Cuento popular

En el mismo barco

Ilustración: RUYMOON

Un barco lleno de pasajeros zarpó de un lejano puerto y comenzó a navegar por el mar. En él viajaban ancianos y niños, jóvenes y no tan jóvenes, hombres y mujeres, ricos y pobres, negros y blancos, altos y bajos, guapos y feos… En fin, gente de todas las clases, de todos los lugares y de todas las ideologías.

Unos viajaban por trabajo, otros por placer. Algunos huían de su hogar y buscaban nuevos sitios donde ser felices, otros deseaban correr aventuras. Cada uno de ellos tenía un camarote asignado en aquel gran barco que avanzaba por aquel ancho mar, a veces en calma y a veces embravecido, llevando a cada cual a su destino.

De pronto, los pasajeros comenzaron a escuchar fuertes ruidos. Parecía que alguien, con un martillo, golpeaba algo. Los golpes eran cada vez más fuertes y los pasajeros, sorprendidos, se miraban unos a otros:

—¿Qué es ese ruido? ¿De dónde procede? —se preguntaban asustados.

El capitán ordenó a dos marineros que investigaran de inmediato lo que ocurría. Enseguida empezaron a recorrer el barco de arriba a abajo con rapidez; estancia por estancia, camarote a camarote.

Los golpes de martillo continuaban, cada vez eran más intensos. Los pasajeros, intranquilos, recorrían los pasillos, entre curiosos y preocupados por la situación:

—¿Estaremos en peligro? —se preguntaban— ¿Qué es lo que ocurre?

Al fin, los dos marineros llegaron al último camarote, situado en el último subsuelo del barco. ¡Estaban seguros! ¡Los golpes provenían de ese lugar!

—¡Abran inmediatamente! —exigieron al mismo tiempo que golpeaban la puerta del camarote.

Pararon los golpes y la puerta se abrió.

—¿Qué pasa? ¿Qué queréis? —preguntó malhumorado el pasajero de aquel camarote sujetando con una mano el picaporte, y con la otra un enorme martillo.

Los marineros miraron con asombro. Primero al hombre y luego hacia el interior de la habitación. ¡No podían creer lo que veían sus ojos! ¡El suelo de la estancia estaba a punto de romperse!

—Pero, señor, ¡¿qué hace?! ¿No ve que agujereará el suelo y nos hundiremos todos? ¡Suelte ahora mismo ese martillo! —le ordenaron enérgicamente.

—¿Y por qué habría de soltarlo? Este martillo es mío, este es mi camarote y, por tanto, con mi martillo y con mi camarote puedo hacer lo que me dé la gana —respondió el agresivo pasajero.

Al escuchar la discusión, el pasaje empezó a agolparse frente a la puerta del camarote.  Todos tenían algo que decirle al señor. Algunos le rogaban, otros le gritaban, otros intentaban razonar con él… Pero todos, todos querían exactamente lo mismo: que soltara el martillo y dejará de intentar agujerear el suelo del barco.

—Por favor, señor, cálmese y suelte el martillo —pidió alguien amablemente.

—¿Acaso está loco? ¡Deje de dar golpes de una vez! —gritó otro.

—Ya basta, inconsciente. ¡Es usted un irresponsable! —añadió un tercero, muy enojado.

—¡Que alguien lo expulse de este barco! ¡Lo que hace es muy grave! – exigió otro pasajero.

—¡No tienen derecho a hablarme así! —reaccionó con furia el hombre del martillo—. Yo he pagado mi pasaje exactamente como todo el mundo y este es mi camarote. Ni ustedes ni nadie tienen derecho a ordenarme nada porque este espacio es mío. ¿Acaso yo le digo a alguien lo que puede o no puede hacer?

Entonces, se escuchó la suave voz de una niña:

—Pero, señor, ¿no lo entiende? si usted se empeña en hacer un agujero en el suelo de su camarote, el barco entero se llenará de agua y todos nos hundiremos. ¿No entiende que todos navegamos en el mismo barco y lo que uno hace nos afecta a todos?

FIN

El cuento de Ana

Ilustración: NeoSlashott

 

Ana tenía ocho años y lo que más deseaba en el mundo era un reloj de pulsera. Cuando por fin se lo regalaron, lo primero que quiso hacer fue ir a enseñárselo a su mejor amiga, Clara. La mamá de Ana le dio permiso. Cuando su hija salió de casa le hizo esta advertencia:

—Ana, ahora que ya tienes tu reloj nuevo, y ya sabes leer perfectamente la hora; no me falles. De aquí a casa de Clara tienes dos minutos andando; así que no tienes excusa para volver tarde a casa. Regresa antes de las seis para merendar. ¡No te retrases!

—Entendido, mamá —dijo Ana mientras salía corriendo por la puerta.

Dieron las seis y ni rastro de Ana. A las seis y cuarto no había aparecido todavía, y su madre se enfadó. A las seis y media seguía sin aparecer, y su madre se enfadó aún más. A las siete menos diez, el enfado se convirtió en miedo. Cuando ya se disponía a salir para ir en busca de su hija, se abrió la puerta de la calle y Ana entró triste y en silencio.

—¡Ay, Ana! —la riñó su madre—. ¿Cómo has podido ser tan desobediente? ¡Sabías que estaría muy preocupada por ti! ¿Dónde te habías metido?

—He estado ayudando a Clara a… —empezó a decir Ana.

—¿Ayudando a Clara? ¿A qué, si puede saberse? ¿Qué era tan importante que no pudiera esperar? —le preguntó enojada su madre.

La niña empezó a explicarse de nuevo:

—A Clara, le han regalado una bicicleta nueva por su cumpleaños y la estuvimos probando, pero ella se cayó de la acera y la bicicleta se rompió y yo la ayudé a…

—¡Ya basta, Ana! —la interrumpió su madre— ¿Puedes explicarme qué sabes tú de arreglar bicicletas? Pero si tú no sabes…

Esta vez fue Ana la que interrumpió a su madre.

