Ojáncano, Ojáncana

Seres malignos de la mitología cántabra

El ojáncano, denominado también ojáncanu juáncanu, jáncano, pelujáncanu o páncano, dependiendo de la zona,​ es una especie de ogro enorme, desagradable y malvado de la mitología de La Montaña, es la personificación del mal para los montañeses. Es cruel, sanguinario y brutal y extremadamente fuerte. Su único objetivo es hacer daño y lo mueve la ira y el odio. Su principal objetivo es destruir lo que tiene cerca. El cíclope (mitología griega), el patarico (mitología asturiana)  y el tártalo (mitología vasca y aragonesa) son parecidos a él.

De carácter salvaje, fiero y vengativo, habita en los parajes más inhóspitos de Cantabria, en profundas y lúgubres grutas, cuyas entradas suelen estar cegadas, para impedir el paso a los humanos, con maleza y grandes rocas que arranca del terreno circundante. Por este motivo, se dice que puede saberse que el ojáncano está cerca, porque la zona en la que habita está llena de desfiladeros y barrancos.

De altura gigantesca, tiene un aspecto aterrador con su único ojo enorme, similar al del cíclope, rodeado de verrugas y que brilla de noche como si de una hoguera se tratara. A pesar de tener un solo ojo, su visión es muy aguda y es capaz de ver a largas distancias.

De cada uno de sus pies y manos descomunales, sobresalen diez dedos en cuyo extremo crecen afiladas garras.

En su enorme y fea cara, picada de viruelas y de un moreno amarillento, sobresalen repugnantes verrugas y bajo su ojo cuelga una nariz deforme y prominente. En su boca, dos filas de dientes se esconden tras unos labios carnosos.

Su voz es tan grave y profunda, que cuando habla parece que está tronando.

El cuerpo descomunal está cubierto por el pelo áspero y rojizo de su enmarañada melena y su espesa barba, en la que crece escondido un único pelo blanco, su punto débil. Si se consigue arrancar ese pelo blanco el ojáncano pierde la visión y después muere.

Suele estar acompañado de uno o dos cuervos, el único animal con el que se lleva bien y que lo alerta de lo que ocurre cerca de él.

También se dice que muere cuando lo toca un sapo volador, su peor enemigo junto a las lechuzas. Si un sapo lo toca, el gigante muere a no ser que consiga arrancar y mascar una hoja verde de avellano machada de sangre de zorro.

Además de carne humana y de osos y lobos, de los que obtiene parte de su fuerza, se alimentan de bellotas, de hojas de acebo, de todo tipo de animales y de mazorcas de maíz que roba en las casas. También come murciélagos y aves, tallos de morera, miel y suele robar a los pescadores truchas y anguilas.

Ente los perjuicios causados por este ser está derribar árboles, los cuales arranca de cuajo, sobre todo cuando hay viento porque su pelo se enreda entre sus ramas, cegar fuentes, robar ovejas, raptar a jóvenes pastoras, destruir puentes, matar gallinas y vacas, abrir simas y barrancos, arrastrar peñas hasta el lugar de pasto de del ganado, romper tejas de los techos, robar imágenes en las iglesias y arrancar los cuernos a las vacas. Además, siembra entre los lugareños el rencor, la soberbia, la envidia y el robo.

La versión femenina, la ojáncana o juáncana, al igual que él es un personaje sanguinario y con el mismo aspecto aterrador, pero a diferencia de su pareja masculina, la ojáncana tiene dos ojos legañosos, largos pechos, que para correr mejor se echa sobre la espalda, y no tiene barba. A cada lado de su enorme boca, sobresale un colmillo curvado, semejante a los del jabalí. Su pelo es largo, oscuro y alborotado, y de su boca sobresalen enormes y retorcidos dientes.

Posee alguna similitud con las lamias, pero supera a estas en crueldad. Sus víctimas predilectas son los niños que se pierden en los bosques, a los que se come a dentelladas después de haber chupado hasta la última gota de su sangre. Por este motivo, se protege a los recién nacidos con agua bendita, para evitar que sean raptados por tan terrible monstruo.

La reproducción entre ojáncanos y ojáncanas es peculiar: cuando uno de estos seres envejecen, el resto lo mata, le abre el vientre para repartirse lo que lleve dentro y lo entierran bajo un roble. Pasados nueves meses, del cadáver salen unos enormes y viscosos gusanos amarillos que, según cuentan, huelen a carne podrida. Estos gusanos durante tres años son amamantados por una ojáncana con la sangre que brota de sus grandes pechos, convirtiéndose posteriormente en ojáncanos y ojáncanas.

Ambos representan la antítesis a la dulzura y bondad de las anjanas y solo ellas o un duende pueden proteger a los humanos de ellos y castigar a estos seres terribles. Aunque los humanos, para tratar de apaciguarlos, ponen a la entrada de las cuevas en las que se cree que habitan cuencos con sangre de animal y pan de mijo y leche.

A pesar de ello, hay noticias de que cada cien años nace un ojáncano bueno. Cuando eso ocurre, si alguna persona valiente llega a acariciarlo, el ojáncano bueno, en agradecimiento, avisa de la cercanía de ojáncanos malos.

Mitología cántabra

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