Cuento de Martes de cuento

Un negocio redondo

En el País de Listalante, donde todo el mundo es muy listo, vivieron, en inmemoriales tiempos, dos amigos.

Desde muy pequeños, Canuto y Torcuato, que así se llamaban, fueron inseparables. Como lo suyo no era construir suntuosos castillos, ni escribir imperecederas obras literarias, ni componer conmovedoras óperas, ni embelesar con apasionados discursos, que era a lo que se dedicaban los habitantes de Listalante, decidieron ponerse a trabajar en aquello que les gustaba de verdad: Torcuato de zapatero y Canuto de basurero.

Ambos eran muy felices, porque amaban su trabajo y disfrutaban haciéndolo, pero la gente de Listalante los despreciaba, porque consideraba que su labor era servil y carecía de importancia.

Tanto oyeron Canuto y Torcuato que eran tontos, que su trabajo era inútil y que no servían para llevar a cabo grandes empresas, que acabaron por creerlo. Así que, un día, decidieron cambiar de vida para conseguir fama y dinero y, de ese modo, ser aceptados por sus vecinos de Listalante.

Los dos amigos, dando un paseo por el bosque cercano al pueblo, empezaron a cavilar sobre el modo de ganarse la vida en el futuro.

Ya habían desechado bastantes ideas, cuando Torcuato exclamó:

—¡Canuto, ya lo tengo! ¡¿Por qué no nos dedicamos a los negocios?!

—¡Genial idea, Torcuato!… Pero, el caso es que casi no tenemos dinero.

—No hace falta mucho dinero. Lo único que tenemos que hacer es juntar las monedas que hemos ahorrado y comprar naranjas con ellas. Luego las venderemos, ganaremos mucho dinero y reinvertiremos las ganancias en más naranjas. Y así, hasta conseguir tener un negocio próspero.

—¡Excelente proposición, amigo mío!

Y así lo hicieron. Reunieron todo el capital que habían obtenido con su trabajo y emprendieron el largo viaje hacia la vecina localidad de Naranjales. Una vez allí, con las treinta y una monedas que habían conseguido reunir, le compraron a un agricultor una cesta con treinta naranjas, a moneda la naranja, y aún les sobró una moneda.

Para no cansarse con el peso, acordaron que cada uno llevaría la cesta durante media hora y, animosos, emprendieron la marcha.

Después de dos horas de caminar sin ver a nadie, Torcuato le dijo a Canuto, que era el que en ese momento llevaba la cesta:

—Canuto, tengo mucha sed. Como llevo la moneda que nos ha sobrado en el bolsillo, ¿qué te parece si me vendes una naranja? Después de todo, a ti te da lo mismo venderla a un extraño que vendérmela a mí, ¿no?

Canuto, después de meditarlo, no vio inconveniente, así que le vendió a Torcuato la naranja y se puso la moneda en el bolsillo.

Pasada media hora, le tocó a Torcuato llevar la cesta y entonces fue Canuto el que dijo:

—Pues yo también tengo sed, así que ahora véndeme tú a mí una naranja y yo te doy la moneda.

Torcuato le vendió la naranja a Canuto y se guardó la moneda en el bolsillo.

Pasaron las horas y la moneda fue pasando de uno a otro bolsillo, hasta que las naranjas se terminaron. Entonces Canuto exclamó:

—¡Oye, Torcuato!, ¡que nos hemos quedado sin género!

—¡Claro! Lo hemos vendido todo.

—Pues yo solo tengo una moneda.

—¡Imposible! Había treinta naranjas, a moneda la naranja… son treinta monedas, más la moneda que nos sobraba… en total treinta y una monedas.

Por más vueltas que le dieron, por más que contaron, sumaron, restaron, multiplicaron y dividieron solo apareció una moneda.

Decepcionados, arruinados y muy tristes, por la poca pericia que ambos tenían para los negocios, decidieron regresar a su país y aceptar que habían fracasado.

Cuál no sería su sorpresa cuando, al llegar allí, se encontraron con un desolador espectáculo. Durante su ausencia, montañas de basura se habían acumulado por doquier, y un olor nauseabundo flotaba en el aire. La gente, lamentándose, andaba descalza entre la suciedad, porque sus zapatos se habían roto hacía tiempo y no había nadie que los arreglara.

Cuando los vieron llegar, los habitantes de Listalante, los aclamaron como a héroes. Entre abrazos y vítores, los llevaron a hombros por toda la población mientras coreaban sus nombres.

Y es que, durante la ausencia de los dos amigos, los habitantes del pueblo habían comprendido que, para que el país funcionara, no solo eran necesarios los grandes artistas y científicos; también eran necesarios los buenos artesanos.

Desde aquel día, Canuto y Torcuato volvieron a dedicarse a lo que de verdad les gustaba y fueron muy felices haciendo aquello que sabían hacer tan bien.

FIN

¿Quién pinta el mundo?

Ilustración: Deevad

 Este cuento lo dedicamos a todos nuestros amigos ilustradores, pintores, dibujantes, diseñadores… que llenan nuestros cuentos y nuestra vida de color.  ¡Gracias por vuestras creaciones!

 

En el principio, cuando los antiguos dioses empezaron a inventarse la Tierra, y el mundo era oscuro y sin colores, he aquí que cuatro divinidades hermanas, hijas del Tiempo, llamadas Primavera, Verano, Otoño e Invierno, pensaron que sería fantástico dar color a las cosas.

Se pusieron manos a la obra y empezaron, las cuatro a la vez, a pintar todo lo que había a su alrededor, cada cual con su paleta.

Primavera era dulce y tierna y con sus suaves tonos pastel, pintaba florecillas silvestres multicolor aquí y allá, esparcidas en las verdes praderas y pajaritos rojos, lila y amarillos que piaban sobre perezosos árboles cargados de fruta. Cuando Primavera andaba, esparcía en el aire un dulce perfume a vainilla y con sus movimientos pausados, era como si flotara sobre las aguas.

