abusón

El gigante más grande del mundo

Ilustración: gABOX1

Hace mucho tiempo, vivía en un pequeño pueblo la bruja Ojosgrandes, que tenía un hijo llamado Silón, el cual acababa de cumplir un año. Silón gateaba por el laboratorio de su madre mientras ella estaba ocupada en sus encantamientos.

Un día, ocurrió algo espantoso. Ojosgrandes estaba preparando un brebaje para hacer crecer sus manzanos y al terminar, dejó la poción mágica en un cuenco para que se enfriase. El niño vio el cuenco y el líquido dorado y brillante que contenía y quiso bebérselo, pero al intentar cogerlo se lo derramó en la cabeza. Silón empezó a llorar y se tragó dos de las gotas del líquido que resbalaban por su cara. La bruja profirió un grito y cogió a su hijito en brazos.

—¿Por qué habré dejado el cuenco al alcance del niño? Se ha tragado algunas gotas. Creo que no le harán daño… Pero ya lo veremos…

El niño crecía rápido y muy pronto adquirió el doble de corpulencia que los niños de su edad. Siguió creciendo tanto, que la gente se maravillaba al verlo.

La bruja sabía muy bien lo que había ocurrido: el filtro para que creciesen los manzanos ejercía su influencia en su hijo, convirtiéndolo en un gigante. La bruja empezó a temer a Silón, porque en cuanto se oponía a alguno de sus caprichos, él lo rompía todo con su extraordinaria fuerza. Por esta causa, el niño hizo, a partir de entonces, todo lo que se le antojaba y en el pueblo nadie se atrevía a contrariarlo, para no llevarse un golpe. De este modo Silón creció egoísta y malvado.

Cuando cumplió los veinte años era, sencillamente, enorme. Con la cabeza llegaba hasta las nubes y tenía unos pies tan grandes como un campo. Su voz era más fuerte que el trueno y comía más que cien hombres. Sin duda, era el gigante más grande del mundo entero y también el más egoísta. No quería trabajar, pero obligaba a los demás a que lo hiciesen por él, amenazándolos con destruir la población, en caso contrario.

Nadie sabía qué hacer con él. Todos los habitantes de la población tenían que proporcionarle comida y si no le daban lo que él necesitaba, empezaba a patear con tal fuerza, que se derrumbaban las casas.

Un invierno de mucho frío, SiIón ordenó a los habitantes del pueblo que le construyeran un gran castillo, pero a pesar de que ellos se esforzaron en complacerlo, no consiguieron alcanzar siquiera la altura de la cabeza del gigante. Así, pues, creyeron que sería mucho mejor proporcionarle una gran cueva. Como en el pueblo no había ninguna, los habitantes del pueblo rogaron a Ojosgrandes que los ayudara con su magia. La bruja compuso un poderoso filtro, pronunció siete palabras muy raras, arrojó el líquido al suelo y en el acto se abrió a sus pies una cueva lo bastante grande para alojar cómodamente a una docena de gigantes.

—Silón, estarás muy cómodo en esta cueva—le decía la gente.

—¡Ojalá pudiésemos tenerlo encerrado en esa cueva para siempre más! —suspiraban los vecinos— Pero en primavera saldrá de nuevo a estropearnos las cosas y a darnos sustos de muerte.

—¿Y no podríamos atarlo? —preguntó un duendecillo.

—¡Bah! —exclamaron todos— ¡Qué idea! ¿Crees que hoy alguien bastante atrevido para atar a Silón?

—Pues yo no tendría ningún inconveniente en encargarme de hacerlo—contestó el duendecillo— estoy seguro de que se me ocurriría un buen plan.

El duende fue a ver al herrero del pueblo:

—¿Podría usted hacerme una cadena lo bastante fuerte para que nadie en el mundo, ni siquiera el gigante Silón, fuese capaz de romperla? —preguntó.

—Eso es fácil—contestó el herrero y empezó a trabajar.

Al cabo de cuatro semanas, le mostró al duendecillo una cadena fuerte y pesada.

—Esta cadena no se romperá nunca —dijo el herrero, muy orgulloso de su trabajo— Será preciso que traigas treinta y cinco caballos para transportarla hasta la cueva de Silón.

Muchos curiosos se dirigieron atropelladamente a la cueva del gigante., El duendecillo se asomó y gritó:

—¡Silón! ¿Eres tan forzudo como antes? Dicen que te has debilitado.

