abuela

Caperucita, Ramiro y el colgante

Ilustración: poubelle-de-dav

Érase una vez un lobo llamado Ramiro, siempre sonriente y siempre dispuesto a ayudar al resto de animales del bosque. Un día, salió triste de su casa; había perdido el colgante que le había regalado su abuela. Era muy especial para él, porque le daba suerte y le permitía sentirse cerca de su abuela y pedirle consejo si lo necesitaba.

—¿Qué te pasa, Ramiro? —le preguntó su amigo Roberto, el pájaro carpintero, al verlo aparecer con cara compungida.

—He perdido el colgante que me regaló mi abuela. Lo he buscado por todos sitios, pero no logro encontrarlo.

—Yo sé quién lo tiene. La semana pasada, vi a una niña vestida con un traje rojo que recogía fruta; lo encontró al pie de un árbol y se lo llevó.

—¿Y sabes dónde podría encontrar a esa niña?

—Alguna vez la he visto visitando una casa en medio del bosque. Pregunta allí.

—Gracias, Roberto.

Tras caminar un rato, Ramiro escuchó que alguien cantaba:

—La, la, la, la…

—Hola, soy Ramiro. ¿Cómo te llamas?

—Hola Ramiro, soy Caperucita. Voy a casa de mi abuelita a llevarle esta cesta de comida —dijo la niña, que vestía una capa roja.

Ramiro se dio cuenta de que lucía en el cuello su colgante.

—¿Te puedo acompañar? El bosque es peligroso.

—Sí, gracias, Ramiro.

—Caperucita, ¿estuviste hace unos días en el bosque? —le preguntó poco después.

—Yo ando mucho por el bosque. Me gusta recoger flores y frutas para mi abuela.

—¿No encontrarías, por casualidad, un colgante? Perdí uno hace poco.

—¿Yo? —Caperucita escondió con disimulo la joya dentro de su blusa, pero Ramiro se dio cuenta—. No, yo no me llevo las cosas de los demás.

Triste, Ramiro pensó hablar con la abuela de Caperucita para que convenciera a su nieta de que le devolviese su colgante.

—Caperucita, ¿vive muy lejos tu abuelita?

—No, muy cerca, justo al lado del pantano.

—Como esta zona ya es segura, ¿te puedo dejar sola? Se me ha hecho tarde y tengo que volver a casa.

—Claro. Gracias por tu compañía.

—Por cierto, para ir a casa de tu abuela, te recomiendo que sigas el camino de la derecha en la bifurcación que hay más adelante, está lleno de flores y frutas.

Ramiro se marchó y fue por el camino de la izquierda, el más directo para llegar a casa de la abuelita. Cuando Ramiro llegó allí, a Caperucita aún le quedaba un buen trecho por recorrer.

—Buenos días, abuelita. Hace unos días, su nieta Caperucita se encontró un colgante que yo había perdido. He estado con ella hace un rato y aunque se lo he visto puesto, ella me ha dicho que no lo tenía. ¿Puede pedirle usted que me lo devuelva?

—¡No seas mentiroso! Mi nietecita es demasiado buena como para mentir así.

—¡Pero le digo la verdad!

—Bueno, tranquilo. Hablaré con ella. Te traeré algo de beber mientras la esperamos.

La abuelita fue a la cocina, descolgó un rodillo y, con él en las manos, se abalanzó sobre Ramiro, que asustado abrió la boca para gritar, pero en vez de eso, lo que hizo fue comerse a la abuela de un solo bocado sin querer.

En ese preciso instante, el lobo oyó el lejano canturreo de Caperucita, que se acercaba. Se puso nervioso y se metió en la cama de la abuelita temblando.

Al entrar en la casa, Caperucita vio el rodillo tirado en el suelo y lo recogió. Eso la hizo sospechar, porque su abuela era muy ordenada.

—Abuelita, ya he llegado —gritó desde el salón la pequeña.

—Pasa, pasa. Estoy en la habitación —dijo el lobo intentando suavizar la voz.

Al ver al animal entre las sábanas, Caperucita exclamó:

—Abuelita, abuelita. Te noto un poco rara, ¿qué te ocurre?

—E… esto… estoy un poco enferma.

—Abuelita, abuelita. Qué ojos más grandes tienes.

—Em… pues… ¡Es que son para verte mejor! —improvisó Ramiro.

—Abuelita, abuelita… qué nariz más grande tienes.

—Pues… es que… ¡Es para olerte mejor! —disimuló olisqueando su cabello.

Caperucita sabía que esa no era su abuelita.

De pronto, Ramiro vio reflejado en el espejo del armario el rodillo que la niña escondía a su espalda.

—Abuelita, abuelita… qué boca tan grande tienes.

—Es… ¡para comerte mejor! —gritó Ramiro intentando asustar a Caperucita para que no lo atacase.

