Cuento de Martes de cuento

Un dragón en la cocina

01_Fru_Castellano

Bartolomé Adalberto Fructuoso del Churrusco y Quequemo VI era, como su nombre indica, el sexto de su linaje que llevaba este nombre. Solo los primogénitos más feroces de esta saga de dragones, que desde hacía siglos aterrorizaban la región de Pantagualago, lo habían llevado. La familia de dragones Churrusco y Quequemo era la última que quedaba en la tierra.

Al pobre dragón le pesaba tanto su nombre, que había decidido, en contra de la voluntad de toda su familia, que lo llamaran Fru.

Fru vivía con su madre, su padre, sus cuatro abuelos, sus ocho bisabuelos y catorce de sus dieciséis tatarabuelos, ya que dos de ellos habían decidido mudarse a la playa. Eran ya muy ancianos y el clima húmedo de Pantagualago era muy perjudicial para su reuma. Habitaban todos juntos en un inmenso castillo que había pertenecido a la familia desde ya nadie recordaba cuándo.

Como único heredero de tan rancia estirpe, Fru era educado por los mejores maestros de la zona, que le enseñaban las técnicas más depuradas del control del fuego, de los bramidos más espantosos, del vuelo en picado y, en fin, de todas aquellas habilidades en las que se espera que destaque un buen dragón.

Pero aunque Fru se esforzaba muchísimo por contentar a su familia, no había forma de que aprendiera a ser un dragón perfecto. En lugar de una terrible llamarada, de su nariz solo salía un pequeño chorro de fuego, claramente insuficiente para reducir a cenizas un bosque o un pueblo entero; en lugar de un bramido terrorífico, de su garganta salían alegres gorgoritos que más que aterrorizar a la gente la hacía reír. Y el más grande de los problemas: se mareaba al volar. En cuanto empezaba a alejarse del suelo y miraba hacia abajo, su piel pasaba del verde brillante al rosa pálido, a su alrededor todo daba vueltas y lo máximo que había conseguido era elevarse cuatro palmos del suelo antes de caer.

Y es que eso de ser un dragón normal, a Fru no le hacía ni fú ni fa. Él no quería quemar ni aterrorizar y muchísimo menos aún quería volar, por mucho que todos los Bartolomés Adalbertos Fructuosos del Churrusco y Quequemo de su estirpe lo hubieran hecho durante siglos antes que él. Lo que más deseaba en el mundo Fru era ser cocinero.

Cuando la noticia llegó a oídos de la familia, se armó un jaleo espantoso y más de una nariz empezó a echar llamaradas de indignación. Su madre, su padre, sus cuatro abuelos, sus ocho bisabuelos y catorce de sus dieciséis tatarabuelos trataron de convencerlo de que su idea era peregrina. Incluso los dos tatarabuelos que vivían en la playa fueron a visitar a Fru para intentar razonar con él. Nada de lo que le dijeron sirvió de nada. Después de haberlo meditado mucho, Fru había tomado una decisión y nada ni nadie podían hacerlo cambiar de idea.

A la mañana siguiente, después de despedirse de toda la familia, se dirigió hacia la ciudad y allí pidió trabajo en una salchichería. Con el fuego que salía de su nariz, en lugar de quemar bosques y pueblos, asaba las más deliciosas salchichas con queso y lechuga que nadie hubiera probado jamás. Y aquella salchichería, con su súper fruchicha especial, se convirtió en la más famosa del mundo.

Su madre, su padre, sus cuatro abuelos, sus ocho bisabuelos y sus dieciséis tatarabuelos no tuvieron más remedio que reconocer que Fru había tomado una decisión muy acertada, así que, siguieron su ejemplo y dejaron de aterrorizar a los habitantes de la región de Pantagualago, se trasladaron con Fru a la ciudad y todos se pusieron a asar salchichas.

A partir de entonces, no se han vuelto a ver dragones sobre la faz de la tierra, pero sabemos que aún existen porque hay salchicherías y en cada una de ellas se esconde un dragón cocinero.

