Andersen

El cofre volador

Ilustración: Anne Anderson

Érase una vez un comerciante tan rico, que habría podido empedrar toda la calle con monedas de plata, y aún casi un callejón por añadidura; pero se guardó de hacerlo, pues el hombre conocía mejores maneras de invertir su dinero, y cuando daba un ochavo era para recibir un escudo. Fue un mercader muy listo… y luego murió.

Su hijo heredó todos sus caudales, y vivía alegremente: todas las noches iba al baile de máscaras, hacía cometas con billetes de banco y arrojaba al agua panecillos untados de mantequilla y lastrados con monedas de oro en vez de piedras. No es extraño, pues, que pronto se terminase el dinero; al fin a nuestro mozo no le quedaron más que cuatro perras gordas, y por todo vestido, unas zapatillas y un viejo batín. Sus amigos lo abandonaron; no podían ya ir juntos por la calle; pero uno de ellos, que era un bonachón, le envió un viejo cofre con este aviso: «¡Embala!». El consejo era bueno, desde luego, pero como nada tenía que embalar, se metió él en el baúl.

Era un cofre curioso, echaba a volar en cuanto se apretaba la cerradura. Y así lo hizo; en un santiamén, el muchacho se vio por los aires metido en el cofre, después de salir por la chimenea, y se elevó hasta las nubes, vuela que te vuela. Cada vez que el fondo del baúl crujía un poco, a nuestro hombre le entraba pánico; si se desprendiesen las tablas, ¡vaya salto! ¡Dios nos ampare!

De este modo llegó a tierra de turcos. Escondió el cofre en el bosque, entre hojarasca seca, y se encaminó a la ciudad; no llamó la atención de nadie, pues todos los turcos vestían batín y pantuflas también. Se encontró con un ama que llevaba un niño:

—Oye, nodriza —preguntó—, ¿qué es aquel castillo tan grande, junto a la ciudad, con ventanas tan altas?

—Allí vive la hija del rey —respondió la mujer—. Se le ha profetizado que cuando se enamore será desgraciada. Por eso no dejan que nadie se le acerque, si no es en presencia del rey y la reina.

—Gracias —dijo el hijo del mercader, y volvió a su bosque. Se metió en el cofre y levantó el vuelo; llegó al tejado del castillo y se introdujo por la ventana en las habitaciones de la princesa.

Estaba ella durmiendo en un sofá; era tan hermosa, que el mozo no pudo reprimirse y le dio un beso. La princesa despertó asustada, pero él le dijo que era el dios de los turcos, llegado por los aires; y esto la tranquilizó.

Se sentaron uno junto al otro, y el mozo se puso a contar historias sobre los ojos de la muchacha. Decía que eran como lagos oscuros y maravillosos, por los que los pensamientos nadaban cual ondinas; luego historias sobre su frente, que comparó con una montaña nevada, llena de magníficos salones y cuadros; y luego le habló de la cigüeña, que trae a los niños pequeños.

Sí, eran unas historias muy hermosas, realmente. Luego pidió a la princesa si quería ser su esposa y ella le dio el sí sin vacilar.

—Pero tendréis que volver el sábado —añadió—, pues he invitado a mis padres a tomar el té. Estarán orgullosos de que me case con el dios de los turcos. Pero mira de recordar historias bonitas, que a mis padres les gustan mucho. Mi madre las prefiere edificantes y elevadas y mi padre las quiere divertidas, pues le gusta reírse.

—Bien, no traeré más regalo de boda que mis cuentos —respondió él, y se despidieron; pero antes, la princesa le regaló un sable adornado con monedas de oro. ¡Y bien que le vinieron al mozo!

Se marchó en volandas, se compró una nueva bata y se fue al bosque, donde se puso a componer un cuento. Debía estar listo para el sábado y la cosa no es tan fácil.

Cuando lo tuvo terminado, era ya sábado.

El rey, la reina y toda la corte lo aguardaban para tomar el té en compañía de la princesa. Lo recibieron con gran cortesía.

—¿Vais a contarnos un cuento —preguntó la reina—, uno que tenga profundo sentido y sea instructivo?

—Pero que al mismo tiempo nos haga reír —añadió el rey—.

—De acuerdo —respondió el mozo y comenzó su relato.

Y ahora mucha atención…

«Érase una vez un haz de fósforos que estaban en extremo orgullosos de su alta estirpe; su árbol genealógico, es decir, el gran pino, del que todos eran una astillita, había sido un añoso y corpulento habitante del bosque. Los fósforos se encontraban ahora entre un viejo eslabón y un puchero de hierro no menos viejo, al que hablaban de los tiempos de su infancia.

—¡Sí, cuando nos hallábamos en la rama verde —decían— estábamos realmente en una rama verde! Cada amanecer y cada atardecer teníamos té diamantino: era el rocío; durante todo el día nos daba el sol, cuando no estaba nublado, y los pajarillos nos contaban historias. Nos dábamos cuenta de que éramos ricos, pues los árboles de fronda solo van vestidos en verano; en cambio, nuestra familia lucía su verde ropaje, lo mismo en verano que en invierno. Mas he aquí que se presentó el leñador, la gran revolución, y nuestra familia se dispersó. El tronco fue destinado a palo mayor de un barco de alto bordo, capaz de circunnavegar el mundo si se le antojaba; las demás ramas pasaron a otros lugares y a nosotros nos ha sido asignada la misión de suministrar luz a la baja plebe; por eso, a pesar de ser gente distinguida, hemos venido a parar a esta cocina.

»—Mi destino ha sido muy distinto —dijo el puchero a cuyo lado yacían los fósforos—. Desde el instante en que vine al mundo, todo ha sido estregarme, ponerme al fuego y sacarme de él; yo estoy por lo práctico y, modestia aparte, soy el número uno en la casa. Mi único placer consiste, terminado el servicio de mesa, en estarme en mi sitio, limpio y bruñido, conversando sesudamente con mis compañeros; pero si exceptúo al balde, que de vez en cuando baja al patio, puede decirse que vivimos completamente retirados. Nuestro único mensajero es el cesto de la compra, pero ¡se exalta tanto cuando habla del gobierno y del pueblo!; hace unos días, un viejo puchero de tierra se asustó tanto con lo que dijo, que se cayó al suelo y se rompió en mil pedazos. Yo os digo que este cesto es un revolucionario; y si no, al tiempo.

»—¡Hablas demasiado! —intervino el eslabón, golpeando el pedernal, que soltó una chispa—. ¿No podríamos echar una cana al aire, esta noche?

»—Sí, hablemos —dijeron los fósforos—, y veamos quién es el más noble de todos nosotros.

»—No, no me gusta hablar de mi persona —objetó la olla de barro—. Organicemos una velada. Yo empezaré contando la historia de mi vida y luego los demás harán lo mismo; así no se embrolla uno y resulta más divertido. En las playas del Báltico, donde las hayas que cubren el suelo de Dinamarca…

»—¡Buen principio! —exclamaron los platos—. Sin duda, esta historia nos gustará.

»—…pasé mi juventud en el seno de una familia muy reposada; se limpiaban los muebles, se restregaban los suelos y cada quince días colgaban cortinas nuevas.

»—¡Qué bien se explica! —dijo la escoba de crin—. Diríase que habla un ama de casa; hay un no sé qué de limpio y refinado en sus palabras.

»—Exactamente lo que yo pensaba —asintió el balde, dando un saltito de contento que hizo resonar el suelo.

»La olla siguió contando, y el fin resultó tan agradable como había sido el principio.

»Todos los platos castañetearon de regocijo y la escoba sacó del bote unas hojas de perejil y con ellas coronó a la olla, a sabiendas de que los demás rabiarían. «Si hoy le pongo yo una corona, mañana me pondrá ella otra a mí», pensó.

»—¡Voy a bailar! —exclamó la tenaza y, ¡dicho y hecho! ¡Dios nos ampare, cómo levantaba la pierna! La vieja funda de la silla del rincón estalló al verlo

»—¿Me vais a coronar también a mí? —pregunto la tenaza; y así se hizo.

