Fábula

Reina por un año

Ilustración: Lainpinky131

Una vez una mujer sufrió un naufragio. Todo lo que llevaba con ella se perdió en el mar; y ella misma hubiera perecido ahogada si no se hubiera agarrado con firmeza a una tabla desprendida del barco hundido. Sujeta al trozo de madera logró nadar hasta tierra firme.

Apenas llegó a la orilla, se dio cuenta de que muy cerca había una torre altísima y en lo más alto de ella muchos centinelas hacían guardia. Uno de ellos, señalándola, gritó:

—¡Atención, soldados! Ahí llega nuestra reina. ¡Firmes!

Una multitud, que parecía haber surgido de la nada, corrió a su encuentro mientras gritaba:

—¡Aquí llega nuestra reina!

Aquellas gentes, ante la extrañeza de la recién llegada, recibieron a la náufraga con grandes muestras de respeto y cariño. Colocaron sobre sus hombros un manto púrpura y la condujeron en un palanquín hacia la cercana ciudad. Al llegar a la plaza principal, la dejaron, con mucho cuidado, sobre una gran tarima de madera y la engalanaron con flores mientras el pueblo, al unísono, voceaba:

—¡Viva la reina! ¡Viva la reina!

La llevaron en volandas por las calles y las avenidas de la ciudad en procesión solemne. En la torre, los soldados izaban estandartes y las campanas resonaban con alegres cantos de bienvenida. Hasta en el más remoto rincón del país se celebraba la llegada de la náufraga:

—¡Viva nuestra reina!

Al llegar ante un fastuoso palacio, todo él construido en mármol blanco, se pararon. Una comitiva de cortesanos ya esperaba a la mujer y dos sirvientes, ricamente engalanados, la introdujeron en la imponente construcción y la guiaron hasta el trono real. tallado en marfil, donde la hicieron sentar. Un chambelán le ciño la corona real de oro incrustada con piedras preciosas y le puso el cetro en la mano.

Los nobles se inclinaron ante ella y pronunciaron el juramento de fidelidad.

La mujer, que tan solo un rato antes había naufragado, se sentía muy extrañada con todo aquello y no comprendía nada. No podía creer ni a sus ojos ni a sus oídos. Estaba convencida de que todo lo que experimentaba era solo un sueño o peor aún, que había muerto ahogada.

Sin embargo, al día siguiente, cuando se despertó en el aposento real y las sirvientas la lavaron y la untaron con aceites aromáticos, la vistieron con trajes preciosos y la acompañaron hasta una sala en cuyo centro había una mesa con comidas exquisitas y sirvientes esperando su señal para cumplir el más pequeño de sus deseos, empezó a pensar en su nueva situación y a creer en un milagro.

Al terminar su desayuno, entraron ministros para deliberar con ella asuntos de estado. Altos oficiales le entregaron sus informes. Varios jueces le pidieron que firmara proyectos de ley. Los guardianes de la cámara del tesoro le entregaron las llaves. Ella lo hacía todo lo mejor que sabía, pero, por más vueltas que le daba, no podía entender el enigma. No podía entender por qué los habitantes de aquella isla habían elegido reina a una mujer que no conocían de nada y su corazón no encontraba tranquilidad ante aquellos incomprensibles acontecimientos. Quería encontrar la solución de aquel extraño misterio.

Llamó a una de sus sirvientas, la que le pareció de más confianza y le dijo:

—Explícame qué ocurre. Jamás en mi vida había oído que un país grande nombrara a una persona desconocida y extranjera monarca, ni tampoco que le confiaran todos los bienes y asuntos de la nación.

La sirvienta contestó:

—Mi reina, tengo prohibido revelar el secreto y si lo hiciera, el pueblo consideraría que los he traicionado.

Días más tarde, la reina la volvió a llamar e insistió mucho, diciéndole:

—Te juro que si no me desvelas el misterio ni comeré ni beberé y moriré.

La sirvienta, que la apreciaba, le dijo:

—Mi reina, hace siglos que este país tiene por costumbre no elegir soberano a alguien que haya nacido aquí; solo puede reinar un extranjero. Un día determinado del año, esperamos ante la puerta de la ciudad y la primera persona que llega es elegida para reinar doce meses. Al finalizar el plazo, el último día del último mes, la despojamos de sus atuendos reales y la vestimos con la ropa que traía al llegar. Después, la conducimos hasta la costa, la embarcamos y en barco la llevamos a una isla pequeña y muy árida, donde la abandonamos a su suerte.

Al escuchar aquello, la reina se asustó mucho y le preguntó a su sirviente:

—¿Alguno de los reyes anteriores sabía lo que le esperaba?

—No, mi reina —respondió la sirvienta—. Nadie antes se preocupó por el futuro. Pasaron sus días de reinado a lo loco.

La reina le dijo entonces:

—Tú eres inteligente y creo que me aprecias. Dame un consejo ¿Qué debería hacer para salvarme?

—¿Quién soy yo para aconsejar a mi reina? Aunque si quieres escuchar mi parecer, yo te sugeriría que mandaras a esa isla árida algunos sirvientes con sus familias y les ordenaras trabajar la tierra. Deberías decirles que plantaran pasto, hortalizas, árboles frutales… También deberías decirles que llevaran consigo animales domésticos. Deberías mandarles, además, que construyeran una casa para ti. De esta manera, toda la isla y lo que en ella hay será tu propiedad el día que termine tu reinado.

Aquella idea le gustó mucho a la reina y siguió el consejo de su criada. Eligió sirvientes dignos de confianza y, en secreto, los mandó a aquella isla. Allí, siguiendo las órdenes reales, realizaron su trabajo: construyeron casas y caminos, plantaron viñas y trabajaron muy duro hasta convertir la árida isla en un paraíso.

