Cuento popular

El ave que hechizaba con su canto

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Ilustración: CaymArtworks

A un poblado protegido por altas montañas, llegó un día una extraña ave multicolor. Desde entonces, el poblado ya jamás pudo vivir en paz.

Lo que los habitantes sembraban durante el día, desaparecía por la noche. El número de ovejas, cabras y gallinas disminuía sin cesar. Y llegó incluso el día en que a plena luz del sol, mientras la gente estaba trabajando en los campos, el ave entraba en los graneros donde se almacenaba el grano para el invierno y lo robaba.

Los aldeanos, desolados, ya no sabían qué hacer. La tristeza se apoderó de todo el pueblo y solo se oían llantos y lamentos.

Habían intentado dar caza al ave, pero ni el más valiente guerrero había conseguido atraparla. Era demasiado veloz para ellos. Apenas podían distinguir una sombra, solo oían el batir de sus alas cuando se posaba en la espesa copa de un gran mpingo que le servía de refugio.

El jefe de la aldea estaba desesperado y ya no sabía qué hacer. Hasta que un día, después de que el ave diezmara los rebaños y acabara con las reservas invernales, ordenó que todos los ancianos de la tribu, como si de un solo hombre se tratara, cogieran sus armas para atacar al pájaro:

—Talad el árbol en el que se esconde —les dijo.

Con hachas y cuchillos, los ancianos se acercaron hasta el árbol y empezaron a golpearlo para derribarlo, hundiendo las afiladas hojas en su tronco.

Al sentir en su carne las primeras heridas, el árbol se estremeció y en lo más alto de su copa, de entre las espesas ramas, emergió la cabeza de la misteriosa ave. Cantaba una dulce canción, que hablaba del hermoso pasado. Un tiempo perdido que jamás había de regresar.

Tan hermoso era su canto, que ablandó el corazón de los ancianos. Consiguió que, uno tras otro, soltaran sus armas y cayeran de rodillas, con lágrimas en los ojos, para escuchar aquella dulce canción cargada de añoranza y nostalgia. Entre ellos se decían:

—Es imposible que esta ave tan dulce haya causado tanto mal.

Cuando el sol se ocultó, regresaron a la aldea andando despacio, como sonámbulos y le dijeron al jefe de la tribu que, por nada del mundo, le harían daño al ave.

El jefe, ante la negativa de los ancianos, decidió recurrir a los jóvenes para acabar con el pájaro:

—Que sean ellos los que destruyan su poder.

A la mañana siguiente, los muchachos tomaron hachas y machetes y se dirigieron hacia el árbol. Con el vigor y la fuerza de su juventud, hundieron las cortantes hojas en la carne del mpingo. Pero tal y como había ocurrido el día anterior, entre las enmarañadas hojas de la copa, apareció la cabeza del pájaro multicolor. De nuevo, una melodía de extraordinaria belleza resonó en los cerros. Los jóvenes escuchaban extasiados aquella canción que hablaba a sus almas de amor, valentía y hazañas heroicas y, mirándose unos a otros, se dijeron:

—Esta ave dulcísima no puede ser malvada.

Hachas y machetes cayeron de sus manos y se arrodillaron a escuchar el canto del pájaro hasta que se ocultó el sol. Volvieron a la aldea y le dijeron al jefe de la tribu que por nada del mundo harían daño al ave misteriosa.

Ante este nuevo fracaso, el jefe montó en cólera.

—Ya solo quedan los niños. Ellos son los únicos capaces de distinguir la verdad de la mentira, porque oyen y ven con el corazón. Mañana iré con ellos y acabaremos con el pájaro.

Al día siguiente, se encaminaron juntos hacia el árbol. En cuanto los niños asestaron los primeros golpes, el ave, deslumbrante de hermosura, apareció en lo alto de la copa, pero ellos no miraron hacia arriba, siguieron con la vista puesta en sus hachas y golpeando el tronco, sin prestar atención a los lisonjeros cantos del pájaro.

Finalmente, el árbol se partió y con un fuerte chasquido cayó pesadamente al suelo, arrastrando consigo a la misteriosa ave, que murió aplastada por las ramas del mpingo.

Todo el pueblo acudió para ver lo que los niños habían conseguido con sus pequeños bracitos.

