Cuento popular

Las tres mentiras

Ilustración: Lois van Baarle

Al morir, unos campesinos dejaron en herencia a sus tres hijas los ahorros de toda su vida para que los repartieran entre las tres como buenas hermanas, pero era tan poco lo que habían dejado, que las hermanas decidieron que solo una de ellas habría de quedarse con todo el dinero.

Enterraron las monedas y, para decidir quién sería la afortunada, acordaron que durante un año viajarían por el mundo. Al terminar el plazo, se reunirían de nuevo y el dinero sería para la hermana que contara la mentira más grande.

Todas de acuerdo, tomaron cada una un rumbo distinto.

Pasado el año, se reencontraron en el punto convenido, allí donde habían enterrado el dinero de la herencia. Se abrazaron con grandes muestras de afecto y la mayor tomó la palabra:

—Yo, hermanas, he trabajado un año entero como agricultora y os cuento que planté una mata de garbanzos que creció tan alto, tan alto, que llegó hasta el cielo.

—¡Qué mentira más grande! —corearon sus dos hermanas.

—Ahora te toca a ti —dijo la mayor a la mediana.

—Yo estuve todo el año trabajando en una hilandería. Un día, me puse a torcer un hilo tan largo, tan largo, que mientras yo sostenía un extremo, el otro llegó al cielo.

—¡Qué mentira más grande! —dijeron las otras dos hermanas.

—Ahora es tu turno —dijo la hermana mediana a la más pequeña.

Yo —dijo la menor rascándose una oreja —no trabajé en nada concreto y pasé bastante frío y mucha hambre. Tantas penurias pasé, que una noche no tenía ni un fósforo para encender una vela que me iluminara. ¿Qué hice? Divisé la luz de la luna allá en lo alto y decidí subir hasta ella y pedirle un poco de su fuego para encender la vela.

—¡Esa sí que es una gran mentira! ¿Por dónde subiste?

—¡Por el hilo que tú torciste!

—¿Y por dónde bajaste?

—¡Por el garbanzo que tú plantaste!

Las dos hermanas mayores no tuvieron más remedio que aceptar su derrota. Desenterraron el dinero y se lo entregaron, riendo, a la más pequeña.

FIN

Un concierto en la selva

Ilustración: Elliza

Faltaban muy pocos días para el cumpleaños de la señora Jirafa, animal de gran respetabilidad en aquella aldea, y todos los vecinos deseaban obsequiarla con algo extraordinario y digno de la estima que les merecía. Regalarle un ramo de flores era poca cosa, sobre todo teniendo en cuenta que allí no había más que flores silvestres, y de esas podía coger ella cuantas quisiera, porque crecían en la misma puerta de su casa. Regalarle un traje era una tontería en opinión de la Zorra, porque no había sastre en el pueblo que pudiera hacerle otro más bonito que el que usaba a diario, así que esa idea la desecharon por descabellada. El Topo proponía que le regalasen unas gafas, porque, como él estaba cegato, se figuraba que no había nada en el mundo de más valor que unos anteojos, opinión que no compartía el Lince, porque, según él, se veía demasiado para lo que había que ver en este mundo, prueba plena de que, en este mundo, «todo es según el color del cristal con que se mira». El Lince veía mucho y el Topo veía poco, y por eso no podían ponerse de acuerdo en tan importante cuestión. El Mono decía que lo más adecuado para aquellas latitudes donde la época de las lluvias es tremenda, era un buen impermeable, y, en cambio, el Hipopótamo opinaba que el agua no hacía daño a nadie, y buena prueba de ello era su propia familia, que jamás había tenido que recurrir al médico, aunque se pasaban la vida metidos en el agua. El Aguila decía que lo más moderno y mejor era un aeroplano de buenas dimensiones, donde doña Jirafa pudiera remontarse en los aires y acompañarla a ella en sus excursiones aéreas, y, opinando en contra una sesuda Tortuga, que detestaba todo lo que no fuera sumergirse, proponía un submarino, porque, ¿dónde mejor se puede estar y dónde se disfrutan mejores panoramas que en el fondo de las aguas?

—¡Calla, achaparrada! —replicaba el águila—. ¡Vamos, que venir a decirnos que debajo del agua se disfruta de buenos panoramas! Sube, si puedes, conmigo a lo alto de la montaña, remóntate hasta las nubes, y cuando veas la inmensidad de la tierra, podrás hablar de panoramas.

—A ver si regañáis por tan poca cosa —terció un Chimpancé muy sabihondo, por haber viajado bastante—. No seáis tontas y ·dejaos de discusiones. Escuchadme a mí. Cuando yo andaba por los países que se llaman civilizados, aunque, a mi entender, están tan atrasados como nosotros, porque cometen muchas tonterías sus habitantes, tuve ocasión de ver que lo que se hace cuando se quiere obsequiar a una persona, bien sea porque celebre su fiesta onomástica…

—¿Qué ha dicho? —preguntó un Erizo muy papanatas que, como siempre estaba hecho una bola, no se enteraba de nada—. ¿Qué clase de fiestas son esas? Porque, hablando sinceramente, en mi vida la he oído nombrar.

