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El pastelero triste

Ilustración: AuToFluXx

Si Ambrosio fuera un pastelero como los demás, elaboraría sus pasteles con azúcar, con almíbar o con sirope de arce. Pero, ¿qué puede hacer alguien que cuando llora endulza pañuelos y mangas de camisa? Pues aprovechar toda su tristeza para endulzar un poco la vida de los demás.

Precisamente por eso, fue que Ambrosio decidió dedicarse al noble arte de la pastelería; porque tenía un don muy especial: sus lágrimas eran dulces.

Ambrosio descubrió que de sus ojos brotaban lágrimas de caramelo el día que murió su abuela Federica, cuando su madre, para tratar de consolarlo porque no dejaba de llorar, decidió hornear sus famosas magdalenas de arándanos y le pidió que la ayudara.

Mientras tamizaba la harina, al pobre, le vino a la cabeza el suave pelo blanco de su abuela Federica y, sin poder contener la pena, derramó sus lágrimas en el centro del volcán de harina.

—Deja de llorar, Ambrosio, o nos saldrán las magdalenas saladas —trató de bromear su madre.

Haciendo un gran esfuerzo, Ambrosio dejó de llorar y se concentró en la receta, pero al cascar los huevos, las brillantes yemas le recordaron los ojos color miel de su querida abuela y volvió a llorar amargamente mientras su madre mezclaba todos los ingredientes, lágrimas incluidas.

—Pero bueno, ¿es que ya has añadido el azúcar? —preguntó a su hijo al probar la mezcla con el dedo.

—No —contestó Ambrosio señalando el recipiente con la medida de azúcar intacta y tratando de contener el llanto entre suspiros.

—Pues no lo entiendo…—observó la madre.

Y atrayéndolo hacia ella para consolarlo, le dio un sonoro beso en la mejilla todavía húmeda. Fue entonces cuando descubrieron lo especiales que eran aquellas lágrimas.

Con el tiempo, Ambrosio, dedicado ya en cuerpo y alma a la profesión de pastelero, se percató de que cuanto más triste estaba, más empalagosas eran sus lágrimas, así que cada vez que cocinaba unos bollos, un bizcocho o unas galletas trataba de entristecerse tanto como podía. Lo tenía todo bien organizado.

Antes de empezar la jornada, en su tienda de dulces del centro de la ciudad, releía las novelas más tristes de su biblioteca particular: huérfanos, desamores y despedidas poblaban los amaneceres de Ambrosio que, con los ojos inundados por la emoción, amasaba panecillos dulces, brioches y cruasanes.

A lo largo de la mañana, mientras decoraba bizcochos y magdalenas, escuchaba en su viejo tocadiscos fados y boleros, las melodías más melancólicas que existen.

A mediodía, miraba una película de las que hacen llorar mucho al tiempo que removía el chocolate caliente, que borboteaba junto a las lágrimas que caían sobre los fogones.

Para los encargos especiales, buscaba una pena más honda; contemplaba las fotografías de la abuela Federica y cocinaba con nostalgia pasteles de cumpleaños, tartas nupciales o repostería para bautizos y comuniones.

Todo funcionaba como un reloj y aunque Ambrosio siempre mantenía su aspecto alicaído, su establecimiento era el más animado de toda la ciudad. Especialmente los domingos, cuando la cola cruzaba de punta a punta la Plaza Mayor. «No hay pasteles como los tuyos Ambrosio», le decían los clientes. «Tienen alma, se nota que los haces con el corazón» añadían.

Eran tantos los parroquianos que se acercaban a comprar los dulces de la pastelería de Ambrosio, que Sofía, una alegre trotamundos que acababa de llegar a la ciudad, creyó que sería el lugar ideal para conseguir unas monedas amenizando con sus trucos malabares la espera de los clientes.

Su espectáculo era digno de ver. Para empezar, lanzaba al aire sus pelotas multicolor… tres, cuatro, cinco, seis… ¡hasta siete pelotas hacía danzar a la vez para regocijo de grandes y pequeños! Y cuando parecía que aquello era todo, con el pie derecho, se calzaba tres aros de brillante acero y los hacía rodar al tiempo que bailaban las pelotas.

Pero la apoteosis llegaba con el número final, cuando encendía tres pequeñas antorchas que intercambiaba de mano con una pericia pasmosa. Los clientes se olvidaban de avanzar y hasta Ambrosio se quedaba totalmente hipnotizado viendo el ardiente espectáculo.

Al terminar, se paseaba con un sombrero de lana multicolor en la mano y raro era el día que no lo llenaba de monedas. De las que ganaba, gastaba algunas en la pastelería de Ambrosio, para comprar una magdalena de arándanos, la especialidad de la casa.

Ambrosio se fue acostumbrando a las visitas de Sofía. Domingo tras domingo, admiraba el espectáculo de fuego y color y, domingo tras domingo, reservaba la más oronda y jugosa de las magdalenas de arándanos, la envolvía con papel de cera y la ataba con un lazo azul. Después, observaba cómo Sofía se la comía, sentada en un banco de la plaza y a él lo invadía una alegría tan incontrolable, que no lograba volver a entristecerse. Ni canciones, ni historias, ni películas surtían ya efecto. Ni siquiera las viejas fotografías de la abuela Federica conseguían hacerlo llorar y llegó el día en el que Ambrosio tuvo que tomar una dura decisión: utilizar azúcar para endulzar sus pasteles.

Desde entonces, las aglomeraciones de los domingos empezaron a disminuir. Algo había cambiado. Incluso sus clientes más fieles empezaron a faltar a la cita del domingo. La plaza se fue quedando vacía y ya eran tan pocos los que acudían a la pastelería, que Sofía, una mañana, no logró reunir suficientes monedas para comprar su magdalena de arándanos. Miró por última vez el escaparate con pena y empacó sus cosas dispuesta a marcharse.

Ambrosio, angustiado, envolvió la magdalena de arándanos y corrió tras Sofía:

—Olvidas tu magdalena…

—No tengo suficiente dinero —contestó ella sin dejar de caminar—. Además, ya no saben igual…

—Ésta sí… —rebatió Ambrosio desenvolviendo el paquete mientras lloraba sobre el esponjoso bizcocho.

Sofía mordió la magdalena y esbozó una sonrisa de satisfacción, pero al ver las lágrimas de caramelo de Ambrosio y comprender lo que ocurría, su alegre semblante se transformó y empezó de nuevo a andar:

—No te vayas —le suplicó el pastelero armándose de valor—. O déjame ir contigo.

—Da igual si me quedo o si vienes conmigo. Si estamos juntos, tus pasteles nunca volverán a saber igual…

Incapaces de resolver el dilema, Ambrosio y Sofía se sentaron en un banco y juntos mordisquearon la magdalena de arándanos, tal vez la última.

En silencio, echaron algunas migas a los pájaros que revoloteaban por la plaza. Una pareja de palomas se peleó por conseguir un bocado. La vencedora alzó el vuelo y dejó caer la miga sobre el nido de polluelos, que con la primavera habían roto ya el cascarón. Al poco, la otra paloma con la que hacia solo unos instantes se había picoteado, llegó con otra miga, que también lanzó sobre el nido.

—Juegan, se pelean… –dijo una viejecita que se había sentado junto a Ambrosio y Sofía sin que ellos se percataran –. A veces están alegres; a veces tristes. A veces son felices y otras tremendamente desgraciados. Comparten las cosas buenas y las malas. Así es la vida. Pero lo importante es que vuelan juntos, tal vez porque se aman… En fin, ya me marcho… Siempre hablo demasiado.

Al levantarse los miró y les dedicó un simpático guiño. Ambrosio se quedó paralizado; aquella mujer tenía unos ojos del color miel que le resultaban terriblemente familiares…

Sofía, mientras veía a la anciana alejarse, supo cómo resolver el dilema:

—Me quedo contigo o ven conmigo. Es lo mismo. Pero juntos.

