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Cuento popular

La astucia de la tortuga

Ilustración: TehChan

El elefante y el hipopótamo eran muy bueno amigos y siempre comían juntos. Como eran tan grandes, comían mucho y para el resto de animales quedaba poco. Pero aún quedaba menos para la pobre tortuga, tan lenta ella, que como llegaba siempre la última,  siempre andaba con el estómago medio vacío.

Y como dicen que el hambre aviva el ingenio, la tortuga ideó un plan para proveer su despensa durante una larga temporada.

Una noche, mientas el elefante y el hipopótamo se daban el gran banquete, la tortuga se acercó a ellos:

—Feliz cena, amigos, ¿qué tal? —saludó—. En verdad sois una pareja grande y fuerte, aunque ninguno de vosotros dos es tan fuerte como yo. Me apuesto algo, a que ni el uno ni el otro es capaz de sacarme del agua tirando de esta cuerda. ¡Me apuesto cien kilos de hierba fresca!

El elefante, al ver lo pequeña que era la tortuga, no tuvo ni la más mínima duda:

—Muy bien, acepto tu apuesta y la subo. Si no soy capaz de sacarte del agua, no te daré cien kilos de hierba, ¡te daré quinientos!

Así pues, se despidieron y a la mañana siguiente se encontraron en el río tal y como habían acordado. La tortuga ató la cuerda alrededor de su pata y se sumergió en las aguas del río mientras el elefante la observaba, sujetando con su trompa el otro extremo de la cuerda.

Ya dentro del agua, y como la tortuga conocía a la perfección aquel lugar, se sumergió hasta el fondo y, rápidamente, desató la cuerda de su pata y la ató con fuerza a una enorme roca que había en el lecho del río y permaneció sumergida a la espera.

No tardó el elefante en tirar de la cuerda. Primero con suavidad, después con todas sus fuerzas y durante mucho rato. Cuando el exhausto elefante estaba a punto de rendirse, ¡chas!, la cuerda se rompió. La tortuga, que esperaba aquel momento, desató la cuerda, la volvió a anudar alrededor de su pata y se dirigió a la superficie sin mostrar ningún signo de cansancio. Arriba, todos pudieron comprobar que el elefante había sido incapaz de vencer a su pequeña contrincante, así que al paquidermo no le quedó más remedio que pagar el precio acordado en la apuesta.

Feliz marchó la tortuga a su casa y el elefante tras ella con toda la carga de hierba.

Pasaron algunos meses y la despensa de la pequeña tortuga volvió a vaciarse, así que pensó en utilizar el mismo truco para obtener más provisiones, está vez, engañando al hipopótamo.

El hipopótamo estuvo de acuerdo, pero recordando lo que había ocurrido meses antes con su amigo el elefante, le dijo a la tortuga:

—Acepto tu apuesta, pero esta vez seré yo el que me quede en el agua tirando de la cuerda mientras tú permaneces en tierra. Y como estoy seguro de mi fuerza, en lugar de quinientos kilos de hierba fresca, te daré mil si logras ganarme.

La tortuga aceptó el trato.

A la mañana siguiente, la tortuga ató una soga nueva alrededor de su pata y corrió hacia las altas hierbas que rodeaban el río. Mientras, el hipopótamo sujetó el otro extremo con su enorme bocaza y se sumergió con parsimonia en el agua.

Tan pronto como la tortuga estuvo fuera del alcance de las miradas de los testigos curiosos, desató la cuerda de su pata y la anudó alrededor del tronco de un gigantesco árbol.

Cuando el hipopótamo empezó a tirar de la soga, esta permaneció firmemente atada y por más que tiró y volvió a tirar de ella, el hipopótamo no pudo hacer nada.

Cansado y jadeante, se rindió. Salió del río echando agua por la nariz. En cuanto la tortuga oyó sus jadeos, desató la cuerda, la anudó a su pata y salió de entre los matorrales.

El hipopótamo tuvo que admitir que la tortuga era más fuerte que él y pagar la deuda.

Tanto el elefante como el hipopótamo estuvieron de acuerdo en que era mejor tener a la tortuga como amiga que como enemiga, ya que era el animal más fuerte de aquel lugar y así se lo dijeron.

—De acuerdo —aceptó la tortuga—. Seré vuestra amiga y viviré cerca para poder protegeros y vosotros, a cambio, llenaréis mi despensa. Pero como me será un poco difícil atenderos a los dos a la vez, he decidido que mientras yo protejo al hipopótamo en e l agua, una de mis hijas hará lo propio con el elefante en tierra.

Es por este motivo que, desde ese día, existen las tortugas de tierra y las tortugas de agua. Y si os fijáis, las últimas son mucho más grandes, pues la sabia tortuga de esta historia eligió el agua porque, aunque veces en la tierra la comida escasea, siempre es posible pescar algún que otro pez.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La astucia de la tortuga» con la voz de Angie Bello Albelda

El camello perdido

Ilustración: lemonflower

Un anciano derviche que viajaba solo por el desierto se encontró a una pareja de comerciantes. Tanto la mujer como el hombre parecían muy nerviosos; no paraban de otear el horizonte, a derecha e izquierda, como si hubieran perdido algo. El derviche se acercó a ellos:

—Muy buenos días, ¿verdad que están buscando uno de los camellos de su caravana? —les preguntó.

—¡Sí señor! ¿Lo ha visto? —contestaron esperanzados.

—Ese camello que se les ha perdido…, ¿está ciego del ojo derecho?

—Ciertamente…

—Ese camello que se les ha extraviado…, ¿cojea de la pata izquierda —volvió a preguntar el derviche.

—Sí, es cojo —respondió extrañada la pareja de comerciantes ante la nueva pregunta de aquel misterioso anciano.

—Al camello que buscan…, ¿le falta un diente? —siguió preguntando el derviche.

—Sí, le falta un diente —respondieron los comerciantes cada vez más sorprendidos.

—Ese camello que no encuentran…, ¿lleva una carga de miel y maíz?

—Sí, sí —dijeron los impacientes comerciantes—. ¡Pero díganos ya dónde está!

—No lo sé —dijo tranquilamente el derviche.

—Pero ¿cómo que no lo sabe?, ¿acaso no lo ha visto usted?

—No, nunca he visto ese camello. Ni tampoco nadie me había hablado de él antes de encontrarme con ustedes.

—¡Eso no es posible! ¡Miente!

La pareja de comerciantes se miró sorprendida, convencida de ser víctima de un engaño o de un robo. El hombre, acercándose al derviche, le exigió una respuesta:

—Le exigimos que nos diga ahora mismo dónde ha escondido nuestro camello y qué ha hecho usted con la carga que transportaba.

