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África

La sabiduría encerrada

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Ilustración: eddaviel

 

En el corazón de África, tan lejos que se ignora el lugar exacto, por lo que supondremos que fue en la remota Taubilandia, y hace tanto tiempo, que los relojes de sol ni siquiera se habían inventado, vivió una mujer muy sabia. Tan sabia era, que poseía toda la sabiduría del mundo.

Aquella mujer silenciosa y paciente había pasado la vida entera observando y estudiando todo lo que la rodeaba.

Conocía a la perfección el territorio que habitaba y conocía el nombre de todos los árboles, plantas y animales que vivían en él.

Observaba el curso de los ríos, la dirección de los vientos, los eclipses de sol y de luna y la órbita de planetas y estrellas.

Sabía cuándo las lluvias serían abundantes y cuándo habría sequía y, por tanto, sabía cuál sería el momento idóneo para sembrar o cosechar.

Dominaba el arte de la medicina y aplicaba los remedios más efectivos para curar las enfermedades, ya fueran las del cuerpo o las del alma…

En fin, que como no se cansaba de aprender, llegó un momento en el acumuló toda la sabiduría del mundo.

Esta mujer se llamaba Madre Hekima y la fama de sus conocimientos pronto se fue extendiendo hasta llegar a los más recónditos rincones, desde los que acudían gentes de toda clase: pobres y ricas; jóvenes y viejas; altas y bajas… para escuchar sus enseñanzas o pedirle consejo.

Pero, he aquí, que las personas se cansaban rápido de escuchar y en cuanto aprendían un poco, consideraban que ya eran suficientemente listas y entonces utilizaban la sabiduría que Madre Hekima les regalaba para sus fines malvados. En lugar de aplicar los nuevos conocimientos para mejorar las cosas, los usaban para engañar a sus semejantes, someter a los débiles o lucrarse a costa de los bienes ajenos. Tanto cambiaron los habitantes de Taubulandia, que se terminó la paz.

Al comprobar que los taubulandeses no sabían cómo utilizar el valioso don que les ofrecía, Madre Hekima se enojó tanto, que decidió castigarlos.

Tras largas y profundas meditaciones, llegó a la conclusión de que lo mejor que podía hacer era privar a las personas de la sabiduría que les había concedido y esconderla en un lugar tan remoto e ignoto que nadie, jamás, pudiera volver a encontrarla. Sin embargo, había dado tantos y tan buenos consejos y enseñanzas, que lo primero que tuvo que hacer fue recuperar todo lo que había entregado.

Sin perder ni un instante, se puso manos a la obra hasta que lo consiguió  —o eso pensó ella— y una vez tuvo toda la sabiduría de nuevo en sus manos, la encerró en una vasija dorada.

Con la vasija llena en su poder, ahora, debía pensar en un lugar idóneo para esconderla y enseguida supo cuál sería ese lugar —o eso creyó ella—, y se acostó pensando en dirigirse allí en cuanto tuviera ocasión.

Antes de proseguir esta historia, debo apuntar que la mujer tenía una hija, casi tan sabia como ella, llamada Niara —la de los grandes propósitos—, que hacía días que observaba en silencio el extraño comportamiento de su madre y conocía la existencia de la misteriosa vasija:

—¡Muy importante será lo que ocurre y muy valioso debe ser lo que esconde mi madre en ese jarrón!

Por lo que decidió vigilar muy de cerca los movimientos de Madre Hekima.

Tal y como había supuesto Niara, no pasaron muchos días cuando una mañana, aún de madrugada, oyó a su madre levantarse con sigilo, vio cómo cogía el recipiente dorado y cómo abría despacio la puerta, intentando no hacer ruido.

Al quedarse sola, se levantó de un salto de la cama y, tomando todas las precauciones posibles, marchó tras los pasos de Madre Hekima, sin que esta sospechara nada, por el camino que conducía al bosque.

Anduvieron ambas, una detrás de la otra, un largo trecho y al llegar Madre Hekima a un macizo de palmeras, tan altas que parecía que rozaban el cielo, se detuvo, localizó la más esbelta de todas y empezó a trepar por ella con la jarra de la sabiduría pendiendo de un cordel, a modo de colgante, sobre el pecho. Su intención era esconder la vasija que contenía la sabiduría en lo más alto de aquel árbol, donde sabía que nadie iría a buscarla.

Sube que sube que sube, trepa que trepa que trepa y aunque la ascensión era difícil y pesada, ella seguía encaramándose por el tronco sin mirar abajo y sin sentir miedo, todo y que a cada paso que daba, la altura era más vertiginosa.

El jarro que contenía toda la sabiduría del mundo oscilaba, como si se tratara de un péndulo de oro, de un lado a otro, haciendo todavía más penosa aquella subida. Primero se movía de derecha a izquierda, amenazando con enredarse en los brazos de la mujer y hacerla caer. Después, golpeaba ora su pecho, ora la dura madera de la palmera, con el consiguiente peligro de que la jarra se hiciera trizas. Sin duda, se trataba de un arduo recorrido, pero Madre Hekima era pertinaz.

Seguía subiendo, subiendo y subiendo y Niara, sin poder contenerse más y cuando ya estaba a punto de perderla de vista, le lanzó un largo grito para llamar su atención:

—Madreeeeeeeeeeeeeeeee, escuchaaaaaaaaaa, ¿por qué no cuelgas tu preciado jarrón en la espalda? ¡Tal y como lo llevas ahora, la tarea que llevas a cabo es mucho más difícil y arriesgada!

Al oír las palabras de su hija, Madre Hekima se detuvo y mirando hacia la lejana tierra, contestó también a pleno pulmón:

—¡Vayaaaaaaaa! Y yo que estaba convencida de que había conseguido encerrar toda la sabiduría, descubro, de repente, que mi propia hija es más sabia que yo al mostrarme una forma mejor de trepar hasta la copa del árbol llevando esta vasija.

Al darse cuenta de lo inútil de su labor, descolgó de su cuello la vasija dorada que encerraba casi toda la sabiduría del mundo y la lanzó tan lejos como pudo. El jarrón fue a estrellarse contra una piedra y se rompió en mil pedazos.

Ya habréis supuesto que al hacerse añicos el recipiente que la contenía, la sabiduría se desparramó y lo salpicó todo. Y es, por ese motivo, que las personas debemos estar muy atentas si queremos encontrar un poco.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La sabiduría encerrada» con la voz de Angie Bello Albelda

La tortuga cantora

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Ilustración: SethFitts

Cuando los humanos aún comprendían el lenguaje de la naturaleza, vivió, en una remota aldea del centro de África, un gran cazador.

Cierto día, yendo tras las huellas de un león, se alejó más que de costumbre y se adentró en las profundidades de un espeso bosque, en un paraje en el que jamás antes había estado.

Miraba a su alrededor intentando ubicarse, cuando, de pronto, se quedó petrificado al oír una melodiosa voz que cantaba:

—El hombre es quien se obliga a las cosas. No son las cosas las que lo obligan a él.

El sosegado canto, acompañado por las suaves notas de un violín, dejó al cazador tan ensimismado, que se olvidó por completo del león y en su corazón sintió una gran paz.

Cuando la música se terminó, lleno de curiosidad, empezó a buscar entre los arbustos.

