Dafne

En la mitología griega, ninfa metamorfoseada en laurel.

Apolo persigue a Dafne, (ilustradora: Dafne Ortiz)

Dafne significa ‘laurel’ en griego (en latín laurel es lauro, del que deriva el nombre de Laura).

En Grecia, el laurel, como todas las plantas siempre verdes, simbolizaba la inmortalidad. Se creía que era fuente de inspiración poética, propiciaba los sueños premonitorios y alejaba los rayos.

La planta estaba consagrada al dios Apolo, entre otras cosas, por su capacidad de arder por simple frotamiento, el fuego simbolizaba también a este dios, al que se representaba con el disco solar.

Los griegos atribuyeron a esta planta cualidades purificadoras, tanto espirituales como físicas. Por este motivo, después de las batallas, en los desfiles triunfales, los vencedores «limpiaban» la sangre vertida coronándose con laurel.

Tanto en monedas griegas como romanas, es frecuente encontrar a grandes personajes coronados con el laurel:

Laurel olímpico, (ilustradora: Dafne Ortiz)

Con el tiempo y por extensión, el laurel pasó a representar cualquier victoria y por su carácter de inmortalidad, se otorgaba una corona de laurel a los que destacaban en las ciencias o en las artes, especialmente, a los poetas. Gustavo Adolfo Bécquer lo refleja así en su Rima XII:
[…]
El verde es gala y ornato
del bosque en la primavera;
entre sus siete colores
brillante el Iris lo ostenta,
las esmeraldas son verdes;
verde el color del que espera,
y las ondas del océano
y el laurel de los poetas.

[…]

En ocasiones, Dafne (Δάφνη) es considerada hija de la diosa Gea (Tierra) y del río Ladón. En otras, su padre es el río tesalio Peneo.

Gea y el río Ladón / Peneo, (ilustradora: Dafne Ortiz)

Existen diversas fuentes que citan el mito, pero en todas es común que Dafne, para huir del acoso del dios Apolo, pida ayuda (a su padre, a Zeus o a Gea) y quien la auxilia la convierte en laurel. El dios Apolo, para consolarse de la pérdida, arranca varias hojas de ese árbol y con ellas se hace una corona. Desde ese momento, el laurel queda consagrado a él.

En una de las variantes, la ninfa, amante de la caza y de carácter esquivo, pasa la vida recorriendo los bosques junto a la diosa Artemisa, que la tiene como acompañante predilecta. Leucipo, hijo del rey Enómao de Élide, se enamora de Dafne y para poder acercarse a ella se viste de mujer y se mezcla con el resto de las ninfas que forman el cortejo de Artemisa. Dafne congenia enseguida con su nueva compañera y nunca se separan. Apolo se siente celoso e inspira en las ninfas el deseo de bañarse en una fuente. Leucipo no quiere desnudarse, pero sus compañeras lo obligan. Al descubrir el engaño, lo amenazan con sus lanzas, pero el príncipe puede salvarse gracias a la intervención de los dioses, que lo vuelven invisible (en otras versiones, las ninfas consiguen darle muerte). Apolo aprovecha el momento de confusión para correr tras Dafne, con la intención de apresarla y esta emprende la huida. Cansada y sintiendo el aliento del dios en su nuca, invoca la ayuda de su padre el río, que la convierte en laurel.

Dafne furiosa al descubrir el engaño de Leucipo, (ilustradora: Dafne Ortiz)

En otras versiones, es su madre Gea, la que la ayuda haciéndola desaparecer llevándola a Creta, donde se la conoce con el nombre de Pasífae. En el lugar de la ninfa, Gea hace crecer un laurel:

IX.- […] El templo y oráculo de Pasífae existía en Tálamas, y dicen algunos que ésta era una de las Atlántides nacidas de Zeus, la cual había sido madre de Amón: otros, que la hija de Príamo, Casandra, que allí había fallecido, y que por revelar a todos sus vaticinios se llamaba Pasífae; pero Filarco escribe haber sido la hija de Amiclas, llamada Dafne, la que, huyendo de Apolo, que quería violentarla, se convirtió en planta tenida en aprecio por el dios, y dotada con la virtud profética. Refiérese, pues que también los vaticinios de esta ninfa habían ordenado a los Espartanos que vivieran en igualdad, según la ley que al principio les había dado Licurgo […].

«Agis», VIDAS PARALELAS, Plutarco.

