Cuento popular

La liebre que engañó al tigre

Ilustración: ReevolveR

En una de las grandes selvas de la India vivían, como es natural, una porción de animales de distintas especies. Pero no vivían en paz, porque les robaba la calma un feroz tigre que se almorzaba, comía y cenaba a cuantos vecinos se le antojaba, y los pobres no sabían qué hacer para quitarse de encima aquel azote de lomo rayado y afilados colmillos. Por lo menos querían que el tigre reglamentase su vida y no comiese más que lo estrictamente necesario para vivir.

Transigían con darle carne, puesto que el tigre no estaba acostumbrado a comer paja, y no había más remedio que darle tajadas.

Después de muchos conciliábulos, los animales de la selva decidieron llamar a capítulo al feroz tigre, el cual debía ser, sin duda, un tigre razonable, porque no se almorzó al mensajero y acudió puntualmente al llamamiento de sus vecinos y futuras víctimas.

Ya en presencia de aquella especie de congreso que se había reunido para recibirlo, lanzó un potente rugido que sembró la alarma en el ánimo de los más esforzados.

—Aquí me tenéis —dijo—, y desembuchad pronto lo que tengáis que comunicarme, porque me caigo de sueño. He pasado mala noche. Se me indigestó la cena y estoy, lo que se dice, muerto.

—¡Ojalá! —exclamó por lo bajo una gacela.

—¿Qué dices ? —preguntó el tigre al oír refunfuñar a la gacela.

—Digo que ojalá no se hubiera usted puesto malo, porque lo aprecio mucho —repuso la interpelada temblando de miedo.

—Muchas gracias, vecinita —dijo el tigre cortésmente—. Ahora al grano, aunque no me gusta. ¿Para qué me habéis llamado?

Y aquí surgió un grave problema. Los animales que más habían vociferado cuando estaban solos, eran mudos en presencia del tigre, porque siempre suele ocurrir lo mismo con los valentones. Por fin habló un mono que, por su facilidad de palabra y de trepar a los árboles, podía explicarse mejor y huir de rama en rama en caso de que el tigre tomase a mal sus palabras y quisiera imponerle silencio violentamente.

—Escucha, tigre carnicero —le dijo—. Te hemos llamado para decirte que estamos hartos de ser víctimas tuyas y queremos reglamentar tu comida. Es preciso que no mueran tantos animales para satisfacer tus feroces apetitos.

—¡Oh, qué poco entiendes la vida, amigo mono! —respondió el tigre que, al parecer, estaba satisfecho y, por lo tanto, no le importaba perder el tiempo discutiendo—. Lo que tú tomas por un mal, no es sino un bien desde mi punto de vista. Todos hemos venido al mundo para trabajar y yo trabajo como el primero para procurarme el sustento. ¿No es trabajo, dime, levantarme por la noche, y, cuando la mayoría de vosotros está durmiendo a pierna suelta, echar me al bosque a buscar qué comer?  ¡Qué culpa tengo yo de que no me entre la hierba? Yo me considero en el deber de comer carne, pues para eso tengo colmillos, y trabajo para adquirirla andando a veces leguas enteras en busca de ella y aguzando el ingenio para vencer la astucia de aquellos que, lejos de considerarse honrados con ir a parar a mi vientre, huyen y se ocultan con un cuidado que me obliga a trabajar aún más.

—Te conocemos, tigre, y aunque vengas ahora dándotelas de infeliz, sabemos muy bien que matas muchos más animales de los que realmente te hacen falta para tu sustento. Por eso vamos a hacerle una proposición.

—¿Qué proposiciones podéis hacerme que sean capaces do convencerme? El trabajar es digno de criaturas honradas, y yo no aceptaré nada que contribuya a librarme de mi trabajo. Sin embargo, os escucho y, si puedo complaceros, lo haré con mucho gusto.

—Pues lo que queremos proponerte —continuó el mono—, es lo siguiente: no salgas de caza por las noches para que tu celo por el trabajo no te incite a matar animales que no necesitas; estate en tu casa, o paséate tranquilamente, y si te comprometes a no matar a nadie, nosotros nos comprometemos a traerte diariamente una víctima para que te la comas. Así, tú no tendrás que preocuparte y nosotros sabremos que has de comerte al año trescientos sesenta y cinco animales o trescientos sesenta y seis si el año es bisiesto, mientras que siendo tú el cazador matarías diez veces más animales.

El tigre se quedó pensativo y, después de haberse rascado las dos orejas y el hocico, respondió:

—En principio no me parece mal la idea y estoy dispuesto a ensayarla desde esta noche. Pero os advierto que, si en la práctica no me da buen resultado, volveré al trabajo como siempre.

Y así se hizo.

Desde aquella noche los animales de la selva entregaban una víctima diaria al tigre y todo marchó como una seda durante algún tiempo. Los animales se sorteaban, y al que le tocaba la china iba a entregarse a los colmillos del tigre.

Al cabo ele algún tiempo le tocó la desgracia, porque no podemos decir la suerte, a la liebre, y esta no la recibió con agrado.

—¿Cuánto tiempo va a durar esta odiosa opresión? —dijo.

Sus vecinos comenzaron a gritar y a protestar contra el que todos creían era un deseo de romper el convenio, y solo se quedaron medio satisfechos cuando la liebre les indicó que tenía un plan para acabar con el tigre. No hay que decir que todos quisieron saber qué pensaba hacer, pero la liebre contestaba con un refrán que se usa en la India: «Antes de emprender tu viaje esconde tres cosas: tu dinero, la fecha de salida y el camino que vas a recorrer».

En una palabra, la liebre ocultó su plan y, por la noche, emprendió el camino hacia la guarida del tigre, tan tarde, que el animal estaba ya hambriento y enfadado por el retraso de su víctima.

Cuando llegó la liebre, aparentemente muy precipitada, el tigre la regañó muchísimo, y la liebre tuvo que esforzarse para lograr que escuchara su explicación.

—Escucha, tigre —dijo cuando pudo hacerse oír—, venía para acá con un amigo cuando encontramos otro tigre que nos cogió a los dos. Yo le dije que tuviera cuidado conmigo, porque estaba destinada al servicio de mi rey, pero el tigre desconocido me amenazó terriblemente, y dijo que te iba a destrozar a ti; más, por fortuna, con esta labia que tengo, conseguí que me dejase un respiro para venir a comunicarte lo ocurrido. Lo que sí te advierto, ¡oh, tigre!, es que no esperes más víctimas —concluyó—. El camino está cerrado por ese tigre, y si deseas que llegue tu cotidiano alimento tendrás que despejar el camino.

