Cuento popular

La esmeralda mágica

Ilustración: yaamas

Hace muchos, muchos años, en una pequeña aldea, vivió una vez una niña, llamada Lula, que solía jugar debajo de una vieja haya cercana a su casa.

Cada vez que había una gran tormenta, cuando la fuerte lluvia daba paso al brillante arcoíris, alrededor de aquel árbol, formando círculos como si quisieran abrazar el grueso tronco, crecían infinidad de hongos, los cuales servían de asiento a un numeroso grupo de pequeños gnomos que desde tiempo inmemorial vivía en las raíces de la añosa haya. Los gnomos eran tan chiquitos como muñequitos en miniatura, pero tan poderosos, que eran capaces de hacer las cosas más maravillosas que imaginar se pueda. Un día, Lula los vio y al poco, ella y los gnomos, ya eran grandes amigos.

La pequeña mantenía en secreto esa amistad —la gente no suele creer en los gnomos y se burla de las personas que sí creen en su existencia—, pero siempre que podía, jugaba y se divertía mucho con ellos.

Llegó un invierno especialmente helado y el padre de la niña decidió hacer leña de aquella haya. Lula le rogó de todas las formas que no cortara aquel árbol, ya que era la morada de sus diminutos amigos. El padre, aunque la miró sin creerla, consintió en lo que le pedía su hija a condición de que Lula se ocupara de conseguir leña para la casa hasta que llegara el buen tiempo.

La pequeña pasó aquel invierno trabajando muy duro, recorría la comarca y juntaba leña para cumplir la promesa que salvaría el haya; y el padre, a su vez, cumplió la suya, porque así suelen hacerlo los padres.

Al llegar la primavera, llegó a oídos de los gnomos el sacrificio realizado por Lula para salvar el viejo árbol en el que vivían y decidieron recompensarla regalándole una cadena de oro, de la que pendía una gran esmeralda.

—Esta piedra —dijeron—, tiene poderes mágicos y te concederá todo aquello que hace felices a los humanos. Mientras la lleves colgada en el cuello serás amada, tendrás dinero y conseguirás para ti todo lo que quieras para llegar a ser inmensamente rica y poderosa. Sin embargo, para el resto de la gente será solo una simple esmeralda; muy valiosa, cierto, pero sin poder alguno.

Muy pronto Lula comprobó la verdad de esas palabras: tenía cuanto deseaba y todo lo que emprendía le salía bien sin ningún esfuerzo, aunque como no ambicionaba ni gloria ni riquezas, le daba poco uso a su esmeralda encantada.

Pasaron plácidos los años y llegó un verano en el que hubo una gran sequía y el hambre se apoderó de hombres y animales, porque se perdieron todas las cosechas.

Lula intentó solucionar esos males con su piedra encantada, pero todo fue en vano; sus poderes únicamente actuaban en su beneficio, no para el de los demás. Ella podía salvarse del hambre y la miseria, pero nunca podría ayudar a sus semejantes.

No se conformó Lula con aquello y, rápidamente, se dirigió a la ciudad más cercana, vendió la piedra preciosa, por la cual le dieron una fortuna, y volvió a su comarca con una enorme carreta cargada de alimentos, ropas y hasta grano para los animales. Para que nadie se enterara de que había sido ella quien trajera todo aquello, lo fue dejando frente a las casas de noche, sin que nadie la viera.

A la mañana siguiente, todos los habitantes encontraron grandes paquetes frente a sus puertas y fue como la mañana del día de Reyes. Hubo alegría y alivio, aunque nadie supo nunca a quién debían dar las gracias.

Pero Lula estaba preocupada, porque tendría que confesar a sus amigos, los gnomos, que había vendido la maravillosa piedra que le regalaran cuando era niña y quizá no comprendieran por qué lo había hecho si la esmeralda le podía proporcionar todo aquello que podía desear.

Finalmente, lo contó con un poco de miedo, pensando que se enojarían. Sin embargo, los gnomos comprendieron que Lula no necesitaba una piedra encantada para conseguir la felicidad, le bastaba con su propia bondad. Por eso le hicieron otro obsequio para que luciera en su cuello; esta vez le dieron un humilde pañuelo, que se ajustaba con un pequeño anillo hecho con un hueso de caracú.

Aquel pañuelo le recordaría siempre que de nada sirven las riquezas ni el propio bienestar cuando no se pueden compartir, que lo que se consigue sin esfuerzo carece de verdadero valor y que dar amor a las personas que están cerca es la mayor alegría que alguien puede gozar, porque no hay felicidad más completa y hermosa que la que se obtiene al regalar felicidad.

FIN

El árbol que hablaba

Ilustración: AlectorFencer

En una espesa selva vivía un lobo feroz. Un día, mientras intentaba cazar algo para comer, topó con un árbol de cuyas extrañas hojas rojas se desprendía un tenue resplandor. Curioso, se acercó más a él para observarlo mejor y fue entonces cuando oyó que el árbol hablaba.

El lobo se asustó y exclamó:

—Hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol parlante.

Tan pronto hubo pronunciado esas palabras, alguna cosa que no pudo ver lo golpeó y lo dejó inconsciente. No supo cuánto tiempo permaneció tendido a los pies del misterioso árbol, pero al despertar estaba demasiado asustado para pensar en otra cosa que en huir, así que se levantó de inmediato y no paró de correr hasta llegar a su casa.

El lobo estuvo meditando largo rato acerca de lo que le había ocurrido y se dio cuenta de que podría usar el árbol en beneficio propio. Volvió a salir de casa y fue paseando en busca de su vecino el antílope. Cuando dio con él, le contó la historia del árbol que hablaba, pero el antílope no creyó nada de lo que le contaba.

—Si no me crees, ven y tú mismo podrás verlo —propuso el lobo—, pero debes tener cuidado. Cuando estés delante del árbol asegúrate de decir estas palabras: «Hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol parlante». Si cuando estés ante él no pronuncias esta frase, morirás.

El lobo y el antílope se dirigieron hacia el lugar en el que estaba el árbol que hablaba y una vez ante él, el antílope dijo:

—Has dicho la verdad, lobo, hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol parlante.

