Cuento popular

Digitalín y los elfos

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Ilustración: Arkenaya

Hace mucho tiempo, en un tranquilo valle situado en lo más verde de la verde Irlanda, vivía un humilde cestero.

El hombre era extraordinariamente hábil en su oficio y en muchas leguas a la redonda no había nadie capaz de trenzar tan bien y con tanta rapidez como él canastas, cestas y cunas con juncos y paja.

Dada su excelente reputación, el trabajo nunca le faltaba y, aunque sin grandes lujos, vivía feliz y contento en una pequeña choza apartada de la aldea.

Su único pesar era la joroba de su espalda. Cuando iba al pueblo, mucha gente la señalaba riéndose y esto apenaba al pobre hombre, porque aunque la mayoría intentaba disimular, él se daba cuenta de que se burlaban de él.

En el pueblo lo llamaban despectivamente “Digitalín”, porque en verano prendía de su sombrero un ramito de digitalina en flor, cuyas campanillas solían balancearse al compás del viento.

Las chanzas hacían que el pobre cestero apenas se atreviera a dejarse ver y solo salía de su taller cuando necesitaba comida. Iba al mercado de la ciudad al amanecer y regresaba ya bien entrada la noche, cuando todos estaban dormidos en su casa.

En una ocasión, el cestero volvía en plena noche del mercado cargado de víveres. Estaba muy cansado y decidió acortar camino cruzando a través del bosque de los elfos. Tan agotado estaba, que decidió descansar un rato y se echó sobre la hierba para contemplar la Luna.

Cavilaba tristemente cuando le pareció escuchar una dulce melodía proveniente de las profundidades de la tierra. Aquella extraña música parecía disminuir de tono y después elevarse. Digitalín aguzó el oído y, al final, percibió con absoluta nitidez unas alegres notas que consiguieron alegrar su triste alma. Muchas voces coreaban sin cesar la misma tonada:

—Lunes, martes… Lunes, martes…

La repetían de todas las formas posibles: con un tono alegre y juguetón que, lentamente, se iba transformando en un triste y melancólico lamento; la susurraban primero y la voceaban después; pronunciaban las palabras muy despacio, como saboreando cada letra, o a tan vertiginosa velocidad que se fundían. Cantaban un rato, callaban después y, al momento, volvían a empezar:

—Lunes, martes… Lunes, martes…

Maravillado, el cestero no pudo resistir la tentación y empezó a cantar también. Al principio lo hizo muy flojito, como para sí, luego susurró y cuando ya no pudo aguantar más, cantó a pleno pulmón, aprovechando los momentos de silencio y continuando la estrofa:

—Miércoles, jueves… Miércoles, jueves…

Al cabo de un rato, los cantores subterráneos salieron en tropel y aplaudieron a Digitalín. Lo aclamaron y vitorearon como si hubiese realizado alguna hazaña fuera de lo común. Todos vestían trajes de seda verde y adornaban sus cabecitas con gorritos rojos cuya forma era como las campanillas de la digitalina.

Un poco más calmados, lo circundaron y lo condujeron bajo tierra para que participara en la fiesta que estaban celebrando en su palacio subterráneo.

Aquel palacio era la maravilla de las maravillas; en él brillaban miles y miles de luces que se reflejaban en los ladrillos de oro y plata con los que estaba construido. Resplandecía de tal modo, que casi cegaba.

El cestero comió de los exquisitos manjares que allí había y bebió las más exóticas bebidas. No cabía en sí de gozo, estaba rodeado de amigos y sonreía agradecido a los elfos. Todos juntos empezaron a cantar:

—Lunes, martes… Lunes, martes…  —decían los elfos.

—Miércoles, jueves… Miércoles, jueves…  —añadía Digitalín.

Entonces todos los elfos se reían, pero el que mejor se lo pasaba era el más anciano, que aseguraba no haberse reído tanto en toda su vida. Era el Rey de los elfos y estaba tan alegre que le preguntó a Digitalín si había alguna cosa que los elfos pudieran hacer por él.

—Tan solo deseo una cosa —suspiró el cestero—, pero, seguramente será imposible.

—Dilo —insistió el Rey de los elfos— Dinos qué deseas. Deberías saber que para nosotros no hay nada imposible.

El pobre cestero estuvo callado durante un buen rato, hasta que al final exclamó:

—¡Lo único que deseo en esta vida es poder librarme de mi joroba!

El Rey de los elfos dio un suave golpecito sobre la giba de Digitalín y, después, el resto de elfos hizo lo propio. Con cada golpe, el cestero tenía la agradable impresión de sentirse cada vez más y más ligero hasta que, al final, vio como su joroba, causa de todos sus males, yacía en el suelo medio aplastada.

La luz del sol despertó a Digitalín, que pensó que todo había sido un sueño, hasta que comprobó que su joroba había desaparecido por completo. Entonces comenzó a dar saltos y más saltos de alegría.

Digitalín, ya no era un jorobado. La gente lo miraba, sin dar crédito a lo que veían sus ojos. Se había convertido en un guapo joven.

La noticia de aquel milagroso acontecimiento se esparció por todo el país y todo el mundo hablaba de lo mismo.

Un día, mientras el cestero se encontraba trabajando en el portal de su cabaña, apareció ante él un jorobado que le preguntó con muy malos modos:

—¿Eres tú el cestero que antes era jorobado?

—Sí, soy yo —respondió Digitalín—. ¿Qué deseas?

El hombre lo miro despectivamente de arriba abajo y, finalmente, le dijo malhumorado:

—Acaso estás ciego, ¿a ti qué te parece que quiero?

El cestero le contó lo sucedido de principio a fin, sin olvidar ni un solo detalle.

Aquel jorobado, que no solo tenía fea la espalda sino también el alma, se dirigió al lugar que Digitalín le había indicado y ajeno al precioso paisaje que lo rodeaba, se sentó en la hierba a esperar, fijando toda su atención en un enorme trozo de pan con queso que sacó de su bolsa.

No tardó en oír el canto de los elfos y molesto porque interrumpían su refrigerio, se puso a gruñir, a vociferar y a chillar de tal forma que incluso los mismos elfos se callaron asustados.

Al poco, se volvió a oír el dulce canto procedente de las profundidades de la tierra:

—Lunes, martes, miércoles, jueves… Lunes, martes, miércoles, jueves…

Cuando ya la habían cantado de todas las formas posibles, volvían a empezar:

—Lunes, martes, miércoles, jueves… Lunes, martes, miércoles, jueves…

Y así una y otra vez.

Entonces, el impaciente jorobado no pudo resistir por más tiempo y sin ninguna gracia, lanzó un ronco alarido:

—¡Y viernes y sábado y domingo!

De repente, como si con su vozarrón desacompasado el jorobado hubiese roto el encanto, el bosque entero se quedó mudo y los elfos, presurosos, salieron de bajo tierra y rodearon al inoportuno visitante.

Sin embargo, esta vez no le propusieron al extraño que los acompañase bajo tierra, ni le pidieron que participara de su fiesta, ni que cantara con ellos. Tampoco lo invitaron a degustar los exquisitos manjares de los que tan bien hablara el cestero. En vez de esto, preguntaron airados:

—¿Qué es lo que quieres, aguafiestas? ¿Por qué interrumpes así nuestra canción? ¿Quién te manda chillar tanto?

—¿Qué yo chillo? —se ofendió el jorobado—; ¡Chilláis vosotros! Además —protestó—, ¿creéis que resulta divertido estar oyendo todo el rato “lunes, martes, miércoles, jueves…”, sin llegar a oír nunca el resto de la semana?

Entonces fue cuando los elfos se enfadaron de verdad. Comenzaron a cuchichear y diez de ellos volvieron por donde habían venido. El impertinente jorobado, por un instante, pensó que, arrepentidos por haberlo tratado tan mal, habían ido a buscar regalos y comida.

Cuál no sería su sorpresa cuando los vio reaparecer cargados con la joroba del cestero y sin pensárselo dos veces, los elfos la pegaron encima de la espalda del visitante que ahora, para su desgracia, en lugar de tener una joroba tenía dos.