—Les prometo que yo ni he visto ese camello, ni he visto la carga —aseguró muy convencido el derviche.

Para aclarar tan extraño y complicado hecho, la pareja condujo al anciano derviche ante el cadí, para que este fuera el que juzgara el caso.

El cadí hizo muchas preguntas, tanto a la pareja como al anciano, y después de un examen muy detenido, no fue capaz de encontrar prueba alguna que acusara al derviche. Al parecer, no mentía al decir que no había visto al camello, y tampoco encontró evidencias de que hubiera robado la carga.

—Entonces solo hay una explicación: ¡este hombre es un hechicero! —exclamaron los comerciantes. De otro modo, es imposible que describiera a nuestro camello con tanto detalle.

Pero el derviche, dirigiéndose tranquilamente al cadí y a los comerciantes, aclaró:

—Entiendo que estéis todos sorprendidos y que penséis que hago magia, que miento o que pretendo estafaros, pero nada más lejos de mi intención. Quizá, con mis palabras, os he dado motivo para pensar eso. Así que debo explicarme. He vivido muchos años y siempre he intentado aprender de todo aquello que me rodea. Me he habituado a mirar despacio y con cuidado y a pensar bien en lo que veo, incluso en medio de un desierto. Esta mañana, mientras caminaba por el camino que conduce al oasis, encontré las huellas de un camello. Supe que andaba perdido porque junto a sus pisadas no había rastro de otros pasos, ni de humanos ni de animales. Comprendí que el camello era ciego del ojo derecho, porque la hierba de ese lado del camino estaba intacta y, en cambio, la hierba que crecía a la izquierda del sendero se la había comido al pasar. Noté, además, que le faltaba un diente, porque allí donde la hierba estaba mordida quedaba siempre un pequeño espacio sin cortar. Deduje que iba cojo porque la pisada de una de las patas apenas se marcaba en la arena. Finalmente, una larga caravana de hormigas, que arrastraba granos de maíz caídos en la misma dirección en la que se dirigían las pisadas del camello, y montones de moscas que se disputaban unas gotas de miel me indicaron qué tipo de carga llevaba.

Atónitos al escuchar su razonamiento, la pareja de comerciantes y el cadí dejaron libre al derviche, que siguió su camino con los ojos muy abiertos para seguir aprendiendo de los secretos escondidos a su alrededor.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El camello perdido» con la voz de Angie Bello Albelda

El rey burlón

Ilustración: Gwen Burns

No sabemos cuándo ni dónde, vivió un rey cuya mayor diversión consistía en burlarse de la gente. Sobre todo, le gustaba martirizar con sus estúpidas bromas a los que no podían defenderse, a los más débiles, a los más pobres o a los más simples.

Cierto día en el que se paseaba con su séquito por las calles de la ciudad, vio en medio de la plaza mayor un enorme gentío congregado y se acercó. A medida que la gente lo reconocía, le abría paso, de manera que pronto estuvo en primera fila.

Desde su privilegiada posición, vio a una mujer más anciana que el reloj de sol que presidía la plaza, que no paraba de besar a su burrito, caído cuan largo era en medio de un gran charco de barro.

Oír los lastimoso rebuznos del pobre animalito rompía el corazón de cualquiera:

—¡I-aah!, ¡i-aah!, ¡i-aah!

La viejecita, con los ojos llenos de lágrimas, le hablaba con dulzura:

—Pobre burrito mío, ¿qué te ocurre? Estás muy enfermo. ¡Ay!, ¡qué te ahogas! Por favor, burrito de mi alma, no te mueras. ¿Qué haría yo sin ti? Cúrate, que tienes que ayudarme a llevar la carga y a trabajar. Eres lo único que tengo en este mundo. Si tú te mueres, yo me moriré también. ¡Levántate, precioso mío!

En cuanto el rey burlón vio a aquella viejecita abrazada al burro y hablándole de tal modo, rompió a reír estrepitosamente y le dijo:

—¿Qué haces, vieja loca? ¿Por qué besuqueas a esa bestia? Ese burro, con el culo enfangado no lo merece. Es a mí a quién deberías besar. ¡Yo soy tu rey! Ja, ja, ja.

Por encima de los gemidos del burro y de las carcajadas de la gente, que siempre aplaudía las impertinencias del rey, la anciana respondió al monarca con dulzura:

—Pero no eres tú, señor rey, sino mi burrito, el que cada día me ayuda a llevar la carga. ¡Pobre de mí! Tengo que curarlo, pero no sé cómo hacerlo. Es como si le faltara el aire. ¡No puede respirar!

—No se curará con tus arrumacos, vieja —Siguió burlándose el rey burlón—. Yo sé qué le ocurre a tu bestia y conozco el remedio.

—¡Ay, señor!, si fueras tan amable de darme una solución, te estaría eternamente agradecida.

—El único modo de sanarlo es haciendo todo lo que yo te diga. Si lo haces, se curará al instante. Da cincuenta vueltas a la pata coja alrededor del burro mientras pronuncias el siguiente conjuro mágico:

Hay un burro rebuznando,

una vieja suplicando,

y cien tontos observando.

Rey de los asnos, no sigas bramando.

¡Cúrate ahora mismo!, que yo te lo mando.

La viejecita escuchó con mucha atención al rey y convencida de que aquel tratamiento surtiría efecto, hizo todo lo que el rey le había indicado.

La gente, al ver a la anciana corriendo a la pata coja y recitando aquellas absurdas palabras, no podía parar de reírse. Todos se desternillaban de la risa, sujetándose la barriga y a algunos hasta le caían lagrimones.

Pero lo más extraño de todo fue que hasta el burro, al ver a su dueña en tal actitud, pareció reírse. Soltó tal rebuzno que, efectivamente, se hubiera dicho que se estaba carcajeando. Al emitir aquel extraño grito con tanta fuerza, escupió una astilla de madera que se había tragado y que se le había quedado atravesada en la garganta, impidiéndole respirar.

Liberado al fin de aquel estorbo, se levantó de golpe, más sano y más contento que nunca.

Todos los que allí estaban congregados, aplaudieron riendo. ¡Aquel remedio tan absurdo había surtido efecto!

Al rey, sin embargo, la risa se le cortó de golpe y terriblemente enfadado, se marchó de allí con el rabo entre las piernas. ¡Él era el rey burlón, no el rey curandero!

Al alejarse, le llegó la voz de la vieja:

—¡Mil gracias, señor rey, por tu remedio! Te estaré eternamente agradecida.

Pasó el tiempo y, un día, el rey burlón cayó enfermo. Tan enfermo estaba, que era seguro que pronto moriría.

