astucia

La medusa tonta

Ilustración: Gregory Stephenson

Había una vez un rey y una reina dragones marinos que decidieron casarse. Grande fue el alboroto que causó la alegre noticia. Los peces, pequeños y grandes, llegaron para presentar sus respetos y ofrecer presentes a la pareja de recién casados; y durante varios días todo fueron festejos y alegría.

Pero ¡oh fatalidad!, incluso los dragones marinos tienen que soportar duras pruebas. Apenas había transcurrido un mes del enlace real, cuando el rey dragón cayó enfermo. Los doctores lo trataron con todos los medios que estaban a su alcance, pero sin resultado. Al final, con gran pesadumbre, declararon que no había nada que hacer. La enfermedad seguiría su curso y probablemente el monarca moriría, pero tal vez quedaba una esperanza…

Uno de los médicos le dijo a la reina:

—Sé de algo que curaría al rey: tan solo debemos conseguir el hígado de un mono vivo para que se lo coma y se recuperará enseguida.

—¿¡El hígado de un mono vivo!? —exclamó la Reina—. ¡Pero eso es imposible! Nosotros, los dragones marinos, vivimos en el mar, mientras que los monos viven lejos de aquí, entre los árboles, en tierra firme. ¿¡El hígado de un mono vivo!? ¡Qué locura más grande!

En este punto, el rey dragón rompió a llorar amargamente:

—Una cosa tan pequeña —se quejó—, y tú no quieres concedérmela. Siempre sospeché que no me querías de verdad. ¡Oh! Ojalá no me hubiera casado contigo.

Su voz se quebró en sollozos y ya no pudo decir nada más.

Por supuesto que la reina dragona no quería que nadie pudiese pensar que estaba siendo malvada con su buen esposo, así que enseguida envió a buscar a su fiel sirviente la medusa y le dijo:

—Sé que lo que te voy a encomendar es una tarea difícil, pero confío en ti. Lo que quiero es que vayas tierra adentro y convenzas a un mono para que te acompañe hasta aquí. Para persuadirlo, puedes contarle cuánto mejor se vive aquí en Dragonlandia, que donde él vive ahora. Cuídate de que llegue sano y salvo, porque lo que realmente necesito es cortarle el hígado y utilizarlo como medicina para el rey dragón, quien, como bien ya sabes, está gravemente enfermo.

Así que la medusa partió a su extraño viaje errante.

Tenemos que apuntar que en aquellos tiempos la medusa era como cualquier otro pez, con ojos, aletas y cola. Pero, además, tenía una singularidad que la diferenciaba de todos los demás habitantes marinos: sus pequeños y numerosos pies, que le permitían tanto caminar por tierra como nadar velozmente en el agua.

A la medusa no le llevó muchas horas nadar hacia el país en donde vivían los monos; y la suerte quiso que nada más llegar viese a un espléndido ejemplar de mico saltando entre las ramas de los árboles cerca del lugar en donde la medusa había pisado tierra.

La medusa lo llamó:

—¡Eh! ¡Señor mono! He venido para hablarle de un país mucho más bello que este. Se encuentra bajo las olas y se llama Dragonlandia. Hace un tiempo muy agradable todo el año, los árboles están colmados de deliciosos frutos maduros, y no existen esas criaturas tan malas llamadas hombres. Si me acompañas, te llevaré hasta allí. Súbete a mi espalda.

El mono pensó que sería divertido conocer un país nuevo, así que saltó a las espaldas de la medusa y se zambulleron en el agua. Cuando llevaban medio trecho recorrido, el mono empezó a preguntarse si no habría gato encerrado. Parecía un poco raro verse abordado de esa manera por una extraña. Así que le preguntó a la medusa:

—¿Por qué has venido a buscarme precisamente a mí?

La medusa contestó:

—Mi señora, la reina dragona, te necesita para quitarte el hígado y dárselo como medicina a su esposo, el rey, que está muy enfermo.

«¡Ah!, así que de eso se trata el juego, ¿no?», pensó el mono. Pero se guardó sus pensamientos y tan solo respondió:

—Nada me proporcionaría mayor placer que estar al servicio de sus majestades. Pero resulta que dejé mi hígado colgado de una rama de ese gran castaño en el que estaba brincando. El hígado es algo que pesa bastante, por lo que generalmente me lo quito para jugar durante el día. ¡Da la vuelta rápido! ¡Tenemos que volver a buscarlo!

La medusa estuvo de acuerdo en que era lo único que podía hacerse dadas las circunstancias. Porque —tonta criatura como era— no se dio cuenta de que el mono le estaba contando un cuento para evitar que lo matasen y le diesen su hígado al rey dragón.

Cuando alcanzaron la orilla de Monolandia de nuevo, el mono dio un rápido bote desde la espalda de la medusa hasta alcanzar la rama más alta del castaño. Entonces dijo:

—No veo mi hígado por aquí. Quizás alguien se lo haya llevado. Pero voy a buscarlo. Tú, mientras tanto, es mejor que vuelvas y le cuentes a tu señora lo que ha sucedido. Se preocupará si no estás de vuelta en casa antes de que anochezca.

Así que la medusa emprendió la marcha por segunda vez; y cuando llegó a casa, le contó a la reina dragona todo tal y como había sucedido. La reina se encendió de ira y llamó a gritos a sus guardias, diciéndoles:

—¡Llevaos a esta individua de mi presencia! ¡Lleváosla y hacedla papilla! ¡Dadle una paliza por tonta! ¡Que no quede ni un solo hueso sano en todo su cuerpo!

Así que los guardias la apalearon, tal y como la reina había ordenado, y esa es la razón por la cual, hasta el día de hoy, las medusas no tienen huesos y no son sino una masa pulposa.

En cuanto al rey dragón, cuando supo que no tendría el hígado del mono, ¡vaya!, pues se convenció de que no le quedaba más remedio que curarse sin él.

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

La liebre que engañó al tigre

Ilustración: ReevolveR

En una de las grandes selvas de la India vivían, como es natural, una porción de animales de distintas especies. Pero no vivían en paz, porque les robaba la calma un feroz tigre que se almorzaba, comía y cenaba a cuantos vecinos se le antojaba, y los pobres no sabían qué hacer para quitarse de encima aquel azote de lomo rayado y afilados colmillos. Por lo menos querían que el tigre reglamentase su vida y no comiese más que lo estrictamente necesario para vivir.

Transigían con darle carne, puesto que el tigre no estaba acostumbrado a comer paja, y no había más remedio que darle tajadas.

Después de muchos conciliábulos, los animales de la selva decidieron llamar a capítulo al feroz tigre, el cual debía ser, sin duda, un tigre razonable, porque no se almorzó al mensajero y acudió puntualmente al llamamiento de sus vecinos y futuras víctimas.

Ya en presencia de aquella especie de congreso que se había reunido para recibirlo, lanzó un potente rugido que sembró la alarma en el ánimo de los más esforzados.

—Aquí me tenéis —dijo—, y desembuchad pronto lo que tengáis que comunicarme, porque me caigo de sueño. He pasado mala noche. Se me indigestó la cena y estoy, lo que se dice, muerto.