—Si queréis os daré la prueba de lo contrario —contestó el gigante enojado— Soy mucho más fuerte que cualquier otro gigante del mundo entero.

—Pues, mira, aquí hay una cadena que ni siquiera tu podrás romper—dijo el duendecillo.

Silón dirigió una mirada desdeñosa a la cadena.

—Átame con esa cadena de juguete y ya verás cómo la rompo en un instante.

Eso era, precisamente, lo que deseaba el duendecillo. Llamó a la gente más fuerte de la población, para que lo ayudasen, y, al cabo de algunas horas de trabajo, consiguieron dejar al gigante bien sujeto a una roca.

—Bueno, ¡ya estás atado! —dijo el duendecillo, muy satisfecho.

Pero el gigante se limitó a sonreír. Estiró y un instante después, se rompieron con gran ruido varios eslabones y Silón quedó libre.

Todo el mundo fingió quedarse en extremo admirado por miedo de que el gigante sospechara la verdadera intención que tenían.

—Si queréis, traedme otra cadena todavía más fuerte y os mostraré lo que puedo hacer. Capaz sería de romper una cadena veinte veces más fuerte que esa —sonrió muy contento, en vista de que todo el mundo se alegraba de ser testigo de su fuerza enorme.

—¡Oh, no! ¡No podrías! —exclamaron varios—. Realmente no podrías.

—Probadlo si queréis —replicó el gigante.

El duendecillo fue nuevamente a casa del herrero y le refirió lo ocurrido, encargándole luego que fabricase una cadena veinte veces más fuerte, pues así el gigante no podría ya romperla.

—Me extraña mucho que haya podido romper la anterior —replicó maravillado el herrero— Pero, en fin, te haré la cadena que me encargas, amiguito, aunque para eso no puedo trabajar solo. Es preciso que me ayuden doce herreros más a fin de hacer la cadena más fuerte de las que se hayan visto en el mundo hasta ahora.

Estuvo terminada en tres semanas, porque los trece herreros trabajaron de día y de noche, sin parar. Luego, para el transporte, fue preciso emplear un millar de caballos.

Cuando Silón vio la enorme cadena, se puso serio.

—¡Jo! ¡Jo! —exclamó riéndose el duendecillo, al notar que miraba receloso la cadena— Esta es veinte veces más fuerte, como la pediste, asegurando que también serías capaz de romperla. El gigante más poderoso del mundo entero parece que tiene miedo ahora.

A Silón le molestó mucho la idea de que alguien pudiese burlarse de él. Miró nuevamente la cadena y luego contempló sus poderosos brazos.

—¡Atadme! —dijo con su tonante voz—. No tengo el más leve temor. Ya veréis con qué facilidad rompo en dos esa cadena.

Centenares de personas se ocuparon en atarlo y aseguraron en la roca los dos extremos de la cadena. Luego se retiraron todos para ver qué sucedía. Silón aspiró profundamente el aire y luego dio un tirón. La cadena resistió. Dio otro tirón, esforzándose más todavía, y entonces, la cadena se rompió y el gigante quedó libre.

Nuevamente los espectadores se vieron obligados a fingir que se maravillaban de aquella fuerza pasmosa y de que se alegraban mucho de que el gigante hubiese sido capaz de romper la cadena. Silón sonrió complacido, pues le gustaba mucho hacer gala de su vigor. Pero decidió no dejarse atar nunca más, por si acaso no podía liberarse.

—Ya me he cansado de estas estúpidas pruebas —dijo— y, por lo tanto, no quiero dejarme atar nunca más.

Todos comprendieron entonces la inutilidad de intentar cosa alguna contra el gigante, de manera que se alejaron de la cueva tristes y cariacontecidos. En cambio, el duendecillo no abandonó la esperanza.

—Puesto que trece herreros no han sido capaces de hacerme salir airoso en mi empeño, quizá lo consiga el enano Mirón— pensó.

Se dirigió hacia las cavernas subterráneas de los enanos de la montaña para buscar la morada de Mirón, que era el más inteligente y astuto de todos.

Sabía Mirón tantas cosas, que la cabeza le había crecido extraordinariamente, en tanto que sus brazos y sus piernas no se desarrollaron de la misma manera; era, pues, un personaje de raro aspecto, pero muy bondadoso y siempre dispuesto a ayudar.

El duendecillo le refirió lo sucedido con Silón y las dos cadenas. Luego le preguntó si sería capaz de ayudarlo.

