Cuento popular

El contador de ovejas

Ilustración: Juan Caminador

En el lejano Oriente vivió un rey al que le gustaba mucho escuchar cuentos antes de quedarse dormido. Todas las noches, después de cenar, se acurrucaba en su cama y hacía llamar a alguien para que le relatara alguna historia.

Una noche pidió que le contaran un cuento largo, pero muy, muy largo, pues no tenía ni pizca de sueño.

Entonces, llegó una contadora de cuentos y le contó un cuento muy largo al rey, pero… nada. El rey seguía muy despierto, no quería quedarse dormido y le pidió otro cuento. Entonces la contadora de cuentos le contó otro, pero tampoco funcionó. El rey no se dormía. Tenía los ojos abiertos como los de un búho.

Cuando la narradora ya llevaba contados más de una docena de cuentos y el rey todavía no se quedaba dormido, se le ocurrió una idea y le contó el siguiente cuento:

Érase una vez un campesino que viví en lo alto de una montaña. Un día bajó para ir a comprar ovejas a un pueblo vecino. Compró muuuuchas ovejitas y después de pagar, decidió regresar con su gran rebaño a casa. Por el camino, tuvo que atravesar un río y para que los animales no se ahogaran, buscó la parte menos profunda para que las ovejitas no se ahogaran, pero era un paso tan, tan estrecho que no tuvieron más remedio que atravesarlo una por una, Primero pasó una, luego dos, luego tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho….

Al llegar a ocho, no fue el rey el que se quedó dormido, sino la narradora de cuentos. El soberano aguardó unos minutos, pero al final, muy impaciente, la despertó:

—¡Pero no te duermas! ¡Termina de contarme el cuento!

—¡Calma, Majestad! —repuso la narradora de cuentos—, el río es muy peligroso y el pobre pastor ha de tener mucha paciencia y atravesar todas sus ovejas una por una. Ahora mismo termino la historia…

El pastor siguió pasando las ovejitas de una orilla a otra… nueve, diez, once, doce, trece, catorce, quince…

El rey siguió escuchando atentamente cómo el pastor iba atravesando, una a una, todas las ovejas de su rebaño. Cuando ya habían atravesado el río casi cien ovejas, el monarca, por fin, se quedó profundamente dormido.

Dicen que a partir de entonces es costumbre recomendar a las personas que no se pueden quedar dormidas que cuenten ovejas para conciliar el sueño.

FIN

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La medusa tonta

Ilustración: Gregory Stephenson

Había una vez un rey y una reina dragones marinos que decidieron casarse. Grande fue el alboroto que causó la alegre noticia. Los peces, pequeños y grandes, llegaron para presentar sus respetos y ofrecer presentes a la pareja de recién casados; y durante varios días todo fueron festejos y alegría.

Pero ¡oh fatalidad!, incluso los dragones marinos tienen que soportar duras pruebas. Apenas había transcurrido un mes del enlace real, cuando el rey dragón cayó enfermo. Los doctores lo trataron con todos los medios que estaban a su alcance, pero sin resultado. Al final, con gran pesadumbre, declararon que no había nada que hacer. La enfermedad seguiría su curso y probablemente el monarca moriría, pero tal vez quedaba una esperanza…

Uno de los médicos le dijo a la reina:

—Sé de algo que curaría al rey: tan solo debemos conseguir el hígado de un mono vivo para que se lo coma y se recuperará enseguida.

—¿¡El hígado de un mono vivo!? —exclamó la Reina—. ¡Pero eso es imposible! Nosotros, los dragones marinos, vivimos en el mar, mientras que los monos viven lejos de aquí, entre los árboles, en tierra firme. ¿¡El hígado de un mono vivo!? ¡Qué locura más grande!

En este punto, el rey dragón rompió a llorar amargamente:

—Una cosa tan pequeña —se quejó—, y tú no quieres concedérmela. Siempre sospeché que no me querías de verdad. ¡Oh! Ojalá no me hubiera casado contigo.

Su voz se quebró en sollozos y ya no pudo decir nada más.

Por supuesto que la reina dragona no quería que nadie pudiese pensar que estaba siendo malvada con su buen esposo, así que enseguida envió a buscar a su fiel sirviente la medusa y le dijo:

—Sé que lo que te voy a encomendar es una tarea difícil, pero confío en ti. Lo que quiero es que vayas tierra adentro y convenzas a un mono para que te acompañe hasta aquí. Para persuadirlo, puedes contarle cuánto mejor se vive aquí en Dragonlandia, que donde él vive ahora. Cuídate de que llegue sano y salvo, porque lo que realmente necesito es cortarle el hígado y utilizarlo como medicina para el rey dragón, quien, como bien ya sabes, está gravemente enfermo.

Así que la medusa partió a su extraño viaje errante.

Tenemos que apuntar que en aquellos tiempos la medusa era como cualquier otro pez, con ojos, aletas y cola. Pero, además, tenía una singularidad que la diferenciaba de todos los demás habitantes marinos: sus pequeños y numerosos pies, que le permitían tanto caminar por tierra como nadar velozmente en el agua.

A la medusa no le llevó muchas horas nadar hacia el país en donde vivían los monos; y la suerte quiso que nada más llegar viese a un espléndido ejemplar de mico saltando entre las ramas de los árboles cerca del lugar en donde la medusa había pisado tierra.

La medusa lo llamó:

—¡Eh! ¡Señor mono! He venido para hablarle de un país mucho más bello que este. Se encuentra bajo las olas y se llama Dragonlandia. Hace un tiempo muy agradable todo el año, los árboles están colmados de deliciosos frutos maduros, y no existen esas criaturas tan malas llamadas hombres. Si me acompañas, te llevaré hasta allí. Súbete a mi espalda.

El mono pensó que sería divertido conocer un país nuevo, así que saltó a las espaldas de la medusa y se zambulleron en el agua. Cuando llevaban medio trecho recorrido, el mono empezó a preguntarse si no habría gato encerrado. Parecía un poco raro verse abordado de esa manera por una extraña. Así que le preguntó a la medusa:

—¿Por qué has venido a buscarme precisamente a mí?

La medusa contestó:

—Mi señora, la reina dragona, te necesita para quitarte el hígado y dárselo como medicina a su esposo, el rey, que está muy enfermo.