Verano tenía un carácter alegre y ruidoso y enseguida hacía un montón de amigos. En su paleta abundaban los colores ardientes e intensos y tan pronto usaba el amarillo chillón para pintar la arena y el sol, como el azul claro y límpido para los cielos diurnos. Al moverse, desprendía olor a agua fresca, y era como si tras de sí arrastrará todos los mares, los ríos y las fuentes de la Tierra.

Otoño era, de las cuatro divinidades, la más melancólica, así que le encantaba poner un aire tristón a todo lo que pintaba. En su paleta solo había colores ocre, castaños y rojizos y para acordarse de que debía estar siempre triste, prendía entre su pelo las hojas que arrancaba de los árboles. Por eso, al caminar, desprendía un tenue olorcillo a moho que no era en absoluto desagradable. Su mejor amigo era el viento, que siempre remolineaba a su lado.

Invierno era taciturno y fue el único de los cuatro que no estuvo de acuerdo en que un mundo de colores sería mejor. Él prefería el blanco y el negro y esos eran los colores que ponía en su paleta. Aquellos que lo rodeaban, decían de él que era antipático y frío, pero los que se preocupaban por conocerlo a fondo, descubrían que podía ser fantástico. A él no le gustaba demasiado moverse, así que solía sentarse en un rincón, muy quieto, y observaba lo que hacían sus hermanos. Si en su quietud alguien lo molestaba en exceso, gritaba y se enfurruñaba y de su boca saltaban blancas gotitas de helada saliva que se esparcían por doquier, salpicándolo todo. A causa de su agrio carácter, no tenía muchas amistades.

Pasó el tiempo, y la convivencia entre los hermanos se fue haciendo cada vez más difícil. Llegaba Primavera y pintaba tiernas hojitas verdes sobre un árbol, cuando a Verano ya le faltaba tiempo para pintar abejas cerca, «Para dar más color y alegría» —decía riendo—. Invierno, molesto con el zumbido de las abejas y con las risas, pegaba uno de sus gritos y todo quedaba blanco. A Otoño, sobresaltado, le faltaba tiempo para arrancar las hojas del árbol y prenderlas en su pelo.

Continuamente ocurría lo mismo.

Los animales y las plantas empezaron a murmurar y a quejarse de los cuatro hermanos. Era realmente incómodo tener que ir cambiando de ropa varias veces al día y preocuparse por lo que comerían o por lo que vestirían.

Los osos polares amanecían en un paisaje helado pintado por Invierno, a media mañana comían la miel que había esparcido Primavera, por la tarde los calentaba un sol de justicia pintado por Verano y por la noche, el viento que iba de la mano de Otoño, enredaba el pelo de sus abrigos blancos.

Las manzanas no sabían si ponerse la piel verde, roja o amarilla así que los manzanos optaron por especializarse, hablaron entre ellos y cada uno eligió un color y un nombre.

La situación empeoraba. La Tierra empezaba a estar ya harta de que sus colores combinaran tan mal y de no saber qué ropa ponerse, por lo que decidió convocar una reunión urgente, a la que asistieron los cuatro hermanos.

Las conversaciones duraron doce largos meses pero, ¡por fin!, después de tensas negociaciones, y algún que otro grito de Invierno, llegaron a un acuerdo: se separarían e irían a vivir a lugares distintos y cada tres meses se trasladarían para poder ir a visitar a los amigos que tenían en todos los lugares del planeta.

Allí donde estuvieran, vivirían solos y durante un trimestre serían los únicos encargados de pintar el mundo.

Invierno, a causa de su carácter adusto, consiguió que le asignaran una vivienda permanente tanto en el Polo Sur como en el Polo Norte y Verano, que tenía muchísimos amigos a los que no podía estar mucho tiempo sin ver, consiguió también casa en el ecuador terrestre y un par de apartamentos en desiertos y playas.

Desde entonces, las estaciones se suceden ordenadamente y solo coinciden con sus hermanos durante unos días, cuando recogen sus pinturas y hacen las maletas para irse a otro lugar.

La Tierra ha conseguido combinar perfectamente su vestuario según el hermano que la pinta y animales y plantas han regularizado sus ciclos.

Con su acuerdo, consiguieron dar al mundo colores tan preciosos que los artistas más afamados de todos los tiempos, antes de pintar, consultan con ellos para conseguir plasmarlos exactamente igual en sus obras.

Si miras las ilustraciones de «Martes de cuento», verás como muchos lo han conseguido…

FIN

Tres tristes tortugas

Tortuga__by_faboarts

Ilustración: faboarts

Por si no lo sabías, las tortugas viven doscientos años y aunque parezca una eternidad, eso no es vivir para siempre, porque un día mueren.

Todos los seres de la tierra que respiramos llega un día en el que gastamos toda la vida que trajimos al nacer y entonces desaparecemos.

Es como si en nuestro interior, una pila repleta de energía, como la que les ponemos a los muñecos para que funcionen, se terminara. Cuando ocurre eso, tanto los muñecos como nosotros nos quedamos inmóviles. La diferencia es que a los muñecos les podemos cambiar la pila para que sigan funcionando, pero a los seres vivos no, porque no existe pila de recambio. Así que cuando la pila se agota, desaparecemos.

Sí, incluso las tortugas. Sí, incluso nosotros. Yo, que te cuento este cuento desapareceré. Y tú, que me estás escuchando, también. Todos. Absolutamente todos, sin excepción, morimos.

Morir es una palabra que a mucha gente no le gusta y por eso evita pronunciarla. Aunque en realidad, nadie sabe a ciencia cierta qué significa.

Morirse no es como ir a la Luna o a la selva, que aunque están muy lejos hay quien ha vuelto para contar lo que allí ha visto. No, los que se mueren no regresan, así que nadie sabe adónde van. Y es aquí donde empieza este gran misterio sin solución que tres tristes tortugas intentaron una vez resolver.

