Leyenda

El padre comprado

Ilustración: Pintura china tradicional

Hace mucho tiempo, en China, vivía un honrado pescador llamado Wang Hua, siempre servicial y dispuesto a ayudar a la gente necesitada. Un día, se encaminaba a su casa después de haber vendido la pesca en el mercado, cuando llamó su atención un grupo de curiosos parados en la acera que formaban un círculo. Se acercó y vio que en medio de ellos había un anciano que gritaba:

—¡Estoy a la venta! ¿Quién me quiere comprar? Me iré con el que me compre. Cómprame y seré tu padre. Ahora soy pobre, pero cuando me compres, te pagaré. Si me compras ahora, algún día te haré rico y noble.

La gente se reía de él y algunos niños le tiraban piedras. El pescador vio que el viejo estaba harapiento y sucio, pero en su cara enjuta, sus ojitos hundidos chispeaban con inteligencia y miraban curiosos a su alrededor. Por su aspecto, seguramente no había comido en todo el día. Wang Hua sintió compasión por el anciano y, sin vacilar ni un segundo, se dirigió a él y le dijo con una reverencia:

—¡Ven conmigo a casa, anciano! Yo seré tu hijo y tú serás mi padre.

El padre adoptivo lo examinó sonriendo durante unos segundos y, sin decir nada, lo siguió. Mientras, los curiosos seguían riendo y comentaban el asunto, haciendo todo tipo de conjeturas:

—¿Se habrá vuelto loco el pescador?

—Tal vez lo conoce…

—Quizá se cree de verdad que el viejo lo hará rico…

—¿¡Quién, en su sano juicio, querría cargar con semejante vejestorio!?

Al llegar a su casa, el pescador sentó al anciano en el mejor sillón y llamó a su mujer y a sus hijos para que lo conocieran. La familia entera lo recibió con cordialidad. La mujer del pescador llevó enseguida una palangana llena de agua caliente y una muda de ropa. Lo lavó y lo vistió. El mismo pescador lo peinó y le sirvió un té caliente y arroz. Los niños lo miraban con ojos sorprendidos y le preguntaban mil cosas:

—¿De dónde vienes?

—¿Cómo te llamas?

—¿Dónde está tu familia?

Pero el viejo no hizo mención alguna de su vida. Después de la cena, se acostó y concilio el sueño de inmediato.

Al día siguiente, el pescador regresó a casa y llevó el mejor pescado del día para que el anciano se alimentara. Aunque la vida de la familia era bastante austera, eran muy generosos con el viejo desconocido, que se convirtió en padre del pescador, suegro de la mujer y abuelo de los pequeños.

Transcurrieron varios meses, durante los cuales, la bondadosa familia no mostró nunca impaciencia o mezquindad hacia el anciano. Bien al contrario, lo rodearon de cariño y atenciones. Durante todo ese tiempo, el viejo se dejó querer, pero no les reveló nada de su vida.

Cuando la primavera ya llegaba, el abuelo llamó a su hijo adoptivo y a su nuera y les dijo:

—Llevo varios meses con vosotros y no puedo más que estar agradecido y conmovido por la hospitalidad que me habéis otorgado y por lo bien que me habéis tratado. Las personas honestas, generosas y compasivas como vosotros, deben ser recompensada de la mejor manera posible. ¿Recuerdas, hijo mío, lo que yo decía cuando estaba en la calle y tú me recogiste?

—Sí, padre, lo recuerdo.

—Pues no era broma lo que pregonaba. Hoy tengo que marcharme, pero os dejo esto —dijo mientras entregaba a su hijo adoptivo un lienzo de seda lleno de caracteres—. Si algún día venís a buscarme, os haré muy ricos y nobles. Mi historia y mi dirección está escrita en la seda.

Dicho esto, el viejo se despidió cariñosamente de todos y se marchó.

La familia quedó apenada con su marcha y como ninguno de ellos sabía leer, el pescador y su esposa fueron a buscar a un sabio para que descifrara lo que estaba escrito en el lienzo que les había entregado el anciano. El maestro, después de leer detenidamente los caracteres, les dijo:

—Este lienzo, escrito y firmado por el mismísimo Emperador, explica que, hace unos meses, el monarca salió de su palacio, solo y sin escolta, para recorrer el país y conocer personalmente a sus súbditos.

Confundidos por la sorpresa y temblando de emoción, el matrimonio guardó el lienzo con la ilustre firma estampada en él y volvió a su hogar. Los dos habían creído que habían ayudado a un pobre desamparado, pero resultó que habían dado cobijo, nada más y nada menos, que al mismísimo Emperador

Al día siguiente, se dirigieron a palacio para buscar a su padre adoptivo. Cuando llegaron allí, el viejo ya los esperaba y salió a recibirlos con los brazos abiertos, sonriendo amablemente.

Su hijo y su nuera, así como sus nietos, se pusieron de rodillas. Estaban aturdidos por el lujo y la majestuosidad que los rodeaba. Casi no podían reconocer al anciano humilde que había estado viviendo con ellos, ahora vestido con ropajes de seda bordada con hilos de plata y oro.

El Emperador les dio de comer y los alojó en su confortable residencia.

Pasados unos días, la familia se despidió de su padre adoptivo, el cual los obsequió con una hacienda, una casa amplia y varias docenas de caballos. Además, les concedió un título nobiliario.

¡Cierto!, ya sé lo que estás pensando… Es muy raro que un acto de generosidad desinteresado cambie nuestra vida de forma tan radical, pero al menos sucedió una vez en el mundo… Fue en China, hace mucho tiempo.

FIN

Los doce primeros

Ilustración: Kitakutikula

Cuando el mundo era nuevo y todavía se comprendía el lenguaje secreto de plantas, nubes y mares, el Emperador de Jade, soberano del cielo y de la tierra, quiso ordenar el tiempo, así que envió emisarios por el mundo para convocar a todos los animales que vivían en él:

—Animales, os he reunido en mi palacio porque he decidido dividir el tiempo en periodos de doce años. He construido un zodíaco y a cada uno de esos doce años le asignaré el nombre de uno de vosotros —Los animales murmuraron emocionados, pero enseguida enmudecieron para seguir escuchando lo que decía el Augusto de Jade—. No obstante, hay dos pequeños problemas. El primero, es que solo doce de vosotros podrán presidir los años de forma cíclica. Y el segundo, es que debo decidir el orden con el que lo haréis. Por tanto, he organizado una carrera, para que sea la llegada a la meta la que resuelva la disposición. El ganador presidirá el primer año, el segundo el segundo… y así, sucesivamente, hasta llegar al decimosegundo, el cual completará el ciclo de doce años y después volveremos a empezar.

Casi todos se apuntaron para participar en la competición, excepto el perezoso y la tortuga, que sabían que lo tenían muy difícil y se rindieron antes de empezar.

Los participantes, en la línea de salida, aguardaron la señal del Emperador de Jade para ponerse en marcha:

—Uno, dos y… ¡tres!

