Cuento popular

El niño y los lobos

Ilustración: J-C

Había una vez un guerrero piel roja, sencillo y generoso, y más dado a amar que a odiar, quien, cansado de las crueldades de su tribu y de la mezquindad y dureza de corazón de sus amigos, decidió alejarse de ellos.

Así que se adentró en el bosque con su mujer y sus hijos, abrió un claro en las orillas de un tranquilo arroyuelo, y construyó allí su choza al estilo indio. Durante muchos años vivió feliz en su nuevo hogar, del que se alejaba únicamente para cazar animales salvajes cuya carne les servía de alimento, y cuyas pieles usaban para cubrirse durante los crudos inviernos.

Llegó, sin embargo, el momento en que el guerrero enfermó, y adivinando que iba a morir, llamó a su mujer y a sus tres hijos.

—Voy a dejaros —les dijo—, para ir en busca de las regiones de la Cacería Feliz. Tú, esposa mía, compañera de mi vida, me seguirás antes de muchas lunas. Pero vosotros, hijos míos, sois jóvenes y tenéis vuestras vidas por delante. En el curso de ellas, tropezaréis con la maldad y el egoísmo, de los cuales hui para disfrutar de paz en estos bosques. Mi corazón se sentirá tranquilo si me prometéis amaros siempre y no abandonar a vuestro hermano menor.

—¡Nunca! —le respondieron, levantando la mano en señal de promesa solemne.

Al escuchar esto, el piel roja, tranquilizado, dejó caer la cabeza, y su espíritu voló en busca de las regiones de la Cacería Feliz.

Antes de la octava luna, tal como lo había anunciado, su mujer lo siguió, dejando solos a los tres hijos. Pero antes de morir, volvió a suplicar a los dos mayores que no abandonaran a su hermano menor, pues era demasiado pequeño y no podría bastarse a sí mismo.

—¡Nunca! —prometieron; y también ella se alejó tranquila a reunirse con su esposo.

Mientras la nieve cubrió la tierra y el viento helado aulló entre los pinos con más fuerza que los lobos, cumplieron los muchachos su promesa y cuidaron de su hermano menor con gran ternura y cariño.

Pero cuando llegó la primavera y los primeros brotes de hierba asomaron sobre la tierra, el mayor de los tres hermanos, que era ya mozo, sintió que su corazón se inquietaba, y un gran deseo se apoderó de él por conocer las gentes de la tribu de su padre y unirse a ellas en sus danzas guerreras.

Comunicó estos pensamientos a su hermana, quien le respondió:

—Querido hermano, no me extraña que desees mezclarte con los jóvenes guerreros, ya que aquí nunca vemos a ninguno de nuestros semejantes. Pero temo que si buscamos satisfacer nuestros propios deseos, abandonaremos a nuestro hermano pequeño y olvidaremos nuestra promesa.

El joven no quiso escucharla. Por el contrario, recogió su arco y sus flechas, se cubrió con su manta, y una madrugada se alejó por el bosque. Llegó el verano, y pasó; cayó la nieve una vez más, y desapareció, pero nada volvieron a saber del hermano ausente.

Con el correr del tiempo, el corazón de la hermana empezó igualmente a tornarse frio y egoísta. Consideraba al pequeño como una carga y un obstáculo cruel que le impedía dirigirse a la aldea india donde los jóvenes guerreros bailaban alrededor del Tótem, mientras las jovencitas los aplaudían.

Y un día le dijo al niño:

—Aquí tienes comida que será suficiente hasta la próxima luna. No te alejes de la choza. Yo voy a buscar a nuestro hermano, que se ha perdido, y cuando lo encuentre, regresare con él.

Recogió su manta, tomó su hacha y caminó a través del obscuro bosque hasta llegar a la aldea, en donde inmediatamente se enteró de que su hermano vivía allí con su joven esposa y era ya un guerrero notable. Al saber esto, no tuvo prisa alguna por volver a la choza solitaria, y cuando otro joven guerrero la escogió por esposa, pensó únicamente en él, y olvidó por completo a su hermano pequeño, abandonado en el bosque.

Este, mientras tanto, seguía viviendo completamente solo. Al principio todo marchó bien, pues al terminarse la comida que su hermana le había dejado, pudo salir al bosque y alimentarse de bellotas y raíces.

Lentamente desapareció así el verano, y cuando el viento empezó de nuevo a soplar entre los pinos, al mismo tiempo que los lobos aullaban, y volvió la nieve a caer, Sintióse el pequeño en el más terrible desamparo. Por las noches se acurrucaba en la choza o se escondía entre los árboles, aventurándose a salir únicamente durante el día, a recoger las migajas que los lobos dejaran.

Poco después, viéndose tan solo, sin ninguna compañía humana, empezó a hacerse amigo de los lobos. Cuando escuchaba su salvaje cacería en el bosque, los seguía para estar cerca a la hora en que la presa moría. Y mientras los lobos la devoraban, se sentaba con ellos, hasta que llegaron a conocerlo y le dejaban algunas sobras. Si los lobos no le hubieran socorrido así, seguramente hubiera muerto helado bajo la nieve.

Desapareció ésta, al fin; el hielo se fundió en el lago que llamaban Gran Mar de Agua, y los lobos huyeron hacia la ribera en busca de comida. El niño se les unió, feliz en la radiante primavera.

Y ocurrió que un día, el hermano mayor, el gran guerrero, pescaba en su canoa cerca del lago, cuando escuchó de repente, entre los pinos, la voz de un niño que cantaba como los indios: «¡Oh, hermano mío! ¡ven hermano! Convirtiéndome estoy en niño lobo, Pronto seré un enorme lobo». Y al terminar el canto, se perdió la voz en un largo y triste aullido, el aullido de un lobo El guerrero sintió que la vergüenza y el temor se apoderaban de su corazón, al recordar la promesa hecha a sus padres y el amor que sentía por su hermano. Rápidamente amarró su canoa, saltó a tierra y corrió a la orilla, gritando en dirección de los arboles:

—¡Hermano, hermanito, ¡Ven!, ¡aquí estoy!

Pero el niño era ya casi un lobo, hasta el punto de no haber podido terminar su canto en lenguaje humano, sino con aullidos de lobo.

El guerrero volvió a llamarlo angustiosamente:

—¡Hermano, hermanito! iVen, ven…!

