amigos

El Pequeño Marinero y la rosa triste

A nuestro amiguito Mario, el Pequeño Marinero, lo arrojó a la orilla de la playa Grande de Isla Imaginada una gran ola una noche de tormenta. En este último año, Mario se ha convertido en un jovencito intrépido y aventurero. ¡Nada le da miedo! Ha convencido a Popeye, el Marino, para que lo lleve con él a explorar el mundo, mejor dicho, los océanos, y prepara con mucho entusiasmo su primer largo viaje.

Hace unos días, estaba muy atareado haciendo el equipaje cuando llamó a la puerta su vecino el conejito, un chismoso de cuidado que se pasa el día dando vueltas por el barrio para luego llevar las novedades a unos y otros.

—¡Ehhh! ¡Mario, vecino!, ¿quieres saber qué pasa en el prado del granjero Pepe?

El Pequeño Marinero, un poco enfurruñado con el conejo por haber interrumpido su tarea, contestó:

—Mira, conejito, ahora estoy muy ocupado, vuelve otro rato.

—¡Ohhhh, qué pena! Te quedarás sin saber por qué la rosa no hace más que llorar…

—¿Que la rosa está llorando? ¿Por qué? —A Mario le picó la curiosidad.

La rosa es una preciosa flor que solo vive en los prados de Isla Imaginada, su perfume es único, dulce como una gominola, y sus pétalos suaves como terciopelo.

—¡Si no vienes, no lo sabrás! ¡Vamos! —apremió el conejito.

Mario dejó el equipaje a medio hacer y siguió al conejo.

Faltaba poco para llegar al prado del granjero Pepe, cuando empezaron a oír los tristes lamentos:

—¡Ayyyyyy! ¡Pobre de mí! ¡Nadie me puede ayudar!

La pobre rosa lloraba resignada; las lágrimas caían de sus pétalos como si de rocío se tratara.

Mario y el conejito se acercaron curiosos y, preocupados, se sumaron al círculo que alrededor de la triste rosa habían formado varias familias de hormigas, dos lagartijas, un pato y tres gallinas. En silencio, contemplaban el rosal del que brotaba una única rosa, aún un capullo, del color rojizo del cielo cuando el sol se va a dormir.

—¡Ayyyyyyyyyy! –seguía quejándose la flor.

El Pequeño Marinero se sintió conmovido con su tristeza y le habló así:

—A ver, preciosa rosa, ¿por qué estás tan triste? ¿Cuál es la pena que te aflige?

—Nadie me comprende, marinerito ¡No sabéis la suerte que tenéis todos los que aquí estáis! Nadie me puede ayudar —replicó la rosa.

—Explícate, pues, amiga. Si no compartes con nosotros lo que te apena, seguro que no podremos ayudarte. ¡Cuéntanos!

—Está bien. Veréis, me gusta mucho ser flor. Sé que mi perfume os encanta, que gozáis con mi belleza y, al pasar por mi lado, procuráis no pisarme. Si la tierra está seca, me regáis y cuando el invierno llega y me voy a dormir, esperáis con ansia a que brote de nuevo anunciando la primavera. Pero yo os envidio a vosotros porque sois libres. Vais de un lado a otro cuando queréis. El conejo salta por el prado; el pato se baña en el estanque; las hormigas entran y salen de su hormiguero; las gallinas se pasan el día picoteando de aquí para allá, cacareando; y las lagartijas buscan el sol para calentarse. Sin embargo, yo estoy atada a la tierra. Llueva o haga sol no puedo moverme. No conoceré jamás otras tierras que no sean las que veo a mi alrededor. No puedo ir de visita a otras granjas ni buscar refugio para las tormentas ¿Por qué las flores no tenemos patas? ¡Ayyyyyyyyyyyyy!

Ni los animalitos allí reunidos ni y el Pequeño Marinero supieron qué decirle a la rosa triste. Jamás se les hubiera ocurrido que una flor tan hermosa pudiera ser tan desgraciada y sabían que era muy difícil poder ayudarla.

Mario la comprendía perfectamente, él mismo estaba deseando salir de su país, Isla Imaginada, para conocer otros mundos. No quería rendirse y habló por todos:

—Amiga rosa, ¡te vamos a ayudar! Esta noche consultaremos con la almohada y encontraremos una solución para que no te sientas triste nunca más. ¡Mañana vendremos a verte!

Cuando se hubieron alejado lo suficiente para que la flor no los escuchara, los animalitos, alborotados, replicaron a Mario:

—Pero, Pequeño Marinero, ¡es imposibleeeeee ayudar a la rosa! –se lamentaba el conejito fisgón.

—¡Coc,coc, coc!, las flores no tienen patas ¡Es imposible! –cacareaban las gallinas.

—¡Vaya lío!, ¡vaya lío! —repetían hormigas y lagartijas.

—¡Cuac, cuac! ¿Qué le diremos mañana a la rosa triste? —apostilló el pato.

Pero Mario estaba convencido de que, entre todos, encontrarían el modo de ayudar a la flor.

—No seáis pesimista, procurad poner todo vuestro empeño e inteligencia en encontrar una solución. ¡No podemos consentir que la rosa siga tan triste! Así, que ¡a pensar! Mañana temprano nos reunimos aquí.

La noche fue larga. Poco a poco, cansados de tanto cavilar sin hallar solución, el sueño los fue venciendo a todos… A todos menos a Mario, que seguía dando vueltas, pensando y pensando, hasta que, rendido y con los pies doloridos de tanto andar arriba y abajo, se sentó en su sillón favorito para quitarse sus botas marineras. Al quitarse la izquierda, observó que en la suela había quedado pegado un pequeño terrón de tierra; de él sobresalían, por un extremo, las hojas de una pequeña plantita de hierba y por el otro, las raíces.

—¡Viva, viva!¡Encontré la solución! —El Pequeño Marinero brincaba contento porque ya sabía cómo ayudar a la rosa triste.

A la mañana siguiente, se reunieron como habían convenido. Los animalitos desanimados, porque no habían sido capaces de dar con solución alguna y Mario muy contento, porque tenía un plan.

—Escuchad, ya sé lo que haremos, es muy sencillo: arrancaremos el rosal, que es la casa de la rosa, con mucho cuidado para no dañar las raíces, y lo plantaremos en un recipiente donde quepa suficiente tierra para alimentar a la rosa; yo la regaré cada día para que esté siempre fresca.

—Pero, Mario, la rosa lo que quiere es ver otros paisajes y moverse como si tuviera patas —argumentó el conejito.

—¡Y lo hará! ¡Vaya si lo hará! La llevaré conmigo en mis viajes en el barco de Popeye. ¡Allí dónde yo vaya, irá ella también! ¿Qué os parece?

Los animalitos estuvieron de acuerdo en que era una magnífica idea y corrieron a explicarle a la rosa el plan.

—¡Qué gran idea! ¡Me encantará viajar contigo Pequeño Marinero!, aunque me da miedo que podáis hacerme daño al arrancarme de la tierra —dijo la rosa preocupada.

Entre todos la convencieron de que no sufriría ningún daño y aquella misma mañana empezaron la tarea de buscar un recipiente adecuado, que se convertiría en el nuevo hogar de la rosa. Se les ocurrió ir a ver a la Pequeña Hada, siempre dispuesta a ayudar en lo que fuera, y ella, generosa, les regaló un gran cubo de latón casi nuevo que ellos se encargaron de convertir en una linda casita. Las lagartijas lo pintaron con sus rabitos y las gallinas hicieron agujeritos para el agua sobrante con sus piquitos.

