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La pequeña locomotora

Ilustración: Hermes

Todas las locomotoras son como locomotoras, pero esta pequeña locomotora era diferente: ella siempre llegaba tarde.

Más de una vez, la pequeña locomotora prometió, con toda seriedad, ir siempre hacia adelante y no mirar nunca a los lados, pero cada vez que se ponía en marcha no podía evitarlo y lo hacía de nuevo.

Un día, el jefe de estación le dijo con severidad:

—Si llegas tarde otra vez, entonces…

La pequeña locomotora entendió y silbó:

—Piiiiiiii, ¡entendido! Esta vez no llegaré tarde. ¡Lo prometo!

Y el jefe de estación le dio a la pequeña locomotora una última oportunidad.

—Piiiiiii, piiiiii, piiiiiii —dijo mientras avanzaba por la vía.

Al poco, vio un potrillo y quiso hablar con él, pero recordó su promesa y siguió avanzando.

Mantuvo su palabra y viajó durante mucho rato, mirando siempre al frente, sin girarse ni a derecha ni a izquierda, pero al pasar cerca de un bosque, escuchó su sonido. La pequeña locomotora suspiró, volvió a pensar en lo que había prometido, pero no pudo evitarlo y se dirigió hacia el bosque.

Los pasajeros miraron por la ventana, vieron el bosque y empezaron a gritar:

—Esto es un escándalo, ¡llegaremos tarde!

—Ciertamente —dijo la pequeña locomotora— es posible que lleguemos tarde a la estación, pero, señoras y señores, si no escuchamos ahora el canto del primer ruiseñor, llegaremos tarde a toda la primavera.

Alguien quiso protestar, pero algunos sabios pasajeros, simplemente, negaron con la cabeza sin decir nada. Señal de que la pequeña locomotora tenía razón.

Durante toda la noche, los pasajeros del tren escucharon el canto del ruiseñor y por la mañana siguieron su camino.

La pequeña locomotora viajó durante un largo trecho, siempre adelante, sin mirar nunca ni a un lado ni al otro. De repente, olió el aroma de un prado y suspiró. Por un instante, se acordó otra vez de su promesa, pero no pudo evitarlo y se dirigió hacia el prado.

—¡Esto es un escándalo! ¡Un escándalo! —protestaron de nuevo algunos pasajeros— ¡Llegaremos tarde! ¡Muy tarde!

Y la pequeña locomotora contestó:

—Claro que llegaremos tarde a la estación, pero, señoras y señores, si ahora no recogemos los primeros lirios silvestres, llegaremos tarde a todo el verano.

Algunos pasajeros intentaron protestar, pero los más sabios negaron con la cabeza; la pequeña locomotora tenía razón, ahora era el momento de recoger lirios del valle.

A lo largo del día, los pasajeros recogieron los primeros lirios silvestres en el prado.

Al caer la noche, continuaron su viaje. Recorrieron un largo camino sin que la pequeña locomotora mirara hacia los lados, pero al subir una colina, la pequeña locomotora, que miraba fijamente al frente, se detuvo.

—¿Y ahora por qué nos detenemos? —preguntaron sorprendidos los pasajeros—. Aquí no hay flores ni tampoco hay un bosque.

—El atardecer —dijo la pequeña locomotora— Es el atardecer. Si no lo vemos, puede que lleguemos tarde a la vida. Después de todo, cada atardecer es único en nuestras vidas.

Esta vez nadie protestó. Los pasajeros contemplaron en silencio la puesta de sol desde lo alto de la colina y en silencio esperaron el silbato de la locomotora.

Llegaron, por fin, a la estación. Los pasajeros se bajaron del tren y la pequeña locomotora se escondió.

—Ahora —pensó— los viajeros serios irán a quejarse al jefe de la estación.

Pero los viajeros, por alguna razón, sonrieron y le dijeron:

—¡Muchas gracias, pequeña locomotora!

El jefe de la estación ​​se sorprendió mucho:

—¡Pero si han llegado tres días tarde!

—Y qué —contestaron los pasajeros— pero podríamos haber llegado tarde a todo el verano, a toda la primavera y a toda la vida.

Probablemente, ya has entendido la idea de esta historia: nunca te apresures; si ves algo hermoso, si ves algo bueno, detente.

FIN

El valor de las cosas

Ilustración: Bendragonx

―Maestro, vengo porque me siento muy poca cosa. La gente me dice que no sirvo para nada, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. Parece que a nadie le importo, que los demás no me aprecian ¿Cómo puedo cambiar? ¿Qué puedo hacer para que los demás me valoren más?

El maestro, sin mirarlo, le dijo:

—Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, primero debo resolver mi propio problema. Quizás después… —y tras una pausa agregó—. Pero si quieres echarme una mano, podría resolver el tema que me preocupa con más rapidez y después, tal vez, podría ayudarte a ti.

—Encantado, maestro —respondió el muchacho, pero sintió que otra vez era depreciado y sus necesidades postergadas.

—Bien —asintió el maestro.

A continuación, se quitó un pequeño anillo que llevaba en el dedo meñique de la mano izquierda y se lo dio al muchacho.

—Me urge vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario obtener la mayor suma posible, pero no aceptes por él menos de una moneda de oro. Monta el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Vete ya y regresa con la moneda lo más rápido que puedas.

El joven tomó el anillo y partió.

Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a todos los mercaderes. Estos lo miraban con cierto interés, hasta que el joven decía lo que pretendía obtener por el anillo. Cuando mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban la espalda y otros se indignaban.

Solo un viejecito fue amable con él y se tomó la molestia de explicarle que una moneda de oro era demasiado para entregarla a cambio de un anillo tan pequeño, pero que, por ayudarlo, él le ofrecía una moneda de plata y un cacharro de cobre. El joven, que tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro, le dio las gracias, pero rechazó la oferta.

Después de ofrecer inútilmente su joya a toda persona con la que se cruzó en el mercado —más de cien— y abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó.

Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro. Podría entonces habérsela entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda.

Entró en la habitación.

—Maestro —dijo— lo siento, no es posible conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.

—Qué importante lo que dijiste, joven amigo —contestó sonriente el maestro—. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuanto te daría por él. Pero te ofrezca lo que te ofrezca, no se lo vendas.  Vuelve aquí con mi anillo.

El joven volvió a cabalgar.

El joyero miró detenidamente el anillo, lo examinó con su lupa, lo pesó y luego dijo:

—Dile a tu maestro que si lo quiere vender ya, solo puedo darle cincuenta y ocho monedas de oro.

—¡¿Cincuenta y ocho monedas de oro?! —exclamó el joven.

—Sí, lo siento —replicó el joyero—. Seguro que con tiempo podríamos obtener por él más de setenta monedas, pero si la venta es urgente…

El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.

—Siéntate —dijo el maestro después de escucharlo—. Tú eres como este anillo: una joya, valiosa y única y como tal, solo puede valorarte verdaderamente un experto. ¿Crees que cualquiera puede descubrir a simple vista tu verdadero valor?

Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda.

FIN