Fábula

Buscando una razón

Ilustración: badusev

Un luminoso domingo de verano, muy de mañana tres amigos decidieron hacer una excursión y subir a una alta montaña cercana al lugar donde vivían. Se calzaron sus botas, se colgaron a la espalda sus mochilas cargadas con provisiones y emprendieron la marcha.

Cada uno de los tres tenía un motivo para pasear. El primero quería estudiar la flora del lugar; el segundo deseaba observar las aves que por aquellos parajes habitaban; y el tercero anhelaba bañarse en las cristalinas aguas del lago que había en la cima.

Una vez arriba, cada uno se dedicó a lo que más le gustaba.

—¡Qué maravilla de flores!

—¡Observad, amigos, esa majestuosa águila!

—¡Estas frescas aguas son mágicas!

Pasaron la mañana incansablemente dedicados a sus actividades y cuando ya se disponían a descansar y comer, vieron, no muy lejos de donde estaban, a un hombre que miraba hacia el horizonte. Estaba solo, inmóvil, sentado sobre una gran roca.

Los tres amigos se miraron y se preguntaron «¿Qué hará allí?». Y, a continuación, cada uno expuso su teoría:

—Está claro. Ese hombre se ha perdido y está esperando a orientarse o a que alguien pase para preguntarle cuál es el camino que debe seguir —dijo el primero de los amigos.

—No. Más bien me parece a mí que durante la subida se ha cansado o se ha hecho daño y ahora está sentado esperando a reponerse —dijo el segundo.

—Pues yo, lo que creo, es que los dos estáis equivocados —repuso el tercero—. Está claro que es más rápido que sus acompañantes y como ha llegado el primero a la cima, ahora está esperando a que llegue el resto del grupo.

Iniciaron los tres una discusión, defendiendo cada uno su hipótesis y se fueron acalorando, cada uno de ellos empeñado en la veracidad de su versión.

Por fin, para saciar su curiosidad, decidieron acercarse hasta el lugar en el que estaba el hombre y salir de dudas.

Habló el primer amigo:

—Buenos días, ¿te has perdido?

—No —repuso el desconocido.

Los otros dos se miraron con una sonrisa.

—¿Estás cansado o te has hecho daño? —preguntó el segundo

—No.

El tercer amigo, seguro de tener razón, finalizó diciendo con orgullo:

—Tú estás esperando a alguien, ¿verdad?

—No.

Desconcertados, los tres amigos se miraron entre ellos y preguntaron al unísono:

—Entonces, ¿qué haces aquí?

Y el desconocido repuso apaciblemente:

—Simplemente estoy.

FIN

Los rivales y el juez

Ilustración: Abstractmusiq

Un sapo estaba muy ufano de su voz y toda la noche se la pasaba cantando:

—Toc, toc, toc…

Y una cigarra estaba más ufana de su voz y se pasaba toda la noche y también todo el día cantando:

—Chirr, chirr, chirr…

Una vez se encontraron y el sapo le dijo:

—Mi voz es mejor.

Y la cigarra le contestó:

—La mía es mejor.

Se armó una discusión que no tenía cuándo acabar.

El sapo decía que él cantaba toda la noche. La cigarra decía que ella cantaba día y noche.

El sapo decía que su voz se oía a más distancia y la cigarra decía que su voz se oía siempre.

Se pusieron a cantar alternándose:

—Toc, toc, toc…;

—Chirr, chirr, chirr…

Y ninguno se convencía. Y el sapo dijo:

—Por aquí, a la orilla de la laguna, se para una garza. Vamos a que haga de juez.

Y la cigarra dijo:

—Vamos.

Saltaron y saltaron hasta que vieron a la garza. Era parda y estaba parada en una pata, mirando el agua.

—Garza, ¿sabes cantar? —gritó la cigarra.

—Sí sé —respondió la garza echándoles una ojeada.

—A ver, canta, queremos oír cómo lo haces para nombrarte juez —dijo el sapo.

La garza tenía sus intenciones y respondió:

—¿Y quiénes son ustedes para pedirme prueba? Mi canto es muy fino, despreciables gritones. Si quieren, aprovechen mi justicia; si no, sigan su camino —Y con gesto aburrido estiró la otra pata.

—Cierto —dijo el sapo—, nosotros no tenemos por qué juzgar a nuestro juez.

Y la cigarra gritó:

—Garza, queremos únicamente que nos digas cuál de nosotros dos canta mejor.

La garza respondió:

—Entonces acérquense para oírlos bien.

El sapo dijo a la cigarra:

—Quién sabe si nos convendría más no acercarnos y dar por terminado el asunto.

Pero la cigarra estaba convencida de que iba a ganar y, dominada por la vanidad, dijo:

—Vamos, tu voz es más fea y ahora temes perder.

