amor

La muchacha que amaba a su prometido

Ilustración: Dark-Drac

Varios jóvenes de la tribu crow (cuervos) se encontraban en el sendero de la guerra. Un poco antes de llegar al sito en que el Río de las Piedras Amarillas abandona la montaña, tuvieron que librar una batalla con un ejército de pies negros.

Dos cuervos murieron en aquella batalla.

Más lejos, al atravesar el Río que Grita entre las Piedras, los supervivientes toparon una vez más con el enemigo.

Tres cuervos perdieron la vida en aquel segundo encuentro.

Águila Blanca recibió una flecha en la pierna. La herida le impedía seguir avanzando. El jefe de la expedición habló:

—Águila Blanca no puede seguir adelante. Lo dejaremos aquí hasta que su pierna se cure. No podemos esperar a que esté bien porque, si lo hacemos, nos exterminarán a todos.

Todos estuvieron de acuerdo y se acordó que si Águila Blanca no había regresado a la tribu después de la Luna en la que la Nieve entra en los tipis, se proclamaría su gloriosa muerte.

Los guerreros construyeron a Águila Blanca un refugio para que pudiera pasar el invierno sin tener demasiado frío. Le dieron todas las provisiones que pudieron dejarle y colocaron sus armas junto a él. Después partieron.

De vuelta al poblado, los guerreros contaron lo que había sucedido. El consejo de ancianos afirmó que aquellos valientes habían actuado de la mejor manera posible. Pero una joven no pensaba lo mismo. Se llamaba Lluvia Otoñal y no quería, bajo ningún concepto, abandonar a su prometido durante todo un invierno. Preguntó a los guerreros que habían formado parte de la expedición:

—¿Dejasteis a Águila Blanca muy lejos?

—Más allá de las Montañas Peinadas de Nieve —contestó uno de ellos.

—Habrá muerto de frío antes de que termine la Luna en la que la Marmota sale de su Agujero. Indícame el camino, voy a buscarlo.

El joven valiente replicó:

—El viaje es ya demasiado largo y peligroso para un grupo de guerreros, ¿cómo vas a llegar tu sola a ese sitio?

Pero Lluvia Otoñal insistió de tal forma que su el guerrero le dijo:

—Ve hasta el río de las truchas y remonta la corriente hasta el sitio en el que forma un lago. Si el hielo es suficientemente espeso, crúzalo hasta llegar a la otra orilla y alcanza la montaña en la que el agua tiene su fuente. Rodea esa elevación siguiendo el camino del sol y dirígete hacia el bosque de pinos que los castores utilizan para construir su embalse. Detrás de ese bosque, hay un pantano cubierto de nenúfares. No te aventures en él porque es muy peligroso. Camina en dirección a las dos montañas y toma el Desfiladero de la Sombras. Al final de ese paso, se eleva una roca cuya forma recuerda a un cazador al acecho. Tras esa roca, se extiende una gran llanura. Allí encontrarás a tu prometido. En esta estación solo podrás franquear ese espacio con raquetas para la nieve. No abuses de tus fuerzas y ten mucho cuidado. Los lobos merodean por esos parajes y el oso tiene su caverna muy cerca del sito donde dejamos a Águila Blanca.

Lluvia Otoñal se cargó de provisiones y se puso en camino.

La Luna de las Hojas Pobres ya estaba terminando y el Momento en el que Hay que Guardar los Víveres apenas acababa de comenzar. Lluvia Otoñal anduvo durante una luna. En sus escasos descansos se calentaba poco y comía lo menos posible para no empobrecer lo que destinaba a Águila Blanca.

Al llegar a la gran llanura, hacía estragos una tormenta. Pero, a través de los copos de nieve, percibió una delgada columna de humo y pensó: «No llego demasiado tarde, todavía está vivo».

Águila Blanca se encontraba sentado ante un débil fuego. La provisión de madera tocaba a su fin y desde el día anterior no tenía comida. Lluvia Otoñal le dijo:

—He venido a ayudarte. ¿Qué necesitas?

—Tengo frío y hambre —contestó el valiente joven.

Cuando la joven reavivó el fuego y dio de comer a Águila Blanca, puso un ungüento sobre su herida.

—Así te curarás más pronto —le aseguró.

La pierna del guerrero estaba tan hinchada que no podía desplazarse más que arrastrándose sobre el vientre. Lluvia Otoñal colocó trampas durante toda la Luna de la Nieve Enceguecedora. De vez en cuando, cazaba un zorro o un castor. En esas ocasiones, ella y Águila Blanca disfrutaban de un auténtico festín. Pero la mayor parte de las veces, no conseguía capturar más que una pequeña rata almizclera. Entonces el hambre se hacía sentir.

En la Luna en la que las Ocas Remontan hacia el Sur, Lluvia Otoñal dijo:

—Ha empezado el deshielo. Construiré una canoa con ramas de sauce y pieles de ciervo. Cuando el río esté libre, volveremos a nuestra tribu. El hechicero debe creernos muertos y seguro que se prepara para cantar nuestros funerales.

Pronto el barco estuvo terminado. El hombre y la mujer ya iban a partir cuando Lluvia Otoñal percibió una partida de cazadores río abajo.

—Deben ser pies negros —dijo Águila Blanca—. Ve a esconderte en las colinas, pues si te encuentran aquí te matarán conmigo.

Lluvia Otoñal se negó a abandonar a su prometido. Pero este insistió tanto, que acordó con él:

—Me apostaré en una elevación para vigilar a los pies negros. Mientras lance el grito del coyote, no tendrás nada que temer. Pero si me oyes cantar como la lechuza, toma el cuchillo y pon fin a tus días. No quiero que te capturen vivo. Si llegaras a ese extremo, yo haré lo mismo que tú.

Durante todo el día, Lluvia Otoñal espió a los extranjeros.

A Águila Blanca le llegaba a intervalos regulares el grito del coyote. Luego, hacia el atardecer, no oyó nada más y pensó, con dolor en el alma: «Los pies negros han descubierto a Lluvia Otoñal y la han matado».

Mientras esto pensaba, la joven apareció ante él.

—Mira —le dijo—, les he robado a los pies negros un trineo y una manada de perros. Aprovecharemos la noche para partir.

Cuando la luna ascendió en el cielo, abandonaron la cabaña. Los perros eran fuertes y el trineo sólido.

Pero se levantó una tormenta de nieve y tuvieron que detenerse.

Lluvia Otoñal tapó a Águila Blanca con una manta de piel de bisonte y se acurrucó contra él para mantenerse calientes. Desaparecieron rápidamente bajo los copos. Los dos cuerpos no parecían más que un montoncito de nieve.

Por la mañana, un pájaro se posó sobre el montículo blanco y silbó una canción y los jóvenes supieron que la tormenta había pasado. Pero cuando salieron de su refugio, vieron que trineo y perros habían desaparecido.

—No importa —dijo Lluvia Otoñal—. Sube a mis espaldas, yo te llevaré.

Aunque transportaba una carga tan pesada, Lluvia Otoñal consiguió caminar tres días. Al alba del cuarto llegaron por fin a la aldea de los cuervos.

Esa misma noche Águila Blanca contó a toda la tribu todo lo que Lluvia Otoñal había hecho por él.

Aquella historia de esfuerzo y de amor quedó para siempre en la memoria del pueblo crow. Desde entonces, cuando un cuervo necesita ayuda no duda en pedírsela a su compañera.