—¡Ojalá! —exclamó por lo bajo una gacela.

—¿Qué dices ? —preguntó el tigre al oír refunfuñar a la gacela.

—Digo que ojalá no se hubiera usted puesto malo, porque lo aprecio mucho —repuso la interpelada temblando de miedo.

—Muchas gracias, vecinita —dijo el tigre cortésmente—. Ahora al grano, aunque no me gusta. ¿Para qué me habéis llamado?

Y aquí surgió un grave problema. Los animales que más habían vociferado cuando estaban solos, eran mudos en presencia del tigre, porque siempre suele ocurrir lo mismo con los valentones. Por fin habló un mono que, por su facilidad de palabra y de trepar a los árboles, podía explicarse mejor y huir de rama en rama en caso de que el tigre tomase a mal sus palabras y quisiera imponerle silencio violentamente.

—Escucha, tigre carnicero —le dijo—. Te hemos llamado para decirte que estamos hartos de ser víctimas tuyas y queremos reglamentar tu comida. Es preciso que no mueran tantos animales para satisfacer tus feroces apetitos.

—¡Oh, qué poco entiendes la vida, amigo mono! —respondió el tigre que, al parecer, estaba satisfecho y, por lo tanto, no le importaba perder el tiempo discutiendo—. Lo que tú tomas por un mal, no es sino un bien desde mi punto de vista. Todos hemos venido al mundo para trabajar y yo trabajo como el primero para procurarme el sustento. ¿No es trabajo, dime, levantarme por la noche, y, cuando la mayoría de vosotros está durmiendo a pierna suelta, echar me al bosque a buscar qué comer?  ¡Qué culpa tengo yo de que no me entre la hierba? Yo me considero en el deber de comer carne, pues para eso tengo colmillos, y trabajo para adquirirla andando a veces leguas enteras en busca de ella y aguzando el ingenio para vencer la astucia de aquellos que, lejos de considerarse honrados con ir a parar a mi vientre, huyen y se ocultan con un cuidado que me obliga a trabajar aún más.

—Te conocemos, tigre, y aunque vengas ahora dándotelas de infeliz, sabemos muy bien que matas muchos más animales de los que realmente te hacen falta para tu sustento. Por eso vamos a hacerle una proposición.

—¿Qué proposiciones podéis hacerme que sean capaces do convencerme? El trabajar es digno de criaturas honradas, y yo no aceptaré nada que contribuya a librarme de mi trabajo. Sin embargo, os escucho y, si puedo complaceros, lo haré con mucho gusto.

—Pues lo que queremos proponerte —continuó el mono—, es lo siguiente: no salgas de caza por las noches para que tu celo por el trabajo no te incite a matar animales que no necesitas; estate en tu casa, o paséate tranquilamente, y si te comprometes a no matar a nadie, nosotros nos comprometemos a traerte diariamente una víctima para que te la comas. Así, tú no tendrás que preocuparte y nosotros sabremos que has de comerte al año trescientos sesenta y cinco animales o trescientos sesenta y seis si el año es bisiesto, mientras que siendo tú el cazador matarías diez veces más animales.

El tigre se quedó pensativo y, después de haberse rascado las dos orejas y el hocico, respondió:

—En principio no me parece mal la idea y estoy dispuesto a ensayarla desde esta noche. Pero os advierto que, si en la práctica no me da buen resultado, volveré al trabajo como siempre.

Y así se hizo.

Desde aquella noche los animales de la selva entregaban una víctima diaria al tigre y todo marchó como una seda durante algún tiempo. Los animales se sorteaban, y al que le tocaba la china iba a entregarse a los colmillos del tigre.

Al cabo ele algún tiempo le tocó la desgracia, porque no podemos decir la suerte, a la liebre, y esta no la recibió con agrado.

—¿Cuánto tiempo va a durar esta odiosa opresión? —dijo.

Sus vecinos comenzaron a gritar y a protestar contra el que todos creían era un deseo de romper el convenio, y solo se quedaron medio satisfechos cuando la liebre les indicó que tenía un plan para acabar con el tigre. No hay que decir que todos quisieron saber qué pensaba hacer, pero la liebre contestaba con un refrán que se usa en la India: «Antes de emprender tu viaje esconde tres cosas: tu dinero, la fecha de salida y el camino que vas a recorrer».

En una palabra, la liebre ocultó su plan y, por la noche, emprendió el camino hacia la guarida del tigre, tan tarde, que el animal estaba ya hambriento y enfadado por el retraso de su víctima.

Cuando llegó la liebre, aparentemente muy precipitada, el tigre la regañó muchísimo, y la liebre tuvo que esforzarse para lograr que escuchara su explicación.

—Escucha, tigre —dijo cuando pudo hacerse oír—, venía para acá con un amigo cuando encontramos otro tigre que nos cogió a los dos. Yo le dije que tuviera cuidado conmigo, porque estaba destinada al servicio de mi rey, pero el tigre desconocido me amenazó terriblemente, y dijo que te iba a destrozar a ti; más, por fortuna, con esta labia que tengo, conseguí que me dejase un respiro para venir a comunicarte lo ocurrido. Lo que sí te advierto, ¡oh, tigre!, es que no esperes más víctimas —concluyó—. El camino está cerrado por ese tigre, y si deseas que llegue tu cotidiano alimento tendrás que despejar el camino.

Al oír esto, el tigre montó en cólera, y diciendo a la liebre que le indicase el sitio en el cual estaba su rival, echó a andar.

La liebre lo llevó por un camino hasta un pozo que en el mismo había, pero antes de llegar se detuvo muy asustada

—¿Dónde está ese tigre? —preguntó, impaciente, su acompañante—. ¿Qué te pasa que no andas?

—¿Cómo quieres que ande con el miedo que tengo? —repuso la liebre—. ¿No ves que estoy temblando? Por nada del mundo me acercaré a ese pozo, porque ahí está el tigre con mi amigo.

El tigre insistió en que le mostrase el otro tigre y la liebre accedió a condición de que la cogiera en brazos. Así lo hizo su acompañante, y entonces la liebre le dijo que se asomara al pozo.

En efecto, en el fondo se veía al otro tigre con otra liebre en brazos, y, sin esperar a más el tigre verdadero, puesto que el otro no era sino su imagen reflejada en el agua con la claridad de la luna, soltó a la liebre y se arrojó al pozo, donde se ahogó.

La liebre, loca de contento por el triunfo de su ardid, corrió al pueblo con la buena nueva de la muerte de su enemigo y todos la aclamaron.

FIN

El zorro y el conejo

Ilustración: ShoJoJim

Había una vez un conejo que había construido su madriguera junto al muro de un campo sembrado de zanahorias. Un día, el conejo, que andaba desayunando una hermosa zanahoria, vio a un zorro que, pegado al muro, se acercaba andando. El conejo calculó la distancia que lo separaba de su madriguera y comprendió que no iba a tener tiempo de esconderse, así, que apoyó la espalda en el muro e hizo fuerza contra él. Al verlo de esa guisa, el zorro le preguntó:

—Amigo conejo, ¿qué haces?

