Cuento popular

El alfiletero de la anjana

Ilustración: aiduqui

Las anjanas son unas hechiceras que viven en Cantabria; poseen grandes poderes. Premian a las personas buenas y castigan a las malas.

También viven allí unos seres malignos, los cuales solo piensan en hacer daño a la gente, llamados ojáncanos. Reciben este extraño nombre porque tienen un solo ojo en medio de la frente. Los ojáncanos viven en cuevas y  han sido siempre enemigos de las anjanas.

Un día, una anjana perdió un alfiletero que tenía clavados cuatro alfileres con un brillante cada uno y tres agujas de plata con el ojo de oro.

Una vendedora muy pobre, que pregonaba su mercancía de pueblo en pueblo, lo encontró, pero la alegría le duró poco porque en seguida pensó que, si intentaba venderlo, todos creerían que lo había robado. Así que, no sabiendo qué hacer con él, resolvió guardarlo.

Esta vendedora vivía con su hijo, que la ayudaba en sus tareas pero, un día, su hijo fue al monte y no volvió, porque un ojáncano lo raptó.

Desconsolada, al ver que pasaban los días y que su hijo no volvía y sin saber que estaba en poder del ojáncano, lo creyó perdido o muerto y lo lloró amargamente, pues era su único hijo.

La vendedora siguió yendo de pueblo en pueblo con el alfiletero siempre en su bolsillo.

Una mañana, andando por un sendero, encontró una vieja que cosía bajo un árbol. Cuando la vendedora pasó justo frente a ella, a la vieja se le rompió la aguja:

—¿No tendrá usted una aguja por casualidad? —preguntó la anciana a la vendedora

Esta lo pensó durante un momento y al fin le contestó:

—Sí que tengo. Encontré un alfiletero que tiene tres, así que tome usted una —y se la alargó a la vieja.

Siguió la vendedora su camino y pasó delante de una muchacha que estaba cosiendo y le sucedió, exactamente, lo mismo, así que le dio la segunda aguja del alfiletero.

Más tarde, pasó junto a una niña que estaba cosiendo, se repitió la historia  y la vendedora le entregó la tercera aguja.

Ya solo le quedaban los alfileres clavados en el alfiletero, pero sucedió que un poco más adelante se encontró con una mujer que se había clavado una espina en el pie. La mujer le preguntó si no tendría un alfiler para poder sacarse la espina y, claro, la vendedora le regaló uno de sus alfileres.

Un poco más adelante se encontró con otra muchacha que lloraba con desconsuelo porque se le había roto el tirante de su vestido, con lo que la vendedora empleó sus tres últimos alfileres en recomponerlo y, con esto, se quedó con el alfiletero vacío.

Siguió adelante por la senda y se encontró que al final de la misma había un caudaloso río, pero no había puente por donde atravesarlo, de manera que empezó a caminar por la orilla con la esperanza de encontrar un vado. De pronto, de su bolsillo salió una voz. Era el alfiletero que le decía:

—Ve a la orilla del río y apriétame entre tus manos.

La vendedora así lo hizo y, de repente, apareció un puente que cruzaba el río de lado a lado. La vendedora pasó sobre él y alcanzó la otra orilla. Entonces el alfiletero volvió a hablar:

—Cada vez que desees algo o necesites ayuda, apriétame.

La vendedora siguió su camino, pero tuvo la mala suerte de no encontrar posada alguna donde poder comer y empezaba a sentir mucha hambre. Entonces se acordó del alfiletero y se dijo: «¿Y si el alfiletero me diese algo de comer?».

Apretó el alfiletero y en sus manos apareció un pan recién horneado, por lo que, muy contenta, se lo comió y después prosiguió su camino.

No había recorrido mucho trecho, cuando pasó frente a una casa en la que había una mujer que lloraba la pérdida de su hija.  Afirmaba que se la había arrebatado un ojáncano. Compadecida, la vendedora le dijo que ella misma iría al bosque a ver si podía encontrar a la chica desaparecida.

En seguida se acordó del alfiletero y como no sabía por dónde empezar a buscar, lo apretó fuertemente para pedir ayuda.

Apareció una corza con una estrella en la frente. La corza echó a andar y la vendedora se fue tras ella hasta que el animal se detuvo ante una gran piedra y allí se quedó esperando.

Desconcertada, la vendedora volvió a apretar el alfiletero para pedir ayuda y apareció un martillo. Cogió el martillo y golpeó la piedra con todas sus fuerzas y esta se rompió en mil pedazos. Ante sus ojos apareció la cueva de un ojáncano. Precedida por la corza, se adentró en ella y aunque la cueva estaba en la más completa oscuridad, la estrella en la frente del animal iluminaba el camino.

Recorrieron la cueva entera, hasta el final, donde el paso quedaba cortado y allí, en un oscuro rincón, la vendedora vio a un muchacho dormido. Se acercó a él y reconoció que era su hijo, el que el ojáncano había robado hacía tiempo. Lo despertó y se abrazaron con inmensa alegría los dos y, en seguida, se apresuraron a salir de la cueva con la ayuda de la corza.

Al volver a casa de la mujer que lloraba la pérdida de su hija, vieron que ya no lloraba y reconocieron, por su aspecto, que en realidad era una anjana.

La anjana les dijo:

—Ésta será vuestra casa desde ahora. Y tú, —añadió dirigiéndose al joven— no vuelvas nunca más al bosque sin tener mucho cuidado. Ahora aprieta por última vez el alfiletero —ordenó a la madre.

La vendedora lo apretó y aparecieron cincuenta ovejas, cincuenta cabras y seis vacas. Cuando madre e hijo acabaron de contarlas, vieron que la corza, la anjana y el alfiletero habían desaparecido para siempre.

FIN

Los dos hermanos que se querían

Ilustración: bitrix-studio

Al noroeste de América, en los territorios que hoy forman el estado de Montana, estaban un día cazando dos hermanos cuando vieron una ardilla que los observaba desde la rama de un árbol. Mientras el hermano menor tensaba su arco para darle caza, la ardilla trepó veloz tronco arriba.