FIN

La leyenda del uirapurú

Ilustración: GabbrielFrost

El uirapurú es un pequeño pajarito que vive en lo más profundo de la Amazonia, lo que unido a su carácter huidizo, hace que sea casi imposible de ver.

Esta ave misteriosa, cuyo nombre significa «pájaro que no es pájaro» en lengua tupí, canta únicamente una vez al año, durante los aproximadamente quince días que tarda en construir su nido y solo lo hace unos diez minutos, a primera hora de la mañana. Sus armoniosos gorjeos consiguen que en la selva reine el más absoluto silencio y mientras el pequeño uirapurú entona su melodía, incluso el resto de los pájaros permanece callado para disfrutar de la rara tonada. Los humanos que alguna vez han podido oírlo aseguran que el mismísimo Amazonas detiene su curso y que ni el viento se atreve a mover las hojas de los árboles para no molestar al uirapurú mientras trina su canción.

Los indios de la selva amazónica creen que ese pajarito es, en realidad, un ser sobrenatural. Por eso, cuando muere un uirapurú, su pequeño cuerpo sin vida se convierte en un poderoso amuleto para aquel que tiene la suerte de encontrarlo, ya que atrae la prosperidad y la felicidad. Dicen que es tan eficaz, que incluso una sola de sus plumas hace posible que aquel que la posee tenga suerte en el amor, pero es muy difícil conseguir una ya que, según refiere la leyenda, si alguien intenta sorprender a una de estas aves, los otros pájaros la avisan para que huya, así que el que posee una de estas plumas es por pura casualidad, por haberla encontrado en el suelo de la selva después de que algún uirapurú haya hecho la muda. En torno a este pájaro, se cuentan otras historias, esta es solo una de ellas, la que oímos contar a una persona muy sabia y viejas en la selva. Dice así…

En la noche de los tiempos, cuando los dioses andaban por la tierra, existió al sur de Brasil una tribu cuyo cacique era amado por dos mujeres valientes, inteligentes y más hermosas que la Luna, pero él solo podía casarse con una, por eso decidió que se casaría con la que tuviera mejor puntería. Ambas aceptaron la prueba. El cacique colocó el blanco y las dos pretendientes lanzaron sus flechas a la vez. Quiso el destino que solo una acertara el tiro y el cacique, cumpliendo su promesa, la tomó por esposa.

La otra, cuyo nombre era Oribici, lloró por su gran amor perdido y lloró tanto y durante tanto tiempo, que sus lágrimas formaron los afluentes del Amazonas y también un hermoso lago azul.

Después de tanto llorar, la muchacha pidió al poderoso dios Tupá que acabara con sus penas y el dios, compadeciéndose de ella, la transformó en un pequeño pajarito y le concedió una melodiosa voz.

Con su nuevo aspecto, Oribici pensó que podría visitar al cacique sin que este la reconociera y así, al menos, al poder ver a su amado su pena sería más pequeña, pero se equivocaba…

Su tristeza creció más si cabe cuando, posada sobre un alto árbol, descubrió que el cacique y su esposa se amaban tiernamente.

La muchacha-pájaro, decidió entonces abandonar para siempre el poblado en el que había nacido y crecido y volar muy lejos, hacia el norte, hasta lo más profundo de la selva amazónica, donde se quedó a vivir para siempre.

Dicen que aún sigue allí, cantando para olvidar las heridas de su amor imposible, los otros pájaros, cuando oyen al pequeño uirapurú, se quedan callados para poder escuchar sus cuitas y la selva entera se detiene para que su canto pueda llegar muy lejos, a oídos de los humanos, ya que la canción de la avecilla es mágica y puede ayudar a los que oyen su canto a conseguir el amor y la felicidad que ella jamás pudo alcanzar.

El espejo de Matsuyama

Ilustración: Kitagawa Utamaro

Hace mucho, mucho tiempo vivía en un remoto lugar de Japón una joven pareja. Tenían una hija a la que ambos amaban de todo corazón. Los nombres de todos ellos ya cayeron en olvido, pero los que siguen narrando esta triste historia sí recuerdan que todo ocurrió en un lugar llamado Matsuyama.

Cuando la niña era aún muy pequeñita, el padre se vio obligado a ir a la capital del Imperio para arreglar ciertos asuntos. Al ser un lugar tan remoto y el viaje hasta allí tan pesado, ni la madre ni la niña lo acompañaron, así que él se marchó solo. Se despidió de ellas y les prometió que regresaría muy pronto cargado de preciosos regalos.

La joven madre, que nunca había ido más allá de la cercana aldea, no podía desechar cierto temor por el largo viaje que emprendía su marido; pero, al mismo tiempo, se sentía orgullosa de que fuese él, por aquellos contornos, la primera persona en ir a la rica ciudad, donde el rey y los poderosos habitaban, y donde seguro que había de ver muchas maravillas.

Pasado el tiempo, la mujer recibió una carta en la que su marido anunciaba su regreso y no es posible describir la alegría que sintió cuando el viajero volvió a casa sano y salvo. La pequeña, al ver de nuevo a su padre, daba palmadas y sonreía divertida al recibir los juguetes que este le había comprado. Y él no se hartaba de contar las cosas extraordinarias que había visto, durante su visita a la capital.

—Mira —le dijo a su mujer— Fíjate en esto, lo he traído especialmente para ti. Abre la caja y descríbeme lo que ves.

Le entregó entonces una cajita de madera blanca que ella se apresuró a abrir:

—Veo un disco de metal. Por un lado es de plata, con adornos de pájaros y flores, y por el otro, es una superficie brillante y pulida que… —Miró la joven esposa con asombro, porque desde la profundidad de aquel extraño objeto vio que la miraba, con labios entreabiertos y ojos llenos de curiosidad, un rostro que sonreía alegre.

—¿Qué ves? —insistió el marido, encantado con el pasmo de ella y muy ufano de mostrar lo que había aprendido.

—Veo a una mujer muy hermosa, que me mira y que mueve los labios como si hablase, y que lleva, ¡qué extraño!, un vestido exactamente igual que el mío.

—Esa que ves es tu cara —le replicó el marido, muy satisfecho de saber algo que su mujer no sabía—. Esto que tienes en la mano se llama espejo. En la ciudad cada persona tiene uno, por más que nosotros, aquí en el campo, no los hubiéramos visto hasta hoy.

Encantada la mujer con su regalo, se pasó algunos días mirándose a cada momento, Pero después pensó que tan prodigioso objeto era demasiado valioso como para usarlo a diario y lo guardó en su cajita, la cual ocultó con cuidado entre sus más estimados tesoros. Y como desde aquel día nunca volvió a hablar del espejo, el marido se olvidó de él por completo.

Fueron pasando los años y marido y mujer vivían dichosos. El centro de sus vidas era la niña, que iba creciendo y cada día se parecía más a su madre. Pero llegó un día en que sobrevino un tremendo infortunio para la familia hasta entonces tan dichosa. La mujer cayó enferma y aunque la cuidaron con desvelo, empeoró cada vez más, hasta que fue evidente que moriría.

Cuando supo que pronto debería abandonar a su marido y a su hija, se puso muy triste. Llamó a la niña y poniendo en sus manos la cajita de madera blanca que contenía el antiguo regalo, le dijo:

—Querida hija, estoy muy enferma y pronto moriré. Cuando yo ya no esté a tu lado, abre esta caja que te doy y mira cada día el objeto que contiene. Podrás ver mi cara en él y sabrás, así, que no me he marchado del todo y que siempre estaré a tu lado velando por ti.

La niña prometió con lágrimas en los ojos que haría lo que su madre le pedía.

