álamo

Eglé, la reina de los áspides

Ilustración: rossdraws

Hace cientos de años, tantos que ya ni se recuerdan, vivía en las costas de Lituania un matrimonio de ancianos que tenía doce hijos y tres hijas. Un caluroso día de verano, las tres hermanas fueron a bañarse al mar. Jugaron en el agua hasta que se puso el sol. Entonces, volvieron a la orilla para vestirse. La más pequeña, de nombre Eglé, que en lituano quiere decir abeto, encontró un áspid sobre su ropa; se asustó y comenzó a gritar. La hermana mayor cogió un palo para ahuyentar a la serpiente, pero, de pronto, el animal habló y le dijo a Eglé con voz humana:

—Eglé, si prometes que te casarás conmigo, me iré sin haceros daño.

Eglé se echó a llorar. ¿¡Cómo iba a casarse con un áspid!?

—¡No me casaré contigo! ¡Devuélveme mi ropa y vete! —le dijo.

—¡Solo me marcharé si prometes casarte conmigo! —respondió el áspid.

Finalmente, Eglé le prometió al áspid que se casaría con él y este se sumergió en el mar.

A los tres días, apareció en el jardín de la casa de Eglé un regimiento de áspides, reptando lentamente. Unos treparon por la valla y otros se enrollaron en los árboles. Otro grupo se deslizó dentro de la casa para hablar con los ancianos padres y estos no tuvieron más remedio que entregar a su hija para que esta se casara con el rey de los áspides.

Los áspides y la joven llegaron a la orilla del mar. Y al instante, se levantaron dos enormes olas, pero en lugar del áspid que se había parada sobre las ropas de Eglé, apareció un apuesto muchacho: el rey de las aguas.

En el fondo del mar se celebró un gran banquete y Eglé se casó con el áspid.

Con el paso del tiempo, la muchacha se sintió muy feliz y se acostumbró a la vida bajo las aguas. Olvidó por completo a los suyos y olvidó su tierra.

Pasaron nueve largos años, durante los cuales Eglé tuvo cuatro hijos. Al mayor lo llamaron Roble, al segundo Fresno, al tercero Álamo y al más pequeño Chopo. Un día, el mayor preguntó a su madre:

—¿De dónde eres? ¿Dónde viven tus padres? Nunca nos has hablado de tu familia, mamá.

Entonces, Eglé se acordó de sus padres, se acordó de sus hermanos y recordó su tierra. Sintió gran nostalgia y quiso volver a su país para visitar a los suyos.

El áspid estuvo de acuerdo y acompañó a Eglé y a sus cuatro hijos hasta la orilla del mar.

—Cuando queráis regresar, venid hasta aquí y pronunciad estas palabras: «Áspid, áspid, si estás vivo, espuma blanca, si estás muerto, espuma roja». Si estoy vivo, vendré a buscaros. Pero si la espuma es roja, sabréis que he muerto. No reveléis a nadie estas palabras. Que nadie descubra nuestro secreto.

Eglé y sus hijos volvieron a su tierra. Sus padres y hermanos se alegraron mucho de verlos, y escucharon fascinados lo que contaban sobre su vida bajo las aguas. Pero cuando Eglé les dijo que después de visitarlos regresarían al mar y que el áspid rey los iría a buscar al escuchar su llamada, los hermanos idearon un plan para retenerlos con ellos para siempre en la tierra.

Una noche llevaron a los niños al bosque, encendieron una hoguera y, uno a uno, los interrogaron para obligarlos a decir cómo podrían hacer salir a su padre a la superficie del mar. Los tres chicos mayores, a pesar de las amenazas de sus tíos, no dijeron una palabra. Pero el más pequeño estaba muy asustado, temblaba de miedo y no tardó en revelar el secreto.

Al amanecer, los hermanos de Eglé se dirigieron a la orilla del mar. Llamaron al áspid y, cuando apareció entre la espuma, le cortaron la cabeza.

Pasó un mes y Eglé y sus hijos se despidieron para volver junto al áspid. Los hermanos los dejaron partir sin decir nada.

—Áspid, áspid, si estás vivo, espuma blanca, si estás muerto, espuma roja —dijo Eglé mirando hacia el mar.

El mar se agitó y desde las profundidades se elevó una enorme ola de espuma roja. Eglé escuchó la voz de su marido entre el rugido del mar:

—Tus hermanos me mataron. Nuestro hijo, Chopo, tuvo miedo y nos traicionó. Nunca podréis volver al mar.

Desesperada, Eglé miró a sus hijos y dijo:

—Que mi hijo pequeño se convierta en chopo, que tiemble día y noche, que las aguas le purifiquen la boca y que el viento le haga susurrar eternamente su pena con sus hojas. Y vosotros, mis queridos hijos, sed también desde ahora árboles, que yo seré un abeto.

Y todos quedaron convertidos en árboles.

Por eso, el abeto, el roble, el fresno y el álamo son árboles fuertes pero el chopo, que crece muy cerca del agua, es un árbol temblón, que siempre está mojado y se estremece al menor soplo de viento.

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

El pajarito

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Ilustración: NynjaKat

Hace mucho, muchísimo tiempo, cuando la Tierra era un lugar muy frío, muy frío; tanto, que parecía que no había estaciones, una bandada de pájaros que vivía en las tierras norteñas decidió emigrar a parajes más cálidos en busca de temperaturas benignas y, antes de que llegaran las crudas heladas del invierno, emprendió el vuelo con la intención de no regresar hasta la siguiente primavera.

Un pajarito del grupo, que tenía el ala medio rota y no podía volar, fue incapaz de emprender el vuelo para seguir a sus amigos. Muy triste, se quedó contemplando cómo sus compañeros se alejaban y se iban convirtiendo en un puntito cada vez más diminuto en el cielo azul, hasta que se perdieron completamente de vista.