«¡Ah!, así que de eso se trata el juego, ¿no?», pensó el mono. Pero se guardó sus pensamientos y tan solo respondió:

—Nada me proporcionaría mayor placer que estar al servicio de sus majestades. Pero resulta que dejé mi hígado colgado de una rama de ese gran castaño en el que estaba brincando. El hígado es algo que pesa bastante, por lo que generalmente me lo quito para jugar durante el día. ¡Da la vuelta rápido! ¡Tenemos que volver a buscarlo!

La medusa estuvo de acuerdo en que era lo único que podía hacerse dadas las circunstancias. Porque —tonta criatura como era— no se dio cuenta de que el mono le estaba contando un cuento para evitar que lo matasen y le diesen su hígado al rey dragón.

Cuando alcanzaron la orilla de Monolandia de nuevo, el mono dio un rápido bote desde la espalda de la medusa hasta alcanzar la rama más alta del castaño. Entonces dijo:

—No veo mi hígado por aquí. Quizás alguien se lo haya llevado. Pero voy a buscarlo. Tú, mientras tanto, es mejor que vuelvas y le cuentes a tu señora lo que ha sucedido. Se preocupará si no estás de vuelta en casa antes de que anochezca.

Así que la medusa emprendió la marcha por segunda vez; y cuando llegó a casa, le contó a la reina dragona todo tal y como había sucedido. La reina se encendió de ira y llamó a gritos a sus guardias, diciéndoles:

—¡Llevaos a esta individua de mi presencia! ¡Lleváosla y hacedla papilla! ¡Dadle una paliza por tonta! ¡Que no quede ni un solo hueso sano en todo su cuerpo!

Así que los guardias la apalearon, tal y como la reina había ordenado, y esa es la razón por la cual, hasta el día de hoy, las medusas no tienen huesos y no son sino una masa pulposa.

En cuanto al rey dragón, cuando supo que no tendría el hígado del mono, ¡vaya!, pues se convenció de que no le quedaba más remedio que curarse sin él.

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

Daru, la perra asustada

Ilustración: IssaGucci

En la lejana India, en la gran ciudad de Calcuta vivía una perra callejera que vagaba por las calles buscando alguna cosa para llevarse a la boca. Dormía donde podía y se resguardaba de las lluvias torrenciales aquí o allá. Adoraba olfatear el sinnúmero de olores que se desprendían de cada uno de los rincones de la inmensa urbe en la que habitaba. Aunque no tenía nombre, nosotros la llamaremos Daru.

Daru estaba sola, pero siempre la acompañaba su viva imaginación. Gracias a ella, conseguía escapar de su realidad y creaba un mundo a la medida de sus deseos.

Cuando alguien arrojaba sobras de comida a la basura, ella imaginaba:

—¡Qué amables son los humanos! Saben que estoy hambrienta y dejan la comida a mi alcance para que me pueda hartar. No me pueden llevar a sus casas porque no cabemos todos, pero me alimentan muy bien.

Cuando los niños jugaban con sus pelotas o corrían por los parques, ella imaginaba:

—¡Qué niños tan divertidos! ¡Quieren jugar conmigo! Lástima que casi todos vivan en casas tan pequeñas, por eso no pueden acogerme en ellas, pero nos divertimos juntos.

Daru era feliz así, imaginando un mundo a su medida en el que ella era la protagonista.

En uno de sus paseos por la ciudad, descubrió un precioso jardín y como la verja de entrada estaba abierta pensó en entrar para investigar un poco. Hasta su hocico llegaban los embriagadores aromas de las plantas y las flores y no pudo resistir la tentación:

—Es un lugar tan bonito. Solo daré un vistazo y me marcharé enseguida.

Daru se paseó por aquel pequeño oasis, admirando los altos árboles, oliendo las coloridas flores y dando unas cuantas vueltas sobre el fresco césped que cubría el suelo. Bebió el agua cristalina que manaba de un fresco manantial y se embobó mirando cómo unos pequeños pececitos se perseguían por el estanque que formaban las frescas aguas que resbalan desde la fuente y, como siempre hacía, dejó volar su imaginación:

—Estos peces son especiales, estoy segura. Tal vez eran los habitantes de este maravilloso lugar, pero fueron encantados por un mago y ahora no pueden hacer otra cosa que nadar para siempre en este lago hasta que alguien consiga romper el hechizo.

Siguió andando, pensando aún en los peces, pero justo detrás de un robusto pino sus ojos descubrieron lo que parecía un enorme palacio dorado, brillando bajo los rayos del sol matutino, y se olvidó por completo de todo:

—Este lugar es aún mejor de lo que yo había imaginado. Sin duda, sus dueños no están encantados y lo que he visto eran, en verdad, solo peces. Este palacio debe pertenecer a alguien muy importante. Tal vez a una reina, o a un gobernador. Quizá habiten en él hadas o duendes… Sea como sea, seguro que seré bienvenido. ¡Hay espacio suficiente para que adopten a un perro!

Daru se sentó ante la puerta del palacio y esperó a que alguien saliera y la invitara a entrar. Pasó un buen rato, pero no oyó nada ni vio movimiento alguno. Siguió esperando y esperando e imaginando e imaginando:

—Sea quien sea la persona que vive aquí, no hay duda de que puede permitirse tener un perro. Tener un perro hace felices a las personas, de eso estoy segura. Aunque, claro, teniendo una casa como esta, la persona que vive aquí ya debe de ser muy feliz… A los humanos les gusta el dinero, y se nota que en este lugar hay mucho, mucho… ¿Querrán un perro?

Daru se cansó de esperar y decidió olisquear la puerta. Al apoyar su hocico en la madera, dio un respingo:

—¡La puerta está abierta!

Asomó su cabezota para ver qué había en el interior y contempló una gran mesa llena de viandas apetitosas. Con las orejas levantadas escuchó atenta. No se oía nada dentro, solo el canto de los pájaros y la música de la brisa entre las plantas en el exterior:

—No hay nadie, podré comer hasta hartarme.

Daru empujó la puerta y entró con sigilo a una gran sala, pero se quedó petrificada de miedo al ver que cientos de perros la rodeaban y la observaban fijamente.