Intentaba orientarse por algún ruido, como solía hacer cuando cazaba. Le había parecido que aquella dulce tonada provenía de la derecha y allí se dirigió, para descubrir con asombro, al apartar una mata, que la intérprete era una tortuga gigante, que lo miraba con tranquilidad:

—Te deseo buenos días, cazador.

El hombre no salía de su asombro. Nunca en su vida había presenciado algo tan maravilloso.

Tal fue el efecto que provocó sobre él aquel encuentro que, sin poder resistirse, recorría cada día el largo camino desde su casa hasta el lejano bosque para escuchar la melodía de la criatura mágica.

Tras muchos días y muchos ruegos, consiguió que la tortuga cantora accediera a marcharse con él para vivir juntos en su choza. De este modo, no tendría que desplazarse a diario tan lejos para poder oír su canto.

Sin embargo, la tortuga puso una condición para emprender el camino. Le advirtió que únicamente cantaría para él y que nunca, nunca, bajo ningún concepto, debía pedirle que interpretara su canción en presencia de otros humanos. El cazador estuvo de acuerdo y prometió que respetaría el acuerdo.

Durante una larga temporada vivieron juntos y la tortuga entonaba su canto para él, tal y como le había prometido. Pero llegó un día en el que el cazador, no contento con escuchar a solas la maravillosa canción, empezó a imaginar lo mucho que podría presumir ante el mundo de aquel don mágico que el animal poseía y de los beneficios que aquel arte único le podía reportar.

Decidió, entonces, contar su secreto a una persona, y esa persona se lo contó a otra, y esa otra a otra y a otra más. Hasta que, finalmente, el secreto, que ya no era secreto, llegó a oídos del jefe de la tribu, el cual ordenó al cazador que se presentara ante él para oír, directamente de sus labios, aquella increíble historia.

Él cazador le describió con todo lujo de detalles cómo era la tortuga, cuál era el tono de aquella voz que enamoraba, e incluso se atrevió a tararear la canción que entonaba, pero ni el jefe ni nadie en el pueblo creyeron lo que les contaba. Se burlaban del que, en otro tiempo, había sido el mejor cazador del poblado y que ahora, decían, era solo un loco.

Tanto se mofaron, tanto porfiaron, que el cazador acabó por decir indignado:

—Os demostraré que no estoy loco. Mañana vendré acompañado de la tortuga y vosotros mismos comprobaréis que todo lo que cuento es cierto. Ya veremos quién ríe entonces. Si os he mentido, si no es cierto lo que cuento, me marcharé para siempre de aquí y nunca me volveréis a ver.

—De acuerdo —le contestaron—. Te damos todo el día de mañana, desde la salida hasta la puesta del sol, para demostrarnos que dices la verdad. Si es cierto que tu tortuga canta, podrás pedirnos lo que quieras.

El cazador regresó a su casa, contento del modo en que se habían desarrollado los acontecimientos y feliz, porque les daría una lección a todos por no haber creído sus palabras.

Cuando el primer rayo de sol entró por la ventana de la choza, se levantó y puso rumbo al lugar en el que se celebraban las asambleas del poblado. Junto a él, despacio, caminaba la tortuga.

El pueblo al completo lo esperaba para escuchar el milagro.

El cazador pidió a la tortuga que cantara, pero ella permaneció impávida, mirando hacia delante, como si no hubiera oído nada.

Una y otra vez, el cazador solicitó, ordenó, imploró y suplicó de mil formas distintas que interpretase su canción, pero fueron pasando los minutos, que se convirtieron en horas, sin que la tortuga se moviera. Permanecía muda; con la vista clavada al frente.

Primero avergonzado y después temeroso, el cazador seguía intentando, por todos los medios, convencerla, pero de nada sirvieron ruegos o amenazas. Todo fue en vano.

Con el último rayo de sol, el humillado cazador recogió todas sus pertenencias y se marchó para siempre del poblado. Entre burlas, se alejó río abajo con su canoa y nunca más se volvió a saber de él.

Justo en el momento en que ya solo era un puntito en la lejanía, para sorpresa de los habitantes de la aldea, la tortuga cantó:

Se miraron unos a otros y uno de ellos dijo con voz triste:

—Era verdad. Pero por culpa de la tortuga, que no ha cantado y por nuestra culpa, por no creer lo que decía, se ha tenido que marchar. Ahora nunca lo volveremos a ver.

—Él se lo ha buscado —aclaró la tortuga—. Yo vivía tranquilamente en el bosque, pero insistió tanto, que accedí a venir aquí con él. Solo puse una condición: que guardara mi secreto y que no me pidiera jamás que cantara ante otros. Si hubiera cumplido su palabra, no habría pasado nada.

Dicho esto, la tortuga se puso en marcha y se alejó del pueblo entonando su canción:

—El hombre es quien se obliga a las cosas. No son las cosas las que lo obligan a él.

FIN

El elefante curioso

Ilustración: hollietree

En tiempos remotos, los elefantes no tenían trompa, solo una nariz negra y redonda, grande como una bota, que movían de un lado a otro, pero con la que no podían agarrar nada.

En ese tiempo, vivía en África un elefantito curioso que quería saberlo todo y nunca se cansaba de preguntar a todo el mundo.

Una vez, preguntó a su tía el avestruz por qué tenía plumas en la cola, pero su tía le dio un coscorrón con su larga pata.

Preguntó a su otra tía, la jirafa, cómo le habían salido las manchas en la piel, pero su tía le dio un coscorrón con su pezuña.

También preguntó a su rechoncho tío el hipopótamo por qué tenía los ojos tan rojos, pero su tío le dio un coscorrón con su enorme pata.

Preguntó igualmente a su peludo tío el babuino por qué los melones eran dulces, pero su tío le dio un coscorrón con su mano peluda.

Aun así, el elefantito seguía sintiendo una curiosidad insaciable y hacía preguntas sobre todo aquello que veía, oía, olía o tocaba.

Una espléndida mañana de verano, el elefantito hizo una pregunta que hasta entonces nunca había formulado:

—¿Qué come el cocodrilo?

Pero dándole un coscorrón, le gritaron todos a la vez:

—¡Cállate!

Se marchó, muy triste, en busca de su amigo el pájaro Kolokolo.

—Mi padre me ha dado un coscorrón, mi madre me ha dado un coscorrón, y todos mis tíos y tías me han dado un coscorrón —se quejó el pobre elefantito—. Y todo por preguntar. Pero a pesar de los coscorrones, yo quiero saber qué come el cocodrilo.

El pájaro Kolokolo le contestó con su triste voz:

—Ve a orillas del río Limpopo, el de aguas verdosas y grises, y allí descubrirás lo que quieres saber.

A la mañana siguiente, el elefantito cargó cincuenta kilos de plátanos y diecisiete melones para el viaje y se despidió de toda su familia.

—Adiós —les dijo—. Me voy al río Limpopo, el de aguas verdosas y grises, para averiguar qué come el cocodrilo.

Todos le dieron un coscorrón para desearle buena suerte, y él se puso en marcha.

El camino era largo. Subió montañas, atravesó valles y dirigiéndose siempre hacia la salida del sol llegó, por fin, a la orilla del río Limpopo, el de aguas verdosas y grises, tal y como el pájaro Kolokolo le había dicho.

Debéis comprender que hasta esa misma semana, día, hora y minuto, el elefantito nunca había visto un cocodrilo y no tenía ni idea de cómo era.