Al oír esto, el tigre montó en cólera, y diciendo a la liebre que le indicase el sitio en el cual estaba su rival, echó a andar.

La liebre lo llevó por un camino hasta un pozo que en el mismo había, pero antes de llegar se detuvo muy asustada

—¿Dónde está ese tigre? —preguntó, impaciente, su acompañante—. ¿Qué te pasa que no andas?

—¿Cómo quieres que ande con el miedo que tengo? —repuso la liebre—. ¿No ves que estoy temblando? Por nada del mundo me acercaré a ese pozo, porque ahí está el tigre con mi amigo.

El tigre insistió en que le mostrase el otro tigre y la liebre accedió a condición de que la cogiera en brazos. Así lo hizo su acompañante, y entonces la liebre le dijo que se asomara al pozo.

En efecto, en el fondo se veía al otro tigre con otra liebre en brazos, y, sin esperar a más el tigre verdadero, puesto que el otro no era sino su imagen reflejada en el agua con la claridad de la luna, soltó a la liebre y se arrojó al pozo, donde se ahogó.

La liebre, loca de contento por el triunfo de su ardid, corrió al pueblo con la buena nueva de la muerte de su enemigo y todos la aclamaron.

FIN

El concurso de vuelo

Ilustración: TsaoShin

En el tiempo en el que los animales hablaban, los pájaros se reunían una vez al año para competir en un concurso de vuelo. Al pájaro que mejor volaba, le daban un bonito premio

En uno de estos concursos, se juntaron todas las aves y decidieron qué pájaros harían de jueces y cuáles serían los premios que otorgarían.

Los mejores voladores estaban impacientes por demostrar sus habilidades aéreas. Los que se presentaban al concurso tenían que superar pruebas muy difíciles y demostrar cómo resistían toda clase de vuelos y acrobacias.

El concurso se inició con la actuación de una paloma. Tres picados y un doble salto mortal dejaron a todos con el pico abierto. Los espectadores aplaudieron a rabiar.

Luego actuó la golondrina, que se lució con sus elegantes movimientos. Su exhibición, más que un vuelo, pareció un delicado baile. La concurrencia aplaudió más todavía.

A continuación, voló la calandria, voló el casero, voló el teruteru y así fueron desfilando varios pájaros.

Después le tocó el turno a la lechuza que con su vuelo tan especial, quedándose en el aire sin moverse y haciendo giros que no habían hecho otros, parecía que iba a ganar el concurso de aquel año. Pero, aunque todo el mundo aplaudía sin descanso y ya estaba más que claro que la lechuza sería la campeona, aún no había nada decidido, pues faltaba el vuelo del loro:

—¡Que vuele el loro! ¡Que vuele el loro! ¡Hay que seguir hasta que todos hayan volado!

El último concursante era un loro grande y colorido que se había preparado a conciencia para la competición. Ya iba a comenzar su actuación, cuando un pájaro bromista de los que estaban ahí, que nunca se supo cuál fue, ató en la cola del loro, en un descuido de este, un petardo encendido.

Al sentir el calor en su cola, el loro arrancó el vuelo a toda velocidad, haciendo unos virajes extraordinarios. A causa de su desesperado aleteo, el petardo se encendió más y más y se le empezó a quemar el trasero. Entonces, el loro aleteó aún con más fuerza mientras se arrastraba por el suelo intentando librarse del petardo. Y subía y bajaba y hacía mil piruetas y se seguía arrastrando por el suelo a ver si se podía apagar el fuego, hasta que lo consiguió. Por fin, pudo aterrizar definitivamente y se quedó quieto.

Se hizo un silencio sepulcral entre los presentes, todos miraban a loro con ojos asombrados hasta que, de repente, los vítores y los aplausos estallaron a la vez y se oyeron en varios kilómetros a la redonda. El público pareció enloquecer.

Como no podía ser de otro modo, ganó el loro. Los jueces le entregaron el premio y le pidieron que contara cómo y dónde había aprendido a efectuar aquellas complicadas piruetas, aquellos picados temerarios, aquellas vueltas y revueltas espectaculares y aquellos remolinos de vértigo que habían dejado a todos anonadados.

—¡Que hable! ¡Que hable! ¡Que cuente su secreto! ¡Cuando sepamos cómo lo hace, nosotros lo imitaremos! —gritaban los pájaros.

Entonces, el loro habló:

—Bueno, amigos míos, no cualquiera puede hacer lo que yo he hecho. He ganado este concurso a costa de sudores, sacrificios y sufriendo muchos dolores —Acto seguido, el loro paseó su mirada entre el público y añadió—. Y aunque el galardón lo he ganado yo, quisiera saber quién ha sido el gracioso que me ha puesto el petardo en el culo para compartir el premio con él.

FIN

El sastre y la Luna

Ilustración: 1927

La Luna se asomaba a la ventaba del sastre todas las noches y miraba cómo trabajaba.

El sastre se sentaba, con las piernas dobladas bajo su luz, cortaba con unas enormes tijeras y cosía.

Pero una noche, cuando la Luna se asomó a la ventana, vio al sastre acostado en su cama durmiendo, soñando un dulce sueño.

La Luna se asombró y le dijo:

—¡Hola, señor sastre!

El sastre se despertó, se puso en pie, le hizo una gran reverencia a la Luna y le preguntó:

—¿Qué quieres de mí, Luna?

—Parece que no tienes mucho trabajo, porque es muy temprano y ya te has puesto a dormir —respondió la Luna—. Así que he pensado en encargarte ropa. Aquí fuera hace mucho frío y como yo ya soy anciana, me vendría bien un buen traje que me calentara. Hazme uno bien bonito y yo, a cambio, iluminaré gratis tu taller.

Después de pensarlo, el sastre respondió:

—¡De acuerdo!, aunque no será una tarea fácil. Tienes una punta hacia arriba y otra hacia abajo y en medio estás doblada como si fueras una hoz. Pero un pedido es un pedido y necesito trabajar para comer.

El sastre tomó las medidas a la Luna y le prometió tener el traje listo en una semana.