Cuando la madre ya no estuvo a su lado, la niña abría la cajita cada día, sacaba con mucho cuidado el espejo y lo contemplaba largo rato. Allí veía la cara de su perdida madre, que la miraba sonriendo. Ya no estaba pálida y enferma, sino hermosa y joven. A ella le confiaba sus secretos.

El padre, después de observar durante un tiempo el comportamiento de su hija y constatar que cada día, sin falta, se miraba al espejo y parecía conversar con él, le preguntó la causa de tan extraña conducta.

La niña contestó:

—Miro todos los días el espejo para ver a mi querida madre y hablar con ella.

Enternecido, el padre no tuvo valor para sacar del error a su hija. No le dijo que aquella imagen que contemplaba en el espejo era su propio reflejo y que, quizá como efecto del amor que sentía, cada vez se parecía más al hermoso rostro de la madre perdida.

FIN

Los amantes de las estrellas

Ilustración: Warwick Goble

A vosotros, que conocéis el verdadero amor, os suplico que recéis a los dioses para que haga buen tiempo la séptima noche de la séptima luna. En nombre del amor verdadero y de la santa paciencia, suplicad que, durante esa noche, ni lluvia, ni granizo, ni nubes, ni truenos, ni niebla acechante cubran el cielo.

Escuchad la triste historia de los amantes de las estrellas y orad por ellos.

La Doncella de los Hilos era la hija del Dios de la Luz. Vivía a la orilla de la Vía Láctea, el Brillante Río de los Cielos. Todo el día se sentaba ante su rueca y realizaba su trabajo, tejiendo alegres vestimentas para los dioses. Hila que hila, hora tras hora, la colorida red crecía hasta que las telas yacían plegadas a sus pies. Nunca cejaba en su trabajo, pues tenía miedo. Había escuchado un dicho:

«La pena, esa pena que durará eras, caerá sobre la Doncella de los Hilos cuando abandone su rueca».

Por ello trabajaba, y los dioses vestimentas de sobra tenían. Pero la pobre Doncella iba siempre mal ataviada. Nada le importaban su atuendo o las joyas que su padre le daba. Descalza, recorría los cielos, y su pelo, libre, colgaba al viento. De tanto en cuanto, un largo rizo caía sobre la rueca, y siempre lo lanzaba hacia atrás sobre su hombro. No jugaba con los niños del Cielo, ni disfrutaba con los jóvenes ni con las Doncellas Celestiales.

No amaba ni lloraba. Ni se alegraba, ni se entristecía. Hilaba, hilaba… y se hiló a sí misma en la red de muchos colores. Pero su padre, el Dios de la Luz, se enfadó.

—Hija, tejes demasiado.

—Es mi deber —respondía ella.

—¡Hablar de deberes a tu edad! —dijo el padre—. ¡Sal de aquí!

—¿Qué mal os he hecho, padre mío? —dijo, mientras sus dedos continuaban hilando.

—¿Eres un animal o una piedra, o acaso una pálida flor del camino?

—No, ninguna de esas cosas soy.

—Deja pues tu rueca, niña mía, y vive.

Disfruta, y sé como los demás.

—¿Y por qué debería ser como los demás?

—Nunca me cuestiones, niña. Vamos, ¿puedes dejar de hilar?

—«La pena, esa pena que durará eras, caerá sobre la Doncella de los Hilos cuando abandone su rueca».

—Una tontería que nadie cree —exclamó el padre—. ¿Qué sabemos de esa pena que durará eras? ¿No somos acaso dioses?

Con esas palabras, arrancó el hilo de sus manos y cubrió la rueca con una tela. Hizo que la vistieran de ricas ropas, puso joyas en sus manos y en su cabello, y cubrió su cabeza de flores del Paraíso. Y la desposó con el Pastor del Cielo, que cuidaba sus rebaños en la ribera del Río Brillante.

Cuánto cambió entonces la Doncella. Sus ojos eran estrellas, y sus labios, rubíes. Bailaba y cantaba todo el día. Jugaba muchas horas con los niños del Cielo y disfrutaba con los jóvenes y con las Doncellas Celestiales.

Ligera caminaba, pues sus pies estaban envueltos en plata. Su amante, el Pastor, la sostenía de la mano. Reía tanto que los mismos dioses reían con ella, y en el Bendito Cielo resonaban los ecos de su alegría. Estaba tranquila, poco pensaba en el trabajo o en las vestimentas de los dioses.

En cuanto a su rueca, no volvió a acercarse a ella.

—Tengo una vida que vivir —dijo—.

Nunca más la uniré a los hilos de la red.

Y el Pastor, su amante, la estrechó entre sus brazos. Su rostro se llenó de lágrimas y sonrisas, y lo escondió en su pecho. Así vivía su vida, pero su padre, el Dios de la Luz, estaba enfadado.

—Es demasiado —dijo—. ¿Acaso está loca? Se ha convertido en el hazmerreír del Cielo. Además, ¿quién hilará las nuevas vestimentas primaverales de los dioses?

Tres veces avisó a su hija.

Tres veces rio esta con suavidad y negó con la cabeza.

—Vuestra mano abrió las puertas, padre mío —dijo—, pero os aseguro que no hay mano, divina o mortal, que pueda cerrarlas.

—No tientes al destino, hija mía. —Y desterró al Pastor para siempre al punto más lejano del Río Brillante. Las urracas se acercaron desde todos los confines del cielo y extendieron sus alas para crear un frágil puente a través del río, y el Pastor lo cruzó.

Al momento, las urracas se alejaron en todas las direcciones y la Doncella de los Hilos no pudo seguirlas. Qué tristeza la aquejaba entonces. Mucho tiempo permaneció en la playa, alargando los brazos hacia el Pastor, que cuidaba su ganado desolado con el rostro envuelto en lágrimas. Cuánto tiempo se quedó allí, tumbada, llorando en la arena. Se lamentaba constantemente de su dolor, mirando al suelo.

Finalmente, se levantó y se dirigió a su rueca. Quitó la tela que la cubría y tomó el hilo en su mano.

—¡La pena que durará eras —dijo—, esa pena que me atenaza el corazón! —En ese momento, dejó el hilo—. Ay —gimió—, qué dolor.

Puso la cabeza contra la rueca y, al poco tiempo, dijo:

—Y, sin embargo, no puedo volver a ser lo que era, pues ni amaba ni lloraba, ni me alegraba ni me apenaba. Ahora, amo y lloro, me alegro y me lamento.

Sus lágrimas caían como la lluvia, pero tomó el hilo y trabajó con diligencia, tejiendo las ropas de los dioses. Algunas veces, la red era gris por la pena, otras veces, rosada con los sueños. Los dioses vestían con agrado las extrañas ropas. El padre de la Doncella, el Dios de la Luz, estaba, por fin, contento.

—Eso está mejor, niña trabajadora —dijo—. Ahora estás tranquila y feliz.

—La tranquilidad de la desesperación más oscura —dijo—. ¡Feliz! Soy el ser más triste del Cielo.

—Lo siento —dijo el Dios de la Luz—, ¿qué necesitas que haga?

—Devuélveme a mi amado.

—No, niña mía, eso no puedo hacerlo. Fue desterrado para siempre por decreto de un dios, eso no puede romperse. Pero algo puedo hacer. Escúchame. El séptimo día de la séptima luna, invocaré a las urracas de todos los confines de la tierra para que formen un puente sobre el Brillante Río del Cielo. Así, la Doncella de los Hilos podrá pasar tranquilamente a ver al anhelante Pastor en la otra orilla.