El pelo de su espalda se erizó y los perros de la casa la imitaron. Daru gruñó y enseñó los dientes y cientos de perros le enseñaron a Daru los suyos. Quiso moverse, pero los perros hicieron lo propio. ¡No tenía salida! ¡Estaba rodeada! Daru no sabía qué hacer, su imaginación, esta vez, no la estaba ayudando. Se dio ánimos a sí misma:

—Tranquila, Daru, la puerta está cerca…

La perra se giró rápidamente y salió huyendo en dirección al jardín sin mirar atrás. Corrió y corrió hasta perder el aliento.

Al frenar su loca carrera, se dio cuenta de que nadie iba tras ella. Miró el lejano jardín en cuyo interior estaba el fastuoso palacio y tembló al recordar cómo la jauría había intentado atacarla.

Daru nunca supo que su imaginación le había jugado una mala pasada y que aquellos perros no eran más que su propio reflejo en los espejos que cubrían la gran sala del palacio. Siguió su vida errante por las calles de Calcuta y aunque muchas veces añoró el hermoso jardín, el fastuoso palacio y la opípara mesa, nunca más volvió a pasar cerca por miedo a los perros que habitaban allí.

FIN

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Los seis sabios ciegos y el elefante

Hace mucho tiempo, en la India, vivían seis sabios ciegos que pasaban sus días estudiando para ser más y más eruditos.

Después del estudio, solían reunirse y discutían durante horas. Ponían en común lo aprendido y luego decidían quién, de entre los seis, había aprovechado mejor el tiempo.

Un día, la discusión versó acerca de la forma exacta que tenía un elefante, pero no consiguieron ponerse de acuerdo en cómo era exactamente ese animal. Como ninguno de ellos había tenido la oportunidad de tocar uno, decidieron salir al día siguiente a la busca de un ejemplar para satisfacer su curiosidad y salir de dudas.

Guiados por un joven lazarillo, se pusieron en fila y cada uno de los sabios puso su mano derecha en el hombro derecho de quien lo precedía. De esta forma, emprendieron la marcha y anduvieron por una estrecha senda que se adentraba en la selva.

No pasó mucho tiempo cuando el joven lazarillo, deteniendo la marcha, les dijo que frente a ellos había un gran ejemplar de elefante. Llenos de alegría, los seis sabios ciegos se felicitaron por su suerte. Finalmente podrían resolver el problema.

El más decidido, lleno de impaciencia, se adelantó a toda prisa con los brazos extendidos. Quería ser el primero en tocar al animal, pero tuvo la mala suerte de tropezar con una rama, cayó de bruces y fue a dar contra el costado del animal, que en ese momento descansaba echado sobre el suelo:

—Amigos míos, el elefante —exclamó— es como una pared de barro secada al sol.

El segundo, con las manos extendidas, avanzó con más precaución y lo primero que tocó fue el colmillo del elefante:

—Sin duda la forma de este animal se asemeja a una lanza.

Justo en el momento en el que el elefante empezaba a levantarse, avanzó el tercer ciego hacía él y le agarró la trompa. La palpó, notando su forma, sintiendo cómo se movía, y exclamó:

—Escuchad todos, un elefante no es otra cosa que una serpiente larga y ondulante.

El cuarto sabio se desvió y acabó por topar con la cola del animal, que el elefante movía a derecha y a izquierda para espantar a los insectos. La agarró como pudo y no dudó en afirmar:

—Está claro que este animal es como una robusta cuerda que se mueve a merced del viento.

El quinto sabio avanzó y al palpar una de las orejas no dudó en decir:

—Ninguno de vosotros está en lo cierto; el elefante es como un gran abanico.

El sexto sabio, un anciano muy anciano que andaba encorvado, se acercó con lentitud apoyado en su bastón. Tan doblada estaba su espalda a causa de la edad, que pasó por debajo del elefante y tropezó con una de sus gruesas patas traseras:

—¡Amigos míos! Ahora mismo lo estoy tocando y os puedo asegurar que el elefante es como el grueso tronco de un árbol.

Acabada su inspección, volvieron a formar una fila y tomaron el camino de regreso muy satisfechos.

Al llegar a su casa, se sentaron alrededor de la mesa de estudio y retomaron la discusión sobre la verdadera forma del elefante. Cada uno de ellos defendía acaloradamente su verdad a gritos y afirmaba que los demás estaban equivocados.

El joven lazarillo, sin atreverse a intervenir, observaba la escena en silencio, pero no pudo evitar pensar: «Los seis sabios han tocado el mismo elefante, pero cada uno de ellos, basándose en su experiencia, se ha hecho una idea totalmente diferente de cómo es en realidad. Ciertamente, todos tienen una parte de razón, pero ninguno tiene la verdad completa».

Sin hacer ruido, el chico se marchó dejando a los seis sabios inmersos en su inútil discusión sobre quién tenía la razón. Una disputa que, por cierto, dicen que aún dura, porque los sabios todavía no han sido capaces de ponerse de acuerdo sobre la verdadera forma que tienen los elefantes.

FIN

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Las cabras testarudas

Ilustración: HNAutumn

Esta historia ocurrió hace mucho, mucho tiempo en Puerto Rico, en un pueblecito en el que vivía un chico que trabajaba como pastor. Cada día, muy de mañana, el muchacho se dirigía al campo con su rebaño de cabras para que pastaran hierba fresca. Por la tarde, cuando el sol ya caía, silbaba y las cabras se arremolinaban a su alrededor para regresar a la granja a dormir.

Un día, cuando las sombras se alargaban sobre el campo y una luna vergonzosa empezaba a mostrarse tímida entre las nubes, el pastorcito, como de costumbre, silbó, pero, en aquella ocasión, sucedió algo muy extraño: por más que silbara, las cabras lo ignoraban, como si el chico se hubiera vuelto invisible.

El pobre pastor no entendía nada, así que comenzó a llamar a gritos a los animales:

—¡Cabras, cabritas! ¡Venid aquí! ¡Nos marchamos a casa!

Nada; parecía como si las cabras se hubieran quedado sordas de repente. Desesperado, el chico se sentó sobre una piedra y empezó a llorar desconsoladamente.

Un conejo que lo oyó se acercó a él y le preguntó:

—¿Por qué lloras?

—Porque las cabras no me hacen caso y si no regreso pronto a casa caerá la noche y no encontraré el camino.