—¡Vaya pregunta!, ¿acaso no lo ves? ¡Sujeto este muro!

—¿Y por qué sujetas el muro?

—¡Ah!, es que hace poco pasaron por aquí unos hombres sabios y me pidieron que aguantara esta pared para que no se caiga. Me advirtieron de que si la dejaba caer, el mundo se acabará. Hoy hace ya tres días que estoy aguantándola para salvar al mundo ¿Por qué no eres solidario y me ayudas un poquito? Tengo un hambre que ya ni veo, pero no me atrevo a moverme, porque si se acaba el mundo, ¡se acabó todo!

—¡Sería terrible que se acabara el mundo! —contestó el zorro asustado—. Te ayudaré a aguantar el muro un rato. Ve a comer, bebe también agua y luego vuelve.

El conejo no se lo hizo repetir dos veces, dejó al zorro aguantando la pared y, a grandes saltos, se alejó de allí todo lo que pudo.

Tres días estuvo el zorro aguantando el muro, pero al cuarto, muerto de hambre y de sed, dijo:

—Yo ya no aguanto más. Por mí, este muro se puede caer ahora mismo. Lo siento mucho si el mundo se acaba.

El zorro cerró los ojos y se alejó corriendo del muro. Al ver que no pasaba nada, se dio la vuelta y vio que la pared seguía en pie y, en ella, no había señal alguna que indicara que fuera a caerse en mucho tiempo.

—¡Qué pícaro el conejo! ¡Me la ha jugado! Voy a buscarlo ahora mismo y cuando lo encuentre… ¡Que se prepare! ¡Me lo comeré de un solo bocado!

Y se marchó, cruzando campos y bosques, en busca del conejo.

Al cabo de unos días, dio con él. El conejo estaba trabajando, construyendo una cueva. En cuanto el conejo vio al zorro, rápido, entró dentro de la madriguera y, desde el fondo, habló así al zorro:

—¿Qué tal, zorro? —le dijo—, ¿Te has enterado? Ahora hay otro anuncio. Hace dos días, encontré de nuevo a los hombres sabios y me dijeron que escarbara una cueva bien profunda. ¡Dicen que va a llover fuego!

—¿En serio? —dijo atónito el zorro.

—¡Y tan en serio!, por qué crees si no que ando cavando esta cueva, ¡porque va a llover fuego! Deberías cavar una tú también, así nos salvaremos los dos.

—¡Vale! Aunque es mucho trabajo…—contestó el zorro.

—¿Sabes qué? No te preocupes, como la mía ya está a medias, te la cedo y yo me haré otra.

—¡Muy bien! —respondió contento el zorro.

—El plazo está cerca, faltan solo dos días para que llueva fuego. ¡Hay que trabajar día y noche!

El conejo se alejó de allí, pies para qué os quiero, mientras el zorro trabajaba noche y día, sin descansar hasta que terminó.

Agotado, se encerró en su cueva y allí pasó los dos días siguientes, pero el hambre y la sed lo obligaron a tomar una decisión:

—¡Me da igual! Aunque me queme, salgo y ya está. ¡Ya no aguanto más!, ¡ya no aguanto más!

Con mucho cuidado, asomó el morro fuera de la madriguera, esperando quemarse los bigotes, pero no pasó nada de nada.

Al darse cuenta de que el conejo lo había vuelto a engañar, exclamó furioso:

—¡Esta vez no se libra! ¡Me lo comeré! ¡Ya no lo perdono más!

Y salió a la carrera tras la pista del conejo.

Al poco, lo encontró viviendo en un pueblo abandonado; descansaba dentro de un antiguo horno de leña. Cuando el zorro se abalanzó sobre él con la intención de comérselo, el conejo le dijo:

—¡Ay, hermano zorro!, antes de comerme, escucha lo tengo que decirte. El anuncio del fuego se aproxima, va a ser muy pronto. Resulta que no entendí bien a los sabios y las cosas serán de otra manera. Primero, habrá un diluvio de agua y, después, vendrá la lluvia de fuego. Mira este horno —susurró el conejo— ¿Sabes para qué sirve? Me encerraré dentro y quizá me salvaré —y añadió—. Si quieres, te encierras tú en él y yo ya me buscaré otro más pequeño. ¡Date prisa, que está a punto de diluviar!

El zorro, más que asustado, se metió de cabeza dentro del horno y el conejo se apresuró a cerrar la puerta. Después, empezó a echar agua por encima del horno y a tirar piedras contra él. Dentro, el zorro creyó que eran truenos y que el diluvio de agua ya había empezado:

—El conejo tonto ha tenido su merecido, se ha quedado fuera y no habrá tenido tiempo de encontrar otro horno. ¡Se habrá ahogado! ¡Vaya diluvio!

Después, el conejo reunió leña, la amontonó bajo el horno y le prendió fuego. En el interior, la temperatura empezó a subir. El zorro, que cada vez sentía más y más calor, exclamó:

—¡Pues era verdad lo que me dijo el conejo! Primero el diluvio de agua y ahora la lluvia de fuego.

A punto ya de quemarse, al zorro le llegó desde fuera la risa del conejo y comprendió que, de nuevo, lo había engañado.

Muy enfadado, abrió la puerta del horno de una patada y se alejó corriendo todo lo que pudo del conejo, el cual regresó a su madriguera junto al muro del campo sembrado de zanahorias.

FIN

La zorra y el caballo

Ilustración: juanex

Tenía un campesino un fiel caballo, muy viejo ya, que no podía prestarle ningún servicio. El amo decidió no gastar más dinero en darle de comer y le dijo así:

—Ya no me sirves de nada, pero para que veas que te tengo cariño, me quedaré contigo y te daré de comer otra vez si me demuestras que tienes aún la fuerza suficiente para traerme un león. Pero entretanto, ¡fuera de la cuadra!

Y lo echó de su casa. El animal se encaminó triste y cabizbajo al bosque, en busca de cobijo. Allí se encontró con la zorra, la cual le preguntó:

—¿Qué haces por aquí, tan abatido y solitario?

—¡Ay! —respondió el caballo—, la avaricia y la lealtad jamás moran en la misma casa. Mi amo ya no se acuerda de los servicios que le he prestado durante tantos años y como ahora ya no puedo arar como antes, se niega a darme pienso y me ha echado a la calle.

—¿Así, a secas? ¿No puedes hacer nada para evitarlo? —preguntó la zorra.

—La solución es bien difícil. Me dijo que si era lo bastante fuerte para llevarle un león podría quedarme junto a él y me alimentaría de nuevo. Pero él sabe muy bien que lo que me pide yo no puedo hacerlo.

—Yo te ayudaré. Túmbate aquí y no te muevas, haz como si estuvieras muerto.

Hizo el caballo lo que le indicaba la zorra y esta fue al encuentro del león, cuya guarida se hallaba a escasa distancia. Al llegar allí, la zorra le dijo:

—León, aquí cerca hay un caballo muerto; si sales, podrás darte un buen banquete.

—Llévame hasta donde está.