Por más que suplicó y suplicó a los elfos que le quitasen las jorobas, ya no se podía hacer nada. El poder de los elfos es indisoluble y lo que ellos hacen, hecho está y es imposible de deshacer… a no ser que los convenzas.

FIN

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El tesoro del bosque

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Ilustración: Dianne Dengel

Érase que una vez, en la última casa de una aldea muy pequeña, junto a un espeso bosque de hayas y robles, vivía plácidamente un matrimonio de ancianos. Su jardín lindaba con el de unos vecinos que, sin ser malas personas, tenían el grave defecto de fisgar continuamente lo que hacían y decían los demás. Para colmo de males, como no sabían sujetar la lengua, contaban todo lo que veían y escuchaban al primero con el que se cruzaban, así que en aquel pueblo todo el mundo sabía lo que sucedía en las casas ajenas. Pero es que además, no satisfechos con esto, exageraban de tal modo las cosas, que muchas veces acababan contando sucesos que no eran ciertos.

Un día, mientras los dos ancianos daban su paseo vespertino por el bosque, notaron que sus pies se hundían en el camino y extrañados, decidieron remover la tierra para ver qué era lo que había allí debajo.

Hurgaron durante un rato y hallaron un gran caldero lleno hasta arriba de monedas de oro y plata.

—¡Qué suerte la nuestra! Pero, ¿qué haremos con esto? No podemos llevarlo a casa, porque todo el mundo se enterará, gracias a nuestros vecinos, de que tenemos un tesoro y, al final, nos arrepentiremos hasta de haberlo visto.

Tras largas reflexiones tomaron una determinación. Volvieron a enterrar el tesoro, echaron encima unas cuantas ramas y regresaron al pueblo. Corrieron hacia el mercado y compraron una liebre y un besugo y, acto seguido, se dirigieron de nuevo al bosque y colgaron el besugo en lo más alto de un árbol y colocaron la liebre en una nasa que echaron al río.

Inmediatamente, la mujer se apresuró a regresar sola a la cabaña y esperó a que llegara su marido, el cual apareció al poco rato gritando tan fuerte como pudo:

—¡Esposa mía! ¡Esposa mía! ¡Sal a la puerta! ¡Escucha lo que te contaré! ¡Acabo de tener una suerte loca! ¡Somos ricos!

—¿Qué ha pasado? ¡Cuenta, cuenta! —exclamó la mujer con toda la fuerza de su voz, para asegurarse de que sus vecinos no se resistirían a escuchar la conversación—. ¿Cómo es eso de que ahora somos ricos?

—¡He encontrado en el bosque un caldero lleno de monedas de oro y plata! ¡Ven!, te mostraré dónde está. ¡Vamos!

Y ambos se dirigieron al bosque, no sin antes asegurarse de que sus vecinos los seguían subrepticiamente.

El hombre, entonces, empezó a hablar casi a gritos:

—Pues si es raro hallar un tesoro en medio del bosque, más extraño es todavía lo que me contaron el otro día. Por lo que me dijeron, parece que ahora es habitual que en los árboles crezcan peces.

—¿Pero qué estás diciendo? Seguramente oíste mal o te mintieron. ¡Mira que la gente hoy día no hace más que mentir!

—Pues fíjate, mira allá arriba ¿A eso le llamas tú mentir? ¡Convéncete tú misma de que lo que me dijeron es cierto!

Y señaló al árbol del que colgaba el besugo.

—¡Extraordinario! ¡Inaudito! —exclamó la mujer—. ¿Cómo habrá podido trepar ahí ese besugo? ¿Será verdad lo que afirma la gente?

El anciano, parado y con los brazos en jarras, no dejaba de mirar hacia donde estaba el besugo, negando con la cabeza y encogiéndose de hombros, como si no pudiera dar crédito a lo que estaba viendo.

—¡No te quedes ahí parado! Ya que estamos, podemos coger el besugo y asarlo para cenar —dijo la mujer.

Y así lo hicieron. Guardaron el besugo en su bolsa y siguieron andando.

Al poco, llegaron al río, el hombre se detuvo y su esposa le preguntó:

—¿Por qué te paras? ¿Qué ocurre? ¿Qué estás mirando?

—Veo que algo se mueve dentro de la nasa. ¡Quizá haya caído un pez! Voy a ver.

Miró dentro de la cesta y llamó muy excitado a su mujer:

—¡Ven y mira! ¡He pescado una liebre!

—¡Asombroso! ¡Inusitado! ¡Te dijeron la verdad! Sácala enseguida, mañana haremos un buen estofado con ella.

El marido cogió la liebre y puso rumbo al lugar donde estaba el tesoro; lo desenterraron, cargaron con él y con grandes muestras de entusiasmo, regresaron a su casa.

Los dos ancianos, ricos desde aquel día, vivieron alegremente y sin preocuparse por nada durante algún tiempo. Sin embargo, un buen día, sus vecinos, envidiosos de la suerte ajena, acudieron a los tribunales para denunciar el hallazgo.

—Venimos a ponernos en manos de la justicia y a presentar demanda contra nuestros vecinos. Encontraron un tesoro en el bosque que hay detrás de nuestra casa, y en lugar de repartirlo con nosotros, se lo quedaron entero para ellos solos.

El juez envió a su secretario para comprobar la denuncia y al llegar este a casa de los ancianos ordenó:

—En nombre de la Ley, entregadme ahora mismo el tesoro. Queda confiscado hasta que se aclaren los hechos.

Los ancianos se encogieron de hombros con extrañeza y preguntaron:

—¿Qué tesoro?

—Sus vecinos acaban de denunciar ante el juez que ustedes han encontrado un tesoro.

—¿Nosotros?, tal vez nuestros vecinos lo hayan soñado.

—¡No hemos soñado nada! Vimos el caldero lleno de plata y oro con nuestros propios ojos.

—Por favor, señor secretario, ¿puede interrogarlos con detalles? Si puede probar lo que dicen contra nosotros, responderemos con todos nuestros bienes.

—¡Pero que se han pensado! ¡Claro que podemos probarlo! Señor secretario, le diremos cómo sucedió todo. Lo recordamos a la perfección. Los seguimos hasta el bosque y primero paramos porque de un árbol colgaba un besugo…

—¿Un besugo? —interrumpió el secretario—. ¿Se burlan de mí?

—No, señor, decimos la verdad.

—Pero, por favor —dijo el anciano—, ¿quién puede dar crédito a tamaño desatino?

—¡No son desatinos! ¡Es la verdad! Y usted lo sabe muy bien. Y también sabe muy bien que después pescó una liebre con su nasa…

El secretario se alisó la barba e intentó aguantar la risa sin conseguirlo. La anciana, dirigiéndose a sus vecinos, les aconsejó:

—Será mejor que no sigan, ¿o es que acaso no ven como se está riendo de ustedes el señor secretario? Y usted, señor secretario, ¿aún no se ha convencido de que todo lo que están contando no son más que disparates?

—Realmente, aunque en los juzgados se oyen toda clase de historias raras, en la vida nos llegó noticia de que en los árboles crecieran besugos, ni de que en los ríos se pescaran liebres. Así que, como este asunto me parece una insensatez, doy por terminada esta investigación.

Esa vez, fueron los dos ancianos y el secretario los que extendieron la noticia por el pueblo. Todo el mundo se rió tanto de los dos fisgones, que estos optaron por cerrar la boca durante algún tiempo.

Los dos ancianos se trasladaron a una gran mansión de la ciudad y allí siguen, viviendo a cuerpo de rey, disfrutando felices y contentos del tesoro del bosque.

FIN

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La oreja delatora

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Ilustración: tobiee

Era un leñador muy pobre que todos los días salía al monte a cortar leña. Un día, clavó el hacha en un viejo tronco y de pronto, del interior del aquel árbol, salió un gigante que le dijo:

—¿Qué haces? Este árbol es mi casa, ¿cómo te atreves a cortarlo?

El leñador, asustado, respondió:

—Yo no sabía que esta era tu casa. Por favor, señor Gigante, no me hagas daño.

—Está bien —dijo el gigante—, tal vez no te haga nada. Pero antes de decidirme, dime, ¿cuántos hijos tienes?

—Tengo dos hijas. Vengo al bosque para cortar leña y poder darles de comer. Mi esposa es costurera y con la costura y la leña apenas ganamos para sostenernos todos.