Cuando se quedó solo, miró a su alrededor, quería encontrar un lugar calentito y seguro en el que poder guarecerse.

No muy lejos de donde estaba, había un espeso bosque lleno de imponentes árboles y pensó: «tal vez ellos puedan protegerme del frío durante las heladas, pues ya no tardarán en llegar». Y aleteando lo mejor que pudo, llegó hasta el lindero del bosque.

El primer árbol que encontró fue un imponente álamo blanco, de hermosas hojas plateadas:

—Álamo, ¿me dejarías vivir este invierno en tus ramas? Sería solo hasta la llegada del buen tiempo —le dijo el pajarillo.

—¡Vaya idea absurda que has tenido! ¡Claro que no te dejaré vivir en mis ramas! ¿Acaso no ves que ya tengo bastante trabajo con cuidar de mis hojas? ¡Lárgate!

El pajarito, con el ala medio rota, se fue volando como pudo y se dirigió hasta el árbol siguiente, un castaño robusto y frondoso:

—Castaño, ¿puedo hacer mi nido en tus ramas hasta que llegue el buen tiempo? Mi ala está herida y casi no puedo volar  —imploró el avecita.

—¡Naturalmente que no te dejo! Si te permitiera hacer un nido, picotearías mis ramas y mis castañas y eso es algo que no soporto. ¡Mis ramas y mis castañas son mías y solo mías! ¡Fuera de aquí ahora mismo!

Casi sin fuerzas, el pájaro voló como pudo hasta la orilla del río, donde un enorme sauce estiraba sus brazos hacia la fría corriente:

—Sauce, amigo, tengo el ala medio rota y necesito guarecerme del frío y de las heladas que ya no tardarán en llegar. ¿Podrías protegerme entre tus ramas hasta que vuelva el buen tiempo?

—¡No! ¡De ninguna de las maneras! Yo jamás doy cobijo a desconocidos y a ti no te conozco de nada. No eres como los pájaros que vienen a visitarme cada primavera. ¡Esos sí que tienen clase! Pero tú… —dijo mirándolo con desprecio— ¡Vete!

Desanimado, el pobre pájaro ya no sabía hacia dónde dirigirse y desorientado siguió volando como pudo, con su alita medio rota, pensando que moriría vagando por aquel inmenso bosque, sin recibir ayuda de nadie.

Un abeto, que hacía rato que lo veía volar, le preguntó cuando pasó por su lado:

-Pajarito, ¿adónde vas?

—No lo sé. Estoy tiritando de frío. No he podido seguir a mis amigos en su vuelo porque tengo el ala herida. He pedido a tus hermanos, los otros árboles del bosque, que me cobijaran; solo sería hasta que llegue el buen tiempo, pero ninguno de ellos me ha dejado que hiciera un nido en sus ramas y yo ya no puedo apenas volar con mi ala medio rota.

—Ven a mis ramas —le dijo el amable abeto—, puedes elegir la que más te guste. En este lado, reguardado del viento helado del norte, estarás más caliente.

—¡Muchas gracias! —dijo agradecido el pajarito— ¿Me dejarás quedar durante todo el invierno?

—¡Naturalmente! —respondió el abeto—, nos haremos compañía mutuamente.

Un pino, que estaba muy cerca del abeto y lo había oído todo, le dijo al ave:

—Pajarito, yo puedo ayudar también. Aunque mis ramas no son frondosas, puedo defender un poco del frío a mi primo el abeto. Haz tu nido en este lado; yo pararé el viento y os protegeré a los dos.

Contento, el pajarito construyó su nido en la rama más grande del abeto, muy cerca del pino, que lo amparaba también con sus ramas.

Bajo los dos árboles crecía un arbusto de enebro, que al oír lo que ocurría le dijo al pajarito:

—Yo también puedo ayudarte si quieres. Puedes alimentarte de mis bayas cuando tengas hambre. ¡Seguro que te gustarán!

El pajarito era feliz en su casa, tan caliente y confortable, y con su nueva familia. Cada día bajaba a visitar al enebro, que le ofrecía gustoso sus frutos para que se alimentara.

Los árboles que no habían querido ayudar al pajarillo no dejaban de murmurar.

—Yo jamás le prestaría mis ramas a un pájaro extranjero que no conozco de nada —decía el sauce.

—A mí me daría miedo perder mis castañas —añadía horrorizado el castaño.

—Mis hojas son lo más importante para mí —sentenciaba el álamo.

Y los tres, muy altivos, retiraron la palabra a sus primos, los árboles que habían cobijado al pajarito herido.

Poco después, llegó el Rey Invierno al bosque. Majestuoso y frío, apareció seguido de sus revoltosas hijas Nieve y Escarcha y de sus traviesos hijos Viento y Hielo, que corrían por todos los rincones del bosque, jugando a perseguirse. Les encantaba jugar al escondite entre los árboles. Soplaban sus alientos gélidos sobre las hojas y estas se estremecían y caían al suelo muertas de frío:

—¡Te encontré!

—Papá, ¿podemos ir a jugar entre aquellos árboles? —preguntó Escarcha a su padre Invierno, señalando hacia el lugar en el que el pajarito tenía su casa.

—No, no juguéis allí. Aquellos árboles han sido buenos y generosos con quien les pidió ayuda; por eso voy a hacerles un regalo: les permitiré conservar sus hojas siempre verdes.

Y así fue como aquel invierno al abeto, al pino y al enebro no se les cayeron las hojas como al resto de los árboles del bosque. Las conservaron hasta la primavera siguiente, cuando les nacieron nuevos brotes. Y, desde entonces, ha seguido siendo así.

FIN