La Luna regresó el día señalado. El sastre le probó el vestido, pero ¡el traje no le iba bien! Su barriga había crecido y parecía una hogaza de pan.

La Luna se quejó al sastre:

—Mira, amigo mío, este traje me va pequeño. ¿Cómo quieres que me lo ponga? Descóselo y hazlo más ancho. Dentro de una semana volveré.

El sastre descosió el traje, añadió trozos de tela allí donde hacía falta y volvió a coserlo. El traje, ahora, era mucho más ancho.

Pasó una semana y, al anochecer, la Luna volvió a casa del sastre.

—¡Estás muy gorda, Luna! —exclamó el sastre sorprendido— Ahora eres redonda como una calabaza. ¿Qué te ha sucedido? Estás hinchada. ¿Quizás te duele el estómago?

—Olvidé por completo advertirte de que suelo engordarme un poco. Pero, amigo mío, ahora puedes estar tranquilo; te asegura que no ganaré más peso, ni siquiera medio gramo.

El sastre se puso a trabajar de nuevo; descosió todas las costuras y añadió un trozo de tela muy grande. El traje, ahora, era realmente enorme.

La Luna apareció al cabo de una semana, al anochecer, pero ¡¿qué le había pasado?!, ahora era delgada como un palillo y el traje le colgaba como a un espantapájaros.

El sastre estaba muy enfadado porque había trabajado en vano. Le dijo a la Luna que no le cosería el traje. Cerró la ventana y se tumbó en su cama a descansar de la tarea inútil de las tres semanas anteriores.

La Luna se quedó sin su traje, por eso sigue viajando cada noche por el cielo; busca sin descanso un voluntario dispuesto a coserle uno.

FIN

El elefante que perdió los anillos de boda

Ilustración: tjollrig

Cuentan que, un día, un joven y guapo elefante se adentró en la selva con toda su familia para comer. Después de saciar su apetito, se dirigieron a un río cercano para beber y bañarse.

En el camino, se encontraron con otro grupo de elefantes que se dirigía al mismo lugar. Las dos familias se saludaron con sus trompas y decidieron hacer juntas el camino.

Al poco, llegaron a la orilla del río y los más jóvenes empezaron a jugar y a chapotear y, riéndose, se ducharon unos a otros con sus trompas.

Entre juego y juego, el joven elefante quedó prendado de una linda elefanta y ella también se enamoró de él. A partir de entonces, se citaban a diario para dar largos paseos y hablar.

Pasó el tiempo; el elefante y la elefanta comprendieron que estaban hechos el uno para el otro, así que decidieron formalizar su relación. Se comprometieron y planearon su boda. Al conocer la noticia, las familias de los dos elefantes se alegraron muchísimo y, sin pérdida de tiempo, empezaron los preparativos para celebrar una fastuosa fiesta.

Todos querían participar; unos se encargaron de decorar el trocito de selva que serviría para oficiar la ceremonia; otros prepararon el banquete; otros se encargaron de dibujar y enviar las invitaciones y otros más de confeccionar preciosos adornos, que colgaron de las ramas de los árboles.

Dos elefantes modistas se encargaron de coser los vestidos de la pareja y una tía lejana del novio, orfebre de profesión, fabricó un par de magníficos anillos de oro como recuerdo del enlace. Todo iba saliendo a pedir de boca. ¡En el aire se respiraba ajetreo y felicidad!

El día antes del enlace, el elefante fue a recoger los anillos. Quedó muy satisfecho con el trabajo que la artista había realizado. Le gustó, especialmente, el delicado grabado del interior, con el nombre de los novios, la fecha de la boda y dos corazones enlazados.

Sin perder ni un segundo, se colocó los dos anillos en la trompa y emprendió, feliz, el camino de regreso.

De camino a casa, no dejaba de admirar las alianzas. Levantaba la trompa, las observaba, lanzaba un profundo suspiro y sonreía de oreja a oreja al pensar en lo contenta que se pondría la elefanta con aquel precioso regalo.

Como iba distraído, pensando en su novia y en la boda que se celebraría al día siguiente, no miraba dónde ponía los pies y, al llegar cerca del río, tropezó con una rama que sobresalía del suelo y se cayó, cuan largo era, dentro del agua.

Por suerte, no se hizo daño. Se levantó enseguida y se sacudió el agua que lo había empapado por completo. «¡Menos mal que no me ha pasado nada!», pensó. Pero, en ese mismo instante, se dio cuenta, con espanto, de que había perdido los anillos de boda. ¡Las sortijas ya no estaban en su trompa! ¡Se habían caído al río!

Al elefante le temblaron las patas y sintió que se le hacía un nudo en la garganta. El corazón le latía desbocado y las lágrimas empezaron a asomar a sus ojos. Nervioso, empezó a dar vueltas sobre sí mismo, agitando las orejas con furia y mirando por todos lados en busca de las joyas perdidas. ¡No las veía por ningún lado!

Cada vez más alterado, levantó las patas delanteras y las dejó caer, con furia, una y otra vez sobre el lecho del río. Luego escarbó en la arena de la orilla, buscando desesperado los anillos. Pero cuanto más removía el lodo, más se enturbiaba el agua y más difícil era distinguir algo en ella. Solo podía pensar en el gran disgusto que se llevaría su prometida cuando le contara que había extraviado los anillos.

Muy cerca de donde estaba, el viejo búho, que todo lo veía y todo lo sabía, observaba atento al elefante. Finalmente, ya no pudo callarse y le gritó:

—¡Alto! ¡Alto! ¡Detente de una vez! ¡Para!

Pero el elefante estaba tan alterado, que no lo oyó y siguió dando vueltas buscando las joyas.

El búho se acercó a él y le gritó directamente en la oreja:

—¡Estate quieto! ¡Para ya!

El elefante se dio cuenta de que alguien le hablaba y se detuvo. Entonces vio al búho, y como sabía que era un animal muy listo y que siempre daba buenos consejos, escuchó lo que tenía que decirle:

—Así no vas a solucionar tu problema. Antes que nada, cálmate un poco.

El elefante no contestó, estaba muy triste. Las orejas caídas, los ojos llorosos y todo su cuerpo tembloroso y cubierto de barro.