FIN

Abrigos de nubes

01_abrigoHace mucho, muchísimo tiempo, hubo una vez en la que el mundo era todo de hielo.

Aquellos fueron días muy, muy fríos. En el cielo, densas nubes ocultaban el sol y en la tierra, miraras hacia donde miraras, un espeso manto blanco lo cubría todo. Los habitantes del planeta estaban tristes porque no entendían lo que ocurría y la gente permanecía día tras día en las cavernas para guarecerse del intenso frío. Apenas podían comer y la tierra se iba quedando sin habitantes.

En esa época, el ser humano aún hablaba con los animales y con las plantas y fue, precisamente, gracias al maravilloso don de entender a la naturaleza que la raza humana se salvó de perecer congelada y pudo perdurar.

Esta es la historia de lo que ocurrió.

En una escarpada región montañosa vivía una tribu de humanos que compartía una profunda y oscura cueva con una familia de osos pardos. Personas y osos unían sus fuerzas para conseguir sobrevivir.

Los humanos sabían hacer fuego, así que su labor era mantener la cueva limpia y caliente mientras que los osos, con sus poderosas zarpas, se encargaban de escarbar el hielo en busca de líquenes y plantas comestibles y pescaban peces bajo la superficie del lago helado cercano a la cueva.

Los dos grupos convivían en paz y armonía, pero las provisiones cada vez escaseaban más y los osos apenas tenían suficiente para ellos, por lo que poco podían ofrecer a los humanos y estos, acuciados por el hambre, decidieron enviar a un explorador hacia los valles para ver si en aquella zona la comida era más abundante.

Pasaron los días y el explorador no volvió.

Entonces decidieron enviar a otro; y luego a otro; y a otro; y a otro más. Pero ninguno de ellos regresó a la cueva.

Como los humanos no sabían qué hacer, decidieron consultar a Jum, la osa más sabia de la región. Después de reflexionar durante largo rato, Jum concluyó que el problema era que hacía demasiado frío para los humanos y que tan solo lograrían llegar al valle si se abrigaban bien. Pero los humanos no tenían pelo como los osos, así que estaban en un grave aprieto: o se morían de hambre dentro de la cueva o se morían de frío en el exterior. Parecía que su dilema no tenía solución.

La sabia osa pensó y pensó y, finalmente, halló la solución: tejería ropa de abrigo para que los humanos pudieran guarecerse del frío; y la tejería de nubes, el mejor material de la tierra para soportar la lluvia, la nieve y el granizo, ya que las nubes solo se deshacen cuando brilla el sol.

Jum se puso manos a la obra y, en poco tiempo, confeccionó un abrigo para cada uno de los miembros de la tribu. A medida que iba tejiendo abrigos de nube, los humanos se los iban poniendo y se marchaban hacia el valle hasta que, al final, ya no quedó nadie en la cueva.

Jum había tejido tantos abrigos que casi no quedaban nubes en el cielo y el sol, tímidamente, asomó y la nieve comenzó a deshacerse.

En el valle, los humanos encontraron alimentos en abundancia y decidieron quedarse a vivir allí.

Transcurrió el tiempo, el sol volvió a resplandecer con toda su intensidad y, poco a poco, los abrigos de nubes se fueron haciendo jirones hasta que, un día, desaparecieron por completo.

A partir de entonces, las nubes fueron solo nubes y los hombres olvidaron el lenguaje de la naturaleza. Olvidaron también su amistad con los osos y olvidaron, que una vez, cuando el mundo era todo de hielo, les habían salvado la vida.

FIN

El Duende del Tiempo

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Ilustración: kperusita

Cada primero de enero, justo al cambiar de año, el Duende del Tiempo le regala a cada persona una cajita llena de tiempo. En ella hay 365 días. O lo que es lo mismo, 8 760 horas; 525 600 minutos; 31 536 000 segundos.

Cada uno de enero somos millonarios en tiempo y sin embargo…

… y sin embargo, a medida que se crece, se va desaprendiendo a usar este valioso regalo;  y es por eso que la mayoría de los adultos no tiene ni la menor idea de administrar el tiempo que recibe. Porque el tiempo no es oro; el tiempo tiene su propio valor, su propia medida y sus propias leyes.