Y al escuchar sus palabras, Ambrosio, por primera vez, lloró de alegría y sus lágrimas fueron dulces; más dulces que nunca.

FIN

El par de zapatos

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Ilustración: Fernando Puig Rosado

Había una vez un par de zapatos que estaban casados. El zapato derecho, que era el caballero, se llamaba Nicolás. Y el zapato izquierdo, que era la dama, se llamaba Tina.

Vivían en una preciosa caja de cartón, envueltos en papel de seda. Eran muy felices y deseaban que aquella felicidad durara para siempre.

Pero un buen día, una vendedora los sacó de su caja para probárselos a una señora. La mujer se los puso, dio algunos pasos con ellos y, a continuación, al ver que le quedaban bien, dijo:

—¡Los compro!

—¿Quiere que se los envuelva? —preguntó la vendedora.

—No, no hace falta —dijo la mujer—. Me los llevo puestos.

Pagó y salió con sus zapatos nuevos.

Fue así como Nicolás y Tina anduvieron todo el día sin verse el uno al otro. Por la noche, se reencontraron dentro de un oscuro armario.

—Tina, ¿eres tú?

—Sí, Nicolás, soy yo.

—¡Qué alegría! ¡Pensé que te había perdido!

—Yo también. Pero, ¿dónde estabas?

—¿Yo?, estaba en el pie derecho.

—Yo estaba en el izquierdo.

—¡Ya lo entiendo! —dijo Nicolás—. Cada vez que tú estabas delante, yo estaba detrás. Y cuando tú estabas detrás, yo estaba delante. Por eso no pudimos vernos.

—¿Y va a ser así todos los días? —preguntó Tina.

—¡Eso me temo!

—¡Pero eso es horrible! ¡Estar todo el día sin verte, mi querido Nicolás! No me podré acostumbrar nunca.

—Escucha —dijo Nicolás—, tengo una idea: puesto que yo siempre estoy a la derecha y tú siempre a la izquierda cada vez que yo avance te daré un golpecito, así nos saludaremos y no nos sentiremos solos. ¿De acuerdo?

—¡De acuerdo!

Eso hizo Nicolás, de manera que durante todo el día siguiente, la señora que llevaba los zapatos no pudo dar tres pasos sin que su pie derecho se enredara con el izquierdo, y ¡plaf! cada vez caía desmadejada al suelo.

Muy preocupada, fue ese mismo día a ver a un médico.

—Doctor, no sé qué me pasa, ¡me pongo la zancadilla a mí misma!

—¿Zancadillas a usted misma?

—¡Sí, doctor! A cada paso que doy, mi pie derecho se enreda con el izquierdo y me hace caer.

—¡Eso es muy grave! —dijo el médico—. Si la cosa sigue así, tendré que cortarle el pie derecho. Tome esta receta. Las medicinas le costarán dos mil euros. Deme a mí trescientos por la visita y vuelva mañana.

Esa misma tarde, ya en el armario, Tina le preguntó a Nicolás:

—¿Has oído lo que ha dicho el doctor?

—Sí, lo he oído.

—¡Es espantoso! Si le cortan el pie derecho a la señora, ella te tirará y estaremos separados para siempre. ¡Tenemos que hacer algo!

—Sí, pero ¿qué?

—¡Escucha!, tengo una idea: mañana seré yo la que te dará a ti un golpecito para saludarte cada vez que avance. ¿Qué te parece?

—¡De acuerdo!

Así lo hizo Tina, y a lo largo del segundo día fue el pie izquierdo el que daba un golpecito al derecho y, ¡plaf!, la pobre señora volvía a caerse al suelo.

Cada vez más preocupada, regresó a la consulta del médico:

—Doctor, esto va de mal en peor. ¡Ahora es mi pie izquierdo el que se enreda con el derecho!

—Este asunto es cada vez más grave —sentenció el médico—. Si sigue así, tendré que cortarle los dos pies. Tome, aquí tiene otra receta. Las medicinas le costarán tres mil euros. Deme a mí quinientos por la visita, y sobre todo, ¡no olvide volver mañana!

Por la noche, Nicolás preguntó a Tina:

—¿Oíste?

—Oí.

—Si le cortan los dos pies, ¿qué será de nosotros?

—¡Ni me atrevo a pensarlo!

—Y, sin embargo, ¡Te amo tanto, Tina!

—¡Yo también, Nicolás! ¡Te quiero mucho!

—¡Jamás te abandonaría!

—¡Ni yo tampoco!

Hablaban así, en la oscuridad, sin saber que la señora que los había comprado caminaba arriba y abajo por el pasillo, en zapatillas, porque lo que le había dicho el médico no la dejaba dormir. Al pasar frente al armario, escuchó toda la conversación y como era muy inteligente, lo comprendió todo.

—Así que es eso —pensó— No soy yo la que está enferma, sino que son mis zapatos, que se aman. ¡Qué bonito!

Tiró a la basura los cinco mil euros de medicinas y al día siguiente dio instrucciones a su doncella:

—¿Ves este par de zapatos? No volveré a ponérmelos nunca, pero los quiero conservar de todas formas. Quiero que los lustres bien y que siempre estén relucientes y, sobre todo, ¡jamás los separes el uno del otro!

Una vez a solas, la criada pensó: «La señora está loca, ¿a quién se le ocurre guardar un par de zapatos que ya no va a usar? Dentro de unos días, cuando se haya olvidado de ellos, me los quedaré».

Efectivamente, quince días más tarde, se los llevó y se los calzó. Pero una vez puestos, también ella comenzó a tropezar.

Una noche, mientras bajaba la basura por la escalera de servicio, Nicolás y Tina se quisieron besar y ¡patapam!, ¡plaf!, ¡plof!, la sirvienta se encontró sentada en el rellano, con un montón de cáscaras en la cabeza y una piel de patata en forma de espiral sobre la frente, colgando como si fuera un tirabuzón.

«Estos zapatos están embrujados», pensó. «¡No me los pienso poner más! Se los regalaré a mi sobrina la coja».

Y eso hizo. La sobrina, que era coja, se pasaba casi todo el día sentada en una silla, con los pies muy juntos. Cuando por casualidad caminaba, lo hacía tan despacio, que era imposible que se hiciera la zancadilla. Y los zapatos eran felices porque, incluso de día, estaban casi siempre juntos.

Aquella felicidad duró mucho tiempo. Pero, por desgracia, el defecto que tenía en los pies su nueva dueña hacía que, al caminar, un zapato se gastara más que el otro.

Una tarde, Tina le dijo a Nicolás:

—Siento que mi suela se está poniendo fina, fina. ¡No tardará en agujerearse!

—¡No hagas eso! —le rogó Nicolás—. ¡Si nos tiran, estaremos separados!

—Ya lo sé —contestó Tina—, pero ¿qué quieres que haga? ¡No puedo evitar envejecer!

En efecto, ocho días después, su suela tenía agujeros. La sobrina se compró unos zapatos nuevos y tiró a la basura a Nicolás y Tina.

—¿Qué será ahora de nosotros? —se lamentó Nicolás.

—No lo sé —respondió Tina—. Si al menos supiera que nunca más me separé de ti.

—Ven aquí —dijo Nicolás— anuda tu cordón al mío. Así jamás podrán separarnos.

Así lo hicieron. Juntos fueron a parar al cubo de la basura, juntos fueron transportados por el camión de los desperdicios, y juntos fueron arrojados en un terreno baldío. Y allí permanecieron juntos hasta que un niño y una niña los encontraron:

—¡Oh, mira! ¡Dos zapatos cogiditos del brazo!

—Eso es porque están casados —afirmó la niña.

—Bueno —contestó el pequeño—, pues si están casados, tienen que marcharse de viaje de novios.

El niño clavó los dos zapatos muy juntos sobre un tablero, luego acercó la tabla a la orilla del riachuelo y la empujó corriente abajo, hacia el mar. Mientras se alejaba, la niña agitó su pañuelo, gritando:

—¡Adiós, zapatos, y buen viaje!

