amiga

Reina por un año

Ilustración: Lainpinky131

Una vez una mujer sufrió un naufragio. Todo lo que llevaba con ella se perdió en el mar; y ella misma hubiera perecido ahogada si no se hubiera agarrado con firmeza a una tabla desprendida del barco hundido. Sujeta al trozo de madera logró nadar hasta tierra firme.

Apenas llegó a la orilla, se dio cuenta de que muy cerca había una torre altísima y en lo más alto de ella muchos centinelas hacían guardia. Uno de ellos, señalándola, gritó:

—¡Atención, soldados! Ahí llega nuestra reina. ¡Firmes!

Una multitud, que parecía haber surgido de la nada, corrió a su encuentro mientras gritaba:

—¡Aquí llega nuestra reina!

Aquellas gentes, ante la extrañeza de la recién llegada, recibieron a la náufraga con grandes muestras de respeto y cariño. Colocaron sobre sus hombros un manto púrpura y la condujeron en un palanquín hacia la cercana ciudad. Al llegar a la plaza principal, la dejaron, con mucho cuidado, sobre una gran tarima de madera y la engalanaron con flores mientras el pueblo, al unísono, voceaba:

—¡Viva la reina! ¡Viva la reina!

La llevaron en volandas por las calles y las avenidas de la ciudad en procesión solemne. En la torre, los soldados izaban estandartes y las campanas resonaban con alegres cantos de bienvenida. Hasta en el más remoto rincón del país se celebraba la llegada de la náufraga:

—¡Viva nuestra reina!

Al llegar ante un fastuoso palacio, todo él construido en mármol blanco, se pararon. Una comitiva de cortesanos ya esperaba a la mujer y dos sirvientes, ricamente engalanados, la introdujeron en la imponente construcción y la guiaron hasta el trono real. tallado en marfil, donde la hicieron sentar. Un chambelán le ciño la corona real de oro incrustada con piedras preciosas y le puso el cetro en la mano.

Los nobles se inclinaron ante ella y pronunciaron el juramento de fidelidad.

La mujer, que tan solo un rato antes había naufragado, se sentía muy extrañada con todo aquello y no comprendía nada. No podía creer ni a sus ojos ni a sus oídos. Estaba convencida de que todo lo que experimentaba era solo un sueño o peor aún, que había muerto ahogada.

Sin embargo, al día siguiente, cuando se despertó en el aposento real y las sirvientas la lavaron y la untaron con aceites aromáticos, la vistieron con trajes preciosos y la acompañaron hasta una sala en cuyo centro había una mesa con comidas exquisitas y sirvientes esperando su señal para cumplir el más pequeño de sus deseos, empezó a pensar en su nueva situación y a creer en un milagro.

Al terminar su desayuno, entraron ministros para deliberar con ella asuntos de estado. Altos oficiales le entregaron sus informes. Varios jueces le pidieron que firmara proyectos de ley. Los guardianes de la cámara del tesoro le entregaron las llaves. Ella lo hacía todo lo mejor que sabía, pero, por más vueltas que le daba, no podía entender el enigma. No podía entender por qué los habitantes de aquella isla habían elegido reina a una mujer que no conocían de nada y su corazón no encontraba tranquilidad ante aquellos incomprensibles acontecimientos. Quería encontrar la solución de aquel extraño misterio.

Llamó a una de sus sirvientas, la que le pareció de más confianza y le dijo:

—Explícame qué ocurre. Jamás en mi vida había oído que un país grande nombrara a una persona desconocida y extranjera monarca, ni tampoco que le confiaran todos los bienes y asuntos de la nación.

La sirvienta contestó:

—Mi reina, tengo prohibido revelar el secreto y si lo hiciera, el pueblo consideraría que los he traicionado.

Días más tarde, la reina la volvió a llamar e insistió mucho, diciéndole:

—Te juro que si no me desvelas el misterio ni comeré ni beberé y moriré.

La sirvienta, que la apreciaba, le dijo:

—Mi reina, hace siglos que este país tiene por costumbre no elegir soberano a alguien que haya nacido aquí; solo puede reinar un extranjero. Un día determinado del año, esperamos ante la puerta de la ciudad y la primera persona que llega es elegida para reinar doce meses. Al finalizar el plazo, el último día del último mes, la despojamos de sus atuendos reales y la vestimos con la ropa que traía al llegar. Después, la conducimos hasta la costa, la embarcamos y en barco la llevamos a una isla pequeña y muy árida, donde la abandonamos a su suerte.