El caso es, que le había salido un enorme absceso en la garganta que le impedía tragar comida y que le dolía muchísimo. Sus quejas y alaridos se oían en palacio noche y día.

Los mejores médicos de la corte discutían y discutían, sin ponerse de acuerdo en si se moriría de dolor o por no comer. En lo único en lo que se ponían de acuerdo es en que no duraría mucho.

Ante tan funesta perspectiva, el rey burlón convocó a todos los nobles para hacer testamento, y en esto estaban cuando apareció la viejecita del burro corriendo a todo correr y gritando:

—¡Yo salvaré al rey! ¡Yo conozco el remedio!

Sin que nadie pudiera impedirlo, se plantó en la cámara en la que el monarca yacía.

Al verla, el rey, con la voz medio ahogada por culpa de su terrible grano, preguntó:

—¿Quién es esta vieja?, ¿una curandera? ¡Dejad que pruebe su cura!

Entonces, la mujer, ante la atónita mirada de los nobles, se puso a dar vueltas alrededor de la cama real a la pata coja mientras recitaba a pleno pulmón:

Hay un burro rebuznando,

una vieja suplicando,

y cien tontos observando.

Rey de los asnos, no sigas bramando.

¡Cúrate ahora mismo!, que yo te lo mando.

La corte no sabía si reír o llorar ante aquel irreverente espectáculo, pero el enfermo enseguida lo comprendió todo. De golpe, reconoció a la vieja de la que se había burlado meses antes. Ahora le aplicaba el mismo remedio que él aconsejó aplicar al burro.

El rey empezó a reír como nunca antes se había reído en toda su vida. Y de tanto reír, el grano de su garganta reventó y sanó de golpe:

—¡Me has salvado la vida! ¡Pídeme lo que quieras!

Pero la ancianita le respondió con su dulce voz:

—Nada quiero, señor rey. Viéndoos curado ya me doy por pagada. Las riquezas repártelas entre esta gente tan elegante. Viendo sus infelices caras, diría que son muy pobres. En cambio, yo tengo mi burrito.

Ciertamente, la anciana curó aquel día al rey burlón, que desde entonces nunca volvió a burlarse de nadie.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El rey burlón» con la voz de Angie Bello Albelda

 

La sabiduría encerrada

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Ilustración: eddaviel

 

En el corazón de África, tan lejos que se ignora el lugar exacto, por lo que supondremos que fue en la remota Taubilandia, y hace tanto tiempo, que los relojes de sol ni siquiera se habían inventado, vivió una mujer muy sabia. Tan sabia era, que poseía toda la sabiduría del mundo.

Aquella mujer silenciosa y paciente había pasado la vida entera observando y estudiando todo lo que la rodeaba.

Conocía a la perfección el territorio que habitaba y conocía el nombre de todos los árboles, plantas y animales que vivían en él.

Observaba el curso de los ríos, la dirección de los vientos, los eclipses de sol y de luna y la órbita de planetas y estrellas.

Sabía cuándo las lluvias serían abundantes y cuándo habría sequía y, por tanto, sabía cuál sería el momento idóneo para sembrar o cosechar.

Dominaba el arte de la medicina y aplicaba los remedios más efectivos para curar las enfermedades, ya fueran las del cuerpo o las del alma…

En fin, que como no se cansaba de aprender, llegó un momento en el acumuló toda la sabiduría del mundo.

Esta mujer se llamaba Madre Hekima y la fama de sus conocimientos pronto se fue extendiendo hasta llegar a los más recónditos rincones, desde los que acudían gentes de toda clase: pobres y ricas; jóvenes y viejas; altas y bajas… para escuchar sus enseñanzas o pedirle consejo.

Pero, he aquí, que las personas se cansaban rápido de escuchar y en cuanto aprendían un poco, consideraban que ya eran suficientemente listas y entonces utilizaban la sabiduría que Madre Hekima les regalaba para sus fines malvados. En lugar de aplicar los nuevos conocimientos para mejorar las cosas, los usaban para engañar a sus semejantes, someter a los débiles o lucrarse a costa de los bienes ajenos. Tanto cambiaron los habitantes de Taubulandia, que se terminó la paz.

Al comprobar que los taubulandeses no sabían cómo utilizar el valioso don que les ofrecía, Madre Hekima se enojó tanto, que decidió castigarlos.

Tras largas y profundas meditaciones, llegó a la conclusión de que lo mejor que podía hacer era privar a las personas de la sabiduría que les había concedido y esconderla en un lugar tan remoto e ignoto que nadie, jamás, pudiera volver a encontrarla. Sin embargo, había dado tantos y tan buenos consejos y enseñanzas, que lo primero que tuvo que hacer fue recuperar todo lo que había entregado.

Sin perder ni un instante, se puso manos a la obra hasta que lo consiguió  —o eso pensó ella— y una vez tuvo toda la sabiduría de nuevo en sus manos, la encerró en una vasija dorada.

Con la vasija llena en su poder, ahora, debía pensar en un lugar idóneo para esconderla y enseguida supo cuál sería ese lugar —o eso creyó ella—, y se acostó pensando en dirigirse allí en cuanto tuviera ocasión.

Antes de proseguir esta historia, debo apuntar que la mujer tenía una hija, casi tan sabia como ella, llamada Niara —la de los grandes propósitos—, que hacía días que observaba en silencio el extraño comportamiento de su madre y conocía la existencia de la misteriosa vasija:

—¡Muy importante será lo que ocurre y muy valioso debe ser lo que esconde mi madre en ese jarrón!

Por lo que decidió vigilar muy de cerca los movimientos de Madre Hekima.

Tal y como había supuesto Niara, no pasaron muchos días cuando una mañana, aún de madrugada, oyó a su madre levantarse con sigilo, vio cómo cogía el recipiente dorado y cómo abría despacio la puerta, intentando no hacer ruido.

Al quedarse sola, se levantó de un salto de la cama y, tomando todas las precauciones posibles, marchó tras los pasos de Madre Hekima, sin que esta sospechara nada, por el camino que conducía al bosque.

Anduvieron ambas, una detrás de la otra, un largo trecho y al llegar Madre Hekima a un macizo de palmeras, tan altas que parecía que rozaban el cielo, se detuvo, localizó la más esbelta de todas y empezó a trepar por ella con la jarra de la sabiduría pendiendo de un cordel, a modo de colgante, sobre el pecho. Su intención era esconder la vasija que contenía la sabiduría en lo más alto de aquel árbol, donde sabía que nadie iría a buscarla.

Sube que sube que sube, trepa que trepa que trepa y aunque la ascensión era difícil y pesada, ella seguía encaramándose por el tronco sin mirar abajo y sin sentir miedo, todo y que a cada paso que daba, la altura era más vertiginosa.