La zorra se puso en marcha y el león salió tras ella. Cuando ya estuvieron junto al caballo, dijo la zorra:

—Aquí no podrás zampártelo cómodamente. ¡Tengo una idea! ¿Sabes qué? Te lo ataré a su cola, así te será más fácil arrastrarlo hasta tu guarida y allí te lo comes tranquilamente

Al león le gustó el consejo y se colocó de manera que la zorra, con la cola del caballo, ató fuertemente las patas del león y le dio tantas vueltas y nudos que no había modo de soltarse. Cuando hubo terminado, golpeó el anca del caballo y dijo:

—¡Arriba, jamelgo, andando!

Se incorporó el animal de un salto y salió al trote, arrastrando tras de sí al león. Se puso este a rugir con tanta fiereza, que todas las aves del bosque echaron a volar asustadas, pero el caballo lo dejó rugir y, a campo traviesa, lo llevó arrastrando hasta la puerta de su amo. Al verlo este, cambió de idea y le dijo a su caballo:

—Te quedarás a mi lado, y vivirás bien.

En adelante, no le faltó al caballo el mejor pienso y no tuvo que trabajar nunca más. Vivió feliz y tranquilo hasta que murió.

FIN

El zorro y el lobo

Ilustración: vodoc

Un frío día de invierno, cierto pescador regresaba a su casa muy contento por la buena pesca cuando al borde del camino vio un zorro tirado a un lado de la carretera. Se acercó con cautela y descubrió que no se movía, así que supuso que estaba muerto.

—¡Qué suerte la mía! —exclamó, al tiempo que recogía al animal y lo arrojaba en la parte trasera de su carro, donde también estaban los peces que había capturado—. Con su piel me haré un buen abrigo para protegerme del frío.

Mientras el hombre continuaba satisfecho su viaje, el astuto zorro, que no estaba en absoluto muerto, tiró los peces del carro y luego saltó él.

Al llegar a su casa, el hombre se dio cuenta de que los peces y el zorro habían desaparecido.

—¿Dónde están? —se lamentó el pescador—. Había muchos peces y un zorro en mi carro.

Al darse cuenta de lo que había sucedido, el buen hombre se puso a llorar y a lamentarse, pero ya no había nada que hacer.

Mientras tanto, el zorro estaba dándose un gran festín con todo el pescado que había robado del carro. En eso estaba cuando llegó un lobo:

—Buenos días, primo —saludó con cortesía el recién llegado.

—Buenos días, amigo —respondió el zorro.

—Estoy muerto de hambre y como veo que tienes muchos peces ahí, ¿serías tan amable de darme unos cuantos? —preguntó el lobo.

—Lo siento, pero este pescado es mío. Mi esfuerzo me ha costado conseguirlo. Lo que deberías hacer es ir y pescar tú mismo —respondió el zorro.

—Yo no sé pescar.

—Es fácil, solo tienes que bajar al río, romper el hielo con una piedra, colocar tu cola dentro del agujero y esperar a que los peces piquen —le dijo el zorro al lobo.

Así que el ingenuo lobo bajó al río, hizo un agujero en el hielo e introdujo su cola en la grieta, pero como era invierno, pronto la cola se congeló en el agua, de modo que no importó lo fuerte que tiró para intentar sacarla; no pudo. No tuvo más remedio que sentarse sobre el hielo y pasar allí toda la noche.

A la mañana siguiente, muy de mañana, una mujer fue a buscar agua al río y al ver al lobo empezó a gritar:

—¡Socorro! ¡Un lobo, un lobo! ¡Que alguien me ayude!

Al oírla, los aldeanos acudieron a toda prisa y comenzaron a golpear al lobo con palos, piedras y todo lo que encontraron cerca.

No supo cómo lo consiguió, pero el pobre lobo finalmente pudo soltar su cola helada y escapar de la gente. Mientras huía pensaba: «Maldito zorro, ¡me vengaré de ti! ¡Me las pagarás!

A poca distancia, el zorro, que había sido testigo de todo lo ocurrido, se deslizó con cautela dentro de la choza donde la mujer que había gritado estaba preparando un pastel de frambuesas y se embadurnó el cuerpo con la mermelada de los frutos rojos.

Cuando el enojado lobo dio con el zorro, le dijo que se lo iba a comer y le contó cómo la gente lo había golpeado hasta casi matarlo. El zorro le respondió:

—Lo siento mucho, pero a mí me golpearon también y mucho más fuerte que a ti. Fíjate, yo estoy sangrando y tú no.

—Eso es verdad —asintió el lobo mientras miraba las supuestas heridas del zorro—. Te llevaré a mi casa y te curaré —Se ofreció solícito.

El lobo llevó al zorro a su casa y allí lo estuvo cuidando y alimentando hasta que llegó la primavera. Con los primeros rayos de sol, el zorro recuperó milagrosamente la salud y el lobo, al darse cuenta de ese nuevo engaño, gruñó enfadado:

—¡Me has traicionado otra vez! Esta vez no te vas a librar, ¡voy a comerte!

—¡Espera, espera! al menos dame la oportunidad de poner en orden mis asuntos antes de comerme. Vayamos a mi casa, podrás quedarte con todas mis pertenencias.

El lobo aceptó y el zorro lo condujo hasta lo más hondo del bosque, a un lugar en el que sabía que había una profunda cueva de la cual era imposible salir.

—Antes de empezar a comerme, entra para ver todo lo que tengo.

El incauto lobo así lo hizo y el zorro aprovechó para deslizar una pesada piedra que selló la entrada.

—¡Déjame salir! —suplicaba—. ¡Te prometo que no te comeré! ¡Te lo prometo!

—Te creo, te creo. Tú siéntate y espera, que ahora mismo te ayudo —contestó el zorro mientras se alejaba de allí.

FIN

El reyezuelo

Ilustración: kimsingu

En tiempos remotísimos todos los sonidos y ruidos tenían sentido y significado. Lo tenía el martillo del herrero al golpear el yunque, y el cepillo del carpintero al pulir la madera, y la rueda del molino al ponerse en acción, diciendo con su tableteo: «¡Cuántas vueltas da la vida! ¡Cuántas vueltas da la vida!» Y si el molinero que iba a moler era un ladrón, cuando la ponía en marcha, hablaba muy claramente y empezaba preguntando despacio: «¿Quién viene? ¿Quién viene? —y contestaba más rápido—: ¡El molinero! ¡El molinero! —y, finalmente, añadía a toda velocidad—: ¡Roba que robarás! ¡De un saco, dos sacarás!».

Por aquellos tiempos, incluso las aves tenían su propio lenguaje, que hoy en día, inteligible para todo el mundo, nos suena a gorjeos, chillidos, arrullos o silbidos, y el de ciertos pájaros, a música sin palabras. Pues bien, he aquí que, un día, se les metió a las aves en la cabeza la idea de que necesitaban alguien que mandase y decidieron elegir un rey. Solo una, el avefría, no estuvo de acuerdo: ella siempre había volado libre, y libre quería morir. Revoloteaba de un lado para otro, angustiada, gritando:

—¿Adónde voy, adónde voy?

Finalmente, se retiró a los pantanos solitarios y desiertos, sin dejarse ver de sus semejantes.

