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La Luna perezosa

Ilustración: Mikyla Meyer

Hace muchos, muchísimos años, el día estaba repartido en dos mitades iguales. Durante doce horas el Sol alumbraba toda la Tierra y las otras doce era la Luna la que iluminaba tenuemente el mundo.

Todo era armonía entre los animales; durante el día, cazaban y se alimentaban, jugaban, cuidaban de sus cachorros y recorrían sus territorios sin miedo a perderse porque la luz del Sol los acompañaba. Durante la noche, se refugiaban en nidos y cuevas y echaban un buen sueñecito, hasta que la Luna se escondía y salía de nuevo el Sol.

Pero ocurrió que un día, al caer la tarde, los animales de bosques y selvas, asombrados, no dejaban de mirar el cielo esperando ver la luz blanca de la Luna que tardaba en salir. Aguardaron durante horas, sin atrever a moverse, pues la oscuridad era total. Tan solo los animales nocturnos, como búhos y lechuzas, podían andar de aquí para allá.

Todos se preguntaban:

—¿Dónde está la Luna? ¿Por qué no se ve?

Pero nadie sabía qué contestar.

Por suerte, al cabo de doce horas de la más completa oscuridad, el Sol volvió a brillar y todos los seres que habitaban la Tierra respiraron aliviados, aunque esperaban impacientes la noche para ver qué pasaría.

Por desgracia, ni esa noche ni las tres siguientes volvieron a ver la Luna.

¡Pobres animales! Estaban desesperados. Pasaban las noches en completa oscuridad resguardados en sus casitas. Si tenían sed, no salían a beber hasta la mañana, pues podían perderse camino al río o a las lagunas. Los cachorros lloraban pues les daba miedo tanta negritud y hasta los animales nocturnos andaban despistados, pues también echaban de menos el brillo de la Luna.

Así que al quinto día, elefantes y leones decidieron enviar pájaros de todos los tamaños y loros pequeños y grandes a recorrer la Tierra para dar aviso de que se iba a celebrar una Asamblea a la que era importantísimo que acudieran representantes de todas las especies animales para discutir qué podían hacer; si es que podían hacer algo, ¡claro está!

Respondieron a la llamada miles de animales y después de discusiones y diversos pareceres se acordó, por mayoría, que lo principal era averiguar dónde se escondía la Luna para preguntarle por qué ya no aparecía por las noches. El problema era: ¿quién podría subir tan alto como para hablar con la Luna?

En un principio, se pensó en las aves, pero se desechó la idea, pues en el momento en que se pararan a preguntar a la Luna podían caer si dejaban de volar.

Descartados también los animales marinos, se pensó en las jirafas, que son los animales más altos de la tierra, pero por mucho que las más grandes estiraron el cuello no llegaron más que a alcanzar alguna nubecilla.

Fue un pequeño grillo quien dio con la solución

—¡Amigos, compañeros! ¡Escuchad! —Así sonó su voz aguda y chirriante y todos callaron para oír lo que tenía que decir—. ¡Creo que ya lo tengo! Puesto que las jirafas solas no alcanzarán nunca la altura suficiente, propongo que hagamos una torre entre todos, unos encima de otros. Yo mismo me ofrezco como voluntario para ser el portavoz y subir a lo más alto para parlamentar con la Luna.

Era una idea loca, pero como a nadie se le ocurría otra alternativa decidieron que por probar no perdían nada. Acordaron que en cuanto el Sol se escondiera se pondrían a la tarea de hacer la torre animal más alta que nunca se hubiera hecho. El lugar elegido fue una playa para que así miles de peces linterna y medusas cristal, además de millones de luciérnagas, iluminaran la gran torre.

Por supuesto, en la base de la torre se afianzaron cuatro elefantes, que con sus patas clavadas en la arena formaban el mejor de los pilares. A sus lomos, se auparon cuatro osos y después siguieron leones, caballos, camellos y jirafas que elevaron considerablemente la altura. A la cabeza de las jirafas treparon cuatro cabras, seguidas de cuatro cigüeñas que llevaron en sus picos a cuatro canguros que, a su vez, transportaban en sus bolsas a cuatro monos, muy acostumbrados a las alturas. Finalmente, llegó trepando nuestro amigo el grillo.

¡La escena era magnífica! Tan inusual era, que la Luna desaparecida, muerta de curiosidad y un tanto aburrida, salió un momento de detrás de la gran nube negra donde se escondía para observar y el grillo, listillo, desde lo alto de la torre, comenzó a vocear:

—¡Ehhhhh! ¡Señora Luna! ¡Señora Luna! ¿Se encuentra usted bien? ¡Mire que aquí abajo estamos todos muy preocupados!

La Luna, con su voz dulce le contestó:

—Estoy perfectamente. Ahora que no tengo que trabajar todas las noches, puedo dormir cuanto se me antoja ¡No sabéis lo cansado que es tener que pasarse la noche brillando!

El grillo no se achicó:

—Pero, Señora Luna, ¡nosotros la necesitamos! No sabe el caos en que se ha convertido el mundo desde que no sale para darnos su luz. Ningún animal se atreve a salir de noche, algunos lo intentaron y hubo osos que, confundiéndose de guarida, acabaron en la de los leones; conejos que tropezaron con lobos en los caminos; hormigas que equivocaron sus caminos y terminaron en gallineros y abejas en nidos de golondrinas. Le rogamos que, por favor, vuelva a brillar por las noches ¡Porfa, porfa!

La señora Luna escuchaba sorprendida. No sabía que era tan importante para los animales y se sintió un poco culpable por haber sido tan egoísta.

