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Cuento popular

El lobo bobo y la zorra astuta

Ilustración: Evolvana

Había una vez una zorra que tenía dos zorritas de corta edad. Cerca de su casa, que era una chocita, vivía un lobo, su compadre. Un día que pasaba por allí, vio que este había hecho mucha obra en su casa y la había puesto que parecía un palacio. Díjole el compadre que entrase a verla, y vio que tenía su sala, su alcoba, su cocina y hasta su despensa, que estaba muy bien provista.

—Compadre —le dijo la zorra—, veo que aquí lo que falta es un tarrito de miel.

—Verdad es —contestó el lobo.

Y como acertaba a la sazón a pasar por la calle un hombre pregonando:

¡Miel de abejas,

zumo de flores!

comprola el lobo, y llenó con ella un tarrito, diciéndole a su comadre que, estando rematada la obra de su casa, la convidaría a un banquete y se comerían la miel.

Pero la obra no se acababa nunca, y la zorra, que se chupaba las patas por la miel, estaba deshaciéndose por zampársela.

Un día le dijo al lobo:

—Compadre, me han convidado para madrina de un bautizo, y quisiera que me hiciese usted el favor de venirse a mi casa a cuidar de mis zorritas, entre tanto que estoy fuera.

Accedió el lobo, y la zorra, en lugar de ir al bautismo, se metió en casa del lobo, se comió una buena parte de la miel, cogió nueces, avellanas, higos, peras, almendras y cuanto pudo rapiñar, y se fue al campo a comérselos alegremente con unos pastores, que en cambio le dieron leche y queso.

Cuando volvió a su casa, dijo el lobo:

—Vaya, comadre; ¿qué tal ha estado su bautizo?

—Muy bueno —contestó la zorra.

—Y el niño, ¿cómo se llama?

—Empezili —respondió la supuesta madrina.

—¡Ay, qué nombre! —dijo su compadre.

—Ese no reza en el almanaque. Es un santo de poca nombradía —respondió la zorra.

—¿Y los dulces? —preguntó el compadre.

—Ni un dulce ha habido —respondió la zorra.

—¡Ay, Jesús, y qué bautismo! —dijo mal engestado el lobo—. ¡No he visto otro! Yo me he quedado aquí todo el día como una ama de cría con las zorritas por tal de comerlos, y se viene usted con las patas vacías. ¡Pues está bueno!

Y se fue enfurruñado.

A poco tuvo la zorra grandes ganas de volver a comer miel, y se valió de la misma treta para sacar al lobo de su casa, prometiéndole que le traería dulces del bautismo. Con esas buenas palabras convenció al lobo, y cuando volvió a la noche, después de haberse pasado un buen día de campo y haberse comido la mitad de la miel, le preguntó su compadre que cómo le habían puesto al niño. A lo que ella contestó:

—Mitadili.

—¡Vaya un nombre! —dijo el compadre, que, por lo visto, era un poco bobo—. No he oído semejante nombre en mi vida de Dios.

—Es un santo árabe —le respondió su comadre.

Y el lobo quedó muy convencido de este marmajo, y le preguntó por los dulces.

—Me eché un rato a dormir bajo un olivo, vinieron los estorninos y se llevaron uno en cada pata y otro en el pico —respondió la zorra.

El lobo se fue enfurruñado y renegando de los estorninos.

Al cabo de algún tiempo fue la zorra con la misma pretensión a su compadre.

—¡Que no voy! —dijo este—. Que tengo que cantarle la nana a sus zorrillas para dormirlas, y no me da la gana de meterme al cabo de mis años a niñera, sin que llegue el caso que traiga usted un dulce siquiera de tanto bautizo a que la convidan.

Pero tanta parola le metió la comadre y tantas promesas le hizo de que le traería dulces, que al fin convenció al lobo a que se quedase en su choza.

Cuando volvió la zorra, que se había comido toda la miel que quedaba, le preguntó el lobo que cómo le habían puesto al niño, a lo que contestó:

—Acabili.

—¡Qué nombre! ¡Nunca lo he oído! —dijo el lobo.

—A ese santo no le gusta que suene su nombre, respondió la zorra.

—Pero ¿y los dulces? —preguntó el compadre.

—Se hundió el horno del confitero y todos se quemaron —respondió la zorra.

El lobo se fue muy enfadado, diciendo:

—Comadre, ojalá que a sus dichosos ahijados Empezili, Mitadili y Acabili, se les vuelvan cuantos dulces se metan en la boca guijarros.

Pasado algún tiempo, le dijo la zorra al lobo:

—Compadre, lo prometido es deuda; su casa de usted está rematada, y tiene usted que darme el banquete que me prometió.

El lobo, que tenía todavía coraje, no quería; pero al fin se dejó engatusar, y se dio el convite a la zorra.

Cuando llegó la hora de los postres, trajo, como había prometido, la orza de miel, y venía diciendo al traerla:

—¡Qué ligera que está la orcita! ¡Qué poco pesa la miel!

Pero cuando la destapó se quedó cuajado al verla vacía.

—¿Qué es esto? —dijo.

—¡Qué ha de ser! —respondió la zorra—. ¡Que usted se la ha comido toda para no darme parte!

—Ni la he probado siquiera —dijo el lobo.

—¡Qué! Es preciso, sino que usted no se acuerda.

—Digo a usted que no, ¡canario! Lo que es que usted me la ha robado, y que sus tres ahijados, Empezili, Mitadili y Acabili, han sido empezar, mediar y acabar con mi miel.

—¿Conque tras que usted se comió la miel por no dármela, encima me levanta un falso testimonio? Goloso y maldiciente, ¿no se le cae a usted el hocico de vergüenza?

—¡Que no me la he comido, dale! Quien se la ha comido es usted, que es una ladina y ladrona, y ahora mismo voy al león a dar mi queja.

—Oiga usted, compadre, y no sea tan súbito —dijo la zorra—. El que comió miel, en poniéndose a dormir al sol la suda. ¿No sabía usted eso?

—Yo, no —dijo el lobo.

—Pues mucha verdad que es —prosiguió la zorra—. Vamos a dormir la siesta al sol, y cuando nos despertemos, aquel que le sude la barriga miel, no hay más sino que es el que se la ha comido.

Convino al cabo, y se echaron a dormir al sol.

Apenas oyó la zorra roncar a su compadre, cuando se levantó, arrebañó la orza y le untó la barriga con la miel que recogió. Se lamió la pata y se echó a dormir.