Y así fue. El séptimo día de la séptima luna, las urracas llegaron de todas partes y extendieron las alas para formar el frágil puente. Y la Doncella de los Hilos lo cruzó.

Sus ojos brillaban como estrellas, su corazón aleteaba en su pecho. Y el Pastor se encontraba allí para recibirla al otro lado.

Y así siguen, conocedores del amor verdadero. Cada séptimo día de cada séptima luna, los dos amantes se reúnen y son felices. Pero si la lluvia cae con truenos, relámpagos, nubes y granizo, y el Brillante Río del Cielo está desbordado y crecido, las urracas no pueden preparar el puente para la Doncella de los Hilos. ¡Tiempos aciagos!

Por ello, amantes del amor verdadero, rezad a los dioses pidiendo buen tiempo.

FIN

La pajarita de papel

Ilustración: oanalivia

Tato tenía seis años y un caballo de madera.

Un día, su padre le dijo:

 —¿Qué regalo quieres? Dentro de poco es tu cumpleaños.

Tato se quedó callado. No sabía qué pedir.

Entonces, vio un pisapapeles sobre la mesa de su padre. Era una pajarita de plata sobre un pedazo de madera. Y sobre la madera estaba escrito:

Para los que no tienen tiempo de hacer pajaritas.

Al leer aquello, sin saber por qué, el niño sintió pena por su padre y dijo:

—Quiero que me hagas una pajarita de papel.

El padre sonrió:

—Bueno, te haré una pajarita de papel.

El padre de Tato empezó a hacer una pajarita de papel, pero ya no se acordaba. Fue a una librería y compró un libro. Con aquel libro, aprendió a hacer pajaritas de papel.

Al principio le salían mal; pero, después de unas horas, hizo una pajarita de papel maravillosa.

—Ya he terminado, ¿te gusta?

El niño miró la pajarita de papel y dijo:

—Está muy bien hecha, pero no me gusta. La pajarita está muy triste.

Y el padre fue a casa de un sabio y le dijo:

—Esta pajarita de papel está triste; inventa algo para que esté alegre.

El sabio hizo un aparato, se lo colocó a la pajarita debajo de las alas, y la pajarita comenzó a volar.

El padre llevó la pajarita de papel a Tato y la pajarita voló por toda la habitación.

—¿Te gusta ahora? —le preguntó

Y el niño dijo:

 —Vuela muy bien, pero sigue triste. Yo no quiero una pajarita triste.

El padre fue a casa de otro sabio. El otro sabio hizo un aparato con el que la pajarita podía cantar.

La pajarita de papel voló por toda la habitación de Tato. Y, mientras volaba, cantaba una hermosa canción.

Tato dijo:

—Papá, la pajarita de papel está triste; por eso, canta una triste canción. ¡Quiero que mi pajarita sea feliz!

El padre fue a casa de un pintor muy famoso. Y el pintor muy famoso pintó hermosos colores en las alas, en la cola, y en la cabeza de la pajarita de papel.

El niño miró la pajarita de papel pintada de hermosos colores.

—Papá, la pajarita de papel sigue estando triste.

El padre de Tato hizo un largo viaje. Fue a casa del sabio más sabio de todos los sabios. Y el sabio más sabio de todos los sabios, después de examinar a la pajarita, le dijo:

—Está pajarita de papel no necesita volar, no necesita cantar, no necesita hermosos colores, para ser feliz.

Y el padre de Tato le preguntó:

 —Entonces ¿por qué está triste?

Y el sabio más sabio de todos los sabios le contestó:

—Cuando una pajarita de papel está sola, es una pajarita de papel triste.

El padre regresó a casa. Fue al cuarto de Tato y le dijo:

—Ya sé lo que necesita nuestra pajarita para ser feliz.

Y se puso a hacer muchas, muchas, pajaritas de papel.  Cuando la habitación estuvo llena de pajaritas, Tato grito:

—¡Mira, papá! Nuestra pajarita de papel ya está muy feliz. Es el mejor regalo que me has hecho en toda mi vida.

Entonces, todas las pajaritas de papel, sin necesidad de ningún aparato, volaron y volaron por toda la habitación.

FIN

Sapo enamorado

Ilustración: Max Velthuijs

Sapo estaba sentado a la orilla del río. Se sentía raro. No sabía si estaba feliz o triste, había pasado toda la semana con la cabeza en las nubes. ¿Qué sería lo que le pasaba?

Entonces se encontró con Cochinito.

—Hola Sapo —dijo Cochinito—. No te ves bien. ¿Qué tienes?

—No sé —dijo Sapo—. Tengo ganas de llorar y de reír al mismo tiempo. Hay algo que hace tunk tunk dentro de mí, aquí.

—Quizá tienes gripe —dijo Cochinito—. Mejor te vas a acostar. Sapo siguió su camino. Estaba muy preocupado.

Entonces pasó por la casa de Liebre.

—Liebre —dijo—, no me siento bien.

—Pasa y siéntate —dijo Liebre amablemente—. Ahora cuéntame, ¿qué te pasa?

—A veces tengo calor y a veces tengo frío —dijo Sapo. Y hay algo que hace tunk tunk dentro de mí, aquí. —Y se puso la mano sobre el pecho.

Liebre pensó profundamente, como un doctor de verdad.

—Ya veo —dijo—, es tu corazón. El mío hace tunk tunk también.

—Pero el mío algunas veces hace tunk tunk más rápido de lo normal —dijo Sapo.

Liebre sacó de su biblioteca un enorme libro y pasó las páginas.

—¡Aja! —dijo—. Oye esto: latidos acelerados, sudores fríos y calientes…¡Estás enamorado!

—¿Enamorado? —preguntó Sapo sorprendido—. ¡Guau! ¿Estoy enamorado?

Y se puso tan contento, que de un salto salió de la casa y brincó hasta el cielo.

Cochinito se asustó cuando vio a Sapo caer del cielo.

—Parece que estas mejor —dijo Cochinito.

—Estoy mejor. Me siento muy bien —dijo Sapo—. Estoy enamorado.

—¡Qué buena noticia! ¿Y de quién estás enamorado? —preguntó Cochinito.

Sapo no había pensado en eso.

—Ah, ¡ya sé! —dijo—, estoy enamorado de la linda y encantadora Pata blanca.

—No puedes —dijo Cochinito—. Un sapo no puede enamorarse de una pata. Tú eres verde y ella es blanca.

Pero Sapo no se preocupó por eso.

Sapo no sabía escribir, pero podía pintar. Cuando regresó a su casa, hizo un hermoso dibujo, con rojo, azul y mucho verde su color favorito. Por la tarde, al oscurecer, salió con su dibujo y llegó hasta la casa de Pata. Metió el dibujo por debajo de la puerta. Su corazón palpitaba de la emoción. Pata se sorprendió mucho cuando encontró el dibujo.

—¿Quién me habrá mandado este dibujo tan bello? —preguntó emocionada, y lo colgó en la pared.

Al día siguiente, Sapo recogió muchas flores silvestres. Se las quería dar a Pata. Pero cuando llegó a la casa de Pata, le faltó valor. Dejó las flores frente a la puerta y salió corriendo.

Hizo lo mismo, día tras día. Sapo no encontraba el coraje para hablarle.

Pata estaba encantada con todos sus regalos. Pero ¿quién se los estaría mandando?

¡Pobre Sapo!, ya no disfrutaba su comida, ya no podía dormir. Así siguieron las cosas, semana tras semana.