—¡No mamá! Yo no ayudé a Clara a arreglar su bicicleta, solo me senté a su lado y la ayudé a llorar…

FIN

El pájaro de las plumas de oro

Ilustración: FrodoK

Hace muchos años, en Malaui, vivían Kwende y su esposa Sabola. Ambos se habían pasado la vida trabajando duramente.

Cuando la fuente cercana a su casa se secaba, algo que ocurría con mucha frecuencia, Sabola tenía que recorrer un largo camino para conseguir agua en un lejano pozo. Por su parte, Kwende tenía que salir a cazar cada amanecer y, al hacerlo, siempre veía un precioso pájaro, muy grande, que volaba cerca del camino por el que iba.

Cierto día, Kwende regresaba a casa sin haber conseguido cazar nada y tenía mucha hambre; de pronto, recordó que había olvidado mirar en una de las trampas. Al llegar a ella, encontró atrapado al pájaro que veía volar a menudo.

Kwende agarró al animal por el cuello y sacó un cuchillo con la intención de matarlo para cocinarlo después. Pero el pájaro dijo:

—No me mates y te recompensaré por tu bondad.

Kwende retiró el cuchillo y observó de cerca al pájaro; sus plumas eran color oro.

El pájaro habló de nuevo:

—Mis plumas de oro son mágicas, con ellas podrás satisfacer todas tus necesidades. Por favor, libérame de esta trampa.

Kwende pensó: «¿Querrá engañarme para que lo deje libre? Si dice la verdad, no necesitaré trabajar duramente nunca más. Pero ¿quién ha escuchado jamás que un pájaro hable?». Después de meditarlo, decidió probar suerte y desató la cuerda que aprisionaba la pata del pájaro.

Mientras el hombre lo observaba, el pájaro se arrancó una pluma de cada ala y las sujetó con el pico para que Kwende las cogiera. El pájaro le explicó entonces cómo debía utilizarlas:

—Sujétalas con la mano, pide un deseo y se hará realidad. Pero, sobre todo, no le expliques nunca a nadie que estas plumas son mágicas y nunca presumas de tu buena suerte. Si lo haces, el poder de mi regalo desaparecerá y tú volverás a ser pobre.

Kwende agradeció el regalo al pájaro y este se alejó volando.

Kwende caminó deprisa hacia su casa y mientras, con una pluma en cada mano, deseó que al llegar a su hogar lo estuviera esperando una abundante comida.

Al entrar, Sabola amasaba una hogaza de pan y, en el fuego, un oloroso guiso esparcía su apetitoso aroma por toda la choza. Junto a la chimenea, había una montaña de ñame que les aseguraba el alimento para unos cuantos días. De la fuente cercana, seca desde hacía tiempo, borboteaba el agua, con lo cual, Sabola no debería recorrer el largo camino que los separaba del pozo.

Durante días, semanas y meses la buena suerte sonrió a Kwende y a Sabola. Siempre tenían alimentos para comer, ropa para vestir y agua para beber. Kwende no trabajaba, sino que pasaba el día echado a la sombra de un árbol. Muchas veces, Sabola le preguntaba por qué ya no cuidaba el huerto o salía a cazar, pero él nunca respondía.

Kwende se volvió descuidado. Fanfarroneaba ante sus vecinos de su buena suerte. Sabola cada vez estaba más preocupada y un día le preguntó:

—Kwende, no trabajas pero, a pesar de eso, tenemos toda la comida que queremos. ¿Acaso la robas durante la noche? Deberé preguntarle a la adivina de la tribu qué es lo que me escondes.

Kwende protestó:

—Sabola, ni se te ocurra preguntar nada a la adivina o descubrirá que tengo dos plumas de oro mágicas y me las querrá robar.

De repente, Kwende se dio cuenta de que había desobedecido las indicaciones del pájaro: había hecho gala ante los demás de su buena suerte y acababa de desvelar el secreto de las plumas mágicas.

Al día siguiente, al coger las dos plumas y pedir los deseos diarios, no ocurrió nada. Las ollas no se llenaron de comida, la fuente se secó. Sabola y Kwende eran de nuevo pobres y pasaban hambre; y, esta vez, su pobreza aún parecía más terrible, ya que habían gozado de las riquezas y de la abundancia.

Kwende debió salir de nuevo, a diario, a cazar y a poner trampas.

Un día, salió de caza con su vecino, que se llevó con él a su perro. Habían pasado la jornada cazando, pero no habían conseguido ni una pieza. Al llegar a la última trampa. Kwende vio que había capturado el mismo pájaro de plumas de oro y corrió hacia él:

—¡Oh!, pájaro dorado, si me das de nuevo dos de tus plumas mágicas, te dejaré libre.

El pájaro respondió:

—No te daré nada a cambio, pero te ruego que me perdones la vida por segunda vez.

En ese instante, el perro se abalanzó hacia ellos con intención de cobrar la presa, pero Kwende fue más rápido y mientras con la mano izquierda liberaba al pájaro, con la derecha apartaba al perro. Sin esperar recompensa alguna, dejó libre al ave, que se alejó volando.

El pájaro, a salvo en la alta rama de un árbol cercano, habló de nuevo:

—Desoíste mis consejos y desobedeciste mis condiciones. Sé que tanto tú como tu esposa habéis sufrido mucho por ello, pero como me has salvado la vida por segunda vez sin esperar nada a cambio, te daré nuevamente dos plumas mágicas y, esta vez, sin condiciones. Su magia durará para siempre. Espero que hayas aprendido la lección y que pienses en lo afortunado que eres.