»—¡Vaya gentuza! —pensaban los fósforos.

»Le tocó, entonces, el turno de cantar a la tetera, pero se excusó alegando que estaba resfriada; solo podía cantar cuando estaba en el fuego; pero todo aquello eran remilgos; no quería hacerlo más que en la mesa, con las señorías.

»Había en la ventana una vieja pluma, con la que solía escribir la sirvienta. Nada de notable podía observarse en ella, aparte de que la sumergían demasiado en el tintero, pero ella se sentía orgullosa de eso.

»—Si la tetera se niega a cantar, que no cante —dijo—. Ahí afuera hay un ruiseñor enjaulado que sabe hacerlo. No es que haya estudiado en el conservatorio, mas por esta noche seremos indulgentes.

»—Me parece muy poco conveniente tener que escuchar a un pájaro forastero —objetó la cafetera, que era una cantora de cocina y hermanastra de la tetera—. ¿Es esto patriotismo? Que juzgue el cesto de la compra.

»—Francamente, me habéis desilusionado —dijo el cesto—. ¡Vaya manera estúpida de pasar una velada! En lugar de ir cada cuál por su lado, ¿no sería mucho mejor hacer las cosas con orden? Cada uno ocuparía su sitio y yo dirigiría el juego. ¡Mejor nos iría!

»—¡Sí, vamos a armar un escándalo! —exclamaron todos.

»En esto, se abrió la puerta y entró la criada. Todos se quedaron quietos, nadie se movió; pero ni un puchero dudaba de sus habilidades y de su distinción. «Si hubiésemos querido —pensaba cada uno—, ¡qué velada más deliciosa habríamos pasado!».

»La sirvienta cogió los fósforos y encendió fuego. ¡Cómo chisporroteaban y qué llamas echaban!

»Ahora todos tendrán que percatarse de que somos los primeros —pensaban—. ¡Menudo brillo y menudo resplandor el nuestro!». Y, pensando eso, se consumieron».

—¡Qué cuento tan bonito! —dijo la reina—. Me parece encontrarme en la cocina, entre los fósforos. Sí, te casarás con nuestra hija.

—Desde luego —asintió el rey—. Será tuya el lunes por la mañana —Lo tuteaban ya, considerándolo como de la familia.

Se fijó el día de la boda y en la víspera hubo grandes iluminaciones en la ciudad, se repartieron bollos de pan y rosquillas, los golfillos callejeros se hincharon a gritar «¡Hurra!» y a silbar con los dedos metidos en la boca… ¡Una fiesta magnífica!

«Tendré que hacer algo», pensó el hijo del mercader, y compró cohetes, petardos y qué sé yo cuántas cosas de pirotecnia, las metió en el baúl y emprendió el vuelo.

¡Pim, pam, pum! ¡Vaya estrépito y vaya chisporroteo!

Los turcos, al verlo, pegaban unos saltos tales, que las babuchas les llegaban a las orejas; nunca habían contemplado una traca como aquella.

Ahora sí que estaban convencidos de que era el propio dios de los turcos el que iba a casarse con la princesa.

No bien llegó nuestro mozo al bosque con su baúl, se dijo: «Me llegaré a la ciudad a observar el efecto causado».

Era una curiosidad muy natural.

¡Qué cosas contaba la gente! Cada una de las personas a quienes preguntó había presenciado el espectáculo de una manera distinta, pero todos coincidieron en calificarlo de muy hermoso.

—Yo vi al propio dios de los turcos —afirmó uno—. Sus ojos eran como rutilantes estrellas y la barba parecía agua espumeante.

—Volaba envuelto en un manto de fuego —dijo otro—. Por los pliegues, asomaban unos angelitos preciosos.

Sí, escuchó cosas muy agradables y al día siguiente era la boda.

Regresó al bosque para instalarse en su cofre; pero ¿dónde estaba el cofre? El caso es que se había incendiado. Una chispa de un cohete había prendido fuego en el forro y había reducido el baúl a cenizas. El hijo del mercader ya no podía volar ni volver al palacio de su prometida.

Ella se pasó todo el día en el tejado, aguardándolo; y aún sigue ahí esperando. Mientras, él recorre el mundo contando cuentos, aunque ninguno tan regocijante como el de los fósforos.

FIN

La pequeña cerillera

Ilustración: roserika

Hacía un frío terrible. Estaba nevando y comenzaba a oscurecer. Era la última noche del año, la víspera de Año Nuevo. En medio de ese frío y esa oscuridad, una niña pequeña y pobre, con la cabeza descubierta y los pies descalzos, caminaba por la calle.  Sí, llevaba zapatillas al salir de casa, pero de poco le sirvieron. Eran unas zapatillas muy grandes, habían sido de su madre, y la niña las había perdido al cruzar corriendo la calle, tratando de esquivar a dos coches que se acercaban a toda velocidad. Una de las zapatillas no hubo forma de encontrarla; la otra se la llevó un chiquillo; dijo que la utilizaría de cuna cuando tuviese hijos.

Así que la pobre andaba descalza, con los piececitos amoratados por el frío. En un viejo delantal llevaba cerillas y sostenía entre sus manos un paquete entero de ellas. En todo el día nadie le había comprado ni una, nadie le había dado una mísera moneda. Caminaba hambrienta y aterida de frío, ¡pobre cerillera! Los copos de nieve se posaban sobre su largo pelo rubio, que formaba preciosos rizos en el cuello; pero no estaba ella para pensar en tales adornos.

Se veían luces en todas las ventanas y hasta la calle llegaba un delicioso aroma a guiso. Era la víspera de Año Nuevo, sí, no lo olvidaba.

En un ángulo que formaban dos casas —una de ellas se adentraba en la calle más que la otra—, se sentó la cerillera acurrucada en el suelo y encogió sus piernecitas bajo el cuerpo, pero incluso así sentía frío. No se atrevía a regresas a su casa, pues no había vendido ni una sola cerilla ni tampoco había conseguido ni una triste moneda y seguro que su padre le pegaría. Además, en su casa también hacía frío; solo los cobijaba el tejado y por él se colaba el viento por todas partes, a pesar de la paja y los trapos con los que habían intentado tapar los huecos. Tenía las manos casi congeladas de frío. ¡Ay, el calor de una cerilla le vendría muy bien!… ¡Si se atreviera a sacar una de la caja, encenderla y calentarse los dedos! Y sacó una: «¡ras!». ¡Cómo chisporroteaba! ¡Cómo ardía! Dio una llama clara y cálida, como la de una velita, cuando la resguardó con la palma mano; ¡una luz maravillosa! A la niña le pareció que estaba sentada frente a una gran estufa de hierro, con pies y chimenea de latón; el fuego ardía alegremente en su interior, ¡y cómo calentaba! La niña alargó los pies para entrar en calor, pero la llama se extinguió, la estufa se esfumó y ella se quedó sentada, con un trocito de cerilla quemado en la mano.

Encendió otra cerilla, que al arder y proyectar su luz sobre el muro, lo volvió transparente como si fuese una gasa. La niña pudo ver, a través de la pared, el interior de una sala; en ella había una mesa puesta, cubierta con un blanco mantel y adornada con fina porcelana. Sobre la mesa, humeaba un pato relleno de ciruelas y manzanas. Y lo mejor de todo fue que el pato saltó de la fuente y, contoneándose por el suelo, con cuchillo y tenedor sobre su espalda, se acercó hacia la niña. Pero cuando ya lo alcanzaba, la cerilla se apagó y no quedó más que la fría y gruesa pared ante ella.

Encendió la tercera cerilla y se encontró sentada bajo un precioso árbol de Navidad. Era todavía más alto y más bonito que el que había visto a través de las puertas de cristal de la casa del rico comerciante la pasada Navidad. Miles de velitas ardían en sus verdes ramas y de las ramas colgaban postales de colores, como las que adornaban los escaparates de las tiendas. La pequeña levantó sus bracitos… y, entonces, la cerilla se apagó. Todas las lucecitas navideñas se elevaron hacia el cielo y ella se dio cuenta de que eran las rutilantes estrellas; una de ellas cayó y trazó en el firmamento una larga estela de fuego.

