Año Nuevo

El libro de Año Nuevo

Ilustración: Clara Miller Burd

Esta historia sucedió hace mucho, mucho tiempo, el primer día de un año cualquiera en un remoto lugar. Muy de mañana estaban dos hermanos jugando en su casa cuando, de repente, apareció ante ellos un hada que les dijo:

—Me envía Madre Tiempo desde muy lejos para entregaros un presente de Año Nuevo.

Dicho y hecho, a cada uno de los niños le ofreció un regalo y, acto seguido, se desvaneció en el aire.

Carla y Felipe se miraron con asombro y abrieron los paquetes que el hada les había entregado. Dentro de ellos encontraron un precioso libro para cada uno. En la portada de ambos ejemplares, escrito en letras de oro, se leía:

LIBRO DE AÑO NUEVO

Sin embargo, al abrirlos e ir pasando las hojas se dieron cuenta, con extrañeza, de que todas las páginas estaban en blanco, un blanco tan brillante como la nieve recién caída. Nada había escrito en ellas. Nada dibujado.

Pasaron los meses y al cabo de un año regresó el hada a visitar otra vez a los dos hermanos:

—Os he traído un libro nuevo a cada uno —dijo—; pero si queréis este, debéis entregarme a cambio el viejo para devolvérselo a Madre Tiempo, que fue quien os los envió.

—¿No puedo quedarme el mío? —preguntó Felipe—. ¡Está sin estrenar! En todo el año ni lo he mirado y me gustaría pintar en esas hojas tan blancas…

—No —dijo el hada—, debo devolverlo tal y como está.

—Yo quisiera poder mirar el mío entero, aunque solo sea por una vez —dijo Carla—. Lo he intentado muchas veces, pero cuando lo abro, aparece una página en blanco y si intento pasar las hojas, no hay forma. Se pegan rápidamente unas con otras y no puedo moverlas; cada vez que lo abro, el libro solo me deja ver una página cada vez.

—Verás tu libro entero, Carla —dijo el hada— y Felipe verá el suyo también.

El hada encendió para ellos dos pequeñas lámparas de plata, a la luz de las cuales pudieron ver todas las páginas de sus respectivos libros a medida que estas iban girando solas ante sus asombrados ojos.

Los dos hermanos estaban maravillados. ¿De verdad esos eran los mismos libros que les había entregado el hada hacía un año? ¿Dónde estaban las páginas blancas y limpias, tan puras y hermosas como la nieve cuando cae por primera vez? Ante sus ojos tenían una página con feos puntos negros y con muchos arañazos; la página siguiente, en cambio, mostraba una pequeña ilustración encantadora y colorida. Algunas imágenes eran luminosas, otras oscuras; esa página de ahí tenía agujeros en su superficie; en otra, había flores; en otra, un arcoíris de brillo suave y delicado; había algunas pintadas completamente de negro, como si sobre ellas se hubiera caído un frasco entero de tinta…

Los niños no se cansaban de mirar aquella maravilla hasta que, por fin, Carla y Felipe alzaron los ojos de sus respectivos libros e interrogaron al hada:

—¿Quién ha hecho todo esto? —preguntaron—. Justo cuando te marchaste, abrimos nuestros libros y las páginas estaban sin estrenar; pero ahora ya no quedan espacios en blanco en el libro.

—Os explicaré algunos de los dibujos —dijo el hada, sonriendo a los dos pequeños—. Mira, Carla, este ramo de rosas floreció en esta página cuando le dejaste a Felipe tus juguetes; y este hermoso pájaro que parece estar trinando alegremente, nunca hubiera aparecido en esta página si tú, Felipe, no hubieras sido amable y agradable el otro día, en lugar de pelearte con tu compañero en el colegio.

—Pero ¿esta mancha tan fea quién la hizo?,  ¿y quién hizo estos agujeros? —preguntaron los niños.

—Estas cosas —dijo el hada con tristeza— aparecieron también por lo que vosotros hicisteis: cuando contasteis mentiras un día y esta de aquí cuando os enfadasteis con mamá y papá y los desobedecisteis. Todos estos borrones y rasguños que se ven tan feos en los dos libros aparecieron cuando os portasteis mal con alguien. En cambio, cada cosa hermosa de los libros apareció en sus páginas cuando fuisteis agradables y amables.

