Cuento popular

El elefante que perdió los anillos de boda

Ilustración: tjollrig

Cuentan que, un día, un joven y guapo elefante se adentró en la selva con toda su familia para comer. Después de saciar su apetito, se dirigieron a un río cercano para beber y bañarse.

En el camino, se encontraron con otro grupo de elefantes que se dirigía al mismo lugar. Las dos familias se saludaron con sus trompas y decidieron hacer juntas el camino.

Al poco, llegaron a la orilla del río y los más jóvenes empezaron a jugar y a chapotear y, riéndose, se ducharon unos a otros con sus trompas.

Entre juego y juego, el joven elefante quedó prendado de una linda elefanta y ella también se enamoró de él. A partir de entonces, se citaban a diario para dar largos paseos y hablar.

Pasó el tiempo; el elefante y la elefanta comprendieron que estaban hechos el uno para el otro, así que decidieron formalizar su relación. Se comprometieron y planearon su boda. Al conocer la noticia, las familias de los dos elefantes se alegraron muchísimo y, sin pérdida de tiempo, empezaron los preparativos para celebrar una fastuosa fiesta.

Todos querían participar; unos se encargaron de decorar el trocito de selva que serviría para oficiar la ceremonia; otros prepararon el banquete; otros se encargaron de dibujar y enviar las invitaciones y otros más de confeccionar preciosos adornos, que colgaron de las ramas de los árboles.

Dos elefantes modistas se encargaron de coser los vestidos de la pareja y una tía lejana del novio, orfebre de profesión, fabricó un par de magníficos anillos de oro como recuerdo del enlace. Todo iba saliendo a pedir de boca. ¡En el aire se respiraba ajetreo y felicidad!

El día antes del enlace, el elefante fue a recoger los anillos. Quedó muy satisfecho con el trabajo que la artista había realizado. Le gustó, especialmente, el delicado grabado del interior, con el nombre de los novios, la fecha de la boda y dos corazones enlazados.

Sin perder ni un segundo, se colocó los dos anillos en la trompa y emprendió, feliz, el camino de regreso.

De camino a casa, no dejaba de admirar las alianzas. Levantaba la trompa, las observaba, lanzaba un profundo suspiro y sonreía de oreja a oreja al pensar en lo contenta que se pondría la elefanta con aquel precioso regalo.

Como iba distraído, pensando en su novia y en la boda que se celebraría al día siguiente, no miraba dónde ponía los pies y, al llegar cerca del río, tropezó con una rama que sobresalía del suelo y se cayó, cuan largo era, dentro del agua.

Por suerte, no se hizo daño. Se levantó enseguida y se sacudió el agua que lo había empapado por completo. «¡Menos mal que no me ha pasado nada!», pensó. Pero, en ese mismo instante, se dio cuenta, con espanto, de que había perdido los anillos de boda. ¡Las sortijas ya no estaban en su trompa! ¡Se habían caído al río!

Al elefante le temblaron las patas y sintió que se le hacía un nudo en la garganta. El corazón le latía desbocado y las lágrimas empezaron a asomar a sus ojos. Nervioso, empezó a dar vueltas sobre sí mismo, agitando las orejas con furia y mirando por todos lados en busca de las joyas perdidas. ¡No las veía por ningún lado!

Cada vez más alterado, levantó las patas delanteras y las dejó caer, con furia, una y otra vez sobre el lecho del río. Luego escarbó en la arena de la orilla, buscando desesperado los anillos. Pero cuanto más removía el lodo, más se enturbiaba el agua y más difícil era distinguir algo en ella. Solo podía pensar en el gran disgusto que se llevaría su prometida cuando le contara que había extraviado los anillos.

Muy cerca de donde estaba, el viejo búho, que todo lo veía y todo lo sabía, observaba atento al elefante. Finalmente, ya no pudo callarse y le gritó:

—¡Alto! ¡Alto! ¡Detente de una vez! ¡Para!

Pero el elefante estaba tan alterado, que no lo oyó y siguió dando vueltas buscando las joyas.

El búho se acercó a él y le gritó directamente en la oreja:

—¡Estate quieto! ¡Para ya!

El elefante se dio cuenta de que alguien le hablaba y se detuvo. Entonces vio al búho, y como sabía que era un animal muy listo y que siempre daba buenos consejos, escuchó lo que tenía que decirle:

—Así no vas a solucionar tu problema. Antes que nada, cálmate un poco.

El elefante no contestó, estaba muy triste. Las orejas caídas, los ojos llorosos y todo su cuerpo tembloroso y cubierto de barro.

—Ahora escúchame: los nervios no te dejan pensar con claridad. Lo único que estás logrando con tu actitud es remover cada vez más la tierra; la tierra enturbia el agua; y en el agua turbia no podrás encontrar nada. Quédate quieto un momento y observa.

El elefante así lo hizo y vio cómo, poco a poco, la tierra se depositaba en el fondo del río y el agua quedaba en calma y cristalina.

De pronto, vio algo brillante en el fondo. ¡Eran sus anillos de boda! El elefante estiró su trompa y los recogió con delicadeza.

Agradeció al búho su ayuda una y mil veces y, después de lavarse bien, se encaminó hacia su casa muy contento.

Al día siguiente, el elefante y la elefanta celebraron su boda, se intercambiaron sus anillos y celebraron una gran fiesta. Desde ese día, vivieron juntos y muy felices el resto de su vida.

Y aunque tuvo una vida muy muy larga, el elefante nunca olvidó aquella aventura. De ella, aprendió que, ante cualquier problema, lo primero que debía hacer era no perder la calma, sino que debía reflexionar con sosiego.

Recuérdalo tú también: ante una adversidad no desesperes jamás, porque la paciencia y la serenidad son las mejores aliadas para solucionar cualquier contratiempo. Detente, escucha, observa, analiza y seguro que encontrarás alguna solución.

FIN

¿Por qué la garza tiene el cuello torcido?