—No lances tu flecha —dijo Tecumseh (Estrella Fugaz), el mayor—. Es demasiado bonita. La capturaré viva.

Tecumseh subió por él árbol y desapareció entre el follaje.

—¿La tienes? —gritó desde abajo el más joven de los dos hermanos. Pero nadie respondió.

Al momento, se oyó el ruido de una rama al quebrarse y la ropa de Tecumseh cayó a sus pies, pero él no estaba dentro. «Ha subido demasiado alto. —Pensó el pequeño—. No volverá a bajar». Y sintió una inmensa pena.

Se sentó bajo el árbol y lloró y lloró. Lloró tanto, que se hizo muy pequeño. Su cuerpo se había derretido con las lágrimas.

Pasó una anciana de la tribu de los pies negros y recogió al niño, creyendo que era un recién nacido.

Al llegar a su tipi, se lo enseñó a su hija y a su yerno.

—Mirad, pese a mi edad, he tenido un hijo.

El yerno se rio de buena gana.

—Tienes un hijo bien tardío.

La hija de la anciana creyó que se trataba de una broma, pero al tomar al bebé en brazos, dijo:

—Me siento contenta de tener un hermanito. —Y empezó a jugar con él.

El yerno preguntó:

—¿Qué nombre le pondremos a nuestro nuevo pariente? Propongo llamarlo Michikinikwa (Pequeña Tortuga).

A la noche siguiente, Michikinikwa tuvo un sueño en el que se le apareció su hermano Tecumseh, que le dijo:

—Soy yo, tu hermano mayor. Estoy con la ardilla en el cielo y soy feliz. Quédate con la gente que te ha adoptado, te tratarán bien, pero si necesitas ayuda, llámame. Acudiré enseguida.

Pasó el tiempo y en la aldea hubo escasez; la caza había sido mala y los pies negros tenían mucha hambre.

La anciana lloraba, pues Michikinikwa era una boca más para alimentar:

—No llores, vieja madre —dijo el niño—, ya verás como mañana los cazadores pies negros encontrarán caza.

Michikinikwa rogó a Tecumseh que lo ayudara.

A media tarde, los exploradores dieron con una manada de bisontes cerca de la aldea. El jefe de la tribu decidió que todos saldrían de caza al día siguiente y colocó centinelas para que ningún cazador actuase prematuramente y espantara a los bisontes.

Aquella noche, Michikinikwa le dijo a su hermana:

—Te pido que me ayudes. Ve a la aldea y pide una flecha a cada familia.

La chica, que presentía que su hermano estaba dotado de poderes sobrenaturales, le contestó:

—Así lo haré.  Antes de que grite la lechuza, tendrás las flechas que me pides.

Mientras los pies negros dormían, Michikinikwa se deslizó fuera de la tienda y se dirigió adonde estaba la manada de bisontes. Una vez allí, vio que su hermano: era el jefe de la manada. Lo reconoció porque, aunque Tecumseh había tomado la apariencia de un bisonte, conservaba su auténtica cabeza.

—Hermano mío —le dijo—, esas gentes mueren de hambre. ¿Puedes hacer algo?

Tecumseh pasó la mano sobre un gran bisonte y le dijo:

—Gran bisonte, por favor, te ruego que ayudes al pueblo de mi hermano.

No bien había pronunciado estas palabras, ¡el bisonte se desplomó!

Tecumseh siguió haciendo lo mismo y Michikinikwa lo seguía y clavaba las flechas de cada una de las familias sobre uno de los animales muertos. Cuando terminaron, la manada se dispersó y él se fue a dormir a su cabaña.

Los vigilantes vieron al niño merodeando entre los bisontes y cuando advirtieron que los bisontes se marchaban, avisaron al jefe de la tribu.

El jefe acudió rápidamente al lugar y dijo:

—No todos los bisontes han escapado. Algunos todavía duermen sobre la hierba. Mataremos a esos y, a nuestro regreso, ya castigaremos a Michikinikwa por desobedecer.

Cercaron a los bisontes en dos cuadrillas. Tenían que esperar el grito del coyote para atacar.

Cuando por fin se disponían a dar caza a los animales, comprobaron que ya estaban muertos. Cada familia se llevó el bisonte que tenía clavada su flecha. Grande fue la alegría en el poblado.

Los valientes decían:

—Hemos cazado mientras dormíamos, sin darnos cuenta.

Pero los pies negros más sabios comprendieron que Michikinikwa era especial y quisieron nombrarlo gran jefe de su tribu. Sin embargo, Michikinikwa prefirió reunirse con su hermano Tecumseh, que vivía en el cielo con una ardilla muy hermosa. Es por eso por lo que, aún en nuestros días, en el cielo brilla una estrella a la que llamamos los gemelos.

FIN

El sueño

Ilustración: juliette5094

Érase una vez una mujer muy pobre, cuya única posesión era un mortero en el que, cada mañana, machacaba los granos que a su vecino, un rico terrateniente, le caían de la carreta cuando se dirigía a vender su trigo al mercado.

Con el primer canto del gallo, la mujer se ponía en pie y esperaba paciente, junto al camino, el paso del pesado carromato para recoger, antes de que los pájaros se lo comieran, el dorado manjar con el que amasaba el pan que le servía de alimento.

 Una mañana, en el mismo instante que pasaba la carreta, vio cruzar por el camino un veloz conejo y sin pensarlo dos veces, le tiró la mano de mortero a la cabeza.

Justo en el mismo instante, el rico terrateniente disparó su escopeta apuntando al conejo.

El conejo cayó muerto y el terrateniente y su vecina entablaron una disputa sobre cuál de los dos lo había matado.

—Te propongo un trato —dijo la mujer—, como ahora tienes prisa para llegar al mercado y yo debo amasar mi pan, guarda tú el conejo, pero invítame esta noche a cenar a tu casa y veremos cómo resolvemos la disputa.

El hombre aceptó y aquella noche se reunieron los dos en casa del terrateniente, que ya había preparado una cena estupenda para ambos.