Al escuchar aquello, la reina se asustó mucho y le preguntó a su sirviente:

—¿Alguno de los reyes anteriores sabía lo que le esperaba?

—No, mi reina —respondió la sirvienta—. Nadie antes se preocupó por el futuro. Pasaron sus días de reinado a lo loco.

La reina le dijo entonces:

—Tú eres inteligente y creo que me aprecias. Dame un consejo ¿Qué debería hacer para salvarme?

—¿Quién soy yo para aconsejar a mi reina? Aunque si quieres escuchar mi parecer, yo te sugeriría que mandaras a esa isla árida algunos sirvientes con sus familias y les ordenaras trabajar la tierra. Deberías decirles que plantaran pasto, hortalizas, árboles frutales… También deberías decirles que llevaran consigo animales domésticos. Deberías mandarles, además, que construyeran una casa para ti. De esta manera, toda la isla y lo que en ella hay será tu propiedad el día que termine tu reinado.

Aquella idea le gustó mucho a la reina y siguió el consejo de su criada. Eligió sirvientes dignos de confianza y, en secreto, los mandó a aquella isla. Allí, siguiendo las órdenes reales, realizaron su trabajo: construyeron casas y caminos, plantaron viñas y trabajaron muy duro hasta convertir la árida isla en un paraíso.

Terminado su año de reinado, llegó el momento de la prueba final. Sus siervos la despojaron de su preciosa vestimenta sin piedad, le arrebataron las llaves que le habían confiado y la vistieron con los harapos viejos con los que había llegado. Por un angosto sendero, la condujeron fuera de la ciudad, hasta llegar al puerto, donde aguardaba una nave de la marina real. La embarcaron y pusieron rumbo hacia la isla abandonada.

Ella miraba el horizonte. Estaba tranquila y sonreía, porque sabía que la esperaba un buen lugar en el que sería feliz. Un lugar que se había ido preparando mientras la fortuna le sonreía y en el cual podría descansar para siempre.

FIN

Nita y Gus

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Ilustración: Belette Le Pink

En la huerta de Manuel y Luz, el rey de los árboles era el gran manzano. Daba frutos deliciosos que eran recolectados cada otoño y  acababan en el mercado del pueblo para deleite de todos los que los probaban.

Faltaba un mes para la recolección y las ramas del gran árbol lucían llenas de cientos de manzanas que, día a día, se iban tornando de verdes en rojizas a la vez que iban engordando.

En una rama escondida colgaba una pequeña manzana, más chica que sus hermanas. Vivía feliz  en una huerta tan linda, le gustaba ver amanecer desde su rama y el olor a tierra mojada después del chaparrón. Su tamaño no le importaba mucho y  le daba igual que las otras manzanas se burlaran de ella:

—No llegas ni a manzanita. ¡Te llamaremos Nita! Ja, ja, ja, ja.

—¡No vas a servir ni para hacer una papilla!

—¡Ya!, ni hablar de un buen pastel o una macedonia!

—¡Puaffff! ¡Irás a parar al comedero de los cerdos!

Un día Nita empezó a sentir unas cosquillas en su tripa. Primero fue un hormigueo muy suave, luego se hizo más fuerte y no podía dejar de reír.

—Ja, ja, ja, ja, ja.

Las manzanas de su alrededor la miraban extrañadas hasta que la tenía más cerca soltó un grito mirándola muy seria:

—¡Nita!, ¿no te das cuenta? En verdad eres boba. ¡Tienes un gusano en la tripa! ¡Si no te libras de él, te comerá entera!

Nita, sorprendida, descubrió en su barriguita un pequeño agujero del que asomaba la cabeza de un gusanito, con dos ojos brillantes y una sonrisa amable.

—¡Oh!, perdona pequeña manzana, buscaba un hogar donde refugiarme, pronto comenzará a helar por las noches y me has parecido muy confortable, tan pequeña y  tan dulce. Pero si quieres que me vaya, buscaré otra manzana. ¡Aquí hay muchas!