Tan pronto dijo esto, alguna cosa lo golpeó y lo dejó inconsciente. El lobo cargó con él a su espalda y se lo llevó a su casa para comérselo. «Este árbol que habla solucionará todos mis problemas —pensó el lobo—. Si soy listo, nunca más volveré a pasar hambre».

Al día siguiente, el lobo paseaba como de costumbre cuando topó de frente con una tortuga. Le contó la misma historia que le había contado al antílope y la llevó hasta el lugar en el que estaba el árbol parlante. La tortuga se sorprendió mucho al oírlo hablar:

—No creí que esto fuera posible —dijo—, hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol parlante.

Inmediatamente fue golpeada por algo que no pudo ver y se desvaneció. El lobo la arrastró hasta su casa y la puso en una olla para hacer con ella una deliciosa sopa.

El lobo estaba orgulloso de sí mismo. Después del antílope y la tortuga dio cuenta de un cuervo, de un jabalí, y de un ciervo. ¡En su vida había comido mejor! Ahora usaba siempre la misma estrategia: contaba a sus presas la misma historia y les decía que debían pronunciar ante el árbol la fatídica frase y que si no la decían, morirían. Todos hacían lo que el lobo les decía y todos quedaban inconscientes. Luego el lobo cargaba con ellos hasta su casa. ¡Era un plan perfecto!, era simple e infalible, y él agradecía a los dioses de la selva haber puesto en su camino aquel árbol. Esperaba seguir comiendo como un rey el resto de su vida.

Un día, que se sentía hambriento salió a pasear en busca de una nueva víctima. Esta vez se tropezó con una liebre y el lobo le dijo:

—Hermana liebre, tengo un secreto que es probable que no lo conocieran ni tus antepasados.

—¿Y cuál es ese secreto, hermano lobo? —preguntó curiosa la liebre.

—En esta selva hay un árbol que habla —susurró el lobo.

Y, acto seguido, le contó a la liebre la misma historia de siempre y se ofreció a acompañarla a ver el árbol parlante. La liebre aceptó y fueron juntos hasta el lugar. Cuando ya estaban cerca del árbol el lobo le recordó:

—No olvides decirle al árbol lo que te he dicho.

—¿Qué debo decirle? —preguntó la liebre.

—La frase que debes pronunciar cuando estés en su presencia si no quiere morir —contestó el lobo.

—¡Ah!, sí —dijo la liebre.

Y empezó a hablar con el árbol.

—¡Oh!, gran árbol, ¡oh!, gran árbol —recitó—. ¡Oh! árbol majestuoso y…

—No, eso no es lo que has de decir —la cortó el lobo.

—Perdona —se excusó la liebre. Y volvió a recitar—. Árbol, ¡oh!, árbol, hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol raro.

—¡No, no y no! —se impacientó el lobo— no «un árbol raro», sino «un árbol parlante». Lo que tienes que decir es: «Hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol parlante».

Tan pronto como hubo dicho estas palabras, el lobo cayó inconsciente. La liebre se alejó despacio, girándose, de cuando en cuando, para observar aquel extraño árbol rojo y al lobo tendido bajo él. Luego sonrió:

—Así que este era su plan, señor lobo. Usted se pensó que esta liebre era boba y que hoy sería su comida.

La liebre puso tierra por medio y en su camino fue contando a todos los animales de la selva el secreto del árbol rojo que hablaba. El plan del lobo quedó al descubierto, y el árbol, sin poder herir a nadie más, continuó hablando solo.

FIN

La rana zarevna

Ilustración: LiaSelina

En un reino muy lejano vivieron un zar y una zarina que tenían tres hijos. El más pequeño se llamaba Iván.

Un día sus padres les dijeron:

—Queridos hijos, tomad una flecha cada uno y disparadla al acaso; dondequiera que caiga, buscaréis novia para casaros.

Lanzó su flecha el hermano mayor y cayó en el patio de un boyardo, con cuya hija se veía en secreto; disparó la suya el segundo hermano y fue a caer en el patio de un comerciante, con cuya hija hacía tiempo que tenía relaciones sin que nadie lo supiera; finalmente, la flecha del menor se clavó en el barro de un sucio pantano, al lado de una enorme rana.

Iván, atribulado, exclamó:

—¡No puedo casarme con una rana!

—Puesto que esa ha sido tu suerte, ¡cásate con ella! —respondieron sus padres.

Y así sucedió. Los tres hermanos se casaron: el mayor, con la hija del boyardo; el segundo, con la hija del comerciante, e Iván, con la rana.

Tiempo después, el zar ordenó:

—Quiero que vuestras mujeres me amasen un pan blanco y tierno cada una.

Iván regresó a su casa muy disgustado.

—¡Croac, croac, Iván! ¿Por qué estás triste? —preguntó la rana.

—¡¿Cómo quieres que no esté triste?! El zar manda que le amases un pan blanco y tierno.

—¡No te preocupes, zarevich! Acuéstate y duerme tranquilo, que al despertar serás más sabio que por la noche —le aconsejó la rana.

Se acostó el zarevich Iván y se durmió profundamente. Entonces, la rana se quitó la piel y se transformó en la Sabia Basilisa, una hermosa joven. Salió al patio y en voz alta ordenó:

—¡Servidores! ¡Amasad un pan blanco y tierno!

Por la mañana, al despertarse el zarevich Iván, la rana tenía el pan hecho, y era tan blanco y delicioso, que no podía imaginarse nada igual.

El zarevich Iván presentó el pan al zar y este quedó muy satisfecho.

Acto seguido, fue la zarina la que ordenó a sus tres hijos:

—Quiero que vuestras mujeres me tejan en una sola noche una alfombra cada una.

Volvió el zarevich Iván muy triste a casa y se dejó caer, con gran desaliento, en un sillón.

—¡Croac, croac, Iván! ¿Por qué estás tan triste? —le preguntó la rana.

—¡¿Cómo quieres que no esté triste?! La zarina manda que le tejas en una sola noche una alfombra.

—¡No te preocupes, zarevich! Acuéstate y duerme tranquilo, que al despertar serás más sabio que por la noche.

Se acostó el zarevich y se durmió profundamente. Entonces, la rana se quitó su piel y se transformó en la Sabia Basilisa, salió al patio y exclamó:

—¡Viento impetuoso!, tráeme aquí la alfombra sobre la cual solía sentarme en casa de mis queridos padres!