Terminado su año de reinado, llegó el momento de la prueba final. Sus siervos la despojaron de su preciosa vestimenta sin piedad, le arrebataron las llaves que le habían confiado y la vistieron con los harapos viejos con los que había llegado. Por un angosto sendero, la condujeron fuera de la ciudad, hasta llegar al puerto, donde aguardaba una nave de la marina real. La embarcaron y pusieron rumbo hacia la isla abandonada.

Ella miraba el horizonte. Estaba tranquila y sonreía, porque sabía que la esperaba un buen lugar en el que sería feliz. Un lugar que se había ido preparando mientras la fortuna le sonreía y en el cual podría descansar para siempre.

FIN

El Club del 99

Ilustración: Pixelena

Había una vez un hombre muy rico que vivía en una gran mansión llena de habitaciones, grandes jardines y mucho lujo. Sin embargo, como muchos otros, tenía un problema: no era feliz. A pesar de tener fortuna y prestigio, sentía que le faltaba algo y nunca se sentía del todo contento.

En la mansión trabajaba un criado que siempre estaba alegre; realizaba sus tareas con placer y en su rostro se dibujaba una eterna sonrisa. Cuando se cruzaba con él, el rico se preguntaba siempre cómo podía ser que un hombre así, tan pobre y con un trabajo tan humilde, fuera tan feliz.

Un buen día, comentó el asunto con uno de sus secretarios:

—No entiendo cómo ese criado puede sentirse feliz. No lo he visto nunca enfadado ni he visto salir de su boca ni una sola queja. Haga el trabajo que haga, en su cara siempre se dibuja una gran sonrisa de felicidad.

—Lo que sucede, señor, es que este hombre no pertenece al Club del 99- Por eso es tan feliz —contestó el secretario.

—¿El Club del 99? ¿Qué es eso? — preguntó el rico. muy extrañado.

—Se lo demostraré —explicó el secretario con firmeza— Esta noche, cuando el criado esté en su casa, dejaremos en su puerta una bolsa con 99 monedas de oro. El resto podrá comprobarlo usted mismo.

Y así sucedió. Aquella noche, cuando el sirviente se encontraba en su humilde casa, feliz y contento al lado de su familia, el rico y el secretario dejaron en el suelo, frente a su casa, una bolsa con 99 monedas de oro, golpearon en la puerta del pobre hombre y, rápidamente, se escondieron detrás de un árbol y observaron lo que sucedía.

El hombre abrió la puerta, miró a un lado y al otro, pero no vio nada fuera de lo normal. Entonces se fijó que en el suelo había una bolsa que parecía no pertenecer a nadie. La recogió del suelo y entró en su casa. Junto a su mujer y a sus hijos, la abrió, muy extrañado por lo que estaba ocurriendo.

Cuando vio lo que contenía, comenzó a llorar de alegría, ¡una bolsa con monedas de oro! ¡Qué bien le venía aquel inesperado regalo! A partir de ese momento, no tendría más preocupaciones. Toda la familia podría vestir y comer como los ricos. Irían juntos de paseo todos los días, y aún serían más felices de lo que eran.

Sin perder un instante, decidió contar las monedas para saber cuán grande era su fortuna:

—Una, dos, tres…. —y llegó al final—…, noventa y ocho, noventa y nueve… —El hombre se puso furioso, no podía creer lo que estaba sucediendo— . ¡Me han robado una moneda! —comenzó a gritar fuera de sí— ¡Alguien se llevó la moneda número cien!

Y fue justo en ese instante cuando aquel hombre, antes tan feliz, entró a formar parte del Club del 99.

La expresión de su cara cambió. Su eterna sonrisa se transformó en una mueca de odio y malhumor y su felicidad desapareció para siempre.

En el trabajo, el pobre hombre ya no sonreía ni era amable con la gente, hasta con el rico, antes tan atento, ahora se mostraba hostil.

Empezó a trabajar más y más para intentar conseguir la moneda número 100, a la que él creía tener derecho.

Un buen día, el rico se acercó a su sirviente y le preguntó qué le ocurría:

—¿Por qué andas siempre con esa expresión de enojo en tu cara?

—¿Y por qué crees tú que debería estar contento? —gruñó el criado—. Yo no tengo que hacerte reír, mi obligación es hacer el trabajo por el que me pagas, pero no puedes obligarme a estar alegre.

Con aquella contestación, el rico comprendió lo que significaba pertenecer al Club del 99 y, sin decir ni una sola palabra,  se alejó pensando en las 99 razones que él tenía para ser feliz.

FIN

La fábula del tonto

Ilustración: relyon

Cuenta una vieja leyenda, que en un lejano pueblo, vivía un pobre tonto; un infeliz de pocas luces, que subsistía haciendo pequeños recados a sus vecinos y pidiendo alguna limosna.

La gente del pueblo se divertía a menudo a su costa. Tenían la mala costumbre de burlarse de él.

A diario, algunos habitantes llamaban al tonto a la plaza mayor, donde la gente se reunía después de trabajar, y le ofrecían escoger entre dos monedas: una muy grande, que valía 10 céntimos, y otra más pequeña, pero que valía 50 céntimos. El tonto siempre escogía la moneda más grande y menos valiosa, ante las burlas y risas de todos, que no paraban de decir que era tonto sin remedio. Había nacido tonto y moriría tonto.

Un día, acertó a pasar por ahí un extranjero, que presenció cómo el grupo de gente se divertía a costa del pobre muchacho. Alguien le contó al forastero que, desde hacía años, cada tarde se repetía la misma historia: le daban a elegir al tonto entre las dos monedas y él, invariablemente, elegía siempre la de menos valor.

Cuando acabó el numerito de cada día, el visitante, compadecido, llamó aparte al tonto y le preguntó que si, después de tanto tiempo, todavía no se había dado cuenta de que la moneda más grande valía menos. A lo que el tonto le respondió:

—¡Pues claro que me he dado cuenta! Tan tonto no soy. Sé perfectamente que la moneda grande vale menos que la pequeña, pero el día que escoja la pequeña, se acabó el jueguecito y yo ya no ganaré ni un céntimo más —Y, guiñándole un ojo, se alejó, muy contento, con su moneda en el bolsillo.