—¡Ya ha metido la pata este pobrecito! —repuso el Chimpancé, en de burla—. ¿Sabes lo que te digo?, pues que te hagas una bola y, cuando hayas rodado por el mundo tanto como yo, sabrás lo que la numismática …

—¿La numismática? ¡Sabihondo estás, Chimpancé! ¡Apostaría a que tú tampoco lo sabes, ¿eh?

—¿Quién hace caso de palabras necias? Sigamos adelante. Pues bien, como iba diciendo, cuando alguien celebra su santo, el bautizo de un hijo, o cualquier otro festejo tan señalado como los mencionados, sus vecinos suelen obsequiarlo con un concierto. Es lo mejor.

—¿Un concierto? ¿Y eso qué es? —preguntó un Palomo atontado que estaba escuchando la conversación.

—Un concierto, amigo Palomo —explicó el Chimpancé—, es un conjunto de instrumentos musicales que ejecutan las piezas de su repertorio.

—¡Ah, vamos!—exclamó un Asno, que hasta entonces había permanecido con la boca abierta sin decir esta boca es mía, para que no se riesen de él. Lo que viene a ser una orquesta.

—Precisamente, pero como aquí no disponemos de instrumentos musicales, podríamos organizar un orfeón…

—¡Ah, sí! Un concierto a voces solas. Pues no hay más que hablar. Contad conmigo, que soy un barítono de primera. Vais a verlo —Y sin esperar a que le instasen, lanzó un rebuzno estrepitoso.

—No está mal, no está mal- dijo el Chimpancé—. Aunque me parece que no es así como cantan en los países civilizados.

—Pues si de voces buenas se trata, a mí no me gusta ponerme medallas, como suele decirse, pero aquí tenéis la mía —dijo un Ganso, lanzando un sonoro graznido, a fin de demostrar a su auditorio que podía codearse con el mejor cantante del mundo.

—Me vais a perdonar que me meta en lo que acaso no me importe, hijos míos —terció un sesudo Marabú, que estaba escuchando el conciliábulo—, pero me parece que estáis errados.

—¿Herrados? ¡Ja, ja, ja! —exclamó, riéndose a carcajadas una Hiena rayada que se las daba de chistosa, porque siempre se estaba riendo—. Los herrados son los animales de casco como los caballos, pero a nosotros no hay herrador que nos ponga herraduras.

—Digo que estáis errados —repuso el Marabú— refiriéndome a lo equivocados que vivís. Para dar un concierto de voces solas, lo primero que hace falta son las voces, pero no voces como las vuestras, porque presumir vosotros de voz, es como si presumiera de buen corredor un cangrejo. Para ese concierto que pensáis dar a la señora Jirafa, os aconsejo que reunáis canarios, alondras, ruiseñores, jilgueros y otras aves de las muchas que abundan en nuestra vecindad y que, por poco dinero, porque los artistas no trabajan solo por amor al arte, formarán un coro tan maravilloso, que dejaría patidifuso al músico más exigente. Y aun así, para que resulte bien, será preciso que se encargue de todo un buen director, porque, si no, saldrá todo muy mal.

—Se conoce que este quiere cantar también.

—¿Yo? ¡Dios me libre! —repuso el Marabú—. En mi vida he tenido pretensiones.

—Pues cállate y déjanos que lo organicemos nosotros —insistió el Chimpancé.

Y como les molestaba la presencia de aquel pajarraco que ponía el veto a sus proyectos, se retiraron, y allá, a solas, organizaron lo que se proponían.

Y llegó el cumpleaños de doña Jirafa. La buena señora convidó a una cena a todos sus amigos, y todos comieron esperando con ansia el momento solemne en que la anfitriona había de ver cómo correspondían a sus bondades sus vecinos. El momento no se hizo esperar. Apenas hubieron llenado la panza los que estaban comprometidos a demostrar sus cualidades filarmónicas, se reunieron en el centro de la plaza y comenzaron el concierto vocal más famoso que se ha escuchado en las selvas del mundo viejo y del nuevo.

Dirigía la orquesta el propio Chimpancé, y las voces cantantes las llevaban el asno, el cerdo, el ganso, el perro, siete gatos, catorce cotorras y tres lobos, que aullaban maravillosamente. Los coros los formaban moscardones, chicharras y grillos. En conjunto, no bajaría de un centenar el número de individuos que componían tan extraño coro, el cual atacó los números del programa con un ardor digno de mejor causa.

Al pronto, doña Jirafa y sus convidados, nos referimos a los que no estaban en el secreto del obsequio, creyeron que ocurría algo en la población, que se había producido un levantamiento de ciertos elementos que hacía días demostraban su descontento con los poderes públicos por el exceso de las contribuciones.

Luego supusieron que eran voces de alarma, porque se acercaba algún enemigo terrible, y después opinaron que se había vuelto loca la mitad de la población. Lo que ni por un momento pensaron fue que los cantores querían proporcionarles un rato de solaz a los del festejo.

La revolución que se armó no es para descrita, y los cantores, al ver el fiasco de su fiesta, comenzaron a inculparse mutuamente.

—¡El Asno es el que desafina! —gritaba la Hiena.

—Los que lo hacen mal son los coros —replicaba el Asno—. Esos moscardones no han ensayado bien.

—Lo que lo echa todo a perder, es el aullido de los lobos, que no saben aullar.

—¡Atiza! —exclamaban los ofendidos—. ¿Que no sabemos aullar siendo lobos?