¿Cómo podía mostrarle a Pata que la quería?

—Tengo que hacer algo que nadie más pueda hacer —decidió—. ¡Romperé el récord mundial de salto de altura! Mi Pata querida estará muy sorprendida, y entonces me amará también.

Sapo empezó a entrenarse de inmediato. Practicó el salto día tras día. Saltó más y más alto, hasta que llegó a las nubes. Ningún otro sapo en el mundo había logrado jamás saltar tan alto.

—¿Qué le pasará a Sapo? —preguntó Pata preocupada—. Saltar así es peligroso. Puede hacerse daño.

Pata tenía razón.

Trece minutos después de las dos, un viernes por la tarde, algo pasó. Sapo estaba dando el salto más alto de la historia, cuando perdió el equilibrio y cayó a tierra.

Pata, que pasaba justo en ese momento, lo vio y fue corriendo a ayudarlo; Sapo casi no podía caminar. Pata lo ayudó con mucho cuidado, y lo acompaño a su casa. Lo cuidó tiernamente.

—¡Ay, Sapo! Te has podido matar —dijo—. Tienes que ser más cuidadoso. ¡Me gustas tanto! Finalmente, Sapo se armó de valor.

—Tú también me gustas mucho, querida Pata —tartamudeó—. Su corazón hacía tunk tunk más rápido que nunca, y su cara se puso verde, muy verde.

Desde entonces, un sapo verde y una pata blanca se aman tiernamente.

FIN

Chorlitos en la cabeza

Ilustración:  Andrés Jullian

Robertito no era. un niño muy limpio que digamos. Y la verdad es que como sus padres siempre estaban muy ocupados en cosas importantes, cada día su mamá, al salir apurada a su trabajo en la Junta Nacional de Niños Desvalidos, le recordaba:

—¡Robertito! Báñate tú solito, ya eres grande y puedes hacerlo. ¡Ah! Y no te olvides de lavarte muy bien la cabeza.

—Sí, mamá —respondía el niño.

Entonces entraba al baño y echaba a correr el agua de la ducha, mojando el piso y la toalla para que pareciera que se había bañado.

Su papá, mientras tanto, tomaba el desayuno leyendo su periódico preferido. A veces escuchaba —y otras no— correr el agua de la ducha. Y cuando por la noche la mamá de Robertito le preguntaba:

—¿Se bañó el niño, Godofredo?

El papá asentía con un movimiento de cabeza, pues estaba muy ocupado mirando las importantes noticias en la televisión.

Y la mamá se quedaba tranquila.

Otras veces era el papá quien, al salir a su trabajo en la Comisión Pro Defensa de la Naturaleza, le decía:

—Robertito, báñate y acuérdate de lavarte muy bien la cabeza.

Su mamá, entre tanto, terminaba de arreglarse. A veces escuchaba —y otras no— correr el agua de la ducha. Y cuando por la noche el papá le preguntaba:

—¿Se bañó el niño, Estefanía?

La mamá asentía con un movimiento de cabeza pensando en ¡vaya a saber qué problema de su oficina!

Entonces el papá se quedaba tranquilo.

Y como nadie se aseguraba de que Robertito se hubiera bañado verdaderamente, ¿para qué hacerlo?, así las cosas, cada día se iba acumulando más polvo sobre su cabeza; pelusas, semillas, basuritas y cualquier cosa que cayera sobre su negro pelo enrulado ya no volvía a salir de allí nunca más.

En verdad, a Robertito le pesaba un poco la cabeza, pero no era como para preocuparse.

Un día. sin embargo, las cosas comenzaron a complicarse, pues esa mañana, cuando abrió el agua de la ducha, algunas gotas mojaron el polvo que había sobre su cabeza y la semilla empezó a germinar.  Echó raíces, un tallo, hojas … Y poco a poco un arbolito empezó a crecer sobre la cabeza del niño.

Por supuesto que ni la mamá ni el papá de Robertito se dieron cuenta de aquello. Y menos de los dos chorlitos que llegaron allí en busca de un lugar donde hacer su nido.

La verdad es que a Robertito le pesaba cada vez más la cabeza, pero no tanto como para preocuparse.

Y llegó la primavera …

La chorlito hembra puso tres pequeños huevos en su nido. Y no mucho tiempo después, tres hermosos polluelos piaban felices en el nido construido entre las ramas del arbusto que Robertito tenía sobre su cabeza.

Pero como su papá y su mamá estaban demasiado ocupados en la Comisión Pro Defensa de la Naturaleza y en la Junta Nacional de Niños Desvalidos, no se enteraron de lo que estaba pasando sobre la cabeza de su hijo.

Hasta que una noche, en medio de la oscuridad, se oyó un …

—¡Pío, pío, pío!

La madre de Robertito despertó.

—¡Godofredo! ¡Godofredo! Escucha …

—¿Qué pasa, mujer?

—Oigo ruidos extraños en la casa. ¿Por qué no vas a ver lo que sucede?

—¡Bah! No es nada. Yo no oigo nada.

—Oigo ruidos en el dormitorio del niño.

—Estás soñando, Estefanía. Vuelve a dormirte mejor.

Pero en ese momento se oyó un …

—¡Pío, pío, pío!

—¿Oíste?

—Sí, está bien. Iré a ver —aceptó el padre; y levantándose bastante a desganas fue a la pieza de Robertito y encendió la luz.

El niño, perturbado, se despertó y se sentó en la cama.

—¡Ouch! —exclamó el papá al ver lo que estaba viendo—. ¡Estefanía, Estefanía, ven rápido!

La señora se levantó y corrió a la pieza del niño:

—¡Auch! —no pudo menos que gritar al ver a Robertito sentado en la cama con cara de sueño, y con un árbol florido sobre su cabeza. Y entre sus ramas, un nido en el que tres pequeños chorlitos piaban hambrientos:

—¡Pío, pío, pío!

—¡Horror! —se escandalizó la mamá que hacía mucho, mucho tiempo que no miraba con detención a su hijo—-. Robertito tiene chorlitos en la cabeza. ¡Horror!

—Pero esto es espantoso —se alarmó Godofredo, que casi por primera vez veía realmente al niño—. ¿Cómo es que nadie se dio cuenta de esto a tiempo?

—Un doctor. ¡Hay que llamar a un doctor de inmediato!

Y llamaron a un médico de cabellera. Pero éste, después de comprobar que Robertito gozaba de excelente salud, se retiró diciendo:

—Lo siento, pero nada puedo hacer.

Luego llamaron a un ingeniero foresta-cabezal; y después a un cirujano de pelo y a un peluquero y a un leñador y a un ornitólogo y a … Pero todos movieron la cabeza y dijeron:

—Lo siento, pero nada podemos hacer.

Entonces, ¡no me lo van a creer! A Robertito mismo, a quien con el árbol y los tres chorlitos ya era demasiado lo que le pesaba la cabeza, se le ocurrió la solución.

Fue al baño, se mojó bien mojada la cabeza para soltar las raíces del arbusto, con sumo cuidado lo sacó de arriba de su cabeza y lo fue a plantar en el patio de la casa mientras los tres pequeños chorlitos continuaban piando felices:

—¡Pío, pío, pío!

FIN

El pastelero triste

Ilustración: AuToFluXx

Si Ambrosio fuera un pastelero como los demás, elaboraría sus pasteles con azúcar, con almíbar o con sirope de arce. Pero, ¿qué puede hacer alguien que cuando llora endulza pañuelos y mangas de camisa? Pues aprovechar toda su tristeza para endulzar un poco la vida de los demás.