Estas tres tortugas eran miembros de una misma familia: padre, madre e hija. Vivían felices y contentas en la ladera de una montaña que siempre estaba verde y sus días trascurrían en apacible armonía. Se levantaban muy temprano y salían juntas en busca de las hojas más jugosas para desayunar, que tiernas y apetitosas, todavía húmedas de rocío, encontraban en los pastizales.

Cada martes, sin excepción, después de tomar su desayuno, cruzaban en fila india el pequeño arroyo que había detrás de su casa. Atravesaban la corriente por un camino hecho con piedras que conducía a la otra orilla y, desde allí, se dirigían hacia un bosquecillo cercano en el que vivían los abuelos tortuga.

Las tres tortugas pasaban el día contando a los abuelos todo lo que habían hecho durante la semana, tomaban el sol y mascaban las amapolas que la abuela había preparado, con esmero, especialmente para ellos.

Cuando el sol estaba a punto de ponerse, emprendían el camino de regreso para no atravesar el río de noche. El abuelo siempre les decía que era muy peligroso y cada martes les repetía la misma historia, la de aquella tortuga temeraria que fue arrastrada por las aguas.

Transcurrió mucho tiempo sin que nada alterara la plácida vida de las tortugas, hasta que un martes, al llegar a casa de los abuelos, las amapolas de la abuela no los estaban esperando y tampoco oyeron los consejos del abuelo.

Puedes leer el resto del cuento en nuestro libro.
Adquiérelo en la tienda de Isla Imaginada.

 

FIN

Los tesoros del abuelo

AVÓ_dani padron

Ilustración: Dani Padrón

El abuelo tiene poco pelo blanco y lleva gafas. Lo que más me gusta de él es su sonrisa. Cuando me mira, de sus ojos saltan chispitas. Luego se ríe a carcajadas y yo me río con él. Los demás no saben de qué nos reímos, pero también se ríen. La risa del abuelo es contagiosa.

Me gusta que me coja en brazos y me dé besos.

Cuando viene a buscarme al cole siempre llega temprano, para ser el primero. Después, nos vamos a jugar al parque o me lleva a casa.

Merendamos juntos. Al abuelo también le gusta el chocolate y, cuando llega el verano, nos tomamos un helado muy grande, sentados en un banco, a la sombra del álamo que hay al final de la calle Mayor.

Me encanta ir a casa del abuelo, porque su casa está llena de tesoros.

El abuelo tiene una caja de laca roja con flores pintadas encima y al abrir la tapa suena música y un bailarín y una bailarina dan vueltas sin parar sobre un espejo. Le pido al abuelo que me siente sobre sus rodillas y juntos miramos a los bailarines sin decir nada, hasta que se termina la cuerda y se acaba el baile. Ella lleva un vestido muy cortito de tul blanco y una flor en el pelo y él un frac y un sombrero de copa muy alto.

El abuelo tiene una gran biblioteca llena de libros y, en un rincón, hay un estante para mí. Allí ordeno los cuentos que él me regala.

Mi abuelo siempre lee en su sillón rojo y yo me pongo a su lado y le pido que me cuente alguna historia de piratas, de dragones o de brujas.

Cerca del sillón rojo está su viejo escritorio de madera. En él, el abuelo guarda muchas cosas. A veces, el abuelo me dice:

—¡Ven! ¡Vamos a buscar tesoros!

Entonces abrimos los cajones y encontramos cosas increíbles.

Una goma muy chiquita, que borra los errores que cometemos. Dice el abuelo que no es malo equivocarse, lo malo es no reconocer que nos hemos equivocado, porque entonces no podemos borrar el error y empezar de nuevo. Dice que es como cuando escribimos mal una letra en el cuaderno del colegio, que es mejor arreglarla que dejarla en la libreta sin hacer nada, porque luego, cada vez que la miramos o cada vez que pensamos en ella, nos acordamos de que la hemos hecho mal y eso nos pone de mal humor. El abuelo siempre está de buen humor porque usa mucho su goma de borrar.

También tiene una grapadora para grapar los enfados al papel cuando quieren salir de dentro en forma de gritos y pataletas. El otro día la usé y funciona muy bien. Me enfadé con papá y con mamá porque no me dejaron ir con ellos al cine y tuve que quedarme a dormir en casa de los abuelos y como no paraba de quejarme y de llorar, el abuelo me enseñó a usarla. Fuimos escribiendo en papeles de colores lo que yo sentía y grapando cada papel sobre una hoja grande con la grapadora de los enfados. Mientras, él me contaba que todo lo malo que sentimos es mejor graparlo, porque si anda suelto puede hacernos daño a nosotros o a los que están cerca. En cambio, si está bien sujeto, como no se puede mover, acaba por cansarse y desaparece. Al terminar, la hoja de papel estaba llena de cosas malas grapadas y yo ya me sentía mucho mejor.

Uno de los tesoros que más me gusta es su pluma de color verde y dorado que se carga con la tinta de los sentimientos. Es una tinta que parece normal, pero no lo es. Se tiene que preparar, antes de usarse. Con mucho cuidado, para no mancharte, se abre la tapa negra del tintero de cristal y, sin que nadie lo oiga, se le dicen a la tinta los secretos. Cuando ya lo has dicho todo, solo tienes que cargar la pluma con la tinta de los sentimientos y escribir, porque la tinta se encarga de decir todo lo que tú no te atreves.

En cada cajón, el abuelo guarda un tesoro, aunque mi tesoro preferido no está ahí. El tesoro que más me gusta lo tiene colgado del cielo. Si salimos al balcón de noche lo podemos ver. Hay que mirar hacia arriba, a la derecha, justo sobre el campanario, para poder contemplar su tesoro más valioso. Allí, en lo más alto, está el rincón de cielo donde guarda sus estrellas.