—Me parece que sí —le contestó Mirón— Quédate aquí una semana y te daré algo que ningún gigante podría romper, aunque fuese tan grande como el mundo entero.

Por espacio de una semana, el duendecillo permaneció en la morada de Mirón y fue testigo de cómo trabajaba. El enano tomó las cosas más raras y las mezcló cuidadosamente: las huellas de seis tigres, un pedacito del arco iris que nadie es capaz de doblar, agua de un estanque sin fondo y raíces de una alta montaña. Otras muchas cosas usó que el duendecillo no averiguó qué eran; el enano las mezcló con cuidado, tomando toda clase de precauciones y, al mismo tiempo, canturreaba extrañas palabras.

En cuanto aquella mezcla estuvo lista, el enano metió las manos en ella y luego las sacó. Aquello substancia se pegó a sus dedos, como si fuese caramelo, y luego el enano arrolló tan extraño substancia en forma de hilo, en torno de un palito. Parecía un brillante hilo de seda y con él, Mirón hizo un ovillo hasta que no quedó nada en el fondo del cuenco.

—Ahora he de dejarlo secar una noche a la luz de la luna y ya estará listo —dijo.

—Pero ¿crees, Mirón, que eso será realmente bastante fuerte? —preguntó extrañado el duendecillo— Parece tan débil, que casi yo mismo me siento con fuerzas para romperlo.

El enano sonrió y no replicó. Por la mañana el enano entregó el hilo al duendecillo.

—No hay nadie en el mundo capaz de romper esto — le dijo— Ni siquiera yo mismo, que lo he fabricado, podría romper este hilo.

El duendecillo dio las gracias al enano y luego regresó a su pueblo. Al llegar mostró lo que traía consigo, pero todos se rieron de él. Sin embargo, desenrollaron el hilo y tiraron de él entre varios, aunque en vano, pues no consiguieron romperlo.

—A pesar de todo, Silón lo romperá en un abrir y cerrar de ojos. Es demasiado delgado. Y ¿cómo lo ataremos? Recuerda que dijo que no se dejaría atar otra vez.

—Tengo una idea— contestó el duendecillo— Silón siempre sale de su cueva para tomar el sol. Ataremos margaritas en el hilo, como si fuese una guirnalda y luego lo rodearemos con ella, como si quisiéramos adornarlo, él se dejará hacer, porque es vanidoso, y luego ya no podrá moverse.

—Bueno, no se pierde nada con probar—dijeron todos, aunque poco seguros del resultado— A pesar de todo, estamos seguros de que Silón romperá ese hilo como si fuese una telaraña.

Aunque nadie confiaba en el resultado, se afanaron en coger margaritas y las ataron a lo largo de aquel extraño hilo, de manera que al fin pareció una larga guirnalda de flores. En cuanto estuvo terminada, se dirigieron, cantando y bailando, a la cueva del gigante, como si estuviesen muy alegres y quisieran celebrar algo.

Silón los contempló sorprendido.

—Hemos venido a verte, SiIón —le dijeron—, porque eres el gigante más fuerte del mundo. Y, mira, hemos hecho en tu honor una guirnalda de margaritas: ¿Quieres que te adornemos con ella?

Silón consintió, sonriendo, aunque no dejó de examinar aquella cuerda, con el recelo de que ocultase una cadena. Mas al ver aquel delgado hilo sonrió, sin darle importancia.

Dejó que el duendecillo le rodease el cuerpo con las flores y luego el astuto y pequeño personaje sujetó los dos extremos en las rocas inmediatas.

—Ahora vamos, Silón —le dijo alejándose rápidamente del alcance de sus manos— Sal a tomar el sol, adornado de margaritas.

El gigante trató de dar un paso, pero aquel delgado hilo se lo impidió. Dio un ligero tirón, figurándose que el hilo se habría enredado en alguna parte, pero fue en vano. Ya irritado, tiró con toda su fuerza sin conseguir ningún resultado, porque la delgada hebra resistió.

Cuando Silón se dio cuenta de que lo habían engañado, dio tan fuerte rugido, que se estremecieron las chimeneas de los tejados y casi se cayeron al suelo. Mientras tanto, la gente huía despavorida, tapándose los oídos y Silón seguía tirando con todas sus fuerzas de aquel extraño hilo, asombrado de que tan débil hebra lo sujetase con tanta firmeza. Las margaritas se cayeron una a una y el gigante retorció el hilo entre sus enormes dedos. pero no pudo romperlo. Era aquel hilo muchísimo más fuerte que cualquier cadena.