Pero mientras más gritaba, más rápidamente huía el pequeño, como huyen los lobos de los cazadores indios, buscando seguridad entre sus hermanos. Según se iba alejando, su piel se volvía cada vez más gruesa. Pronto estuvo corriendo a cuatro patas, y un momento después aullaba como los lobos…, hasta que desapareció en las profundidades del bosque

Con gran vergüenza y remordimiento en su corazón regresó el guerrero a la aldea, y él y su hermana lloraron hasta el último día de sus vidas por la promesa no cumplida y por la pérdida de su hermano pequeño que, por culpa de ellos, se había convertido en lobo.

FIN

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La vela

Ilustración: Sirem

Se cuenta que el noble Ping de Dsin había cumplido setenta años. Tenía a su servicio a un músico ciego también de avanzada edad, que además era su confidente.

Un día, el noble se lamentaba melancólicamente:

—¡Qué pena ser ya tan mayor! Ahora, aunque quisiera estudiar y emprender la lectura de libros importantes, ya sería demasiado tarde para aprender.

El músico ciego le dijo:

—Encienda una vela.

El noble se quedó perplejo con aquella respuesta. ¿Es que su súbdito trataba de mofarse de él?

—¿Cómo te atreves, osado, a bromear con tu señor cuando yo te hablo de cosas serias?

La irritación del noble era evidente.

—Jamás bromearía, un pobre músico ciego como yo, con los asuntos del señor. Nunca osaría una cosa tal; solo prestadme un poco de atención.

El noble se calmó, y el músico ciego continuó hablando:

—He oído decir que si una persona es estudiosa en su juventud, su mente será tan brillante como el sol de la mañana; si estudia cuando ha llegado a la mediana edad, su mente se iluminará como el sol de la tarde; y si empieza a estudiar en la ancianidad, lo será como la llama de una vela. Aunque la luz de una vela no sea muy brillante y no alumbre mucho, por lo menos es mejor que andar a tientas en la oscuridad.

Ese mismo día el anciano noble comenzó a estudiar.

FIN

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La gallinita roja

Érase una vez una gallinita roja muy amigable. Una hermosa mañana esta gallinita roja se encontró unos granos de trigo y, en lugar de picotearlos, decidió sembrarlos.

Para sembrar los granos de trigo llamó a sus tres amigos: el pato, el cerdo y el gato, para que la ayudaran. Los tres amigos de la gallinita roja no pudieron ayudarla a sembrar los granos de trigo porque estaban muy atareados.

El cerdo gruñó:

—¡Me gustaría ayudarte, pero no terminé mi comida! —Y se fue como había venido.

El gato ronroneó:

—¡Otro día te ayudaría con gusto, pero ahora tengo que volver a mi baño! —Y partió de nuevo sobre sus patas de terciopelo.

El pato graznó:

—¡Imposible!, tengo una cita con la pata Juanita —Y se fue pateando.

—Entonces plantaré estas semillas yo misma —dijo la gallinita roja.

Y eso es lo que hizo.

Pasó el tiempo y crecieron los granos de trigo. Llegó el día de la cosecha, el momento de ir a segar las grandes espigas de trigo y, por supuesto, la gallinita roja llamó a sus tres amigos para que la ayudaran.

El pato graznó:

—¡No tengo tiempo! ¡Tengo que ir a chapotear al lago! —Y se fue pateando.

El gato ronroneó:

—¡Qué mala suerte! Me hubiera gustado ir contigo, pero primero debo terminar de lamer toda la leche, de lo contrario se podría agriar —Y echó a andar sobre sus patas de terciopelo.

El cerdo gruñó:

—¡Con gusto te ayudaría, pero es el día de mi baño de barro! —Y se fue como había venido.

Entonces la gallinita roja se fue sola a cosechar las espigas de trigo. Una vez terminada la cosecha, la gallinita roja tenía que llevar el saco de granos de trigo al molino para molerlos hasta convertirlos en harina. Por supuesto, llamó a sus tres amigos para que la ayudaran.

El gato ronroneó:

—¡Me gustaría, pero creo que vi pasar un ratón! —Y partió de nuevo sobre sus patas de terciopelo.

El cerdo gruñó:

—¡Con mucho gusto en otro momento, pero ahora es imposible porque es la hora de la merienda! —Y se fue como había venido.

El pato graznó:

—Es mala suerte, tengo cita con el médico, por mi hígado —Y se fue pateando.

Entonces la gallinita roja fue sola al molino con su saco de trigo y volvió, sola, con su saco de harina. Al llegar a casa, tomó la harina, el agua, la sal y la levadura para preparar su masa de pan. Y, para ayudarla a amasar la masa, como debe ser, llamó a sus amigos.

El gato ronroneó:

—¡Oh, lo siento mucho, pero tengo que atusar mis bigotes! —Y partió de nuevo sobre sus patas de terciopelo.

El cerdo gruñó:

—¡Me hubiera encantado, pero hoy me toca enroscar mi cola de sacacorchos! —Y se fue como había venido.

El pato graznó:

—¡Perdona, pero no tengo tiempo, tengo que ahuecar mi collar de plumas! —Y se fue pateando.

Así que la gallinita roja amasó la masa ella sola, la dejó reposar, la dejó fermentar y luego horneó el pan en su horno, ella sola. Cuando el pan estuvo horneado, llamó a sus amigos:

—¿Alguien viene a ayudarme a comer el pan?

—¡YO! ¡YO! —gruñó el cerdo.

—¡YO! ¡YO! —graznó el pato.

—¡YO! ¡YO! —ronroneó el gato.

Pero, entonces, la gallinita roja que había sembrado el trigo sola, que había segado sola, que había llevado el saco de trigo al molino sola y que había preparado la masa de pan sola, les dijo:

—¡Pues no! Ya que hasta ahora lo he hecho todo yo sola, ¡voy a continuar así!

Y se comió su pan sola, y estaba… ¡delicioso!

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

El gigante más grande del mundo

Ilustración: gABOX1

Hace mucho tiempo, vivía en un pequeño pueblo la bruja Ojosgrandes, que tenía un hijo llamado Silón, el cual acababa de cumplir un año. Silón gateaba por el laboratorio de su madre mientras ella estaba ocupada en sus encantamientos.

Un día, ocurrió algo espantoso. Ojosgrandes estaba preparando un brebaje para hacer crecer sus manzanos y al terminar, dejó la poción mágica en un cuenco para que se enfriase. El niño vio el cuenco y el líquido dorado y brillante que contenía y quiso bebérselo, pero al intentar cogerlo se lo derramó en la cabeza. Silón empezó a llorar y se tragó dos de las gotas del líquido que resbalaban por su cara. La bruja profirió un grito y cogió a su hijito en brazos.

—¿Por qué habré dejado el cuenco al alcance del niño? Se ha tragado algunas gotas. Creo que no le harán daño… Pero ya lo veremos…

El niño crecía rápido y muy pronto adquirió el doble de corpulencia que los niños de su edad. Siguió creciendo tanto, que la gente se maravillaba al verlo.