Dice el abuelo que solo los que guardan estrellas son felices. Por eso el abuelo me ha enseñado a guardarlas. Es muy fácil. Solo tienes que mirar al cielo y elegir un rincón, siempre el mismo, y empezar a contar… una, dos, tres, cuatro…  Cada estrella que guardas en ese rincón es una cosa que te gusta, una persona a la que quieres, un lugar al que quieres volver, un día especial, un deseo por cumplir… Cuantas más estrellas guardas, más valioso es tu tesoro. Porque dice el abuelo que los tesoros auténticos, los que de verdad importan y tenemos que guardar, son las cosas que no podemos tocar con las manos.

Después, cuando te sientes solo o estás triste, lo único que tienes que hacer es buscar tu tesoro en tu rincón de cielo y al contar las estrellas vuelves a sentirte feliz.

Por eso, lo mejor es hacer como el abuelo y como yo y elegir el rincón de cielo más estrellado.

FIN

Mo y las palabras olvidadas

01

Ilustración: Louis du Mont

No sé si ocurrió o si aún tiene que ocurrir que, una vez, la gente se dejó de escuchar, se dejó de hablar y, sin apenas darse cuenta de lo que ocurría a su alrededor,  se fueron olvidando de las palabras.

Fue entonces, cuando lo que se decía perdió todo su significado y ya nadie entendía las palabras de los otros.

No se trataba de que no se comprendiera el idioma ¡todo lo contrario!, los humanos habían inventado máquinas que les permitían conocer todas las lenguas del planeta.

Tampoco era que se hubieran quedado sordos. ¡Qué va!, eran capaces de pasarse horas y horas escuchando lo que les interesaba.

No. El problema era que aunque oían las palabras no comprendían su significado, porque eran incapaces de escuchar con atención. La gente solo se escuchaba a sí misma.

Esto, al principio, les pareció muy divertido, porque uno podía soltar lo primero que se le pasaba por la cabeza, cuando quería, donde quería y como quería, porque nadie parecía oír nada. Así, que la gente pronto se convenció de que sus palabras eran las únicas importantes y dejó de oír las de los demás.

A nadie se le ocurrió pensar que no escuchar o no ser escuchado también tenía sus inconvenientes y que, por ejemplo, preguntar ya no iba a servir de nada, porque nadie respondería.

La situación fue empeorando. Daba lo mismo decir «hola» que «adiós»; «ven» que «vete»; «arriba» que «abajo». Las palabras eran inservibles y, como no servían, se iban olvidando y cada vez que una se olvidaba, las personas eran menos personas; porque solo las personas poseen el maravilloso don de comunicarse mediante las palabras.

Pasó el tiempo. Los años se iban sucediendo y la gente seguía naciendo y muriendo, y eso también daba igual, porque «nacer» y «morir» eran simples verbos, vacíos de significado. Pero he aquí que, un buen día, alguien pronunció en voz alta una extraña palabra y todo empezó a cambiar en el mundo. Los hechos ocurrieron en una pequeña biblioteca de una gran ciudad.

Olvidado de todos, oculto en el estante B-781, en el que se acumulaba una gruesa capa de polvo desde que los libros viejos habían dejado de leerse, se escondía el secreto.

Eran, exactamente, las tres y siete minutos de una tarde de primavera cuando, por uno de los grandes ventanales superiores de la biblioteca, se coló una golondrina.

Su aleteo llamó la atención de Mo, la bibliotecaria, que al mirar hacia arriba y verla revolotear, empezó a perseguirla. Fue entonces, mientras corría, sin quitar la vista del impertinente pajarillo, cuando chocó contra el estante B-781, totalmente abarrotado de libros. Con el golpe, uno de los ejemplares cayó al suelo y se escuchó un eco muy lejano. Eran las voces de los sabios del pasado, que estaban encerradas dentro de él y esperaban, desde hacía tiempo, una oportunidad para huir.

Mo, sorprendida al oírlo, miró a derecha e izquierda y, como no vio a nadie, se agachó a recoger el libro, que había quedado abierto en el suelo por la página número 14. En ella, se veía un misterioso dibujo y, junto a él, una extraña palabra.

—¡Qué palabra tan curiosa! ¡Jamás en mi vida había visto algo parecido! ¿Será un idioma desconocido? ¿O tal vez será un conjuro mágico? —se preguntó Mo.

Y, con mucha dificultad, consiguió pronunciarla en voz alta:

—¡Graaa-ciiii-aaaas!

Una señora con un gran moño, que estaba sentada en una mesa cercana enfrascada en la lectura de un complicado manuscrito medieval, levantó los ojos de su libro y, con una sonrisa, respondió a Mo:

—¡De nada!

Mo dio un respingo.

—¡Qué fuerte! ¡Qué fuerte! ¡Qué fuerte! —Pensó— ¡Creo que he encontrado un auténtico libro de magia! ¡La señora del moño ha oído lo que decía y me ha respondido! ¡Es asombroso!

Fue pasando las hojas, mirando fascinada los dibujos de toda aquella gente que sonreía y se hablaba mirándose a los ojos, mientras seguía pronunciando las extrañas fórmulas mágicas que, dentro de una nubecita blanca, les salían a aquellos curiosos personajes de la boca:

—Poooor-faaaa-vorrrr.

—Looo-siennnn-toooo.

—Uuusteeddd priiii-meee-roooo.

—Leeee ceee-doooo miii aaa-sii-entooo.

Con cada nuevo conjuro, como si despertaran de un largo sueño, más y más personas levantaban la vista de sus libros; miraban a Mo a los ojos, y respondían con una gran sonrisa:

—¡Con mucho gusto!

—¡No se preocupe!

—¡Muy amable!

—¡Se lo agradezco!