Rabioso, comprendió que se había dejado coger y rugió colérico. Golpeó la tierra con sus pies, haciéndola estremecer, dio puñetazos contra las rocas que formaban la pared de la cueva y al fin la bóveda se estremeció de tal manera, que algunas piedras cayeron sobre su cabeza, lo que acabó de enfurecerle.

Durante todo el día y la noche siguiente no cesó en sus rugidos, en tanto que los habitantes del pueblo permanecían en sus respectivas casas, temblando de miedo y se preguntaban qué sería de ellos si el hilo llegaba o romperse. Únicamente el duendecillo no sentía el más pequeño temor, pues sabía de qué cosas estaba hecho aquel hilo milagroso.

Al día siguiente se acercó a la boca de la cueva y exclamó severamente:

—Escúchame, Silón. Estás atado para siempre más, pero lo tienes muy merecido, porque eres un gigante malo y egoísta, que nunca ha hecho un favor o nadie, sino todo lo contrario. Por consiguiente, eres nuestro prisionero. Si te conduces pacíficamente, te daremos de comer todos los días, pero si continúas rugiendo de rabia, te dejaremos morir de hombre.

Silón escuchó estas palabras, y comprendió que había sido derrotado. Se apaciguó y rogó al duendecillo que le hiciese llevar algo de comer, pues, por su parte, prometió portarse apaciblemente.

El duendecillo se alejó y, en breve, todos los habitantes del pueblo se enteraron de la gran noticia. El gigante mayor del mundo estaba atado y reducido a la impotencia, de modo que nunca más podría recobrar la libertad. Todo el mundo vitoreó al duendecillo y le dio palmadas amistosas en el hombro. Le regalaron cien talegas de monedas de oro y él, en el acto, pagó su deuda a los herreros que fabricaron las cadenas para sujetar al gigante. Con el resto de su dinero, compró una casa muy bonita, y en adelante vivió feliz.

En cuanto a Sifón, suele permanecer tranquilo, aunque a veces se pone furioso y parece que hay un terremoto en el pueblo. Pero no puede escaparse, aquel hilo maravilloso lo retendrá hasta el fin del mundo.

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

Segunda aventura de Florianís

 

Ilustración: M.ª Fe Quesada

Donde se narra el singular episodio de ejemplar desenlace protagonizado por el caballero  Florianís, la vaca, la cabra, la oveja y el majestuoso león.
(conoce más sobre las aventuras de Florianís).

Cierto día en que andaba el caballero Florianís buscando algo para comer, se topó sorpresivamente con una vaca ocupada en la misma tarea.

—¡Ay de mí! —se quejaba la pobre vaca—. Tengo hambre y no encuentro nada para comer.

—Buenos días, vaca —saludó el caballero, no porque anduviera por el mundo saludando a cualquiera, sino porque era una manera de empezar a charlar; nada más.

—Buenos días —respondió la vaca, que era muy atenta, aunque bastante desconfiada—. ¿Con quién tengo el gusto de hablar? —preguntó, porque no era cosa de andar hablando con cualquiera.

—Soy el caballero Florianís, para servirla, señora. Escuché sus lamentos, y le diré que mi situación es semejante a la suya: tengo hambre y no encuentro nada para comer. Sólo me quedan dos zanahorias y una cebolla, pero no pierdo la esperanza de encontrar algunas verduritas más para hacerme una rica sopa.

—A mí me quedan una papa y dos dientes de ajo —dijo la vaca—. ¿Qué le parece si entre los dos buscamos algo más y después nos ponemos a preparar la sopa? —sugirió, porque si una cualidad tenía esta vaca, era precisamente la de ser muy práctica.

—Cómo no —aceptó encantado el caballero—. Vayamos por aquel camino, tal vez encontremos algo.

Juntos y hambrientos se fueron los dos, mirando a un lado y a otro, recogiendo algunos hongos al pie de los árboles y unas pocas hierbas para agregar a la olla. En eso estaban cuando vieron pasar por allí a una cabra y una oveja llevando una canasta.

—Buenos días, señoras —saludó el caballero Florianís—. ¿Andan de paseo? —preguntó, por preguntar.