La bruja sabía muy bien lo que había ocurrido: el filtro para que creciesen los manzanos ejercía su influencia en su hijo, convirtiéndolo en un gigante. La bruja empezó a temer a Silón, porque en cuanto se oponía a alguno de sus caprichos, él lo rompía todo con su extraordinaria fuerza. Por esta causa, el niño hizo, a partir de entonces, todo lo que se le antojaba y en el pueblo nadie se atrevía a contrariarlo, para no llevarse un golpe. De este modo Silón creció egoísta y malvado.

Cuando cumplió los veinte años era, sencillamente, enorme. Con la cabeza llegaba hasta las nubes y tenía unos pies tan grandes como un campo. Su voz era más fuerte que el trueno y comía más que cien hombres. Sin duda, era el gigante más grande del mundo entero y también el más egoísta. No quería trabajar, pero obligaba a los demás a que lo hiciesen por él, amenazándolos con destruir la población, en caso contrario.

Nadie sabía qué hacer con él. Todos los habitantes de la población tenían que proporcionarle comida y si no le daban lo que él necesitaba, empezaba a patear con tal fuerza, que se derrumbaban las casas.

Un invierno de mucho frío, SiIón ordenó a los habitantes del pueblo que le construyeran un gran castillo, pero a pesar de que ellos se esforzaron en complacerlo, no consiguieron alcanzar siquiera la altura de la cabeza del gigante. Así, pues, creyeron que sería mucho mejor proporcionarle una gran cueva. Como en el pueblo no había ninguna, los habitantes del pueblo rogaron a Ojosgrandes que los ayudara con su magia. La bruja compuso un poderoso filtro, pronunció siete palabras muy raras, arrojó el líquido al suelo y en el acto se abrió a sus pies una cueva lo bastante grande para alojar cómodamente a una docena de gigantes.

—Silón, estarás muy cómodo en esta cueva—le decía la gente.

—¡Ojalá pudiésemos tenerlo encerrado en esa cueva para siempre más! —suspiraban los vecinos— Pero en primavera saldrá de nuevo a estropearnos las cosas y a darnos sustos de muerte.

—¿Y no podríamos atarlo? —preguntó un duendecillo.

—¡Bah! —exclamaron todos— ¡Qué idea! ¿Crees que hoy alguien bastante atrevido para atar a Silón?

—Pues yo no tendría ningún inconveniente en encargarme de hacerlo—contestó el duendecillo— estoy seguro de que se me ocurriría un buen plan.

El duende fue a ver al herrero del pueblo:

—¿Podría usted hacerme una cadena lo bastante fuerte para que nadie en el mundo, ni siquiera el gigante Silón, fuese capaz de romperla? —preguntó.

—Eso es fácil—contestó el herrero y empezó a trabajar.

Al cabo de cuatro semanas, le mostró al duendecillo una cadena fuerte y pesada.

—Esta cadena no se romperá nunca —dijo el herrero, muy orgulloso de su trabajo— Será preciso que traigas treinta y cinco caballos para transportarla hasta la cueva de Silón.

Muchos curiosos se dirigieron atropelladamente a la cueva del gigante., El duendecillo se asomó y gritó:

—¡Silón! ¿Eres tan forzudo como antes? Dicen que te has debilitado.

—Si queréis os daré la prueba de lo contrario —contestó el gigante enojado— Soy mucho más fuerte que cualquier otro gigante del mundo entero.

—Pues, mira, aquí hay una cadena que ni siquiera tu podrás romper—dijo el duendecillo.

Silón dirigió una mirada desdeñosa a la cadena.

—Átame con esa cadena de juguete y ya verás cómo la rompo en un instante.

Eso era, precisamente, lo que deseaba el duendecillo. Llamó a la gente más fuerte de la población, para que lo ayudasen, y, al cabo de algunas horas de trabajo, consiguieron dejar al gigante bien sujeto a una roca.

—Bueno, ¡ya estás atado! —dijo el duendecillo, muy satisfecho.

Pero el gigante se limitó a sonreír. Estiró y un instante después, se rompieron con gran ruido varios eslabones y Silón quedó libre.

Todo el mundo fingió quedarse en extremo admirado por miedo de que el gigante sospechara la verdadera intención que tenían.

—Si queréis, traedme otra cadena todavía más fuerte y os mostraré lo que puedo hacer. Capaz sería de romper una cadena veinte veces más fuerte que esa —sonrió muy contento, en vista de que todo el mundo se alegraba de ser testigo de su fuerza enorme.

—¡Oh, no! ¡No podrías! —exclamaron varios—. Realmente no podrías.

—Probadlo si queréis —replicó el gigante.

El duendecillo fue nuevamente a casa del herrero y le refirió lo ocurrido, encargándole luego que fabricase una cadena veinte veces más fuerte, pues así el gigante no podría ya romperla.

—Me extraña mucho que haya podido romper la anterior —replicó maravillado el herrero— Pero, en fin, te haré la cadena que me encargas, amiguito, aunque para eso no puedo trabajar solo. Es preciso que me ayuden doce herreros más a fin de hacer la cadena más fuerte de las que se hayan visto en el mundo hasta ahora.

Estuvo terminada en tres semanas, porque los trece herreros trabajaron de día y de noche, sin parar. Luego, para el transporte, fue preciso emplear un millar de caballos.

Cuando Silón vio la enorme cadena, se puso serio.

—¡Jo! ¡Jo! —exclamó riéndose el duendecillo, al notar que miraba receloso la cadena— Esta es veinte veces más fuerte, como la pediste, asegurando que también serías capaz de romperla. El gigante más poderoso del mundo entero parece que tiene miedo ahora.

A Silón le molestó mucho la idea de que alguien pudiese burlarse de él. Miró nuevamente la cadena y luego contempló sus poderosos brazos.

—¡Atadme! —dijo con su tonante voz—. No tengo el más leve temor. Ya veréis con qué facilidad rompo en dos esa cadena.

Centenares de personas se ocuparon en atarlo y aseguraron en la roca los dos extremos de la cadena. Luego se retiraron todos para ver qué sucedía. Silón aspiró profundamente el aire y luego dio un tirón. La cadena resistió. Dio otro tirón, esforzándose más todavía, y entonces, la cadena se rompió y el gigante quedó libre.

Nuevamente los espectadores se vieron obligados a fingir que se maravillaban de aquella fuerza pasmosa y de que se alegraban mucho de que el gigante hubiese sido capaz de romper la cadena. Silón sonrió complacido, pues le gustaba mucho hacer gala de su vigor. Pero decidió no dejarse atar nunca más, por si acaso no podía liberarse.