—¡Oh, ojalá pudiéramos borrar las cosas feas que hay en nuestros libros! —dijeron Carla y Felipe al unísono.

—Lo siento, pero eso no puede ser —dijo el hada—. ¡Mirad!, llevan la fecha del año que ha pasado y ahora deben volver a la estantería de Madre Tiempo, pero no os preocupéis, os he traído un libro nuevo para cada uno. Quizás durante este año consigáis que en sus páginas aparezcan más cosas hermosas que feas.

Después de decirles esto, desapareció y los niños se quedaron solos. Cada uno sostenía en su mano un nuevo libro en cuya portada se podía leer en hermosas letras de oro:

LIBRO DE AÑO NUEVO

Era un libro sin estrenar, lleno de hojas blancas; un blanco tan brillante como la nieve recién caída. Nada había escrito en ellas. Nada dibujado.

FIN

¡Feliz 2017!

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Ilustración: Tedd Arnold

 

Martes de cuento y todos los habitantes de Isla Imaginada os desean que entréis en el año nuevo por la puerta de la felicidad y que 2017 os traiga montones de cosas buenas y muchos, muchos, muchos cuentos nuevos.

Tempus Fugit

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Ilustración: Daniela Volpari

Sed fugit interea, fugit irreparabile tempus

Esta historia está dedicada a vosotros, amantes de los cuentos, y de un modo un poquito más especial a Sensi, que lo inspiró con uno de sus comentarios.
Gracias a todos por un 2015 lleno de buenos momentos.
Os deseamos que 2016 sea también un año de cuento y que en él se cumpla alguno de vuestros sueños.
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Dong, Dong, Dong, Dong, Dong, Dong, Dong, Dong, Dong, Dong, Dong, Dong…

En una oscura y silenciosa casona, a las afueras de La Rosilla, allí donde habitan las termitas del hielo, resuenan las doce campanadas de la medianoche.

Todavía se balancea en el aire el último “dong”, cuando a través de la ventana grande del salón penetra un misterioso y brillante haz de luz.

Cualquiera podría pensar que un rayo de luna se ha abierto paso por entre las espesas nubes que cubren el cielo de esta gélida noche de diciembre, pero Cualquiera estaría completamente equivocado, porque esta claridad no es otra cosa que el medio de transporte de Lupicinia Cucú, Mensajera Real.

En su pico lleva un tarjetón blanco, adornado con una cenefa verde y roja de hojas de acebo. En él, con una preciosa caligrafía dorada, se lee:

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Tarjetones igual a este son repartidos hasta el más recóndito rincón del planeta en el que hay un reloj. Además de Lupicinia, dos armadillos, doce salmonetes, veinticuatro mariposas y cuatro capibaras se encargan, cada diciembre, de entregar en manecilla las invitaciones para la Gran Fiesta de Fin de Año.

En la señorial casona, al imponente reloj de caoba que preside el salón le da un vuelco el péndulo por la emoción y siente que sus segundos se aceleran. Hace semanas que espera la invitación:

—¡Ya estamos! Debo controlar estas palpitaciones o me volveré a adelantar de nuevo.

Después, ya más tranquilo, susurra al reloj de biscuit que hay sobre la mesa de mármol del rincón:

—¡Pst!, ¡Eh, tú!, ¡despierta, que ya ha llegado!

—¡Lo he visto!, ¡lo he visto!  —contesta este poniéndose aún más blanco a causa de los nervios— ¡Tenemos que avisar al resto!

Acompasan sus tiempos y los tic-tac de ambos resuena al unísono por todos los rincones del caserón.

Los relojes van abriendo sus ojitos…

El de arena se quedó ayer parado a las cuatro de la tarde, «¿¡ya es hora de merendar!?» —dice mientras se sacude el polvo.

En el de pulsera que nadie se pone, son las cinco y media de la madrugada; se despereza medio dormido, «Oooooaaaauuuuhh», estirando su correa azul cobalto.

El de pared, colgado en la cocina, marca las doce y cuatro; siempre puntual, siempre en su punto, sin pasarse nunca…

Uno a uno, todos los relojes que habitan en la casa se van despertando y hacen correr el tic-tac de que la invitación, ¡por fin!, ha sido recibida. ¡Hay que prepararse para la gran noche de pasado mañana!