—¡Fuera! ¡Fuera! —gritaba mientras tanto el público.

Y aquello hubiera terminado como un campo de Agramante si el León, con su indiscutible autoridad, no hubiera terciado diciendo:

—Aprended lo que dice el refrán: ¡Zapatero a tus zapatos! ¿No os creíais unos cantores perfectos? ¡Pues entonces no echéis la culpa a nadie de vuestro fracaso! Siempre pasa igual a los que pretenden hacer cosas que están fuera de sus aptitudes.

FIN

Ni cansancio ni hambre ni sed

Ilustración: Andrea Gerstmann

Llegó el momento en que el dueño de una pequeña granja no encontró en los alrededores un trabajador que le durara más de una semana. Según él, los echaba porque todos eran unos flojos, comilones y bebedores. Según los lugareños, se iban porque no les daba descanso y la alimentación era tan escasa como el tiempo disponible para comer.

Quienquiera que tuviera la razón, lo cierto es que nuestro granjero viajó a una aldea vecina en busca de un mozo capaz de soportar la jornada, que comenzaba antes de aclarar, ordeñando las vacas, y terminaba después al anochecer, apilando leña en la cocina del señor.

En el mercado del pueblo encontró a un muchacho que le pareció el indicado. El granjero le preguntó si no sería de esos flojos que siempre que los necesitaba estaban cansados, hambrientos o muertos de sed.

—¡Yo no me hago esos problemas! —respondió el muchacho—. Yo nunca estoy cansado, nunca tengo hambre y nunca tengo sed.

El granjero se dijo que al fin había dado con el tipo ideal: rendidor y económico, pensó.

Cargó el muchacho su equipaje, que no era más que una maletita de mimbre, y se fueron tan contentos el patrón con su empleado nuevo como el mozo con su nuevo empleo.

Llegando a casa, y solo por probarlo, el granjero le ofreció un gran plato de legumbres y un enorme jarro de leche fría. El mozo se los tragó y se fue a dormir. Debe ser por el viaje, pensó el granjero, mañana será distinto.

Pero fue igual. El muchacho se comía cuanto le daban, se bebía cuanto quedara a su alcance y se acostaba antes que las gallinas.

Aunque el granjero evitaba echarlo, porque eso sería reconocer las habladurías del vecindario, un día no aguantó más y lo llamó:

—¡Ven acá, grandísimo pícaro! ¿No eras tú el que aseguraba que nunca tenía hambre ni sed y nunca estaba cansado?

—Y así es, patrón —respondió calmadamente el mozo—, porque siempre como antes de tener hambre, bebo antes de tener sed y reposo antes de estar cansado…

FIN

La liebre que engañó al tigre

Ilustración: ReevolveR

En una de las grandes selvas de la India vivían, como es natural, una porción de animales de distintas especies. Pero no vivían en paz, porque les robaba la calma un feroz tigre que se almorzaba, comía y cenaba a cuantos vecinos se le antojaba, y los pobres no sabían qué hacer para quitarse de encima aquel azote de lomo rayado y afilados colmillos. Por lo menos querían que el tigre reglamentase su vida y no comiese más que lo estrictamente necesario para vivir.

Transigían con darle carne, puesto que el tigre no estaba acostumbrado a comer paja, y no había más remedio que darle tajadas.

Después de muchos conciliábulos, los animales de la selva decidieron llamar a capítulo al feroz tigre, el cual debía ser, sin duda, un tigre razonable, porque no se almorzó al mensajero y acudió puntualmente al llamamiento de sus vecinos y futuras víctimas.

Ya en presencia de aquella especie de congreso que se había reunido para recibirlo, lanzó un potente rugido que sembró la alarma en el ánimo de los más esforzados.

—Aquí me tenéis —dijo—, y desembuchad pronto lo que tengáis que comunicarme, porque me caigo de sueño. He pasado mala noche. Se me indigestó la cena y estoy, lo que se dice, muerto.

—¡Ojalá! —exclamó por lo bajo una gacela.

—¿Qué dices ? —preguntó el tigre al oír refunfuñar a la gacela.

—Digo que ojalá no se hubiera usted puesto malo, porque lo aprecio mucho —repuso la interpelada temblando de miedo.

—Muchas gracias, vecinita —dijo el tigre cortésmente—. Ahora al grano, aunque no me gusta. ¿Para qué me habéis llamado?

Y aquí surgió un grave problema. Los animales que más habían vociferado cuando estaban solos, eran mudos en presencia del tigre, porque siempre suele ocurrir lo mismo con los valentones. Por fin habló un mono que, por su facilidad de palabra y de trepar a los árboles, podía explicarse mejor y huir de rama en rama en caso de que el tigre tomase a mal sus palabras y quisiera imponerle silencio violentamente.

—Escucha, tigre carnicero —le dijo—. Te hemos llamado para decirte que estamos hartos de ser víctimas tuyas y queremos reglamentar tu comida. Es preciso que no mueran tantos animales para satisfacer tus feroces apetitos.

