Cuento popular

El espejo de Matsuyama

Ilustración: Kitagawa Utamaro

Hace mucho, mucho tiempo vivía en un remoto lugar de Japón una joven pareja. Tenían una hija a la que ambos amaban de todo corazón. Los nombres de todos ellos ya cayeron en olvido, pero los que siguen narrando esta triste historia sí recuerdan que todo ocurrió en un lugar llamado Matsuyama.

Cuando la niña era aún muy pequeñita, el padre se vio obligado a ir a la capital del Imperio para arreglar ciertos asuntos. Al ser un lugar tan remoto y el viaje hasta allí tan pesado, ni la madre ni la niña lo acompañaron, así que él se marchó solo. Se despidió de ellas y les prometió que regresaría muy pronto cargado de preciosos regalos.

La joven madre, que nunca había ido más allá de la cercana aldea, no podía desechar cierto temor por el largo viaje que emprendía su marido; pero, al mismo tiempo, se sentía orgullosa de que fuese él, por aquellos contornos, la primera persona en ir a la rica ciudad, donde el rey y los poderosos habitaban, y donde seguro que había de ver muchas maravillas.

Pasado el tiempo, la mujer recibió una carta en la que su marido anunciaba su regreso y no es posible describir la alegría que sintió cuando el viajero volvió a casa sano y salvo. La pequeña, al ver de nuevo a su padre, daba palmadas y sonreía divertida al recibir los juguetes que este le había comprado. Y él no se hartaba de contar las cosas extraordinarias que había visto, durante su visita a la capital.

—Mira —le dijo a su mujer— Fíjate en esto, lo he traído especialmente para ti. Abre la caja y descríbeme lo que ves.

Le entregó entonces una cajita de madera blanca que ella se apresuró a abrir:

—Veo un disco de metal. Por un lado es de plata, con adornos de pájaros y flores, y por el otro, es una superficie brillante y pulida que… —Miró la joven esposa con asombro, porque desde la profundidad de aquel extraño objeto vio que la miraba, con labios entreabiertos y ojos llenos de curiosidad, un rostro que sonreía alegre.

—¿Qué ves? —insistió el marido, encantado con el pasmo de ella y muy ufano de mostrar lo que había aprendido.

—Veo a una mujer muy hermosa, que me mira y que mueve los labios como si hablase, y que lleva, ¡qué extraño!, un vestido exactamente igual que el mío.

—Esa que ves es tu cara —le replicó el marido, muy satisfecho de saber algo que su mujer no sabía—. Esto que tienes en la mano se llama espejo. En la ciudad cada persona tiene uno, por más que nosotros, aquí en el campo, no los hubiéramos visto hasta hoy.

Encantada la mujer con su regalo, se pasó algunos días mirándose a cada momento, Pero después pensó que tan prodigioso objeto era demasiado valioso como para usarlo a diario y lo guardó en su cajita, la cual ocultó con cuidado entre sus más estimados tesoros. Y como desde aquel día nunca volvió a hablar del espejo, el marido se olvidó de él por completo.

Fueron pasando los años y marido y mujer vivían dichosos. El centro de sus vidas era la niña, que iba creciendo y cada día se parecía más a su madre. Pero llegó un día en que sobrevino un tremendo infortunio para la familia hasta entonces tan dichosa. La mujer cayó enferma y aunque la cuidaron con desvelo, empeoró cada vez más, hasta que fue evidente que moriría.

Cuando supo que pronto debería abandonar a su marido y a su hija, se puso muy triste. Llamó a la niña y poniendo en sus manos la cajita de madera blanca que contenía el antiguo regalo, le dijo:

—Querida hija, estoy muy enferma y pronto moriré. Cuando yo ya no esté a tu lado, abre esta caja que te doy y mira cada día el objeto que contiene. Podrás ver mi cara en él y sabrás, así, que no me he marchado del todo y que siempre estaré a tu lado velando por ti.

La niña prometió con lágrimas en los ojos que haría lo que su madre le pedía.

Cuando la madre ya no estuvo a su lado, la niña abría la cajita cada día, sacaba con mucho cuidado el espejo y lo contemplaba largo rato. Allí veía la cara de su perdida madre, que la miraba sonriendo. Ya no estaba pálida y enferma, sino hermosa y joven. A ella le confiaba sus secretos.

El padre, después de observar durante un tiempo el comportamiento de su hija y constatar que cada día, sin falta, se miraba al espejo y parecía conversar con él, le preguntó la causa de tan extraña conducta.

La niña contestó:

—Miro todos los días el espejo para ver a mi querida madre y hablar con ella.

Enternecido, el padre no tuvo valor para sacar del error a su hija. No le dijo que aquella imagen que contemplaba en el espejo era su propio reflejo y que, quizá como efecto del amor que sentía, cada vez se parecía más al hermoso rostro de la madre perdida.

FIN

La venta de la vaca

Ilustración: hockeychick

En un pequeño pueblo vivían un campesino y una campesina. Lo único que poseía la pareja era su cabaña, una vaca y una cabra. El hombre, que se llamaba Abundio, era muy limitado, tanto, que sus vecinos lo apodaban el Tonto. Pero su esposa, Petronila, era muy inteligente y con frecuencia remediaba las tonterías que hacía su marido.

Una mañana Petronila le dijo a su marido:

—Abundio, hoy hay feria en la aldea y he pensado en vender nuestra vaca. La pobre es muy vieja y da poca leche.

Abundio, después de pensar un rato, le dio la razón a su mujer:

—Petronila, creo que lo mejor será que vendamos la vaca. La pobre es muy vieja y da poca leche.

