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Preciosaurio

Ilustración: Chireck

«Gracias por cuidarlo», decía la carta colgada de la canasta. Porque lo que dejaron en la puerta de mi casa—alguien que quizás tocó el timbre y salió corriendo— fue una canasta con un huevo rojo del tamaño de una sandía.

Creí que era una broma. Pero al escuchar que el cascarón empezaba a quebrarse como cuando va a nacer un pollito, cargué el bulto hasta mi pieza.

Y bien. «Gracias por cuidarlo», decía la nota.

De nada, pensé.

Pero… ¿Cuidar qué?

De pronto, entre craques y cracs por todos los costados, el huevo se abrió. Sin darme tiempo a respirar. O pestañear, o toser, o salir corriendo.

Asomó una cabeza verde con nariz de chanchito y me miró. Sus ojos brillaban como dos estrellas transparentes.

—Soy Silvia— me presenté, con la voz entrecortada.

Y el ser asomado del huevo, abriendo la bocota grande como todo el ancho de su cara, me sonrió.

Cuando vi que hacía fuerza para salir, me acerqué y lo ayudé a romper el cascarón.

Su cuerpo era verde. Ni claro ni oscuro. Y tenía escamas del mismo color.

El cuello, largo como la cola, lucía un collar de pelusa amarilla.

Y aunque no me animaba a tocarlo, debo confesar que me resultó simpático desde el principio.

Era una mezcla de dinosaurio, perro salchicha y elefante. Cosa extraña, era precioso.

Lo miré un rato y fui a consultar la enciclopedia: no era un hipopótamo ni un lagarto. No era un elefante marino, ni un yacaré, ni un dragón. No encontré su nombre por ninguna parte.

Así es que como era precioso y se parecía un poco a los animales prehistóricos, lo llamé Preciosaurio.

Claro que haberle puesto nombre no alcanzaba para conocer sus costumbres.

Entonces le ofrecí un poco de leche. Puse un litro en un plato. Se lo tragó de un solo sorbo y como no se movía le agregué otro tanto.

Recién después de gastar más de la mitad de mis ahorros comprando leche y, con el plato cambiado por un balde, el cachorrito se dio por satisfecho y se me tiró en los brazos. Fue la primera vez que un recién nacido me sentó de cola para hacerme mimos.

Sí. Solo cuando lo tuve entre mis brazos se me ocurrió preguntarme qué haría con él.

En eso pensaba cuando el preciosaurio se quedó dormido.

Lo tapé con mi frazada y entonces supe que ya no podría dejarlo. Mis amigos me ayudaron mucho, sobre todo cuando empezaron los problemas.

A mi preciosaurio había que alimentarlo. Y eso no era nada fácil. A las palanganas de leche hubo que agregar pan duro y después frutas y verduras. Y, al fin, todos los restos de comida del vecindario.

Crecía sin parar.

Le armamos una cama, pero la cabeza no tardó en salírsele por todos los costados.

Era enorme. Al moverse chocaba con las paredes. Y cuando quería levantar lo que a su paso caía, volvía a tirar otra cosa.

A veces se convertía en montaña para que nosotros lo escaláramos. Nos dejaba trepar por su lomo y construir aventuras con su sola presencia.

Recién cuando su cabeza pegó contra el techo me di cuenta de que ya no le alcanzaba el espacio de mi habitación.

El pobre se quedaba quietito y agachado para no traer problemas. Pero cuando hubo que poner mi cama sobre su lomo verde, mis padres me dieron una semana para que me deshiciera de él.

Le pregunté al preciosaurio si pensaba crecer mucho más. Por sus antepasados, me juró que no.

Volví a hablar con mis padres. La respuesta entonces fue terminante: o sacaba el ‘monstruo’ de la casa o…

Junté un poco de mi ropa. Rodeé el cuello de mi preciosaurio con una soga a modo de correa y, por primera vez, salimos juntos a la calle.

La calle lo impresionó hasta la locura. De tan contento pegó unos saltos que hundieron parte del asfalto.

Era inmenso. Mi cabeza llegaba hasta la mitad de sus patas.

La primera reacción de los vecinos al vernos partir fue encerrarse en sus casas. Y después, desatar el bombardeo: naranjazos, tomatazos, zapatazos. Nos pegaron sin compasión.

Y cuando él vio que me habían lastimado, me cargó sobre su lomo.

En pocos minutos se empezaron a escuchar helicópteros y aviones sobrevolando el barrio. Las veredas se llenaron de curiosos.

—¡Fuera monstruo! —gritaban al preciosaurio.

Fotógrafos de todo el mundo encandilaban sus ojos transparentes con flashes.

Altoparlantes, gritos y bocinas amenazaban nuestra vida.

Pude ver cuando su nariz de chanchito se cubría de lagrimones y chorros de llanto bajaban como una catarata hasta su boca.

Lo que nunca imaginé es lo que después sucedería.

Rápido, como el más veloz de los caballos, mi preciosaurio empezó a galopar sin rumbo.

Bien lejos del peligro, me hizo bajar de su lomo y, cansado, muy cansado se echó sobre el pasto a dormir.

Habría pasado una hora cuando intenté despertarlo y ya no pude. Su cuerpo empezó a cambiar de colores hasta volverse transparente.

Y derritiéndose de a poco, se transformó en una laguna que todavía existe.

Fue a orillas de esas aguas que apareció un huevo rojo del tamaño de una sandía.

Lo agarré con cuidado. Caminé y caminé con él hasta conseguir una canasta.

Metí en ella el huevo rojo y con un cartelito que decía: «Gracias por cuidarlo», lo dejé en la puerta de la primera casa que encontré.

Estaba triste y cansada. Así que toqué el timbre y salí corriendo.

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

La Navidad de Pepa y Pipo

Ilustración: wolfgirl117

Hace muchísimos años, al final de un verano de calores sofocantes, dos hermanos golondrina, Pepa y Pipo, contemplaban el bosque desde la rama de un alto árbol.

Estaban tristes; sabían que en pocos días debían emprender un largo viaje hacia un lejano país buscando temperaturas templadas para huir del frío invierno.

—¡Ay, Pipo! Me da mucha pena tener que alejarme de este lugar tan lindo ¡Me gustaría quedarme aquí para siempre!

—Ya lo creo Pepa, ¡es tan bonito! Y desde que aquellas ardillas nos hablaron de la nieve y de la Navidad, solo pienso en que sería maravilloso podernos quedar a pasar aquí el invierno.

Y es que los dos hermanitos habían entablado conversación con una familia de ardillas que, viendo llegar los primeros frescos del otoño, ansiaba que llegaran pronto los días fríos y las navidades.

Las ardillitas explicaron con detalle lo divertido que lo pasaban y lo bonito que estaba el bosque en invierno.

—Chicos, ¡no sabéis lo que es el bosque nevado! ¡Parece una gran tarta de nata!

Y les contaron cómo el aire se llenaba de olores maravillosos salidos de las chimeneas de todas las guaridas, cuevas, madrigueras y huecos de los árboles.

Les contaron, también, que sus casitas lucían engalanadas con guirnaldas hechas de ramitas, bayas y frutos que al terminar las fiestas pasaban a las barriguitas de los más pequeños del bosque.

Les hablaron de que los animalitos comían esos días platos festivos que, además, compartían con la familia y los amigos, que se unían para cantar y bailar canciones típicas. Y si todo iba bien, Papá Noel dejaba en la puerta algún regalito para regocijo de todos.

—Estoy pensando, hermano —apuntó Pepa—, que no veo por qué no podemos quedarnos a pasar aquí este invierno. Aves como nosotros, urracas, águilas, milanos y búhos, lo hacen.

—¿Y quieres decir que no nos vamos a congelar? —preguntó Pipo.

—¡Eso son paparruchas de viejas golondrinas! ¡Yo confío en mis plumitas!

Y, de esta manera, la obstinada Pepa convenció a su hermano y decidieron pasar el invierno en el bosque para disfrutar de la Navidad.

Claro que tendrían que buscar un refugio calentito y con buenas vistas ¡No querían perderse nada de lo que sucediera en el bosque!

Animados por la decisión, corrieron a contárselo a sus amigas las ardillas que, contentas, les prometieron ayudarlos a buscar casita e hicieron correr la noticia.

Para todos los animalitos era un notición que dos osadas golondrinas decidieran pasar allí el invierno

—Oh, son muy valientes —dijo el señor Oso—. Yo pronto me iré a dormir, pero si quieren venir a mi cueva dejaré la puerta entornada.

—Señor Oso, tu cueva está muy lejos y es muy fría —apostilló mamá Coneja—. Estarán mejor en nuestra casa, aunque tendrán que acostumbrarse a vivir con siete gazapos haciendo trastadas sin parar.

—De ninguna manera, de ninguna manera —interrumpió el señor Sapo—. Vendrán a la laguna a vivir con nosotros.