Ilustración: noahjswain

Aunque ahora las garzas tienen el cuello torcido, una vez lo tuvieron tan recto como el de las jirafas, pero…

Cuentan que hace mucho, mucho tiempo, en las lejanas sabanas africanas estaba un día cazando el chacal sin mucho éxito cuando, al levantar la vista, vio sobre un árbol una paloma que cuidaba a sus crías en el nido. El chacal, gritando, le dijo:

—¡Eh, paloma, tengo hambre! Tírame una de tus crías para que me la coma.

—¡No quiero que te comas una de mis crías! —protestó la paloma.

—Como quieras, pero como no hagas lo que te digo, volaré hasta donde estás y en vez de a una, me comeré a todas tus crías, ¡y, de paso, a ti también!

Muerta de miedo, la paloma dejó caer del nido una de sus crías y el chacal se escapó con ella entre sus dientes.

Al día siguiente, el chacal regresó y amenazó a la paloma del mismo modo. La paloma, de nuevo muy asustada, dejó caer otra cría, que corrió la misma suerte que su hermana el día anterior.

Llora que te llora sin consuelo, la paloma no sabía cómo arreglar su problema. Mientras se lamentaba, acertó a pasar por allí una garza, que al verla tan desconsolada le preguntó:

—¿Por qué lloras?

—Lloro por mis pobres bebés —respondió la paloma—. El chacal ya se ha llevado dos y temo que mañana vuelva a por más. Me ha amenazado diciendo que si no le lanzo las crías, volará hasta aquí y las devorará todas y luego me comerá a mí también.

—Realmente eres un pájaro muy bobo —replicó la garza— ¿Cómo quieres que vuele hasta tu nido si no tiene alas? No hagas caso de sus tontas amenazas.

A la mañana siguiente, cuando el chacal fue a buscar su almuerzo, la paloma se negó a darle otra de sus crías:

—No te la daré, no tengo miedo de ti porque no puedes volar hasta mi nido. ¡No tienes alas!

—¡¿Cómo que no?! ¡¿Quién te ha dicho eso?!

—La garza me lo ha dicho.

—Garza entrometida —murmuró el chacal alejándose malhumorado—, me las pagará por tener una lengua más larga que su cuello.

El chacal encontró a la garza cazando ranas en un estanque y acercándose a ella le dijo:

—¡Vaya cuello tan largo y recto que tienes! ¿Cómo te las arreglas para evitar que se te rompa por la mitad cuando sopla el viento?

—Lo bajo un poco —dijo la garza, a la vez que bajaba un poco su cuello.

—Ya… ¿y cuándo el viento sopla más fuerte?

—Pues entonces lo bajo un poco más —respondió la garza, bajando un poco más su largo cuello.

—¿Y qué haces cuando hay un gran vendaval?

—Fácil, lo bajo aún más —dijo el ave bajando la cabeza hasta el borde del agua.

Entonces, el chacal saltó sobre el cuello de la garza y lo agarró entre sus dientes:

—¡Garza entrometida!

¡Crac! Un terrible crujido resonó en la sabana. Y, desde aquel día, la garza tiene el cuello torcido.

FIN

La amenaza

Ilustración: sebahatkarci

Cada mañana, Nasreddin iba al mercado montado en su burro. Un día, al terminar sus compras, Nasreddin no encontró al burro, el cual se había quedado comiendo hierba a la sombra de un árbol. Por más que lo buscó, el animal no aparecía por ningún lado y es que, justo hacía cinco minutos, tres malhechores habían pasado por allí y lo habían robado con la intención de venderlo en la feria de ganado de un pueblo cercano.

Al no encontrar su burro, Nasreddin, muy serio, subió a una azotea cercana y desde allí arriba gritó muy enfadado:

—¡Devolvedme mi burro ahora mismo o haré, exactamente, lo que hizo mi padre cuando le robaron el suyo!

La gente, curiosa, se arremolinó, mirando hacia la azotea desde la que voceaba Nasreddin. Unos a otros se preguntaban extrañados:  «¿Alguien sabe qué es lo que pasó?», «¿Sabe alguien qué hizo el padre de Nasreddin?».

Pero ninguno de los presentes tenía ni la menor idea de lo que había sucedido.

La amenaza de Nasreddin corrió de boca en boca y, rápidamente, llegó a oídos de los ladrones que, muertos de miedo, se preguntaron:

—¿Sabéis vosotros qué hizo el padre de Nasreddin?

—Yo no. ¿Tú lo sabes?

—No, yo tampoco.

—Pero creo que no fue nada bueno lo que hizo…

—Entonces será mejor que no corramos riesgos. Podemos robar otros burros. Es más prudente devolverle el suyo a Nasreddin, no sea que tengamos que lamentarlo.

—Cierto. ¡Vamos a devolvérselo!

Los tres ladrones, temblando, fueron en busca de Nasreddin:

—Toma, Nasreddin, aquí tienes tu burro. Nos lo llevamos porque queríamos gastarte una broma. Por favor, no te enfades con nosotros y no hagas lo mismo que hizo tu padre cuando le robaron su burro.

Muy digno, Nasreddin tomó las riendas de su burro dispuesto a regresar a su casa. Una mujer que andaba por allí cerca se atrevió, finalmente, a preguntar lo que tanto intrigaba a todo el pueblo:

—Oye, Nasreddin, ¿se puede saber qué hizo exactamente tu padre el día que le robaron su burro?

—¿Pues qué queríais que hiciera mi padre? —dijo Nasreddin encogiéndose de hombros— ¡Se compró otro burro!

FIN

El rey goloso

Ilustración: MAYSHOillusto

En un remoto país, vivió una vez un rey muy goloso al que le encantaban los dulces. En su palacio, trabajaba el mejor pastelero del mundo cuyo cometido era preparar cada día un dulce nuevo más sabroso, si cabe, que el del día anterior.