El grillo siguió con su perorata para intentar convencerla:

—Además, Señora Luna, ¡se ve tan bonita allí en el cielo! tan redonda y brillante ¡El mundo ya no es igual sin usted!

Esas palabras tocaron la vanidad de la Luna y remolona respondió:

—Estaaaaá bien, hacedme una propuesta en la que no tenga que trabajar tanto y me lo pensaré.

Toda esta conversación iba siendo transmitida por el grillo a los monos y estos a canguros, cigüeñas, cabras, jirafas, camellos, caballos, leones, osos hasta llegar a los elefantes, que con su gran trompa, haciendo de altavoz, la hacían llegar a todos los que allí esperaban reunidos.

De esta manera, se pusieron todos los animales a pensar en una solución para resolver el problema más grande que nunca hubieran tenido. Después de darle vueltas, los elefantes lanzaron una llamada a los delfines, que nadaban cerca de la orilla, pues tenían fama de ser muy inteligentes:

—¡Arggggggg! Delfines, confiamos en vosotros ¡Dadnos la solución!

Inmediatamente, acudieron a la llamada más de doscientos delfines que tras parlamentar llegaron a un acuerdo y eligieron a un representante, el cual transmitió a la Asamblea lo que habían, entre todos, acordado:

—Nosotros proponemos, ya que el problema es que la Luna está cansada, que no trabaje tanto. Es decir, que tenga algunas noches de descanso cuando lo necesite. Las noches que esté contenta, que brille redonda, como hasta ahora, y cuando necesite descansar, que brille solo la mitad o una cuarta parte. Los animales podemos acostumbrarnos a pasar las noches con menos luz y ella estará más contenta

Con prontitud, la solución fue transmitida por toda la torre de animales hasta llegar al grillo que, con buenas palabras, se la transmitió a la señora Luna. Esta, tras quedarse pensativa un buen rato, habló así:

—¡De acuerdo!, lo haremos como decís. La verdad es que estar toda la noche escondida tras una nube de tormenta tampoco es tan divertido como pensé. Habrá noches en que me esconda del todo; otras me veréis la mitad; y alguna saldré redonda y entera para alumbrar toda la Tierra. ¡Palabra de Luna!

Y para demostrar que decía la verdad, salió de detrás de aquella negra nube y su luz alumbró más que nunca toda la Tierra. Los animales reunidos en la playa, felicitándose unos a otros, estallaron en un clamor de alegría:

—¡Bravo! ¡Hurra! ¡Viva la señora Luna! ¡Qué luz tan bonita!

La torre se deshizo con un estrépito de aullidos, relinchos, graznidos y rugidos, aunque, por fortuna, no hubo que lamentar más que unos cuantos chichones y moratones.

Todos los animales volvieron a sus tareas diarias y a dormir tranquilos. Sabían que la luz de la Luna los acompañaría siempre. Unas noches redonda, otras como un pedazo de queso mordido por un ratón o como raja de sandía. Incluso cuando casi no se viera, aquel que se fijara bien podría distinguir su redonda forma en lo alto.

Y es así como la vemos a partir de entonces. Cuando miréis al cielo y no veáis la Luna es que es una de esas noches en las que ha decidido tomarse un descanso y dormir una buena siesta.

FIN

Pubrecito, el cucudrilo

Ilustración: iktis

Garófalo —un mono pesado como media pirámide de Egipto— se lanzó de liana en liana, desoyendo los pedidos de sus amigos, que le rogaban no desplazarse colgado…

Por suerte, la selva tambaleó unos instantes pero no se derrumbó, porque Garófalo había comprendido que incluso a él mismo, le convenía caminar prudentemente si quería seguir vivito y moneando y se desprendió de la cuarta liana justo a tiempo…

Con qué alivio respiraron todos los demás animales cuando sintieron que la selva volvía a mantenerse en su lugar, después de tantos temblores de tierra y sacudida de árboles, entonces, decidieron celebrarlo.

Espiridón —un oso hormiguero— fue el encargado de organizar la fiesta.

Envió invitaciones hasta a las hormigas, pues bien sabían que no correrían peligro alguno con ese oso, alérgico a ellas al punto que se le producía sarpullido de solo mirarlas…

Las invitaciones decían:

“Te espero el próximo viernes, a la hora de la siesta, junto a mi madriguera. vamos a repartir las tareas previas a la realización del acto con motivo de celebrar que aún estamos vivos. Firmado: Espiridón.”

Y así fue como el viernes, a la hora de la siesta, casi todos los animales se congregaron en las proximidades de la madriguera del oso… Faltaron sólo los amargados de siempre… esos que prefieren reunirse en los velorios y no entienden que estar vivo es un hermoso motivo para festejar…

Una vez que los asistentes a su convocatoria se acomodaron alrededor, Espiridón les anunció:

—Amigos, mañana daremos una gran fiesta. Les comunico que…

Sin esperar a que el  oso concluyera la frase, el sapito González —que era uno de los animales más sinceramente entusiasmados con el festejo, ya que no es lo mismo que a uno se le caiga encima un árbol siendo sapo en vez de elefante— exclamó:

—¡FAAANTAAÁSTIIICOOOOOO!

Además de alérgico a las hormigas, Espiridón lo era también a las pulgas; por eso tenía pocas, tan pocas pulgas que no soportaba que nadie lo interrumpiera mientras hablaba. Y menos un animal que tuviese boca amplia, extendida, generosa como la del sapito.

—¡No tolero a los bocones! —pensaba—. ¡Aj! Se me estará por producir una nueva alergia.