El sapo tuvo cólera y contestó:

—Ahora oirás lo que es canto —Y a grandes saltos se acercó a la garza seguido de la cigarra.

La garza volteó y ordenó al sapo:

—Canta ahora.

El sapo se puso a cantar, indiferente a todo, seguro del triunfo y mientras tanto la garza se comió a la cigarra.

Cuando el sapo terminó, dijo la garza:

—Ahora, seguirá la discusión en mi buche —y también se lo comió.

Y la garza, satisfecha de su acción, encogió una pata y siguió mirando tranquilamente el agua.

FIN

El color de los pájaros

Ilustración: Lucky978

Cuando el mundo estaba recién hecho y el tiempo aún no se medía, los pájaros tenían las plumas exactamente iguales; todas eran de color marrón. Las aves se podían diferenciar por su nombre, por la forma de su cuerpo o por su canto. Sin embargo, cuando miraban a su alrededor, veían que en la Tierra lucían hermosos colores por doquier. Los pájaros envidiaban el azul del cielo, el verde de las praderas y del mar, los siete colores del arco iris y las vivas tonalidades de las flores en primavera.

Un día, después de mucho parlamentar sobre el color de su plumaje, los pájaros decidieron formar un comité y pedir una cita con Madre Naturaleza para que solucionara su problema.

Madre Naturaleza, los recibió enseguida, los escuchó atentamente y estuvo de acuerdo en que no les vendría nada mal un poco de color, pero les puso una condición: ella no decidiría los tonos que lucirían los pájaros; deberían ser ellos mismos los que eligieran la tonalidad. Pero, ¡cuidado!, deberían pensar muy bien cuál elegirían, ya que, al ser tantos, debería repartir entre todos la pintura y solo podría pintarlos una vez.

Una vez de acuerdo, el águila, como portavoz de los pájaros, fue la encargada de comunicar la noticia a lo largo y ancho del planeta:

—¡Atención, atención! ¡Pájaros del mundo! Madre Naturaleza cambiará el color de las plumas a todos los pájaros que así lo deseen. Nos espera a todos la próxima semana en su palacio —gritaba el águila mientras sobrevolaba con sus poderosas alas selvas, bosques y valles.

La semana pasó lentamente. Todos los pájaros aguardaban impacientes el día y pensaban, nerviosos, en qué color les convenía más elegir.

La mañana del día señalado fueron volando al palacio de Madre Naturaleza.

La urraca llegó la primera y pidió:

—Creo que debo elegir colores de los cuales no me canse nunca. Algo clásico y elegante, que sirva para cualquier ocasión. Blanco o negro… Como no me decido, combinaré los dos. Quiero un negro azulado, de esos que brillan intensamente cuando les da el sol y un toque de blanco en el pecho y en la punta de las alas.

El siguiente en elegir fue el periquito:

—Yo prefiero algo menos formal. Una mezcla alegre será ideal. Quiero manchas blancas, azules y amarillas por todo el cuerpo.

Los que miraban estuvieron de acuerdo en que aquellos colores lo favorecían mucho.

El siguiente en la fila era el pavo real. Se acercó contoneándose y pidió con voz chillona:

—Como puedes observar, mi cola es especial, así que quiero que resalte. Me iría bien una combinación de colores armónicos, pero que no resulten aburridos. Azul, verde, amarillo, rojo y dorado sería perfecto.

Los demás pájaros se burlaron de él a escondidas. ¡Era tan presumido el pavo real!

El canario se acercó dando saltitos:

—¡Me encanta el sol! ¡Adoro el sol! ¡Quiero ser como el sol! ¡Por favor, pinta todas mis plumas de amarillo!

Después, llegó el turno del loro:

—No quiero pasar desapercibido. Quiero que se me vea bien desde muy lejos. Quiero que me pintes con tooooooooooodosssssssss los colores de tu paleta.

—¡Vaya desperdicio de pintura! —murmuraron algunos, enfadados ante tal atrevimiento y descaro. Pero el loro se alejó atusando sus plumas, más feliz que una perdiz.

Poco a poco, los pájaros fueron desfilando ante Madre Naturaleza. Los colores de su paleta se fueron gastando a medida que las aves elegían sus nuevas tonalidades. Todos lucían orgullosos sus recién estrenadas plumas y ella empezó a recoger sus utensilios de pintura.

De repente, una voz la frenó en seco y le hizo volver la cabeza. Por la puerta del palacio entraba corriendo un pequeño gorrión:

—¡Espera!, ¡espera!, por favor —piaba angustiado—, todavía falto yo. Estaba muy lejos y, como soy tan chiquito, he tardado mucho en llegar. ¡Yo también quiero cambiar de color!