—Está bien, te perdono la vida y te regalo una bolsa llena de monedas de oro si me traes a tu hija mayor para que sea mi sirvienta. Piénsalo, y mañana vuelve aquí con tu hija o con la bolsa de oro. ¡No intentes engañarme porque te encontraré y te comeré!

El leñador cogió la bolsa y al llegar a su casa contó lo que le había sucedido.

La hija mayor se avino al trato y, al día siguiente, su padre la acompañó hasta el árbol que había intentado talar. En el árbol había una gran puerta y tras ella una larga escalinata que descendía bajo tierra, al final de la cual se encontraba la casa del gigante.

Al llegar abajo, el gigante, que ya la estaba esperando, le dijo:

—Si me obedeces en todo, algún día serás dueña y señora de todo lo que tengo. Y lo primero que debes hacer es comerte esta oreja cruda —le dijo—. Ahora me tengo que ir. Si al volver no te la has comido, te mataré.

—¡Qué asco! —pensó la muchacha al ver que era una oreja humana y cuando el gigante se marchó, tiró la oreja al pozo.

Al volver, el gigante le preguntó:

—¿Ya te has comido la oreja?

—Sí, enterita y cruda; tal y como me has dicho.

—Veamos si es verdad. ¡Oreja! ¡Orejita!

—¿Qué quieres? —contestó la oreja

—¿Dónde estás, oreja?

—Aquí, en el pozo.

—¿No decías que te la habías comido? ¡Ahora verás!

El gigante la encerró en un cuarto y le cortó la cabeza.

Al día siguiente, el gigante fue a buscar al leñador, que estaba cortando leña en el bosque, y le dijo:

—Te daré otra bolsa de oro si me traes a tu hija pequeña. La otra dice que no puede estar sin ella.

El padre, aunque muy triste, fue a buscar a Marieta, que así se llamaba su hija pequeña y le dijo:

—Tu hermana te añora.

—¡Y yo también a ella!

Los dos se dirigieron al árbol donde vivía el gigante, que ya los esperaba. Cuando llegaron a la casa, el gigante le dijo a la niña:

—Tu hermana ha tenido que ausentarse, pero si tú me obedeces en todo hasta que ella regrese, algún día serás dueña y señora de todas mis riquezas. Y lo primero que has de hacer es comerte esta oreja cruda. Ahora me tengo que ir, y si al volver no te la has comido, te mataré.

Marieta, al no ver a su hermana, tuvo miedo, pero disimuló y contestó:

—Muy bien, después me la comeré.

Al marcharse el gigante, decidió esconder la oreja entre sus ropas. La puso en su cinturón y se lo ciñó bien fuerte, para que no se le cayera.

Cuando volvió el gigante preguntó:

—¿Ya te has comido la oreja?

—Sí, estaba muy rica.

—Veamos si es verdad. ¡Oreja! ¡Orejita!

—¿Qué quieres? —contestó la oreja

—¿Dónde estás, oreja?

—En la barriga de Marieta.

Al oír esto, el gigante se puso muy contento:

—Ya eres la dueña de todo lo que tengo. Aquí tienes mis llaves. Solo tienes prohibido abrir esa puerta —le dijo señalando el cuarto donde la hermana de Marieta había perdido la cabeza.

Al día siguiente, cuando se marchó el gigante, La niña se preguntó: «¿Por qué no podré abrir ese cuarto?». Y su curiosidad pudo más que su temor.

Cuando abrió, vio que un gran charco de sangre cubría el suelo de la estancia y se asustó tanto, que se le cayó la llave y se manchó.

Se agachó para recogerla y al levantarse, vio que había muchos cuerpos y junto a cada uno de ellos había una cabeza cortada. Entre todos ellos, reconoció con tristeza el de su hermana mayor. También vio una mesa en la que había una botella que contenía un extraño líquido verde, brillante y espeso. En la etiqueta se leía:

Pegamento extrafuerte de cabezas.
Aplicar una sola gota.

.

De pronto, oyó que el gigante empezaba a bajar las escaleras y salió corriendo de allí. Intentó limpiar la llave, pero no hubo forma de quitar la mancha. El gigante seguía acercándose, así que a Marieta se le ocurrió pincharse en un dedo con un alfiler y frotar con su sangre la llave que abría el cuarto prohibido justo en el momento que entraba el gigante y preguntaba:

—¿Ya has visto toda la casa?

—Sí.

—¿Entraste en el cuarto prohibido?

—No

—¡Enséñame la llave!

Al ver la llave manchada, se enfureció:

—¿Y esta mancha?

Marieta, mostrándole el dedo, le dijo:

—Me pinché en un dedo y me salió sangre.

El gigante quedó satisfecho con la explicación y le otorgó su total confianza.

Al día siguiente, el gigante salió de nuevo; dijo que se marchaba de viaje y que tardaría tres días en volver.

Marieta, tras asegurarse de que el gigante no mentía y que de verdad se marchaba porque ahora ya confiaba en ella, volvió corriendo al cuarto prohibido, cogió la botella, echó una gota del líquido prodigioso en la cabeza de su hermana y la unió a su cuerpo y ella, por arte de magia, despertó como si nada hubiera pasado y las dos se abrazaron muy contentas.

A continuación, entre las dos, fueron uniendo los cuerpos y las cabezas del resto de la gente que allí había y todos volvieron a la vida.

Estaban tan furiosos por lo que les había hecho el gigante, que esperaron escondidos a que regresara y entre todos acabaron con él.

Acto seguido, Marieta, que tenía todas las llaves, abrió la puerta donde el gigante guardaba su ingente tesoro y lo repartió.

Cargados con las inmensas riquezas, cada uno regresó a su hogar y, desde aquel día, ninguno de ellos volvió a tener nunca más preocupaciones.

FIN

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Tomás Tomasevich

Hace mucho tiempo, vivía en una aldea rusa un pobre campesino llamado Tomás Tomasevich. A trabajador no había quien lo ganara, pero a chulo y fanfarrón todavía menos.

Un día, como cada mañana, se dirigió al campo a labrar con su yegua, un jamelgo tan escuálido que apenas podía con el arado. Estaban en plena labor cuando, atraídos por el sudor de ambos, acudieron verdaderos enjambres de tábanos y mosquitos, que los acribillaron a picaduras.

Para librarse de los molestos insectos que se los estaban comiendo vivos, Tomás sacudió con fuerza en el aire un haz de ramas secas, y tábanos y mosquitos cayeron a puñados. El campesino quiso saber a cuántos había matado y contó siete tábanos, pero de mosquitos había tantos, que fue incapaz de contarlos y, entonces, con cara de satisfacción exclamó:

—¡He hecho algo grande! ¡He matado de un solo golpe siete tábanos y a incontables mosquitos! ¿Quién dirá que no soy un gran guerrero? Ahora mismo dejo de arar y, en adelante, buscaré aventuras.

Arrojó lejos la hoz, se ciñó la alforja, colgó de su cinto la guadaña y montado en su escuálida yegua, emprendió el camino en busca de lances.

Hacía ya un día que cabalgaba, cuando llegó a un cruce de caminos señalizado con un poste de madera. Como en aquel poste los más famosos héroes que por allí pasaban dejaban inscrito su nombre, él no quiso ser menos y, antes de seguir su camino, talló en la madera:

«El valiente Tomás, el que mató de un solo golpe a siete de los grandes y a incontables de los pequeños, pasó por aquí».

Poco se había alejado, cuando dos jóvenes campeones en busca de aventuras acertaron a pasar por allí y al leer la inscripción se preguntaron:

—¿Quién será este héroe desconocido? No hemos oído hablar de su brioso corcel, ni tampoco tenemos noticia de sus hazañas.

Picaron espuelas y no tardaron en dar alcance a Tomás, a cuya vista quedaron sorprendidos.

—¿Pero qué rocín monta ese hombre? —exclamaron—. ¡Si no es más que un jamelgo trasijado! ¿Querrá eso decir que su fuerza no estriba en el caballo sino en el propio caballero?

Convencidos de ello, se acercaron a Tomás y lo saludaron respetuosamente:

—¡Que tengas un bien día, caballero!