Mientras, las hormigas, el conejo y el pato, con gran cuidado para no dañar las raíces, se atareaban en sacar el rosal de la tierra. Las hormigas excavaron túneles alrededor de la planta y el conejo y el pato sacaron la tierra despacito. Una vez libre, Mario, con mimo, colocó la planta en el cubo que les había regalado la Pequeña Hada, que, pintado de colorines, había quedado precioso.

Cuando el trabajo estuvo terminado, cansados pero contentos, vieron que la rosa lloraba, pero ahora de alegría.

—¡Gracias a todos, amigos, al fin podré ver mundo!

Ahora, el Pequeño Marinero y la rosa son inseparables. Los dos están muy ilusionados y deseando emprender su primer largo viaje. Han decidido que allí adonde vayan, la rosa viajera dejará su simiente para que nazcan nuevas rosas y sean admiradas por su belleza y aroma. Gracias a la generosidad de los animalitos y al ingenio del Pequeño Marinero, en todos los jardines del mundo se podrá contemplar la más hermosa de las flores: la rosa de Isla Imaginada.

FIN

Nita y Gus

Gus y Nita100redes (1)

Ilustración: Belette Le Pink

En la huerta de Manuel y Luz, el rey de los árboles era el gran manzano. Daba frutos deliciosos que eran recolectados cada otoño y  acababan en el mercado del pueblo para deleite de todos los que los probaban.

Faltaba un mes para la recolección y las ramas del gran árbol lucían llenas de cientos de manzanas que, día a día, se iban tornando de verdes en rojizas a la vez que iban engordando.

En una rama escondida colgaba una pequeña manzana, más chica que sus hermanas. Vivía feliz  en una huerta tan linda, le gustaba ver amanecer desde su rama y el olor a tierra mojada después del chaparrón. Su tamaño no le importaba mucho y  le daba igual que las otras manzanas se burlaran de ella:

—No llegas ni a manzanita. ¡Te llamaremos Nita! Ja, ja, ja, ja.

—¡No vas a servir ni para hacer una papilla!

—¡Ya!, ni hablar de un buen pastel o una macedonia!

—¡Puaffff! ¡Irás a parar al comedero de los cerdos!

Un día Nita empezó a sentir unas cosquillas en su tripa. Primero fue un hormigueo muy suave, luego se hizo más fuerte y no podía dejar de reír.

—Ja, ja, ja, ja, ja.

Las manzanas de su alrededor la miraban extrañadas hasta que la tenía más cerca soltó un grito mirándola muy seria:

—¡Nita!, ¿no te das cuenta? En verdad eres boba. ¡Tienes un gusano en la tripa! ¡Si no te libras de él, te comerá entera!

Nita, sorprendida, descubrió en su barriguita un pequeño agujero del que asomaba la cabeza de un gusanito, con dos ojos brillantes y una sonrisa amable.

—¡Oh!, perdona pequeña manzana, buscaba un hogar donde refugiarme, pronto comenzará a helar por las noches y me has parecido muy confortable, tan pequeña y  tan dulce. Pero si quieres que me vaya, buscaré otra manzana. ¡Aquí hay muchas!

Las otras manzanas que estaban muy atentas protestaron:

—¡Ni hablar! ¡Quédate con Nita! De todas maneras, ella no sirve para ir al mercado.

La pequeña manzana se sintió halagada de ser la elegida, ella no vio al gusano como un enemigo y le propuso:

—Amigo gusano, si me prometes que vivirás conmigo sin hacerme daño y que no me molestaras, dejaré que pases a mi lado el invierno.

Las demás manzanas comenzaron a reír a carcajadas:

—Ja, ja, ja…. ¡Pasar el invierno, dice! ¡Eso no hay manzana que lo resista! Cuando llegue el frío, no quedarán ni frutos ni hojas.

A Nita no le importaba lo que dijeran las demás, ella estaba muy contenta de haber encontrado un amigo, alguien que la valoraba y que quería vivir con ella.

Así que firmaron un pacto de amistad y Gus, que ese era el nombre del gusanito, se convirtió en su amigo y defensor.

Nita y Gus pasaban los días muy entretenidos. Gus salía por las mañanas y traía las novedades de la huerta: que si las lechugas andan frescas, que si las gallinas han puesto poco, que si el gato cazó un ratón…

Y llegó el día de la recolecta. Manuel y Luz se pusieron a la tarea de llenar grandes cestos con todas las manzanas en buen estado para poder venderlas.

Cuando Manuel hubo puesto en el cesto todas las vecinas de Nita, fijó su mirada en ella y dijo a Luz:

—Esta la dejo, es muy pequeña y, además, tiene gusano.

Y allí se quedaron, Nita y Gus, solos en el gran manzano.

Los días eran cada vez más fríos y cuando el aire soplaba, las hojas del árbol volaban por doquier e iban formando a los pies del árbol una alfombra mullida.

Gus, que era más espabilado y tenía más mundo, se dio cuenta de que uno de esos golpes de viento haría caer a su amiga al suelo e ideó un plan.

Se pasó dos días enteros trabajando sin parar a los pies del árbol, primero excavó un hoyo, poquito a poco —hay que tener en cuenta que era un gusano muy pequeño—, y, después, lo rellenó con las hojas caídas, hasta que quedó satisfecho con la tarea realizada:

—¡Sí señor! ¡Me ha quedado un colchón magnífico!

Y volvió a instalarse con Nita.

—Gus, ¿qué has estado haciendo tanto tiempo ahí abajo? ¡Ya estaba preocupada!

—No has de temer nada, ya me he ocupado yo de todo.

La inocente Nita no sabía bien de qué hablaba su amigo, pero confiaba en él y se quedó tranquila.

El día siguiente amaneció otoñal, con oscuras nubes cargadas de agua y fuerte viento.

—¡Fiuuuuuuuu! ¡Fiuuuuuuuuu! —Soplaba.

Gus le decía a Nita:

—¡Agárrate fuerte, amiga, y no tengas miedo!

Y entonces, un gran remolino envolvió el manzano y Gus y Nita se precipitaron contra el suelo.

Pero como el gusanito bien había previsto, fueron a caer en la cama que tanto trabajo le había costado hacer.

Allí quedaron, bien tapados y calentitos, porque Gus se encargó de ir aportando tierra nueva y hojas limpias para que Nita no pasara frío y así durmieron todo el invierno, abrazados.

Tan bien estaban, que al llegar los primeros días cálidos y las lluvias primaverales a Nita comenzaron a salirle pequeñas raíces que fueron afianzándola en la tierra y, con el andar de los días, hasta ramitas y hojas, que buscaron la luz del sol y se convirtieron en promesa de una nueva planta.

En un paseo por la huerta, Luz observó el pequeño árbol que empezaba a crecer a los pies del gran manzano y con la ayuda de Manuel, cuidando de no estropear ramas ni raíces, lo trasplantaron a una suave colina donde siempre lucía el sol y con unas vistas excelentes del lugar. ¡El mejor rincón de la finca!

Así fue como la pequeña manzana, ayudada por su amigo el gusanito, llegó a convertirse en un magnífico manzano que, con el correr de los años, llenó muchísimos cestos de deliciosos frutos y ofreció plácidas horas de descanso a su fresca sombra a los hijos y nietos de Luz y Manuel.

Poster

Ilustración: Belette Le Pink

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Nita y Gus» con la voz de Angie Bello Albelda

El oso y la ardilla

Ilustración: Gennady D. Pavlishin

Cuando las montañas de Jinggang eran todavía lomas, cuando al disparar una flecha desde un lado del Jinggang se oía cómo caía al otro lado, en aquel entonces, el oso y la ardilla eran muy amigos.