Precisamente por eso, fue que Ambrosio decidió dedicarse al noble arte de la pastelería; porque tenía un don muy especial: sus lágrimas eran dulces.

Ambrosio descubrió que de sus ojos brotaban lágrimas de caramelo el día que murió su abuela Federica, cuando su madre, para tratar de consolarlo porque no dejaba de llorar, decidió hornear sus famosas magdalenas de arándanos y le pidió que la ayudara.

Mientras tamizaba la harina, al pobre, le vino a la cabeza el suave pelo blanco de su abuela Federica y, sin poder contener la pena, derramó sus lágrimas en el centro del volcán de harina.

—Deja de llorar, Ambrosio, o nos saldrán las magdalenas saladas —trató de bromear su madre.

Haciendo un gran esfuerzo, Ambrosio dejó de llorar y se concentró en la receta, pero al cascar los huevos, las brillantes yemas le recordaron los ojos color miel de su querida abuela y volvió a llorar amargamente mientras su madre mezclaba todos los ingredientes, lágrimas incluidas.

—Pero bueno, ¿es que ya has añadido el azúcar? —preguntó a su hijo al probar la mezcla con el dedo.

—No —contestó Ambrosio señalando el recipiente con la medida de azúcar intacta y tratando de contener el llanto entre suspiros.

—Pues no lo entiendo…—observó la madre.

Y atrayéndolo hacia ella para consolarlo, le dio un sonoro beso en la mejilla todavía húmeda. Fue entonces cuando descubrieron lo especiales que eran aquellas lágrimas.

Con el tiempo, Ambrosio, dedicado ya en cuerpo y alma a la profesión de pastelero, se percató de que cuanto más triste estaba, más empalagosas eran sus lágrimas, así que cada vez que cocinaba unos bollos, un bizcocho o unas galletas trataba de entristecerse tanto como podía. Lo tenía todo bien organizado.

Antes de empezar la jornada, en su tienda de dulces del centro de la ciudad, releía las novelas más tristes de su biblioteca particular: huérfanos, desamores y despedidas poblaban los amaneceres de Ambrosio que, con los ojos inundados por la emoción, amasaba panecillos dulces, brioches y cruasanes.

A lo largo de la mañana, mientras decoraba bizcochos y magdalenas, escuchaba en su viejo tocadiscos fados y boleros, las melodías más melancólicas que existen.

A mediodía, miraba una película de las que hacen llorar mucho al tiempo que removía el chocolate caliente, que borboteaba junto a las lágrimas que caían sobre los fogones.

Para los encargos especiales, buscaba una pena más honda; contemplaba las fotografías de la abuela Federica y cocinaba con nostalgia pasteles de cumpleaños, tartas nupciales o repostería para bautizos y comuniones.

Todo funcionaba como un reloj y aunque Ambrosio siempre mantenía su aspecto alicaído, su establecimiento era el más animado de toda la ciudad. Especialmente los domingos, cuando la cola cruzaba de punta a punta la Plaza Mayor. «No hay pasteles como los tuyos Ambrosio», le decían los clientes. «Tienen alma, se nota que los haces con el corazón» añadían.

Eran tantos los parroquianos que se acercaban a comprar los dulces de la pastelería de Ambrosio, que Sofía, una alegre trotamundos que acababa de llegar a la ciudad, creyó que sería el lugar ideal para conseguir unas monedas amenizando con sus trucos malabares la espera de los clientes.

Su espectáculo era digno de ver. Para empezar, lanzaba al aire sus pelotas multicolor… tres, cuatro, cinco, seis… ¡hasta siete pelotas hacía danzar a la vez para regocijo de grandes y pequeños! Y cuando parecía que aquello era todo, con el pie derecho, se calzaba tres aros de brillante acero y los hacía rodar al tiempo que bailaban las pelotas.

Pero la apoteosis llegaba con el número final, cuando encendía tres pequeñas antorchas que intercambiaba de mano con una pericia pasmosa. Los clientes se olvidaban de avanzar y hasta Ambrosio se quedaba totalmente hipnotizado viendo el ardiente espectáculo.

Al terminar, se paseaba con un sombrero de lana multicolor en la mano y raro era el día que no lo llenaba de monedas. De las que ganaba, gastaba algunas en la pastelería de Ambrosio, para comprar una magdalena de arándanos, la especialidad de la casa.

Ambrosio se fue acostumbrando a las visitas de Sofía. Domingo tras domingo, admiraba el espectáculo de fuego y color y, domingo tras domingo, reservaba la más oronda y jugosa de las magdalenas de arándanos, la envolvía con papel de cera y la ataba con un lazo azul. Después, observaba cómo Sofía se la comía, sentada en un banco de la plaza y a él lo invadía una alegría tan incontrolable, que no lograba volver a entristecerse. Ni canciones, ni historias, ni películas surtían ya efecto. Ni siquiera las viejas fotografías de la abuela Federica conseguían hacerlo llorar y llegó el día en el que Ambrosio tuvo que tomar una dura decisión: utilizar azúcar para endulzar sus pasteles.

Desde entonces, las aglomeraciones de los domingos empezaron a disminuir. Algo había cambiado. Incluso sus clientes más fieles empezaron a faltar a la cita del domingo. La plaza se fue quedando vacía y ya eran tan pocos los que acudían a la pastelería, que Sofía, una mañana, no logró reunir suficientes monedas para comprar su magdalena de arándanos. Miró por última vez el escaparate con pena y empacó sus cosas dispuesta a marcharse.

Ambrosio, angustiado, envolvió la magdalena de arándanos y corrió tras Sofía:

—Olvidas tu magdalena…

—No tengo suficiente dinero —contestó ella sin dejar de caminar—. Además, ya no saben igual…

—Ésta sí… —rebatió Ambrosio desenvolviendo el paquete mientras lloraba sobre el esponjoso bizcocho.

Sofía mordió la magdalena y esbozó una sonrisa de satisfacción, pero al ver las lágrimas de caramelo de Ambrosio y comprender lo que ocurría, su alegre semblante se transformó y empezó de nuevo a andar:

—No te vayas —le suplicó el pastelero armándose de valor—. O déjame ir contigo.

—Da igual si me quedo o si vienes conmigo. Si estamos juntos, tus pasteles nunca volverán a saber igual…

Incapaces de resolver el dilema, Ambrosio y Sofía se sentaron en un banco y juntos mordisquearon la magdalena de arándanos, tal vez la última.

En silencio, echaron algunas migas a los pájaros que revoloteaban por la plaza. Una pareja de palomas se peleó por conseguir un bocado. La vencedora alzó el vuelo y dejó caer la miga sobre el nido de polluelos, que con la primavera habían roto ya el cascarón. Al poco, la otra paloma con la que hacia solo unos instantes se había picoteado, llegó con otra miga, que también lanzó sobre el nido.

—Juegan, se pelean… –dijo una viejecita que se había sentado junto a Ambrosio y Sofía sin que ellos se percataran –. A veces están alegres; a veces tristes. A veces son felices y otras tremendamente desgraciados. Comparten las cosas buenas y las malas. Así es la vida. Pero lo importante es que vuelan juntos, tal vez porque se aman… En fin, ya me marcho… Siempre hablo demasiado.

Al levantarse los miró y les dedicó un simpático guiño. Ambrosio se quedó paralizado; aquella mujer tenía unos ojos del color miel que le resultaban terriblemente familiares…

Sofía, mientras veía a la anciana alejarse, supo cómo resolver el dilema:

—Me quedo contigo o ven conmigo. Es lo mismo. Pero juntos.