Sorprendido, Tomás preguntó:

—Y vosotros, ¿quiénes sois?

—Somos Alexandra Ivanovich e Iván Alexandrovich y estaríamos orgullosos de seguirte en tus aventuras.

—Bien, si tal es vuestro deseo, seguidme.

Llegaron juntos a los dominios del Zar y en los prados reales levantaron sus tiendas para descansar y dejaron que sus caballos paciesen libremente.

Al percatarse de la intrusión, el Zar mandó a su infantería con la orden de expulsar a los forasteros, pero al verlos acercarse, Alexandra Ivanovich e Iván Alexandrovich preguntaron a Tomás:

—¿Quieres pararles tú los pies o vamos nosotros?

—¿De verdad pensáis que voy a ensuciarme las manos luchando contra esa basura? Anda tú, Iván Alexandrovich y dales una lección.

Iván Alexandrovich, montado en su brioso corcel, cargó contra la infantería del Zar y los exterminó sin dejar a uno en pie.

Enfurecido el Zar, reunió a la caballería y ordenó a sus capitanes que expulsaran de su vedado a los forasteros.

El ejército del Zar ya avanzaba al son de trompetas, levantando nubes de polvo, cuando, de nuevo, Alexandra Ivanovich e Iván Alexandrovich se acercaron a Tomás y le preguntaron:

—¿Quieres pararles tú los pies o vamos nosotros?

Tomás que estaba haciendo la siesta, ni siquiera se giró para responder:

—¿De verdad os figuráis que voy a ensuciarme las manos luchando contra esa basura? Ve tú, Alexandra Ivanovich, y enséñales cómo pelamos. Yo te observaré desde aquí para comprobar si tienes el valor que aparentas.

Alexandra cayó como un huracán sobre las huestes del Zar. Derribó jinetes a diestro y siniestro y al ver los capitanes que era imposible impedirlo, mandaron tocar retirada y buscaron refugio en la ciudad. Uno de ellos, dirigiéndose a Alexandra, inquirió: “Dinos, invencible campeona, cómo te llamas y qué nos exiges a cambio de abandonar nuestra tierra.”

—¡No es a mí a quien debéis preguntar! —contestó Alexandra—. No soy más que una subordinada y hago lo que me manda el famoso campeón Tomás Tomasevich. Con él habéis de tratar, que os perdonará si quiere; y si no quiere, arrasará vuestro reino.

El Zar, informado de estas palabras, envió a Tomás los más ricos presentes con el ruego de que fuera a vivir a la corte real y prestara su ayuda en la guerra contra el Emperador de la China. «Si logras derrotarlo —le dijo— después de mi muerte, serás tú el Zar».

Aceptó Tomás la invitación y seguido de sus dos ayudantes se dirigió al palacio real, donde los agasajaron con una suculenta cena.

Aún no habían terminado los exquisitos manjares, cuando llegó un mensajero con una misiva del Emperador de la China en la que exigía todo el reino.

—Decid a vuestro Emperador —replicó el Zar— que se marche, porque ya no le temo, que ahora me protege Tomás Tomasevich, capaz de matar a siete de los grandes de un golpe y a un sinnúmero de los pequeños.

En pocas horas, la ciudad del Zar estuvo sitiada por el ejército chino, innumerable como la arena del mar. El Emperador de la China mandó un nuevo mensaje al Zar:

—Para evitar derramar sangre, manda a Tomás Tomasevich para que luche cuerpo a cuerpo contra mi campeón invencible. Si gana tu héroe, tú serás el soberano y yo te pagaré tributo, pero si gana el mío, tú me pagarás tributo a mí.

Aceptado el reto, Tomás no tuvo más remedio que salir a pelear. Montó su yegua y sin más armadura que su sayo, ni más armas que su guadaña, se dirigió al campo de batalla a trote ligero.

Entretanto, el Emperador de la China, que había armado a su campeón hasta los dientes, le advirtió:

—Escucha lo que te digo y no olvides mis palabras. Cuando un campeón ruso no puede vencer por la fuerza, recurre a la astucia, así que ten cuidado y si no presenta batalla tú no luches y limítate a hacer todo lo que haga él.

Los dos campeones salieron a campo abierto. Tomás vio como el chino se le acercaba, enorme como una montaña y cubierto con una armadura como si fuera una tortuga en su concha, de manera que apenas podía moverse. Tomás bajó de la yegua, se sentó en una piedra y se puso a afilar su guadaña. Al ver esto, el chino saltó de su caballo, lo ató a un árbol y se puso a amolar también su espada.

Al terminar Tomás se acercó y le dijo al chino:

—Como valientes héroes que somos y antes de asestarnos el primer golpe, tenemos que saludarnos, tal y como es costumbre en mi país.

Dicho esto se inclinó profundamente ante el chino. «¡Ajá! —pensó éste—. Este héroe es muy astuto, pero su estratagema no le valdrá, porque yo me inclinaré aún más profundamente que él».

Y si el ruso se había inclinado hasta la cintura, el chino se inclinó hasta el suelo y como tardó tanto en levantarse por lo mucho que le pesaba la armadura, Tomás blandió su guadaña y de un tajo le cortó la cabeza. Hecho esto, cogió su espada y montó sobre el corcel del chino que estaba atado a un árbol, pero como no sabía montar un animal tan brioso, se agarró como pudo a las crines. El fogoso animal, asustado, empezó a tirar y a forcejear al sentir que le tiraban del pelo y, arrancando el árbol de cuajo, emprendió veloz carrera hacia donde estaba el ejército chino, arrastrando el tronco tras de sí.

Tomás Tomasevich, aterrorizado, gritaba: «¡Socorro! ¡Socorro!» Pero el ejército chino, muerto de miedo, entendió: «¡Corred!, ¡Corred!», y así lo hicieron, como alma que lleva el diablo, sin mirar atrás. Pero el veloz caballo los alcanzó y se abrió paso entre ellos, derribando con el árbol a cuantos encontraba a su paso y cambiando a cada momento de dirección, fue dejando el campo sembrado de soldados.

Antes de desaparecer por completo, los chinos juraron que no volverían jamás a retar a aquel hombre terrible, algo que secretamente agradeció Tomás.

Montado en su yegua, volvió a la ciudad, donde lo esperaba la corte entera, llena de admiración por el arrojo y valor demostrados. Celebraron su victoria con banquetes y festejos durante un mes entero.

Yo estuve allí y fui testigo de todo lo que os he contado y, si aún vive, ahora debe de ser ya Zar.

FIN

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Señor Sapo y señor Ratón

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Ilustración: marciojlima

Érase una vez un sapo que estaba tranquilamente en su charca croando bajo la luz de la luna, cuando se le acercó su nuevo vecino, un ratón que acababa de trasladarse a una lujosa madriguera cercana, y le dijo:

—¡Buenas noches, señor Sapo! ¡Ya está bien de dar la lata! ¡No puedo pegar ojo! ¿Por qué no se va usted con la música a otra parte!

El señor Sapo dejó de cantar y observó largamente al ratón en silencio con sus ojillos saltones. Luego replicó:

—Siempre he croado en esta charca, señor Ratón. ¿No será que tiene usted envidia porque es incapaz de cantar tan melodiosamente como yo?

—¿Melodiosamente? ¡Ja!  Afortunadamente no soy capaz de cantar tan mal como usted pero, a cambio, puedo correr y saltar a la perfección y hacer muy bien otras muchas cosas que usted es incapaz de hacer porque es demasiado torpe y vulgar —repuso el ratón desdeñosamente.

Y dicho esto, sin esperar respuesta, le dio la espalda al señor Sapo y regresó a su gran casa con la cabeza muy alta y con una sonrisa de oreja a oreja.

El señor Sapo, dolido, quería vengarse del desprecio del señor Ratón y estuvo reflexionando largo rato hasta que, al fin, se le ocurrió una idea.

Se dirigió a la entrada de la casa del señor Ratón y empezó de nuevo a cantar. Esta vez croaba aún más fuerte que antes y desentonando aún más.

El señor Ratón, fuera de sí, salió dispuesto a hacer callar a tortazos al sapo cantante que perturbaba su descanso, pero este lo contuvo diciendo:

—Querido vecino, a golpes no se arregla nada, ¿qué le parece si solucionamos esto con una carrera?