El pájaro dorado arrancó una pluma de cada una de sus alas y se las lanzó a Kwende. A continuación, extendió sus alas y voló hacia el cielo.

Kwende jamás volvió a verlo, pero él y Sabola vivieron sin problemas y en paz el resto de sus días. Nunca volvió a presumir ante nadie de su buena suerte, pero a diario daba las gracias por tenerla.

FIN

El gusano y el escarabajo

Ilustración: TetraModal

Había una vez un gusano y un escarabajo que eran amigos, pasaban charlando horas y horas.

El escarabajo sabía que su amigo tenía muy limitada la movilidad, su visión era muy restringida y su carácter era muy tranquilo comparado con los de su especie.

El gusano sabía que su amigo provenía de otro ambiente, comía cosas que le parecían desagradables y siempre iba muy acelerado si lo comparaba con su estándar de vida. Su aspecto era grotesco y hablaba con demasiada rapidez.

Un día, los amigos del escarabajo le cuestionaron la amistad hacia el gusano.

—Pero ¿cómo es posible que camines tanto cada día para encontrarte con el gusano?

A lo que el escarabajo respondió:

—Al gusano le cuesta horrores moverse.

—Pero ¿por qué sigues siendo amigo del gusano si ni siquiera te saluda efusivamente cuando te ve? Tú, en cambio, desde lejos ya muestras lo contento que estás de verlo.

—Ya, pero es que el no ve muy bien. Muchas veces ni se entera de que alguien lo saluda y cuando sí se entera, no sabe si soy yo o es cualquier otro.

Muchos fueron los «pero» que buscaron los amigos del escarabajo para cuestionar la amistad de este con el gusano. Tanto porfiaron, que, al final, el escarabajo decidió poner a prueba su amistad con el gusano y durante un tiempo dejó de visitarlo. «Esperaré a que sea él el que venga a buscarme», pensó.

Pasó el tiempo y, un día, al escarabajo le llegó la noticia de que el gusano se estaba muriendo. Su organismo lo traicionaba por el excesivo esfuerzo. Cada día emprendía el camino para llegar a casa de su amigo, pero la noche lo sorprendía siempre a mitad de camino y lo obligaba a retornar a su lugar de origen.

El escarabajo decidió ir a ver a su amigo sin decirle nada a nadie. En el camino, varios animales le contaron las peripecias que había pasado el gusano para intentar saber qué le había pasado a su amigo. Le contaron que, día a día, se exponía para ir a dónde él se encontraba pasando cerca del nido de los pájaros. De cómo sobrevivió al ataque de las hormigas y así sucesivamente.

Llegó el escarabajo hasta el árbol en que yacía el gusano esperando pasar a mejor vida.

Al verlo acercarse, con las últimas fuerzas que le quedaban, le dijo lo mucho que se alegraba de que se encontrara bien. Sonrió por última vez y se despidió de su amigo, feliz porque ahora sabía que nada malo le había sucedido.

El escarabajo, avergonzado de sí mismo, por haber confiado su amistad a otros corazones que no eran los suyos, había perdido muchas horas de regocijo que las charlas con su amigo le habían proporcionado.

Al final entendió que el gusano, siendo tan diferente, tan limitado y tan distinto de lo que él era, era su amigo, a quien respetaba y quería, no tanto por la especie a la que pertenecía sino porque le había ofrecido su amistad.

El escarabajo aprendió varias lecciones ese día. Primera, que la amistad está en uno mismo y no en los demás, si la cultivas en tu propio ser, encontrarás el gozo del amigo. Segunda, la distancia no define las amistades, tampoco la raza o las limitaciones propias o ajenas. Y, finalmente, lo que más le impactó fue entender que la amistad se destruye con las dudas y los temores, que son los que más la afectan.

Cuando pierdes a un amigo, una parte de ti se va con él. Las palabras, los gestos, los temores, las alegrías e ilusiones compartidas gracias a la confianza se van con él.

El escarabajo murió poco después. Nunca lo escucharon quejarse de aquellos que tan mal lo habían aconsejado, pues, al fin y al cabo, fue únicamente su decisión de poner en manos extrañas su amistad y seguir los consejos ajenos los que hicieron que perdiera a su mejor amigo.

FIN

La lavandera y el panadero avaro

Ilustración: Fuytski

En una pequeña aldea, frente a la panadería del pueblo, vivía María, una joven lavandera muy humilde. Todos en el pueblo la apreciaban porque era muy trabajadora y tenía buen corazón. Se ganaba la vida lavando la ropa de la gente del pueblo y esta, que era tan pobre como ella, le pagaba con huevos y hortalizas.

El panadero, vecino de María, era un hombre codicioso y antipático, que nunca tenía una palabra amable para nadie. Aun así, como horneaba los mejores panes de la comarca, su tienda siempre estaba llena de gente y él era un hombre muy rico.

Cada mañana, cuando María se levantaba al amanecer para lavar la ropa miraba hacia la ventana del panadero, por la que se escapaba el delicioso olor de los panes recién horneados.

—¡Qué bien huele! —decía la lavandera aspirando aquel aroma con los ojos cerrados—. El olor de ese pan, me hace volar a lugares lejanos y maravillosos.

Un día, el panadero escuchó las palabras de María y le dijo furioso:

—¡Pues si vuelas con el olor de mis panes, tendrás que pagar por ello!

María rio.

—¡Vaya ocurrencia, señor panadero! ¿¡Cómo pretende cobrar por un olor!?

—¡Pues claro que cobraré! Cada día me levanto muy de madrugada para mezclar la harina, la levadura, la mantequilla y la sal y amaso y amaso la mezcla hasta que me duelen los brazos. Tú te aprovechas de mi trabajo sin darme nada a cambio. ¡Deberías pagarme diez monedas de oro al año!

