Fábula

La Cigarra y la Hormiga

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Ilustración: Vania Parada

El verano había sido muy caluroso, una magnífica estación para la Cigarra cantora. Frondosos árboles, sol brillante, días muy largos y canciones. Muchas canciones.

Entretanto, la Hormiga recolectora aprovechaba la bonanza para recoger el mayor número posible de granos, hojas y simientes con las que llenar su despensa y tener comida suficiente para el duro invierno.

Sin preocuparse de otra cosa, las dos se dedicaban afanosas a lo suyo, como si el buen tiempo no tuviera que terminar jamás.

Pero un día, las hojas de los árboles empezaron a amarillear, el aire de las mañanas se llenó de niebla y el viento, cada vez más frío, hizo temblar los árboles que, poco a poco, se fueron quedando desnudos. Las abundantes lluvias hicieron crecer los ríos e inundaron campos y sembrados.

Los días se hicieron más cortos, inequívoco anuncio que presagiaba la inminente llegada del otoño. Las aves emprendieron su largo periplo para emigrar hacia tierras más cálidas y todos los animales abandonaron la vida al aire libre para refugiarse en sus casas y afrontar bien calentitos, con la comida acumulada en sus despensas, los malos tiempos que se avecinaban.

Todos menos la Cigarra cantora…

Con aquel tiempo tan desabrido y sin espectadores, la pobre Cigarra, aterida de frío, había dejado de cantar. Estaba sin reservas, sin abrigo y sin casa. Y lo peor de todo, sin esperanzas de conseguir ninguna de esas cosas, ya que la situación, lejos de mejorar, empeoraba a medida que los días pasaban.

Un mediodía, tiritando de frío, decidió ponerse a caminar y abandonó el rincón de bosque que le había servido de hogar durante aquel verano. Andaba con mucha dificultad sobre sus patas ateridas por el frío, hasta que al cabo de un rato divisó a lo lejos una chimenea por la que salía una columna de humo y sin pensarlo dos veces, puso rumbo hacia allí.

Al llegar, la Cigarra llamó a la puerta y esperó pacientemente a que los dueños le abrieran.

Con un farolillo en la mano, asomó por fin la Hormiga y mirando a la Cigarra con el ceño fruncido preguntó con voz severa:

—¿Qué quieres de mí? ¿Por qué llamas a mi puerta?

El tono de la voz de la Hormiga no presagiaba nada bueno y tampoco daba muchas esperanzas, pero incluso así, la Cigarra se atrevió a decir:

—Tengo muchísimo frío y tengo mucha hambre. No tengo ni casa ni lugar en el que guarecerme. Tampoco tengo provisiones… ¿Podrías tú socorrerme? Sé que tus graneros están bien llenos, porque te he visto trabajar recogiendo comida durante todo el verano.

—Mis graneros no se llenaron por arte de magia. Estuve todo el verano trabajando duramente con mis manos para reunir todas las provisiones. ¿Y tú me pides ahora que comparta contigo lo que tan duramente he ganado? ¿¡Qué has estado haciendo durante el verano, cuando el sol brillaba!?

—Cantar. Mi destino es cantar durante el verano —respondió la Cigarra—. Es lo único que sé hacer. También trabajé mucho, como tú, aunque de otro modo. Alegré la vida de los que escuchaban mis canciones y ahora me veo sin nada. ¿Qué será de mí? Si no me ayudas moriré.

Pensativa, la Hormiga, recordó las largas jornadas de duro trabajo de aquel caluroso verano. Ciertamente habían sido más alegres y llevaderas gracias a la música de la Cigarra. Así que le dijo:

—Está bien, quizás tengas razón. Tú alegraste mis días con tu arte, así que es justo que cobres por ello. Entra, compartiremos las provisiones que tengo y tú pagarás tu sustento cantando.

Y así fue como la Hormiga recolectora y la Cigarra cantora compartieron casa, alimento y música durante aquel crudo invierno y después durante muchos inviernos más, dedicándose cada una a lo que tan bien sabía hacer.

FIN

El padre, el hijo y el burro

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Ilustración: Milo Winter

Después de un duro día de trabajo en el campo, regresaban muy cansados hacia su casa un padre, su hijo y un burrito. El hijo montaba sobre el burro y junto a ellos, guiando con la rienda al animal, caminaba el padre.