Si intentas ahorrarlo acabas perdiéndolo, en cambio, si lo pierdes, acumulas momentos.

Si lo inviertes muy rápido no te da interés, pero si lo inviertes despacio, a medida que pasan los años, los recuerdos son cada vez más interesantes.

Si lo gastas en esas cosas que llaman «útiles», se marchita, pero si lo gastas en esas cosas que llaman «inútiles», florece.

Así, que aunque el tiempo pueda parecer muy extraño, no lo es, lo que ocurre es que va a su ritmo y, por mucho que te empeñes en otra cosa, el Duende del Tiempo solo pone en cada hora 60 minutos y en cada minuto 60 segundos. Nada más y nada menos.

Al Duende del Tiempo no le gustan las prisas y no soporta la impaciencia. Puede hacer que cinco minutos sean eternos o, por el contrario, que años enteros pasen en un suspiro. Si tú quieres correr, él correrá más rápido y si estás impaciente y deseas que algo llegue deprisa, él hará que todo vaya muy despacio. Lo mejor que puedes hacer es no pelearte con él porque siempre acaba ganando.

Al Duende del Tiempo le gusta oír por las mañanas:

—¡Buenos días!, ¿qué tal has dormido?, ¿qué has soñado?, ¿qué planes tienes para hoy?

Entonces sonríe y ya puedes estar seguro de que el día será brillante y alegre.

En cambio, si se despierta escuchando:

—Deprisa: despierta y levántate. Deprisa: tómate el desayuno. Deprisa: vístete. Deprisa: que llegaremos tarde.

El Duende del Tiempo se pone de muy mal humor y entonces seguro que el día será oscuro y triste.

Tampoco soporta las prisas por la noche:

—Deprisa: acábate la cena. Deprisa: lávate los dientes. Deprisa: ponte a dormir que mañana hay que madrugar.

Al Duende del Tiempo le gusta oír otras cosas:

—¿Qué tal te ha ido el día?, ¿a qué has jugado?, ¿qué has imaginado?, ¿de qué has hablado con tus amigos?

De las preguntas que se hacen al final del día depende que el Duende del Tiempo le pida al Duende del Sueño que envíe pesadillas o dulces sueños.

El Duende del Tiempo no comprende por qué la gente mayor malgasta tan deprisa el tiempo que les regala, porque el tiempo que no se invierte en cosas hermosas es un tiempo que se pierde irremediablemente.

Así, que escucha bien sus consejos y, este año, aprovecha bien tu tiempo…

Cada mañana, abre despacio los ojos y disfruta de cada despertar.

Recuerda tus sueños antes de levantarte de la cama.

Mójate bajo la lluvia.

Saborea un pastel con los ojos cerrados.

Pasea por el campo y respira hondo.

Escucha el silencio.

Observa qué hace una hormiga.

Déjate acariciar por el sol.

Sumérgete en las olas y recoge piedras en la arena de la playa.

Mira a los ojos a un perro o a un gato mientras lo acaricias suavemente.

Pasea por la ciudad y observa a la gente.

Lee libros.

Ríete sin motivo.

Hay tantas cosas por hacer. Párate y disfruta.

Ama despacio.

Mira despacio.

Escucha despacio.

Disfruta despacio.

Habla despacio.

Siente despacio.

Porque disfrutar de cada instante es la única forma de vivir de verdad.

Antes de decir «No tengo tiempo» o «Deprisa», recuerda el valioso regalo que recibes del Duende del Tiempo y no olvides que vivir es, precisamente, aprender a invertir, segundo a segundo, el tiempo que se te otorga.

El Duende del Tiempo es eterno y sabe muy bien de lo que habla así que… ¡hazle caso!

FIN

El muñeco de nieve que no se quiso deshacer

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Los muñecos de nieve solo son un montón de nieve al que se le pone un gorro, una bufanda, una zanahoria por nariz y dos piedrecitas por ojos. Después, cuando sale el sol y deja de hacer frío, el montón de nieve se convierte en agua y el muñeco desaparece.