Las otras manzanas que estaban muy atentas protestaron:

—¡Ni hablar! ¡Quédate con Nita! De todas maneras, ella no sirve para ir al mercado.

La pequeña manzana se sintió halagada de ser la elegida, ella no vio al gusano como un enemigo y le propuso:

—Amigo gusano, si me prometes que vivirás conmigo sin hacerme daño y que no me molestaras, dejaré que pases a mi lado el invierno.

Las demás manzanas comenzaron a reír a carcajadas:

—Ja, ja, ja…. ¡Pasar el invierno, dice! ¡Eso no hay manzana que lo resista! Cuando llegue el frío, no quedarán ni frutos ni hojas.

A Nita no le importaba lo que dijeran las demás, ella estaba muy contenta de haber encontrado un amigo, alguien que la valoraba y que quería vivir con ella.

Así que firmaron un pacto de amistad y Gus, que ese era el nombre del gusanito, se convirtió en su amigo y defensor.

Nita y Gus pasaban los días muy entretenidos. Gus salía por las mañanas y traía las novedades de la huerta: que si las lechugas andan frescas, que si las gallinas han puesto poco, que si el gato cazó un ratón…

Y llegó el día de la recolecta. Manuel y Luz se pusieron a la tarea de llenar grandes cestos con todas las manzanas en buen estado para poder venderlas.

Cuando Manuel hubo puesto en el cesto todas las vecinas de Nita, fijó su mirada en ella y dijo a Luz:

—Esta la dejo, es muy pequeña y, además, tiene gusano.

Y allí se quedaron, Nita y Gus, solos en el gran manzano.

Los días eran cada vez más fríos y cuando el aire soplaba, las hojas del árbol volaban por doquier e iban formando a los pies del árbol una alfombra mullida.

Gus, que era más espabilado y tenía más mundo, se dio cuenta de que uno de esos golpes de viento haría caer a su amiga al suelo e ideó un plan.

Se pasó dos días enteros trabajando sin parar a los pies del árbol, primero excavó un hoyo, poquito a poco —hay que tener en cuenta que era un gusano muy pequeño—, y, después, lo rellenó con las hojas caídas, hasta que quedó satisfecho con la tarea realizada:

—¡Sí señor! ¡Me ha quedado un colchón magnífico!

Y volvió a instalarse con Nita.

—Gus, ¿qué has estado haciendo tanto tiempo ahí abajo? ¡Ya estaba preocupada!

—No has de temer nada, ya me he ocupado yo de todo.

La inocente Nita no sabía bien de qué hablaba su amigo, pero confiaba en él y se quedó tranquila.

El día siguiente amaneció otoñal, con oscuras nubes cargadas de agua y fuerte viento.

—¡Fiuuuuuuuu! ¡Fiuuuuuuuuu! —Soplaba.

Gus le decía a Nita:

—¡Agárrate fuerte, amiga, y no tengas miedo!

Y entonces, un gran remolino envolvió el manzano y Gus y Nita se precipitaron contra el suelo.

Pero como el gusanito bien había previsto, fueron a caer en la cama que tanto trabajo le había costado hacer.

Allí quedaron, bien tapados y calentitos, porque Gus se encargó de ir aportando tierra nueva y hojas limpias para que Nita no pasara frío y así durmieron todo el invierno, abrazados.

Tan bien estaban, que al llegar los primeros días cálidos y las lluvias primaverales a Nita comenzaron a salirle pequeñas raíces que fueron afianzándola en la tierra y, con el andar de los días, hasta ramitas y hojas, que buscaron la luz del sol y se convirtieron en promesa de una nueva planta.

En un paseo por la huerta, Luz observó el pequeño árbol que empezaba a crecer a los pies del gran manzano y con la ayuda de Manuel, cuidando de no estropear ramas ni raíces, lo trasplantaron a una suave colina donde siempre lucía el sol y con unas vistas excelentes del lugar. ¡El mejor rincón de la finca!

Así fue como la pequeña manzana, ayudada por su amigo el gusanito, llegó a convertirse en un magnífico manzano que, con el correr de los años, llenó muchísimos cestos de deliciosos frutos y ofreció plácidas horas de descanso a su fresca sombra a los hijos y nietos de Luz y Manuel.