En menos tiempo del que se tarda en contarlo, la noticia empezó a correr de boca a oído entre los que habían sido tocados por la magia de las palabras olvidadas y fue así, como la gente las recuperó y aprendió de nuevo a pronunciarlas y, al hacerlo, volvieron a escucharse los unos a los otros, a mirarse a los ojos y a sonreírse y, desde entonces, el mundo se convirtió en un lugar un poco más agradable para todos.

FIN

Un nuevo universo

01_patricia_metola_2-150x150

Ilustración: Patricia Metola

Este extraño caso comenzó una mañana en la cocina. Papá ya me había dado los besos del desayuno y cuando se los iba a dar a mamá, me di cuenta de que comía demasiado, porque su barriga se estaba empezando a hinchar como si fuera un globo.

¡Uy! ¡Perdón! Se me ha olvidado presentarme. Me llamo Patricia, mi mamá se llama Laura y mi papá Gabriel. El mes que viene cumplo 6 años, tengo los ojos y el pelo marrones y mis mejores amigos son Carlos, mi vecino de abajo que es un poco más bajito que yo, Elsa, que va a mi clase y pinta muy bien y Muelas, mi hámster, que se pasa el día comiendo pipas, dando vueltas en su rueda azul y mordiendo todo lo que tiene cerca.

Ahora que ya me conocéis, os sigo contando este extraño caso, por si alguna vez os pasa algo parecido.

Pues como os decía, mamá estaba de pie, tomándose sus cereales y papá se acercó para darle los besos del desayuno. Estaba a punto de dárselos, cuando mamá empezó a rascarse la tripa. Justo en ese momento, vi que su barriga no estaba como siempre. Había crecido.

– Mamá, si sigues comiendo tantos cereales no podrás abrocharte los pantalones. Te estás poniendo muy gorda.

– Patricia, cariño, la barriga de mamá no está así por culpa de los cereales. Lo que le ocurre a mamá es que le está creciendo un universo dentro.

Verás, cada persona, al venir al mundo, trae un universo con ella. Dentro de cada uno de nosotros hay estrellas, que podemos hacer brillar para iluminar a los que están cerca y hacerlos felices. También tenemos planetas, en los que podemos ir plantando sabiduría, paciencia, compasión, respeto…y regarlos con mucho amor para que nunca dejen de crecer. Hay en nosotros espacios infinitos, para navegar con nuestra imaginación. Lunas y soles, que brillan en nuestra cara cuando nos ponemos tristes o alegres. Cometas, para agarrarnos a su cola y llegar tan lejos como queramos llegar. Constelaciones, galaxias… ¡Ya ves la de cosas que hay en nosotros! Y para crear todas esas cosas tan maravillosas, se necesita tiempo.

¡Ah!, y, además de todo eso, venimos cargados con polvo de estrellas. Ese polvo estelar que danza en nuestro interior se llama espermatozoides en los hombres y óvulos en las mujeres. Cuando el polvo estelar de un hombre se funde con el polvo estelar de una mujer, hay una explosión y se crea un nuevo universo que va creciendo, poco a poco. Tarda nueve meses en estar completamente listo y a medida que crece, crece la barriga.

–   ¿Y por qué entró ahí adentro?

–  Porque todos los universos empiezan con abrazos. Un hombre y una mujer que se quieren, se abrazan tan fuerte, tan fuerte, tan fuerte y tanto, tanto, tanto que, por un momento, es como si sus cuerpos fueran solo uno y solo tuvieran un corazón latiendo muy deprisa.  En ese abrazo, el pene del hombre entra en la vagina de la mujer y, cuando está dentro, deja escapar polvo de estrellas en forma de esperma. A veces no pasa nada, y el polvo de estrellas del hombre solo hace cosquillas agradables al deshacerse y ya está. Pero otras veces, un poco de ese polvo de estrellas es tan especial, que necesita todavía más abrazos, así que va a un lugar llamado útero, donde vive el polvo de estrellas de la mujer y, cuando llega allí, los dos se abrazan y estallan en luz y de esa luz nace un nuevo universo. Después de unos meses, cuando ese nuevo universo ya está terminado, sale al exterior en forma de bebé.

Mamá, papá, tú, los abuelos, los tíos… todos somos universos nacidos de un abrazo y ahora, en mamá hay otro pequeño universo que, dentro de poco, estará listo para formar parte de nuestra familia.

 

Y así fue como descubrí el misterio que escondía la barriga de mamá y supe que, dentro de poco, tendré a alguien con quién jugar, a quien querer y a quién enseñar a hablar, a comer, a leer y a saltar. ¡Voy a tener un hermanito!

Ahora ya lo sabéis. Si una mañana, mientras tomáis el desayuno, notáis de repente que vuestra mamá tiene más barriga de lo normal, sospechad que no es porque come mucho, sino porque ahí dentro está creciendo un nuevo universo.

FIN

El Gran Libro Rojo del Queso

01_Imagen 3

Ilustración: Yusuke Yonezu

En Roenchistán, el país de los ratones, hay una universidad a la que asisten los roedores más listos del planeta. En ella, dan lecciones eminentes maestros de la nación y del extranjero que enseñan cómo distinguir el olor, el sabor y la textura de todos los quesos que se elaboran en el mundo. Incluso se aprende a diferenciarlos por el ruido que hacen al caer.

Es necesario trabajar mucho y muy duramente para obtener el título de Quesero. Una vez obtenido el diploma, muchos ratones hacen oposiciones para poder entrar a trabajar a las órdenes del Gran Maestro Quesero y, de este modo, intentar conseguir, algún día, leer los secretos del Gran Libro Rojo del Queso en el que está escrita la auténtica y única receta del Queso Sublime, el queso más rico de todo el universo.

La fórmula secreta solo la conoce el Gran Maestro Quesero, que es quien se encarga de prepararla con la ayuda de un equipo de ratones de confianza.