—Ya me he cansado de estas estúpidas pruebas —dijo— y, por lo tanto, no quiero dejarme atar nunca más.

Todos comprendieron entonces la inutilidad de intentar cosa alguna contra el gigante, de manera que se alejaron de la cueva tristes y cariacontecidos. En cambio, el duendecillo no abandonó la esperanza.

—Puesto que trece herreros no han sido capaces de hacerme salir airoso en mi empeño, quizá lo consiga el enano Mirón— pensó.

Se dirigió hacia las cavernas subterráneas de los enanos de la montaña para buscar la morada de Mirón, que era el más inteligente y astuto de todos.

Sabía Mirón tantas cosas, que la cabeza le había crecido extraordinariamente, en tanto que sus brazos y sus piernas no se desarrollaron de la misma manera; era, pues, un personaje de raro aspecto, pero muy bondadoso y siempre dispuesto a ayudar.

El duendecillo le refirió lo sucedido con Silón y las dos cadenas. Luego le preguntó si sería capaz de ayudarlo.

—Me parece que sí —le contestó Mirón— Quédate aquí una semana y te daré algo que ningún gigante podría romper, aunque fuese tan grande como el mundo entero.

Por espacio de una semana, el duendecillo permaneció en la morada de Mirón y fue testigo de cómo trabajaba. El enano tomó las cosas más raras y las mezcló cuidadosamente: las huellas de seis tigres, un pedacito del arco iris que nadie es capaz de doblar, agua de un estanque sin fondo y raíces de una alta montaña. Otras muchas cosas usó que el duendecillo no averiguó qué eran; el enano las mezcló con cuidado, tomando toda clase de precauciones y, al mismo tiempo, canturreaba extrañas palabras.

En cuanto aquella mezcla estuvo lista, el enano metió las manos en ella y luego las sacó. Aquello substancia se pegó a sus dedos, como si fuese caramelo, y luego el enano arrolló tan extraño substancia en forma de hilo, en torno de un palito. Parecía un brillante hilo de seda y con él, Mirón hizo un ovillo hasta que no quedó nada en el fondo del cuenco.

—Ahora he de dejarlo secar una noche a la luz de la luna y ya estará listo —dijo.

—Pero ¿crees, Mirón, que eso será realmente bastante fuerte? —preguntó extrañado el duendecillo— Parece tan débil, que casi yo mismo me siento con fuerzas para romperlo.

El enano sonrió y no replicó. Por la mañana el enano entregó el hilo al duendecillo.

—No hay nadie en el mundo capaz de romper esto — le dijo— Ni siquiera yo mismo, que lo he fabricado, podría romper este hilo.

El duendecillo dio las gracias al enano y luego regresó a su pueblo. Al llegar mostró lo que traía consigo, pero todos se rieron de él. Sin embargo, desenrollaron el hilo y tiraron de él entre varios, aunque en vano, pues no consiguieron romperlo.

—A pesar de todo, Silón lo romperá en un abrir y cerrar de ojos. Es demasiado delgado. Y ¿cómo lo ataremos? Recuerda que dijo que no se dejaría atar otra vez.

—Tengo una idea— contestó el duendecillo— Silón siempre sale de su cueva para tomar el sol. Ataremos margaritas en el hilo, como si fuese una guirnalda y luego lo rodearemos con ella, como si quisiéramos adornarlo, él se dejará hacer, porque es vanidoso, y luego ya no podrá moverse.

—Bueno, no se pierde nada con probar—dijeron todos, aunque poco seguros del resultado— A pesar de todo, estamos seguros de que Silón romperá ese hilo como si fuese una telaraña.

Aunque nadie confiaba en el resultado, se afanaron en coger margaritas y las ataron a lo largo de aquel extraño hilo, de manera que al fin pareció una larga guirnalda de flores. En cuanto estuvo terminada, se dirigieron, cantando y bailando, a la cueva del gigante, como si estuviesen muy alegres y quisieran celebrar algo.

Silón los contempló sorprendido.

—Hemos venido a verte, SiIón —le dijeron—, porque eres el gigante más fuerte del mundo. Y, mira, hemos hecho en tu honor una guirnalda de margaritas: ¿Quieres que te adornemos con ella?

Silón consintió, sonriendo, aunque no dejó de examinar aquella cuerda, con el recelo de que ocultase una cadena. Mas al ver aquel delgado hilo sonrió, sin darle importancia.

Dejó que el duendecillo le rodease el cuerpo con las flores y luego el astuto y pequeño personaje sujetó los dos extremos en las rocas inmediatas.

—Ahora vamos, Silón —le dijo alejándose rápidamente del alcance de sus manos— Sal a tomar el sol, adornado de margaritas.

El gigante trató de dar un paso, pero aquel delgado hilo se lo impidió. Dio un ligero tirón, figurándose que el hilo se habría enredado en alguna parte, pero fue en vano. Ya irritado, tiró con toda su fuerza sin conseguir ningún resultado, porque la delgada hebra resistió.

Cuando Silón se dio cuenta de que lo habían engañado, dio tan fuerte rugido, que se estremecieron las chimeneas de los tejados y casi se cayeron al suelo. Mientras tanto, la gente huía despavorida, tapándose los oídos y Silón seguía tirando con todas sus fuerzas de aquel extraño hilo, asombrado de que tan débil hebra lo sujetase con tanta firmeza. Las margaritas se cayeron una a una y el gigante retorció el hilo entre sus enormes dedos. pero no pudo romperlo. Era aquel hilo muchísimo más fuerte que cualquier cadena.

Rabioso, comprendió que se había dejado coger y rugió colérico. Golpeó la tierra con sus pies, haciéndola estremecer, dio puñetazos contra las rocas que formaban la pared de la cueva y al fin la bóveda se estremeció de tal manera, que algunas piedras cayeron sobre su cabeza, lo que acabó de enfurecerle.

Durante todo el día y la noche siguiente no cesó en sus rugidos, en tanto que los habitantes del pueblo permanecían en sus respectivas casas, temblando de miedo y se preguntaban qué sería de ellos si el hilo llegaba o romperse. Únicamente el duendecillo no sentía el más pequeño temor, pues sabía de qué cosas estaba hecho aquel hilo milagroso.

Al día siguiente se acercó a la boca de la cueva y exclamó severamente:

—Escúchame, Silón. Estás atado para siempre más, pero lo tienes muy merecido, porque eres un gigante malo y egoísta, que nunca ha hecho un favor o nadie, sino todo lo contrario. Por consiguiente, eres nuestro prisionero. Si te conduces pacíficamente, te daremos de comer todos los días, pero si continúas rugiendo de rabia, te dejaremos morir de hombre.