Aunque no siempre es así. En ocasiones, los muñecos de nieve cobran vida y viven para siempre. Pero para que un muñeco de nieve pueda cobrar vida, se deben dar ciertas circunstancias.

Primero, se tiene que empezar a hacer el muñeco exactamente dos horas después de que haya caído el último copo de nieve del cielo.

Segundo, un rayo de sol tiene que tocar la punta de la zanahoria que le hace de nariz justo en el momento en el que se le coloca al muñeco.

Tercero, y muy importante, al ponerle las dos piedras que hacen de ojos, lo primero que tiene que ver el muñeco es una pluma azul de pájaro flotando en el aire.

Si se cumplen estas tres condiciones, el muñeco de nieve puede cobrar vida cuatro horas y siete minutos después de que el último ser humano lo haya mirado.

Pero para poder vivir, el muñeco de nieve tiene que desearlo y pedírselo de este modo a la primera estrella que aparece:

Estrellita del cielo,

la primera que veo,

estrellita te ruego:

¡que se cumpla mi deseo!

Es muy, pero que muy, muy difícil que todas estas circunstancias se den al mismo tiempo. De hecho, diríamos que es casi imposible y, que nosotros sepamos, solo se conoce un caso en todo el mundo. Ocurrió hace muchísimo tiempo y en los libros de historia no consta. Nosotros nos enteramos de su existencia por casualidad, ojeando la Enciclopedia de los hechos verdaderamente importantes una tarde lluviosa.

En el tomo XLI, leímos que el único muñeco de nieve vivo de la historia empezó a respirar la noche del 24 de diciembre de 1224 y que, en la actualidad, está viviendo en el Polo Norte (los climas cálidos parece que son un poco perjudiciales para su salud), y está felizmente casado con una osa polar.

Cada 24 de diciembre, para festejar su cumpleaños, el muñeco de nieve concede un deseo al primer ser humano que esa noche se asoma a la ventana y pide a la primera estrella que aparece:

Estrellita del cielo,

la primera que veo,

estrellita te ruego:

¡que se cumpla mi deseo!

FIN

Una Navidad monstruosa

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Pues sí, los monstruos existen, aunque hay gente que siempre se empeña en negarlo. Los hay de todo tipo: altos, bajos, mudos, charlatanes, oscuros, de vivos colores, buenos, malos, pesados, discretos… Donde viven personas, viven monstruos. Hay gente que solo tiene uno y hay quien tiene una verdadera colección de monstruos a su alrededor. Hay quien idolatra a sus monstruos y hay quien los detesta. Todo depende del monstruo y de su dueño.

El de nuestra historia es el monstruo de Pecas y se llama Fiver. Fi-, porque adora las fiestas y -ver, porque es verde.

Fiver acompaña a Pecas desde que nació y ahora que Pecas ya ha cumplido 10 años siguen asistiendo juntos a todas las celebraciones.

Al principio, Pecas le tenía miedo, porque apareció de repente, cuando en su primer cumpleaños sus padres encendieron la vela del pastel pero, poco a poco, se fue acostumbrando a su presencia y ahora, cuando hay celebraciones, Pecas siempre lo invita.

De todas las fiestas, las que más le gustan a Fiver son las de Navidad, porque siempre hay mucho ruido en la ciudad, la gente está contenta, hay regalos y porque, además, Pecas invita a algunos de los primos de Fiver: el monstruo de las Cosas que Haré, el monstruo de las Ilusiones Futuras, el monstruo de los Regalos Inútiles y el monstruo de Ponme un Poco Más, que a Fiver no le cae muy bien, porque no para de comer y siempre habla con la boca llena. Todos juntos pasan las vacaciones en casa de Pecas. Alguna vez, también pasan las navidades con ellos el monstruo de Me Duele la Barriga y el monstruo de Todo Mío, invitados de Quejica, el hermano pequeño de Pecas, que llora por cualquier cosa y es muy pesado. Tanto como sus monstruos, que siempre se quejan de todo.