El dragón y el tigre se situaron en cabeza desde el primer momento. No en vano eran los animales más poderosos de toda China. Luchaban el uno contra el otro para obtener el triunfo. El dragón lanzaba su letal fuego para retrasar al tigre, pero este, con sus poderosas patas, evitaba con ágiles saltos las hogueras.

Muy de cerca, los seguía la serpiente, que se aprovechaba del camino que abría el fuego del dragón para deslizarse con más facilidad sin encontrar obstáculos a su paso. Todo le fue bien hasta que el dragón tuvo que retirarse momentáneamente de la carrera reclamado por sus hermanos para resolver un asunto urgente.

El buey, de zancada lenta y pesada, también se valió de la disputa entre dragón y tigre para obtener ventaja y, contra todo pronóstico, logró instalarse en cabeza de carrera, puesto que conservó hasta el último momento, cuando fue adelantado.

Lo que pasó es que, sin él saberlo, transportaba sobre su cuerpo a dos polizones, uno de los cuales aprovechó su esfuerzo para arrebatarle, en el último segundo de carrera, la primera posición.

Los dos animales que viajaban cómodamente a lomos del buey eran un gato y una rata, ambos buenos amigos hasta que pasó lo que pasó… Pero, antes de descubrirlo, deberemos seguir el curso de la competición…

A poca distancia del tigre y del dragón, el conejo saltaba como nunca lo había hecho en su vida, deseoso de alzarse con la victoria.

También un mono y un gallo corrían jadeantes para conseguir inscribir su nombre en el zodíaco chino, hasta que el mono, de repente, detuvo su carrera. Al pasar junto a un espeso bosque decidió que tendría más ventaja si se movía de árbol en árbol, donde su agilidad le haría adelantar muchos puestos.

Al verlo, el gallo, que no tenía ni idea de trepar, pensó por un momento en abandonar la carrera, pero cambió de opinión y decidió que también él explotaría sus habilidades y en lugar de seguir corriendo con sus cortas patitas, empezó a aletear y consiguió, con varios golpes de ala, adelantar de golpe a cuatro de sus competidores: caballo, cabra, cerdo y perro, que quedaron a la zaga. Esta ventaja no le duró demasiado al pobre gallito…

El cerdo, que sudaba a mares, frenó en seco al olfatear unas apetitosas trufas. Se desvió y empezó a escarbar bajo un roble plantado al borde del camino. Enterró su morro en la tierra y no lo levantó hasta acabar con todas. Su decisión le costó llegar el último y si hubiera encontrado una trufa más, hoy ni siquiera estaría en la lista de los doce del zodíaco.

La carrera tocaba a su fin. En la línea de llegada aguardaba ya el Emperador de Jade. Solo un caudaloso río separaba a los animales de la meta.

El buey hundió las pezuñas en el barro y buscó un lugar para vadear la corriente. Sobre su lomo la rata y el gato se sujetaban con fuerza.

Ya hemos dicho que ambos animales habían sido buenos amigos hasta entonces, pero se enemistaron para siempre cuando ya estaban a punto de alcanzar la orilla. Fue entonces cuando la rata, para asegurarse la victoria, saltó a tierra dándose impulso con sus patas sobre el lomo del gato. Este perdió el equilibrio y cayó con estrépito al río.

La rata fue la primera en tocar tierra.

El buey quedó segundo.

El tigre sorteó el río de un ágil salto y llegó el tercero.

Llegó el turno del conejo, que brincó de una orilla a otra, seguido del dragón, que cruzó volando la meta el quinto, a escasos centímetros.

Sexta fue la serpiente, que se valió de un tronco que flotaba en el agua para alcanzar la orilla y, desde allí, se arrastró hasta la meta.

El caballo trotó hasta la línea de llegada el séptimo y, después de él, mojados y titiritando, llegaron juntos la cabra, el mono y el gallo, que cruzaron la meta con una diferencia de segundos.

El perro, que hasta llegar el río iba tercero, llegó en undécimo lugar, porque al cruzar las aguas no pudo resistirse y se entretuvo buceando.

Cerró el desfile ganador el cerdo, que al llegar aún masticaba un trocito de trufa.

El gato, magullado y empapado por culpa de la rata, cruzó la meta en decimotercer lugar, por lo que no obtuvo su puesto en el zodíaco chino.

Aquel desgraciado incidente fue el origen del odio que separa a los dos animales y la causa de que, todavía hoy, los mininos quieran vengar la ofensa dando caza a cualquier roedor que se cruce en su camino. También, como consecuencia de aquel penoso suceso, los gatos no quieren acercarse al agua.

El resto de los animales fue llegando después del felino, pero, ninguno consiguió inscribir su nombre entre los vencedores.

Los doce triunfadores rodearon al Emperador de Jade y aguardaron en respetuoso silencio. El Augusto habló así:

—El tiempo ya tiene nombre. A partir de hoy, los años seguirán cíclicamente este orden: el primero llevará el nombre de la rata, la vencedora. El año siguiente será el año del buey. A continuación, llegarán, sucesivamente, los años del tigre, del conejo, del dragón, de la serpiente, del caballo, de la cabra, del mono, del gallo y del perro. Cerrará el ciclo el año del cerdo. Después, volveremos a empezar, de nuevo, con la rata.

De este modo, el Emperador de Jade asignó el nombre que ostentan los años del zodiaco chino.

Y si tú aún no sabes bajo qué signo naciste, haz clic sobre un interrogante…

Ilustración: freepik

FIN

El arte de la caligrafía

Ilustración: Leaping-Froggs

Xian Zhi era hijo del famoso calígrafo Yi Zhi. Cuando su padre trabajaba en el estudio, el pequeño solía contemplar cómo trazaba los complicados ideogramas sobre el papel de arroz. Con sus pinceles, chorreando tinta, el artista plasmaba espíritu y personalidad en los papeles. Poco a poco, el hijo también adquirió el hábito de escribir. A los pocos meses progresó tanto que los amigos y vecinos empezaron a alabarlo sin cesar:

—¡Qué maravilla! ¡Escribes tan bien como tu padre!

El pequeño, engreído, no cabía en sí de gozo creyéndose ya un experimentado calígrafo. Cierto día escribió una docena de caracteres y se los mostró a su padre, esperando de él un gran elogio. Después de examinarlo atentamente, el famoso calígrafo, que se había dado cuenta de la vanidad de su hijo, no hizo ningún comentario de lo que había escrito el pequeño. Cogió su pincel y agregó un pequeño trazo en uno de los ideogramas, y lo convirtió en un carácter totalmente distinto. Después le dijo:

—Ve y enséñaselo a tu madre, a ver qué opina. El muchacho fue a buscar a su madre, esperando de ella un juicio más alentador.

—Mamá, ¡mira lo que he escrito! ¿Verdad que mi estilo es como el de papá? ¿¡A que sí!?