Poster

Ilustración: Belette Le Pink

FIN

La moneda de la felicidad

01_Águeda

Ilustración: Ralf Heynen

Mientras tomaba el desayuno, poco sospechaba Águeda que aquella mañana, al ir al colegio, las cosas no iban a ser como siempre.

Cuando salió de su casa y empezó a andar hacia la escuela, algo llamó su atención: a pocos pasos de donde se encontraba, una moneda dorada relucía sobre la acera.

Se acercó con cautela, miró a derecha e izquierda. Hacia delante y hacia atrás. No había nadie cerca. La moneda parecía no tener dueño. Se agachó, la recogió del suelo y la puso en la palma de su mano para observarla bien.

¡Casi se muere del susto al comprobar que la moneda parecía tener vida y le hablaba!:

—Hola, Águeda, soy la moneda de la felicidad.

—¡Aaaaaaaaaaaaaaah! ¡Pero si hablas! ¿Cómo sabes mi nombre? —le preguntó Águeda a la moneda.

—Porque las monedas de la felicidad somos mágicas.

—¿Y qué tengo que hacer para ser feliz?

—Eso yo no puedo decírtelo, es algo que deberás descubrir tú misma.

Y una vez la moneda hubo dicho esto, se quedó callada y no hubo forma de que respondiera a ninguna de las preguntas que le hizo Águeda.

Justo iba a reemprender el camino hacia la escuela, cuando su madre, que salía de casa camino del trabajo, le dijo sorprendida:

—Águeda, ¡llegarás tarde! ¿Qué haces aquí todavía?

—Mmmmmmmmmmmmm… ¡Se me ha desabrochado el zapato, mamá!, pero ya me marcho —mintió Águeda, por miedo a que le quitara la moneda dorada.

Tan pronto la mentira salió de su boca, Águeda se sintió muy triste por haber engañado a su madre.

Reemprendió el camino hacia la escuela cerrando bien la mano en la que llevaba su preciado tesoro y pensando en cómo podría conseguir la felicidad.

“Si la moneda es de oro –se decía- puedo venderla y obtener mucho dinero a cambio. Con todo lo que consiga, me compraré lo que quiera y seré feliz. Aunque tal vez sea mejor que la guarde, porque si es mágica seguro que se multiplica y, entonces, en lugar de una moneda tendré un gran tesoro y podré comprar más cosas. ¡Compraré todo lo que se me antoje! ¡Y seré la más feliz del mundo!…”

Y pensando, pensando, llegó al colegio muy preocupada, porque no sabía qué hacer con la moneda de la felicidad y porque tenía mucho miedo de perderla o de que se la robaran.

En la escuela, le contó su secreto a su mejor amiga, Laurita, que le dijo:

—¡Déjame ver la moneda!

-¡Mira!

—¡Qué bonita!, ¿me la dejas un rato?

—¡No! ¡Ni pensarlo! ¡Esta moneda es solo mía!

Laurita, muy ofendida, ya no quiso ser amiga de Águeda, así que Águeda se quedó sola y aún más triste que cuando le había mentido a su madre.

Durante la clase no hizo más que mirar la moneda a hurtadillas, así que no aprendió nada y la profesora la riñó. Su tristeza aumentó más si cabe, porque Águeda era muy buena estudiante y solía sacar muy buenas notas.

Después de la escuela, cuando regresaba a su casa cabizbaja y abatida por todo lo que le había ocurrido aquel día, vio a un músico callejero que con los ojos cerrados y una gran sonrisa estaba tocando su viejo violín. Se acercó y se puso a escuchar la dulce melodía. Tan preciosa era la música que Águeda, al oírla, se sintió de repente transportada a otro mundo. Cuando el músico terminó de tocar, pasó su sombrero entre los espectadores y como Águeda no llevaba nada más que su moneda dorada, decidió regalársela al músico.

Justo en el momento en el que la moneda caía en la gorra gris, Águeda sintió que la dicha más completa la embargaba y se sintió alegre; tan alegre como nunca antes se había sentido y, de pronto, comprendió que la verdadera felicidad es tan sencilla, simple y pequeña que no hace falta una moneda dorada para conseguirla.

FIN