La pequeña dio un salto hacia atrás y Ramiro aprovechó para quitarle el colgante. La niña gritó pidiendo socorro, mientras no dejaba de repetir que el lobo se la quería comer. Ramiro aullaba para intentar calmarla. Los gritos de ambos alertaron a un cazador que se acercó con cautela y observó desde la ventana cómo Caperucita corría hacia Ramiro. El pobre, arrinconado y temeroso, cerró los ojos y abrió su enorme boca para gritar y, justo entonces, Caperucita se metió sola en la boca del lobo.

Ramiro se sentó en un sillón para pensar en qué podía hacer y ahí se quedó dormido.

Mientras, el cazador, que había juntado muchas piedras en la entrada de la casa, entró sigiloso y con un enorme cuchillo le abrió la tripa a Ramiro para sacar a Caperucita y a la abuelita y meter las piedras en su lugar. Luego lo cosió y los tres se escondieron para ver qué ocurría.

Ramiro despertó y decidió ir a dar un paseo para seguir meditando. Caperucita, la abuelita y el cazador lo siguieron. En el pequeño pantano cercano, el lobo se paró para beber agua y, al inclinarse sobre el borde, el peso de las piedras lo precipitó hacia el fondo. Todos pensaron que aquel era el fin.

Pero, poco después, Ramiro salió a la superficie a lomos de un hipopótamo, al cual le agradeció que le hubiese salvado la vida. Por suerte, el agua había deshecho el hilo con el que el cazador había cosido la barriga del lobo y las piedras se habían hundido en el pantano. Preocupado, por si también había perdido el colgante, Ramiro se echó la mano al bolsillo, pero al comprobar que lo tenía, respiró tranquilo.

Volvió, muy enfadado, a casa de la abuelita para pedir explicaciones por lo mal que lo habían tratado, pero al acercarse, oyó música y risas. Se escondió tras unos arbustos y vio que Caperucita y los demás habían organizado una gran fiesta. Prefirió no pensar en lo que celebraban, simplemente se puso el colgante, sonrió y regresó, feliz, a su casa.

FIN

La abuela tejedora

Ilustración: Moonshen

Un día llegó a una pequeña ciudad una abuela muy anciana. Solo llevaba un bastón y un par de agujas de tejer. Recorrió la ciudad y no encontró casa, entonces se sentó en el campo sobre una piedra fría y tejió unas hermosas pantuflas para reposar sus pies cansados.

Pero la abuela no quiso poner sus pantuflas sobre la tierra. Así que se tejió un tapete.

Luego se preguntó dónde lo podría extender. A su alrededor solo había espinas y rastrojo. Y de nuevo se puso a trabajar. Suenan, suenan las agujas.

Dos segundos más tarde, había tejido el piso, y de ese problema se olvidó.

Pero ahora, ¿dónde conseguiría una cama o un sillón? De nuevo se puso a trabajar. Suenan, suenan las agujas. Tejió una cama, una almohada y un colchón. Tejió una funda, una colcha y una sábana.

Pero ¿cómo podría dormir sin una cortina? Y de nuevo se puso a trabajar. Suenan, suenan las agujas. Tejió una pared, una ventana y un mosquitero. Tejió una columna y luego otra y sobre ellas tejió el techo.

Pero, sin té ni tetera, ¿qué haría para desayunar? Entonces se puso a tejer una tetera y un pastel. Tejió tres tazas, pues sola ahí no quería vivir. Suenan, suenan las agujas.

La abuela supo qué quería, se tejió un nieto y una nieta.

Con hilo fino les agregó unas muecas de tristeza, otras de risa y mucha picardía. Afuera tejió césped y flores. Adentro, puertas con manijas. Y los dos nietos salieron a la terraza a brincar sobre hierba de estambre verde.

La abuela seguía tejiendo juguetes, estantes, roperos, mientras afuera dos pícaros traviesos algunas flores destejieron.

Luego el pícaro atrapó a la pícara y le rompió unos hilos del tobillo. Y ella a su hermano le descosió un pedazo de espalda.

La abuela tejedora no se enojó. Remendó el tobillo y el pedazo de espalda reparó.

Con estambre negro tejió un poco de oscuridad, acostó a los niños y los arropó. Y frente a la cama se sentó a tejer dulces sueños de fina trama.

Por la mañana tejió un libro para cada uno de sus nietos y a la escuela los llevó. Pero los maestros dijeron al verlos:

—No aceptamos niños de estambre.

La abuela contestó:

—Son niños lindos y encantadores. Vean lo que saben. Son tejidos, pero no es culpa de ellos.

—¿Niños de hilo y huecos? ¡No en nuestra escuela! ¡Eso no es respetable! —dijeron los maestros.

La abuela era obstinada Así que suenan, suenan las agujas.

Tejió un coche y en él viajaron a exigir una disculpa. El alcalde y sus consejeros escucharon a la abuela y decidieron que en una ciudad decente no podían aceptar niños llenos de agujeros.

—¿Qué clase de alcaldía es ésta? —preguntó la abuela y, de nuevo, se puso a trabajar.

Suenan, suenan las agujas. Tejió un avión, y en él volaron a la capital. Discutieron con el presidente y sus ministros

—¿Niños de hilo y huecos?