Este año, sin embargo, Fiver está muy preocupado porque se acercan las fiestas y no ha recibido todavía la invitación. Así que ha decidido ir a visitar a Pecas, aunque hoy no haya ninguna celebración.

—¿Tú por aquí Fiver? ¡Pero si hoy no celebramos nada!

—Hola, Pecas, ya lo sé. He venido porque estoy un poco preocupado. ¿Hay algún problema? Ya estamos a 17 de diciembre y aún no he recibido tu invitación para las fiestas de Navidad.

—¿Cómo que no la has recibido? ¡Pero si te la envié a principios de mes!

Los dos, muy extrañados, deciden investigar lo que ha ocurrido y descubren que Odio que los Demás se Diviertan, el monstruo peludo y antipático de don Paulino, el vecino de abajo, ha interceptado todas las invitaciones. Así, que Pecas y Fiver se han tenido que colar sigilosamente en casa de don Paulino y recuperarlas todas. Después, les han pegado un sello urgente en el sobre y las han echado al buzón de los monstruos. Como el correo de los monstruos es muy rápido y eficaz, todas las invitaciones llegarán a tiempo y los monstruos navideños podrán asistir, como cada año, a la fiesta de Pecas.

Y tú, ¿ya has enviado las invitaciones a todos tus monstruos navideños?

FIN

Los colores del día

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Algunas veces oigo que los mayores dicen que los días son grises, pero por más que lo pienso, no acabo de entender por qué dicen eso.

Mis días siempre están llenos de colores. Incluso en el día más gris de lluvia gris hay colores, porque entonces, cojo mi paraguas, me pongo las botas de agua y me divierto pisando charcos y mirando los reflejos del arcoíris sobre la acera.

¿Un día gris? ¡Qué va! Hoy, sin ir más lejos, mi día ha tenido ¡nueve colores!

Justo cuando ha sonado el despertador, me he enfadado, porque tenía mucho sueño, así que todo lo veía de color rojo.

Pero enseguida se me ha pasado, porque he recordado que en el colegio jugaría y aprendería muchas cosas y, de repente, todo se ha vuelto de color de rosa.

Me he levantado y he bajado corriendo las escaleras, cosa que siempre me dicen papá y mamá que no debo hacer, pero a mí se me olvida; y por correr me he caído y entonces el día se ha puesto violeta, como el chichón de mi cabeza. He llorado un poco, pero enseguida me han curado con un beso y una tirita.

He desayunado un gran vaso de blanca leche, un zumo naranja de naranjas, y unas tostadas, que aunque no tienen colores huelen muy bien.

Cuando he salido a la calle, el cielo estaba tan azul que pintaba todo lo que tocaba; los cristales de los coches eran del azul del cielo, los escaparates de las tiendas eran del azul del cielo… incluso las gafas de la señora María, la del kiosco de la esquina, parecían azules, ¡como el cielo!

En el colegio hemos jugado en el patio, que está lleno de árboles verdes. En los árboles hay nidos y he pensado que me gustaría ser un pájaro para poder volar.

Ahora, que la noche lo ha puesto todo negro aún queda un poquito de color en el día, porque para cenar tengo huevo frito con arroz y cuando pincho la yema, ¡todo se pone amarillo!

Así que, por más que lo pienso, sigo sin entender por qué algunas veces los mayores dicen que los días son grises.

FIN

Cosas de letras. «Las cinco hermanas»

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Estas cinco hermanas son muy resaladas,

todas las mañanas, bien acicaladas,

las caras lavadas, se esconden radiantes,

entre consonantes y forman palabras.

Las ves en el sol y en el corazón.

Sobre un gato van y en un alacrán.

Vuelan en las nubes, con mantas las cubres.

Soplan las trompetas, montan bicicletas.

Tocan la guitarra, ¡vaya una jarana!

Comen caramelos, muerden regalices,

y chupan anises.

¿Sabes dónde están?