—¡Oh, qué poco entiendes la vida, amigo mono! —respondió el tigre que, al parecer, estaba satisfecho y, por lo tanto, no le importaba perder el tiempo discutiendo—. Lo que tú tomas por un mal, no es sino un bien desde mi punto de vista. Todos hemos venido al mundo para trabajar y yo trabajo como el primero para procurarme el sustento. ¿No es trabajo, dime, levantarme por la noche, y, cuando la mayoría de vosotros está durmiendo a pierna suelta, echar me al bosque a buscar qué comer?  ¡Qué culpa tengo yo de que no me entre la hierba? Yo me considero en el deber de comer carne, pues para eso tengo colmillos, y trabajo para adquirirla andando a veces leguas enteras en busca de ella y aguzando el ingenio para vencer la astucia de aquellos que, lejos de considerarse honrados con ir a parar a mi vientre, huyen y se ocultan con un cuidado que me obliga a trabajar aún más.

—Te conocemos, tigre, y aunque vengas ahora dándotelas de infeliz, sabemos muy bien que matas muchos más animales de los que realmente te hacen falta para tu sustento. Por eso vamos a hacerle una proposición.

—¿Qué proposiciones podéis hacerme que sean capaces do convencerme? El trabajar es digno de criaturas honradas, y yo no aceptaré nada que contribuya a librarme de mi trabajo. Sin embargo, os escucho y, si puedo complaceros, lo haré con mucho gusto.

—Pues lo que queremos proponerte —continuó el mono—, es lo siguiente: no salgas de caza por las noches para que tu celo por el trabajo no te incite a matar animales que no necesitas; estate en tu casa, o paséate tranquilamente, y si te comprometes a no matar a nadie, nosotros nos comprometemos a traerte diariamente una víctima para que te la comas. Así, tú no tendrás que preocuparte y nosotros sabremos que has de comerte al año trescientos sesenta y cinco animales o trescientos sesenta y seis si el año es bisiesto, mientras que siendo tú el cazador matarías diez veces más animales.

El tigre se quedó pensativo y, después de haberse rascado las dos orejas y el hocico, respondió:

—En principio no me parece mal la idea y estoy dispuesto a ensayarla desde esta noche. Pero os advierto que, si en la práctica no me da buen resultado, volveré al trabajo como siempre.

Y así se hizo.

Desde aquella noche los animales de la selva entregaban una víctima diaria al tigre y todo marchó como una seda durante algún tiempo. Los animales se sorteaban, y al que le tocaba la china iba a entregarse a los colmillos del tigre.

Al cabo ele algún tiempo le tocó la desgracia, porque no podemos decir la suerte, a la liebre, y esta no la recibió con agrado.

—¿Cuánto tiempo va a durar esta odiosa opresión? —dijo.

Sus vecinos comenzaron a gritar y a protestar contra el que todos creían era un deseo de romper el convenio, y solo se quedaron medio satisfechos cuando la liebre les indicó que tenía un plan para acabar con el tigre. No hay que decir que todos quisieron saber qué pensaba hacer, pero la liebre contestaba con un refrán que se usa en la India: «Antes de emprender tu viaje esconde tres cosas: tu dinero, la fecha de salida y el camino que vas a recorrer».

En una palabra, la liebre ocultó su plan y, por la noche, emprendió el camino hacia la guarida del tigre, tan tarde, que el animal estaba ya hambriento y enfadado por el retraso de su víctima.

Cuando llegó la liebre, aparentemente muy precipitada, el tigre la regañó muchísimo, y la liebre tuvo que esforzarse para lograr que escuchara su explicación.

—Escucha, tigre —dijo cuando pudo hacerse oír—, venía para acá con un amigo cuando encontramos otro tigre que nos cogió a los dos. Yo le dije que tuviera cuidado conmigo, porque estaba destinada al servicio de mi rey, pero el tigre desconocido me amenazó terriblemente, y dijo que te iba a destrozar a ti; más, por fortuna, con esta labia que tengo, conseguí que me dejase un respiro para venir a comunicarte lo ocurrido. Lo que sí te advierto, ¡oh, tigre!, es que no esperes más víctimas —concluyó—. El camino está cerrado por ese tigre, y si deseas que llegue tu cotidiano alimento tendrás que despejar el camino.

Al oír esto, el tigre montó en cólera, y diciendo a la liebre que le indicase el sitio en el cual estaba su rival, echó a andar.

La liebre lo llevó por un camino hasta un pozo que en el mismo había, pero antes de llegar se detuvo muy asustada

—¿Dónde está ese tigre? —preguntó, impaciente, su acompañante—. ¿Qué te pasa que no andas?

—¿Cómo quieres que ande con el miedo que tengo? —repuso la liebre—. ¿No ves que estoy temblando? Por nada del mundo me acercaré a ese pozo, porque ahí está el tigre con mi amigo.

El tigre insistió en que le mostrase el otro tigre y la liebre accedió a condición de que la cogiera en brazos. Así lo hizo su acompañante, y entonces la liebre le dijo que se asomara al pozo.

En efecto, en el fondo se veía al otro tigre con otra liebre en brazos, y, sin esperar a más el tigre verdadero, puesto que el otro no era sino su imagen reflejada en el agua con la claridad de la luna, soltó a la liebre y se arrojó al pozo, donde se ahogó.

La liebre, loca de contento por el triunfo de su ardid, corrió al pueblo con la buena nueva de la muerte de su enemigo y todos la aclamaron.