Y al escuchar sus palabras, Ambrosio, por primera vez, lloró de alegría y sus lágrimas fueron dulces; más dulces que nunca.

FIN

El par de zapatos

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Ilustración: Fernando Puig Rosado

Había una vez un par de zapatos que estaban casados. El zapato derecho, que era el caballero, se llamaba Nicolás. Y el zapato izquierdo, que era la dama, se llamaba Tina.

Vivían en una preciosa caja de cartón, envueltos en papel de seda. Eran muy felices y deseaban que aquella felicidad durara para siempre.

Pero un buen día, una vendedora los sacó de su caja para probárselos a una señora. La mujer se los puso, dio algunos pasos con ellos y, a continuación, al ver que le quedaban bien, dijo:

—¡Los compro!

—¿Quiere que se los envuelva? —preguntó la vendedora.

—No, no hace falta —dijo la mujer—. Me los llevo puestos.

Pagó y salió con sus zapatos nuevos.

Fue así como Nicolás y Tina anduvieron todo el día sin verse el uno al otro. Por la noche, se reencontraron dentro de un oscuro armario.

—Tina, ¿eres tú?

—Sí, Nicolás, soy yo.

—¡Qué alegría! ¡Pensé que te había perdido!

—Yo también. Pero, ¿dónde estabas?

—¿Yo?, estaba en el pie derecho.

—Yo estaba en el izquierdo.

—¡Ya lo entiendo! —dijo Nicolás—. Cada vez que tú estabas delante, yo estaba detrás. Y cuando tú estabas detrás, yo estaba delante. Por eso no pudimos vernos.

—¿Y va a ser así todos los días? —preguntó Tina.

—¡Eso me temo!

—¡Pero eso es horrible! ¡Estar todo el día sin verte, mi querido Nicolás! No me podré acostumbrar nunca.

—Escucha —dijo Nicolás—, tengo una idea: puesto que yo siempre estoy a la derecha y tú siempre a la izquierda cada vez que yo avance te daré un golpecito, así nos saludaremos y no nos sentiremos solos. ¿De acuerdo?

—¡De acuerdo!

Eso hizo Nicolás, de manera que durante todo el día siguiente, la señora que llevaba los zapatos no pudo dar tres pasos sin que su pie derecho se enredara con el izquierdo, y ¡plaf! cada vez caía desmadejada al suelo.

Muy preocupada, fue ese mismo día a ver a un médico.

—Doctor, no sé qué me pasa, ¡me pongo la zancadilla a mí misma!

—¿Zancadillas a usted misma?

—¡Sí, doctor! A cada paso que doy, mi pie derecho se enreda con el izquierdo y me hace caer.

—¡Eso es muy grave! —dijo el médico—. Si la cosa sigue así, tendré que cortarle el pie derecho. Tome esta receta. Las medicinas le costarán dos mil euros. Deme a mí trescientos por la visita y vuelva mañana.

Esa misma tarde, ya en el armario, Tina le preguntó a Nicolás:

—¿Has oído lo que ha dicho el doctor?

—Sí, lo he oído.

—¡Es espantoso! Si le cortan el pie derecho a la señora, ella te tirará y estaremos separados para siempre. ¡Tenemos que hacer algo!

—Sí, pero ¿qué?

—¡Escucha!, tengo una idea: mañana seré yo la que te dará a ti un golpecito para saludarte cada vez que avance. ¿Qué te parece?

—¡De acuerdo!

Así lo hizo Tina, y a lo largo del segundo día fue el pie izquierdo el que daba un golpecito al derecho y, ¡plaf!, la pobre señora volvía a caerse al suelo.

Cada vez más preocupada, regresó a la consulta del médico:

—Doctor, esto va de mal en peor. ¡Ahora es mi pie izquierdo el que se enreda con el derecho!

—Este asunto es cada vez más grave —sentenció el médico—. Si sigue así, tendré que cortarle los dos pies. Tome, aquí tiene otra receta. Las medicinas le costarán tres mil euros. Deme a mí quinientos por la visita, y sobre todo, ¡no olvide volver mañana!

Por la noche, Nicolás preguntó a Tina:

—¿Oíste?

—Oí.

—Si le cortan los dos pies, ¿qué será de nosotros?

—¡Ni me atrevo a pensarlo!

—Y, sin embargo, ¡Te amo tanto, Tina!

—¡Yo también, Nicolás! ¡Te quiero mucho!

—¡Jamás te abandonaría!

—¡Ni yo tampoco!

Hablaban así, en la oscuridad, sin saber que la señora que los había comprado caminaba arriba y abajo por el pasillo, en zapatillas, porque lo que le había dicho el médico no la dejaba dormir. Al pasar frente al armario, escuchó toda la conversación y como era muy inteligente, lo comprendió todo.

—Así que es eso —pensó— No soy yo la que está enferma, sino que son mis zapatos, que se aman. ¡Qué bonito!

Tiró a la basura los cinco mil euros de medicinas y al día siguiente dio instrucciones a su doncella:

—¿Ves este par de zapatos? No volveré a ponérmelos nunca, pero los quiero conservar de todas formas. Quiero que los lustres bien y que siempre estén relucientes y, sobre todo, ¡jamás los separes el uno del otro!

Una vez a solas, la criada pensó: «La señora está loca, ¿a quién se le ocurre guardar un par de zapatos que ya no va a usar? Dentro de unos días, cuando se haya olvidado de ellos, me los quedaré».

Efectivamente, quince días más tarde, se los llevó y se los calzó. Pero una vez puestos, también ella comenzó a tropezar.

Una noche, mientras bajaba la basura por la escalera de servicio, Nicolás y Tina se quisieron besar y ¡patapam!, ¡plaf!, ¡plof!, la sirvienta se encontró sentada en el rellano, con un montón de cáscaras en la cabeza y una piel de patata en forma de espiral sobre la frente, colgando como si fuera un tirabuzón.

«Estos zapatos están embrujados», pensó. «¡No me los pienso poner más! Se los regalaré a mi sobrina la coja».

Y eso hizo. La sobrina, que era coja, se pasaba casi todo el día sentada en una silla, con los pies muy juntos. Cuando por casualidad caminaba, lo hacía tan despacio, que era imposible que se hiciera la zancadilla. Y los zapatos eran felices porque, incluso de día, estaban casi siempre juntos.

Aquella felicidad duró mucho tiempo. Pero, por desgracia, el defecto que tenía en los pies su nueva dueña hacía que, al caminar, un zapato se gastara más que el otro.

Una tarde, Tina le dijo a Nicolás:

—Siento que mi suela se está poniendo fina, fina. ¡No tardará en agujerearse!

—¡No hagas eso! —le rogó Nicolás—. ¡Si nos tiran, estaremos separados!

—Ya lo sé —contestó Tina—, pero ¿qué quieres que haga? ¡No puedo evitar envejecer!

En efecto, ocho días después, su suela tenía agujeros. La sobrina se compró unos zapatos nuevos y tiró a la basura a Nicolás y Tina.

—¿Qué será ahora de nosotros? —se lamentó Nicolás.

—No lo sé —respondió Tina—. Si al menos supiera que nunca más me separé de ti.

—Ven aquí —dijo Nicolás— anuda tu cordón al mío. Así jamás podrán separarnos.

Así lo hicieron. Juntos fueron a parar al cubo de la basura, juntos fueron transportados por el camión de los desperdicios, y juntos fueron arrojados en un terreno baldío. Y allí permanecieron juntos hasta que un niño y una niña los encontraron:

—¡Oh, mira! ¡Dos zapatos cogiditos del brazo!