Aunque la señora no era calígrafa de profesión, entendía a la perfección la técnica de ese arte y sus juicios al respecto solían ser muy acertados. Miro detenidamente la obra de su hijo y le dijo:

—Realmente has progresado bastante, pero aún te falta mucho para conseguir el brío y la perfección de la caligrafía de papá. En este carácter que has escrito, solo este pequeño trazo —dijo mientras señalaba con el dedo justo donde el padre acababa de dejar su marca con el pincel—, se parece mucho a su estilo; lo demás no tiene nada que ver.

Avergonzado, el niño volvió junto a su padre y le preguntó:

—Después de tantos días de práctica, ¿por qué aún no he podido dominar el secreto de tu arte?

—Es muy sencillo, hijo, ¿ves aquellas tinajas que hay en el patio? Cuando empecé a aprender la caligrafía, me dijeron que tenía que llenar de agua las dieciocho tinajas. Y el día que se agotara hasta la última gota haciendo tinta y usándola para los ejercicios, sería un buen calígrafo. Así lo hice, por eso escribo mejor.

Sin que el padre tuviera que añadir ni una palabra más, el niño entendió perfectamente. Corrió hacia el patio y durante toda la mañana estuvo llenando incansablemente de agua las enormes tinajas, fabricó tinta y se puso a practicar día y noche.

Pasaron veinte años y cuando hubo agotado la última gota de agua, su dominio de la caligrafía china era tal, que fue consagrado como el más grande de los maestros de los pinceles de toda la historia de China.

FIN

Los amantes de las estrellas

Ilustración: Warwick Goble

A vosotros, que conocéis el verdadero amor, os suplico que recéis a los dioses para que haga buen tiempo la séptima noche de la séptima luna. En nombre del amor verdadero y de la santa paciencia, suplicad que, durante esa noche, ni lluvia, ni granizo, ni nubes, ni truenos, ni niebla acechante cubran el cielo.

Escuchad la triste historia de los amantes de las estrellas y orad por ellos.

La Doncella de los Hilos era la hija del Dios de la Luz. Vivía a la orilla de la Vía Láctea, el Brillante Río de los Cielos. Todo el día se sentaba ante su rueca y realizaba su trabajo, tejiendo alegres vestimentas para los dioses. Hila que hila, hora tras hora, la colorida red crecía hasta que las telas yacían plegadas a sus pies. Nunca cejaba en su trabajo, pues tenía miedo. Había escuchado un dicho:

«La pena, esa pena que durará eras, caerá sobre la Doncella de los Hilos cuando abandone su rueca».

Por ello trabajaba, y los dioses vestimentas de sobra tenían. Pero la pobre Doncella iba siempre mal ataviada. Nada le importaban su atuendo o las joyas que su padre le daba. Descalza, recorría los cielos, y su pelo, libre, colgaba al viento. De tanto en cuanto, un largo rizo caía sobre la rueca, y siempre lo lanzaba hacia atrás sobre su hombro. No jugaba con los niños del Cielo, ni disfrutaba con los jóvenes ni con las Doncellas Celestiales.

No amaba ni lloraba. Ni se alegraba, ni se entristecía. Hilaba, hilaba… y se hiló a sí misma en la red de muchos colores. Pero su padre, el Dios de la Luz, se enfadó.

—Hija, tejes demasiado.

—Es mi deber —respondía ella.

—¡Hablar de deberes a tu edad! —dijo el padre—. ¡Sal de aquí!

—¿Qué mal os he hecho, padre mío? —dijo, mientras sus dedos continuaban hilando.

—¿Eres un animal o una piedra, o acaso una pálida flor del camino?

—No, ninguna de esas cosas soy.

—Deja pues tu rueca, niña mía, y vive.

Disfruta, y sé como los demás.

—¿Y por qué debería ser como los demás?

—Nunca me cuestiones, niña. Vamos, ¿puedes dejar de hilar?

—«La pena, esa pena que durará eras, caerá sobre la Doncella de los Hilos cuando abandone su rueca».

—Una tontería que nadie cree —exclamó el padre—. ¿Qué sabemos de esa pena que durará eras? ¿No somos acaso dioses?

Con esas palabras, arrancó el hilo de sus manos y cubrió la rueca con una tela. Hizo que la vistieran de ricas ropas, puso joyas en sus manos y en su cabello, y cubrió su cabeza de flores del Paraíso. Y la desposó con el Pastor del Cielo, que cuidaba sus rebaños en la ribera del Río Brillante.

Cuánto cambió entonces la Doncella. Sus ojos eran estrellas, y sus labios, rubíes. Bailaba y cantaba todo el día. Jugaba muchas horas con los niños del Cielo y disfrutaba con los jóvenes y con las Doncellas Celestiales.

Ligera caminaba, pues sus pies estaban envueltos en plata. Su amante, el Pastor, la sostenía de la mano. Reía tanto que los mismos dioses reían con ella, y en el Bendito Cielo resonaban los ecos de su alegría. Estaba tranquila, poco pensaba en el trabajo o en las vestimentas de los dioses.

En cuanto a su rueca, no volvió a acercarse a ella.

—Tengo una vida que vivir —dijo—.

Nunca más la uniré a los hilos de la red.

Y el Pastor, su amante, la estrechó entre sus brazos. Su rostro se llenó de lágrimas y sonrisas, y lo escondió en su pecho. Así vivía su vida, pero su padre, el Dios de la Luz, estaba enfadado.

—Es demasiado —dijo—. ¿Acaso está loca? Se ha convertido en el hazmerreír del Cielo. Además, ¿quién hilará las nuevas vestimentas primaverales de los dioses?

Tres veces avisó a su hija.

Tres veces rio esta con suavidad y negó con la cabeza.

—Vuestra mano abrió las puertas, padre mío —dijo—, pero os aseguro que no hay mano, divina o mortal, que pueda cerrarlas.

—No tientes al destino, hija mía. —Y desterró al Pastor para siempre al punto más lejano del Río Brillante. Las urracas se acercaron desde todos los confines del cielo y extendieron sus alas para crear un frágil puente a través del río, y el Pastor lo cruzó.

Al momento, las urracas se alejaron en todas las direcciones y la Doncella de los Hilos no pudo seguirlas. Qué tristeza la aquejaba entonces. Mucho tiempo permaneció en la playa, alargando los brazos hacia el Pastor, que cuidaba su ganado desolado con el rostro envuelto en lágrimas. Cuánto tiempo se quedó allí, tumbada, llorando en la arena. Se lamentaba constantemente de su dolor, mirando al suelo.

Finalmente, se levantó y se dirigió a su rueca. Quitó la tela que la cubría y tomó el hilo en su mano.

—¡La pena que durará eras —dijo—, esa pena que me atenaza el corazón! —En ese momento, dejó el hilo—. Ay —gimió—, qué dolor.

Puso la cabeza contra la rueca y, al poco tiempo, dijo:

—Y, sin embargo, no puedo volver a ser lo que era, pues ni amaba ni lloraba, ni me alegraba ni me apenaba. Ahora, amo y lloro, me alegro y me lamento.