FIN

El concurso de vuelo

Ilustración: TsaoShin

En el tiempo en el que los animales hablaban, los pájaros se reunían una vez al año para competir en un concurso de vuelo. Al pájaro que mejor volaba, le daban un bonito premio

En uno de estos concursos, se juntaron todas las aves y decidieron qué pájaros harían de jueces y cuáles serían los premios que otorgarían.

Los mejores voladores estaban impacientes por demostrar sus habilidades aéreas. Los que se presentaban al concurso tenían que superar pruebas muy difíciles y demostrar cómo resistían toda clase de vuelos y acrobacias.

El concurso se inició con la actuación de una paloma. Tres picados y un doble salto mortal dejaron a todos con el pico abierto. Los espectadores aplaudieron a rabiar.

Luego actuó la golondrina, que se lució con sus elegantes movimientos. Su exhibición, más que un vuelo, pareció un delicado baile. La concurrencia aplaudió más todavía.

A continuación, voló la calandria, voló el casero, voló el teruteru y así fueron desfilando varios pájaros.

Después le tocó el turno a la lechuza que con su vuelo tan especial, quedándose en el aire sin moverse y haciendo giros que no habían hecho otros, parecía que iba a ganar el concurso de aquel año. Pero, aunque todo el mundo aplaudía sin descanso y ya estaba más que claro que la lechuza sería la campeona, aún no había nada decidido, pues faltaba el vuelo del loro:

—¡Que vuele el loro! ¡Que vuele el loro! ¡Hay que seguir hasta que todos hayan volado!

El último concursante era un loro grande y colorido que se había preparado a conciencia para la competición. Ya iba a comenzar su actuación, cuando un pájaro bromista de los que estaban ahí, que nunca se supo cuál fue, ató en la cola del loro, en un descuido de este, un petardo encendido.

Al sentir el calor en su cola, el loro arrancó el vuelo a toda velocidad, haciendo unos virajes extraordinarios. A causa de su desesperado aleteo, el petardo se encendió más y más y se le empezó a quemar el trasero. Entonces, el loro aleteó aún con más fuerza mientras se arrastraba por el suelo intentando librarse del petardo. Y subía y bajaba y hacía mil piruetas y se seguía arrastrando por el suelo a ver si se podía apagar el fuego, hasta que lo consiguió. Por fin, pudo aterrizar definitivamente y se quedó quieto.

Se hizo un silencio sepulcral entre los presentes, todos miraban a loro con ojos asombrados hasta que, de repente, los vítores y los aplausos estallaron a la vez y se oyeron en varios kilómetros a la redonda. El público pareció enloquecer.

Como no podía ser de otro modo, ganó el loro. Los jueces le entregaron el premio y le pidieron que contara cómo y dónde había aprendido a efectuar aquellas complicadas piruetas, aquellos picados temerarios, aquellas vueltas y revueltas espectaculares y aquellos remolinos de vértigo que habían dejado a todos anonadados.

—¡Que hable! ¡Que hable! ¡Que cuente su secreto! ¡Cuando sepamos cómo lo hace, nosotros lo imitaremos! —gritaban los pájaros.

Entonces, el loro habló:

—Bueno, amigos míos, no cualquiera puede hacer lo que yo he hecho. He ganado este concurso a costa de sudores, sacrificios y sufriendo muchos dolores —Acto seguido, el loro paseó su mirada entre el público y añadió—. Y aunque el galardón lo he ganado yo, quisiera saber quién ha sido el gracioso que me ha puesto el petardo en el culo para compartir el premio con él.

FIN

El sastre y la Luna

Ilustración: 1927

La Luna se asomaba a la ventaba del sastre todas las noches y miraba cómo trabajaba.

El sastre se sentaba, con las piernas dobladas bajo su luz, cortaba con unas enormes tijeras y cosía.

Pero una noche, cuando la Luna se asomó a la ventana, vio al sastre acostado en su cama durmiendo, soñando un dulce sueño.

La Luna se asombró y le dijo:

—¡Hola, señor sastre!

El sastre se despertó, se puso en pie, le hizo una gran reverencia a la Luna y le preguntó:

—¿Qué quieres de mí, Luna?

—Parece que no tienes mucho trabajo, porque es muy temprano y ya te has puesto a dormir —respondió la Luna—. Así que he pensado en encargarte ropa. Aquí fuera hace mucho frío y como yo ya soy anciana, me vendría bien un buen traje que me calentara. Hazme uno bien bonito y yo, a cambio, iluminaré gratis tu taller.

Después de pensarlo, el sastre respondió:

—¡De acuerdo!, aunque no será una tarea fácil. Tienes una punta hacia arriba y otra hacia abajo y en medio estás doblada como si fueras una hoz. Pero un pedido es un pedido y necesito trabajar para comer.

El sastre tomó las medidas a la Luna y le prometió tener el traje listo en una semana.

La Luna regresó el día señalado. El sastre le probó el vestido, pero ¡el traje no le iba bien! Su barriga había crecido y parecía una hogaza de pan.

La Luna se quejó al sastre:

—Mira, amigo mío, este traje me va pequeño. ¿Cómo quieres que me lo ponga? Descóselo y hazlo más ancho. Dentro de una semana volveré.

El sastre descosió el traje, añadió trozos de tela allí donde hacía falta y volvió a coserlo. El traje, ahora, era mucho más ancho.

Pasó una semana y, al anochecer, la Luna volvió a casa del sastre.