Para su fastidio, cuantas veces trataba de reanudar su discurso González lo interrumpía, sin mala intención… pero lo interrumpía… el sapito lanzaba sus exclamaciones de boca abierta de par en par… de vocales abiertas también de par en par:

—¡MAAARAAAVIIILLLOOOOOSOOOOO!

—¡ESPLEEEEÉNDIIIDOOOOO!

—¡MAAAGNIIIIÍFICOOOOOOO!

—¡EEESTOOOOOY DEEE AAAACUUUUUERDOOOO!

Apenas pronunció:

—¡EEESTOOOOOY DEEE AAAACUUUUUERDOOOO! —se arrepintió, porque el oso —al borde de un ataque de «antiboquismo»— acababa de informar:

—¡NO PODRÁN CONCURRIR A LA FIESTA LOS ANIMALES DE BOCA GRANDE!

Y era evidente que lo decía dirigiéndose exclusivamente a él…

Entonces, como González era sapo, sí, pero no zonzo, saltó junto al oso, fingió gran preocupación por lo que terminaba de escuchar, enfrentó a Espiridón con valentía y, frunciendo su boca  al máximo, gritó:

—¡PUBRECITO EL CUCUDRILU!

FIN

El ruido que oyó la liebre

Ilustración: Daicelf

Nuestra amiga Marga G. nos descubrió la jataka 322 y nos gustó tanto que, después de editarla, decidimos compartirla con vosotros.

Hace mucho, mucho tiempo, en la India, en un espeso bosque de palmeras y belli, vivía una liebre.

Cierto día, descansaba la liebre bajo una palmera cuando, de pronto, pensó: «¿Y si la tierra se hundiera de repente? ¿Qué sería de mí?».  Justo en ese instante, mientras esa idea tomaba forma en su mente, uno de los frutos del árbol decidió soltarse de la rama en la que estaba y fue a estrellarse contra el suelo, no muy lejos de donde se encontraba la liebre, con un fuerte «¡Plof!».

Sobresaltada por el tremendo ruido, la liebre se levantó de un salto y empezó a gritar mientras huía despavorida del lugar:

—¡La tierra se hunde! ¡La tierra se hunde! —Y sin mirar hacia atrás, emprendió una rauda carrera, ¡pies para qué os quiero!

Una liebre amiga suya, al verla correr como si en ello le fuera la vida, le preguntó atemorizada:

—¿Qué pasa, compañera? —Y comenzó a correr tras ella.

«¡Mejor no preguntes!», jadeó la primera liebre. Esta respuesta asustó aún más a la segunda liebre, que aceleró el paso para pedir más información:

—¡Cuéntame qué sucede!

Sin detener su fuga, la primera liebre respondió entre jadeos:

—¡La tierra se hunde!

Y ambas liebres, espantadas, corrieron juntas.

Su miedo era tan contagioso, que otras compañeras, al verlas, se unieron a la carrera. De tal modo que, en poco tiempo, todas las liebres de aquel bosque estaban huyendo juntas.

Cuando aquella comitiva asustada pasaba cerca de algún animal, este preguntaba curioso:

—¿Por qué corréis? ¿Qué ocurre?

A lo que ellas respondían a coro:

—¡La tierra se hunde!

Y los animales también empezaban a correr, temiendo por sus vidas.

De este modo, a las liebres pronto se unieron manadas de venados, jabalíes, alces, búfalos, bueyes salvajes y rinocerontes, una familia de tigres y algunos elefantes.

Cuando la multitud animal pasó cerca de donde el león reposaba, este se despertó por el ruido, abrió un ojo y quedó muy extrañado al verlos.

Tan rápido como solo él era capaz de correr, los adelantó y haciendo frente a aquella estampida que se le venía encima, rugió tres veces. Al oír su poderosa voz, los animales frenaron su enloquecida carrera y se detuvieron. Jadeantes se amontonaban, mirando hacia atrás asustados.

El león se acercó y les preguntó:

—¿Qué ocurre?

—¡La tierra se hunde! —respondieron todos a una.

Al conocer la causa de su huida, pensó: «Eso no es posible; la tierra no se hunde. Seguramente los asustó algún ruido extraño que no supieron de dónde procedía. Como sigan corriendo así, se van a matar. ¡Debo salvarlos!».

—¿Quién vio cómo se hundía? —preguntó.

—Los elefantes lo vieron —respondieron algunas voces.

Al preguntar a los elefantes, estos dijeron:

—Los tigres lo vieron.

Los tigres dijeron:

—Los rinocerontes lo vieron.

Los rinocerontes dijeron:

—Los bueyes salvajes lo vieron.

Los bueyes salvajes dijeron:

—Los búfalos lo vieron.

Los búfalos dijeron:

—Los alces lo vieron.

Los alces dijeron:

—Los jabalíes lo vieron.

Los jabalíes dijeron:

—Los ciervos lo vieron.

Los ciervos dijeron:

—Nosotros no lo vimos, pero las liebres lo vieron.

Cuando el león preguntó a las liebres, estas señalaron a una liebre en particular y dijeron:

—Ella lo vio. Fue ella la que nos lo contó a nosotras.

El león, entonces, dirigiéndose a la primera liebre preguntó:

—¿Es cierto que tú has visto cómo se hundía la tierra?

—Sí, señor, yo lo vi —afirmó la liebre.

—¿Dónde estabas cuando lo viste?

—En el bosque, en un palmeral mezclado con belli. Estaba descansando bajo una palmera y pensé: «¿Y si la tierra se hundiera de repente? ¿Qué sería de mí?». Justo en ese momento, oí el ruido atronador que hace la tierra al hundirse y hui.

