Sin categoría

El molinillo mágico

Ilustración: Frederick Richardson

Había una vez, hace mucho, mucho tiempo dos hermanos, el uno rico y el otro pobre. El pobre no tenía nada para comer; así que fue a ver a su hermano y le rogó que le diera alguna cosa. El hermano rico era muy avaro y como no era la primera vez que el hermano pobre le pedía comida, le dijo:

—Si haces lo que te pido, te daré un jamón entero —le dijo.

El pobre, de inmediato, aceptó y prometió hacer lo que fuera.

—Aquí tienes. Ahora vete directamente al infierno —dijo el hermano rico, lanzándole el jamón.

Como había dado su palabra, el pobre tomó el jamón y se puso en marcha. Anduvo y anduvo durante todo el santo día y al anochecer llegó a un lugar donde había una brillante luz.

—No tengo ninguna duda, este es el lugar —se dijo el hombre con el jamón.

Cerca de donde estaba, había un anciano leñador con una larga barba blanca que estaba cortando leña.

—Buenas noches —dijo el hombre con el jamón.

—Buenas noches. ¿A dónde vas a estas horas? —contestó el leñador.

—Voy al infierno, ¿es este el camino? -preguntó el pobre hombre.

—¡Oh, sí, es aquí! —dijo el anciano— Cuando entres, todos querrán tu jamón, porque en el infierno no hay carne para comer; pero no se lo des a nadie menos que te dé a cambio el molinillo que esconden detrás de la puerta. Cuando salgas, te enseñaré a usarlo, porque sirve para casi todo.

El hombre agradeció el consejo y llamó a la puerta.

Le abrieron y, al entrar, todo sucedió tal como el anciano había dicho: todo la gente, grandes y pequeños, lo rodearon como si fueran hormigas en un hormiguero, y cada uno trató de conseguir el jamón.

—No debería dárselo a nadie, puesto que con él podría comer muchos días, pero ya que os empeñáis, os lo daré a cambio de ese molinillo que tenéis detrás de la puerta.

Al principio no quisieron ni oír hablar de aquello, pero después de mucho discutir, al final le dieron lo que pedía.

Cuando el hombre volvió a salir al patio, el viejo leñador le enseñó cómo funcionaba el molinillo, después el pobre le dio las gracias y se fue a casa a toda prisa.

Puso el molinillo sobre la mesa, y le ordenó:

—¡Muele pan, molinillo!, ¡Muele carne, molinillo! —Y con todo aquello, se preparó una rica cena—¡Qué maravilla! —exclamó el hombre al ver cómo aparecían las cosas.

Al día siguiente, invitó a su hermano rico a un gran banquete para compartir con él su suerte.

Cuando el hermano rico vio todo lo que había en el banquete y en la casa, se enojó muchísimo y sintió envidia de todo lo que su hermano tenía.

“Ayer era pobre; más pobre que una rata y vino a pedirme un poco de comida y ahora me ofrece un banquete digno del mismísimo rey”, pensó el hermano rico y, acto seguido, le preguntó:

—¿De dónde has sacado todas estas riquezas?

—De detrás de la puerta —dijo el pobre, que no quería revelar su secreto.

Pero después de mucho insistir, finalmente le contó a su hermano lo sucedido y le enseñó el molinillo:

—Solo tengo que decirle ¡Muele, molinillo! Y el se pone en marcha moliendo lo que le pido.

Desde aquel momento, el hermano rico no paró de insistir para conseguir el molinillo por todos los medios, poniendo en práctica sus artes de persuasión. Finalmente, lo consiguió pagando por él trescientas monedas de oro, aunque con una condición: el hermano pobre se lo entregaría después de cosechar el heno, porque pensó que, si lo guardaba hasta entonces, podría moler alimentos que le durarían durante años.

Así que el molino, molió y molió viandas y al llegar la cosecha del heno, se lo entregó al hermano rico, aunque el hermano pobre se cuidó muy bien de no enseñarle cómo se paraba. Se guardó para sí las enseñanzas del anciano.

Era de noche cuando el hermano rico llevó el molinillo a su casa, lo puso sobre la mesa de la cocina y ordenó:

—¡Muele, molinillo! Muele sardinas, garbanzos y leche.

El molinillo comenzó a moler sardinas, garbanzos y leche hasta llenar todos los platos de la cocina. Después se llenaron ollas, cazuelas, baldes… hasta que la comida empezó a esparcirse por el suelo.

El hombre intentó parar el molinillo, pero por más vueltas que le dio no obtuvo ningún resultado; el molinillo continuó la molienda y en poco tiempo, sardinas, garbanzos y leche se elevaron tan alto sobre el suelo, que el hombre corría el riesgo de ahogarse.  Así, que abrió la puerta de la cocina y corrió hacia el salón, pero no pasó mucho tiempo antes de que el molinillo llenara la estancia por completo también.

El hombre, consiguió abrir la puerta de la calle y salió corriendo camino abajo, con el torrente de sardinas, garbanzos y leche pisándole los talones, rugiendo como una cascada mientras él gritaba:

—¡Cuidado, que nadie se ahogue!