—No te preocupes, yo te ayudaré. ¡Verás cómo las hago caminar!

El conejo empezó a saltar y a enseñar sus enormes dientes entre las cabras para llamar su atención, pero ellas continuaron pastando como si el conejo no existiera. Abatido, se sentó en la piedra, junto al pastor, y comenzó a llorar también.

En eso pasó por allí una zorra y viendo semejante drama se atrevió a preguntar:

—¿Por qué lloras, conejo?

—Lloro porque el pastor se puso a llorar porque sus cabras no le hacen caso y si no regresa pronto a casa caerá la noche y no encontrará el camino.

—Esto lo soluciono yo ahora mismo.

El zorro se acercó a las cabras con cara de malas pulgas y, tomando aire, grito con todas sus fuerzas. Un grito de esos que hiela la sangre y asusta al más valiente de los valientes.

Las cabras ni se inmutaron. Siguieron pastando como si nada pasara.

El zorro, sin comprender como su grito no había surtido efecto, se sentó junto al pastor y el conejo con los ojos llenos de lágrimas.

No pasó mucho tiempo cuando, atraído por el grito del zorro, apareció de entre la maleza un gran lobo gris. Se quedó atónito al ver al pastor, al conejo y al zorro llorando a mares. Lleno de curiosidad, preguntó al zorro:

—¿Por qué lloras, zorro?

—Lloro porque el conejo se puso a llorar porque el pastor lloraba porque sus cabras no le hacen caso y si no regresa pronto a casa caerá la noche y no encontrará el camino.

—No parece tan difícil hacer que obedezca un puñado de cabras… ¡Yo las pondré en marcha!

El lobo, con un fiero gruñido y el pelambre erizado, enseñó sus afilados colmillos a las cabras, pero ellas no le hicieron ni el más mínimo caso. Ninguna se movió de donde estaba.

El lobo, pensando que se había hecho viejo y había perdido su capacidad de atemorizar, se sentó en la piedra y empezó a llorar a coro con el resto.

Una abeja que recolectaba néctar muy cerca, al ver aquel curioso grupo llorando a lágrima viva, se acercó y, picada por la curiosidad, le dijo al lobo:

—¡Nunca antes en mi vida vi llorar a un lobo! ¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras?

—Lloro porque el zorro llora porque vio llorar al conejo que llora porque el pastor se puso a llorar porque sus cabras no le hacen caso y si no regresa pronto a casa caerá la noche y no encontrará el camino.

—Pues no lloréis más ¡yo las pondré en marcha!

Al oír las palabras de la abeja, dejaron todos de llorar y estallaron en carcajadas. El pastorcillo, sin dejar de reír, le dijo:

–¡Qué graciosa eres, abeja! Si nosotros no lo hemos conseguido tú, con lo pequeña que eres, no tienes ni media posibilidad.

El pequeño insecto no se dio por vencido y, sin hacer caso a las burlas, exclamó.

—¡Ahora veréis!

Se fue volando hacia el rebaño y comenzó a revoletear sobre él. Las cabras, que tenían un oído muy fino, molestas por el zumbido, dejaron de comer y prestaron atención.

Entonces, la abeja sacó su afilado y brillante aguijón para poner en marcha la segunda parte de su plan. Se acercó a la cabra más anciana, que era la líder del grupo, y le picó en medio de la nariz. Al sentir el tremendo picotazo, la vieja cabra salió corriendo hacia la granja como alma que lleva el diablo y sus compañeras la siguieron en tropel.

El pastor, el conejo, el zorro y el lobo contemplaron atónitos cómo, una tras otra, las cabras ponían rumbo a la granja. Después, miraron avergonzados a la pequeña abeja.

Fue el pastor el que se disculpó en nombre de todos:

—Perdona por habernos reído de ti. ¡Muchas gracias por tu ayuda!

Y la pequeña abeja, sonriendo, se fue zumbando por donde había venido.

FIN

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El picapedrero

Ilustración: imaginante

En un lejano país, vivió hace mucho tiempo un hombre que trabajaba como picapedrero. Cada día iba a una vasta zona rocosa en la ladera de una gran montaña y cortaba trozos de piedra para fabricar lápidas o casas. Conocía bien los distintos tipos de piedras y sabía distinguir las que servían para cada propósito. Como era trabajador y cuidadoso, tenía muchos clientes.

Durante mucho tiempo se sintió conforme y feliz y no pretendía otra cosa distinta a la que tenía.

En la montaña, vivía un espíritu que de tanto en tanto se les aparecía a los hombres y de diversas maneras los ayudaba a enriquecerse y prosperar.

El picapedrero nunca lo había visto y cuando alguien le hablaba del espíritu, sacudía la cabeza con aire de incredulidad. No obstante, llegaría un momento en que cambiaría de opinión.

Cierto día, un hombre rico le encargó una piedra específica. Cuando fue a entregarla a la casa de ese hombre, vio allí todo tipo de objetos bellos. Vio cosas que jamás había soñado que existieran. Y desde ese momento, su tarea cotidiana comenzó a transformarse en una pesada carga.

Un día, mientras picaba la dura piedra de la montaña, pensó: «Oh, si tan solo fuera un hombre rico y pudiera dormir en una cama mullida con sábanas de seda, ¡qué feliz sería!».

Al instante escuchó una voz que le decía:

—Tu deseo ha sido escuchado, ¡un hombre rico serás!

Miró a su alrededor, pero no había nadie, así que pensó que había sido una fantasía y recogió sus herramientas para regresar a casa, ya que no se sentía con ánimos para seguir trabajando ese día. Pero al acercarse a su casa se detuvo asombrado porque, en lugar de la humilde cabaña donde solía pasar sus solitarios días, se erguía un bello palacio amueblado espléndidamente.

Sin embargo, al cabo de un tiempo se acostumbró a su nueva vida y olvidó por completo su antigua condición. Había comenzado el verano y cada día el sol ardía con mayor potencia. Una mañana, el calor era tan agobiante que casi no se podía respirar.

El hombre estaba muy aburrido porque nunca había aprendido a entretenerse. Se sentó junto a la ventana para ver qué sucedía en la calle y vio pasar un carruaje conducido por hombres en uniforme azul y dorado. En el carruaje iba un príncipe y un siervo sostenía sobre su cabeza una sombrilla dorada que lo protegía de los rayos del sol.