Los vecinos, que habían escuchado toda la conversación, se reían y hacían bromas:

—¿Habéis oído lo que pretende el panadero? ¡Quiere que María le pague por oler el pan!

El panadero estaba cada vez más furioso; le parecía que todos estaban en su contra y se burlaban de él. Cerró de un portazo la panadería y se fue, a toda prisa, a ver a la juez del pueblo para exponerle el caso.

A la mañana siguiente, en la plaza mayor del pueblo había un cartel colgado que decía lo siguiente:

Al leer la inapelable orden, María se asustó mucho. ¡Ella no tenía diez monedas de oro! Ni lavando durante un año entero la ropa de todos habitantes de la aldea podría reunir aquella cantidad.

Sin embargo, aquel día, al entregar la ropa limpia a una anciana que vivía a las afueras del pueblo, esta le dijo:

—Toma, María, te doy la única moneda que tengo para que la lleves al juzgado. Son los ahorros de toda mi vida.

María, muy agradecida, le dio las gracias y le prometió devolvérsela lo antes posible.

En cada casa a la que acudió a entregar la ropa, la historia se repitió y, en muy pocas horas, María logró reunir la cantidad que le reclamaba el panadero y aún más.

El día del juicio María se presentó puntual al juzgado. Llevaba las monedas de oro dentro de una bolsa.

El pueblo entero se había dado cita en los tribunales para asistir al juicio entre María y el panadero.

La juez pidió silencio y ordenó al panadero avaro que expusiera su caso.

— Cada día me levanto muy de madrugada para mezclar la harina, la levadura, la mantequilla y la sal y amaso y amaso la mezcla hasta que me duelen los brazos. María se aprovecha de mi trabajo sin darme nada a cambio. ¡Exijo que me pague diez monedas de oro al año!

A continuación, la juez interrogó a María:

—¿Es cierto que cada mañana hueles el pan del panadero?

—Sí, es cierto.

—¿Es cierto que disfrutas con ese olor?

—Sí, es cierto.

—¿Has traído las diez monedas de oro dentro de una bolsa como ordené?

—Sí, señoría. Aunque no creo que sea justo pagar al panadero solo por oler su pan porque…

—Eso lo decidiré yo —interrumpió la juez—. Me retiro ahora a meditar. Dentro de quince minutos emitiré mi veredicto.

María, el panadero y todo el pueblo, reunido en la sala del juzgado, aguardaron pacientes.

Pasado un cuarto de hora, la juez salió y habló así:

—Ya tengo mi veredicto. — dijo—. María, te declaro culpable por oler cada mañana el pan del panadero sin darle nada a cambio. Te condeno a que te acerques hasta él y sacudas la bolsa con las diez monedas de oro en su oído.

María obedeció y todos escucharon el sonido proveniente de la bolsa.

La juez miró al panadero y le preguntó:

 —¿Has oído el sonido de las monedas?

—¡Sí! —respondió el panadero.

—¿Te gusta ese sonido?

—¡Claro! —repitió el panadero.

—Bien —dijo la juez—, pues date por satisfecho. Ya que María se aprovecha de los olores de tu panadería, en adelante tendrá que pagarte con el sonido de sus monedas de oro una vez al año. ¡Caso cerrado!

FIN

El peral de doña Miseria

Ilustración: cidaq

Doña Miseria era una pobre anciana que vivía de limosnas. Tenía un hijo llamado Ambrosio, que siempre estaba hambriento y que, como su madre, hacía tiempo que recorría el mundo mendigando. A Miseria siempre la seguía un perrito mestizo, delgado y con pulgas, que nunca se despegaba de ella y que dormía a su lado en la pequeña choza en la que habitaba. Junto a la casita crecía un frondoso peral, del que se alimentaba, aunque pocas frutas recogía, pues los chicos del pueblo, en cuanto las peras estaban maduras, se las robaban.

Cierto día llegó a la puerta de su casa un hombre más pobre que ella y, como afuera nevaba y hacía mucho frío, doña Miseria lo acogió en la choza. Compartió con él lo poco que tenía para cenar y le dejó su propio jergón para que pudiera dormir. Por la mañana, al despertarse, le ofreció también un humilde desayuno.

El pobre, agradecido, se dirigió entonces a la anciana y le dijo:

—Miseria, aunque nada material posees, tienes un corazón bueno y noble, así que voy a concederte un deseo pues, aunque parece que soy un miserable, en realidad soy un ángel del cielo.

Miseria no quería nada, pero tanto insistió el ángel, que la anciana, acordándose del peral, le pidió:

—Deseo —dijo— que cuando alguien se encarame al peral, no pueda bajar de él hasta que yo le de permiso.

El deseo le fue concedido al instante y la idea de Miseria fue tan eficaz, que al cabo de poco tiempo, tras copiosos llantos, algún que otro susto y muchos rotos en la ropa de los niños, al peral no volvió a acercarse ni un solo chaval del pueblo.

Fueron pasando los años plácidamente hasta que una mañana de otoño una mujer alta y delgada, vestida con una negra túnica y con una guadaña en la mano, se acercó a la puerta de la choza y empezó a llamar con lúgubre voz a doña Miseria:

—Miseriaaaaa, llegó tu horaaaa. Tienes que venir conmigoooo.

Miseria reconoció al instante a la Muerte, pero así como casi nadie está preparado para recibirla de buen grado, la anciana tampoco pareció estar muy de acuerdo con marcharse con ella:

—¡Vaya, justo ahora que empezaba a disfrutar de la vida! —le dijo—. Estoy dispuesta a acompañarte, pero antes de marcharnos, ¿podrías hacerme el favor de subir al peral y recoger cuatro o cinco peras para el camino? Mientras, yo me preparé para el viaje sin retorno.