Por la mañana, cuando despertó Iván, la rana le entregó una alfombra de inigualables filigranas bordadas con oro y plata. Era tan maravillosa, que es imposible imaginar nada semejante.

Al recibirla, la zarina se quedó asombrada.

Los zares invitaron, entonces, a sus tres hijos, con sus respectivas esposas, a comer.

De nuevo, volvió triste a casa Iván zarevich; se dejó caer en un sillón y apoyó en su mano la cabeza.

—¡Croac, croac, Iván! ¿Por qué estás tan triste? —le preguntó la rana.

—¡¿Cómo quieres que no esté triste?! Los zares, mis padres, nos invitan a comer. ¿Cómo podré presentarte a ti, una rana?

—¡No te preocupes, zarevich! Adelántate solo, yo iré más tarde. En cuanto oigas un trueno, di a todos: «Es mi ranita, que llega en su cajita».

Iván se fue a palacio. Llegaron sus hermanos mayores con sus esposas, y al ver que Iván llegaba solo se burlaron de él:

—¿Cómo es que has venido sin tu mujer? ¡Podías haberla traído envuelta en un pañuelo mojado!

—¿Cómo hiciste para encontrar una novia tan hermosa? ¿Tuviste que visitar muchos pantanos?

De repente, un trueno retumbó e hizo temblar el palacio entero. Todos se sobresaltaron, pero Iván los tranquilizó:

—No temáis, es mi ranita, que llega en su cajita.

Mientras esto decía, llegó al palacio un carruaje dorado tirado por seis caballos. De él, descendió la Sabia Basilisa, tan hermosísima, que sería imposible imaginar una belleza semejante. Se acercó al zarevich Iván, lo tomó de la mano y juntos se dirigieron hacia la mesa, ya dispuesta para la comida. El resto de los invitados también tomó asiento y todos comieron, bebieron y charlaron durante la comida.

Basilisa la Sabia bebió un poquito y el resto de líquido lo echó, con disimulo, en su manga izquierda; comió un poquito y el resto de comida lo echó en su manga derecha. Las esposas de los hermanos de Iván, que no dejaban de observarla, hicieron lo mismo.

Más tarde, cuando Basilisa la Sabia se puso a bailar con su marido, sacudió su mano izquierda y se formó un lago; sacudió la derecha y aparecieron nadando en el agua unos preciosísimos cisnes blancos; todo el mundo quedó asombrado al ver tal maravilla.

Las otras dos nueras de los zares quisieron imitar a Basilisa: sacudieron la mano izquierda y salpicaron con agua a los que danzaban cerca; sacudieron la derecha y con un trozo de zanahoria les dieron al zar y la zarina un golpe en un ojo. Ambos se enfadaron tanto, que las expulsaron de palacio.

Entretanto, Iván zarevich, sin que nadie se diera cuenta, había ido corriendo a casa y había quemado la piel de rana. Al atardecer, y ya en su hogar, Basilisa la Sabia buscó la piel sin encontrarla y habló así:

—¡Iván zarevich!, ¿qué has hecho? Si hubieses tenido paciencia, habríamos estado juntos para siempre. Sin embargo, ahora… ¡Adiós! Búscame en el otro extremo de la Tierra, en el trigésimo reino a mil leguas de aquí; pero antes de encontrarme, tendrás que gastar andando tres pares de botas de hierro y comerte tres panes de hierro. De lo contrario, jamás me encontrarás.

Dicho esto, se transformó en un cisne blanco y salió volando por la ventana.

Iván zarevich se deshacía en llanto. Se calzó unas botas de hierro y salió en busca de Basilisa la Sabia. Después de andar largo tiempo, se encontró a un viejecito que le preguntó:

—Joven!, ¿adónde vas y qué buscas?

El zarevich le contó su desdicha.

—¡Oh, Iván zarevich! —exclamó el viejo—. No debiste quemar la piel de rana; debiste tener más paciencia. Toma esta pelota —continuó—; lánzala, ella te guiará.

Iván zarevich así lo hizo. La pelota rodó y rodó, hasta detenerse ante una cabaña que daba vueltas sin parar sobre tres patas de gallina:

—¡Cabaña, cabañita! ¡Abre tu puerta para mí! —le pidió Iván.

La cabaña obedeció; el zarevich entró y se encontró a Baba Yaga:

—¡Fiu, fiu! En esta cabaña nunca se vio ni se olió a hombre alguno, pero he aquí que tú te atreves a presentarse ante mí y a molestarme con tu olor. Iván zarevich, ¿a qué has venido?

—¡Vieja bruja!, deja de gruñir, primero dame de comer y después pregúntame lo que quieras.

Baba Yaga así lo hizo y el zarevich le contó que iba en busca de Basilisa la Sabia.

—Mucho has tardado. Al principio se acordaba mucho de ti, pero ahora ya no te nombra nunca. Ve a casa de mi segunda hermana; ella sabe más que yo de tu mujer.

Iván zarevich reanudó su camino siguiendo la pelota. Anduvo, y anduvo hasta que se encontró ante otra cabaña, también sobre patas de gallina.

—¡Cabaña, cabañita! ¡Abre tu puerta para mí!

Iván entró y encontró a otra Baba Yaga, hermana de la primera, la cual exclamó al verlo:

——¡Fiu, fiu! En esta cabaña nunca se vio ni se olió a hombre alguno, pero he aquí que tú te atreves a presentarse ante mí y a molestarme con tu olor. Iván zarevich, ¿vienes a verme por tu voluntad o contra ella?

Iván zarevich le contestó que más bien había llegado allí contra su voluntad.

—Voy en busca de mi esposa, Basilisa la Sabia.

—¡Qué pena me das, Iván zarevich! —le dijo entonces Baba Yaga—. ¿Por qué has tardado tanto en venir? Basilisa la Sabia te ha olvidado por completo y va a casarse con otro. Vive en casa de mi hermana mayor, y tendrás que llegar allí muy de prisa si quieres llegar a tiempo. Te daré un consejo: cuando entres en la cabaña, Basilisa la Sabia se transformará en un huso y mi hermana hilará en él finísimos hilos de oro; roba el huso y rómpelo por la mitad, tira la punta detrás de ti y la otra mitad échala hacia delante, entonces aparecerá Basilisa la Sabia ante tus ojos.