«¡Oh, si yo fuera un príncipe!», pensó el picapedrero mientras el carruaje desaparecía en la distancia. «¡Oh, si tan solo fuera un príncipe y pudiera andar en un carruaje protegido de los rayos del sol por una sombrilla dorada, qué feliz sería!».

Y el espíritu de la montaña respondió:

—Tu deseo ha sido escuchado, príncipe serás.

Y al momento era un príncipe. Y estaba en un carruaje conducido por hombres con uniformes violeta y dorado. La envidiada sombrilla dorada era sostenida sobre su cabeza por un siervo también uniformado. Todo lo que su corazón había ansiado era suyo.

Sin embargo, no fue suficiente. Un día vio que el agua que volcaba sobre el pasto se evaporaba al instante bajo los ardientes rayos del Sol y que a pesar de la sombrilla dorada su rostro se tostaba cada día más. Entonces, gritó enojado:

—El Sol es más poderoso que yo; ¡oh, si tan solo yo fuera el Sol!

Y el espíritu de la montaña respondió:

—Tu deseo ha sido escuchado, el Sol serás.

Y era el Sol, y se sintió orgulloso de su poder. Arrojaba su ardor en todas las direcciones como rayos, quemaba la vegetación de los campos y tostaba los rostros de príncipes y trabajadores por igual. Pero al poco tiempo comenzó a cansarse de su poder, porque no había nada nuevo para hacer.

El descontento volvió a ensombrecer su corazón y cuando una nube cubrió su rostro impidiéndole ver más allá de sus narices gritó enojado:

—¿Es que una nube puede anular el poder de mi ardor? ¡Una nube es más poderosa que yo! ¡Ojalá fuera yo nube, la más poderosa de todas las nubes!

Y el espíritu de la montaña respondió:

—Tu deseo ha sido escuchado, nube serás.

Y nube fue, entre el Sol y la Tierra y así ocultó los rayos del sol, y la vegetación volvió a verdecer y floreció. Durante días dejó caer agua sobre la tierra hasta que los ríos desbordaron y las plantaciones se inundaron. Pueblos enteros fueron destruidos por las tormentas y arrasados por el agua.

Solo la gran roca en la ladera de la montaña permanecía intacta. La nube quedó asombrada por la majestad de la roca y exclamó:

—¿Será la roca más poderosa que yo? ¡Si tan solo yo fuera roca, qué fuerte sería!

Y el espíritu de la montaña respondió:

—Tu deseo ha sido escuchado, roca serás.

Y roca fue y se enorgulleció de su poder. Ni el calor del sol ni la fuerza de la lluvia podían

conmoverla. «Esto es lo mejor del mundo», pensó.

Pero un día oyó un ruido extraño y cuando se asomó para ver de dónde provenía vio a sus pies a un picapedrero empuñando afiladas herramientas. Un temblor recorrió todo su cuerpo y un gran bloque se desprendió de él y cayó al suelo. Entonces gritó enardecido:

—¿Una despreciable criatura de la tierra es más poderosa que una roca? ¡Oh, si tan solo yo fuera un hombre!

Y el espíritu de la montaña respondió:

—Tu deseo ha sido escuchado, un hombre nuevamente serás.

Y un hombre fue; un picapedrero. Y con el sudor de su frente nuevamente realizó las tareas cotidianas. Su cama era dura y el alimento escaso, pero había aprendido a quedar satisfecho, a no desear ser otro que el que era y a no desear otra cosa que la que tenía. Y como no deseaba lo que no poseía ni quería ser más poderoso de lo que era, finalmente fue feliz, y nunca volvió a escuchar la voz del espíritu de la montaña.

FIN

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El vendedor de sombreros

Ilustración: Roberto del Real

Había una vez un vendedor de sombreros que vivía en un pueblo muy lejano. Allí tenía una tienda en la que trabajaba fabricando sombreros de todo tipo: sombreros de paja, de fieltro y de telas de muchos colores, sombreros para fiestas y bodas, bautizos y funerales; sombreros para la lluvia y el sol.

Pero no le iba muy bien, pues todos en el pueblo ya tenían sombrero, no usaban sombrero, o simplemente no tenían dinero para comprarse uno.

Un día, cuando había terminado de hacer un buen montón de hermosos sombreros, decidió ir a venderlos a los pueblos vecinos.

Los echó todos en una canasta, tomó su viejo sombrero de paja y su bastón, y salió muy temprano anunciando:

—¡Vendo sombreros! ¡Vendo hermosos sombreros!

El vendedor caminó varias horas, y atravesó bosques y ríos, hasta que llegó a una pradera.

Luego se sentó cerca de unos árboles y abrió la canasta para contemplar sus sombreros. «Están todos tan bien hechos, y se ven tan elegantes. ¿Cómo no me van a comprar algunos?» pensaba el hombre, Luego, como estaba un poco cansado, decidió dormir una siestecita.

Después de unas horas, despertó y quiso continuar con su camino, pero cuál no fue su sorpresa cuando descubrió que la canasta estaba vacía y los sombreros ya no estaban dentro. ¡Todos los sombreros habían desaparecido!

El hombre estaba muy enojado y ya estaba pensando en volver cuando, de pronto, vio algo que lo dejó con la boca abierta: allí, en las ramas de los árboles había muchos monos y todos ellos llevaban puesto ¡UN SOMBRERO!

El hombre no sabía si reír o llorar. Entonces se puso a gritar con todas sus fuerzas:

—¡Monos, devuélvanme mis sombreros! ¡Son míos!

Y el hombre les hacía gestos para que le devolvieran sus sombreros,

Los monos se reían mucho de él y saltaban de rama en rama imitando todos los gestos del hombre.

El vendedor levantaba los brazos y los monos hacían lo mismo.

El vendedor pateaba sobre el suelo y los monos hacían lo mismo.

El vendedor les sacaba la lengua y los monos hacían lo mismo.

Cansado el hombre gritó por última vez:

—¡Ladrones! ¡Son unos ladrones! ¡Devuélvanme mis sombreros! —Y luego con desesperación tomó su viejo sombrero de paja y lo lanzó al suelo—.¡Tomen, también pueden llevárselo!

Y en esto que no termina de decirlo, los monos, imitándolo, tiraron también los sombreros al suelo.