—Alguien está muriendo —murmuró la niña.

Su abuela ya fallecida, la única persona que la había tratado con cariño, le había dicho una vez: «Cuando una estrella cae, se eleva un alma al cielo».

De nuevo, frotó una cerilla contra la pared. Todo se iluminó y en medio del resplandor apareció su anciana abuela, nítida, radiante, dulce y dichosa.

—¡Abuela! —exclamó la pequeña—. ¡Llévame contigo! Sé que desaparecerás cuando se apague la cerilla. ¡Desaparecerás igual que la estufa, el delicioso asado y el gran árbol de Navidad!

Y se apresuró a encender todas las cerillas que le quedaban, porque no quería perder a su abuela. Los fósforos brillaron de tal manera, que la luz era más clara e intensa que la del día. La abuela nunca había sido tan hermosa ni tan grande. Tomó en sus brazos a la niña y, envueltas las dos en felicidad y luz, volaron alto, muy alto. Y ya no hubo frío, ni hambre, ni miedo. Estaban en un reino celestial.

En el ángulo de las dos casas, la fría madrugada descubrió a la chiquilla, rojas sus mejillas y la boca sonriente… Había muerto de frío en la última noche del año viejo. La primera mañana del nuevo año iluminó el pequeño cuerpecito, que sostenía entre las manos un paquete de cerillas casi consumido. «¡Quiso calentarse!», decía la gente. Pero nadie supo las maravillas que había visto, ni el resplandor con que estaban envueltas ella y su abuela cuando entraron en la dicha del Año Nuevo.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La pequeña cerillera» con la voz de Angie Bello Albelda

El abecedario

Gallo

Ilustración: Yudaev

Érase una vez un hombre que compuso nuevos versos para un abecedario; dos por letra, exactamente como se suele ver en las antiguas cartillas escolares. Decía que hacía falta algo nuevo, pues los viejos pareados estaban muy sobados, y los suyos le parecían más acertados.

De momento, el nuevo abecedario estaba solo en manuscrito, guardado en el gran armario-librería, junto a la vieja cartilla impresa; aquel armario contenía muchos libros eruditos o entretenidos.

Pero el viejo abecedario no quería por vecino al nuevo, así que había saltado del anaquel en el que estaba y, al hacerlo, había pegado un empellón al intruso, el cual también cayó al suelo, y allí estaba ahora con todas las hojas dispersas.

El viejo abecedario giró su primera página, que era la más importante, pues en ella estaban todas las letras, mayúsculas y minúsculas.

ABCCAP

Aquella hoja contenía todo lo que constituye el alma de los libros: el Alfabeto, las letras que, quiérase o no, gobiernan el mundo. ¡Qué poder más terrible! Todo depende de cómo se las dispone: pueden dar la vida, pueden condenar a muerte; alegrar o entristecer. Por sí solas nada son, pero ¡puestas en fila y ordenadas!…

Allí estaban, cara arriba. El gallo, Ave de la A mayúscula, lucía sus plumas rojas, azules y verdes. Hinchaba el pecho muy ufano, pues él sabía lo que significaban las letras.

Al caer al suelo el viejo abecedario, el gallo había batido las alas y se había encaramado de una volada en uno de los bordes del armario y después de atusarse las plumas con el pico, lanzó al aire su penetrante quiquiriquí. Todos los libros del armario, que, cuando no estaban de servicio, se pasaban el día y la noche dormitando, oyeron la estridente trompeta. Y entonces, el ave se puso a discursear, con voz clara y perceptible, sobre la injusticia que acababa de cometerse con el viejo abecedario.

—Por lo visto, ahora ha de ser todo nuevo, todo diferente —dijo—. El progreso no puede detenerse. Los niños son tan listos, que ya saben leer antes de conocer las letras. «¡Hay que darles algo nuevo!», dijo el autor de los nuevos versos, que yacen esparcidos por el suelo. ¡Bien los conozco! Más de diez veces se los oí leer en alta voz. ¡Cómo gozaba el hombre! Pues no, yo defenderé los míos, los antiguos, que son tan buenos, y las ilustraciones que los acompañan. Por ellos lucharé y cantaré. Todos los libros del armario lo saben bien. Y ahora voy a leer los de nueva composición. Los leeré con calma y tranquilidad, y creo que estaremos todos de acuerdo en lo malos que son.

A. Ama
Sale el ama endomingada
por un niño ajeno honrada.

B. Barquero
Penas y fatigas pasó el barquero,
pero ahora reposa placentero.

—Este pareado no puede ser más estúpido —dijo el gallo—, pero seguiré leyendo.

C. Colón
Navegó Colón el mar ingente,
y ensanchó la tierra enormemente.

D. Dinamarca
De Dinamarca la leyenda es bella,
que ningún mal caiga sobre ella.

—Muchos daneses encontrarán bonitos estos versos —observó el ave— pero yo no. No les veo nada de particular. Sigamos.

E. Elefante
Siempre es pesado el elefante,
incluso cuando solo es un infante.

F. Flor
Al llegar la primavera,
se abre al mundo lisonjera.

G. Gigante
Este individuo tan ingente,
a menudo, asusta a la gente.

H. Hurra
Con este grito, en nuestra tierra,
empieza la fiesta y acaba la guerra.

—¿¡Cómo podrá un niño comprender estas alusiones!?  —protestó el ave— Y, sin embargo, en la portada leemos: Abecedario para adultos y niños. Pero los adultos seguro que tienen mejores cosas que hacer que leer los versos de un abecedario, y los pequeños no lo entenderán. ¡Esto es el colmo! Sigo.

I. Isla (Imaginada)
Cada martes allí vamos
y de cuentos disfrutamos.

—Este es el único pareado que se salva —aprobó el gallo.

J. Jardín
Tantas plantas hay en él,
que más que un jardín, es un vergel.

K. Kilo
Pesa más un kilo de plomo que de paja,
¿será que está de rebaja?

—¡A ver cómo explican esto a los niños!

L. León
Si furioso lanza un rugido,
corre para no ser mordido.

M. Mañana (sol de)
Cada amanecer asoma puntual,
y no es porque cante el ave en el corral.

—¡Vaya!, ahora se mete con nosotras —exclamó el gallo—. Suerte que estamos en buena compañía; en compañía del sol. Sigamos.

N. Negro
Lo negro, negro siempre será,
aunque lo laves con asiduidad.

Ñ. Ñu
Ciertamente es un bicho raro,
tal vez vaca y antílope cruzado.

O. Olivo
Hoja más hermosa nunca fue
que la que le regaló la paloma a Noé.

P. Pensador
La mente del pensador mueve el mundo,
de lo más alto a lo más profundo.

Q. Queso
El queso se utiliza en la cocina,
y con otros manjares bien combina.

R. Rosa
Entre las flores, es la rosa bella
lo que al cielo la más brillante estrella.

S. Sabiduría
Muchos presumen de tener sabiduría
y en verdad su mollera está vacía.

—¡Permitidme que cacaree ahora un poco! —dijo el gallo—. De tanto leer pierdo las fuerzas y he de tomar aliento.

Y se puso a cantar de tal forma, que no parecía sino una trompetilla de latón que daba gusto oír —al gallo, entendámonos—.

—Prosigamos.

T. Tetera
La tetera tiene rango en la cocina,
pero la categoría del puchero es aún más fina.

U. Urbanidad
Virtud indispensable es la urbanidad,
para no ser un ogro en sociedad.

—Esto tiene que ser muy profundo —observó el gallo—, pero por más que lo intento, no puedo llegar al fondo.

V. Valle (de lágrimas)
Valle de lágrimas, Madre Tierra
a ti iremos todos, en paz o en guerra.

—¡Esto es muy crudo! —se lamentó el ave.