Cuando el lobo se despertó y se vio con la barriga llena de miel, dijo:

—¡Ay, sudo miel! Verdad es, pues yo me la comí. Pero puedo jurar a usted, comadre, que no me acordaba. Usted perdone. Hagamos las paces, y váyase el demonio al infierno.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El lobo bobo y la zorra astuta» con la voz de Angie Bello Albelda

La liebre exagerada

Ilustración: shmeeden

Érase una vez una liebre que vivía en la taiga. Aparentemente era igual que todas las liebres: con dos orejas largas, dos patas delanteras cortas para sostener la comida y dos patas traseras largas para huir velozmente de sus enemigos. Pero esta era, además, una liebre exagerada. Tan exagerada era, que nunca se había oído hablar y, probablemente jamás se oirá hablar, de una igual de exagerada que ella entre el pueblo leporino.

Una vez, se comió una raicita de musgo y le faltó tiempo para ir a contar su historia a las demás liebres:

—Iba yo corriendo por el bosque, en busca de algo de comer, cuando, de pronto, tropecé con algo. Faltó bien poco para que me rompiera la cabeza. ¡Fijaos! ¿Lo veis? ¡A resultas del golpe, ahora tengo el labio partido!

—¡Es verdad!, tienes el labio partido. —Rieron las demás liebres—. Pero es que todas las liebres lo tenemos partido.

Y nuestra liebre:

—Cierto. Todas las liebres lo tenemos así, pero el mío está más partido que el vuestro… Y si os queréis enterar de lo que me pasó, será mejor que no me interrumpáis … Decía que tropecé y al mirar con qué había topado, me encontré con que era musgo. Pero un musgo como nadie ha visto hasta ahora. El tallo era más alto que un alerce y cada hoja gigantesca. La raíz era del tamaño de un oso. Me puse a escarbar la tierra y, como ya sabéis que yo soy una liebre especial y tengo los dientes afilados y las patas fuertes, escarbé y escarbé hasta que conseguí amontonar una montaña de tierra a cada lado y logré desenterrar la raíz. Una raíz que ya llevo comiendo diez días seguidos y de la que no he conseguido comerme ni la mitad. Pero aún y así, ¿habéis visto cómo me he engordado?

Las liebres la miraron.

—Estás como todas las liebres —dijeron—. No estás mucho más gorda que nosotras.

—Eso es que me he adelgazado de tanto como he corrido para llegar hasta aquí. Como soy tan generosa y tengo tan buen corazón, os quiero llevar hasta la raíz que queda, así podréis comer también. Ya que yo ya me he dado un hartazgo para toda la vida, he pensado que podríais terminar vosotras lo que queda de esa raíz, tan rica que no habéis probado jamás algo igual.

¿Qué liebre que conozcáis le haría ascos a una rica raíz? Aquéllas no. Con la boca hecha agua, preguntaron:

—¿Y cómo se llega a ese sitio?

—Yo os llevaré encantada.

Echaron a correr las liebres detrás de la exagerada hasta que esta se detuvo en un sitio y dijo:

—Aquí encontré el musgo del tamaño de un alerce. Y aquí escarbé con las patas hasta formar las dos montañas de tierra.

—¿Dónde están esas montañas? —preguntaron las otras.

—Se las ha llevado el río.

—¿Dónde está el río?

—Se ha ido al mar.

—¿Dónde está el musgo grande como un alerce?

—Se ha marchitado. Como yo me comí la raíz…

— ¿Y el tallo de musgo?

—Se lo comió un tejón.

—¿Dónde está el tejón?

—Se marchó a la taiga.

— ¿Dónde está la taiga?

—La quemó un incendio.

—Y la ceniza, ¿dónde está?

—Se la llevó el viento.

— Y los tocones, ¿dónde están?

—Los ha tapado la hierba.

Allí estaban las liebres, aleladas, sin llegar a entender si era cierto lo que les contaba la otra.

Y ella seguía con la suya:

—¡Pero si es muy fácil encontrar un musgo así! ¡Lo más fácil del mundo! No hay más que ir corriendo y mirando hacia todos los lados. Si a un lado no la ves, seguro que la ves al otro …

¡Había que ver la carrera que emprendieron las liebres! Tanto se afanaban en mirar hacia los lados, que veían su propio rabo, pero no veían lo que tenían delante. ¡Y venga a mirar a los lados para que no les pasara desapercibida el rico musgo del tamaño de un alerce!

Así estuvieron corriendo hasta que se desplomaron sin fuerzas. Y entonces, del hambre, la simple hierba les pareció más rica que el musgo fresco.

Desde entonces, los ojos de las liebres se mueven como locos y no han vuelto jamas a su sitio…

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La liebre exagerada» con la voz de Angie Bello Albelda

La Quarantamaula

Ilustración: Maaot

Cuentan que empezaba y no empezaba la primavera y que ocurrió en aquel lugar, o en cualquier otro; que venía por arriba o por abajo; pero siempre, siempre, lo hacía al caer la noche. Aparecía por los alrededores del pueblo y alguien afirmó que su nombre era Quarantamaula.

Nadie sabía cómo era; nadie la había visto, pero todos hablaron de aquel misterioso ser.

Unos afirmaban que parecía un gato negro y que su sola vista helaba la sangre; otros decían que tenía forma de caracol; otros, que era como un demonio peludo; y había quien aseguraba que era un ser mitad humano, mitad gallina.

Un día, una chica llegó al pueblo corriendo; afirmaba que había oído a la Quarantamaula. La gente, asustada, se escondió en su casa.

La chica, sin embargo, como era muy valiente y no temía nada, se propuso descubrir, de una vez por todas, cómo era aquella fiera de la que todo el mundo hablaba. Así que otro día que andaba por los cañaverales del pantano cercano al pueblo, al oír un extraño ruido, pensó que era la Quarantamaula y se escondió para poder sorprenderla… ¡Pero no vio nada! Regresó al pueblo y advirtió a los vecinos de que debían ir con mucho cuidado si se aceraban al pantano.

Pocos días después, se acercó hasta allí una mujer, que llevaba a pastar a sus ovejas, y mientras estaba sentada cerca de la orilla, oyó un terrible grito. Pensó que era la Quarantamaula, huyó despavorida, sin ni siquiera recoger su ganado, y se encerró en su casa.