Pero llegó un día en que el pastelero comenzó a quedarse sin ideas, así que, después de consultar varios libros de magia y a dos o tres brujas sabias, decidió confeccionar el dulce de los dulces; un postre tan especial, que el monarca nunca pudiera olvidar. Tomó queso, azúcar, miel, canela y otros muchos ingredientes secretos y deliciosos, y elaboró una tarta que despedía un olor absolutamente embriagador.

Al ver aquella dulce obra de arte, el monarca quedó encantado y sorprendido con su postre maravilloso, pero justo cuando iba a dar el primer bocado, cientos de ratones comenzaron a llegar de todas partes atraídos por el dulce aroma. La sala se llenó de roedores que trepaban a las mesas, por las cortinas y uno ¡hasta osó sentarse en el trono real! En poco tiempo, ratones llegados desde los más remotos rincones del reino invadieron el palacio.

—¡Oh, no! —gritó desesperado el rey— ¡Haced algo, consejeros!

—Señor —dijo uno de los consejeros—, ¡traigamos gatos para acabar con los ratones!

—¡Excelente idea! —dijo el monarca.

Rápidamente, llevaron una legión de gatos para que cazaran a los ratones. Pero aquellos gatos, que llenaban el castillo, comenzaron a arañar todo y a ronronear de día y de noche por todos los rincones.

—¡Hay que librarse de estos gatos! —dijo el rey.

—¡Perros! ¡Necesitamos perros! —dijo otro de los consejeros.

Y el rey compró docenas de canes que comenzaron a correr tras los gatos como locos y los espantaron.

—Es imposible vivir con todos estos perros aquí —se lamentó el rey tapándose la nariz—. Hacen sus necesidades por todas partes. El castillo está sucio y huele fatal.

—Majestad —intervino otro consejero—, los perros tienen miedo de los tigres. ¡Traigamos tigres!

Y el castillo se llenó de tigres, con el consiguiente peligro que eso suponía.

—¡Hagan algo, consejeros! —suplicó el rey.

—Alteza —dijo otro consejero—, traigamos elefantes. Los tigres huyen al ver un elefante.

Y el castillo se llenó de elefantes, pero eran tan enormes que casi no quedaba espacio para las personas.

—¡Tenemos que deshacernos de los elefantes! —dijo el monarca.

—¡Debemos traer ratones! —apuntó el más viejo de los consejeros—, porque los elefantes se aterran cuando ven un ratón.

Y el castillo se volvió a llenar de ratones; tal y como estaba al principio.

El rey, desesperado, se lamentaba sin cesar.

—¡Que alguien haga algo! ¡Que alguien haga algo!

Entonces, habló la reina:

—El único culpable eres tú, por ser tan glotón y por mandar hacer este dulce tan irresistible. Ahí tienes la causa de todo este lío monumental —dijo mientras señalaba la enorme tarta—. Deshazte del pastel y se acabarán todos tus problemas.

En aquel momento, el rey y sus consejeros comprendieron que la solución la habían tenido todo el tiempo delante de sus narices.

FIN

El tesoro perdido

Ilustración: silverwyn

El sol poniente se hundía en los picos de las nevadas montañas, que se tornaban rojos como ascuas de fuego. En las calles de Lhasa, los niños hacían volar cometas de brillantes colores sujetas a hilos espolvoreados con purpurina. Los pequeños corrían y brincaban entrelazándose, mientras reían alborotadamente tratando de cortarse mutuamente los hilos que sujetaban sus cometas. Un pequeño, de unos ocho años, se sentó junto a su tío, un monje vestido con hábitos de color naranja que observaba la cometa del niño elevarse cada vez más alto en el cielo, sostenida por el viento. Volaba tan arriba, que parecía que no se movía. Sin dejar de mirar su cometa, el niño pidió:

—Tío, cuéntame un cuento.

El monje sonrió y empezó su relato:

«Un padre le dijo a su hijo —empezó el monje—: «Voy a morir pronto, hijo mío. Llévate el oro que tengo a tu casa. Es tuyo. Pero no se lo digas a nadie. El dinero no tiene amigos». El padre confiaba en que su hijo, Tathagata, tendría presente su consejo y comprendería cómo suelen funcionar las cosas en el mundo.

Pero Tathagata tenía un gran amigo, de nombre Theravāda. Habían ido juntos a la escuela de niños y al salir del colegio por la tarde, habían jugado a todos los juegos juntos. Theravāda vivía en una la aldea cercana con su mujer y sus dos hijos pequeños.

Un día, Tathagata decidió salir de peregrinaje para visitar el monasterio santo y pensó: “¿Qué haré con el oro? ¿Dónde lo guardaré? Cuando mi padre estaba vivo, me dijo que no me fiara de nadie”. Sin embargo, al pensar en su amigo Theravāda, no pudo admitir que estas palabras debieran aplicarse también a él. No a Theravāda. Así pues, llevó sus dos bolsas de pepitas de oro a casa de su amigo y le dijo:

—Theravāda, amigo, por favor, guárdame este oro mientras esté fuera. Es el oro que mi padre me entregó al morir.

Theravāda dijo:

—Naturalmente, Tathagata, amigo. Guardaré tu oro con mucho cuidado. Cuando vuelvas de tu peregrinaje, aquí lo encontrarás. No tienes por qué preocuparte. Tú y yo somos buenos amigos.

»Así —continuó el monje—, pasó un año y Tathagata volvió de su viaje. Fue a casa de Theravāda y le pidió a su amigo:

—¿Puedes devolverme mi oro, Theravāda?

—¡Oh, Tathagata, lo siento muchísimo!, ¡Qué desgracia, qué desgracia! ¡Durante tu ausencia, el oro se ha convertido en arena! —contestó Theravāda, mirando a su amigo con cara de estar muy apenado.

Pero Tathagata, mientras su amigo le contaba este singular acontecimiento, no pareció sorprendido. Después de unos minutos de silencio, repuso:

—Está bien, Theravāda, no te preocupes; hiciste todo lo que pudiste para vigilar mi oro. Eres un buen amigo.