Sus lágrimas caían como la lluvia, pero tomó el hilo y trabajó con diligencia, tejiendo las ropas de los dioses. Algunas veces, la red era gris por la pena, otras veces, rosada con los sueños. Los dioses vestían con agrado las extrañas ropas. El padre de la Doncella, el Dios de la Luz, estaba, por fin, contento.

—Eso está mejor, niña trabajadora —dijo—. Ahora estás tranquila y feliz.

—La tranquilidad de la desesperación más oscura —dijo—. ¡Feliz! Soy el ser más triste del Cielo.

—Lo siento —dijo el Dios de la Luz—, ¿qué necesitas que haga?

—Devuélveme a mi amado.

—No, niña mía, eso no puedo hacerlo. Fue desterrado para siempre por decreto de un dios, eso no puede romperse. Pero algo puedo hacer. Escúchame. El séptimo día de la séptima luna, invocaré a las urracas de todos los confines de la tierra para que formen un puente sobre el Brillante Río del Cielo. Así, la Doncella de los Hilos podrá pasar tranquilamente a ver al anhelante Pastor en la otra orilla.

Y así fue. El séptimo día de la séptima luna, las urracas llegaron de todas partes y extendieron las alas para formar el frágil puente. Y la Doncella de los Hilos lo cruzó.

Sus ojos brillaban como estrellas, su corazón aleteaba en su pecho. Y el Pastor se encontraba allí para recibirla al otro lado.

Y así siguen, conocedores del amor verdadero. Cada séptimo día de cada séptima luna, los dos amantes se reúnen y son felices. Pero si la lluvia cae con truenos, relámpagos, nubes y granizo, y el Brillante Río del Cielo está desbordado y crecido, las urracas no pueden preparar el puente para la Doncella de los Hilos. ¡Tiempos aciagos!

Por ello, amantes del amor verdadero, rezad a los dioses pidiendo buen tiempo.

FIN

La Befana

Ilustración: Abigail Larson

En Italia, existe una antigua leyenda sobre una anciana llamada Befana, que la noche del 5 de enero vuela en su escoba, de casa en casa, para entregar sus regalos…

 

Cuentan que cuando los tres Magos de Oriente iban de viaje hacia Belén siguiendo la brillante estrella para llevar sus presentes al niño Jesús, se perdieron en Italia. Un oscuro nubarrón ocultó la luz del astro que los guiaba en su camino y como no sabían adónde dirigirse decidieron parar y preguntar a los que se cruzaban en su camino.

Melchor se dirigió, en primer lugar, a una joven pastora:

—Buenas noches, seguíamos una brillante estrella que nos conduce hacia Belén, pero la hemos perdido de vista y no sabemos qué camino seguir.

—¿Belén dices? Nunca oí hablar de un pueblo llamado así. Y creo que la estrella que seguís se ha apagado, pues yo la estuve mirando mucho rato, pero ahora ya no la veo.

Dieron las gracias a la pastora y siguieron adelante. Al poco, se encontraron con un grupo de viajeros y Gaspar se dirigió a ellos:

—Buenas noches, buena gente, ¿han visto por casualidad una brillante estrella que lucía en el cielo hace un rato? Vamos tras ella para llegar a Belén, pero ha desaparecido.

—La estrella no la he visto, pero Belén está en dirección contraria. No tienen pérdida, es un pueblo entre montañas muy hacia el norte —dijo un viejecito con bastón.

—No, no, marido. Tú te confundes —añadió la señora que había junto a él—. Belén está al sur, junto al río que atraviesa el valle.

—Señores —intervino un tercer viajero—, no hagan caso de lo que dicen estos dos carcamales. Para llegar a Belén deben tomar el próximo desvío a la izquierda.

Otros viajeros se unieron a la discusión y cada uno de ellos les daba una información distinta. Los Reyes, más desorientados aún que al principio, decidieron seguir adelante sin seguir ninguna de las indicaciones.

Aunque los tres Magos fueron preguntando a mucha gente, nadie supo responder.

Ya perdían la esperanza de encontrar el camino para llegar a tiempo a Belén y entregar los presentes al Niño recién nacido cuando, barriendo el porche de una casa, vieron a una anciana decrépita y arrugada. Aquella mujer, a la que llamaban la Befana, daba auténtico miedo. Con sus largos cabellos blancos, su ropa negra y su escobón, parecía una auténtica bruja.

La gente del lugar la temía porque hablaba poco y se pasaba la vida limpiando su casa o recolectando hierbas en los bosques. Los niños, sobre todo, huían de ella, porque decían que su escoba era mágica y podía volar. Aseguraban que, montada en ella, la vieja mujer visitaba lugares misteriosos.

Baltasar, el más valiente de los tres, se acercó, seguido de sus compañeros, para preguntar por el camino y la anciana Befana, que quizá sí que había visitado Belén montada sobre su escoba, le dio las indicaciones precisas para llegar hasta allí.

—Debéis seguir por este camino hasta el mar que hay al sur y al llegar allí, tomad un barco en dirección al país de las arenas eternas. Allí preguntad por el camino que lleva a Belén, no hay pérdida.

Los tres Reyes, agradecidos por la información que habían recibido, la invitaron a que los acompañara a adorar al Niño que acababa de nacer. Le contaron que era un dios y que ellos le llevaban regalos: oro, incienso y mirra, pero ella no quiso oír hablar de abandonar su casa.

—No, gracias, aún me queda mucho por limpiar y no puedo perder más tiempo. ¡Que tengáis buen viaje!

Los Reyes partieron y la vieja Befana se quedó barriendo su casa. Sin embargo, no había pasado mucho rato, cuando se arrepintió de la decisión que había tomado. Al fin y al cabo, no tenía muchas oportunidades de ver recién nacidos ni tampoco de viajar acompañada de Reyes Magos.

La Befana puso comida y algunas de sus pertenencias en un gran saco y salió corriendo tras ellos, pero ya era demasiado tarde. Por más que buscó, no pudo dar con ellos.

Se dirigió entonces hacia Belén, pero al llegar allí, ya no había nadie. Las gentes del lugar le contaron que los Reyes habían regresado cada uno a su hogar y que el recién nacido, con sus padres, hacía poco que se había marchado. Fue entonces cuando la Befana decidió recorrer el mundo para buscar al recién nacido y, en su recorrido, regalaba a todos los pequeños que encontraba las provisiones y los bienes que llevaba en su saco con la esperanza de que alguno de ellos fuese el Niño Dios.

Desde aquel día, cada 5 de enero, al caer la noche, la Befana sobrevuela Italia montada en su escoba y entrega a las niñas y niños que se portan bien un regalo y caramelos. A los que se portan mal, la anciana Befana solo les da un trozo de carbón.

FIN

El gran cuervo blanco

Ilustración: Checanty

En remotos tiempos, cuando la tierra y la gente eran todavía jóvenes, todos los cuervos eran blancos como la nieve.