Vivían juntos en la misma guarida y juntos iban de caza. Todo lo compartían a medias: la ardilla comía de lo que cazaba el oso y el oso comía de lo que encontraba la ardilla. Hacía mucho tiempo que eran amigos y ya se sabe que los envidiosos no soportan que los demás vivan en buena armonía. Así, que hasta que no hacen regañar a los buenos amigos, no paran.

Pues bien, un día salió la ardilla de la guarida para ir a buscar avellanas y se encontró con su vecino el zorro. El zorro agitó su rabo rojo, saludó cortésmente a la ardilla y le preguntó:

—¿Cómo van las cosas, vecina?

Y la ardilla se lo contó.

El zorro escuchó fingiendo mucha atención, pero se moría de envidia por dentro al saber que sus vecinos vivían en tan buena armonía y sin regañar. Y es que él no tenía amistad con nadie porque siempre andaba con astucias y procurando engañar a todo el mundo.

El zorro cruzó las patas sobre el vientre, puso cara de pena y se puso a llorar — a los hipócritas no les cuesta nada llorar— y dijo:

—iAy, pobre!, ¡pobrecita! IQué pena que me das!

—¿Y por qué te doy pena, vecino? —Se asombró la ardilla.

—iPero qué tonta eres! —contestó el zorro—. El oso te trata como a una infeliz, y tú ni te das cuenta.

— ¿Qué es eso de que me trata como a una infeliz? —preguntó la ardilla.

—Pues muy sencillo; cuando el oso caza alguna pieza, ¿quién es el primero que le clava el diente?

—El hermano oso —contestó la ardilla.

—¿Te das cuenta? ¡Se come el mejor bocado! Seguro que llevas un montón de tiempo sin llevarte un buen trozo de carne a la boca y tienes que conformarte con las sobras del oso. A ver si será por eso que no creces…

Agitó el zorro el rabo, se enjugó las lágrimas, sacudió la cabeza y, por último, añadió:

—Bueno, adiós. Ya veo que a ti te gusta esta vida y te conformas con cualquier cosa. En cambio, si yo estuviera en tu lugar, procuraría ser el primero en clavar los dientes a la presa.

Y echó a correr, como si tuviera algo que hacer, borrando sus huellas con el rabo.

Mientras veía cómo se alejaba, la ardilla se puso a pensar: «pues me parece que el vecino tiene razón en lo que dice».

Tan pensativa se quedó la ardilla, que hasta se olvidó de las avellanas. «Parece mentira que sea tan egoísta el oso.  ¡Y yo que siempre he confiado en él como en un hermano mayor!», pensaba.

Al poco tiempo, salieron el oso y la ardilla de caza y, por el camino, encontraron un frambueso cargado de frambuesas. El oso se puso a comer y le dijo a la ardilla que comiera también. Pero la ardilla solo se fijó en que el oso había empezado antes, «O sea, que el zorro tenía razón».

Después, el oso cazó una rata de campo y llamó a la ardilla. Pero la ardilla solo vio que el oso había sido el primero en clavarle las uñas, «Está claro que el zorro me dijo la verdad».

Siguieron andando los dos amigos y pasaron junto a un tronco en el que unas abejas tenían su panal. El oso arrancó el tronco, lo sujetó con una pata, metió el hocico, empezó a lamer y llamó a la ardilla para que también probara la miel, pero la ardilla solo reparó en que era otra vez el oso el que probaba primero el dulce. «Ahora ya no hay duda: el zorro no miente».

Muy enfadada, se dijo la ardilla: «Verás cómo te escarmiento, oso egoísta».

Volvieron a salir de caza otro día.

La ardilla iba montada en la cerviz del oso porque no podía seguir su ritmo con sus patitas tan cortas.

El oso olfateó una presa y le echó la garra a un corzo. Ya iba a clavarle los dientes, cuando la ardilla, de un salto, se plantó entre las orejas del venado para ser ella la primera en morder y llevarse el mejor bocado a ver si así crecía un poco. El oso, del susto, aflojó la garra y el corzo escapó.

Los dos amigos se quedaron en ayunas.

Siguieron su camino.

El oso descubrió una rata de campo, se fue acercando con sigilo y cuando ya casi la tenía, la ardilla vuelta a lo mismo. El oso se llevó otro susto de muerte. Y otra presa que perdieron. El oso estaba ya enfadado, aunque no le dijo nada a la ardilla.

Se cruzaron con un jabato. En otra ocasión, el oso no se habría metido con él, pero es que, del hambre, tenía ya el vientre pegado a las costillas. Furioso, arremetió contra el jabato y lanzó tal rugido que el jabato retrocedió. Retrocedió, retrocedió, hasta que se encontró sin escape, aculado a un árbol. Entonces, el oso se lanzó sobre él con las fauces abiertas y enseñando los dientes, dispuesto a tragárselo de un bocado.

Cuando ya iba a hincarle el diente, la ardilla saltó otra vez, del lomo del oso al lomo del jabato, para ser la primera en morder. Entonces sí que se enfadó el oso. Le plantó la zarpa a la ardilla en el lomo para que aprendiera a no estorbar.

La ardilla dio un respingo y al huir, las cinco uñas del oso la hirieron desde la cabeza hasta el rabo. Aullando de dolor, saltó a un árbol, luego a otro, y a otro más … Y así, de rama en rama, se alejó hasta que el oso la perdió de vista.

Finalmente, el oso cazó al jabato y llamó a la ardilla:

—¡Hermana, hay carne fresca, ven a comer!

Pero la ardilla no se dejó ver.

El oso volvió a su guarida y estuvo esperando a la ardilla mucho tiempo, pero en vano. La ardilla no volvió a aparecer. Vivió mucho tiempo en los árboles, hasta que cicatrizaron los rasguños. Y aunque su lomo se curó por completo, en él le quedaron las marcas de las cinco uñas del oso para toda la vida. Desde entonces, todo el mundo conoce a esta ardilla como ardilla rayada o tamia.

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Ilustración: Gennady D. Pavlishin

 

Ahora, la ardilla rayada no come carne y si ve un oso, huye de él. Cuando alguno ronda por donde está ella, le tira piñas. Y si el oso levanta la cabeza, la ardilla desaparece a toda velocidad.

FIN

El hombre necio que vendió su barba

Ilustración: sharandula

Había una vez dos mercaderes que eran amigos. Uno de ellos era listo y el otro era tonto. El mercader listo era tan listo que no tenía ni un pelo de tonto, tanto era así, que era completamente barbilampiño. El otro mercader, en cambio, tenía una larga y poblada barba. Podéis estar bien seguros de que la suya era una barba tan hermosa como pocas veréis.

Un día, estaban los dos sentados charlando y el mercader que no tenía barba le dijo al barbudo:

—Oye, amigo, ¿te gustaría venderme tu barba?

El mercader de la barba pensó que aquel era un negocio inmejorable y contestó:

—Sí, ¿por qué no? Si me la pagas bien, tuya es.

—Te daré lo que me pidas por esa hermosa barba que luce tan bien en tu cara.

—Fija tú el precio. Hace años que te conozco y estoy seguro de que serás justo y no me estafarás —dijo el barbudo.

—De acuerdo. Te daré un buen montón de monedas de oro, pero con una condición: quiero que la barba siga creciendo en tu cara, aunque seré yo quien la cuide. También decidiré cómo debe crecer, cómo se habrá de peinar, qué perfume poner en ella y cuándo cortarla. Todo se hará según mis deseos y tú no tendrás derecho a decir nada. La barba será totalmente mía. Si alguien te dice «¡qué barba tan bonita tienes! », tú deberás responder sin perder ni un segundo, «lo siento, pero esta barba no es mía, es de mi vecino el mercader barbilampiño y tal y cual». Y contarás todo lo que yo hago por ella. Eso es lo que tendrás que decir.

