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Los dos sabios

Ilustración: DeepBlueNine

En una montañosa comarca, entre todos los que allí habitaban, gozaba de gran fama y de prudente y parca sabiduría un enorme asno, ya bastante entrado en años, cuya conducta intachable era adornada con la rara virtud del silencio. Esto, además de hacerlo simpático, lo distinguía de los demás miembros de su familia, cuyo áspero rebuzno jamás pudo alcanzar ni un modesto accésit en las academias de canto.

Por esta discreción innata fue que un día, durante una asoladora gripe que azotó la región, los animales resolvieron pedir al reputado cuadrúpedo su consejo salvador y decisivo y, de este modo, poner remedio al común mal que los afligía.

Los recibió el docto asno con aire sonriente y bondadoso en el cual se transparentaba su acendrada modestia, y les dijo después de escucharlos con atención:

—Amigos…, el caso tiene…, como es natural…, una solución… pero me la reservo… Sería mejor que consultaran ustedes con el sabio Doctor Humano… Yo mismo los acompañaré a su consulta…

La asamblea de afligidos animales en pleno, encabezada por el sabio asno, se encaminó hacia la residencia semicampestre del afamado médico, ante cuyo saber se inclinaba, reverente y sumiso, todo el país (¡y parte del extranjero!).

Paciente y magnánimo, el docto galeno escuchó las cuitas de aquellos pobres bichos enfermos y, entonces, con cariñoso desdén, les aconsejó:

—El caso, queridos animalitos míos, no entra dentro de mi jurisdicción. Es de carácter tan local y tan propio de vuestra pequeña comarca, que sería preferible que pidierais la opinión de algún nativo de ella. ¿No habéis consultado allí con alguien?

—Sí; hemos pedido el parecer de nuestro convecino más preeminente, el asno, aquí presente, pero él…

—Bien… —rebuznó el aludido. Y bajó la cabeza como ruborizado.

—Y… bien… —añadió el sabio doctor.

—Y bien —los interrumpió un zorro viejo, con mal disimulada ironía—, es mejor volvernos a nuestro valle y curarnos con nuestros propios medios…

Porque aquí, amigos, a lo que discurro,

y sin querer a nadie hacer agravio,

el burro con callar quiere ser sabio,

y el sabio por no errar imita al burro.

FIN

El mal aliento

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Ilustración: CrazyCrocuta

Hace mucho tiempo, en el África subsahariana, reinó un león que tenía un carácter terrible. Todos sus súbditos lo temían y nadie se atrevía a abrir la boca en su presencia porque la fiera, a la más mínima, los hacía callar de un zarpazo.

Después de una larga enfermedad que lo mantuvo postrado en su cueva durante semanas, volvió el rey a ocupar su trono y convocó a sus principales ministros: un dromedario, un asno y una hiena.

—Como ya sabéis —les dijo malhumorado—, he estado muy enfermo y con fiebres muy altas. Lo último que me dijo el licaón médico, antes de que le cerrara la boca de un zarpazo a causa de sus impertinencias, fue que sabría que estoy completamente curado cuando mi aliento dejara de oler mal. Así que tengo que comprobarlo. Me han dicho que vosotros tres tenéis un olfato excelente.

—Cierto, muy cierto, majestad.  Sobre todo, yo —se apresuró a decir el asno.

—Entonces acércate a mí el primero y dime cómo huele mi aliento —ordenó el rey de los animales.

Abrió su gran bocaza y esperó. El asno olfateó y cuando llegó hasta sus narices el fétido aliento del león, echó la cabeza hacia atrás apresuradamente.

—¡Pero qué ascooooo! ¡Tu aliento apesta! ¡Un poco más, y me ahogo!

El rugido del león se oyó en varios kilómetros a la redonda:

—¡Insolente! ¿Cómo te atreves a insultarme de ese modo? —Y de un zarpazo lo hizo callar.

Muy enfadado, se giró hacia el dromedario y le hizo señas para que se acercara. Cuando lo tuvo a menos de un palmo le mandó:

—¡Tú!, dime si tengo buen aliento.

Y echo su hálito hediondo en la mismísima cara del dromedario, que disimuló una mueca de disgusto, pero no pudo contener las náuseas.

—¡Huag!.. Esto… Gran rey… Tu aliento… ¡Tu aliento huele de maravilla! Yo diría que es como una mezcla de almizcle y tripas podridas, con un toque de ámbar y un rastro de jazmín.

—¡Pero, ¿¡qué te has creído!? ¿Acaso quieres burlarte de mí! ¡Desvergonzado! —respondió el león.

—¡No, majestad! Por nada del mundo me burlaría yo de t…

Pero no pudo acabar la frase, porque el rey no lo creyó y, de un solo zarpazo, lo hizo callar.

La hiena estaba muerta de miedo; temblaba de pies a cabeza. Llegaba ya su turno y el león estaba cada vez más y más furioso.

—Ahora te toca a ti decir lo que piensas —ordenó el león—. ¡Ven aquí y huele mi aliento! Hay de ti, hiena, si no me conviene lo que me dices.