Con esta explicación, el león creyó comprender lo que había ocurrido realmente, pero como deseaba estar seguro de sus conclusiones para poder demostrar la verdad a los otros animales, habló con calma y propuso:

—¿Qué te parece si vamos tú y yo a ese lugar y comprobamos si de verdad se está hundiendo la tierra? —Y dirigiéndose al resto de los animales añadió—. Vosotros, entretanto, esperad aquí nuestro regreso.

El león montó la liebre sobre su espalda y desanduvo el camino para regresar al lugar donde todo había comenzado.

Al llegar allí le pidió a la liebre:

—Llévame al punto exacto en el estabas cuando se empezó a hundir la tierra.

—¡No me atrevo! —dijo. Después, añadió señalando con la pata—. Fue allí. Allí estaba cuando escuché ese ruido espantoso.

El león se dirigió hacia donde le indicaba y distinguió el lugar en el que la liebre había estado echada sobre la hierba y, muy cerca, vio el fruto maduro que había caído de la palmera. Comprobó, cuidadosamente, que la tierra no se estuviera hundiendo, volvió a montar la liebre sobre su espalda y regresó al lugar donde esperaban los animales para contarles lo ocurrido.

Más tranquilos, fueron regresando a sus hogares y reanudaron sus rutinas. Se habían puesto inútilmente en peligro por dar crédito a rumores infundados en lugar de tratar de averiguar ellos mismos la verdad. Ciertamente, si no hubiera sido por el león, no sabemos dónde, cómo, ni cuándo hubiera acabado aquella loca huida.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El ruido que oyó la liebre» con la voz de Angie Bello Albelda

Vecino nuevo

2016-09-19-09-14-36

Ilustración: Fiep Westendorp

Una mañana, muy temprano, un estruendo despertó a los animales del zoo.

—¿Qué es eso? —preguntó la cebra, que casi perdió las rayas del susto.

—¡Vecino nuevo! —respondió el hipopótamo desde su laguna.

—¿Vecino nuevo? —se interesó el ñu.

—Eso parece —dijo el búho desde lo alto de su árbol con voz solemne.

—Me da igual. No son horas de armar tanto jaleo —protestó el avestruz, que ya había sacado la cabeza de entre sus plumas.

—¿Creéis que serán gacelas o ciervos? —preguntaron el tigre y el león.

—Seguro que son peces, peces grandes para mi estanque —se relamió el cocodrilo.

—Vosotros siempre pensando en comer —chilló el puercoespín.

—Pues a mí me suena a elefante —opinó el oso pardo.

El ruido del animal bajando la rampa hasta su nuevo hogar interrumpió la discusión. Todos estiraron el cuello para intentar ver a través de las rejas, los árboles o los matorrales, sin conseguir divisar nada.

La jirafa, tan alta, fue la única capaz de ver lo que bajaba del camión, pero como también era muda, no podía contárselo a sus compañeros.

—¡Es gris! —gritó un perrito de las praderas que entendía los golpes que la jirafa daba en el suelo.

—¿Tiene pelo? —preguntó, impaciente, la hiena.

—No lo sé, pero dice que tiene cuernos.

—Será un ornitorrinco —opinó el buitre—. Dicen que son animales realmente raros.

—Yo he oído hablar de ellos —dijo el macaco—, pero no recuerdo que tuvieran cuernos.

Entonces, el nuevo vecino se acercó a la valla y se presentó.

—Buenos días, soy el rinomedario. ¿Qué se hace por aquí?

—Buenos días, amigo rinomedario —saludó el león, que era el jefe—. Por aquí no se hace gran cosa, salvo dormir, comer y posar para que los humanos hagan fotos de vez en cuando.

—Pues vaya sitio más aburrido —respondió el rinomedario.

—No lo creas —defendió la hiena—. Es más fácil que vivir en la sabana; no tenemos que preocuparnos de cazar la comida o de que nos la roben los leones.

—Bueno, eso no es problema porque yo no como carne.

—¡Ah! —exclamaron los demás animales, aliviados por no poder servirle de cena.

—No tenemos que andar kilómetros en busca de una charca para beber —dijo la cebra.

—Eso no es problema. Yo almaceno el agua en mi joroba y nunca tengo sed.

—¡Uh! —dijeron todos sorprendidos.

—No tenemos que preocuparnos de que los depredadores nos coman —informó la gacela.

—Eso no es problema. Mi piel es dura y mi cuerpo grande.

—Vivimos sin miedo a que los furtivos vengan a por nuestros colmillos —dijo el elefante.

—De donde yo vengo, no hay de eso. Nadie nos caza por nuestros cuernos.

—Y ¿de dónde vienes, si puede saberse? —preguntó el puercoespín.

—¿De la selva? —rugió el tigre.

—¿De los ríos profundos y embravecidos? —aventuró el cocodrilo.

—¿De un desierto abrasador? —propuso el camello.

—Nada de eso. Yo vengo de la imaginación.

—¿Imaginación? —preguntaron—. Nunca oímos hablar de ese lugar.

—¡Sois unos necios! —chilló la lechuza—. La imaginación puede ser como la sabana, la selva o un desierto; puede ser la profundidad del mar, la superficie de una estrella o todas esas cosas al mismo tiempo. La imaginación está en la cabeza de los niños y es un absoluto disparate, como nuestro amigo aquí presente.

—¡No soy ningún disparate!, soy un rinomedario. Y en la imaginación también hay brontodáctilos, perricerdos y flamegartos.

—¿Perricerdos? —Se asombró la pantera—. Y eso ¿a qué sabe?