Aquí es cuando intervino el gran Búho, que observaba la escena desde la rama de un abeto:

—¡Silencio, sapo tontorrón! ¿¡No ves que en la laguna se helarían en un tris!? Creo que lo más adecuado es que, si no queda más remedio que alojar a semejantes inconscientes, se vengan a mi refugio conmigo.

Los habitantes del bosque se miraron extrañados por el ofrecimiento del señor Búho, de por sí serio, pero reconocieron que su casa era de las mejores del bosque.

Estaba en un gran boquete de un roble magnífico, a tres metros del suelo, lo que lo aislaba de la humedad y le proporcionaba una panorámica bellísima.

—¡Eso sí! —siguió hablando el búho—, cada día uno de vosotros se hará cargo de ellas. Si quieren conocer la Navidad, que sea de verdad, que visiten todas nuestras casas y coman igual que nosotros, y después, si no se han congelado, que lo cuenten al mundo entero. ¡Ah!, y avisad al lobito Perico para que sea su medio de transporte. No queremos que vuelen de un sitio a otro con el frío, sus alas se helarían y eso sería fatal.

Esas fueron las palabras del gran Búho y todos estuvieron de acuerdo en que, una vez más, era el más sabio e inteligente de todos ellos.

En cuanto Pepa y Pipo se enteraron del plan, respiraron aliviados, sus buenos vecinos no dejarían que les pasara nada malo y se pusieron a esperar la nieve con impaciencia, calentitas en el roble magnífico.

Allí se presentaba cada día el lobito Perico después del desayuno y las dos golondrinas se apretujaban en su lomo, protegidas por el pelaje del animal y por los abriguitos que la mamá Loba les había confeccionado con pelo de su propia cola.

De esta manera, pasaron unos días felices compartiendo con los habitantes del bosque su rutina invernal, aunque al volver al roble cada noche sus cuerpecillos temblaban de frío y casi ni sentían las patitas.

Fueron de paseo con el señor Ciervo encaramados en sus astas imponentes. Patinaron en el lago helado subidos en las plumas del gran Cisne y fueron a ver el ensayo del coro de las ranas, que preparaban el concierto de Navidad, aunque salieron con tremendo dolor de cabeza como podéis imaginar.

En el refugio de los zorros, aprendieron a jugar al parchís y con el señor Erizo cocinaron galletas riquísimas, aunque tuvieron mucho cuidado de no acercarse mucho a él para no pincharse con sus púas.

Pero el día más divertido fue el de Navidad, que pasaron en la madriguera de los conejos. Siete conejitos nerviosos e impacientes eran un torbellino de actividad.

Tanto salían a jugar al escondite y al pillapilla armando tremendo alboroto en el bosque, como se peleaban por hacer la bola de nieve más grande.

Tras la riquísima merienda, papá Conejo los reunió alrededor del fuego y les contó historias de antiguos conejos y chistes divertidos.

Así, al llegar la noche, cuando Perico, el lobito, los dejó en el tronco del Gran Búho, Pepa y Pipo estaban agotados, helados de frío pero muy felices.

—¿Qué tal habéis pasado el día? —preguntó el Búho—. ¡Estáis temblando! ¡Y vuestras alas están medio congeladas!

—¡Oh, lo hemos pasado muy bien! —contestó Pepa—. Son todos muy simpáticos y amables con nosotros, pero no resisto más el frío.

—Yo tampoco. ¡Hasta mi piquito se ha quedado helado! —añadió Pipo.

Esa era la realidad. A pesar de los esfuerzos de los animalitos por abrigarlos y protegerlos, los hermanos golondrina no estaban hechos para resistir bajas temperaturas y el Gran Búho lo sabía y así les habló:

—Amigos míos, era vuestro deseo vivir una Navidad en el bosque nevado y lo habéis cumplido, ahora debéis volver con vuestra familia a las tierras del sur. No dudéis de que una Navidad puede tener el mismo calor y alegría en un bosque nevado que en una pradera templada. Y es que la Navidad se lleva en el corazón. Ahora podéis contar a todos que reír, jugar, compartir, cantar y comer juntos es lo importante.

Las pequeñas golondrinas estuvieron de acuerdo, llevarían a sus hermanos el mensaje de la Navidad para que, a partir de entonces, la celebraran allá donde estuvieran, con frío o calor.

Pepa y Pipo se despidieron con mucha pena de los animalitos del bosque y les dieron mil gracias por los días tan bonitos que les habían hecho pasar y les prometieron volver en primavera.

La encargada de llevar a Pepa y Pipo a su destino fue el Águila Real, veloz como ninguna, que acomodó a las pequeñas aves entre sus plumas e inició el largo viaje hacia el Sur, dejando atrás el más hermoso paisaje del mundo: decenas de animalitos de gran corazón diciendo hasta pronto a sus amigas las golondrinas.

FIN

Mario y Marga, aventura en Isla Flora

Ilustración: Alejandra Nores

Nuestro amigo Mario, el Marinero, acudía cada día al puerto de Isla Imaginada porque allí estaba su barco.

Una mañana de fines de verano, llamó su atención una pequeña flor blanca que había sobre la cubierta del navío.

—¿Cómo habrá llegado hasta mi barco esta florecilla? —Y, ¡zas!, de un manotazo la apartó.

—¡Ay! ¡Ay! ¡Qué bruto eres, Mario! Porque tú eres Mario el Marinero, ¿verdad?

Sorprendido, Mario miró a su alrededor, pero no vio a nadie. Solo un albatros volando a lo lejos y a la pequeña flor que, ¡cielos!, caminaba hacia él sobre dos patitas que salían de su tronco, como pequeñas raíces.

—¿Qué pasa? Ja, ja, ja, ¿no has visto nunca andar a una flor? —se burló.

Mario estaba obnubilado, asustado y petrificado. Claro que había oído hablar a las flores. De hecho, la Rosa Triste era una de sus mejores amigas ¿¡Pero caminar!? ¿Estaría soñando?

Como si le hubiera leído el pensamiento, la flor le dijo:

—¡Borra ya esa cara de sorpresa! No estás soñando. Las flores tenemos sentimientos y escondemos muchos secretos que no todo el mundo conoce. Yo soy Margarita Blanca 30 y vengo a pedirte ayuda.

—¿Margarita Blanca 30?, ¿qué clase de nombre es ese? ¿De dónde vienes? ¿Cómo sabes que me llamo Mario?

—Pues muy fácil —replicó la flor— soy una Margarita de color blanco y la número 30 de mi familia. De alguna manera me tendré que llamar, ¿no?

—¡Claro!, pero aún no me has dicho de dónde vienes y porqué sabes mi nombre.

Entonces, Margarita Blanca 30 le contó a Mario la historia que la había llevado hasta allí.

Le explicó que venía de Isla Flora, el lugar donde nacen las flores que adornan nuestros jardines y hogares. Allí, las semillas son plantadas por jardineros, que las cuidan y les procuran agua y alimento para que se conviertan en hermosas flores que luego son repartidas por el mundo entero. Del transporte se encarga el Capitán Girasol, que recorre con su barco las costas llevando a bordo su bonito cargamento.

Pero he aquí que, un aciago día, tres desgracias acontecieron en Isla Flora a causa de una feroz tormenta que se presentó sin avisar.

La primera fue que terribles olas inundaron el almacén del puerto. Los barriles de semillas que allí se guardaban fueron arrastrados por la fuerza de la tormenta y se hundieron en el fondo del mar.

La segunda fue que la tempestad pilló desprevenido al Capitán Girasol. Su barco no estaba bien amarrado a puerto y las olas eran tan fuertes, que lo alejaron de la Isla y se perdió en el horizonte.

La tercera fue que el pobre Capitán Girasol estaba tan aturdido y desesperado al ver cómo se alejaba su barco, que mientras corría hacia el puerto resbaló, ¡zas!, y se rompió una pierna.

Era una triple desgracia. ¿Cómo recuperarían los barriles de semillas del agua? Y si lo conseguían, ¿cómo los trasladarían de nuevo al puerto? ¡El único barco de la Isla se había perdido en alta mar y su capitán tenía la pierna rota!

¡Nunca se había visto algo semejante! Si no recuperaban las semillas, no habría flores que repartir y tampoco tenían barco ni capitán para repartirlas. Eso era muy, muy triste ¡No habría primavera! ¿Qué sería un cumpleaños sin flores?, ¿o una boda?, ¿o un regalo para mamá, papá o los abuelitos?

Delfines y pulpos se ofrecieron a rescatar los barriles, pero ¿cómo los trasladarían hasta Isla Flora? ¡Necesitaban un barco para llevarlos a puerto! ¡Necesitaban al Capitán Girasol! ¿Quién tenía un barco?, ¿quién podría ayudarlos?