Las demás aves decidieron deliberar sobre el asunto, y una hermosa mañana de mayo, salieron de bosques y campos. Se congregaron: el águila, el pinzón, la lechuza, la graja, la alondra, el gorrión… ¡Imposible mencionarlas todas! Incluso acudieron la abubilla y el cucú, su sacristán, llamado así porque siempre se deja oír unos días antes que la abubilla. También compareció un pajarillo muy chiquitín, que todavía no tenía nombre. La gallina que, despistada como siempre, no se había enterado del asunto, se admiró al ver aquella enorme concentración:

—Coc, coc, coc coc, ¿qué pasa ahí? —cacareó asustada—. Pero el gallo la tranquilizó, explicándole el objeto de la asamblea.

Se decidió que sería rey el ave capaz de volar a mayor altura. Una rana de zarzal que contemplaba todo desde una mata, exclamó, en tono de advertencia, al oír aquello:

—Croac, croac. croac, convencida estoy de que esta es una mala solución.

Pero el mirlo le replicó:

—¡Chuik, chuik, chuik! —que significa: «Todo irá bien».

Decidieron efectuar la prueba aquella misma mañana, para que nadie pudiese luego decir: «Yo habría volado más alto; pero llegó la noche y tuve que descender».

Ya de acuerdo, a una señal convenida, se elevó por los aires aquel tropel de aves, levantado una gran polvareda en el campo. Se oyó un estruendoso rumor de aleteos, y pareció como si una nube negra cubriese el cielo.

Las aves pequeñas no tardaron en quedar rezagadas; agotadas sus fuerzas, regresaron a tierra. Las mayores resistieron más, aunque ninguna pudo rivalizar con el águila, la cual subió tan alto, que habría podido dar un picotazo al sol. Al ver que ninguna otra la seguía, pensó: «¿Para qué subir más? Indudablemente, soy la reina,» y empezó a descender. Las demás aves, desde el suelo, la recibieron al grito de:

—¡Tú serás nuestra reina; nadie ha volado a mayor altura que tú!

—¡Excepto yo! —exclamó el pequeñuelo sin nombre, que se había escondido entre las plumas del águila. Y como no se había fatigado, pudo seguir subiendo y subiendo cuando el águila empezó a bajar. Tanto subió, que llegó casi a rozar la luna. Y, una vez allí arriba, recogió sus alas y se dejó caer como un plomo, gritando, con su voz fina y penetrante—: ¡Rey soy yo!, ¡rey soy yo!, ¡rey soy yo!

—¿Tú nuestro rey? —protestaron las aves, airadas—. Has ganado con engaño y astucia.

Y entonces pusieron otra condición: sería rey aquel que fuese capaz de hundirse más profundamente en la tierra. ¡Era digno de ver cómo el ganso restregaba su ancho pecho contra el suelo! ¡Con cuánto vigor abría el gallo un agujero! El pato fue el menos afortunado, pues si bien saltó a un foso, se torció las patas y echó a correr, anadeando, hasta la charca próxima, mientras parpaba:

—¡Cuek, Cuek!, ¡mal negocio!

El pequeño sin nombre buscó un agujero de ratón, se metió en él, y desde el fondo, gritó con su voz fina:

—¡Rey soy yo!, ¡rey soy yo!, ¡rey soy yo!

—¿Tú nuestro rey? —repitieron las aves, más indignadas todavía—. ¿Piensas que van a valerte tus ardides?

Y decidieron retenerlo prisionero en la madriguera, condenándolo a morir allí de hambre. Para ello, encargaron su custodia a la lechuza, con la consigna de no dejar escapar al bribonzuelo, bajo ningún concepto.

Al caer la noche, todas las aves, cansadas del ejercicio de vuelo al que se habían sometido, se retiraron a sus respectivos nidos, solo la lechuza se quedó junto al agujero del ratón, con sus grandes ojos clavados en la entrada. Sin embargo, como también ella estaba cansada, pensó: «Como mis ojos son tan grandes, cerraré uno y velaré con el otro. Ese pajarillo no podrá escapar de la ratonera». Y, así, cerró un ojo, manteniendo el otro clavado en la madriguera. El pajarillo sacaba de vez en cuando la cabeza con el propósito de escapar; pero la lechuza seguía vigilante, y él no tenía más remedio que meterse de nuevo en su escondite. Al cabo de un rato, la lechuza cambió de ojo para descansar el otro, con la idea de usarlos alternativamente hasta que llegase la mañana. Pero una vez lo cerró, se olvidó de abrir el otro y se quedó profundamente dormida. El pequeño pajarito no tardó en darse cuenta de ello y se escapó.

Desde entonces, la lechuza no puede dejarse ver durante el día; porque, si lo hace, todas las demás aves la persiguen y la cosen a picotazos. Por eso, vuela únicamente de noche y también, por eso, odia y persigue a los ratones, a causa de que los agujeros que abren en el suelo le recuerdan su fracaso.

Tampoco el pajarillo se presenta mucho en público, temeroso de perder la cabeza si lo cogen. Se oculta entre los setos y, cuando cree estar muy seguro, todavía suele gritar:

—¡Rey soy yo!, ¡rey soy yo!, ¡rey soy yo!—por lo cual, las demás aves lo llaman, en son de burla, «reyezuelo».

Pero ningún ave se sintió más contenta que la alondra de que no se eligiera rey, pues así no tenía que obedecer a nadie. En cuanto el sol aparece en el horizonte, se eleva en los aires y canta:

—¡Qué bonito! ¡Qué bonito! ¡Qué bonito!

FIN

El lobo bobo y la zorra astuta

Ilustración: Evolvana

Había una vez una zorra que tenía dos zorritas de corta edad. Cerca de su casa, que era una chocita, vivía un lobo, su compadre. Un día que pasaba por allí, vio que este había hecho mucha obra en su casa y la había puesto que parecía un palacio. Díjole el compadre que entrase a verla, y vio que tenía su sala, su alcoba, su cocina y hasta su despensa, que estaba muy bien provista.

—Compadre —le dijo la zorra—, veo que aquí lo que falta es un tarrito de miel.

—Verdad es —contestó el lobo.

Y como acertaba a la sazón a pasar por la calle un hombre pregonando:

¡Miel de abejas,

zumo de flores!

comprola el lobo, y llenó con ella un tarrito, diciéndole a su comadre que, estando rematada la obra de su casa, la convidaría a un banquete y se comerían la miel.

Pero la obra no se acababa nunca, y la zorra, que se chupaba las patas por la miel, estaba deshaciéndose por zampársela.

Un día le dijo al lobo:

—Compadre, me han convidado para madrina de un bautizo, y quisiera que me hiciese usted el favor de venirse a mi casa a cuidar de mis zorritas, entre tanto que estoy fuera.

Accedió el lobo, y la zorra, en lugar de ir al bautismo, se metió en casa del lobo, se comió una buena parte de la miel, cogió nueces, avellanas, higos, peras, almendras y cuanto pudo rapiñar, y se fue al campo a comérselos alegremente con unos pastores, que en cambio le dieron leche y queso.