Se puso el traje de domingo y se fue al establo a recoger la vaca para llevarla al mercado.

—Abundio, atento y no te dejes engañar —le advirtió Petronila.

—Tranquila, mujer. Mucho tiene que madrugar el que me quiera engañar —contestó el tonto campesino, que se creía muy inteligente.

Abundio fue al establo pero, una vez allí, no sabía distinguir claramente cuál era la vaca y cuál era la cabra.

—¡Ya sé! —se dijo para sí después de cavilar largo rato—. Una vaca es más grande que una cabra, así que me llevaré el animal más grande al mercado y problema solucionado.

Dicho esto, desató la vaca y se la llevó.

No había andado mucho Abundio cuando tres jóvenes, que también iban a la feria, le echaron el ojo. Los tres pícaros, al ver al lugareño con la vaca, decidieron engañarlo. Acordaron que uno de ellos se adelantaría para tratar de comprarle el animal. Poco después, el segundo haría lo mismo y, por último, el tercero.

—¡Hola, amigo! —saludó el primero—. ¿Me vendería su cabra? ¿Cuánto vale?

—¿Cabra? —replicó el aldeano atónito—. ¿Cabra, dice? —Y con expresión incrédula, miraba, alternativamente, al comprador y al animal.

—Véndamela, por favor —continuó el joven muy serio—. Le doy seis monedas por ella.

—¿Venderle la cabra? —continuó repitiendo el lugareño, moviendo la cabeza de un lado a otro—. Yo pensaba que llevaba una vaca a la feria.  Y después de mirarla bien, sigo creyendo que es una vaca y no una cabra.

—¡No diga disparates! Lo que lleva a vender es la cabra más flaca que he visto en mi vida. Es mejor que guarde mis monedas. ¡No la quiero! ¡Adiós!

A continuación el segundo joven alcanzó a Abundio.

—Buenos días, buen hombre —le dijo afablemente—. ¡Qué día tan bonito hace! ¿Va usted al mercado? ¡Pero si lleva una cabra! Yo iba a la feria, precisamente, a comprar una cabra. ¿Me vende la suya? Le doy cinco monedas por ella.

El campesino, rascándose una oreja, dijo para sus adentros: «¡Pero qué raro! Este también dice que llevo una cabra. ¿Será posible? El bicho, en todo el camino, no ha abierto el hocico. Si hiciera ruido, podría saber si es la cabra o la vaca. ¡Maldita sea! La próxima vez, antes de salir, preguntaré a mi mujer».

—Pues vale —continuó el pícaro joven—, si no me quiere vender la cabra por cinco monedas, compraré otra en el mercado. Aunque creo que cinco monedas es mucho a cambio de una cabra tan flaca. Adiós.

Finalmente, llegó el tercer joven.

—Feliz día, caballero ¿Querría venderme su cabra?

El pobre campesino ya no sabía qué pensar. Al cabo de un momento de silencio contestó:

—Es la tercera persona que me dice que esto que llevo es una cabra, pero este animal es una vaca.

—¿Cómo dice? Está claro que está ciego o que me toma el pelo —repuso el chico mentiroso— ¡Pero si hasta un niño puede decirle que este animal no es una vaca, sino una cabra. Y por cierto, muy flaca.

—Recuerdo que el animal que estaba atado cerca de la puerta, el que yo traigo aquí, era una vaca. Además, puede ver que este animal tiene la cola larga y las cabras tienen la cola corta —contestó el tonto aldeano.

—Solo dice tonterías —contestó el tunante—. Pero, aun así, le ofrezco cuatro monedas por su cabra.

El pobre hombre, que ya dudaba hasta de sí mismo, vendió el animal por cuatro monedas y regresó a su casa. Mientras, los jóvenes siguieron su camino hacia el mercado.

Al llegar a casa, Petronila se indignó mucho cuando Abundio le entregó las cuatro monedas.

—¡Tonto! ¡Más que tonto y sin remedio! —exclamó colérica—. Te llevaste una vaca que vale, al menos, cincuenta monedas.

—Pero ¿qué podía hacer yo? Tres personas, una después de otra, me aseguraron que llevaba una cabra y…

—¿Tres? —interrumpió la mujer—. Seguro que fueron los mismos que pasaron por aquí y me preguntaron por el camino de la aldea. Habrán vendido nuestra vaca en el mercado y ahora lo estarán celebrando en alguna posada. ¡No perdamos tiempo! Ponte un sombrero grande para que no te reconozcan. Vamos a pagar a esos pícaros con la misma moneda.

Al llegar al mercado, visitaron varias fondas y, tal y como lo había sospechado la mujer, encontraron a los tres estafadores celebrando su triunfo en una de ellas.

La mujer habló con el posadero y le refirió, en pocas palabras, lo que le había pasado a su marido:

—Si nos ayuda —dijo la mujer al posadero, —podremos recobrar nuestro dinero. Mi plan es este: yo le pediré bebida y usted nos servirá. A la hora de pagar, me levantaré, revolveré dentro de mi sombrero y, a continuación, usted sacará de su bolsillo estas monedas que yo le doy ahora y dirá, bien alto, que la cuenta está pagada.

En su mesa, los tres pícaros seguían comiendo y bebiendo alegremente sin prestar atención a nada. Pero cuando Petronila se levantó por tercera vez y revolvió en su sombrero, uno de ellos le preguntó al posadero la causa de tan extraña conducta y este, haciéndose el misterioso, respondió:

—¡Es increíble lo de esa mujer! —respondió—. Tiene un sombrero mágico. Muchas veces había oído hablar de ese sombrero, pero esta es la primera vez que veo tal maravilla con mis propios ojos. Esa señora me pide bebida, se la llevo, revuelve su sombrero y, al momento, en mi bolsillo suena el dinero. Al principio no me parecía posible, pero usted mismo es testigo: los hechos son más seguros que las palabras.