Cuando acabaron de cenar, la mujer dijo:

—Escucha, a ver qué te parece mi propuesta. En este momento el conejo no es ni tuyo ni mío, puesto que yo digo que lo mató mi mano de mortero y tú afirmas que fuiste tú, con tu escopeta, el que lo hizo. Si te parece bien, me quedaré a dormir aquí en tu casa. Tú te acuestas en tu cama y mañana por la mañana, el que haya tenido el sueño más bonito se quedará con el conejo. No te preocupes por mí: si me das una manta vieja, dormiré en el suelo, aquí mismo en la cocina, cerca del fuego.

Y así lo hicieron. El cazador se fue a dormir al piso de arriba y la mujer se acurrucó en el suelo de la cocina.

A la mañana siguiente, el cazador bajó y le dijo a la mujer:

—Muy bien, podemos empezar. Cuéntame tu sueño.

—No, no, por favor, primero cuéntame tú el tuyo, ya que eres el anfitrión. Además, tú eres más importante que yo.

—De acuerdo entonces. Te lo contaré. Esta noche he soñado con una escala de oro larga, muy larga. La escala colgaba junto a mi cama, traspasaba el techo de la casa y subía hasta el cielo. Al principio me dio miedo subir por ella, porque no sabía qué encontraría al final, pero me decidí y, peldaño a peldaño, ascendí un buen rato, hasta que toqué las nubes, que se iban abriendo a mi paso. Por fin, llegué a un paraíso casi imposible de describir. En él sonaba la música más bella que oído humano haya escuchado jamás; el aroma penetrante de fragantes flores inundaba mi nariz. Probé manjares exquisitos, cuyo sabor no recordaba nada de lo que hasta ahora he comido. En fin, que soy incapaz de referir con detalle todas las maravillas que allí encontré. Tan bello era lo que me rodeaba, que no quería regresar, pero el gallo cantó, me desperté, abrí los ojos y estaba en mi cama. En resumen, he tenido un sueño espléndido. Y tú, ¿qué has soñado?

—Pues, aunque no te lo creas, yo he tenido, exactamente, el mismo sueño que tú. He visto la escala de oro, he visto cómo trepabas por ella hasta el cielo y, desde aquí abajo, he oído la música maravillosa y he olido las flores; ¡y hasta me ha parecido ver esos manjares que cuentas!, y como me he figurado que no ibas a querer volver y que te quedarías allí para siempre, me he comido el conejo.

FIN

El país de los memos

Ilustración: garbages

Allá por los tiempos de María Castaña vivió un anciano viudo muy pobre, el cual tenía tres hijos a los que no sabía cómo mantener y mucho menos aún sabía qué dejarles en herencia el día que muriera.

Un día, los llamó para entregarles las tres únicas cosas que poseía y les dijo:

—Hijos míos, yo no he tenido suerte en la vida, pero quizá vosotros la tengáis. A cada uno le daré una cosa que si bien es verdad que no es muy valiosa, el que sea listo sabrá qué hacer con ella para enriquecerse.
A ti, que eres mi hija mayor, te daré el gallo; a ti, hijo mío, que eres el mediano, te daré el gato; y a ti, mi pequeña hija, te daré el martillo y el cincel.
Ahora pues, coged vuestra herencia y recorred el mundo. Recordad que debéis ser buenas personas, pero intentad enriqueceros.

Los tres hijos se despidieron de su padre y decidieron dirigirse a la tierra de los memos.

La hermana mayor, con su gallo, llegó una noche a un pequeño pueblo. En aquel lugar la gente se paseaba por las calles, arriba y abajo, sin parar. Lloraban y gemían. Cuando quiso saber el porqué de aquel extraño comportamiento, un anciano le respondió:

—Tenemos que estar atentos, no podemos dormirnos. Hacemos turnos durante toda la noche para asegurarnos de que mañana se haga de día. Pasamos la noche pidiendo al sol que salga puntual. Imagina que un día, al despertar, él no estuviera, ¿qué haríamos nosotros sin sol?

La chica pensó para sus adentros que aquel era, en verdad, un pueblo de memos y elevando la voz para que todo el mundo la escuchara, dijo:

—En mi país no tenemos que pasar las noches en vela para pedirle al sol que salga cada mañana porque tenemos un animal muy especial. Veréis, cuenta una leyenda que ese bicho, al que se lo conoce con el nombre de gallo, es, en realidad, el mismísimo hijo del sol y cada mañana, con su potente voz, llama a su padre y lo despierta. Casualmente, llevo uno de estos animales conmigo, si queréis, os lo puedo vender. Dejad de llorar y marchaos todos a la cama.

Los habitantes del pueblo se quedaron maravillados al ver aquel bicho raro llamado gallo, al que no habían visto en su vida. Justo al alba, el gallo llamó a su padre el sol con su quiquiriquí y este le hizo caso. Poco a poco, se fue elevando en el cielo e iluminó el mundo ante la asombrada mirada de los pueblerinos, que se apresuraron a pagar una fortuna a la hermana mayor por el gallo. La muchacha, con un saco lleno de oro, emprendió el regreso.

Entre tanto, el hermano mediano había llegado a un pueblo también habitado por memos, aunque de otra clase En aquel pueblo, toda la gente andaba por la calle protegida con recios trajes, a pesar del sofocante calor que hacía. Armada con palos o escobas. lloraba y gritaba:

—¡Por allí!, ¡por allí! ¡Tenemos que acabar con ellos! ¡Cuidado! ¡Cuidado!

Parecían aterrados y miraban en todas direcciones, como si los acechara un terrible enemigo. Cuando el chico preguntó qué ocurría, le respondieron que había llegado al pueblo una familia de extraños seres que mordían todo lo que estaba a su alcance.  Tenían miedo de que acabaran royendo los cimientos de las casas y a ellos mismos y los querían echar de allí.

Comprendió enseguida el hermano mediano que aquella familia de extrañas bestias que le describían era, seguramente, un grupo de ratones, así que dijo:

—Me temo que esos animales que os atacan se llaman ratones. Si es así, yo tengo la solución. Os presento a mi gato, especialista en cazar ratones. Si queréis, os lo vendo. Él solo se encargará de solucionar vuestro problema.