Al barbudo le pareció bien, así que no puso ninguna objeción.

—Perfecto —dijo—. Puedes encargarte de cuidar mi barba… quiero decir, ¡tu barba! Sin duda, a partir de ahora me saldrá mucho más barata.

Como estaban de acuerdo, redactaron un contrato y el mercader barbilampiño le pagó una buena suma al otro.

A partir de ese día, el barbilampiño fue muy exigente con el cuidado de la barba que había comprado en la cara de su vecino y no dejaba de enseñársela a todo el mundo cada vez que le apetecía —lo cual ocurría muchas veces a lo largo del día—. Iba continuamente a retocar la barba que su amigo tenía en la barbilla y no le importaba que el otro tuviera compañía o que estuviese durmiendo. Y, en ocasiones, tampoco era excesivamente delicado con la propia barba y tiraba de ella sin miramientos. Unas veces la cortaba en ángulo recto, otras en zigzag. Un día vertía sobre ella un aceite dulcemente perfumado y al día siguiente la untaba con vete a saber tú qué.

Las quejas del sufrido vecino eran palabras al viento. Sus súplicas y lamentos se estrellaban contra un muro.

—¡Escucha, amigo mío! ¡Escúchame, por favor! ¿Has perdido el juicio? Te estás comportando como un loco. Deja ya de una vez la barba en paz.

— ¡Pues vaya! —gritaba enfadado el mercader que había comprado la barba—. ¡No haces más que quejarte y protestar! ¿Acaso quieres romper el contrato? Si lo haces, tendrás problemas. La ley está de mí parte. Recuerda que has firmado, así que cálmate. Esta barba me pertenece y tengo derecho a hacer con ella lo que me plazca. ¡Está escrito!

Y se ponía a tironear de ella sin compasión. Tiraba y tiraba hasta que el pobre barbudo ponía el grito en el cielo.

Pasaron los días. El mercader que había comprado la barba seguía atormentando y haciendo llorar al mercader que tenía la barba en su barbilla y llegó un día en el que este ya no pudo soportarlo más.

—Amigo mío, quiero que me devuelvas mi barba. Te lo suplico, deja que vuelva a ser mía. Mi vida se está convirtiendo en una auténtica pesadilla; preferiría vivir con el mismísimo diablo antes que seguir sufriéndote a ti.

—No digas tonterías. Yo estoy encantado con mi barba en tu barbilla. Es una barba estupenda, muy poblada y lustrosa. Mira lo fuertes que son las raíces —Y empezó a tirar de ella con fuerza—. Quiero conservarla. Más adelante quizá podamos hablar de lo que se puede hacer.

Así que siguió cuidando de la barba a su gusto y manera, cada vez con más insistencia y asiduidad, y el mercader barbudo ya no sabía qué hacer.

—¡Basta! ¡Quiero comprarte mi barba! —imploró un día desesperado— . Quiero recuperar mi barba, porque me estás volviendo loco. Devuélvemela y te pagaré lo que me pidas.

—¿Cuánto me ofreces?

—Te daré el doble de lo que me pagaste.

—¿Solo el doble por esta estupenda barba tan poblada y lustrosa? Tócala, tócala —decía mientras la palpaba con sus manos—. Lo siento, pero tienes que darme más, hermano.

—¡De acuerdo! ¡Dime cuánto quieres! Te daré lo que me pidas.

—¡Así se habla! Quiero que me des cuatro veces lo que yo pagué por ella. Ese es el precio justo de tu barba… sumado al de tu necedad.

El mercader barbudo pagó lo acordado y acto seguido, sin perder ni un solo instante, se fue al barbero y se afeitó la barba.

FIN

Lobo y el Pedro

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Ilustración: Elena Gromaz

Lobo se sentía solo; era triste vagar por los bosques sin nadie con quien hablar o reír, nadie a quien contar lo que le había pasado durante el día. El psicólogo le insistió en que buscara un trabajo y se puso patas a la obra.

Intentó hacer de albañil para tres cerdos que vivían cerca; tres hermanos que resultaron ser unos desconfiados y que no le dejaron ni explicarse; incluso se atrevieron a quemarle el culo en un caldero.

Decepcionado, miró en el periódico y encontró el anuncio de un matrimonio que buscaba niñera para sus cabritas; pero la madre no quiso contratarlo porque, según ella, no daba el perfil. Lobo aceptó la excusa, aunque sabía que se debía a sus prejuicios: los lobos tienen fama de comerse a las crías de cabras y ovejas.

Cuando ya se estaba dando por vencido, se encontró a una niña que cantaba sobre su abuelita, que estaba enferma. Lobo esperó junto a un árbol a que la niña se acercara y cuando llegó hasta él, sonrió abriendo su amplia boca. No solía sonreír, pero le pareció que así demostraría que podía ser amable, tanto como para cuidar de una anciana. La niña, al ver todos aquellos dientes, creyó que se la iba a comer, le dio una patada en la espinilla (con lo que duele eso) y se marchó corriendo.

Triste y cojo, Lobo empezó a preguntarse por qué nadie se le acercaba, si él nunca había hecho nada malo y solo buscaba trabajo.

Estaba a la orilla del río, lamentándose de su mala suerte cuando escuchó a dos liebres hablando.

—Yo no lo he visto, pero dicen que el niño corría calle abajo, gritando: ¡Qué viene el lobo, qué viene el lobo!

—No hagas caso. La semana pasada hizo lo mismo, y la anterior, y la otra. Por lo visto no quiere ir al colegio y ya no sabe qué inventar.

Convencido de que aquel niño tenía algo que ver con que a él no le contratara nadie, decidió hacerle una visita. Se acercó a la entrada del pueblo y esperó tras un muro de pizarra a que el tal Pedro apareciera. Al poco tiempo un niño regordete y pecoso pasó junto a su escondite cantando: «Hoy no iré al colegio, porque el lobo me asaltó, hoy no iré al colegio y mañana tampoco».

Lobo no necesitó más pistas para saber que se trataba del niño que buscaba y lo siguió al interior del bosque. El chico canturreaba sin prestar atención ni a los conejos que huían a su paso, ni a los búhos que giraban la cabeza, molestos por su presencia. Cuando llegó tan lejos que nadie podía verlo, se sentó en las raíces de un avellano y sacó de su zurrón un mendrugo de pan y un trozo de queso. A Lobo se le hacía la boca agua viendo cada lasca de rico queso y cada pedazo de pan que aquel niño insolente, causante de sus desgracias, se metía en la boca.

Pedro se hartó de comer hasta que solo quedó la costra del queso y nada del pan, cerró los ojos y se puso a dormir. Entonces, Lobo se acercó sigiloso y se recostó a su lado. Sería maravilloso ver su cara cuando despertara y lo viera de cerca. ¿No iba contando por ahí maldades de los lobos? Pues ahora iba a contarlas con razón.

El vuelo de una mariposa despertó a Pedro. Intentó espantarla de un manotazo, pero con tan mala puntería, que el golpe aterrizó en el hocico de Lobo, y este se levantó sobre sus cuatro patas con un gruñido que helaba la sangre.

Durante un rato largo se quedaron los dos allí, uno frente al otro. Pedro rezando para que no se le comiera y Lobo pensando en cómo darle un escarmiento al muchacho sin dañar aún más su reputación.