W. Waterpolo
El waterpolo es un gran deporte,
aunque al de secano no le importe.

X. 

—Aquí no ha sabido encontrar nada nuevo:

Xilófono
Tu melodía a los niños encanta,
tanto como a los viejos espanta.

—Al final, ha tenido que contentarse con «xilófono».

Y. Yggdrasil
En este árbol, dioses nórdicos vivieron,
pero cuando el árbol murió, enmudecieron.

—Estamos casi al final —dijo el gallo—. ¡No es poco consuelo! Ahí va el último:

Z. Zapato
El zapato, un gran invento,
que al pie protege o da tormento.

—¡Por fin! ¡Se acabó! Pero aún no estamos al cabo de la calle. Ahora viene imprimirlo. Y luego leerlo. ¡Y lo ofrecerán en sustitución de los venerables versos de mi viejo abecedario! ¿Qué dice la asamblea de libros eruditos e indoctos, monografías y enciclopedias? ¿Qué dice la biblioteca toda? Yo ya he hablado, ahora que actúen los demás.

Los libros y el armario, todos en pie, permanecieron mudos, mientras el gallo voló, muy orondo, y se volvió a situar, de nuevo, bajo la A de Ave.

—He hablado muy bien y he cantado aún mejor. Esto no me lo va a quitar este nuevo abecedario. Seguro que fracasa. De hecho, ya ha fracasado. ¡Porque él no tiene gallo!

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El abecedario» con la voz de Angie Bello Albelda

Saltabardales

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Ilustración: monkyx

En una ocasión, la pulga, la langosta y la taba quisieron ver cuál de ellas saltaba más alto, así que invitaron a todo el mundo y a cualquiera que lo deseara a presenciar el espectáculo. Tres auténticas saltabardales que entraron juntas en la sala.

—¡Me casaré con la que salte más alto! —anunció el rey—. ¡Sería muy feo que las tres saltaran para nada!

La pulga fue la primera. Elegante, dio un paso al frente; con finos ademanes, repartía saludos a diestro y siniestro. No en vano por sus venas corría sangre de gran dama, acostumbrada como estaba a tratar únicamente con personas. Y eso se nota.

Después le tocó el turno a la langosta, que aunque era considerablemente más corpulenta tenía muy buenas maneras. Llevaba un impecable uniforme verde, algo innato en ella; además, afirmó que descendía de una antiquísima familia de la tierra de Egipto y aseguró ser altamente apreciada en algunos países. Acababa de trasladarse desde el campo y se había instalado en un castillo de naipes de tres pisos, todos ellos de figuras con el dibujo hacia dentro; tenía puerta y una gran ventana, esta última la habían recortado en el talle de la reina de corazones.

—Canto tan bien —dijo—, que dieciséis grillos autóctonos, que llevan cantando desde que nacieron pero ni aun así tienen castillo de naipes, del disgusto que han tenido al oírme, se han quedado más flacos de lo que ya eran.

Ambas, pulga y langosta, dieron buena cuenta de quiénes eran y de lo mucho que merecían desposarse con un rey.

La taba callaba (precisamente por eso pensaría mucho más); nada decía, ya hablaban bastante las otras. Cuando el perro de palacio se acercó a husmearla, garantizó que aquella taba era de muy buena familia. Y el anciano consejero, que había recibido tres condecoraciones por quedarse calladito, afirmó que sabía con certeza que la taba poseía dotes adivinatorias: si le mirabas la espalda se podía saber si el invierno sería benigno o riguroso, cosa que es imposible de saber aunque observes la espalda del hombre del tiempo.

—Bueno, yo no digo nada —comentó el rey—, pero conste que es porque me reservo mi opinión.

Llegó el momento de efectuar el salto. La pulga brincó tan alto, que nadie alcanzó a verla y muchos sostenían que ni siquiera había saltado, ¡pero eso fue una bajeza!

La langosta no saltó ni la mitad que la pulga, pero le dio al rey en toda la cara y dijo que fue asqueroso.

La taba permaneció largo rato inmóvil, reflexionando. Estuvo tanto rato así que, al final, la creyeron incapaz de saltar.

—Ojalá no esté indispuesta —dijo el perro de palacio acercándose para husmearla de nuevo.

¡Zas! Dio un salto un poco torcido y fue a caer sobre la falda del rey, que se hallaba sentado en su trono de oro.

Entonces el rey habló:

—El salto más alto de todos es el que lleva hasta mi. Ahí estaba la sutileza, pero hacía falta ingenio para caer en ello y la taba ha demostrado tenerlo.

¡Con ella habéis pinchado en hueso!

Y la taba se llevó al rey.

— ¡Pero yo he sido la que ha saltado más alto que nadie! —protestó la pulga—. Aunque, ¿qué más da? Que el rey se quede con esa osamenta. Aunque yo he saltado más alto, está visto que en este mundo hace falta cuerpo para que se fijen en uno.

Y la pulga se enroló en la legión extranjera, donde cuentan que cayó.

La langosta se sentó en una cuneta a meditar cómo estaba el mundo, y repetía: «¡hay qué ver!», y decía también:

—¡Hay que tener cuerpo! ¡Hay que tener cuerpo!

Y, acto seguido, se puso a cantar esta triste historia, que es de donde la sacamos nosotros, aunque bien pudiera ser una mentira, por muy escrita que ahora esté.

FIN

La familia feliz

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Ilustración: Yan’ Dargent

La mayor hoja verde que existe en la Tierra es, sin duda, la de la acedera. Si te la colocas en la barriga, te sirve de delantal, y en la cabeza, los días de lluvia, es casi tan práctica como un paraguas, ¡imagina lo grande que es!

Las acederas jamás crecen solas, ¡ni hablar! donde hay una, seguro que hay muchas más. Es una maravilla. Y toda esa maravilla, es pasto de los caracoles. De esos enormes caracoles blancos que las familias distinguidas de antaño se hacían cocinar en fricasé y se comían sin parar de decir: «Mmmmm, ¡délicieux!», convencidos de que tenían un sabor exquisito.

Bien, pues como decía, esos caracoles se alimentaban de acederas y, por ese motivo, se plantaban.

El caso es que había una vieja mansión donde ya no comían caracoles, porque se habían extinguido; no así las acederas, que crecían y crecían por sendas y bancales y de las que no había forma humana de deshacerse. Formaban un auténtico bosque; acá y allá asomaba un manzano o un ciruelo, pero, por lo demás, nadie habría podido suponer que aquello había sido alguna vez un jardín. Todo eran acederas; y allí, en medio de todas ellas, vivían los dos últimos y viejísimos caracoles.

Ni ellos mismos sabían la edad que tenían, aunque recordaban que habían sido muchos más, que procedían de una familia llegada de lejanas tierras, y que para ellos y los suyos habían plantado todo el bosque. Jamás habían salido de sus lindes, pero sabían que en el mundo había algo más, que llamaban «La Mansión», y que allá lo cocían a uno hasta que se ponía negro y lo servían en bandeja de plata. Lo que sucedía después, era un misterio. Por otra parte, no acertaban a imaginar qué era eso de ser cocido y servido en bandeja de plata, aunque no les cabía ni la menor duda de que sería algo fascinante y sumamente distinguido. Ni el abejorro, ni el sapo, ni la lombriz, a quienes habían interrogado, supieron darles razón, ya que a ninguno de ellos lo habían cocido ni servido en bandeja de plata.

Los viejos caracoles blancos eran los más ilustres del mundo, de eso sí estaban seguros. El bosque existía por ellos, y la mansión estaba allí para que ellos pudieran ser cocidos y servidos en bandeja de plata.

Vivían muy solos y muy felices y como no tenían hijos, habían adoptado a un caracolito ordinario, al que educaron como si fuera su propio hijo, pero no había forma de que el pequeño creciera, pues no dejaba de ser un caracol ordinario. No obstante, los ancianos…, bueno, en especial la mamá caracol, aseguraba que observaba cómo crecía y le había pedido al papá que, como no podía verlo, palpara al menos la cáscara. Así lo hizo él y afirmó que la madre tenía razón.