—¡Estás muy gorda, Luna! —exclamó el sastre sorprendido— Ahora eres redonda como una calabaza. ¿Qué te ha sucedido? Estás hinchada. ¿Quizás te duele el estómago?

—Olvidé por completo advertirte de que suelo engordarme un poco. Pero, amigo mío, ahora puedes estar tranquilo; te asegura que no ganaré más peso, ni siquiera medio gramo.

El sastre se puso a trabajar de nuevo; descosió todas las costuras y añadió un trozo de tela muy grande. El traje, ahora, era realmente enorme.

La Luna apareció al cabo de una semana, al anochecer, pero ¡¿qué le había pasado?!, ahora era delgada como un palillo y el traje le colgaba como a un espantapájaros.

El sastre estaba muy enfadado porque había trabajado en vano. Le dijo a la Luna que no le cosería el traje. Cerró la ventana y se tumbó en su cama a descansar de la tarea inútil de las tres semanas anteriores.

La Luna se quedó sin su traje, por eso sigue viajando cada noche por el cielo; busca sin descanso un voluntario dispuesto a coserle uno.

FIN

El elefante que perdió los anillos de boda

Ilustración: tjollrig

Cuentan que, un día, un joven y guapo elefante se adentró en la selva con toda su familia para comer. Después de saciar su apetito, se dirigieron a un río cercano para beber y bañarse.

En el camino, se encontraron con otro grupo de elefantes que se dirigía al mismo lugar. Las dos familias se saludaron con sus trompas y decidieron hacer juntas el camino.

Al poco, llegaron a la orilla del río y los más jóvenes empezaron a jugar y a chapotear y, riéndose, se ducharon unos a otros con sus trompas.

Entre juego y juego, el joven elefante quedó prendado de una linda elefanta y ella también se enamoró de él. A partir de entonces, se citaban a diario para dar largos paseos y hablar.

Pasó el tiempo; el elefante y la elefanta comprendieron que estaban hechos el uno para el otro, así que decidieron formalizar su relación. Se comprometieron y planearon su boda. Al conocer la noticia, las familias de los dos elefantes se alegraron muchísimo y, sin pérdida de tiempo, empezaron los preparativos para celebrar una fastuosa fiesta.

Todos querían participar; unos se encargaron de decorar el trocito de selva que serviría para oficiar la ceremonia; otros prepararon el banquete; otros se encargaron de dibujar y enviar las invitaciones y otros más de confeccionar preciosos adornos, que colgaron de las ramas de los árboles.

Dos elefantes modistas se encargaron de coser los vestidos de la pareja y una tía lejana del novio, orfebre de profesión, fabricó un par de magníficos anillos de oro como recuerdo del enlace. Todo iba saliendo a pedir de boca. ¡En el aire se respiraba ajetreo y felicidad!

El día antes del enlace, el elefante fue a recoger los anillos. Quedó muy satisfecho con el trabajo que la artista había realizado. Le gustó, especialmente, el delicado grabado del interior, con el nombre de los novios, la fecha de la boda y dos corazones enlazados.

Sin perder ni un segundo, se colocó los dos anillos en la trompa y emprendió, feliz, el camino de regreso.

De camino a casa, no dejaba de admirar las alianzas. Levantaba la trompa, las observaba, lanzaba un profundo suspiro y sonreía de oreja a oreja al pensar en lo contenta que se pondría la elefanta con aquel precioso regalo.

Como iba distraído, pensando en su novia y en la boda que se celebraría al día siguiente, no miraba dónde ponía los pies y, al llegar cerca del río, tropezó con una rama que sobresalía del suelo y se cayó, cuan largo era, dentro del agua.

Por suerte, no se hizo daño. Se levantó enseguida y se sacudió el agua que lo había empapado por completo. «¡Menos mal que no me ha pasado nada!», pensó. Pero, en ese mismo instante, se dio cuenta, con espanto, de que había perdido los anillos de boda. ¡Las sortijas ya no estaban en su trompa! ¡Se habían caído al río!

Al elefante le temblaron las patas y sintió que se le hacía un nudo en la garganta. El corazón le latía desbocado y las lágrimas empezaron a asomar a sus ojos. Nervioso, empezó a dar vueltas sobre sí mismo, agitando las orejas con furia y mirando por todos lados en busca de las joyas perdidas. ¡No las veía por ningún lado!

Cada vez más alterado, levantó las patas delanteras y las dejó caer, con furia, una y otra vez sobre el lecho del río. Luego escarbó en la arena de la orilla, buscando desesperado los anillos. Pero cuanto más removía el lodo, más se enturbiaba el agua y más difícil era distinguir algo en ella. Solo podía pensar en el gran disgusto que se llevaría su prometida cuando le contara que había extraviado los anillos.

Muy cerca de donde estaba, el viejo búho, que todo lo veía y todo lo sabía, observaba atento al elefante. Finalmente, ya no pudo callarse y le gritó:

—¡Alto! ¡Alto! ¡Detente de una vez! ¡Para!

Pero el elefante estaba tan alterado, que no lo oyó y siguió dando vueltas buscando las joyas.

El búho se acercó a él y le gritó directamente en la oreja:

—¡Estate quieto! ¡Para ya!