—Eres un lobo muy grande —dijo Pedro, repuesto del susto—, pero parece que hoy no has comido. Se te marcan las costillas.

Acercó la mano a su zurrón, sacó medio chorizo y se lo ofreció a Lobo.

—Gracias —respondió antes de echarse junto al chico devorando la pieza—. ¿Sabes?, tú eres el culpable de que esté famélico.

—¿Yo? ¿Cómo puede ser?

—Has ido contando mentiras, metiendo miedo a todo el mundo y nadie me da trabajo.

—Lo siento. Yo solo quería librarme de ir al colegio y de sacar a pastar a las ovejas. Además, ya casi nadie me cree.

—¿Y eso?

—No sirve de mucho gritar: ¡Qué viene el lobo! si luego el lobo no aparece.

—Yo puedo ayudarte con eso si, a cambio, me das comida y conversación.

Y, desde entonces, todos los días, a la hora de ir a la escuela, Lobo se cruza en el camino de Pedro, a la vista de todos sus compañeros de clase, y luego huyen juntos al bosque para comer pan, queso y chorizo y contarse sus cosas.

a

Por el bosque se escondía
sin dinero y sin trabajo;
y siempre iba cabizbajo
porque nadie lo quería.
Así pasó noche y día
era afable, tierno, honesto
siempre a los vetos expuesto…
¡Tan solo, tan abatido!
Era un lobo incomprendido
a los humanos expuesto.
Julie Sopetrán

a

FIN

La familia Ciem

Para Martes de Cuento

Ilustración: Marcos Ortega

Érase una vez la familia Ciem formada por papá Calixto Ciem, mamá Carolina Ciem, el hijo Carlitos Ciem y la benjamina de la familia, Cloe Ciem. Los cuatro vivían felices en el claro del Bosque Verde, que limita con las Colinas de los Gigantes, así llamadas por tener el perfil de dos hombres enormes.

Habían llegado no hacía mucho a aquellos parajes procedentes de un lejano valle. Se vieron obligados a abandonar su casa porque las musarañas y los castores se enzarzaron en una guerra terrible y se peleaban continuamente por controlar el agua del único río que discurría por aquellas tierras. Por eso, un día de primavera, los miembros de la familia Ciem, ya cansados de tantos gritos y de ver pasar por encima de sus cabezas troncos, piedras y alguna que otra piña, decidieron emigrar. Estaban seguros de que, tarde o temprano, acabarían teniendo que lamentar algún terrible accidente, por lo que una mañana, antes de que el sol se desperezara, se pusieron sus calcetines, prepararon un hatillo con sus posesiones y, pasito a pasito, echaron a andar.

El caso es que nuestra familia, como ya habréis adivinado por su peculiar apellido, pertenecía a la clase de los quilópodos, a los que se conoce, vulgarmente, como ciempiés y, claro está, esto suponía un elevado número de pies que poner en marcha, pues entre los cuatro sumaban, nada menos, que ¡cuatrocientos!, una auténtica barbaridad de pies.

Anduvieron y anduvieron con sus cuatrocientas patitas a la vez y, a fuerza de tanto andar, sus calcetines se fueron desgastando y cuando llegaron al Bosque Verde ya no quedaba ni rastro de ellos; habían quedado deshilachados a causa de la larga caminata.

Durante la primavera y el verano eso no fue un inconveniente, puesto que hacía mucho calor y andar descalzos era muy agradable; el problema era que se acercaba el invierno y tenían que empezar a pensar en comprar calcetines nuevos para todos y, claro, cuatrocientos calcetines son muy caros y aunque tanto mamá Ciem como papá Ciem no dejaban de trabajar y trabajar, no estaban seguros de poder afrontar aquel gasto y eso los preocupaba mucho. Si no lograban comprar los calcetines antes de que llegaran los primeros fríos, no tendrían más remedio que cargar de nuevo su hatillo y buscar otro hogar, ya que sin calcetines no resistirían el crudo invierno. Pero ellos no querían marcharse, ¡se vivía tan bien allí y tenían tantos amigos!

Y es que desde que se habían establecido en el Bosque Verde, su relación con el resto de animales había sido fantástica —excepto con un armadillo muy antipático llamado Armando Broncas, que no era amigo de nadie porque todo le parecía mal—, los Ciem se habían ganado el cariño y el respeto de todos por su carácter alegre y porque siempre habían ayudado a quien los había necesitado.

Mamá Carolina había enseñado una receta nueva a base de miel y hojas de castaño a Ursula Osa, la chef del restaurante del bosque, que había ganado con ella un premio de cocina muy prestigioso.

Papá Calixto ayudó a Pipo, el pájaro carpintero, a reconstruir su casa de madera después de que una terrible plaga de termitas la dejara muy maltrecha.

Carlitos, el hijo mayor, cuidaba de los más pequeños y los entretenía haciendo juegos malabares con sus cien patas a la vez o contándoles cuentos cuando sus papás salían a trabajar.

Y Cloe, aunque aún era muy pequeña, había ayudado a Tiburcio, el topo, a aprobar los exámenes. El pobre veía muy mal la letra pequeña de los libros y para que pudiera estudiar, ella le leía en voz alta las lecciones.

Cuando se corrió la voz de que los Ciem tenían dificultades, los habitantes del Bosque Verde, sin perder ni un instante, se movilizaron y convocaron una asamblea urgente y sin que la familia lo supiera, acordaron colaborar con los gastos. Además, la oruga Lisa, la dueña de la mercería, hizo un precio especial.

De este modo, gracias a la contribución de todos, la familia Ciem al completo consiguió los calcetines que necesitaba: los de papá Calixto eran marrones, los de mamá Carolina de color lila, Carlitos los eligió de mil colores, como el arcoíris, y la pequeña Cloe decidió que el mejor color sería el amarillo ya que —dijo— sería como llevar rayos de sol en los pies.

Así fue como todos ellos, al llegar el invierno, tuvieron sus calcetines, los pies calentitos y no hubo necesidad de que se marcharan a otro lugar.

Y colorín colorado… ¡este cuento se ha terminado! porque, por lo que nos han contado, aún siguen viviendo juntos y muy felices en el Bosque Verde.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “La familia Ciem” con la voz de Angie Bello Albelda

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El pollito que llegó a rey

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Ilustración: snake-silent

Érase una vez un pollito muy chiquitín, muy chiquitín que vino al mundo siendo ya huérfano, y lo primero que dijo al romper el cascarón fue:

—¡Qué injusticia! ¡Mis papás han tenido que morir de hambre y el rey les debía un grano de maíz!

Estaba muy triste, pero el valeroso pollito se enjugó las lágrimas, descolgó el zurrón de su difunto padre, se puso la bufanda de su difunta madre  y, anda que te anda, se dirigió hacia la capital decidido a cobrar la deuda.

Apenas había andado media docena de pasos, cuando en medio del camino encontró un palo que lo hizo tropezar y caer.

El pollito se levantó se sacudió el polvo y dijo:

—¡Hola, Palo!, he tropezado contigo. No te había visto.

—¿Adónde vas? —le preguntó el palo.

—A la ciudad, a cobrar un crédito de mis difuntos padres —contestó.

—Vamos juntos —dijo el palo.

El pollito cogió el palo y lo metió en el zurrón.

Anda que te anda, topó con un gato que, al verlo, exclamó:

—¡Oh!, un dulce pollito ¡Qué bocado más tierno!

—No valgo la pena —replicó el pollito—,  tengo poca carne.

—¿Adónde vas? —preguntó el gato.

—Voy a cobrar un crédito de mis padres.

—Pues voy contigo —dijo el gato—. Tal vez encuentre por el camino algo bueno para comer.