A punto estuvo de desternillarse de risa el señor Ratón al oír la propuesta del sapo.

Pero el señor Sapo, golpeándose el pecho, exclamó:

—¡No se ría tanto! ¿Qué apostamos a que corro yo más por debajo de la tierra que usted por encima?

—Me apuesto lo que quiera. Es más, tan seguro estoy que me apuesto mi confortable madriguera contra su inmunda charca. Si gano yo, usted se larga con viento fresco bien lejos, a croar a otro lugar y me deja tranquilo. Si gana usted, puede tomar posesión de mi mansión y seré yo el que me marcharé a dar la vuelta al mundo.

—¡De acuerdo! —respondió el señor Sapo.

—Quedamos así entonces. Empezaremos la carrera cuando salga el sol.

El señor Sapo regresó a su charca y gritó:

—¡Señora Sapo, ven, por favor, tengo que hablar contigo!

La señora Sapo acudió para ver qué quería su marido.

—Señora Sapo —le dijo—, he desafiado a correr al señor Ratón.

—¿¿¡¡Al señor Ratón…!!?? Pero, pero…

—Si señora, al mismísimo señor Ratón. Pero tú tranquila, que tengo un buen plan. Mañana al amanecer correremos la carrera, yo ganaré y nos podremos quedar con su casa y croar toda la noche si nos apetece. Haremos esto: tú irás, al otro lado de la colina y te meterás en un agujero, cuando oigas llegar al señor Ratón, sacas la cabeza y gritas: “¡Ya estoy aquí!” No dejes de hacer esto hasta que yo vaya a buscarte.

Poco antes del amanecer, la señora Sapo se puso en movimiento para seguir el plan y el señor Sapo se dirigió a casa del señor Ratón, hizo un agujero junto a la puerta y cuando hubo terminado se tendió junto a él a dormir.

Al salir el sol, salió el señor Ratón frotándose los ojos y al ver al señor Sapo que estaba roncando sonoramente junto a su puerta lo despertó:

—¡Arriba, holgazán! ¿Empezamos a correr o ya se ha arrepentido?

—¡Nada de eso! ¡Cuando usted guste!

Se colocaron uno junto al otro y al tercer ¡croac! del señor Sapo emprendieron la carrera. El señor Ratón empezó a correr a tal velocidad que parecía que volaba y sus patitas casi ni rozaban el suelo. El señor Sapo se metió tranquilamente en el agujero que había hecho.

Estaba ya llegando el señor Ratón a la cima de la colina, cuando la señora Sapo lo oyó y sacó su cabeza por el agujero:

—¡Ya estoy aquí!

El señor Ratón se quedó asombrado, pero no sospechó el engaño, pues los ratones son muy despistados. Aunque también es cierto que no hay nada que se parezca tanto a un señor Sapo como una señora Sapo.

—¡Esto parece cosa de magia! —murmuró el señor Ratón— ¡Veamos si puede volver a hacerlo!

Y corriendo aún más si cabe, emprendió el camino de regreso diciendo:

—¡Sígame si puede!

Cuando estaba a punto de llegar a su casa, el señor Sapo asomó, la cabeza y dijo:

—¡Ya estoy aquí!

El señor Ratón estuvo a punto de enloquecer de rabia.

—¡Descansemos cinco minutos y después correremos otra vez! —murmuró casi sin aliento.

—Como usted quiera, estimado amigo —respondió el señor Sapo con tono indolente.

Y se puso a croar con una malévola sonrisita en la boca.

Al cabo de un rato de descanso, el airado ratón le dijo al señor Sapo:

—¿Preparado?

—Sí, sí. Empiece usted a correr cuando guste. Total, llegaré yo antes.

La carrera del señor Ratón solo era comparable a la de la liebre contra la tortuga. Corría tan veloz, que ni su color se adivinaba.

Le faltaban apenas dos pasos para llegar a la meta cuando la señora Sapo, sacando la cabeza de su agujero, gritó:

—¿¡¡Pero qué ha estado haciendo por el camino!!? ¡Hace rato que estoy esperando!

Sin parar siquiera, el ratón dio la vuelta para regresar al punto de partida a una velocidad vertiginosa, pero cuando aún le faltaban cuatro o cinco pasos, llegó hasta él el croar del señor Sapo, que al verlo le dijo:

—¡Por fin! Estaba ya tan aburrido de esperar, que me he puesto a cantar para pasar el rato.

Cubierto de sudor, con el rabo entre las piernas, jadeando y fatigado, el señor Ratón se dio media vuelta y, sin decir nada, se marchó a dar la vuelta al mundo.

El señor Sapo fue a buscar a la señora Sapo y ambos tomaron posesión de la mansión del ratón, junto a la gran charca.

Y aunque aquella noche los dos, muy felices, croaron a coro sin parar, siempre es…

Mejor no apostar

Vivía en una laguna
tranquilamente aquel sapo;
tan apacible y tan guapo
vestidito de aceituna.
Cantaba bajo la luna…
Hasta que llegó un ratón
muy altivo y corretón…
Hicieron una propuesta
y el sapo ganó la apuesta
con sabia imaginación.
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Colaboró la sapita
esposa del señor sapo;
y la trampa fue un sopapo
de astucia jamás escrita.
El ratón se debilita
y el sapo le solicita
que repita, que repita
su corre-vuela aventura…
Nadie vence a la postura
que un acuerdo facilita.

FIN

Perezosos y testarudos

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Había una vez un matrimonio que hubiera vivido felizmente de no ser por la pereza, que atacaba con intermitencia a una y otro. Además, para colmo, los dos eran terriblemente testarudos.

Cuando uno de ellos se sentía con pocas o ningunas ganas de trabajar, el otro se empeñaba en hacer lo mismo que hacia el otro, o menos.

Cierto día, se levantó la mujer con unas tremendas ganas de no hacer absolutamente nada, pero el caso es que aquel día, el marido se había levantado con más hambre que de costumbre y le dijo a su mujer:

—Edelmira, tengo un hambre que me muero, tendrías que cocinar algo sabroso.

—No serán mis manos las que se metan en guisos —respondió ella. Si te apetece, cocina tú.

—¿No pensarás que pasemos sin comer?

—No es mi intención, pero resulta que tú tienes un par de brazos hermosísimos; mucho más fuertes que los míos. ¡Cocina tú!

—¡Edelmira, no me hagas enfadar!

—¡Timoteo, no me pongas nerviosa!

—¡Yo no cocino!

—¡Pues yo tampoco!

—No discutamos.

—De ti depende.

—Te diré lo que se me ha ocurrido.

—Seguro que la manera de no hacer nada…

—Y también la forma de no discutir…

—Eso me interesa… ¡Dime!

—Ya que no tienes ganas de cocinar…

—Ni tú tampoco…

—De acuerdo… Ya que no tenemos ninguno de los dos ganas de cocinar…

—Así mejor.

—…y para no enzarzarnos en discusiones inútiles, ¿qué te parece si acordamos que el primero que hable sea el que cocine?… ¿Qué contestas?… ¿De acuerdo?…

En vano esperó el marido respuesta de su esposa que, aunque muy perezosa y testaruda, no tenía ni un pelo de tonta y enseguida comprendió que si contestaba le tocaría a ella cocinar.

Pasaron horas y horas y ninguno de los dos abría la boca. Ni comieron ni cenaron, tal vez por miedo a que, si despegaban los labios, se les pudiera escapar alguna palabra. Se acostaron poco después de anochecer con el estómago vacío, dándose la espalda y se durmieron en silencio.

A la mañana siguiente, cuando se despertaron, se miraron disimuladamente de reojo. El marido tenía la cara seria. A la mujer le faltaba poco para romper a reír; pero ninguno de los dos dijo nada.

Sonaron en la iglesia del pueblo las doce campanadas de mediodía y el matrimonio seguía en la cama, sin haber abierto la boca, como no fuese para bostezar, pues tenían un hambre espantosa.

Llegó la noche y no hubo modificación alguna en su actitud, excepto que bostezaban aún más que antes.