Al ver aquel animal tan raro, la gente no daba crédito, pero cuando comprobaron que en un abrir y cerrar de ojos cazaba a uno de los roedores, no dudaron ni un instante y pagaron una fortuna por el minino. El chico, muy contento, regreso a su casa con un saco lleno de monedas de oro.

No muy lejos de allí, la hermana pequeña llegó a una aldea también habitada por memos. En ella, las casas tenían puerta, pero no tenían ni una sola ventana. La gente corría por las calles con cazamariposas en las manos, aunque no se veían mariposas cerca. Al preguntar la chica qué ocurría, los del pueblo le dijeron que hacía años que intentaban cazar rayos de sol para iluminar el interior de las casas, pero que no había forma de conseguirlo. La hermana pequeña vio claro enseguida qué debía hacer:

—Tengo algo que solucionará vuestro problema. ¡Mirad!, se trata de un utensilio llamado cincel, que funciona junto a otro llamado martillo. Tienen el poder de comer piedra. Veréis como en un abrir y cerrar de ojos arreglamos esto.

En seguida, empuñando cincel y martillo, la muchacha abrió una ventana en una de las casas y la luz iluminó sus oscuras estancias. Los vecinos del pueblo, maravillados al ver que aquellos dos instrumentos que jamás habían visto antes eran tan útiles, pagaron una fortuna y los compraron y la muchacha regresó a su pueblo cargada de oro.

Cuando los tres hermanos se reencontraron, se contaron sus aventuras. Estaban muy felices. La herencia que habían recibido de su padre era más mucho más valiosa de lo que habían pensado y estaba en su interior.

FIN

Las tres princesitas delicadas

Ilustración: Arbetta

En vete a saber tú dónde y en tiempos de no sé quién, vivieron, una vez, una reina y un rey que tenía tres hijas. Las tres eran inteligentes, hermosas, simpáticas, listas… En fin, que tenían todos aquellos dones que la naturaleza suele conceder a las princesas de un cuento. Pero ¡ay!, las tres tenían el mismo problema: eran en extremo delicadas.

La mayor se llamaba Dina y era delicada como una azucena. La segunda llevaba por nombre Nina y era delicada como un clavel. Y la más pequeña, llamada Tina, era tan delicada como una rosa.

Vivían todos felices en su castillo hasta que una mañana de otoño decidieron salir a pasear por los jardines que rodeaban el palacio.

Mientras deambulaban entre los parterres, de un árbol se desprendió una hoja y quiso la mala suerte que aterrizara justo en medio de la cocorota de la princesa Dina, la mayor, la cual, al sentir el golpe, exclamó:

—¡Ay, mi cabecita!

No pudo decir más. Dina cayó al suelo desmayada.

Fue atendida enseguida por los más eminentes médicos de la corte, que le aplicaron hielo y le pusieron una tirita en el enorme chichón que le había salido por culpa de aquella hoja, pero desde entonces, la pobre Dina ya siempre tuvo fuertes jaquecas.

Pasó el tiempo, y hete aquí que, una mañana, Nina, la segunda princesita, se despertó llorando desconsoladamente:

—¡Ay, mi espaldita!

Se quejaba Nina mientras sollozaba e hipaba sin parar.

Al examinar su espalda, las criadas descubrieron en ella un enorme cardenal. Intentaron darle friegas con alcanfor para calmar el dolor, pero cada vez que acercaban la mano, los desgarradores gritos de la princesa retumbaban por todo el palacio.

Acudieron los médicos sin perder ni un segundo y después de estudiar la situación, concluyeron que la culpable del mal que aquejaba a la princesa era una arruga que había en sus sábanas de seda.

Con sumo cuidado, le pusieron emplastos y le vendaron el morado, pero a la pobre Nina, desde aquel día, su espalda no dejó de darle problemas.

Los reyes, abatidos, se lamentaban:

—¡Qué pena más grande! De nuestras tres hijas, dos están muy delicadas, ¿qué podemos hacer para que no le ocurra nada a la tercera?

Después de dar vueltas al problema y después de mucho pensar, los reyes decidieron poner a salvo a la más pequeña de sus hijas, la única que hasta ese día no había sufrido percance alguno.

Resolvieron que lo mejor, para no correr riesgos, sería encerrarla en una urna de cristal. Creyeron que si la mantenían aislada la princesita Tina estaría segura. Así que ordenaron a los mejores arquitectos del reino que construyeran para ella una habitación del vidrio más puro y transparente.

Pasó el tiempo y la princesita vivía al amparo de su refugio transparente alejada de cualquier peligro. Pero un día, al abrir la puerta para darle la comida, se coló dentro una mosca, la cual, al verse encerrada, se puso nerviosa y empezó a volar sin parar alrededor de la princesa, que con la corriente de aire que producían las alas del insecto, se constipó:

—¡Achís, achís, achís!

Los reyes no se han repuesto jamás del disgusto.

Todavía hoy, en aquel reino, se discute sobre cuál de las princesas es la más delicada de las tres, pero siguen sin ponerse de acuerdo.

FIN

Cabeza hueca

Ilustración: Gennady D. Pavlishin

A orillas del río Amur vivía un muchacho llamado Chungú. Aparentemente, era un chico como todos los demás, con dos orejas, dos ojos, una nariz, dos piernas, dos brazos y una cabeza. Pero cuentan de él que tenía la cabeza totalmente hueca.

Chungú no trabajaba demasiado, aunque zampaba mucho. También pensaba poco y todo se lo creía. Así iba viviendo. Comía, dormía, se sentaba, se rascaba la cabeza y no iba a ninguna parte.

Su padre intentó enseñarlo a cazar en la taiga.

Le compraron todo el equipo necesario: chaqueta de alce con adornos de seda; una cinta, también de seda, que le ceñía la cabeza y que asomaba por debajo del gorro de ciervo almizclero, del que pendía una cola de ardilla; rodilleras bordadas; pantalones del mejor cuero, una chaqueta blanca de piel de reno; un cinturón adornado con cabezas de pato que llevaba dos cuchillos sujetos a él: uno de hoja recta y otro de hoja curva. En las manos le pusieron una jabalina con el mango tallado y del hombro, le colgaron un arco con sus correspondientes flechas. Lo cierto es que daba gusto verlo ataviado de cazador.