—Ahora escúchame: los nervios no te dejan pensar con claridad. Lo único que estás logrando con tu actitud es remover cada vez más la tierra; la tierra enturbia el agua; y en el agua turbia no podrás encontrar nada. Quédate quieto un momento y observa.

El elefante así lo hizo y vio cómo, poco a poco, la tierra se depositaba en el fondo del río y el agua quedaba en calma y cristalina.

De pronto, vio algo brillante en el fondo. ¡Eran sus anillos de boda! El elefante estiró su trompa y los recogió con delicadeza.

Agradeció al búho su ayuda una y mil veces y, después de lavarse bien, se encaminó hacia su casa muy contento.

Al día siguiente, el elefante y la elefanta celebraron su boda, se intercambiaron sus anillos y celebraron una gran fiesta. Desde ese día, vivieron juntos y muy felices el resto de su vida.

Y aunque tuvo una vida muy muy larga, el elefante nunca olvidó aquella aventura. De ella, aprendió que, ante cualquier problema, lo primero que debía hacer era no perder la calma, sino que debía reflexionar con sosiego.

Recuérdalo tú también: ante una adversidad no desesperes jamás, porque la paciencia y la serenidad son las mejores aliadas para solucionar cualquier contratiempo. Detente, escucha, observa, analiza y seguro que encontrarás alguna solución.

FIN

¿Por qué la garza tiene el cuello torcido?

Ilustración: noahjswain

Aunque ahora las garzas tienen el cuello torcido, una vez lo tuvieron tan recto como el de las jirafas, pero…

Cuentan que hace mucho, mucho tiempo, en las lejanas sabanas africanas estaba un día cazando el chacal sin mucho éxito cuando, al levantar la vista, vio sobre un árbol una paloma que cuidaba a sus crías en el nido. El chacal, gritando, le dijo:

—¡Eh, paloma, tengo hambre! Tírame una de tus crías para que me la coma.

—¡No quiero que te comas una de mis crías! —protestó la paloma.

—Como quieras, pero como no hagas lo que te digo, volaré hasta donde estás y en vez de a una, me comeré a todas tus crías, ¡y, de paso, a ti también!

Muerta de miedo, la paloma dejó caer del nido una de sus crías y el chacal se escapó con ella entre sus dientes.

Al día siguiente, el chacal regresó y amenazó a la paloma del mismo modo. La paloma, de nuevo muy asustada, dejó caer otra cría, que corrió la misma suerte que su hermana el día anterior.

Llora que te llora sin consuelo, la paloma no sabía cómo arreglar su problema. Mientras se lamentaba, acertó a pasar por allí una garza, que al verla tan desconsolada le preguntó:

—¿Por qué lloras?

—Lloro por mis pobres bebés —respondió la paloma—. El chacal ya se ha llevado dos y temo que mañana vuelva a por más. Me ha amenazado diciendo que si no le lanzo las crías, volará hasta aquí y las devorará todas y luego me comerá a mí también.

—Realmente eres un pájaro muy bobo —replicó la garza— ¿Cómo quieres que vuele hasta tu nido si no tiene alas? No hagas caso de sus tontas amenazas.

A la mañana siguiente, cuando el chacal fue a buscar su almuerzo, la paloma se negó a darle otra de sus crías:

—No te la daré, no tengo miedo de ti porque no puedes volar hasta mi nido. ¡No tienes alas!

—¡¿Cómo que no?! ¡¿Quién te ha dicho eso?!

—La garza me lo ha dicho.

—Garza entrometida —murmuró el chacal alejándose malhumorado—, me las pagará por tener una lengua más larga que su cuello.

El chacal encontró a la garza cazando ranas en un estanque y acercándose a ella le dijo:

—¡Vaya cuello tan largo y recto que tienes! ¿Cómo te las arreglas para evitar que se te rompa por la mitad cuando sopla el viento?

—Lo bajo un poco —dijo la garza, a la vez que bajaba un poco su cuello.

—Ya… ¿y cuándo el viento sopla más fuerte?

—Pues entonces lo bajo un poco más —respondió la garza, bajando un poco más su largo cuello.

—¿Y qué haces cuando hay un gran vendaval?

—Fácil, lo bajo aún más —dijo el ave bajando la cabeza hasta el borde del agua.

Entonces, el chacal saltó sobre el cuello de la garza y lo agarró entre sus dientes:

—¡Garza entrometida!

¡Crac! Un terrible crujido resonó en la sabana. Y, desde aquel día, la garza tiene el cuello torcido.

FIN

La amenaza

Ilustración: sebahatkarci

Cada mañana, Nasreddin iba al mercado montado en su burro. Un día, al terminar sus compras, Nasreddin no encontró al burro, el cual se había quedado comiendo hierba a la sombra de un árbol. Por más que lo buscó, el animal no aparecía por ningún lado y es que, justo hacía cinco minutos, tres malhechores habían pasado por allí y lo habían robado con la intención de venderlo en la feria de ganado de un pueblo cercano.

Al no encontrar su burro, Nasreddin, muy serio, subió a una azotea cercana y desde allí arriba gritó muy enfadado:

—¡Devolvedme mi burro ahora mismo o haré, exactamente, lo que hizo mi padre cuando le robaron el suyo!

La gente, curiosa, se arremolinó, mirando hacia la azotea desde la que voceaba Nasreddin. Unos a otros se preguntaban extrañados:  «¿Alguien sabe qué es lo que pasó?», «¿Sabe alguien qué hizo el padre de Nasreddin?».

Pero ninguno de los presentes tenía ni la menor idea de lo que había sucedido.

La amenaza de Nasreddin corrió de boca en boca y, rápidamente, llegó a oídos de los ladrones que, muertos de miedo, se preguntaron:

—¿Sabéis vosotros qué hizo el padre de Nasreddin?

—Yo no. ¿Tú lo sabes?

—No, yo tampoco.

—Pero creo que no fue nada bueno lo que hizo…

—Entonces será mejor que no corramos riesgos. Podemos robar otros burros. Es más prudente devolverle el suyo a Nasreddin, no sea que tengamos que lamentarlo.

—Cierto. ¡Vamos a devolvérselo!

Los tres ladrones, temblando, fueron en busca de Nasreddin:

—Toma, Nasreddin, aquí tienes tu burro. Nos lo llevamos porque queríamos gastarte una broma. Por favor, no te enfades con nosotros y no hagas lo mismo que hizo tu padre cuando le robaron su burro.