El elefante se dio cuenta de que alguien le hablaba y se detuvo. Entonces vio al búho, y como sabía que era un animal muy listo y que siempre daba buenos consejos, escuchó lo que tenía que decirle:

—Así no vas a solucionar tu problema. Antes que nada, cálmate un poco.

El elefante no contestó, estaba muy triste. Las orejas caídas, los ojos llorosos y todo su cuerpo tembloroso y cubierto de barro.

—Ahora escúchame: los nervios no te dejan pensar con claridad. Lo único que estás logrando con tu actitud es remover cada vez más la tierra; la tierra enturbia el agua; y en el agua turbia no podrás encontrar nada. Quédate quieto un momento y observa.

El elefante así lo hizo y vio cómo, poco a poco, la tierra se depositaba en el fondo del río y el agua quedaba en calma y cristalina.

De pronto, vio algo brillante en el fondo. ¡Eran sus anillos de boda! El elefante estiró su trompa y los recogió con delicadeza.

Agradeció al búho su ayuda una y mil veces y, después de lavarse bien, se encaminó hacia su casa muy contento.

Al día siguiente, el elefante y la elefanta celebraron su boda, se intercambiaron sus anillos y celebraron una gran fiesta. Desde ese día, vivieron juntos y muy felices el resto de su vida.

Y aunque tuvo una vida muy muy larga, el elefante nunca olvidó aquella aventura. De ella, aprendió que, ante cualquier problema, lo primero que debía hacer era no perder la calma, sino que debía reflexionar con sosiego.

Recuérdalo tú también: ante una adversidad no desesperes jamás, porque la paciencia y la serenidad son las mejores aliadas para solucionar cualquier contratiempo. Detente, escucha, observa, analiza y seguro que encontrarás alguna solución.

FIN

¿Por qué la garza tiene el cuello torcido?

Ilustración: noahjswain

Aunque ahora las garzas tienen el cuello torcido, una vez lo tuvieron tan recto como el de las jirafas, pero…

Cuentan que hace mucho, mucho tiempo, en las lejanas sabanas africanas estaba un día cazando el chacal sin mucho éxito cuando, al levantar la vista, vio sobre un árbol una paloma que cuidaba a sus crías en el nido. El chacal, gritando, le dijo:

—¡Eh, paloma, tengo hambre! Tírame una de tus crías para que me la coma.

—¡No quiero que te comas una de mis crías! —protestó la paloma.

—Como quieras, pero como no hagas lo que te digo, volaré hasta donde estás y en vez de a una, me comeré a todas tus crías, ¡y, de paso, a ti también!

Muerta de miedo, la paloma dejó caer del nido una de sus crías y el chacal se escapó con ella entre sus dientes.

Al día siguiente, el chacal regresó y amenazó a la paloma del mismo modo. La paloma, de nuevo muy asustada, dejó caer otra cría, que corrió la misma suerte que su hermana el día anterior.

Llora que te llora sin consuelo, la paloma no sabía cómo arreglar su problema. Mientras se lamentaba, acertó a pasar por allí una garza, que al verla tan desconsolada le preguntó:

—¿Por qué lloras?

—Lloro por mis pobres bebés —respondió la paloma—. El chacal ya se ha llevado dos y temo que mañana vuelva a por más. Me ha amenazado diciendo que si no le lanzo las crías, volará hasta aquí y las devorará todas y luego me comerá a mí también.

—Realmente eres un pájaro muy bobo —replicó la garza— ¿Cómo quieres que vuele hasta tu nido si no tiene alas? No hagas caso de sus tontas amenazas.

A la mañana siguiente, cuando el chacal fue a buscar su almuerzo, la paloma se negó a darle otra de sus crías:

—No te la daré, no tengo miedo de ti porque no puedes volar hasta mi nido. ¡No tienes alas!

—¡¿Cómo que no?! ¡¿Quién te ha dicho eso?!

—La garza me lo ha dicho.

—Garza entrometida —murmuró el chacal alejándose malhumorado—, me las pagará por tener una lengua más larga que su cuello.

El chacal encontró a la garza cazando ranas en un estanque y acercándose a ella le dijo:

—¡Vaya cuello tan largo y recto que tienes! ¿Cómo te las arreglas para evitar que se te rompa por la mitad cuando sopla el viento?

—Lo bajo un poco —dijo la garza, a la vez que bajaba un poco su cuello.

—Ya… ¿y cuándo el viento sopla más fuerte?

—Pues entonces lo bajo un poco más —respondió la garza, bajando un poco más su largo cuello.

—¿Y qué haces cuando hay un gran vendaval?

—Fácil, lo bajo aún más —dijo el ave bajando la cabeza hasta el borde del agua.

Entonces, el chacal saltó sobre el cuello de la garza y lo agarró entre sus dientes:

—¡Garza entrometida!

¡Crac! Un terrible crujido resonó en la sabana. Y, desde aquel día, la garza tiene el cuello torcido.

FIN

La amenaza

Ilustración: sebahatkarci

Cada mañana, Nasreddin iba al mercado montado en su burro. Un día, al terminar sus compras, Nasreddin no encontró al burro, el cual se había quedado comiendo hierba a la sombra de un árbol. Por más que lo buscó, el animal no aparecía por ningún lado y es que, justo hacía cinco minutos, tres malhechores habían pasado por allí y lo habían robado con la intención de venderlo en la feria de ganado de un pueblo cercano.