A la primera que encontró fue a una serpiente boa bicolor enroscada sobre una roca, y le preguntó:

—Hola, ¿has visto un cocodrilo por aquí?

—¿Qué si he visto un cocodrilo? —preguntó a su vez, la serpiente boa bicolor—¿Y qué querrás saber luego?

—Luego quiero saber qué come.

La serpiente boa de dos colores se desenroscó rápidamente y le dio al elefante un coscorrón con la punta de la cola.

—¡Ay!. mi padre, mi madre y mis tías y tíos siempre me dan coscorrones por preguntar demasiado, y tú haces lo mismo.

El elefantito se despidió de la serpiente y prosiguió su camino.

Por fin, llegó al río Limpopo, el de aguas verdosas y grises, y en la orilla tropezó con lo que le pareció un tronco caído. Pero aquello era, nada más y nada menos, que el cocodrilo, y el cocodrilo guiñó un ojo.

—Hola —le dijo el elefante cortésmente—, ¿has visto por aquí un cocodrilo?

El cocodrilo, entonces, guiñó el otro ojo y levantó media cola del barro. Al ver lo que hacía, el elefantito dio un salto atrás, pues no quería recibir otro coscorrón.

—¿Por qué te alejas? —preguntó el cocodrilo.

—Disculpa, pero es que todo el mundo me da coscorrones cuando pregunto y no quiero recibir otro.

—Pues no preguntes más —dijo el cocodrilo—, porque el cocodrilo soy yo.

Y se puso a llorar lágrimas de cocodrilo para demostrar que era cierto.

—¡Por fin! Te he estado buscando durante muchos días. ¿Me puede decir qué comes?

—Claro, chiquitín. Acércate, te lo susurraré al oído.

El pequeño elefante acercó la cabeza a la boca dentuda del cocodrilo y el cocodrilo lo agarró por la nariz, que hasta ese misma semana, día, hora y minuto no había sido más grande que una bota, aunque mucho más útil.

—Creo —dijo el cocodrilo entre dientes—, que hoy empezaré… ¡comiendo un elefante!

El elefantito, muy molesto, le dijo hablando con la nariz tapada:

—¡Suéltabbe, que be hace’ dallo!

La serpiente boa bicolor, que lo había visto todo, se acercó a la orilla:

—Amigo elefante, si no tiras hacia atrás enseguida con todas tus fuerzas, creo que ese pedazo de piel —Se refería al cocodrilo— se te llevará antes de que puedas decir esta nariz es mía.

El elefantito clavó sus patas traseras en el suelo y tiró y tiró y volvió a tirar con todas sus fuerzas, hasta que su nariz empezó a estirarse.

Mientras tanto, el cocodrilo daba coletazos en el agua haciendo espuma, y seguía tirando y tirando y la nariz del elefantito seguía alargándose más y más.

Poco a poco, el elefante empezó a resbalar y, entonces, la serpiente boa bicolor se acercó a él y se enroscó con doble vuelta en sus patas traseras y lo ayudó a tirar. Y como el elefantito y la serpiente juntos tiraban más fuerte, el cocodrilo, al fin, soltó la nariz del elefante.

El elefantito agradeció la ayuda a la boa bicolor y después envolvió la nariz en piel de plátano y la puso en remojo en las aguas del río.

—¿Qué haces? —le preguntó la boa.

—Quiero encoger mi nariz.

—Algunos no saben lo que les conviene… —suspiró la boa.

Tres días pasó el elefante con la trompa en remojo, pero la nariz no se le acortó ni un poquito, solo consiguió que se le arrugara.

Al tercer día, un tábano picó al elefantito en el hombro y, sin darse cuenta, levantó la trompa y lo espantó.

—¡Primera ventaja! —dijo la boa.

El elefantito sintió hambre, alargó la trompa, arrancó un buen manojo de hierbas y se lo llevó a la boca.

—¡Segunda ventaja! —dijo la boa.

El elefantito tenía calor, tomó agua del río Limpopo con su trompa y la derramó sobre su cabeza.

—¡Tercera ventaja! —dijo la boa— Y hay más. Piensa, que con la trompa podrás defenderte y ya nadie se atreverá a darte coscorrones…

—Gracias, lo recordaré. Ahora me vuelvo a casa.

Y regresó a su hogar balanceando feliz su trompa.

Cuando quería comer fruta, la arrancaba del árbol en vez de esperar a que se cayera. Si tenía calor, se daba una ducha. Y si se sentía solo, barritaba con su trompa y hacia más ruido que varias orquestas juntas.

En una noche oscura, llegó a casa con la trompa enrollada y saludó:

—¿Cómo estáis?

—¡Estábamos muy preocupados! Ven aquí, que te daremos un coscorrón por ser tan preguntón.

—¡Vosotros no sabéis nada de coscorrones!

Y desenroscando su trompa, fue él el que repartió coscorrones por doquier.

—¡Plátanos! ¿Quién te ha enseñado ese truco? ¿Cómo has conseguido esa nariz?

—Me la dio un cocodrilo que vive en el río Limpopo después de preguntarle qué comía.

—¡Qué fea! —dijo su tío el babuino.

—Será fea, pero es muy útil.

El resto de elefantes, al ver todo lo que podía hacer aquella trompa, se apresuraron a ir al río Limpopo para pedir una igual al cocodrilo.

Desde entonces, todos los elefantes —los que verás en tu vida y los que no verás— tienen una trompa exactamente igual a la de aquel elefantito curioso y con ella entonan esta canción:

Tengo seis ayudantes honestos

—me enseñaron cuanto sé—,

sus nombres son  Dónde, Cómo, Cuándo,

Qué, Quién y Por qué.

Los mando por tierra y mar;

los mando de este a oeste

y después de trabajar para mí,

los dejo descansar.

Los dejo descansar de nueve a cinco,

cuando estoy ocupado,

pero les doy desayuno, almuerzo y té,

porque siempre tienen hambre.

Aunque otra gente tiene puntos de vista distintos.

Conozco a una personita

que mantiene a diez millones de ayudantes,

¡y no descansan jamás!

Los envía a todas partes con asuntos personales

desde el momento en que abre los ojos.

¡Un millón de Cómos, dos millones de Dóndes,

y siete millones de Porqués!

FIN

De cómo se instaló la gata dentro de la choza

Ilustración: Picolo-kun

Había una vez una gata, una gata salvaje, que vivía sola en el matorral. Cuando al cabo del tiempo se cansó de su soledad, tomó por esposo a otro gato salvaje que, a sus ojos, era la criatura más espléndida de la selva.

Paseaban juntos cierto día por un sendero entre la hierba alta, cuando, zas, de la pradera salió de un brinco el Leopardo y le pegó un revolcón al marido de la gata, que quedó despanzurrado en el suelo.

–¡Vaya! –dijo la Gata–. Mi marido ha mordido el polvo; ahora comprendo que la criatura más espléndida de la selva no es él, sino el Leopardo –y la Gata se fue a vivir con el Leopardo.

Vivieron muy felices hasta que un día, cuando cazaban en el matorral, de pronto, catapún, de entre las sombras saltó el León, aterrizó en el lomo del Leopardo y se lo zampó.

–¡ Vaya! –dijo la Gata–. Ahora veo que la criatura más espléndida de la selva no es el Leopardo, sino el León.