Oráculo de Dafne / Pasifae, (ilustradora: Dafne Ortiz)

En Las metamorfosis, Ovidio nos relata el mito completo. En esta versión Apolo, tras vencer a Pitón, se jacta de sus hazañas ante Cupido y afirma que el pequeño dios no puede tensar su arco de guerra, mucho más grande que el del pequeño dios alado. Cupifo, para escarmentarlo, le dispara una flecha de oro a él (que provoca amor) y otra de plomo a Dafne (que provoca rechazo). Apolo obsesionado con la ninfa, la persigue hasta que, al final, Dafne pide ayuda y es convertida en laurel.

Apolo y Dafne

El primer amor de Febo: Dafne la Peneia, el cual no

el azar ignorante se lo dio, sino la salvaje ira de Cupido.

El Delio a él hacía poco, por su vencida sierpe soberbio,

le había visto doblando los cuernos al tensarle el nervio,                                                                    455

y: «¿Qué tienes tú que ver, travieso niño, con las fuertes armas?»,

había dicho; «ellas son cargamentos decorosos para los hombros nuestros,

que darlas certeras a una fiera, dar heridas podemos al enemigo,

que, al que ahora poco con su calamitoso vientre tantas yugadas hundía,

hemos derribado, de innumerables saetas henchido, a Pitón.                                                           460

Tú con tu antorcha no sé qué amores conténtate

con irritar, y las alabanzas no reclames nuestras».

El hijo a él de Venus: «Atraviese el tuyo todo, Febo,

a ti mi arco», dice, «y en cuanto los seres ceden

todos al dios, en tanto menor es tu gloria a la nuestra».                                                                     465

Dijo, y rasgando el aire a golpes de sus alas,

diligente, en el sombreado recinto del Parnaso se posó,

y de su saetífera aljaba aprestó dos dardos

de opuestas obras: ahuyenta éste, causa aquél el amor.

El que lo causa de oro es y en su cúspide fulge aguda.                                                                         470

El que lo ahuyenta obtuso es y tiene bajo la caña plomo.

Éste el dios en la ninfa Peneide clavó, mas con aquél

hirió de Apolo, pasados a través sus huesos, las médulas.

En seguida el uno ama, huye la otra del nombre de un amante,

de las guaridas de las espesuras, y de los despojos de las cautivas                                                  475

fieras gozando, y émula de la innupta Febe.

Con una cinta sujetaba, sueltos sin ley, sus cabellos.

Muchos la pretendieron; ella, evitando a los pretendientes,

sin soportar ni conocer varón, bosques inaccesibles lustra

y de qué sea el Himeneo, qué el amor, qué el matrimonio, no cura.                                               480

A menudo su padre le dijo: «Un yerno, hija, me debes».

A menudo su padre le dijo: «Me debes, niña, unos nietos».

Ella, que como un crimen odiaba las antorchas conyugales,

su bello rostro teñía de un verecundo rubor

y de su padre en el cuello prendiéndose con tiernos brazos:                                                             485

«Concédeme, genitor queridísimo» le dijo, «de una perpetua

virginidad disfrutar: lo concedió su padre antes a Diana».

Él, ciertamente, obedece; pero a ti el decor este, lo que deseas

que sea, prohíbe, y con tu voto tu hermosura pugna.

Febo ama, y al verla desea las nupcias de Dafne,                                                                                    490

y lo que desea espera, y sus propios oráculos a él le engañan;

y como las leves pajas sahúman, despojadas de sus aristas,

como con las antorchas los cercados arden, las que acaso un caminante

o demasiado les acercó o ya a la luz abandonó,

así el dios en llamas se vuelve, así en su pecho todo                                                                             495

él se abrasa y estéril, en esperando, nutre un amor.

Contempla no ornados de su cuello pender los cabellos

y «¿Qué si se los arreglara?», dice. Ve de fuego rielantes,

a estrellas parecidos sus ojos, ve sus labios, que no

es con haber visto bastante. Alaba sus dedos y manos                                                                         500

y brazos, y desnudos en más de media parte sus hombros:

lo que oculto está, mejor lo supone. Huye más veloz que el aura

ella, leve, y no a estas palabras del que la revoca se detiene:

«¡Ninfa, te lo ruego, del Peneo, espera! No te sigue un enemigo;

¡ninfa, espera! Así la cordera del lobo, así la cierva del león,                                                             505

así del águila con ala temblorosa huyen las palomas,

de los enemigos cada uno suyos; el amor es para mí la causa de seguirte.

Triste de mí, no de bruces te caigas o indignas de ser heridas

tus piernas señalen las zarzas, y sea yo para ti causa de dolor.

Ásperos, por los que te apresuras, los lugares son: más despacio te lo ruego                             510

corre y tu fuga modera, que más despacio te persiga yo.