La Muerte, sin sospechar nada, se dispuso a recoger las peras, pero como estaban en lo más alto, no tuvo más remedio que encaramarse al árbol. Cuando ya estaba muy arriba, oyó las carcajadas de doña Miseria y su voz cascada que le decía:

—¡Señora Muerte, no me voy contigo! Y tú te quedarás en el peral hasta que a mí me dé la gana.

Y así fue. Miseria quiso que la Muerte se quedara en el árbol —con frío y calor, con sol y con lluvia— durante muchísimos años. Tantos, que en el mundo empezó a sentirse la ausencia de la Muerte. Nadie moría. Ni en las guerras ni por enfermedad ni por vejez ni por accidente nadie desaparecía. Había ancianos que habían cumplido ya quinientos años, y estaban tan aburridos de vivir, que rogaban al cielo que los hiciera desaparecer.

Un día, a la Muerte se le ocurrió una solución para solucionar su problema al ver pasar por el camino a un viejecito decrépito que no podía casi ni andar y que no paraba de lamentarse llamando a gritos a la muerte para que se lo llevara. La Muerte lo llamó y después de contarle lo que ocurría, le rogó que la ayudara:

—Ya ves mi estado y ahora ya sabes el motivo de por qué en el mundo no muere nadie. ¡Avisa a las gentes del pueblo y venid a cortar entre todos este maldito peral! Hasta que yo no baje de sus ramas, ni tú ni nadie podrá morir.

No tardaron los vecinos en llegar, armados con hachas y sierras, pero aunque mucho lo intentaron, no lograron hacer ni la más mínima mella en el tronco del viejo árbol. Algunos pensaron en ayudar a bajar ellos mismos a la Muerte, pero todos los que lo intentaron se quedaron atrapados en el peral junto a ella. Entonces empezaron a rogar a la vieja Miseria que se apiadase de todos ellos; de los que tanto sufrían por no morir y de los que estaban colgados del peral, incluida la Muerte. Tanto y tanto insistieron, tanto y tanto lloraron y suplicaron, que, finalmente, doña Miseria cedió, aunque le puso una condición a la Muerte:

—Para que te deje bajar de ahí arriba, Muerte, me has de prometer que nunca, nunca, nunca jamás te acordarás ni de mi hijo Ambrosio ni de mí. Solo podrás llevarnos si te lo pedimos tres veces.

Accedió la Muerte y Doña Miseria dejó bajar a todos del peral. La Muerte, por fin, podía seguir con su tarea. Tenía mucho trabajo pendiente y estuvo muy ocupada durante meses. Todos los que debían haber muerto durante los años que ella estuvo cautiva en el árbol, la vieron llegar aliviados y, de buen grado, se fueron con ella. A todos se llevó la Muerte, menos a la anciana y a su hijo, que aún sigue vivos. Es por eso que todavía hoy en el mundo sigue habiendo miseria y hambre.

FIN

Un susto morrocotudo

Ilustración: GrimVixen

Esta es la historia de una niña pequeña y de un pequeño ratoncito y del susto morrocotudo que se dieron los dos.

La niña pequeña estaba en su cama y leía un cuento a escondidas; la luna llena iluminaba la estancia como una lámpara. En la habitación reinaba un profundo silencio, así que los padres creían que la niña pequeña dormía hacía ya mucho rato y nunca hubieran sabido que seguía despierta a esas horas de no ser por un pequeño ratoncito que, mientras daba su paseo nocturno, topó con la naricilla con una galletita de chocolate.

—¡Hi, hi, hi! —dijo gozoso con su chillona voz el pequeño ratoncillo. Lo que en el lenguaje de los ratones significa: «¡Una galleta de chocolate! ¡Qué suerte la mía!».

La niña pequeña, desde su cama, escuchó con atención y miró a su alrededor, pero como no vio nada, siguió leyendo.

—¡Hi, hi, hi! —gritó de nuevo el pequeño ratoncillo, con lo cual quería decir: «¿Habrá más comida por aquí?».

Y moviendo sus largos bigotes, buscó y rebuscó, dando vueltas por la habitación, arriba y abajo, con sus cortas patitas. De repente, un gran foco iluminó su diminuta figura. Era la luz de la luna, que se colaba por la ventana, y alumbraba, justamente, delante de la cama de la niña pequeña, que en ese justo instante alzó la vista de su libro.

—¡Ahh, ahhh, ahhhh! —gritó con gran espanto al mismo tiempo que soltaba el libro y saltaba, por el lado derecho, fuera de la cama.

El pequeño ratoncillo, al oír aquellos pavoroso gritos, se agarró a la sábana, trepó por la parte izquierda de la cama y, lleno de espanto, se ocultó en el lecho. La chiquilla, entonces, volvió a gritar. Esta vez mucho más fuerte que antes. El pequeño ratoncito, sobresaltado, dio un brinco y, dibujando un amplio círculo en el aire, aterrizó en el suelo y huyó espantado, rozando, al hacerlo, los desnudos pies de la niña. El grito de terror que resonó entonces en la habitación fue tan increíble, que al pobre ratoncillo se le detuvo por un instante el corazón. Desesperado, buscó en la pared el pequeño agujero que conducía a su casa. Mientras, la niña pequeña de un salto subía nuevamente a su cama y se escondía, encogiendo los pies hasta tocarse la barbilla con las rodillas, bajo las sábanas.

Por fin el pequeño ratoncillo estaba a salvo en su casita y allí, sollozando, se abrazó tembloroso a su madre:

—¡Hi, hi, hi!

—¡Pobrecito mío! —lo consoló mamá ratona—. ¿Qué es lo que te ha asustado así?

—Un gigante con una voz espantosa.

«Este susto lo curará enseguida un pedacito de chocolate», pensó mamá ratona. Y fue a buscarlo a su despensa y se lo puso ante la naricilla a su querido hijito. «¡Sí, esto servirá!». Y así fue en efecto, mientras el ratoncillo roía el chocolate su temblor fue disminuyendo hasta desaparecer por completo.