No pasó mucho tiempo cuando un hombre, que paseaba por el camino que bordeaba el pantano, oyó un extraño crujido y pensó que la fiera era la causante. Como era un hombre muy anciano y no podía correr para huir de allí, pensó: «Me esconderé tras ese árbol. Quizá pueda ver qué aspecto tiene la Quarantamaula.

Pero no vio nada. Solo una sombra, que corría de un lado a otro haciendo mucho ruido. El terror invadió al anciano y, en cuanto pudo, regresó al pueblo. Del susto, no podía casi ni hablar; con mucha dificultad pudo contar a los del pueblo lo que le había ocurrido durante su paseo. Todos estaban convencidos de que aquella extraña sombra y aquellos misteriosos ruidos los había provocado la Quarantamaula.

Fueron pasando los días; llegó y pasó el caluroso verano; llegó y pasó el otoño, desnudando los árboles de sus hojas; y al llegar el invierno, la gente encendió las chimeneas para calentarse.

Una de aquellas frías y oscuras noches, cuando no se oye nada, cuando perros, gatos y gente buscan el refugio de las casas, la chica valiente decidió salir de su hogar para ir en busca de la fiera y verla con sus propios ojos. Estaba todo oscuro. En la calle no había ni un alma. Las estrellas y la Luna brillaban en el cielo y alumbraban su camino…

De repente, aquella profunda y helada paz se rompió y una voz terrible y profunda gritó en la oscuridad:

—Soy la Quarantamaula, ¡soy la Quarantamaula!

—¡Pies, ¿para qué os quiero? —gritó la muchacha.

Y corriendo y gritando, puso sobre aviso a la gente del pueblo, que cerraron las puertas a cal y canto, muertos de miedo.

A la mañana siguiente, poquito a poco, los vecinos empezaron a asomar la nariz con precaución. Hablaban unos con otros. Decían que la habían oído. Unos afirmaban que parecía un gato negro y que su sola vista helaba la sangre; otros decían que tenía forma de caracol; otros, que era como un demonio peludo; y había quien aseguraba que era un ser mitad humano, mitad gallina.

Y aunque la verdad era que nadie había podido verla, todos estaban aterrorizados.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La Quarantamaula» con la voz de Angie Bello Albelda

La herencia

Ilustración: Marmaladecookie

En un lejano país vivía una reina que tenía tres hijas y quería elegir a una de ellas como su heredera. Era una decisión terriblemente difícil, porque los tres eran muy inteligentes, muy valientes y todas tenían la misma edad, pues eran trillizas, de modo que no había forma de decidirse.

Entonces preguntó a una gran maga y esta le sugirió que sometiera a las tres a una prueba para decidir cuál de ellas sería la más adecuada para gobernar el reino.

La reina se fue a su casa, reunió a su alrededor a sus tres hijas y les hablo así:

—Queridas hijas, debo emprender un largo viaje. Tal vez me ausente un año, dos o incluso tres… Os entrego a cada una de vosotras una bolsa. Dentro de ella hallareis unas semillas que a mi regreso os reclamaré. Aquella de vosotras tres que mejor las haya protegido, heredará el reino.

Dicho esto, la reina partió de viaje.

La primera hija pensó: «¿Qué haré con estas semillas? Ha dicho que debemos protegerlas». Y se le ocurrió que la mejor forma de hacerlo era encerrarlas en la caja fuerte en la que se guardaban las joyas y los tesoros más valiosos del reino.

La segunda hija pensó: «Si las guardo como ha hecho mi hermana, morirán, y una semilla muerta no sirve de nada; deja de ser una semilla». Y decidió que lo mejor que podía hacer era ir al mercado y vender las semillas. El dinero que obtuvo por ellas, lo guardó en la caja fuerte mientras se decía: «Cuando mi madre la reina regrese, iré al mercado con este dinero, compraré semillas nuevas, las mejores que encuentre, y se las devolveré, y serán incluso mejores que las que ella me ha entregado al partir».

La tercera hija se dirigió a los jardines del palacio y esparció las semillas por todas partes.

Pasaron tres largos años y la madre regresó.

La primera hija abrió la caja fuerte. Todas las semillas estaban muertas, apestaban. Al verlas, la madre le preguntó:

—¿Son éstas las semillas que te di? ¡Eso es imposible! ¡Estas no son mis semillas! Huelen muy mal; están muertas.

Las segunda hija tomó el dinero que había guardado, corrió al mercado, compró las mejores semillas que pudo encontrar y regresó para entregarlas a su madre:

—Estas son semillas muy buenas, frescas, con muchas posibilidades… Pero no son las semillas que yo te di. Tu idea ha sido buena, pero no es lo que yo esperaba.

La reina, finalmente, se dirigió a su tercera hija y le preguntó:

—Veamos, ¿tú qué has hecho con las semillas?

La joven llevó a su madre al jardín; en él, cientos de flores crecían lozanas, esparciendo su aroma en el aire. Había flores por todas partes.

—Estas son las semillas que me entregaste. Si me das un poco de tiempo, las reuniré de nuevo y te las devolveré.

La madre, emocionada ante aquel hermoso jardín que su hija había hecho florecer, dijo:

—Tú serás la heredera de mi reino, hija mía. Tú has sabido comprender que plantar las semillas y cuidarlas es el único modo de obtener grandes frutos de ellas.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La herencia» con la voz de Angie Bello Albelda

Intercambio de patas

Ilustración:  Gennady D. Pavlishin

Un día se encontraron la zorra y el alce.

—¿Qué hay de nuevo? —preguntó la primera al segundo.

—Nada de particular, vecina —contestó el alce—. Ayer sí que estuve a punto de tener un percance. Me perseguía un cazador y se me engancharon las astas en unas ramas … Me libre por los pelos… Esto de tener las patas tan largas es un problema… ¿Y tú qué tal vives? —preguntó el alce a la zorra.

—Pues mal, vecino —contestó la zorra—. A mí también me acechan los cazadores. Esto de tener las patas cortas es un problema; no puedo mirar a mi alrededor ni a los lejos, porque los arbustos me lo impiden…

Así siguieron un buen rato, cada cual lamentándose de lo mal que lo pasaba y de lo mal que estaba organizado el mundo. Había quien necesitaba tener las patas largas y las tenía cortas; y el que hubiera necesitado tenerlas cortas, las tenía largas. ¡Qué mal repartido estaba todo!

A la zorra, lista ella, se le ocurrió una brillante idea:

—Oye, vecino, ¿y si intercambiáramos nuestras patas?