Todo se cuece en la gran cocina, de la que siempre sale un penetrante y exquisito aroma y en la que los ratones se afanan, cada uno con su labor.

La leche llega a través de grandes cañerías, directamente de las ubres de las mejores vacas suizas, escogidas exclusivamente para este menester después de una dura selección.

Las vacas, además de tener un determinado número de manchas negras estratégicamente repartidas por todo el cuerpo, deben saber de memoria las tablas de multiplicar y el nombre de, como mínimo, setenta estrellas. También deben tener muy buena ortografía y una caligrafía impecable; conocer al dedillo en qué época del año florece cada uno de los árboles de Roenchistán y ser diestras en el manejo del teclado del ordenador, ya que no se acepta a las vacas que usan ratón.

La leche que sirve para elaborar el Queso Sublime únicamente puede proceder de estas vacas tan inteligentes, porque si la vaca es tonta, la leche puede agriarse y el queso se echaría a perder irremediablemente, lo que sería un auténtico desastre para los habitantes de Roenchistán.

Una vez que la leche llega a la cocina, cientos de ratones la recogen con cubos de hojalata y, con mucho cuidado, la transportan hacia el centro de la cocina, donde la vierten dentro de una gran olla de cristal para que hierva, a fuego lento, durante dos días enteros.

Pasados los dos días, el Gran Maestro Quesero añade los ingredientes secretos y esta mezcla, una vez bien removida, reposará durante 8 meses, cinco días y diecisiete minutos en una cámara oscura. Transcurrido ese tiempo, el Queso Sublime ya está listo para ser consumido.

Pero antes, ante todos los habitantes de Roenchistán, el Gran Maestro Quesero examina minuciosamente el color y el olor del queso, corta un pequeño pedacito y, en medio del más absoluto silencio, lo deja caer sobre un plato de fina porcelana china, que perteneció al rey Tāng. Si el ruido lo satisface, roe medio gramo de queso.

Todo el mundo aguanta la respiración; si el Gran Maestro Quesero sonríe, los ratones aplauden entusiasmados, esperan el trozo de Queso Sublime que les corresponde y celebran una gran fiesta.

Por el contrario, si el Gran Maestro Quesero se pone muy serio y baja la cabeza, todo el mundo empieza a lamentarse durante tres minutos y medio, pasados los cuales vuelven rápidamente al trabajo para empezar a fabricar otro queso, porque los ratones no se cansan de intentarlo y nunca se dan por vencidos ni se desaniman.

Cada vez que en Roenchistán un Queso Sublime no sale como se esperaba, los ratones se lo regalan a los humanos y es por eso por lo que en el mundo tenemos tantas clases de queso distintas.

FIN

Las dos fantásticas y el niño que nació bajo las margaritas

01_la foto

Ilustración: Margarita Nava

 

Para Marc, para que siempre encuentres margaritas mágicas cerca de ti.

Hace mucho, mucho tiempo el mundo estaba habitado por mujeres muy especiales. Algunos las llamaban hadas; otros, brujas; otros, amazonas o duendes o gnomos… Pero la realidad es que eran solo mujeres, aunque mujeres extraordinarias. Nosotros, simplemente, las llamamos las fantásticas.

Las fantásticas habitaban juntas en los linderos de los bosques, lejos de las ciudades, porque su ciencia consistía en recoger plantas y flores y con ellas hacer pócimas mágicas que curaban enfermedades o alegraban el alma de los que estaban tristes.

Eran mujeres dulces y hermosas, llenas de amor. En sus casas todo estaba en su sitio y todo tenía su lugar. Los muebles y los suelos estaban relucientes, porque a las fantásticas no les gustaba la suciedad y no soportaban que en su casa hubiera polvo. Sus grandes bibliotecas, llenas de extraños ejemplares con fórmulas mágicas y complicados dibujos, seguían el más estricto orden. Los libros, como firmes soldados, bien alineados por colores, por tamaños o por temas guardaban en sus páginas todo el saber del mundo. Las fantásticas siempre sabían dónde estaba cada uno de ellos y de qué hablaba, porque los habían leído un montón de veces; por eso eran tan sabias. En sus jardines, los pájaros cantaban y siempre florecían las margaritas, porque las margaritas crecen cerca de la gente que es especial.

Pero como ocurre muchas veces en este mundo, las personas que son distintas a la mayoría son envidiadas y odiadas. Así, que aquellas mujeres fantásticas fueron acusadas falsamente de los más horrendos crímenes por aquellos que no limpiaban sus casas, por los que no leían libros y por lo que no eran sabios ni sabían curar enfermedades ni alegrar el alma. Gente movida por la codicia que se había propuesto acabar con ellas y apropiarse de todo lo que les pertenecía.

Duramente perseguidas, muchas fueron encerradas en sucias y oscuras prisiones y allí murieron de pena. Otras lograron escapar y se refugiaron en profundas cavernas de las que solo se atrevían a salir de noche, por eso muchos les tenían miedo y así se forjaron las leyendas sobre brujas malvadas.

El tiempo fue pasando. Los libros de las fantásticas, encerrados en polvorientas bibliotecas, no enseñaban a nadie y el saber se fue muriendo.

Después de siglos y siglos de oscuridad y tristeza, en algunos lugares, las fantásticas decidieron enterrar sus temores y plantar cara a los que no limpiaban sus casas, a los que no tenían libros, a los que no eran sabios, ni sabían curar enfermedades ni alegrar el alma. Algunas valientes se atrevieron a mostrarse tal y como eran, consiguieron recuperar sus libros de las olvidadas bibliotecas y todos sus tesoros y así fue cómo, por fin, se supo la verdad. Por eso pudimos escribir el cuento que ahora os contamos.