Un día, la lluvia cayó con fuerza.

—Escucha cómo tam-tamborilea en las acederas —dijo el padre caracol.

—¡Sí! Y las gotas caen hasta aquí —apuntó mamá caracol—. ¡Resbalan por el tallo! Ya verás cómo va a quedar todo esto. Menos mal que tenemos nuestra casa y que el pequeño también tiene la suya. No se puede dudar de que han hecho mucho más por nosotros que por cualquier otro ser vivo. ¡Salta a la vista que somos los reyes de la creación! Tenemos casa desde que nacemos y plantaron todo el bosque de acederas por nosotros. Me gustaría saber hasta dónde llega y qué hay más allá.

—¡No hay nada más allá! —dijo papá caracol—. Mejor que donde estamos no se puede estar en ningún sitio, ¡y yo no deseo nada más!

—Pues a mí —dijo la madre—, me gustaría ir a la mansión y que allí me cocieran y me sirvieran en bandeja de plata. Todos nuestros antepasados pasaron por eso, así que seguro que debe de ser algo excepcional.

—Tal vez la mansión se haya venido abajo —dijo papá caracol—. O tal vez la ha cubierto el bosque de acederas y la gente no puede salir. Por otra parte, no hay ninguna prisa, pero tú siempre vas acelerada y el niño ya está siguiendo tu ejemplo. En tres días ya se ha encaramado a lo alto de ese tallo, ¡me da vértigo solo de verlo ahí arriba!

—No lo regañes —repuso mamá caracol—. El chiquillo sube con cuidado y estoy segura de que nos dará muchas alegrías. Los viejos no tenemos más razones para vivir. ¿Has pensado alguna vez dónde podemos encontrarle esposa? ¿Crees que en este bosque de acederas vivirá alguien de nuestra especie?

—Caracoles negros creo que sí hay —dijo el anciano—. Babosas sin casa, pero son muy vulgares y, en cambio, se dan mucha importancia. Tal vez podríamos encargárselo a las hormigas, que siempre van de un lado a otro como si tuvieran muchas cosas que hacer. Es posible que sepan de alguna esposa para nuestro caracolillo.

—Conozco, en verdad, a la mejor de todas —afirmó una de las hormigas—, pero mucho me temo que no no hay nada que hacer, pues se trata de una reina.

—Eso no importa —contestaron los ancianos—. ¿Tiene casa?

—¡Tiene un palacio! —dijo la hormiga—. Un magnífico palacio hormiguero, con setecientos pasillos.

—Muchas gracias —dijo mamá caracol—, pero nuestro hijo no va a vivir en ningún hormiguero. Si eso es todo lo que podéis hacer, se lo encargaremos a los mosquitos blancos, que vuelan por todas partes, tanto si llueve como si hace sol, y se conocen el bosque de acederas de arriba abajo.

—¡Tenemos una esposa para él! —contestaron los mosquitos—. A cien pasos de hombre de aquí, sobre un agraz, hay una caracolita con casa. Está muy sola y en edad casadera. ¡Son solo cien pasos de hombre!

—¡Muy bien!, pues que venga —repusieron los ancianos—. ¡Él posee un bosque entero de acederas y ella un simple arbusto!

Y fueron a buscar a la señora caracolita. Tardó ocho días en llegar, pero eso precisamente fue lo bueno, en eso se notaba que era de su misma clase.

Y se celebró la boda. Seis luciérnagas alumbraron lo mejor que supieron, por lo demás, todo trascurrió sin alborotos, pues los viejos caracoles no soportaban las francachelas ni el bullicio. Mamá caracol, eso sí, pronunció un maravilloso discurso. Papá no fue capaz de hablar a causa de la emoción.

A los recién casados les dejaron en herencia todo el bosque de acederas, diciendo lo que siempre habían dicho: que era el mejor del mundo y que algún día, si vivían recta y honradamente y se multiplicaban, ellos y sus hijos entrarían en la mansión, donde los cocerían hasta dejarlos negros y los servirían en bandeja de plata.

Finalizado el discurso, los ancianos entraron en sus casas, de las cuales no volvieron a salir nunca más, pues se durmieron definitivamente.

La joven pareja de caracoles reinó en el bosque y tuvo una numerosa descendencia, pero jamás los cocieron y jamás los sirvieron en bandeja de plata, por lo que dedujeron que la mansión se había venido abajo y que todos los hombres del mundo se habían extinguido y, como nadie les llevó la contraria, la cosa debía de ser verdad. La lluvia tam-tamborilea para ellos sobre las hojas de acedera, para que pudieran escuchar música de tambor y el sol brillaba en su honor, para dar color al bosque de acederas. Y fueron muy felices y toda su familia fue también muy feliz. ¡Y tanto que lo fue!

FIN

Jacobo bobo

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Ilustración: jonathannotario

En una vieja granja en medio del campo, vivía un anciano granjero que tenía dos hijos tan listos, que con la mitad habría sido suficiente. Los dos querían pedir la mano de la princesa, y osaban pretender tal cosa, porque ella había dicho a todo el mundo que tomaría por esposo a aquel que mejor conversara.

Los dos se prepararon durante ocho días, pues ese era el tiempo del que disponían. Aunque con eso bastaba y sobraba, pues ambos tenían una buena base, algo que siempre ayuda. Uno se sabía de memoria toda la Enciclopedia latina y, además, el periódico local de los últimos tres años, tanto del derecho como del revés. El otro se había familiarizado con las leyes gremiales, que recitaba de pe a pa, y amén de poder tratar cualquier asunto de Estado, también sabía bordar tirantes con arabescos, puesto que tenía tanta agilidad en la mente como en los dedos.

—¡La princesa será mi esposa! —dijeron ambos.

Convencido de ello, el padre entregó a cada uno de ellos un estupendo caballo. Al que se sabía la enciclopedia y los diarios, uno negro como el azabache, y al que era ducho en asunto gremiales y bordaba, uno blanco como la leche. Antes de partir, se untaron las comisuras de los labios con aceite de hígado de bacalao para hacerlas más flexibles. Estaban en esto, cuando apareció el tercer hermano, pues eran tres, aunque nadie contaba con el tercero, porque carecía de la erudición de los otros dos y lo llamaban, simplemente, Jacobo bobo.

—¿Adónde vais con el traje de los domingos? —preguntó.

—¡A palacio, a conquistar a la princesa con nuestra conversación! ¿Acaso no has oído lo que se dice? —y se lo contaron.

—¡Cáspita! ¡Yo también voy! —dijo Jacobo bobo mientras sus hermanos se reían en su cara y salían al galope.

—¡Padre, dame un caballo! —gritó Jacobo bobo—. Me están entrando ganas de casarme. Si la princesa me acepta, me habrá aceptado, y si no me acepta, la aceptaré yo. ¡Al fin y al cabo, viene a ser lo mismo!

—¡Qué sandeces dices! —exclamó el padre—. No te doy ningún caballo. ¡Pero si ni siquiera sabes hablar! Tus hermanos… ¡ellos sí pueden presentarse en palacio!

—Si no me das un caballo —dijo Jacobo bobo—, montaré el macho cabrío. ¡Es mío y puede conmigo!

Y tras decir esto, se sentó a horcajadas sobre el animal, le clavó los talones en los ijares y salió a todo correr camino adelante. ¡Y cómo corría!

—¡Voy que voy! ¡Allá voy! —dijo Jacobo bobo, y se puso a cantar a voz en grito.

En cambio, los hermanos marchaban en silencio, concentrados; tenían que idear lindezas estupendas, ¡debía estar todo muy estudiado!

—¡Voy que voy! ¡Allá voy! —gritó Jacobo bobo-. ¡Mirad lo que he encontrado!

Y les mostró una corneja muerta que había recogido.

—¡Lerdo! —dijeron ellos—. ¿Qué harás con eso?