Muy digno, Nasreddin tomó las riendas de su burro dispuesto a regresar a su casa. Una mujer que andaba por allí cerca se atrevió, finalmente, a preguntar lo que tanto intrigaba a todo el pueblo:

—Oye, Nasreddin, ¿se puede saber qué hizo exactamente tu padre el día que le robaron su burro?

—¿Pues qué queríais que hiciera mi padre? —dijo Nasreddin encogiéndose de hombros— ¡Se compró otro burro!

FIN

El rey goloso

Ilustración: MAYSHOillusto

En un remoto país, vivió una vez un rey muy goloso al que le encantaban los dulces. En su palacio, trabajaba el mejor pastelero del mundo cuyo cometido era preparar cada día un dulce nuevo más sabroso, si cabe, que el del día anterior.

Pero llegó un día en que el pastelero comenzó a quedarse sin ideas, así que, después de consultar varios libros de magia y a dos o tres brujas sabias, decidió confeccionar el dulce de los dulces; un postre tan especial, que el monarca nunca pudiera olvidar. Tomó queso, azúcar, miel, canela y otros muchos ingredientes secretos y deliciosos, y elaboró una tarta que despedía un olor absolutamente embriagador.

Al ver aquella dulce obra de arte, el monarca quedó encantado y sorprendido con su postre maravilloso, pero justo cuando iba a dar el primer bocado, cientos de ratones comenzaron a llegar de todas partes atraídos por el dulce aroma. La sala se llenó de roedores que trepaban a las mesas, por las cortinas y uno ¡hasta osó sentarse en el trono real! En poco tiempo, ratones llegados desde los más remotos rincones del reino invadieron el palacio.

—¡Oh, no! —gritó desesperado el rey— ¡Haced algo, consejeros!

—Señor —dijo uno de los consejeros—, ¡traigamos gatos para acabar con los ratones!

—¡Excelente idea! —dijo el monarca.

Rápidamente, llevaron una legión de gatos para que cazaran a los ratones. Pero aquellos gatos, que llenaban el castillo, comenzaron a arañar todo y a ronronear de día y de noche por todos los rincones.

—¡Hay que librarse de estos gatos! —dijo el rey.

—¡Perros! ¡Necesitamos perros! —dijo otro de los consejeros.

Y el rey compró docenas de canes que comenzaron a correr tras los gatos como locos y los espantaron.

—Es imposible vivir con todos estos perros aquí —se lamentó el rey tapándose la nariz—. Hacen sus necesidades por todas partes. El castillo está sucio y huele fatal.

—Majestad —intervino otro consejero—, los perros tienen miedo de los tigres. ¡Traigamos tigres!

Y el castillo se llenó de tigres, con el consiguiente peligro que eso suponía.

—¡Hagan algo, consejeros! —suplicó el rey.

—Alteza —dijo otro consejero—, traigamos elefantes. Los tigres huyen al ver un elefante.

Y el castillo se llenó de elefantes, pero eran tan enormes que casi no quedaba espacio para las personas.

—¡Tenemos que deshacernos de los elefantes! —dijo el monarca.

—¡Debemos traer ratones! —apuntó el más viejo de los consejeros—, porque los elefantes se aterran cuando ven un ratón.

Y el castillo se volvió a llenar de ratones; tal y como estaba al principio.

El rey, desesperado, se lamentaba sin cesar.

—¡Que alguien haga algo! ¡Que alguien haga algo!

Entonces, habló la reina:

—El único culpable eres tú, por ser tan glotón y por mandar hacer este dulce tan irresistible. Ahí tienes la causa de todo este lío monumental —dijo mientras señalaba la enorme tarta—. Deshazte del pastel y se acabarán todos tus problemas.

En aquel momento, el rey y sus consejeros comprendieron que la solución la habían tenido todo el tiempo delante de sus narices.

FIN

El tesoro perdido

Ilustración: silverwyn

El sol poniente se hundía en los picos de las nevadas montañas, que se tornaban rojos como ascuas de fuego. En las calles de Lhasa, los niños hacían volar cometas de brillantes colores sujetas a hilos espolvoreados con purpurina. Los pequeños corrían y brincaban entrelazándose, mientras reían alborotadamente tratando de cortarse mutuamente los hilos que sujetaban sus cometas. Un pequeño, de unos ocho años, se sentó junto a su tío, un monje vestido con hábitos de color naranja que observaba la cometa del niño elevarse cada vez más alto en el cielo, sostenida por el viento. Volaba tan arriba, que parecía que no se movía. Sin dejar de mirar su cometa, el niño pidió:

—Tío, cuéntame un cuento.

El monje sonrió y empezó su relato:

«Un padre le dijo a su hijo —empezó el monje—: «Voy a morir pronto, hijo mío. Llévate el oro que tengo a tu casa. Es tuyo. Pero no se lo digas a nadie. El dinero no tiene amigos». El padre confiaba en que su hijo, Tathagata, tendría presente su consejo y comprendería cómo suelen funcionar las cosas en el mundo.

Pero Tathagata tenía un gran amigo, de nombre Theravāda. Habían ido juntos a la escuela de niños y al salir del colegio por la tarde, habían jugado a todos los juegos juntos. Theravāda vivía en una la aldea cercana con su mujer y sus dos hijos pequeños.

Un día, Tathagata decidió salir de peregrinaje para visitar el monasterio santo y pensó: “¿Qué haré con el oro? ¿Dónde lo guardaré? Cuando mi padre estaba vivo, me dijo que no me fiara de nadie”. Sin embargo, al pensar en su amigo Theravāda, no pudo admitir que estas palabras debieran aplicarse también a él. No a Theravāda. Así pues, llevó sus dos bolsas de pepitas de oro a casa de su amigo y le dijo:

—Theravāda, amigo, por favor, guárdame este oro mientras esté fuera. Es el oro que mi padre me entregó al morir.

Theravāda dijo:

—Naturalmente, Tathagata, amigo. Guardaré tu oro con mucho cuidado. Cuando vuelvas de tu peregrinaje, aquí lo encontrarás. No tienes por qué preocuparte. Tú y yo somos buenos amigos.

»Así —continuó el monje—, pasó un año y Tathagata volvió de su viaje. Fue a casa de Theravāda y le pidió a su amigo:

—¿Puedes devolverme mi oro, Theravāda?