El bribón se reunió con sus camaradas y les refirió la conversación.

—Debemos apoderarnos de ese sombrero a cualquier precio —dijeron los tres al unísono.

Fueron a sentarse con la pareja de campesinos y empezaron a hablar:

—Señora, su sombrero es muy bonito y me gustaría comprarlo. ¿Cuánto vale? —dijo el primero.

La mujer lo miró desdeñosamente y repuso:

—No lo vendo. No es un sombrero cualquiera. ¡Posadero! —gritó con voz firme—, ¡más bebida!

Cuando la bebida fue servida, Petronila se levantó, revolvió su sombrero y el posadero sacó al instante dinero de su bolsillo.

Los tres bribones estaban cada vez más pasmados de asombro y tanto importunaron y rogaron a la mujer, que esta acabó por exclamar:

—¡Está bien! No me molesten más. Les vendo el sombrero por cincuenta monedas.

Esta era la suma exacta que habían obtenido por la venta de la vaca. Muy alegres, entregaron el dinero a Petronila, que tan pronto como lo tuvo en el bolsillo se marchó a su casa del brazo de Abundio.

Los tres bribones también se fueron hacia otra fonda para probar el sombrero. Después de haber pedido varias bebidas, llamaron a la dueña para pagarle. El primero se levantó, revolvió el sombrero, y todos esperaron el efecto. Pero no sucedió nada. La dueña, extrañada por tal conducta, les dijo:

—Estoy esperando a que me paguen.

—Solo tiene que meter la mano en su bolsillo. Ahí está su dinero.

La mujer así lo hizo, pero no encontró nada.

—¡Qué raro! —dijo el segundo joven, un poco alarmado—. Dame el sombrero. Probaré yo.

El joven revolvió dentro del sombrero, a derecha e izquierda. Pero en balde. Los bolsillos de la posadera seguían tan vacíos como antes.

—¡No sabéis hacerlo! —gritó el tercero con impaciencia— Veréis cómo se debe hacer.

Y diciendo esto, revolvió el sombrero despacio y con cuidado. Pero no tuvo más éxito que sus compañeros.

Al fin, comprendieron que los habían engañado. Su indignación fue tanta, que es mejor no repetir lo que dijeron de Petronila.

Esta, entretanto, había llegado a su casa junto a su marido, que más contento que unas pascuas contaba las cincuenta monedas:

—¿Lo ves, Petronila? Ya te lo dije esta mañana: «Mucho tiene que madrugar el que me quiera engañar».

Su mujer prefirió no decirle nada porque era muy juiciosa y sabía que, muchas veces, el silencio es oro.

FIN

La niña maquinista

Ilustración: Leonidafremov

Había una vez un hombre llamado Dragoş que vivía con su mujer y sus dos hijos, Ştefan y Adriana, en un pueblecito de Rumanía de la región de Maramureş llamado Viseu de Sus. Dragoş trabajaba como maquinista del Mocaniţa, un tren a vapor de vía estrecha que atraviesa el Valle de Vaser, un riachuelo de Maramureş, afluente del Viseul. Este tren se había inaugurado en el año 1933, cuando se usaba solamente para el transporte de leña, pero hoy se usa también como transporte turístico. Muchas veces cuando los niños no tenían escuela, Dragoş los llevaba en el Mocaniţa. A Ştefan y Adriana les gustaba contemplar el paisaje delimitado por riachuelos con agua cristalina y con bosques llenos de frondosos abetos. De los dos, Adriana era la que mostraba mucho más interés por todo lo que estuviera relacionado con el Mocaniţa. Leía libros sobre él y soñaba con llegar a ser maquinista de tren como su padre.

Sin duda, Ştefan tenía más interés por los deportes y soñaba con ser un famoso futbolista. Aunque su padre deseaba que su hijo continuara con la tradición familiar y se hiciera maquinista como él. En ningún momento se le pasó por la cabeza que este fuese el sueño de Adriana, aunque ella fuera la que siempre se interesaba por el funcionamiento del Mocăniţa y deseara aprender a llevarlo. Cuando Adriana le preguntaba a su padre qué había que hacer para que el tren funcionase, este le respondía a regañadientes diciendo que el trabajo de maquinista «no era trabajo para chicas».

Cierto día frío de invierno, cuando los Montes de Maramureş estaban cubiertos de nieve, Ştefan enfermó de gripe y como el camino estaba cortado Adriana no pudo ir a la escuela. Como no tenía nada que hacer y le hacía mucha ilusión ir en el tren, Adriana le preguntó a su padre si podía acompañarlo. Su padre estuvo de acuerdo y los dos se marcharon con el Mocăniţa. En invierno, normalmente, a causa de las nieves abundantes en los Montes de Maramureş, el Mocăniţa atravesaba el Valle de Vasel con dificultad y consumía mucho más carburante. Cuando se encontraban a mitad del camino de vuelta entre Făina y Măcârlau, Dragoş empezó a sentirse mal y a marearse. Como consecuencia de ello, no se sentía ni en disposición ni en condiciones de seguir conduciendo el tren. Le dolía la cabeza terriblemente y se le nublaba la vista. Dragoş paró el tren enseguida y Adriana le preguntó asustada:

—¿Qué te pasa, papá?

Dragoş le contestó:

—Tenemos un problema, no puedo seguir conduciendo el tren y estamos en medio de las montañas. Seguramente no pasará nadie por aquí antes de 4 horas, hasta que llegue el próximo tren.