Madre Naturaleza lo miró con tristeza:

—¡Lo siento! Ya no me quedan colores.

—¡Está bien!, no pasa nada —susurró el gorrión tristemente mientras se alejaba cabizbajo—, de todas formas, el color marrón tampoco está tan mal.

—¡Un momento! —gritó Madre Naturaleza—. Mira, he encontrado una pequeña gota de color amarillo en mi paleta. Debió sobrar al pintar al canario.

El gorrión se acercó corriendo muy contento. Madre Naturaleza mojó su pincel en la gota de pintura amarilla, se agachó y con mucho cuidado pintó al pajarito.

Por eso, si os fijáis bien en los gorriones, podréis descubrir una pequeña manchita amarilla; la última gota de color que había quedado en la paleta de Madre Naturaleza después de pintar a todas las aves del mundo.

FIN

El árbol que no sabía quién era

Ilustración: micorl

En un lugar que podría ser cualquier lugar, y en un tiempo que podría ser cualquier tiempo, existió un exuberante jardín en el que plantas y árboles de todo tipo crecían por doquier. Allí se podían ver manzanos, perales, naranjos, rosales… En aquel jardín reinaba la alegría. Todos estaban satisfechos y felices. Todos excepto un árbol que se sentía profundamente triste, porque aunque sus ramas eran grandes y verdes, no daban flores ni frutas.

—Todos tenéis algo que ofrecer, excepto yo. No sé para qué sirvo. No sé quién soy… —se lamentaba.

—Lo que te ocurre es que te falta concentración —le decía el manzano—. Concéntrate. Si realmente lo intentas, podrás dar fruta buenísima como yo. ¿Ves qué fácil es? Observa cómo están cargadas de hermosas manzanas mis ramas.

—No lo escuches —exigía el rosal—. Es más fácil florecer. Solo tienes que esperar a la primavera y las flores brotan solas. Ser un rosal y dar rosas es mejor que dar manzanas.  Además, son más bonitas y huelen mejor.

—Lo más importante es trabajar con ganas —le recriminaba el melocotonero—. Lo que te ocurre a ti es que no te esfuerzas lo suficiente. Mi esfuerzo me ha costado hacer crecer estos jugosos melocotones.

El árbol, desesperado, intentaba todo lo que le sugerían: se concentraba, aguardaba, paciente, la llegada de la primavera, se esforzaba… Pero todo era en vano. No conseguía parecerse a los demás y cada vez se sentía más inútil y triste.

Un día, llegó hasta aquel jardín una lechuza, la más sabia de las aves. Se posó sobre las verdes ramas del árbol y al ver la desesperación de este le dijo:

—No te preocupes. Tu problema no es grave… Lo que te ocurre a ti es exactamente lo mismo que les ocurre a otros muchos seres sobre la Tierra. No deberías dedicar tu vida a intentar ser como los demás. Deberías intentar ser tú mismo. Y para ser tú mismo, el primer paso es conocerte, saber cómo eres realmente, de qué eres capaz. Debes aprender a escucharte.

—¿Escucharme? ¿Ser yo mismo? ¿Conocerme? —preguntó el árbol angustiado y desesperado— ¡¿Pero cómo!?

—Eso deberás descubrirlo tú solo, yo no te puedo enseñar.

Dicho esto, la lechuza emprendió el vuelo y se alejó del jardín, dejando al árbol, desconcertado y confuso y aún más triste de lo que estaba, meditando sobre lo que le había dicho.

Pasó el tiempo y, finalmente, un día, el árbol comprendió. Cerró los ojos y los oídos y abrió el corazón para escuchar una voz que en su interior le susurraba: «Tú jamás darás manzanas, porque no eres un manzano. Tampoco florecerás cada primavera, porque no eres un rosal. Y nunca darás melocotones, porque no eres un melocotonero. Tú eres un roble. Tu destino es crecer grande y majestuoso, ofrecer tus verdes ramas para que aniden las aves, para que se cobijen en su sombra los viajeros y para adornar con su belleza los paisajes. Ese eres tú. ¡Sé tú mismo!, ¡sé el que eres!».

Poco a poco, el árbol se fue sintiendo cada vez más seguro de sí mismo. Se dispuso a ser lo que de verdad era. Ocupó su espacio en aquel jardín y fue admirado y respetado por todos. Solo entonces, todos los habitantes de aquel jardín fueron completamente felices. Cada cual celebrándose a sí mismo.

FIN

Reina por un año

Ilustración: Lainpinky131

Una vez una mujer sufrió un naufragio. Todo lo que llevaba con ella se perdió en el mar; y ella misma hubiera perecido ahogada si no se hubiera agarrado con firmeza a una tabla desprendida del barco hundido. Sujeta al trozo de madera logró nadar hasta tierra firme.