Iván zarevich se alejó tras la pelota.

No se sabe cuánto tiempo anduvo ni por qué tierras, pero en su largo camino, rompió tres pares de botas de hierro y se comió tres panes de hierro hasta que, al fin, llegó a una tercera cabaña, puesta, como las anteriores, sobre tres patas de gallina.

—¡Cabaña, cabañita! ¡Abre tu puerta para mí!

Al entrar, encontró a la tercera Baba Yaga hilando hilos de oro; cuando hubo devanado todo el huso, lo metió en un cofre y cerró con llave. Iván zarevich, en un descuido de la bruja, le robó la llave, abrió el cofrecito, sacó el huso y lo rompió por la mitad; la punta la echó tras de sí y la otra mitad hacia delante, y en el mismo momento, apareció Basilisa la Sabia.

—¡Cuánto has tardado en venir! ¡Ya iba a casarme con otro!

Se cogieron de la mano, se sentaron en una alfombra mágica y volaron hacia el reino de Iván.

Después de cuatro días, llegaron al palacio real. El zar y la zarina recibieron a Iván y a Basilisa la Sabia con gran júbilo y tras celebrar una gran fiesta de bienvenida, legaron todo el reino a la joven pareja.

FIN

La campesina y los tres consejeros del rey

Ilustración: cosmococo

El sol se ponía y una vieja campesina terminaba sus labores agrícolas diarias. En la distancia oyó el eco de unos cantos que llegaban desde las montañas. Se giró en dirección al lugar del que provenía el sonido y vio una gran comitiva de gente a caballo que salía del bosque y se dirigía, por la carretera, hacia la ciudad. Era el rey y sus caballeros, que volvían de caza. El monarca cabalgaba el primero y lo seguían, a poca distancia, los grandes del reino y los ministros, luciendo sus mejores galas. Cerraba aquel séquito la banda real, que tocaba sus instrumentos y cantaba canciones.

El espectáculo era magnífico. En cuanto la anciana vio a los caballeros con sus relucientes ropajes y escudos, no pudo despegar los ojos de ellos. Mientras miraba embelesada, observó cómo el rey detenía la marcha de su cortejo con una señal de su mano y, campo a través, se dirigía, seguido de tres de sus consejeros, hasta donde ella estaba. La vieja campesina sacudió el polvo de su ropa lo mejor que pudo, se atusó el pelo con los dedos y esperó, humilde y expectante, la llegada del rey.

El rey se acercó a la campesina y después de saludarla amablemente le dijo:

—Buena mujer, ¿te levantaste temprano para llevar a cabo tus tareas?

La anciana respondió:

–Así es; me levanté pronto para cultivar mis campos y estos me dieron abundantes frutos.

El rey le preguntó entonces:

—Sin embargo, no veo esos frutos que mencionas… Dime, ¿cuánto tiempo hace que ese huerto en flor se secó y la cima de las montañas se cubrió de nieve?

—Veinte años hace ya, majestad —contestó la campesina con tristeza.

El rey, haciendo con su cabeza una señal de comprensión, le preguntó a continuación:

—¿Y durante todo ese tiempo han estado fluyendo caudalosos ríos desde el fondo de la montaña?

—Y siguen fluyendo, majestad. Fluyen y fluyen, desde entonces, sin parar.

—Hasta ahora, todo bien —dijo el rey—. Pero dime, ¿serás capaz de esquilar tres gansos tontos cuando lleguen del oeste?

—Seré capaz, sabio monarca, seré capaz. Lo prometo —contestó sin demora la viejecita.

El rey dio por finalizada la conversación, pero antes de marcharse, le regaló a la anciana un cinturón de oro y partió, junto a sus tres consejeros, para unirse de nuevo al séquito real, que lo aguardaba en el camino. Entre la nube de polvo que levantaban los caballos al galopar, la mujer los perdió de vista en el horizonte, camino de palacio.

Al llegar a su destino, el rey, los consejeros y el resto de la corte celebraron un gran banquete. Al terminar, el rey pidió a los consejeros que lo habían acompañado a ver a la campesina que le explicaran el significado de las preguntas que le había hecho a la anciana y qué querían decir las respuestas que esta le había dado.

Los consejeros pensaron y pensaron durante horas, tratando de desentrañar los acertijos, pero ninguna de las explicaciones fue del agrado del rey. Por último, el soberano les concedió treinta días para que encontraran las respuestas correctas y advirtió a los tres de que en caso de que fracasaran, elegiría nuevos consejeros para reemplazarlos.

Durante veintiocho noches los consejeros meditaron y discutieron, pero fueron incapaces de descifrar los enigmas. Vencidos, decidieron ir a ver a la anciana campesina para que los ayudara.

La mujer los recibió en el umbral de su cabaña, con una reverencia los invitó a pasar, pero se negó a aclarar el misterio que encerraban las preguntas formuladas por el monarca y las respuestas que ella le había dado. Por más que los consejeros rogaron, suplicaron y, finalmente, amenazaron, no consiguieron una respuesta de la campesina. Solo cuando pusieron sobre la mesa cien monedas de oro cada uno, la anciana dio su brazo a torcer. Se guardó el dinero en el bolsillo, y dijo que les revelaría el misterio que tanto los preocupaba.

—La primera pregunta del rey se refería a mi familia y mi respuesta fue que me casé joven y tuve hijos, pero que pasado el tiempo me quedé sola. Después el rey me preguntó cuánto tiempo hacía de eso y desde cuándo peinaba yo canas, a lo que yo respondí que hace ya veinte años que la soledad y la pena cubrió de nieve mi cabeza. Finalmente, el rey quiso saber si he llorado mucho y yo le dije que desde entonces no he dejado de llorar. Por último, con los tres gansos tontos del oeste el rey aludía a vosotros y vaticinó que vendríais a pagarme para que resolviera el significado de la conversación que mantuvimos él y yo. Y tal y como le prometí, ¡os he esquilado!