El extranjero, después de reflexionar en lo que le había dicho el tonto, sacó varias conclusiones:

Primera, el que parece tonto no siempre lo es.

Segunda, ¿era, en realidad, el tonto el verdadero tonto de la historia?

Tercera, la ambición desmedida puede terminar con tu principal fuente de ingresos.

Cuarta, aunque los demás no tengan una buena opinión de ti, puedes ser muy feliz.

Quinta, lo que de verdad importa es lo que uno cree de sí mismo.

El viajante regresó a su casa pensando en el tonto y en que la persona verdaderamente inteligente es aquella que aparenta ser tonta ante una persona tonta que aparenta ser inteligente.

FIN

El pastorcillo mentiroso

Ilustración: Niky-Chan

Érase una vez un joven pastorcillo que se pasaba la mayor parte del tiempo cuidando de su rebaño de ovejas. Muy de mañana, las llevaba a pastar a los campos que rodeaban la pequeña aldea en la que vivía. A diario, cuando el sol empezaba a asomar, hacía lo mismo: se levantaba, metía en su zurrón un trozo de pan y un poco de queso y, seguido de sus ovejas, se dirigía hacia las praderas, donde se pasaba todo el día. Una jornada de otra solo se diferenciaba porque llovía o hacía sol, por lo demás todas trascurrían de igual modo.

A menudo, mientras miraba a los animales pastar, pensaba en las muchas cosas que podría estar haciendo en aquel momento si no fuera porque tenía que trabajar y como el tiempo pasaba muy lento y se aburría mucho, echaba a volar la imaginación para divertirse. Un día, mientras dormitaba debajo de un árbol, se le ocurrió una idea… Pensó que podría pasar un buen rato divirtiéndose a costa de sus vecinos y empezó a gritar:

—¡Qué viene el lobo! ¡Qué viene el lobo!

La gente, sin perder ni un segundo, tomó lo que tenía más a mano para defenderse del animal y acudió corriendo a auxiliar al pobre pastorcito, que seguía pidiendo auxilio a gritos. Al llegar allí, los vecinos descubrieron que todo había sido una pesada broma del pastor, que, al ver reunidos a su alrededor a sus vecinos con cara de susto y armados hasta los dientes, se desternillaba de la risa por el suelo. Los aldeanos, muy enfadados, le afearon su actitud y regresaron a sus quehaceres.

Una vez se hubieron ido, pensó el pastor que aquello había sido muy divertido. ¡No se había reído tanto en toda su vida!, así, que decidió repetir su juego. Cuando vio que la gente ya se había alejada lo suficiente, volvió a gritar:

—¡Qué viene el lobo! ¡Qué viene el lobo!

De nuevo, la gente, al oír su grito de socorro, desanduvo el camino y acudió a toda prisa, pensando que, esta vez, sí que era cierto que lo atacaba el lobo y que, realmente, el pastor necesitaba su ayuda. Pero al llegar donde estaba el chiquillo, se lo encontraron riendo sin parar. más aún que la primera vez, y no paraba de burlarse de que hubieran vuelto otra vez para auxiliarlo. Esta vez, los aldeanos se enfadaron muchísimo y se marcharon muy molestos de la nueva mala pasada del pastor.

Cayó la noche; el pastor recogió su rebaño y se fue a su casa.

A la mañana siguiente, con los primeros rayos de sol, el pastor se dirigió al prado para que sus ovejas comieran. Cada vez que recordaba lo ocurrido el día anterior, le entraba la risa y, en modo alguno, pensaba en la mala pasada que les había hecho a sus vecinos ni en el mal rato que les había hecho pasar. Tan divertido estaba recordando su jugarreta, que no se dio cuenta de que, sigiloso, se acercaba a sus espaldas un gran lobo gris. Al oír crujir una rama, se dio media vuelta y vio al enorme animal. El miedo le recorrió el cuerpo de arriba abajo. El lobo se acercaba más y más, despacio, con las fauces abiertas, medio muerto de hambre, gruñendo… Y cuando ya estaba a pocos pasos del pastor, este empezó a gritar desesperadamente:

—¡Qué viene el lobo! ¡Qué viene el lobo! ¡Me va a comer! ¡Socorro!

Pero, aunque gritó, lloró e imploró sin parar, sus súplicas fueron en vano. Los aldeanos oyeron sus ruegos, pero hicieron caso omiso de ellos, porque no creyeron lo que decía el pastor. Recordaron las mentiras del día anterior y, esta vez, hicieron oídos sordos. Pensaron que ahora tampoco decía era verdad.

¿Y qué es lo que pasó? Pues que el pastor se subió a un árbol para salvarse del ataque y, desde allí, vio impotente cómo la fiera se abalanzaba sobre su rebaño y lo devoraba entero mientras él no dejaba, entre dentellada y dentellada del lobo, de gritar:

—¡Esta vez prometo que es verdad! ¡No os engaño! ¡El lobo está aquí y se está comiendo las ovejas!

Tarde y mal, el pastorcillo se dio cuenta de su mal comportamiento y se arrepintió de su actitud. Desde ese día, nunca más volvió a mentir ni a burlarse de sus semejantes y comprendió que, para divertirse, siempre es mucho mejor reírse con las personas que de las personas.

FIN

El valor de las cosas

Ilustración: Bendragonx

―Maestro, vengo porque me siento muy poca cosa. La gente me dice que no sirvo para nada, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. Parece que a nadie le importo, que los demás no me aprecian ¿Cómo puedo cambiar? ¿Qué puedo hacer para que los demás me valoren más?

El maestro, sin mirarlo, le dijo:

—Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, primero debo resolver mi propio problema. Quizás después… —y tras una pausa agregó—. Pero si quieres echarme una mano, podría resolver el tema que me preocupa con más rapidez y después tal vez podría ayudarte a ti.

—Encantado, maestro —respondió el muchacho, pero sintió que otra vez era depreciado y sus necesidades postergadas.