Llevaban ya un rato andando cuando, por el mismo camino, vieron que se acercaban dos mujeres. Volvían del mercado, en el que habían estado todo el día vendiendo huevos, cargadas con cestas vacías. No apartaban la vista de ellos. Miraban muy enojadas al niño que viajaba a lomos del burro. Al cruzarse con ellas, padre e hijo escucharon cómo una le decía a la otra:

—¡Vergüenza me daría a mí ir sobre el burro, siendo joven y fuerte, mientras veo a mi padre, viejo y cansado, andando! Si es que la juventud de hoy en día no respeta nada. ¡Nuestros padres jamás hubieran consentido algo así!

El hijo, al escuchar el comentario, pensó que las dos mujeres tenían mucha razón y, avergonzado, desmontó del burro y le dijo a su padre:

—Papá, lo que han dicho esas dos mujeres es cierto, así que el resto del camino lo haré a pie y tú monta sobre el burro. Yo soy más joven y el trabajo me cansa menos, así que puedo andar hasta casa.

Agotado después de un largo día de duro trabajo, al padre no le pareció mala idea, así que, sin hacerse de rogar, montó a lomos del burro. El hijo, tomó las riendas del animal y continuó el camino a pie.

Apenas habían andado unos kilómetros, cuando se cruzaron con unos peregrinos. Al pasar por su lado, uno de ellos, miró al padre severamente y comentó en voz alta para que lo escucharan todos:

—¡Vaya padre desnaturalizado! Él a lomos del burro y el pobre chiquillo, tan tierno, tiene que ir caminando. Hombres así no deberían tener hijos ¿¡Y a eso lo llaman ser padre?! Pues yo, a eso, lo llamo abuso de autoridad. ¡Se debería proteger a los niños de padres como este!

Padre e hijo se miraron, y pensaron que los peregrinos estaban en lo cierto, el pobre niño también había trabajo duramente; había estado ayudando a su padre todo el día y ahora estaba cansado. Así, que para tener contento a todo el mundo, padre e hijo decidieron continuar el camino montando los dos a lomos del burro.

Al rato, vieron a los lejos a un hombre que en medio del camino gesticulaba y gritaba y parecía querer decirles algo. Cuando estuvieron cerca un grupo de gente, atraída por los gritos,  había formado un corro y, al pasar junto a ellos, los increparon:

—¡Bárbaros! ¡Desalmados! ¿No os da vergüenza?, ¡Pobre animalito! Hay que ser vago y muy bruto para comportarse de este modo. Vosotros montados sobre el pobre burro, bien cómodos, y el pobre bicho jadeando y con la lengua fuera. Pero si ya no puede ni con su alma, ¡¿cómo va a soportar el peso de los dos?! ¡No hay derecho! ¡Os denunciaremos por crueldad! ¡Deberían quitaros a este pobre burrito!

Padre e hijo, avergonzados ante tal acusación, y recodando que el burro había estado también trabajando todo el santo día tirando del arado, desmontaron, le dieron hierba fresca y agua, lo aligeraron de las cuerdas, y empezaron a andar a pie junto al animal.

Por fin, padre e hijo llegaron hasta su pueblo, andando uno a cada lado del burro y así cruzaron la Plaza Mayor para dirigirse a su casa.

Al pasar junto al Ayuntamiento, oyeron grandes carcajadas procedentes de un grupo de gente que los señalaba con el dedo y se burlaba de ellos diciendo:

—¡Vaya par de tontos! ¿¡A ver si adivináis quién es más burro: ellos o el pollino!?

—No se puede ser más inútil. ¿A quién se le ocurre ir caminando teniendo un burro que puede llevarte cómodamente?

—A este burro le ha tocado el premio gordo, así anda él de ligero y feliz.

Padre e hijo, llegaron a su casa, encerraron el burro en el establo y se pusieron a cenar.

Entre plato y plato, hablaron de lo que les había sucedido aquel día y ambos decidieron que, en adelante, después de meditar muy bien los pros y los contras, actuarían conforme a lo que ellos consideraran más justo y adecuado en cada momento. Porque de opiniones hay tantas como personas y como las hay para todos los gustos, no es posible tener contento siempre a todo el mundo.

FIN

Los sueños de la Lechera

La lechera

Muy de mañana, la Lechera avanzaba a buen paso por el camino que conduce a la ciudad.

Sobre la cabeza, llevaba un cántaro de leche. Con las dos manos, sostenía la panzuda vasija de barro llena del blanco líquido que, recién ordeñado, iba a vender al mercado cada día.