FIN

El queso de Luna

Ilustración: hannelin

En una pequeña granja vivía una niña con sus padres. Su nombre era Luna, pero como era muy chiquita, todos la llamaban Lunita. Cada mañana, cuando el Sol aún no se había despertado, la pequeña, para ayudar al sustento de la familia, montaba sobre su pequeño burrito y se dirigía a la ciudad para vender los ricos quesos que ella misma elaboraba. Como el trayecto era muy largo, se entretenía cantando:

Yo soy Lunita

y vendo quesos,

si compras uno,

te doy un beso.

Niña bonita

dicen que soy,

todos me llaman

por donde voy:

«¡Luna Lunita,

dame un quesito

de esos tan blancos

y redonditos!»

Arre, burrito,

burrito arre,

anda de prisa

que llegas tarde.

Si corres mucho

yo te daré

unos churritos

para el café.

Un día, en el que Luna, iba distraída, cantando alegremente su canción, no se dio cuenta de que en medio del camino había un enorme agujero. El burro tampoco lo vio y metió una de sus patas en el boquete. Lunita, burro y quesos saltaron por los aires y rodaron camino abajo.

Al fin, en una hondonada, consiguieron detenerse. Luna no paraba de llorar al ver aquel terrible desastre. ¡Cuando sus padres se enteraran de lo que había ocurrido, la regañarían mucho por andar tan distraída!

Se apresuró a recoger todos los quesos y a ponerlos nuevamente en los cestos, pero no se dio cuenta de que el queso más grande seguía rodando y rodando sin parar, subiendo y bajando, de una montaña a otra y a otra y a otra… ¡hasta que se topó con el mismísimo arco iris! El blanco queso, de un salto, subió sobre el color rojo y siguió rodando, de color en color, hasta que llegó al cielo, y allí se quedó pegado. Desde entonces, el queso de Luna puede verse cada noche en el cielo.

FIN

El alfiletero de la anjana

Ilustración: aiduqui

Las anjanas son unas hechiceras que viven en Cantabria; poseen grandes poderes. Premian a las personas buenas y castigan a las malas.

También viven allí unos seres malignos, los cuales solo piensan en hacer daño a la gente, llamados ojáncanos. Reciben este extraño nombre porque tienen un solo ojo en medio de la frente. Los ojáncanos viven en cuevas y  han sido siempre enemigos de las anjanas.

Un día, una anjana perdió un alfiletero que tenía clavados cuatro alfileres con un brillante cada uno y tres agujas de plata con el ojo de oro.

Una vendedora muy pobre, que pregonaba su mercancía de pueblo en pueblo, lo encontró, pero la alegría le duró poco porque en seguida pensó que, si intentaba venderlo, todos creerían que lo había robado. Así que, no sabiendo qué hacer con él, resolvió guardarlo.

Esta vendedora vivía con su hijo, que la ayudaba en sus tareas pero, un día, su hijo fue al monte y no volvió, porque un ojáncano lo raptó.

Desconsolada, al ver que pasaban los días y que su hijo no volvía y sin saber que estaba en poder del ojáncano, lo creyó perdido o muerto y lo lloró amargamente, pues era su único hijo.

La vendedora siguió yendo de pueblo en pueblo con el alfiletero siempre en su bolsillo.

Una mañana, andando por un sendero, encontró una vieja que cosía bajo un árbol. Cuando la vendedora pasó justo frente a ella, a la vieja se le rompió la aguja:

—¿No tendrá usted una aguja por casualidad? —preguntó la anciana a la vendedora

Esta lo pensó durante un momento y al fin le contestó:

—Sí que tengo. Encontré un alfiletero que tiene tres, así que tome usted una —y se la alargó a la vieja.

Siguió la vendedora su camino y pasó delante de una muchacha que estaba cosiendo y le sucedió, exactamente, lo mismo, así que le dio la segunda aguja del alfiletero.

Más tarde, pasó junto a una niña que estaba cosiendo, se repitió la historia  y la vendedora le entregó la tercera aguja.

Ya solo le quedaban los alfileres clavados en el alfiletero, pero sucedió que un poco más adelante se encontró con una mujer que se había clavado una espina en el pie. La mujer le preguntó si no tendría un alfiler para poder sacarse la espina y, claro, la vendedora le regaló uno de sus alfileres.

Un poco más adelante se encontró con otra muchacha que lloraba con desconsuelo porque se le había roto el tirante de su vestido, con lo que la vendedora empleó sus tres últimos alfileres en recomponerlo y, con esto, se quedó con el alfiletero vacío.

Siguió adelante por la senda y se encontró que al final de la misma había un caudaloso río, pero no había puente por donde atravesarlo, de manera que empezó a caminar por la orilla con la esperanza de encontrar un vado. De pronto, de su bolsillo salió una voz. Era el alfiletero que le decía:

—Ve a la orilla del río y apriétame entre tus manos.

La vendedora así lo hizo y, de repente, apareció un puente que cruzaba el río de lado a lado. La vendedora pasó sobre él y alcanzó la otra orilla. Entonces el alfiletero volvió a hablar:

—Cada vez que desees algo o necesites ayuda, apriétame.

La vendedora siguió su camino, pero tuvo la mala suerte de no encontrar posada alguna donde poder comer y empezaba a sentir mucha hambre. Entonces se acordó del alfiletero y se dijo: «¿Y si el alfiletero me diese algo de comer?».

Apretó el alfiletero y en sus manos apareció un pan recién horneado, por lo que, muy contenta, se lo comió y después prosiguió su camino.

No había recorrido mucho trecho, cuando pasó frente a una casa en la que había una mujer que lloraba la pérdida de su hija.  Afirmaba que se la había arrebatado un ojáncano. Compadecida, la vendedora le dijo que ella misma iría al bosque a ver si podía encontrar a la chica desaparecida.

En seguida se acordó del alfiletero y como no sabía por dónde empezar a buscar, lo apretó fuertemente para pedir ayuda.

Apareció una corza con una estrella en la frente. La corza echó a andar y la vendedora se fue tras ella hasta que el animal se detuvo ante una gran piedra y allí se quedó esperando.

Desconcertada, la vendedora volvió a apretar el alfiletero para pedir ayuda y apareció un martillo. Cogió el martillo y golpeó la piedra con todas sus fuerzas y esta se rompió en mil pedazos. Ante sus ojos apareció la cueva de un ojáncano. Precedida por la corza, se adentró en ella y aunque la cueva estaba en la más completa oscuridad, la estrella en la frente del animal iluminaba el camino.