También a él le encantó aquel atuendo. No hacía más que acariciar su chaqueta y no paraba de reír de contento.

Su padre le dijo:

—Ya basta, Chungú. ¡En marcha!

Pero Chungú negó con la cabeza. No quería moverse para no estropear su indumentaria.

El padre habló de nuevo:

—Recuerda, hijo, que lo que vale en una persona no es su atuendo, sino lo que hay debajo de él. ¡Vamos!

Pero Chungú, como si tal cosa. Se contemplaba embelesado.

Luego se puso a bailar. Daba palmadas y se acariciaba los pantalones y la chaqueta, sin parar de girar moviendo los brazos.

Con tanta vuelta, las flechas se le cayeron y como agitaba la jabalina en todas direcciones, corría el riesgo de sacarle un ojo al que estuviera más cerca.

Finalmente, el padre, enfadado, le dio un coscorrón en medio de la cabeza y la cabeza de Chungú hizo el mismo ruido que un caldero de cobre. ¡Qué susto se llevó el padre!

—Uy, uy, uy —se lamentó—-. Parece que este hijo mío tiene la cabeza hueca… ¡Mala cosa! ¿Qué haré con él? —Y decidió no llevarlo de caza—.  ¿Qué va a cazar teniendo la cabeza hueca?

Chungú se sentó en la orilla del río y descubrió un entretenimiento que le encantó: contemplarse en el río para admirar su atuendo al mismo tiempo que se daba golpes para oír cómo sonaba su cabeza. El ruido que hizo se escuchó en toda la aldea.

Acudió gente de todas partes pensando que a alguien se le había ocurrido tocar música sobre troncos huecos, aunque no fuera día de fiesta. Pero cuando vieron que era Chungú el que golpeaba su cabeza, que también estaba hueca, se rieron un rato y se marcharon.

El tiempo fue pasando. Mientras el padre de Chungú cazaba en la taiga o pescaba en el río Amur, la madre salaba pescado o curtía pieles, y Chungú no servía para nada. Se quedaba en la orilla del río, rascándose la cabeza hueca.

Llegó el día en el que los padres envejecieron y empezaron a perder fuerzas.

La madre dijo un día a su marido:

—Ya no podemos con todo el trabajo, ¿qué haremos?…

Se sentaron los dos a cavilar y, por fin, el padre habló:

—No hay más remedio que casar a Chungú. Así habrá alguien que nos ayude.

—¿Cómo vamos a casar a Chungú, si tiene la cabeza hueca? —preguntó la madre—. ¿Quién va a querer casarse con alguien así?

—Alguien habrá si ofrecemos una buena dote  —contestó el padre.

Así que el matrimonio decidió preparar un gran ajuar.

Después de rebuscar, amontonaron todas las cosas que tenían valor: un gran perol de cobre; un sable de allende los mares; tres abrigos de lana y tres de piel; un espejo con marco de plata; doce pares de pendientes; una jabalina con el mango incrustado de zafiros; tres rollos de tela de seda; un cofre de bambú con cierres de latón que unos parientes les habían traído de unas islas lejanas; una cuerda de arco a medida; un arco con incrustaciones de hueso…

A pesar del valioso ajuar, ninguna muchacha de aquella aldea consintió en casarse con Chungú.

Sin embargo, en la aldea vecina vivía una anciana con su hija Angá. Vivían tan pobremente, que ni siquiera tenían mantas en la casa, así que los padres de Chungú pensaron que no rechazarían la oferta y fueron a pedir a Angá que se casara con Chungú.

Angá lloró mucho, pero no tuvo más remedio que aceptar pensando que su pobre madre viviría un poco mejor.

Se celebró la boda y Chungú y Angá se fueron a vivir a su nueva casa.

Chungú se sentó en una butaca después de darse un atracón de carne y le dijo a su flamante esposa:

—Tú no sabes con quién te has casado. En ninguna parte hay otro como yo. ¿Sabes la cabeza que tengo? iNadie tiene otra igual!

Chungú se atizó un golpe en la cabeza, que resonó como el tronco de un roble seco en día de vendaval.

Angá se llevó un gran disgusto. «¡Pero si mi marido tiene la cabeza hueca! ¿Cómo saldremos adelante?». Y rompió a llorar.

Chungú, que no comprendía por qué lloraba su mujer, se quedó mirándola un rato en silencio y luego se durmió.

Angá lo miraba. Tenía una cara agradable, como todo el mundo, con dos ojos, dos orejas, una nariz… Y le dio rabia pensar que aquel hombre de cabeza hueca tuviera la cara como todas las personas.

Tan enfadada estaba que se dijo:

—No puede seguir con esa cara, engañando a la gente. Tomó un poco de arcilla roja y luego un poco de hollín de la chimenea y fabricó pintura. Con la pintura negra y roja le pintó a Chungú toda la cara de tal manera, que ella misma se asustó cuando vio terminada su obra.

Cuando Chungú se despertó al cabo de muchas horas, tenía sed. Tomó un gran tazón, lo llenó de agua, se la llevó a los labios y, como era su costumbre, contempló su reflejo en el agua, pero al ver su cara pintada no se reconoció y preguntó alarmado:

—iEh! ¿Tú quién eres? ¿Qué haces en mi tazón?

Miró a su alrededor y lo reconoció todo: era su casa, su mujer estaba cerca, su silla, su tazón… ¡Pero esa cara no era suya!

Llamó a su mujer:

—iAngá, ven! Alguien se ha metido en mi tazón. Hay una cara rara dentro de él…

—¿Quién me llama? —preguntó Angá.

—Soy yo, Chungú, tu marido.

Angá sacudió la cabeza:

—¡De eso nada! Tú no eres Chungú, él es muy guapo. Tiene una cara agradable y no espantosa como la tuya.

—Pues tienes razón —dijo Chungú—, yo tengo la cara agradable. Soy un muchacho muy guapo. Me he visto muchas veces…

Después de pensarlo un buen rato Chungú habló de nuevo:

—¡Esto no me gusta nada! Está claro que he perdido mi cara en alguna parte, así que iré a buscarla.

