca! ¡No puede volar! ¡Es una gallina! ¡Es una gallina! ¡Las gallinas ponen huevos! ¡Las gallinas no vuelan! ¡Guillermina está loca!

No podían creer lo que estaban viendo y gritaban indignados:

—¡Las cosas no son así! ¡Se matará! ¡Las cosas no son así! ¡Las gallinas no vuelan! ¡Las gallinas tienen que poner huevos! ¡Guillermina está loca! ¡Las gallinas no vuelan! ¡No lo conseguirá! ¡Se matará! ¡Las gallinas no vuelan!¡Esta gallina está loca! ¡Las gallinas no vuelan!

Pero el avión ya empezaba a tomar altura y Guillermina era la que lo pilotaba. Guillermina, la valiente gallina que había conseguido lo que parecía imposible, se alejaba volando y, muy pronto, se perdió de vista en el cielo azul de verano.

Han pasado muchísimos años, pero si todavía sigue viva, ahora mismo debe estar volando, con su avioneta plateada y roja, por todos los cielos de este largo y ancho mundo.

FIN

Cuando lloro, llueve

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Ilustración: Travis King

Cuenta una antigua leyenda que las lágrimas que se escapan de nuestros ojos, aunque parece que caen, en realidad, vuelan. Se elevan hacia las nubes y desde allí, en forma de lluvia, regresan a la tierra y nos mojan cada vez que una nube llora sobre nosotros.

Según el motivo de nuestro llanto, las lágrimas son atraídas por uno u otro tipo de nubes. Así, que solo tenemos que estar atentos cuando vemos llover para saber qué lágrimas han provocado la lluvia.

La lluvia que cae después de una sequía está provocada por lágrimas de felicidad. Las que vertemos, sin saber exactamente por qué, cuando nos sentimos muy bien. Las podemos reconocer porque suelen hacer cosquillas en la nariz y nos hacen ver borroso.

Las lágrimas de risa, las que salen mezcladas con carcajadas y hacen que nos sujetemos la barriga para no partirnos por la mitad, provocan las lluvias de verano y suelen llegar acompañadas de un arcoíris multicolor. Duran poco y estallan con fuerza contra el suelo, rompiéndose en miles de gotitas que lo salpican todo y refrescan lo que tocan.

La lluvia que cae con furia, golpeando sobre el tejado o repiqueteando en los cristales, aquella que viaja a lomos de truenos y rayos, está provocada por lágrimas de rabia. Estas lágrimas se reconocen fácilmente, porque hacen mucho ruido. Son las que nos salen cuando estamos muy enfadados. Cuando van acompañadas de muchos gritos, es seguro que estamos fabricando una gran tormenta que durará toda la noche o incluso varios días.

También está la lluvia que cae tan despacito que dirías que flota, la que parece que no moja, pero que acaba empapándonos. Esa, está provocada por las lágrimas de pena o de dolor, aquellas que se nos acumulan en la garganta formando un nudo que parece que quisiera ahogarnos y después resbalan por las mejillas sin que podamos hacer nada por evitarlo.

Y, finalmente, están las lágrimas que no se pueden llorar. Esas son las peores, porque se lloran por dentro y como no pueden volar hacia las nubes, se quedan estancadas dentro de nosotros y son las que forman los desiertos.

De entre todos los desiertos más desiertos de nuestra Tierra, existió uno al que las nubes nunca iban. Un árido desierto en el que el implacable sol quemaba el suelo desnudo con sus inmisericordes rayos y en el que parecía que la vida no hubiera existido jamás. En medio de ese desierto vivía el hombre que no sabía llorar.

Habitaba una casa llena de polvo, con muebles llenos de polvo, comida llena de polvo y días llenos de polvo. Aquel hombre nunca había sido feliz, nunca se había reído, nunca se había enfadado y nunca había estado triste, porque aquel hombre no sentía. Vivía lejos de todo y de todos y nadie, ni siquiera las nubes, había oído hablar de él.

Aquel hombre solo lloraba por dentro y, cuanto más lloraba más grande hacía el desierto que lo rodeaba. Desde que se levantaba hasta que se acostaba, lo único que hacía era barrer y barrer su casa y sacar el polvo a los muebles. No descansaba nunca, porque aún no había terminado de limpiar, cuando ya todo volvía a estar cubierto de polvo y tenía que volver a empezar de nuevo, y como lo que hacía no servía de nada, lloraba y lloraba por dentro y su vida era cada vez más y más inútil y más y más polvorienta.

Un día, al mirar por la ventana, vio que en el patio trasero se había acumulado una gran montaña de arena, así que decidió salir a barrer. Al abrir la puerta, provocó una ráfaga de aire que levantó un remolino de polvo. Un diminuto granito de arena fue a parar dentro de su ojo derecho y, por primera vez en su vida, lloró.