—Bien —asintió el maestro.

A continuación, se quitó un pequeño anillo que llevaba en el dedo meñique de la mano izquierda y se lo dio al muchacho.

—Me urge vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario obtener la mayor suma posible, pero no aceptes por él menos de una moneda de oro. Monta el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Vete ya y regresa con la moneda lo más rápido que puedas.

El joven tomó el anillo y partió.

Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a todos los mercaderes. Estos lo miraban con cierto interés, hasta que el joven decía lo que pretendía obtener por el anillo. Cuando mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban la espalda y otros se indignaban.

Solo un viejecito fue amable con él y se tomó la molestia de explicarle que una moneda de oro era demasiado para entregarla a cambio de un anillo tan pequeño, pero que por ayudarlo, él le ofrecía una moneda de plata y un cacharro de cobre. El joven, que tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro, le dio las gracias, pero rechazó la oferta.

Después de ofrecer su joya a toda persona con las que se cruzó en el mercado —más de cien— y abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó.

Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro. Podría entonces habérsela entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda.

Entró en la habitación.

—Maestro —dijo— lo siento, no es posible conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.

—Qué importante lo que dijiste, joven amigo —contestó sonriente el maestro—. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuanto te daría por él. Pero te ofrezca lo que te ofrezca, no se lo vendas.  Vuelve aquí con mi anillo.

El joven volvió a cabalgar.

El joyero miró detenidamente el anillo, lo examinó con su lupa, lo pesó y luego dijo:

—Dile a tu maestro que si lo quiere vender ya, solo puedo darle cincuenta y ocho monedas de oro.

—¡¿Cincuenta y ocho monedas de oro?! —exclamó el joven.

—Sí, lo siento —replicó el joyero—. Seguro que con tiempo podríamos obtener por él más de setenta monedas, pero si la venta es urgente…

El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.

—Siéntate —dijo el maestro después de escucharlo—. Tú eres como este anillo: una joya, valiosa y única y como tal, solo puede valorarte verdaderamente un experto. ¿Crees que cualquiera puede descubrir a simple vista tu verdadero valor?

Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda.

FIN

La gallina de los huevos de oro

Ilustración: gillendil

Érase una vez un campesino tan pobre, tan pobre, tan pobre que ni siquiera poseía una azada y tenía que pedirla prestada a su vecino para poder labrar el trocito de campo que circundaba su choza. Aquel hombre era el más pobre de toda la aldea.

Un día estaba el labrador plantando unos granitos de maíz mientras, con voz lastimera, se lamentaba de su mala suerte cuando se le apareció un pequeño duende, de largas barbas blancas y ojos traviesos, que le dijo:

—Hace rato que oigo tus tristes quejas y como me das mucha pena, haré que tu suerte cambie ahora mismo. Toma, te regalo esta gallina.

—¡Pobre de mí! ¿Y para qué quiero yo una gallina? ¡Soy tan pobre, que no podré alimentarla y se morirá de hambre! Y cuando muera, no podré hacer ni un caldo con ella… ¡Soy tan pobre, que no tengo olla para cocinarla!

—¡Bajo ningún concepto debes matar esta gallina!  Aunque parezca una vulgar ave de corral, aquí donde la ves, es una gallina extraordinaria. Cada mañana, justo al salir el sol, esta gallina cacarea y pone un huevo.

—¡Vaya maravilla! Cacarear y poner huevos… ¡Eso es lo normal en una gallina!

—Cierto. Pero lo que ya no es tan normal es que los huevos puestos sean de oro macizo…

El duendecillo desapareció sin añadir nada más y el incrédulo labrado tomó en sus brazos aquella gallina, que parecía de lo más vulgar con sus plumas y su pico, y se dirigió a su choza.

A la mañana siguiente, tal y como anunciara el duende, cuando el primer rayo de sol asomaba por el horizonte, la gallina abrió sus ojillos, cacareó y, ¡oh, sorpresa! puso un reluciente huevo de oro.

El labrador, contentísimo, recogió aquel valioso huevo que la gallina había puesto, lo envolvió en un paño y se dirigió a la ciudad. Allí lo vendió a un joyero, que le pagó una extraordinaria suma de dinero por él, el cual le aseguró que le compraría todos los que le llevara.

Loco de alegría, gastó todas las ganancias que había obtenido y, sin dinero, pero muy feliz, regresó a su choza.

Al día siguiente se repitió la misma historia: el sol salió, la gallina se despertó y después de atusarse las plumas puso otro huevo de oro. ¡Por fin la fortuna sonreía al pobre labrador!

Fueron pasando los días y la gallina, puntualmente, con la primera luz del alba, ponía un reluciente huevo de oro. El labrador lo recogía, se dirigía a la ciudad y lo vendía. Así que, poco a poco, con el producto de la venta de los huevos, fue convirtiéndose en el más rico de la comarca… pero también se convirtió en el más despilfarrador.

Aquel hombre, que además de ser lelo y poco previsor, porque todo el dinero que ganaba lo derrochaba en lugar de invertir una parte en la granja, tenía también muy poca paciencia, pensó: «¿Por qué tengo que esperar a que cada día la gallina ponga un huevo? Lo mejor que puedo hacer es matarla, abrirle la barriga y sacar todos los huevos de una sola vez».

Y, ni corto ni perezoso, eso hizo, pero para su disgusto, en el interior de la gallina no encontró nada de nada. Ni un solo huevo de oro halló en la panza del animal y aunque intentó coserle la herida a la pobre gallina y resucitarla haciéndole el boca a pico, sus intentos fueron por completo inútiles. La gallina no resucitó.

Fue así como aquel labrador tonto, por culpa de su impaciente avaricia, perdió su mágica gallina, perdió los huevos de oro que esta ponía y con ello, perdió toda su fortuna.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La gallina de los huevos de oro» con la voz de Angie Bello Albelda

La flor más hermosa

Ilustración: hyamei

Cuentan que hace siglos, en el antiguo Japón, vivió una pareja de ancianos más ancianos que el tiempo que cultivaban un hermoso jardín en el cual crecían las flores más hermosas que ojo humano haya contemplado jamás. Como eran tan, tan viejos decidieron buscar a alguien que los ayudara en su delicada labor.