Aquella noche, el jefe organizó en el pueblo una gran fiesta en honor de los pequeños, para recompensarlos por haber salvado a toda la aldea de aquel extraño pájaro:

—Vosotros sois los únicos que sabéis distinguir la verdad de la mentira. Vosotros seréis para siempre los ojos y los oídos de la tribu.

FIN

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La niña sabia

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Ilustración: YaninSalas

Dos hombres viajaban juntos por el mismo camino. Uno de ellos era pobre y montaba una yegua; el otro era muy rico y montaba un caballo.

Ambos se detuvieron a pasar la noche en la misma posada y dejaron a los dos animales juntos en la cuadra. Mientras todos dormían, la yegua del pobre alumbró un potro y este, después de dar un par de pasos, se fue a acurrucar junto al caballo del rico.

A la mañana siguiente, el rico despertó a todo el mundo con sus gritos:

—¡Levantaos! ¡Mirad! A mi caballo le ha nacido un potro.

El pobre se levantó y al ver lo ocurrido exclamó:

—¡Eso no puede ser! ¿Dónde se ha visto que de un caballo nazca un potro? El potro es de mi yegua.

El rico repuso:

—Si lo hubiese parido tu yegua, estaría a su lado y no junto a mi caballo.

Discutieron largo tiempo sin llegar a un acuerdo y al fin se dirigieron a los Tribunales. El rico sobornaba a los jueces para que le dieran la razón y el pobre solo podía apoyarse en la lógica.

Tanto se enredó aquel pleito, que la cuestión llegó hasta el mismísimo zar, quien mandó llamar a los dos hombres y les propuso cuatro enigmas para poder impartir después justicia:

—¿Qué es lo más fuerte y rápido del mundo?

—¿Qué es lo más ancho y nutritivo?

—¿Qué es lo más blando y suave?

—¿Qué es lo más agradable?

Después les advirtió:

—Tenéis tres días para resolver estas cuestiones. Al cuarto día, venid a darme las respuestas. Después, decidiré quien se ha de quedar el potro.

El rico se acordó de que tenía una vecina con fama de ser muy lista y se dirigió hacia su casa para pedirle consejo. Cuando la mujer vio su cara turbada, le preguntó:

—¿Por qué estás tan preocupado, vecino?

—Porque tengo tres días para resolver cuatro enigmas que me ha planteado el zar.

—Veamos qué enigmas son esos.

—El primero: ¿qué es en el mundo lo más fuerte y rápido?

—¡Vaya tontería! ¡Mi yegua! No hay nada más rápido ni más fuerte en este mundo.

—El segundo: ¿qué es lo más ancho y nutritivo?

—¡Vaya tontería! ¡Mi cerdo! Llevo tiempo dándole de comer y está tan ancho que ya no cabe en la porqueriza. Cuando lo mate, será lo más nutritivo del mundo.

—El tercero: ¿qué es lo más blando y suave?

—¡Vaya tontería! ¡Mi cama! Mi colchón es de plumas y no hay nada en el mundo más blando y suave.

—El cuarto: ¿qué es lo más agradable?

—¡Vaya tontería! Mi nieta Allochka. Es guapa y lista y en el mundo no hay nadie más agradable que ella.

—¡Muchas gracias! Me has sacado de un gran aprieto. Jamás olvidaré este favor.

Entretanto, el hombre pobre llegó a su casa llorando. Su hija, una niña de siete años, salió a recibirlo y al ver a su padre tan desconsolado le preguntó:

—¿Qué te pasa, querido padre? ¿Por qué lloras?

—¡Ay!, hija mía, el zar me ha planteado cuatro enigmas a los que debo dar respuesta en tres días, y yo no sería capaz de resolverlos ni en tres años.

—Dime qué te ha preguntado.

—¿Qué es en el mundo lo más fuerte y rápido?, ¿qué lo más ancho y nutritivo?, ¿qué lo más blando y suave? y ¿qué lo más agradable?

—¡No te preocupes padre! Cuando te presentes ante el zar respóndele lo siguiente: “Lo más fuerte y rápido es el viento cuando sopla con toda su furia. Lo más amplio y nutritivo, es la tierra, que alimenta a todos los que nacen y viven sobre ella. Lo más suave, la mano que acaricia y que al acostarnos ponemos debajo de la cabeza como si fuera la más blanda almohada. Y ¿qué otra cosa conoce el hombre más agradable que los sueños?”