Alba y Ana fueron dos de estas fantásticas. Se querían mucho, así que decidieron construirse una casa para vivir juntas. La casa era perfecta. Era grande, estaba cerca de un bosque y los pájaros alegraban con sus trinos la vida de las dos enamoradas. Ordenaron los libros por colores y limpiaron hasta el último rincón y durante un tiempo fueron muy felices en su nuevo hogar… Hasta que un día, se dieron cuenta de que en su casa no florecían las margaritas.

Empezaron a consultar manuales de magia sin hallar solución al problema hasta que al fin, en un ejemplar de tapas azules y letras doradas llamado Grimorio de margaritas mágicas, encontraron la solución.

En aquel libro había complicadas fórmulas para hacer crecer margaritas en los lugares más insospechados y extraños: en el desierto, en la nieve, en cuevas marinas, en la luna… Al fin dieron con la fórmula adecuada y plantaron las flores que, en poco tiempo, empezaron a florecer y a reír… ¿A reír?

Pues sí, habéis leído bien: las margaritas, un buen día, empezaron a reír, porque, sin darse cuenta, Alba y Ana habían añadido más polvo de perla del debido y en lugar de la «fórmula para hacer crecer margaritas en la ciudad», habían fabricado la «fórmula para hacer crecer margaritas en la ciudad con un niño debajo». El resultado fue que, al mirar bajo las flores, encontraron a un niño precioso que reía y las miraba feliz, estirando hacia ellas sus rechonchos bracitos. Contentas con el hallazgo, lo tomaron en sus brazos y decidieron quedárselo para siempre y enseñarle toda la sabiduría de sus libros.

Lo llamaron Marc, porque lo habían encontrado bajo las margaritas y también en honor a Marte, el dios de la guerra, para que creciera fuerte y pudiera luchar siempre con valentía contra todos los que no limpiaban sus casas, no tenían libros, no eran sabios y no sabían curar enfermedades ni alegrar el alma.

Y es por eso que Marc lleva en sí toda la delicadeza de las flores y toda la fuerza de un dios.

FIN

Mar de palabras

01_ilustración

Ilustración: Roger Ycaza

 Para Mar, para que siempre recuerdes que eres pura magia.

Érase una vez que, en un lejano país, un rey y una reina estaban organizando el Gran Baile de las Palabras que cada año se celebraba en aquel reino la noche del 22 de abril. Al baile asistían gentes de los rincones más recónditos de la nación para hacer bailar sus palabras y formar con ellas bellas historias.

Algunos concursantes llegaban unos días antes a la capital del reino para poder intercambiar sustantivos, verbos y pronombres y terminar sus relatos.

También había mercaderes, que vendían extraños términos provenientes de remotos países, atrapados durante largas travesías por selvas y desiertos casi inexplorados. La ciudad se abarrotaba de gente y el aire se llenaba de sones y aromas. Todos esperaban con impaciencia la Gran Jornada del 23 de abril, en la que se premiaba al ganador.

Durante el gran Baile de Gala, se elegía el cuento más bonito y al día siguiente, en la Gran Jornada, el relato era escrito con letras de oro sobre la muralla de piedra que rodeaba la ciudad. Allí, los más famosos cuentacuentos del reino, que habían esperado junto a la muralla durante días enteros para poder tener el mejor sitio, aguardaban impacientes a que los escribas terminasen su delicada labor para ser los primeros en memorizar el texto. Una vez bien aprendido, se marchaban a toda velocidad y lo iban contando de un extremo a otro de la nación durante un año entero. De este modo, nadie se quedaba sin oír el cuento ganador y todos podían aprenderlo. Después, los relatos iban pasando de boca en boca y de generación en generación para que se conservaran para siempre en la memoria de la gente.

Aquel año, en palacio, los preparativos habían comenzado hacía ya un tiempo porque los monarcas nunca habían conseguido ganar el concurso y aquella vez, costara lo que costara, estaban dispuestos a alzarse con el triunfo.

Durante los meses precedentes, habían estado guardando, con mimo y paciencia, dentro de una gran caja de laca roja, las palabras que pensaban utilizar para su relato y, por eso, el contenido de aquella caja era el secreto mejor guardado del reino. Nadie sabía qué palabras contenía, excepto ellos.

La reina Virginia y el rey Alberto, que así se llamaban los monarcas de aquel lejano reino, habían ido guardando dentro de la caja las palabras de amor que se susurraban cada noche al oído para que, llegado el momento, bailaran juntas y formaran la combinación más hermosa escuchada jamás en la tierra.

Por fin llegó el gran día y todos los que habían sido invitados al baile fueron entrando en el gran salón con sus palabras bien guardadas. A medida que les llegaba su turno, subían al escenario y las lanzaban al aire para que bailaran. Una vez finalizada la actuación, regresaban con sus dueños, que las guardaban hasta el año siguiente, aunque muchas aprovecharon y, en lugar de regresar a su encierro, se marcharon volando a través de las ventanas para ir a recorrer mundo. Otras, se quedaron en un rincón muy enfurruñadas, sin bailar en toda la noche, y es que hubo concursantes que, como no consiguieron palabras hermosas, utilizaron algunas de muy desagradables que se negaron a danzar.

El baile tocaba a su fin. Ya solo faltaba la gran actuación de los reyes y fue entonces, en aquella mágica noche del 22 de abril, cuando ocurrió algo tan extraordinario, que todavía hoy se recuerda en aquel lejano reino.

La reina Virginia, con su precioso vestido blanco, y el príncipe Alberto con su oscuro traje de gala, subieron al escenario, abrieron la gran caja de laca roja para que sus palabras salieran y bailaran pero, por extraño que parezca, en lugar de salir palabras, del interior de la caja, ¡oh, maravilla!, salió una preciosa niña. Todos miraron asombrados, ¿qué era lo que estaba ocurriendo?, ¿adónde habían ido a parar las palabras?, ¿quién era aquella preciosa criaturita?