Enviaron mensajeros por todas las islas para anunciar que convocaban un concurso a fin de elegir a la persona más idónea para transmitirle todos los secretos del arte de cultivar flores. Esa persona recibiría en herencia el magnífico jardín cuando ellos dos murieran.

Para decidir quién sería el afortunado, celebrarían una gran reunión al cabo de tres semanas, a la que todo aquel que estuviera interesado podía acudir y en la que ellos explicarían a los asistentes el modo de participar.

Una anciana, vieja sirvienta de la pareja desde hacía muchos años, al escuchar aquello sintió un poco de tristeza porque sabía que su joven hija sentía un profundo amor por aquel hermoso jardín, por el cual se paseaba a menudo para admirar las hermosas flores que crecían en él. Si otra persona lo heredaba, quizá no podría volver a pisarlo jamás.

Cuando la anciana llegó a su casa le contó a su hija los planes de la pareja de ancianos y se asombró al saber que ella se proponía asistir a la reunión.

Sin poder creerlo le preguntó:

—Pero, hija mía, ¿qué vas a hacer tú allí? Los jardineros más expertos y más poderosos de Japón estarán en esa reunión. ¡No tienes ni la más mínima posibilidad! Sácate esa idea insensata de la cabeza. Sé que debes estar sufriendo, pero no conviertas tu sufrimiento en locura.

La hija respondió:

—No, querida madre, no estoy sufriendo y tampoco estoy loca. Yo sé que jamás seré la escogida para cuidar esas flores, pero es mi oportunidad de estar cerca de ellas, quizá por última vez. Eso me hará feliz.

Al cabo de tres semanas, la joven se dirigió a casa de los ancianos, donde ya estaban aguardando los más afamados jardineros de todo el reino. Hombres y mujeres conversaban sobre técnicas de riego, abono y poda. Ella escuchaba admirada la sabiduría que poseían y pensaba que, algún día, sería igual que ellos.

Se hizo el más absoluto silencio cuando salieron los dos ancianos, cogidos de la mano, y anunciaron su desafío:

—Ya sabéis que nuestro jardín es único en el mundo entero. En él florecen las especies más raras y valiosas y lo heredará aquella persona que nos traiga dentro de seis meses una flor única; la flor más bella.

Acto seguido los dos ancianos entregaron una semilla a cada uno de los asistentes y los despidieron.

Hay que hacer un inciso para aclarar que al poner aquella prueba seguían las tradiciones del pueblo japonés, que valora mucho la capacidad de las personas para cultivar algo, ya sean plantas, costumbres, amistades, relaciones o respeto.

El tiempo fue pasando y la joven, como no tenía tanta habilidad en las artes de la jardinería como el resto de los que habían asistido a la reunión, suplía sus carencias cuidando con mucha paciencia y ternura su semilla, pues sabía que si la belleza de la flor era semejante al amor que sentía por el jardín de los dos ancianos no tenía que preocuparse con el resultado; su flor sería la más bella.

Pasaron tres meses y nada brotaba de aquella semilla. La joven probó todos los métodos que conocía para hacerla crecer, pero el resultado era el mismo: la flor no germinaba.

Transcurrían los días y cada vez veía más lejos su sueño. Sin embargo, su amor por aquel jardín era cada vez más profundo.

El plazo llego a término. Los seis meses se había cumplido y de la semilla que le habían entregado los ancianos no había conseguido que saliera la flor.

Consciente de que su esfuerzo y dedicación habían sido infructuosos, la muchacha le comunicó a su madre que aun y así, sin importar el mal resultado obtenido, regresaría al palacio en la fecha y hora acordadas solo para estar cerca del jardín, quizá por última vez, y admitir ante los ancianos que ella no era la heredera que merecían.

A la hora señalada estaba allí, con su maceta vacía.

Miró a su alrededor. El resto de las personas llevaba cada una maceta con una flor, a cuál más bella. Las flores eran de las más variadas formas y colores. La fragancia que desprendían llenaba el aire. La joven estaba admirada. Nunca había visto una escena tan bella.

Llegó el momento esperado y la pareja de ancianos fue observando atentamente todas y cada una de las macetas, llena de curiosidad y asombro. Los dos viejecitos comentaban con sus propietarios este o aquel detalle de las flores y les preguntaban por las técnicas que habían empleado para hacerlas crecer.

Ante la muchacha se pararon un momento y al ver su maceta vacía la miraron a los ojos y pasaron de largo sin pronunciar ni una sola palabra.

Cuando hubieron terminado anunciaron el resultado:

—Nuestra heredera será aquella joven cuya maceta está vacía.

Los presentes tuvieron las más inesperadas reacciones. Unos se enfadaron, otros se quedaron mudos de asombro y los más empezaron a murmurar por aquella terrible injusticia que, según ellos, se estaba cometiendo.

Nadie entendía por qué los viejecitos habían escogido, justamente, a aquella joven que no había sido capaz de cultivar nada y pedían explicaciones.

Entonces, con mucha calma la anciana elevó su voz y explicó:

—Ella fue la única que cultivó la flor que la hizo digna de convertirse en la dueña de nuestro jardín: la flor de la honestidad. Todas las semillas que os entregamos hace seis meses eran estériles, así que de ellas no podía brotar nada.

Cuentan que, todavía hoy, la muchacha, ya una anciana, sigue cultivando hermosas flores en su jardín y busca a alguien honesto para que lo siga cuidando cundo ella muera.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La flor más hermosa» con la voz de Angie Bello Albelda

El ratón de campo y el ratón de ciudad

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Ilustración: Audrey Benjaminsen

En un pequeño pueblecito en medio de las montañas, vivieron hace muchísimo tiempo dos amigos que, por cuestiones que ahora no vienen a cuento, tuvieron que separarse, de modo que uno de ellos acabó quedándose a vivir en el campo y el otro se fue a vivir a la capital.

