arrugas

El elefante coqueto

Ilustración: doriangart

Todos los días, el elefante Jacinto se iba a asear y mirarse un poquito en la gran laguna, que era como un límpido espejo.

¡No estaba conforme con lo que veía! ¡Tenía tantas y tantas arrugas! Eso le producía mucha preocupación.

Acongojado. una tarde charlaba con el mono más viejo y más sabio y le confió su disgusto por verse tan, pero tan feo con esas arrugas como dobladillos que tenía en la piel. El mono Pedrín, que siempre tenía una solución para los problemas de los demás le dijo:

—¿Por qué no pruebas, Jacinto, con el salón de belleza de la tortuga Lentini? ¡Ahí se han hecho verdaderos milagros! Y lo que es mejor… ¡No cobra demasiado caro!

Jacinto movió a uno y otro lado sus orejitas y dijo:

—Tienes razón, probaré mañana mismo. Iré al salón de la experta en belleza doña Tortuga Lentini.

Al otro día, bien temprano, se dirigió el elefante al gran salón de belleza de doña Lentini.

¡Casi no pasaba por la puerta!, pero empujando y empujando pudo al fin entrar y sentarse en el enorme taburete que para los animales grandes había dispuesto el salón.

Encima de una alta, alta escalera, especialmente hecha para estas ocasiones, la dueña del salón de belleza le dijo:

—Tenga usted muy buenos días, señor Jacinto. ¿En qué puedo servirle?

El elefante, luego de responder cortésmente como corresponde a un elefante educado, le dijo:

—Vengo muy, pero muy triste y malhumorado, aunque no se me note, pero más que nada estoy muy desconforme con esta piel arrugada que luzco y don Mono Pedrín me recomendó sus tratamientos de belleza.

La tortuga Lentini tomó una gran lupa que tenía, y moviendo la cabeza, después de pasársela por algunas de las muchas arrugas de la piel, dijo con voz y gesto de experta:

—No va a ser nada fácil pero… vamos a intentarlo, don Jacinto.

Le colocó como pudo. y después de subir hasta lo alto de la escalera, un gran canasto lleno de cosas; un babero… un babero enorme como corresponde al tamaño del elefante. Cremas… y más cremas. Compresas de barro y ¡¡más cremas!! Masajes, masajes, masajes. Subía y bajaba doña Lentini la escalera, en busca de más potes llenos, ya que gastaba kilos y kilos y kilos.

Al cabo de casi dos horas de tratamiento, la pobre señora Lentini, cansadísima de subir y bajar, de darle masajes y tratar de planchar las enormes arrugas, ¡se dio por vencida!

—Mire, señor Jacinto, mi buen elefante, creo que el tratamiento de belleza no da los resultados esperados. Probé con cremas de manzanas, de algas, de pino, de zanahoria…. y hasta de huevos…. ¡y nada! Las arrugas están igualitas.

Don Jacinto movió la cabeza y con su grandota resignación le dijo:

—No es culpa suya, ya veo que esto no tiene remedio. Se sacó el enorme babero como pudo, bajó del enorme taburete y con tristeza le dijo: ¿cuánto le debo doña Tortuga Lentini?

Nada, don Jacinto, solo le cobraré los potes de crema que gastamos. Fueron… fueron 25. Cada pote, cuesta una lechuga, así que solo me deberá traer 25 lechugas, pues el trabajo, ¡eso sí que no se lo cobro!

Don Jacinto agradeció como corresponde y le aseguró que le mandaría con los conejos mensajeros las 25 lechugas.

Saludó y se alejó moviendo su cola como el péndulo de un reloj y dando de vez en cuando un trompetazo contra su cabezota. Llegó hasta la gran laguna donde siempre se miraba y no resistió la tentación de hacerlo.

¡Qué desilusión! Estaba igual, igualito como era antes. Sobre la frente tenía una arruga que parecía almidonada y cerca de la trompa, ahí, al costado no más de su boqueta, otras dos que parecían refuerzos de pan. ¡Y ni que hablar de su lomo y sus patas!

En esas estaba cuando sintió unas cosquillas que le subían por las patas y se detuvo después de un rato, en su cabeza, justo, justo encima de la arruga grandota como un cerro.

¿Qué es esto? Sacudió la cabeza, pero sentía que esa cosquilla le caminaba de uno a otro lado de la arruga.

Volvió a sacudir la cabeza para ver si hacia desaparecer la cosquilla… ¡pero nada! ¡Seguía allí paseándose muy oronda de un lado a otro de la arruga!

Y cuando menos lo esperaba, una voz chiquita le dijo al oido:

—¡Hola, don Jacinto! ¡Cada día más arrugadito y más lindo!

—¿Quién eres? ¿Te estás riendo de mí? Sal de allí, ¡in-me-dia-ta-men-tel

La vocecita dulce y chiquita, le dijo entonces:

—¡No te enojes, grandullón! ¡Soy el grillito cantor!, el viento me puso aquí después de un buen coscorrón. Primero, pensé que estaba encima de un nubarrón, luego pensé ¡es la montaña! y ahora… ¡ya sé quién sos! Me gustaría tanto quedarme aquí.

—Pero ¿qué piensas hacer? —le dijo don Jacinto—. ¡Me estás haciendo cosquillas en la azotea!

Se oyó una risa chiquitita y juguetona y el grillo dijo:

—¡He decidido pedirte permiso para vivir dentro de una de tus abrigadas arrugas! Acá no corro ningún peligro de esos que hay por allí.