Se levantó Chungú de su sillón y salió de casa. Iba por el camino mirando el suelo, por si veía su cara. Mientras andaba, tropezó y se dio un gran golpe en la cabeza, que sonó a hueco, como siempre, por lo que Chungú se llevó una gran alegría.

—¡Suena a hueco! ¡Soy yo! —Pero su alegría duró muy poco cuando se dirigió al río para mirarse y vio el reflejo de una cara extraña—. No, no soy yo.

Siguió caminando Chungú muy disgustado y a todo el mundo le preguntaba:

—¿Habéis visto a Chungú?

La gente se burlaba de él.

—No, no lo hemos visto —contestaba.

Chungú se rascaba la cabeza.

—Es extraño… Parece que aquí no está Chungú. Iré a buscarlo a otro lugar.

Y allá que se fue Chungú, a buscarse a sí mismo. Partió de su aldea y no volvió, y dicen que aún hoy no se ha encontrado.

La verdad es que nadie sintió su marcha. ¿Qué puede ofrecer a sus semejantes un holgazán que, además, es tonto?

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Cabeza hueca» con la voz de Angie Bello Albelda

El conejo y el venado

Cuentan, que hace mucho, mucho tiempo los animales no eran como son ahora. Dicen, que cuando el Gran Señor de los Montes los creó les dio otro aspecto…

El conejo, por ejemplo, no era como lo conocemos, porque en lugar de sus grandes orejas tenía dos cuernos en medio de la cabeza… Sus cuernos eran casi del tamaño de su cuerpo y pesaban una barbaridad, así que el pobre animal casi no podía brincar, que ya se sabe que es su modo favorito de moverse por el campo.

Entre los seres creados estaba también el venado, un animal veloz y hermoso pero al que algo, en su aspecto, lo afeaba: su cabeza parecía demasiado pequeña en comparación a su cuerpo y de ella colgaban dos largas orejas, que aún le daban un aspecto más extraño.

Un día, el venado oyó que el conejo tenía unos majestuosos cuernos, así que fue a buscarlo y después de mucho andar, dio con él.

—¡Conejo, conejo! —gritó con todas sus fuerzas.

—¿Quién me llama? —inquirió el conejo.

—Soy yo, el venado. He venido hasta aquí para admirar tus bellos cuernos.

—¡Ay, venado!, cierto que son muy bonitos, pero ¡ni te imaginas lo que pesan! Apenas puedo brincar con ellos —contestó compungido el conejo.

Al venado se le iluminaron los ojos. Era el momento de poner en marcha su plan:

—Conejo, ¿qué tal si te libero un rato de tu peso? Préstame tus cuernos, que quiero ver cómo me quedan a mí.

El conejo se los prestó, y el venado se dirigió al lago para admirarse con su nueva imagen.

—Estos cuernos me quedan mucho mejor que mis orejas largas —pensó el venado.

El conejo, entretanto, esperó y esperó, pero el venado no volvía con los cuernos que le había prestado.

—¡Venado!, ¿dónde estás? —llamó a gritos—. ¡Devuélveme mis cuernos!

Pero el venado, que ahora corría feliz entre la hierba, le contestó también gritando:

—¡No! ¡Ni hablar! ¡Ahora son míos!

Muy enfadado, el conejo se lanzó en su persecución dando grandes brincos, pues ahora, sin la cornamenta sobre su cabeza, era mucho más ligero.

—¡Venado, devuélveme los cuernos! ¡Venado, devuélveme los cuernos! —gritaba cada con cada salto.

Cuando los dos se cansaron de correr, se sentaron sobre la hierba y el venado, mirando al conejo, le dijo:

—Ay, conejo, te veo raro sin nada sobre la cabeza. La verdad es que estás un poco feo. ¿Sabes qué?, como no pienso devolverte tu cornamenta porque a mí me queda mucho mejor que a ti, te regalo mis orejas.

Dicho y hecho. Puso junto al conejo las dos largas orejas y se marchó veloz de allí.

El conejo no tuvo más remedio que colocarse aquellas largas orejas sobre la cabeza y, en cuanto lo hizo, empezó a escuchar el canto de los pájaros, el ruido del viento y hasta oyó, a lo lejos, el ruido de las pezuñas del venado contra el suelo. Se puso muy contento, pues ahora tenía las mejores orejas del mundo, y, además, se había librado de sus pesados cuernos y podía brincar tan alto como quisiera.

Feliz, el conejo pensó que, después de todo, aquel cambio no había sido tan mala idea.

FIN

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Sabias palabras

Ilustración: oasiswinds

Vivió en lejanas tierras una reina muy poderosa y rica que una noche soñó que se le caían todos los dientes. Asustada por lo que había soñado, envío emisarios por todo el reino para que encontraran a un gran sabio que supiera interpretar lo que quería decir aquello.

Después de recorrer pueblos y aldeas, los emisarios dieron con un anciano que sabía interpretar lo sueños y lo condujeron a presencia de la reina. Después de escuchar lo que esta le contó habló de esta manera:

—Gran soberana, ¡qué desgracia más grande! Cada uno de vuestros dientes representa a un miembro de vuestra familia y que se caigan significa que esos parientes van a morir.

—¡Qué insolencia! —gritó fuera de sí la reina— ¿Cómo osas decirme tal cosa? Seguro que te has equivocado. ¡No sirves para nada!

Muy enojada, llamó a sus guardias y ordenó que encerraran al sabio en prisión durante cien días como escarmiento por su atrevimiento.

Envió de nuevo la reina a sus mensajeros para que localizasen a otro sabio que supiera interpretar sus sueños.

Después de muchos días, los emisarios dieron con una anciana muy sabia que vivía sola en lo alto de una lejana montaña y que sabía interpretar los sueños. Sin pérdida de tiempo la llevaron a presencia de la reina.

La sabia mujer, después de escuchar a la reina, interpretó de este modo su sueño:

—Gran soberana, ¡qué gran felicidad! Vuestro sueño indica que tendréis una vida muy larga. ¡Dichosa vos, que sobreviviréis a todos vuestros parientes!