En la habitación, entretanto, la mamá de la pequeña, que había escuchado los terribles gritos de su hijita y había ido corriendo en su auxilio, acariciaba la cabeza de la niña, sentada junto a ella en la cama:

—¡Pobrecita mía! —la consoló—. ¿Qué es lo que te ha asustado así?

—¡Un animal enorme me atacó! ¡Yo gritaba y gritaba, pero él no dejaba de perseguirme y quería atacarme!

—Ahora ya no podrá hacerte nada, yo estoy a tu lado —le dijo la madre.

Pero sabía muy bien lo que de verdad consolaría a su hijita. Puso la mano en el bolsillo de su bata y sacó de ahí un trocito de chocolate, envuelto en papel plateado. Al ver aquel reflejo, al punto cesaron de fluir las lágrimas y mientras saboreaba aquella golosina, la chiquilla también dejó de temblar.

Los dos pequeños, bajo la atenta mirada de sus mamás, pronto se quedaron dormidos; la niña en su camita, y el ratoncito en su casita. Justo al cerrar los ojitos, el morrocotudo susto quedó olvidado por completo y los dos tuvieron dulces sueños de chocolate.

FIN

El zorro y el lobo

Ilustración: vodoc

Un frío día de invierno, cierto pescador regresaba a su casa muy contento por la buena pesca cuando al borde del camino vio un zorro tirado a un lado de la carretera. Se acercó con cautela y descubrió que no se movía, así que supuso que estaba muerto.

—¡Qué suerte la mía! —exclamó, al tiempo que recogía al animal y lo arrojaba en la parte trasera de su carro, donde también estaban los peces que había capturado—. Con su piel me haré un buen abrigo para protegerme del frío.

Mientras el hombre continuaba satisfecho su viaje, el astuto zorro, que no estaba en absoluto muerto, tiró los peces del carro y luego saltó él.

Al llegar a su casa, el hombre se dio cuenta de que los peces y el zorro habían desaparecido.

—¿Dónde están? —se lamentó el pescador—. Había muchos peces y un zorro en mi carro.

Al darse cuenta de lo que había sucedido, el buen hombre se puso a llorar y a lamentarse, pero ya no había nada que hacer.

Mientras tanto, el zorro estaba dándose un gran festín con todo el pescado que había robado del carro. En eso estaba cuando llegó un lobo:

—Buenos días, primo —saludó con cortesía el recién llegado.

—Buenos días, amigo —respondió el zorro.

—Estoy muerto de hambre y como veo que tienes muchos peces ahí, ¿serías tan amable de darme unos cuantos? —preguntó el lobo.

—Lo siento, pero este pescado es mío. Mi esfuerzo me ha costado conseguirlo. Lo que deberías hacer es ir y pescar tú mismo —respondió el zorro.

—Yo no sé pescar.

—Es fácil, solo tienes que bajar al río, romper el hielo con una piedra, colocar tu cola dentro del agujero y esperar a que los peces piquen —le dijo el zorro al lobo.

Así que el ingenuo lobo bajó al río, hizo un agujero en el hielo e introdujo su cola en la grieta, pero como era invierno, pronto la cola se congeló en el agua, de modo que no importó lo fuerte que tiró para intentar sacarla; no pudo. No tuvo más remedio que sentarse sobre el hielo y pasar allí toda la noche.

A la mañana siguiente, muy de mañana, una mujer fue a buscar agua al río y al ver al lobo empezó a gritar:

—¡Socorro! ¡Un lobo, un lobo! ¡Que alguien me ayude!

Al oírla, los aldeanos acudieron a toda prisa y comenzaron a golpear al lobo con palos, piedras y todo lo que encontraron cerca.

No supo cómo lo consiguió, pero el pobre lobo finalmente pudo soltar su cola helada y escapar de la gente. Mientras huía pensaba: «Maldito zorro, ¡me vengaré de ti! ¡Me las pagarás!

A poca distancia, el zorro, que había sido testigo de todo lo ocurrido, se deslizó con cautela dentro de la choza donde la mujer que había gritado estaba preparando un pastel de frambuesas y se embadurnó el cuerpo con la mermelada de los frutos rojos.

Cuando el enojado lobo dio con el zorro, le dijo que se lo iba a comer y le contó cómo la gente lo había golpeado hasta casi matarlo. El zorro le respondió:

—Lo siento mucho, pero a mí me golpearon también y mucho más fuerte que a ti. Fíjate, yo estoy sangrando y tú no.

—Eso es verdad —asintió el lobo mientras miraba las supuestas heridas del zorro—. Te llevaré a mi casa y te curaré —Se ofreció solícito.

El lobo llevó al zorro a su casa y allí lo estuvo cuidando y alimentando hasta que llegó la primavera. Con los primeros rayos de sol, el zorro recuperó milagrosamente la salud y el lobo, al darse cuenta de ese nuevo engaño, gruñó enfadado:

—¡Me has traicionado otra vez! Esta vez no te vas a librar, ¡voy a comerte!

—¡Espera, espera! al menos dame la oportunidad de poner en orden mis asuntos antes de comerme. Vayamos a mi casa, podrás quedarte con todas mis pertenencias.

El lobo aceptó y el zorro lo condujo hasta lo más hondo del bosque, a un lugar en el que sabía que había una profunda cueva de la cual era imposible salir.

—Antes de empezar a comerme, entra para ver todo lo que tengo.

El incauto lobo así lo hizo y el zorro aprovechó para deslizar una pesada piedra que selló la entrada.

—¡Déjame salir! —suplicaba—. ¡Te prometo que no te comeré! ¡Te lo prometo!

—Te creo, te creo. Tú siéntate y espera, que ahora mismo te ayudo —contestó el zorro mientras se alejaba de allí.