Fruncieron la nariz y declararon:

—El alcalde y los maestros no se equivocan, aquí no hay lugar para niños de estambre.

Ya para entonces la pequeña ciudad era famosa. De todas partes venían turistas a conocer la extraña casa y su jardín.

El alcalde y sus consejeros decidieron levantar una cerca para proteger la casa, pues en ninguna otra parte había una así, toda tejida. Pero la cerca no sirvió, pues la abuela tejedora, muy enojada, destejió en secreto por la noche la casa entera: las puertas, las paredes, la cerca, las flores, la tetera.

Ya no suenan las agujas.

Cuando desapareció todo, la abuela destejió a sus nietos también. Tomó su bastón y abandonó el lugar para siempre.

Pero la abuela encontrará otro lugar y tejerá todo nuevamente. Lo primero serán sus nietos, para que vuelvan a reír y a correr. Y si en aquel lugar encontrara gente agradable, que con gusto acepte a sus nietos, la abuela tejedora, sin preocuparse, se sentará a tejer y tejerá, tejerá, tejerá…

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan ¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

Un tesoro bajo el sofá

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No podéis ni imaginar la de cosas maravillosas que se esconden bajo un sofá. Solo hay que ser lo bastante valiente para alargar el brazo y no hacer ascos a lo que podáis encontrar.

Irene tiene una caja llena de tesoros encontrados bajo el sofá: una punta de lápiz de color verde manzana, un encendedor que no funciona, tres tapones de bolígrafo medio roídos y un alfiler.

Hace unos días, también encontró dos pelusas de Miula. Estaban pegadas al trocito de mortadela que se le cayó mientras merendaba. Pero las pelusas no las guardó.

Después de la limpieza del domingo, en casa no se encuentran demasiados tesoros bajo el sofá y, por eso, hoy Irene ha tenido que poner los dos brazos bajo la butaca. Se ha estirado cual larga es y casi se habría colado por el agujero a ras del suelo si su madre no la hubiera enganchado por los pies como quien atrapa una lagartija.

Pero la «lagartija» lleva el puño bien cerrado y una sonrisa de oreja a oreja. «Esta vez he pescado algo grande», piensa, y abre la mano delante de su madre muy orgullosa.

—¿Aún has encontrado porquerías? —le ha dicho mamá—Anda, dame que lo tiro.

Irene ha huido de las «garras todolotiran» de mamá.

—Pero, ¿qué dices? ¡¿Una porquería?! —grita indignada—. Pero, si es el cuadro más chiquito y bonito que he visto en toda mi vida. Una obra de arte en miniatura. ¡Y qué colores! Esto lo tiene que ver papá…

Lo encuentra doblando la colada y bostezando.

—Papá, ¿verdad que esto es un tesoro de un valor que no se puede ni contar?

—Será «de valor incalculable», Irene…—la corrige su padre.

—¡Eso! ¡Un tesoro de valor incalculable! —sonríe ella satisfecha— ¡Si ya sabía yo que tenía razón!

Segura de que Marcos se morirá de envidia, corre a la habitación de su hermano. La puerta está cerrada —para variar— y ella grita para hacerse oír:

—¡Marcos, mira que he encontrado!, ¡soy rica!

—Sí, lo más seguro —contesta su hermano desde dentro.

—¡Te lo prometo! Abre y verás…

Marcos abre la puerta solo a medias y estira la mano. Irene duda, pero, finalmente, le alarga su tesoro de valor incalculable.

—¿Esto? ¡Esto ya no vale para nada, pedazo de chorlito! Ahora hay ordenadores —se burla Marcos y le devuelve su tesoro.

Cabizbaja sale al jardín. Al otro lado de la valla está la vecina, Josefina, que le pellizca cariñosamente la mejilla.

—¿Qué te pasa, Irene, preciosa? Tienes una cara de pescado hervido que asusta.

—Es que Marcos dice que esto no vale para nada —Y le enseña su tesoro de valor incalculable, que ya no tiene ningún valor.

La vecina lo mira y, de repente, es ella la que pone ojos de pescado hervido. Y le cuenta no sé qué de un antiguo novio, que siempre le escribía y perfumaba las cartas. Cartas larguísimas llenas de «terroncitos de azúcar», de «miradas de caramelo», de «besos de café con leche», de «caricias de miel»…

Irene, empachada, se marcha a dar una vuelta. ¡Ahora sí que ya no entiende nada! Su tesoro de valor incalculable, que ya no vale para nada, resulta que es más dulce que una piruleta de pastel de chocolate blanco. ¡Ecs!

—¿Qué llevas en la mano, Irene? —pregunta Pedro, el cartero.

—No mucho. Un tesoro de valor incalculable, que ya no vale para nada y que es más dulce que una piruleta de pastel de chocolate blanco.

—¿Me lo dejas ver? —pide curioso Pedro.

Irene abre la mano, ya sin muchas esperanzas. Pedro sonríe. Sonríe tanto, que su boca parece un buzón boquiabierto.