El jarro que contenía toda la sabiduría del mundo oscilaba, como si se tratara de un péndulo de oro, de un lado a otro, haciendo todavía más penosa aquella subida. Primero se movía de derecha a izquierda, amenazando con enredarse en los brazos de la mujer y hacerla caer. Después, golpeaba ora su pecho, ora la dura madera de la palmera, con el consiguiente peligro de que la jarra se hiciera trizas. Sin duda, se trataba de un arduo recorrido, pero Madre Hekima era pertinaz.

Seguía subiendo, subiendo y subiendo y Niara, sin poder contenerse más y cuando ya estaba a punto de perderla de vista, le lanzó un largo grito para llamar su atención:

—Madreeeeeeeeeeeeeeeee, escuchaaaaaaaaaa, ¿por qué no cuelgas tu preciado jarrón en la espalda? ¡Tal y como lo llevas ahora, la tarea que llevas a cabo es mucho más difícil y arriesgada!

Al oír las palabras de su hija, Madre Hekima se detuvo y mirando hacia la lejana tierra, contestó también a pleno pulmón:

—¡Vayaaaaaaaa! Y yo que estaba convencida de que había conseguido encerrar toda la sabiduría, descubro, de repente, que mi propia hija es más sabia que yo al mostrarme una forma mejor de trepar hasta la copa del árbol llevando esta vasija.

Al darse cuenta de lo inútil de su labor, descolgó de su cuello la vasija dorada que encerraba casi toda la sabiduría del mundo y la lanzó tan lejos como pudo. El jarrón fue a estrellarse contra una piedra y se rompió en mil pedazos.

Ya habréis supuesto que al hacerse añicos el recipiente que la contenía, la sabiduría se desparramó y lo salpicó todo. Y es, por ese motivo, que las personas debemos estar muy atentas si queremos encontrar un poco.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La sabiduría encerrada» con la voz de Angie Bello Albelda

El califa, el pastor y la felicidad

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Ilustración: Bahloul

Un frío día de invierno, el califa de Córdoba salió de caza con su séquito. Quiso la mala fortuna, que un golpe huracanado de viento asustara su caballo, que desbocado echó a correr sin control. Tan veloz huía el despavorido animal, que no tardaron en perderlos de vista aquellos que los seguían.

De repente, el califa vio que ante ellos se abría un profundo barranco y comprendió que su montura se despeñaría sin remedio con él encima. Ya rezaba las últimas oraciones, cuando un humilde cabrero que había llevado a pastar sus cabras junto al precipicio, les salió al paso y consiguió dominar al brioso corcel justo al borde de la sima.

El califa, más que agradecido al ver que el pastor había arriesgado su vida por salvar la suya, quiso recompensarlo y le ofreció la felicidad como galardón por su buena acción. Juró a su salvador, por su barba, que le daría todo cuanto le pidiese y lo emplazó a acudir a su palacio al día siguiente.

No faltó el cabrero a su cita y, muy de mañana, se dirigió a la corte del califa, que había dado órdenes de que lo condujeran a su presencia en cuanto llegara.

Ben Adab, que así se llamaba aquel pastor dueño de cincuenta cabras, fue conducido sin demora hasta el monarca, que ya lo esperaba.

—Buen hombre —dijo el soberano—, dime qué necesitas para ser feliz. Cumpliré la promesa que te hice por mi barba y tu deseo será satisfecho al instante.

—Sería feliz si tuviera un rebaño de cien cabras. Ahora tengo cincuenta, pero si me das cincuenta más, mi dicha será completa.

—Veo que precisas bien poco para ser feliz —respondió sonriendo el califa—, así que te concedo las cincuenta cabras que me pides y, además, te regalo una pequeña casa y prados propios en los que paste tu ganado.

Loco de felicidad, y agradecido porque el califa le había dado mucho más de lo que él le había pedido, se marchó y se instaló en su nuevo hogar y, poco a poco, fue relacionándose con sus nuevos vecinos.

Un día, lo visitó un propietario muy rico, que le contó que tenía una mansión, doscientas cabras y unos prados muy grandes, donde los animales se alimentaban.

Aquella noche, el pastor no pudo dormir. No hacía más que pensar en las doscientas cabras y se decía a sí mismo: «¡Qué tonto fui! Debí pedirle al califa doscientas cabras y ahora sería tan importante como mi vecino». Así estuvo, piensa que te piensa, hasta quedarse dormido de puro agotamiento.

A la mañana siguiente, el pastor decidió ir a la corte y pidió audiencia. El califa lo recibió enseguida.

Contó cabizbajo y avergonzado sus pensamientos de la noche al soberano. Este, después de escucharlo con atención, no pudo más que reír ante lo que le solicitaba. Le recordó que le había prometido, por su barba, darle cuanto le pidiese y que, por tanto, le entregaría otras cien cabras y así tendría doscientas, las mismas que su vecino.

El feliz pastor puso rumbo a su casa, pero a medida que se acercaba a ella, pensaba: «O sea, que si en lugar de doscientas cabras le hubiera pedido trescientas, o quinientas, o tal vez mil, también me las habría concedido. ¡Pero mira que soy tarugo! Podría tener más cabras que mi vecino y me he conformado solo con doscientas».

Estuvo unos cuantos días rumiando y dando vueltas a la cuestión y, por fin, se animó a regresar al palacio para contarle al califa que tampoco ahora era feliz y que quería más cabras y unos prados más extensos para alimentarlas.

El monarca, que había jurado por su barba que le concedería todo lo que pidiera, hizo realidad sus deseos y el hombre volvió a casa pletórico:

—¡Esto sí que es la felicidad!

Pero no le duró mucho su contento, porque todo lo que poseía pronto le pareció poco al pastor y empezó a pensar y a pensar cómo conseguir la felicidad y decidió que sería feliz si dejaba de vivir en el campo y se instalaba en la corte.

Con la ayuda del califa, se mudó a un nuevo hogar en la capital, pero con el correr de los días y a fuerza de pedir, lo que empezó siendo una casa, acabó convirtiéndose en un palacete; las mulas de su establo se trocaron en briosos caballos andaluces de pura raza; y las charlas con sus vecinos se transformaron en festejos y galas en los que nunca se terminaba ni la comida ni la bebida.

Al califa cada vez le hacían menos gracia los constantes caprichos del pastor, pero como le había jurado por su barba que le daría lo que fuera con tal de conseguir su felicidad, siguió otorgándole al insaciable cabrero todo cuanto pedía.