Apenas llegó a la orilla, se dio cuenta de que muy cerca había una torre altísima y en lo más alto de ella muchos centinelas hacían guardia. Uno de ellos, señalándola, gritó:

—¡Atención, soldados! Ahí llega nuestra reina. ¡Firmes!

Una multitud, que parecía haber surgido de la nada, corrió a su encuentro mientras gritaba:

—¡Aquí llega nuestra reina!

Aquellas gentes, ante la extrañeza de la recién llegada, recibieron a la náufraga con grandes muestras de respeto y cariño. Colocaron sobre sus hombros un manto púrpura y la condujeron en un palanquín hacia la cercana ciudad. Al llegar a la plaza principal, la dejaron, con mucho cuidado, sobre una gran tarima de madera y la engalanaron con flores mientras el pueblo, al unísono, voceaba:

—¡Viva la reina! ¡Viva la reina!

La llevaron en volandas por las calles y las avenidas de la ciudad en procesión solemne. En la torre, los soldados izaban estandartes y las campanas resonaban con alegres cantos de bienvenida. Hasta en el más remoto rincón del país se celebraba la llegada de la náufraga:

—¡Viva nuestra reina!

Al llegar ante un fastuoso palacio, todo él construido en mármol blanco, se pararon. Una comitiva de cortesanos ya esperaba a la mujer y dos sirvientes, ricamente engalanados, la introdujeron en la imponente construcción y la guiaron hasta el trono real. tallado en marfil, donde la hicieron sentar. Un chambelán le ciño la corona real de oro incrustada con piedras preciosas y le puso el cetro en la mano.

Los nobles se inclinaron ante ella y pronunciaron el juramento de fidelidad.

La mujer, que tan solo un rato antes había naufragado, se sentía muy extrañada con todo aquello y no comprendía nada. No podía creer ni a sus ojos ni a sus oídos. Estaba convencida de que todo lo que experimentaba era solo un sueño o peor aún, que había muerto ahogada.

Sin embargo, al día siguiente, cuando se despertó en el aposento real y las sirvientas la lavaron y la untaron con aceites aromáticos, la vistieron con trajes preciosos y la acompañaron hasta una sala en cuyo centro había una mesa con comidas exquisitas y sirvientes esperando su señal para cumplir el más pequeño de sus deseos, empezó a pensar en su nueva situación y a creer en un milagro.

Al terminar su desayuno, entraron ministros para deliberar con ella asuntos de estado. Altos oficiales le entregaron sus informes. Varios jueces le pidieron que firmara proyectos de ley. Los guardianes de la cámara del tesoro le entregaron las llaves. Ella lo hacía todo lo mejor que sabía, pero, por más vueltas que le daba, no podía entender el enigma. No podía entender por qué los habitantes de aquella isla habían elegido reina a una mujer que no conocían de nada y su corazón no encontraba tranquilidad ante aquellos incomprensibles acontecimientos. Quería encontrar la solución de aquel extraño misterio.

Llamó a una de sus sirvientas, la que le pareció de más confianza y le dijo:

—Explícame qué ocurre. Jamás en mi vida había oído que un país grande nombrara a una persona desconocida y extranjera monarca, ni tampoco que le confiaran todos los bienes y asuntos de la nación.

La sirvienta contestó:

—Mi reina, tengo prohibido revelar el secreto y si lo hiciera, el pueblo consideraría que los he traicionado.

Días más tarde, la reina la volvió a llamar e insistió mucho, diciéndole:

—Te juro que si no me desvelas el misterio ni comeré ni beberé y moriré.

La sirvienta, que la apreciaba, le dijo:

—Mi reina, hace siglos que este país tiene por costumbre no elegir soberano a alguien que haya nacido aquí; solo puede reinar un extranjero. Un día determinado del año, esperamos ante la puerta de la ciudad y la primera persona que llega es elegida para reinar doce meses. Al finalizar el plazo, el último día del último mes, la despojamos de sus atuendos reales y la vestimos con la ropa que traía al llegar. Después, la conducimos hasta la costa, la embarcamos y en barco la llevamos a una isla pequeña y muy árida, donde la abandonamos a su suerte.

Al escuchar aquello, la reina se asustó mucho y le preguntó a su sirviente:

—¿Alguno de los reyes anteriores sabía lo que le esperaba?

—No, mi reina —respondió la sirvienta—. Nadie antes se preocupó por el futuro. Pasaron sus días de reinado a lo loco.

La reina le dijo entonces:

—Tú eres inteligente y creo que me aprecias. Dame un consejo ¿Qué debería hacer para salvarme?