—¡Oh, Tathagata, lo siento muchísimo!, ¡Qué desgracia, qué desgracia! ¡Durante tu ausencia, el oro se ha convertido en arena! —contestó Theravāda, mirando a su amigo con cara de estar muy apenado.

Pero Tathagata, mientras su amigo le contaba este singular acontecimiento, no pareció sorprendido. Después de unos minutos de silencio, repuso:

—Está bien, Theravāda, no te preocupes; hiciste todo lo que pudiste para vigilar mi oro. Eres un buen amigo.

Los dos hombres comieron juntos y pareció como si la pérdida del oro hubiera sido olvidada por completo.

Al cabo de un año, Theravāda le dijo a su amigo Tathagata:

—Amigo, quisiera ir de peregrinaje al monasterio santo, ¿podrías cuidar de mis hijos durante mi ausencia?

Tathagata aceptó de buen grado:

—Claro que sí, Theravāda, me gustará cuidar de tus hijos durante unos meses, ya que no tengo familia propia. Les daré buena comida y buena ropa. Serán muy felices en mi casa.

—¡Gracias, Tathagata! —dijo Theravāda, que pensó—: “Aunque ha perdido todo su oro por mi culpa, quiere cuidar de mis hijos. Ciertamente, es muy buena persona y un gran amigo”.

Tathagata se llevó a los niños a su casa y los cuidó muy bien, pero compró dos monitos a los cuales les puso los nombres de los niños. Durante el año que siguió, adiestró a los monos para que cuando él llamase “¡Dharma, ven aquí!”, el mono mayor corriera hacia él, y que cuando llamase “¡Karma, ven aquí!”, el mono más joven acudiera a su llamada. Los monos entendieron muy bien lo que se esperaba de ellos y aprendieron muy rápido.

Cuando Theravāda regresó, fue a ver a sus hijos. Tathagata mostró un triste semblante a su amigo:

—¡Oh, Theravāda, lo siento muchísimo!, ¡Qué desgracia, qué desgracia! ¡Durante tu ausencia, tus hijos se han convertido en monos!

Theravāda no sabía qué pensar y llamó a sus hijos por sus nombres. Al instante, aparecieron los dos monitos y corrieron hacia él. Cogieron de la mano a Theravāda y bailaron a su alrededor como si fuesen chiquillos. Theravāda quedó muy apenado y preguntó a su amigo:

—¡Ay!, Tathagata, ¿qué podemos hacer? ¿Cómo podemos hacer que estos monos se conviertan de nuevo en mis hijos?´

Tathagata pensó durante unos instantes y luego le dijo a su amigo:

—No creo que sea difícil, pero, para conseguir eso, necesitaremos oro.

—¿Cuánto oro bastaría? —preguntó Theravāda.

—Yo creo que, por lo menos, dos bolsas de pepitas de oro.

—Tan pronto como pueda traeré las bolsas de oro —dijo Theravāda, que salió corriendo hacia su casa.

Al cabo de un rato, volvió con las bolsas de Tathagata y se las entregó a su verdadero dueño. Tathagata las tomó y le dijo a Theravāda que esperase mientras él subía al piso de arriba. Pasados unos minutos, volvió a bajar.

—Mira, Theravāda, ¡lo hemos conseguido! El oro ha transformado los dos monos en seres humanos. Aquí tienes a tus hijos.

Theravāda estuvo encantado de recobrar a sus hijos, pero miró con enfado a Tathagata. Sin embargo, el ceño fruncido se convirtió en sonrisa y, acto seguido, los dos amigos rompieron a reír”.

Cuando terminó de contar esta historia, el propio monje rompió a reír al ver cómo el hilo de la cometa de su sobrino había sido cortado mientras él escuchaba con atención el relato. Ambos contemplaron la cometa flotar sobre el valle de Lhasa, alejándose hacia los dorados tejados del Potala, el monasterio santo.

FIN

¿Por qué se rio el pez?

Ilustración: clvago

Hace mucho, mucho tiempo una Rani salió a pasear por los jardines de su palacio y al pasar cerca de uno de los estanques un pescado saltó del agua, mostrando su plateado vientre.

—¡Qué pez más hermoso! ¿Será macho o hembra? —se preguntó la Rani.

Al oír aquello, el pescado soltó una ruidosa carcajada y se sumergió de nuevo en las aguas del lago.

La Rani, furiosa porque el pez se había burlado de ella, se encerró en palacio. El Rajá al verla tan enfurecida, le preguntó qué le ocurría.

—¿Estás enferma?

—No, lo que estoy es muy disgustada. He salido a pasear por los jardines y he visto un pez saltar en uno de los estanques y al preguntarme si sería macho o hembra, el pez ha soltado una carcajada.

—¿Que un pez se ha reído? —preguntó asombradísimo el Rajá—. ¡Eso es imposible!

—Yo solo digo lo que he visto con mis propios ojos y escuchado con mis propios oídos.

—Es muy extraño. Haré averiguaciones.

El Rajá le contó al Gran Visir lo que le había ocurrido a su esposa y le ordenó que investigase hasta descubrir la verdad de todo ello. Si no lo conseguía antes de seis meses, sería desterrado para siempre.

El Visir prometió hacerlo, aunque se daba por vencido antes de empezar. Tras cinco meses de intensas investigaciones, no consiguió que nadie le explicara el motivo de la risa del pez, ni los más sabios podían hallar solución a aquel enigma, así que lo preparó todo para su definitiva partida. Le dijo a su hijo que se marchase a recorrer mundo y que no volviera hasta pasado un tiempo, cuando el Rajá hubiera olvidado aquel asunto.

El joven se despidió de su padre un mes antes de que terminase el plazo dado por el soberano; se marchó sin rumbo fijo, confiando en que el destino guiaría sus pasos.

Al cabo de unos días de marcha, se encontró con un anciano campesino que regresaba a su casa y como le pareció una buena persona, le preguntó si podía acompañarlo. El campesino aceptó la propuesta y los dos se pusieron en marcha.

Al cabo de un rato, el joven dijo al viejo:

—Creo que si, de vez en cuando, vamos contando el viaje será más distraído.

«¡Este chico está loco!», pensó el campesino sin contestar.

Poco después, pasaron junto a un campo de trigo, a punto de ser segado, y el hijo del Visir, pensativo, preguntó al campesino:

—¿Estará comido o no ese trigo?