—¡Caramba, Irene! ¡Pero si esto es una varita mágica!, ¡un pozo de los deseos!, ¡la lámpara de Aladino! ¡Qué hallazgo!

Irene lo mira dubitativa, pero Pedro, muy serio, le explica que aquel cuadradito tan pequeño es un teléfono directo que la comunicará con su hada madrina, pero que solo él es capaz de hacerlo funcionar, así que se lo tendrá que dar. Y entonces le pregunta quién es su hada madrina.

—Hombre, hada, hada no sé si es, pero mi madrina es la abuela Mercedes, la que vive en el pueblo —le aclara Irene.

—¡Ah!, ya sé. Vamos bien. Y ahora el deseo. Toma, escribe lo que más te gustaría tener en el mundo en este papel…

Al cabo de cinco días, suena el timbre. Irene sale volando, directa hacia la entrada.

—¡Ya abro yo! ¡Ya abro yo!

—Antes pregunta quién es —dice la madre.

Pero ya es demasiado tarde, Irene ha abierto la puerta y encuentra a la abuela Mercedes plantada en el jardín. De su mano, cuelgan unas riendas y las riendas tiran de un caballo que lleva un gran lazo en la cola.

—¡Es mi deseo, es mi deseo! —grita sin parar Irene mientras brinca.

Miula, mamá, papá y Marcos, al oír sus gritos, se asoman para ver qué ocurre y se encuentran a Irene y a la abuela en el porche, sentadas en el viejo balancín. Además del caballo, la abuela le ha llevado otra sorpresa: una cajita llena a rebosar de sellos de correo.

—¡Oh!, son todos como el tesoro que encontré bajo el sofá—Se maravilla Irene.

—Sí —sonríe la abuela Mercedes— Son tesoros. Y valen tanto como tú los quieras hacer valer.

Y mientras acaricia su cabeza le dice:

—Escríbeme a menudo, linda, y cuéntame todos tus deseos.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Un tesoro bajo el sofá” con la voz de Angie Bello Albelda

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Tres tristes tortugas

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Por si no lo sabías, las tortugas viven doscientos años y aunque parezca una eternidad, eso no es vivir para siempre, porque un día mueren.

Todos los seres de la tierra que respiramos llega un día en el que gastamos toda la vida que trajimos al nacer y entonces desaparecemos.

Es como si en nuestro interior, una pila repleta de energía, como la que les ponemos a los muñecos para que funcionen, se terminara. Cuando ocurre eso, tanto los muñecos como nosotros nos quedamos inmóviles. La diferencia es que a los muñecos les podemos cambiar la pila para que sigan funcionando, pero a los seres vivos no, porque no existe pila de recambio. Así que cuando la pila se agota, desaparecemos.

Sí, incluso las tortugas. Sí, incluso nosotros. Yo, que te cuento este cuento desapareceré. Y tú, que me estás escuchando, también. Todos. Absolutamente todos, sin excepción, morimos.

Morir es una palabra que a mucha gente no le gusta y por eso evita pronunciarla. Aunque en realidad, nadie sabe a ciencia cierta qué significa.

Morirse no es como ir a la Luna o a la selva, que aunque están muy lejos hay quien ha vuelto para contar lo que allí ha visto. No, los que se mueren no regresan, así que nadie sabe adónde van. Y es aquí donde empieza este gran misterio sin solución que tres tristes tortugas intentaron una vez resolver.

Estas tres tortugas eran miembros de una misma familia: padre, madre e hija. Vivían felices y contentas en la ladera de una montaña que siempre estaba verde y sus días trascurrían en apacible armonía. Se levantaban muy temprano y salían juntas en busca de las hojas más jugosas para desayunar, que tiernas y apetitosas, todavía húmedas de rocío, encontraban en los pastizales.

Cada martes, sin excepción, después de tomar su desayuno, cruzaban en fila india el pequeño arroyo que había detrás de su casa. Atravesaban la corriente por un camino hecho con piedras que conducía a la otra orilla y, desde allí, se dirigían hacia un bosquecillo cercano en el que vivían los abuelos tortuga.

Las tres tortugas pasaban el día contando a los abuelos todo lo que habían hecho durante la semana, tomaban el sol y mascaban las amapolas que la abuela había preparado, con esmero, especialmente para ellos.

Cuando el sol estaba a punto de ponerse, emprendían el camino de regreso para no atravesar el río de noche. El abuelo siempre les decía que era muy peligroso y cada martes les repetía la misma historia, la de aquella tortuga temeraria que fue arrastrada por las aguas.

Transcurrió mucho tiempo sin que nada alterara la plácida vida de las tortugas, hasta que un martes, al llegar a casa de los abuelos, las amapolas de la abuela no los estaban esperando y tampoco oyeron los consejos del abuelo.

El más absoluto silencio reinaba en aquel trocito de bosque y abandonados y vacíos, en medio del prado, solo vieron los caparazones de los abuelos tortuga.