La hiena se acercó inquieta y, con el alma en un hilo, husmeó el pútrido aliento del león y fingió estornudar.

—¡Atchíssssssssssssssss! Berdona, bero no huelo nada de nada ¡Cof, cof, cof! ¡Mil berdones de nuevo! Estoy algo gostibada desde hace unos días —dijo, fingiendo tener la voz tomada.

El león comprendió lo que ocurría, pero lejos de enfadarse soltó una gran carcajada y añadió:

—Muy bien, hiena, tu astucia te ha salvado —dijo el rey de los animales—. Por ser tan lista, esta vez te perdono. Ya te puedes marchar.

Y la hiena, muy feliz, pudo volver tranquilamente a su madriguera.

Dicen que ese día las hienas aprendieron a reír.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El mal aliento» con la voz de Angie Bello Albelda

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El chico y el cocodrilo

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Ilustración: Camelid

Un chico se adentró en la selva para recoger leña. Al mediodía ya había recogido un buen montón, la ató bien y tomó el camino de regreso hacia su aldea.

Al subir una colina, vio a poca distancia un lago que nunca antes había visto y pensó: «Iré a beber. Tengo mucha sed». Mientras estaba bebiendo, se encontró cara a cara con un cocodrilo y empezó a correr, pero el cocodrilo lo llamó:

—Niño, no corras, ¡ayúdame, por favor! Hace tres días que estoy aquí sin comida y si te vas, moriré.

El cocodrilo, que se llamaba Bambo, pensó que aquel tierno muchachito sería un bocado exquisito y añadió:

—Vine a este lago por un afluente del río, pero ahora el afluente se ha secado y yo no me puedo mover. Debes ayudarme a regresar de nuevo al río, prometo que no te haré nada.

El muchacho empezó a llorar.

—No llores —dijo Bambo— no pienso comerte.

—Aunque no me comas, tú eres más grande que yo, y más fuerte, y más largo. ¿Cómo podré transportarte? —preguntó el niño

—Esto no es ningún problema. Coge tu hacha y corta dos palos largos —respondió Bambo.

El chico cortó los palos y siguió las instrucciones del cocodrilo: puso uno de ellos en el suelo, el cocodrilo se puso encima y después el niño puso el otro palo sobre la espalda del cocodrilo. A continuación, ató palos y cocodrilo juntos desde la cabeza hasta los pies, lo levanto por la cola y lo arrastró hasta el río y durante todo el camino, lloraba y cantaba:

El cocodrilo me da miedo,

porque me comerá.

¡Ay!, miedo me da.

Bambo le repetía:

—No pienso comerte, porque si lo hiciera, significaría que recompenso tu buena acción con maldad.

Pero el chico no hizo caso y continuó llorando y cantando su canción.

Al llegar al río, el muchacho quiso poner al cocodrilo de espaldas antes de desatarlo, pero Bambo le dijo:

—Si me dejas aquí, patas arriba, moriré igualmente. ¿Me has traído a través de toda la colina para esto? Por favor, no me dejes tan cerca del río así.

El chico introdujo al cocodrilo en el río hasta que el agua le llegó a la cintura.

—Un poco más, un poco más —imploró Bambo.

—El agua me llega ya a la cintura y yo no sé nadar —contestó el chico—. Deja que te suelte aquí mismo.

—Por favor, muchacho, solo un poco más lejos.

El chico continuó hasta que el agua le llegó al cuello.

—Te soltaré aquí —dijo el muchacho.

El cocodrilo estuvo de acuerdo y una vez libre, se dio la vuelta y apresó con sus enormes fauces al chico.

—¿Cómo puedes hacerme esto? —sollozó el muchacho— ¿Has olvidado tu promesa?

—Debiste suponer que no hablaba en serio. Después de todo, lo dije porque estaba atrapado en el lago, pero llevo tres días sin comer y si te dejo escapar quizá no tendré fuerza para cazar e igualmente moriré. Es un poco desafortunado para ti, pero comprende mi situación.

—Sabía que me comerías. Por esto he estado llorando todo el rato. Sabía que recompensarías mi buena acción con maldad.

En la orilla del río había un árbol y el chico propuso al cocodrilo:

—Antes de comerme, expongamos nuestro caso al árbol a ver qué dice.

Al cocodrilo le pareció bien y contaron su historia al árbol. Al terminar, el árbol sacudió sus ramas y habló:

—Cocodrilo, creo que tienes razón. Nosotros, los árboles, sabemos lo ingratos que pueden ser los humanos. Se sientan bajo nuestra sombra para protegerse del sol abrasador. Les proporcionamos frutos y medicamentos, los ayudamos a que llueva para su bien y el de sus tierras, pero tan pronto como somos grandes y fuertes, vienen y nos cortan para sus egoístas propósitos. Son locos y desagradecidos. Cocodrilo, ¡cómete tu presa! —sentenció solemne el árbol.

—Ya lo has oído —dijo Bambo encantado—. Te voy a comer porque todo el mundo sabe lo ingratos que sois los humanos.