—¡Qué idea tan genial se te acaba de ocurrir! ¡Venga! —contestó el alce.

Y dicho y hecho. En un abrir y cerrar de ojos, cambiaron sus cuatro extremidades.

La zorra miró a su alrededor feliz. Sobre aquellas patas tan largas veía muy lejos. Su vista se perdía en el lejano horizonte. Nada se veía en lontananza que fuera sospechoso. Corrió hacia una granja cercana con la idea de cazar una gallina. Intentó deslizarse dentro del gallinero, pero aquellas patas tan largas eran un estorbo. Decidió, entonces, deslizar una de ellas por una rendija del cercado para echarle la garra a una hermosa gallina blanca, pero sus esfuerzos fueron del todo inútiles. Las patas de alce están rematadas por pezuñas y no sirven para sujetar una presa. Suspiró la zorra y lamentó no tener sus patas de garras afiladas, tan cómodas para que la caza no se le escabullera.

En esto pensaba, cuando escuchó ruidos y vio que del interior de la casa salía alguien… La zorra, asustada, no esperó más. Puso patas en polvorosa con la barriga vacía.

El alce, a su vez, se había marchado feliz sobre las patas de la zorra y ahora era tan bajito que podía esconderse cómodamente entre las hierbas y pasar desapercibido.

—¡Qué maravilla de patas! —pensaba encantado—. Ahora nadie me verá desde lejos.

Empezó a caminar despacito con las patas de la zorra, pero eran endebles y les costaba soportar el peso de su cuerpo. Pronto sintió cansancio. Cansancio y hambre. Como siempre hacía, levantó la cabeza para comer los tiernos brotes y las hojas de los árboles. Lo intentó una vez. Lo intento dos. Pero sus esfuerzos eran inútiles. No alcanzaba porque tenía las patas demasiado cortas.

—¡Ay!, ¿por qué cambiaría mis queridas patas? —suspiró el alce—. ¡Con lo estupendas que eran ellas, tan esbeltas y tan recias! En cambio, estas… ¡Acabaran por matarme de hambre!

Y el alce rompió a llorar con desconsuelo.

De pronto, oyó cómo alguien corría a toda velocidad hacia donde él estaba, partiendo ramas y pisoteando la leña seca. El alce quiso escapar para ponerse a salvo del inminente peligro, pero ¿cómo podría hacerlo con las patitas cortas de la zorra? Emprendió la huida, pero no había dado ni dos pasos, cuando tropezó con un arbusto y se cayó. Cerró los ojos. «Creo que ha llegado mi hora», pensó.

Así estaba, cuando oyó que lo llamaba la zorra:

— ¡Eh, vecino!, ¿dónde estás que no te veo?

—¡Aquí!, ¡estoy aquí! —contestó el alce levantándose como pudo—. ¿Eras tú la que armaba tanto jaleo?

—¡Ay, sí! —contestó la zorra—. Estas patas tuyas son un completo desastre. Tenía la intención de deslizarme callandito, pero tus pezuñas, al romper las ramas, hacen un ruido espantoso. ¡Han estado a punto de atraparme y, encima, no he probado bocado en todo el día!

—Yo tampoco me adapto a tus patas —dijo el alce—. Son muy cortas y demasiado débiles… Y también estoy en ayunas. ¿Qué te parece si cambiamos otra vez, vecina?, ¿quieres?

Y, de nuevo, intercambiaron sus patas.

El alce golpeó el suelo con fuerza con sus pezuñas. ¡Qué bien!

—Esto de que los alces tengan las patas recias y las pezuñas duras está muy bien pensado —dijo.

Las duras pezuñas permitían al alce correr rápido sobre cualquier terreno, así podía escapar de los cazadores y como eran tan esbeltas, podía alcanzar la comida de los árboles.

La zorra, sobre las suyas, emprendió una veloz carrera. ¡Qué estupendo!

Ahora pisaba blandamente, sin hacer ruido, y sus patas terminaban en unas garras afiladas, ideales para atrapar a sus presas. Podía deslizarse y cazar sin que nadie la oyera.

—Esto de que las zorras tengan las patas cortas y las garras bien afiladas está muy bien pensado.

Se despidieron y cada cual tiró por su lado.

Desde entonces, los animales ya no intercambian sus patas.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Intercambio de patas» con la voz de Angie Bello Albelda

La astucia de la tortuga

Ilustración: TehChan

El elefante y el hipopótamo eran muy bueno amigos y siempre comían juntos. Como eran tan grandes, comían mucho y para el resto de animales quedaba poco. Pero aún quedaba menos para la pobre tortuga, tan lenta ella, que como llegaba siempre la última,  siempre andaba con el estómago medio vacío.

Y como dicen que el hambre aviva el ingenio, la tortuga ideó un plan para proveer su despensa durante una larga temporada.

Una noche, mientas el elefante y el hipopótamo se daban el gran banquete, la tortuga se acercó a ellos:

—Feliz cena, amigos, ¿qué tal? —saludó—. En verdad sois una pareja grande y fuerte, aunque ninguno de vosotros dos es tan fuerte como yo. Me apuesto algo, a que ni el uno ni el otro es capaz de sacarme del agua tirando de esta cuerda. ¡Me apuesto cien kilos de hierba fresca!

El elefante, al ver lo pequeña que era la tortuga, no tuvo ni la más mínima duda:

—Muy bien, acepto tu apuesta y la subo. Si no soy capaz de sacarte del agua, no te daré cien kilos de hierba, ¡te daré quinientos!

Así pues, se despidieron y a la mañana siguiente se encontraron en el río tal y como habían acordado. La tortuga ató la cuerda alrededor de su pata y se sumergió en las aguas del río mientras el elefante la observaba, sujetando con su trompa el otro extremo de la cuerda.

Ya dentro del agua, y como la tortuga conocía a la perfección aquel lugar, se sumergió hasta el fondo y, rápidamente, desató la cuerda de su pata y la ató con fuerza a una enorme roca que había en el lecho del río y permaneció sumergida a la espera.

No tardó el elefante en tirar de la cuerda. Primero con suavidad, después con todas sus fuerzas y durante mucho rato. Cuando el exhausto elefante estaba a punto de rendirse, ¡chas!, la cuerda se rompió. La tortuga, que esperaba aquel momento, desató la cuerda, la volvió a anudar alrededor de su pata y se dirigió a la superficie sin mostrar ningún signo de cansancio. Arriba, todos pudieron comprobar que el elefante había sido incapaz de vencer a su pequeña contrincante, así que al paquidermo no le quedó más remedio que pagar el precio acordado en la apuesta.