-¡Voy a regalársela a la princesa!

—¡Eso, hazlo! —se burlaron y siguieron cabalgando.

—¡Voy que voy! ¡Allá voy! Mirad lo que he encontrado ahora, ¡cosas así no se encuentran todos los días!

Los hermanos se volvieron de nuevo para ver lo que era.

—¡Gaznápiro! —exclamaron—. ¡Pero si es un zueco viejo! ¿También se lo regalarás a la princesa?

—¡Pues claro! —dijo Jacobo bobo.

Los hermanos, después de desternillarse de la risa, siguieron cabalgando y se adelantaron un buen trecho.

—¡Voy que voy! ¡Allá voy!  —gritó Jacobo bobo—. ¡Esto va cada vez mejor!

—¿Qué has encontrado ahora, zoquete? —preguntaron los hermanos.

—¡Oh! —dijo Jacobo bobo—. ¡Es demasiado bueno para decirlo! ¡Cómo se alegrará la princesa!

—¡Pero qué asco! —exclamaron los hermanos—. ¡Es barro de la cuneta!

—¡Exactamente!  Y de tan buena calidad, ¡que se me escurre entre los dedos! —Y diciendo esto, se llenó los bolsillos.

Los hermanos pusieron sus caballos a galope y se adelantaron más de una hora. Se detuvieron ante las puertas de la ciudad, donde a los pretendientes se les iba asignando un número a medida que llegaban y se los colocaba en filas de a seis, pegados unos a otros de tal forma, que no podían mover ni los brazos. ¡Suerte!, pues si no se habrían enzarzado en una pelea solo porque unos estaban antes que los otros.

El resto de habitantes se agolpaba alrededor del palacio y se encaramaba a las ventanas para ver cómo la princesa recibía a los pretendientes.

Cada vez que uno entraba en la sala, parecía que se le hacía un nudo en la garganta y perdía el don de la elocuencia.

—¡No sirve! —decía la princesa—. ¡Fuera!

Le llegó el turno al hermano que se sabía la enciclopedia, más a fuerza de hacer cola se le había olvidado por completo; el suelo crujía y el techo era todo de espejo, así que se veía a sí mismo cabeza abajo. Además, junto a cada ventana había tres escribanos y un corregidor tomando nota de todo lo que se decía para publicarlo enseguida en el periódico, que se vendía a dos céntimos en todas las esquinas. Aquello era terrible y, para colmo, ¡ardía tal fuego, que la estufa estaba al rojo vivo!

—¡Qué calor hace aquí! —dijo el pretendiente.

—Es porque mi padre ha mandado asar unos pollos —contestó la princesa.

—¡Ah!

Y eso fue todo. No fue capaz de decir ni una palabra más, por más que le hubiera gustado decir algo ingenioso.

—¡No sirve! —dijo la princesa—. ¡Fuera!

Y se marchó. Llegó el turno del otro hermano.

—¡Aquí hace un calor terrible! —dijo.

—Sí, estamos asando unos pollos —contestó la princesa.

—¿Cómo di… ? ¿Qué di…? —preguntó. Y los escribanos anotaron: «¿Cómo di… ? ¿Qué di…? ».

—¡No sirve! —dijo la princesa—. ¡Fuera!

Y le tocó a Jacobo bobo, que se plantó en mitad de la sala a lomos de su macho cabrío.

—¡Esto es un horno! —exclamó.

—Porque estamos asando unos pollos —contestó la princesa.

—¡Pues fantástico! —dijo Jacobo bobo—, ¿pueden, de paso, asar mi corneja?

—¡Con mucho gusto! —dijo la princesa—. Pero ¿traes algo para asarla? ¡Yo no tengo sartén!

—¡Yo sí! —respondió Jacobo bobo—. ¡Aquí traigo un recipiente! —y diciendo esto, sacó el zueco roto y puso encima la corneja.

—¡Vaya banquete! —dijo la princesa—. ¡Lástima de salsa!

—¡Yo llevo en el bolsillo! —dijo Jacobo bobo—. ¡Tengo para dar y tomar!

Y sacó del bolsillo un puñado de barro.

—¡Me gusta! —dijo la princesa—. ¡Tienes respuestas para todo! ¡Sabes hablar y te quiero por esposo! Pero ya sabes que cada palabra que decimos y hemos dicho se anota y saldrá en el periódico. ¡Mira!, junto a cada ventana hay tres escribas y un corregidor, y ese es el peor, ¡porque no entiende nada!

Aquello lo dijo solo para atemorizar al pretendiente. Los escribas se rieron y dejaron caer tinta sobre el suelo.

—Son aquellos señores de allí, ¿verdad? —preguntó Jacobo bobo—. ¡Pues el corregidor se llevará la mejor parte!

Y vaciándose los bolsillos, les tiró el barro a la cara.

—¡Bien hecho! —dijo la princesa—. ¡Yo no me hubiera atrevido! ¡Pero aprenderé!

Así fue como Jacobo bobo se casó con una auténtica princesa, fue coronado y llegó a rey.

Y toda esta historia acabamos de leerla en el periódico del corregidor, ¡así que no sabemos si es muy fiable!

FIN

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Los enamorados

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Ilustración: Vilhelm Pedersen

Un trompo y una pelota estaban en la caja junto a los demás juguetes y el trompo le dijo a la pelota:

—¿Por qué no nos hacemos novios, ya que estamos juntos en la caja?

Pero la pelota, que estaba hecha del más fino tafilete marroquí y se daba aires de damisela, ni se dignó contestar a semejante proposición.

Al día siguiente, el niño al que pertenecían los juguetes pintó el trompo de rojo y amarillo y le clavó un clavo de latón en su centro. Al girar, el trompo resultaba verdaderamente atractivo de esta guisa.

—¡Mírame! —le dijo a la pelota—. ¿Qué me dices ahora? ¿Nos hacemos novios? Estamos hechos el uno para el otro. Tú saltas y yo bailo. ¡Nadie puede ser más feliz que nosotros!

—¿Eso crees? —repuso la pelota— ¡Tú no te das cuenta de que mi padre y mi madre fueron pantuflos de tafilete y de que yo llevo corcho en el cuerpo!

—Ya, ¡pero yo estoy hecho de madera de caoba! —respondió el trompo—. Fue el mismísimo alcalde el que me torneó. Tiene un torno y disfrutó mucho dándome forma.

—¿No pretenderás que me crea eso? —interrogó la pelota.

—¡Qué jamás me vuelvan a hacer bailar si miento! —respondió el trompo.

—Labia tienes —dijo la pelota—; sin embargo, no es posible. Estoy, como quien dice, medio prometida con una golondrina. Cada vez que salto en el aire, asoma la cabeza desde el nido y me dice: «¿Quieres?», en mi fuero interno yo ya le he dicho que sí, y eso vale tanto como medio compromiso. Pero aprecio tus sentimientos y te prometo que jamás me olvidaré de ti.

—¡Menudo consuelo! —exclamó el trompo, y dejaron de hablarse.

Al día siguiente, el niño sacó la pelota del cajón. El trompo vio cómo se elevaba por los aires, igual que un pájaro; tan alto, que casi ni la distinguía. Siempre regresaba, pero al tocar el suelo volvía a saltar de nuevo, sería porque su cuerpo era de corcho o por afán de contemplar el nido de la golondrina. A la novena vez, la pelota desapareció y ya no volvió. Por más que el niño la buscó y la rebuscó, no pudo dar con ella y perdida se quedó.

—¡Yo sé dónde está! —suspiró el trompo—. ¡En el nido de la golondrina! ¡Se ha casado con ella!

Cuanto más pensaba el trompo en ello, tanto más enamorado se sentía de la pelota. Precisamente porque no había forma de conseguirla, su amor crecía y el hecho de que ella hubiera aceptado otro amor era lo que la hacía tan especial. Y el trompo, mientras bailaba y zumbaba, no dejaba de pensar en la pelota, y en su imaginación se volvía cada vez más hermosa. Así pasaron muchos años, hasta que aquello se convirtió en un viejo amor.