Y la Gata se marchó a vivir con el León.

Vivieron juntos muy felices hasta que un día, cuando acechaban a sus presas en el bosque, una figura enorme se cernió sobre ellos y fu–chu, el Elefante plantó su pata sobre el León y lo dejó planchado.

–¡Vaya! –dijo la Gata–. Ahora veo que la criatura más espléndida no es el León, sino el Elefante.

Así pues, la Gata se fue a vivir con el Elefante. Trepaba en su lomo y se acomodaba ronroneando en su cuello, justo entre las orejas.

Vivieron juntos muy felices hasta que un día, cuando paseaban entre las altas cañas de la margen del río, ¡pa–wa!, se oyó una fuerte detonación y el Elefante se desplomó en la tierra.

Al mirar a su alrededor, la Gata solo alcanzó a ver un hombrecillo con una escopeta.

–¡Vaya! –dijo la Gata–. Ahora veo que la criatura más espléndida de la selva no es el Elefante, sino el Hombre.

Y, así, la Gata echó a andar detrás del Hombre y, al llegar a su casa, se encaramó de un salto al techo de paja de la choza.

–Por fin he encontrado a la criatura más espléndida de toda la selva.

Vivió felizmente en el techado de la choza y comenzó a atrapar a los ratones y las ratas de la aldea. Hasta que un día, mientras se calentaba al sol sobre la choza, oyó ruidos procedentes del interior. Las voces del hombre y de su esposa fueron subiendo de volumen poco a poco hasta que ¡wara–wara–wara…yo–ui!, por la puerta salió despedido el hombre y aterrizó en el polvo.

–Con que sí, ¿eh? –dijo la Gata–. Ahora sé quién es de verdad la criatura más espléndida de la selva: la Mujer.

La Gata descendió del techo, entró en la choza y se arrellanó junto al fuego.

Y allí está instalada desde entonces.

FIN

Los dos reyes de Gondar

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Ilustración: Blasterkid

Era un día como los de antaño… y un pobre campesino, tan pobre, que no tenía más que la piel sobre los huesos y tres gallinas que picoteaban algún grano de teff que hallaban en el polvoriento suelo, estaba sentado a la entrada de su vieja cabaña como cada atardecer. De súbito, en la lejanía divisó a un cazador montado sobre su caballo que se acercaba galopando.

Al llegar frente a su casa, el forastero refrenó la montura, se acercó a él, desmontó y le dijo:

—Paz para ti en esta tarde, me he perdido en la montaña y estoy buscando el camino que conduce a la ciudad de Gondar.

—¿Gondar? Gondar está a dos días de camino de aquí —le contestó el campesino—. Pero el sol ya se está poniendo y sería más sensato que pasaras aquí la noche y te marcharas bien temprano mañana por la mañana.

El cazador aceptó la oferta y el campesino eligió la más hermosa de sus tres gallinas y con ella preparó un guiso para agasajar a su invitado.

Después de cenar juntos, pero sin apenas hablar, el campesino le cedió su cama al cazador para que pudiera descansar y él se acostó en el suelo, junto al fuego.

Al día siguiente, poco antes de amanecer, cuando el cazador se hubo levantado, el campesino le explicó cómo llegar hasta Gondar:

—Debes adentrarte en el bosque hasta dar con un río, que deberás cruzar montado en tu caballo, pero con mucho cuidado de no desviarte hacia la parte más profunda, la cual reconocerás porque en ella hay unas rocas muy grandes; acto seguido, toma el camino de la izquierda, el que bordea el precipicio y sigue hasta desembocar en una carretera muy ancha y después…

El cazador, que escuchaba con atención, repuso:

—Creo que volveré a perderme. No conozco esta región… ¿Tú podrías acompañarme hasta Gondar? Podrías montar tras de mí en el caballo…

—De acuerdo —dijo el campesino—, pero con una condición: cuando lleguemos allí, me dirás adónde debo dirigirme para poder conocer al rey. ¡Me haría tanta ilusión verlo! ¡Aunque fuera desde lejos!

—No hay problema en eso. Lo verás. ¡Te lo prometo!

El campesino cerró la puerta de su cabaña, montó en el caballo detrás del cazador y emprendieron la marcha.

Pasaron horas y horas atravesando montañas y montañas y bosques y ríos… y, después, pasó otra noche entera más.

Si atravesaban caminos sin sombra, el campesino abría su sombrilla negra y los dos se protegían del sol. Si pasaban por lugares fríos, se cubrían los dos con la misma manta vieja que el campesino había tenido la precaución de llevar consigo.

Cuando al fin divisaron la ciudad de Gondar recortada sobre el horizonte, el campesino le preguntó al cazador:

—¿Cómo se reconoce a un rey?

—No te preocupes, es muy fácil: cuando todo el mundo hace lo mismo, el rey es aquel que hace las cosas de forma diferente. Solo tienes que observar qué hace la gente que te rodea y lo reconocerás de inmediato.

Poco después, los dos hombres llegaron a la ciudad y el cazador enfiló el camino hacia palacio.

Al llegar a la entrada, se encontraron con muchísima gente que hablaba y se contaba historias, hasta que vieron a los dos jinetes sobre el caballo; entonces todos guardaron silencio, se apartaron para dejarles el paso libre y se fueron arrodillando a medida que pasaban ante ellos.

El campesino no entendía nada. Todo el mundo estaba arrodillado, excepto el cazador y él, que montaban el corcel.

—¿Dónde estará el rey? —preguntó el campesino— Mira a la gente… Debe andar cerca, pero yo no lo veo.

—Ahora entraremos en el palacio y lo verás. ¡Te lo aseguro!

Y los dos hombres entraron en el recinto del palacio montados en el caballo.

El campesino estaba inquieto. Veía de lejos una larga fila de gente y de guardias montados a caballo que los esperaban ante las puertas de entrada.

Al pasar delante de ellos, los guardias desmontaron y solo ellos dos siguieron sobre el caballo.

El campesino se empezó a poner nervioso:

—Me dijiste que cuando todo el mundo hiciera lo mismo… Pero sigo sin saber quién es el rey…

—Paciencia. Ya lo reconocerás. Tu solo recuerda que cuando todo el mundo hace exactamente lo mismo, el rey es el que actúa diferente al resto.

Los dos hombres desmontaron y entraron juntos a una inmensa sala del palacio. Nobles, cortesanos y consejeros reales, todos a una, se sacaron sus sombreros e hicieron una genuflexión cuando los vieron. Todos se quedaron con el sombrero en la mano, excepto el cazador y el campesino.

El campesino, entonces, se acercó al cazador y murmuró en su oído:

—Aún no sé quién es el rey…

—No seas impaciente —lo interrumpió el cazador—, acabarás por reconocerlo. Ven, siéntate conmigo.

Y ambos se instalaron en un amplio y cómodo sillón mientras toda la gente que había allí seguía de pie.

El campesino, cada vez más inquieto, empezó a observar con atención todo lo que lo rodeaba. Se giró hacía el cazador y le preguntó:

—Vamos a ver… ¿Quién es el rey?, ¿eres tú o lo soy yo?

El cazador se echó a reír y contestó:

—El rey soy yo, pero tú también eres un gran rey porque supiste acoger en tu casa a un extranjero que necesitaba ayuda y lo trataste bien.