—Pues a pollo, como todo lo demás— contestó el tigre.

—Vosotros veréis, pero los humanos ya no querrán hacernos fotos si hay perricerdos y flamegartos —sentenció la lechuza antes de volverse al agujero del árbol en que vivía.

Esto preocupó al resto de animales, que se reunieron lejos del rinomedario para debatir la situación y si estaban o no dispuestos a vivir con aquel animal tan extraño.

—La lechuza tiene razón, ¿dónde se ha visto un animal mitad rinoceronte, mitad dromedario? —dijo el león.

—A los niños les gustan las rayas de las cebras —intervino el ñu—. No creo que eso cambie.

—No sé yo —lloriqueó el hipopótamo—. Mirad lo que pasó cuando trajeron al puercoespín. A mí no me hicieron caso durante un mes entero. Me sentí muy solo.

—Es por la novedad, pero luego se les pasa. Siempre se les pasa. ¿Verdad? —dijo el avestruz poco convencida.

—Dejaremos que se quede un tiempo y, si no nos gusta, me lo como —ofreció el tigre, que ya se estaba relamiendo.

Cuando los humanos llegaron, solo querían hacerse fotos con el rinomedario, y así un día, y otro, y otro. Los niños corrían hacia el cercado del animal, ignorando al resto de habitantes del zoológico y los padres los seguían, fascinados por aquel bicho tan raro.

Pasadas dos semanas, los habitantes del zoo se reunieron de nuevo.

—Por más saltos que doy, nadie me hace caso— se quejó la gacela.

—Yo he aprendido acrobacias nuevas, pero no tengo público al que enseñárselas— dijo el mono.

—Rujo y rujo, me estoy quedando afónico y ningún niño me mira siquiera— contó el león.

—Entonces está decidido, me como al rinomedario— dijo el tigre pensando en lo rico que debía estar.

Pero los cuidadores se habían dado cuenta de los planes del tigre y, antes de que encontrara la forma de comérselo, devolvieron al rinomedario al lugar del que procedía, para que viviera tranquilo con los unicornios, los flamegartos, las esfinges y los hipogrifos.

Y es por eso, mis queridos niños, que para poder ver alguno de estos animales, debéis visitar el zoo de vuestra imaginación.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Vecino nuevo» con la voz de Angie Bello Albelda

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El Bosque Azul

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Ilustración: esyre

Cuentan que todos los animales que están en el mundo entraron por las tres puertas que había en un principio. Por una puerta pasaron los que andan por el agua; por otra, los que vuelan, y por otra, los que viven en la tierra.

Por esta última puerta pasaron, antes que todos, el elefante, el león, el tigre y el oso y la cerraron, para que nadie se colara sin permiso.

Uno de ellos, por turno, era portero. Y los otros animales que iban llegando tenían que explicar qué servicios le darían al mundo. Si no servían para nada, no los dejaban entrar.

Aceptaron enseguida al mono, porque quería ser portero. Y también entraron muchos otros animales, después de explicar cada uno qué sabía hacer.

Los más chiquitos, como el piojo, la pulga y el mosquito se colaron en este mundo de contrabando, escondidos en el pelaje de animales más grandes.

Cuando ya fueron muchos, buscaron un lugar donde reunirse a conversar y eligieron el Bosque Azul.

Allí discutían todos los temas que les interesaban, y lo que decidían era ley para todos.

Un día llegó a la puerta de los animales terrestres uno que tenía cuatro patas escamosas, una cola larga con plumas blancas y negras, pico chato y ojos grandes. En la barriga tenia plumas y en el lomo un caparazón.

Este animal tan raro golpeó la puerta y esperó a que le abrieran.

El elefante preguntó:

—¿Tu nombre?

—Muliñandupelicascaripluma.

—¿Cómo? No entiendo. Escríbelo, por favor.

—No sé escribir.

—Ah… ¿y quieres entrar en el mundo?

—Para eso vine.

—¿Sabes que aquí todos trabajan y que es necesario servir de alguna forma?

—Si tú lo dices, así será.

—Veo que no tienes trompa. ¿Cómo haces para comer?

—Como puedo.

—¿Y qué es lo que comes?

—Lo que venga.

El elefante consideró que el caso era demasiado complicado y llamó al león, al que todos habían elegido presidente de la asamblea de los animales.

El león preguntó:

—¿Qué servicios nos prestarás?

—Los que me toquen.

Al león también le pareció complicado el asunto, así que llamó al mono, quien ya había conseguido que el león lo nombrara su secretario para las reuniones en el Bosque Azul.

Vino el mono, miró a ese bicho tan raro y le preguntó:

—¿Comes bananas?

—Si es algo bueno…

—¿Te gustan los cocos?

—Dame uno para probarlo.

—¿Sabes abrirlos?

—Dámelos abiertos.

—¡Este quiere engañarnos! —exclamó el mono.

El león rugió y el extraño animal que quería entrar dijo, asustado:

—Los servicios que prestaré serán muy grandes. Para alimentarme libraré al mundo del animal más inútil.

—Por ahí deberías haber empezado —dijo el león—. Vamos a estudiar tu caso. Quédate afuera y espera nuestra decisión.

A la noche, los animales se reunieron en el Bosque Azul.

El mono se puso los lentes y leyó:

—Vamos hablar del Muli…. ñandú… peli… cascari… pluma.

En seguida se oyeron risas y silbidos.

Pidió la palabra el tigre y dijo:

—Yo no puedo creer que exista un animal con semejante nombre. Me parece que se burla de nosotros.