Desde muy pequeña, le habían encomendado esta labor porque era hija única y sus padres no podían ir cada día a vender la leche que ordeñaban.

La ciudad no quedaba lejos de la granja, así que la Lechera no dudaba de que estaría de regreso muy pronto, porque estaba segura de que encontraría compradores rápidamente.

«Con el dinero de la venta —Iba pensando la Lechera—, podré comprar veinte huevos. De los huevos saldrán veinte pollitos. Ya me parece verlos: amarillitos, redonditos y suaves. Siguiendo a la gallina clueca, que los llamará cloqueando co-co, co-co, cocoroco».

Pensando en esto, sonreía la Lechera.

Ya había recorrido la mitad del camino y seguía fantaseando:

«Los pollitos crecerán deprisa, porque para mí no será un problema criarlos. Buenos alimentos, del corral y de la huerta, no les han de faltar. El único problema podría ser el zorro; pero Cicuta, mi fiel perro, lo mantendrá alejado del gallinero. Mi perrito es el mejor guardián del mundo.

Con el dinero que me den por la venta de los pollos, compraré un lechón. ¡Sí! Un lechoncito rosado con la colita enroscada. Lo alimentaré con afrecho, maíz y sorgo y también le daré patatas, coles y fruta. Comiendo así, con el tiempo llegará a ser un cerdo grande y muy gordo. Entonces lo llevaré al mercado.

¿Cuánto me darán por mi cerdito de 100 kilos? ¡Seguro que un montón de dinero! ¿Y qué compraré con tanto dinero? Tendré que pensarlo muy, pero que muy bien».

Y la Lechera, conversaba con su imaginación:

—¡Una cabra! Compraré una cabra…

—¡No!, que la cabra tira al monte.

—Entonces compraré un potrillo…

—Un potrillo no sirve para nada en una granja.

—Pues que sea un borrico entonces…

—¡Los borricos son muy testarudos y difíciles de enseñar!

—¿Qué tal entonces una mula?

—La mula no tiene descendencia.

Pensando, pensando en todo esto, la Lechera iba apretando cada vez más el paso. Ya faltaba muy poco para llegar a la ciudad, las casas ya se divisaban a lo lejos.

De pronto, del prado que bordeaba el camino, llegó el mugido de una vaca y la Lechera pensó:

—¡Ya está! ¡Una vaca y un ternero! ¡Eso compraré! Una vaca gordita, blanca y con machas negras y su hijito, un ternero juguetón que retoce por los prados persiguiendo mariposas. Su mamá, si se aleja mucho, lo llamará dulcemente muuuuuuuuuuuu, muuuuuuuuuuuuuuuu… y él acudirá corriendo, contento y feliz, con su alegre trote…

Sin darse cuenta, y emocionada por la visión de la vaca y del ternero, la Lechera ahora casi corría, tanta era la prisa que tenía por llegar a la ciudad y vender la leche. Tanto corría, que no vio una piedra que había en medio del camino. La pobre Lechera tropezó con ella y, para no caer de bruces, soltó el cántaro que llevaba sujeto con las dos manos.

El cántaro se estrelló contra el suelo y la leche se derramó, formando un blanco charco sobre la oscura tierra.

¡Adiós vaca manchada y ternero!

¡Adiós cerdito!

¡Adiós gallinas, pollitos y huevos!

Los sueños de la pobre Lechera se ahogaron en el gran charco de leche.

—¿Y ahora qué haré? —Lloraba la Lechera junto a los restos de la vasija de barro—. ¡Todo está perdido! ¡Ay, mis huevecitos blancos!, ¡Ay, mis pollitos redonditos y amarillos!, ¡Ay, mis gallinitas cluecas y mi marrano gordo y rosado, y mi vaquita manchada con su ternerito juguetón! ¡Ay!, ¡Ay!

Mientras así se lamentaba, acertó a pasar por allí la maestra, camino de la escuela:

—¿Qué te pasa? ¡Si no te das prisa hoy llegarás tarde clase!

—Ya lo ve: mi cántaro hecho pedazos; la leche derramada; y con la leche he perdido los huevos que pensaba comprar con su venta, y los pollos que habrían salido de los huevos, y las gallinas, y mi cochino, y la vaca con su ternero.