Fue así como Nicolás y Tina, que ya no esperaban nada de la vida, tuvieron, de todas formas, una preciosa luna de miel.

FIN

Riquete el del copete

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Ilustración: Libou

Cierta reina tuvo un hijo tan feo y deforme que, al verlo, dudó de que fuera humano. Un hada que estaba presente consoló a la madre diciéndole que la inteligencia del pequeño sería aún más grande que su fealdad y, además, le concedió el don de poder convertir en inteligente a la persona a quien más amara.

Y ciertamente, cuando el niño empezó a hablar, era tanta su gracia que todo el mundo deseaba estar cerca de él para escucharlo. Olvidé decir que nació con un mechón en la cabeza, por lo que se lo conocía como Riquete el del copete, ya que era Riquete el apellido familiar.

En el reino vecino, al cabo de siete años, la reina dio a luz a dos hijas gemelas. La primera era preciosa, pero la misma hada que había asistido al nacimiento de Riquete el del copete, advirtió a la reina de que la princesa sería tan estúpida como bella. Esto dolió mucho a la madre, que poco después aún se entristeció más porque su segunda hija era fea como no es posible describir.

—No te aflijas —le dijo el hada— que, aunque no es bella, será tan inteligente que nadie advertirá su fealdad.

—Eso espero. Y dime, ¿no podrías hacer algo para que la mayor fuera menos guapa pero un poco inteligente?

—Nada puedo hacer con su inteligencia, pero sí con su belleza. Le concedo el don de transformar en hermosa a la persona que ame.

Las princesitas fueron creciendo y las perfecciones de ambas aumentaban y en todo el reino solo se hablaba de la belleza de la mayor y de la inteligencia de la pequeña. Pero, ciertamente, sus carencias también aumentaron y tomaron mayores proporciones, pues la fealdad de una era comparable a la estupidez de la otra, que era incapaz de contestar a lo que se le preguntaba o respondía una majadería.

Aunque la belleza es una cualidad muy apreciada, lo cierto es que la inteligencia la aventaja, y eso pasaba con las princesas. Primero, las personas se acercaban a la más guapa, pero después de un rato, se iban a charlar con la inteligente, porque su conversación era amena. Así que la mayor se quedaba sola porque todo el mundo prefería estar con la menor. La guapa, aunque era muy estúpida, entendía lo que ocurría y hubiera dado toda su belleza por tener un poquito del talento de su hermana.

Un día, se marchó al bosque a llorar su pena y mientras así estaba, se le acercó un joven muy feo. No era otro que Riquete el del copete, que se había enamorado de ella contemplando los retratos de la princesa que se encontraban por todas partes y había decidido ir a conocerla en persona. Muy contento al reconocerla, la saludó con respeto y finura y al ver que lloraba, le preguntó:

—¿Cómo es posible que alguien tan guapo pueda estar tan triste?

—Eso lo dices porque sí —contestó la princesa, sin añadir nada más.

—La belleza —continuó Riquete el del copete— es un don tan precioso que suple todos los demás, así que no entiendo que estés triste.

—Preferiría ser fea como tú y tener talento, a ser guapa y tonta.

—Una de las señales de tener inteligencia es creer que no se tiene. Y cuanto más tonto te crees, en realidad, más listo eres.

—Pues será así; pero soy muy tonta y por eso lloro.

—Si solo es eso, yo puedo solucionarlo.

—¿Cómo?

—Porque puedo conceder inteligencia a la persona que más ame; y como estoy enamorado de ti, te daré inteligencia si te casas conmigo.

La princesa no supo qué contestar.

—Veo que mi proposición te disgusta; normal, porque soy muy feo, así que puedes pensarlo durante un año antes de decidirte.

La princesa deseaba tanto dejar de ser tonta que aceptó la proposición y en cuanto le dijo a Riquete el del copete que se casaría con él al cabo de un año, se sintió completamente diferente y pudo expresar sus ideas con facilidad y acierto. Empezaron a conversar y Riquete el del copete pensó que le había concedido a la princesa un talento mayor que el que tenía él.

Cuando la princesa volvió al palacio, la corte entera quedó atónita. No sabía cómo explicarse aquel cambio tan repentino y extraordinario, pues tan grande como era antes su necedad, era ahora su sabiduría. Tal era su prudencia, que en los asuntos de estado se empezó a contar con su consejo.

La noticia de su transformación corrió como la pólvora y jóvenes príncipes de todos los reinos le pidieron matrimonio, pero no halló uno que tuviera suficiente talento y aunque habló con todos, con ninguno se comprometió. Necesitaba reflexionar.

Se fue a pasear al mismo bosque donde un año antes había encontrado a Riquete el del copete y mientras estaba sumida en sus pensamientos, oyó un ruido; como de personas moviéndose de un lado a otro y voces que decían:

—Trae la bandeja.

—Abrillanta las copas.

—Enciende el fuego.

La tierra se abrió y, a sus pies, vio una larga escalera que conducía a una cocina inmensa, en la que cocineros, pinches y lacayos preparaban un gran festín. Una larga fila de sirvientes subió fuentes con frutas y flores para colocarlas sobre una larguísima mesa colocada en un claro del bosque.

Asombrada, la princesa les preguntó para quién trabajaban:

—Para el príncipe Riquete el del copete, que mañana se casa.

Recordó, de pronto, su promesa de hacía un año y se quedó petrificada. Aún no se había recuperado, cuando se acercó a ella Riquete el del copete, vestido con sus mejores galas.

—Cumplo mi palabra y tengo la seguridad de que tú vienes a cumplir la tuya.

—Te seré sincera, creo que no podré cumplirla.

—Me sorprendes.

—Lo comprendo y si fueras mala persona estaría en un aprieto, porque las personas no deben faltar a su palabra, pero espero que me entiendas. Prometí casarme contigo cuando era estúpida, pero con la inteligencia que me diste, mi gusto también mejoró, así que si deseabas casarte conmigo, debiste dejarme tonta.

—Prescindiendo de mi fealdad, ¿hay algo en mí que te disguste?

—No, al contrario, el resto es perfecto.

—Entonces, si es así, está bien, porque tienes el poder de hacerme el más guapo de los hombres.

—¿Cómo?

—Quiéreme bastante para desear que lo sea, porque el hada que el día de mi nacimiento me concedió el don de poder convertir en persona inteligente a quien yo amara, te concedió a ti el poder de hacerla hermosa.

—Si es así, exclamó la princesa, deseo de todo corazón que te conviertas en el hombre más guapo del mundo. —Apenas lo hubo dicho, Riquete el del copete se trasformó en un agraciado príncipe.

Al día siguiente, se celebró la boda y los dos vivieron felices durante mucho tiempo.

Dicen que, en realidad, no fueron los dones del hada los que operaron la metamorfosis, sino que fue el cariño de ambos el que los cambió a los dos, porque el amor, cuando es verdadero, tiene el poder de transformar las cosas.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Riquete el del copete” con la voz de Angie Bello Albelda

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El bizcocho mágico de nana Cándida

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Ilustración: Marloser

Hace algunos años, cuando yo era niña, se instaló en el edificio en el que vivíamos una nueva vecina: Cándida, una viejecita de cara dulce y vivarachos ojitos azules. Su cabello, completamente blanco, parecía de algodón de azúcar. Pero lo mejor de ella era su sonrisa, siempre resplandeciente en su cara, tan redonda como un pan de pueblo.

No sabíamos nada de ella pero, poco a poco, se introdujo en nuestras vidas y se nos hizo imprescindible.

Aunque vivía sola, su casa no tardó en convertirse en refugio para todos los niños del vecindario.

Nos ayudaba con los deberes y se encargaba de cuidar a nuestros hermanitos pequeños cuando las mamás estaban atareadas. Hasta se hizo amiga de los señores Vázquez, los ancianitos del primero, que no tenían familia y que así, rodeados de toda la chiquillada, pasaban acompañados las largas tardes de invierno.