Cuando volvió a su casa, dijo el lobo:

—Vaya, comadre; ¿qué tal ha estado su bautizo?

—Muy bueno —contestó la zorra.

—Y el niño, ¿cómo se llama?

—Empezili —respondió la supuesta madrina.

—¡Ay, qué nombre! —dijo su compadre.

—Ese no reza en el almanaque. Es un santo de poca nombradía —respondió la zorra.

—¿Y los dulces? —preguntó el compadre.

—Ni un dulce ha habido —respondió la zorra.

—¡Ay, Jesús, y qué bautismo! —dijo mal engestado el lobo—. ¡No he visto otro! Yo me he quedado aquí todo el día como una ama de cría con las zorritas por tal de comerlos, y se viene usted con las patas vacías. ¡Pues está bueno!

Y se fue enfurruñado.

A poco tuvo la zorra grandes ganas de volver a comer miel, y se valió de la misma treta para sacar al lobo de su casa, prometiéndole que le traería dulces del bautismo. Con esas buenas palabras convenció al lobo, y cuando volvió a la noche, después de haberse pasado un buen día de campo y haberse comido la mitad de la miel, le preguntó su compadre que cómo le habían puesto al niño. A lo que ella contestó:

—Mitadili.

—¡Vaya un nombre! —dijo el compadre, que, por lo visto, era un poco bobo—. No he oído semejante nombre en mi vida de Dios.

—Es un santo árabe —le respondió su comadre.

Y el lobo quedó muy convencido de este marmajo, y le preguntó por los dulces.

—Me eché un rato a dormir bajo un olivo, vinieron los estorninos y se llevaron uno en cada pata y otro en el pico —respondió la zorra.

El lobo se fue enfurruñado y renegando de los estorninos.

Al cabo de algún tiempo fue la zorra con la misma pretensión a su compadre.

—¡Que no voy! —dijo este—. Que tengo que cantarle la nana a sus zorrillas para dormirlas, y no me da la gana de meterme al cabo de mis años a niñera, sin que llegue el caso que traiga usted un dulce siquiera de tanto bautizo a que la convidan.

Pero tanta parola le metió la comadre y tantas promesas le hizo de que le traería dulces, que al fin convenció al lobo a que se quedase en su choza.

Cuando volvió la zorra, que se había comido toda la miel que quedaba, le preguntó el lobo que cómo le habían puesto al niño, a lo que contestó:

—Acabili.

—¡Qué nombre! ¡Nunca lo he oído! —dijo el lobo.

—A ese santo no le gusta que suene su nombre, respondió la zorra.

—Pero ¿y los dulces? —preguntó el compadre.

—Se hundió el horno del confitero y todos se quemaron —respondió la zorra.

El lobo se fue muy enfadado, diciendo:

—Comadre, ojalá que a sus dichosos ahijados Empezili, Mitadili y Acabili, se les vuelvan cuantos dulces se metan en la boca guijarros.

Pasado algún tiempo, le dijo la zorra al lobo:

—Compadre, lo prometido es deuda; su casa de usted está rematada, y tiene usted que darme el banquete que me prometió.

El lobo, que tenía todavía coraje, no quería; pero al fin se dejó engatusar, y se dio el convite a la zorra.

Cuando llegó la hora de los postres, trajo, como había prometido, la orza de miel, y venía diciendo al traerla:

—¡Qué ligera que está la orcita! ¡Qué poco pesa la miel!

Pero cuando la destapó se quedó cuajado al verla vacía.

—¿Qué es esto? —dijo.

—¡Qué ha de ser! —respondió la zorra—. ¡Que usted se la ha comido toda para no darme parte!

—Ni la he probado siquiera —dijo el lobo.

—¡Qué! Es preciso, sino que usted no se acuerda.

—Digo a usted que no, ¡canario! Lo que es que usted me la ha robado, y que sus tres ahijados, Empezili, Mitadili y Acabili, han sido empezar, mediar y acabar con mi miel.

—¿Conque tras que usted se comió la miel por no dármela, encima me levanta un falso testimonio? Goloso y maldiciente, ¿no se le cae a usted el hocico de vergüenza?

—¡Que no me la he comido, dale! Quien se la ha comido es usted, que es una ladina y ladrona, y ahora mismo voy al león a dar mi queja.

—Oiga usted, compadre, y no sea tan súbito —dijo la zorra—. El que comió miel, en poniéndose a dormir al sol la suda. ¿No sabía usted eso?

—Yo, no —dijo el lobo.

—Pues mucha verdad que es —prosiguió la zorra—. Vamos a dormir la siesta al sol, y cuando nos despertemos, aquel que le sude la barriga miel, no hay más sino que es el que se la ha comido.

Convino al cabo, y se echaron a dormir al sol.

Apenas oyó la zorra roncar a su compadre, cuando se levantó, arrebañó la orza y le untó la barriga con la miel que recogió. Se lamió la pata y se echó a dormir.

Cuando el lobo se despertó y se vio con la barriga llena de miel, dijo:

—¡Ay, sudo miel! Verdad es, pues yo me la comí. Pero puedo jurar a usted, comadre, que no me acordaba. Usted perdone. Hagamos las paces, y váyase el demonio al infierno.

FIN

La astucia de la tortuga

Ilustración: TehChan

El elefante y el hipopótamo eran muy bueno amigos y siempre comían juntos. Como eran tan grandes, comían mucho y para el resto de animales quedaba poco. Pero aún quedaba menos para la pobre tortuga, tan lenta ella, que como llegaba siempre la última,  siempre andaba con el estómago medio vacío.

Y como dicen que el hambre aviva el ingenio, la tortuga ideó un plan para proveer su despensa durante una larga temporada.

Una noche, mientas el elefante y el hipopótamo se daban el gran banquete, la tortuga se acercó a ellos:

—Feliz cena, amigos, ¿qué tal? —saludó—. En verdad sois una pareja grande y fuerte, aunque ninguno de vosotros dos es tan fuerte como yo. Me apuesto algo, a que ni el uno ni el otro es capaz de sacarme del agua tirando de esta cuerda. ¡Me apuesto cien kilos de hierba fresca!

El elefante, al ver lo pequeña que era la tortuga, no tuvo ni la más mínima duda:

—Muy bien, acepto tu apuesta y la subo. Si no soy capaz de sacarte del agua, no te daré cien kilos de hierba, ¡te daré quinientos!

Así pues, se despidieron y a la mañana siguiente se encontraron en el río tal y como habían acordado. La tortuga ató la cuerda alrededor de su pata y se sumergió en las aguas del río mientras el elefante la observaba, sujetando con su trompa el otro extremo de la cuerda.

Ya dentro del agua, y como la tortuga conocía a la perfección aquel lugar, se sumergió hasta el fondo y, rápidamente, desató la cuerda de su pata y la ató con fuerza a una enorme roca que había en el lecho del río y permaneció sumergida a la espera.