Silón escuchó estas palabras, y comprendió que había sido derrotado. Se apaciguó y rogó al duendecillo que le hiciese llevar algo de comer, pues, por su parte, prometió portarse apaciblemente.

El duendecillo se alejó y, en breve, todos los habitantes del pueblo se enteraron de la gran noticia. El gigante mayor del mundo estaba atado y reducido a la impotencia, de modo que nunca más podría recobrar la libertad. Todo el mundo vitoreó al duendecillo y le dio palmadas amistosas en el hombro. Le regalaron cien talegas de monedas de oro y él, en el acto, pagó su deuda a los herreros que fabricaron las cadenas para sujetar al gigante. Con el resto de su dinero, compró una casa muy bonita, y en adelante vivió feliz.

En cuanto a Sifón, suele permanecer tranquilo, aunque a veces se pone furioso y parece que hay un terremoto en el pueblo. Pero no puede escaparse, aquel hilo maravilloso lo retendrá hasta el fin del mundo.

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

Los viejecitos de la cueva

Ilustración: shanyar

Hace muchísimo tiempo, cuando el mundo estaba recién estrenado, cuentan que a un caminante que se dirigía a la ciudad lo sorprendió un fuerte aguacero. Como cada vez llovía más, echó a correr mientras miraba a un lado y a otro para ver si encontraba algún sitio donde poder cobijarse. Por fin vio una cueva que estaba en un monte, cerca del camino, y hacia ella se dirigió.

Al llegar allí, se encontró con un viejecito muy viejecito, todo pelón y huesudo, que daba lástima verlo, porque el pobrecito lloraba desconsoladamente.

—Venerable anciano, ¿por qué llora usted? —preguntó el caminante—. ¿Tiene usted frío?

—No, señor.

—¿Tiene hambre?

—No, señor.

—¿Está enfermo?

—No, señor.

—¿Se le ha muerto alguien querido?

—No, señor.

—Pues, ¿qué le pasa a usted, ancianito?, ¿qué le pasa a usted? ¿Por qué llora?

—¿Qué me ha de pa… pasar? —repuso entre sollozos el anciano— ¡Que mi padre me ha castigado!

—¡Pero, hombre! Eso no es posible… ¿Su padre? ¿Está seguro? ¿Usted tiene padre todavía?

—Sí, señor.

—¿Y por qué lo ha castigado?

—Por nada. Por… porque ha querido.

—¿Y dónde está su padre ahora?

—Allá, dentro de la cueva.

—¿Puedo entrar a verlo?

—Sí, señor; pase usted.

El caminante entró en la cueva y siguiendo una galería iluminada, se internó en aquella profunda caverna hasta que llegó a una salita en la que encontró sentado sobre una gran piedra al padre del abuelo llorón.

Si el de la entrada era anciano, ¡cómo sería de viejecito su padre!: tenía la cara del mismo color de la tierra; no le quedaba ni un solo diente; ni colmillos ni muelas había en su boca; la barbilla se le juntaba con la nariz. En fin, que ni siquiera al verlo, el caminante se podía creer que hubiera en el mundo un viejecito tan viejecito como aquel viejecito tan decrépito que estaban viendo.

El caminante lo saludó respetuosamente, le hizo mil preguntas, y a todas contestó de forma lúcida el ancianito, no con aspereza, pero sí con autoridad y un poco de mal genio. Finalmente, el caminante se atrevió a decirle que su hijo estaba llorando a lágrima viva en la entrada de la cueva, que tuviera compasión de él, ya que era tan viejecito, y que lo llamara, que estaba lloviendo y cogería frío.

—¡Qué pena, qué pena! Pues que mi hijo no sea tan malo…

—Pero, hombre, ¿qué malo ha de ser a su edad, si ya habrá cumplido noventa años?

—Los noventa ya hace años que los cumplió, pero sigue siendo muy malo.

—Pero si dice que llora porque usted lo ha castigado.

—¡Claro que lo he castigado! A ver si aprende de una vez.

—Pero ¿se puede saber qué es lo que ha hecho?

—Sí es que es muy malo, señor, muy malo. ¡Y lo seguiré castigando hasta que aprenda a comportarse!

—Pero ¿es posible? ¿Tan malo es? ¿Qué es lo que ha hecho, dígame usted, qué es lo que ha hecho su pobre hijo?

—¿Qué ha hecho? ¿Qué ha hecho? ¡Pues nada más y nada menos que faltarle al respeto a su abuelo!

FIN

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Perlas de sabiduría

Ilustración: Victoria Rivero

En el lejano Oriente, habitó una vez un hombre al que consideraban el más sabio de la tierra. Una joven viajera decidió cruzar el mundo y visitarlo para aprender de él.

—Maestro, me gustaría saber cómo llegar a ser una persona tan sabia como usted.

—Es realmente sencillo, —le dijo— yo únicamente me dedico a descubrir las perlas de sabiduría que me rodean. ¿Ves aquel gran baúl allí?

—Sí.

—Está lleno de las perlas que he acumulado durante mi existencia.

—Sí, pero ¿yo dónde puedo encontrarlas?

—Las perlas están por todas partes. Es cuestión de abrir bien los ojos y aprender a descubrirlas. Las perlas de sabiduría siempre están preparadas para quien esté dispuesto a encontrarlas. Es como una planta que nace dentro de las personas, evoluciona dentro de ellas, se nutre de otras personas y da frutos que nos alimentan a nosotros y a los demás.

—Ah, ya, ya…. ¡Ya lo entiendo! Lo que me está diciendo es que tengo que ir descubriendo las perlas de sabiduría que hay en el interior de cada persona para coleccionarlas y así ir creando mi propia sabiduría, que después podré ir compartiendo con los demás…

En aquel momento, las palabras de aquella joven formaron una pequeña nube de vapor de agua que se condensó hasta solidificarse en una pequeña perla. Inmediatamente el maestro la recogió para ponerla junto al resto de perlas dentro de su baúl.

El maestro le dijo:

—Ya lo ves, la única sabiduría que poseo es la de recopilar estas pequeñas perlas que después utilizo en el momento oportuno.

FIN

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El brillo de la luciérnaga

Ilustración: miremi14

En Tailandia, en el interior del tronco de un altísimo y majestuoso lampati, vivía una comunidad de luciérnagas. Cada día, al caer la noche, cuando todo se quedaba a oscuras y en silencio y solo se oía el murmullo del cercano río, las luciérnagas abandonaban el viejo árbol y llenaban el cielo nocturno de destellos. Jugaban a hacer figuras con sus luces, bailando en el aire para crear un sinfín de destellos luminosos, más brillantes y más espectaculares que los de un castillo de fuegos artificiales.