Feliz marchó la tortuga a su casa y el elefante tras ella con toda la carga de hierba.

Pasaron algunos meses y la despensa de la pequeña tortuga volvió a vaciarse, así que pensó en utilizar el mismo truco para obtener más provisiones, está vez, engañando al hipopótamo.

El hipopótamo estuvo de acuerdo, pero recordando lo que había ocurrido meses antes con su amigo el elefante, le dijo a la tortuga:

—Acepto tu apuesta, pero esta vez seré yo el que me quede en el agua tirando de la cuerda mientras tú permaneces en tierra. Y como estoy seguro de mi fuerza, en lugar de quinientos kilos de hierba fresca, te daré mil si logras ganarme.

La tortuga aceptó el trato.

A la mañana siguiente, la tortuga ató una soga nueva alrededor de su pata y corrió hacia las altas hierbas que rodeaban el río. Mientras, el hipopótamo sujetó el otro extremo con su enorme bocaza y se sumergió con parsimonia en el agua.

Tan pronto como la tortuga estuvo fuera del alcance de las miradas de los testigos curiosos, desató la cuerda de su pata y la anudó alrededor del tronco de un gigantesco árbol.

Cuando el hipopótamo empezó a tirar de la soga, esta permaneció firmemente atada y por más que tiró y volvió a tirar de ella, el hipopótamo no pudo hacer nada.

Cansado y jadeante, se rindió. Salió del río echando agua por la nariz. En cuanto la tortuga oyó sus jadeos, desató la cuerda, la anudó a su pata y salió de entre los matorrales.

El hipopótamo tuvo que admitir que la tortuga era más fuerte que él y pagar la deuda.

Tanto el elefante como el hipopótamo estuvieron de acuerdo en que era mejor tener a la tortuga como amiga que como enemiga, ya que era el animal más fuerte de aquel lugar y así se lo dijeron.

—De acuerdo —aceptó la tortuga—. Seré vuestra amiga y viviré cerca para poder protegeros y vosotros, a cambio, llenaréis mi despensa. Pero como me será un poco difícil atenderos a los dos a la vez, he decidido que mientras yo protejo al hipopótamo en e l agua, una de mis hijas hará lo propio con el elefante en tierra.

Es por este motivo que, desde ese día, existen las tortugas de tierra y las tortugas de agua. Y si os fijáis, las últimas son mucho más grandes, pues la sabia tortuga de esta historia eligió el agua porque, aunque veces en la tierra la comida escasea, siempre es posible pescar algún que otro pez.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La astucia de la tortuga» con la voz de Angie Bello Albelda

El camello perdido

Ilustración: lemonflower

Un anciano derviche que viajaba solo por el desierto se encontró a una pareja de comerciantes. Tanto la mujer como el hombre parecían muy nerviosos; no paraban de otear el horizonte, a derecha e izquierda, como si hubieran perdido algo. El derviche se acercó a ellos:

—Muy buenos días, ¿verdad que están buscando uno de los camellos de su caravana? —les preguntó.

—¡Sí señor! ¿Lo ha visto? —contestaron esperanzados.

—Ese camello que se les ha perdido…, ¿está ciego del ojo derecho?

—Ciertamente…

—Ese camello que se les ha extraviado…, ¿cojea de la pata izquierda —volvió a preguntar el derviche.

—Sí, es cojo —respondió extrañada la pareja de comerciantes ante la nueva pregunta de aquel misterioso anciano.

—Al camello que buscan…, ¿le falta un diente? —siguió preguntando el derviche.

—Sí, le falta un diente —respondieron los comerciantes cada vez más sorprendidos.

—Ese camello que no encuentran…, ¿lleva una carga de miel y maíz?

—Sí, sí —dijeron los impacientes comerciantes—. ¡Pero díganos ya dónde está!

—No lo sé —dijo tranquilamente el derviche.

—Pero ¿cómo que no lo sabe?, ¿acaso no lo ha visto usted?

—No, nunca he visto ese camello. Ni tampoco nadie me había hablado de él antes de encontrarme con ustedes.

—¡Eso no es posible! ¡Miente!

La pareja de comerciantes se miró sorprendida, convencida de ser víctima de un engaño o de un robo. El hombre, acercándose al derviche, le exigió una respuesta:

—Le exigimos que nos diga ahora mismo dónde ha escondido nuestro camello y qué ha hecho usted con la carga que transportaba.

—Les prometo que yo ni he visto ese camello, ni he visto la carga —aseguró muy convencido el derviche.

Para aclarar tan extraño y complicado hecho, la pareja condujo al anciano derviche ante el cadí, para que este fuera el que juzgara el caso.

El cadí hizo muchas preguntas, tanto a la pareja como al anciano, y después de un examen muy detenido, no fue capaz de encontrar prueba alguna que acusara al derviche. Al parecer, no mentía al decir que no había visto al camello, y tampoco encontró evidencias de que hubiera robado la carga.

—Entonces solo hay una explicación: ¡este hombre es un hechicero! —exclamaron los comerciantes. De otro modo, es imposible que describiera a nuestro camello con tanto detalle.

Pero el derviche, dirigiéndose tranquilamente al cadí y a los comerciantes, aclaró:

—Entiendo que estéis todos sorprendidos y que penséis que hago magia, que miento o que pretendo estafaros, pero nada más lejos de mi intención. Quizá, con mis palabras, os he dado motivo para pensar eso. Así que debo explicarme. He vivido muchos años y siempre he intentado aprender de todo aquello que me rodea. Me he habituado a mirar despacio y con cuidado y a pensar bien en lo que veo, incluso en medio de un desierto. Esta mañana, mientras caminaba por el camino que conduce al oasis, encontré las huellas de un camello. Supe que andaba perdido porque junto a sus pisadas no había rastro de otros pasos, ni de humanos ni de animales. Comprendí que el camello era ciego del ojo derecho, porque la hierba de ese lado del camino estaba intacta y, en cambio, la hierba que crecía a la izquierda del sendero se la había comido al pasar. Noté, además, que le faltaba un diente, porque allí donde la hierba estaba mordida quedaba siempre un pequeño espacio sin cortar. Deduje que iba cojo porque la pisada de una de las patas apenas se marcaba en la arena. Finalmente, una larga caravana de hormigas, que arrastraba granos de maíz caídos en la misma dirección en la que se dirigían las pisadas del camello, y montones de moscas que se disputaban unas gotas de miel me indicaron qué tipo de carga llevaba.