Por más que registraron la casa y sus alrededores, por más que los llamaron a gritos, no hubo forma de dar con ellos y las tres tortugas se pusieron muy tristes.

¿Qué había pasado? ¿Adónde habían ido? ¿Volverían a verlos alguna vez?

Lloraban sin parar y se lamentaban, mientras acariciaban los oscuros caparazones vacíos.

Muy cerca de donde estaban, sobre la rama de un arce, un cuervo negro las observaba. Al verlas tan tristes las llamó:

—¡Pst! ¡Tortugas! No estéis tan tristes. Yo he visto cómo esta noche una brillante luz que bajaba del cielo se las ha llevado. Si miráis hacia allí cuando oscurezca, veréis que se han convertido en estrellas y que desde el cielo os miran y velan por vosotros.

Al pie del árbol dormitaba un lince, que al oír las palabras del cuervo protestó airado:

—¡¿Pero qué tonterías estás diciendo?! ¡No has podido en modo alguno ver eso que afirmas! Porque yo mismo he sido testigo de lo que ha pasado.

Y dirigiéndose a las tortugas añadió:

—No hagáis caso al cuervo. Estaba muy oscuro, pero yo he visto con mis propios ojos cómo abandonaban sus caparazones para entrar en el majestuoso cuerpo de aquellas águilas —Y al mismo tiempo que señalaba a las aves con el dedo preguntó—. ¿Acaso no estáis viendo cómo vuelan en círculo sobre vuestras cabezas y os llaman con sus gritos?

Cuervo y lince empezaron a reñir acaloradamente y el alboroto atrajo a otros animales, que se sumaron a la discusión:

—Ni estrellas ni águilas. ¡Se han ido al cielo de los animales! Allí es donde vamos todos. En ese lugar tenemos todo lo que aquí hemos deseado y no se pasa ni hambre ni frío. Lo sé de buena tinta —sentenció un topo asomando la nariz por un agujero.

—¡De eso ni hablar! ¿Cómo vamos a fiarnos de ti?, ¡pero si no ves más allá de tus propias narices! —replicó una mariposa que revoloteaba cerca—. Renacerán. Eso es lo que pasará. Nosotras, las mariposas, sabemos mucho de esto. Puede parecer que desaparecemos dentro de nuestra crisálida, pero renacemos trasformadas en algo mejor. Todos empezamos siendo seres feos que se arrastran, luego parece que desaparecemos, pero acabamos convertidos en hermoso seres alados.

Las tres tristes tortugas ya no sabían qué pensar, a quién escuchar, ni qué creer. Todos y cada uno de los animales del bosque parecían saber, perfectamente, qué había ocurrido con los abuelos tortuga y todos les decían qué debían hacer:

—Os vigilan desde el cielo. No os preocupéis.

—Son águilas que vuelan libres. No lloréis.

—Están felices en el paraíso. Alegraos.

—Se han transformado en seres alados. No sufráis.

—Bla, bla, bla, bla.

Una vieja lechuza, vecina de los abuelos tortuga, que miraba mucho pero hablaba poco, se acercó y les dijo a las tres tristes tortugas:

—Lo que ha ocurrido es que los abuelos tortuga se han muerto. Yo no sé qué quiere decir morirse, ni tampoco sé adónde han ido, ni si algún día los volveremos a ver. Lo que sí sé, es que su marcha duele mucho y también sé que esta pena atrancada en la garganta solo podemos sacarla llorando. Así que lloremos. Lloremos mucho, para que nuestras lágrimas arrastren hacia fuera toda la tristeza y los recuerdos hermosos puedan salir. Porque aunque nos siga doliendo mucho su ausencia, y nos duela no ver sus caras; ni recibir sus abrazos y sus besos; porque aunque ya no volvamos a oír su voz pronunciando nuestro nombre, en nuestra mente los seguiremos viendo, escuchando, sintiendo y recordando y todo lo que nos dieron y nos enseñaron seguirá vivo en nosotros y así la muerte no podrá llevárselos del todo, porque la muerte solo se lleva del todo aquello que olvidamos.

Las tres tristes tortugas y la vieja lechuza acariciaron los viejos caparazones de los abuelos tortuga y, despidiéndose de ellos por última vez, los enterraron bajo un frondoso lentisco.

Caía el sol y el resto de animales seguía picoteándose, arañándose, mordiéndose y queriendo imponer su razón.

Las tres tristes tortugas, con lágrimas en los ojos, les dieron la espalda y recordando los consejos del abuelo, se encaminaron hacia el río para cruzar antes de que anocheciera. Sobre sus caparazones, llevaban las amapolas frescas para la cena que habían encontrado en la despensa de la abuela.

FIN

Mi abuela es única

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Ilustración: Lirael42

Todo el mundo tiene abuelas, aunque algunos ya ni se acuerdan, porque ha pasado el tiempo y ellos mismos se han convertido en abuelos.

La mayoría de gente tiene dos, que es lo más común: la abuela materna, que es la madre de la madre; y la abuela paterna, que es la madre del padre.