La cara de la reina resplandeció llena de felicidad al oír estas palabras y, como recompensa, ordenó a uno de sus ministros que le entrega cien monedas de oro a la anciana.

Cuando el ministro le hizo entrega del premio, le comentó admirado:

—Anciana, aquí tienes el pago por tus servicios, aunque no lo comprendo. Tú y el otro sabio habéis interpretado el sueño de la misma forma. A él lo castigó con cien días de prisión y, sin embargo, a ti te premia con cien monedas.

La anciana lo miró sonriente y le respondió así:

—Amigo mío, no solo debes cuidar aquello que dices, sino la forma de decirlo. Comunicarse bien es de sabios. De la forma en la que hablas a tus semejantes puede depender que estalle una guerra o que reine la paz. Siempre debes decir la verdad, no lo dudes, pero cuida cómo la dices. La verdad se asemeja a una piedra preciosa; si la lanzas a la cara de alguien, hiere y duele, pero si la pones en un precioso estuche y la entregas como un regalo será aceptada con agrado y alegría. Recuerda bien mi consejo: si tus palabras no son un regalo, es mejor que no las pronuncies.

FIN

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El lobo bobo y la zorra astuta

Ilustración: Evolvana

Había una vez una zorra que tenía dos zorritas de corta edad. Cerca de su casa, que era una chocita, vivía un lobo, su compadre. Un día que pasaba por allí, vio que este había hecho mucha obra en su casa y la había puesto que parecía un palacio. Díjole el compadre que entrase a verla, y vio que tenía su sala, su alcoba, su cocina y hasta su despensa, que estaba muy bien provista.

—Compadre —le dijo la zorra—, veo que aquí lo que falta es un tarrito de miel.

—Verdad es —contestó el lobo.

Y como acertaba a la sazón a pasar por la calle un hombre pregonando:

¡Miel de abejas,

zumo de flores!

comprola el lobo, y llenó con ella un tarrito, diciéndole a su comadre que, estando rematada la obra de su casa, la convidaría a un banquete y se comerían la miel.

Pero la obra no se acababa nunca, y la zorra, que se chupaba las patas por la miel, estaba deshaciéndose por zampársela.

Un día le dijo al lobo:

—Compadre, me han convidado para madrina de un bautizo, y quisiera que me hiciese usted el favor de venirse a mi casa a cuidar de mis zorritas, entre tanto que estoy fuera.

Accedió el lobo, y la zorra, en lugar de ir al bautismo, se metió en casa del lobo, se comió una buena parte de la miel, cogió nueces, avellanas, higos, peras, almendras y cuanto pudo rapiñar, y se fue al campo a comérselos alegremente con unos pastores, que en cambio le dieron leche y queso.

Cuando volvió a su casa, dijo el lobo:

—Vaya, comadre; ¿qué tal ha estado su bautizo?

—Muy bueno —contestó la zorra.

—Y el niño, ¿cómo se llama?

—Empezili —respondió la supuesta madrina.

—¡Ay, qué nombre! —dijo su compadre.

—Ese no reza en el almanaque. Es un santo de poca nombradía —respondió la zorra.

—¿Y los dulces? —preguntó el compadre.

—Ni un dulce ha habido —respondió la zorra.

—¡Ay, Jesús, y qué bautismo! —dijo mal engestado el lobo—. ¡No he visto otro! Yo me he quedado aquí todo el día como una ama de cría con las zorritas por tal de comerlos, y se viene usted con las patas vacías. ¡Pues está bueno!

Y se fue enfurruñado.

A poco tuvo la zorra grandes ganas de volver a comer miel, y se valió de la misma treta para sacar al lobo de su casa, prometiéndole que le traería dulces del bautismo. Con esas buenas palabras convenció al lobo, y cuando volvió a la noche, después de haberse pasado un buen día de campo y haberse comido la mitad de la miel, le preguntó su compadre que cómo le habían puesto al niño. A lo que ella contestó:

—Mitadili.

—¡Vaya un nombre! —dijo el compadre, que, por lo visto, era un poco bobo—. No he oído semejante nombre en mi vida de Dios.

—Es un santo árabe —le respondió su comadre.

Y el lobo quedó muy convencido de este marmajo, y le preguntó por los dulces.

—Me eché un rato a dormir bajo un olivo, vinieron los estorninos y se llevaron uno en cada pata y otro en el pico —respondió la zorra.

El lobo se fue enfurruñado y renegando de los estorninos.

Al cabo de algún tiempo fue la zorra con la misma pretensión a su compadre.

—¡Que no voy! —dijo este—. Que tengo que cantarle la nana a sus zorrillas para dormirlas, y no me da la gana de meterme al cabo de mis años a niñera, sin que llegue el caso que traiga usted un dulce siquiera de tanto bautizo a que la convidan.

Pero tanta parola le metió la comadre y tantas promesas le hizo de que le traería dulces, que al fin convenció al lobo a que se quedase en su choza.

Cuando volvió la zorra, que se había comido toda la miel que quedaba, le preguntó el lobo que cómo le habían puesto al niño, a lo que contestó:

—Acabili.

—¡Qué nombre! ¡Nunca lo he oído! —dijo el lobo.

—A ese santo no le gusta que suene su nombre, respondió la zorra.

—Pero ¿y los dulces? —preguntó el compadre.

—Se hundió el horno del confitero y todos se quemaron —respondió la zorra.

El lobo se fue muy enfadado, diciendo:

—Comadre, ojalá que a sus dichosos ahijados Empezili, Mitadili y Acabili, se les vuelvan cuantos dulces se metan en la boca guijarros.

Pasado algún tiempo, le dijo la zorra al lobo:

—Compadre, lo prometido es deuda; su casa de usted está rematada, y tiene usted que darme el banquete que me prometió.

El lobo, que tenía todavía coraje, no quería; pero al fin se dejó engatusar, y se dio el convite a la zorra.

Cuando llegó la hora de los postres, trajo, como había prometido, la orza de miel, y venía diciendo al traerla:

—¡Qué ligera que está la orcita! ¡Qué poco pesa la miel!