Pasado el plazo, los dos hombres se presentaron ante el zar. El monarca, después de haberlos escuchado, le preguntó al pobre:

—¿Has resuelto tú solo los enigmas o alguien te ha ayudado?

El pobre contestó:

—Majestad, fue mi hija de siete años la que me dio las respuestas.

—Puesto que tu hija es tan sabia, ve y dale este hilo de seda para que me teja una colcha para mañana.

El campesino tomó el hilo de seda y volvió a su casa más desesperado que antes.

—¡Qué desgracia! —le dijo a la niña—. El zar ordena que tejas con este hilo una colcha para él.

—No te preocupes —contestó ella.

Rompió una escoba, cogió una astilla y dándosela a su padre le dijo:

—Ve a palacio y dile al zar que con esta astilla ordene a su carpintero hacer un telar para que yo pueda tejer su colcha.

El campesino le entregó la astilla al zar y repitió lo que su hija le había dicho. Este, después de escuchar la respuesta, le dijo al campesino:

—Ya que tu hija es tan sabia, dale estos ciento cincuenta huevos para que los empolle y me traiga mañana ciento cincuenta pollos.

El campesino volvió a su casa muy apurado.

—¡Oh hijita!, hemos salido de las brasas para caer en el fuego.

—No estés triste, padre.

Guardó los huevos en la despensa y envió a su padre de vuelta al palacio:

—Dile al zar que para alimentar a los pollitos necesitaré grano. Que ordene labrar el campo, sembrar trigo, recogerlo y trillarlo para que mañana puedan comer cuando rompan el cascarón.

El padre le repitió al zar las palabras de su hija.

—Puesto que tu hija es tan sabia, dile que se presente ante mí. Pero no quiero que venga ni a pie ni a caballo, ni desnuda ni vestida; ni sin regalo, ni con él.

«Esta vez, mi hija no podrá resolver tantas dificultades. ¡Estamos perdidos!», pensó el pobre hombre. Y se dirigió a su casa para contarle a la pequeña lo ocurrido.

—No te apures, padre. Ve al mercado y compra una liebre y una codorniz vivas.

Al día siguiente, la niña se desnudó y se envolvió el cuerpo en una red de pescador, se sentó a lomos de la liebre y con la codorniz en la mano se dirigió al palacio del zar.

Al verla, el zar salió a su encuentro:

—Gran señor, aquí tienes mi regalo.

Al alargar la mano para coger la codorniz, el ave emprendió el vuelo.

—De acuerdo, lo has hecho todo según lo había ordenado. Y ahora contesta una última pregunta para que pueda dictar sentencia: tú y tu padre sois muy pobres, ¿con qué os alimentáis?

—Como no tiene caña de pescar, mi padre atrapa con las manos los peces que nadan en la arena, me los trae a casa y yo cocina sopa con ellos.

—¡Pero mira que eres tonta, niña! ¿De verdad te crees eso? ¡Es imposible que los peces naden en la arena! Los peces solo viven en el agua.

—¿Y tú te crees mucho más listo que yo? ¿Dónde has visto que un caballo pueda dar a luz a un potro?

Avergonzado, el zar contestó:

—Tienes toda la razón.

Y sin más dilación, entregó el potro al hombre pobre.

FIN

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La extraña aventura de Liú

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En el gran lago Tung-Ting habitan, como se sabe, genios de las aguas. Estos seres son alegres y juguetones. Se burlan de los pescadores y asustan a los marineros, pero no hacen daño a nadie.

A menudo, los genios del lago se apoderan de las barcazas ancladas en los puertos y las utilizan para sus fiestas. Estas barcas, llamadas juncos, se sueltan misteriosamente de las amarras que las mantienen atadas a los muelles y, sin que nadie lo advierta, empiezan a navegar a la deriva. Los marineros aconsejan entonces a los viajeros que se escondan en el fondo de la embarcación y que cierren los ojos. Si se hace esto, nadie sufre daño alguno, porque los genios, una vez terminada la fiesta, conducen de nuevo el junco a sus amarras. La presencia de los genios se advierte porque se oye una música suave y deliciosa.

