ardilla rayada

El oso y la ardilla

Ilustración: Gennady D. Pavlishin

Cuando las montañas de Jinggang eran todavía lomas, cuando al disparar una flecha desde un lado del Jinggang se oía cómo caía al otro lado, en aquel entonces, el oso y la ardilla eran muy amigos.

Vivían juntos en la misma guarida y juntos iban de caza. Todo lo compartían a medias: la ardilla comía de lo que cazaba el oso y el oso comía de lo que encontraba la ardilla. Hacía mucho tiempo que eran amigos y ya se sabe que los envidiosos no soportan que los demás vivan en buena armonía. Así, que hasta que no hacen regañar a los buenos amigos, no paran.

Pues bien, un día salió la ardilla de la guarida para ir a buscar avellanas y se encontró con su vecino el zorro. El zorro agitó su rabo rojo, saludó cortésmente a la ardilla y le preguntó:

—¿Cómo van las cosas, vecina?

Y la ardilla se lo contó.

El zorro escuchó fingiendo mucha atención, pero se moría de envidia por dentro al saber que sus vecinos vivían en tan buena armonía y sin regañar. Y es que él no tenía amistad con nadie porque siempre andaba con astucias y procurando engañar a todo el mundo.

El zorro cruzó las patas sobre el vientre, puso cara de pena y se puso a llorar — a los hipócritas no les cuesta nada llorar— y dijo:

—iAy, pobre!, ¡pobrecita! IQué pena que me das!

—¿Y por qué te doy pena, vecino? —Se asombró la ardilla.

—iPero qué tonta eres! —contestó el zorro—. El oso te trata como a una infeliz, y tú ni te das cuenta.

— ¿Qué es eso de que me trata como a una infeliz? —preguntó la ardilla.

—Pues muy sencillo; cuando el oso caza alguna pieza, ¿quién es el primero que le clava el diente?

—El hermano oso —contestó la ardilla.

—¿Te das cuenta? ¡Se come el mejor bocado! Seguro que llevas un montón de tiempo sin llevarte un buen trozo de carne a la boca y tienes que conformarte con las sobras del oso. A ver si será por eso que no creces…

Agitó el zorro el rabo, se enjugó las lágrimas, sacudió la cabeza y, por último, añadió:

—Bueno, adiós. Ya veo que a ti te gusta esta vida y te conformas con cualquier cosa. En cambio, si yo estuviera en tu lugar, procuraría ser el primero en clavar los dientes a la presa.

Y echó a correr, como si tuviera algo que hacer, borrando sus huellas con el rabo.

Mientras veía cómo se alejaba, la ardilla se puso a pensar: «pues me parece que el vecino tiene razón en lo que dice».

Tan pensativa se quedó la ardilla, que hasta se olvidó de las avellanas. «Parece mentira que sea tan egoísta el oso.  ¡Y yo que siempre he confiado en él como en un hermano mayor!», pensaba.

Al poco tiempo, salieron el oso y la ardilla de caza y, por el camino, encontraron un frambueso cargado de frambuesas. El oso se puso a comer y le dijo a la ardilla que comiera también. Pero la ardilla solo se fijó en que el oso había empezado antes, «O sea, que el zorro tenía razón».

Después, el oso cazó una rata de campo y llamó a la ardilla. Pero la ardilla solo vio que el oso había sido el primero en clavarle las uñas, «Está claro que el zorro me dijo la verdad».

Siguieron andando los dos amigos y pasaron junto a un tronco en el que unas abejas tenían su panal. El oso arrancó el tronco, lo sujetó con una pata, metió el hocico, empezó a lamer y llamó a la ardilla para que también probara la miel, pero la ardilla solo reparó en que era otra vez el oso el que probaba primero el dulce. «Ahora ya no hay duda: el zorro no miente».

Muy enfadada, se dijo la ardilla: «Verás cómo te escarmiento, oso egoísta».

Volvieron a salir de caza otro día.

La ardilla iba montada en la cerviz del oso porque no podía seguir su ritmo con sus patitas tan cortas.

El oso olfateó una presa y le echó la garra a un corzo. Ya iba a clavarle los dientes, cuando la ardilla, de un salto, se plantó entre las orejas del venado para ser ella la primera en morder y llevarse el mejor bocado a ver si así crecía un poco. El oso, del susto, aflojó la garra y el corzo escapó.

Los dos amigos se quedaron en ayunas.

Siguieron su camino.

El oso descubrió una rata de campo, se fue acercando con sigilo y cuando ya casi la tenía, la ardilla vuelta a lo mismo. El oso se llevó otro susto de muerte. Y otra presa que perdieron. El oso estaba ya enfadado, aunque no le dijo nada a la ardilla.

Se cruzaron con un jabato. En otra ocasión, el oso no se habría metido con él, pero es que, del hambre, tenía ya el vientre pegado a las costillas. Furioso, arremetió contra el jabato y lanzó tal rugido que el jabato retrocedió. Retrocedió, retrocedió, hasta que se encontró sin escape, aculado a un árbol. Entonces, el oso se lanzó sobre él con las fauces abiertas y enseñando los dientes, dispuesto a tragárselo de un bocado.

Cuando ya iba a hincarle el diente, la ardilla saltó otra vez, del lomo del oso al lomo del jabato, para ser la primera en morder. Entonces sí que se enfadó el oso. Le plantó la zarpa a la ardilla en el lomo para que aprendiera a no estorbar.

La ardilla dio un respingo y al huir, las cinco uñas del oso la hirieron desde la cabeza hasta el rabo. Aullando de dolor, saltó a un árbol, luego a otro, y a otro más … Y así, de rama en rama, se alejó hasta que el oso la perdió de vista.

Finalmente, el oso cazó al jabato y llamó a la ardilla:

—¡Hermana, hay carne fresca, ven a comer!

Pero la ardilla no se dejó ver.

El oso volvió a su guarida y estuvo esperando a la ardilla mucho tiempo, pero en vano. La ardilla no volvió a aparecer. Vivió mucho tiempo en los árboles, hasta que cicatrizaron los rasguños. Y aunque su lomo se curó por completo, en él le quedaron las marcas de las cinco uñas del oso para toda la vida. Desde entonces, todo el mundo conoce a esta ardilla como ardilla rayada o tamia.

13

Ilustración: Gennady D. Pavlishin

 

Ahora, la ardilla rayada no come carne y si ve un oso, huye de él. Cuando alguno ronda por donde está ella, le tira piñas. Y si el oso levanta la cabeza, la ardilla desaparece a toda velocidad.

FIN