—¿Quién soy yo para aconsejar a mi reina? Aunque si quieres escuchar mi parecer, yo te sugeriría que mandaras a esa isla árida algunos sirvientes con sus familias y les ordenaras trabajar la tierra. Deberías decirles que plantaran pasto, hortalizas, árboles frutales… También deberías decirles que llevaran consigo animales domésticos. Deberías mandarles, además, que construyeran una casa para ti. De esta manera, toda la isla y lo que en ella hay será tu propiedad el día que termine tu reinado.

Aquella idea le gustó mucho a la reina y siguió el consejo de su criada. Eligió sirvientes dignos de confianza y, en secreto, los mandó a aquella isla. Allí, siguiendo las órdenes reales, realizaron su trabajo: construyeron casas y caminos, plantaron viñas y trabajaron muy duro hasta convertir la árida isla en un paraíso.

Terminado su año de reinado, llegó el momento de la prueba final. Sus siervos la despojaron de su preciosa vestimenta sin piedad, le arrebataron las llaves que le habían confiado y la vistieron con los harapos viejos con los que había llegado. Por un angosto sendero, la condujeron fuera de la ciudad, hasta llegar al puerto, donde aguardaba una nave de la marina real. La embarcaron y pusieron rumbo hacia la isla abandonada.

Ella miraba el horizonte. Estaba tranquila y sonreía, porque sabía que la esperaba un buen lugar en el que sería feliz. Un lugar que se había ido preparando mientras la fortuna le sonreía y en el cual podría descansar para siempre.

FIN

El Club del 99

Ilustración: Pixelena

Había una vez un hombre muy rico que vivía en una gran mansión llena de habitaciones, grandes jardines y mucho lujo. Sin embargo, como muchos otros, tenía un problema: no era feliz. A pesar de tener fortuna y prestigio, sentía que le faltaba algo y nunca se sentía del todo contento.

En la mansión trabajaba un criado que siempre estaba alegre; realizaba sus tareas con placer y en su rostro se dibujaba una eterna sonrisa. Cuando se cruzaba con él, el rico se preguntaba siempre cómo podía ser que un hombre así, tan pobre y con un trabajo tan humilde, fuera tan feliz.

Un buen día, comentó el asunto con uno de sus secretarios:

—No entiendo cómo ese criado puede sentirse feliz. No lo he visto nunca enfadado ni he visto salir de su boca ni una sola queja. Haga el trabajo que haga, en su cara siempre se dibuja una gran sonrisa de felicidad.

—Lo que sucede, señor, es que este hombre no pertenece al Club del 99- Por eso es tan feliz —contestó el secretario.

—¿El Club del 99? ¿Qué es eso? — preguntó el rico. muy extrañado.

—Se lo demostraré —explicó el secretario con firmeza— Esta noche, cuando el criado esté en su casa, dejaremos en su puerta una bolsa con 99 monedas de oro. El resto podrá comprobarlo usted mismo.

Y así sucedió. Aquella noche, cuando el sirviente se encontraba en su humilde casa, feliz y contento al lado de su familia, el rico y el secretario dejaron en el suelo, frente a su casa, una bolsa con 99 monedas de oro, golpearon en la puerta del pobre hombre y, rápidamente, se escondieron detrás de un árbol y observaron lo que sucedía.

El hombre abrió la puerta, miró a un lado y al otro, pero no vio nada fuera de lo normal. Entonces se fijó que en el suelo había una bolsa que parecía no pertenecer a nadie. La recogió del suelo y entró en su casa. Junto a su mujer y a sus hijos, la abrió, muy extrañado por lo que estaba ocurriendo.

Cuando vio lo que contenía, comenzó a llorar de alegría, ¡una bolsa con monedas de oro! ¡Qué bien le venía aquel inesperado regalo! A partir de ese momento, no tendría más preocupaciones. Toda la familia podría vestir y comer como los ricos. Irían juntos de paseo todos los días, y aún serían más felices de lo que eran.

Sin perder un instante, decidió contar las monedas para saber cuán grande era su fortuna:

—Una, dos, tres…. —y llegó al final—…, noventa y ocho, noventa y nueve… —El hombre se puso furioso, no podía creer lo que estaba sucediendo— . ¡Me han robado una moneda! —comenzó a gritar fuera de sí— ¡Alguien se llevó la moneda número cien!

Y fue justo en ese instante cuando aquel hombre, antes tan feliz, entró a formar parte del Club del 99.

La expresión de su cara cambió. Su eterna sonrisa se transformó en una mueca de odio y malhumor y su felicidad desapareció para siempre.

En el trabajo, el pobre hombre ya no sonreía ni era amable con la gente, hasta con el rico, antes tan atento, ahora se mostraba hostil.

Empezó a trabajar más y más para intentar conseguir la moneda número 100, a la que él creía tener derecho.