Los vecinos, asombrados de no haber visto en dos días a ninguno de los dos, ni haberse abierto en la casa puerta ni ventana alguna en ese tiempo, temieron que una desgracia irreparable fuera la causa de aquel incomprensible silencio. No tardaron en congregarse frente a la casa, pero medrosos de obrar por su cuenta, fueron a ver al alcalde para contarle lo que sospechaban.

Marchando el propio alcalde en cabeza, se dirigieron, sin perder ni un segundo y en tropel, a casa de Timoteo y Edelmira y llamaron al timbre con insistencia, pero nadie contestó, ni tampoco se oía ni el menor ruido en el interior.

Empezaron a mirarse los unos a los otros, temerosos e inquietos, e insistieron en las llamadas, pero con el mismo resultado negativo. El alcalde propuso entonces que se derribara la puerta.

Entraron con extrema precaución; las piernas les temblaban a muchos de los allí presentes y por temblar, temblaba hasta la vara del alcalde, que más que vara parecía la batuta de un director de orquesta, yendo como iba de uno a otro lado.

Por fin llegaron al dormitorio de Timoteo y Edelmira, los cuales ni se movían ni daban la menor señal de vida. Tenían los ojos cerrados y las caras pálidas y desencajadas. Nada extraño, puesto que habían pasado horas sin comer ni beber.

El alcalde, alzando la vara, tartamudeó:

—¡Timoteo! ¡Edelmira! ¡Os ordeno que respondáis al Alcalde!

Ni una palabra. Ni el menor movimiento.

Entonces, la primera autoridad del pueblo se quitó respetuosamente el sombrero, adoptó un aire compungido y anunció a los vecinos presentes:

—Me temo, estimados convecinos, que nuestros estimados Edelmira y Timoteo han muerto. Por tanto, por el poder que me confiere mi autoridad, ordeno que los enterremos ahora mismo.

Seis de los allí presentes, fornidos lugareños, cargaron con los cuerpos inertes de la infeliz pareja y los condujeron hacia el cementerio y al llegar allí los depositaron sobre el suelo de tierra, de costado y frente a frente.

Nadie advirtió que el marido y la mujer abrieron los ojos y se miraron enfurruñados. Hubo un instante en que pareció que Timoteo, desfallecido, iba a decir una palabra; pero no quiso darse por vencido, así que cerró de nuevo los ojos y apretó los labios.

Edelmira bostezó, con riesgo de ser vista por los improvisados sepultureros que, abierta ya la fosa, se aproximaban a recogerla para echarla dentro.

Estaba ya colocada en la hoya la mujer, cuando fueron en busca del cuerpo del marido.

De pronto, un grito de horror se escapó de la garganta de todos los presentes y acto seguido, con el alcalde a la cabeza, echaron a correr en todas direcciones como alma que lleva el diablo.

Y es que el pobre Timoteo comprendió que estaba a punto de no volver a contemplar la luz del sol, y ante la horrorosa perspectiva de ser enterrado vivo, dio su brazo a torcer, abrió los ojos desmesuradamente, para demostrar que no estaba muerto, y gritó a viva voz:

—¡No me enterréis! ¡No estoy muerto! ¡Socorro! ¡Socorro!

No le costó poco trabajo convencer a todos de no era un fantasma y de que no había motivo para asustarse.

Pero el colmo de la sorpresa fue ver a Edelmira asomando por la abertura de la fosa mientras exclamaba triunfante:

—¡Cocinarás tú!

FIN

La montaña de oro

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Ilustración: Pencil-guy

Hace mucho tiempo, vivía en un aldea un muchacho labrador. Era tan pobre, que casi ni podía comer, así que no tuvo más remedio que buscar trabajo como jornalero y se dirigió a la ciudad.

Cuando llegó allí, esperó en la plaza del mercado, junto a otros, a que alguien lo contratara y he aquí que un terrateniente único entre setecientos, porque era setecientas veces más rico que los demás terratenientes de aquella tierra, acertó a pasar por allí en su coche de oro.

Apenas los jornaleros lo vieron, corrieron en todas direcciones a esconderse y solo quedó, en medio de la plaza, el joven labrador.

—¡Chico!, ¿quieres trabajar? —preguntó el terrateniente único entre setecientos.

—¡Claro! Por eso estoy aquí.

—¿Qué sueldo pides?

—Cien monedas de oro al día.

—¡Eso es demasiado!

—Pues si te parece demasiado, busca a otro que cobre menos. Aunque me parece a mí que te será difícil, porque en cuanto has llegado, todos han desaparecido.

—De acuerdo, te daré cien monedas. Mañana al alba te espero en el puerto. ¡Sé puntual!

A la mañana siguiente, el joven se dirigió al puerto, donde ya lo estaba esperando el terrateniente único entre setecientos. Embarcaron en un velero de oro y navega que navegarás, llegaron a una isla solitaria en medio del océano. Era una isla de altísimas montañas, y en la costa algo resplandecía como el fuego.

—¿Qué es ese fuego? —preguntó el labrador.

—No es fuego; es mi castillo de oro.

Arribaron a la isla y amarraron el barco. Las puertas del castillo se abrieron y la mujer y la hija del terrateniente único entre setecientos salieron a recibirlos y, todos juntos, entraron al castillo, se sentaron a la mesa y empezaron a comer, a beber y a divertirse.

—Regocijémonos hoy —dijo el dueño del palacio—, que mañana ya trabajaremos.

Durante la cena, el joven labrador y la hija del terrateniente no hacían más que mirarse y al retirarse a sus habitaciones a dormir, la muchacha visitó al joven en secreto y le entregó un pedernal y un eslabón:

—Toma, no me preguntes, pero utiliza esto cuando estés desesperado.

Al día siguiente, el terrateniente único entre setecientos cogió un azadón, montó un borrico y se dirigió con el labrador a la montaña de oro que había en el centro de la isla. Sube que subirás, trepa que treparás, no llegaban nunca a la cumbre.

—Bueno —dijo el terrateniente—, ya es hora de que echemos un trago.

El terrateniente le ofreció una bebida mezclada con un narcótico y después de comprobar que su jornalero se había quedado completamente dormido, sacó su cuchillo, mató al burro que iba con ellos, le arrancó las entrañas, puso en el vientre al joven con el azadón, y después de coser la herida, fue a esconderse entre las malezas.

Inmediatamente bajó volando una bandada de cuervos de acerados picos, que cogió el cadáver del animal y se lo llevó a la cumbre para cebarse con él. Allí las aves empezaron a mondarlo, hartándose de carne, hasta que hundieron los picos en el muchacho, que al sentir los picotazos se despertó, ahuyentó a los negros pájaros, miró a su alrededor y preguntó:

—¿Dónde estoy?

—En la montaña de oro —le contestó el amo gritando desde abajo—.  ¡Ea! ¡Coge tu azada y cava oro!

El chico se puso a cavar y a tirar oro montaña abajo. El terrateniente lo cogía y lo cargaba en los carros. Por la tarde había llenado nueve enteros.

—Ya me bastará —gritó el terrateniente único entre setecientos—. Gracias por tu trabajo. ¡Adiós!

—¿Y yo qué hago?

—Arréglate como puedas. Noventa y nueve como tú han perecido en esta montaña. ¡Contigo serán cien! —Y dicho esto, se alejó.

—No sé qué hacer —pensó el muchacho—. Bajar de esta montaña es imposible. Seguramente moriré de hambre.

No podía bajar de la montaña y sobre su cabeza se cernía la bandada de cuervos de acerados picos, oliendo su presa. Reflexionando estaba en su desventura, cuando recordó que la hermosa muchacha le había dado, en secreto, un eslabón y un pedernal, aconsejándole que los utilizase cuando estuviese desesperado. «Tal vez no me lo dijo en vano. —pensó— Probaré». Sacó el eslabón y el pedernal y al primer golpe que dio se le aparecieron dos mancebos.

—¿Qué deseas? —le preguntaron.

—Que me saquéis de esta montaña y me llevéis de regreso a la ciudad.

No había terminado de hablar, cuando lo tomaron uno por cada brazo y cumplieron su deseo.

Tiempo después, el chico se dirigió nuevamente al mercado a ver si alguien lo contrataba y, de nuevo, volvió a pasar el terrateniente único entre setecientos en su coche de oro. Apenas lo vieron los jornaleros, corrieron en todas direcciones a esconderse y solo quedó en la plaza el muchacho.