El vendedor, sin pensarlo dos veces, corrió y rápidamente los recogió.

Los puso todos dentro de la canasta: los sombreros de paja, de fieltro y de telas de muchos colores, sombreros para fiestas y bodas, bautizos y funerales; sombreros para la lluvia y el sol y se fue anunciando:

—¡Vendo sombreros! ¡Vendo hermosos sombreros!

Luego apuró el paso y se dirigió al pueblo más cercano.

Dicen por allí que aquella tarde los vendió todos. Todos, todos y aunque alguien quiso comprarle su viejo sombrero de paja, él dijo que no.

FIN

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El flojo, el sabio y el lobo

Ilustración: CarolineRaquel

Había una vez un hombre tan flojo, que su mujer tenía que levantarlo cada día de la cama a empujones, pero ni así conseguía que trabajara en algo. Cada noche se acostaban sin que el hombre hubiera hecho absolutamente nada mientras su esposa, que no paraba en todo el día, le reprochaba que fuera tan gandul.

—No me regañes, mujer —le decía el flojo—; ya verás como un día de estos seremos muy ricos y no tendrás que trabajar ni tendrás de qué quejarte.

—¿Y me puedes explicar cómo crees que vamos a ser ricos si te pasas el día tirado al sol?

—Pues no lo sé —decía el flojo—, pero al otro lado de la montaña vive un hombre sabio que dicen que tiene respuesta para todas las preguntas, así que mañana prometo que haré un esfuerzo e iré a preguntarle qué debo hacer para salir de la miseria.

A la mañana siguiente, temprano, a la hora en que su mujer lo empujaba fuera de la cama, el hombre flojo cumplió su promesa y partió en busca del sabio de la montaña.

Había caminado todo un día y una noche, cuando se cruzó con un lobo tan flaco como hambriento.

—¿A dónde vas, buen hombre? —preguntó el lobo.

—A visitar a un hombre sabio, que me dirá qué debo hacer para dejar de ser pobre.

—En ese caso —dijo el lobo— pregúntale, por favor, qué debo hacer para poder saciar mi hambre, porque como y como, pero nunca tengo bastante.

El flojo prometió hacerlo y siguió su camino.

Después de andar otro día y otra noche por pedregosa tierra, divisó un solitario manzano junto al camino.

—¿A dónde vas, buen hombre? —preguntó el manzano.

—A ver un sabio varón que me enseñará cómo curar mis penas.

—En ese caso —dijo el manzano— pídele también un remedio para las mías. Hace años que no doy frutos. En plena primavera, mis hojas se secan de golpe, como joyas oxidadas.

El flojo prometió hacerlo y siguió su camino.

Tras otro día y otra noche de marcha, el flojo pasó por la orilla del lago en cuyas riberas vivía el hombre sabio.

Un pez enorme nadó a su lado, y le preguntó:

—¿A dónde te diriges, buen hombre?

—A la cabaña de un hombre sabio que me enseñará cómo solucionar mis problemas.

—En ese caso —dijo el gran pez— pregúntale qué debo hacer para solucionar el mío. Hace años que no disfruto mi comida, pues tengo algo como un tumor atorado en la garganta.

El flojo prometió hacerlo y siguió su camino.

Al día siguiente, cuando ya atardecía, el flojo vio a un anciano que plácidamente sentado sobre una roca contemplaba la puesta de sol. Impresionado por el venerable aspecto del anciano, el flojo se acercó con respeto y le explicó el motivo de su viaje:

—¡Dime, venerable anciano, ¿qué debo hacer para escapar de la miseria?

—¿Sólo deseas preguntarme eso? —dijo el sabio, sin desviar sus ojos del último rayo de sol.

El flojo iba decir que solo eso, pero como el anciano parecía saberlo todo, le transmitió los pedidos del lobo, del manzano y del pez.

Entonces el hombre sabio miró al flojo por primera vez, y no podía saberse si en sus ojos había pena o reproche.

—El pez —dijo el anciano —tiene una gran piedra preciosa atorada en su garganta, apenas alguien se la saque terminará su malestar. En las raíces del manzano hay enterradas cientos de monedas de oro; sus emanaciones envenenan la savia y queman las hojas y el fruto. En cuanto al lobo, para saciar su hambre, debe devorar al primer holgazán que se cruce en su camino.

—Y yo, maestro —dijo afligido el flojo—, ¿Qué debo hacer para salir de la miseria?

—Tú no tienes que hacer nada. Limítate a desandar el camino que te ha traído hasta aquí y regresa a tu casa. Haciendo eso, serás un hombre rico y podrás vivir sin esforzarte.

En ese mismo instante, el sol desapareció en el lago, el anciano se puso en pie, recogió su larga túnica y caminó majestuosamente hacia su cabaña.

Animado con tal pronóstico, el flojo no pensó más que en desandar de inmediato el largo camino de regreso.

Al pasar junto al lago, el gran pez se asomó para preguntarle qué había dicho el sabio sobre su problema.

—¡Sanarás en cuanto te saquen la piedra preciosa que tienes en la garganta! —le gritó el flojo, sin detener su marcha.

El gran pez le rogó que se la sacara, pero como el hombre no se detuvo, el pez reapareció para explicarle:

—Piensa que, si lo haces, yo sanaré y tú podrás quedarte con la piedra y serás rico.

—¡Uf!, ¿sacarte la piedra de la garganta? ¡Con lo fría que debe estar el agua! Además, el sabio me dijo que no tendría que esforzarme para ser rico —dijo el flojo—, que bastaba con que volviera por el mismo camino sin hacer nada y eso es lo que haré.

A su debido tiempo, volvió a pasar junto al manzano.

—¿Qué dijo el sabio? —preguntó tembloroso el árbol.

—Tus hojas sanarán y tus frutos madurarán en cuanto alguien desentierre el cofre de monedas de oro que se esconde entre tus raíces — dijo el flojo, sin detener su marcha.

—¿Y a qué esperas? —gritó el manzano—, ¡excava la tierra y saca el tesoro! Yo reverdeceré y tú serás un hombre rico.

El flojo, sin detenerse, contestó:

—¿Cavar ahora? ¡Qué cansado! El sabio dijo que no tendría que esforzarme para ser rico. Me bastará con volver por el mismo camino, y eso es lo que haré.

