Cuento popular

Las cabritas y el lobo

01_cabritas

En medio de la estepa rusa, en una pequeña isba con el techo pintado de rojo y con una mirilla en la puerta en forma de corazón, vivían, felices y contentas, Mamá Cabra y sus tres hijitas.

Las tres cabritas eran muy jóvenes y aún no tenían cuernos, de modo que no tenían con qué defenderse de sus enemigos.

De entre todos los enemigos de las cabritas, el más terrible era Lobo Gris, una fiera que atemorizaba a todos los animales de la estepa y, por eso, las cabritas tenían que permanecer siempre dentro de su casa. La única que salía a buscar comida era la mamá, una vieja cabra robusta, con unos poderosos cuernos, capaz de enfrentarse a cualquier enemigo por terrible y fiero que fuera.

Cuando Mamá Cabra salía, recomendaba a sus tres hijitas que cerraran bien la puerta y que la abrieran solamente cuando ella regresara, al anochecer.

Las tres cabritas se quedaban mirando cómo se alejaba su mamá y luego cerraban la puerta con doble vuelta de llave.

Al anochecer, volvía la cabra y, para darse a conocer, balaba dulcemente:

Cabritas, mis tres cabritas,

en el campo ya no hay sol;

muy pronto saldrá la luna.

Ha llegado vuestra madre,

que os quiere más que ninguna

y os ofrece el corazón.

Las cabritas reconocían la voz y la canción y corrían a abrir la puerta. Bajo la atenta vigilancia de la madre, correteaban y saltaban en el prado que había frente a la isba y luego se encerraban en casa para pasar la noche y no ser sorprendidas por el lobo.

A veces, en las noches de luna llena, Lobo Gris se acercaba, husmeaba en torno a la cabaña y rascaba la puerta. Tenía la esperanza de que alguna vez Mama Cabra se olvidara de dar la vuelta a la llave y entonces ¡qué cena más rica sería para él una de las tiernas cabritas!

Después de varios intentos, se convenció de que Mama Cabra no se olvidaba nunca de cerrar la puerta y que las cabritas jamás abrían a nadie en ausencia de su madre.

—¿Cómo conseguiré que abran la puerta? –se dijo un día Lobo Gris.

Después de pensar y pensar, se propuso aprender la canción de Mama Cabra y una tarde se fue hacia la isba y cantó:

Cabritas, cabritas,

en el cielo ya no hay sol;

ya va saliendo la luna.

y ya llega vuestra madre,

que os quiere como ninguna

y os comerá el corazón.

—¡Ja, ja, ja! —rieron las cabritas al oír como Lobo Gris imitaba a su madre.

La fiera se dio cuenta de que la letra de la canción era distinta y de que había cantado con su voz ronca.

—¡Seguiré aprendiendo! —se dijo el lobo.

Pero por mucho que ensayaba, la voz le seguía saliendo demasiado áspera. ¿Qué podía hacer? De pronto, se le ocurrió una idea. Fue a la aldea y le pidió al herrero que le hiciera una pieza especial de hierro para estrechar la garganta. Con este aparato, se presentó ante la puerta de la isba y empezó a cantar:

Cabritas, mis tres cabritas,

en el campo ya no hay sol;

muy pronto saldrá la luna.

Ha llegado vuestra madre,

que os quiere más que ninguna

y os ofrece el corazón.

—¿Será mamá de verdad? —dijo una de las cabritas—, es su voz y su canción.

—Es demasiado temprano. No es la hora habitual de su regreso —agregó otra.

—Me asomaré a la ventana —agregó la tercera— hay que ser prudente como dice siempre Mamá Cabra.

Cuando la cabrita vio que el que cantaba era el lobo, cerró sigilosamente la ventana y las tres se refugiaron en el fondo de la cabaña.

Lobo Gris siguió cantando hasta la caída de la tarde. Estaba seguro de que lo estaba haciendo bien. Por enésima vez iba a empezar de nuevo la canción:

Cabritas, mis tres cabritas…

cuando un feroz topetazo le aplastó el hocico contra la puerta de la cabaña. El golpe fue tan tremendo que se le partieron los colmillos. Sangrando por la boca y aullando de dolor se marchó corriendo de allí.

Dentro, las cabritillas estaban muy asustadas.

—¿Qué estará sucediendo ahí afuera? —preguntó una de ellas en voz baja.