—¡Silencio! —rugió el león—. Que el secretario vuelva a leer el nombre del candidato.

Así lo hizo el mono y esta vez nadie se atrevió a chistar.

El hipopótamo pidió entonces la palabra y dijo:

—Propongo que se acorte ese nombre.

—Yo le sacaría eso de “pluma” —opinó el lobo—. No sirve más que para confundir.

—Yo pido que se le saque lo de “cáscara” —dijo el zorro.

—Y yo, “dupeli” —agregó el tigre.

Entonces dijo el león:

—Que el secretario lea el nombre final.

Y leyó el mono:

—Muliñán.

—Suena bien —dijo el hipopótamo—. Mu-li-ñán…Mu-li-ñán

—Ahora —continuó el león— hay que resolver si se le permite o no la entrada. Él asegura librará al mundo del animal más inútil, pues se alimentará de él.

—Pido la palabra —intervino el búho—. Para entrar en el mundo todos demostramos nuestra utilidad. El Muliñán tiene que explicarse. ¡Aquí todos servimos para algo!

—Puede haber habido algún error —observó el cóndor—. El señor búho, por ejemplo, todavía no se sabe para qué sirve.

—Sirvo —respondió el búho— para comer muchos bicharracos que hacen daño. Yo no ataco, como algunos, a las aves más hermosas y más buenas.

—Pido la palabra —rebuznó el burro—. Propongo que se lo destine a reemplazarnos en nuestros trabajos. ¿Por qué tenemos que cargar cosas pesadas?…

—Quisiera saber —preguntó la martineta— cuáles serían entonces los servicios que prestaría el burro.

—Me dedicaría a la música. Creo que mis rebuznos son una prueba de talento para el arte.

El león pidió silencio, y le dio la palabra al oso hormiguero, que dijo:

—¡Dejemos al burro y sus rebuznos y pensemos en el Muliñán!

El león concedió la palabra al elefante, que dijo:

—Voto por dejar entrar al Muliñán. Propongo que se dedique a perseguir y comer a los ratones.

—¡Qué disparate! —dijo el búho—. El elefante olvida que ya existimos los encargados de comernos a los ratones.

—Propongo —dijo el lobo— que nos vayamos a dormir y que, con más calma, mañana por la noche terminemos de considerar esta cuestión.

A la noche siguiente, al empezar la asamblea, el tigre exclamó:

—¡Señor presidente! La asamblea se ha reunido nada más que para resolver si entra o no el Muliñán.

—¡Señor presidente! —añadió el leopardo con tono llorón—. ¡Me preocupa la situación de ese animal que quiere entrar! Hablamos y hablamos sin resolver nada. ¡Se va a morir de hambre!

Y la pantera lloraba a lágrimas viva, mientras decía:

—¡Pobrecito Muliñán!… ¡Esperando tanto tiempo!… ¡Y no se decide nada!

El benteveo pidió la palabra:

—Estoy conforme con que el Muliñán entre y se alimente de lo más inútil del mundo. Yo creo que lo más inútil es lo más feo, y lo más feo es el murciélago.

—El murciélago, señores —mugió el búfalo— es un animal muy útil. Durante las noches, caza sin descanso una cantidad de bichitos odiosos que luego molestan durante el día. Yo propongo que el Muliñán se alimente de tábanos.

—Si seguimos así —interrumpió el zorro—, nunca llegaremos a una solución.

El búfalo no ha calculado los millares de tábanos diarios que necesitaría el Muliñán para alimentarse.

El elefante se acercó al presidente y le habló al oído. Cuando se retiró, el león dijo:

—El elefante ha venido a anunciarme que Muliñán nos pide una respuesta.

Hubo un instante de silencio, y luego una batahola de bufidos, cacareos y silbidos.

—Pido la palabra —gritó el pavo—. ¡Nuestra situación es intolerable, nos rellenan y nos comen! ¡Propongo que el Muliñán sirva para eso: que lo engorden, y lo metan en el horno y se lo coman en Navidad!

Sus palabras provocaron fuertes carcajadas.

La nutria opinó:

—Nunca oí una pavada más grande que la que acaba de decir el pavo. ¡Hasta el lirón se ha despertado con tanta risa!

La comadreja pidió la palabra y dijo:

—Propongo que aceptemos al Muliñán, con la condición de que coma lo más inútil, que son las víboras y las serpientes.

—¡Qué disparate! —exclamó la perdiz—. Víboras y serpientes se alimentan de ratas y ratones que devoran las cosechas.

—Los más inútiles —señaló el cóndor— son los buitres y los caranchos, esas desagradables aves de rapiña.

—¡Apoyado! —exclamó el águila.

—Sin embargo —replicó el ciervo—, limpian el campo al alimentarse de los animales muertos.

—¡Los inútiles son ellos! —afirmó el carancho, mirando al cóndor y al águila con desprecio.

—Los inútiles —chilló la ardilla— son los peces. Imposible comerlos… ¡No sirven para nada!

—¡Y qué sabes tú sobre peces! —le contestó la gaviota.

—¡Señores —dijo el lobo—, no perdamos tanto tiempo. Lo único inútil es lo que está debajo de la tierra.

—¡Que el Muliñán se alimente de lombrices!

—¡Que salga la lombriz! ¡Que hable y se defienda! —ordenó el león.

Ante la sorpresa de todos, la humilde lombriz se asomó a la superficie de la tierra y dijo:

—¿Ustedes dicen que yo no sirvo para nada? Si estoy aquí es porque soy necesaria, quizá más que ningún otro de los animales.

Las risas, cacareos, chillidos y rebuznos obligaron a la lombriz a suspender su discurso.