El pollito cogió al gato y lo metió en el zurrón.

Poco después, encontró a una hiena que le preguntó:

—¿Adónde vas con ese zurrón?

—Voy a ver al rey para cobrar un crédito de mis padres —explicó el pollito.

—Me gustaría conocer la ciudad. ¡Vayamos juntos! —dijo la hiena.

El pollito cogió a la hiena y la metió en el zurrón.

Anda que te anda, topó con un fiero león.

—¿Adónde vas pequeño pollito? —rugió la fiera.

—A cobrar un crédito de mis difuntos padres.

—Vamos allá juntos —dijo el león.

El pollito cogió al rey de la selva y lo metió en el zurrón.

Encontró después a un elefante que estaba hartándose de plátanos.

El elefante le preguntó alegremente:

—¿Adónde vas, chiquitín?

—A cobrar un crédito de mis difuntos padres.

—¡Pues vayamos juntos! —exclamó el paquidermo.

El pollito cogió al elefante y lo metió en el zurrón.

Anda que te anda, encontró a un guerrero, que le preguntó:

—¿Adónde vas con ese zurrón tan pesado?

—Voy a cobrar una deuda.

—¿A casa de quién? —preguntó el guerrero.

—Al palacio del rey —contestó el pollito.

—Pues iremos juntos —dijo el guerrero.

El pollito lo cogió y lo metió en el zurrón.

Por fin, cargado con su zurrón, llegó a la ciudad donde vivía el rey. La gente corrió a anunciar al soberano que el pollito había llegado y que pretendía cobrar el crédito de sus difuntos padres.

—Haced hervir un caldero de agua, que echaremos a ese insolente polluelo dentro y haremos un buen caldo con él, así no tendremos que pagar la deuda.

El hijo del monarca se puso a gritar:

—¡Yo haré el caldo! ¡Yo haré el caldo!

Cuando el pollito vio que se acercaba el príncipe, le dijo al palo:

—¡Palo, ahora es la tuya!

El palo hizo tropezar y caer al hijo del rey, que derramó el agua y quedó escaldado.

La gente de la ciudad dijo entonces:

—Hay que encerrarlo en el gallinero con las gallinas; ellas lo matarán a picotazos.

Pero el pollito sacó al gato del zurrón y le dijo:

—¡Te devuelvo la libertad!

El gato mató a todas las gallinas, cogió la más gorda y se escapó con su botín.

La gente dijo entonces:

—¡Que lo encierren en el establo con las cabras; allí lo pisotearán!

El pollito dijo entonces:

—¡Hiena, ya eres libre!

La hiena mató a todas las cabras, escogió la más gorda y con ella se escapó.

La gente dijo entonces:

—¡Que lo encierren en el establo de las vacas!

Y allí lo metieron, pero el pollito dijo:

—¡León, ahora es la tuya!

El león salió del zurrón y terminó con todas las vacas, escogió la más gorda y la devoró en un abrir y cerrar de ojos.

El pueblo entero estaba furioso y decía:

—¡Este polluelo es un desvergonzado y no quiere morir! ¡Lo encerraremos con los camellos! Ellos acabarán con él.

Lo encerraron allí, pero el pollito dijo:

—Elefante, buen amigo, ¡sálvame la vida! Ahora es la tuya.

Y sacó al paquidermo del zurrón.

El elefante miró desafiante a los camellos y los aplastó, del primero al último.

La gente del pueblo fue a ver al rey y le dijo:

—Aquí en la ciudad no podemos con este polluelo insolente; paguémosle lo que se les debía a sus padres y que se marche. Le daremos caza en el bosque y recuperaremos lo que le hemos dado.

El soberano ordenó abrir su real tesoro y entregarle al pollito el grano de maíz que se le debía.

Y el pollito, feliz y contento, abandonó el pueblo con su grano de maíz.

Cuando vieron que se alejaba camino adelante, montaron en sus caballos, incluido el mismísimo rey, y se lanzaron en pos del pollito. Pero el pollito, que se dio cuenta del peligro, sacó rápidamente al guerrero del zurrón y le pidió:

—¡Guerrero, por favor! ¡Ayúdame! ¡Demuéstrales que eres de armas tomar!

Y el guerrero, antes de lo que se tarda en contarlo, hizo trizas a todos.

El pollito volvió entonces a la ciudad del rey y se quedó con todas las riquezas del palacio y él mismo se proclamó rey de aquel pueblo al que había conseguido vencer con la ayuda de todos sus amigos.

FIN

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La ballena Elena

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Ilustración: Sabinerich

Era Elena una joven ballena que nadaba por los mares inmensos, siempre al lado de su mamá, que la protegía y cuidaba porque era un poquito tímida.

Hacía poco que su mejor amiga, una ballenita como ella llamada Marina, había emigrado con su familia a mares lejanísimos y Elena se había quedado muy, muy triste porque, seguramente, nunca se volverían a encontrar.

Aunque a su mamá esto le daba mucha pena, pensó que lo mejor que podía hacer su hija era intentar buscar nuevos amigos, así que un día habló seriamente con ella:

—Mira Elenita, tú ya eres toda una señora ballena, tienes edad suficiente para nadar sola por los océanos, encontrar amigos nuevos y más adelante, si así lo deseas, formar tu propia familia.

—Pero mami, yo estoy muy bien contigo, ¿por qué no podemos seguir juntas?

—Hija, para mí también es muy doloroso tener que separarme de ti, pero así es la ley de la vida oceánica. Los hijos se hacen mayores y deben vivir sus propias experiencias. Verás cómo, pasado un tiempo, me lo agradecerás.

Elena no entendía lo que su mamá quería decir, pero como era una hija obediente, se despidió con tristeza. Madre e hija se abrazaron, lloraron un poquito y prometieron volver a encontrarse pronto.

Así empezó el viaje en solitario de la ballena Elena por la vida marina.

Cada vez que veía un grupo de peces, se acercaba despacio para no asustarlos e intentaba hacer amigos, pero ellos, al ver la sombra gigante de la joven ballena, se alejaban lo más rápido que podían, pensando que iban a ser engullidos por ella o que serían aplastados por su enorme cuerpo.

¡Pobre Elena! Lenguados, rapes, merluzas, doradas, bacalaos… todos huían sin dejar siquiera que se les acercara. Así que nunca podrían comprender que era una buena ballenita y que lo único que quería era hacer amigos.

Ella intentaba, en idioma balleno, explicarse desde lejos:

—¡Eeeeeeehhh, holaaaa! ¡Soy Elena, la ballena, y me gustaría jugar con vosotros! ¡Eeeeeehhhhh! ¡No os vayáis, por favorrrrrrrrr!

Pero todo era inútil, los pobres peces, aterrorizados, huían sin ni siquiera pararse a escucharla.

—¿Qué voy a hacer? ¡Voy a pasarme la vida sola! ¡Nadie quiere acercarse a mí!

Muy apenada, se escondió lo mejor que pudo entre dos grandes rocas y unos enormes corales y no pudo evitar ponerse a llorar.

Ya os podéis imaginar que cuando una ballena llora, sus suspiros y sollozos crean un remolino a su alrededor que viene a ser, más o menos, como un pequeño maremoto.

Así estaban las cosas, cuando la sardinita Pepita, que se había despistado momentáneamente de su grupo sardinero y nadaba entretenida admirando los rojos corales, se vio de repente engullida por la formidable fuerza de aquel torbellino, que le hizo dar tres volteretas hacia atrás y una hacia adelante, para ir a parar, finalmente, justo ante los ojos de la ballena.