Y desde entonces, el campesino y el cazador conservaron su amistad durante toda su vida.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Los dos reyes de Gondar” con la voz de Angie Bello Albelda

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La suerte dormida

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Ilustración: Sabin Boykinov

Érase una vez, un muchacho tímido y tranquilo llamado Kenjo que trabajaba solo la tierra en su pequeña propiedad.

Burama, su vecino, era dueño de una gran extensión de terreno y lo ayudaban varios jornaleros.

Al llegar las primeras lluvias, Burama y sus empleados terminaron de sembrar el mijo en dos o tres días. Después, se sentaron a mirar cómo trabajaba Kenjo y a criticar lo lento que era.

Cuando Kenjo terminó de sembrar no se sentó, sino que se puso inmediatamente a deshierbar. Fue entonces cuando los de la finca vecina se dieron cuenta de su error, su granja estaba infestada por una terrible plaga de malas hierbas, así que cuando llegó la época de la cosecha, Kenjo recogió cien sacos de mijo mientras que Burama tuvo que conformarse con la mitad.

Al año siguiente, Burama y sus empleados decidieron trabajar más duramente, pero el resultado fue el mismo. No importaba qué nuevas estrategias intentaran, Kenjo siempre obtenía mejores cosechas. El rico hacendado decidió entonces consultar a un brujo.

El brujo lanzó unas conchas sobre su esterilla. Repitió la operación tres veces y en cada ocasión estudió largamente la disposición en la que caían. Tras un prolongado silencio, al fin habló:

—Hace muchos años que soy brujo y jamás antes fui testigo de una distribución semejante. Cada vez es la misma. Tú quieres saber por qué no puedes ganar a tu vecino, pero las conchas dicen que sí puedes. Aunque también dicen que tu suerte está dormida sobre una alta montaña, en el Este, y que hasta que no emprendas el viaje hacia esa lejana colina y la despiertes no hay nada que hacer.

Burama contó a sus jornaleros lo que había ocurrido y les dijo:

—Mañana partiré en busca de mi suerte. En mi ausencia, cuidad bien de mis tierras.

A la mañana siguiente, emprendió el viaje y anduvo durante un día y medio sin descansar. Al final del segundo día, se encontró con un caníbal que quería comérselo.

—¡No me comas! —suplicó— Vivo en una granja que linda con la de mi vecino Kenjo. Al final de cada cosecha él recolecta más mijo que yo y el hechicero de mi aldea dijo que esto no cambiará porque mi suerte está durmiendo en el Este. Ahora me dirijo a despertarla, por favor, déjame continuar mi camino.

El caníbal estuvo pensando un momento y después dijo:

—He estado en la selva durante muchos años y me he encontrado con montones de cosas extrañas, pero jamás había oído una historia tan extraordinaria. Te dejo marchar con una condición: si encuentras a tu suerte, pregúntale por qué nunca me harto, ni aunque me coma una vaca entera. Vuelve por este camino para darme la respuesta.

Burama le prometió al caníbal que volvería por el mismo camino.

Viajó durante unos días más, hasta que encontró una pequeña cabaña en medio del bosque. Entró y fue recibido por una mujer muy, muy vieja, la cual lo invitó a pasar la noche en su casa. Después de cenar, la anciana le preguntó a Burama por el motivo de su viaje y Burama le relató su historia.

Al terminar, la mujer le dijo:

—Tengo ciento veinte años. He viajado por todo el mundo buscando las historias y la sabiduría de todas las tierras, pero nunca había oído algo así. No estoy diciendo que sea imposible, cualquier cosa puede ser posible hoy día… Si encuentras a tu suerte y puedes despertarla, pregúntale por qué ningún cultivo crece en mis tierras. Cada año intento sembrar verduras, pero nunca crecen. Pregunta a tu suerte qué debo hacer.

Burama le prometió a la anciana que así lo haría y a la mañana siguiente reanudó su camino.

Después de viajar durante tres días más, fue a parar a una gran tierra administrada por un poderoso gobernador. El gobernador había oído hablar de alguien que buscaba su suerte y quiso conocerlo.

—No hace falta que me cuentes tu historia porque ya la sé. He querido verte porque quiero que le preguntes a tu suerte por qué la gente de estas tierras no es feliz desde que yo soy el gobernador. Haz esto por mí y regresa para darme la respuesta. Te recompensaré.

Burama le prometió que haría la pregunta y continuó su camino hacia el Este.

Al cabo de tres días, divisó una alta montaña y decidió subir hasta la cima. Mientras ascendía, vio a una niña dormida. «Esa debe de ser mi suerte —Pensó—. La despertaré»:

—¡Despierta holgazana! —gritó Burama— Por tu culpa las cosas no van como debieran.

La niña se desperezó:

—Es cierto —dijo—, pero ahora ya puedes volver a tu casa porque estoy despierta y todo cambiará.

—Bien, pero antes tengo que hacerte tres preguntas. La primera se refiere a un gobernador que vive cerca de aquí. Su gente no es feliz y quiere saber por qué.

La niña sonrió y dijo:

—Dile a ese «Gobernador» que sabes que es una mujer disfrazada y que hasta que no se muestre tal y como es y revele su secreto, su pueblo no será feliz.

—De acuerdo. Ahora la segunda pregunta. Esta es sobre una mujer vieja que vive en medio del bosque. Nada da fruto en su tierra. ¿Por qué?

—Dile a esa mujer que haga un agujero y saque de su tierra el oro y los diamantes que una vez enterró allí. Después podrá plantar todo lo que desee.

La niña se levantó dispuesta a marcharse, pero Burama la detuvo:

—¡Espera! Tienes que contestarme la última pregunta. Conocí a un caníbal que nunca se harta, ¿qué debe hacer para curarse?

La niña se giró y contestó:

—No creo que comprendas este mensaje: evita a ese caníbal, pero si vuelves a verlo, dile que se coma al hombre más necio del mundo y se curará.

Dicho esto, la niña desapareció entre unos matorrales y Burama emprendió el camino de regreso.

Después de viajar tres días llegó al palacio del gobernador. Se acercó a “él” y le dijo:

—He encontrado a mi suerte y me ha dicho que guardas un secreto: eres una mujer. Hasta que no digas la verdad, tu pueblo será infeliz.

Las lágrimas resbalaron por las mejillas del «Gobernador».

—Eres el único que conoce mi secreto. La historia de cómo llegué a mandar en esta rica tierra es muy larga, si te quedas a mi lado y te casas conmigo, te la contaré.

Burama la saludó con la cabeza mientras se marchaba:

—¡No, no! Yo tengo que regresar y demostrar que soy mejor granjero que mi vecino. ¡Cuéntale a otro tu secreto!

Unos días más tarde, llegó a la casa de la mujer vieja y le dijo que debía cavar y sacar del suelo las barras de oro y los diamantes que había escondido allí y que impedían que crecieran las plantas.

La anciana le dijo a Burama:

—¡Es verdad! Ahora lo recuerdo… ¡Prometí dárselos a quién me ayudara a cavar! Si tú lo haces, todos mis tesoros serán tuyos.

—No, no —dijo Burama—. Lo siento, tengo que marcharme y demostrar que soy mejor granjero que mi vecino. ¡Ya encontrarás a otro que quiera cavar!

Y Burama se marchó a su casa, dejando atrás montañas de oro y diamantes.

Cuando ya estaba cerca de su granja, encontró al caníbal y le contó todo lo que le había sucedido durante el viaje.