Sin embargo, el ambicioso Ben Adab nunca tenía bastante y llegó un día, en el que se dirigió al palacio a pedir un nuevo deseo al califa.

—Mi Señor —le dijo—, tú juraste por tu barba darme todo cuanto te pidiese para hacerme feliz.

—Cierto es —respondió el califa—, y si hasta ahora no has logrado ser feliz, no puedes decir que haya sido por mi culpa.

—Es verdad, todo me lo has concedido  —dijo Ben Adab—. Por eso, ahora, te pido ser califa y ocupar tu lugar. Solo así seré feliz.

Al oír aquello, el califa ordenó llamar al barbero real y allí mismo se hizo afeitar la barba. Después, dirigiéndose al pastor le dijo:

—Como ya no tengo barba, ya no tengo que cumplir nada de lo que juré por ella, así que tú tampoco tienes por qué dejar de ser lo que eras.

Dicho esto, mandó a sus sirvientes que despojaran al ambicioso pastor de todos los bienes que le había concedido y que lo devolvieran al lugar donde lo había encontrado por primera vez. Y allí sigue, con sus cincuenta cabras al borde del barranco, tal y como estaba aquel día que el califa juró por su barba.

FIN

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El hombre, el oso y el zorro

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Ilustración rusa del siglo XIX para el cuento «El hombre, el oso y el zorro»

Un día que un campesino estaba labrando su campo, se acercó a él un oso y le anunció:

—¡Campesino, te voy a comer!

—¡No me comas! —suplicó el hombre—. Si me perdonas la vida, prometo que trabajaré para ti. Sembraré nabos y los repartiremos entre los dos. Yo me quedaré con las raíces, pero las hojas te las daré a ti.

Al oso le pareció conveniente aquel trato, así que regresó satisfecho al bosque.

Llegó el tiempo de la recolección y el campesino empezó a escarbar la tierra para desenterrar los nabos.

No tardó en aparecer el oso para reclamar su parte.

—¡Hola, campesino! Veo que ha llegado el tiempo de recoger la cosecha. Dame mi parte —exigió el oso.

—Con mucho gusto lo haré. Yo mismo te la llevaré a tu casa —contestó el campesino.

Y cuando ya lo hubo recogido todo, condujo su carro repleto de hojas de nabo hasta el bosque.

El oso quedó muy satisfecho con el que pensó que era un ventajoso reparto.

Al día siguiente, el campesino cargó de nuevo el carro con los nabos y puso rumbo a la ciudad para vender su mercancía.

Por el camino, tropezó con el oso, el cual le preguntó:

—¡Hola, campesino! ¿Adónde vas?

—A la ciudad, a ver si puedo vender estas raíces de nabo —contestó el hombre.

—Muy bien, pero antes de seguir adelante quiero probarlas.

No tuvo más remedio el labrador que darle al oso un nabo para que lo probase.

Apenas el oso se lo hubo comido, gruñó furioso:

—¡Miserable! ¿Pretendías engañarme?¡Las raíces están mucho más buenas que las hojas! Si no quieres que te coma, la próxima vez que siembres me darás a mí las raíces y las hojas te las quedarás tú.

—Bien —respondió el campesino.

En la época de la siembra, el hombre, en lugar de nabos, plantó trigo.

Al llegar el tiempo de la recolección, desgranó las espigas, las molió y con la harina que obtuvo, amasó y coció ricos panes y al oso le dio las raíces del trigo.

Antes de llevarse las raíces, el oso exigió probar el pan y viendo que, de nuevo, el campesino se había burlado de él, gruñó colérico:

—¡Campesino! ¡Estoy más que enfadado contigo! ¡Ni se te ocurra aparecer por el bosque a buscar leña, porque, en cuanto te vea, te daré un zarpazo!

Pasaron lo días sin que el campesino se atreviera a acercarse a los dominios del oso, pero llegó un momento en el que ya no pudo esperar más. La leña le hacía mucha falta, así que fue quemando sus sillas, los toneles y todo lo que encontró en su casa fabricado con madera. Una vez ardió todo, no tuvo más remedio que armarse de valor y dirigirse al bosque.

Entró tan sigilosamente como pudo, pero un zorro que lo oyó, salió a su encuentro.

—¿Por qué te mueves tan despacito? ¿Qué te pasa?

—Vengo a cortar leña, pero tengo miedo de encontrarme con el oso. Está muy enfadado conmigo y amenazó con comerme si me veía por aquí.

—Si me pagas bien, te puedo proteger. Si no me pagas, lo aviso ahora mismo.

El campesino, muy apurado, le dijo al zorro:

—¡No me delates! No soy avaro y si me ayudas, te daré una docena de gallinas.

—De acuerdo. Corta la leña que quieras y, entre tanto, yo daré gritos. Si el oso te pregunta qué es lo que ocurre, dile que hay cazadores en el bosque persiguiendo lobos y osos.

El campesino se puso a cortar leña y, al poco, vio que llegaba el oso a la carrera.

—¡Oye, hombre! ¿Sabes qué ocurre? ¿Qué son esos gritos? –preguntó el animal.

—¡Ah! Eso… Son cazadores persiguiendo lobos y osos.

—¡Por favor, no me descubras! Escóndeme bajo tu carro —suplicó el oso aterrorizado.

El zorro, que lo observaba todo escondido tras unos matorrales, gritó:

—¡Campesino!, ¿has visto un oso por aquí?

—No, yo no he visto nada —respondió el hombre.

—¿Seguro? ¿Qué es eso que escondes bajo tu carro?

—Solo es un tronco de árbol.

—Si fuese un tronco, estaría sobre el carro y atado con una cuerda, no debajo de él.

El oso que oyó esto, suplicó al campesino:

—¡Pronto!, súbeme al carro y átame.

El campesino no se lo hizo repetir. Cargó el oso en el carro, lo ató y cuando ya lo tuvo inmovilizado, lo molió a golpes mientras repetía:

—Vete de este bosque y no vuelvas jamás si no quieres que te entregue a los cazadores.

Cuando el oso, más muerto que vivo, se hubo marchado, apareció el zorro para reclamar sus honorarios:

—Y ahora, págame lo que me debes.

—Con mucho gusto lo haré. Acompáñame a casa y podrás escoger las gallinas que más te gusten.

El campesino en el carro y el zorro corriendo delante emprendieron el camino.

Cuando ya estaban cerca de la granja, el hombre silbó y enseguida acudieron sus perros, que al ver al zorro, se pusieron a perseguirlo.

Muerto de miedo, el animal echó a correr hacia el bosque y, una vez allí, se escondió en su guarida.

Después de recuperar el aliento, empezó a preguntar:

—Ojos míos, ¿qué habéis hecho mientras corría?