Atónitos al escuchar su razonamiento, la pareja de comerciantes y el cadí dejaron libre al derviche, que siguió su camino con los ojos muy abiertos para seguir aprendiendo de los secretos escondidos a su alrededor.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El camello perdido» con la voz de Angie Bello Albelda

El rey burlón

Ilustración: Gwen Burns

No sabemos cuándo ni dónde, vivió un rey cuya mayor diversión consistía en burlarse de la gente. Sobre todo, le gustaba martirizar con sus estúpidas bromas a los que no podían defenderse, a los más débiles, a los más pobres o a los más simples.

Cierto día en el que se paseaba con su séquito por las calles de la ciudad, vio en medio de la plaza mayor un enorme gentío congregado y se acercó. A medida que la gente lo reconocía, le abría paso, de manera que pronto estuvo en primera fila.

Desde su privilegiada posición, vio a una mujer más anciana que el reloj de sol que presidía la plaza, que no paraba de besar a su burrito, caído cuan largo era en medio de un gran charco de barro.

Oír los lastimoso rebuznos del pobre animalito rompía el corazón de cualquiera:

—¡I-aah!, ¡i-aah!, ¡i-aah!

La viejecita, con los ojos llenos de lágrimas, le hablaba con dulzura:

—Pobre burrito mío, ¿qué te ocurre? Estás muy enfermo. ¡Ay!, ¡qué te ahogas! Por favor, burrito de mi alma, no te mueras. ¿Qué haría yo sin ti? Cúrate, que tienes que ayudarme a llevar la carga y a trabajar. Eres lo único que tengo en este mundo. Si tú te mueres, yo me moriré también. ¡Levántate, precioso mío!

En cuanto el rey burlón vio a aquella viejecita abrazada al burro y hablándole de tal modo, rompió a reír estrepitosamente y le dijo:

—¿Qué haces, vieja loca? ¿Por qué besuqueas a esa bestia? Ese burro, con el culo enfangado no lo merece. Es a mí a quién deberías besar. ¡Yo soy tu rey! Ja, ja, ja.

Por encima de los gemidos del burro y de las carcajadas de la gente, que siempre aplaudía las impertinencias del rey, la anciana respondió al monarca con dulzura:

—Pero no eres tú, señor rey, sino mi burrito, el que cada día me ayuda a llevar la carga. ¡Pobre de mí! Tengo que curarlo, pero no sé cómo hacerlo. Es como si le faltara el aire. ¡No puede respirar!

—No se curará con tus arrumacos, vieja —Siguió burlándose el rey burlón—. Yo sé qué le ocurre a tu bestia y conozco el remedio.

—¡Ay, señor!, si fueras tan amable de darme una solución, te estaría eternamente agradecida.

—El único modo de sanarlo es haciendo todo lo que yo te diga. Si lo haces, se curará al instante. Da cincuenta vueltas a la pata coja alrededor del burro mientras pronuncias el siguiente conjuro mágico:

Hay un burro rebuznando,

una vieja suplicando,

y cien tontos observando.

Rey de los asnos, no sigas bramando.

¡Cúrate ahora mismo!, que yo te lo mando.

La viejecita escuchó con mucha atención al rey y convencida de que aquel tratamiento surtiría efecto, hizo todo lo que el rey le había indicado.

La gente, al ver a la anciana corriendo a la pata coja y recitando aquellas absurdas palabras, no podía parar de reírse. Todos se desternillaban de la risa, sujetándose la barriga y a algunos hasta le caían lagrimones.

Pero lo más extraño de todo fue que hasta el burro, al ver a su dueña en tal actitud, pareció reírse. Soltó tal rebuzno que, efectivamente, se hubiera dicho que se estaba carcajeando. Al emitir aquel extraño grito con tanta fuerza, escupió una astilla de madera que se había tragado y que se le había quedado atravesada en la garganta, impidiéndole respirar.

Liberado al fin de aquel estorbo, se levantó de golpe, más sano y más contento que nunca.

Todos los que allí estaban congregados, aplaudieron riendo. ¡Aquel remedio tan absurdo había surtido efecto!

Al rey, sin embargo, la risa se le cortó de golpe y terriblemente enfadado, se marchó de allí con el rabo entre las piernas. ¡Él era el rey burlón, no el rey curandero!

Al alejarse, le llegó la voz de la vieja:

—¡Mil gracias, señor rey, por tu remedio! Te estaré eternamente agradecida.

Pasó el tiempo y, un día, el rey burlón cayó enfermo. Tan enfermo estaba, que era seguro que pronto moriría.

El caso es, que le había salido un enorme absceso en la garganta que le impedía tragar comida y que le dolía muchísimo. Sus quejas y alaridos se oían en palacio noche y día.

Los mejores médicos de la corte discutían y discutían, sin ponerse de acuerdo en si se moriría de dolor o por no comer. En lo único en lo que se ponían de acuerdo es en que no duraría mucho.

Ante tan funesta perspectiva, el rey burlón convocó a todos los nobles para hacer testamento, y en esto estaban cuando apareció la viejecita del burro corriendo a todo correr y gritando:

—¡Yo salvaré al rey! ¡Yo conozco el remedio!

Sin que nadie pudiera impedirlo, se plantó en la cámara en la que el monarca yacía.

Al verla, el rey, con la voz medio ahogada por culpa de su terrible grano, preguntó:

—¿Quién es esta vieja?, ¿una curandera? ¡Dejad que pruebe su cura!

Entonces, la mujer, ante la atónita mirada de los nobles, se puso a dar vueltas alrededor de la cama real a la pata coja mientras recitaba a pleno pulmón:

Hay un burro rebuznando,

una vieja suplicando,

y cien tontos observando.

Rey de los asnos, no sigas bramando.

¡Cúrate ahora mismo!, que yo te lo mando.

La corte no sabía si reír o llorar ante aquel irreverente espectáculo, pero el enfermo enseguida lo comprendió todo. De golpe, reconoció a la vieja de la que se había burlado meses antes. Ahora le aplicaba el mismo remedio que él aconsejó aplicar al burro.