El trompo ya no era joven. Pero un buen día, lo doraron de nuevo de arriba a abajo. ¡Nunca había tenido un aspecto tan estupendo! Ahora era un trompo de oro, y saltaba y brincaba sin parar. ¡Qué fantástico! De pronto, en uno de los saltos fue demasiado alto y… ¡se esfumó!

Lo buscaron por todas partes, incluso en el sótano, pero no apareció. ¿Dónde estaría?

Había saltado hasta el cubo de la basura, donde se mezclaban toda clase de desperdicios: tronchos de col, barreduras y escombros caídos del canalón.

—¡A buen sitio he ido a parar! ¡Perderé todo el dorado! ¡Y vaya gentuza que hay a mi alrededor!

Y miró con recelo a un troncho de col al que ya no le quedaba ni una sola hoja, y luego a un extraño objeto redondo, parecido a una manzana pasada. Pero no era una manzana, sino una vieja pelota, que se había estado varios años en el canalón empapándose de agua.

—¡Gracias al cielo que ha venido uno de mi clase y por fin tendré alguien con quien hablar! —dijo la pelota al ver al trompo dorado—. Porque, tal y como me ves, soy del más fino tafilete marroquí, me cosió a mano una artesana y en el cuerpo llevo corcho, ¡aunque aquí nadie sabe apreciarme! Estaba a punto de casarme con una golondrina, cuando caí en el canalón, y en él me he pasado cinco años. ¡Hinchándome con la lluvia! Y créeme, ¡eso es mucho tiempo para una dama de buena familia como yo!

El trompo nada decía; pensaba en su viejo amor, y, cuanto más oía hablar a la pelota, más se convencía de que se trataba de ella.

Justo en ese momento, salió la criada para vaciar la basura.

—¡Anda!, ¡pero si está aquí el trompo dorado! —exclamó.

El trompo regresó a la habitación con todos los honores, pero de la pelota nunca más se supo. El trompo jamás volvió a mencionar a su viejo amor.

Estas son las cosas que pasan cuando el ser al que amas se pasa cinco años en un canalón y se queda empapado. Después, ni siquiera lo reconoces cuando te lo encuentras entre la basura.

FIN

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La princesa y el guisante

Érase una vez un Príncipe que quería casarse con una Princesa, pero tenía que ser una princesa de verdad. Recorrió el mundo entero en su busca, pero allá adonde se dirigiera, todas las que encontraba tenían algún «pero». Cierto es que se topó con muchas princesas, ¡a montones! Altas y bajas. Listas y tontas. Feas y guapas. Simpáticas y antipáticas. De hecho encontró princesas para dar y tomar. Mas nunca lograba tener la completa seguridad de que fueran auténticas aristócratas, ya que siempre encontraba alguna cosilla que le parecía sospechosa.

Al fin, un poco decepcionado a causa de su infructuosa búsqueda, regresó a su casa triste y cabizbajo, pues había partido con la esperanza de hallar una auténtica princesa que algún día reinara junto a él.

Ya hacía más de un mes que el príncipe había regresado a casa, cuando una noche estalló una terrible tormenta. Rayos y truenos se sucedían sin interrupción, el viento huracanado aullaba como un lobo y una lluvia torrencial azotaba sin piedad los cristales de las ventanas, ¡era terrible!; hacía un tiempo espantoso. De pronto, alguien llamó a la puerta del palacio y el anciano Rey acudió a abrir.

Parada ante la puerta había una muchacha; pero ¡cielos!, ¡Tenía una facha horrible! Empapada y con los vestidos chorreando. ¡Cómo se había quedado por culpa de aquella lluvia y el mal tiempo! El agua que caía sobre ella se metía dentro de sus zapatos; le entraba por la punta y le salía por el talón. Pero aun así, ella no dejaba de afirmar que era una auténtica princesa y que había perdido a su séquito en medio de aquella tempestad.

«Pronto lo sabremos», pensó para sí la anciana Reina y sin pronunciar ni una sola palabra, se dirigió al dormitorio de los invitados, puso un guisante en la cama y amontonó encima veinte colchones, y encima de estos, puso otros tantos edredones.

Acto seguido, condujeron allí a la recién llegada y le dijeron que en esa cama debía dormir.

Al día siguiente, cuando la princesa se levantó, le preguntaron qué tal había dormido.

—¡Oh, mal! ¡Muy mal!  —exclamó—. Casi no he podido pegar ojo en toda la noche. ¡A saber qué habría en esa cama! ¡Pase la noche acostada sobre algo tan duro, que me he levantado esta mañana llena de cardenales! ¡Ha sido algo ciertamente espantoso!

Así fue cómo supieron que se trataba de una princesa de verdad, porque a pesar de dormir sobre veinte colchones y otros tantos edredones, su sangre era tan azul que había notado el bulto del guisante en su espalda. Nadie, a no ser que se trate de una princesa de las de verdad, puede ser tan sensible.

El príncipe, entonces, le pidió matrimonio, pues ahora ya estaba completamente convencido de que aquella joven era una auténtica princesa.

El guisante fue traslado al Museo Real, donde aún sigue, si es que nadie se lo ha llevado.

Como habréis podido comprobar al leerla, ¡esta sí que es una historia verdadera!

FIN

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El caracol y el rosal

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Ilustración: Sanaa Legdani

Rodeaba aquel jardín un bosquecillo de avellanos, y más allá se veían campos y prados con vacas y ovejas. Justo en el centro del jardín, crecía un rosal cargado de rosas y bajo él habitaba un caracol que tenía mucho en su interior, pues se llevaba a sí mismo.

—¡Esperad a que llegue mi momento! —decía—. ¡Haré algo más grande que dar rosas o avellanas o que proveer leche, como las vacas y las ovejas!

—¡Mucho espero yo de usted, caracol! —respondió el rosal—. ¿Pero se puede saber cuándo va a llegar ese momento?

—Me tomo mi tiempo —dijo el caracol—. Así que no tenga usted tanta prisa, que le quita la emoción.

Al año siguiente, el caracol estaba, exactamente, en el mismo lugar: bajo el mismo rosal, lleno de brotes y cargado de rosas frescas y nuevas. El caracol se asomó, sacó sus cuernos y los volvió a recoger.

—¡Todo exactamente igual que el año pasado! No ha habido progreso alguno. El rosal sigue floreciendo, ¡no irá más allá!

Pasó el verano y pasó el otoño. El rosal siguió dando flores y echando brotes hasta que cayeron las primeras nevadas y el intenso frío. Entonces, se inclinó hacia la tierra y el caracol se arrastró bajo él.

—¡Ya es usted un rosal viejo! —le dijo—. Pronto tendrá que ir pensando en dejarnos. Ya le ha dado al mundo todo lo que llevaba dentro y si hacer eso ha servido de algo, es una cuestión en la que yo no tengo tiempo para pensar. Pero es evidente que no ha hecho usted nada para evolucionar interiormente, de lo contrario las cosas no le habrían ido de este modo ¿Cómo lo justifica? ¡En poco tiempo se quedará como un palo! ¿Entiende lo que le estoy diciendo?

—¡Me asusta usted! —exclamó el rosal—. ¡No había pensado en ello!

—No, ¡está claro que nunca se ha tomado la molestia de pensar! ¿Alguna vez se ha preguntado por qué florecía usted y cómo florecía? ¿Y por qué florecía de ese modo y no de otro cualquiera?

—¡No! -dijo el rosal—. Yo florecía de dicha, otra cosa no podía hacer. El sol tan cálido, el aire tan puro, bebía el refrescante rocío y la fuerte lluvia. ¡Respiraba, vivía! De la tierra me llegaba energía, y también me llegaba energía desde arriba, sentía una felicidad siempre nueva, siempre grande. Por eso debía florecer, ¡era mi vida, no podía hacer otra cosa!

—¡Ha llevado usted una vida muy cómoda! —dijo el caracol.