Los mayores decían que era un ángel que había caído entre nosotros.

Los martes eran especiales. Todos los niños, ¡y hasta los no tan niños!, los esperábamos con impaciencia.

A la salida de la escuela era obligatoria la visita a casa de nana Cándida, que así era como la llamábamos. ¡Allí nos esperaba el bizcocho más rico que nunca se hubiera horneado en el mundo!

Muy de mañana, el edificio entero se llenaba de un goloso aroma a canela y limón, ¡mmmmmmmmmmm!, que nos hacía esperar la hora de la merienda con ansiedad.

—Nana Cándida ya está haciendo el bizcocho.

—¡¡¡Sííí!!! ¡¡Qué ricooooo!!

Esta era, semana tras semana, la conversación de los niños de la escalera.

Nana Cándida elaboraba su bizcocho con una receta secreta que jamás quiso desvelar; la repartía sobre tres grandes bandejas de horno y, cuando ya estaba lista, la cortaba en pedacitos para que hubiera para todos.

Cuando llegaba, por fin, la hora de degustarlo, la sensación era maravillosa: el azúcar y la canela se fundían en la boca y la masa esponjosa dejaba un delicioso regusto de limón en el paladar.

Eran tardes muy felices para los niños de la comunidad. Desde la llegada de nana Cándida ya no había rencillas, discusiones ni riñas entre nosotros. Parecía como si toda su alegría y paz interior, la que se reflejaba en su rostro, se nos hubiera contagiado a todos.

El tiempo pasaba y nuevos vecinos llegaron con niños pequeños, los cuales también se unieron a la tradición del bizcocho del martes.

Durante aquellos años, nana Cándida jamás se quejó de mal alguno; pero un día, los más mayorcitos advertimos que el color sonrosado de sus mejillas se estaba apagando y que en sus vivos ojitos ya no lucía aquella luz de antaño:

—Nana Cándida, ¿te encuentras bien? ¿Te ocurre algo? —le preguntamos.

Ella sonrió dulcemente:

—Nada, nada, ¡¿pues qué me va a pasar?! Es solo que ya tengo muchos años y estoy un poquito cansada. No os preocupéis.

Y todos seguimos con nuestras rutinas hasta aquel fatídico martes en el que, al abrir la puerta por la mañana, nos dimos cuenta de que el ansiado aroma a bizcocho no llenaba el portal.

Nos extrañó mucho, pero pensamos que nana Cándida tal vez se había quedado un ratito más en la cama y que muy pronto se pondría a preparar su dulce maravilloso.

No fue así. Llegó el mediodía y algunos vecinos, preocupados, llamaron a su puerta, pero ella no respondió.

Alarmados, decidieron llamar al señor Cortés, el cerrajero del barrio. Abrieron la puerta y entraron despacio, sin hacer ruido, como si no quisieran molestar, pero en el fondo de sus corazones nuestros papás intuían lo que habían de encontrar.

Hallaron a nana Cándida en su cama, dormidita para siempre. En su cara se dibujaba toda la ternura y toda la paz del mundo.

Los pequeños la lloramos muchos días, se había ganado nuestros corazones y la echábamos mucho de menos. Solo nos consolaba lo que el señor Anselmo, el vecino del ático que era muy aficionado a la astronomía, nos contó.

Nos dijo que el día que se fue nana Cándida, justo encima de nuestra calle, al caer la noche, había observado con su telescopio cómo se encendía una nueva estrella en el firmamento y que nos fijáramos en que en las noches claras iluminaba directamente nuestras ventanas. Ahí era donde se había mudado el espíritu de nana Cándida y desde allí nos acompañaría ya para siempre.

Y eso hacíamos; mirábamos las estrellas desde la ventana y buscábamos la más brillante.

—¡Esa es!

—¡No, esa de allí!

—¡Sí, sí aquella!

Días después, mi mamá y algunas vecinas decidieron ordenar las cosas de nana Cándida y en su cocina, en un cajón, dieron con un librito antiguo que rezaba en su tapa:

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Era tan antiguo, que la mayoría de páginas estaban borradas por el uso y el tiempo. La única receta que se podía leer entera decía así:a

►♦◄ Bizcocho de canela y limón ►♦◄

  • 175 gr. de harina
  • 6 gr. de levadura
  • 130 gr. de azúcar
  • 100 gr. de mantequilla
  • 2 huevos
  • 50 cl. de leche
  • 1 limón
  • 1 cucharadita pequeña, colmada, de canela en polvo
  • Extracto de vainilla
  • Una pizca de ralladura de bondad
  1. Batir la mantequilla con el azúcar hasta obtener una masa cremosa. Añadir la leche, la piel del limón, el extracto de vainilla y la canela.
  2. Incorporar los huevos montados y, después, ir tamizando lentamente la harina y la levadura.
  3. ¡No olvidar la ralladura de bondad!, que deberá mezclarse bien con la preparación anterior para que todo el que coma un pedazo de bizcocho sienta sus efectos.
  4. Verter la masa en un molde untado con mantequilla e introducirlo en el horno, previamente precalentado, a 180º C durante treinta minutos. Comprobar que esté bien hecho con un palillo, y ¡a disfrutar!
  5. Podéis ver cómo queda el bizcocho de nana Cándida en el blog de Maribel.
a

Mi madre me contó más tarde que todas se quedaron asombradas:

—¡¿Ralladura de bondad?!

—¡¿Pero eso qué es?!

—¡¡Parece un ingrediente de hadas!!

—¡Esta receta es igualita a la que yo hago! ¡Pero no puede ser!, ¡a mí no me sale tan rico!

Pero más se asombraron cuando en uno de los armarios encontraron un pequeño frasco con una etiqueta que decía:

Imagen 5

Lo abrieron con cuidado; no querían que se derramara ni un solo gramo de un bien tan preciado, y hallaron un polvo blanco y brillante, con reflejos dorados que ninguna se atrevía a probar.

—Yo creo que es simplemente azúcar.

—Pues yo creo que además lleva canela.

—No, no, es alguna especia de oriente que aquí desconocemos.

Al fin, decidieron elaborar entre todas el bizcocho exactamente como ponía la receta y añadirle la ralladura de bondad.

Estaban ansiosas por probarlo, pero se llevaron una gran desilusión. A pesar de seguir al pie de la letra la receta, el bizcocho no salió como el de nana Cándida.

Lo intentaron más de una vez en hornos diferentes, con harinas distintas, con varios moldes… Pero nada. El original era siempre mucho mejor.

Cuando quisieron darse cuenta, habían acabado con el frasquito de ralladura de bondad, así que decidieron darlo por imposible y seguir haciendo los bizcochos como antes, que aunque siendo muy buenos no nos hicieron olvidar el maravilloso de nana Cándida.

Nadie supo nunca qué era en realidad aquel polvo blanco y brillante, con reflejos dorados. Las vecinas aún andan discutiendo: que si azúcar, que si azúcar y canela, que si una especia desconocida en occidente…

Hoy en día, a pesar de que han pasado más de veinte años, durante las noches claras sigo mirando las estrellas. Busco la que más brilla y juraría que a veces he visto caer sobre el alfeizar de mi ventana un polvo blanco y brillante, con reflejos dorados.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “El bizcocho mágico de nana Cándida” con la voz de Angie Bello Albelda

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Pellejo de asno

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Ilustración: Black Fury

Érase un maravilloso reino, el más poderoso de la tierra, en el que se vivía con la mayor tranquilidad. Su prosperidad no dejaba nada que desear, pues con las cualidades de los ciudadanos brillaban las artes, la industria, y el comercio. La reina era encantadora y tanto atractivo tenía su ingenio e inteligencia, que el rey no podía soñar con ser más dichoso con otra persona a su lado. Además, ambos tenían una hija que aunaba en sí las cualidades de sus progenitores.