No tardó el elefante en tirar de la cuerda. Primero con suavidad, después con todas sus fuerzas y durante mucho rato. Cuando el exhausto elefante estaba a punto de rendirse, ¡chas!, la cuerda se rompió. La tortuga, que esperaba aquel momento, desató la cuerda, la volvió a anudar alrededor de su pata y se dirigió a la superficie sin mostrar ningún signo de cansancio. Arriba, todos pudieron comprobar que el elefante había sido incapaz de vencer a su pequeña contrincante, así que al paquidermo no le quedó más remedio que pagar el precio acordado en la apuesta.

Feliz marchó la tortuga a su casa y el elefante tras ella con toda la carga de hierba.

Pasaron algunos meses y la despensa de la pequeña tortuga volvió a vaciarse, así que pensó en utilizar el mismo truco para obtener más provisiones, está vez, engañando al hipopótamo.

El hipopótamo estuvo de acuerdo, pero recordando lo que había ocurrido meses antes con su amigo el elefante, le dijo a la tortuga:

—Acepto tu apuesta, pero esta vez seré yo el que me quede en el agua tirando de la cuerda mientras tú permaneces en tierra. Y como estoy seguro de mi fuerza, en lugar de quinientos kilos de hierba fresca, te daré mil si logras ganarme.

La tortuga aceptó el trato.

A la mañana siguiente, la tortuga ató una soga nueva alrededor de su pata y corrió hacia las altas hierbas que rodeaban el río. Mientras, el hipopótamo sujetó el otro extremo con su enorme bocaza y se sumergió con parsimonia en el agua.

Tan pronto como la tortuga estuvo fuera del alcance de las miradas de los testigos curiosos, desató la cuerda de su pata y la anudó alrededor del tronco de un gigantesco árbol.

Cuando el hipopótamo empezó a tirar de la soga, esta permaneció firmemente atada y por más que tiró y volvió a tirar de ella, el hipopótamo no pudo hacer nada.

Cansado y jadeante, se rindió. Salió del río echando agua por la nariz. En cuanto la tortuga oyó sus jadeos, desató la cuerda, la anudó a su pata y salió de entre los matorrales.

El hipopótamo tuvo que admitir que la tortuga era más fuerte que él y pagar la deuda.

Tanto el elefante como el hipopótamo estuvieron de acuerdo en que era mejor tener a la tortuga como amiga que como enemiga, ya que era el animal más fuerte de aquel lugar y así se lo dijeron.

—De acuerdo —aceptó la tortuga—. Seré vuestra amiga y viviré cerca para poder protegeros y vosotros, a cambio, llenaréis mi despensa. Pero como me será un poco difícil atenderos a los dos a la vez, he decidido que mientras yo protejo al hipopótamo en e l agua, una de mis hijas hará lo propio con el elefante en tierra.

Es por este motivo que, desde ese día, existen las tortugas de tierra y las tortugas de agua. Y si os fijáis, las últimas son mucho más grandes, pues la sabia tortuga de esta historia eligió el agua porque, aunque veces en la tierra la comida escasea, siempre es posible pescar algún que otro pez.

FIN

El mal aliento

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Ilustración: CrazyCrocuta

Hace mucho tiempo, en el África subsahariana, reinó un león que tenía un carácter terrible. Todos sus súbditos lo temían y nadie se atrevía a abrir la boca en su presencia porque la fiera, a la más mínima, los hacía callar de un zarpazo.

Después de una larga enfermedad que lo mantuvo postrado en su cueva durante semanas, volvió el rey a ocupar su trono y convocó a sus principales ministros: un dromedario, un asno y una hiena.

—Como ya sabéis —les dijo malhumorado—, he estado muy enfermo y con fiebres muy altas. Lo último que me dijo el licaón médico, antes de que le cerrara la boca de un zarpazo a causa de sus impertinencias, fue que sabría que estoy completamente curado cuando mi aliento dejara de oler mal. Así que tengo que comprobarlo. Me han dicho que vosotros tres tenéis un olfato excelente.

—Cierto, muy cierto, majestad.  Sobre todo, yo —se apresuró a decir el asno.

—Entonces acércate a mí el primero y dime cómo huele mi aliento —ordenó el rey de los animales.

Abrió su gran bocaza y esperó. El asno olfateó y cuando llegó hasta sus narices el fétido aliento del león, echó la cabeza hacia atrás apresuradamente.

—¡Pero qué ascooooo! ¡Tu aliento apesta! ¡Un poco más, y me ahogo!

El rugido del león se oyó en varios kilómetros a la redonda:

—¡Insolente! ¿Cómo te atreves a insultarme de ese modo? —Y de un zarpazo lo hizo callar.

Muy enfadado, se giró hacia el dromedario y le hizo señas para que se acercara. Cuando lo tuvo a menos de un palmo le mandó:

—¡Tú!, dime si tengo buen aliento.

Y echo su hálito hediondo en la mismísima cara del dromedario, que disimuló una mueca de disgusto, pero no pudo contener las náuseas.

—¡Huag!.. Esto… Gran rey… Tu aliento… ¡Tu aliento huele de maravilla! Yo diría que es como una mezcla de almizcle y tripas podridas, con un toque de ámbar y un rastro de jazmín.

—¡Pero, ¿¡qué te has creído!? ¿Acaso quieres burlarte de mí! ¡Desvergonzado! —respondió el león.

—¡No, majestad! Por nada del mundo me burlaría yo de t…

Pero no pudo acabar la frase, porque el rey no lo creyó y, de un solo zarpazo, lo hizo callar.

La hiena estaba muerta de miedo; temblaba de pies a cabeza. Llegaba ya su turno y el león estaba cada vez más y más furioso.

—Ahora te toca a ti decir lo que piensas —ordenó el león—. ¡Ven aquí y huele mi aliento! Hay de ti, hiena, si no me conviene lo que me dices.

La hiena se acercó inquieta y, con el alma en un hilo, husmeó el pútrido aliento del león y fingió estornudar.

—¡Atchíssssssssssssssss! Berdona, bero no huelo nada de nada ¡Cof, cof, cof! ¡Mil berdones de nuevo! Estoy algo gostibada desde hace unos días —dijo, fingiendo tener la voz tomada.

El león comprendió lo que ocurría, pero lejos de enfadarse soltó una gran carcajada y añadió:

—Muy bien, hiena, tu astucia te ha salvado —dijo el rey de los animales—. Por ser tan lista, esta vez te perdono. Ya te puedes marchar.

Y la hiena, muy feliz, pudo volver tranquilamente a su madriguera.

Dicen que ese día las hienas aprendieron a reír.

FIN

El tesoro de los tres hermanos

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Había una vez tres hermanos que vivían en un pequeño pueblo. A uno lo llamaban el Largo, a otro el Gordo, y al tercero el Tonto.

El Largo, cansado de vivir en aquel pueblecito aburrido, dijo a sus hermanos:

—Voy a recorrer el mundo en busca de fortuna —Y se puso en camino.

No había llegado muy lejos cuando se quedó sin dinero y empezó a preocuparse. ¿Qué comería al día siguiente?

Estaba pensando en esto cuando, por el camino del bosque, apareció un viejecito que le preguntó:

—¿Qué te pasa? ¿Por qué estás tan preocupado?

—Tengo hambre, estoy sin dinero y no tengo trabajo.

—Todo tiene solución. Ven conmigo, te daré de comer.