Justo en ese momento, una vaca se acercó a beber al río y el chico le dijo al cocodrilo:

—Pidamos una segunda opinión. Expongamos el caso a la vaca. Estoy seguro de que ella no estará de acuerdo con el árbol.

Llamaron a la vaca y cuando terminaron de contar su historia, esta levantó la cabeza y dijo:

—Cocodrilo, puedes comértelo. Los humanos son las criaturas más ingratas que existen. Mientras fui joven y los humanos podían beber mi leche, me daban comida y agua, pero ahora que soy vieja y mi leche se ha secado me han abandonado y no me dan ni siquiera de beber. Por lo tanto, cocodrilo, creo que tienes razón —sentenció la vaca.

Ya se disponía el cocodrilo a comerse al niño cuando un asno fue a beber.

—¡Espera! —gritó el chico—. Contemos nuestras historias al asno.

—¡Chico! —gritó enfurecido Bambo—, no importa lo que él diga, te voy a comer de todos modos.

—Aun así, pidamos una tercera opinión, por favor —rogó el joven.

Contaron su historia al asno y este, después de escuchar atentamente dijo:

—Cocodrilo, escucha, cuando yo era joven los humanos ponían sobre mi lomo todo tipo de cargas y me pegaban, pero ahora soy viejo y casi no puedo cargar ni conmigo mismo, por esta razón me han abandonado. Dejaron de darme hierba para comer y me negaron incluso el agua. Los humanos son los seres más ingratos de este mundo. Así que puedes comértelo —sentenció el asno.

—¡Ya lo has oído! —exclamó Bambo—. No pienso dejarte libre, no hay nada que te pueda salvar.

Pero antes de hincarle el diente, un conejo pasó corriendo hacia el río.

—Por favor, por favor, contemos también nuestra historia al conejo —suplicó de nuevo el muchacho.

—¡Chico! Tengo hambre y empiezo a estar aburrido de este juego —exclamó el cocodrilo.

—¡Oh! ¡Por favor! Sólo una vez más —insistió el chico.

—De acuerdo, pero el conejo va a ser el último al que vamos a consultar.

Llamaron al conejo y el niño empezó a contar la historia, pero el conejo lo interrumpió:

—¡Cállate! He oído hablar de lo mentirosos que son los humanos. ¡Que hable primero el cocodrilo!

Bambo empezó a hablar, pero el conejo lo interrumpió:

—Perdona, amigo, mis orejas son muy grandes pero no oigo muy bien. ¿Podrías acercarte un poco?

El cocodrilo y el chico avanzaron unos pasos hasta que el agua llegó al pecho del muchacho. El cocodrilo empezó de nuevo a hablar y el conejo volvió a decir:

—Perdona de nuevo, cocodrilo, pero aún no puedo oírte. Por favor acércate hasta la orilla.

El chico y el cocodrilo así lo hicieron y primero uno y después el otro, contaron su versión de la historia al conejo. Después de oír al muchacho, el conejo exclamó:

—¡Ya sabía yo que los humanos sois todos unos mentirosos! ¿Esperas que crea que siendo tan pequeño y el cocodrilo tan grande lo has podido cargar desde la colina hasta aquí? ¡Demuéstrame cómo lo has hecho!

El chico cogió los dos palos, puso al cocodrilo encima de uno de ellos y el otro sobre su lomo. Después lo ató desde la cabeza hasta la cola. ¡El cocodrilo estaba atrapado! No podía moverse. Entonces el conejo preguntó:

—Niño, ¿le gusta la carne de cocodrilo a tu gente?

—Es la carne que más les gusta.

—Bien, entonces aquí tienes tu presa —dijo el conejo.

El chico cargó con el cocodrilo y lo llevó hasta su casa. Mientras, el cocodrilo lloraba y cantaba:

El chico me da miedo,

porque me comerá.

¡Ay!, miedo me da!

Al llegar a la aldea, todos empezaron a gritar:

—¡Mirad! ¡Nuestro muchacho fue a por leña y nos trae un cocodrilo!

—Y esto no es todo —dijo el chico—, también hay un conejo entre los matorrales. ¡Tenemos que cazarlo!

Al oír aquello, el conejo exclamó:

—¡Debo huir y ocultarme! Realmente, los humanos son los seres más ingratos que existen.

Y aunque buscaron al conejo hasta el anochecer, no pudieron dar con él. Cuando finalmente desistieron y estaban volviendo a casa, el conejo llamó al chico y le dijo:

—Lo que afirmaron el árbol, la vaca y el asno sobre los seres humanos es totalmente cierto. Fui yo quien te salvó la vida, y ahora tú quieres comerme del mismo modo como el cocodrilo quiso hacer contigo. ¡No quiero volver a saber nada más de ti!

Se dice, que es por este motivo que los conejos corren tan rápido al ver a un ser humano. Cuentan, que antes de que esto sucediera, si alguien se perdía en la selva, un conejo siempre salía para indicarle el camino de regreso.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El chico y el cocodrilo» con la voz de Angie Bello Albelda

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