Pero entre todas las luciérnagas que habitaban en el lampati, había una muy pequeñita a la que no le gustaba salir a volar.

—No, no, hoy tampoco quiero salir a volar —decía todos los días la pequeña luciérnaga—. Id vosotros que yo estoy muy bien en casa.

Tanto sus abuelos, como sus padres, hermanos y amigos esperaban con ansiedad a que llegara la noche para salir de casa y brillar en la oscuridad. Se lo pasaban tan bien, que no comprendían por qué la pequeña luciérnaga no los acompañaba nunca. Le insistían una y otra vez para que fuera con ellas a volar, pero no había manera de convencerla. La pequeña luciérnaga siempre se negaba.

—¡No quiero salir a volar! —repetía la pequeña luciérnaga— Dejadme tranquila.

Toda la comunidad de luciérnagas estaba muy preocupada por la actitud de la pequeña.

—Hemos de hacer algo —decía su padre angustiado—. No puede ser que nuestra pequeña no quiera salir nunca de casa.

—No te preocupes —añadía su madre—. Ya verás como todo se arregla y cualquier día de estos se anima y sale a volar con nosotros.

Pero pasaban los días y la pequeña luciérnaga seguía encerrada sin salir de casa.

Un anochecer, cuando todas las luciérnagas habían salido a volar, la abuela luciérnaga se acercó a la pequeña y le preguntó dulcemente:

—¿Qué te sucede, pequeña? ¿Por qué nunca quieres salir de casa? ¿Cuál es la razón por la que nunca quieres venir a volar e iluminar la noche con nosotros?

—No me gusta volar —respondió la pequeña luciérnaga.

—Pero ¿por qué no te gusta volar ni mostrar tu luz? —insistió la abuela.

—Para qué quieres que salga y muestre mi luz si nunca podré brillar como la Luna —dio por fin la pequeña luciérnaga—. La Luna es grande y brillante y yo a su lado no soy nada. Soy tan pequeña, que si me comparo con ella no soy más que una ridícula chispita. Por eso nunca quiero salir de casa y volar, porque nunca seré tan brillante como la Luna.

La abuela escuchó con atención las razones de la pequeña luciérnaga.

—Lo que dices es verdad: nunca podrás brillar como la Luna —dijo con una sonrisa—. Pero hay una cosa de la Luna que has de saber y que, por lo que dices, deduzco que desconoces. Y es una cosa que sabrías si salieras de casa de vez en cuando. Pero como no es así, pues, claro, no lo sabes… —Y la abuela hizo ademán de marcharse.

—¡Espera, abuela, no te vayas! Cuéntame qué es lo que debo saber de la Luna y que no sé —añadió la pequeña luciérnaga llena de curiosidad.

—Has de saber que la Luna no tiene luz propia, solo refleja la luz del sol y por eso no brilla igual todas las noches —respondió la abuela—. La Luna es tan variable que cambia todos los días. Hay noches en las que se la ve radiante, redonda, como una gran pelota brillando desde lo más alto del cielo. En cambio, hay otros días en que brilla a medias y otros se esconde por completo, su brillo desaparece y deja al mundo sumido en la más profunda oscuridad.

—¿Es verdad que hay noches en que se esconde la Luna? —se sorprendió la pequeña.

—¡Naturalmente! —continuó explicando la abuela—. La Luna cambia constantemente. Hay veces que crece y otras que se hace pequeña. Hay noches en que es enorme, de un color rojo, y otros días en que se hace invisible y desaparece entre las sombras o detrás de las nubes. La Luna cambia constantemente y no siempre brilla con la misma intensidad porque es solo un reflejo del sol. En cambio, tú, pequeña luciérnaga, siempre brillarás con la misma fuerza y siempre lo harás con tu propia luz.

La pequeña luciérnaga se quedó asombrada ante las explicaciones de la abuela. Nunca se habría podido imaginar que la Luna fuera tan variable que brillaba o que se apagaba según los días. A partir de entonces, la pequeña luciérnaga salió cada noche del interior del gran lampati para acompañar al resto de luciérnagas en sus vuelos, brillando orgullosa con su propia luz.

FIN

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La vuelta al mundo

Ilustración: Antihelios

Hace cientos de lunas, en una hermosa y fructífera huerta en la que se cultivaban coles, berzas, lechugas, acelgas y otras muchas verduras había un pozo de agua fresca y cristalina. Pero como en este mundo todo cambia, también cambió de dirección el manantial del que se alimentaba el pozo. En vez de tomar hacia la derecha, se fue hacia la izquierda y el resultado fue quedarse el pozo sin agua. No obstante, no se vio privado del todo de ella, pues gracias a algunas filtraciones, nunca llegó a quedarse seco del todo; sin embargo, el agua era tan escasa, que no se podía aprovechar para el riego.

El hortelano, dueño de aquella tierra, cavó otro pozo y abandonó por completo el primero, que quedó olvidado en uno de los rincones de la huerta. Ahora usaba el viejo pozo como contenedor de todo lo inservible. Si se rompía un puchero, al pozo lo tiraba; las peladuras de patata allí las echaba; en una palabra, al pozo iba a parar todo lo inútil.

Pero hubo quien sacó provecho de la nueva situación. Se apoderaron de la superficie del agua esos insectos que tienen el privilegio de caminar por encima de ella. En el fondo, se instalaron algunas sabandijas con suma tranquilidad, pues no las molestaba el chirrido de la polea; y en las negras y húmedas paredes había establecido su morada una babosa, que tenía la costumbre de dar paseos. Al verla, los bichos que con ella se cruzaban se alejaban prudentemente. La limaza los seguía con la vista y decía:

—¡Cómo me temen!

Entonces, se miraba en el espejo del agua y al ver reflejada su imagen, se comparaba con los insectos y con las sabandijas y murmuraba:

—¡Menuda diferencia entre ellos y yo! Ninguno de ellos llega ni a la mitad de mi corpulencia.

Así discurría ella, y como no había quién la contradijera, llegó a deducir que era fuerte, que era hermosa, que era temible y vete tú a saber cuántas otras cosas.

A todo esto, hemos de añadir que las ventanas de la escuela del pueblo daban a la huerta y la babosa oía las explicaciones de la maestra que, a fuerza de repetir las descripciones geográficas, consiguió una alumna aventajada y esta alumna no era otra que la limaza.