El rey empezó a reír como nunca antes se había reído en toda su vida. Y de tanto reír, el grano de su garganta reventó y sanó de golpe:

—¡Me has salvado la vida! ¡Pídeme lo que quieras!

Pero la ancianita le respondió con su dulce voz:

—Nada quiero, señor rey. Viéndoos curado ya me doy por pagada. Las riquezas repártelas entre esta gente tan elegante. Viendo sus infelices caras, diría que son muy pobres. En cambio, yo tengo mi burrito.

Ciertamente, la anciana curó aquel día al rey burlón, que desde entonces nunca volvió a burlarse de nadie.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El rey burlón» con la voz de Angie Bello Albelda

 

La sabiduría encerrada

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Ilustración: eddaviel

 

En el corazón de África, tan lejos que se ignora el lugar exacto, por lo que supondremos que fue en la remota Taubilandia, y hace tanto tiempo, que los relojes de sol ni siquiera se habían inventado, vivió una mujer muy sabia. Tan sabia era, que poseía toda la sabiduría del mundo.

Aquella mujer silenciosa y paciente había pasado la vida entera observando y estudiando todo lo que la rodeaba.

Conocía a la perfección el territorio que habitaba y conocía el nombre de todos los árboles, plantas y animales que vivían en él.

Observaba el curso de los ríos, la dirección de los vientos, los eclipses de sol y de luna y la órbita de planetas y estrellas.

Sabía cuándo las lluvias serían abundantes y cuándo habría sequía y, por tanto, sabía cuál sería el momento idóneo para sembrar o cosechar.

Dominaba el arte de la medicina y aplicaba los remedios más efectivos para curar las enfermedades, ya fueran las del cuerpo o las del alma…

En fin, que como no se cansaba de aprender, llegó un momento en el acumuló toda la sabiduría del mundo.

Esta mujer se llamaba Madre Hekima y la fama de sus conocimientos pronto se fue extendiendo hasta llegar a los más recónditos rincones, desde los que acudían gentes de toda clase: pobres y ricas; jóvenes y viejas; altas y bajas… para escuchar sus enseñanzas o pedirle consejo.

Pero, he aquí, que las personas se cansaban rápido de escuchar y en cuanto aprendían un poco, consideraban que ya eran suficientemente listas y entonces utilizaban la sabiduría que Madre Hekima les regalaba para sus fines malvados. En lugar de aplicar los nuevos conocimientos para mejorar las cosas, los usaban para engañar a sus semejantes, someter a los débiles o lucrarse a costa de los bienes ajenos. Tanto cambiaron los habitantes de Taubulandia, que se terminó la paz.

Al comprobar que los taubulandeses no sabían cómo utilizar el valioso don que les ofrecía, Madre Hekima se enojó tanto, que decidió castigarlos.

Tras largas y profundas meditaciones, llegó a la conclusión de que lo mejor que podía hacer era privar a las personas de la sabiduría que les había concedido y esconderla en un lugar tan remoto e ignoto que nadie, jamás, pudiera volver a encontrarla. Sin embargo, había dado tantos y tan buenos consejos y enseñanzas, que lo primero que tuvo que hacer fue recuperar todo lo que había entregado.

Sin perder ni un instante, se puso manos a la obra hasta que lo consiguió  —o eso pensó ella— y una vez tuvo toda la sabiduría de nuevo en sus manos, la encerró en una vasija dorada.

Con la vasija llena en su poder, ahora, debía pensar en un lugar idóneo para esconderla y enseguida supo cuál sería ese lugar —o eso creyó ella—, y se acostó pensando en dirigirse allí en cuanto tuviera ocasión.

Antes de proseguir esta historia, debo apuntar que la mujer tenía una hija, casi tan sabia como ella, llamada Niara —la de los grandes propósitos—, que hacía días que observaba en silencio el extraño comportamiento de su madre y conocía la existencia de la misteriosa vasija:

—¡Muy importante será lo que ocurre y muy valioso debe ser lo que esconde mi madre en ese jarrón!

Por lo que decidió vigilar muy de cerca los movimientos de Madre Hekima.

Tal y como había supuesto Niara, no pasaron muchos días cuando una mañana, aún de madrugada, oyó a su madre levantarse con sigilo, vio cómo cogía el recipiente dorado y cómo abría despacio la puerta, intentando no hacer ruido.

Al quedarse sola, se levantó de un salto de la cama y, tomando todas las precauciones posibles, marchó tras los pasos de Madre Hekima, sin que esta sospechara nada, por el camino que conducía al bosque.

Anduvieron ambas, una detrás de la otra, un largo trecho y al llegar Madre Hekima a un macizo de palmeras, tan altas que parecía que rozaban el cielo, se detuvo, localizó la más esbelta de todas y empezó a trepar por ella con la jarra de la sabiduría pendiendo de un cordel, a modo de colgante, sobre el pecho. Su intención era esconder la vasija que contenía la sabiduría en lo más alto de aquel árbol, donde sabía que nadie iría a buscarla.

Sube que sube que sube, trepa que trepa que trepa y aunque la ascensión era difícil y pesada, ella seguía encaramándose por el tronco sin mirar abajo y sin sentir miedo, todo y que a cada paso que daba, la altura era más vertiginosa.

El jarro que contenía toda la sabiduría del mundo oscilaba, como si se tratara de un péndulo de oro, de un lado a otro, haciendo todavía más penosa aquella subida. Primero se movía de derecha a izquierda, amenazando con enredarse en los brazos de la mujer y hacerla caer. Después, golpeaba ora su pecho, ora la dura madera de la palmera, con el consiguiente peligro de que la jarra se hiciera trizas. Sin duda, se trataba de un arduo recorrido, pero Madre Hekima era pertinaz.

Seguía subiendo, subiendo y subiendo y Niara, sin poder contenerse más y cuando ya estaba a punto de perderla de vista, le lanzó un largo grito para llamar su atención:

—Madreeeeeeeeeeeeeeeee, escuchaaaaaaaaaa, ¿por qué no cuelgas tu preciado jarrón en la espalda? ¡Tal y como lo llevas ahora, la tarea que llevas a cabo es mucho más difícil y arriesgada!

Al oír las palabras de su hija, Madre Hekima se detuvo y mirando hacia la lejana tierra, contestó también a pleno pulmón:

—¡Vayaaaaaaaa! Y yo que estaba convencida de que había conseguido encerrar toda la sabiduría, descubro, de repente, que mi propia hija es más sabia que yo al mostrarme una forma mejor de trepar hasta la copa del árbol llevando esta vasija.