—¡Estábamos atentos al camino para que no tropezaras!

—Orejas mías, ¿qué habéis hecho mientras corría?

—¡Escuchábamos por si los perros se acercaban demasiado!

—Pies míos, ¿qué habéis hecho mientras corría?

—¡Correr a todo correr para que no te alcanzaran los perros!

—Y tú, rabo mío, ¿qué has hecho mientras corría?

—Yo —dijo el rabo— como estaba asustado, me metía entre tus piernas para que tropezases conmigo, te cayeses y los perros te mordiesen con sus dientes.

—¡Cobarde! —gritó furioso el zorro—. ¡Ahora vas a recibir tu merecido!

Y sacando el rabo fuera de la cueva, exclamó:

—La culpa ha sido de este rabo traidor. ¡Comedlo, perros!

Los perros agarraron con sus dientes el rabo y tiraron y tiraron de él, hasta conseguir sacar al zorro entero de su cueva y no pararon hasta darle, a dentelladas, un buen escarmiento.

FIN

La tortuga cantora

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Ilustración: SethFitts

Cuando los humanos aún comprendían el lenguaje de la naturaleza, vivió, en una remota aldea del centro de África, un gran cazador.

Cierto día, yendo tras las huellas de un león, se alejó más que de costumbre y se adentró en las profundidades de un espeso bosque, en un paraje en el que jamás antes había estado.

Miraba a su alrededor intentando ubicarse, cuando, de pronto, se quedó petrificado al oír una melodiosa voz que cantaba:

—El hombre es quien se obliga a las cosas. No son las cosas las que lo obligan a él.

El sosegado canto, acompañado por las suaves notas de un violín, dejó al cazador tan ensimismado, que se olvidó por completo del león y en su corazón sintió una gran paz.

Cuando la música se terminó, lleno de curiosidad, empezó a buscar entre los arbustos.

Intentaba orientarse por algún ruido, como solía hacer cuando cazaba. Le había parecido que aquella dulce tonada provenía de la derecha y allí se dirigió, para descubrir con asombro, al apartar una mata, que la intérprete era una tortuga gigante, que lo miraba con tranquilidad:

—Te deseo buenos días, cazador.

El hombre no salía de su asombro. Nunca en su vida había presenciado algo tan maravilloso.

Tal fue el efecto que provocó sobre él aquel encuentro que, sin poder resistirse, recorría cada día el largo camino desde su casa hasta el lejano bosque para escuchar la melodía de la criatura mágica.

Tras muchos días y muchos ruegos, consiguió que la tortuga cantora accediera a marcharse con él para vivir juntos en su choza. De este modo, no tendría que desplazarse a diario tan lejos para poder oír su canto.

Sin embargo, la tortuga puso una condición para emprender el camino. Le advirtió que únicamente cantaría para él y que nunca, nunca, bajo ningún concepto, debía pedirle que interpretara su canción en presencia de otros humanos. El cazador estuvo de acuerdo y prometió que respetaría el acuerdo.

Durante una larga temporada vivieron juntos y la tortuga entonaba su canto para él, tal y como le había prometido. Pero llegó un día en el que el cazador, no contento con escuchar a solas la maravillosa canción, empezó a imaginar lo mucho que podría presumir ante el mundo de aquel don mágico que el animal poseía y de los beneficios que aquel arte único le podía reportar.

Decidió, entonces, contar su secreto a una persona, y esa persona se lo contó a otra, y esa otra a otra y a otra más. Hasta que, finalmente, el secreto, que ya no era secreto, llegó a oídos del jefe de la tribu, el cual ordenó al cazador que se presentara ante él para oír, directamente de sus labios, aquella increíble historia.

Él cazador le describió con todo lujo de detalles cómo era la tortuga, cuál era el tono de aquella voz que enamoraba, e incluso se atrevió a tararear la canción que entonaba, pero ni el jefe ni nadie en el pueblo creyeron lo que les contaba. Se burlaban del que, en otro tiempo, había sido el mejor cazador del poblado y que ahora, decían, era solo un loco.

Tanto se mofaron, tanto porfiaron, que el cazador acabó por decir indignado:

—Os demostraré que no estoy loco. Mañana vendré acompañado de la tortuga y vosotros mismos comprobaréis que todo lo que cuento es cierto. Ya veremos quién ríe entonces. Si os he mentido, si no es cierto lo que cuento, me marcharé para siempre de aquí y nunca me volveréis a ver.

—De acuerdo —le contestaron—. Te damos todo el día de mañana, desde la salida hasta la puesta del sol, para demostrarnos que dices la verdad. Si es cierto que tu tortuga canta, podrás pedirnos lo que quieras.

El cazador regresó a su casa, contento del modo en que se habían desarrollado los acontecimientos y feliz, porque les daría una lección a todos por no haber creído sus palabras.

Cuando el primer rayo de sol entró por la ventana de la choza, se levantó y puso rumbo al lugar en el que se celebraban las asambleas del poblado. Junto a él, despacio, caminaba la tortuga.

El pueblo al completo lo esperaba para escuchar el milagro.

El cazador pidió a la tortuga que cantara, pero ella permaneció impávida, mirando hacia delante, como si no hubiera oído nada.

Una y otra vez, el cazador solicitó, ordenó, imploró y suplicó de mil formas distintas que interpretase su canción, pero fueron pasando los minutos, que se convirtieron en horas, sin que la tortuga se moviera. Permanecía muda; con la vista clavada al frente.

Primero avergonzado y después temeroso, el cazador seguía intentando, por todos los medios, convencerla, pero de nada sirvieron ruegos o amenazas. Todo fue en vano.

Con el último rayo de sol, el humillado cazador recogió todas sus pertenencias y se marchó para siempre del poblado. Entre burlas, se alejó río abajo con su canoa y nunca más se volvió a saber de él.

Justo en el momento en que ya solo era un puntito en la lejanía, para sorpresa de los habitantes de la aldea, la tortuga cantó:

Se miraron unos a otros y uno de ellos dijo con voz triste:

—Era verdad. Pero por culpa de la tortuga, que no ha cantado y por nuestra culpa, por no creer lo que decía, se ha tenido que marchar. Ahora nunca lo volveremos a ver.

—Él se lo ha buscado —aclaró la tortuga—. Yo vivía tranquilamente en el bosque, pero insistió tanto, que accedí a venir aquí con él. Solo puse una condición: que guardara mi secreto y que no me pidiera jamás que cantara ante otros. Si hubiera cumplido su palabra, no habría pasado nada.

Dicho esto, la tortuga se puso en marcha y se alejó del pueblo entonando su canción:

—El hombre es quien se obliga a las cosas. No son las cosas las que lo obligan a él.