Como no sabía qué contestar, el campesino se limitó a decir que no tenía ni idea.

Pasaron las horas y los dos viajeros llegaron a un espeso bosque. El joven sacó un afilado cuchillo y entregándoselo al campesino, le dijo:

—Amigo, ve y adquiere con esto dos hermosos vehículos, pero no olvides devolvérmelo, pues lo aprecio mucho.

Entre enfadado y divertido, el anciano rechazó el cuchillo, y preguntó a su compañero si estaba loco o trataba de parecerlo, ya que en medio de aquel bosque era imposible comprar nada.

El hijo del Visir hizo como si no oyera las palabras del campesino y continuaron ambos el camino. Al poco rato, entraron en la ciudad al final de la cual vivía el anciano.

Al cruzar el mercado, que se hallaba muy concurrido, todo el mundo miraba a los cansados viajeros, pero nadie fue capaz de ofrecerles agua ni los invitó a descansar.

—¡Qué cementerio más enorme! —exclamó el joven.

«¿Por qué llamará cementerio a un lugar tan lleno de vida?», se preguntó el campesino. «¡Está claro que está loco!», pensó el viejo. «Lo siguiente será llamar agua a la tierra y tierra al agua. O sombra a la luz y luz a la sombra».

Al poco, llegaron a un río que era necesario vadear para llegar a casa del campesino. El anciano se quitó los zapatos y cruzó tambaleándose. El joven, sin quitarse los zapatos, se metió en el agua.

«¡En mi vida había visto a un loco más loco!», se dijo el campesino.

Sin embargo, como el joven le era simpático, pensó que sería divertido presentárselo a su esposa y a su hija y le dijo que podía quedarse en su casa todo el tiempo que quisiera.

—Muchas gracias —contestó el hijo del Visir—. Pero antes de aceptar tu invitación, quisiera saber si los cimientos de tu casa son lo bastante fuertes.

El campesino levantó las manos al cielo y entró en su casa riendo a carcajadas.

—He traído a un chico que está loco de remate —­explicó a su mujer y a su hija, que habían salido a recibirlo—. Fijaos cómo estará, que antes de aceptar nuestra hospitalidad me ha preguntado si los cimientos de esta casa son lo bastante sólidos.

—Padre, ese hombre no está loco —dijo la hija, que era una muchacha muy lista— Si te ha preguntado eso ha sido para saber si tu fortuna te permitía tener un huésped sin que eso te cause un perjuicio.

—¡Comprendo! —exclamó asombrado el campesino—. Tal vez puedas ayudarme a descifrar otros enigmas. Al principio de nuestro viaje, me dijo que si contábamos de vez en cuando, el camino sería más divertido.

—Sencillo —contestó la joven—. Lo que tu compañero quería decir es que si os hubieseis contado historias, el camino se habría hecho más llevadero.

— ¡Tienes razón! ¿Puedes descifrar este otro enigma?: al pasar junto a un campo de trigo, me preguntó si el grano estaría ya comido o no.

—¿Y no comprendiste lo que quería decir? Es muy sencillo, si el propietario de aquel campo debía dinero, el producto de la venta del trigo serviría para pagar a los acreedores, lo cual sería lo mismo que si el trigo ya estuviera comido.

—¡Maravilloso! Te voy a contar otro. Atravesando un bosque, me entregó su cuchillo y me encargó que adquiriese dos buenos vehículos, pero advirtiéndome de que le devolviera el cuchillo.

—¿No son dos buenos palos un vehículo excelente cuando caminas? Al darte el cuchillo, te indicó que cortases dos ramas, pero que fueses con cuidado con su cuchillo.

—¡Magnífico! A ver si me aclaras esto también: ¡mi compañero llamó cementerio a la ciudad!

—Padre, esto también es sencillo. He visto que has llegado sediento, cansado y lleno de polvo y eso quiere decir que, aunque hoy es día de mercado, nadie os ha ofrecido ayuda. En una ciudad donde no hay hospitalidad, la gente está peor que muerta. Aunque estaba llena de seres vivos, para vosotros fue peor que un cementerio.

—¡Es verdad! —exclamó el asombrado campesino—. Te voy a contar lo último que hizo. Cuando llegamos al río, en vez de quitarse los zapatos cruzó el agua con ellos.

—Admiro su sabiduría —replicó la joven—. Muchas veces me he preguntado por qué la gente es tan tonta y se quita los zapatos y cruza descalza la corriente. El fondo está lleno de agudos guijarros y a causa del dolor producido al pisar las piedras, he visto que algunos que cruzaban el río caían dentro de él y por no mojarse los zapatos, se mojaban el cuerpo entero. Ese amigo tuyo es un hombre sabio. Me gustaría hablar con él.

—Enviaré a alguien a buscarlo.

Dicho esto, llamaron a un criado y la joven lo envió al visitante con un obsequio, compuesto de una taza de miel, doce pasteles, una jarra llena de leche y el siguiente mensaje:

«Los cimientos son fuertes. La luna está llena; doce meses son un año; el mar rebosa agua».

Por el camino, el criado se comió parte de los dulces que llevaba. Cuando encontró al joven, le dio lo que quedaba del regalo y el mensaje. El hijo del Visir lo aceptó, diciendo:

—Vuelve a casa y dile a tu ama que la luna está menguante, que un año tiene ocho meses y que la marea ha bajado.

El criado volvió junto a su ama para comunicar el extraño mensaje y ella se enfadó mucho al comprender que se había comido parte del regalo.

El hijo del Visir fue recibido en la casa con todas las atenciones y al fin de la magnífica comida que le sirvieron, contó la historia del pescado que se había reído.

—¡La risa del pez significa que en el palacio hay un hombre disfrazado de mujer que quiere matar al Rajá! —dijo la hija del campesino.

—¡Debemos volver corriendo a mi país y contarle a mi padre eso que me has dicho!

Sin perder ni un instante, el joven partió acompañado de la muchacha y, al llegar a su casa, contaron al Visir el motivo de la misteriosa risa del pez.

El pobre hombre, muerto de miedo, corrió enseguida a las habitaciones del Rajá, a quien repitió lo que le habían dicho.

—¡Eso es imposible! —exclamó el monarca.