En aquellos tiempos pasados, para sobrevivir, las gentes dependían de la caza de los grandes búfalos. Aquellos cazadores no tenían caballos, ni armas de hierro y muchísimo menos aún tenían armas de fuego. Salían de caza a pie y con armas de piedra y flechas de madera. Aquel era un trabajo arduo y duro, incierto y muy peligroso. A todo eso, además, se sumaba que los cuervos dificultaban la tarea de los cazadores, puesto que por aquel entonces eran los mejores amigos de los búfalos.

Sobrevolaban la pradera y vigilaban todo lo que sucedía. En cuanto descubrían que se acercaban los cazadores, se dirigían raudos hacia las manadas de búfalos, se posaban entre sus cuernos y los avisaban del inminente peligro:

—Cra, cra, cra, hermanos, ¡huid! Los cazadores se acercan. Llegan a través de aquel barranco.

O les advertían:

—¡Corred, corred!, acechan cazadores tras aquellas colinas. iCra, cra, cra!

Al oírlos, los búfalos iniciaban la estampida y el hombre, sin poder cazar, se moría de hambre.

Ante esta desesperada situación, los indios wintu se reunieron en consejo alrededor de una gran fogata para decidir qué hacer.

El anciano y sabio jefe habló así:

—De entre todos los cuervos, hay uno que es dos veces más grande que los demás. Ese cuervo es el gran jefe, así que debemos capturarlo a él y darle un buen escarmiento para que los otros aprendan. De lo contrario, moriremos  pronto de hambre.

—Cierto, gran jefe —respondieron todos los guerreros al unísono— Pero ¿cómo lo haremos? ¡Son demasiado astutos los cuervos!

En silencio, el anciano jefe se levantó de la piedra en la que estaba sentado, se dirigió a su tienda y, al poco, regresó con una gran piel de búfalo que aún conservaba la cabeza y los cuernos. La colocó sobre la espalda del más valiente de los guerreros y le ordenó:

—Ve en busca de los búfalos vestido con esta piel, pensarán que eres uno de ellos. Los cuervos tampoco sospecharán y así tú podrás capturar al gran cuervo blanco.

Disfrazado de búfalo, el joven se fue acercando al rebaño, como si estuviese pastando. Las grandes y peludas bestias no le prestaron atención.

Entretanto, los cazadores siguieron con sigilo al joven armados con sus arcos. Cuando ya estuvieron muy cerca del ganado, los cuervos, como siempre, llegaron volando para advertir a los búfalos:

-—Cra, cra, cra, hermanos, se acercan los cazadores para daros caza. ¡Huid de sus flechas!, cra, cra, cra.

Y también como siempre, los búfalos desaparecieron a la estampida. Todos excepto el joven disfrazado con la piel peluda, que fingía no haberse enterado de nada y seguía pastando tranquilamente.

Al verlo, el gran cuervo blanco, se acercó planeando, se posó sobre los hombros del cazador y sacudiendo sus alas, le dijo:

—Cra, cra, cra, hermano, ¿estás sordo? Los cazadores están cerca, sobre aquella loma. ¡Sálvate!

Justo en ese instante, el joven sacó el brazo de debajo de la piel y agarró al cuervo por las patas. Con una cuerda se las ató bien fuerte y sujetó el otro extremo a una gran piedra. Aunque el cuervo forcejeó, no pudo escapar y el muchacho cargó con él hasta la aldea.

Otra vez los hombres se reunieron en consejo alrededor del fuego.

—¿Qué haremos con este gran cuervo blanco que nos ha hecho pasar tanta hambre?

—¡Si por mi fuera, lo freiría y me lo comería! —respondió un cazador hambriento. Y antes de que alguien pudiese detenerlo, arrancó de un tirón el cuervo de manos de su captor y lo echó al fuego del consejo, con piedra y cuerda incluidos—. ¡Así aprenderás a no meterte donde no te llaman! —afirmó enojado.

Como era de esperar, la cuerda que sostenía la piedra ardió y el gran cuervo se las ingenió para salir volando de entre las llamas. Pero ya estaba chamuscado y muchas de sus plumas se habían carbonizado. Seguía siendo grande, pero ya no era blanco, sino más negro que la noche.

—Cra, cra, cra —graznaba desesperado, volando tan rápido como podía— ¡Dejadme tranquilo! No lo haré nunca más; no avisaré más a los búfalos, y prometo que tampoco lo hará el resto de los cuervos. ¡Lo prometo! ¡Lo prometo!, cra, cra, cra.

Así fue como el gran cuervo consiguió escapar. Pero desde aquel día, todos los cuervos del mundo son negros.

FIN

Los cuatro dragones

Four Dragons-Co

Ilustración: Gemma Font

Al principio de los tiempos, sobre la Tierra, no había ríos, ni lagos, únicamente existían las aguas del mar del Este, custodiadas por cuatro dragones: el dragón Largo, el dragón Amarillo, el dragón Negro y el dragón Perlado.

Un día, los cuatro dragones decidieron explorar el mundo, emergieron de las profundidades  marinas y  volaron hacia el cielo.

En las alturas, planearon con el viento, se persiguieron riendo y se divirtieron, hasta que, de pronto, el dragón Perlado refrenó su vuelo y rugió señalando hacia la Tierra:

—¡Mirad!

Sus compañeros se acercaron y, escondidos entre las nubes, dirigieron la vista hacia donde les indicaba su amigo.

Abajo, sobre la superficie, vieron una multitud de gente afligida que quemaba incienso, hacía ofrendas y suplicaba:

—Dios del cielo, envíanos agua para que no muramos de sed.

—Dios del cielo, danos agua para que no mueran nuestras cosechas.

Los cuatro dragones contemplaron los cuarteados campos de arroz, que ya hacía tiempo que se habían bebido hasta la última gota de agua; la verde hierba, que agachaba sedienta su marchita cabeza; y los árboles, desnudos de sus hojas, como tristes esqueletos abrasados por el sol. Hasta donde la vista alcanzaba, solo se veía un desolado paisaje, amarillo y adusto. Hacía demasiado que no llovía.

—Esa gente es piel y huesos —dijo el dragón Amarillo—. Morirán pronto si no llueve.

—Deberíamos ir a contarle al Emperador de Jade que la Tierra está sedienta —sugirió el dragón Largo—.  Ya es hora de que envíe lluvia.

Estuvieron todos de acuerdo y emprendieron el largo camino que conducía al Palacio Celestial, la morada del Augusto de Jadeel dios del cielo.

Molesto al verlos llegar, el todopoderoso Emperador, gruñó irritado:

—¿Cómo os atrevéis a presentaros ante mí sin ser convocados? ¡No permitiré que alteréis mi descanso! ¡Regresad al mar al instante!

—Gran Emperador, perdonad nuestra intromisión, pero debéis saber que la Tierra se muere. No llueve desde hace mucho, las cosechas se están secando y la gente tiene hambre y sed. ¡Enviad lluvia, por favor! —rogó el dragón Largo.