El anciano Jacinto recordó que, una vez, alguien le habló de un pequeño marinero que había ayudado a una rosa a recorrer el mundo, así que preguntaron en invernaderos y jardines y, por fin, encontraron un viejo rosal que recordaba la historia:

—¡¡¡Sííííííí!!!, recuerdo a Rosa Triste; su aventura se hizo famosa entre las rosas. Debéis cruzar el mar hacia el Oeste y después de tres islotes desiertos, hallaréis la mágica Isla Imaginada. Allí, en el puerto, a Mario, el marinero. ¡Ojalá él nos pueda ayudar!

Flores, arbustos, árboles y jardineros estaban muy apenados y en una reunión extraordinaria, decidieron enviar a alguien a Isla Imaginada en busca de ayuda.

Nombraron a Margarita Blanca 30 representante de todas las flores, porque era muy aventurera y pizpireta y porque fue la única que se presentó voluntaria. No temía enfrentarse a lo desconocido y era pequeña y ligera, cualidad imprescindible para viajar a bordo del albatros que le serviría de transporte.

Mario escuchó la historia de la flor con suma atención y sorprendido por la existencia de la Isla Flora, estuvo de acuerdo en que era imprescindible rescatar las semillas del fondo del mar. ¡Las flores son las sonrisas de la tierra que están en nuestros hogares y jardines! ¡Había que salvarlas!

—Está bien, Marga —te llamaré así porque tu nombre es muy largo—, creo que os puedo ayudar. Primero, hay que encontrar el barco del Capitán Girasol. Después, yo lo conduciré a vuestra isla para llevar los barriles a puerto. ¡Mis amigos nos ayudarán! ¡En marcha!

Mario corrió en busca de La Pequeña Hada que, además de elaborar encantamientos, era la locutora de Radio Imaginada, la emisora de la isla, y ella retransmitió la historia.

La noticia corrió por todas partes y acudieron al puerto vecinos dispuestos a echar una mano o a curiosear. ¡De ninguna manera se querían perder los acontecimientos! Cuando vieron a la flor andante, se sorprendieron muchísimo, pero enseguida le cogieron cariño porque en Isla Imaginada estaban acostumbrados a toda clase de personajes.

La Rosa Triste llegó en su maceta en brazos de Tim, el pequeño elefante que había recuperado su trompa gracias a Mario.

Una vez reunidos todos, Mario subió al mástil de su barca y habló así:

—Amigos, ¡las flores del mundo nos necesitan! ¡Hay que encontrar el barco del Capitán Girasol! ¡Esta es ahora nuestra misión!

Pensaron y pensaron y a Tim, el elefantito, se le ocurrió que la única manera de encontrar el barco era desde el aire, ¿y quién tenía las alas más grandes en Isla Imaginada?, ¿quién volaba más veloz y tenía mejor vista?

Todos al unísono respondieron:

—¡El Dragón Dormilón!

Así era, el Dragón Dormilón vivía en una cueva no muy lejos del puerto, tenía unas alas poderosas y una vista de águila, no hacía daño a nadie y dormir era su pasatiempo favorito.

Para despertarlo todos se pusieron a gritar:

—¡Dragón Dormilón, despierta! ¡Dragón Dormilón, despierta! —Así, hasta cien veces.

Por fin apareció el Dragón Dormilón, con cara de sueño:

—¡Ahhhhh! —bostezó— ¿Qué pasa?, ¿por qué tanto alboroto?, ¿qué hacéis todos aquí?

Mario le contó el problema de las flores y le pidió ayuda para explorar el mar.

Sin perder ni un segundo, el Dragón Dormilón, acompañado de treinta y dos gaviotas, encargadas de vigilarlo para que no se echara una siestecita en algún islote, despegaron del puerto en formación, como un auténtico ejército volador.

Ahora solo quedaba esperar a que regresaran con buenas noticias. Entretanto, Mario puso a punto su barco para zarpar de inmediato.

Por fin, después de un tiempo que se les hizo larguísimo, vieron en el horizonte la gran sombra del Dragón Dormilón y esperaron expectantes.

Al aterrizar, lo rodearon, ansiosos de recibir noticias:

—¿Habéis encontrado el barco? ¿Está muy lejos? ¿No se ha hundido?

—Amigos, ¡hemos localizado el barco del Capitán Girasol! No se ha hundido, ¡está en perfectas condiciones!

Hubo hurras y vivas en agradecimiento al Dragón Dormilón, que dormía mucho, pero era un buen vecino, y a las gaviotas que lo acompañaron.

La pequeña Margarita Blanca 30 bailaba de contenta ¡La primera parte del plan había funcionado!

Ahora les tocaba a Mario y a Marga ponerse en marcha. ¡Ah!, y a la Señora Vaca, fiel compañera de viajes de Mario, que ya tenía experiencia en navegación. Guiados por las gaviotas, llegarían hasta la nave perdida, subirían a bordo y pondrían rumbo a Isla Flora. El Dragón Dormilón, mientras tanto, se fue a echar una cabezadita.

Después de varias horas navegando, avistaron el barco del Capitán Girasol. Mario subió a bordo y puso rumbo a Isla Flora. La Señora Vaca lo siguió con el barco del marinero.

Mario y la Señora Vaca no se imaginaban el gran recibimiento que tuvieron al llegar a Isla Flora. Era un espectáculo nunca visto; miles de flores agitaban sus pétalos en señal de bienvenida, dibujando un manto colorido y perfumado.

Por supuesto, el Capitán Girasol era el más entusiasmado de todos ¡Qué bien haber recuperado su barco! Ayudado por dos fuertes tulipanes, subió a bordo para comprobar que todo se encontraba en perfectas condiciones e iniciaron la Operación Rescate.

Una docena de delfines y peces espada, además de tortugas marinas y pulpos, escoltaron el barco hasta el lugar donde se habían hundido los toneles con las semillas y los subieron a bordo, asegurándose de que no se dejaban ninguno.

Todo salió a la perfección. Mario y la Señora Vaca se encargaron de organizar la carga a bordo pues el pobre Capitán Girasol, con su pierna escayolada, no podía ponerse de pie.

Gracias a la ayuda de Mario y de Isla Imaginada, no faltarían flores en ningún rincón del mundo.

El Marinero y la pequeña Margarita Blanca 30 se hicieron muy amigos y no fueron pocas las ocasiones en que Mario fue a visitarla con su barco.

También hay que decir que, a partir de entonces, cada primavera veían aparecer por el horizonte el barco del Capitán Girasol, proveniente de Isla Flora, cargado con miles de flores para que todos los hogares y jardines de Isla Imaginada lucieran preciosos. Y es que, como dice el refrán, «Es de bien nacidos ser agradecidos».

Ah, y si os preguntáis qué fue del Dragón Dormilón habrá que esperar a que se despierte para que nos cuente sus aventuras.

FIN

La planta de Bartolo

Ilustración: Mónica Pironio

El buen Bartolo sembró un día un hermoso cuaderno en un macetón. Lo regó, lo puso al calor del sol, y cuando menos lo esperaba, ¡trácate!, brotó una planta tiernita con hojas de todos colores. Pronto la plantita comenzó a dar cuadernos. Eran cuadernos hermosísimos, como esos que les gustan a los chicos. De tapas duras con muchas hojas muy blancas que invitaban a hacer sumas y restas y dibujitos. Bartolo palmoteó siete veces de contento y dijo:

—Ahora, ¡todos los chicos tendrán cuadernos!

¡Pobrecitos los chicos del pueblo! Estaban tan caros los cuadernos que las mamás, en lugar de alegrarse porque escribían mucho y los iban terminando, se enojaban y les decían:

—¡Ya terminaste otro cuaderno! ¡Con lo que valen!

Y los pobres chicos no sabían qué hacer. Bartolo salió a la calle y haciendo bocina con sus enormes manos de tierra gritó:

—¡Chicos!, ¡tengo cuadernos, cuadernos lindos para todos! ¡El que quiera cuadernos nuevos que venga a ver mi planta de cuadernos!

Una bandada de parloteos y murmullos llenó inmediatamente la casita del buen Bartolo y todos los chicos salieron brincando con un cuaderno nuevo debajo del brazo. Y así pasó que cada vez que acababan uno, Bartolo les daba otro y ellos escribían y aprendían con muchísimo gusto. Pero, una piedra muy dura vino a caer en medio de la felicidad de Bartolo y los chicos. El Vendedor de Cuadernos se enojó como no sé qué.

Un día, fumando su largo cigarro, fue caminando pesadamente hasta la casa de Bartolo. Golpeó la puerta con sus manos llenas de anillos de oro: ¡Toco toc! ¡Toco Toc!

—Bartolo —le dijo con falsa sonrisa atabacada—, vengo a comprarte tu planta de hacer cuadernos. Te daré por ella un tren lleno de chocolate y un millón de pelotitas de colores.

—No —dijo Bartolo mientras comía un rico pedacito de pan.

—¿No? Te daré entonces una bicicleta de oro y doscientos arbolitos de navidad.