Dentro de dos días, en la mansión de Don Tempus, se reunirán, como cada año, los relojes de toda la Tierra. Acudirán a la cita los modernos y los antiguos, los de péndulo, los de cuerda, los de sol, los de arena…

Por la gran avenida, con sus mejores galas, desfilarán clepsidras del brazo de despertadores; relojes de pulsera arrastrando sus largas y coloridas colas; relojes de bolsillo con lujosas cadenas de oro y de plata colgando de sus cuellos; grandes y ruidosos relojes de torre, a los que les gusta presumir y llamar la atención en calles y plazas…

A la gran fiesta incluso acudirán los relojes oxidados y parados; los que están hundidos en el fondo de los siete mares o los que no tienen manecillas. Todos se apresurarán para acudir puntuales a la cita, porque no hay manera de saber si habrá para ellos una segunda oportunidad. Entrarán en el gran salón temporal y aguardarán pacientemente su tiempo.

Los primeros en recibirlo serán los de Kiritimati, los seguirán los de Samoa, Nueva Zelanda, Tonga, Fiyi…, Australia, Japón, China… irán desfilando los relojes de todos los países y, por último, les llegará el turno a los de Hawái. Ellos cada año son los últimos, porque los salmonetes que les llevan las invitaciones aprovechan para bañarse en sus playas y siempre entregan tarde las invitaciones.

Ya falta muy poco para que Don Tempus recargue los relojes. Justo cuando las doce campanadas de la medianoche del 31 de diciembre empiecen a sonar, cada reloj recibirá su tiempo; el que gastará durante el año que está a punto de empezar.

¡Ya está aquí Don Tempus para repartir momentos a su antojo!:

—Tú, carrillón, tendrás noventa y nueve días de ensueños, sesenta horas de felicidad, veinte minutos de enfados…

—Reloj de arena, a ti te doy catorce períodos de dudas, seis meses enteros de melancolía, dos de aburrimiento…

—Reloj de sol, te doy tres tardes y media de cariño, seis horas de tristeza, ochenta y tres segundos de nervios…

—Tú, reloj de péndulo, solo tendrás dos meses de buenos propósitos, luego te pararás. Quizá para siempre…

—Despertador, te concedo trescientos minutos de espera, mil segundos robados, una hora de añoranza…

—Para ti, reloj de sobremesa, no hay tiempo…

Cada año, a medida que las campanadas de medianoche suenan a lo largo y ancho de este mundo dando paso al año nuevo, los relojes se van poniendo en marcha con su tiempo renovado.

Pero también cada año, en la mansión de Don Tempus, queda una montaña de instantes que parecen olvidados…

—Maestro Tempus, ¿qué seremos nosotros? ¿Acaso seremos tiempo perdido?

—No, vosotros sois mis mejores instantes, mis minutos más preciados. En vosotros he mezclado risas, llantos, miedos, cantos, recuerdos, ternura, inocencia… En vosotros va lo mejor de mí porque sois tiempo sin reloj, tiempo sin prisa, tiempo sin fin de sueños hermosos, tiempo sin tiempo… Vosotros sois el tiempo feliz añadido a los relojes de los que leen cuentos.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Tempus Fugit» con la voz de Angie Bello Albelda

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La diligencia de los doce meses

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Ilustración: ArtemisiaSynchroma

La noche era fría. A través del aire transparente llegaba a la tierra, en todo su esplendor, el brillo lejano de las estrellas.

De pronto, ¡pump! una olla vieja salió volando por la puerta de un vecino. ¡Bang, bang! disparos de armas de fuego. Era la última noche del año y en el reloj de la torre sonaron las doce campanadas de la medianoche.

—¡Hurra, hurra! ‑gritaban en las casas donde se celebraba la noche de Año Nuevo y levantaban las copas para brindar por la felicidad del año que empezaba.

—¡Feliz Año Nuevo! —exclamaban.

—¡Que el año venga cargado de salud, suerte, amor  y mucho dinero! ¡Fuera las tristezas y el mal humor! —todos se deseaba lo mejor mientras brindaban.

Justo en aquel preciso instante, un carruaje se detuvo frente a la puerta de la ciudad. Se alzó la barrera lentamente y el coche entró. Era la diligencia de los doce meses, que al comienzo de cada año llegaba, puntualmente, con sus doce pasajeros, cargados de regalos para todo el mundo.

—¡Salud y Feliz Año Nuevo!

—¡Bienvenidos!