Recorrieron la cueva entera, hasta el final, donde el paso quedaba cortado y allí, en un oscuro rincón, la vendedora vio a un muchacho dormido. Se acercó a él y reconoció que era su hijo, el que el ojáncano había robado hacía tiempo. Lo despertó y se abrazaron con inmensa alegría los dos y, en seguida, se apresuraron a salir de la cueva con la ayuda de la corza.

Al volver a casa de la mujer que lloraba la pérdida de su hija, vieron que ya no lloraba y reconocieron, por su aspecto, que en realidad era una anjana.

La anjana les dijo:

—Ésta será vuestra casa desde ahora. Y tú, —añadió dirigiéndose al joven— no vuelvas nunca más al bosque sin tener mucho cuidado. Ahora aprieta por última vez el alfiletero —ordenó a la madre.

La vendedora lo apretó y aparecieron cincuenta ovejas, cincuenta cabras y seis vacas. Cuando madre e hijo acabaron de contarlas, vieron que la corza, la anjana y el alfiletero habían desaparecido para siempre.

FIN

Los dos hermanos que se querían

Ilustración: bitrix-studio

Al noroeste de América, en los territorios que hoy forman el estado de Montana, estaban un día cazando dos hermanos cuando vieron una ardilla que los observaba desde la rama de un árbol. Mientras el hermano menor tensaba su arco para darle caza, la ardilla trepó veloz tronco arriba.

—No lances tu flecha —dijo Tecumseh (Estrella Fugaz), el mayor—. Es demasiado bonita. La capturaré viva.

Tecumseh subió por él árbol y desapareció entre el follaje.

—¿La tienes? —gritó desde abajo el más joven de los dos hermanos. Pero nadie respondió.

Al momento, se oyó el ruido de una rama al quebrarse y la ropa de Tecumseh cayó a sus pies, pero él no estaba dentro. «Ha subido demasiado alto. —Pensó el pequeño—. No volverá a bajar». Y sintió una inmensa pena.

Se sentó bajo el árbol y lloró y lloró. Lloró tanto, que se hizo muy pequeño. Su cuerpo se había derretido con las lágrimas.

Pasó una anciana de la tribu de los pies negros y recogió al niño, creyendo que era un recién nacido.

Al llegar a su tipi, se lo enseñó a su hija y a su yerno.

—Mirad, pese a mi edad, he tenido un hijo.

El yerno se rio de buena gana.

—Tienes un hijo bien tardío.

La hija de la anciana creyó que se trataba de una broma, pero al tomar al bebé en brazos, dijo:

—Me siento contenta de tener un hermanito. —Y empezó a jugar con él.

El yerno preguntó:

—¿Qué nombre le pondremos a nuestro nuevo pariente? Propongo llamarlo Michikinikwa (Pequeña Tortuga).

A la noche siguiente, Michikinikwa tuvo un sueño en el que se le apareció su hermano Tecumseh, que le dijo:

—Soy yo, tu hermano mayor. Estoy con la ardilla en el cielo y soy feliz. Quédate con la gente que te ha adoptado, te tratarán bien, pero si necesitas ayuda, llámame. Acudiré enseguida.

Pasó el tiempo y en la aldea hubo escasez; la caza había sido mala y los pies negros tenían mucha hambre.

La anciana lloraba, pues Michikinikwa era una boca más para alimentar:

—No llores, vieja madre —dijo el niño—, ya verás como mañana los cazadores pies negros encontrarán caza.

Michikinikwa rogó a Tecumseh que lo ayudara.

A media tarde, los exploradores dieron con una manada de bisontes cerca de la aldea. El jefe de la tribu decidió que todos saldrían de caza al día siguiente y colocó centinelas para que ningún cazador actuase prematuramente y espantara a los bisontes.

Aquella noche, Michikinikwa le dijo a su hermana:

—Te pido que me ayudes. Ve a la aldea y pide una flecha a cada familia.

La chica, que presentía que su hermano estaba dotado de poderes sobrenaturales, le contestó:

—Así lo haré.  Antes de que grite la lechuza, tendrás las flechas que me pides.

Mientras los pies negros dormían, Michikinikwa se deslizó fuera de la tienda y se dirigió adonde estaba la manada de bisontes. Una vez allí, vio que su hermano: era el jefe de la manada. Lo reconoció porque, aunque Tecumseh había tomado la apariencia de un bisonte, conservaba su auténtica cabeza.

—Hermano mío —le dijo—, esas gentes mueren de hambre. ¿Puedes hacer algo?

Tecumseh pasó la mano sobre un gran bisonte y le dijo:

—Gran bisonte, por favor, te ruego que ayudes al pueblo de mi hermano.

No bien había pronunciado estas palabras, ¡el bisonte se desplomó!

Tecumseh siguió haciendo lo mismo y Michikinikwa lo seguía y clavaba las flechas de cada una de las familias sobre uno de los animales muertos. Cuando terminaron, la manada se dispersó y él se fue a dormir a su cabaña.

Los vigilantes vieron al niño merodeando entre los bisontes y cuando advirtieron que los bisontes se marchaban, avisaron al jefe de la tribu.

El jefe acudió rápidamente al lugar y dijo:

—No todos los bisontes han escapado. Algunos todavía duermen sobre la hierba. Mataremos a esos y, a nuestro regreso, ya castigaremos a Michikinikwa por desobedecer.

Cercaron a los bisontes en dos cuadrillas. Tenían que esperar el grito del coyote para atacar.

Cuando por fin se disponían a dar caza a los animales, comprobaron que ya estaban muertos. Cada familia se llevó el bisonte que tenía clavada su flecha. Grande fue la alegría en el poblado.

Los valientes decían:

—Hemos cazado mientras dormíamos, sin darnos cuenta.

Pero los pies negros más sabios comprendieron que Michikinikwa era especial y quisieron nombrarlo gran jefe de su tribu. Sin embargo, Michikinikwa prefirió reunirse con su hermano Tecumseh, que vivía en el cielo con una ardilla muy hermosa. Es por eso por lo que, aún en nuestros días, en el cielo brilla una estrella a la que llamamos los gemelos.