El palacio que habitaban era magnífico y sus cuadras estaban llenas de briosos caballos enjaezados con oro y con bordados. Pero no eran los corceles, por cierto, los que atraían las miradas de los que visitaban las caballerizas, sino un asno; que en el centro del gran recinto erguía con arrogancia sus largas orejas. Bien merecía tal preeminencia, puesto que tenía el don de que todo lo que comía salía después de su cuerpo transformado en relucientes monedas de oro.

Pero esta paz y alegría, se vio turbada a causa de una terrible enfermedad que contrajo la reina y que se fue agravando a pesar de probar todos los remedios de la ciencia y de consultar a los médicos más afamados. Al comprender la enferma que se aproximaba su última hora, llamo al rey y le dijo:

—Antes de morir quiero suplicarte que si cuando yo muera quieres volver casarte, lo hagas solo con una mujer que me supere en todos los aspectos.

Anegado en llanto, el rey lo juró y poco después la reina exhaló el último suspiro en sus brazos.

El dolor enloqueció de tal forma al monarca que poco tiempo después anunció que se casaría con la mujer que superara en todos los aspectos las cualidades de su difunta esposa. Mandó comparecer ante él a todas las jóvenes solteras de la corte, pero ninguna le pareció mejor que su amada perdida y a todas rechazó.

Cierto día, el rey acabó de dar evidentes muestras de su locura al afirmar que la princesa que vivía en su palacio superaba, en todos los aspectos, a la reina desaparecida y que ella sería su nueva esposa. Los cortesanos intentaron hacerle comprender que tal boda era imposible, ya que la princesa era su propia hija, pero como es difícil de hacer entrar en razón a un loco, el rey vociferó que él no tenía hijas.

La pobre princesa, al saber lo que ocurría, consultó a su madrina, la más poderosa de las hadas:

—Por desgracia, tu padre ha perdido la razón y no conviene que le lleves la contraria abiertamente. Dile que antes de acceder a ser su esposa, quieres un vestido más azul que el cielo y no podrá dártelo.

La princesa siguió el consejo del hada, pero el rey convocó a todas las modistas de la corte y, bajo pena de muerte, les ordenó que cosieran un vestido más azul que el cielo. Azuzadas por el miedo, se pusieron manos a la obra y a los dos días ya habían confeccionado el vestido. La princesa, con lágrimas en los ojos, se vio obligada a reconocer que su deseo había quedado satisfecho.

Su madrina, le dijo entonces:

—Pide un vestido más brillante que la luna y no podrá dártelo.

Apenas la princesa hizo la demanda, el rey dio órdenes para que se cumpliera el mandato y en el plazo señalado la princesa tuvo un vestido que eclipsaba el brillo de la luna.

Al verlo, la madrina murmuró al oído de su ahijada:

—Pide un vestido más deslumbrante que el sol y no podrá dártelo.

Apenas la princesa hizo la demanda, el rey dio órdenes para que se cumpliera el mandato y antes de finalizar la semana, el reluciente vestido estuvo listo.

La princesa estaba ya desesperada. La madrina le dijo entonces:

—Mientras posea el asno que llena sus arcas de monedas de oro, podrá satisfacer todos tus deseos, así que pídele el pellejo de ese asno y como de él saca sus riquezas, no te lo dará.

La princesa hizo lo que el hada le aconsejaba, pero el rey, sin vacilar ni un instante, mandó sacrificar el animal, despellejarlo y llevar la piel a la joven que, completamente abatida, ya no supo qué pedir.

Animada por su madrina, se disfrazó y huyó de palacio:

—Aquí tienes —le dijo el hada—, un baúl mágico que te seguirá bajo tierra y en el que caben todas tus pertenencias. También te doy mi varita mágica. Llévala siempre contigo y cuando necesites el baúl, toca el suelo con ella para que aparezca. Y para que nadie te reconozca, cúbrete con el pellejo del asno; no podrán sospechar que bajo tan horrible disfraz se oculta una princesa.

En cuanto el rey se enteró de su ausencia, envió mensajeros por todo el planeta, pero ninguno pudo averiguar su paradero.

Entretanto, la princesa continuaba su camino. Se detenía en todas las casas para preguntar si necesitaban una criada, pero nadie quería tomarla a su servicio, tan terrible era su aspecto con aquel pellejo de asno. Siguió andando y andando, y se fue lejos, muy lejos, hasta que, al fin, llegó a una alquería, propiedad de un poderoso rey, en la que necesitaban a alguien que barriera, fregara y limpiara la pocilga y allí empezó a servir.

Trabajaba sin descanso y el día que tenía fiesta, entraba en el cuartucho que le habían destinado en la pocilga, cerraba la puerta, se quitaba el pellejo de asno y se engalanaba con su vestido de luna, con el de sol o con el de cielo y, mirándose en el espejo, recordaba su vida anterior.

El hijo del rey iba con frecuencia a la alquería al regresar de caza, y allí descansaba antes de seguir el viaje a palacio. Un día, Pellejo de asno lo vio y se enamoró de él:

—¡Ay! Ojalá me hubiese regalado él un vestido, que aunque hubiera sido del más basto tejido, me hubiera parecido mejor que el cielo, la luna y el sol.

Pasaron los días, y volvió el príncipe a la alquería. Paseaba por su propiedad, cuando al pasar ante el cuartucho miserable de Pellejo de asno, que aquel día tenía fiesta, un reflejo atrajo su atención y se le ocurrió mirar por el ojo de la cerradura; entonces vio a una joven vestida con un traje de sol, que lo dejó deslumbrado y el príncipe sintió que se enamoraba.

Tres veces levantó el brazo para abrir la puerta, pero otras tantas lo contuvo el miedo de hallarse ante un hada. Se marchó pensativo y triste y desde aquel día perdió el apetito. Al final, se decidió y preguntó el nombre de aquella criatura admirable que vivía en el fondo del corral y le dijeron que la llamaban Pellejo de asno, a causa de la piel con la que siempre iba vestida. Y le advirtieron que de admirable no tenía nada y que más parecía una horrible fiera.

Por más que lo advirtieron, no lo quiso creer, pues tenía grabada la imagen de la princesa en su corazón. Lloraba sin cesar y languidecía. En vano le preguntaron qué le ocurría, pues el príncipe permanecía mudo y se negaba a comer; solo dijo que si Pellejo de asno le hacía la comida comería. Así que se dio la orden.

Pellejo de asno se encerró en su habitación, se puso sus mejores galas y un delantal de plata y empezó a cocinar Mientras trabajaba, uno de los anillos que se había puesto se le cayó del dedo, no se sabe si por casualidad o expresamente, pero el caso es que fue a parar dentro del plato y cuando le sirvieron la cena al príncipe, este estuvo a punto de tragárselo. Lleno de alegría guardó la sortija, de la que no volvió a separarse.

Pasaron los días y el mal del príncipe iba en aumento. Se consultó a los más eminentes médicos, que diagnosticaron que estaba enfermo de amor y aconsejaron casarlo. El príncipe estuvo de acuerdo, pero añadió:

—Solo me casaré si me acepta la joven en cuyo dedo se ajuste este anillo a la perfección.

Grande fue la sorpresa del rey y de la reina al oír tan extraña exigencia, pero como el príncipe estaba muy grave, no se atrevieron a contrariarlo e inmediatamente anunciaron por todo el reino tan extravagante demanda.

Todas las chicas se dispusieron a hacer la prueba. Se empezó por las princesas, después las duquesas, marquesas, condesas y baronesas, pero el anillo era demasiado estrecho para todos los dedos.

Después fueron compareciendo las demás jóvenes, pero todos los intentos resultaron inútiles.

Llegó el turno de las criadas y fregonas, pero el anillo seguía sin encontrar dedo.