Una noche, a bordo de un junco se encontraba un estudiante llamado Liú, volvía de la ciudad vecina, muy triste y preocupado porque los exámenes para ser poeta de la corte no le habían ido como esperaba. Estaba sentado en la proa, pensando en su fracaso, cuando empezó a oírse una música suave que provenía de las olas. Todos corrieron a esconderse y se taparon los ojos con las manos, pero Liú no se movió. Inútiles fueron los consejos de los marineros de que se escondiese y se tapase los ojos. El joven estaba tan amargado, que no le importaban los peligros. Estaba dispuesto a desafiar no solo a los genios del agua, sino a todos los genios del mundo. Se escondió detrás de un rollo de cables y se dispuso a mirar el espectáculo de la fiesta de los genios, de la cual tanto había oído hablar. La música se oía cada vez más cercana y el aire se iba cargando de dulces perfumes. Sobre la cubierta del junco se iban delineando las figuras de los danzarines. En torno a ellos, se veía un cortejo de gente que vestía de gala. Todos llevaban vistosos trajes de terciopelo, sombreros con grandes plumas y calzaban zapatos que relucían como espejos.

El joven miraba asombrado el espectáculo que se desarrollaba ante sus ojos. Una de las bailarinas, que llevaba un traje de color del ave del paraíso y escarpines rojos, pasó tan cerca de Liú, que este no pudo contenerse. Se había quedado prendado del arte de la muchacha y, sin poder evitarlo, alargó la mano y tomó por el brazo a la joven.

—Dime, ¿cómo te llamas? ¿De dónde eres?

Sin responder, la danzarina trató de desasirse, y en el forcejeo se desgarró el vestido. Un trozo de la manga de seda roja quedó en la mano de Liú, que solo en ese momento pudo apreciar la gravedad de su imprudencia.

Cesó el baile. Todos se quedaron mudos. Se produjo un silencio de muerte. Nadie se movía. Todos miraban al intruso. Liú no sabía qué hacer. Había cometido una doble falta. En primer lugar, por haber permanecido sobre la cubierta en lugar de refugiarse en el fondo de la nave, como le habían aconsejado los marineros, y en segundo lugar, por haberse atrevido a tocar a una de las bailarinas.

¿Qué sucedería ahora? ¿Cuál sería su castigo? ¿Lo arrojarían al mar? ¿Y si eso llegaba a ocurrir, se atreverían los marineros a socorrerlo?

—No hay duda de que la mala suerte me persigue hoy —dijo el joven, con evidente pesadumbre.

En ese instante, aparecieron veinte guardias y el que parecía el jefe ordenó:

—¡Llevadlo ante el Rey!

Con las manos atadas, el joven fue conducido al pie de un trono, desde el cual un imponente personaje le gritó:

—Has osado tocar el vestido de una de las bailarinas. ¿Sabes la pena que te espera? Prepárate a morir. Serás arrojado a las aguas por atrevido.

Liú no se turbó en lo más mínimo. Con calma respondió:

—Si no me equivoco, eres el rey del lago Tung-Ting. He oído hablar de ti. Sé que eres un genio amable y generoso. Pero si has decidido ser cruel conmigo, acepto mi destino. Está visto que hoy es el día más desgraciado de mi vida. Quizá sea mejor que acabe mi triste existencia.

Lleno de curiosidad, el genio del lago preguntó:

—¿Es posible que a tu edad sufras tanto?

—Todos los poetas sufrimos.

—¡Ah! ¿Así que eres poeta? Bien, entonces te someteré a una prueba. Si compones un poema que me haga reír, perdonaré tu falta.

Con un fino pincel mojado en tinta china el joven se puso a escribir inspiradamente. Cuando terminó, el rey empezó a leer y una sonrisa iluminó su rostro. A medida que leía, su sonrisa se acentuaba, y al acabar de leer el poema ya se reía a carcajadas.

—Tienes razón —dijo el genio del lago—, eres un gran poeta. Y como premio por tu ingenio, no solo perdono tu falta, sino que recibirás un regalo.

Dos servidores pusieron a los pies de Liú diez kilos de oro puro y una escuadra de carpintero de cristal de roca.

Antes de despedirse y desaparecer  con toda su corte, el genio del lago le dijo al joven:

—Si en medio del lago estás en peligro, esta escuadra te salvará.