Los dos hombres comieron juntos y pareció como si la pérdida del oro hubiera sido olvidada por completo.

Al cabo de un año, Theravāda le dijo a su amigo Tathagata:

—Amigo, quisiera ir de peregrinaje al monasterio santo, ¿podrías cuidar de mis hijos durante mi ausencia?

Tathagata aceptó de buen grado:

—Claro que sí, Theravāda, me gustará cuidar de tus hijos durante unos meses, ya que no tengo familia propia. Les daré buena comida y buena ropa. Serán muy felices en mi casa.

—¡Gracias, Tathagata! —dijo Theravāda, que pensó—: “Aunque ha perdido todo su oro por mi culpa, quiere cuidar de mis hijos. Ciertamente, es muy buena persona y un gran amigo”.

Tathagata se llevó a los niños a su casa y los cuidó muy bien, pero compró dos monitos a los cuales les puso los nombres de los niños. Durante el año que siguió, adiestró a los monos para que cuando él llamase “¡Dharma, ven aquí!”, el mono mayor corriera hacia él, y que cuando llamase “¡Karma, ven aquí!”, el mono más joven acudiera a su llamada. Los monos entendieron muy bien lo que se esperaba de ellos y aprendieron muy rápido.

Cuando Theravāda regresó, fue a ver a sus hijos. Tathagata mostró un triste semblante a su amigo:

—¡Oh, Theravāda, lo siento muchísimo!, ¡Qué desgracia, qué desgracia! ¡Durante tu ausencia, tus hijos se han convertido en monos!

Theravāda no sabía qué pensar y llamó a sus hijos por sus nombres. Al instante, aparecieron los dos monitos y corrieron hacia él. Cogieron de la mano a Theravāda y bailaron a su alrededor como si fuesen chiquillos. Theravāda quedó muy apenado y preguntó a su amigo:

—¡Ay!, Tathagata, ¿qué podemos hacer? ¿Cómo podemos hacer que estos monos se conviertan de nuevo en mis hijos?´

Tathagata pensó durante unos instantes y luego le dijo a su amigo:

—No creo que sea difícil, pero, para conseguir eso, necesitaremos oro.

—¿Cuánto oro bastaría? —preguntó Theravāda.

—Yo creo que, por lo menos, dos bolsas de pepitas de oro.

—Tan pronto como pueda traeré las bolsas de oro —dijo Theravāda, que salió corriendo hacia su casa.

Al cabo de un rato, volvió con las bolsas de Tathagata y se las entregó a su verdadero dueño. Tathagata las tomó y le dijo a Theravāda que esperase mientras él subía al piso de arriba. Pasados unos minutos, volvió a bajar.

—Mira, Theravāda, ¡lo hemos conseguido! El oro ha transformado los dos monos en seres humanos. Aquí tienes a tus hijos.

Theravāda estuvo encantado de recobrar a sus hijos, pero miró con enfado a Tathagata. Sin embargo, el ceño fruncido se convirtió en sonrisa y, acto seguido, los dos amigos rompieron a reír”.

Cuando terminó de contar esta historia, el propio monje rompió a reír al ver cómo el hilo de la cometa de su sobrino había sido cortado mientras él escuchaba con atención el relato. Ambos contemplaron la cometa flotar sobre el valle de Lhasa, alejándose hacia los dorados tejados del Potala, el monasterio santo.

FIN

¿Por qué se rio el pez?

Ilustración: clvago

Hace mucho, mucho tiempo una Rani salió a pasear por los jardines de su palacio y al pasar cerca de uno de los estanques un pescado saltó del agua, mostrando su plateado vientre.

—¡Qué pez más hermoso! ¿Será macho o hembra? —se preguntó la Rani.

Al oír aquello, el pescado soltó una ruidosa carcajada y se sumergió de nuevo en las aguas del lago.

La Rani, furiosa porque el pez se había burlado de ella, se encerró en palacio. El Rajá al verla tan enfurecida, le preguntó qué le ocurría.

—¿Estás enferma?

—No, lo que estoy es muy disgustada. He salido a pasear por los jardines y he visto un pez saltar en uno de los estanques y al preguntarme si sería macho o hembra, el pez ha soltado una carcajada.

—¿Que un pez se ha reído? —preguntó asombradísimo el Rajá—. ¡Eso es imposible!

—Yo solo digo lo que he visto con mis propios ojos y escuchado con mis propios oídos.

—Es muy extraño. Haré averiguaciones.

El Rajá le contó al Gran Visir lo que le había ocurrido a su esposa y le ordenó que investigase hasta descubrir la verdad de todo ello. Si no lo conseguía antes de seis meses, sería desterrado para siempre.

El Visir prometió hacerlo, aunque se daba por vencido antes de empezar. Tras cinco meses de intensas investigaciones, no consiguió que nadie le explicara el motivo de la risa del pez, ni los más sabios podían hallar solución a aquel enigma, así que lo preparó todo para su definitiva partida. Le dijo a su hijo que se marchase a recorrer mundo y que no volviera hasta pasado un tiempo, cuando el Rajá hubiera olvidado aquel asunto.

El joven se despidió de su padre un mes antes de que terminase el plazo dado por el soberano; se marchó sin rumbo fijo, confiando en que el destino guiaría sus pasos.

Al cabo de unos días de marcha, se encontró con un anciano campesino que regresaba a su casa y como le pareció una buena persona, le preguntó si podía acompañarlo. El campesino aceptó la propuesta y los dos se pusieron en marcha.

Al cabo de un rato, el joven dijo al viejo:

—Creo que si, de vez en cuando, vamos contando el viaje será más distraído.

«¡Este chico está loco!», pensó el campesino sin contestar.

Poco después, pasaron junto a un campo de trigo, a punto de ser segado, y el hijo del Visir, pensativo, preguntó al campesino:

—¿Estará comido o no ese trigo?