-¿Y qué me dices de mi problema? —peguntó el caníbal—, ¿le has preguntado a tu suerte sobre mí?

—Sí. Me dijo que debes comerte al hombre más necio del mundo y sanarás.

El caníbal pensó un instante y, acto seguido, se comió a Burama y su trastorno se curó instantáneamente.

A la mañana siguiente, Kenjo se levantó muy temprano para ir a buscar leña y en un claro del bosque vio una camisa sobre la hierba. Se acercó y la miró atentamente. Sin ninguna duda, era la camisa de su vecino Burama. Mientras la examinaba, vio a una niña que dormía bajo un árbol y la despertó:

—¿Has visto por aquí al hombre que ha perdido esta camisa?

—No te preocupes por esa camisa, tienes mucho que hacer. Debes emprender un viaje hacia el Este. Dentro de tres días encontrarás una pequeña cabaña donde vive una mujer vieja, pregúntale si quiere que caves su tierra para que sus plantas puedan crecer. Acto seguido, ve a la tierra de un gran gobernador, y dile que conoces su secreto, que sabes que es una mujer. Y sobre todo, recuerda una cosa: si durante tu viaje te toparas con un caníbal, ¡no hables con él!

Kenjo siguió las instrucciones al pie de la letra y si todavía vive, es inmensamente rico y feliz junto a la Gobernadora.

FIN

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Kitete, el hijo de Shindo

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Ilustración: Mónica Pereiro

Había una vez, una mujer chagga, llamada Shindo que vivía en un pueblo al pie del monte Kilimanjaro. Era viuda y no había tenido hijos y como vivía sola, siempre estaba muy cansada, ya que tenía que encargarse de todo. A diario limpiaba su casa y barría el patio, daba de comer a las gallinas; iba al río a lavar la ropa; acarreaba agua del pozo; cortaba la leña; cocinaba…

Cada noche, al ocultarse el sol, Shindo elevaba su vista hacia el monte y rogaba:

—¡Gran Espíritu de la montaña!, estoy cansada. ¡Envíame ayuda!

Cierto día en el que Shindo limpiaba el huerto de malas hierbas, apareció a su lado, de repente, un hombre que habló así a la sorprendida mujer:

—Soy mensajero del Gran Espíritu de la Montaña. Siembra estas semillas de calabaza y cuídalas, porque ellas son la respuesta a tus plegarias.

Dicho esto, desapareció.

Shindo se preguntó: “¿Cómo podrán ayudarme unas semillas de calabaza?”, pero igualmente las sembró y las cuidó con esmero.

Asombrada, veía cómo crecían día a día. Tanto, que una semana más tarde, las calabazas ya habían madurado.

La mujer las cortó y se las llevó a su casa, les quitó la pulpa y las dejó huecas. Una vez preparadas, las colgó de una viga. Allí se secarían y se endurecerían y, cuando ya estuvieran listas, las vendería en el mercado para ser usadas como cuencos o jarras.

Separó y reservó para ella la calabaza más pequeña y la colocó junto al fuego para que se secara más rápidamente.

A la mañana siguiente, Shindo se marchó al campo a sembrar y mientras ella no estaba, las calabazas empezaron a cambiar. Les crecieron cabezas, brazos y piernas y, en poco tiempo, aquellas calabazas se habían trasformado en niños.

También la calabaza que Shindo había dejado junto al fuego, era ahora un niño y oyó como los otros lo llamaban desde la viga de la que pendían:

¡Kitete, hermano, bájanos de la viga!

Ayudaremos a mamá.

Bájanos de aquí, Kitete,

¡nuestro hermanito favorito!

Kitete ayudó a bajar a sus hermanos y hermanas de las vigas y ya en el suelo, los niños salieron de la casa y todos empezaron a cantar y a jugar en el patio…

Todos menos Kitete, que como había estado tan cerca del fuego, ahora era un niño débil y enfermizo, al que le costaba entender las cosas. Así, que mientras sus hermanos y hermanas cantaban y jugaban, Kitete los observaba sonriente, sentadito en la puerta de la casa.

Al poco, los niños dejaron de divertirse y pusieron manos a la obra: limpiaron la casa, barrieron el patio, alimentaron a las gallinas, lavaron la ropa en el río, acarrearon el agua del pozo, cortaron leña y cocinaron para que Shindo tuviera la comida preparada al regresar.

Cuando todo estuvo hecho, Kitete ayudó a sus hermanos a colgarse de la viga y poco después, todos eran de nuevo calabazas.

Al llegar Shindo aquella tarde, los vecinos le preguntaron:

—¿Quiénes eran esos niños que estaban hoy en tu casa? ¿De dónde han salido? ¿Por qué te ayudan con el trabajo de casa?

—¿Qué niños? ¿Os reís mí?” —contestó Shindo muy enojada.

Pero al entrar en su casa, se quedó atónita. ¡Todo el trabajo estaba hecho y su comida preparada! ¿Quién podía haber hecho aquello?

Al día siguiente, la historia se repitió. En cuanto Shindo se marchó, las calabazas se convirtieron en niños y gritaron a coro:

¡Kitete, hermano, bájanos de la viga!

Ayudaremos a mamá.

Bájanos de aquí, Kitete,

¡nuestro hermanito favorito!

Kitete los descolgó, jugaron un rato, terminaron las labores de la casa de la casa, subieron a la viga, y todos se convirtieron en calabazas de nuevo.

Una vez más, Shindo quedó desconcertada y decidió descubrir quién la estaba ayudando.

Al tercer día, Shindo fingió que se marchaba, pero en lugar de dirigirse al campo, se escondió para observar qué sucedía. Entonces vio a las calabazas convertirse en niños, y oyó como gritaban:

¡Kitete, hermano, bájanos de la viga!

Ayudaremos a mamá.

Bájanos de aquí, Kitete,

¡nuestro hermanito favorito!

Salieron de la casa, jugaron, hicieron los trabajos caseros y después, con la ayuda de Kitete, empezaron a encaramarse a la viga.

—¡No, no! —les dijo Shindo llorando— ¡No os transforméis de nuevo en calabazas! Seréis mis hijitos y os cuidaré y os querré.

Desde ese día, los niños se quedaron con Shindo, como sus hijos y ella ya nunca más estuvo sola. Todos juntos trabajaron tanto, que pronto mejoró la economía de la casa, y pudieron comprar un campo y un gran rebaño de ovejas y cabras. Todos hacían algo, excepto Kitete, que se quedaba junto al fuego sonriendo.

A Shindo esto no le importaba. De hecho, Kitete era su favorito, porque era como un tierno bebé. Pero en ocasiones, cuando ella estaba cansada o triste, pagaba su mal humor con él.

—¡Eres un niño inútil! —le decía— ¿Por qué no puedes ser inteligente como tus hermanos y hermanas, y trabajar como ellos?

Y Kitete la miraba y sonreía.

Un día que Shindo llevaba una gran olla a la cocina, tropezó con Kitete y se cayó al suelo. La olla de arcilla se hizo añicos y el guiso se esparció por todas partes.

—¡Muchacho tonto! —gritó Shindo— ¡Te tengo dicho que no te cruces en mi camino! Pero, ¿qué puedo esperar de ti si no eres un niño de verdad? ¡Solo eres una calabaza hueca!