Pero cuando la destapó se quedó cuajado al verla vacía.

—¿Qué es esto? —dijo.

—¡Qué ha de ser! —respondió la zorra—. ¡Que usted se la ha comido toda para no darme parte!

—Ni la he probado siquiera —dijo el lobo.

—¡Qué! Es preciso, sino que usted no se acuerda.

—Digo a usted que no, ¡canario! Lo que es que usted me la ha robado, y que sus tres ahijados, Empezili, Mitadili y Acabili, han sido empezar, mediar y acabar con mi miel.

—¿Conque tras que usted se comió la miel por no dármela, encima me levanta un falso testimonio? Goloso y maldiciente, ¿no se le cae a usted el hocico de vergüenza?

—¡Que no me la he comido, dale! Quien se la ha comido es usted, que es una ladina y ladrona, y ahora mismo voy al león a dar mi queja.

—Oiga usted, compadre, y no sea tan súbito —dijo la zorra—. El que comió miel, en poniéndose a dormir al sol la suda. ¿No sabía usted eso?

—Yo, no —dijo el lobo.

—Pues mucha verdad que es —prosiguió la zorra—. Vamos a dormir la siesta al sol, y cuando nos despertemos, aquel que le sude la barriga miel, no hay más sino que es el que se la ha comido.

Convino al cabo, y se echaron a dormir al sol.

Apenas oyó la zorra roncar a su compadre, cuando se levantó, arrebañó la orza y le untó la barriga con la miel que recogió. Se lamió la pata y se echó a dormir.

Cuando el lobo se despertó y se vio con la barriga llena de miel, dijo:

—¡Ay, sudo miel! Verdad es, pues yo me la comí. Pero puedo jurar a usted, comadre, que no me acordaba. Usted perdone. Hagamos las paces, y váyase el demonio al infierno.

FIN

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La liebre exagerada

Ilustración: shmeeden

Érase una vez una liebre que vivía en la taiga. Aparentemente era igual que todas las liebres: con dos orejas largas, dos patas delanteras cortas para sostener la comida y dos patas traseras largas para huir velozmente de sus enemigos. Pero esta era, además, una liebre exagerada. Tan exagerada era, que nunca se había oído hablar y, probablemente jamás se oirá hablar, de una igual de exagerada que ella entre el pueblo leporino.

Una vez, se comió una raicita de musgo y le faltó tiempo para ir a contar su historia a las demás liebres:

—Iba yo corriendo por el bosque, en busca de algo de comer, cuando, de pronto, tropecé con algo. Faltó bien poco para que me rompiera la cabeza. ¡Fijaos! ¿Lo veis? ¡A resultas del golpe, ahora tengo el labio partido!

—¡Es verdad!, tienes el labio partido. —Rieron las demás liebres—. Pero es que todas las liebres lo tenemos partido.

Y nuestra liebre:

—Cierto. Todas las liebres lo tenemos así, pero el mío está más partido que el vuestro… Y si os queréis enterar de lo que me pasó, será mejor que no me interrumpáis … Decía que tropecé y al mirar con qué había topado, me encontré con que era musgo. Pero un musgo como nadie ha visto hasta ahora. El tallo era más alto que un alerce y cada hoja gigantesca. La raíz era del tamaño de un oso. Me puse a escarbar la tierra y, como ya sabéis que yo soy una liebre especial y tengo los dientes afilados y las patas fuertes, escarbé y escarbé hasta que conseguí amontonar una montaña de tierra a cada lado y logré desenterrar la raíz. Una raíz que ya llevo comiendo diez días seguidos y de la que no he conseguido comerme ni la mitad. Pero aún y así, ¿habéis visto cómo me he engordado?

Las liebres la miraron.

—Estás como todas las liebres —dijeron—. No estás mucho más gorda que nosotras.

—Eso es que me he adelgazado de tanto como he corrido para llegar hasta aquí. Como soy tan generosa y tengo tan buen corazón, os quiero llevar hasta la raíz que queda, así podréis comer también. Ya que yo ya me he dado un hartazgo para toda la vida, he pensado que podríais terminar vosotras lo que queda de esa raíz, tan rica que no habéis probado jamás algo igual.

¿Qué liebre que conozcáis le haría ascos a una rica raíz? Aquéllas no. Con la boca hecha agua, preguntaron:

—¿Y cómo se llega a ese sitio?

—Yo os llevaré encantada.

Echaron a correr las liebres detrás de la exagerada hasta que esta se detuvo en un sitio y dijo:

—Aquí encontré el musgo del tamaño de un alerce. Y aquí escarbé con las patas hasta formar las dos montañas de tierra.

—¿Dónde están esas montañas? —preguntaron las otras.

—Se las ha llevado el río.

—¿Dónde está el río?

—Se ha ido al mar.

—¿Dónde está el musgo grande como un alerce?

—Se ha marchitado. Como yo me comí la raíz…

— ¿Y el tallo de musgo?

—Se lo comió un tejón.

—¿Dónde está el tejón?

—Se marchó a la taiga.

— ¿Dónde está la taiga?

—La quemó un incendio.

—Y la ceniza, ¿dónde está?

—Se la llevó el viento.

— Y los tocones, ¿dónde están?

—Los ha tapado la hierba.

Allí estaban las liebres, aleladas, sin llegar a entender si era cierto lo que les contaba la otra.

Y ella seguía con la suya:

—¡Pero si es muy fácil encontrar un musgo así! ¡Lo más fácil del mundo! No hay más que ir corriendo y mirando hacia todos los lados. Si a un lado no la ves, seguro que la ves al otro …

¡Había que ver la carrera que emprendieron las liebres! Tanto se afanaban en mirar hacia los lados, que veían su propio rabo, pero no veían lo que tenían delante. ¡Y venga a mirar a los lados para que no les pasara desapercibida el rico musgo del tamaño de un alerce!

Así estuvieron corriendo hasta que se desplomaron sin fuerzas. Y entonces, del hambre, la simple hierba les pareció más rica que el musgo fresco.

Desde entonces, los ojos de las liebres se mueven como locos y no han vuelto jamas a su sitio…

FIN

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