Como no sabía qué contestar, el campesino se limitó a decir que no tenía ni idea.

Pasaron las horas y los dos viajeros llegaron a un espeso bosque. El joven sacó un afilado cuchillo y entregándoselo al campesino, le dijo:

—Amigo, ve y adquiere con esto dos hermosos vehículos, pero no olvides devolvérmelo, pues lo aprecio mucho.

Entre enfadado y divertido, el anciano rechazó el cuchillo, y preguntó a su compañero si estaba loco o trataba de parecerlo, ya que en medio de aquel bosque era imposible comprar nada.

El hijo del Visir hizo como si no oyera las palabras del campesino y continuaron ambos el camino. Al poco rato, entraron en la ciudad al final de la cual vivía el anciano.

Al cruzar el mercado, que se hallaba muy concurrido, todo el mundo miraba a los cansados viajeros, pero nadie fue capaz de ofrecerles agua ni los invitó a descansar.

—¡Qué cementerio más enorme! —exclamó el joven.

«¿Por qué llamará cementerio a un lugar tan lleno de vida?», se preguntó el campesino. «¡Está claro que está loco!», pensó el viejo. «Lo siguiente será llamar agua a la tierra y tierra al agua. O sombra a la luz y luz a la sombra».

Al poco, llegaron a un río que era necesario vadear para llegar a casa del campesino. El anciano se quitó los zapatos y cruzó tambaleándose. El joven, sin quitarse los zapatos, se metió en el agua.

«¡En mi vida había visto a un loco más loco!», se dijo el campesino.

Sin embargo, como el joven le era simpático, pensó que sería divertido presentárselo a su esposa y a su hija y le dijo que podía quedarse en su casa todo el tiempo que quisiera.

—Muchas gracias —contestó el hijo del Visir—. Pero antes de aceptar tu invitación, quisiera saber si los cimientos de tu casa son lo bastante fuertes.

El campesino levantó las manos al cielo y entró en su casa riendo a carcajadas.

—He traído a un chico que está loco de remate —­explicó a su mujer y a su hija, que habían salido a recibirlo—. Fijaos cómo estará, que antes de aceptar nuestra hospitalidad me ha preguntado si los cimientos de esta casa son lo bastante sólidos.

—Padre, ese hombre no está loco —dijo la hija, que era una muchacha muy lista— Si te ha preguntado eso ha sido para saber si tu fortuna te permitía tener un huésped sin que eso te cause un perjuicio.

—¡Comprendo! —exclamó asombrado el campesino—. Tal vez puedas ayudarme a descifrar otros enigmas. Al principio de nuestro viaje, me dijo que si contábamos de vez en cuando, el camino sería más divertido.

—Sencillo —contestó la joven—. Lo que tu compañero quería decir es que si os hubieseis contado historias, el camino se habría hecho más llevadero.

— ¡Tienes razón! ¿Puedes descifrar este otro enigma?: al pasar junto a un campo de trigo, me preguntó si el grano estaría ya comido o no.

—¿Y no comprendiste lo que quería decir? Es muy sencillo, si el propietario de aquel campo debía dinero, el producto de la venta del trigo serviría para pagar a los acreedores, lo cual sería lo mismo que si el trigo ya estuviera comido.

—¡Maravilloso! Te voy a contar otro. Atravesando un bosque, me entregó su cuchillo y me encargó que adquiriese dos buenos vehículos, pero advirtiéndome de que le devolviera el cuchillo.

—¿No son dos buenos palos un vehículo excelente cuando caminas? Al darte el cuchillo, te indicó que cortases dos ramas, pero que fueses con cuidado con su cuchillo.

—¡Magnífico! A ver si me aclaras esto también: ¡mi compañero llamó cementerio a la ciudad!

—Padre, esto también es sencillo. He visto que has llegado sediento, cansado y lleno de polvo y eso quiere decir que, aunque hoy es día de mercado, nadie os ha ofrecido ayuda. En una ciudad donde no hay hospitalidad, la gente está peor que muerta. Aunque estaba llena de seres vivos, para vosotros fue peor que un cementerio.

—¡Es verdad! —exclamó el asombrado campesino—. Te voy a contar lo último que hizo. Cuando llegamos al río, en vez de quitarse los zapatos cruzó el agua con ellos.

—Admiro su sabiduría —replicó la joven—. Muchas veces me he preguntado por qué la gente es tan tonta y se quita los zapatos y cruza descalza la corriente. El fondo está lleno de agudos guijarros y a causa del dolor producido al pisar las piedras, he visto que algunos que cruzaban el río caían dentro de él y por no mojarse los zapatos, se mojaban el cuerpo entero. Ese amigo tuyo es un hombre sabio. Me gustaría hablar con él.

—Enviaré a alguien a buscarlo.

Dicho esto, llamaron a un criado y la joven lo envió al visitante con un obsequio, compuesto de una taza de miel, doce pasteles, una jarra llena de leche y el siguiente mensaje:

«Los cimientos son fuertes. La luna está llena; doce meses son un año; el mar rebosa agua».

Por el camino, el criado se comió parte de los dulces que llevaba. Cuando encontró al joven, le dio lo que quedaba del regalo y el mensaje. El hijo del Visir lo aceptó, diciendo:

—Vuelve a casa y dile a tu ama que la luna está menguante, que un año tiene ocho meses y que la marea ha bajado.

El criado volvió junto a su ama para comunicar el extraño mensaje y ella se enfadó mucho al comprender que se había comido parte del regalo.

El hijo del Visir fue recibido en la casa con todas las atenciones y al fin de la magnífica comida que le sirvieron, contó la historia del pescado que se había reído.

—¡La risa del pez significa que en el palacio hay un hombre disfrazado de mujer que quiere matar al Rajá! —dijo la hija del campesino.

—¡Debemos volver corriendo a mi país y contarle a mi padre eso que me has dicho!