Para el que quiera saberlo, lo que ocurrió fue que durante los largos meses en los que los reyes habían ido atesorando sus palabras de amor dentro de la caja de laca roja, sin ellos ni siquiera sospecharlo, aquellas palabras se habían ido fundiendo las unas con las otras y habían insuflado su aliento al cuento más precioso que jamás nadie hubiera podido soñar jamás. Un cuento vivo, surgido de aquel mar de palabras.

Y fue, por eso, que los reyes decidieron llamar a su preciosa creación «Mar», para que a pesar del paso del tiempo nunca olvidara su origen. Para que, cuando mirara el mar, siempre recordara que ella era un maravilloso cuento de amor, tejido con las palabras más hermosas, que en aquella mágica noche de abril había cobrado vida.

FIN

Una orquesta bestial

01_orquesta animales

Ilustración: Sandra Agudo

 

Desde antes de amanecer, Paolo, el pavo, estaba ensayando en su piano una canción muy especial que quería dedicar a Gala, la granjera de la granja en la que vivía. Gala cumplía siete años al día siguiente y ¡siete años no se cumplen todos los días!

Muy de mañana, se había dirigido al río empujando su piano y se había puesto a ensayar:

—Ding, ding, ding, ding, dooooong… Esta última nota no acaba de salir bien —titó Paolo.

Ya empezaba a asomar el sol, cuando pasó cerca del río Gisela, la gallina, que le preguntó a Paolo qué hacía allí:

—Mañana es el cumpleaños de Gala y quiero componer una canción muy especial para regalársela —contestó Paolo.

—¡Qué idea tan genial! —cacareó Gisela— ¡Voy a buscar mi gaita y te ayudaré!

Al cabo de un momento, llegó Gisela con su gaita y los dos empezaron a tocar:

—Ding, ding, ding, ding, dooooong.

—Titititit, titititi, titittooooooo.

La última nota no acababa de salir bien, pero ellos seguían insistiendo.

Celedonio, el cerdo, que era un poco tímido, hacía un rato que escuchaba detrás de una azalea:

—Quizá, si os ayudo con mi clarinete…—gruñó muy bajito.

—¡Estupendo! —dijeron a coro Paolo y Gisela.

Y los tres empezaron a hacer sonar sus instrumentos:

—Ding, ding, ding, ding, dooooong.

—Titititit, titititi, titittooooooo.

—Tarará, tarará, tararirooooooo.

—¿Pero se puede saber qué es este alboroto? —mugió Vidina, la vaca—. Si no sois capaces de componer una canción, es que sois unos músicos de pacotilla ¡Escuchad mi violín y aprended de mí!

Y empezó a tocar junto a Paolo, Gisela y Celedonio:

—Ding, ding, ding, ding, dooooong.

—Titititit, titititi, titittooooooo.

—Tarará, tarará, tararirooooooo.

—Binnz, binz, bonzzzzzzzzz.

En el río, los peces empezaron a alborotarse y Pantaleón, un anciano pirarucú, y Paulina, una perca muy presumida que siempre llevaba la aleta muy bien peinada, se unieron al grupo de músicos con sus panderetas:

—Ding, ding, ding, ding, dooooong.

—Titititit, titititi, titittooooooo.

—Tarará, tarará, tararirooooooo.

—Binnz, binz, bonzzzzzzzzz.

—Pam, pam, pooommm.

El sol ya estaba muy alto, cuando el resto de los animales de la granja, atraídos por la música, empezaron a llegar con sus instrumentos: Olivia, la oveja, con su oboe; Belinda, la burra, con su batería; y hasta se les sumo Ginés, el gato de Gala, con su guitarra:

—Ding, ding, ding, ding, dooooong.

—Titititit, titititi, titittooooooo.

—Tarará, tarará, tararirooooooo.

—Binnz, binz, bonzzzzzzzzz.

—Pam, pam, pooommm.

—Fiuuuuu, fiuuuuu, foooo.

—Chan, chan, chonnn.

—Rang, rang, rong.

No había forma. Algo fallaba. La última nota seguía saliendo muy mal y nadie sabía porqué:

—Es culpa de Olivia, que no entra a tiempo —maullaba Ginés.

—Es culpa de Vidina, que desentona —rebuznaba Belinda.

—Es culpa de Pantaleón y Paulina, que hacen demasiado ruido —graznaba Paolo.

—¡¡Basta!! ¡¡Silencio!! —ululó Lucía, la lechuza, que desde el principio lo había observado todo desde lo alto de una higuera— El problema es que no hay un director. ¡Necesitáis que alguien dirija vuestra orquesta!

Los animales se quedaron pensativos, ¿quién podía dirigirlos? Después de discutir largamente, decidieron que le propondrían a Dámaso, el gran danés que vigilaba la granja, que fuera el director de la orquesta y Paloma y Paula, dos palomas que estaban entre el público, se fueron volando a buscarlo. No tardó mucho Dámaso en llegar con su batuta, un palito de cedro perfumado y, después de dar unos cuantos ladridos para organizar a los músicos, empezó el concierto:

—Ding, ding, ding, ding —sonaba el piano de Paolo, el pavo.

—Titititit, titititi, titittiiiiii —sonaba la gaita de Gisela, la gallina.

—Tarará, tarará, tarará —sonaba el clarinete de Celedonio, el cerdo.

—Binnz, binz, binz —sonaba el violín de Vidina, la vaca.

—Pam, pam, pam  —sonaban las panderetas de Pantaleón, el pirarucú, y Paulina, la perca.

—Fiuuuuu, fiuuuuu, fiuuuuu —sonaba el oboe de Olivia, la oveja.

-Chan, chan, chan – sonaba la batería de Belinda, la burra.

—Rang, rang, rang —sonaba la guitarra de Ginés, el gato.

Todos juntos, formaban una orquesta bestial y, a la mañana siguiente, Gala tuvo el mejor cumpleaños de toda su vida.

FIN