Finalmente, consiguió llegar a casa de su hermano y le rogó que parara el molinillo:

—¡Páralo, por favor! O todo el pueblo quedará bajo una montaña de comida.

Pero el hermano pobre no lo pararía hasta que el rico le pagara trecientas monedas de oro más.

Ahora, el hermano pobre tenía dinero y el molinillo. Así que no pasó mucho tiempo antes de que su casa fuera mucho mejor que la de su hermano.

Molió tanto oro, que cubrió toda su casa con él y como su casa estaba construida en la orilla del mar, el brillo que desprendía se podía ver mar adentro. Todo el que navegaba por allí iba a visitar el caserón de oro y a ver el molino maravilloso. Tan famoso se hizo, que no había nadie que no hubiera oído hablar de él.

Un día, llegó a la casa un capitán que deseaba ver el molino y le preguntó al hermano:

—¿Tu molinillo puede moler sal?

—¡Pues claro! Puede moler cualquier cosa solo debes decirle: ¡Muele sal, molinillo!

El capitán deseó con todas sus fuerzas tener el molinillo. Si lo tuviera, podría vender sal por todo el mundo sin tener que ir a buscarla lejos en su barco, afrontando en cada travesía innumerables peligros.

Al principio, el dueño del molinillo no quería ni oír hablar de separarse de él, pero el capitán rogó y rogó tanto, que el hombre cedió.

El capitán, por miedo a que el dueño del molinillo cambiara de opinión, partió a toda prisa, sin acordarse de preguntar cómo se paraba el molinillo,

Ya en alta mar, tomó el molinillo y ordenó:

—¡Muele sal, molinillo!

Y el molinillo comenzó a moler sal. Una vez lleno el barco, el capitán quiso detener el molinillo, pero no hubo forma de hacerlo. El montón de sal creció y creció y creció, hasta que, al final, el barco se hundió.

Según cuentan, el molinillo sigue en el fondo del mar y allí, sin parar, sigue moliendo y moliendo sal y es por eso por lo que el mar es tan salado.

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

El vendedor de sombreros

Ilustración: Roberto del Real

Había una vez un vendedor de sombreros que vivía en un pueblo muy lejano. Allí tenía una tienda en la que trabajaba fabricando sombreros de todo tipo: sombreros de paja, de fieltro y de telas de muchos colores, sombreros para fiestas y bodas, bautizos y funerales; sombreros para la lluvia y el sol.

Pero no le iba muy bien, pues todos en el pueblo ya tenían sombrero, no usaban sombrero, o simplemente no tenían dinero para comprarse uno.

Un día, cuando había terminado de hacer un buen montón de hermosos sombreros, decidió ir a venderlos a los pueblos vecinos.

Los echó todos en una canasta, tomó su viejo sombrero de paja y su bastón, y salió muy temprano anunciando:

—¡Vendo sombreros! ¡Vendo hermosos sombreros!

El vendedor caminó varias horas, y atravesó bosques y ríos, hasta que llegó a una pradera.

Luego se sentó cerca de unos árboles y abrió la canasta para contemplar sus sombreros. «Están todos tan bien hechos, y se ven tan elegantes. ¿Cómo no me van a comprar algunos?» pensaba el hombre, Luego, como estaba un poco cansado, decidió dormir una siestecita.

Después de unas horas, despertó y quiso continuar con su camino, pero cuál no fue su sorpresa cuando descubrió que la canasta estaba vacía y los sombreros ya no estaban dentro. ¡Todos los sombreros habían desaparecido!

El hombre estaba muy enojado y ya estaba pensando en volver cuando, de pronto, vio algo que lo dejó con la boca abierta: allí, en las ramas de los árboles había muchos monos y todos ellos llevaban puesto ¡UN SOMBRERO!

El hombre no sabía si reír o llorar. Entonces se puso a gritar con todas sus fuerzas:

—¡Monos, devuélvanme mis sombreros! ¡Son míos!

Y el hombre les hacía gestos para que le devolvieran sus sombreros,

Los monos se reían mucho de él y saltaban de rama en rama imitando todos los gestos del hombre.

El vendedor levantaba los brazos y los monos hacían lo mismo.

El vendedor pateaba sobre el suelo y los monos hacían lo mismo.

El vendedor les sacaba la lengua y los monos hacían lo mismo.

Cansado el hombre gritó por última vez:

—¡Ladrones! ¡Son unos ladrones! ¡Devuélvanme mis sombreros! —Y luego con desesperación tomó su viejo sombrero de paja y lo lanzó al suelo—.¡Tomen, también pueden llevárselo!

Y en esto que no termina de decirlo, los monos, imitándolo, tiraron también los sombreros al suelo.

El vendedor, sin pensarlo dos veces, corrió y rápidamente los recogió.

Los puso todos dentro de la canasta: los sombreros de paja, de fieltro y de telas de muchos colores, sombreros para fiestas y bodas, bautizos y funerales; sombreros para la lluvia y el sol y se fue anunciando:

—¡Vendo sombreros! ¡Vendo hermosos sombreros!

Luego apuró el paso y se dirigió al pueblo más cercano.

Dicen por allí que aquella tarde los vendió todos. Todos, todos y aunque alguien quiso comprarle su viejo sombrero de paja, él dijo que no.

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?