Un buen día, el rico se acercó a su sirviente y le preguntó qué le ocurría:

—¿Por qué andas siempre con esa expresión de enojo en tu cara?

—¿Y por qué crees tú que debería estar contento? —gruñó el criado—. Yo no tengo que hacerte reír, mi obligación es hacer el trabajo por el que me pagas, pero no puedes obligarme a estar alegre.

Con aquella contestación, el rico comprendió lo que significaba pertenecer al Club del 99 y, sin decir ni una sola palabra,  se alejó pensando en las 99 razones que él tenía para ser feliz.

FIN

La fábula del tonto

Ilustración: relyon

Cuenta una vieja leyenda, que en un lejano pueblo, vivía un pobre tonto; un infeliz de pocas luces, que subsistía haciendo pequeños recados a sus vecinos y pidiendo alguna limosna.

La gente del pueblo se divertía a menudo a su costa. Tenían la mala costumbre de burlarse de él.

A diario, algunos habitantes llamaban al tonto a la plaza mayor, donde la gente se reunía después de trabajar, y le ofrecían escoger entre dos monedas: una muy grande, que valía 10 céntimos, y otra más pequeña, pero que valía 50 céntimos. El tonto siempre escogía la moneda más grande y menos valiosa, ante las burlas y risas de todos, que no paraban de decir que era tonto sin remedio. Había nacido tonto y moriría tonto.

Un día, acertó a pasar por ahí un extranjero, que presenció cómo el grupo de gente se divertía a costa del pobre muchacho. Alguien le contó al forastero que, desde hacía años, cada tarde se repetía la misma historia: le daban a elegir al tonto entre las dos monedas y él, invariablemente, elegía siempre la de menos valor.

Cuando acabó el numerito de cada día, el visitante, compadecido, llamó aparte al tonto y le preguntó que si, después de tanto tiempo, todavía no se había dado cuenta de que la moneda más grande valía menos. A lo que el tonto le respondió:

—¡Pues claro que me he dado cuenta! Tan tonto no soy. Sé perfectamente que la moneda grande vale menos que la pequeña, pero el día que escoja la pequeña, se acabó el jueguecito y yo ya no ganaré ni un céntimo más —Y, guiñándole un ojo, se alejó, muy contento, con su moneda en el bolsillo.

El extranjero, después de reflexionar en lo que le había dicho el tonto, sacó varias conclusiones:

Primera, el que parece tonto no siempre lo es.

Segunda, ¿era, en realidad, el tonto el verdadero tonto de la historia?

Tercera, la ambición desmedida puede terminar con tu principal fuente de ingresos.

Cuarta, aunque los demás no tengan una buena opinión de ti, puedes ser muy feliz.

Quinta, lo que de verdad importa es lo que uno cree de sí mismo.

El viajante regresó a su casa pensando en el tonto y en que la persona verdaderamente inteligente es aquella que aparenta ser tonta ante una persona tonta que aparenta ser inteligente.

FIN

El pastorcillo mentiroso

Ilustración: Niky-Chan

Érase una vez un joven pastorcillo que se pasaba la mayor parte del tiempo cuidando de su rebaño de ovejas. Muy de mañana, las llevaba a pastar a los campos que rodeaban la pequeña aldea en la que vivía. A diario, cuando el sol empezaba a asomar, hacía lo mismo: se levantaba, metía en su zurrón un trozo de pan y un poco de queso y, seguido de sus ovejas, se dirigía hacia las praderas, donde se pasaba todo el día. Una jornada de otra solo se diferenciaba porque llovía o hacía sol, por lo demás todas trascurrían de igual modo.

A menudo, mientras miraba a los animales pastar, pensaba en las muchas cosas que podría estar haciendo en aquel momento si no fuera porque tenía que trabajar y como el tiempo pasaba muy lento y se aburría mucho, echaba a volar la imaginación para divertirse. Un día, mientras dormitaba debajo de un árbol, se le ocurrió una idea… Pensó que podría pasar un buen rato divirtiéndose a costa de sus vecinos y empezó a gritar:

—¡Qué viene el lobo! ¡Qué viene el lobo!

La gente, sin perder ni un segundo, tomó lo que tenía más a mano para defenderse del animal y acudió corriendo a auxiliar al pobre pastorcito, que seguía pidiendo auxilio a gritos. Al llegar allí, los vecinos descubrieron que todo había sido una pesada broma del pastor, que, al ver reunidos a su alrededor a sus vecinos con cara de susto y armados hasta los dientes, se desternillaba de la risa por el suelo. Los aldeanos, muy enfadados, le afearon su actitud y regresaron a sus quehaceres.