—¡Sin duda! ¡Todo se me dio! —se avino el rosal—. Pero, ¿Y a usted? ¡Se le dio aún más! Usted es una de esas naturalezas pensantes y profundas, ¡uno de esos seres de grandes luces que algún día asombrará al mundo!

—No tengo la menor intención de hacer tal cosa —dijo el caracol—. El mundo no me interesa. ¿Qué tengo yo que ver con el mundo? ¡Tengo más que suficiente conmigo mismo y en mí!

—¡Pero en este mundo todos debemos ofrecer lo mejor de nosotros a los demás! ¡Aportar lo que podamos! Es verdad que yo solo he dado rosas, pero… ¿y usted? Usted, que tanto recibió, ¿qué es lo que le ha dado al mundo? ¿Qué piensa darle?

—¿Que qué le he dado al mundo? ¿Que qué le daré? ¡Yo escupo al mundo! ¡No sirve para nada! No me interesa. ¡Usted eche rosas, porque no sirve para más! ¡Deje que los avellanos produzcan avellanas! ¡Que las vacas y las ovejas provean de leche! Cada uno tiene su público, pero yo… ¡Yo me sobro y me basto a mí mismo! Voy a encerrarme dentro de mí y allí me quedaré. ¡A mí el mundo no me interesa!

Y dicho esto, el caracol se encerró dentro de su caparazón a cal y canto.

—¡Qué triste! —Se apenó el rosal—. Yo no sería capaz de encerrarme así ni con la mejor voluntad. Siempre tengo que abrirme, echar rosas. Es verdad que mis pétalos caen y se los lleva el viento, pero una vez vi cómo guardaban una de mis rosas dentro de un libro; cómo una de mis flores encontró un lugar prendida en el pelo de una muchacha; y otra recibió el beso de un niño, al que hice feliz. Ver todo eso me hizo mucho bien; fue una auténtica bendición. ¡Todos esos son mis recuerdos! ¡Esa es mi vida!

Y el rosal siguió floreciendo y el caracol siguió encerrado en su casa, pues el mundo no le interesaba.

Y pasaron muchos años.

El caracol se había convertido en polvo, el rosal se había convertido en polvo; también aquella rosa guardada en el libro se la había llevado el tiempo… Pero en el jardín otros rosales florecían y en el jardín otros caracoles seguían encerrándose en su casa y escupiendo al mundo, porque el mundo no les interesaba…

¿Queréis que volvamos a leer la historia otra vez desde el principio? Aunque eso no la hará distinta.

FIN

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El cuello postizo

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Ulustración: Margarita Nava

Érase una vez un caballero muy distinguido cuyas únicas posesiones eran un calzador y un peine y tenía, además, el más fantástico cuello postizo del mundo. Es, precisamente, sobre este último que tratará nuestra historia.

Ya había alcanzado el cuello postizo aquella edad en la que uno piensa en casarse, cuando quiso la casualidad que coincidiera en la colada con una liga.

—¡Caramba! —dijo el cuello al verla—. Es usted lo más delicado, suave y gracioso que he visto en toda mi vida. ¿Puedo preguntarle su nombre?

—¡No se lo pienso decir! —le contestó la liga.

—¿Dónde vive usted? —insistió el cuello.

Pero la liga, que era muy pudorosa, encontró la pregunta un tanto extraña y permaneció muda.

—¡Ah! Ya veo. ¡Es usted una de esas cinturillas interiores! ¡Así, que además de ser un adorno es usted también muy útil, estimada señora!

—¡Por favor, no me hable! —contestó la liga— ¡No creo haberle dado pie en lo más mínimo!

—Se equivoca. Ser tan maravillosa como usted —dijo el cuello—, ¡ya es pie más que suficiente!

—¡Para mí ese no es ningún motivo, así que no se arrime tanto! —exclamó la liga.

—¡Soy todo un señor! —dijo el cuello—. ¡Poseo un caballero distinguido, un calzador y un peine!

Lo que no era del todo cierto, pues no eran de él, aunque de todos modos, presumía de ello.

—¡Le repito que no se me arrime! —dijo la liga—. ¡No me gustan estas cosas!

—¡Mojigata! —contestó el cuello.

En ese momento, los sacaron del agua, los almidonaron y los colgaron de una silla al sol. Cuando estuvieron secos, los colocaron sobre una tabla de planchar, y allí esperaron hasta que llegó la plancha caliente.

Al ver a la plancha, el cuello exclamó:

—¡Señora! ¡Por usted me quemo! ¡Ya no soy el mismo! ¡Usted no se anda con paños calientes! ¡Me enciende por completo! ¡Quiero su mano!

—¡Andrajo! —respondió la plancha.

Y se paseó orgullosamente por encima del cuello, pues se creía que era una caldera de vapor a punto de partir de la estación, arrastrando tras de sí todos los vagones sobre la vía.

—¡Andrajo! —volvió a decir.

Con el planchado, el cuello se deshilachó un poco por los bordes, así que la tijera llegó para recortarle los hilos.

—¡Oh! —exclamó el cuello—. ¡Usted debe de ser primera bailarina! ¡Cómo estira las piernas! ¡Es lo más encantador que he visto jamás! ¡No hay en el mundo nadie que pueda imitarla!

—Lo sé -contestó la tijera.

—¡Merecería ser condesa! —dijo el cuello—. Yo no soy conde, pero le entrego todo lo que poseo: un caballero distinguido, un calzador y un peine.

—¿Se me está usted declarando? —preguntó la tijera.

Y muy indignada, le propinó un tijeretazo que lo dejó inútil.

—¡Vaya corte! En fin, —suspiró el cuello—, tendré que declararme al peine! —y le dijo dirigiéndose a él —¡Es curioso que conserve usted todos los dientes! ¿Nunca ha pensado en comprometerse?

—De hecho —contestó el peine—, ¡estoy comprometido con el calzador!

—¿¡Comprometido!? —exclamó el cuello.

Como ya no le quedaban más manos por pedir, apartó esa idea de su cabeza.

—Al fin y al cabo, ¡se vive mejor solo!

Pasó mucho tiempo y el cuello acabó dentro de una caja, en un molino donde se fabricaba papel. En aquel cajón había una gran concurrencia de trapos: finos, bastos, de colores, blancos… Todos ellos con muchas historias que contar, pero el cuello más que nadie, pues era todo un conquistador.

—¡La de novias que habré tenido yo! —refería el cuello—. ¡No me dejaban en paz! Y es que yo he sido siempre todo un señor, ¡tan blanco y almidonado! Poseía un caballero, un calzador y un peine que nunca usaba. ¡Tenían que haberme conocido entonces! En esa época todas se derretían por mí. Jamás olvidaré a mi primera novia, una cinturilla, tan fina, tan suave y tan graciosa… ¡La pobre se arrojó a un lavadero por mí! Después conocí a una plancha ardiente, pero cuando la dejé plantada, ¡se puso negra! Y también tuve relaciones con una primera bailarina. Precisamente, fue ella la que, loca de celos, me hizo este desgarrón. ¡Era tan feroz! He de añadir, que mi propio peine estaba enamorado de mí. Perdió hasta el último diente a causa del mal de amores. ¡Sí, no puedo negarlo, he vivido muchas experiencias amorosas! Pero por la que más lo siento es por la cinturilla, la que se arrojó al lavadero por mí. Tengo un gran cargo de conciencia y para hacerme perdonar, ¡necesito convertirme en blanco papel!

Y así fue. Todos los trapos se convirtieron en papel y el cuello se transformó en la hoja sobre la que alguien escribió esta historia, en la que tanto presumía de lo que nunca había sucedido.

Debemos pensar en ello y no comportarnos como él, porque quién sabe si, alguna vez, iremos a parar al cajón de los trapos, nos convertirán en papel y sobre nosotros se imprimirá nuestra verdadera historia, incluso la más secreta, y todo el mundo conocerá la realidad, como se conoció la del cuello postizo.

FIN

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