Bajó el primer pasajero, envuelto en un manto de piel de oso. Calzaba botas impermeables de mucho abrigo.

—Aquí está mi pasaporte, centinela aduanero. Soy alguien en quien la gente pone todas sus esperanzas. No te extrañe el volumen de mi equipaje de treinta y un días. Traigo regalos para todos los niños… hasta para los traviesos, si son buenos y afectuosos. ¿Qué? ¿No puedes descifrar mi nombre? ¡Soy ENERO! La fotografía del pasaporte es un poco antigua y, tal vez, estoy un poco cambiado. Además, me la tomaron en mi casa del lejano Sur, donde vivo siempre en pleno estío; por eso en ella aparezco en mangas de camisa y moreno.

—¡Adelante el segundo de la fila! —gritó el guardia de la aduana—. ¡A ver, su pasaporte! ¿Qué equipaje trae?

—Poca cosa, en verdad: veintiocho días solamente. Cada cuatro viajes en torno a la Tierra hago uno con veintinueve.  Soy director de teatro, organizador de bailes de máscaras y de toda clase de diversiones. Soy el príncipe Carnaval, y viajo con el nombre de FEBRERO.

—¿Qué contienen sus días, señor febrero?

—Inconstancia en el número. Por eso me llaman «febrerillo el loco».

—¡Pase el tercero! ¿También con equipaje de treinta y uno?

—Sí, pero mis días no están llenos de regalos; no son de descanso invernal ni de modorra veraniega. Son días de esperanzas en el Norte y de abundantes cosechas en el Sur. Me llamo MARZO.

—Y tú, ¿quién eres tan orondo? ¿Qué contiene ese barril?

—Riego para el Norte y buen vino para el Sur. ¿No recuerdas? ¡Soy ABRIL!

—¡Oh, qué hermosa doncella rubia baja ahora!

—Soy MAYO, siempre con sol. En el Norte siembro flores; en el Sur maduro frutos. La dama que viene detrás es JUNIO. No la importunes con preguntas ni le pidas pasaporte. Viaja siempre muy cargada con vestidos y cajas de sombreros. La acompaña su hermano, JULIO, que lleva los documentos de ambos.

—A usted lo conozco, señor AGOSTO: ¡adelante!

—Menos mal que me conoces, porque he olvidado mis papeles de identificación en mi palacio invernal del Sur. No creía que hicieran falta en el Norte, pues voy allá por poco tiempo. Una temporadita de playa, nada más.

—¿Y usted, SEPTIEMBRE pintor? ¿Para qué quiere treinta paletas mientras viaja? ¿No le parece un poco excesiva esa provisión de pintura?

—Cada día pinto un cuadro nuevo, amigo mío. Uno con prados floridos, otro con bosquecillos umbrosos, otro con un mar tranquilo; uno con nubes viajeras, otro con tenue llovizna, y otras veces un paisaje con el cielo despejado: siempre una paleta distinta, tonos claros, oscuros…

—¡Ah! Ya baja el conde OCTUBRE. Se ve que no tiene prisa.

Con su acostumbrada calma, octubre contestó en tono afable:

—Me entretuvo don NOVIEMBRE. Por eso tardé en bajar. Ahora descenderá también él con su hacha de leñador. Está ayudando al anciano diciembre, que viaja siempre cargado con canastos y paquetes.

—¿Qué trae para mí, señor DICIEMBRE?

—Un arbolito de Navidad y una cajita de música con antiguos villancicos. También llevo un libro de cuentos, que sacaré del bolsillo y leeré en alta voz, para que todos los niños escuchen atentamente mientras las figuritas del árbol cobran vida y el angelito dorado de la punta agita sus alas de oropel.

—¡Gracias, muchas gracias! Pero, usted me perdonará que le haga una pregunta, un poco indiscreta: ¿Qué lleva en ese paquete rojo?

—¡Chisst! Un secreto. Fuegos artificiales para mi último día. ¡No descubras mi contrabando, amigo aduanero! Traigo alegría para todos, ¿entiendes?

—¡Pues claro que lo entiendo!, ¿y qué más nos trae?

Pero esta pregunta no obtuvo respuesta, porque ya la diligencia había reanudado la marcha, cargada con días y acontecimientos.

Empezaba el Año Nuevo y en todos los corazones renacían esperanzas e ilusiones.

FIN