Hay quien tiene solo una, pero que vale por siete.

También, aunque más raramente, hay casos como el de Ramón, que tenía una docena de abuelas porque su abuelo materno era mormón.

De abuelas hay de muchas formas, clases, alturas, tamaños pesos y colores. Por eso es fácil diferenciarlas. Algo muy útil, porque si no uno andaría todo el día confundiéndose de abuela y sería un verdadero engorro.

Por ejemplo, si uno se confunde de abuela, la merienda cambia, porque hay abuelas que cuando te van a buscar al colegio te llevan bocadillos de queso y otras, en cambio, te dan para merendar pan con chocolate.

Otro problema que hay es, que si te confundes de abuela, tampoco juegas a lo mismo. Hay abuelas a las que les encanta contar cuentos y disfrazarse de pirata, de lobo o de princesa. Otras prefieren hacer punto de cruz o colchas de ganchillo mientras cantan canciones de cuna. Y también las hay a las que les gusta hacer volar cometas, aunque de este tipo no hay en todo el mundo, porque las cometas, como se sabe, solo vuelan si hay corrientes de aire y en los lugares donde no sopla el viento, estas abuelas son muy escasas. Cuando las abuelas que vuelan cometas no pueden hacerlas volar, se dedican a la cría de saltamontes. Las abuelas que crían saltamontes son una verdadera rareza. Si tienes una abuela de este tipo, puedes presentarla a un concurso de abuelas porque casi seguro que ganará.

A las abuelas también se las puede diferenciar por su olor.

Las hay que huelen a durazno, que es lo mismo que oler a melocotón. Otras huelen a colonia o a jabón. Algunas, según el día, huelen diferente; hay días que huelen a canela y otros a vainilla o a limón. Las que casi todo el mundo adora son las que huelen a tostadas con mantequilla.

También las que hay que huelen a campo, sobre todo si son pastoras de cabras y andan todo el día por el monte. Estas suelen ser abuelas de verano, a las que ves solo cuando te dan vacaciones en la escuela y viajas al pueblo para pasar allí unos días.

Hay noticia de una abuela que no olía absolutamente a nada, pero todavía no se ha podido comprobar si es cierto, porque un día se perdió y los sabuesos que la buscan siguen sin encontrar su rastro.

Las abuelas suelen ser blandas y por eso los nietos, cuando son pequeños, duermen tan plácidamente en sus brazos. Los bebés creen que están hechas de nubes y, al cerrar los ojos, sueñan que vuelan sobre ellas y sonríen.

El carácter de las abuelas también varía. Las hay dulces y las hay adustas. Alegres y más bien tristes. Besuconas y ariscas. Serias y un poco locas. Las hay que se ríen por todo y las hay que no se ríen por nada. Algunas, cuando vas a visitarlas, dejan que te subas a la lámpara y otras no te dejan casi ni pestañear.

Una vez, se dio el caso de una abuela que era de carácter cambiante: por la mañana era dulce; al mediodía, insulsa y por la noche, agria. Según cuentan, un eminente médico consiguió, después de meses de arduo estudio y aplicando un nuevo tratamiento altamente complicado y secreto, mezclar sus caracteres y ahora es una abuela agridulce. Tiene un sabor tan logrado, que la han contratado en un restaurante chino para aderezar los platos de pollo.

Las abuelas más típicas llevan moño gris y bastón, porque ya son viejecitas. Pero también las hay de muy jóvenes. Esas se visten con colores brillantes. Entre los zíngaros son habituales los casos de abuelas jóvenes con vestidos alegres. El más famoso es el de la abuela Iris, que tuvo a su primer nieto con 23 años, cuatro meses y dos días y en su armario guardaba 365 vestidos. Uno para cada día del año. Solo repetía vestido los años bisiestos; el 29 de febrero se ponía el mismo traje que había llevado el 28. Los que se iban rompiendo los usaba para reparar la carpa del circo en el que trabajaba adiestrando tardígrados, a los que entrenaba a diario para que aprendieran a bailar claqué con sus ocho patas a la vez.

A veces, las abuelas se estropean. Se ponen enfermitas y entonces tenemos que cuidarlas e ir a visitarlas, porque se alegran mucho cuando nos ven y se curan antes. En estos casos, debemos tener mucho cuidado y estar alerta al coger el metro o el autobús si vamos solos a su casa. Hay lobos sueltos que se disfrazan de personas y nos pueden hacer daño. Recordad el caso de Caperucita y su abuela.

A las abuelas debemos cuidarlas, porque cada abuela es especialista en una cosa y esa cosa la hace mejor que nadie. Por eso, se dice: el caldo de mi abuela…, los cuentos de mi abuela.., los jerséis de mi abuela… y cosas parecidas. Las abuelas pasan a la historia por esa cosa especial que las caracteriza y que las hace diferentes a cualquier otra abuela del mundo, y cuando ya no están para hacerlo, las añoramos mucho.