Pasaron muchos años sin verse, hasta que, un día, el ratón de ciudad decidió regresar a su antiguo hogar y hacerle una visita a su viejo amigo del pueblo para demostrarle lo mucho que había triunfado en la vida. Eligió con cuidado las mejores galas de su ropero y se puso en marcha.

Llegó a su antiguo pueblo ataviado con un elegante frac, sombrero de copa y pajarita de seda. Completaba su atuendo un monóculo, que a él le parecía que le daba aspecto de persona importante, a través del cual lo observaba todo con aires de grandeza.

El campesino lo recibió con el sombrero en la mano y haciendo mil reverencias.

—Amigo mío —saludó el elegante ratón con altanería— veo que sigues viviendo tan pobremente como cuando me marche de aquí. Lo digo por tu pantalón ajado y por tu casa tan rústica; en ella no hay comodidades. ¡A mí me sería imposible vivir así! Me gustaría que fueras a visitarme uno de estos días. Será un placer para mí enseñarte mi confortable hogar y hacerte gustar los refinados manjares de mi despensa. ¡A buen seguro que no podrás creer lo que ven tus ojos! ¡Ni te imaginas lo que significa ser rico!

El campesino, mortificado por aquel tono despectivo y petulante, le prometió que al cabo de una semana viajaría a la capital para devolverle la visita.

En efecto, cuando al cabo de siete días llegó a la urbe, se quedó anonadado con todo el bullicio que allí había y cuando vio el palacio en el que habitaba su amigo, no daba crédito a sus ojos: altas almenas que se perdían entre las nubes, más altas que las montañas de su pueblo; jardines interminables, más amplios que los campos de trigo que rodeaban su vivienda; y un continuo ir y venir de gente, que le recordó a sus vecinas, las atareadas hormigas.

El anfitrión lo introdujo por una puerta ricamente decorada y lo guió por salones lujosamente amueblados, interminables pasillos, estancias llenas de espejos, dormitorios decorados con impresionantes camas con dosel y cortinajes de terciopelo…

Al final de su recorrido, llegaron a la gran cocina. El anfitrión abrió la despensa y con tono condescendiente y fatuo dijo:

—¡Sírvete! Come todo lo que gustes: jamón del mejor, quesos de todas clases, frutas exóticas, encurtidos, salazones… —Y, mientras hablaba, iba señalando con orgullo las delicias ordenadas sobre las estanterías.

Pero interrumpió bruscamente su discurso porque la puerta de la despensa se abrió de súbito y apareció la cocinera.

—¡Rápido! ¡Escóndete! —advirtió el dueño de la casa— ¡Detrás de la nevera!

Al marcharse la cocinera y quedarse de nuevo solos, empezaron a cenar. ¡Y vaya cena!, porque se debe reconocer que en aquella despensa todo era de la mejor calidad, fresco y exquisito. ¡Hasta de aquel trozo de queso que había en un rincón de la despensa se desprendía un olor delicioso!

El ratón de campo acercó su hocico para olisquear aquel manjar y, de pronto, se escuchó un chasquido, ¡clac!, y varios pelos de su bigote quedaron atrapados en una especie de pinza metálica.

—¿Qué es esto? —gritó asustado.

—¡Nada, nada! Tranquilo, no tiene importancia. No te asustes. Es una vieja y anticuada trampa. Solo hace falta ir con cuidado y hacer saltar el resorte. Si tienes un poco de maña, después puedes comerte el queso tranquilamente.

—¡Uy, no! Prefiero mantenerme a distancia. En eso rincón veo un jugoso trozo de tocino que parece muy fresco y sabr…

—¡Nooooooooooooo! ¡Ni te acerques, insensato! Es ley universal que cualquier alimento colocado en una esquina está envenenado. Los humanos están obsesionados con eliminar ratones a toda costa. La cocinera de esta casa también pretende acabar conmigo, pero no tiene nada que hacer. Soy inmune a trampas, venenos ¡incluso al gato…!

—¡¿Pero cómo?! ¡¿Qué también hay un gato?!

—Sí, pero está muy bien alimentado y se pasa el día durmiendo. Sería un milagro que se le ocurriera venir aquí de noche. No te preocupes y sigue cenando. ¿Te apetece un poco de este salmón?

Justo en aquel momento, proveniente de la zona más oscura de la cocina, llegó hasta sus oídos un misterioso ruido que puso los pelos de punta al ratón de campo. Eran pasos muelles, cautelosos como si llegara…

—¡El gatooooooooooo! ¡Ha entrado por la ventana! ¡La habrá dejado abierta la cocinera por descuido! ¡Huyamos! ¡Sígueme! ¡Por aquí, por aquí! —se apresuró el dueño de la casa.

El asustado visitante, precedido del anfitrión, atravesó a toda velocidad salas, corredores y habitaciones hasta que ambos fugitivos se precipitaron, hechos un ovillo, en un hueco que había bajo una escalinata y allí, casi sin resuello, se quedaron escondidos, sin mover ni una pestaña, muy cerca de la puerta principal por la que horas antes había entrado el ratón de campo al palacio.

Permanecieron allí hasta que la cocinera, muy de mañana, abrió las puertas que daban al jardín, entonces se escabulleron y se encaminaron juntos hacia el límite de la ciudad. Al despedirse, el ratón elegante le pidió al ratón campesino que repitiera la visita la semana siguiente, puesto que los acontecimientos les habían impedido celebrar una cena tranquila.

—¡Ni hablar! ¡De eso nada, amigo mío! Cuando quieras que cenemos juntos, ven a mi casa si te apetece. Estás siempre invitado. Comeremos maíz, roeremos pan duro y, con suerte, un poco de tocino o queso pasado, pero al menos haremos la digestión tranquilos y sin sobresaltos. En mi casa no hay ni trampas, ni venenos, ni gatos, ni cocineras.