Al oír esto, Adriana sugirió a su padre que la dejase conducir el Mocăniţa dándole las indicaciones oportunas. Al principio su padre pensaba que esta sugerencia era una locura pero, tras pensarlo unos minutos, se dio cuenta de que no tenía otra salida. El carburante era insuficiente y podían morir congelados esperando la llegada del siguiente tren. Así que Adriana encendió el motor y el tren empezó a moverse. No podía creerlo, ¡era la maquinista del Mocăniţa! Adriana conducía lentamente, recordando las instrucciones que le había dado su padre, hasta llegar a la estación de Viseu de Sus. Una vez allí, Adriana bajó del tren y pidió ayuda. La gente que se encontraba en la estación se abalanzó para ayudar a bajar al padre del tren. Y mientras esperaban a que viniera el servicio de urgencias, Adriana les relató a todos los hechos acontecidos. Una vez recuperado, el padre de Adriana, orgulloso de su hija, contó a todos cómo gracias a ella pudieron llegar a casa sanos y salvos. Desde aquel día, nunca más subestimó la capacidad de su hija para ser maquinista de tren y la apoyó en su elección. Con el paso del tiempo, Adriana se convirtió en maquinista, cumpliendo así su sueño.

FIN

El reparto de la caza

Ilustración: harryett

Érase una vez, hace muchos, muchos años, que en un lejano pueblo vivían dos vecinos; el primero de ellos se pasaba de listo y el segundo no llegaba ni a tonto de lo tonto que era. Por este motivo, el listo no perdía ocasión de aprovecharse de la simpleza del tonto.

Un día, los dos vecinos decidieron que, en adelante, saldrían juntos de cacería cada domingo y así lo hicieron durante un tiempo. Después de muchos días de caza, el resultado era siempre el mismo: el listo salía siempre mejor parado en el reparto de las piezas.

El vecino tonto, que aunque muy tonto alguna luz tenía, llegó un momento en el que se dio cuenta de que el otro le tomaba el pelo, ya que siempre regresaba con menos piezas en su zurrón, mientras que su vecino lo llevaba repleto, así que decidió hablar seriamente con su compañero de caza. Discutieron y discutieron y, por fin, convinieron en que, en lo sucesivo, repartirían todo lo que cazaran a medias obtuviera quien obtuviera la pieza.

Ya de acuerdo, salieron el siguiente domingo de caza y se cobraron dos piezas: una perdiz y un mochuelo.

El listo, como siempre, se dio prisa en repartir las presas:

—Bueno, vecino, ya ves que hemos cobrado dos piezas, así que, para hacer las cosas bien, y tal y como dijimos, será una para ti y otra para mí. ¿Estás conforme?

—Claro, ese fue el acuerdo al que llegamos —contestó el tonto.

—Pues toma. Para ti el mochuelo y para mí la perdiz.

El hombre se aguantó con lo que le había tocado y pensó que otro día sería para él la mejor pieza.

Al domingo siguiente volvieron a salir y cazaron, exactamente, lo mismo: una perdiz y un mochuelo.

El listo volvió a repartir:

—Veamos, son dos piezas, así que será una para cada uno…Y para que el reparto sea justo, esta vez lo haremos al revés.

—Me parece estupendo –dijo el tonto. ¿Cómo lo repartiremos hoy?

—Pues muy fácil, vecino, la perdiz para mí y el mochuelo para ti.

El tonto, que era un rato tonto, se quedó pensativo y después de un buen rato le dijo a su vecino:

—Oye, vecino, ¿no te parece un poco raro que, lo hagamos como lo hagamos, siempre me toque a mí el de los ojos grandes?

FIN

Las habichuelas mágicas

Ilustración: LindseyBell

Jack vivía con su madre, que era viuda, en una cabaña del bosque. La situación de la familia empeoraba día a día y la madre decidió mandar a su hijo a la ciudad, para que allí intentase vender la única vaca que poseían.

El niño se puso en camino con el animal atado de una cuerda. No había recorrido demasiado camino, cuando se encontró con un hombre que llevaba un misterioso saquito en la mano. Al ver a Jack le dijo:

—Niño, en este saquito llevo unas habichuelas mágicas. Te las cambio por la vaca.

Jack así lo hizo y regresó contentísimo a su casa. Su madre, al ver lo que había pasado, se disgustó muchísimo, cogió las habichuelas y las tiró por la ventana. Acto seguido, se puso a llorar y a lamentar la necedad de su hijo.

Al día siguiente, cuando se levantó Jack, fue grande su sorpresa al ver que las habichuelas habían crecido tanto durante la noche, que las ramas se perdían de vista en el cielo.

Jack empezó a trepar por la planta. Sube que sube que sube, hasta llegar a un país desconocido, cuyos habitantes estaban subyugados por un terrible ogro.

En la lejanía divisó un castillo y se dirigió hacia allí. Entró en él y descubrió que era allí donde vivía el malvado gigante, el cual poseía una oca que ponía un huevo de oro cada vez que su dueño se lo ordenaba.

Jack esperó a que el gigante se durmiera, tomó la oca y escapó con ella.

Al llegar a las ramas del árbol de las habichuelas, se descolgó por el tronco hasta tocar el suelo y entró en la cabaña.

Al ver aquel prodigio, la madre se puso muy contenta. La oca ponía huevos y ello los vendían. Con la ganancia obtenida vivieron tranquilos mucho tiempo, hasta que la oca murió.

Jack decidió trepar de nuevo por la planta y una vez arriba se dirigió al castillo del gigante.

Se escondió tras una cortina y observó como el dueño del castillo contaba monedas de oro que sacaba de una bolsa de cuero.