—Es la pura verdad. Y para demostraros que no miento, haremos una prueba. Servíos llamar a todas las mujeres de palacio y haced que salten el ancho de esa alfombra. Pronto descubriremos si hay un hombre entre ellas.

Así se hizo y de todas las mujeres, solo una consiguió saltar por encima de la alfombra. Aquella resultó ser un hombre, que al momento fue detenido por los soldados del Rajá y encerrado en prisión.

Y así quedó satisfecha la Rani, contento el Rajá y el Gran Visir con su puesto.

En cuanto a su hijo, al poco tiempo se casó con la inteligente hija del campesino, y dicen las crónicas que fueron el matrimonio más feliz de aquel reino.

FIN

La generosidad

Ilustración: MARIday

El joven señor Chang heredó, a la muerte de su padre, el puesto de ministro y miles de funcionarios que trabajaban a su cargo. Además de mucho dinero, joyas y casas en la ciudad, el rico patrimonio incluía también un extenso feudo de miles de hectáreas en el campo, muy lejos de la capital. Los habitantes que vivían allí cultivaban la tierra en arriendo y pagaban un tributo anual al ministro.

Al llegar el tiempo de recaudar las contribuciones, el nuevo ministro Chang preguntó a sus funcionarios quién quería ayudarlo en aquel difícil y poco agradable trabajo. Se ofreció voluntario uno de sus empleados, un joven llamado Feng Huan, a quien se le encomendó tan delicada tarea.

Al día siguiente, Feng Huan montó en el carruaje del ministro Chang y antes de partir preguntó:

—¿Excelencia, deseáis que adquiera algo con el dinero que obtenga de la recaudación?

El ministro Chang, que tenía de todo, no se le ocurrió nada que pedir en ese momento, pero le dijo:

—Mmm, ¡consígueme algo que falte en esta casa!

—Así lo haré, Excelencia —contestó el joven funcionario arrancando el carruaje.

Cuando llegó a los feudos, Feng Huan cobró de los campesinos cien mil monedas de oro como pago de los tributos anuales. Pero un buen número de arrendatarios no pudo pagar su deuda. La mala cosecha durante varios años consecutivos los había ido empobreciendo, conduciéndolos al borde de la indigencia. Era imprescindible hacer algo para sacar a aquellas personas de su situación ya que, de otro modo, abandonarían las tierras y dejarían de pagar sus impuestos. Consciente de eso, el encargado de la recaudación convocó a todos los arrendatarios en la plaza del pueblo, pidiéndoles que llevaran con ellos los títulos de la deuda.

Acudieron todos los deudores sin saber qué les iba a pasar, preocupados por su pésima situación económica. Estaban decididos a luchar hasta el final para conservar sus últimas posesiones y no morirse de hambre. Al empezar a hablar el enviado del nuevo ministro, tuvieron la terrible sospecha de que se iban a enfrentar a una gran tragedia.

—En nombre de su excelencia el señor ministro Chang, les pido que me muestren sus títulos para comprobar conmigo las cantidades que deben a mi señor.

Los arrendatarios estaban tristes y preocupados pensando en lo que les ocurriría. Sin embargo, al terminar de comprobar sus deudas y obligaciones y esperando el momento en el que se les anunciara una medida drástica de coacción para obligarlos a pagar, se sorprendieron enormemente con lo que oyeron:

—En vista de las dificultades que os acosan y como manifestación de su gran generosidad y del cariño que siente por todos vosotros, el nuevo ministro ha decidido perdonar todas vuestras deudas anteriores. Y ahora, en vuestra presencia, quemaré todos los títulos de deuda para liberaros del pago y para que podáis empezar de cero.

Al principio nadie podía creer sus palabras. Anonadados, no comprendían el significado de aquella decisión.

Pero al instante, cuando vieron que se levantaba una roja llamarada de aquel montón de documentos que los había sometido durante tantos años al martirio económico, reaccionaron con grandes y alegres exclamaciones de júbilo y con lágrimas de agradecimiento.

Feng Huan volvió contento a la residencia del nuevo ministro, quien se sorprendió de la brevedad de su viaje:

—¿Ya has terminado con la recaudación? ¡Cuéntame!, ¿qué tal ha ido?

—Ha ido muy bien, señor. Además de recaudar cien mil monedas de oro, he adquirido algo que, hasta ahora, no tenía en su casa.

El nuevo ministro se mostró intrigado y preguntó:

—¡Ah!, ¿sí? ¡Dime!, ¿qué has comprado? ¿Una joya?, ¿una casa? ¿un carruaje nuevo?…

Feng Huan le explicó:

—Como su noble familia es tan rica en joyas, tierras y casas, no se me ocurrió comprar nada de todo eso. Sin embargo, pensé que había algo que indudablemente faltaba en su familia desde tiempos inmemoriales: la generosidad. Por lo tanto, pensé que si pudiera gastar algún dinero para adquirir esa gran virtud, su noble familia se vería enriquecida de forma inimaginable.

A continuación, Feng Huan le explicó detalladamente lo ocurrido.

Cuando terminó, notó que la cara de su amo se había congestionado por el disgusto, la desesperación y una inexplicable ira. El joven Feng Huan abandonó rápidamente la casa, mientras el ministro gritaba secamente:

—¡Vete inmediatamente! ¡Menudo favor me has hecho! Sal de mi vista antes de que me arrepienta. ¡No quiero verte nunca más!

Al año siguiente, por una intriga de palacio, el nuevo ministro perdió el favor del Emperador y fue despojado de su cargo y desterrado. Se sentía solo y abandonado. Todos sus amigos se alejaron de él y su carrera política se apagó irremediablemente.

Abandonó la capital, lleno de tristeza, frustrado y abatido por la desgracia, y se encaminó hacia su feudo en el campo, la única posesión que le habían dejado conservar.

A medida que atravesaba sus tierras, comprobó con asombro que las gentes salían a recibirlo con los brazos abiertos, haciéndole reverencias en señal de respeto y admiración.

Al principio, se quedó totalmente desconcertado y su triste corazón experimentó un sentimiento inusual de paz. De repente, recordó lo que había hecho el recaudador de deudas el año anterior y sus ojos se inundaron de lágrimas de agradecimiento:

—Ahora comprendo lo útil de lo que hizo Feng Huan al adquirir la generosidad que siempre había faltado en mi casa.

FIN