—Mañana, mañana… Mañana enviaré lluvia a la Tierra. Vosotros volved al mar —refunfuñó con desgana el Emperador, mientras con un suave balanceo de su mano derecha indicaba a los dragones que se alejasen de su presencia.

Durante los siete días siguientes, los cuatro amigos miraron esperanzados el cielo, pero ni una gota cayó.

Cada vez más débil y triste, la gente sobrevivía comiendo hierba seca, masticando tierra y lamiendo el rocío que la noche depositaba sobre las piedras.

Estaba claro que al Emperador de Jade, los humanos no le importaban. Solo pensaba en su propio bienestar y placer. Los cuatro dragones estaban apenados.

De pronto, mientras observaba apesadumbrado el mar del Este, al dragón Largo se le ocurrió una idea:

—¿Qué os parece si nos llenamos la boca con agua de mar y la lanzamos sobre la Tierra desde el cielo? Caerá como lluvia y así tal vez podamos salvar las cosechas para que la gente pueda comer.

A sus compañeros les pareció una idea brillante. Se apresuraron a llenar sus bocas de agua, alzaron el vuelo para alcanzar las nubes y, desde allí, la arrojaron.

Repitieron la misma operación muchas veces para pulverizar agua de mar,  que caía en forma de generosa lluvia, sobre la reseca Tierra.

—¡Llueve! ¡Llueve! —gritaban con alegría los niños chapoteando en los charcos.

—¡Llueve!, ¡Llueve! —gritaban los adultos dando gracias al cielo.

En los campos de arroz se formaron riachuelos y los pequeños brotes sedientos empezaron a reverdecer.

En la Tierra, renacía la vida.

Las oraciones de agradecimiento llegaron a oídos del Emperador de Jade que, furioso, comprendió que los cuatro dragones habían desobedecido.

Ordenó a sus emisarios que capturasen a los transgresores y los condujeran ante él:

—Vuestra osadía os costará cara. Os condeno al encierro eterno —Decretó airado.

Y, seguidamente, pidió al dios de las montañas que sobre cada uno de los dragones elevara una cordillera, de manera que jamás pudieran liberarse.

Los dragones quedaron atrapados para siempre bajo elevados montes, sin embargo, no renunciaron a ayudar a los humanos.

Para poder salir de su encierro, se convirtieron en caudalosos ríos, atravesaron su cárcel de rocas y, antes de regresar a su hogar en el lejano mar, bañaron las tierras por las que iban transcurriendo, hasta convertirlas en fértiles vergeles.

De este modo, nacieron los cuatro grandes ríos que, hasta hoy, dan de beber a la China: el Hēilóngjiāng o Amur, del dragón Negro; el Huáng Hé o río Amarillo, del dragón Amarillo; el Yangtsé o Cháng Jiāng, del dragón Largo;  y el Zhū Jiāng o Río de las perlas, del dragón Perlado.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Los cuatro dragones» con la voz de Angie Bello Albelda

logoAngie

La vasija agrietada

la_vasija_agrietada_dibujoenriquecarlos

Ilustración: Enrique Carlos

Al norte de la India, a los pies del Himalaya, la morada de la nieve, vivió en un santuario budista un monje, cuya misión era la de proveer de agua a todo el templo y a los que en él habitaban.

Para ello, transportaba el líquido elemento desde un río cercano hasta el monasterio con la ayuda de dos grandes vasijas de barro, que colgaba de los extremos de un largo palo, el cual cargaba sobre sus hombros.

Recorría sin prisa el camino que separaba el templo del arroyo un par de veces al día, en ocasiones hasta tres, para que nunca le faltara a nadie agua para beber, para lavar o para lavarse.

De las dos vasijas, una era perfecta y transportaba el agua sin derramar ni una sola gota. Siempre se jactaba de lo bien que hacía su trabajo.

La otra, en cambio, tenía una grieta en su cuerpo y cumplía su labor solo a medias. Durante todo el recorrido, desde el río hasta el templo, iba perdiendo agua y llegaba a su destino solo con la mitad de la carga.

Durante dos largos años nada cambió. Todo siguió exactamente igual: el mismo trabajo, la misma vereda, el mismo monje y las mismas vasijas; una perfecta, la otra imperfecta.

La vasija perfecta se sabía perfecta, consideraba que su trabajo era perfecto y estaba muy orgullosa de su perfección.

La vasija agrietada, en cambio, cada vez estaba más y más avergonzada de sus limitaciones. Se sabía imperfecta y sufría mucho, porque estaba convencida de que su imperfección le impedía hacer bien el trabajo para el que había sido creada, el cual solo podía cumplir a medias.

Una tarde, junto al río, mientras el monje estaba llenando los dos recipientes, la tinaja que perdía agua habló:

—Perdóname. Por culpa de mis defectos, tú tienes que trabajar más. Me siento muy avergonzada y quisiera disculparme contigo. Hago mal mi trabajo porque solo llega al templo la mitad de mi carga y por eso debes hacer más viajes. Lo entenderé si quieres cambiarme por una vasija tan perfecta como mi compañera.

El aguador, un hombre bueno y sabio, la miró compasivamente, con una sonrisa en los labios, y le dijo:

—Volvamos ahora al templo. Durante el camino de regreso, olvídate de tu grieta y fíjate solo en las flores que crecen a lo largo del sendero.

La tinaja así lo hizo y vio muchas flores preciosas que crecían en el margen, pero eso no borró la pena que sentía. La belleza de las flores no cambiaba que fuera imperfecta y que en su interior solo quedara la mitad del agua con la que había iniciado el recorrido. Las flores no consiguieron cambiar que ella hiciera solo la mitad de su trabajo.

Al llegar al templo, el monje habló de nuevo con la tinaja agrietada:

—¿Te has dado cuenta de que solo crecen flores en la parte por la que tú vas? Yo siempre he sabido de tu imperfección. Siempre he sabido que tienes una grieta y, por eso, quise sacar partido de ella; quise que fuera útil. Desde hace dos años he ido sembrando semillas a lo largo del camino y tú, sin sospecharlo, las has ido regando a diario y las has hecho florecer. Yo he recogido esas flores para adornar con ellas las estancias del templo. Si tú no fueras tal y como eres, no hubiera sido posible crear y disfrutar de tanta belleza.

FIN

La historia de Kaguya-Hime

miyabi_by_aruarian_dancer

Ilustración: aruarian-dancer

Vivió una vez en Japón un viejecito llamado Taketori no Okina que se ganaba la vida cortando bambú. Un día, mientras faenaba en el bosque, un extraño resplandor proveniente de la espesura llamó su atención.

El anciano, empujado por la curiosidad, se internó en la floresta para descubrir asombrado que aquella misteriosa luz provenía de una caña de bambú muy alta, que parecía toda ella de plata pura.

—Venderé este tallo y con lo que me paguen por él, mi esposa y yo tendremos una vida mejor. Ya somos viejos y estamos cansados.