Una vez se hubieron ido, pensó el pastor que aquello había sido muy divertido. ¡No se había reído tanto en toda su vida!, así, que decidió repetir su juego. Cuando vio que la gente ya se había alejada lo suficiente, volvió a gritar:

—¡Qué viene el lobo! ¡Qué viene el lobo!

De nuevo, la gente, al oír su grito de socorro, desanduvo el camino y acudió a toda prisa, pensando que, esta vez, sí que era cierto que lo atacaba el lobo y que, realmente, el pastor necesitaba su ayuda. Pero al llegar donde estaba el chiquillo, se lo encontraron riendo sin parar. más aún que la primera vez, y no paraba de burlarse de que hubieran vuelto otra vez para auxiliarlo. Esta vez, los aldeanos se enfadaron muchísimo y se marcharon muy molestos de la nueva mala pasada del pastor.

Cayó la noche; el pastor recogió su rebaño y se fue a su casa.

A la mañana siguiente, con los primeros rayos de sol, el pastor se dirigió al prado para que sus ovejas comieran. Cada vez que recordaba lo ocurrido el día anterior, le entraba la risa y, en modo alguno, pensaba en la mala pasada que les había hecho a sus vecinos ni en el mal rato que les había hecho pasar. Tan divertido estaba recordando su jugarreta, que no se dio cuenta de que, sigiloso, se acercaba a sus espaldas un gran lobo gris. Al oír crujir una rama, se dio media vuelta y vio al enorme animal. El miedo le recorrió el cuerpo de arriba abajo. El lobo se acercaba más y más, despacio, con las fauces abiertas, medio muerto de hambre, gruñendo… Y cuando ya estaba a pocos pasos del pastor, este empezó a gritar desesperadamente:

—¡Qué viene el lobo! ¡Qué viene el lobo! ¡Me va a comer! ¡Socorro!

Pero, aunque gritó, lloró e imploró sin parar, sus súplicas fueron en vano. Los aldeanos oyeron sus ruegos, pero hicieron caso omiso de ellos, porque no creyeron lo que decía el pastor. Recordaron las mentiras del día anterior y, esta vez, hicieron oídos sordos. Pensaron que ahora tampoco decía era verdad.

¿Y qué es lo que pasó? Pues que el pastor se subió a un árbol para salvarse del ataque y, desde allí, vio impotente cómo la fiera se abalanzaba sobre su rebaño y lo devoraba entero mientras él no dejaba, entre dentellada y dentellada del lobo, de gritar:

—¡Esta vez prometo que es verdad! ¡No os engaño! ¡El lobo está aquí y se está comiendo las ovejas!

Tarde y mal, el pastorcillo se dio cuenta de su mal comportamiento y se arrepintió de su actitud. Desde ese día, nunca más volvió a mentir ni a burlarse de sus semejantes y comprendió que, para divertirse, siempre es mucho mejor reírse con las personas que de las personas.

FIN

El valor de las cosas

Ilustración: Bendragonx

―Maestro, vengo porque me siento muy poca cosa. La gente me dice que no sirvo para nada, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. Parece que a nadie le importo, que los demás no me aprecian ¿Cómo puedo cambiar? ¿Qué puedo hacer para que los demás me valoren más?

El maestro, sin mirarlo, le dijo:

—Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, primero debo resolver mi propio problema. Quizás después… —y tras una pausa agregó—. Pero si quieres echarme una mano, podría resolver el tema que me preocupa con más rapidez y después tal vez podría ayudarte a ti.

—Encantado, maestro —respondió el muchacho, pero sintió que otra vez era depreciado y sus necesidades postergadas.

—Bien —asintió el maestro.

A continuación, se quitó un pequeño anillo que llevaba en el dedo meñique de la mano izquierda y se lo dio al muchacho.

—Me urge vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario obtener la mayor suma posible, pero no aceptes por él menos de una moneda de oro. Monta el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Vete ya y regresa con la moneda lo más rápido que puedas.

El joven tomó el anillo y partió.

Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a todos los mercaderes. Estos lo miraban con cierto interés, hasta que el joven decía lo que pretendía obtener por el anillo. Cuando mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban la espalda y otros se indignaban.

Solo un viejecito fue amable con él y se tomó la molestia de explicarle que una moneda de oro era demasiado para entregarla a cambio de un anillo tan pequeño, pero que por ayudarlo, él le ofrecía una moneda de plata y un cacharro de cobre. El joven, que tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro, le dio las gracias, pero rechazó la oferta.

Después de ofrecer su joya a toda persona con las que se cruzó en el mercado —más de cien— y abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó.

Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro. Podría entonces habérsela entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda.

Entró en la habitación.

—Maestro —dijo— lo siento, no es posible conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.