—¿Quieres trabajar para mí? —le preguntó el rico terrateniente sin reconocerlo.

—Con mucho gusto, si me das doscientas monedas de oro al día.

—¿No es demasiado?

—Si lo encuentras caro, busca a otro jornalero más barato. Pero ya has visto cómo echan a correr al verte.

—Bueno, no se hable más. Mañana al alba te espero en el puerto.

Al día siguiente se encontraron en el puerto, subieron a la embarcación y se hicieron a la mar. Pasaron aquel día comiendo y bebiendo y al día siguiente se dirigieron a la montaña de oro. Al llegar allí, el rico terrateniente sacó una botella y dijo:

—Ya es hora de que bebamos.

—Espera —advirtió el criado—, deja que te obsequie con mi vino, porque quiero celebrar que tengo trabajo.

Y el joven, que había tenido la precaución de desleír un potente narcótico en la bebida, llenó un vaso y se lo ofreció al terrateniente único entre setecientos. Este, sin sospechar nada, se lo bebió de un trago y se quedó dormido. El muchacho mató el caballo más viejo, lo destripó, metió a su amo dentro con la azada, cosió la herida y se ocultó entre la maleza. Inmediatamente bajaron los cuervos de acerado pico, cogieron el cadáver, se lo llevaron a lo alto de la montaña y empezaron a comer. El terrateniente que era único entre setecientos, despertó y miró a todas partes.

—¿Dónde estoy? —preguntó.

—En la montaña de oro —gritó el chico—. Coge la azada y cava oro; si arrancas mucho, te diré cómo bajar.

El terrateniente único entre setecientos, cogió la azada y se puso a cavar y a cavar hasta que se llenaron de oro veinte carros.

—Descansa, ya tengo bastante —gritó el muchacho—. ¡Gracias por tu trabajo y adiós!

—Y yo, ¿cómo bajo? Me dijiste que me dirías cómo hacerlo.

—Es fácil, baja como bajaron noventa y nueve antes que tú.

Y dicho esto, el chico se dirigió al castillo con los veinte carros de oro, se casó con la hija del terrateniente único entre setecientos, y ambos se quedaron como dueños de todas las riquezas que el avaro había acumulado a lo largo de toda su vida. Eran tantas, que nunca jamás necesitaron volver a cavar oro.

FIN

Garbancito

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Ilustración: Ethanael

 Este cuento nos lo pidió Marisa Alonso y a ella se lo dedicamos.

Érase una vez que un hombre y una mujer tuvieron un hijo. El niño era tan pequeño, tan pequeño, tan pequeño que parecía un garbanzo y, por eso, decidieron ponerle por nombre Garbancito.

Pasó el tiempo, y a pesar de que Garbancito seguía sin crecer, cada día era más listo. Además, era muy bueno y trabajador y siempre estaba dispuesto a ayudar a sus padres.

Un día, su mamá estaba cocinando y se dio cuenta de que se había quedado sin azafrán:

—iVaya, qué contratiempo! No tengo ni una hebra de azafrán y el guiso no me quedará tan bueno como siempre.

El niño, que no andaba lejos, le respondió enseguida:

—¡No pasa nada! ¡Ahora mismo voy corriendo a comprarlo!

—iNi pensarlo, Garbancito! Eres demasiado pequeño para salir solo a la calle. La gente no te vería y alguien, sin darse cuenta, podría pisarte.

Pero Garbancito insistió:

—Mamá, tú no te preocupes, que Iré cantando todo el rato y aunque la gente no me vea, me oirá. Así que nadie me pisará.

Finalmente, aunque muy preocupada, la mamá de Garbancito accedió. Le dio una moneda y le advirtió:

—Ve directamente a la tienda sin dejar de cantar durante todo el camino. ¡Y ándate con mucho ojo para que nadie te pise!

Garbancito cogió la moneda, que casi abultaba más que él, se la cargó a la espalda y salió de su casa entonando su canción:

¡Pachín, pachín, pachín!

¡A Garbancito no piséis!

¡Pachín, pachín, pachín!

¡Mucho cuidado con lo que hacéis!

Todos los que pasaban junto a él se quedaban admirados, porque como no veían a Garbancito, creían que era la moneda la que cantaba y andaba sola.

Sin parar de cantar, llegó por fin a la tienda y gritó bien fuerte para que lo oyeran:

—iBuenos días! Mi mamá me manda para comprar azafrán.

El tendero miraba sorprendido a su alrededor sin ver a nadie, hasta que se dio cuenta, por fin, de que en el suelo había una moneda y que bajo ella estaba Garbancito. Preparó la bolsita con azafrán y se la dio al niño, que salió de la tienda y de nuevo empezó a cantar:

¡Pachín, pachín, pachín!

¡Mucho cuidado con lo que hacéis!

¡Pachín, pachín, pachín!

¡A Garbancito no piséis!

Cuando lo vio llegar, su mamá respiró aliviada al comprobar que estaba sano y salvo.

Con el azafrán que Garbancito le había comprado, terminó de preparar la comida y cuando ya se disponía a salir con ella para llevársela a su marido, que labraba la tierra en un huerto cercano, su hijito le dijo:

—Mamá, ya has visto que he ido a la tienda y no me ha ocurrido nada. ¿Por qué no me dejas que lleve yo la comida a papá?

—Pero Garbancito, ¿no ves que la cesta es demasiado pesada y no podrás tú solo con ella?

Pero Garbancito, que aunque era pequeño era muy fuerte, cargó la cesta a su espalda y le dijo a su madre:

—¿Lo ves mamá?, puedo con ella. Tú no te preocupes, que iré cantando para que nadie me pise.

Así que la madre se dejó convencer de nuevo y Garbancito se marchó cantando a llevar la comida a su padre:

¡Pachín, pachín, pachín!

¡A Garbancito no piséis!

¡Pachín, pachín, pachín!

¡Mucho cuidado con lo que hacéis!

Estaba a mitad de camino, cuando lo sorprendió un terrible aguacero. La lluvia caía con furia y para que la comida no se mojara, Garbancito se escondió bajo una gran col, decidido a esperar a que amainara la tormenta. Cómodo como estaba y arrullado por el ruido que hacían las gotas de agua sobre la col, Garbancito se quedó dormido.

Muy cerca de allí, pastaba un gran buey que al ver la hermosa col, y sin saber que alguien dormía bajo ella, se acercó y se la comió de un solo bocado y con ella se tragó también al pequeño niño.

Entretanto, el papá de Garbancito, que hacía rato que esperaba hambriento, decidió ir a ver qué ocurría. Al llegar a casa, preguntó a su mujer por su comida y su esposa, muy asustada, le contó que Garbancito había ido a llevársela hacía ya un buen rato. Muy preocupados, salieron a buscar a Garbancito:

—¡Garbancitooooooooo!, ¿dónde estaaaás?

Pero nadie respondió.

Caminaron y caminaron, sin dejar de llamar a su hijito. Buscando y rebuscando por todos los lugares:

—¡Garbancitooooooooo!, ¿dónde estaaaás?

Ya salían del pueblo, camino del huerto, cuando al atravesar el sembrado en el que el gran buey pastaba volvieron a llamar:

—¡Garbancitooooooooo!, ¿dónde estaaaás?

Fue entonces cuando oyeron una voz muy lejana que decía:

¡Estoy como un reeeey,

sin lluvia ni nieve,

en la panza del bueeeey!

Los padres de Garbancito pensaron y pensaron en cómo sacarían a su hijito de la panza del buey, hasta que se les ocurrió hacer cosquillas al animal en el hocico con unas briznas de hierba.

El buey estornudó sonoramente y Garbancito salió disparado por uno de los agujeros de la nariz y, sano y salvo, aterrizó sobre una gran col.

Contento y espabilado, como si nada hubiera pasado, abrazó a sus papás y los tres, felices de estar juntos de nuevo, regresaron a su casa cantando:

¡Pachín, pachín, pachín!

¡Mucho cuidado con lo que hacéis!

¡Pachín, pachín, pachín!

¡A Garbancito no piséis!

