amigas

La Pequeña Hada se hace mayor

 

Ilustración: Virginia Carrillo

Cuando llega la primavera, siempre nos acordamos de nuestra amiga la pequeña Hada. Desde que llegó a Isla Imaginada, estudió mucho en la Academia de Hadas Buenas para obtener su título ¡Y vaya si lo hizo! Desde entonces, ayuda con su magia a todo el que se lo pide, siempre que sea para obtener un bien.

Pero nuestra Pequeña Hada dice que ya no es tan pequeña, ¡va a cumplir ocho años!, por eso ha decidido que la llamemos Hadamar y así lo haremos de ahora en adelante.

Para celebrar su cumpleaños, ha invitado a tres de sus compañeras de estudios en la Academia: Sofi, Edni y Chany, hadas tituladas también. Cuando están juntas, se lo pasan en grande.

Hadamar las espera en la estación.

Cuando bajan del tren, las cuatro se funden en un gran abrazo y una algarabía de gritos y risas inunda el aire.

Al llegar a casa, les espera una sorpresa: Hadamar ha encargado unas varitas mágicas nuevas para regalar a sus amigas. Las ha escogido de colores diferentes: azul, verde y rosa. ¡Qué contentas se han puesto!

—Para mí la rosa —dice Chany.

—¡Ja!, la rosa es para mí —la contradice Sofi.

—Es más bonita la azul —observa Edni.

—Pues ahora quiero la azul —vuelve a hablar Chany.

La discusión va subiendo de tono. Que si azul, que si rosa, que si la verde no me gusta…

Hadamar, cansada de escucharlas, se encarama a una silla y con las tres varitas en la mano levanta su voz por encima de las otras:

—¡A callar todo el mundo!

Las tres amigas se callan al instante y la miran estupefactas. Con el movimiento de su mano, Hadamar ha activado las varitas, de las que se desprenden estelas brillantes que recorren la habitación, salen por la ventana y se pierden en el horizonte.

—¿Qué ha pasado? —pregunta Hadamar

—Creo que hay un encantamiento volando por ahí.

—¿¡A quién se le ocurre Hadamar!?

—¿Y ahora qué hacemos? ¡Vaya lío!

Efectivamente ¡un lío de campeonato!

—¡Me parece que la he liado! ¡Ay, ay, ay! ¿Cómo voy a arreglarlo? —solloza Hadamar muy apenada.

Sofi intenta consolarla:

—Hadamar, no estés triste. No sabemos si las varitas han producido algún encantamiento ¡A lo mejor solo han sido unas graciosas chispitas!

Chany y Edni se burlan:

—¡Ja, ja! Unas graciosas chispitas.

—Vamos a la calle y veamos si ha pasado algo raro.

—¡Eso!, salgamos a ver qué pasa.

Las cuatro amigas salen a la calle y observan a su alrededor:

—No se oye nada.

Efectivamente, no se oye nada de nada. Ni los pajarillos del abeto cercano ni las ranas del estanque ni el cloqueo de las gallinas del corral… Ni un solo sonido. ¡Silencio absoluto!

—¡Ay, ay! ¡Ya sé lo que ha pasado!

Hadamar, por fin, comprende la realidad. Al agitar las varitas ¿qué fue lo que dijo?: «¡A callar todo el mundo!».

Pues he aquí que, con el poder de las tres varitas mágicas juntas, todo bicho viviente en Isla Imaginada se ha quedado sin voz ¡Vaya desgracia! Tan grande es el poder del encantamiento, que hasta las radios y televisores de la Isla están mudos; los ríos corren en silencio; y de la fuente de la plaza, el agua brota sin hacer ruido. Incluso los trenes y los coches circulan como fantasmas. ¡Parece una película de miedo!

Los vecinos salen a la calle extrañados ¿Qué pasa? Intentan hablar, pero de sus bocas no sale sonido alguno. El parlanchín loro de Mario, el Marinero, anda de hombro en hombro con el pico abierto, ¡pero sin decir ni pío! Unos a otros se miran y se comunican por señas o escribiendo en cuadernos y pizarras. Se extrañan de que las hadas sí puedan hablar.

Las cuatro amigas reúnen a todos los habitantes en la Plaza Mayor y les explican que el poder de las Hadas Buenas es tan grande, que ningún encantamiento las puede afectar. Prometen buscar una solución. Todos respiran tranquilos. Hadamar siempre los ha ayudado a salir de entuertos y problemas.

En la pizarra del señor alcalde se lee: «Somos muy afortunados de tener cuatro hadas con nosotros ¡Confiamos en vuestra ayuda!».

Lo que no saben, es que Hadamar es la causante de semejante despropósito.