FIN

La sabiduría de las urracas

En la vida de todo ser, llega un día en el cual finaliza la infancia. Los juegos quedan atrás y se pasa a formar parte de la comunidad de adultos. Cuando llega ese momento, te dejan de cuidar y entonces eres tú el que cuida de otros y toma decisiones.

Pues bien, en esto, las urracas no son una excepción, aunque en su caso, además, deben someterse a una serie de pruebas para determinar si de verdad pueden dar el importante paso de la niñez a la madurez y si son capaces de superar en sabiduría al líder para ocupar su lugar.

Esta es la historia del día en el que tres jóvenes urracas se debían examinar para comprobar si ya estaban preparadas para volar junto a las adultas y si alguna era más sabia que la que dirigía la comunidad.

Una urraca muy docta, la más veterana y la que hasta entonces había sido líder de la bandada y que tal vez ahora debería ceder su puesto a alguien más capaz, llamó a la primera urraca candidata y le preguntó:

—Veamos, ¿cuál crees tú que es la cosa de este mundo a la que más deberían temer las urracas?

El pájaro cerró los ojos, reflexionó un buen rato y luego respondió:

—Yo creo, que la cosa más terrible de este mundo para una urraca es la flecha, que puede matar de golpe a una de nosotras, así que debemos huir de ella.

Al escuchar esto, las aves mayores pensaron que era una respuesta muy inteligente. Agitaron sus alas y graznaron contentas:

—Has hablado con acierto y sensatez. Dices verdad —alabó la que le había dirigido la pregunta—. Te damos la bienvenida a la comunidad de urracas adultas.

Después, llamaron a la segunda y repitieron la pregunta:

—¿Cuál crees tú que es la cosa de este mundo a la que más deberían temer las urracas?

El ave permaneció en silencio; reflexionó mucho antes de responder. Transcurrieron varios minutos antes de que sentenciara con un profundo graznido:

—Yo creo, que lo más terrible de este mundo para una urraca es un buen tirador. Hay que temerlo mucho más que a su flecha —afirmó con convencimiento—. Porque de flechas hay muchas, pero solo un buen tirador puede apuntarla hacia alguien y dispararla sin errar. Sin el tirador, una flecha es un simple pedazo de madera. Es tan peligrosa como esta rama en la que me he posado.

Quedaron las aves ancianas muy satisfechas con la respuesta y después de deliberar, consideraron que aquel razonamiento era aún más inteligente que el anterior. Es más, pensaron que aquella era la respuesta más inteligente que habían escuchado en mucho tiempo, así que dijeron:

—Has hablado muy sabiamente. Es un gran honor acoger a alguien tan sagaz como tú en nuestra comunidad. Es posible que incluso te elijamos como nuevo líder. Te auguramos un brillante futuro.

Los padres de la segunda urraca graznaban llenos de gozo y se atusaban las plumas con orgullo.

Llegó el turno de la tercera urraca.

Una de las aves adultas, convencida de que nadie podría superar la respuesta de la segunda, le habló con escepticismo:

—Llevo mucho tiempo escuchando lo que decís las aves jóvenes y estoy convencida de que no podrás superar la sabia respuesta de quien te ha precedido. Sin embargo, dinos, ¿cuál crees tú que es la cosa de este mundo a la que más debería temer una urraca?

La más joven, lo pensó solo un instante y respondió con seguridad:

—Lo que más debería temer en este mundo una urraca es a un tirador novato.

Se oyeron graznidos por doquier:

—¡Qué respuesta más rara!

—¡No sabe qué dice!

—¡Esto es muy extraño!

—¡Un tirador novato, dice!

Las urracas estaban confusas y sentían vergüenza ajena. Se miraban unas a otras, pensando que aquella joven ave aún no era lo suficientemente madura. ¡Seguro que no había comprendido la pregunta!

—A ver, joven, ¿qué quieres decir? ¿Es que tal vez no has entendido lo que te hemos preguntado? Lo que queremos saber es cuál crees tú que es la cosa de este mundo a la que más debería temer una urraca.

—He entendido muy bien la pregunta y aunque lo primero que he pensado es que lo más peligroso de este mundo para una urraca es una flecha, luego he comprendido que sin un buen tirador, una flecha no es más que un simple trozo de madera y no hay motivo para temerla. Pero no es menos cierto que la flecha de un buen tirador siempre va adonde debe ir. O sea, que si una urraca oye el ruido que hace el arco de un buen tirador al tensarse, lo único que debe hacer es volar a izquierda o derecha para evitar la flecha. Sin embargo, si el que tensa el arco es un tirador novato, será imposible saber hacía donde se dirigirá su saeta, así que no importa hacia qué lugar vuele la urraca, las posibilidades de que esa flecha le alcance son las mismas vaya hacia donde vaya. Simplemente no sabrá hacia dónde volar, ni tampoco si sería mejor quedarse inmóvil.

Al escuchar su razonamiento, todas las urracas entendieron que aquella ave poseía verdadera sabiduría e iba más allá de las simples apariencias. Con gran respeto y admiración, la comunidad al completo estuvo de acuerdo en nombrar a la tercera urraca nueva líder del grupo.

FIN

Purita boba

Ilustración: Sei00

Vivía una vez, en una pequeña aldea, una muchacha cuyo nombre era Purita, pero a la que todos llamaban Purita boba. Como a ella no le gustaba que la llamaran así, un día, mató la única vaca que tenía e invitó a todos los del pueblo a comer para decirles que no lo hicieran.

Mientras comían, los vecinos se burlaba de ella:

—¿De qué vivirás ahora que has matado la vaca?

Y en lugar de Purita boba, empezaron a llamarla Purita bobaza.

Visto lo visto, Purita cogió la piel de la vaca y se fue a la capital a venderla.

Al llegar a las afueras de la ciudad, como hacía mucho calor, decidió tomar el fresco; se echó al pie de un árbol y se cubrió con la piel.

Mientras echaba la siesta, sucedió que un cuervo, creyendo que era una vaca de verdad, se posó sobre ella y la empezó a picotear. Purita se despertó, atrapó el ave y se la guardó.

Se dirigió al mercado, vendió la piel por siete monedas de oro y tomó el camino de regreso a su pueblo, pero antes de llegar a su casa, oscureció, así que decidió pasar la noche en una fonda cochambrosa, en la cual, para alojarla, le pidieron un dineral.

En la fonda, Purita encargó comida para dos y fue a su habitación a lavarse las manos. Aprovechó entonces para poner tres monedas bajo el felpudo de la puerta principal, y otras cuatro en la escalera que conducía a las habitaciones: dos monedas en el primer escalón y dos en el último.