Aunque esta respuesta molestó un poco al altivo ratón de ciudad, en su fuero interno no tuvo más remedio que reconocer que el sencillo ratón campesino tenía toda la razón del mundo.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El ratón de campo y el ratón de ciudad» con la voz de Angie Bello Albelda

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El zorro y la cigüeña

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Ilustración: Mylène Villeneuve

Zacarías, el zorro, tenía fama de ser el más marrullero y guasón de todos los animales del Bosque de las Sorpresas. Incluso se afirmaba que en muchas leguas a la redonda era imposible encontrar a alguien que fuera ni la mitad de ocurrente y agudo que él.

Por su parte, su vecina doña Catalina, la cigüeña, no le iba a la zaga en cuanto a astucia e ingenio. Como casi todos los pájaros, era muy desconfiada y siempre presumía de que aún no había nacido animal u hombre que pudiera tomarle la pluma. Afirmaba que jamás nadie se había atrevido todavía a burlarse de ella en su pico.

Un día, el zorro quiso dejarla en evidencia, así que pensó en jugarle una mala pasada. La visitó en su casa y la convidó a comer. La cigüeña aceptó enseguida la invitación, encantada de que su vecino tuviera esa deferencia, y al día siguiente se presentó muy puntual en casa de Zacarías. Iba de punta en blanco; con las plumas bien atusadas y perfumada con flores silvestres.

Al entrar, vio una gran mesa cubierta por un precioso mantel rosado y sobre ella una gran cesta con flores naturales, varios tipos de pan, una botella del mejor vino blanco, cubiertos de plata, copas… Era evidente que la mesa se había preparado con mimo y primor.

La cigüeña estaba contentísima, pero pronto quedó desencantada cuando vio que el dueño de la casa traía una sopera humeante de plata que contenía, únicamente, un consomé de pescado con un huevo desleído del que se desprendía un apetitoso aroma.

El zorro no tuvo problemas en lamer el contenido de su plato, pero a su invitada le fue imposible probar nada; su largo pico le impedía catar aquel manjar.

—¡Come, come que está rico! ¿Pero es que no te gusta mi consomé, amiga mía?

La cigüeña, furiosa al comprobar que lo que quería el zorro era burlarse de ella, miraba a su vecino como si quisiera fulminarlo con la mirada. A punto estuvo de protestar, gritar y encararse con el zorro, pero se mordió la lengua, se tranquilizó y con un tono de voz pausado y con voz muy apacible, se disculpó ante el zorro del siguiente modo:

—Perdona, Zacarías, pero no sé si será a causa de los nervios, pero se me ha quitado el apetito. Tu consomé con huevo tiene un aspecto inmejorable, pero no podré probar tan delicioso manjar, así que, si no te importa, me marcho a casa. No te ofendas, por favor. Seguro que es un malestar pasajero.

—¡Ay! ¡Pobre Catalina! ¿Quieres que te acompañe? Me quedo muy preocupado —dijo el zorro socarrón.

—No, no te molestes pero, si quieres, ven mañana por la noche a mi casa a visitarme y tomaremos algo.

El zorro, muy complacido, aceptó y al día siguiente, a la hora de la cena, se presentó en casa de su vecina Catalina, con el pelo brillante y bien cepillado y llamó al timbre.

—Vecino Zacarías, ¡qué ilusión! Como puedes ver, ya me he recuperado, aunque la verdad es que no acabo de estar del todo bien, así que he preparado un refrigerio suave: una hamburguesa de topo adobada con higos y uva, que además de alimentar tiene muchas vitaminas  —dijo la dueña de casa que sabía que aquel era el plato preferido del zorro—. Siéntete como en tu casa; toma asiento, que cenaremos. Mientras saboreamos la cena podemos charlar de todo un poco.

—¡Fantástico! Será estupendo compartir contigo comida y charla. Además has acertado de pleno. ¿Cómo sabías que una de mis comidas preferidas es la hamburguesa de roedor con higos y uva? ¡Se me está haciendo la boca agua! ¡Mmmmmmmmmmmmm!…

Así hablaba el zorro, mientras se iba relamiendo y pensaba en su comida predilecta, que ya estaba paladeando con la imaginación. Pero, ¡cuál no sería su disgusto cuando vio aparecer a Catalina con dos grandes botellas que tenían un cuello muy largo y estrecho! ¿Cómo podría el zorro alcanzar aquel manjar? ¿Cómo lo haría para meter el hocico en aquel largo cuello de cristal? Probó de mil maneras, pero fue imposible. No se pudo llevar a la boca ni un solo bocadito del contenido de aquel extraño recipiente.

La cigüeña, mientras tanto, saboreaba la hamburguesa con su fino pico y observaba burlona a su invitado. Al cabo de un rato, exclamó:

—¡Come, come que está rico! ¿Pero es que no te gusta mi hamburguesa, amigo mío? ¿No me habías dicho que es tu comida predilecta? Parece que no he acertado del todo… ¿Está demasiado condimentada? ¿Poco jugosa? ¿Tal vez salada?… ¡Qué mal me sabe! En otra ocasión te pediré consejo antes de prepararla. ¿O quizá es que estás indispuesto? La verdad es que no tienes muy buena cara.

—¡Es eso, querida vecina! No me siento bien. De hecho, me encuentro muy mal.

—¡Oh! ¡Qué lástima! No será tu estómago, ¿verdad?

—¡No, no! es… ¡es migraña! Hace ya días que me duele la cabeza y será mejor que no tome la hamburguesa. De noche es una comida pesada y si se me carga el estómago seguro que me pondré peor.

—¡Pues entonces déjala! Es mejor que te vayas a dormir sin cenar. Me sabría muy mal que te pusieras peor por mi culpa.

—No sabes lo mal que me sabe no poder comérmela y que la tengas que tirar… ¡Tiene tan buena pinta!