Mamá Cabra, que tenía un oído muy fino, lo oyó y respondió:

—Un pequeño accidente, hijas mías. Lobo Gris ha tropezado con mis cuernos y se ha roto el hocico. Acaba de salir corriendo en busca de un dentista.

En el interior las cabritas se rieron a carcajadas:

—¿De manera que ha tropezado con tus cuernos mamá?

—Sí, hijas mías, ¡y qué tropezón!

—Mamá, ¿crees que Lobo Gris volverá por aquí?

—¡Hum! —contestó Mama Cabra— el lobo puede perder el pelo, pero nunca pierde la maña. Así que, por si acaso, cambiaremos la canción:

Cabritas, mis tres cabritas,

en breve saldrá la luna,

ya se va poniendo el sol.

No se ve fiera ninguna,

pero si aparece alguna

recibirá una lección.

FIN

La sopa de piedras

Sopa de piedras

Un día, después de una terrible guerra, llegó a un pequeño pueblo un soldado medio muerto de hambre. Iba llamando a todas las puertas y pedía que le dieran cualquier cosa para comer, pero nadie le daba nada porque todos los habitantes eran tan pobres que apenas tenían algo para llevarse a la boca.

Entonces, muy triste, el soldado se sentó en un banco junto a la fuente que había en la plaza mayor del pueblo y mientras iba pensando en lo que haría, se le acercaron unos niños para preguntarle quién era, de dónde venía y qué estaba haciendo allí.

—Soy un soldado que viene de la guerra y, como tengo mucha hambre, estaba pensando en ponerme ahora mismo a cocinar una sopa de piedras para comer.

—¡¿Pero, de verdad se puede hacer una sopa con piedras?! – preguntó un niño con cara de sorpresa.

—¡Claro que sí! ¡Y bien rica que sale! ¡¿La queréis probar?!

—¡¡¡Sííííí!!! -respondieron todos los niños y niñas al unísono, porque tenían mucha hambre.

—Pues entonces, tendréis que ayudarme.

—Tú —Le dijo a un niño muy delgadito que llevaba unas gafas verdes—, trae la olla más grande que encuentres en el pueblo ¡Pero que sea muy, muy grande! ¡Haremos muuuuuucha sopa de piedras!

—Tú —Le dijo a una niña rubia con trenzas que tenía cara de no haber comido caliente desde el día anterior—, tráeme muchas piedras del río. Y vosotros ayudadla —pidió a cuatro niños que estaban junto a ella.

—Tú y tú —les dijo a dos hermanos gemelos que lo miraban boquiabiertos cogidos de la mano—, id a buscar mucha leña para hacer un buen fuego.

—Tú —le dijo a otro—, trae una cuchara para poder remover la sopa.

Y así, uno tras otro, fueron recibiendo instrucciones hasta que, entre todos, reunieron todo lo necesario para preparar la comida. El soldado, entonces, puso agua en la gran olla, echó en ella las piedras y encendió el fuego. Cuando el agua empezó a hervir, probó la sopa y dijo:

—Mmmmmmmm, no está nada mal, pero tal vez si le echamos algunas patatas mejore el sabor…

—¡En mi casa hay cuatro patatas! —exclamó la niña de las trenzas.

Se fue corriendo a buscarlas y se las dio al soldado, que las echó en la olla.

Después, el soldado volvió a probar la sopa y dijo:

—Parece que ahora está un poco más buena. Pero tal vez, si le añadiéramos un poco de arroz…

—¡En mi casa quedaba un puñado! —exclamó el niño de las gafas verdes y salió como una exhalación a buscarlo.

Y así, cada vez, el soldado iba añadiendo más ingredientes a la sopa y después de probarla pedía alguna cosa y los niños y niñas salían corriendo hacia sus casas para buscarlas. Algunos incluso empezaron a improvisar y regresaron con alguna cosa más: con un trozo de tocino, un poco de morcilla, algunas verduras, un pedazo de pan seco…

Poco a poco, el olorcillo de la sopa se fue extendiendo por todo el pueblo y los padres y abuelos de los niños, atraídos por aquel exquisito aroma, se fueron acercando a la plaza del pueblo para ver qué estaba ocurriendo. Llevaron también otras viandas que tenían y todos juntos, en la plaza mayor del pueblo, junto a la fuente, compartieron la deliciosa sopa de piedras que había cocinado el soldado gracias a las pequeñas aportaciones de todos los habitantes del pueblo.

FIN