La maestra le sonrió y le dijo:

—Consuélate. Piensa que mañana podrás llevar al mercado otro cántaro de leche y podrás volver a soñar con huevos, pollitos, gallinas, marranos, vaquitas y terneros. Podrás seguir construyendo castillos en el aire y, al hacerlo, serás feliz. Y si alguna vez vuelve a romperse tu cántaro, no te aflijas demasiado: «Al mal tiempo, buena cara» y ¡adelante! Que la fortuna también ayuda a los soñadores que construyen, para ellos y para los demás, hermosos mundos de ilusión.

 FIN

La liebre y la tortuga

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Ilustración: Fabulandia

Mientras la tortuga mordisqueaba con parsimonia las hojas de los pastos tiernos y se calentaba al sol, su vecina, la liebre, no se estaba quieta ni un minuto. Recorría sin parar el verde prado. Le parecía mentira que alguien pudiera pasar la vida tranquilamente en un solo lugar.

Un día, después de haber saltado y brincado durante toda la mañana, se acercó a la tortuga y le dijo en tono sarcástico:

—¿No querrías dar un paseíto conmigo, querida vecina?

—¿Contigo?, ¿corriendo como una desesperada? ¡No, gracias! ¡Ni pensarlo! Cuando me apetece pasear, lo hago con calma y disfruto del paisaje.

—Con razón empleas tantas horas en recorrer la distancia que yo cubro en cuatro saltos.

—¿Y qué necesidad hay de correr tanto? Pasito a pasito también se llega.

—¡Excusas! ¡Eso lo decís todos los que sois lentos!

—¿Quieres convencerte de que despacio también se llega? ¿Quieres echar una carrera conmigo?

La liebre se quedó muy sorprendida por el desafío de la tortuga, pero enseguida se puso a reír a carcajadas. En ningún momento pensó que la propuesta fuera en serio, pero la aceptó para divertirse un rato.

El reto de la tortuga llegó a oídos del resto de animales, que se congregaron alrededor de las dos vecinas para presenciar la carrera. Se fijó el recorrido y clavaron una bandera para marcar la meta. Cuando todo estuvo listo, comenzó la competición entre fuertes aplausos.

La tortuga empezó a andar lentamente pero la liebre, que confiaba en su velocidad, se quedó atrás conversando con el resto de animales. Les decía que tenía todo el tiempo del mundo, porque era la más veloz y la carrera ya estaba ganada.

Después de un buen rato, empezó a correr. Corría tan veloz como el viento y no tardó en alcanzar a la tortuga, que iba muy despacito, aunque sin parar. Al pasar por su lado le dijo riendo:

—¡Adiós, lenta!

Como la liebre había adelantado muchísimo, se detuvo junto al camino a descansar y cuando la tortuga pasó por su lado se burló de ella una vez más:

—¡No corras tanto, que te harás daño!

Volvió a dejar que se adelantara y, de nuevo, emprendió su veloz marcha para darle alcance.

Varias veces se repitió la misma escena pero, a pesar de las burlas, la tortuga seguía su camino sin hacer caso y sin detenerse.

Era la hora de la siesta y un sol abrasador calcinaba la tierra, así que la liebre se dijo:

—Hace demasiado calor ahora y la tortuga solo habrá recorrido la mitad del camino, me pararé a descansar. Dentro de un rato, cuando el sol haya bajado un poco, empezaré a correr. La alcanzaré enseguida.

Se tumbó bajo un árbol y ahí se quedó dormida.

Entre tanto, pasito a pasito, la tortuga siguió adelante, sin abandonar su camino en ningún momento.

Pasaron las horas y el sol se puso. La liebre se despertó y echó a andar. Al principio avanzó a saltitos cortos, pero al no ver a la tortuga apresuró el paso.

—Es imposible que esa lenta haya avanzado tanto. ¿O es que se habrá arrepentido del desafío y ha abandonado la carrera?

A medida que su duda aumentaba, la liebre aceleraba su paso, hasta que llegó a la meta sudorosa y con la lengua fuera. Miró a su alrededor y exclamó:

—Lo que yo decía. Se ha rendido. Ha comprendido que yo soy la mejor y que a mí no hay quien me gane.

Dicho esto, se sentó sobre una piedra a descansar. De pronto, la piedra se movió y empezó a hablar:

—¡Eh, liebre, ¿por qué te has sentado sobre mi caparazón?

Era la alegre voz de la tortuga. Hacía ya un buen rato que había llegado a la meta.

FIN