Ramona, Manuela, Mari o Teresa. Rosa, Angelita, o Isabel. Amparo, Antonia o Asunción. Juani, Juli, Marga, Mercedes o Luisa. Emma, Carmen, Cristina, Montse o Tomasa… No importa su nombre, porque es la abuela, la yaya, la nana, la abuelita, la nonna, la abue, la yayi, la güeli, la abu, la yayita… Todas son abuelas, pero todas son distintas.

Y tu abuela, ¿por qué es única?

FIN

Caperucita Roja

Ilustración: mikemaihack

Había una vez una niña pequeña y dulce a la que todo el mundo quería mucho. Incluso aquellos que solo la habían visto una vez, decían que era una niña encantadora.

La niña tenía una abuelita que, por supuesto, también la quería mucho. Como a la abuelita le gustaba coser, confeccionó para su nieta preferida un abrigo de terciopelo rojo con capucha. Tan bien le quedaba a la niña el abrigo rojo, que todo el mundo empezó a llamarla Caperucita Roja.

Un día, su mamá la llamó y le dijo:

—Caperucita, quiero que le lleves a la abuela este pastel de manzana que he horneado para ella y esta jarra de miel. La abuela está enferma y estas cosas buenas la ayudarán a curarse. Date prisa, que después hará mucho calor.

Ve directamente a casa de la abuela, sin desviarte ni a la derecha ni a la izquierda del camino; no hables con extraños; no corras, no vaya a romperse la jarra de miel; sé educada y si te cruzas en el pueblo con algún conocido lo saludas. ¿Lo has entendido?

—Sí, mamá. Haré todo lo que me has dicho —contestó la niña.

Y después de despedirse, emprendió el camino. El trayecto desde la aldea a casa de la abuela cruzaba en medio del bosque y era bastante largo, tenía que andar durante media hora.

Justo al entrar en el bosque, se le acercó el Lobo, pero Caperucita Roja no tenía ni la menor idea de que los lobos son animales salvajes, así que no tuvo miedo de él.

—Muy buenos días, Caperucita —dijo el Lobo.

—Hola, muy buenos días, señor Lobo —contestó educadamente Caperucita.

—¿Adónde vas tan temprano? —preguntó el Lobo.

—A ver a mi abuelita que está enferma —contestó la niña—. Mi mamá horneó ayer un pastel de manzana y me envía a su casa para que se lo lleve y también una jarra de miel, porque estas cosas buenas la ayudarán a curarse.

—¿Y dónde vive tu abuelita? —preguntó el Lobo.

—Al otro lado del bosque, bajo los tres robles grandes. ¡Todo el mundo sabe dónde es!

«¡Bueno —pensó el Lobo—, «esta niñita, sin duda, estará muy sabrosa. Más dulce y tierna que su abuela, pero es tan pequeña que me quedaré con hambre. No tengo elección. ¡Tendré que comerme a las dos!».

Siguió andando junto a Caperucita Roja hasta que llegaron a un lugar tapizado de flores silvestres de todos los colores.

—¡Mira, Caperucita! —dijo el Lobo dulcemente—. Mira que flores tan lindas hay aquí. Escucha el canto de los pajaritos. ¿Por qué tienes tanta prisa? ¡Ni que tuvieras miedo de llegar tarde a la escuela! Es una pena que no disfrutes de este lugar tan precioso. ¿Por qué no recoges unas cuantas florecillas y haces un lindo ramo para tu abuelita?

Caperucita Roja miró a su alrededor y hacia arriba y vio los destellos de los rayos del sol bailando entre las copas de los árboles y los intensos y brillantes colores de las flores silvestres.

—Tiene razón, señor Lobo —respondió Caperucita Roja—. Este es un precioso lugar y todavía es muy temprano. ¡Recogeré algunas flores para hacerle un gran ramo a la abuelita!

Y dicho esto, Caperucita Roja se apartó de su camino y empezó a recoger flores. Pero cada vez que parecía que ya había suficientes, veía una de preciosa, y otra, y otra y así se fue internando en lo más profundo del bosque.

Entretanto, el Lobo se apresuró hacia casa de la abuela y, al llegar allí, llamó a la puerta: “toc, toc, toc”.

—¿Quién es? —preguntó la abuela.

—Soy yo, Caperucita Roja —respondió el Lobo imitando la dulce voz de la niña—. Mamá te envía un pedazo de tarta de manzana y una jarra de miel para que te pongas buena. ¡Ábreme la puerta, abuelita!

—No tengo fuerzas para levantarme —contestó la abuela—. Levanta tú misma el pestillo y entra.

El Lobo levantó el pestillo y abrió la puerta de par en par, se abalanzó sobre la abuelita y se la comió de un solo bocado. Después, cerró el pestillo, se puso un camisón y una cofia y se acostó en la cama a esperar a Caperucita Roja.

Mientras ocurría esto, Caperucita Roja recogía tantas flores que apenas podía con ellas. Regresó al sendero, se dirigió a casa de su abuelita y llamó a la puerta.

—¿Quién es? —preguntó el Lobo con voz ronca, tratando de imitar a la abuela.