—Qué importante lo que dijiste, joven amigo —contestó sonriente el maestro—. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuanto te daría por él. Pero te ofrezca lo que te ofrezca, no se lo vendas.  Vuelve aquí con mi anillo.

El joven volvió a cabalgar.

El joyero miró detenidamente el anillo, lo examinó con su lupa, lo pesó y luego dijo:

—Dile a tu maestro que si lo quiere vender ya, solo puedo darle cincuenta y ocho monedas de oro.

—¡¿Cincuenta y ocho monedas de oro?! —exclamó el joven.

—Sí, lo siento —replicó el joyero—. Seguro que con tiempo podríamos obtener por él más de setenta monedas, pero si la venta es urgente…

El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.

—Siéntate —dijo el maestro después de escucharlo—. Tú eres como este anillo: una joya, valiosa y única y como tal, solo puede valorarte verdaderamente un experto. ¿Crees que cualquiera puede descubrir a simple vista tu verdadero valor?

Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda.

FIN

La gallina de los huevos de oro

Ilustración: gillendil

Érase una vez un campesino tan pobre, tan pobre, tan pobre que ni siquiera poseía una azada y tenía que pedirla prestada a su vecino para poder labrar el trocito de campo que circundaba su choza. Aquel hombre era el más pobre de toda la aldea.

Un día estaba el labrador plantando unos granitos de maíz mientras, con voz lastimera, se lamentaba de su mala suerte cuando se le apareció un pequeño duende, de largas barbas blancas y ojos traviesos, que le dijo:

—Hace rato que oigo tus tristes quejas y como me das mucha pena, haré que tu suerte cambie ahora mismo. Toma, te regalo esta gallina.

—¡Pobre de mí! ¿Y para qué quiero yo una gallina? ¡Soy tan pobre, que no podré alimentarla y se morirá de hambre! Y cuando muera, no podré hacer ni un caldo con ella… ¡Soy tan pobre, que no tengo olla para cocinarla!

—¡Bajo ningún concepto debes matar esta gallina!  Aunque parezca una vulgar ave de corral, aquí donde la ves, es una gallina extraordinaria. Cada mañana, justo al salir el sol, esta gallina cacarea y pone un huevo.

—¡Vaya maravilla! Cacarear y poner huevos… ¡Eso es lo normal en una gallina!

—Cierto. Pero lo que ya no es tan normal es que los huevos puestos sean de oro macizo…

El duendecillo desapareció sin añadir nada más y el incrédulo labrado tomó en sus brazos aquella gallina, que parecía de lo más vulgar con sus plumas y su pico, y se dirigió a su choza.

A la mañana siguiente, tal y como anunciara el duende, cuando el primer rayo de sol asomaba por el horizonte, la gallina abrió sus ojillos, cacareó y, ¡oh, sorpresa! puso un reluciente huevo de oro.

El labrador, contentísimo, recogió aquel valioso huevo que la gallina había puesto, lo envolvió en un paño y se dirigió a la ciudad. Allí lo vendió a un joyero, que le pagó una extraordinaria suma de dinero por él, el cual le aseguró que le compraría todos los que le llevara.

Loco de alegría, gastó todas las ganancias que había obtenido y, sin dinero, pero muy feliz, regresó a su choza.

Al día siguiente se repitió la misma historia: el sol salió, la gallina se despertó y después de atusarse las plumas puso otro huevo de oro. ¡Por fin la fortuna sonreía al pobre labrador!

Fueron pasando los días y la gallina, puntualmente, con la primera luz del alba, ponía un reluciente huevo de oro. El labrador lo recogía, se dirigía a la ciudad y lo vendía. Así que, poco a poco, con el producto de la venta de los huevos, fue convirtiéndose en el más rico de la comarca… pero también se convirtió en el más despilfarrador.

Aquel hombre, que además de ser lelo y poco previsor, porque todo el dinero que ganaba lo derrochaba en lugar de invertir una parte en la granja, tenía también muy poca paciencia, pensó: «¿Por qué tengo que esperar a que cada día la gallina ponga un huevo? Lo mejor que puedo hacer es matarla, abrirle la barriga y sacar todos los huevos de una sola vez».

Y, ni corto ni perezoso, eso hizo, pero para su disgusto, en el interior de la gallina no encontró nada de nada. Ni un solo huevo de oro halló en la panza del animal y aunque intentó coserle la herida a la pobre gallina y resucitarla haciéndole el boca a pico, sus intentos fueron por completo inútiles. La gallina no resucitó.

Fue así como aquel labrador tonto, por culpa de su impaciente avaricia, perdió su mágica gallina, perdió los huevos de oro que esta ponía y con ello, perdió toda su fortuna.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La gallina de los huevos de oro» con la voz de Angie Bello Albelda