Reunidas en casa de Hadamar, las hadas trazan un plan:

—Hay que invertir el conjuro.

—O anularlo.

—Debemos borrarlo para siempre y elaborar uno nuevo para devolver el habla a todos.

Las cuatro se ponen manos a la obra. Buscan en los manuales de conjuros y encantamientos, se estrujan la cabeza, discuten posibilidades… y, por fin, a la salida del sol creen haber encontrado la manera de solucionar el gran lío: a las doce en punto del mediodía, cada una de las hadas se situará en una esquina de Isla Imaginada y con su varita en la mano, recitará en voz alta el conjuro que les devolverá a todos la voz.

Un poco antes de las doce, se encaminan a sus puestos: Sofi se sube al campanario más alto del norte; Edni, se encarama a un abeto gigante en el sur; Chany trepa a la torre grande del castillo del oeste; y Hadamar se dirige al faro mágico del este.

Y llega, ¡por fin!, la hora. Al sonar la última campanada de las doce, las cuatro hadas agitan sus varitas y recitan al unísono:

De las cuatro varitas surgen torbellinos de luces brillantes que se dispersan por el cielo y envuelven toda la Isla Imaginada de un resplandor fulgurante y mágico.

Los que se habían quedado mudos empiezan a sentir en la garganta un cosquilleo y se dan cuenta de que ya pueden hablar.

—¡Viva! ¡Bravo! ¡Hurra!

—¡Podemos hablar!

—¡Sííí! ¡Gracias a las hadas!

El aire se llena de trinos, graznidos y cacareos de pájaros de toda índole: loros, cotorras, gansos, gallos, gallinas… que se confunden con las vocecitas de niños y cachorros. Y desde el bosque llega el cri, cri, cri de los grillos y el zumbido de las abejas.

Las cuatro hadas, reunidas de nuevo en casa de Hadamar, están felices de haber solucionado el caos que han causado y, por fin, pueden celebrar el cumpleaños de Hadamar. Eso sí, con las varitas mágicas bien guardadas porque, como bien han aprendido, no se deben usar sin ton ni son.

La vida en Isla Imaginada no es para nada aburrida; es lo normal cuando eres el personaje de un cuento, ¡a nadie le gustan los cuentos aburridos!

Pequeñas hadas, disfrutad para siempre de vuestra amistad y no perdáis jamás la magia de la infancia:

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

La Luna

Ilustración: photonensauger

En tiempos muy lejanos hubo un país en que de noche siempre estaba oscuro y el cielo se extendía como una sábana negra, pues nada brillaba en el firmamento.

De aquel país salieron un día cuatro amigas a recorrer el mundo en busca de aventuras y llegaron a una tierra en la que al anochecer, en cuanto el sol se ocultaba detrás de las montañas, aparecía sobre un roble una esfera luminosa que esparcía a gran distancia una luz clara y suave. Aun cuando no era brillante como la del sol, permitía ver y distinguir muy bien los objetos. Las forasteras se detuvieron a contemplarla y preguntaron a una campesina, que acertaba a pasar por allí en su carro, qué clase de luz era aquella.

—Es la Luna —respondió la mujer—. Nuestro alcalde la compró por cuatro monedas y la sujetó a la copa del roble. Hay que ponerle aceite todos los días y mantenerla limpia para que arda claramente. Para ello le pagamos una moneda a la semana.

Cuando la campesina se hubo marchado, dijo una de las amigas:

—Esta lámpara nos prestaría un gran servicio. En nuestra tierra tenemos un roble tan alto como este, podríamos colgarla de él. ¡Qué ventaja no tener que andar a tientas por la noche!

—¿Sabéis qué? —dijo la segunda—. Iremos a buscar un carro y un caballo y nos llevaremos la Luna. Cada una de nosotras que ponga una moneda para comprarla. Dejaremos una bolsa con el dinero atada en la copa del roble para que el alcalde compre otra Luna.

—Yo sé subirme a los árboles —intervino la tercera—. La descolgaré.

La cuarta fue a buscar el carro y el caballo y la tercera trepó a la copa del roble, abrió un agujero en la luna, lo atravesó con una cuerda y la bajó. En su lugar, dejó la bolsa con las cuatro monedas dentro.

Cuando ya tuvieron en el carro la brillante bola, la cubrieron con una manta para que nadie se diese cuenta de que se la llevaban y, de este modo, la transportaron sin contratiempos a su tierra, donde la colgaron de un alto roble.

Viejos y jóvenes sintieron gran contento cuando vieron la nueva luminaria esparcir su luz por los campos y llenar sus habitaciones y aposentos. Los enanos salieron de sus cuevas, y los duendecillos, con sus rojas chaquetitas, bailaron en corro por los prados.