En cuanto se durmió el gigante, salió Jack y, recogiendo el saco que daba oro, echó a correr hacia la planta gigantesca y bajó a su casa. La viuda y su hijo tuvieron dinero para ir viviendo mucho tiempo.

Sin embargo, llegó un día en que la bolsa de cuero no dio más monedas de oro. Estaba completamente vacía.

Trepó Jack por tercera vez por las ramas de la planta hasta llegar a la cima. Entonces vio al ogro guardar en un cajón una cajita. Era mágica y cada vez que alguien levantaba la tapa la caja dejaba caer una moneda de oro.

Cuando el gigante salió de la estancia, cogió el niño la cajita prodigiosa y se la guardó.

Desde su escondite, vio Jack que el gigante se tumbaba en un sofá, y un arpa, ¡oh maravilla!, tocaba sola, sin que mano alguna pulsara sus cuerdas, una delicada música. El gigante, mientras escuchaba aquella melodía, fue cayendo, poco a poco, en un profundo sueño.

Apenas lo vio dormido, Jack, se apoderó del arpa y echó a correr. Pero el arpa estaba encantada y al verse en manos de Jack empezó a gritar.

—¡Señor ogro, señor ogro, despierte, que me roban!

Se despertó sobresaltado el gigante y viendo lo que ocurría, salió corriendo furioso tras Jack.

Resonaban a espaldas del niño los pasos del gigante cuando ya, sujeto a las ramas, empezaba a bajar. Aunque iba muy deprisa, al mirar hacia las alturas vio que también el gigante descendía.

No había tiempo que perder.

—¡Mamá, mamá trae enseguida el hacha, que el gigante me persigue! —gritó Jack.

Acudió la madre con el hacha y de un certero golpe, cortó el tronco del árbol de las habichuelas.

Al caer el árbol, arrastró consigo al gigante, que se estrelló con estrépito contra el suelo, pagando así sus fechorías.

Jack y su madre vivieron felices, ya que cuando necesitaban alguna cosa, abrían la cajita y esta dejaba caer una moneda de oro.

FIN

En el mismo barco

Ilustración: RUYMOON

Un barco lleno de pasajeros zarpó de un lejano puerto y comenzó a navegar por el mar. En él viajaban ancianos y niños, jóvenes y no tan jóvenes, hombres y mujeres, ricos y pobres, negros y blancos, altos y bajos, guapos y feos… En fin, gente de todas las clases, de todos los lugares y de todas las ideologías.

Unos viajaban por trabajo, otros por placer. Algunos huían de su hogar y buscaban nuevos sitios donde ser felices, otros deseaban correr aventuras. Cada uno de ellos tenía un camarote asignado en aquel gran barco que avanzaba por aquel ancho mar, a veces en calma y a veces embravecido, llevando a cada cual a su destino.

De pronto, los pasajeros comenzaron a escuchar fuertes ruidos. Parecía que alguien, con un martillo, golpeaba algo. Los golpes eran cada vez más fuertes y los pasajeros, sorprendidos, se miraban unos a otros:

—¿Qué es ese ruido? ¿De dónde procede? —se preguntaban asustados.

El capitán ordenó a dos marineros que investigaran de inmediato lo que ocurría. Enseguida empezaron a recorrer el barco de arriba a abajo con rapidez; estancia por estancia, camarote a camarote.

Los golpes de martillo continuaban, cada vez eran más intensos. Los pasajeros, intranquilos, recorrían los pasillos, entre curiosos y preocupados por la situación:

—¿Estaremos en peligro? —se preguntaban— ¿Qué es lo que ocurre?

Al fin, los dos marineros llegaron al último camarote, situado en el último subsuelo del barco. ¡Estaban seguros! ¡Los golpes provenían de ese lugar!

—¡Abran inmediatamente! —exigieron al mismo tiempo que golpeaban la puerta del camarote.

Pararon los golpes y la puerta se abrió.

—¿Qué pasa? ¿Qué queréis? —preguntó malhumorado el pasajero de aquel camarote sujetando con una mano el picaporte, y con la otra un enorme martillo.

Los marineros miraron con asombro. Primero al hombre y luego hacia el interior de la habitación. ¡No podían creer lo que veían sus ojos! ¡El suelo de la estancia estaba a punto de romperse!

—Pero, señor, ¡¿qué hace?! ¿No ve que agujereará el suelo y nos hundiremos todos? ¡Suelte ahora mismo ese martillo! —le ordenaron enérgicamente.

—¿Y por qué habría de soltarlo? Este martillo es mío, este es mi camarote y, por tanto, con mi martillo y con mi camarote puedo hacer lo que me dé la gana —respondió el agresivo pasajero.

Al escuchar la discusión, el pasaje empezó a agolparse frente a la puerta del camarote.  Todos tenían algo que decirle al señor. Algunos le rogaban, otros le gritaban, otros intentaban razonar con él… Pero todos, todos querían exactamente lo mismo: que soltara el martillo y dejará de intentar agujerear el suelo del barco.

—Por favor, señor, cálmese y suelte el martillo —pidió alguien amablemente.

—¿Acaso está loco? ¡Deje de dar golpes de una vez! —gritó otro.

—Ya basta, inconsciente. ¡Es usted un irresponsable! —añadió un tercero, muy enojado.

—¡Que alguien lo expulse de este barco! ¡Lo que hace es muy grave! – exigió otro pasajero.

—¡No tienen derecho a hablarme así! —reaccionó con furia el hombre del martillo—. Yo he pagado mi pasaje exactamente como todo el mundo y este es mi camarote. Ni ustedes ni nadie tienen derecho a ordenarme nada porque este espacio es mío. ¿Acaso yo le digo a alguien lo que puede o no puede hacer?