—No.

—Un circo con seis payasos, una plaza llena de hamacas y toboganes.

—No.

—Una ciudad llena de caramelos con la luna de naranja.

—No.

—¿Qué querés entonces por tu planta de cuadernos?

—Nada. No la vendo.

—¿Por qué sos así conmigo?

—Porque los cuadernos no son para vender sino para que los chicos trabajen tranquilos.

—Te nombraré Gran Vendedor de Lápices y serás tan rico como yo.

—No.

—Pues entonces —rugió con su gran boca negra de horno—, ¡te quitaré la planta de cuadernos! —y se fue echando humo como la locomotora.

Al rato volvió con los soldaditos azules de la policía.

—¡Sáquenle la planta de cuadernos! —ordenó.

Los soldaditos azules iban a obedecerle cuando llegaron todos los chicos silbando y gritando, y también llegaron los pajaritos y los conejitos. Todos rodearon con grandes risas al Vendedor de cuadernos y cantaron «arroz con leche», mientras los pajaritos y los conejitos le desprendían los tiradores y le sacaban los pantalones. Tanto y tanto se rieron los chicos al ver al Vendedor con sus calzoncillos colorados, gritando como un loco, que tuvieron que sentarse a descansar.

—¡Buen negocio en otra parte! —gritó Bartolo secándose los ojos, mientras el Vendedor, tan colorado como sus calzoncillos, se iba a la carrera hacia el lugar solitario donde los vientos van a dormir cuando no trabajan.

FIN

Mario, Tim y Papayá

Ilustración: LordWiggyton

Hace ya tres años que nuestro amigo, el marinero Mario, arribó a Isla Imaginada donde ha hecho muchos amigos y es querido por su compañerismo y carácter alegre.

Como buen aventurero, ha recorrido mundo con sus amigos la Rosa Triste y la Señora Vaca y al comenzar esta historia estaba reparando su barquito para iniciar nuevas aventuras.

Al terminar su jornada de trabajo en la playa, de vuelta a casa, escuchó un sonido extraño, como un bufido:

—¡Buffffffff! ¡Buffffffff!

—Pero ¿qué es eso? —se preguntó curioso, encaminándose hacia el lugar de donde surgía tal ruido.

Acurrucado a la entrada de una cueva encontró un animal, más o menos de su tamaño, de color grisáceo, cola delgada y corta y grandes orejas. Los sonidos salían de dos agujeritos situados en medio de una cabeza grande. Parecía estar dormido.

—¡Ahí va! —se dijo Mario—. Son los ronquidos de este… de este…

No sabía qué nombre darle. Creía que conocía a todos los habitantes de Isla Imaginada, pero ese le era desconocido. Siendo un curiosón como era, decidió despertarlo.

—¡Oye tú! ¡Despierta! ¡Despierta!

El extraño animal se desperezó y fue cuando Mario pudo observarlo bien.

Todo él parecía un pequeño elefante…pero no, no podía ser ¡Todos los elefantes tienen trompa! Y a este bicho no se le veía por ningún lado, por lo que decidió preguntar:

—¡Hola! ¿Cuál es tu nombre? Nunca te había visto por aquí.

—¡Hola! Me llamo Tim y acabo de llegar a la Isla —contestó el recién llegado.

—Yo soy Mario. Y dime, ¿qué clase de animal o cosa eres? Perdona, pero nunca vi a nadie como tú, y he viajado muchísimo.

—Soy un pobre elefantito sin trompa —contestó con tristeza.

—¡Ahí va! ¡Qué cosa más extraña! ¿Qué le ha pasado a tu trompa? —preguntó asombrado Mario.

—Pues verás, nací con una buena trompa, pero agarré un resfriado de campeonato y no paraba de estornudar «¡Achissss! ¡Achissss!» ¡Todo el rato! Tanto estornudé, que con uno de esos estornudos mi trompa salió disparada por el aire y ya no volví a verla nunca más. La busqué hasta por la copa de los árboles y en el fondo de los ríos, pero no la encontré.

—¡Vaya! ¡Qué historia tan triste! ¿Y cómo acabaste aquí? —preguntó el marinero.

—Pues me daba tanta vergüenza no tener trompa que no quería que nadie me viera y comencé a caminar sin rumbo. Caminando, caminando llegué al mar y una buena amiga, la Ballena Elena, quiso que me subiera a su gran lomo y me transportó hasta aquí. Me dijo: «En Isla Imaginada nadie se va a burlar de ti. Te ayudarán y harás muchos amigos. Dales recuerdos de mi parte». ¿Y sabes qué es lo peor? Pues que tengo muchos problemas para comer porque no puedo alcanzar las ramas de los árboles para alimentarme y he de conformarme con las hojas que encuentro por el suelo ¡Como verás tengo un problema muy grande!

—¿Y de verdad que no te volverá a crecer la trompa? —se interesó Mario.

—Bueno… Por el camino, oí decir a algunos animales que en alguna parte del mundo crece una mágica flor con cuya infusión se reparan casos como el mío. Dicen que ha funcionado en leones que recuperaron sus melenas, jirafas que vieron crecer sus cuellos y tigres que recuperaron sus dientes habiéndolos perdido antes. Pero nadie me supo decir dónde encontrar esa flor ¡Será imposible dar con ella!

Pobre elefantito, estaba muy triste y es que el problema de la comida es muy importante. Si no se alimentaba bien, no crecería y sería para siempre un pequeño elefante sin trompa.

A Mario, la situación del pequeño elefante le encogió el corazón y se dispuso a ayudarlo. Convocó a los habitantes de la isla a una asamblea extraordinaria, que es lo que se hacía cuando había algún problema grave que resolver.

Acudieron decenas de vecinos, deseosos de ver al pequeño Tim, el elefante sin trompa. Algunos le llevaron ramitas tiernas y ricas bayas, para que no le faltara alimento. Parecía que lo dicho por la Ballena Elena era cierto; de verdad querían ayudarlo.

Mario tomó la palabra:

—Vecinos de la isla, os he convocado aquí para tratar el caso de nuestro nuevo amigo Tim. Sabemos que en algún lugar del mundo florece una flor que hará crecer de nuevo su trompa. Hay que averiguar dónde se encuentra e ir a buscarla.

Todos estuvieron de acuerdo en investigar, preguntar a los ancianos y sabios, al doctor, a la maestra y a todo a aquel que se les ocurriera que pudiera dar alguna pista sobre la flor.

—¡Todos a trabajar! Buscad en libros antiguos, recetarios de los abuelos y en todos los baúles y cajas secretas ¡Hay que saber dónde crece la flor salvadora!

Mientras tanto, el elefante no tuvo que preocuparse por su comida, los pequeños de la Isla se dedicaron a llevarle tiernos brotes y hojitas nuevas que hicieron muy feliz a Tim.

Mario iba camino de casa cavilando sobre dónde preguntar por la flor salvadora, cuando se topó con el viejo doctor Topo. El doctor Topo era veterinario, ya sabéis, el doctor de los animales. Había ejercido su profesión durante muchos años en Isla Imaginada y había curado a miles de animalitos antes de jubilarse.

Mario se decidió a preguntarle.

—Buenos días doctor Topo ¿Qué tal está?

El doctor Topo le contestó:

—Bien, bien, dando un paseo. ¿Qué es ese alboroto? ¿Qué hace todo el pueblo reunido?

En pocas palabras Mario puso al corriente al doctor de la mala suerte del elefante Tim.

—¡Caracoles! Nunca en mi vida vi nada igual, pero creo recordar que cuando era estudiante en alguna clase vimos un caso parecido. Seguramente guardo los apuntes en algún sitio y es posible que en ellos se hable de esa flor sanadora.

¡Buenas noticias! Si la memoria del doctor Topo no lo engañaba y encontraban su libreta de apuntes, puede que dieran con la ansiada flor.

—Doctor Topo, ¡vamos de inmediato a buscar esos apuntes! ¡Venga!, lo acompaño a su casa.

Y así fue. Llegaron a la casita del doctor y subieron al desván donde el viejo Topo guardaba toda clase de trastos y recuerdos. No era persona de tirar las cosas, y eso podría salvar al elefantito de una vida penosa.

Rebuscar entre los recuerdos de tantos años es un gran trabajo. Cajas llenas de libros y postales. Maletas con ropas antiguas, muebles inservibles y polvorientos y un sinfín de cajones y cofres.

Mario empezó con mucho entusiasmo la tarea de la búsqueda; el doctor Topo le iba indicando:

—Mira allí, en esa caja verde… no, allí no… Creo que están en aquellos muebles del fondo…

Pero nada, no aparecía. Mario empezaba a ponerse nervioso. A ver si el doctor Topo estaba equivocado…

Después de dos largas horas y ya desesperado, Mario acertó a ver una maleta que asomaba debajo de una vieja cama.

—¡Doctor!, ¿y esa maleta de debajo de la cama?