A quién complaces pregunta, aun así; no un paisano del monte,

no yo soy un pastor, no aquí ganados y rebaños,

hórrido, vigilo. No sabes, temeraria, no sabes

de quién huyes y por eso huyes. A mí la délfica tierra,                                                                          515

y Claros, y Ténedos, y los palacios de Pátara me sirven;

Júpiter es mi padre. Por mí lo que será, y ha sido,

y es se manifiesta; por mí concuerdan las canciones con los nervios.

Certera, realmente, la nuestra es; que la nuestra, con todo, una saeta

más certera hay, la que en mi vacío pecho estas heridas hizo.                                                          520

Hallazgo la medicina mía es, y auxiliador por el orbe

se me llama, y el poder de las hierbas sometido está a nos:

ay de mí, que por ningunas hierbas el amor es sanable,

y no sirven a su dueño las artes que sirven a todos».

Del que más iba a hablar con tímida carrera la Peneia                                                                         525

huye, y con él mismo sus palabras inconclusas deja atrás,

entonces también pareciendo hermosa; desnudaban su cuerpo los vientos,

y las brisas a su encuentro hacían vibrar sus ropas, contrarias a ellas,

y leve el aura atrás daba, empujándolos, sus cabellos,

y acrecióse su hermosura con la huida. Pero entonces no soporta más                                         530

perder sus ternuras el joven dios y, como aconsejaba

el propio amor, a tendido paso sigue sus plantas.

Como el perro en un vacío campo cuando una liebre, el galgo,

ve, y éste su presa con los pies busca, aquélla su salvación:

el uno, como que está al cogerla, ya, ya tenerla                                                                                      535

espera, y con su extendido morro roza sus plantas;

la otra en la ignorancia está de si ha sido apresada, y de los propios

mordiscos se arranca y la boca que le toca atrás deja:

así el dios y la virgen; es él por la esperanza raudo, ella por el temor.

Aun así el que persigue, por las alas ayudado del amor,                                                                      540

más veloz es, y el descanso niega, y la espalda de la fugitiva

acecha, y sobre su pelo, esparcido por su cuello, alienta.

Sus fuerzas ya consumidas, palideció ella y, vencida

por la fatiga de la rápida huida, contemplando las peneidas ondas:

«Préstame, padre», dice, «ayuda; si las corrientes numen tenéis,                                                   545

por la que demasiado he complacido, mutándola pierde mi figura».

Apenas la plegaria acabó un entumecimiento pesado ocupa su organismo,

se ciñe de una tenue corteza su blando tórax,

en fronda sus pelos, en ramas sus brazos crecen,

el pie, hace poco tan veloz, con morosas raíces se prende,                                                                550

su cara copa posee: permanece su nitor solo en ella.

A ésta también Febo la ama, y puesta en su madero su diestra

siente todavía trepidar bajo la nueva corteza su pecho,

y estrechando con sus brazos esas ramas, como a miembros,

besos da al leño; rehúye, aun así, sus besos el leño.                                                                              555

Al cual el dios: «Mas puesto que esposa mía no puedes ser,

el árbol serás, ciertamente», dijo, «mío. Siempre te tendrán

a ti mi pelo, a ti mis cítaras, a ti, laurel, nuestras aljabas.

Tú a los generales lacios asistirás cuando su alegre voz

el triunfo cante, y divisen los Capitolios las largas pompas.                                                                560

En las jambas augustas tú misma, fidelísisma guardiana,

ante sus puertas te apostarás, y la encina central guardarás,

y como mi cabeza es juvenil por sus intonsos cabellos,

tú también perpetuos siempre lleva de la fronda los honores».

Había acabado Peán: con sus recién hechas ramas la láurea                                                              565

asiente y, como una cabeza, pareció agitar su copa.

Las metamorfosis, Ovidio

 

***

Siglos más tarde, Garcilaso de la Vega (1501-1536), en su Soneto XIII contó así la historia:

A Dafne ya los brazos le crecían

y en luengos ramos vueltos se mostraban;

en verdes hojas vi que se tornaban

los cabellos qu’el oro escurecían;

de áspera corteza se cubrían

los tiernos miembros que aun bullendo ‘staban;

los blancos pies en tierra se hincaban

y en torcidas raíces se volvían.

Aquel que fue la causa de tal daño,

a fuerza de llorar, crecer hacía

este árbol, que con lágrimas regaba.

¡Oh miserable estado, oh mal tamaño,

que con llorarla crezca cada día

la causa y la razón por que lloraba!

 

Mitología griega

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