Tanto oyó hablar de mares, ríos, de países lejanos y de las bellezas de la naturaleza, que la babosa resolvió dar la vuelta al mundo y como los preparativos eran para ella muy sencillos, pues no necesitaba ni maleta ni dinero, comenzó a arrastrarse describiendo círculos alrededor del pozo, siempre subiendo, pues le pareció ese el camino más corto. En realidad, lo único que consiguió fue fatigarse y perder el tiempo, pues empleó veinte días en llegar al brocal. Una vez allí, se dijo muy satisfecha que otro hubiera necesitado el triple de tiempo para llegar a donde ella. Y dijo el triple porque no le bastaba en todas las cosas doblar a los demás seres, pues cuanto menos quería ser tres veces más que lo demás.

Descansó un poco y calculó el efecto que produciría su presencia en el mundo. Pero…

—¿Dónde está el mundo? —se preguntó la babosa.

Volvió a mirar y como de las explicaciones de la maestra había sacado en limpio o en turbio que el mundo era redondo, al ver que el pozo lo era, se convenció de que, dando la vuelta al brocal, daría la vuelta al mundo.

Ya descansada, se arrastró de nuevo. Como la noche anterior había llovido y se había llenado de agua la junta de dos ladrillos. La babosa creyó hallarse ante el Nilo, el cual había ponderado la maestra, admiró el caudaloso río y al atravesarlo se convenció de que era un animal privilegiado, pues su cuerpo llegó a la orilla opuesta cuando aún se apoyaba en la otra.

—¡Gran río, caudaloso y profundo! —exclamó—, ¿qué eres si conmigo te comparas?

Poco después, halló un agujero formado por la falta de un ladrillo, y como también estaba lleno de agua, creyó que era el Atlántico. Se entretuvo algunos segundos contemplándolo y convirtió en poderosos veleros y buques algunos fragmentos de hojas que flotaban en el agua. Dejó atrás el hoyo, pensando que las cosas están en relación con la importancia del que las mira, pues aquel océano, tan temible para los hombres, era para ella poca cosa, como lo probaba el haberlo atravesado en pocos instantes en vez de los muchos días que empleaba un barco. Una vez pasado el Atlántico exclamó:

—¡He llegado a América!

Un palo viejo de escoba apoyado en el borde del brocal se le antojó un rascacielos y trepó por él para observar la vista.

—Debo estar en Nueva York.

Y como el sol ya desaparecía en el horizonte, la limaza puso fin a la primera parte de su viaje.

Al alba, se despertó la babosa y vio a su lado un troncho de coliflor y creyó encontrarse en uno de aquellos bosques vírgenes de América y pensó que la maestra no había exagerado al ponderar la esplendidez de la vegetación americana, pues nunca había visto cosa semejante. Los ladrillos llenos de moho le parecieron las inmensas praderas de América del Norte; y tomó a los bichos que allí habitaban por un rebaño de búfalos. Más allá, vio un tiesto resquebrajado del que se escapaban hilillos de agua y la babosa exclamó:

—¡Estas deben ser las cataratas del Niágara!

Un mosquito pasó zumbando por encima del descalabrado tiesto, y la limaza murmuró:

—Este pájaro que por encima del Niágara vuela es un águila. Como yo, ella no siente pavor ante tan asombroso salto de agua. Solo yo y el águila somos capaces de tanta intrepidez.

Siguió su odisea hasta que la interrumpió una agujereada olla puesta boca abajo en el brocal. Al considerar su elevación, se dijo que aquella debía ser la cordillera de los Andes, y al recordar que los Andes estaban en América meridional, acabó de formarse extraordinario concepto de sí misma, pues en pocas horas se había trasladado del Niágara a los Andes, tan distantes para los hombres y tan cercanos para ella. Resolvió pasar la noche al pie de la cordillera y así lo hizo.

Al amanecer del siguiente día, comenzó la exploración de los Andes, o sea del puchero, y al llegar a la cima vio algunas manchas blancas y recordando las explicaciones de la maestra, se dijo que estaba en la cima del Aconcagua, siempre nevada.

El agujero que había en la olla le llamó poderosamente la atención y supuso que debía ser el cráter de algún volcán extinguido. En esto, el viento movió la olla y creyó que había comenzado un terremoto; temió que el volcán empezara a arder; el miedo hizo que perdiera el equilibrio y, tratando de escapar, cayó en el interior de la olla por el boquete.

El batacazo no fue gran cosa, pero necesitó unos segundos para reponerse y al lograrlo, pensó que se hallaba en las entrañas de la tierra.

No estaba sola, pues allí tenían su refugio unas orugas, que con los vaivenes del puchero se agitaron moviéndose en todas direcciones. En monstruos antediluvianos los convirtió la babosa, que se envaneció al ver que los espantaba. En esto, entró un moscardón, que comenzó a revolotear zumbando; y la babosa no supo qué clase de animal era aquél, superior al mosquito, que ella había creído águila.

El moscardón se enredó en la tela de una araña, que extendió hacia él sus largas y vellosas patas. La víctima se agitó creciendo en intensidad su zumbido. La araña intentó sujetarla con sus patas, pero cuando estaba a punto de lograrlo, el viento volvió a agitar el puchero; la araña se balanceó y el moscardón logró escapar.

La babosa buscó escape en medio del débil susurro del aire, que para ella era el rugido de una fiera tempestad; y al salir del centro de la tierra recordó los tremebundos espectáculos que había presenciado. Entre ellos, la lucha de aquellas bestias; de todo lo cual dedujo que otro ser que no fuera ella hubiera muerto del batacazo, o devorada por aquellos monstruos, o bien del susto. Por tanto, el haber salido ilesa era señal evidente de que ni en fiereza, ni en fuerza, ni en resistencia había criatura que pudiera compararse con ella, ni siquiera los animales antediluvianos. Las emociones habían sido tantas, que la babosa creyó conveniente descansar.

En su cuarta jornada, vio sobre el brocal unas piedrecitas mojadas por la humedad del pozo.

—Estoy en Oceanía —dijo la limaza.

Atravesó Oceanía y como en aquella parte del brocal faltaban varios ladrillos y crecía la hierba, se quedó parada delante de lo que para ella eran espesos bosques, y algo perpleja, pues no sabía si se hallaba en Asia o en África. Al arrastrar su cuerpo por aquel continente, vio una hormiga, y la babosa se detuvo exclamando:

—¡Un león!

El león, o sea la hormiga, iba y venía buscando una salida. Al compararse con la hormiga, la babosa se preguntó qué era ella si el león era el rey de la selva. Mientras así discurría, vio avanzar con torpes movimientos un escarabajo.