Hecho esto, bajó al comedor y esperó a que le sirvieran la cena, pero nadie la atendía porque los posaderos creían que esperaba a alguien.

—¿Es que nadie nos va a servir? —preguntó Purita.

—Pero, ¿no esperarás a tu acompañante? —preguntó, a su vez, la dueña de la fonda.

—Mi acompañante es este cuervo.

Los posaderos, intrigados, le preguntaron:

—¿Y a qué se dedica el animal?

—Es adivino —dijo Purita—. Puede adivinar cualquier cosa.

Entonces le pidieron que adivinase algo y Purita, pasando la mano por el cuerpo del cuervo, de la cabeza a la cola, ordenó:

—¡Cuervo, adivina!

Y el cuervo graznó:

—¡Gra!, ¡gra!

—¿Qué es lo que ha dicho? —inquirió intrigada la posadera.

—Ha dicho —contestó Purita— que bajo el felpudo de la puerta principal hay tres monedas de oro.

La posadera fue corriendo, levantó el felpudo y allí, donde el cuervo había dicho, encontró las tres monedas de oro.

Maravillada, volvió y le dijo a Purita:

—Véndeme el cuervo.

Pero Purita, no contestó. Volvió a pasar la mano por encima del cuerpo del cuervo y volvió a pedirle:

—¡Cuervo, adivina!

—¡Gra!, ¡gra! —repitió el cuervo.

—¿Y ahora qué ha dicho? —preguntó de nuevo la posadera— ¿Qué es lo que ha dicho ahora?

—Ha dicho —contestó Purita—, que en la escalera hay cuatro monedas. Dos en el primer escalón y dos más en el último.

Allá que se fue la posadera corriendo, las encontró enseguida y volvió aún más maravillada:

—Me tienes que vender ese cuervo. Te daré por él mil monedas de oro.

Y dicho y hecho, Purita metió las monedas en la bolsa, dejó allí el cuervo y se volvió a su pueblo.

En cuanto llegó al pueblo, avisó a todo el mundo y cuando estuvieron todos reunidos en la plaza mayor, abrió la bolsa y enseñó a sus vecinos las mil monedas de oro.

—Mirad, esto es lo que he obtenido en la capital por la piel de la vaca.

Al ver aquello, todos los vecinos mataron sus vacas y se fueron a vender las pieles a la ciudad. Pero resultó, que después de haberlas vendido, apenas si obtuvieron dinero suficiente para pagarse el viaje de vuelta, y volvieron muy enfadados al pueblo diciendo que iban a escarmentar a Purita boba.

Cuando llegaron al pueblo, se dirigieron directamente a casa de la muchacha y la destrozaron entera de arriba abajo.

Al día siguiente, Purita reunió los escombros de su casa, los metió en un saco y se fue a la capital a venderlos.

Llegó muy cansada y quiso desayunar, pero el dueño del establecimiento no quería dejarla pasar con el saco:

—Deja que lo entre, contiene cosas muy valiosas que llevo a vender al mercado. —le dijo Purita.

—¡Aquí no quiero sacos! Lo puedes dejar en el patio, con los cerdos, pero te cobraré por dejarlo ahí.

Purita aceptó y mientras tomaba su desayuno, la piara de cerdos se comió todo lo que contenía el saco.

Al ver lo ocurrido, Purita le dijo al tendero que los cerdos se habían comido lo que contenía el saco y que era muy valioso. Empezaron a discutir y ya se disponía Purita a llamar al juez, cuando el tendero le ofreció dos mil monedas de oro que ella se avino a aceptar y con ellas en la bolsa se volvió al pueblo.

Llegado que hubo al pueblo, tocó las campanas para congregar a todo el mundo y así que estuvieron todos, abrió su bolsa, mostró el oro y contó que aquel era el beneficio de vender los escombros de su casa en la capital.

Los vecinos se apresuraron entonces a destrozar sus casas, cargaron los escombros en sacos y se fueron a la ciudad a venderlos. Allí estuvieron mucho rato pregonando su mercancía, hasta que unos guardias los detuvieron y les dieron una buena paliza por estafadores.

Volvieron al pueblo jurando vengarse de Purita boba, pero ella se había escondido para que no la encontraran. Entonces, los vecinos quemaron su casa.

Purita boba recogió las cenizas y anunció que se iba a venderlas a la capital. Mezcló con las cenizas las joyas que el fuego no había quemado y cuando llegó a la ciudad se sentó en un banco.

Al poco rato, pasó un señor que le preguntó:

—Chica, ¿qué llevas en ese saco?

Y Purita boba le contó que llevaba sus joyas entre la ceniza para que no se le estropearan. El señor pensó que Purita era boba y le ofreció por el saco cinco mil monedas de oro que Purita aceptó.

De regreso al pueblo, mostró sus ganancias y contó a sus vecinos que aquello era lo que le habían dado por las cenizas.

Los vecinos quemaron sus casas y corrieron a la capital para vender las cenizas y como no vendieron nada, regresaron decididos a escarmentar a Purita de una vez por todas.

La cogieron y la metieron en un saco con la intención de tirarla al río, pero como antes tenían otras cosas que hacer, ataron el saco a un árbol, cerca de la orilla, con la idea de volver más tarde y acabar la faena.

Cuando oyó que se alejaban, Purita boba empezó a gritar:

—¡Que no me caso con él! ¡Aunque sea un príncipe, yo no me caso con él!

Acertó a pasar por allí una pastora con su rebaño y al oír las voces de Purita, le dijo que la liberaría a condición de casarse ella con el príncipe, pero que si no aceptaba, se quedaría dentro del saco. Purita aceptó y cambiaron de lugar: la pastora se metió en el saco y Purita se marchó con las ovejas.

Volvieron los vecinos y echaron el saco al río, sin sospechar que no era Purita la que estaba dentro.

Al volver al pueblo, se encontraron con Purita, que pastaba las ovejas, y le dijeron:

—¡Pero, bueno! ¿A ti no te hemos echado al río? ¿De dónde vienes, entonces, con las ovejas?

Y les respondió Purita boba:

—Es que el río está lleno de ellas. Y si más hondo me echáis, más ovejas hubiera encontrado.

Los vecinos corrieron hacia el río y empezaron a tirarse de cabeza y cada vez que uno gorgoteaba, porque tragaba agua, los demás preguntaban a Purita:

—¿Qué dice? ¿Qué dice?

Y Purita les contestaba:

—Que os tiréis, que os tiréis, que hay muchas ovejas.

Y todavía están en el río buscando ovejas, mientras Purita lleva cada mañana su rebaño a pastar.

FIN