Sin perder ni un instante, el joven partió acompañado de la muchacha y, al llegar a su casa, contaron al Visir el motivo de la misteriosa risa del pez.

El pobre hombre, muerto de miedo, corrió enseguida a las habitaciones del Rajá, a quien repitió lo que le habían dicho.

—¡Eso es imposible! —exclamó el monarca.

—Es la pura verdad. Y para demostraros que no miento, haremos una prueba. Servíos llamar a todas las mujeres de palacio y haced que salten el ancho de esa alfombra. Pronto descubriremos si hay un hombre entre ellas.

Así se hizo y de todas las mujeres, solo una consiguió saltar por encima de la alfombra. Aquella resultó ser un hombre, que al momento fue detenido por los soldados del Rajá y encerrado en prisión.

Y así quedó satisfecha la Rani, contento el Rajá y el Gran Visir con su puesto.

En cuanto a su hijo, al poco tiempo se casó con la inteligente hija del campesino, y dicen las crónicas que fueron el matrimonio más feliz de aquel reino.

FIN

La generosidad

Ilustración: MARIday

El joven señor Chang heredó, a la muerte de su padre, el puesto de ministro y miles de funcionarios que trabajaban a su cargo. Además de mucho dinero, joyas y casas en la ciudad, el rico patrimonio incluía también un extenso feudo de miles de hectáreas en el campo, muy lejos de la capital. Los habitantes que vivían allí cultivaban la tierra en arriendo y pagaban un tributo anual al ministro.

Al llegar el tiempo de recaudar las contribuciones, el nuevo ministro Chang preguntó a sus funcionarios quién quería ayudarlo en aquel difícil y poco agradable trabajo. Se ofreció voluntario uno de sus empleados, un joven llamado Feng Huan, a quien se le encomendó tan delicada tarea.

Al día siguiente, Feng Huan montó en el carruaje del ministro Chang y antes de partir preguntó:

—¿Excelencia, deseáis que adquiera algo con el dinero que obtenga de la recaudación?

El ministro Chang, que tenía de todo, no se le ocurrió nada que pedir en ese momento, pero le dijo:

—Mmm, ¡consígueme algo que falte en esta casa!

—Así lo haré, Excelencia —contestó el joven funcionario arrancando el carruaje.

Cuando llegó a los feudos, Feng Huan cobró de los campesinos cien mil monedas de oro como pago de los tributos anuales. Pero un buen número de arrendatarios no pudo pagar su deuda. La mala cosecha durante varios años consecutivos los había ido empobreciendo, conduciéndolos al borde de la indigencia. Era imprescindible hacer algo para sacar a aquellas personas de su situación ya que, de otro modo, abandonarían las tierras y dejarían de pagar sus impuestos. Consciente de eso, el encargado de la recaudación convocó a todos los arrendatarios en la plaza del pueblo, pidiéndoles que llevaran con ellos los títulos de la deuda.

Acudieron todos los deudores sin saber qué les iba a pasar, preocupados por su pésima situación económica. Estaban decididos a luchar hasta el final para conservar sus últimas posesiones y no morirse de hambre. Al empezar a hablar el enviado del nuevo ministro, tuvieron la terrible sospecha de que se iban a enfrentar a una gran tragedia.

—En nombre de su excelencia el señor ministro Chang, les pido que me muestren sus títulos para comprobar conmigo las cantidades que deben a mi señor.

Los arrendatarios estaban tristes y preocupados pensando en lo que les ocurriría. Sin embargo, al terminar de comprobar sus deudas y obligaciones y esperando el momento en el que se les anunciara una medida drástica de coacción para obligarlos a pagar, se sorprendieron enormemente con lo que oyeron:

—En vista de las dificultades que os acosan y como manifestación de su gran generosidad y del cariño que siente por todos vosotros, el nuevo ministro ha decidido perdonar todas vuestras deudas anteriores. Y ahora, en vuestra presencia, quemaré todos los títulos de deuda para liberaros del pago y para que podáis empezar de cero.

Al principio nadie podía creer sus palabras. Anonadados, no comprendían el significado de aquella decisión.

Pero al instante, cuando vieron que se levantaba una roja llamarada de aquel montón de documentos que los había sometido durante tantos años al martirio económico, reaccionaron con grandes y alegres exclamaciones de júbilo y con lágrimas de agradecimiento.

Feng Huan volvió contento a la residencia del nuevo ministro, quien se sorprendió de la brevedad de su viaje:

—¿Ya has terminado con la recaudación? ¡Cuéntame!, ¿qué tal ha ido?

—Ha ido muy bien, señor. Además de recaudar cien mil monedas de oro, he adquirido algo que, hasta ahora, no tenía en su casa.

El nuevo ministro se mostró intrigado y preguntó:

—¡Ah!, ¿sí? ¡Dime!, ¿qué has comprado? ¿Una joya?, ¿una casa? ¿un carruaje nuevo?…

Feng Huan le explicó:

—Como su noble familia es tan rica en joyas, tierras y casas, no se me ocurrió comprar nada de todo eso. Sin embargo, pensé que había algo que indudablemente faltaba en su familia desde tiempos inmemoriales: la generosidad. Por lo tanto, pensé que si pudiera gastar algún dinero para adquirir esa gran virtud, su noble familia se vería enriquecida de forma inimaginable.

A continuación, Feng Huan le explicó detalladamente lo ocurrido.

Cuando terminó, notó que la cara de su amo se había congestionado por el disgusto, la desesperación y una inexplicable ira. El joven Feng Huan abandonó rápidamente la casa, mientras el ministro gritaba secamente:

—¡Vete inmediatamente! ¡Menudo favor me has hecho! Sal de mi vista antes de que me arrepienta. ¡No quiero verte nunca más!

Al año siguiente, por una intriga de palacio, el nuevo ministro perdió el favor del Emperador y fue despojado de su cargo y desterrado. Se sentía solo y abandonado. Todos sus amigos se alejaron de él y su carrera política se apagó irremediablemente.