—¡Madre mía! ¡Qué susto tan grande! ¿Pero tú quién eres? ¡No me comas por favor! ¡Soy demasiado pequeña para llenar tu panza enorme!

Elena se quedó asombrada de que la pequeña sardina se atreviera a hablarle, pero es que no conocía a Pepita, la sardina más valiente, curiosa y atrevida de todos los mares.

—Hola, soy la ballena Elena, y naturalmente que no te voy a comer. Solo estoy llorando…

—¿Llorando? ¿Por qué? Un animal tan bonito, tan fuerte y tan grande como tú no tiene motivos para llorar.

—Es que mi problema, precisamente, es ese. Soy tan grande que todos los habitantes del mar, al verme, se asustan, así que nadie quiere ser mi amigo. Os veo a vosotras nadando tan contentas, siempre juntas, divirtiéndoos y me gustaría hacer lo mismo.

La sardinita Pepita, conmovida por lo que la ballena le contaba, la quiso consolar.

—Pues mira tú por donde, ¡acabas de encontrar una amiga!  Y si vienes conmigo, te presentaré a mis compañeras, las otras sardinas, y a los demás vecinos. Yo les explicaré que no te quieres comer a nadie. ¡Vamos! ¡Nadando!

Pepita guió a Elena a través de las corrientes marinas y le presentó a todas sus amigas, además de a un nutrido grupo de habitantes del mar que la ballena desconocía. A saber: almejas y caracolas, que según dijo Pepita, eran muy aburridas porque nunca salían de sus casas; pulpos, que eran muy serios y siempre iban a la suya; estrellas de mar, ¡qué bonitas!; y veloces caballitos de mar.

Elena se convirtió en la novedad de aquella temporada. Todos querían ser sus amigos y ella, contenta, dejaba que se deslizaran por su lomo como si de un gran tobogán de parque acuático se tratara.

También le encantaba hacer de autobús. Subían sobre ella y Elena nadaba siguiendo las indicaciones Así los peces no se cansaban nunca.

Elena asistía a todas las fiestas, pero prefería no cantar ni bailar para no generar maremotos y remolinos. Aunque disfrutaba igualmente viendo a sus amigos tan felices.

Lo que Elena no sabía es que su mamá sabía todo lo que ella hacía, porque enviaba a medusas detective, que como son transparentes pasan desapercibidas, que la mantenían al corriente de las penas y alegrías de la joven ballenita.

Así que, una tarde, la mamá de Elena se presentó en la fiesta que se había organizado para celebrar la boda de dos peces espada.

Cuando la ballenita vio a su mamá, nadó tan deprisa para abrazarla que hizo tambalear la tarta nupcial. Y hasta la orquesta, «Los Mejillones Molones», dejó de tocar, pues los instrumentos salieron disparados dando vueltas y a los músicos les costó un buen rato encontrarlos y volver a ponerlos en marcha.

—¡Mami! ¡Qué contenta estoy de verte! ¡Mira cuántos amigos tengo!

—Lo sé, pequeña, ¿no pensarías que te iba a abandonar? Siempre estuve pendiente de ti.

Elena era, por fin, una ballena feliz. Rodeada de todos sus amigos y con su mamá cerca. Y lo que ella no sabía es que, escondido tras una gran roca, un joven ballenato la contemplaba embelesado.

Pronto nuevas emociones saldrían a su encuentro.

FIN

La máquina del tiempo

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Ilustración: Emma Pumarola

  Este cuento y esta ilustración han sido posibles gracias a: 

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Aunque hasta ahora había sido uno de los secretos mejor guardados del mundo, lo que estaban a punto de descubrir Marieta y Luigi iba a cambiar por completo el curso de la historia.

Aquella tarde, Tobías, su papá, los había llevado al hospital porque Anita, la madre de los niños, estaba ingresada. La habían operado y aún tardaría un tiempo en regresar a casa. Le regalaron una caja de galletas para la merienda, un libro y un cactus.

Después de merendar, Anita les dio permiso para salir al jardín que rodeaba el hospital.

—Pero no os alejéis mucho. Que os podamos ver desde la ventana— les advirtió.

Lo más divertido de ir al hospital era que los dejaban pasear solos por el enorme jardín vallado.

—Luigi, hoy imaginaremos que… -De pronto, Marieta se quedó muda.

Acababa de ver como unos niños entraban sigilosamente en uno de los pabellones de la derecha y quiso saber qué tramaban.

—Ven Luigi, quizá nos dejen jugar con ellos. A lo mejor están celebrando una fiesta…

Se dirigieron hacia el pabellón y vieron, a través de una de las ventanas, que aquellos niños vestían pijamas.

—¡Qué raro! —se extrañó Luigi—, si es la hora de la merienda… Como no sea una fiesta de disfraces…

—Puede ser… —añadió Marieta—.  Mira a esa niña del pañuelo en la cabeza: es una pirata. Y aquel de allí, el que lleva esos tubos que le salen de la nariz… ¡ese es un buzo! Y ese otro, el que arrastra ese palo con una botella arriba, pues va disfrazado de robot, y el de las gafas…, mmmm, ¡ese no sé!

-¡Pues ese es un sabio!

Sin atreverse a entrar, siguieron observando a través de la ventana.

Dentro del pabellón, el grupo de niños amontonaba los más diversos objetos sobre una mesa: pulseras, lápices, bolsos, un par de bufandas, monedas y billetes, llaveros… Hablaban entre ellos, y aunque Luigi y Marieta no podían oír lo que decían, señalaban las cosas que había en la mesa y parecía, por sus gestos, que guardaban un gran secreto.

De repente, como si notara que alguien los estaba espiando, la niña que llevaba el pañuelo en la cabeza, miró hacia la ventana y sorprendió a Marieta y a Luigi, que se quedaron petrificados donde estaban, sin saber qué hacer.

La puerta del pabellón se abrió y el niño de las gafas los invitó a pasar:

—¡Adelante!, que no os vamos a morder…

—¿Por qué vais en pijama?, ¿estáis celebrando una fiesta de disfraces?

—No, no es una fiesta. Estamos en el hospital porque estamos enfermos; por eso llevamos pijama. Y vosotros, ¿qué hacéis aquí?

—Hemos venido a darle la merienda a mamá. La han operado. ¿Y a vosotros qué os pasa? ¿Qué enfermedad tenéis? —preguntó curiosa Marieta

—Tenemos cáncer.

—Yo he tenido muchas veces anginas o dolor de barriga, pero nunca he tenido cáncer. ¿Duele? —interrogó Luigi.

—A veces.

—¿Y a qué jugáis? —quiso saber Marieta.

—No jugamos, estamos construyendo una máquina del tiempo. Nuestros padres, los médicos y los enfermeros nos dicen siempre que en el futuro el cáncer se curará tan rápido como un resfriado, pero nosotros no queremos esperar tanto. Queremos viajar en el tiempo para poder curarnos ya. Si esperamos mucho, el cole habrá terminado y no podremos pasar de curso con nuestro amigos.

—¡Una máquina del tiempo! ¡Suena divertido! ¿Nos dejáis construirla con vosotros?

—¡Claro! Para construirla, necesitamos pulseras, bolsos, lápices, dinero para comprar cosas… ¡todo lo que se os ocurra! Cada día venimos aquí, pero siempre falta alguna pieza, así que no hay forma de ponerla en marcha. Cuando vengáis, podéis traernos algo. Aunque sea pequeño. En una máquina tan complicada como esta, nunca se sabe qué funcionará. ¡Hasta el tornillito más pequeño es importante!

—Marietaaaaaaaaaaaaaa, Luigiiiiiiiiiiiiiiii —las voces de Anita y Tobías llegaron desde el jardín.