Dejó atrás el manzano y, a su debido tiempo, se encontró con el lobo, más flaco y más hambriento que a la ida.

—Cuéntame, ¿encontraste al sabio?

El hombre le contó al lobo su encuentro con el anciano y los sabios consejos que le había dado para el pez y el manzano.

—Caramba —dijo el lobo—, tendrás que ir con mucho cuidado, no vaya a ser que algún ladrón te asalte ahora que eres un hombre rico. —Y con aire dubitativo, continuó—. Aunque… Comprendo que lleves bien oculta la piedra preciosa que le sacaste al pez de la garganta, pero ¿dónde está el cofre con las monedas de oro que desenterraste?

—¿Qué piedra preciosa y qué cofre? —bostezó el flojo— El anciano sabio me dijo que viviría sin esforzarme y que para ser rico me bastaba con regresar por el mismo camino. ¿Para qué meterme en las frías aguas del lago o por qué romperme la espalda cavando la tierra?

Ya se disponía a partir el flojo, cuando el lobo lo detuvo:

—¡Espera!, ¿le preguntaste al anciano qué es lo que debía hacer yo?

—¡Claro! —dijo el hombre—, el sabio me dijo que lo que debes hacer para saciar tu hambre es arrojarte sobre el primer holgazán que se cruce en tu camino.

—En verdad,  ese anciano es un hombre muy sabio —dijo el lobo mientras se arrojaba relamiéndose sobre el caminante holgazán.

FIN

Las tres mentiras

Ilustración: Lois van Baarle

Al morir, unos campesinos dejaron en herencia a sus tres hijas los ahorros de toda su vida para que los repartieran entre las tres como buenas hermanas, pero era tan poco lo que habían dejado, que las hermanas decidieron que solo una de ellas habría de quedarse con todo el dinero.

Enterraron las monedas y, para decidir quién sería la afortunada, acordaron que durante un año viajarían por el mundo. Al terminar el plazo, se reunirían de nuevo y el dinero sería para la hermana que contara la mentira más grande.

Todas de acuerdo, tomaron cada una un rumbo distinto.

Pasado el año, se reencontraron en el punto convenido, allí donde habían enterrado el dinero de la herencia. Se abrazaron con grandes muestras de afecto y la mayor tomó la palabra:

—Yo, hermanas, he trabajado un año entero como agricultora y os cuento que planté una mata de garbanzos que creció tan alto, tan alto, que llegó hasta el cielo.

—¡Qué mentira más grande! —corearon sus dos hermanas.

—Ahora te toca a ti —dijo la mayor a la mediana.

—Yo estuve todo el año trabajando en una hilandería. Un día, me puse a torcer un hilo tan largo, tan largo, que mientras yo sostenía un extremo, el otro llegó al cielo.

—¡Qué mentira más grande! —dijeron las otras dos hermanas.

—Ahora es tu turno —dijo la hermana mediana a la más pequeña.

Yo —dijo la menor rascándose una oreja —no trabajé en nada concreto y pasé bastante frío y mucha hambre. Tantas penurias pasé, que una noche no tenía ni un fósforo para encender una vela que me iluminara. ¿Qué hice? Divisé la luz de la luna allá en lo alto y decidí subir hasta ella y pedirle un poco de su fuego para encender la vela.

—¡Esa sí que es una gran mentira! ¿Por dónde subiste?

—¡Por el hilo que tú torciste!

—¿Y por dónde bajaste?

—¡Por el garbanzo que tú plantaste!

Las dos hermanas mayores no tuvieron más remedio que aceptar su derrota. Desenterraron el dinero y se lo entregaron, riendo, a la más pequeña.

FIN

Un concierto en la selva

Ilustración: Elliza

Faltaban muy pocos días para el cumpleaños de la señora Jirafa, animal de gran respetabilidad en aquella aldea, y todos los vecinos deseaban obsequiarla con algo extraordinario y digno de la estima que les merecía. Regalarle un ramo de flores era poca cosa, sobre todo teniendo en cuenta que allí no había más que flores silvestres, y de esas podía coger ella cuantas quisiera, porque crecían en la misma puerta de su casa. Regalarle un traje era una tontería en opinión de la Zorra, porque no había sastre en el pueblo que pudiera hacerle otro más bonito que el que usaba a diario, así que esa idea la desecharon por descabellada. El Topo proponía que le regalasen unas gafas, porque, como él estaba cegato, se figuraba que no había nada en el mundo de más valor que unos anteojos, opinión que no compartía el Lince, porque, según él, se veía demasiado para lo que había que ver en este mundo, prueba plena de que, en este mundo, «todo es según el color del cristal con que se mira». El Lince veía mucho y el Topo veía poco, y por eso no podían ponerse de acuerdo en tan importante cuestión. El Mono decía que lo más adecuado para aquellas latitudes donde la época de las lluvias es tremenda, era un buen impermeable, y, en cambio, el Hipopótamo opinaba que el agua no hacía daño a nadie, y buena prueba de ello era su propia familia, que jamás había tenido que recurrir al médico, aunque se pasaban la vida metidos en el agua. El Aguila decía que lo más moderno y mejor era un aeroplano de buenas dimensiones, donde doña Jirafa pudiera remontarse en los aires y acompañarla a ella en sus excursiones aéreas, y, opinando en contra una sesuda Tortuga, que detestaba todo lo que no fuera sumergirse, proponía un submarino, porque, ¿dónde mejor se puede estar y dónde se disfrutan mejores panoramas que en el fondo de las aguas?

—¡Calla, achaparrada! —replicaba el águila—. ¡Vamos, que venir a decirnos que debajo del agua se disfruta de buenos panoramas! Sube, si puedes, conmigo a lo alto de la montaña, remóntate hasta las nubes, y cuando veas la inmensidad de la tierra, podrás hablar de panoramas.

—A ver si regañáis por tan poca cosa —terció un Chimpancé muy sabihondo, por haber viajado bastante—. No seáis tontas y ·dejaos de discusiones. Escuchadme a mí. Cuando yo andaba por los países que se llaman civilizados, aunque, a mi entender, están tan atrasados como nosotros, porque cometen muchas tonterías sus habitantes, tuve ocasión de ver que lo que se hace cuando se quiere obsequiar a una persona, bien sea porque celebre su fiesta onomástica…

—¿Qué ha dicho? —preguntó un Erizo muy papanatas que, como siempre estaba hecho una bola, no se enteraba de nada—. ¿Qué clase de fiestas son esas? Porque, hablando sinceramente, en mi vida la he oído nombrar.