Las cuatro amigas se encargaron de poner aceite en la Luna y de mantener limpio el pabilo y por ese trabajo les pagaban una moneda semanal. Pero envejecieron y cuando una de ellas enfermó y previó la proximidad de la muerte, dispuso que depositasen en su tumba, al enterrarla, la cuarta parte de la Luna, de la que era propietaria. Cuando hubo muerto, subió el alcalde al roble y, con las tijeras de jardinero, cortó un cuadrante, que fue colocado en el féretro. La luz del astro quedó debilitada, aunque poco. Pero a la muerte de la segunda hubo de cortar otro cuarto, con la consiguiente mengua de la luz. Más tenue quedó aún después del fallecimiento de la tercera, que se llevó también su parte; y cuando llegó la última hora de la cuarta, las tinieblas volvieron a reinar en el país. La gente que salía por la noche sin linterna chocaba y discutía.

Mientras, al unirse en el mundo subterráneo los cuatro cuadrantes de la luna e iluminar el reino de las eternas tinieblas, los muertos comenzaron a agitarse y a despertar de su último sueño. Se extrañaron al comprobar que veían de nuevo. La luz de la Luna les bastaba, pues sus ojos se habían debilitado tanto, que no habrían podido resistir el resplandor del sol. Se levantaron de sus tumbas y, alegres, reanudaron su antiguo modo de vida. Unos empezaron a jugar, otros a bailar, otros a cantar, a reír, a correr… El ruido era cada vez más estruendoso y acabó por oírse en todo el universo.

Los dioses pensaron que el mundo de abajo se había vuelto loco y corrieron a cerrar las puertas del cielo para rechazar al enemigo, caso de que intentara invadir sus dominios. Pero viendo que no llegaba nadie, un mensajero montó en su caballo y se dirigió al mundo subterráneo para comprobar qué ocurría. Al llegar allí, puso orden y mandó a los muertos volver a sus sepulturas. Después, se llevó los cuatro trozos de luna y los colocó en lo alto del firmamento, donde siguen brillando desde entonces.

FIN

El cuento de Ana

Ilustración: NeoSlashott

 

Ana tenía ocho años y lo que más deseaba en el mundo era un reloj de pulsera. Cuando por fin se lo regalaron, lo primero que quiso hacer fue ir a enseñárselo a su mejor amiga, Clara. La mamá de Ana le dio permiso. Cuando su hija salió de casa le hizo esta advertencia:

—Ana, ahora que ya tienes tu reloj nuevo, y ya sabes leer perfectamente la hora; no me falles. De aquí a casa de Clara tienes dos minutos andando; así que no tienes excusa para volver tarde a casa. Regresa antes de las seis para merendar. ¡No te retrases!

—Entendido, mamá —dijo Ana mientras salía corriendo por la puerta.

Dieron las seis y ni rastro de Ana. A las seis y cuarto no había aparecido todavía, y su madre se enfadó. A las seis y media seguía sin aparecer, y su madre se enfadó aún más. A las siete menos diez, el enfado se convirtió en miedo. Cuando ya se disponía a salir para ir en busca de su hija, se abrió la puerta de la calle y Ana entró triste y en silencio.

—¡Ay, Ana! —la riñó su madre—. ¿Cómo has podido ser tan desobediente? ¡Sabías que estaría muy preocupada por ti! ¿Dónde te habías metido?

—He estado ayudando a Clara a… —empezó a decir Ana.

—¿Ayudando a Clara? ¿A qué, si puede saberse? ¿Qué era tan importante que no pudiera esperar? —le preguntó enojada su madre.

La niña empezó a explicarse de nuevo:

—A Clara, le han regalado una bicicleta nueva por su cumpleaños y la estuvimos probando, pero ella se cayó de la acera y la bicicleta se rompió y yo la ayudé a…

—¡Ya basta, Ana! —la interrumpió su madre— ¿Puedes explicarme qué sabes tú de arreglar bicicletas? Pero si tú no sabes…

Esta vez fue Ana la que interrumpió a su madre.

—¡No mamá! Yo no ayudé a Clara a arreglar su bicicleta, solo me senté a su lado y la ayudé a llorar…

FIN

Vlinder y Gulugufe. Un lugar donde vivir

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Para Moisés, un gran artista de 5 años que con su ilustración inspiró este cuento.

Vlinder y Gulugufe son dos mariposas. Y aunque son muy distintas la una de la otra, son muy amigas y cada tarde vuelan juntas sobre los verdes prados de Escocia.

A Vlinder, se la reconoce por sus brillantes antenas rojas y sus alas marrones. Vive en un pensamiento lila y amarillo.

A Gulugufe, se la distingue por sus hermosas alas de color lila y sus antenas verdes. Vive en una margarita marrón.