Una solitaria lágrima resbaló por su polvorienta mejilla y voló hacia el cielo formando una nube casi transparente. El hombre se rascó el ojo y al hacerlo, brotó un río de lágrimas que salió volando y fue a reunirse con la primera. Muy pronto se formó una gran tormenta. Las nubes se arremolinaron sobre la casa del hombre que no sabía llorar y empezó a llover y a llover. El agua cayó durante un mes entero y limpió a su paso todo el polvo acumulado durante años. Por primera vez también, el hombre fue feliz, y entonces lloró de felicidad; con su llanto aprendió a sentir; y al sentir, el desierto empezó a florecer a su alrededor.

FIN

La moneda de la felicidad

01_Águeda

Ilustración: Ralf Heynen

Mientras tomaba el desayuno, poco sospechaba Águeda que aquella mañana, al ir al colegio, las cosas no iban a ser como siempre.

Cuando salió de su casa y empezó a andar hacia la escuela, algo llamó su atención: a pocos pasos de donde se encontraba, una moneda dorada relucía sobre la acera.

Se acercó con cautela, miró a derecha e izquierda. Hacia delante y hacia atrás. No había nadie cerca. La moneda parecía no tener dueño. Se agachó, la recogió del suelo y la puso en la palma de su mano para observarla bien.

¡Casi se muere del susto al comprobar que la moneda parecía tener vida y le hablaba!:

—Hola, Águeda, soy la moneda de la felicidad.

—¡Aaaaaaaaaaaaaaah! ¡Pero si hablas! ¿Cómo sabes mi nombre? —le preguntó Águeda a la moneda.

—Porque las monedas de la felicidad somos mágicas.

—¿Y qué tengo que hacer para ser feliz?

—Eso yo no puedo decírtelo, es algo que deberás descubrir tú misma.

Y una vez la moneda hubo dicho esto, se quedó callada y no hubo forma de que respondiera a ninguna de las preguntas que le hizo Águeda.

Justo iba a reemprender el camino hacia la escuela, cuando su madre, que salía de casa camino del trabajo, le dijo sorprendida:

—Águeda, ¡llegarás tarde! ¿Qué haces aquí todavía?

—Mmmmmmmmmmmmm… ¡Se me ha desabrochado el zapato, mamá!, pero ya me marcho —mintió Águeda, por miedo a que le quitara la moneda dorada.

Tan pronto la mentira salió de su boca, Águeda se sintió muy triste por haber engañado a su madre.

Reemprendió el camino hacia la escuela cerrando bien la mano en la que llevaba su preciado tesoro y pensando en cómo podría conseguir la felicidad.

“Si la moneda es de oro –se decía- puedo venderla y obtener mucho dinero a cambio. Con todo lo que consiga, me compraré lo que quiera y seré feliz. Aunque tal vez sea mejor que la guarde, porque si es mágica seguro que se multiplica y, entonces, en lugar de una moneda tendré un gran tesoro y podré comprar más cosas. ¡Compraré todo lo que se me antoje! ¡Y seré la más feliz del mundo!…”

Y pensando, pensando, llegó al colegio muy preocupada, porque no sabía qué hacer con la moneda de la felicidad y porque tenía mucho miedo de perderla o de que se la robaran.

En la escuela, le contó su secreto a su mejor amiga, Laurita, que le dijo:

—¡Déjame ver la moneda!

-¡Mira!

—¡Qué bonita!, ¿me la dejas un rato?

—¡No! ¡Ni pensarlo! ¡Esta moneda es solo mía!

Laurita, muy ofendida, ya no quiso ser amiga de Águeda, así que Águeda se quedó sola y aún más triste que cuando le había mentido a su madre.

Durante la clase no hizo más que mirar la moneda a hurtadillas, así que no aprendió nada y la profesora la riñó. Su tristeza aumentó más si cabe, porque Águeda era muy buena estudiante y solía sacar muy buenas notas.

Después de la escuela, cuando regresaba a su casa cabizbaja y abatida por todo lo que le había ocurrido aquel día, vio a un músico callejero que con los ojos cerrados y una gran sonrisa estaba tocando su viejo violín. Se acercó y se puso a escuchar la dulce melodía. Tan preciosa era la música que Águeda, al oírla, se sintió de repente transportada a otro mundo. Cuando el músico terminó de tocar, pasó su sombrero entre los espectadores y como Águeda no llevaba nada más que su moneda dorada, decidió regalársela al músico.

Justo en el momento en el que la moneda caía en la gorra gris, Águeda sintió que la dicha más completa la embargaba y se sintió alegre; tan alegre como nunca antes se había sentido y, de pronto, comprendió que la verdadera felicidad es tan sencilla, simple y pequeña que no hace falta una moneda dorada para conseguirla.

FIN