—¡Ya ha metido la pata este pobrecito! —repuso el Chimpancé, en de burla—. ¿Sabes lo que te digo?, pues que te hagas una bola y, cuando hayas rodado por el mundo tanto como yo, sabrás lo que la numismática …

—¿La numismática? ¡Sabihondo estás, Chimpancé! ¡Apostaría a que tú tampoco lo sabes, ¿eh?

—¿Quién hace caso de palabras necias? Sigamos adelante. Pues bien, como iba diciendo, cuando alguien celebra su santo, el bautizo de un hijo, o cualquier otro festejo tan señalado como los mencionados, sus vecinos suelen obsequiarlo con un concierto. Es lo mejor.

—¿Un concierto? ¿Y eso qué es? —preguntó un Palomo atontado que estaba escuchando la conversación.

—Un concierto, amigo Palomo —explicó el Chimpancé—, es un conjunto de instrumentos musicales que ejecutan las piezas de su repertorio.

—¡Ah, vamos!—exclamó un Asno, que hasta entonces había permanecido con la boca abierta sin decir esta boca es mía, para que no se riesen de él. Lo que viene a ser una orquesta.

—Precisamente, pero como aquí no disponemos de instrumentos musicales, podríamos organizar un orfeón…

—¡Ah, sí! Un concierto a voces solas. Pues no hay más que hablar. Contad conmigo, que soy un barítono de primera. Vais a verlo —Y sin esperar a que le instasen, lanzó un rebuzno estrepitoso.

—No está mal, no está mal- dijo el Chimpancé—. Aunque me parece que no es así como cantan en los países civilizados.

—Pues si de voces buenas se trata, a mí no me gusta ponerme medallas, como suele decirse, pero aquí tenéis la mía —dijo un Ganso, lanzando un sonoro graznido, a fin de demostrar a su auditorio que podía codearse con el mejor cantante del mundo.

—Me vais a perdonar que me meta en lo que acaso no me importe, hijos míos —terció un sesudo Marabú, que estaba escuchando el conciliábulo—, pero me parece que estáis errados.

—¿Herrados? ¡Ja, ja, ja! —exclamó, riéndose a carcajadas una Hiena rayada que se las daba de chistosa, porque siempre se estaba riendo—. Los herrados son los animales de casco como los caballos, pero a nosotros no hay herrador que nos ponga herraduras.

—Digo que estáis errados —repuso el Marabú— refiriéndome a lo equivocados que vivís. Para dar un concierto de voces solas, lo primero que hace falta son las voces, pero no voces como las vuestras, porque presumir vosotros de voz, es como si presumiera de buen corredor un cangrejo. Para ese concierto que pensáis dar a la señora Jirafa, os aconsejo que reunáis canarios, alondras, ruiseñores, jilgueros y otras aves de las muchas que abundan en nuestra vecindad y que, por poco dinero, porque los artistas no trabajan solo por amor al arte, formarán un coro tan maravilloso, que dejaría patidifuso al músico más exigente. Y aun así, para que resulte bien, será preciso que se encargue de todo un buen director, porque, si no, saldrá todo muy mal.

—Se conoce que este quiere cantar también.

—¿Yo? ¡Dios me libre! —repuso el Marabú—. En mi vida he tenido pretensiones.

—Pues cállate y déjanos que lo organicemos nosotros —insistió el Chimpancé.

Y como les molestaba la presencia de aquel pajarraco que ponía el veto a sus proyectos, se retiraron, y allá, a solas, organizaron lo que se proponían.

Y llegó el cumpleaños de doña Jirafa. La buena señora convidó a una cena a todos sus amigos, y todos comieron esperando con ansia el momento solemne en que la anfitriona había de ver cómo correspondían a sus bondades sus vecinos. El momento no se hizo esperar. Apenas hubieron llenado la panza los que estaban comprometidos a demostrar sus cualidades filarmónicas, se reunieron en el centro de la plaza y comenzaron el concierto vocal más famoso que se ha escuchado en las selvas del mundo viejo y del nuevo.

Dirigía la orquesta el propio Chimpancé, y las voces cantantes las llevaban el asno, el cerdo, el ganso, el perro, siete gatos, catorce cotorras y tres lobos, que aullaban maravillosamente. Los coros los formaban moscardones, chicharras y grillos. En conjunto, no bajaría de un centenar el número de individuos que componían tan extraño coro, el cual atacó los números del programa con un ardor digno de mejor causa.

Al pronto, doña Jirafa y sus convidados, nos referimos a los que no estaban en el secreto del obsequio, creyeron que ocurría algo en la población, que se había producido un levantamiento de ciertos elementos que hacía días demostraban su descontento con los poderes públicos por el exceso de las contribuciones.

Luego supusieron que eran voces de alarma, porque se acercaba algún enemigo terrible, y después opinaron que se había vuelto loca la mitad de la población. Lo que ni por un momento pensaron fue que los cantores querían proporcionarles un rato de solaz a los del festejo.

La revolución que se armó no es para descrita, y los cantores, al ver el fiasco de su fiesta, comenzaron a inculparse mutuamente.

—¡El Asno es el que desafina! —gritaba la Hiena.

—Los que lo hacen mal son los coros —replicaba el Asno—. Esos moscardones no han ensayado bien.

—Lo que lo echa todo a perder, es el aullido de los lobos, que no saben aullar.

—¡Atiza! —exclamaban los ofendidos—. ¿Que no sabemos aullar siendo lobos?

—¡Fuera! ¡Fuera! —gritaba mientras tanto el público.

Y aquello hubiera terminado como un campo de Agramante si el León, con su indiscutible autoridad, no hubiera terciado diciendo:

—Aprended lo que dice el refrán: ¡Zapatero a tus zapatos! ¿No os creíais unos cantores perfectos? ¡Pues entonces no echéis la culpa a nadie de vuestro fracaso! Siempre pasa igual a los que pretenden hacer cosas que están fuera de sus aptitudes.

FIN