Ya no quedaba nadie que pudiera probárselo y todos creyeron que el príncipe acabaría muriendo de pena. Pero este, cuando ya no quedaba ni una chica dijo que faltaba Pellejo de asno y aunque le advirtieron que era imposible que a un monstruo semejante le pudiera ir bien la delicada sortija, el insistió.

Se enviaron mensajeros a la alquería para que Pellejo de asno se probara el anillo, y cuando comprobaron que se ajustaba perfectamente a su dedo, los cortesanos no acertaban a salir de su asombro.

Le dijeron entonces que debía presentarse ante el rey y le aconsejaron, con una sonrisa burlona, que intentara arreglarse un poco. Pellejo de asno se mudó y las caras burlonas se trocaron en exclamaciones de admiración cuando la vieron lucir aquel vestido que brillaba más que el sol.

Inmediatamente se dieron las órdenes para que se celebrara la boda, a la que fueron invitados todos los monarcas de los países vecinos, entre los que se contaba el padre de Pellejo de asno, que ya había recobrado la razón y no cabía en sí de alegría al encontrar a su hija, a la que ya creía perdida para siempre.

Desde aquel día, el reino de la princesa y el reino del príncipe, quedaron felizmente unidos para siempre.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Pellejo de asno” con la voz de Angie Bello Albelda

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Bubo, el búho cabreado

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Ilustración: Jan JN

Para Jan JN, un gran artista de 7 años que con su ilustración, “El búho cabreado” , inspiró este cuento.

Bubo no fue siempre un búho cabreado. Algunos cuentan que lo habían visto reír y que tenía muchos amigos.

Vivía en un nogal centenario que compartía con una lechuza sabia, una pareja de ardillas, tres laboriosos escarabajos peloteros y una termita gourmet, que había consagrado toda su vida a los placeres de la buena mesa. Pero para Bubo todo cambió una noche en la que la Luna empezó a menguar.

Aquel día, al mirar al cielo, Bubo se puso de muy mala luna y a partir de entonces, estar cerca de él fue imposible. Se comportaba tan mal que, poco a poco, todos se fueron apartando de su lado, hasta que se quedó completamente solo.

Y eso le ocurrió porque no supo querer…

Desde muy joven, Bubo miraba a la Luna con sus grandes ojos redondos y de tanto mirarla, se enamoró de ella. A todas horas soñaba con su blanco resplandor; estaba fascinado por su pálida belleza y por su personalidad cambiante.

Empezó a escribirle apasionados poemas y a ulularle dulces baladas. Le juró amor eterno y talló sobre el tronco del viejo nogal un corazón con sus nombres entrelazados.

Tanto y tanto insistió, que la Luna, conmovida, acabó por aceptar su amor y cada día, al caer la noche, acariciaba dulcemente las plumas de Bubo con sus níveos rayos y permanecía a su lado hasta que el Sol la eclipsaba. Entonces, depositaba un último beso albo sobre el pico del búho enamorado y se despedía dulcemente.

Todo parecía muy hermoso. Todos parecían muy felices…

Pero, ¡ay!, solo lo parecía, porque llegó el día en el que Bubo le recriminó a la Luna aquellos cambios que no hacía mucho lo habían enamorado y una noche en la que su amada menguaba el búho le exigió:

Luna, lunera,
dulce compañera,
no te quiero menguante
que te quiero entera.

Naturalmente, la Luna no podía cambiar su forma de ser solo porque a Bubo le diera la gana. Así, que se armó de paciencia y le dijo:

¡Ay! Bubo querido,
si tú me quisieras
no me cambiarías
y tal como soy
tú me aceptarías.

Bubo no atendió a razones y empezó a romper las ramas del árbol en el que había construido su hogar:

¡Haz lo que te diga!
¡Eres solo mía!

Al oír los gritos, las dos ardillas le afearon su proceder. Después, recogieron sus cosas, se mudaron siete nogales más abajo y le retiraron su amistad para siempre.

Desde la rama más alta, se oyó la voz de la sabia lechuza:

Ya verás, búho Bubo,
como por ser tan bobo,
te vas a quedar solo.

Al calmarse, Bubo, muy avergonzado, pidió humildemente perdón a la Luna y ella lo perdonó.

Parecía que las cosas habían vuelto a la normalidad, pero ¡ay!, solo lo parecía, porque cuando la Luna, siguiendo su ciclo, desapareció de cielo, los gritos de Bubo volvieron a resonar por todo el bosque:

Luna, lunera,
dulce compañera
no te quiero nueva
que te quiero entera.

La Luna, armándose nuevamente de paciencia, le dijo:

¡Ay! Bubo querido,
si tú me quisieras
no me cambiarías
y tal como soy
tú me aceptarías.

Y de nuevo, el búho destrozó las ramas del nogal, gritó y se enfureció:

¡Haz lo que te diga!
¡Eres solo mía!

Hartos de aquel violento vecino, los tres escarabajos le recriminaron su fea actitud y como única respuesta, Bubo les lanzó una nuez, que fue a dar de lleno en la cabeza de Aristóteles, el escarabajo más joven, que quedó tendido en el suelo sin sentido y patas arriba.

Alarmados, Platón y Sócrates, sus dos hermanos, lo colocaron sobre una hoja y lo arrastraron lejos de aquel lugar para curar sus heridas, decididos a no volver jamás.

Desde la rama más alta del nogal, volvió a oírse la advertencia de la lechuza:

Ya verás, búho Bubo,
como por ser tan bobo,
te vas a quedar solo.

Pasado el enfado, Bubo, llorando, suplicó que lo perdonaran y prometió que jamás volvería a comportarse de aquel modo. Y, de nuevo, lo perdonaron.

Pero pronto olvidó sus promesas, porque pasados unos días, cuando la Luna empezó a crecer muy despacito y de ella solo se veía un hilito blanco sobre el fondo negro del cielo nocturno, Bubo le gritó impaciente:

Luna, lunera,
dulce compañera
no te quiero creciente
que te quiero entera.

La Luna le recordó nuevamente:

¡Ay! Bubo querido,
si tú me quisieras
no me cambiarías
y tal como soy
tú me aceptarías.

Pero Bubo, sin atender a razones, se puso a gritar:

Haz lo que te digaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa,
¡Eres solo míaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!

Y aquella vez, con aquel espeluznante alarido, hasta el mismísimo nogal tembló. En su interior, la pobre termita se atragantó con una astilla. Creyó que alguien estaba talando el centenario tronco y sin recoger sus cosas ni mirar hacia atrás, se alejó corriendo de allí y no paró hasta tres bosques después.

En la rama más alta, resonó la advertencia de la sabia lechuza:

Ya verás, búho Bubo,
como por ser tan bobo,
te vas a quedar solo.

Recuperada la calma, Bubo se disculpó y aunque muy molestos por su actitud, volvieron a perdonarlo.

Fueron pasando los días y la Luna creció y creció, hasta que volvió a lucir redonda, preciosa y brillante.

Al verla, Bubo exclamó entusiasmado:

Luna, lunera,
dulce compañera
eso es lo que quiero:
¡que luzcas entera!
Siempre así estarás,
y no cambiarás.
Haz lo que te diga,
¡eres solo mía!

Pero aquella vez, la Luna, harta de las exigencias de Bubo, le respondió:

Búho cabreado,
hasta aquí he llegado.
Al fin lo has logrado,
también yo me he hartado.
Tú te lo has buscado,
¡te dejo plantado!

 Y recogiendo todos sus rayos, se fue a alumbrar a otro lugar.

Desde la rama más alta del nogal, se oyó a la sabia lechuza:

Ya lo has visto, búho Bubo,
por ser tan bobo,
¡te has quedado solo!
No escuchaste mi consejo.
Yo también me alejo.

Y añadió:

—De nada sirve ladrar a la Luna, porque las cosas que no pueden ser, no son y además no lo serán jamás por mucho que tú te enfades, grites y lo rompas todo. Aprende a conformarte y ama lo que tienes.

Y mientras le daba este último consejo, la sabia lechuza se alejó volando, perdiéndose en la oscura noche.