—Eso no es problema. No la tiraré, ¡ya me la comeré yo! Total, tú ni la has tocado. Y ahora creo que, si te duele la cabeza, lo mejor que puedes hacer es ir a tomar el fresco. ¡Hala, vete, vete! No hagas cumplidos. Márchate sin problema.

El zorro comprendió que de burlador había pasado a burlado y que la cigüeña lo estaba echando de su casa, así que se puso de pie y, muy hambriento, se alejó con el rabo entre las piernas y se internó en la espesura.

FIN

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El cuervo y la zorra

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Ilustración: khadydemon

A las afueras de una pequeña aldea, en la linde de un espeso bosque, vivía un cuervo cuyo plumaje era más negro que una noche negra y más brillante que el azabache más brillante. Era por eso que era el animal más vanidoso del lugar.

El presumido cuervo atusaba con frecuencia su plumaje junto a un arroyo que discurría cerca del árbol en el cual vivía y acto seguido se asomaba a la cristalina superficie para admirar su imagen reflejada en las límpidas aguas, que asemejaban un gran espejo.

Había construido su nido sobre la copa de un castaño y desde lo alto divisaba los verdes campos, los vastos sembrados, los prados llenos de flores en los que pastaban ovejas y, justo enfrente, una preciosa casita blanca, en la que vivía una pastora que aquel día estaba atareada en la cocina preparando quesos con la ventana abierta de par en par.

El cuervo, que contemplaba desde las alturas el ir y venir de la muchacha, murmuró para sí con un suspiro:

—¡Mmmmmm! ¿¡Qué veo!? ¡Queso de oveja! ¡Se me hace el pico agua!

La pastora, a medida que iba terminando los quesos, los colocaba en el alfeizar de la ventana abierta para que les diera el aire y se mantuvieran bien frescos.

—¡Ay! —volvió a suspirar el cuervo sin quitar los ojos de los quesos— ¡Parecen tan apetitosos! —Y pensó que sería muy fácil apropiarse de uno cuando la pastora volviera a su faena.

En cuanto vio que la muchacha, absorta de nuevo en su quehacer, le daba la espalda, emprendió raudo el vuelo hacia la ventana abierta, tomó el queso con su pico y regresó de nuevo a su árbol dispuesto a saborear el manjar ajeno.

No lejos de allí, una astuta zorra que llevaba varios días sin comer y vigilaba también a la pastora esperando un descuido para llevarse algo de comida, fue testigo, con desesperación, del hurto del cuervo. Y al ver cómo el ave se posaba en el árbol con el preciado tesoro en su pico, pensó: «Si pudiera yo robarle el queso a ese ladrón…» Y se acercó, con paso ligero, al castaño en el que estaba posado el cuervo:

—Muy buenos días tenga usted, Don Cuervo.

El cuervo, sin abrir el pico con el que tenía sujeto el queso, miró hacia abajo y observó indolente desde su elevada posición a la amable y sonriente zorra.

—Perdone mi atrevimiento, pero no he podido resistirme a darle los buenos días –Y continuó adulando al ave con voz melosa—. Se ve usted tan distinguido sobre la rama de este castaño, con su negro plumaje tan elegante y ese porte ilustre… ¡¿Qué digo ilustre?! ¡Egregio! ¡Conspicuo! ¡Majestuoso!

El cuervo, que como ya sabemos era muy engreído, se puso muy contento al escuchar tales elogios, pero siguió muy callado, sin decir ni pío, fingiendo indiferencia, aunque con los ojos parecía que animaba a la raposa a proseguir su discurso.

—Si es lo que yo siempre digo a todo el que me quiera oír: no existe entre todas las aves que pueblan este planeta quien tenga la gallardía, el porte y la belleza de Don Cuervo.

El pájaro, posado en una alta rama, se esponjaba lleno de satisfacción. Y en su fuero interno estaba convencido de que todo cuanto decía aquel animal que tanto lo admiraba a sus pies era cierto. Porque, ¿acaso había otro plumaje más lindo y lustroso que el suyo?

Desde abajo volvió a sonar, con acento suave y embaucador, la meliflua voz de la astuta zorra:

—Bello es usted, a fe mía, y con el porte más admirable que yo haya podido ver. No sé si su voz estará a la altura de su belleza, pero si es tan melodiosa como deslumbrante es su cuerpo, será imposible encontrar entre las aves que vuelan por el mundo alguna a la que se le pueda igualar en perfección.

Al oír aquel discurso tan dulce y halagüeño, el cuervo quiso demostrar la armonía de su voz y la calidad de su canto, para que la zorra se convenciera de que su gorjeo no quedaba a la zaga de su plumaje. Y, llevado por su vanidad, quiso cantar.

Abrió su negro pico y comenzó a grajear, olvidándose por completo de que, al hacerlo, dejaba caer el queso al suelo. ¡Justo lo que esperaba ansiosa la astuta zorra!

Antes de que el codiciado bocado tocara tierra, se apresuró la raposa a apresar entre sus dientes la suculenta pitanza. Y entre bocado y bocado, le espetó burlonamente a la engañada ave:

—Don Cuervo bobo, ya que os habéis quedado tan hinchado y lleno con mis adulaciones y piropos y no necesitáis otro alimento para saciar vuestra insaciable hambre de alabanzas, podéis ahora hacer la digestión de tanto requiebro que, en tanto, yo me encargaré de hacer la digestión de este delicioso queso de oveja.

El cuervo comprendió, aunque tarde, que no debía haber admitido aquellas falsas alabanzas de la artera zorra. Y escarmentó, de esta forma, para siempre. Desde aquel día, aprendió a apreciar en su justo punto su valía y ya nunca más se dejó seducir por exagerados elogios.

Ahora, cuando en alguna ocasión escucha a algún adulador, huye de él, porque se acuerda de la zorra y sus candongas, que le enseñaron que todos los que halagan a los demás en exceso, sin tener méritos suficientes que lo justifiquen, lo hacen porque esperan lucrarse a costa del que lisonjean.

FIN