Abandonó la capital, lleno de tristeza, frustrado y abatido por la desgracia, y se encaminó hacia su feudo en el campo, la única posesión que le habían dejado conservar.

A medida que atravesaba sus tierras, comprobó con asombro que las gentes salían a recibirlo con los brazos abiertos, haciéndole reverencias en señal de respeto y admiración.

Al principio, se quedó totalmente desconcertado y su triste corazón experimentó un sentimiento inusual de paz. De repente, recordó lo que había hecho el recaudador de deudas el año anterior y sus ojos se inundaron de lágrimas de agradecimiento:

—Ahora comprendo lo útil de lo que hizo Feng Huan al adquirir la generosidad que siempre había faltado en mi casa.

FIN

Los niños de madera

Ilustración: Deaf-Machbot

Hace mucho, mucho tiempo, cuando reyes y reinas gobernaban los pueblos, vivieron en una pequeña aldea tres hermanas pastoras. Un día estaban hablando las tres y dijo la mayor:

—Si yo me casara con el rey, tendría una hija y le haría un vestidito con una cáscara de almendra.

Y dijo la segunda hermana:

—Pues si yo me casara con el rey, tendría un hijo y le haría un vestidito con una cáscara de avellana.

Y la pequeña dijo:

—Si yo me casara con el rey, tendría una hija y un hijo mellizos. Los dos serían hermoso, sabios y justos y en sus frentes brillaría una estrella.

Antiguamente, tanto reyes como reinas tenían por costumbre mandar espías por todo su reino para que escucharan tras las puertas lo que decían sus súbditos. Uno de estos espías escuchó lo que las muchachas habían dicho y lo comunicó al rey. Este mandó llamar a la hermana pequeña y le preguntó:

—¿Es cierto lo que me han dicho?, que si nos casáramos tendrías dos niños mellizos hermosos, sabios y justos con una estrella en la frente?

La muchacha respondió:

—Sí, majestad, es cierto.

—¿Te quieres casar conmigo?

—Sí.

Se celebraron las bodas con gran pompa y esplendor.

Poco después de casarse, una terrible guerra asoló la región y el rey tuvo que ir a luchar, la muchacha se quedó sola y triste y pidió a sus dos hermanas que se fueran a vivir con ella a palacio.

Al cabo de nueve meses de haber partido su marido, tuvo un niño y una niña, ambos preciosos y ambos con una estrella en la frente.

Las dos hermanas, muertas de envidia, decidieron mandar una carta al rey en la que le anunciaban que su hermana pequeña lo había engañado y que en lugar de tener dos hijos sabios y justos, con una estrella en la frente, había dado a luz a dos niños de madera y después, a causa de la pena por no haber podido cumplir su promesa, había muerto.

Las dos hermanas metieron a los dos recién nacidos en una caja y tiraron la caja al mar. A la madre la encerraron en una oscura y lúgubre mazmorra en lo más profundo del castillo.

Muy cerca del palacio vivía una viejecita que todas las mañanas se acercaba a la playa a recoger los objetos que las olas arrastraban hasta la orilla. Aquella mañana, como siempre, la viejecita se dirigió a la costa y a poca distancia, flotando en el agua, vio la caja; la abrió con mucho cuidado y descubrió a los dos niños con la estrellita en la frente. La mujer se los llevó a su casa y les puso un sombrerito para que nadie viera las estrellitas.

Pasó el tiempo, los niños crecieron y la anciana les fabricó unos caballitos de madera para que jugaran. Sembró hierba en el jardín de la casa y les dijo a los niños que era para que se alimentaran los caballitos. Desde el balcón de palacio se veía el jardín de la casa de la anciana.

El rey regresó de la guerra y todos los días se asomaba triste al balcón para ver jugar a los niños. Aquellos podían haber sido sus hijitos. Los miraba y le parecía muy extraño que siempre llevaran aquel sombrerito que tapaba su frente.

Un día, los niños jugaban a darles de comer hierba a sus caballitos de madera y al verlo, el rey les gritó desde el balcón:

—Niños tontos, ¿los caballitos de madera comen hierba?

Y los niños le contestaron:

—Rey tonto, ¿las reinas de carne y hueso tienen hijos de madera?

Al escuchar esto, el rey les preguntó:

—¿Por qué decís eso?

—A ti le dijeron que nuestra madre había tenido hijos de madera y que después había muerto, pero no es verdad. Nosotros somos tus hijos de carne y hueso y nuestra madre está viva, encerrada en una oscura mazmorra de palacio.

Al oír aquello, el rey recuperó a sus hijos y rescató a la madre.

En cuanto a las dos hermanas, fueron desterradas para siempre del reino que, desde aquel día, fue el más dichoso del mundo.

FIN

La fortuna

Ilustración: FrodoK

En remotos tiempos, en una pequeña aldea a orillas del mar, vivía en una humilde choza una joven llamada María que se dedicaba a hacer cordeles y a venderlos. Con lo poco que sacaba con su trabajo vivía como podía.

Un caluroso día llegó a la aldea una pareja de millonarios que al ver la pobreza de María, que trabajaba sin parar a la puerta de su choza, se acercaron y decidieron ayudarla:

—Muchacha, ¿te gustaría cambiar de vida?

Y María les contestó:

—¡Si tuviera dinero suficiente, ya lo creo que lo haría!

—Pues toma esta bolsa llena de monedas. Adminístralas bien y dentro de un año volveremos a ver cómo has invertido la fortuna.

María se volvió loca de contenta. Aseguró a la pareja que no se arrepentiría de haberla ayudado y se marchó inmediatamente a la ciudad. Allí compró carne, frutas, pan y de todo lo que encontró. Luego guardó el resto del dinero en el forro de su sombrero para protegerlo de los ladrones y regresó a su casa pensando en cómo invertirlo en una pequeña industria cordelera.