FIN

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Un matrimonio muy bien avenido

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Ilustración: Luigi Lucarelli

Don Pepe y Doña Fina vivían juntos y felices desde ya nadie era capaz de recordar cuándo, pero debía de hacer muchísimo tiempo, porque casi todas las fotos de su álbum de recuerdos eran en blanco y negro.

Los dos ancianitos formaban un matrimonio perfecto y en su pueblo eran famosos por lo mucho que se querían y por lo bien que se llevaban. Ambos eran, como se suele decir, un matrimonio muy bien avenido.

Una fría tarde de invierno, estaban los dos acurrucados bajo la mantita azul de cuadros que compartían, sentados en el sofá de terciopelo verde que colocaban frente a la chimenea del salón cuando empezaban los primeros fríos. Contemplaban, medio adormecidos, el chisporroteo de la chimenea cuando Don Pepe, de repente, abrió mucho los ojos y, muy excitado, se dirigió a su esposa:

—Fina de mi vida, ¡mañana es nuestro aniversario de boda! En un día tan señalado y especial, no puede faltarnos tu rico bizcocho, dulce y calentito, para celebrarlo.

—Pepe de mi alma, ¡es verdad! ¡Mañana es nuestro aniversario! ¡No puede faltar mi bizcocho!

—¿Harás ese bizcocho tan rico que solo tú sabes hacer?

—¡Ay, Pepe!, con gusto te lo haría, pero el caso es que no queda ni una pizca de harina.

—¿Harina? ¡No hay problema! ¡Ahora mismo voy a comprar harina!

Y dicho y hecho. Se sacó el batín, se calzó sus botas, se abotonó el abrigo, se caló el sombrero, cogió su bastón y se dirigió a la panadería.

Con el paquete de la mejor harina bajo el brazo, regresó rápidamente a su casa.

—¡Finaaaaaaaaaaaaa, mi amor! Aquí traigo harina para que hagas tu bizcocho, dulce y calentito, para celebrar nuestro aniversario.

—Pepe, ¡qué bien que has traído la harina! Con gusto te haría el bizcocho que me pides, pero el caso es que tampoco queda azúcar.

—¿Azúcar? ¡No hay problema! ¡Ahora mismo voy a comprar azúcar!

Y dicho y hecho. Se sacó el batín, se calzó sus botas, se abotonó el abrigo, se caló el sombrero, cogió su bastón y se dirigió al supermercado.

Con la bolsa del azúcar más refinado bajo el brazo, regreso rápidamente a su casa.

—¡Finaaaaaaaaaaaaa, mi amor! Aquí traigo azúcar para que hagas tu bizcocho, dulce y calentito, para celebrar nuestro aniversario.

—Pepe, ¡qué bien que has traído el azúcar! Con gusto te haría el bizcocho que me pides, pero el caso es que no queda ni un solo huevo.

—¿Huevos? ¡No hay problema! ¡Ahora mismo voy a comprar huevos!

Y dicho y hecho. Se sacó el batín, se calzó sus botas, se abotonó el abrigo, se caló el sombrero, cogió su bastón y se dirigió a la huevería.

Con los huevos más gordos y frescos bajo el brazo, regreso rápidamente a su casa.

—¡Finaaaaaaaaaaaaa, mi amor! Aquí traigo huevos para que hagas tu bizcocho, dulce y calentito, para celebrar nuestro aniversario.

—Pepe, ¡qué bien que has traído los huevos! Con gusto te haría el bizcocho que me pides, pero el caso es que tampoco queda ni una pizca de levadura.

—¿Levadura? ¡No hay problema! ¡Ahora mismo voy a comprar levadura!

Y dicho y hecho. Se sacó el batín, se calzó sus botas, se abotonó el abrigo, se caló el sombrero, cogió su bastón y se dirigió a la tienda de la esquina.

Con la levadura bajo el brazo, regreso rápidamente a su casa.

—¡Finaaaaaaaaaaaaa, mi amor! Aquí traigo levadura para que hagas tu bizcocho, dulce y calentito, para celebrar nuestro aniversario.

—Pepe, ¡qué bien que has traído la levadura! Con gusto te haría el bizcocho que me pides, pero con tanto viaje arriba y abajo estoy completamente agotada y, como ya se ha hecho muy tarde, ahora mismo me voy a la cama. ¡Mañana será otro día! ¡Que tengas muy buena noche!

—¿Agotada? ¡No hay problema! ¡Tú vete a dormir, que yo ya me encargo de todo!

Y dicho y hecho. Se sacó el batín, se puso un largo delantal, entró en la cocina y allí se puso a amasar la harina, junto a los huevos, la levadura y el azúcar. Después, puso la masa a hornear.

A la mañana siguiente, el bizcocho estaba listo. Don Pepe lo colocó en una bandeja, junto a dos cafés recién hechos, y se dirigió al dormitorio.

—¡Finaaaaaaaaaaaaa, mi amor! ¡Muy buenos días! Abre los ojos, esposa de mi alma!, que aquí traigo tu bizcocho recién salido del horno, dulce y calentito, para celebrar nuestro aniversario.

—Pepe, de mi corazón, ¡feliz aniversario!

Y muy juntitos, arrebujados bajo las mantas, Don Pepe y Doña Fina, disfrutaron de un suculento desayuno para celebrar su aniversario. Tal y como debe hacerlo un matrimonio muy bien avenido.

FIN

 Receta del bizcocho de Doña Fina:

Ingredientes:

  • 400g de harina
  • 320g de azúcar
  • 4 huevos
  • Un sobre de levadura
  1. Separar las yemas de las claras de los huevos y batir muy bien las yemas. Seguidamente, incorporar, poco a poco, el azúcar, hasta conseguir una masa sin grumos.
  2. Mezclar bien la harina con la levadura y unirlo a la masa anterior, sin parar de remover, para que el bizcocho quede bien esponjoso.
  3. Batir las claras del huevo a punto de nieve, en un recipiente aparte, y añadirlas, muy despacio, a la masa anterior.
  4. Colocar el bizcocho en el horno, previamente precalentado a 180º, y dejar hornear entre 40 y 45 minutos.
  5. Pasado ese tiempo, entreabrir el horno durante 10 minutos para que el aire frío entre poco a poco. De este modo, evitaremos que la masa baje de golpe a causa de la diferencia brusca de temperatura. Pasados los diez minutos, se saca del horno y se deja enfriar, a ser posible sobre una rejilla.
  6. ¡A comer! y ¡Buen provecho!

Si quieres, también puedes escuchar “Un matrimonio muy bien avenido” con la voz de Frederick Engel y Angie Bello Albelda

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La extraña aventura de Liú

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En el gran lago Tung-Ting habitan, como se sabe, genios de las aguas. Estos seres son alegres y juguetones. Se burlan de los pescadores y asustan a los marineros, pero no hacen daño a nadie.

A menudo, los genios del lago se apoderan de las barcazas ancladas en los puertos y las utilizan para sus fiestas. Estas barcas, llamadas juncos, se sueltan misteriosamente de las amarras que las mantienen atadas a los muelles y, sin que nadie lo advierta, empiezan a navegar a la deriva. Los marineros aconsejan entonces a los viajeros que se escondan en el fondo de la embarcación y que cierren los ojos. Si se hace esto, nadie sufre daño alguno, porque los genios, una vez terminada la fiesta, conducen de nuevo el junco a sus amarras. La presencia de los genios se advierte porque se oye una música suave y deliciosa.