Muy apenadas, la oveja y la cabra se pusieron a contar su difícil situación, ya que hacía dos días que no comían y por ese motivo andaban buscando algunas verduritas, con la ilusión de poder prepararse algún plato de comida.

—¡Igual que nosotros! —exclamó Florianís—. ¿Qué les parece si juntamos todo lo que tenemos y preparamos una sopa para los cuatro?

Por supuesto que les pareció bien.

Sin perder tiempo, juntaron unas ramas secas, encendieron el fuego y alistaron la olla para el puchero. Ya estaba el agua a punto de hervir, y muy atareados los cuatro limpiando las verduras y también saboreando de antemano la comida que habrían de compartir, cuando los sorprendió una voz desconocida.

—¿Hay un lugarcito para mí?

La voz era alta y grave; era una voz majestuosa. Todos se dieron vuelta de inmediato y, ¡cómo no sorprenderse!, detrás de un árbol, asomando su monárquica cabeza, un león sonreía bonachonamente.

—No se asusten, amigos —Intentó tranquilizarlos el recién llegado—. Soy un pacífico león muerto de hambre, y como veo que están cocinando, les propongo colaborar con algunos ingredientes, así luego podré participar de la comida.

—Cómo no… señor… león…—dijo tímidamente la cabra—. Bienvenido a… nuestro almuerzo.

El león abrió su mochila y sacó un chorizo, un ramo de perejil y un puñado de porotos. Echó todo en la olla y se sentó, dispuesto a esperar su porción de puchero.

Mientras tanto se pusieron a charlar, sorprendidos los cuatro amigos al ver a un león tan cortés y tan humilde. Pero ya llevaba la charla bastante tiempo, cuando el caballero Florianís decidió interrumpirla para inspeccionar la olla.

—Señores, el almuerzo está listo —anunció—. Por favor, si cada uno me alcanza su plato, procederé a servir.

—¡Ajá! —dijo el león, acercándose a la olla—. Veo que el puchero es abundante. ¿Se puede saber cómo va a repartirlo, estimado caballero?

—Pues en partes iguales —respondió Florianís—. Somos cinco, así que serviré cinco platos bien llenos. Uno para cada uno.

Ya estaban la cabra, la vaca y la oveja esperando que les llenaran el plato, cuando imprevistamente se adelantó el león.

—Un momento, caballero cocinante, detenga el cucharón —gritó con gesto amenazador, olvidándose de la humildad y la cortesía que hasta ahora había tenido—. Ninguno tocará esta olla —prosiguió—. Yo haré el reparto.

—¿Ah, sí? ¿Y se puede saber cómo piensa repartir? —quiso saber Florianís.

—Como corresponde, ni más ni menos. La primera parte será para mí —continuó—, y eso no se discute porque soy el león. La segunda me la merezco porque no existe nadie tan valiente como yo. La tercera también es para mí porque soy el más audaz. La cuarta me la he ganado por derecho natural. Y si alguno intenta tocar la quinta —concluyó—, tendrá que rendirme cuentas de semejante osadía.

Así diciendo y amenazando a todos con sus garras y feroces rugidos, los echó del lugar para poder comer tranquilo el sabroso puchero.

La oveja, la cabra y la vaca, temblando de miedo, se escondieron detrás de unos árboles. El caballero, en cambio, quiso hacer frente a la situación, pero se dio cuenta de que él solo no podía, ni siquiera usando su espada. Entonces corrió hasta los árboles donde estaban refugiadas sus amigas, para tratar de convencerlas de que se unieran a él y lucharan contra el león.

—Es muy fuerte —dijo la oveja—. Nos devorará a los cuatro.

—¡Es feroz! —exclamó la vaca—. Nadie puede contra él.

—Es muy valiente —aseguró la cabra—. No le teme a nada.

—Pero es uno solo —razonó el caballero Florianís— y nosotros somos más.

—¿Y qué podemos hacer? —preguntaron las temerosas.

—Defender nuestra olla y nuestros estómagos —contestó Florianís—. Cada una de ustedes con un palo y yo con mi espada —prosiguió— atacaremos al león.

¡Veremos quién es más fuerte!

De este modo marchó el pequeño ejército con el caballero Florianís a la cabeza. Y espada va y espada viene, y palazos por aquí y por allá, lograron entre todos ahuyentar al león, que escapó muerto de miedo, sin haber probado ni siquiera la parte del puchero que con justicia le hubiera correspondido y que por prepotente perdió.

FIN