En ese mismo instante, Kitete desapareció y en su lugar quedó la pequeña calabaza.

—¿Qué he hecho? —se lamentaba Shindo acariciando la anaranjada superficie— ¡No quería decir eso! Tú no eres una calabaza, tú eres mi hijito querido.

Los hermanos y hermanas de Kitete se miraron entre ellos, y todos subieron de un salto a la viga y al unísono gritaron:

¡Kitete, hermano, bájanos de la viga!

Ayudaremos a mamá.

Bájanos de aquí, Kitete,

¡nuestro hermanito favorito!

Pasó el rato y nada sucedía. Hasta que, de repente, la pequeña calabaza empezó a cambiar: le creció una cabeza, luego unos brazos, y finalmente unas piernas. ¡De nuevo era Kitete!

Shindo aprendió la lección, Kitete era distinto, pero no por ello menos valioso que el resto de sus hijos. A partir de entonces, tuvo mucho cuidado en repartir su amor entre todos por igual y ellos, a su vez, le ofrecieron consuelo y felicidad, durante el resto de sus días.

FIN

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El chico y el cocodrilo

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Ilustración: Camelid

Un chico se adentró en la selva para recoger leña. Al mediodía ya había recogido un buen montón, la ató bien y tomó el camino de regreso hacia su aldea.

Al subir una colina, vio a poca distancia un lago que nunca antes había visto y pensó: «Iré a beber. Tengo mucha sed». Mientras estaba bebiendo, se encontró cara a cara con un cocodrilo y empezó a correr, pero el cocodrilo lo llamó:

—Niño, no corras, ¡ayúdame, por favor! Hace tres días que estoy aquí sin comida y si te vas, moriré.

El cocodrilo, que se llamaba Bambo, pensó que aquel tierno muchachito sería un bocado exquisito y añadió:

—Vine a este lago por un afluente del río, pero ahora el afluente se ha secado y yo no me puedo mover. Debes ayudarme a regresar de nuevo al río, prometo que no te haré nada.

El muchacho empezó a llorar.

—No llores —dijo Bambo— no pienso comerte.

—Aunque no me comas, tú eres más grande que yo, y más fuerte, y más largo. ¿Cómo podré transportarte? —preguntó el niño

—Esto no es ningún problema. Coge tu hacha y corta dos palos largos —respondió Bambo.

El chico cortó los palos y siguió las instrucciones del cocodrilo: puso uno de ellos en el suelo, el cocodrilo se puso encima y después el niño puso el otro palo sobre la espalda del cocodrilo. A continuación, ató palos y cocodrilo juntos desde la cabeza hasta los pies, lo levanto por la cola y lo arrastró hasta el río y durante todo el camino, lloraba y cantaba:

El cocodrilo me da miedo,

porque me comerá.

¡Ay!, miedo me da.

Bambo le repetía:

—No pienso comerte, porque si lo hiciera, significaría que recompenso tu buena acción con maldad.

Pero el chico no hizo caso y continuó llorando y cantando su canción.

Al llegar al río, el muchacho quiso poner al cocodrilo de espaldas antes de desatarlo, pero Bambo le dijo:

—Si me dejas aquí, patas arriba, moriré igualmente. ¿Me has traído a través de toda la colina para esto? Por favor, no me dejes tan cerca del río así.

El chico introdujo al cocodrilo en el río hasta que el agua le llegó a la cintura.

—Un poco más, un poco más —imploró Bambo.

—El agua me llega ya a la cintura y yo no sé nadar —contestó el chico—. Deja que te suelte aquí mismo.

—Por favor, muchacho, solo un poco más lejos.

El chico continuó hasta que el agua le llegó al cuello.

—Te soltaré aquí —dijo el muchacho.

El cocodrilo estuvo de acuerdo y una vez libre, se dio la vuelta y apresó con sus enormes fauces al chico.

—¿Cómo puedes hacerme esto? —sollozó el muchacho— ¿Has olvidado tu promesa?

—Debiste suponer que no hablaba en serio. Después de todo, lo dije porque estaba atrapado en el lago, pero llevo tres días sin comer y si te dejo escapar quizá no tendré fuerza para cazar e igualmente moriré. Es un poco desafortunado para ti, pero comprende mi situación.

—Sabía que me comerías. Por esto he estado llorando todo el rato. Sabía que recompensarías mi buena acción con maldad.

En la orilla del río había un árbol y el chico propuso al cocodrilo:

—Antes de comerme, expongamos nuestro caso al árbol a ver qué dice.

Al cocodrilo le pareció bien y contaron su historia al árbol. Al terminar, el árbol sacudió sus ramas y habló:

—Cocodrilo, creo que tienes razón. Nosotros, los árboles, sabemos lo ingratos que pueden ser los humanos. Se sientan bajo nuestra sombra para protegerse del sol abrasador. Les proporcionamos frutos y medicamentos, los ayudamos a que llueva para su bien y el de sus tierras, pero tan pronto como somos grandes y fuertes, vienen y nos cortan para sus egoístas propósitos. Son locos y desagradecidos. Cocodrilo, ¡cómete tu presa! —sentenció solemne el árbol.

—Ya lo has oído —dijo Bambo encantado—. Te voy a comer porque todo el mundo sabe lo ingratos que sois los humanos.

Justo en ese momento, una vaca se acercó a beber al río y el chico le dijo al cocodrilo:

—Pidamos una segunda opinión. Expongamos el caso a la vaca. Estoy seguro de que ella no estará de acuerdo con el árbol.

Llamaron a la vaca y cuando terminaron de contar su historia, esta levantó la cabeza y dijo:

—Cocodrilo, puedes comértelo. Los humanos son las criaturas más ingratas que existen. Mientras fui joven y los humanos podían beber mi leche, me daban comida y agua, pero ahora que soy vieja y mi leche se ha secado me han abandonado y no me dan ni siquiera de beber. Por lo tanto, cocodrilo, creo que tienes razón —sentenció la vaca.

Ya se disponía el cocodrilo a comerse al niño cuando un asno fue a beber.

—¡Espera! —gritó el chico—. Contemos nuestras historias al asno.

—¡Chico! —gritó enfurecido Bambo—, no importa lo que él diga, te voy a comer de todos modos.

—Aun así, pidamos una tercera opinión, por favor —rogó el joven.

Contaron su historia al asno y este, después de escuchar atentamente dijo:

—Cocodrilo, escucha, cuando yo era joven los humanos ponían sobre mi lomo todo tipo de cargas y me pegaban, pero ahora soy viejo y casi no puedo cargar ni conmigo mismo, por esta razón me han abandonado. Dejaron de darme hierba para comer y me negaron incluso el agua. Los humanos son los seres más ingratos de este mundo. Así que puedes comértelo —sentenció el asno.

—¡Ya lo has oído! —exclamó Bambo—. No pienso dejarte libre, no hay nada que te pueda salvar.

Pero antes de hincarle el diente, un conejo pasó corriendo hacia el río.

—Por favor, por favor, contemos también nuestra historia al conejo —suplicó de nuevo el muchacho.

—¡Chico! Tengo hambre y empiezo a estar aburrido de este juego —exclamó el cocodrilo.

—¡Oh! ¡Por favor! Sólo una vez más —insistió el chico.

—De acuerdo, pero el conejo va a ser el último al que vamos a consultar.