—¡Ohhhhh! ¡Sí! ¡Sí! ¡Ahí está seguro!

Rápidamente, Mario sacó la maleta de debajo de la cama y la abrió. Dentro encontró una docena de libretas antiguas, con hojas arrugadas y amarillentas. Al abrirlas, el polvo acumulado los hizo estornudar, sobre todo al doctor, que tuvo que abrirlas una por una hasta encontrar la que buscaba. En la portada se leía:

—¡Por fin! ¡Esta es! ¡Sabía que estaba aquí!

—¡Vamos, doctor, busque, busque! —lo apremiaba Mario.

El viejo Topo fue pasando las hojas de la libreta hasta hallar lo buscado y una sonrisa de satisfacción iluminó su cara:

—Escucha esto, hijo: La infusión de la Flor de la Esperanza tiene la capacidad de devolver a quien la tome tres días seguidos algún miembro o característica propia de su raza o especie que haya sido perdido por cualquier circunstancia. Se debe recolectar la primera semana de octubre en la Isla Imposible. ¡Y además viene con un mapa!

Mario quedó boquiabierto ¡La flor existía!

—Primera semana de octubre… ¿Qué día es hoy, doctor Topo?

—Hoy es 30 de septiembre.

Eso era un gran inconveniente. En una semana tenían que llegar a la Isla Imposible, situada a varios días de navegación. ¡Había que organizar otra asamblea para informar a las gentes de Isla Imaginada y partir lo antes posible!

Inmediatamente se hizo correr la voz y en una hora todos se habían reunido de nuevo en medio de gran alboroto.

Sin tiempo que perder, Mario comunicó a sus vecinos las novedades y que por desgracia él no podría partir en busca de la flor porque su barquito se estaba reparando.

—Entonces, ¿qué vamos a hacer? —se preguntaron todos.

Lo primero era encontrar un medio de transporte rápido y seguro para llegar a la Isla Imposible

—Pues tendría que ser en avión —opinó el Gallo Bartolito— es lo más rápido.

—No es lo más rápido —añadió La Pequeña Hada— lo más rápido es un cohete.

Esa frase empezó a dar vueltas en la cabeza de Mario.

—¡Sí señor! ¡La Pequeña Hada tiene razón! Un cohete es lo más rápido.

—Ja, ja, ja, ja, ja — rieron algunos—, ¿de dónde vamos a sacar un cohete?

Mario creyó haber hallado la solución:

—Amigos ¿Es que nadie se acuerda de nuestros amigos de Toy Story? Pasaron una buena temporada en Isla Imaginada.

—Mi buen amigo el astronauta Papayá, así llamo yo a Buzz Lightyear, posee un cohete de última generación y seguro que nos ayudaría. Ya sabéis, su lema es «Hasta el infinito y más allá».

—Entonces, ¿A qué esperamos? ¡Hay que avisarlo ya! — dijo el Gallo Bartolito.

Y así lo hicieron. Se comunicaron con la base de la Agencia Espacial, para que a través de su Comunicador Interestelar hiciera llegar el siguiente mensaje urgente:

No tuvieron que esperar mucho, pasadas unas horas, un ruido ensordecedor y una estela de humo blanco anunció la llegada de Papayá en su cohete.

Con gran estrépito, aterrizó en la Gran Playa a la que habían acudido todos ansiosos para darle la bienvenida y ver la impresionante figura del astronauta.

—Aquí estoy amigos, ¿qué es eso tan urgente para lo que soy requerido?

Mario le explicó a Papayá la situación de Tim, el elefante sin trompa, y su urgencia para viajar a la Isla Imposible.

—Pues hay que iniciar el viaje sin pérdida de tiempo. Estudiaré el mapa y pondré los motores en marcha ipso facto. Mario, tú vendrás conmigo, necesito un copiloto que baje a cortar la flor. Te dejaré mi traje espacial de recambio, que, además, es mágico; se adapta a la talla de quién lo ocupa ¡Vamos, en marcha!

Y así, tras algunos minutos estudiando el mapa y programando el cohete para la travesía, la nave espacial despegó de la Gran Playa con el mismo estruendo con el que había llegado.

Nadie quería moverse de allí, esperarían esperanzados el regreso del cohete.

La Pequeña Hada no dejaba de mirar al cielo, quería ser la primera en verlo regresar y así fue:

—¡Mirad, mirad! ¡Allí, allí! Se ve la estela blanca —afirmó la hadita.

Enseguida, el estrepitoso ruido de los motores confirmó que el cohete estaba de regreso.

En cuanto tomó tierra, corrieron hacia el cohete para ver bajar a Mario y Papayá.

—Amigos, ¡ya hemos regresado! ¡Hemos encontrado la flor!

Efectivamente, Mario llevaba en sus manos un gran ramo de flores multicolor, que suponían la salvación para Tim.

Los vítores en la playa se oyeron hasta en la montaña más alta de la isla, tal era la alegría de todos. El más contento, por supuesto, el elefantito que incluso dejó escapar una lagrimilla de emoción.

Despidieron al astronauta Papayá, que debía incorporarse a sus tareas en el puesto de mando espacial y le dieron miles de gracias por haberlos ayudado ¡Era un buen amigo!

Tim tomó su primera infusión delante de los curiosos vecinos, apretujados en la cocina donde La Pequeña Hada cocinaba sus famosas magdalenas. Ya solo quedada esperar. Recordad que había que tomarla tres días seguidos.

Pasó el primer día sin novedad. La cara del pobre elefantito era la distracción de la Isla. Los vecinos pasaron el día observándola, a ver si notaban algún cambio.

El segundo día a Tim le empezó a picar la nariz, ahí donde debía crecer la trompa y a lo largo del día un pequeño bultito le empezó a salir para alborozo general.

Ni que decir que en cuanto amaneció el tercer día Tim se tomó su tercera ración. El pequeño bulto de su nariz se hizo un poco más grande pasando el día y al anochecer se fue a dormir cansado de tanta emoción, pero esperanzado.

Al amanecer del cuarto día se escuchó en toda la isla un gran grito que despertó a todo el mundo y salieron a la calle para ver qué pasaba.

Lo que pasaba era que el elefante Tim corría por las calles de Isla Imaginada luciendo una magnífica trompa y gritando de contento

—¡Ha funcionado!

—¡Hurra! ¡Hurra! —vitoreaban todos los vecinos.

Mario se sentía muy feliz de haber ayudado al elefante Tim, que ya nunca más sería el elefante sin trompa. Y él ahora podía presumir de ser astronauta además de marinero.

Agradecido, Tim se quedó a vivir en Isla Imaginada y, con el tiempo, se convirtió en un gran elefante que siempre ayudaba a quién lo necesitaba.

En eso precisamente consiste la amistad: en procurar la felicidad de los amigos para ser tú feliz también.

FIN

El tesoro perdido

Ilustración: silverwyn

El sol poniente se hundía en los picos de las nevadas montañas, que se tornaban rojos como ascuas de fuego. En las calles de Lhasa, los niños hacían volar cometas de brillantes colores sujetas a hilos espolvoreados con purpurina. Los pequeños corrían y brincaban entrelazándose, mientras reían alborotadamente tratando de cortarse mutuamente los hilos que sujetaban sus cometas. Un pequeño, de unos ocho años, se sentó junto a su tío, un monje vestido con hábitos de color naranja que observaba la cometa del niño elevarse cada vez más alto en el cielo, sostenida por el viento. Volaba tan arriba, que parecía que no se movía. Sin dejar de mirar su cometa, el niño pidió:

—Tío, cuéntame un cuento.

El monje sonrió y empezó su relato:

«Un padre le dijo a su hijo —empezó el monje—: «Voy a morir pronto, hijo mío. Llévate el oro que tengo a tu casa. Es tuyo. Pero no se lo digas a nadie. El dinero no tiene amigos». El padre confiaba en que su hijo, Tathagata, tendría presente su consejo y comprendería cómo suelen funcionar las cosas en el mundo.

Pero Tathagata tenía un gran amigo, de nombre Theravāda. Habían ido juntos a la escuela de niños y al salir del colegio por la tarde, habían jugado a todos los juegos juntos. Theravāda vivía en una la aldea cercana con su mujer y sus dos hijos pequeños.

Un día, Tathagata decidió salir de peregrinaje para visitar el monasterio santo y pensó: “¿Qué haré con el oro? ¿Dónde lo guardaré? Cuando mi padre estaba vivo, me dijo que no me fiara de nadie”. Sin embargo, al pensar en su amigo Theravāda, no pudo admitir que estas palabras debieran aplicarse también a él. No a Theravāda. Así pues, llevó sus dos bolsas de pepitas de oro a casa de su amigo y le dijo:

—Theravāda, amigo, por favor, guárdame este oro mientras esté fuera. Es el oro que mi padre me entregó al morir.