Entonces, se escuchó la suave voz de una niña:

—Pero, señor, ¿no lo entiende? si usted se empeña en hacer un agujero en el suelo de su camarote, el barco entero se llenará de agua y todos nos hundiremos. ¿No entiende que todos navegamos en el mismo barco y lo que uno hace nos afecta a todos?

FIN

El cuento de Ana

Ilustración: NeoSlashott

 

Ana tenía ocho años y lo que más deseaba en el mundo era un reloj de pulsera. Cuando por fin se lo regalaron, lo primero que quiso hacer fue ir a enseñárselo a su mejor amiga, Clara. La mamá de Ana le dio permiso. Cuando su hija salió de casa le hizo esta advertencia:

—Ana, ahora que ya tienes tu reloj nuevo, y ya sabes leer perfectamente la hora; no me falles. De aquí a casa de Clara tienes dos minutos andando; así que no tienes excusa para volver tarde a casa. Regresa antes de las seis para merendar. ¡No te retrases!

—Entendido, mamá —dijo Ana mientras salía corriendo por la puerta.

Dieron las seis y ni rastro de Ana. A las seis y cuarto no había aparecido todavía, y su madre se enfadó. A las seis y media seguía sin aparecer, y su madre se enfadó aún más. A las siete menos diez, el enfado se convirtió en miedo. Cuando ya se disponía a salir para ir en busca de su hija, se abrió la puerta de la calle y Ana entró triste y en silencio.

—¡Ay, Ana! —la riñó su madre—. ¿Cómo has podido ser tan desobediente? ¡Sabías que estaría muy preocupada por ti! ¿Dónde te habías metido?

—He estado ayudando a Clara a… —empezó a decir Ana.

—¿Ayudando a Clara? ¿A qué, si puede saberse? ¿Qué era tan importante que no pudiera esperar? —le preguntó enojada su madre.

La niña empezó a explicarse de nuevo:

—A Clara, le han regalado una bicicleta nueva por su cumpleaños y la estuvimos probando, pero ella se cayó de la acera y la bicicleta se rompió y yo la ayudé a…

—¡Ya basta, Ana! —la interrumpió su madre— ¿Puedes explicarme qué sabes tú de arreglar bicicletas? Pero si tú no sabes…

Esta vez fue Ana la que interrumpió a su madre.

—¡No mamá! Yo no ayudé a Clara a arreglar su bicicleta, solo me senté a su lado y la ayudé a llorar…

FIN

El pájaro de las plumas de oro

Ilustración: FrodoK

Hace muchos años, en Malaui, vivían Kwende y su esposa Sabola. Ambos se habían pasado la vida trabajando duramente.

Cuando la fuente cercana a su casa se secaba, algo que ocurría con mucha frecuencia, Sabola tenía que recorrer un largo camino para conseguir agua en un lejano pozo. Por su parte, Kwende tenía que salir a cazar cada amanecer y, al hacerlo, siempre veía un precioso pájaro, muy grande, que volaba cerca del camino por el que iba.

Cierto día, Kwende regresaba a casa sin haber conseguido cazar nada y tenía mucha hambre; de pronto, recordó que había olvidado mirar en una de las trampas. Al llegar a ella, encontró atrapado al pájaro que veía volar a menudo.

Kwende agarró al animal por el cuello y sacó un cuchillo con la intención de matarlo para cocinarlo después. Pero el pájaro dijo:

—No me mates y te recompensaré por tu bondad.

Kwende retiró el cuchillo y observó de cerca al pájaro; sus plumas eran color oro.

El pájaro habló de nuevo:

—Mis plumas de oro son mágicas, con ellas podrás satisfacer todas tus necesidades. Por favor, libérame de esta trampa.

Kwende pensó: «¿Querrá engañarme para que lo deje libre? Si dice la verdad, no necesitaré trabajar duramente nunca más. Pero ¿quién ha escuchado jamás que un pájaro hable?». Después de meditarlo, decidió probar suerte y desató la cuerda que aprisionaba la pata del pájaro.

Mientras el hombre lo observaba, el pájaro se arrancó una pluma de cada ala y las sujetó con el pico para que Kwende las cogiera. El pájaro le explicó entonces cómo debía utilizarlas:

—Sujétalas con la mano, pide un deseo y se hará realidad. Pero, sobre todo, no le expliques nunca a nadie que estas plumas son mágicas y nunca presumas de tu buena suerte. Si lo haces, el poder de mi regalo desaparecerá y tú volverás a ser pobre.

Kwende agradeció el regalo al pájaro y este se alejó volando.

Kwende caminó deprisa hacia su casa y mientras, con una pluma en cada mano, deseó que al llegar a su hogar lo estuviera esperando una abundante comida.

Al entrar, Sabola amasaba una hogaza de pan y, en el fuego, un oloroso guiso esparcía su apetitoso aroma por toda la choza. Junto a la chimenea, había una montaña de ñame que les aseguraba el alimento para unos cuantos días. De la fuente cercana, seca desde hacía tiempo, borboteaba el agua, con lo cual, Sabola no debería recorrer el largo camino que los separaba del pozo.

Durante días, semanas y meses la buena suerte sonrió a Kwende y a Sabola. Siempre tenían alimentos para comer, ropa para vestir y agua para beber. Kwende no trabajaba, sino que pasaba el día echado a la sombra de un árbol. Muchas veces, Sabola le preguntaba por qué ya no cuidaba el huerto o salía a cazar, pero él nunca respondía.