Al no encontrar su burro, Nasreddin, muy serio, subió a una azotea cercana y desde allí arriba gritó muy enfadado:

—¡Devolvedme mi burro ahora mismo o haré, exactamente, lo que hizo mi padre cuando le robaron el suyo!

La gente, curiosa, se arremolinó, mirando hacia la azotea desde la que voceaba Nasreddin. Unos a otros se preguntaban extrañados:  «¿Alguien sabe qué es lo que pasó?», «¿Sabe alguien qué hizo el padre de Nasreddin?».

Pero ninguno de los presentes tenía ni la menor idea de lo que había sucedido.

La amenaza de Nasreddin corrió de boca en boca y, rápidamente, llegó a oídos de los ladrones que, muertos de miedo, se preguntaron:

—¿Sabéis vosotros qué hizo el padre de Nasreddin?

—Yo no. ¿Tú lo sabes?

—No, yo tampoco.

—Pero creo que no fue nada bueno lo que hizo…

—Entonces será mejor que no corramos riesgos. Podemos robar otros burros. Es más prudente devolverle el suyo a Nasreddin, no sea que tengamos que lamentarlo.

—Cierto. ¡Vamos a devolvérselo!

Los tres ladrones, temblando, fueron en busca de Nasreddin:

—Toma, Nasreddin, aquí tienes tu burro. Nos lo llevamos porque queríamos gastarte una broma. Por favor, no te enfades con nosotros y no hagas lo mismo que hizo tu padre cuando le robaron su burro.

Muy digno, Nasreddin tomó las riendas de su burro dispuesto a regresar a su casa. Una mujer que andaba por allí cerca se atrevió, finalmente, a preguntar lo que tanto intrigaba a todo el pueblo:

—Oye, Nasreddin, ¿se puede saber qué hizo exactamente tu padre el día que le robaron su burro?

—¿Pues qué queríais que hiciera mi padre? —dijo Nasreddin encogiéndose de hombros— ¡Se compró otro burro!

FIN

El rey goloso

Ilustración: MAYSHOillusto

En un remoto país, vivió una vez un rey muy goloso al que le encantaban los dulces. En su palacio, trabajaba el mejor pastelero del mundo cuyo cometido era preparar cada día un dulce nuevo más sabroso, si cabe, que el del día anterior.

Pero llegó un día en que el pastelero comenzó a quedarse sin ideas, así que, después de consultar varios libros de magia y a dos o tres brujas sabias, decidió confeccionar el dulce de los dulces; un postre tan especial, que el monarca nunca pudiera olvidar. Tomó queso, azúcar, miel, canela y otros muchos ingredientes secretos y deliciosos, y elaboró una tarta que despedía un olor absolutamente embriagador.

Al ver aquella dulce obra de arte, el monarca quedó encantado y sorprendido con su postre maravilloso, pero justo cuando iba a dar el primer bocado, cientos de ratones comenzaron a llegar de todas partes atraídos por el dulce aroma. La sala se llenó de roedores que trepaban a las mesas, por las cortinas y uno ¡hasta osó sentarse en el trono real! En poco tiempo, ratones llegados desde los más remotos rincones del reino invadieron el palacio.

—¡Oh, no! —gritó desesperado el rey— ¡Haced algo, consejeros!

—Señor —dijo uno de los consejeros—, ¡traigamos gatos para acabar con los ratones!

—¡Excelente idea! —dijo el monarca.

Rápidamente, llevaron una legión de gatos para que cazaran a los ratones. Pero aquellos gatos, que llenaban el castillo, comenzaron a arañar todo y a ronronear de día y de noche por todos los rincones.

—¡Hay que librarse de estos gatos! —dijo el rey.

—¡Perros! ¡Necesitamos perros! —dijo otro de los consejeros.

Y el rey compró docenas de canes que comenzaron a correr tras los gatos como locos y los espantaron.

—Es imposible vivir con todos estos perros aquí —se lamentó el rey tapándose la nariz—. Hacen sus necesidades por todas partes. El castillo está sucio y huele fatal.

—Majestad —intervino otro consejero—, los perros tienen miedo de los tigres. ¡Traigamos tigres!

Y el castillo se llenó de tigres, con el consiguiente peligro que eso suponía.

—¡Hagan algo, consejeros! —suplicó el rey.

—Alteza —dijo otro consejero—, traigamos elefantes. Los tigres huyen al ver un elefante.

Y el castillo se llenó de elefantes, pero eran tan enormes que casi no quedaba espacio para las personas.

—¡Tenemos que deshacernos de los elefantes! —dijo el monarca.

—¡Debemos traer ratones! —apuntó el más viejo de los consejeros—, porque los elefantes se aterran cuando ven un ratón.

Y el castillo se volvió a llenar de ratones; tal y como estaba al principio.

El rey, desesperado, se lamentaba sin cesar.

—¡Que alguien haga algo! ¡Que alguien haga algo!

Entonces, habló la reina:

—El único culpable eres tú, por ser tan glotón y por mandar hacer este dulce tan irresistible. Ahí tienes la causa de todo este lío monumental —dijo mientras señalaba la enorme tarta—. Deshazte del pastel y se acabarán todos tus problemas.

En aquel momento, el rey y sus consejeros comprendieron que la solución la habían tenido todo el tiempo delante de sus narices.

FIN