Theravāda dijo:

—Naturalmente, Tathagata, amigo. Guardaré tu oro con mucho cuidado. Cuando vuelvas de tu peregrinaje, aquí lo encontrarás. No tienes por qué preocuparte. Tú y yo somos buenos amigos.

»Así —continuó el monje—, pasó un año y Tathagata volvió de su viaje. Fue a casa de Theravāda y le pidió a su amigo:

—¿Puedes devolverme mi oro, Theravāda?

—¡Oh, Tathagata, lo siento muchísimo!, ¡Qué desgracia, qué desgracia! ¡Durante tu ausencia, el oro se ha convertido en arena! —contestó Theravāda, mirando a su amigo con cara de estar muy apenado.

Pero Tathagata, mientras su amigo le contaba este singular acontecimiento, no pareció sorprendido. Después de unos minutos de silencio, repuso:

—Está bien, Theravāda, no te preocupes; hiciste todo lo que pudiste para vigilar mi oro. Eres un buen amigo.

Los dos hombres comieron juntos y pareció como si la pérdida del oro hubiera sido olvidada por completo.

Al cabo de un año, Theravāda le dijo a su amigo Tathagata:

—Amigo, quisiera ir de peregrinaje al monasterio santo, ¿podrías cuidar de mis hijos durante mi ausencia?

Tathagata aceptó de buen grado:

—Claro que sí, Theravāda, me gustará cuidar de tus hijos durante unos meses, ya que no tengo familia propia. Les daré buena comida y buena ropa. Serán muy felices en mi casa.

—¡Gracias, Tathagata! —dijo Theravāda, que pensó—: “Aunque ha perdido todo su oro por mi culpa, quiere cuidar de mis hijos. Ciertamente, es muy buena persona y un gran amigo”.

Tathagata se llevó a los niños a su casa y los cuidó muy bien, pero compró dos monitos a los cuales les puso los nombres de los niños. Durante el año que siguió, adiestró a los monos para que cuando él llamase “¡Dharma, ven aquí!”, el mono mayor corriera hacia él, y que cuando llamase “¡Karma, ven aquí!”, el mono más joven acudiera a su llamada. Los monos entendieron muy bien lo que se esperaba de ellos y aprendieron muy rápido.

Cuando Theravāda regresó, fue a ver a sus hijos. Tathagata mostró un triste semblante a su amigo:

—¡Oh, Theravāda, lo siento muchísimo!, ¡Qué desgracia, qué desgracia! ¡Durante tu ausencia, tus hijos se han convertido en monos!

Theravāda no sabía qué pensar y llamó a sus hijos por sus nombres. Al instante, aparecieron los dos monitos y corrieron hacia él. Cogieron de la mano a Theravāda y bailaron a su alrededor como si fuesen chiquillos. Theravāda quedó muy apenado y preguntó a su amigo:

—¡Ay!, Tathagata, ¿qué podemos hacer? ¿Cómo podemos hacer que estos monos se conviertan de nuevo en mis hijos?´

Tathagata pensó durante unos instantes y luego le dijo a su amigo:

—No creo que sea difícil, pero, para conseguir eso, necesitaremos oro.

—¿Cuánto oro bastaría? —preguntó Theravāda.

—Yo creo que, por lo menos, dos bolsas de pepitas de oro.

—Tan pronto como pueda traeré las bolsas de oro —dijo Theravāda, que salió corriendo hacia su casa.

Al cabo de un rato, volvió con las bolsas de Tathagata y se las entregó a su verdadero dueño. Tathagata las tomó y le dijo a Theravāda que esperase mientras él subía al piso de arriba. Pasados unos minutos, volvió a bajar.

—Mira, Theravāda, ¡lo hemos conseguido! El oro ha transformado los dos monos en seres humanos. Aquí tienes a tus hijos.

Theravāda estuvo encantado de recobrar a sus hijos, pero miró con enfado a Tathagata. Sin embargo, el ceño fruncido se convirtió en sonrisa y, acto seguido, los dos amigos rompieron a reír”.

Cuando terminó de contar esta historia, el propio monje rompió a reír al ver cómo el hilo de la cometa de su sobrino había sido cortado mientras él escuchaba con atención el relato. Ambos contemplaron la cometa flotar sobre el valle de Lhasa, alejándose hacia los dorados tejados del Potala, el monasterio santo.

FIN

El caracol generoso (o ¿por qué hay caracoles y babosas?)

Ilustración: DavidLazzuri

¿Os habéis preguntado cómo es que hay caracoles sin concha? De hecho, los caracoles sin caparazón se llaman babosas y la historia de las babosas es bastante curiosa. Todo comenzó hace muchos años…

Cuando los sueños eran reales y lo imposible no existía, había un pequeño caracol que vivía feliz y contento en su prado. Este caracol tenía todo lo que necesitaba en el interior de su concha, dentro de su casa. Allí guardaba todo lo que iba encontrando por el campo. Cualquier objeto que algún animal olvidaba, cualquier cosa que alguna persona desechaba los recogía el caracol y los guardaba en su casa.

El caracol era feliz; su vida transcurría tranquila junto a sus vecinos, pero un día decidió que necesitaba más. El mundo era enorme y seguro que estaba lleno de objetos perdidos o abandonados que él podría recoger y guardar en su casa. Así que cargó todas sus cosas y partió de viaje.

Anda que andarás, se encontró con una anciana sentada junto a un pozo. La pobre viejecita lloraba desconsoladamente.

El caracol se acercó:

—¿Qué le pasa buena mujer? —le preguntó.

—Necesito sacar agua del pozo para cocinar y beber, pero el cubo es más viejo que yo y está agujereado, ya no me sirve, y yo soy demasiado pobre para poder comprar uno nuevo.

—Yo tengo un cubo en mi casa…, pero es mío. Me lo encontré un día paseando por mi prado.

—¿Y no podrías dármelo? Tú no lo necesitas y, como puedes ver, yo sin cubo no sobreviviré muchos días.

El caracol entró en su caparazón y salió con un cubo nuevo y dándoselo a la viejecita le dijo:

—Tome, buena mujer, a usted le será de más utilidad. Seguro que durante mi viaje encontraré otro aún más bonito.

El caracol continuó su viaje y pasados unos días se encontró con un búho que a pesar de ser de día estaba bien despierto. El caracol lo miró y le preguntó:

—¿Qué haces despierto a estas horas, sabio búho? ¿No deberías estar durmiendo?

—¡¿Cómo quieres que duerma?! El mundo es muy grande y está lleno de sabiduría que yo ignoro. ¡No puedo dormir sin poseer todo ese conocimiento o no seré el más sabio del bosque!

El caracol entró en su casa y sacó un libro, y luego otro, y otro y otro más hasta un total de veintitrés.

—Esto es una enciclopedia. Aquí hay recogido todo el conocimiento del mundo. Con esto no te hará falta estar despierto toda la noche. Yo ya hace tiempo que me la leí, así que ya no la necesito. Además, seguramente está anticuada y durante mi viaje encontraré una de más moderna.

Después de que el búho le agradeciera aquel regalo, el caracol prosiguió su viaje.

A medida que caminaba iba encontrando más personas y animales que necesitaban cosas. Una vez se encontró con unos niños que querían una pelota para jugar al fútbol y él les regaló la suya. En otra ocasión, se topó con un lobo que estaba enamorado de la luna y el caracol le regaló su telescopio para que pudiera contemplarla mejor.

Así, el caracol, poco a poco, se fue quedando sin nada, únicamente le quedaba su viejo caparazón. Pero por muchas posesiones que hubiera regalado, el caracol no era infeliz, todo lo contrario, era más feliz que nunca. En el corazón sentía una cálida sensación, como nunca antes la había sentido y cuanto menos tenía, más disfrutaba de las cosas que lo rodeaban: el olor de la lluvia, los verdes colores de la hierba, la frescura de la noche o el calor del sol.

Un día, el caracol llegó a una playa desierta y allí se encontró con un cangrejo. El cangrejo iba removiendo toda la arena, buscando algo que había perdido. El caracol se acercó para ofrecerle su ayuda:

—¡Buenos días!, parece que buscas algo, ¿te puedo ayudar? —preguntó el caracol.

—Buenos días —contestó el cangrejo—, estoy buscando una casa. Resulta que he crecido y la casa que tenía se me ha quedado pequeña y ahora tengo que encontrar otra.

El caracol se quedó pensativo un buen rato mientras observaba al cangrejo. Entonces, una idea le vino a la cabeza. Despacio se fue estirando, estirando hasta que su cuerpo salió por completo de dentro de su caparazón. Cuando estuvo fuera por completo, llamó al cangrejo:

—Si quieres, puedes quedarte con mi casa. Es lo único que me queda, pero la verdad es que me molesta porque como quiero seguir viajando, me moveré más ligero sin ella.

El cangrejo examinó la casa, entró en ella y se sintió la mar de cómodo.