FIN

El sueño

Ilustración: juliette5094

Érase una vez una mujer muy pobre, cuya única posesión era un mortero en el que, cada mañana, machacaba los granos que a su vecino, un rico terrateniente, le caían de la carreta cuando se dirigía a vender su trigo al mercado.

Con el primer canto del gallo, la mujer se ponía en pie y esperaba paciente, junto al camino, el paso del pesado carromato para recoger, antes de que los pájaros se lo comieran, el dorado manjar con el que amasaba el pan que le servía de alimento.

 Una mañana, en el mismo instante que pasaba la carreta, vio cruzar por el camino un veloz conejo y sin pensarlo dos veces, le tiró la mano de mortero a la cabeza.

Justo en el mismo instante, el rico terrateniente disparó su escopeta apuntando al conejo.

El conejo cayó muerto y el terrateniente y su vecina entablaron una disputa sobre cuál de los dos lo había matado.

—Te propongo un trato —dijo la mujer—, como ahora tienes prisa para llegar al mercado y yo debo amasar mi pan, guarda tú el conejo, pero invítame esta noche a cenar a tu casa y veremos cómo resolvemos la disputa.

El hombre aceptó y aquella noche se reunieron los dos en casa del terrateniente, que ya había preparado una cena estupenda para ambos.

Cuando acabaron de cenar, la mujer dijo:

—Escucha, a ver qué te parece mi propuesta. En este momento el conejo no es ni tuyo ni mío, puesto que yo digo que lo mató mi mano de mortero y tú afirmas que fuiste tú, con tu escopeta, el que lo hizo. Si te parece bien, me quedaré a dormir aquí en tu casa. Tú te acuestas en tu cama y mañana por la mañana, el que haya tenido el sueño más bonito se quedará con el conejo. No te preocupes por mí: si me das una manta vieja, dormiré en el suelo, aquí mismo en la cocina, cerca del fuego.

Y así lo hicieron. El cazador se fue a dormir al piso de arriba y la mujer se acurrucó en el suelo de la cocina.

A la mañana siguiente, el cazador bajó y le dijo a la mujer:

—Muy bien, podemos empezar. Cuéntame tu sueño.

—No, no, por favor, primero cuéntame tú el tuyo, ya que eres el anfitrión. Además, tú eres más importante que yo.

—De acuerdo entonces. Te lo contaré. Esta noche he soñado con una escala de oro larga, muy larga. La escala colgaba junto a mi cama, traspasaba el techo de la casa y subía hasta el cielo. Al principio me dio miedo subir por ella, porque no sabía qué encontraría al final, pero me decidí y, peldaño a peldaño, ascendí un buen rato, hasta que toqué las nubes, que se iban abriendo a mi paso. Por fin, llegué a un paraíso casi imposible de describir. En él sonaba la música más bella que oído humano haya escuchado jamás; el aroma penetrante de fragantes flores inundaba mi nariz. Probé manjares exquisitos, cuyo sabor no recordaba nada de lo que hasta ahora he comido. En fin, que soy incapaz de referir con detalle todas las maravillas que allí encontré. Tan bello era lo que me rodeaba, que no quería regresar, pero el gallo cantó, me desperté, abrí los ojos y estaba en mi cama. En resumen, he tenido un sueño espléndido. Y tú, ¿qué has soñado?

—Pues, aunque no te lo creas, yo he tenido, exactamente, el mismo sueño que tú. He visto la escala de oro, he visto cómo trepabas por ella hasta el cielo y, desde aquí abajo, he oído la música maravillosa y he olido las flores; ¡y hasta me ha parecido ver esos manjares que cuentas!, y como me he figurado que no ibas a querer volver y que te quedarías allí para siempre, me he comido el conejo.

FIN

El país de los memos

Ilustración: garbages

Allá por los tiempos de María Castaña vivió un anciano viudo muy pobre, el cual tenía tres hijos a los que no sabía cómo mantener y mucho menos aún sabía qué dejarles en herencia el día que muriera.

Un día, los llamó para entregarles las tres únicas cosas que poseía y les dijo:

—Hijos míos, yo no he tenido suerte en la vida, pero quizá vosotros la tengáis. A cada uno le daré una cosa que si bien es verdad que no es muy valiosa, el que sea listo sabrá qué hacer con ella para enriquecerse.
A ti, que eres mi hija mayor, te daré el gallo; a ti, hijo mío, que eres el mediano, te daré el gato; y a ti, mi pequeña hija, te daré el martillo y el cincel.
Ahora pues, coged vuestra herencia y recorred el mundo. Recordad que debéis ser buenas personas, pero intentad enriqueceros.

Los tres hijos se despidieron de su padre y decidieron dirigirse a la tierra de los memos.

La hermana mayor, con su gallo, llegó una noche a un pequeño pueblo. En aquel lugar la gente se paseaba por las calles, arriba y abajo, sin parar. Lloraban y gemían. Cuando quiso saber el porqué de aquel extraño comportamiento, un anciano le respondió:

—Tenemos que estar atentos, no podemos dormirnos. Hacemos turnos durante toda la noche para asegurarnos de que mañana se haga de día. Pasamos la noche pidiendo al sol que salga puntual. Imagina que un día, al despertar, él no estuviera, ¿qué haríamos nosotros sin sol?

La chica pensó para sus adentros que aquel era, en verdad, un pueblo de memos y elevando la voz para que todo el mundo la escuchara, dijo:

—En mi país no tenemos que pasar las noches en vela para pedirle al sol que salga cada mañana porque tenemos un animal muy especial. Veréis, cuenta una leyenda que ese bicho, al que se lo conoce con el nombre de gallo, es, en realidad, el mismísimo hijo del sol y cada mañana, con su potente voz, llama a su padre y lo despierta. Casualmente, llevo uno de estos animales conmigo, si queréis, os lo puedo vender. Dejad de llorar y marchaos todos a la cama.

Los habitantes del pueblo se quedaron maravillados al ver aquel bicho raro llamado gallo, al que no habían visto en su vida. Justo al alba, el gallo llamó a su padre el sol con su quiquiriquí y este le hizo caso. Poco a poco, se fue elevando en el cielo e iluminó el mundo ante la asombrada mirada de los pueblerinos, que se apresuraron a pagar una fortuna a la hermana mayor por el gallo. La muchacha, con un saco lleno de oro, emprendió el regreso.