—¡Son mamá y papá! ¡Nos tenemos que marchar! Volveremos luego con cosas para construir la máquina. ¡¡Adiós!!

En el jardín, los padres de los dos niños buscaban a sus hijos con cara de preocupación. Al verlos, Anita los riñó aliviada:

—¿¡No os hemos dicho millones de veces que no os alejéis!? ¡Estábamos muy preocupados! ¡Pensábamos que os habíamos perdido para siempre! ¿Dónde os habíais metido?

—Allí —dijeron al unísono señalando el pabellón—. Estamos construyendo una máquina del tiempo y necesitamos…

—Muy bien —los interrumpió Tobías—, pero ahora ¡a casa!, que todavía tenéis que hacer los deberes o no pasaréis de curso. Ya construiréis esa máquina mañana…

 …pero mañana es AHORA y el tornillito más pequeño cuenta.

Construir la máquina del tiempo solo será posible con TU AYUDA. Colabora un poco, POR FAVOR…

…mira todo lo que puedes hacer. ES IMPORTANTE…

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FIN

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La Navidad en Villablanca

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Ilustración: subnewskin

Villablanca es un pueblo en el que la Navidad se vive de forma especial. Es tradicional que los vecinos, apenas empiezan los primeros fríos, rescaten de sus buhardillas y baúles todos los adornos, figuritas, luces, guirnaldas, lazos, manteles y demás ajuar que, poco a poco, han ido comprando a los buhoneros y comerciantes que pasan por el pueblo y que guardan como si de un gran tesoro se tratara.

Con todo ello, se dedican a engalanar las casas, los colegios, los comercios y las calles. También organizan bonitas funciones navideñas, recitales de poesía y villancicos, concursos de dulces, exposiciones de manualidades y mil cosas más.

Los cocinillas del pueblo se superan cada año elaborando deliciosas recetas que degustan todos juntos con entusiasmo, ya que, en los días señalados, comparten las comidas en la Gran Sala del Ayuntamiento. De este modo, nadie se siente solo y todos juntos pasan esos días bien entretenidos y muy felices.

Bueno, todos, todos, no… Porque hay un vecino del pueblo para el que no existe la Navidad.

Llegó a Villablanca hace ya varios inviernos, cuando empezaba la temporada de las nevadas. Voceaba por las calles hierbas y remedios para resfriados, toses, catarros, mal de huesos, empachos y demás padecimientos invernales y cuando quiso darse cuenta, el pueblo había quedado aislado por la nieve y ya no pudo salir de él.

Los vecinos lo acogieron encantados, ya que en su oficio de curandero había demostrado ser muy eficiente. Le proporcionaron refugio en una casa abandonada situada a las afueras del pueblo.

Al acercarse las fechas navideñas, lo fueron a buscar para que participara, como un vecino más en los preparativos, pero él los echo de malos modos y a voces, disparatando contra todo lo que sonara a Navidad, fiestas, compartir o festejar.

Los vecinos, asombrados, lo dejaron solo en su casa y se olvidaron de él; esa Navidad y las siguientes. Puesto que al llegar la primavera, Don Aquilino, que así se llamaba el curandero, decidió establecerse definitivamente en Villablanca.

Pero Don Aquilino no era feliz. Cada vez que a escondidas miraba a sus vecinos disfrutar y compartir las comidas, los juegos, las canciones… un sentimiento de envidia y rencor se apoderaba de él. En su interior deseaba que nunca llegara la Navidad para no tener que ver felices a los demás.

Durante el último año, sucedió que Don Aquilino,  cuando ya estaban muy cerca las fiestas navideñas, maquinó un plan para fastidiar a todo el pueblo.

Pensó que si hacía desaparecer todo lo que guardaban para poner bonitas las casas y calles, así como los manteles bordados, las preciosas vajillas, los libros de recetas, los instrumentos musicales y todos los demás objetos que usaban en Navidad, los vecinos se enfadarían tanto, que no volverían a disfrutar nunca más de unas felices Pascuas.

Buscó ayuda para cometer su fechoría en una banda de ladronzuelos de poca monta, que recorría la comarca cometiendo pequeños hurtos y cuando todos los vecinos se hallaban reunidos en el Ayuntamiento ultimando el programa para las fiestas, los ladrones aprovecharon para entrar en las casas vacías y robar los adornos y los objetos navideños.

Al volver a sus hogares y darse cuenta de lo sucedido, los vecinos de Villablanca, asombrados y tristes, no se explicaban quién podía haber hecho algo semejante. Pero lejos de enfadarse y de rendirse, decidieron, todos a una, que no podían quedarse sin Navidad, así que se pusieron manos a la obra.

Los más ancianos se encargaron de tejer guirnaldas de colorines con lanas de jerseys usados. Los jóvenes se adentraron en el bosque a recoger piñas y ramas, que pintadas de color plata quedaron requetepreciosas. Los más pequeños modelaron nuevas figuritas con barro y un potingue de harina y agua, quizá no eran tan bonitas como las robadas, ¡pero estaban muy orgullosos de haberlas hecho ellos mismos! Modistas y sastres se afanaron en coser con sábanas viejas nuevos manteles y como no dio tiempo de bordarlos, los pintaron con motivos navideños y el resultado fue chulísimo. Con trozos de pantalones y camisetas viejos hicieron muñecos y estrellas de colorines, que colgaron en todos los árboles de Navidad, así como pequeñas velas que sustituyeron las tiras de luces robadas.

El resultado fue, que a pesar de la tristeza y el desencanto por los objetos perdidos, los niños y mayores de Villablanca podrían celebrar la Navidad como si nada hubiera ocurrido.

Don Aquilino no salía de su asombro. Enrabiado, vio a través de una ventana a sus vecinos disfrutando de la cena de Navidad. Se dio cuenta, entonces, de que no eran los adornos suntuosos y caros, ni los manteles finísimos, ni las luces brillantes lo que unían a aquellas buenas gentes; sino que el espíritu de la Navidad estaba en la compañía, en la unión, en el trabajo compartido, en las risas y en las canciones y en los cuentos que se contaban. Todas aquellas cosas que nadie puede robar.

Arrepentido, sintió que las lágrimas brotaban de sus ojos y salió de su escondite sigilosamente, para que nadie repara en él. Pero he aquí, que un muchachito curioso acertó a mirar por la ventana en ese preciso instante y al verlo y darse cuenta de la tristeza de Don Aquilino, corrió tras él.

—¡Don Aquilino! ¡Don Aquilino! ¿Qué le pasa? ¿Por qué llora?

Le preguntó mientras lo cogía de la mano. El curandero, al sentir aquella pequeña manita entre las suyas, recordó su infancia y los pocos momentos felices que había disfrutado con sus papás. Había quedado huérfano siendo muy pequeño y los tíos segundos que lo criaron, muy tacaños y de duro corazón, nunca celebraron la Navidad con él.

Sin oponer resistencia, se dejó guiar por el niño hasta donde todo el pueblo estaba reunido y después de contar lo que había hecho, les pidió humildemente perdón y prometió devolver todas las cosas bonitas que ellos habían guardado con tanto aprecio.

Los vecinos de Villablanca lo perdonaron, no sin antes hacerle prometer que nunca más haría algo semejante y de que, en adelante, él también participaría de todas las fiestas y saraos que se organizaran en el pueblo.

De este modo, Don Aquilino, el curandero, fue curado por sus vecinos de Villablanca y aprendió que la Navidad no solo es regalos, adornos y comilonas. Es, sobre todo, perdón, amistad, unión y amor.

FIN