—¡Esta casa es perfecta! —exclamó—.  ¡Muchísimas gracias!

Y dicho esto, el cangrejo, con su nueva casa a cuestas, se encaminó hacia el agua y se alejó muy contento. Mientras, el caracol, que ya no tenía ni casa ni nada, prosiguió feliz su viaje.

La historia del caracol que había regalado todas sus pertenencias, incluida su casa, se fue extendiendo por el mundo. Otros caracoles quisieron seguir su ejemplo y también empezaron a regalar las cosas que poseían, casa incluida.

Desde aquel día, gracias al caracol generoso, en los bosques y ciudades podemos encontrar caracoles y babosas, que no son otra cosa que caracoles que han regalado su casa siguiendo el ejemplo del caracol generoso.

FIN

Mario, el Pequeño Marinero, busca amigo

Ilustración: Hermes

El Pequeño Marinero Mario llevaba ya dos años viviendo en Isla Imaginada. En ese tiempo, había surcado con su barquito los mares que rodean la isla muchas veces, pero como le gusta madrugar ninguno de sus amigos, que son perezosillos, había querido acompañarlo.

Eso no le había importado mucho, porque disfrutaba de la brisa marina, se entretenía con los saltos de delfines y ballenas que salían a saludarlo a la superficie y después se echaba una siestecita en cubierta acunado con el movimiento de las olas. Pero ahora tenía en mente ampliar horizontes y realizar un gran viaje…

Había convencido a Simbad el Marino, de que le prestara su barco, que era más grande y seguro, ya que quería llegar más allá del horizonte donde le habían dicho que existían tierras de ensueño. Pero no quería ir solo, así que inició la tarea de buscar un amigo de aventuras. Tenía que gustarle el mar y ser un buen compañero de viaje, de amena conversación y de carácter agradable.

Pensó que era buena idea hacer una prueba a aquellos que quisieran presentarse como voluntarios.

Pidió a su amiga, La Pequeña Hada, que escribiera unas palabras para pegar en el tablón de anuncios, ya que tenía muy buena letra y esta, encantada de ayudar, así lo hizo.

—No te preocupes, amigo Mario, en un pispás lo cuelgo en la plaza para que todo el mundo lo vea —le comentó solícita.

Y así quedó el anuncio:

En apenas dos días, se presentaron varios candidatos, entusiasmados con la idea de realizar un gran viaje.

La primera que se presentó fue la señora Hormiga, Mario pensó que como ocupaba poco espacio sería buena compañera, pero durante el viaje de prueba la perdía constantemente ¡Era tan pequeñita que le daba miedo pisarla en cualquier momento! «La Señora Hormiga no me sirve, seguiré buscando», pensó.

Al día siguiente, salió temprano a navegar con Blancanieves que, muy ilusionada, quería conocer mundo. Pero, ¡ay!, al regresar a puerto, la cara y brazos de la pobre niña eran del color de las gambas que bailan en el fondo del mar. El sol había quemado su piel blanca y delicada. Así que Mario la descartó porque un marinero tiene que llevarse bien con el mar, pero también con el sol.

—Pues habrá que probar otra vez —se dijo.

El siguiente en la lista era el señor Ratón. Se veía muy dispuesto a navegar. «Demasiado nervioso», pensó Mario cuando lo vio llegar agitando su cola y sus orejas sin cesar.

En efecto, era tan nervioso que en todo el día no paró de dar vueltas por el barco, de acá para allá y en varias ocasiones lo pilló royendo las cuerdas que sujetaban las velas.

—Nada, que el ratoncillo no me vale ¡Si me descuido se come hasta las velas! —Mario estaba ya un poquito nervioso— —¡A ver si no voy a encontrar a nadie que pueda venir a navegar conmigo!

Aún le faltaban por probar algunos candidatos.

La gallina Fina fue la siguiente. Muy contenta, subió a la embarcación. Se la veía muy trabajadora, pero también muy parlanchina, se pasó el día entero ¡clo, clo! por aquí ¡clo, clo! por allá, sin parar de cloquear en ningún momento. Desde luego, con ella Mario no se aburriría, pero se lo pensó bien y como al desembarcar tenía un dolor de cabeza de campeonato la tachó también de la lista.

—¡No tengo que desesperar! Aún me quedan voluntarios en la lista.

Así que le llegó el turno al Sastrecillo Valiente

—¡Este seguro que me vale! Siendo tan valiente, no habrá dificultad que se nos resista —pensó el marinero.

Pero, ¡ay!, el valiente sastrecillo no había montado nunca en barco y al ratito de empezar a navegar su cabeza y su tripa se pusieron a dar vueltas cual tiovivo y su cara se fue tornando de color verdoso ¡Se había mareado!

—Pues será imposible hacer el viaje con él —se lamentó Mario.

Al siguiente día, el turno fue para el Señor Pato.

—El señor Pato seguro que no se marea ni come cuerdas ni cloquea todo el día —se dijo Mario esperanzado.

El día empezó muy bien. Al ratito de partir, el pato se echó al agua pues le gustaba mucho nadar y eso fue lo que hizo en todo el día: del agua al barco y del barco al agua.

Nuestro pequeño marinero estaba desconcertado. Si esto era lo que le esperaba en el viaje, de poca ayuda le iba a servir el señor Pato y, para rematar, al final del día el aspecto que presentaba era lamentable. Las plumas se le habían quedado hechas un asco por la sal del agua y los ojos le picaban.

Así que fue él mismo quién le dijo a Mario que no estaba preparado para el  viaje.

—¡Madre mía! ¿Y ahora qué voy a hacer? —se lamentaba—. Solo me queda un candidato y aunque no creo que me vaya a ser de utilidad no tengo más remedio que hacerle la prueba.

La candidata de la que hablaba el marinerito no era otra que la señora Vaca. «Pero ¿cómo se va a manejar una vaca en un barco? ¿Y si pesa demasiado y nos hundimos?». Estas cavilaciones mantenían nervioso a Mario y procuraba buscar también las ventajas de tener una vaca a bordo. «No habría problema con las cuerdas, ya que solo come forraje, su piel es gruesa y no se quemará, habla poco y no se tirará al agua cada dos por tres y esperemos que no se maree».

La señora Vaca llegó puntual el día de la prueba y, muy entusiasmada, subió al barco, que se tambaleó un poco, pero aguantó. Y es que el barco de Simbad el marino era sólido y resistente.

Desde el medio, dónde se instaló, llegaba a proa y a popa sin esfuerzo y aunque un poco torpe, era muy voluntariosa y obedecía las órdenes de Mario, que ya se veía cual capitán de barco con gorra y todo, mandando a la tripulación.

Fue el mejor día de todos. La señora Vaca era muy alegre, sabía muchas canciones, pero también le gustaba contemplar el mar y juntos pasaron ratos en silencio que Mario agradeció acordándose de la señora Gallina y su ¡clo, clo! incesante.

Al lado de la señora Vaca nuestro marinero se sentía seguro y en las noches frías en el mar le procuraría un calorcillo agradable. Ya se veía recostado en ella observando las estrellas en las noches claras.

—¡Creo que por fin he encontrado mi compañera ideal!

Mario estaba muy contento. Presentía que el viaje sería una maravillosa experiencia y que la señora Vaca se convertiría en una gran marinera y en una gran amiga.

Algunos vecinos de Isla Imaginada que los vieron llegar a puerto se reían y comentaban:

—¿Dónde se ha visto una vaca marinera?

—Este Mario ha perdido la chaveta ¡Vaya pareja más rara!

Pero a Mario no le importó lo que decían y en pocos días preparó lo necesario para el viaje.

Sabía que la voluntad, las ganas de aprender, la alegría y el compañerismo de la señora Vaca eran mucho más importantes que la habilidad, la belleza, la forma física y el tamaño.

Pasados tres meses, los que estaban en el puerto vieron aparecer en el horizonte el barco de Simbad y esperaron impacientes su llegada al muelle.

La señora Vaca y Mario bajaron a tierra bronceados y contentos. Contaban, a quién quisiera escucharlos, sus aventuras a través de los mares: ballenas enormes como islas, tormentas y huracanes, simpáticos delfines que los acompañaron durante largas jornadas y ¡hasta sirenas vieron! También habían avistado barcos pirata y habían rescatado náufragos, que devolvieron a sus tierras de origen.

Además de todo eso, portaban con ellos esquejes y brotes de plantas desconocidas en la isla que en poco tiempo llenaron los jardines de frutos exóticos y flores exuberantes.

Aquellos que se rieron de la rara pareja de marineros que formaban la señora Vaca y Mario tuvieron que reconocer que se habían equivocado y que no hay que juzgar nunca por las apariencias.

Nuestro Pequeño Marinero cumplió su sueño de realizar un gran viaje, pero lo que no soñó es que encontraría una amiga tan especial ¡Aunque tenía que tener cuidado de que no lo aplastara sin querer!