Entre tanto, el hermano mediano había llegado a un pueblo también habitado por memos, aunque de otra clase En aquel pueblo, toda la gente andaba por la calle protegida con recios trajes, a pesar del sofocante calor que hacía. Armada con palos o escobas. lloraba y gritaba:

—¡Por allí!, ¡por allí! ¡Tenemos que acabar con ellos! ¡Cuidado! ¡Cuidado!

Parecían aterrados y miraban en todas direcciones, como si los acechara un terrible enemigo. Cuando el chico preguntó qué ocurría, le respondieron que había llegado al pueblo una familia de extraños seres que mordían todo lo que estaba a su alcance.  Tenían miedo de que acabaran royendo los cimientos de las casas y a ellos mismos y los querían echar de allí.

Comprendió enseguida el hermano mediano que aquella familia de extrañas bestias que le describían era, seguramente, un grupo de ratones, así que dijo:

—Me temo que esos animales que os atacan se llaman ratones. Si es así, yo tengo la solución. Os presento a mi gato, especialista en cazar ratones. Si queréis, os lo vendo. Él solo se encargará de solucionar vuestro problema.

Al ver aquel animal tan raro, la gente no daba crédito, pero cuando comprobaron que en un abrir y cerrar de ojos cazaba a uno de los roedores, no dudaron ni un instante y pagaron una fortuna por el minino. El chico, muy contento, regreso a su casa con un saco lleno de monedas de oro.

No muy lejos de allí, la hermana pequeña llegó a una aldea también habitada por memos. En ella, las casas tenían puerta, pero no tenían ni una sola ventana. La gente corría por las calles con cazamariposas en las manos, aunque no se veían mariposas cerca. Al preguntar la chica qué ocurría, los del pueblo le dijeron que hacía años que intentaban cazar rayos de sol para iluminar el interior de las casas, pero que no había forma de conseguirlo. La hermana pequeña vio claro enseguida qué debía hacer:

—Tengo algo que solucionará vuestro problema. ¡Mirad!, se trata de un utensilio llamado cincel, que funciona junto a otro llamado martillo. Tienen el poder de comer piedra. Veréis como en un abrir y cerrar de ojos arreglamos esto.

En seguida, empuñando cincel y martillo, la muchacha abrió una ventana en una de las casas y la luz iluminó sus oscuras estancias. Los vecinos del pueblo, maravillados al ver que aquellos dos instrumentos que jamás habían visto antes eran tan útiles, pagaron una fortuna y los compraron y la muchacha regresó a su pueblo cargada de oro.

Cuando los tres hermanos se reencontraron, se contaron sus aventuras. Estaban muy felices. La herencia que habían recibido de su padre era más mucho más valiosa de lo que habían pensado y estaba en su interior.

FIN

Las tres princesitas delicadas

Ilustración: Arbetta

En vete a saber tú dónde y en tiempos de no sé quién, vivieron, una vez, una reina y un rey que tenía tres hijas. Las tres eran inteligentes, hermosas, simpáticas, listas… En fin, que tenían todos aquellos dones que la naturaleza suele conceder a las princesas de un cuento. Pero ¡ay!, las tres tenían el mismo problema: eran en extremo delicadas.

La mayor se llamaba Dina y era delicada como una azucena. La segunda llevaba por nombre Nina y era delicada como un clavel. Y la más pequeña, llamada Tina, era tan delicada como una rosa.

Vivían todos felices en su castillo hasta que una mañana de otoño decidieron salir a pasear por los jardines que rodeaban el palacio.

Mientras deambulaban entre los parterres, de un árbol se desprendió una hoja y quiso la mala suerte que aterrizara justo en medio de la cocorota de la princesa Dina, la mayor, la cual, al sentir el golpe, exclamó:

—¡Ay, mi cabecita!

No pudo decir más. Dina cayó al suelo desmayada.

Fue atendida enseguida por los más eminentes médicos de la corte, que le aplicaron hielo y le pusieron una tirita en el enorme chichón que le había salido por culpa de aquella hoja, pero desde entonces, la pobre Dina ya siempre tuvo fuertes jaquecas.

Pasó el tiempo, y hete aquí que, una mañana, Nina, la segunda princesita, se despertó llorando desconsoladamente:

—¡Ay, mi espaldita!

Se quejaba Nina mientras sollozaba e hipaba sin parar.

Al examinar su espalda, las criadas descubrieron en ella un enorme cardenal. Intentaron darle friegas con alcanfor para calmar el dolor, pero cada vez que acercaban la mano, los desgarradores gritos de la princesa retumbaban por todo el palacio.

Acudieron los médicos sin perder ni un segundo y después de estudiar la situación, concluyeron que la culpable del mal que aquejaba a la princesa era una arruga que había en sus sábanas de seda.

Con sumo cuidado, le pusieron emplastos y le vendaron el morado, pero a la pobre Nina, desde aquel día, su espalda no dejó de darle problemas.

Los reyes, abatidos, se lamentaban:

—¡Qué pena más grande! De nuestras tres hijas, dos están muy delicadas, ¿qué podemos hacer para que no le ocurra nada a la tercera?

Después de dar vueltas al problema y después de mucho pensar, los reyes decidieron poner a salvo a la más pequeña de sus hijas, la única que hasta ese día no había sufrido percance alguno.

Resolvieron que lo mejor, para no correr riesgos, sería encerrarla en una urna de cristal. Creyeron que si la mantenían aislada la princesita Tina estaría segura. Así que ordenaron a los mejores arquitectos del reino que construyeran para ella una habitación del vidrio más puro y transparente.

Pasó el tiempo y la princesita vivía al amparo de su refugio transparente alejada de cualquier peligro. Pero un día, al abrir la puerta para darle la comida, se coló dentro una mosca, la cual, al verse encerrada, se puso nerviosa y empezó a volar sin parar alrededor de la princesa, que con la corriente de aire que producían las alas del insecto, se constipó:

—¡Achís, achís, achís!

Los reyes no se han repuesto jamás del disgusto.

Todavía hoy, en aquel reino, se discute sobre cuál de las princesas es la más delicada de las tres, pero siguen sin ponerse de acuerdo.

FIN