Después el viejo dijo:

—Si quieres, también puedo darte trabajo y aunque no tengo dinero, tendrás una justa recompensa por lo que hagas.

El Largo aceptó. Finalizado el trabajo, el anciano abrió un armario y sacó una mesita.

—Esta es una mesa mágica —prosiguió el viejecito— cuando le ordenes: «¡Mesita, tiéndete!», se cubrirá de manjares. Trata de mantener el secreto y no te separes de ella.

Contento con el regalo, el Largo se despidió muy agradecido.

Anochecía ya cuando llegó a una aldea cercana a su pueblo, así que el joven decidió pasar allí la noche. Al llegar al hostal, el hostelero le preguntó:

—¿No quieres nada para cenar?

—No, gracias, no lo necesito. Un anciano me ha regalado esta mesita, que es mágica. Observa.

Y acto seguido le ordenó a la mesa:

—¡Mesita, tiéndete!

En el acto apareció un mantel de seda rosa y sobre el mantel deliciosos manjares, a cual más apetitoso.

El hostelero, asombrado, se dijo a sí mismo:

—Esto es justamente lo que yo necesito para mi negocio.

Estuvo toda la noche trabajando para hacer una mesita exactamente igual y al día siguiente, sin que nadie lo notara, hizo el cambio.

Al llegar a su pueblo, el Largo contó sus aventuras y propuso celebrar un banquete:

—Invitemos a comer a todo el pueblo.

—¿De dónde sacaremos comida para tanta gente? —preguntaron sus hermanos.

—No os preocupéis. ¡Que vengan todos! Sobre esta mesita aparecerá todo lo necesario.

Cuando los invitados estuvieron reunidos en torno a la mesa, el Largo dijo:

—¡Mesita, tiéndete!

La gente se quedó mirando, y pensó que el chico se había vuelto loco. Sobre la mesa no apareció nada. Su dueño repitió varias veces:

—¡Mesita, tiéndete! ¡Mesita, tiéndete! ¡Mesita tiéndete!

Los invitados empezaron a reírse, pensando que era una broma. El Largo quedó tan avergonzado que decidió no correr más aventuras.

Tiempo después, el segundo de los hermanos decidió recorrer el mundo. También el Gordo encontró al generoso anciano en el camino del bosque. Fue a su casita y le hizo algunos trabajos. Al despedirse, el dueño de la casa le regaló un burro.

—Como no tengo dinero para pagarte por tu trabajo, te regalo este burrito. No parece gran cosa, pero es mágico. Cada vez que le digas: «¡Estornuda!», estornudará monedas de oro.Trata de mantener el secreto y no te separes de él.

El Gordo agradeció el valioso regalo y se alejó más contento que unas pascuas. Al llegar a la hostería en que se había alojado su hermano, decidió pasar allí la noche, pero el hostelero, que era muy desconfiado, le exigió el pago por adelantado. El Gordo exclamó:

—¡No hay problema! ¡Ahora mismo te pago! Un anciano me ha regalado este burrito, que es mágico. Observa —y ordenó al burrito—. ¡Estornuda!

¡Cuál no sería la sorpresa del hostelero cuando vio que el animal sacaba monedas de oro por la nariz!

—Ese burro tiene que ser mío —Pensó.

Pasó toda la noche buscando por la aldea un burrito parecido al de su huésped y cuando dio con él, lo cambió sin que nadie lo notara.

A la mañana siguiente,sin sospechar que el burro que llevaba no era el suyo, el Gordo se marchó a su casa.

—¡De hoy en adelante no nos faltará de nada! —dijo el joven a su familia—. Invitad a todo el pueblo; quiero hacer una gran fiesta para celebrar mi regreso. Habrá oro para todo y para todos.

Se celebró una gran fiesta en la que no faltó de nada y al final el Gordo llevó el burrito ante sus invitados y le ordenó:

—¡Estornuda!

El burro ni se movió.

—¡Estornuda! —repitió.

Pero el burro siguió sin hacerle caso.

Los invitados se partían de la risa. Todo el mundo pensó que era una broma del Gordo. Éste, muerto de vergüenza, no tuvo más remedio que ponerse a trabajar duramente para pagar las deudas que había contraído con el fastuoso banquete.

El tercer hermano, al que llamaban el Tonto, porque pensaba mucho y hablaba poco, se propuso averiguar qué estaba ocurriendo.

Muy de mañana, tomó el camino por el que se habían ido sus hermanos. Al llegar al bosque, encontró al mismo anciano, y este le ofreció trabajo y recibió como pago un bastón metido en un saco.

—No tengo dinero para pagar tu trabajo, pero aquí tienes un regalito. Es un bastón mágico que golpea cuando ordenas: «¡Sal del saco!».  Te defenderá de tus enemigos. Sólo dejará de pegar cuando le digas: «¡Vuelve al saco!».

El muchacho se marchó y por la noche llegó a la hostería en la que habían dormido sus hermanos y pidió una habitación. Le entregó el saco al hostelero para que lo guardase mientras él cenaba, advirtiéndole:

—Llévalo a mi habitación, por favor, y por nada del mundo digas: «¡Sal del saco!».

El hostelero, muy extrañado por la advertencia, preguntó:

—¿Hay un animal feroz dentro?

—No, no hay ningún animal —respondió el Tonto.

—¿Y a qué viene tanto secreto, entonces? ¿Hay un objeto de mucho valor? —insistió el preguntón, mientras iba palpando a través de la tela del saco.

—Ni es un animal, ni es un objeto de valor —respondió el Tonto.

—Entonces será algo extraordinario o mágico. De otra manera ¿cómo se explica tu recomendación de que no le ordene salir del saco?

El Tonto, harto de tantas preguntas, se encogió de hombros y se fue a cenar.

El hostelero se alejó de mala gana para llevar el saco a la habitación de su huésped. No se atrevía a abrirlo, pero su curiosidad venció su miedo. Al ver que se trataba de un vulgar palo, creyó que el Tonto le había tomado el pelo y ordenó al bastón:

—¡Sal del saco!

Una lluvia de bastonazos empezó a caer sobre su espalda y el hostelero se puso a gritar y a pedir socorro.

El Tonto, al verlo, se dijo: «¡Ahora lo comprendo todo!».

—¿Creías que era un gran tesoro y lo querías robar como hiciste con la mesita y el burro de mis hermanos? Pues ahora, ¡aguanta los bastonazos!

Quejándose de dolor, el hostelero pidió perdón y devolvió al Tonto la mesita y el burro.

Al volver a su casa, el joven a quien todos llamaban el Tonto, porque pensaba mucho y hablaba poco, maravilló al pueblo entero con la mesita, el burro y el bastón.

Los dos hermanos, que habían sido engañados por el hostelero, le preguntaron al Tonto cómo había descubierto la trampa. Pero el joven no dio explicaciones ni al Largo, ni al Gordo ni a nadie. Como de costumbre, ante las preguntas de los curiosos se encogía de hombros y callaba.

Desde entonces, la gente se guardó muy bien de llamar Tonto a aquel joven meditativo y silencioso, que pensaba mucho y hablaba poco.

FIN