—Eso es porque están casados —afirmó la niña.

—Bueno —contestó el pequeño—, pues si están casados, tienen que marcharse de viaje de novios.

El niño clavó los dos zapatos muy juntos sobre un tablero, luego acercó la tabla a la orilla del riachuelo y la empujó corriente abajo, hacia el mar. Mientras se alejaba, la niña agitó su pañuelo, gritando:

—¡Adiós, zapatos, y buen viaje!

Fue así como Nicolás y Tina, que ya no esperaban nada de la vida, tuvieron, de todas formas, una preciosa luna de miel.

FIN

Riquete el del copete

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Ilustración: Libou

Cierta reina tuvo un hijo tan feo y deforme que, al verlo, dudó de que fuera humano. Un hada que estaba presente consoló a la madre diciéndole que la inteligencia del pequeño sería aún más grande que su fealdad y, además, le concedió el don de poder convertir en inteligente a la persona a quien más amara.

Y ciertamente, cuando el niño empezó a hablar, era tanta su gracia que todo el mundo deseaba estar cerca de él para escucharlo. Olvidé decir que nació con un mechón en la cabeza, por lo que se lo conocía como Riquete el del copete, ya que era Riquete el apellido familiar.

En el reino vecino, al cabo de siete años, la reina dio a luz a dos hijas gemelas. La primera era preciosa, pero la misma hada que había asistido al nacimiento de Riquete el del copete, advirtió a la reina de que la princesa sería tan estúpida como bella. Esto dolió mucho a la madre, que poco después aún se entristeció más porque su segunda hija era fea como no es posible describir.

—No te aflijas —le dijo el hada— que, aunque no es bella, será tan inteligente que nadie advertirá su fealdad.

—Eso espero. Y dime, ¿no podrías hacer algo para que la mayor fuera menos guapa pero un poco inteligente?

—Nada puedo hacer con su inteligencia, pero sí con su belleza. Le concedo el don de transformar en hermosa a la persona que ame.

Las princesitas fueron creciendo y las perfecciones de ambas aumentaban y en todo el reino solo se hablaba de la belleza de la mayor y de la inteligencia de la pequeña. Pero, ciertamente, sus carencias también aumentaron y tomaron mayores proporciones, pues la fealdad de una era comparable a la estupidez de la otra, que era incapaz de contestar a lo que se le preguntaba o respondía una majadería.

Aunque la belleza es una cualidad muy apreciada, lo cierto es que la inteligencia la aventaja, y eso pasaba con las princesas. Primero, las personas se acercaban a la más guapa, pero después de un rato, se iban a charlar con la inteligente, porque su conversación era amena. Así que la mayor se quedaba sola porque todo el mundo prefería estar con la menor. La guapa, aunque era muy estúpida, entendía lo que ocurría y hubiera dado toda su belleza por tener un poquito del talento de su hermana.

Un día, se marchó al bosque a llorar su pena y mientras así estaba, se le acercó un joven muy feo. No era otro que Riquete el del copete, que se había enamorado de ella contemplando los retratos de la princesa que se encontraban por todas partes y había decidido ir a conocerla en persona. Muy contento al reconocerla, la saludó con respeto y finura y al ver que lloraba, le preguntó:

—¿Cómo es posible que alguien tan guapo pueda estar tan triste?

—Eso lo dices porque sí —contestó la princesa, sin añadir nada más.

—La belleza —continuó Riquete el del copete— es un don tan precioso que suple todos los demás, así que no entiendo que estés triste.

—Preferiría ser fea como tú y tener talento, a ser guapa y tonta.

—Una de las señales de tener inteligencia es creer que no se tiene. Y cuanto más tonto te crees, en realidad, más listo eres.

—Pues será así; pero soy muy tonta y por eso lloro.

—Si solo es eso, yo puedo solucionarlo.

—¿Cómo?

—Porque puedo conceder inteligencia a la persona que más ame; y como estoy enamorado de ti, te daré inteligencia si te casas conmigo.

La princesa no supo qué contestar.

—Veo que mi proposición te disgusta; normal, porque soy muy feo, así que puedes pensarlo durante un año antes de decidirte.

La princesa deseaba tanto dejar de ser tonta que aceptó la proposición y en cuanto le dijo a Riquete el del copete que se casaría con él al cabo de un año, se sintió completamente diferente y pudo expresar sus ideas con facilidad y acierto. Empezaron a conversar y Riquete el del copete pensó que le había concedido a la princesa un talento mayor que el que tenía él.

Cuando la princesa volvió al palacio, la corte entera quedó atónita. No sabía cómo explicarse aquel cambio tan repentino y extraordinario, pues tan grande como era antes su necedad, era ahora su sabiduría. Tal era su prudencia, que en los asuntos de estado se empezó a contar con su consejo.

La noticia de su transformación corrió como la pólvora y jóvenes príncipes de todos los reinos le pidieron matrimonio, pero no halló uno que tuviera suficiente talento y aunque habló con todos, con ninguno se comprometió. Necesitaba reflexionar.

Se fue a pasear al mismo bosque donde un año antes había encontrado a Riquete el del copete y mientras estaba sumida en sus pensamientos, oyó un ruido; como de personas moviéndose de un lado a otro y voces que decían:

—Trae la bandeja.

—Abrillanta las copas.

—Enciende el fuego.

La tierra se abrió y, a sus pies, vio una larga escalera que conducía a una cocina inmensa, en la que cocineros, pinches y lacayos preparaban un gran festín. Una larga fila de sirvientes subió fuentes con frutas y flores para colocarlas sobre una larguísima mesa colocada en un claro del bosque.

Asombrada, la princesa les preguntó para quién trabajaban:

—Para el príncipe Riquete el del copete, que mañana se casa.

Recordó, de pronto, su promesa de hacía un año y se quedó petrificada. Aún no se había recuperado, cuando se acercó a ella Riquete el del copete, vestido con sus mejores galas.

—Cumplo mi palabra y tengo la seguridad de que tú vienes a cumplir la tuya.

—Te seré sincera, creo que no podré cumplirla.

—Me sorprendes.

—Lo comprendo y si fueras mala persona estaría en un aprieto, porque las personas no deben faltar a su palabra, pero espero que me entiendas. Prometí casarme contigo cuando era estúpida, pero con la inteligencia que me diste, mi gusto también mejoró, así que si deseabas casarte conmigo, debiste dejarme tonta.

—Prescindiendo de mi fealdad, ¿hay algo en mí que te disguste?

—No, al contrario, el resto es perfecto.

—Entonces, si es así, está bien, porque tienes el poder de hacerme el más guapo de los hombres.

—¿Cómo?

—Quiéreme bastante para desear que lo sea, porque el hada que el día de mi nacimiento me concedió el don de poder convertir en persona inteligente a quien yo amara, te concedió a ti el poder de hacerla hermosa.

—Si es así, exclamó la princesa, deseo de todo corazón que te conviertas en el hombre más guapo del mundo. —Apenas lo hubo dicho, Riquete el del copete se trasformó en un agraciado príncipe.

Al día siguiente, se celebró la boda y los dos vivieron felices durante mucho tiempo.

Dicen que, en realidad, no fueron los dones del hada los que operaron la metamorfosis, sino que fue el cariño de ambos el que los cambió a los dos, porque el amor, cuando es verdadero, tiene el poder de transformar las cosas.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Riquete el del copete» con la voz de Angie Bello Albelda

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