Si las quieres encontrar, vas a tener que escuchar,

te las voy a presentar:

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¡Repítelo tú!:

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¡Estas son!, ¡es genial! su apellido es Vocal.

Al llegar la noche, el sol se va en coche,

salen las estrellas y la luna vela,

ellas, muy cansadas, se van a sus camas.

Las cinco vocales se van a dormir,

que hay que descansar después de jugar.

Y ahora a soñar, que por la mañana

hay que madrugar y ¡vuelta a empezar!

que muchas palabras tienen que inventar.

FIN

El elefante azul

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Todo el mundo sabe que los elefantes azules dan la felicidad a quien consigue verlos.

También sabe todo el mundo que solo aparece uno cada mil años, después de que se haya marchado el anterior, porque en la tierra no puede haber dos elefantes azules al mismo tiempo.

Pero lo que nadie sabe es de dónde vienen, ni tampoco qué es lo que los hace venir aunque, lo cierto, es que aquel que consigue ver un elefante azul, es feliz mientras vive.

Por si alguien lo ha olvidado, los elefantes azules necesitan estar al aire libre, porque su peculiar color lo obtienen del cielo, del mar y de las flores de nomeolvides, que crecen junto a los ríos.

Cuando llegan a la tierra, lo primero que hacen es buscar un lugar bonito en el que vivir y se hacen amigos de los animales que allí habitan, es por eso que los animales siempre están felices.

No suelen tener amigos entre los humanos, porque los humanos crecen demasiado deprisa y, al crecer, se olvidan de los elefantes azules, cosa que a ellos los pone un poco tristes. ¡Los adultos tienen muy mala memoria para las cosas bonitas!

Os hablaré del último elefante azul y de lo que le ocurrió. Tal vez así comprendáis muchas cosas…

Cuando el elefante azul llegó hace ya algunos años, tal vez cien, se dio cuenta de que era muy difícil encontrar un buen lugar en la tierra en el que vivir, por lo que decidió marcharse a la Isla Imaginada.

Esta isla queda a medio camino de ninguna parte y solo se puede llegar a ella cerrando los ojos y quedándose muy quieto y callado. Después de un rato, uno empieza a ver…

Al principio, solo se ven nubes blancas pero, poco a poco, se van abriendo claros y entonces vuelas sobre un mar azul, tan lleno de peces de colores que casi ni pueden nadar y a lo lejos divisas una pradera muy verde por la que corren multitud de seres extraños y en la que hay árboles cargados de frutas jamás vistas.

Vas descubriendo que es un lugar infinito en el que puedes encontrar cualquier cosa: seres que no tienen boca y que, sin embargo, no paran de hablar; piedras que andan ágilmente sobre sus largas piernas de alambre; extraños monstruos irisados que cambian de color según les da el sol; pájaros, gente, edificios, barcos, hadas, ogros, genios… ¡Hay tantas cosas allí que ni aun viviendo siete vidas sería posible llegar a conocer toda la isla y a todos sus habitantes!

Al principio todo fue bien y el elefante azul viajó por toda la Tierra e hizo felices a muchas personas pero, un día, mientras descansaba bajo una jacaranda en flor, una araña negra, peluda y con veinte patas, que hacía tiempo que lo vigilaba, tejió una tela enorme y pegajosa y capturó al elefante.

Quería toda la felicidad del mundo solo para ella, así que lo encadenó y lo escondió en lo más profundo de una cueva sin sospechar que, al tenerlo encerrado, el elefante perdería su color y ya no podría darle la felicidad que tanto anhelaba.

Desde entonces, nadie ha conseguido ver al elefante y por eso cada vez hay más personas tristes en el mundo. Permanece cautivo y la araña aún no es feliz; sigue tan negra y peluda como siempre.

Pero hay quien dice, que antes de que pierda por completo su color, el elefante azul será liberado; y cuando eso ocurra lo sabremos, porque la felicidad volverá de nuevo a la Tierra.