Construyeron su hogar en flores cercanas, porque se llevan muy bien y se visitan a menudo para contarse sus secretos, merendar néctar o jugar a perseguir rayos de sol.

Como se quieren tanto, cada una eligió para vivir una flor con los colores de la otra. Vlinder mira el lila de su casita y se acuerda de las alas de Gulugufe. Gulugufe mira el marrón de la suya y se acuerda de las alas de Vlinder. Así, dicen, cuando no están cerca, pueden contemplar los pétalos con los que está hecho su hogar y parece que están viendo las alas de su amiga.

Es bonito tener buenos amigos, porque el mundo se trasforma y se ve de otro color. Los amigos te ayudan, te quieren y siempre puedes contar con ellos, pase lo que pase y estés donde estés.

Vlinder y Gulugufe son como hermanas. Se conocieron cuando eran muy pequeñas hace mucho, muchísimo tiempo en la lejana India.

La cigüeña que las trajo al mundo era novata y confundió las largas espiritrompas que las mariposas utilizan para comer, con la trompa de un elefante, y las alas de los dos lepidópteros le parecieron las enormes orejas de un paquidermo. Así, que las dejó, medio dormidas, en el regazo de Hati, una elefanta gris que tomaba el sol boca arriba a orillas del río Ganges.

Cuando la elefanta sintió el cosquilleo de las alas, las espantó con su trompa mientras exclamaba:

—¡Hati no quiere mariposas en su barriga!

Vlinder y Gulugufe revolotearon asustadas y se alejaron de la que había sido, durante un minuto, su madre adoptiva.

Sobrevolaron los mágicos manglares de Sundarbans y entre el verde esmeralda de la vegetación, distinguieron un reflejo marrón que se movía despacio.

Por el color, Vlinder pensó que podría tratarse de alguien de la familia, así que se dirigieron allí. Pero al llegar, se dieron cuenta de que aquello marrón que se movía eran las manchas de un gran tigre de Bengala, que al notar el aire de las alas de las dos mariposas sobre sus bigotes, rugió enfadado:

—¿Quién es el impertinente que se atreve a acercarse a mí? ¡Arggggggggggggg! ¡Bichos feos y molestos! ¡Criaturas voladoras tontas! ¿Acaso tienen colmillos afilados como yo? ¿Rabo largo? ¿Hermosa piel rayada? ¿Poderosas garras como las mías?… ¡Nooooooooo!

Y lanzó un zarpazo al aire que casi derriba a las dos amigas. Después, bostezó ruidosamente y se tendió, cuan largo era, a dormir una siesta.

Decepcionadas por no poder vivir tampoco allí, emprendieron de nuevo el vuelo y al poco rato, entre la espesura, las dos mariposas distinguieron a un camaleón que tomaba el sol sobre unos helechos. Gulugufe creyó que aquel verde brillante era como el de sus antenas, así que descendió sin tomar precauciones. Ya estaba a punto de llegar, cuando el camaleón desenroscó su larga lengua con la intención de tragarse a la mariposa. La valiente Vlinder, apartó a su amiga de un empujón en el último momento y las dos huyeron, alas para que os quiero, volando de allí.

Desilusionadas y tristes, empezaban a dudar de encontrar algún día un lugar en el que poder vivir.

Varias horas de vuelo después, divisaron, a los lejos, una gran ciudad y pusieron rumbo hacia ella.

Se pasearon por el bullicioso puerto, confundiéndose entre el gentío y fue entonces cuando, de pronto, repararon en una señora que llevaba una gran sombrero. ¡Aquel sombrero estaba lleno de toda clase de flores de vivos colores!

Gulugufe y Vlinder, sin perder ni un segundo, se posaron en él y después de discutir largamente y de sopesar los pros y los contra, decidieron instalarse en la pamela de Mistress Ann Mary Murray-Kynynmound, distinguida dama británica, que en aquel preciso instante tomaba el trasatlántico que debía conducirla de regreso a su mansión en Escocia.

Tras dos meses de travesía por mar y un largo viaje por tierra, por fin llegaron a la finca, y allí Mistress Murray-Kynynmound cambió su precioso sombrero lleno de flores por un paraguas.

Y fue en aquel sombrero, olvidado en un rincón de una polvorienta buhardilla, donde las dos mariposas encontraron, por fin, un lugar donde vivir. Allí, protegidas y calentitas, fundaron su hogar sobre dos hermosas flores por siempre frescas.

Todavía hoy, a pesar de que han pasado muchísimos años y las dos ya son ancianas, Vlinder y Gulugufe salen cada tarde a través de una de las ventanas del desván y sobrevuelan juntas las verdes praderas escocesas.

FIN