FIN

Las tres preguntas del rey

Ilustración: RenjuArt

Un día, cierto rey pensó que si conociera la respuesta a estas tres preguntas nunca fallaría en ninguna cuestión:

¿Cuál es el momento más oportuno para hacer cada cosa?

¿Qué cosa se debe hacer en cada momento?

¿Quién es la persona más importante en cada momento?

El rey mandó publicar un edicto para anunciar que cualquiera que pudiera resolver esas tres cuestiones recibiría una cuantiosa recompensa. Muchos fueron los que después de leer el edicto se pusieron en camino hacia el palacio y cada uno llevaba una solución distinta al rey.

En respuesta a la primera pregunta, alguien le aconsejó organizar minuciosamente su tiempo. Se debían programar para cada hora, cada día, cada mes y cada año determinadas tareas y bajo ningún concepto el rey debía desviarse del plan trazado. Solo así podría esperar realizar cada cosa en el momento oportuno.

El siguiente aseguró que era completamente imposible planear nada de antemano y que lo que debía hacer el rey era desechar cualquier distracción inútil y estar bien atento a todo para saber cuál era el momento más oportuno para actuar.

Sin embargo, contradiciendo esto último, alguien insistió en que el monarca, por sí mismo, jamás tendría la previsión y competencia necesarias para decidir cuál era el momento más oportuno para actuar y que lo que necesitaba era establecer un «Consejo de Sabios» y dejarse asesorar por ellos.

Un cuarto afirmó que ciertos asuntos exigen tomar decisiones inmediatas y que es imposible esperar los resultados de una consulta; así que para saber de antemano qué sucederá, lo mejor es rodearse de magos y adivinos.

Las respuestas a la segunda pregunta también fueron variadas. Algunos decían que lo mejor era dedicar el tiempo al estudio de las ciencias, porque ellas indican lo que es mejor hacer en cada momento; otros afirmaban que solo rezando encontraría la inspiración necesaria para saber cómo actuar en cada situación; finalmente, algunos le aconsejaron que, aunque no supiera exactamente cómo actuar, debía estar preparado y rodearse, por si acaso, con un buen ejército.

También para la tercera pregunta hubo variedad de respuestas. Hubo quien dijo que el rey necesitaba depositar toda su confianza en un administrador; otro lo animaba a depositar su confianza en un sacerdote o un monje; otro en un mago o adivino; otro en un médico; en un guerrero; en un maestro; en…

Como el rey no se sintió complacido con ninguna de las respuestas, nadie consiguió la recompensa.

Pasaron los días y el rey seguía obsesionado con las tres preguntas. Decidió entonces consultar con un ermitaño, del que se decía que era un hombre iluminado y una mañana, cuando aún no había salido el sol, se vistió de simple campesino y se dirigió a la alta montaña en la que vivía el sabio a buscar respuestas. Después de una dura subida, halló, por fin, al hombre cavando en el huerto que rodeaba su pequeña cabaña. Al ver al extraño, el ermitaño movió la cabeza en señal de saludo y, sin pronunciar ni una palabra, siguió con su labor.

El rey se aproximó a él:

—Que tengas un feliz día. He venido buscando la respuesta a estas tres preguntas: «¿Cuál es el momento más oportuno para hacer cada cosa? ¿Qué cosa se debe hacer en cada momento? ¿Quién es la persona más importante en cada momento?».

El ermitaño lo escuchó atentamente, pero permaneció en silencio. Posó una mano sobre el hombro del monarca y después continuó cavando. Estaba claro que aquella labor era dura para él, pues se trataba de un hombre muy anciano y empujaba pesadamente la pala cada vez que la introducía en la tierra.

Al notarlo, el rey le propuso:

—Deja que te ayude. Debes estar muy cansado.

El anciano le dio las gracias, le pasó la pala al monarca y se sentó a descansar.

Después de un buen rato de trabajo, el rey paró, se volvió hacia el eremita y repitió sus preguntas. Tampoco respondió esta vez el anciano, se limitó a levantarse y señalando la pala dijo:

—Descansa un rato, yo seguiré.

El rey negó con la cabeza y continuó cavando. Pasaron las horas, y cuando el sol comenzaba a ponerse tras las montañas dejó la pala y habló de nuevo:

—Vine buscando respuestas, pero si no me las puedes dar, dímelo y me marcharé.

En lugar de responder, el eremita levantó la cabeza y dijo:

—¿No oyes a alguien corriendo por allí?

Volvieron ambos la cabeza y vieron que un hombre salía de entre los árboles. Andaba a trompicones, se lamentaba dolorosamente y apretaba con las manos su estómago. Llegó hasta donde ellos estaban y se desplomó inconsciente. Al rasgar sus vestidos vieron que tenía un profundo corte. El rey limpió cuidadosamente la herida y usó su propia camisa para vendarla.

El sol ya se había puesto y el aire de la noche era helado. Llevaron al hombre a la cabaña y lo acostaron. El herido pidió un vaso de agua y el rey corrió hacia el arroyo para llenar un jarro. El hombre bebió, cerró los ojos y se quedó tranquilo.

Por fin, el rey pudo sentarse tras el agotador día vivido y, al hacerlo, se quedó dormido. Cuando despertó, el sol ya lucía sobre las montañas. Miró hacia la cama y vio al herido, que miraba confuso a su alrededor; al ver al rey, bajó los ojos y dijo con un leve suspiro:

—Por favor, perdóname.

—¿Qué has hecho para que deba perdonarte? —se asombró el rey.