FIN

El conejo y el cocodrilo

Hace mucho tiempo, el conejo y el cocodrilo eran amigos. Un día, la madre del cocodrilo se puso muy enferma y su hijo la llevó al hospital. Después de atenderla, el médico le dijo al cocodrilo:

—La cura de la enfermedad de su madre es el corazón del conejo.

Al oír eso, el cocodrilo salió desesperado y atravesó el río en busca del conejo. Cuando éste lo vio venir con una gran cara de tristeza, le preguntó:

—¿Amigo estás bien? ¿Qué ocurre?

—No, no estoy bien, mi madre está enferma y no consigo llevarla al médico por eso vengo a pedirte ayuda —le contestó el cocodrilo.

El conejo, sin desconfiar, aceptó ayudar a su amigo y se fueron juntos. Pero al rato, el cocodrilo le dice al conejo:

—Discúlpame amigo mío. La verdad es que vine a sacarte de tu casa para matarte porque el médico dice que tu corazón sirve para curar la enfermedad de mi madre.

Y el conejo, espabilado y listo, le contesta:

—Si es así, ¿por qué no me lo dijiste en mi casa? Tenemos que volver porque a mí no me gusta andar por ahí con mi corazón y siempre lo dejo en casa. Pero no te preocupes, que te daré no uno sino dos corazones.

Y así volvieron juntos a la casa del conejo.

Cuando llegaron este le advierte:

—Amigo mío aquí en casa tengo muchos corazones y nadie tiene que saber dónde los guardo, así que tendrás que esperarme aquí fuera.

El conejo entró dentro y escapó y nunca más volvieron a encontrarse. Y no sabemos si la madre del cocodrilo se murió o no, pero lo que sí sabemos es que colorín colorado este cuento ha terminado.

O casi ha terminado…
¡Sigue leyendo, por favor!

 –

Esta preciosa historia la ha escrito e ilustrado un alumno de 7º curso de la Escuela Primaria de Wimbe, situada en Pemba (Mozambique), y es solo una pequeña muestra de lo que encontrarás en el libro Cuentos de los Niños del Mañana. Fábulas tradicionales de Mozambique.

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Si alguna vez te has preguntado cómo aportar tu granito de arena para conseguir que el mundo sea un lugar mejor para todos, la respuesta es tan sencilla como invertir 7€ para adquirir el libro completo en formato pdf, o invertir 10 € y adquirir el libro completo en formato impreso, como el que ya tenemos nosotros y del que, con el permiso de Lara Ripoll, la persona que lo ha hecho posible, hemos copiado el cuento de este martes.

Pincha sobre la imagen para saber más cosas sobre estos pequeños artistas y de cómo puedes ayudar a construir un futuro mejor para muchos niños.

¡Comparte cultura!

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FIN

La Ratita presumida

Victoria Assanelli 1

Ilustración: Victoria Assanelli

Había una vez una Ratita que cada día barría su casita y un día se encontró una moneda de oro.

—¡Oh! ¡Qué suerte he tenido! ¿Con qué la gastaré?

Y pensaba y pensaba:

—Si me compro caramelos, los dientes se me pondrán feos… Y si me compro avellanas, las muelas se me pondrán malas…. ¡Ay! ¡No sé qué hacer!… ¿Y si me comprara un lacito para la punta del rabito? Un gran lacito, para que luzca bien bonito. ¡Sí, sí! ¡Eso haré!

Y eso hizo. Se dirigió a la mercería de Doña Corneja y allí estuvo mirando y revolviendo muchos lazos. Al final, se decidió por uno precioso de seda de color rojo.

—¡Este me gusta! —dijo mientras pensaba— Todo el mundo me envidiará en el barrio. Todos los vecinos se girarán para admirar mi lazo—. ¡Quiero este! No me lo envuelva, que me lo llevo puesto.

Con el lacito anudado en la punta de su rabito, se fue a su casa y se colocó ante la puerta para lucirlo y para que todo el mundo pudiera admirar lo bien que le quedaba.

Así estaba, cuando acertó a pasar por allí el señor Pato, que al verla tan linda le dijo:

—¡Ay!, Ratita, mi Ratita, tú que eres tan bonita, ¿no querrías casarte conmigo? Soy formal, buen mozo y muy estudioso. ¡Juntos aprenderíamos mucho!

—No sé, no sé. A ver, dime algo para que pueda escuchar tu voz.

—¡Cuac, cuac, cuac!

—¡Uy! ¡No, no! ¡Qué horror! Si me casara contigo me dejarías sorda. ¡No te quiero por marido!

Y Don Pato se alejó triste y cabizbajo, con sus libros bajo el ala.

Al poco rato, se acercó un hermoso gallo con la cresta muy roja y le dijo a la Ratita:

—¡Ratita preciosa!, tú que eres tan bonita, ¿te quieres casar conmigo? Soy buen mozo y tengo una gran casa.

—No sé, no sé. A ver, dime algo para que pueda escuchar tu voz.

—¡Kikirikí, Kikirikí!

—¡Uy! ¡No, no! ¡Qué alboroto! Si me casara contigo no podría dormir en toda la noche. ¡No te quiero por marido!

Y Don Gallo muy ofendido, se marchó de casa de la Ratita con la cresta muy alta y sin volver la vista atrás, seguido por siete gallinas.

También se acercaron a casa de la Ratita un perro de aguas, un cerdo y un cordero. Pero al escuchar sus voces, a todos rechazó.

Ya caía la tarde y de vuelta a su establo, después de trabajar todo el día, se acercó a casa de la Ratita un burrito:

—¡Ratita guapa!, tú que eres tan preciosa, ¿te quieres casar conmigo? Soy muy buen mozo, fuerte y trabajador. Conmigo nunca ha de faltarte de nada.

Y la Ratita, haciéndose de rogar, le dijo:

—No sé, no sé. A ver, dime algo para que pueda escuchar tu voz.

—¡¡Iiiiaaaa, Iiiiiaaaaaa!!

—¡Ahhhhhhhhhh! ¡Que espanto de voz! ¡Lárgate ahora mismo, que por tu culpa me dolerán los oídos tres días enteros!

Muy triste se marchó Don Burrito por la negativa de la linda Ratita, arrastrando su pesado carro.

Ya empezaba ella a pensar que jamás encontraría a nadie hecho a su medida, cuando pasó por allí un gatito que le dijo:

—¡Marramiaumiaumiau, Ratita! En ninguna de mis siete vidas he visto ni veré a una dama igual que tú. ¿Te quieres casar conmigo? Soy buen mozo y conmigo correrás aventuras sin fin y te divertirás de día y de noche.

Y la Ratita, haciéndose de rogar le dijo:

—No sé, no sé. A ver, dime algo para que pueda escuchar tu voz.

—¡Miauu, Miauuu! –maulló Don Gato con voz melodiosa.

—¡Qué voz tan dulce que tienes! ¡Contigo me he de casar!

Al poco tiempo, celebraron una gran boda, a la que todo el mundo fue invitado. Aquel día, todos los que asistieron a la gran fiesta advirtieron a la Ratita:

—¡Ve con cuidado con este gato! No vayas a despistarte y te dé un bocado.

—Cuidado, Ratita, no vayas a ser tú su cena.

Al terminar la fiesta, cada animal regresó a su casa y, por fin, el Gato y la Ratita se quedaron solos:

—Ratita, Ratita, ¿que puedo darte un besito?

Y acercándose mucho a ella abrió tanto la boca que ¡casi se la come de un bocado! La Ratita, dando un gran salto se alejó de allí gritando:

—¡Socorroo, socorro! ¡Que el gato me come!

Al oír los gritos, pato, gallo, perro de aguas, cerdo, cordero y burro acudieron corriendo:

—¡Cuac, cuac, cuac!

—¡Kikirikiiiiiiii!

—¡Guau, guau, guau!

—Oinkkkk, oinkkkkk!

—¡Beeeeee, beeeeeeee!

—¡Hiaaaaaaaaaaa hiaaaaaaaaa!

Y el gato, espantado con tanto alboroto, huyó por los tejados y jamás regresó.

Por eso dicen que, desde aquel día, ratones y gatos dejaron de tener amistad y cuando un ratón ve a un gato huye despavorido.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La Ratita presumida» con la voz de Angie Bello Albelda

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