Kwende se volvió descuidado. Fanfarroneaba ante sus vecinos de su buena suerte. Sabola cada vez estaba más preocupada y un día le preguntó:

—Kwende, no trabajas pero, a pesar de eso, tenemos toda la comida que queremos. ¿Acaso la robas durante la noche? Deberé preguntarle a la adivina de la tribu qué es lo que me escondes.

Kwende protestó:

—Sabola, ni se te ocurra preguntar nada a la adivina o descubrirá que tengo dos plumas de oro mágicas y me las querrá robar.

De repente, Kwende se dio cuenta de que había desobedecido las indicaciones del pájaro: había hecho gala ante los demás de su buena suerte y acababa de desvelar el secreto de las plumas mágicas.

Al día siguiente, al coger las dos plumas y pedir los deseos diarios, no ocurrió nada. Las ollas no se llenaron de comida, la fuente se secó. Sabola y Kwende eran de nuevo pobres y pasaban hambre; y, esta vez, su pobreza aún parecía más terrible, ya que habían gozado de las riquezas y de la abundancia.

Kwende debió salir de nuevo, a diario, a cazar y a poner trampas.

Un día, salió de caza con su vecino, que se llevó con él a su perro. Habían pasado la jornada cazando, pero no habían conseguido ni una pieza. Al llegar a la última trampa. Kwende vio que había capturado el mismo pájaro de plumas de oro y corrió hacia él:

—¡Oh!, pájaro dorado, si me das de nuevo dos de tus plumas mágicas, te dejaré libre.

El pájaro respondió:

—No te daré nada a cambio, pero te ruego que me perdones la vida por segunda vez.

En ese instante, el perro se abalanzó hacia ellos con intención de cobrar la presa, pero Kwende fue más rápido y mientras con la mano izquierda liberaba al pájaro, con la derecha apartaba al perro. Sin esperar recompensa alguna, dejó libre al ave, que se alejó volando.

El pájaro, a salvo en la alta rama de un árbol cercano, habló de nuevo:

—Desoíste mis consejos y desobedeciste mis condiciones. Sé que tanto tú como tu esposa habéis sufrido mucho por ello, pero como me has salvado la vida por segunda vez sin esperar nada a cambio, te daré nuevamente dos plumas mágicas y, esta vez, sin condiciones. Su magia durará para siempre. Espero que hayas aprendido la lección y que pienses en lo afortunado que eres.

El pájaro dorado arrancó una pluma de cada una de sus alas y se las lanzó a Kwende. A continuación, extendió sus alas y voló hacia el cielo.

Kwende jamás volvió a verlo, pero él y Sabola vivieron sin problemas y en paz el resto de sus días. Nunca volvió a presumir ante nadie de su buena suerte, pero a diario daba las gracias por tenerla.

FIN

El gusano y el escarabajo

Ilustración: TetraModal

Había una vez un gusano y un escarabajo que eran amigos, pasaban charlando horas y horas.

El escarabajo sabía que su amigo tenía muy limitada la movilidad, su visión era muy restringida y su carácter era muy tranquilo comparado con los de su especie.

El gusano sabía que su amigo provenía de otro ambiente, comía cosas que le parecían desagradables y siempre iba muy acelerado si lo comparaba con su estándar de vida. Su aspecto era grotesco y hablaba con demasiada rapidez.

Un día, los amigos del escarabajo le cuestionaron la amistad hacia el gusano.

—Pero ¿cómo es posible que camines tanto cada día para encontrarte con el gusano?

A lo que el escarabajo respondió:

—Al gusano le cuesta horrores moverse.

—Pero ¿por qué sigues siendo amigo del gusano si ni siquiera te saluda efusivamente cuando te ve? Tú, en cambio, desde lejos ya muestras lo contento que estás de verlo.

—Ya, pero es que el no ve muy bien. Muchas veces ni se entera de que alguien lo saluda y cuando sí se entera, no sabe si soy yo o es cualquier otro.

Muchos fueron los «pero» que buscaron los amigos del escarabajo para cuestionar la amistad de este con el gusano. Tanto porfiaron, que, al final, el escarabajo decidió poner a prueba su amistad con el gusano y durante un tiempo dejó de visitarlo. «Esperaré a que sea él el que venga a buscarme», pensó.

Pasó el tiempo y, un día, al escarabajo le llegó la noticia de que el gusano se estaba muriendo. Su organismo lo traicionaba por el excesivo esfuerzo. Cada día emprendía el camino para llegar a casa de su amigo, pero la noche lo sorprendía siempre a mitad de camino y lo obligaba a retornar a su lugar de origen.

El escarabajo decidió ir a ver a su amigo sin decirle nada a nadie. En el camino, varios animales le contaron las peripecias que había pasado el gusano para intentar saber qué le había pasado a su amigo. Le contaron que, día a día, se exponía para ir a dónde él se encontraba pasando cerca del nido de los pájaros. De cómo sobrevivió al ataque de las hormigas y así sucesivamente.

Llegó el escarabajo hasta el árbol en que yacía el gusano esperando pasar a mejor vida.

Al verlo acercarse, con las últimas fuerzas que le quedaban, le dijo lo mucho que se alegraba de que se encontrara bien. Sonrió por última vez y se despidió de su amigo, feliz porque ahora sabía que nada malo le había sucedido.

El escarabajo, avergonzado de sí mismo, por haber confiado su amistad a otros corazones que no eran los suyos, había perdido muchas horas de regocijo que las charlas con su amigo le habían proporcionado.

Al final entendió que el gusano, siendo tan diferente, tan limitado y tan distinto de lo que él era, era su amigo, a quien respetaba y quería, no tanto por la especie a la que pertenecía sino porque le había ofrecido su amistad.