Al oír aquella voz tan áspera, Caperucita Roja se asustó un poco, pero después recordó que la abuela estaba enferma y debía estar algo afónica.

—Soy yo, Caperucita Roja —respondió la niña—. Mamá te envía tarta de manzana y una jarra de miel para que te pongas buena. Ábreme la puerta, abuelita.

—Levanta el pestillo y entra —le indicó el Lobo.

Caperucita Roja abrió el pestillo y entró en la casa. Se acercó a la cama y vio la cabeza de la abuela cubierta por la cofia.

—Buenos días, abuelita —dijo Caperucita Roja.

Pero no obtuvo respuesta.

—Abuelita, ¿por qué tienes esas orejas tan grandes?

—Porque así te escucho mejor, querida.

—Abuelita, ¿por qué tienes esos ojos tan grandes?

—Porque así puedo verte mejor, querida.

—Abuelita, ¿por qué tienes esos brazos tan largos?

—Porque así puedo abrazarte mejor, querida.

—Abuelita, ¿por qué tienes esos dientes tan largos? —preguntó Caperucita Roja llorando porque ya estaba muy asustada.

—¡Porque así puedo comerte entera! —gritó el Lobo, saltando de la cama, abalanzándose sobre Caperucita Roja y engulléndola de un solo bocado.

Ahora el Lobo ya estaba harto. Se tumbó en la cama, se quedó dormido y empezó a roncar tan ruidosamente, que sus ronquidos se podían oír desde muy lejos.

Acertó a pasar por allí un cazador que lo oyó y pensó: “¿Qué le pasará a la abuela que ronca tan fuerte? ¿Estará enferma? ¿Necesitará algo?” Y entró en la casa. Sobre la cama de la abuela vio al Lobo que descansaba.

—¡Ajá! —dijo el cazador—- ¡Por fin te encuentro despreciable bicho! ¡Hacía mucho tiempo que te buscaba!

Ya levantaba su rifle para matar al Lobo cuando, de pronto, se dijo: “¡Un momento!, ¿dónde está la abuela? ¡Quizás este Lobo se la ha zampado!”

Dejó el rifle y abrió la barriga del Lobo. Caperucita Roja saltó rápidamente de allá dentro y exclamó:

—¡Uf! ¡Qué miedo he pasado! ¡Estaba tan oscuro dentro de la panza del Lobo!

Después, entre los dos sacaron a la abuela, que ya casi no podía respirar, de la barriga del Lobo.

¿Y el Lobo? El cazador no tuvo piedad de él. Lo mató y se hizo un abrigo con su piel.

Cuando todo acabó, se sentaron los tres: el cazador, la abuelita y Caperucita Roja, se comieron la tarta de manzana y la miel y, cuando terminaron, el cazador acompañó a Caperucita Roja a su casa.

—Nunca más me desviaré del camino, ni a derecha ni a izquierda —se dijo Caperucita Roja—. No desobedeceré ni haré lo que está prohibido nunca más y siempre haré caso de lo que me diga mi mamá.

Hay que decir, que después de que pasara todo esto, Caperucita Roja siguió llevando cosas buenas a la abuelita y otros lobos intentaron desviarla del camino. Pero Caperucita Roja sabía cuidarse sola e iba derecha a casa de la abuela, sin desviarse, sin hablar con desconocidos, sin distraerse y sin apartarse de su camino. Sin embargo, los peligros seguían existiendo y un día, al llegar a casa de la abuela, Caperucita Roja le contó:

—¡Ay! abuelita —dijo— me he encontrado con un Lobo que parecía bueno pero, cuando lo he mirado a los ojos, me he dado cuenta de que era muy malo. Estoy segura de que quería comerme.

—Pues vamos a cerrar las puertas —dijo la abuela— no sea que venga hasta aquí.

No había pasado mucho rato, cuando el Lobo llegó.

—¡Abuelita, ábreme, soy Caperucita Roja! —gritó el Lobo con dulce voz— Te traigo pastel y miel.

Pero ellas no contestaron y tampoco abrieron la puerta.

Entonces, el malvado Lobo subió al tejado con la intención de esperar a que Caperucita Roja saliera de casa de la abuela para abalanzarse sobre ella. Pero la abuela, que era muy lista, adivinó lo que tramaba.

—Caperucita, querida, —dijo la abuela— ayer cocí una gran salchicha en la cacerola y no tuve fuerza para tirar el agua, así que todavía está hirviendo en el fuego de la chimenea. ¿Podrías tirarla tú en el fregadero de piedra grande del jardín?

Caperucita Roja vació el agua de la cacerola dentro del gran fregadero de piedra del jardín.

Cuando el olor de la salchicha cocida llegó a la nariz del malvado Lobo este empezó a olfatear y a olfatear el aire hasta que, al final, resbaló del tejado, se cayó dentro del agua hirviendo y se murió.

Aquel día, Caperucita Roja regresó a casa tranquila y feliz, sin que ningún otro lobo intentara molestarla por el camino

FIN