Cuando al fin cesó la música, todos abrieron los ojos y subieron a cubierta. Los genios se habían marchado y sobre las aguas reinaba el más absoluto silencio. La nave reanudó su viaje rumbo al norte.

Liú permanecía sentado en la proa pensado en la bailarina. No contó a nadie lo que le había sucedido.

El día siguiente amaneció nublado. En vez de aclarar, el cielo se oscurecía cada vez más y más. Las aguas del lago se agitaban con furia e iban adquiriendo un color plomizo. Empezó a soplar un viento que se volvía cada vez más violento.

—¡Pobres de nosotros! -exclamó el capitán-; no podremos librarnos de la tormenta.

La terrible tempestad se desencadenó con tanta violencia que casi todos los juncos que navegaban en el lago fueron engullidos por las olas.

Liú, siempre en la proa, apretaba con ambas manos la escuadra de cristal que le había regalado el Genio del Lago y la alzaba contra el viento. El prodigio no se hizo esperar. Las ráfagas de viento amainaban en cuanto se acercaban al junco, y las olas furiosas se detenían antes de golpear contra el casco. De este modo, la embarcación pudo llegar al puerto.

Cuando desembarcó, Liú guardó en un cajón la escuadra y ya no se preocupó de los exámenes ni se acordó de su fracaso. Se olvidó por completo de su poesía y, con el oro que le había regalado el genio, se dedicó al comercio y obtuvo grandes éxitos, sin embargo, no era feliz.

Un día, mientras se encontraba haciendo negocios en la ciudad de Wuchang, oyó hablar del extraño caso de una muchacha de la que estaban enamorados todos los jóvenes de la región, pero si alguno le pedía matrimonio, la respuesta era que solo concedería su mano al pretendiente que poseyese un objeto igual al que ella poseía.

—¿Y qué objeto es? —preguntó Liú.

—Una escuadra de carpintero hecha de cristal de roca.

Al oír tal respuesta, Liú viajó hasta su casa, tomó la escuadra que le había regalado el Genio del Lago y regresó a toda prisa a Wuchang; se dirigió al palacio y pidió audiencia.

La joven lo recibió con una sonrisa, que reflejaba en su hermoso rostro una alegría incomparable. En su mano llevaba una escuadra idéntica a la del joven. Se acercó a él y le dijo:

—¿Por qué has tardado tanto, Liú?

Con gran asombro, el joven vio que aquella chica que le sonreía vestía un traje del color del ave del paraíso y llevaba  escarpines  rojos. Una de las mangas del vestido estaba desgarrada; le faltaba un trozo de seda.

Liú creía estar soñando. La joven, al notar su asombro, sonrió burlonamente.

—¿Por qué me miras así? ¿Me reconoces? ¿Crees haberme visto alguna vez?

Cuando el joven pudo finalmente responder, exclamó jubiloso:

—¡Eres la danzarina que bailaba sobre el junco aquella noche!

—Sí, soy yo, Loto Naciente. La danzarina a quien desgarraste el vestido cuando intentaste atraparla. Quedé tan impresionada de tu ingenio de poeta que me enamoré de ti. Para poder encontrarte, el Genio del lago me dio una escuadra igual a la que te regaló a ti.

Liú pensó en todo lo que había ocurrido en su vida. Durante sus años de estudiante había pasado muchos días angustiado. No podía comprender los complicados libros de ciencia; él era poeta. Le gustaba componer versos en los que cantaba al cielo, a las nubes, a la luna, al mar y a los prados floridos en primavera y luego había abandonado la poesía y había sido muy infeliz. Pero ahora, la poesía lo recompensaba con la aparición de la bella Loto Naciente.

Liú no pudo pronunciar palabra. El estupor lo había enmudecido. Solo atinó a besar la mano de su amada. Felices, se dirigieron al puerto para regresar a su hogar y desplegaron las velas para la partida.

Durante la travesía, el lago permaneció sereno y la nave llegó a buen puerto. Ninguna nube empañó el cielo aquellos días, y la vida de aquella pareja también continuó así, como un cielo limpio y despejado, durante muchos, muchísimos años.

FIN

Las cabritas y el lobo

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En medio de la estepa rusa, en una pequeña isba con el techo pintado de rojo y con una mirilla en la puerta en forma de corazón, vivían, felices y contentas, Mamá Cabra y sus tres hijitas.