Cuando se callaron continuó:

—Debería darles vergüenza: ¡Todos ustedes viven gracias a nosotras!

—Vamos, vamos —replicó el lobo—. ¡Hay que hablar claro!

—¡Silencio! –rugió el león.

Todos callaron y la lombriz continuó:

—Si la tierra no está en buenas condiciones, no pueden existir los vegetales, y tampoco los animales. ¿Y quiénes son las encargadas de trabajar la tierra para que sea fértil? Somos nosotras las que renovamos la tierra trabajando día y noche. Excavamos, ventilamos y purificamos. Sin nosotras, el suelo sería reseco y duro. Por eso somos tan numerosas, para que en la tierra exista vida.

—Recibimos una lección de quien está tan abajo, tan abajo que ni sabía yo que existía —dijo el cóndor.

—¡Con todo mi poder, yo sería incapaz de realizar la tarea de la lombriz! —exclamó el león.

—¡Un aplauso, señores, por estas palabras! Los más pequeños también somos importantes —zumbó el mosquito.

—¡Alto ahí! —gritó el mono secretario—. Ese no tiene derecho a opinar. ¡Es de los que se colaron!

Pero el mosquito, al oír las primeras palabras del mono, ya se había escapado.

—¡Lo que dijo la lombriz —añadió el cascarudo— debe servir para que se nos tenga más consideración a los humildes y no seamos pisoteados por los grandes.

—Ya ven —agregó la golondrina— que todos los seres son de alguna utilidad. Los mosquitos se colaron en el mundo, pero nosotras nos alimentamos de ellos durante el día y los murciélagos los comen de noche.

—Es muy útil que alguien se coma los mosquitos y los tábanos —dijo la cebra.

—Este desorden es intolerable —exclamó el tigre.

—¡Señores! Lo mejor será que votemos por sí o por no. ¡Que el secretario junte los votos! —decidió el león.

Así lo hizo el mono secretario, pero era tan grande la batahola, que era imposible saber qué opinaba la mayoría. Algunos, muy astutos, habían votado dos veces. Otros, como los murciélagos, hacían ruidos que nadie entendía.

Ante la confusión, el león resolvió darle tiempo al Muliñán para que pensara en qué podría ser útil y de qué se alimentaría.

Dicen que, cada tanto, los animales vuelven a reunirse en el Bosque Azul. Pero todavía no pudieron tomar una decisión sobre el Muliñán. Por eso, ese raro animal aún no ha entrado en el mundo.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El Bosque Azul» con la voz de Angie Bello Albelda

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La Ratita presumida

Victoria Assanelli 1

Ilustración: Victoria Assanelli

Había una vez una Ratita que cada día barría su casita y un día se encontró una moneda de oro.

—¡Oh! ¡Qué suerte he tenido! ¿Con qué la gastaré?

Y pensaba y pensaba:

—Si me compro caramelos, los dientes se me pondrán feos… Y si me compro avellanas, las muelas se me pondrán malas…. ¡Ay! ¡No sé qué hacer!… ¿Y si me comprara un lacito para la punta del rabito? Un gran lacito, para que luzca bien bonito. ¡Sí, sí! ¡Eso haré!

Y eso hizo. Se dirigió a la mercería de Doña Corneja y allí estuvo mirando y revolviendo muchos lazos. Al final, se decidió por uno precioso de seda de color rojo.

—¡Este me gusta! —dijo mientras pensaba— Todo el mundo me envidiará en el barrio. Todos los vecinos se girarán para admirar mi lazo—. ¡Quiero este! No me lo envuelva, que me lo llevo puesto.

Con el lacito anudado en la punta de su rabito, se fue a su casa y se colocó ante la puerta para lucirlo y para que todo el mundo pudiera admirar lo bien que le quedaba.

Así estaba, cuando acertó a pasar por allí el señor Pato, que al verla tan linda le dijo:

—¡Ay!, Ratita, mi Ratita, tú que eres tan bonita, ¿no querrías casarte conmigo? Soy formal, buen mozo y muy estudioso. ¡Juntos aprenderíamos mucho!

—No sé, no sé. A ver, dime algo para que pueda escuchar tu voz.

—¡Cuac, cuac, cuac!

—¡Uy! ¡No, no! ¡Qué horror! Si me casara contigo me dejarías sorda. ¡No te quiero por marido!

Y Don Pato se alejó triste y cabizbajo, con sus libros bajo el ala.

Al poco rato, se acercó un hermoso gallo con la cresta muy roja y le dijo a la Ratita:

—¡Ratita preciosa!, tú que eres tan bonita, ¿te quieres casar conmigo? Soy buen mozo y tengo una gran casa.

—No sé, no sé. A ver, dime algo para que pueda escuchar tu voz.

—¡Kikirikí, Kikirikí!

—¡Uy! ¡No, no! ¡Qué alboroto! Si me casara contigo no podría dormir en toda la noche. ¡No te quiero por marido!

Y Don Gallo muy ofendido, se marchó de casa de la Ratita con la cresta muy alta y sin volver la vista atrás, seguido por siete gallinas.

También se acercaron a casa de la Ratita un perro de aguas, un cerdo y un cordero. Pero al escuchar sus voces, a todos rechazó.

Ya caía la tarde y de vuelta a su establo, después de trabajar todo el día, se acercó a casa de la Ratita un burrito:

—¡Ratita guapa!, tú que eres tan preciosa, ¿te quieres casar conmigo? Soy muy buen mozo, fuerte y trabajador. Conmigo nunca ha de faltarte de nada.