FIN

El patito guapo

Ilustración: TurtleSunday

Érase una vez un patito muy, muy guapo… pero muy, muy presumido. Se llamaba Max. Todos los días, en su granja, se paseaba delante del resto de los animales hablándoles de lo bonitas que eran sus plumas, su pico o su cola.

—Mirad, mirad —les decía a las gallinas–, ¿habéis visto alguna vez unos andares tan estilosos como los míos?

Las gallinas lo miraban en silencio, pensando: «¡Será presumido! Cómo si nosotras no los tuviéramos».

Otras veces comentaba con los conejos:

—¿A que nunca habíais conocido a nadie con esta mirada tan hermosa?

Los conejos se miraban callados, con la misma idea en la cabeza: «¡Vaya prepotente!».

En cuestión de diez meses, los animales se cansaron de él y una noche se reunieron en una asamblea de urgencia, sin avisarlo.

—Os hemos convocado —decía el gallo Juan en voz baja, intentando ser escuchado por los demás animales— para decidir qué hacer con Max. Es inaguantable y cada día que pasa es peor. Yo no lo soporto más.

—Es cierto, es un pesado —decían unos.

—¡Un cansino! —se agitaban otros.

—Calmaos, o se despertará —tranquilizaba Juan.

La familia de Max, avergonzada, abandonó la reunión.

—Hay que solucionarlo de alguna forma —prosiguió Juan—. Solo se me ocurre echarlo de la granja. Quien esté a favor, que se quede callado. Si alguien está en contra, que hable.

Ninguno de los asistentes dijo nada.

—Mañana lo echaremos —zanjó Juan.

A la mañana siguiente, Juan fue a darle la noticia a Max.

—Max, quiero decirte algo en nombre de todos.

—¡No me lo digas, no me lo digas, me habéis votado como el animal más guapo de la granja!

—¿Quéééé? ¡No! Lo que vengo a decirte es que no queremos verte más por aquí. Te expulsamos de la granja.

Max se quedó boquiabierto y dijo:

—Pero ¿por qué me echáis?, ¡si soy muy guapo!

—Porque también eres muy presumido —contestó Emilio, el anciano perro.

—Demasiado —se quejó María, la cerda.

—Sí, muy pesado. Te crees que los demás somos peores que tú –replicó Manuel, el caballo–. Queremos que te vayas.

Max fue a buscar a sus amigos Charlie, Ana, Óscar y Chris, pero también estaban contra él. Cuando los encontró intentó hablar con ellos:

—Amigos, ¿habéis visto lo que me han hecho?

Los cuatro lo miraron con indiferencia, sin responderle.

—Venga chicos, uno para todos y… –dijo extendiendo la mano.

Pero sus «amigos» tampoco dijeron nada. Ni se acercaron a él.

Entonces, Max pensó en su familia: «Mamá, papá… ¡Claro, ellos seguro que me ayudan!». Fue corriendo a llamarlos. Pero ellos, que eran unos sinvergüenzas y listillos, sabían que iba a llegar ese momento y no querían seguir sintiendo vergüenza por su culpa. Así que se marcharon a pasear en cuanto lo vieron y lo abandonaron.

—¡¡Mamá, papá!! —gritaba Max— ¡No me dejéis solo!

Cuando vio que no volvían, decidió que lo mejor para todos sería desaparecer de allí. Durante semanas, Max aprendió a vivir solo en la soledad del bosque que circundaba la granja. Sin amigos, sin familia, sin animales a los que poder hablar de su bonito plumaje, de su pico estilizado o de su dulce graznido. Max se alimentaba como podía. Perdió peso y su plumaje cambió. Pasado un año, su aspecto era diferente, pero todavía era presumido. Cuando se vio reflejado en un lago decidió volver a la granja. Quizá tan cambiado lo readmitirían. Cuando llegó, un gato se puso ante él.

—¿P-p-puedo entrar? —preguntó tartamudeando.

Max estaba nervioso. El gato miró a Manuel y a un perro nuevo que había llegado en lugar de Emilio. Se observaron durante unos instantes y asintieron.

—¡Claro, aquí eres bienvenido! —dijo Manuel.

Max sonrió.

—¿Me b-b-buscáis una familia? —agregó con timidez.

—Claro, ¡pero entra ya! —lo apremió Manuel.

—¡¡¡Gracias!!! —exclamó contento.

Cuando pasó ante Manuel, este se lo quedó mirando. Algo en él le resultaba familiar. «Se parece al patito guapo». Sin embargo, observó que las patas eran más largas, sus plumas de un color distinto, tenía un pico grande y un lunar bajo el ojo derecho. No recordaba que el patito fuera así. «No, seguro que no es él», pensó.

Como no lo habían reconocido, decidió cambiarse el nombre para no levantar sospechas. Delante de todos, se presentó:

—Hola a todos, me llamo Mario.

—Bienvenido Mario —corearon los animales.

—Esta es tu nueva familia —le dijo Juan, señalando a los patos con los que iba a vivir.

Eran dos patos recién instalados en la granja, hacía solo una semana que habían llegado buscando un hogar tras haber perdido el suyo en una gran tormenta. Mario los abrazó, agradeciéndoles que lo aceptaran con ellos, y se fue a casa de su nueva familia. Los días pasaron y Mario volvió a las andadas, alardeando de las cualidades que tenía. Sus nuevos padres pronto notaron lo presumido que era.

—Oye, David, nuestro hijo es presumido, tenemos que hacer algo o lo echarán de la granja —dijo preocupada Lucía, la mamá.

—Sí, tienes razón —contestó—. ¿Qué podemos hacer?

—No lo sé… Mario es un patito bueno y noble, pero como siga así, los demás lo empezarán a odiar. Yo lo quiero, porque es el hijo que nunca pudimos tener, pero entiendo que no es fácil soportar a alguien así.

—¿Y si hablamos con María? He escuchado que tiene experiencia tratando a animales con problemas.

—¡Me parece una gran idea! —dijo Lucía.

Al día siguiente, fueron los tres a ver a María.

—Querida María —dijo David—, necesitamos tu ayuda. Resulta que Mario tiene un problema. A veces… Cómo decírtelo… Es demasiado presumido.

—Uy, qué me vas a contar —dijo María indignada—. Me recuerda tanto a Max… Era un patito que echamos de aquí hace un año porque era inaguantable.

—Por eso estamos aquí —interrumpió Lucía—. Queremos que nos ayudes a que deje de ser tan presumido.

Mario estaba cabizbajo. Sentía que otra vez iba a ocurrir lo mismo.

—Lo que pasa es que solo puedo hacerlo si él colabora —dijo mirando a Mario—. ¿Lo harás?

—S-sí –dijo nervioso.

—Muy bien, ¡entonces solo será cuestión de tiempo que lo logremos! —dijo María con ilusión.

Y así fue. Poco a poco, con la ayuda de María, Mario mejoró su actitud. Cinco meses más tarde, ya no era presumido. Los demás animales de la granja festejaron que Mario se hubiera convertido en un animal agradable y simpático con los demás. Así que tuvo una vida buena para siempre.

FIN

La prueba

Ilustración: IZOLYZM

Eran grandes amigos desde la infancia. Uno de ellos era mandarín y se le había ofrecido un destacado cargo oficial. Un poco preocupado por la responsabilidad que tendría que asumir en breve, el mandarín se reunió con su amigo de la infancia y lo puso al corriente de la situación. El amigo le aconsejó:

—Lo que te recomiendo es que siempre seas paciente. Es muy importante. No lo olvides, ejercítate sin descanso en la paciencia.

—Sí, seré paciente. No dejaré de ejercitarme en la paciencia — aseguró el mandarín.

Los dos amigos empezaron a saborear un delicioso té. El amigo que había ido a ver al mandarín le dijo:

—Sé siempre paciente. No dejes de ser paciente; suceda lo que suceda.

El mandarín asintió con la cabeza.

Unos minutos después, el amigo dijo:

—No lo olvides: adiéstrate en la paciencia, sobre todo.

—Lo haré, lo haré —repuso el mandarín.

Cuando iban a despedirse, el amigo añadió:

—No lo olvides, tienes que ser muy paciente.

Entonces el mandarín, soliviantado, exclamó:

—¿¡Me tomas por un estúpido!? Ya lo has repetido varias veces y yo lo he oído perfectamente bien. ¡Deja de una vez de advertirme sobre lo mismo!

El amigo, sonriendo, manifestó:

—Me gusta ver cómo te ejercitas en la paciencia.

El mandarín se sintió ridiculizado, pero agradecido por el sabio consejo.

—Es muy difícil ser paciente — dijo el amigo, abrazándolo con todo cariño—. Más de lo que parece.

El mandarín no olvidó jamás la lección de su amigo de la infancia y desempeñó perfectamente su cargo. La paciencia le permitió desarrollar la ecuanimidad, la ecuanimidad, sabiduría, y la sabiduría, amor.

FIN