Golpeó la planta con todas sus fuerzas y la partió en dos, pero cuál no sería su sorpresa, al encontrar en su interior a un diminuto bebé que dormía apaciblemente. Era una hermosa niñita de piel blanquísima y cabello negro, envuelta en finas sedas. El anciano, procurando no turbar el sueño de la pequeña, la  tomó con delicadeza entre sus manos y se la llevó a su casa.

—¡Mira lo que he encontrado! —le dijo a su esposa mostrándole su hallazgo.

A la anciana se le iluminaron los ojos y respondió con una sonrisa:

—El cielo nos envía este precioso regalo.

Como el destino los había privado de la fortuna de tener hijos, decidieron adoptar a la niña, a la que pusieron por nombre Kaguya-Hime, Princesa Luz Radiante, y criarla como si se tratara de su propia hija.

La pequeña creció feliz junto a sus padres adoptivos y pronto alcanzó las proporciones de una niña normal. Después, siguió desarrollándose hasta convertirse en la muchacha más deslumbrante que ojos humanos hubieran contemplado jamás.

Cuando corrió la voz de lo especial que era, no tardó en formarse una larga cola de pretendientes frente a su casa, que esperaron pacientemente su turno frente a la puerta para pedir a Taketori no Okina la mano de su hija, no obstante, este dejó la elección en manos de la joven que, finalmente, tuvo que decidir entre los cinco finalistas.

Después de hablar con cada uno de ellos, Kaguya-Hime los envió a retos imposibles para ponerlos a prueba.

Al primero le dijo:

—Encuentra el cuenco en el cual Buda comió durante su viaje a Varanasi.

Al segundo le solicitó:

—Corta una rama de plata y oro de los árboles que crecen en Penglai.

La petición para el tercero fue:

—Tráeme el abrigo hecho con el pelo de la Rata de Fuego de Xianyang.

El requerimiento para el cuarto:

—Arrebata la piedra de mil colores que pende del cuello del dragón de Baoji.

Y, finalmente, al quinto le indicó:

—Recupera la concha de cauri que guardan las golondrinas de Nankín.

Los cinco jóvenes partieron en busca de los tesoros que Kaguya-Hime había solicitado.

El primero regresó e intento engañar a Kaguya-Hime entregándole un valioso cuenco de oro, engastado con ricas joyas que quiso hacer pasar por el auténtico.

—Esta que me presentas es una simple escudilla adornada, no es el cuenco de Buda, puesto que no desprende su luz.

El segundo no tenía idea de dónde buscar la rama de plata y oro, así que decidió encargársela a un orfebre y después se la llevó a la muchacha. La rama era tan idéntica a la original, que ella creyó que debería dar su consentimiento. Pero entonces, apareció el joyero reclamando a gritos el pago de su trabajo y se descubrió el engaño.

El tercer pretendiente pagó una cuantiosa fortuna a unos comerciantes que se dirigían a Xianyang para que le consiguieran el abrigo hecho con el pelo de la Rata de Fuego. Los mercaderes regresaron con un sobretodo que juraron y perjuraron que era auténtico y el crédulo comprador los creyó.

Cuando la muchacha lo tuvo entre las manos, dijo:

—Ciertamente esta prenda es extraordinariamente delicada. Probemos si su pelo es de verdad de la Rata de Fuego, el que no arde en ningún fuego.

Y dicho esto, Kaguya-Hime lanzó el abrigo a la hoguera, donde ardió hasta convertirse en ceniza.

El cuarto pretendiente, el más valiente de todos, intentó encontrar él mismo al dragón, pero en una de sus expediciones por mar, fue sorprendido por una terrible tormenta y jamás se volvió a saber de él.

El quinto muchacho escudriñó todos los nidos de golondrina de Nankín sin hallar la concha de cauri y, según se cuenta, casi se mata al caerse de bruces de la escalera en la cual se encaramaba para buscarla.

Entretanto, la fama de Kaguya-Hime seguía creciendo y llegó el día en el que el mismísimo Emperador del Japón la quiso conocer.

En cuanto la vio, quedó prendado de la extraordinaria joven y le propuso matrimonio. Sin embargo, ella rechazó la propuesta:

—Nuestro amor es imposible, provengo de un lejano lugar y algún día debo regresar a él. Cuando eso ocurra, no quiero verte sufrir.

A pesar de su negativa, el Emperador no cejaba en su empeño y continuamente le enviaba valiosos regalos para ablandar el corazón de la muchacha de los cabellos de ébano y conseguir que accediera a convertirse en su esposa. Pero Kaguya-Hime no aceptaba ninguno, se limitaba a mirar la Luna y, cada vez que lo hacía, sus ojos se anegaban de lágrimas. Sus padres adoptivos estaban muy preocupados e intentaban averiguar el motivo de tanta tristeza, pero ella no despegaba los labios.

Un día, poco antes de la luna llena de agosto, la princesa les explicó, por fin, el motivo de tanta tristeza:

—Estoy triste porque me visitó un mensajero de Tsuki no Miyako, la Ciudad de la Luna, y me comunicó que un cortejo vendrá a buscarme durante la luna llena de agosto para conducirme de regreso a mi reino.

La triste noticia de la inminente partida llegó a oídos del Emperador, el cual envió un ejército entero a custodiar la casa de su amada. Pero fue en vano, porque cuando la luna llena de agosto asomó, los soldados quedaron cegados por el intenso resplandor que desprendía el cortejo que llegaba en busca de la joven princesa y nada pudieron hacer para impedir su marcha.

La embajada celestial vistió a Kaguya-Hime con un radiante vestido confeccionado con plumas de plata y la condujeron hacia Tsuki no Miyako, dejando atrás a sus padres deshechos en llanto.

El Emperador no se resignó a su pérdida y, aunque no sabía cómo hacérselas llegar, le escribía interminables cartas a Kaguya-Hime.

Se le ocurrió entonces una idea y mandó emisarios por todo Japón para descubrir cuál era la montaña más alta de su imperio:

—¡Hallad la montaña que esté más cerca del cielo!

Volvieron los expedicionarios y le comunicaron al soberano que habían encontrado un monte llamado Fuji cuyo pico nevado apenas se distinguía y que, sin duda, era porque tocaba el cielo.

Allí se dirigió el Emperador y allí quemó todas las cartas para que el humo llevara su mensaje a la lejana princesa.

Cuenta la leyenda, que todavía hoy, de vez en cuando, del monte Fuji se eleva hacia el cielo un humo blanco. Algunos afirman que es el Emperador, que sigue quemando sus cartas con la esperanza de que la princesa reciba algún día su mensaje de amor y decida regresar a la Tierra junto al él.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La historia de Kaguya-Hime» con la voz de Angie Bello Albelda

logoAngie

Kitete, el hijo de Shindo

Kitete def2

Ilustración: Mónica Pereiro

Había una vez, una mujer chagga, llamada Shindo que vivía en un pueblo al pie del monte Kilimanjaro. Era viuda y no había tenido hijos y como vivía sola, siempre estaba muy cansada, ya que tenía que encargarse de todo. A diario limpiaba su casa y barría el patio, daba de comer a las gallinas; iba al río a lavar la ropa; acarreaba agua del pozo; cortaba la leña; cocinaba…

Cada noche, al ocultarse el sol, Shindo elevaba su vista hacia el monte y rogaba:

—¡Gran Espíritu de la montaña!, estoy cansada. ¡Envíame ayuda!