FIN

Gritón

Gritón

Gritón siempre estaba enfadado. No servía de nada que sus padres se lo consintieran todo, que le dieran todos los caprichos y que le dejaran hacer todo lo que le daba la gana; él seguía enfadado.

Si alguien a su alrededor le llevaba la contraria, se enfadaba. Si no le daban la razón cuando hablaba, se enfadaba. Si no se salía siempre con la suya, se enfadaba…

Y cuando se enfadaba no había quien lo soportara. Sus gritos, y lloros podían dejar sordo a un sordo y acabar con la paciencia del más paciente.

Una mañana, al despertarse, enfadado como siempre, comenzó a gritar:

—¡¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!! ¡¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!!

Al abrir los ojos, había recordado que aquel día la profesora preguntaría la lección y, como no se la sabía, no quería ir al colegio, algo que le ocurría muy a menudo.

Cuando se despertaba gritando porque quería quedarse en casa, su padre o su madre corrían a su habitación e intentaban convencerlo de que tenía que ir a la escuela, pero él gritaba aún más fuerte y pataleaba, hasta que conseguía que sus padres llamaran a la abuela para que lo cuidara y él, entonces, en lugar de aprender cosas nuevas se pasaba todo el día sin hacer nada.

Pero aquella mañana algo extraño estaba ocurriendo, cada vez gritaba con más ganas y cada vez lloraba con más fuerza, pero nadie iba a consolarlo. Después de estar un buen rato berreando y en vista de que nadie le hacía caso, decidió descubrir qué es lo que estaba pasando y abrió la puerta de su habitación.

No bien había abierto, se quedó pasmado: detrás de la puerta no había nada. Pero lo que se dice nada de nada. Absolutamente nada.

Su casa había desaparecido. Enfrente, arriba, abajo, a la derecha y a la izquierda, por todos lados, hasta donde la vista alcanzaba todo era blanco. Completamente blanco y vacío. Parecía que en el mundo solo quedaran él y su habitación. No había nadie que pudiera escuchar sus gritos.

Como no tenía ni la menor idea de lo que ocurría y como tampoco sabía qué hacer, cerró la puerta de golpe y, muy asustado, se sentó a pensar.

Quizá, se dijo, si grito más fuerte acabará apareciendo alguien. Y así lo hizo.

Comenzó a chillar y en el mismo momento en el que salió de su boca el primer grito, la mesita de noche se esfumó:

—¡Plop!

Se asustó tanto, que gritó aún más fuerte:

—¡Ahhhhhhhhhhh!

—¡Plop!

Ahora fue la lámpara la que se desvaneció.

Empezaba a estar muy, muy asustado y, por primera vez en su vida, sorprendido de que sus gritos y lamentos no sirvieran de nada. Al contrario, para lo único que servían era para hacer desaparecer las cosas.

Empezó a berrear y a chillar como un loco:

—¡Buaaaaaaaaa!, ¡¿qué haré ahora?!, ¡Buaaaaaaaaaaaaaaaa!

Y, con cada nuevo grito,

—¡Plop!, ¡plop!, ¡plop!

Sus juguetes, la cama y la alfombra se evaporaron.

—¡Mamáaaaaaaaaaaaaa, papáaaaaaaaaaaaaaaaaaa!,  ¿qué está pasando?

—¡Plop!, ¡plop!, ¡plop!

Adiós al armario, las cortinas y los libros del colegio.

Gritón estaba loco de miedo y con un último grito, el más fuerte de toda su vida, empezó a caer, a caer, a caer en el blanco vacío, hacia abajo, solo…

Se despertó al oír que su padre le decía:

—¡Gritón! ¡Despierta! ¡No grites, es solo una pesadilla!

Al ver que ya no estaba solo y que la habitación seguía estando tal y como siempre había estado, sintió un gran alivio y exclamó:

—¡¡Fantástico, hoy tengo examen!! ¡¡Llevadme rápido al colegio!!

Sus padres se miraron asombrados y después de ponerle el termómetro, llamaron a la abuela para que lo cuidara.

Al fin y al cabo, aquel día, Gritón se libró de ir a la escuela.

FIN