Una noche, a bordo de un junco se encontraba un estudiante llamado Liú, volvía de la ciudad vecina, muy triste y preocupado porque los exámenes para ser poeta de la corte no le habían ido como esperaba. Estaba sentado en la proa, pensando en su fracaso, cuando empezó a oírse una música suave que provenía de las olas. Todos corrieron a esconderse y se taparon los ojos con las manos, pero Liú no se movió. Inútiles fueron los consejos de los marineros de que se escondiese y se tapase los ojos. El joven estaba tan amargado, que no le importaban los peligros. Estaba dispuesto a desafiar no solo a los genios del agua, sino a todos los genios del mundo. Se escondió detrás de un rollo de cables y se dispuso a mirar el espectáculo de la fiesta de los genios, de la cual tanto había oído hablar. La música se oía cada vez más cercana y el aire se iba cargando de dulces perfumes. Sobre la cubierta del junco se iban delineando las figuras de los danzarines. En torno a ellos, se veía un cortejo de gente que vestía de gala. Todos llevaban vistosos trajes de terciopelo, sombreros con grandes plumas y calzaban zapatos que relucían como espejos.

El joven miraba asombrado el espectáculo que se desarrollaba ante sus ojos. Una de las bailarinas, que llevaba un traje de color del ave del paraíso y escarpines rojos, pasó tan cerca de Liú, que este no pudo contenerse. Se había quedado prendado del arte de la muchacha y, sin poder evitarlo, alargó la mano y tomó por el brazo a la joven.

—Dime, ¿cómo te llamas? ¿De dónde eres?

Sin responder, la danzarina trató de desasirse, y en el forcejeo se desgarró el vestido. Un trozo de la manga de seda roja quedó en la mano de Liú, que solo en ese momento pudo apreciar la gravedad de su imprudencia.

Cesó el baile. Todos se quedaron mudos. Se produjo un silencio de muerte. Nadie se movía. Todos miraban al intruso. Liú no sabía qué hacer. Había cometido una doble falta. En primer lugar, por haber permanecido sobre la cubierta en lugar de refugiarse en el fondo de la nave, como le habían aconsejado los marineros, y en segundo lugar, por haberse atrevido a tocar a una de las bailarinas.

¿Qué sucedería ahora? ¿Cuál sería su castigo? ¿Lo arrojarían al mar? ¿Y si eso llegaba a ocurrir, se atreverían los marineros a socorrerlo?

—No hay duda de que la mala suerte me persigue hoy —dijo el joven, con evidente pesadumbre.

En ese instante, aparecieron veinte guardias y el que parecía el jefe ordenó:

—¡Llevadlo ante el Rey!

Con las manos atadas, el joven fue conducido al pie de un trono, desde el cual un imponente personaje le gritó:

—Has osado tocar el vestido de una de las bailarinas. ¿Sabes la pena que te espera? Prepárate a morir. Serás arrojado a las aguas por atrevido.

Liú no se turbó en lo más mínimo. Con calma respondió:

—Si no me equivoco, eres el rey del lago Tung-Ting. He oído hablar de ti. Sé que eres un genio amable y generoso. Pero si has decidido ser cruel conmigo, acepto mi destino. Está visto que hoy es el día más desgraciado de mi vida. Quizá sea mejor que acabe mi triste existencia.

Lleno de curiosidad, el genio del lago preguntó:

—¿Es posible que a tu edad sufras tanto?

—Todos los poetas sufrimos.

—¡Ah! ¿Así que eres poeta? Bien, entonces te someteré a una prueba. Si compones un poema que me haga reír, perdonaré tu falta.

Con un fino pincel mojado en tinta china el joven se puso a escribir inspiradamente. Cuando terminó, el rey empezó a leer y una sonrisa iluminó su rostro. A medida que leía, su sonrisa se acentuaba, y al acabar de leer el poema ya se reía a carcajadas.

—Tienes razón —dijo el genio del lago—, eres un gran poeta. Y como premio por tu ingenio, no solo perdono tu falta, sino que recibirás un regalo.

Dos servidores pusieron a los pies de Liú diez kilos de oro puro y una escuadra de carpintero de cristal de roca.

Antes de despedirse y desaparecer  con toda su corte, el genio del lago le dijo al joven:

—Si en medio del lago estás en peligro, esta escuadra te salvará.

Cuando al fin cesó la música, todos abrieron los ojos y subieron a cubierta. Los genios se habían marchado y sobre las aguas reinaba el más absoluto silencio. La nave reanudó su viaje rumbo al norte.

Liú permanecía sentado en la proa pensado en la bailarina. No contó a nadie lo que le había sucedido.

El día siguiente amaneció nublado. En vez de aclarar, el cielo se oscurecía cada vez más y más. Las aguas del lago se agitaban con furia e iban adquiriendo un color plomizo. Empezó a soplar un viento que se volvía cada vez más violento.

—¡Pobres de nosotros! -exclamó el capitán-; no podremos librarnos de la tormenta.

La terrible tempestad se desencadenó con tanta violencia que casi todos los juncos que navegaban en el lago fueron engullidos por las olas.

Liú, siempre en la proa, apretaba con ambas manos la escuadra de cristal que le había regalado el Genio del Lago y la alzaba contra el viento. El prodigio no se hizo esperar. Las ráfagas de viento amainaban en cuanto se acercaban al junco, y las olas furiosas se detenían antes de golpear contra el casco. De este modo, la embarcación pudo llegar al puerto.

Cuando desembarcó, Liú guardó en un cajón la escuadra y ya no se preocupó de los exámenes ni se acordó de su fracaso. Se olvidó por completo de su poesía y, con el oro que le había regalado el genio, se dedicó al comercio y obtuvo grandes éxitos, sin embargo, no era feliz.

Un día, mientras se encontraba haciendo negocios en la ciudad de Wuchang, oyó hablar del extraño caso de una muchacha de la que estaban enamorados todos los jóvenes de la región, pero si alguno le pedía matrimonio, la respuesta era que solo concedería su mano al pretendiente que poseyese un objeto igual al que ella poseía.

—¿Y qué objeto es? —preguntó Liú.

—Una escuadra de carpintero hecha de cristal de roca.

Al oír tal respuesta, Liú viajó hasta su casa, tomó la escuadra que le había regalado el Genio del Lago y regresó a toda prisa a Wuchang; se dirigió al palacio y pidió audiencia.

La joven lo recibió con una sonrisa, que reflejaba en su hermoso rostro una alegría incomparable. En su mano llevaba una escuadra idéntica a la del joven. Se acercó a él y le dijo:

—¿Por qué has tardado tanto, Liú?

Con gran asombro, el joven vio que aquella chica que le sonreía vestía un traje del color del ave del paraíso y llevaba  escarpines  rojos. Una de las mangas del vestido estaba desgarrada; le faltaba un trozo de seda.

Liú creía estar soñando. La joven, al notar su asombro, sonrió burlonamente.

—¿Por qué me miras así? ¿Me reconoces? ¿Crees haberme visto alguna vez?

Cuando el joven pudo finalmente responder, exclamó jubiloso:

—¡Eres la danzarina que bailaba sobre el junco aquella noche!

—Sí, soy yo, Loto Naciente. La danzarina a quien desgarraste el vestido cuando intentaste atraparla. Quedé tan impresionada de tu ingenio de poeta que me enamoré de ti. Para poder encontrarte, el Genio del lago me dio una escuadra igual a la que te regaló a ti.

Liú pensó en todo lo que había ocurrido en su vida. Durante sus años de estudiante había pasado muchos días angustiado. No podía comprender los complicados libros de ciencia; él era poeta. Le gustaba componer versos en los que cantaba al cielo, a las nubes, a la luna, al mar y a los prados floridos en primavera y luego había abandonado la poesía y había sido muy infeliz. Pero ahora, la poesía lo recompensaba con la aparición de la bella Loto Naciente.

Liú no pudo pronunciar palabra. El estupor lo había enmudecido. Solo atinó a besar la mano de su amada. Felices, se dirigieron al puerto para regresar a su hogar y desplegaron las velas para la partida.

Durante la travesía, el lago permaneció sereno y la nave llegó a buen puerto. Ninguna nube empañó el cielo aquellos días, y la vida de aquella pareja también continuó así, como un cielo limpio y despejado, durante muchos, muchísimos años.

FIN