Cierto día en el que Shindo limpiaba el huerto de malas hierbas, apareció a su lado, de repente, un hombre que habló así a la sorprendida mujer:

—Soy mensajero del Gran Espíritu de la Montaña. Siembra estas semillas de calabaza y cuídalas, porque ellas son la respuesta a tus plegarias.

Dicho esto, desapareció.

Shindo se preguntó: “¿Cómo podrán ayudarme unas semillas de calabaza?», pero igualmente las sembró y las cuidó con esmero.

Asombrada, veía cómo crecían día a día. Tanto, que una semana más tarde, las calabazas ya habían madurado.

La mujer las cortó y se las llevó a su casa, les quitó la pulpa y las dejó huecas. Una vez preparadas, las colgó de una viga. Allí se secarían y se endurecerían y, cuando ya estuvieran listas, las vendería en el mercado para ser usadas como cuencos o jarras.

Separó y reservó para ella la calabaza más pequeña y la colocó junto al fuego para que se secara más rápidamente.

A la mañana siguiente, Shindo se marchó al campo a sembrar y mientras ella no estaba, las calabazas empezaron a cambiar. Les crecieron cabezas, brazos y piernas y, en poco tiempo, aquellas calabazas se habían trasformado en niños.

También la calabaza que Shindo había dejado junto al fuego, era ahora un niño y oyó como los otros lo llamaban desde la viga de la que pendían:

¡Kitete, hermano, bájanos de la viga!

Ayudaremos a mamá.

Bájanos de aquí, Kitete,

¡nuestro hermanito favorito!

Kitete ayudó a bajar a sus hermanos y hermanas de las vigas y ya en el suelo, los niños salieron de la casa y todos empezaron a cantar y a jugar en el patio…

Todos menos Kitete, que como había estado tan cerca del fuego, ahora era un niño débil y enfermizo, al que le costaba entender las cosas. Así, que mientras sus hermanos y hermanas cantaban y jugaban, Kitete los observaba sonriente, sentadito en la puerta de la casa.

Al poco, los niños dejaron de divertirse y pusieron manos a la obra: limpiaron la casa, barrieron el patio, alimentaron a las gallinas, lavaron la ropa en el río, acarrearon el agua del pozo, cortaron leña y cocinaron para que Shindo tuviera la comida preparada al regresar.

Cuando todo estuvo hecho, Kitete ayudó a sus hermanos a colgarse de la viga y poco después, todos eran de nuevo calabazas.

Al llegar Shindo aquella tarde, los vecinos le preguntaron:

—¿Quiénes eran esos niños que estaban hoy en tu casa? ¿De dónde han salido? ¿Por qué te ayudan con el trabajo de casa?

—¿Qué niños? ¿Os reís mí?» —contestó Shindo muy enojada.

Pero al entrar en su casa, se quedó atónita. ¡Todo el trabajo estaba hecho y su comida preparada! ¿Quién podía haber hecho aquello?

Al día siguiente, la historia se repitió. En cuanto Shindo se marchó, las calabazas se convirtieron en niños y gritaron a coro:

¡Kitete, hermano, bájanos de la viga!

Ayudaremos a mamá.

Bájanos de aquí, Kitete,

¡nuestro hermanito favorito!

Kitete los descolgó, jugaron un rato, terminaron las labores de la casa de la casa, subieron a la viga, y todos se convirtieron en calabazas de nuevo.

Una vez más, Shindo quedó desconcertada y decidió descubrir quién la estaba ayudando.

Al tercer día, Shindo fingió que se marchaba, pero en lugar de dirigirse al campo, se escondió para observar qué sucedía. Entonces vio a las calabazas convertirse en niños, y oyó como gritaban:

¡Kitete, hermano, bájanos de la viga!

Ayudaremos a mamá.

Bájanos de aquí, Kitete,

¡nuestro hermanito favorito!

Salieron de la casa, jugaron, hicieron los trabajos caseros y después, con la ayuda de Kitete, empezaron a encaramarse a la viga.

—¡No, no! —les dijo Shindo llorando— ¡No os transforméis de nuevo en calabazas! Seréis mis hijitos y os cuidaré y os querré.

Desde ese día, los niños se quedaron con Shindo, como sus hijos y ella ya nunca más estuvo sola. Todos juntos trabajaron tanto, que pronto mejoró la economía de la casa, y pudieron comprar un campo y un gran rebaño de ovejas y cabras. Todos hacían algo, excepto Kitete, que se quedaba junto al fuego sonriendo.

A Shindo esto no le importaba. De hecho, Kitete era su favorito, porque era como un tierno bebé. Pero en ocasiones, cuando ella estaba cansada o triste, pagaba su mal humor con él.

—¡Eres un niño inútil! —le decía— ¿Por qué no puedes ser inteligente como tus hermanos y hermanas, y trabajar como ellos?

Y Kitete la miraba y sonreía.

Un día que Shindo llevaba una gran olla a la cocina, tropezó con Kitete y se cayó al suelo. La olla de arcilla se hizo añicos y el guiso se esparció por todas partes.

—¡Muchacho tonto! —gritó Shindo— ¡Te tengo dicho que no te cruces en mi camino! Pero, ¿qué puedo esperar de ti si no eres un niño de verdad? ¡Solo eres una calabaza hueca!

En ese mismo instante, Kitete desapareció y en su lugar quedó la pequeña calabaza.

—¿Qué he hecho? —se lamentaba Shindo acariciando la anaranjada superficie— ¡No quería decir eso! Tú no eres una calabaza, tú eres mi hijito querido.

Los hermanos y hermanas de Kitete se miraron entre ellos, y todos subieron de un salto a la viga y al unísono gritaron:

¡Kitete, hermano, bájanos de la viga!

Ayudaremos a mamá.

Bájanos de aquí, Kitete,

¡nuestro hermanito favorito!

Pasó el rato y nada sucedía. Hasta que, de repente, la pequeña calabaza empezó a cambiar: le creció una cabeza, luego unos brazos, y finalmente unas piernas. ¡De nuevo era Kitete!

Shindo aprendió la lección, Kitete era distinto, pero no por ello menos valioso que el resto de sus hijos. A partir de entonces, tuvo mucho cuidado en repartir su amor entre todos por igual y ellos, a su vez, le ofrecieron consuelo y felicidad, durante el resto de sus días.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Kitete, el hijo de Shindo» con la voz de Angie Bello Albelda

logoAngie