Y la Ratita, haciéndose de rogar, le dijo:

—No sé, no sé. A ver, dime algo para que pueda escuchar tu voz.

—¡¡Iiiiaaaa, Iiiiiaaaaaa!!

—¡Ahhhhhhhhhh! ¡Que espanto de voz! ¡Lárgate ahora mismo, que por tu culpa me dolerán los oídos tres días enteros!

Muy triste se marchó Don Burrito por la negativa de la linda Ratita, arrastrando su pesado carro.

Ya empezaba ella a pensar que jamás encontraría a nadie hecho a su medida, cuando pasó por allí un gatito que le dijo:

—¡Marramiaumiaumiau, Ratita! En ninguna de mis siete vidas he visto ni veré a una dama igual que tú. ¿Te quieres casar conmigo? Soy buen mozo y conmigo correrás aventuras sin fin y te divertirás de día y de noche.

Y la Ratita, haciéndose de rogar le dijo:

—No sé, no sé. A ver, dime algo para que pueda escuchar tu voz.

—¡Miauu, Miauuu! –maulló Don Gato con voz melodiosa.

—¡Qué voz tan dulce que tienes! ¡Contigo me he de casar!

Al poco tiempo, celebraron una gran boda, a la que todo el mundo fue invitado. Aquel día, todos los que asistieron a la gran fiesta advirtieron a la Ratita:

—¡Ve con cuidado con este gato! No vayas a despistarte y te dé un bocado.

—Cuidado, Ratita, no vayas a ser tú su cena.

Al terminar la fiesta, cada animal regresó a su casa y, por fin, el Gato y la Ratita se quedaron solos:

—Ratita, Ratita, ¿que puedo darte un besito?

Y acercándose mucho a ella abrió tanto la boca que ¡casi se la come de un bocado! La Ratita, dando un gran salto se alejó de allí gritando:

—¡Socorroo, socorro! ¡Que el gato me come!

Al oír los gritos, pato, gallo, perro de aguas, cerdo, cordero y burro acudieron corriendo:

—¡Cuac, cuac, cuac!

—¡Kikirikiiiiiiii!

—¡Guau, guau, guau!

—Oinkkkk, oinkkkkk!

—¡Beeeeee, beeeeeeee!

—¡Hiaaaaaaaaaaa hiaaaaaaaaa!

Y el gato, espantado con tanto alboroto, huyó por los tejados y jamás regresó.

Por eso dicen que, desde aquel día, ratones y gatos dejaron de tener amistad y cuando un ratón ve a un gato huye despavorido.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La Ratita presumida» con la voz de Angie Bello Albelda

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Un día lleno de emociones

ranita

Un día, estaba Barni, la rana, en el jardín cantando un aria de ópera. Es un aria que las ranas suelen cantar a menudo porque tiene mucho ritmo.

Al entonar una nota muy alta, Barni levantó la cabeza y miró al cielo. Y, de repente, dejó de cantar. Allí, en lo más alto, vio una gran águila blanca. El águila pretendía comerse a Barni, la rana, para desayunar.

Barni buscó inmediatamente un escondrijo y se ocultó debajo de un cubo de leche que estaba boca abajo.

Pero, vio a Daisy, la granjera, que se disponía a ordeñar a Mu, la vaca. Barni sabía que cogería el cubo así que necesitaba otro lugar para esconderse.

Dio un gran salto, tan grande como pudo. Un salto, dos, tres…y llegó al abrevadero de Percy, el cerdo.

La gran águila blanca seguía volando en círculos por el cielo.

Al oír el chapoteo, Percy, el cerdo, se acordó de que tenía sed y fue corriendo hacia el abrevadero.

Barni vio que Percy corría hacia allí. No quería que el cerdito se la bebiera junto con el agua, así que nadó y dio otro gran salto.

Miró alrededor y vio cerca un recipiente con agua. No era un buen lugar para esconderse, parecía un sitio pequeño y frío. Era una vieja sartén que el granjero había tirado.

Barni estaba preguntándose qué haría ahora, cuando Percy, el cerdo, se acercó corriendo. La pata trasera de Percy golpeó el mango de la sartén y Barni salió volando por los aires. ¡Nunca antes había llegado tan alto!

La gran águila blanca, al ver que el desayuno subía directo hacia ella, se lanzó en picado sobre Barni.

Ahora Barni ya empezaba a caer, pero la gran águila blanca iba muy rápido y, si nada la detenía, pronto alcanzaría a Barni.

De repente, se oyó un gran ¡chof!

Barni había caído en el estanque.

Barni, la rana, se escondió entre las algas y los peces, en el fondo del estanque, y decidió que ya había tenido suficientes emociones por aquel día.

FIN

Un cuentecito

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Ilustración: Skottie Young

 

Me venía yo acordando

que sabía un cuentecito

no sé si era de ogros

o más bien de animalitos.

Creo que era de un conejo…

¡Noooo!, que era del gallo Perico,

que si mal no lo recuerdo,

se casó con una oca

o se marchó de improviso.

Tal vez la protagonista,

fuera la rana Julieta,

que sufría mucho, mucho

por no cantar opereta.

Estaba también el príncipe

más feo que nunca hubiera;

los niños traviesos;

el árbol gigante que daba pena.

La ballena Elena;

la brujita Lucía…

todos dando vueltas

por esta cabeza mía.

¡Ay, mi madre!,

¡no me acuerdo de lo que contar quería!

Si alguien tiene algún remedio

para este mal que me aqueja,

por favor, que me lo diga,

¡así acabaré este cuento

y podré dormir tranquila!

FIN