El escarabajo aprendió varias lecciones ese día. Primera, que la amistad está en uno mismo y no en los demás, si la cultivas en tu propio ser, encontrarás el gozo del amigo. Segunda, la distancia no define las amistades, tampoco la raza o las limitaciones propias o ajenas. Y, finalmente, lo que más le impactó fue entender que la amistad se destruye con las dudas y los temores, que son los que más la afectan.

Cuando pierdes a un amigo, una parte de ti se va con él. Las palabras, los gestos, los temores, las alegrías e ilusiones compartidas gracias a la confianza se van con él.

El escarabajo murió poco después. Nunca lo escucharon quejarse de aquellos que tan mal lo habían aconsejado, pues, al fin y al cabo, fue únicamente su decisión de poner en manos extrañas su amistad y seguir los consejos ajenos los que hicieron que perdiera a su mejor amigo.

FIN

La lavandera y el panadero avaro

Ilustración: Fuytski

En una pequeña aldea, frente a la panadería del pueblo, vivía María, una joven lavandera muy humilde. Todos en el pueblo la apreciaban porque era muy trabajadora y tenía buen corazón. Se ganaba la vida lavando la ropa de la gente del pueblo y esta, que era tan pobre como ella, le pagaba con huevos y hortalizas.

El panadero, vecino de María, era un hombre codicioso y antipático, que nunca tenía una palabra amable para nadie. Aun así, como horneaba los mejores panes de la comarca, su tienda siempre estaba llena de gente y él era un hombre muy rico.

Cada mañana, cuando María se levantaba al amanecer para lavar la ropa miraba hacia la ventana del panadero, por la que se escapaba el delicioso olor de los panes recién horneados.

—¡Qué bien huele! —decía la lavandera aspirando aquel aroma con los ojos cerrados—. El olor de ese pan, me hace volar a lugares lejanos y maravillosos.

Un día, el panadero escuchó las palabras de María y le dijo furioso:

—¡Pues si vuelas con el olor de mis panes, tendrás que pagar por ello!

María rio.

—¡Vaya ocurrencia, señor panadero! ¿¡Cómo pretende cobrar por un olor!?

—¡Pues claro que cobraré! Cada día me levanto muy de madrugada para mezclar la harina, la levadura, la mantequilla y la sal y amaso y amaso la mezcla hasta que me duelen los brazos. Tú te aprovechas de mi trabajo sin darme nada a cambio. ¡Deberías pagarme diez monedas de oro al año!

Los vecinos, que habían escuchado toda la conversación, se reían y hacían bromas:

—¿Habéis oído lo que pretende el panadero? ¡Quiere que María le pague por oler el pan!

El panadero estaba cada vez más furioso; le parecía que todos estaban en su contra y se burlaban de él. Cerró de un portazo la panadería y se fue, a toda prisa, a ver a la juez del pueblo para exponerle el caso.

A la mañana siguiente, en la plaza mayor del pueblo había un cartel colgado que decía lo siguiente:

Al leer la inapelable orden, María se asustó mucho. ¡Ella no tenía diez monedas de oro! Ni lavando durante un año entero la ropa de todos habitantes de la aldea podría reunir aquella cantidad.

Sin embargo, aquel día, al entregar la ropa limpia a una anciana que vivía a las afueras del pueblo, esta le dijo:

—Toma, María, te doy la única moneda que tengo para que la lleves al juzgado. Son los ahorros de toda mi vida.

María, muy agradecida, le dio las gracias y le prometió devolvérsela lo antes posible.

En cada casa a la que acudió a entregar la ropa, la historia se repitió y, en muy pocas horas, María logró reunir la cantidad que le reclamaba el panadero y aún más.

El día del juicio María se presentó puntual al juzgado. Llevaba las monedas de oro dentro de una bolsa.

El pueblo entero se había dado cita en los tribunales para asistir al juicio entre María y el panadero.

La juez pidió silencio y ordenó al panadero avaro que expusiera su caso.

— Cada día me levanto muy de madrugada para mezclar la harina, la levadura, la mantequilla y la sal y amaso y amaso la mezcla hasta que me duelen los brazos. María se aprovecha de mi trabajo sin darme nada a cambio. ¡Exijo que me pague diez monedas de oro al año!

A continuación, la juez interrogó a María:

—¿Es cierto que cada mañana hueles el pan del panadero?

—Sí, es cierto.

—¿Es cierto que disfrutas con ese olor?

—Sí, es cierto.

—¿Has traído las diez monedas de oro dentro de una bolsa como ordené?

—Sí, señoría. Aunque no creo que sea justo pagar al panadero solo por oler su pan porque…

—Eso lo decidiré yo —interrumpió la juez—. Me retiro ahora a meditar. Dentro de quince minutos emitiré mi veredicto.

María, el panadero y todo el pueblo, reunido en la sala del juzgado, aguardaron pacientes.

Pasado un cuarto de hora, la juez salió y habló así:

—Ya tengo mi veredicto. — dijo—. María, te declaro culpable por oler cada mañana el pan del panadero sin darle nada a cambio. Te condeno a que te acerques hasta él y sacudas la bolsa con las diez monedas de oro en su oído.

María obedeció y todos escucharon el sonido proveniente de la bolsa.

La juez miró al panadero y le preguntó:

 —¿Has oído el sonido de las monedas?

—¡Sí! —respondió el panadero.

—¿Te gusta ese sonido?

—¡Claro! —repitió el panadero.

—Bien —dijo la juez—, pues date por satisfecho. Ya que María se aprovecha de los olores de tu panadería, en adelante tendrá que pagarte con el sonido de sus monedas de oro una vez al año. ¡Caso cerrado!

FIN