Andaba alegremente cuando un enorme pájaro le arrebató el sombrero de un picotazo. María lo persiguió hasta donde pudo, pero al ver que no podía alcanzarlo desistió y, abatida, regresó a su humilde casa.

Pasado un año, llegó de nuevo la pareja que, al ver a María en las mismas condiciones, se dijo:

—Esta se ha gastado el dinero de mala manera y nos ha engañado. Nos acercaremos y le preguntaremos, a ver qué nos dice.

María contó todo lo que le había pasado y aunque la pareja no creyó nada de lo que oía, decidió volver a confiar en la muchacha y entregó una cantidad de dinero aún mayor que la anterior.

Esta vez María apartó unas monedas para comprar comida y el resto lo metió en un cántaro viejo de barro que guardaba en un rincón de la casa. Después se marchó a la ciudad para hacer sus compras.

La madre de María, que vivía muy cerca, fue a visitar a su hija y al no encontrarla en casa decidió esperar su regreso. Mientras aguardaba, aprovechó para hacer limpieza y lo primero que hizo fue tirar a la basura el viejo cántaro roto pensando que ya no servía para nada.

Cuando María volvió y vio que el cántaro no estaba en su sitio, preguntó a su madre, que le dijo:

—Hija, como estaba roto lo tiré a la basura.

La pobre muchacha, desesperada, intentó recuperarlo, pero no dio con él. Gritó y lloró hasta que se quedó sin fuerzas, pero aquello ya no tenía remedio.

Siguió con su mísero trabajo hasta que, pasado el año, volvió la pareja, que viendo a María en la misma situación quedó convencida de que la muchacha había malgastado el dinero:

—Sigues igual de pobre, muchacha. ¿Qué mentira nos vas a contar esta vez?

María les contó la verdad, pero no la creyeron y se marcharon muy enfadados. Antes de partir, la mujer sacó una bola de plomo que llevaba en el bolsillo y se la dio a María diciéndole:

—Toma, a ver si con esto consigues cambiar tu suerte.

María guardó la bola de plomo dentro de un cajón y se olvidó de todo lo ocurrido.

Pasó el tiempo y una mañana llegó un vecino a pedirle a María algo pesado para ponerlo en su red de pesca. María se acordó del trozo de plomo que le había tirado la mujer, lo buscó y se lo dio a su vecino.

—Gracias, María, te prometo que el primer pez que coja será para ti.

Efectivamente, al día siguiente se presentó el pescador en casa de María y le entregó un hermoso pez rojo. Cuando María lo abrió para cocinarlo encontró un enorme brillante en su interior. La joven se dirigió a la ciudad para conocer el valor de la piedra y un joyero le dio por ella una buena suma de dinero.

«Esta vez no se me va de las manos», se dijo María. Y lo primero que hizo fue invertir parte de lo que tenía en maquinaria y materiales para hacer cordeles. Luego volvió a la aldea, compró un terreno y allí se construyó una casa y una fábrica. Pasado el tiempo, se casó, tuvo varios hijos y se convirtió en la dueña de un próspero negocio.

Al cabo de los años, volvió a pasar por allí la pareja, que quedaron sorprendidos al ver la transformación que se había operado en la aldea y aún se sorprendieron más al enterarse de que era obra de María, que ahora era ahora la alcaldesa del pueblo. La pareja entró en la fábrica y María los recibió con amabilidad, los tres fueron a comer a la gran casa donde ahora vivía ella con su familia.

Estaban sentados en el jardín cuando llegaron los dos hijos de María. Uno de los niños se acercó a su madre para enseñarle un nido que había cogido entre las rocas. María reconoció en el nido los restos de su sombrero; quitó los huevos, descosió el forro y ¡allí estaba su dinero!

El otro niño se había caído al saltar un arroyo y se había herido en una pierna. Tenía un gran arañazo y contó que se había cortado con un cántaro roto que había en el agua. Al oír lo del cántaro, María se acordó de aquel en el que ella había escondido el dinero. Salió corriendo a buscarlo y cuál no sería su sorpresa cuando comprobó que era su cántaro y que dentro todavía estaban las monedas.

Fue así como María demostró que siempre había dicho la verdad.

FIN

La prueba

Ilustración: IZOLYZM

Eran grandes amigos desde la infancia. Uno de ellos era mandarín y se le había ofrecido un destacado cargo oficial. Un poco preocupado por la responsabilidad que tendría que asumir en breve, el mandarín se reunió con su amigo de la infancia y lo puso al corriente de la situación. El amigo le aconsejó:

—Lo que te recomiendo es que siempre seas paciente. Es muy importante. No lo olvides, ejercítate sin descanso en la paciencia.

—Sí, seré paciente. No dejaré de ejercitarme en la paciencia — aseguró el mandarín.

Los dos amigos empezaron a saborear un delicioso té. El amigo que había ido a ver al mandarín le dijo:

—Sé siempre paciente. No dejes de ser paciente; suceda lo que suceda.

El mandarín asintió con la cabeza.

Unos minutos después, el amigo dijo:

—No lo olvides: adiéstrate en la paciencia, sobre todo.

—Lo haré, lo haré —repuso el mandarín.

Cuando iban a despedirse, el amigo añadió:

—No lo olvides, tienes que ser muy paciente.

Entonces el mandarín, soliviantado, exclamó:

—¿¡Me tomas por un estúpido!? Ya lo has repetido varias veces y yo lo he oído perfectamente bien. ¡Deja de una vez de advertirme sobre lo mismo!

El amigo, sonriendo, manifestó:

—Me gusta ver cómo te ejercitas en la paciencia.

El mandarín se sintió ridiculizado, pero agradecido por el sabio consejo.

—Es muy difícil ser paciente — dijo el amigo, abrazándolo con todo cariño—. Más de lo que parece.

El mandarín no olvidó jamás la lección de su amigo de la infancia y desempeñó perfectamente su cargo. La paciencia le permitió desarrollar la ecuanimidad, la ecuanimidad, sabiduría, y la sabiduría, amor.

FIN