—Este debe ser el elefante, el más colosal de los animales. ¿Qué soy yo entonces, pues su volumen no llega al mío? Está claro que soy un ser extraordinario. Fiero es el león, fiero el elefante y yo estoy cerca de ellos y no tiemblo.

La babosa siguió su camino y se encontró con un gusano que tomó por una boa; atravesó nuevas tierras y nuevos ríos y, por último, topó otra vez con la junta de los dos ladrillos que había tomado por el Nilo, que, así como había marcado el principio de su viaje, marcaba el final.

—¡He dado la vuelta al mundo! —exclamó llena de vanidad—. Hubiera deseado ver un pozo, pues recuerdo que un día la maestra dijo a uno de sus alumnos que el mar era un pozo grande; pero los pozos deben ser tan diminutos que escapan a mi grandeza.

Dicho esto, comenzó a descender por la pared del pozo y se metió en su escondrijo, y la vanidad la hinchó tanto, tanto, que nunca más pudo salir de allí y allí se quedó hasta el final de sus días, recordando orgullosa su odisea.

FIN

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Las tres palabras

Ilustración: barcode-roses

Una joven viajera llegó de noche a una posada. Estaba cansada y tenía hambre y sed, pero no tenía dinero. Le propuso al posadero hacer algún trabajo a cambio de su sustento, pero el posadero no tenía nada que ofrecerle. Sin dinero, no podía pagar ni la cena ni la habitación para pasar la noche, así que empezó a pensar en cómo podría conseguir algunas monedas para comer y dormir, al menos aquella noche.

En una de las mesas, se sentaba una pareja de amigos que comían y bebían y a la joven se le ocurrió una idea: les propuso contarles sus viajes por todo el mundo y lo que en ellos había conocido y vivido. Como estaban muy aburridos, aceptaron de buen grado el ofrecimiento. Los cuentos eran muy divertidos, así que los escucharon con mucho interés; se divirtieron y se rieron mucho. Sin embargo, no estaban dispuestos a pagar ni una moneda por las historias con las que la joven los había deleitado durante la velada.

Finalmente, la viajera les dijo:

—De acuerdo, no me paguéis nada por mis cuentos, pero os propongo una apuesta: yo pronunciaré tres palabras y estoy segura de que vosotros seréis incapaces de repetir las tres. Si es verdad lo que os digo, me pagaréis la cena y la cama para dormir esta noche, si no es así, me marcharé de aquí sin molestaros más.

—¡Lo que dices es absurdo! —le contestaron los amigos riendo—. No existe ni una sola palabra en el mundo que no se pueda repetir.

—Entonces, ¿queréis hacer la apuesta? —preguntó la joven.

—¡Adelante! —contestó al unísono la pareja.

La joven empezó:

Ovovivíparo.

Ellos repitieron:

—Ovovivíparo.

La joven dijo:

Electroencefalografista.

La pareja dijo:

—Electroencefalografista.

Entonces, sonriendo, la viajera les dijo:

—¡Error!

Los amigos se quedaron sorprendidos. Estaban convencidos de que habían pronunciado bien la palabra y como no estaban dispuestos a dejarse ganar, le propusieron a la chica:

—Intentémoslo de nuevo. Si ganas, ¡pagaremos tu estancia en la posada durante una semana entera!

—¡De acuerdo! —aceptó la joven.

Y empezó otra vez:

Desoxirribonucleico.

Los amigos:

—Desoxirribonucleico.

La joven:

Esternocleidomastoideo.

Los amigos, después de pensarlo un rato, pronunciaron:

—Esternocleidomastoideo.

De nuevo, la joven dijo con una sonrisa:

—¡Error!

Lo intentaron varias veces más y, en cada ocasión, apostaron una gran cantidad de dinero. Después de un rato, los amigos se rindieron, pagaron su deuda y preguntaron:

—¿Dónde hemos fallado?

La joven dijo:

—En ninguna ocasión habéis sido capaces de pronunciar la tercera palabra. Cada vez, la tercera palabra era ‘error’, pero como vosotros no habéis sido capaces de repetirla, habéis perdido la apuesta.

La joven viajera pasó una semana a pan y cuchillo en la posada y se marchó de allí con una buena cantidad de dinero para continuar sus aventuras por el mundo.

FIN

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El contador de ovejas

Ilustración: Juan Caminador

En el lejano Oriente vivió un rey al que le gustaba mucho escuchar cuentos antes de quedarse dormido. Todas las noches, después de cenar, se acurrucaba en su cama y hacía llamar a alguien para que le relatara alguna historia.

Una noche pidió que le contaran un cuento largo, pero muy, muy largo, pues no tenía ni pizca de sueño.

Entonces llegó una contadora de cuentos y le contó un cuento muy largo al rey, pero… nada. El rey seguía muy despierto, no quería quedarse dormido y le pidió otro cuento. Entonces la contadora de cuentos le contó otro, pero tampoco funcionó. El rey no se dormía. Tenía los ojos abiertos como los de un búho.

Cuando la narradora ya llevaba contados más de una docena de cuentos y el rey todavía no se quedaba dormido, se le ocurrió una idea, y le contó el siguiente cuento:

Érase una vez un campesino que viví en lo alto de una montaña. Un día bajó para ir a comprar ovejas a un pueblo vecino. Compró muuuuchas ovejitas y después de pagar, decidió regresar con su gran rebaño a casa. Por el camino, tuvo que atravesar un río y para que los animales no se ahogaran, buscó la parte menos profunda para que las ovejitas no se ahogaran, pero era un paso tan, tan estrecho que no tuvieron más remedio que atravesarlo una por una, Primero pasó una, luego dos, luego tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho….

Al llegar a ocho, no fue el rey el que se quedó dormido, sino la narradora de cuentos. El soberano aguardó unos minutos, pero al final, muy impaciente, la despertó:

—¡Pero no te duermas! ¡Termina de contarme el cuento!

—¡Calma, Majestad! —repuso la narradora de cuentos—, el río es muy peligroso y el pobre pastor ha de tener mucha paciencia y atravesar todas sus ovejas una por una. Ahora mismo termino la historia…

El pastor siguió pasando las ovejitas de una orilla a otra… nueve, diez, once, doce, trece, catorce, quince…

El rey siguió escuchando atentamente cómo el pastor iba atravesando, una a una, todas las ovejas de su rebaño. Cuando ya habían atravesado el río casi cien ovejas, el monarca, por fin, se quedó profundamente dormido.

Dicen que a partir de entonces es costumbre recomendar a las personas que no se pueden quedar dormidas que cuenten ovejas para conciliar el sueño.

FIN

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