El elefante Jacinto pensó un momento, se le llenó la enorme cabezota de buenos pensamientos hasta que estos le salieron por la boca y dijo:

—Está bien, ¡al fin y al cabo, para algo servirán mis arrugas! Lo único que quiero pedirte es que de vez en cuando, cuando me veas triste, toques en mi oído un poco de tu violín para alegrar mi corazón. Ese será el pago del alquiler de mis arrugas.

—¡Dicho y hecho!

A partir de ese momento, cada vez que al elefante Jacinto le venía la tristeza por sentirse feo y arrugado, su inquilino de la altura, el grillito cantor comenzaba a tocar su violín, justo detrás de la trompa, o parado sobre la enorme arruga que parecía una montaña. Y el señor Jacinto movía cola y cabeza al ritmo de su música y se olvidaba de sus arrugas.

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

Así fue como al rinoceronte se le arrugó la piel

Ilustración: hellcorpceo

Había una vez, en una isla deshabitada frente a las costas del mar Rojo, un parsi cuyo sombrero reflejaba los rayos del sol con un resplandor-más-que-oriental. Vivía aquel parsi junto al mar Rojo sin más bienes que su sombrero, su cuchillo y un hornillo de esos a los que tú, por nada del mundo, debes acercarte.

Un buen día, tomó harina, agua, pasas, ciruelas, azúcar y esas cosas y se preparó un pastel de medio metro de ancho y un metro de alto. Aquel era un «Comestible Superior» (eso es mágico), y lo puso sobre su hornillo —porque el parsi sí tenía permiso para acercarse a él— y lo coció y lo coció, hasta que estuvo todo dorado y olía que daba gusto. Pero justo cuando se disponía a comérselo, apareció en la playa, procedente del Interior Totalmente Deshabitado, un rinoceronte con un cuerno en el hocico, unos ojitos de puerco y muy pocos modales.

En aquellos tiempos, el rinoceronte tenía la piel muy estirada, se le ajustaba muy bien, sin arrugas por ninguna parte. Era exactamente igual a los rinocerontes de un Arca de Noé de juguete, aunque mucho más grande, por supuesto. De todas formas, no tenía modales en aquella época, tampoco los tiene ahora y no los tendrá nunca.

Dijo: «¡Auummm!» y el parsi soltó el pastel y trepó a lo más alto de una palmera, sin llevarse con él más que su sombrero, que reflejaba los rayos del sol con un resplandor-más-que-oriental.

El rinoceronte derribó con el hocico el hornillo de aceite y el pastel rodó por la arena, lo ensartó con su cuerno y lo devoró en un periquete, tras lo cual se marchó tranquilamente, meneando la cola, al desolado Interior Totalmente Deshabitado, que linda con las islas de Mazanderan, Socotra y los Promontorios del Equinoccio.

Entonces, el parsi bajó de la palmera, puso en pie el hornillo y recitó un sloka que, como tú no lo sabes, te recito a continuación:

Aquel que el pastel comió,

el que el parsi cocinó,

un grave error cometió.

 

Y estos versos tenían mucha más miga de lo que tú puedas imaginar.

Cinco semanas después de este suceso, una gran ola de calor azotó las costas del mar Rojo y todo el mundo se quitó la ropa que llevaba. El parsi se quitó el sombrero y el rinoceronte se quitó la piel, se la echó al hombro y se acercó a la playa para bañarse. En aquellos tiempos, la piel del rinoceronte era de quita y pon, se abrochaba con tres botones por debajo y parecía un impermeable. Del pastel que se había comido no dijo nada. Ya sabemos que no tenía modales en aquella época, tampoco los tiene ahora y no los tendrá nunca. Dejó la piel en la playa, se metió en el agua y empezó a hacer burbujas soplando por la nariz.

Entonces, el parsi, que pasaba por allí, se encontró la piel del rinoceronte y sonrió con una sonrisa que le dio la vuelta a la cara dos veces. Luego, bailó dando tres vueltas alrededor de la piel y frotándose las manos. Corrió a su tienda y llenó su sombrero con migajas de pastel, pues hay que tener en cuenta que aquel parsi solo comía pasteles y nunca barría la tienda. Tomó la piel, la restregó, la sacudió la frotó y la llenó a más no poder de migajas de pastel, viejas, duras y punzantes y también metió algunas pasas chamuscadas. Después, se subió a lo más alto de una palmera y esperó a que el rinoceronte saliera del agua y se pusiera la piel.

Y el rinoceronte así lo hizo. Abrochó los tres botones y notó que la piel le picaba, como cuando la cama está llena de migas. Entonces quiso rascarse, pero eso fue peor; se tumbó sobre la arena, y empezó a revolcarse y a revolcarse, pero con cada revolcón, las migajas le picaban más y más. Entonces corrió hacia la palmera y se restregó y se restregó y se restregó contra el tronco varias veces. Tanto y tan fuerte se restregó que, al final, se le hizo una tremenda arruga en la espalda y otra debajo, donde solían estar los botones (que perdió de tanto restregar) y también aparecieron pliegues en sus patas. Todo esto le agrió el carácter, pero para nada solucionó las molestias que le producían las migajas del pastel que le picaban dentro de la piel. Se marchó a su casa de muy mal humor, con aquella terrible comezón y lleno de rasguños. Y desde entonces hasta hoy, todos los rinocerontes tienen grandes arrugas en la piel y un humor de mil diablos, todo por culpa de las migajas del pastel que llevan dentro.

El parsi bajó de la palmera llevando puesto el sombrero, que reflejaba los rayos del sol con un resplandor-más-que-oriental, empaquetó su hornillo y se marchó en dirección a Orotavo, Amígdala, las Praderas Altas del Anantarivo y las Marismas de Sonaput.

FIN