—Juré vengarme de ti, porque por culpa de tus impuestos perdí mi granja. Cuando supe que venías solo a la montaña para ver al ermitaño, decidí sorprenderte en el camino de vuelta y darte un escarmiento. Pero como tardabas tanto en bajar, decidí ir en tu busca. En lugar de dar contigo, topé con un enorme oso que me atacó. Por suerte, pude escapar y llegar hasta aquí. Si no te hubiera encontrado, ahora estaría muerto. ¡Yo quería vengarme y tú has curado mis heridas!

El rey no solo lo perdonó sino que le prometió devolverle su propiedad y enviarle a sus propios médicos y servidores para que lo atendieran hasta que estuviera completamente restablecido.

Antes de regresar a palacio, el rey se despidió del ermitaño, este miró al rey y le dijo:

—Ya tienes las respuestas que viniste a buscar.

—¿Cómo? —preguntó el monarca confuso.

—Ayer, si no te hubieras compadecido de mí y no me hubiera ayudado a cavar, te habrías marchado y este hombre te hubiera atacado en el camino de vuelta. Entonces habrías lamentado no haberte quedado conmigo. Por lo tanto, el tiempo más importante fue el que pasaste cavando, la persona más importante era yo mismo y el empeño más importante fue ayudarme a mí.
»Más tarde, cuando el herido corrió hacia aquí, el momento más oportuno fue el tiempo que pasaste curando su herida, porque si no lo hubieras curado, habría muerto y habrías perdido la oportunidad de reconciliarte con él. De esta manera, la persona más importante fue él y el objetivo más importante fue cuidarlo.
»El instante presente es el único sobre el que puedes actuar, así que solo hay un momento importante y es «ahora». La persona más importante es siempre la que «ahora» está junto a ti, porque quién sabe si mañana volverás a encontrarla. Y el propósito más importante es hacer que esa persona sea feliz mientras permanece a tu lado. Recuerda siempre esto y no fallarás en ninguna cuestión.

FIN

Las sandalias de madera mágicas

Ilustración: Thiefoworld

Hace mucho tiempo, en Nagoro, una pequeña aldea del Japón, vivió una joven llamada Dai cuyo hijito cayó gravemente enfermo después de un crudo invierno. Para poder curarlo, la joven se vio en la necesidad de conseguir una gran suma de dinero y no tuvo otro remedio que pedírselo prestado al señor más rico del pueblo. Gracias a este dinero, el pequeño mejoró, pero para poder saldar la deuda, ella tuvo que trabajar incansablemente. Cuando la joven aún no había reunido toda la cantidad que debía, su hijito volvió a enfermar y no solo le fue imposible devolver lo que le había prestado el rico señor, sino que no tuvo otro remedio que ir a pedirle más dinero. Cuando fue a verlo, este, muy enfadado, le dijo:

—¿Qué estás diciendo? ¿Cómo te atreves a pedirme más dinero? Ya te presté antes y no me lo has devuelto. Estoy teniendo demasiada paciencia contigo ¡Ni se te ocurra volver por aquí si no es para saldar tu deuda!

La joven Dai no sabía qué hacer. Estaba tan preocupada por no haber encontrado una solución, que no quería volver a casa sin remediar su problema, así que decidió pasear por el bosque para pensar en qué podía hacer. En eso estaba cuando, de pronto, apareció un misterioso anciano en mitad del camino que se dirigió hacia ella:

—Buenos días —saludó amablemente el anciano a la pobre joven.

Sobresaltada, Dai le respondió:

—Buenos días, discúlpeme, buen hombre, no lo había visto —Y continuó caminando ensimismada en sus pensamientos.

El anciano la siguió y le preguntó con una sonrisa:

—¿Te importa que camine junto a ti? Quiero contarte algo que estoy seguro de que te va a interesar mucho. —Y comenzó a andar junto a ella—. Sé que estás pasando por momentos muy difíciles y quiero ayudarte. Toma estas getas, cálzatelas y tropieza con ellas, ya verás qué sucede.

Extrañada, la chica hizo lo que el anciano le indicaba, se calzó las sandalias de madera y tropezó con ellas. Ante su sorpresa, comenzaron a brotar de la nada monedas y monedas de oro. Entonces el anciano le advirtió:

—Estas sandalias solucionarán tus problemas. Puedes tropezar con ellas tantas veces como quieras, pero ten mucho cuidado, porque si tropiezas demasiadas veces, con cada tropiezo encogerás un poco.

Feliz por tan valioso regalo, Dai se dirigió a su casa, se calzó de nuevo las sandalias y tropezó con ellas. Al instante, empezó a brotar dinero de la nada. Repitió varias veces la misma operación hasta conseguir lo suficiente para poder curar a su hijito y para devolver el préstamo. Pensó en volver a tropezar para conseguir más dinero, pero entonces recordó las palabras del anciano, se quitó las sandalias y las guardó.

A la mañana siguiente, cuando la joven fue a devolver el préstamo, el rico señor quiso saber cómo había podido conseguir tanto dinero en tan poco tiempo y Dai le contó la historia de las sandalias de madera mágicas, que hacían brotar monedas de oro de la nada y le advirtió también que abusar de su poder hacía encoger a quien las calzaba. El señor insistió muchísimo en que se las prestara, a lo que ella accedió.

Muy contento, el rico hombre se puso las sandalias y se dirigió con rapidez a la habitación contigua. Dai empezó a escuchar un incesante ruido de tropiezos tras la puerta, «patapaf, patapaf, patapaf, patapaf», seguido del ruido de las monedas al caer sobre el suelo, «clinc, clinc, clinc, clinc».

Al cabo de un rato, en la estancia contigua reinó el más absoluto silencio. Dai abrió con cautela la puerta y se asomó para comprobar qué sucedía. En el centro de la habitación, una enorme montaña de monedas casi rozaba el techo y, junto a ella, se veían las sandalias de madera mágicas y la ropa del señor de la casa. El rico avaro había tropezado demasiadas veces y de él ya no quedaba ni rastro.

FIN