Al darse cuenta de lo inútil de su labor, descolgó de su cuello la vasija dorada que encerraba casi toda la sabiduría del mundo y la lanzó tan lejos como pudo. El jarrón fue a estrellarse contra una piedra y se rompió en mil pedazos.

Ya habréis supuesto que al hacerse añicos el recipiente que la contenía, la sabiduría se desparramó y lo salpicó todo. Y es, por ese motivo, que las personas debemos estar muy atentas si queremos encontrar un poco.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La sabiduría encerrada» con la voz de Angie Bello Albelda

El califa, el pastor y la felicidad

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Ilustración: Bahloul

Un frío día de invierno, el califa de Córdoba salió de caza con su séquito. Quiso la mala fortuna, que un golpe huracanado de viento asustara su caballo, que desbocado echó a correr sin control. Tan veloz huía el despavorido animal, que no tardaron en perderlos de vista aquellos que los seguían.

De repente, el califa vio que ante ellos se abría un profundo barranco y comprendió que su montura se despeñaría sin remedio con él encima. Ya rezaba las últimas oraciones, cuando un humilde cabrero que había llevado a pastar sus cabras junto al precipicio, les salió al paso y consiguió dominar al brioso corcel justo al borde de la sima.

El califa, más que agradecido al ver que el pastor había arriesgado su vida por salvar la suya, quiso recompensarlo y le ofreció la felicidad como galardón por su buena acción. Juró a su salvador, por su barba, que le daría todo cuanto le pidiese y lo emplazó a acudir a su palacio al día siguiente.

No faltó el cabrero a su cita y, muy de mañana, se dirigió a la corte del califa, que había dado órdenes de que lo condujeran a su presencia en cuanto llegara.

Ben Adab, que así se llamaba aquel pastor dueño de cincuenta cabras, fue conducido sin demora hasta el monarca, que ya lo esperaba.

—Buen hombre —dijo el soberano—, dime qué necesitas para ser feliz. Cumpliré la promesa que te hice por mi barba y tu deseo será satisfecho al instante.

—Sería feliz si tuviera un rebaño de cien cabras. Ahora tengo cincuenta, pero si me das cincuenta más, mi dicha será completa.

—Veo que precisas bien poco para ser feliz —respondió sonriendo el califa—, así que te concedo las cincuenta cabras que me pides y, además, te regalo una pequeña casa y prados propios en los que paste tu ganado.

Loco de felicidad, y agradecido porque el califa le había dado mucho más de lo que él le había pedido, se marchó y se instaló en su nuevo hogar y, poco a poco, fue relacionándose con sus nuevos vecinos.

Un día, lo visitó un propietario muy rico, que le contó que tenía una mansión, doscientas cabras y unos prados muy grandes, donde los animales se alimentaban.

Aquella noche, el pastor no pudo dormir. No hacía más que pensar en las doscientas cabras y se decía a sí mismo: «¡Qué tonto fui! Debí pedirle al califa doscientas cabras y ahora sería tan importante como mi vecino». Así estuvo, piensa que te piensa, hasta quedarse dormido de puro agotamiento.

A la mañana siguiente, el pastor decidió ir a la corte y pidió audiencia. El califa lo recibió enseguida.

Contó cabizbajo y avergonzado sus pensamientos de la noche al soberano. Este, después de escucharlo con atención, no pudo más que reír ante lo que le solicitaba. Le recordó que le había prometido, por su barba, darle cuanto le pidiese y que, por tanto, le entregaría otras cien cabras y así tendría doscientas, las mismas que su vecino.

El feliz pastor puso rumbo a su casa, pero a medida que se acercaba a ella, pensaba: «O sea, que si en lugar de doscientas cabras le hubiera pedido trescientas, o quinientas, o tal vez mil, también me las habría concedido. ¡Pero mira que soy tarugo! Podría tener más cabras que mi vecino y me he conformado solo con doscientas».

Estuvo unos cuantos días rumiando y dando vueltas a la cuestión y, por fin, se animó a regresar al palacio para contarle al califa que tampoco ahora era feliz y que quería más cabras y unos prados más extensos para alimentarlas.

El monarca, que había jurado por su barba que le concedería todo lo que pidiera, hizo realidad sus deseos y el hombre volvió a casa pletórico:

—¡Esto sí que es la felicidad!

Pero no le duró mucho su contento, porque todo lo que poseía pronto le pareció poco al pastor y empezó a pensar y a pensar cómo conseguir la felicidad y decidió que sería feliz si dejaba de vivir en el campo y se instalaba en la corte.

Con la ayuda del califa, se mudó a un nuevo hogar en la capital, pero con el correr de los días y a fuerza de pedir, lo que empezó siendo una casa, acabó convirtiéndose en un palacete; las mulas de su establo se trocaron en briosos caballos andaluces de pura raza; y las charlas con sus vecinos se transformaron en festejos y galas en los que nunca se terminaba ni la comida ni la bebida.

Al califa cada vez le hacían menos gracia los constantes caprichos del pastor, pero como le había jurado por su barba que le daría lo que fuera con tal de conseguir su felicidad, siguió otorgándole al insaciable cabrero todo cuanto pedía.

Sin embargo, el ambicioso Ben Adab nunca tenía bastante y llegó un día, en el que se dirigió al palacio a pedir un nuevo deseo al califa.

—Mi Señor —le dijo—, tú juraste por tu barba darme todo cuanto te pidiese para hacerme feliz.

—Cierto es —respondió el califa—, y si hasta ahora no has logrado ser feliz, no puedes decir que haya sido por mi culpa.

—Es verdad, todo me lo has concedido  —dijo Ben Adab—. Por eso, ahora, te pido ser califa y ocupar tu lugar. Solo así seré feliz.

Al oír aquello, el califa ordenó llamar al barbero real y allí mismo se hizo afeitar la barba. Después, dirigiéndose al pastor le dijo:

—Como ya no tengo barba, ya no tengo que cumplir nada de lo que juré por ella, así que tú tampoco tienes por qué dejar de ser lo que eras.

Dicho esto, mandó a sus sirvientes que despojaran al ambicioso pastor de todos los bienes que le había concedido y que lo devolvieran al lugar donde lo había encontrado por primera vez. Y allí sigue, con sus cincuenta cabras al borde del barranco, tal y como estaba aquel día que el califa juró por su barba.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El califa, el pastor y la felicidad».