Llamaron al conejo y el niño empezó a contar la historia, pero el conejo lo interrumpió:

—¡Cállate! He oído hablar de lo mentirosos que son los humanos. ¡Que hable primero el cocodrilo!

Bambo empezó a hablar, pero el conejo lo interrumpió:

—Perdona, amigo, mis orejas son muy grandes pero no oigo muy bien. ¿Podrías acercarte un poco?

El cocodrilo y el chico avanzaron unos pasos hasta que el agua llegó al pecho del muchacho. El cocodrilo empezó de nuevo a hablar y el conejo volvió a decir:

—Perdona de nuevo, cocodrilo, pero aún no puedo oírte. Por favor acércate hasta la orilla.

El chico y el cocodrilo así lo hicieron y primero uno y después el otro, contaron su versión de la historia al conejo. Después de oír al muchacho, el conejo exclamó:

—¡Ya sabía yo que los humanos sois todos unos mentirosos! ¿Esperas que crea que siendo tan pequeño y el cocodrilo tan grande lo has podido cargar desde la colina hasta aquí? ¡Demuéstrame cómo lo has hecho!

El chico cogió los dos palos, puso al cocodrilo encima de uno de ellos y el otro sobre su lomo. Después lo ató desde la cabeza hasta la cola. ¡El cocodrilo estaba atrapado! No podía moverse. Entonces el conejo preguntó:

—Niño, ¿le gusta la carne de cocodrilo a tu gente?

—Es la carne que más les gusta.

—Bien, entonces aquí tienes tu presa —dijo el conejo.

El chico cargó con el cocodrilo y lo llevó hasta su casa. Mientras, el cocodrilo lloraba y cantaba:

El chico me da miedo,

porque me comerá.

¡Ay!, miedo me da!

Al llegar a la aldea, todos empezaron a gritar:

—¡Mirad! ¡Nuestro muchacho fue a por leña y nos trae un cocodrilo!

—Y esto no es todo —dijo el chico—, también hay un conejo entre los matorrales. ¡Tenemos que cazarlo!

Al oír aquello, el conejo exclamó:

—¡Debo huir y ocultarme! Realmente, los humanos son los seres más ingratos que existen.

Y aunque buscaron al conejo hasta el anochecer, no pudieron dar con él. Cuando finalmente desistieron y estaban volviendo a casa, el conejo llamó al chico y le dijo:

—Lo que afirmaron el árbol, la vaca y el asno sobre los seres humanos es totalmente cierto. Fui yo quien te salvó la vida, y ahora tú quieres comerme del mismo modo como el cocodrilo quiso hacer contigo. ¡No quiero volver a saber nada más de ti!

Se dice, que es por este motivo que los conejos corren tan rápido al ver a un ser humano. Cuentan, que antes de que esto sucediera, si alguien se perdía en la selva, un conejo siempre salía para indicarle el camino de regreso.

FIN

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El ave que hechizaba con su canto

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Ilustración: CaymArtworks

A un poblado protegido por altas montañas, llegó un día una extraña ave multicolor. Desde entonces, el poblado ya jamás pudo vivir en paz.

Lo que los habitantes sembraban durante el día, desaparecía por la noche. El número de ovejas, cabras y gallinas disminuía sin cesar. Y llegó incluso el día en que a plena luz del sol, mientras la gente estaba trabajando en los campos, el ave entraba en los graneros donde se almacenaba el grano para el invierno y lo robaba.

Los aldeanos, desolados, ya no sabían qué hacer. La tristeza se apoderó de todo el pueblo y solo se oían llantos y lamentos.

Habían intentado dar caza al ave, pero ni el más valiente guerrero había conseguido atraparla. Era demasiado veloz para ellos. Apenas podían distinguir una sombra, solo oían el batir de sus alas cuando se posaba en la espesa copa de un gran mpingo que le servía de refugio.

El jefe de la aldea estaba desesperado y ya no sabía qué hacer. Hasta que un día, después de que el ave diezmara los rebaños y acabara con las reservas invernales, ordenó que todos los ancianos de la tribu, como si de un solo hombre se tratara, cogieran sus armas para atacar al pájaro:

—Talad el árbol en el que se esconde —les dijo.

Con hachas y cuchillos, los ancianos se acercaron hasta el árbol y empezaron a golpearlo para derribarlo, hundiendo las afiladas hojas en su tronco.

Al sentir en su carne las primeras heridas, el árbol se estremeció y en lo más alto de su copa, de entre las espesas ramas, emergió la cabeza de la misteriosa ave. Cantaba una dulce canción, que hablaba del hermoso pasado. Un tiempo perdido que jamás había de regresar.

Tan hermoso era su canto, que ablandó el corazón de los ancianos. Consiguió que, uno tras otro, soltaran sus armas y cayeran de rodillas, con lágrimas en los ojos, para escuchar aquella dulce canción cargada de añoranza y nostalgia. Entre ellos se decían:

—Es imposible que esta ave tan dulce haya causado tanto mal.

Cuando el sol se ocultó, regresaron a la aldea andando despacio, como sonámbulos y le dijeron al jefe de la tribu que, por nada del mundo, le harían daño al ave.

El jefe, ante la negativa de los ancianos, decidió recurrir a los jóvenes para acabar con el pájaro:

—Que sean ellos los que destruyan su poder.

A la mañana siguiente, los muchachos tomaron hachas y machetes y se dirigieron hacia el árbol. Con el vigor y la fuerza de su juventud, hundieron las cortantes hojas en la carne del mpingo. Pero tal y como había ocurrido el día anterior, entre las enmarañadas hojas de la copa, apareció la cabeza del pájaro multicolor. De nuevo, una melodía de extraordinaria belleza resonó en los cerros. Los jóvenes escuchaban extasiados aquella canción que hablaba a sus almas de amor, valentía y hazañas heroicas y, mirándose unos a otros, se dijeron:

—Esta ave dulcísima no puede ser malvada.

Hachas y machetes cayeron de sus manos y se arrodillaron a escuchar el canto del pájaro hasta que se ocultó el sol. Volvieron a la aldea y le dijeron al jefe de la tribu que por nada del mundo harían daño al ave misteriosa.

Ante este nuevo fracaso, el jefe montó en cólera.

—Ya solo quedan los niños. Ellos son los únicos capaces de distinguir la verdad de la mentira, porque oyen y ven con el corazón. Mañana iré con ellos y acabaremos con el pájaro.

Al día siguiente, se encaminaron juntos hacia el árbol. En cuanto los niños asestaron los primeros golpes, el ave, deslumbrante de hermosura, apareció en lo alto de la copa, pero ellos no miraron hacia arriba, siguieron con la vista puesta en sus hachas y golpeando el tronco, sin prestar atención a los lisonjeros cantos del pájaro.

Finalmente, el árbol se partió y con un fuerte chasquido cayó pesadamente al suelo, arrastrando consigo a la misteriosa ave, que murió aplastada por las ramas del mpingo.

Todo el pueblo acudió para ver lo que los niños habían conseguido con sus pequeños bracitos.

Aquella noche, el jefe organizó en el pueblo una gran fiesta en honor de los pequeños, para recompensarlos por haber salvado a toda la aldea de aquel extraño pájaro:

—Vosotros sois los únicos que sabéis distinguir la verdad de la mentira. Vosotros seréis para siempre los ojos y los oídos de la tribu.

FIN

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