Las tres cabritas eran muy jóvenes y aún no tenían cuernos, de modo que no tenían con qué defenderse de sus enemigos.

De entre todos los enemigos de las cabritas, el más terrible era Lobo Gris, una fiera que atemorizaba a todos los animales de la estepa y, por eso, las cabritas tenían que permanecer siempre dentro de su casa. La única que salía a buscar comida era la mamá, una vieja cabra robusta, con unos poderosos cuernos, capaz de enfrentarse a cualquier enemigo por terrible y fiero que fuera.

Cuando Mamá Cabra salía, recomendaba a sus tres hijitas que cerraran bien la puerta y que la abrieran solamente cuando ella regresara, al anochecer.

Las tres cabritas se quedaban mirando cómo se alejaba su mamá y luego cerraban la puerta con doble vuelta de llave.

Al anochecer, volvía la cabra y, para darse a conocer, balaba dulcemente:

Cabritas, mis tres cabritas,

en el campo ya no hay sol;

muy pronto saldrá la luna.

Ha llegado vuestra madre,

que os quiere más que ninguna

y os ofrece el corazón.

Las cabritas reconocían la voz y la canción y corrían a abrir la puerta. Bajo la atenta vigilancia de la madre, correteaban y saltaban en el prado que había frente a la isba y luego se encerraban en casa para pasar la noche y no ser sorprendidas por el lobo.

A veces, en las noches de luna llena, Lobo Gris se acercaba, husmeaba en torno a la cabaña y rascaba la puerta. Tenía la esperanza de que alguna vez Mama Cabra se olvidara de dar la vuelta a la llave y entonces ¡qué cena más rica sería para él una de las tiernas cabritas!

Después de varios intentos, se convenció de que Mama Cabra no se olvidaba nunca de cerrar la puerta y que las cabritas jamás abrían a nadie en ausencia de su madre.

—¿Cómo conseguiré que abran la puerta? –se dijo un día Lobo Gris.

Después de pensar y pensar, se propuso aprender la canción de Mama Cabra y una tarde se fue hacia la isba y cantó:

Cabritas, cabritas,

en el cielo ya no hay sol;

ya va saliendo la luna.

y ya llega vuestra madre,

que os quiere como ninguna

y os comerá el corazón.

—¡Ja, ja, ja! —rieron las cabritas al oír como Lobo Gris imitaba a su madre.

La fiera se dio cuenta de que la letra de la canción era distinta y de que había cantado con su voz ronca.

—¡Seguiré aprendiendo! —se dijo el lobo.

Pero por mucho que ensayaba, la voz le seguía saliendo demasiado áspera. ¿Qué podía hacer? De pronto, se le ocurrió una idea. Fue a la aldea y le pidió al herrero que le hiciera una pieza especial de hierro para estrechar la garganta. Con este aparato, se presentó ante la puerta de la isba y empezó a cantar:

Cabritas, mis tres cabritas,

en el campo ya no hay sol;

muy pronto saldrá la luna.

Ha llegado vuestra madre,

que os quiere más que ninguna

y os ofrece el corazón.

—¿Será mamá de verdad? —dijo una de las cabritas—, es su voz y su canción.

—Es demasiado temprano. No es la hora habitual de su regreso —agregó otra.

—Me asomaré a la ventana —agregó la tercera— hay que ser prudente como dice siempre Mamá Cabra.

Cuando la cabrita vio que el que cantaba era el lobo, cerró sigilosamente la ventana y las tres se refugiaron en el fondo de la cabaña.

Lobo Gris siguió cantando hasta la caída de la tarde. Estaba seguro de que lo estaba haciendo bien. Por enésima vez iba a empezar de nuevo la canción:

Cabritas, mis tres cabritas…

cuando un feroz topetazo le aplastó el hocico contra la puerta de la cabaña. El golpe fue tan tremendo que se le partieron los colmillos. Sangrando por la boca y aullando de dolor se marchó corriendo de allí.

Dentro, las cabritillas estaban muy asustadas.

—¿Qué estará sucediendo ahí afuera? —preguntó una de ellas en voz baja.

Mamá Cabra, que tenía un oído muy fino, lo oyó y respondió:

—Un pequeño accidente, hijas mías. Lobo Gris ha tropezado con mis cuernos y se ha roto el hocico. Acaba de salir corriendo en busca de un dentista.

En el interior las cabritas se rieron a carcajadas:

—¿De manera que ha tropezado con tus cuernos mamá?

—Sí, hijas mías, ¡y qué tropezón!

—Mamá, ¿crees que Lobo Gris volverá por aquí?

—¡Hum! —contestó Mama Cabra— el lobo puede perder el pelo, pero nunca pierde la maña. Así que, por si acaso, cambiaremos la canción:

Cabritas, mis tres cabritas,

en breve saldrá la luna,

ya se va poniendo el sol.

No se ve fiera ninguna,

pero si aparece alguna

recibirá una lección.

FIN

La sopa de piedras

Sopa de piedras

Un día, después de una terrible guerra, llegó a un pequeño pueblo un soldado medio muerto de hambre. Iba llamando a todas las puertas y pedía que le dieran cualquier cosa para comer, pero nadie le daba nada porque todos los habitantes eran tan pobres que apenas tenían algo para llevarse a la boca.

Entonces, muy triste, el soldado se sentó en un banco junto a la fuente que había en la plaza mayor del pueblo y mientras iba pensando en lo que haría, se le acercaron unos niños para preguntarle quién era, de dónde venía y qué estaba haciendo allí.

—Soy un soldado que viene de la guerra y, como tengo mucha hambre, estaba pensando en ponerme ahora mismo a cocinar una sopa de piedras para comer.

—¡¿Pero, de verdad se puede hacer una sopa con piedras?! – preguntó un niño con cara de sorpresa.

—¡Claro que sí! ¡Y bien rica que sale! ¡¿La queréis probar?!

—¡¡¡Sííííí!!! -respondieron todos los niños y niñas al unísono, porque tenían mucha hambre.

—Pues entonces, tendréis que ayudarme.

—Tú —Le dijo a un niño muy delgadito que llevaba unas gafas verdes—, trae la olla más grande que encuentres en el pueblo ¡Pero que sea muy, muy grande! ¡Haremos muuuuuucha sopa de piedras!

—Tú —Le dijo a una niña rubia con trenzas que tenía cara de no haber comido caliente desde el día anterior—, tráeme muchas piedras del río. Y vosotros ayudadla —pidió a cuatro niños que estaban junto a ella.

—Tú y tú —les dijo a dos hermanos gemelos que lo miraban boquiabiertos cogidos de la mano—, id a buscar mucha leña para hacer un buen fuego.

—Tú —le dijo a otro—, trae una cuchara para poder remover la sopa.

Y así, uno tras otro, fueron recibiendo instrucciones hasta que, entre todos, reunieron todo lo necesario para preparar la comida. El soldado, entonces, puso agua en la gran olla, echó en ella las piedras y encendió el fuego. Cuando el agua empezó a hervir, probó la sopa y dijo:

—Mmmmmmmm, no está nada mal, pero tal vez si le echamos algunas patatas mejore el sabor…

—¡En mi casa hay cuatro patatas! —exclamó la niña de las trenzas.

Se fue corriendo a buscarlas y se las dio al soldado, que las echó en la olla.

Después, el soldado volvió a probar la sopa y dijo:

—Parece que ahora está un poco más buena. Pero tal vez, si le añadiéramos un poco de arroz…

—¡En mi casa quedaba un puñado! —exclamó el niño de las gafas verdes y salió como una exhalación a buscarlo.

Y así, cada vez, el soldado iba añadiendo más ingredientes a la sopa y después de probarla pedía alguna cosa y los niños y niñas salían corriendo hacia sus casas para buscarlas. Algunos incluso empezaron a improvisar y regresaron con alguna cosa más: con un trozo de tocino, un poco de morcilla, algunas verduras, un pedazo de pan seco…

Poco a poco, el olorcillo de la sopa se fue extendiendo por todo el pueblo y los padres y abuelos de los niños, atraídos por aquel exquisito aroma, se fueron acercando a la plaza del pueblo para ver qué estaba ocurriendo. Llevaron también otras viandas que tenían y todos juntos, en la plaza mayor del pueblo, junto a la fuente, compartieron la deliciosa sopa de piedras que había cocinado el soldado gracias a las pequeñas aportaciones de todos los habitantes del pueblo.

FIN