atención

Las tres palabras

Ilustración: barcode-roses

Una joven viajera llegó de noche a una posada. Estaba cansada y tenía hambre y sed, pero no tenía dinero. Le propuso al posadero hacer algún trabajo a cambio de su sustento, pero el posadero no tenía nada que ofrecerle. Sin dinero, no podía pagar ni la cena ni la habitación para pasar la noche, así que empezó a pensar en cómo podría conseguir algunas monedas para comer y dormir, al menos aquella noche.

En una de las mesas, se sentaba una pareja de amigos que comían y bebían y a la joven se le ocurrió una idea: les propuso contarles sus viajes por todo el mundo y lo que en ellos había conocido y vivido. Como estaban muy aburridos, aceptaron de buen grado el ofrecimiento. Los cuentos eran muy divertidos, así que los escucharon con mucho interés; se divirtieron y se rieron mucho. Sin embargo, no estaban dispuestos a pagar ni una moneda por las historias con las que la joven los había deleitado durante la velada.

Finalmente, la viajera les dijo:

—De acuerdo, no me paguéis nada por mis cuentos, pero os propongo una apuesta: yo pronunciaré tres palabras y estoy segura de que vosotros seréis incapaces de repetir las tres. Si es verdad lo que os digo, me pagaréis la cena y la cama para dormir esta noche, si no es así, me marcharé de aquí sin molestaros más.

—¡Lo que dices es absurdo! —le contestaron los amigos riendo—. No existe ni una sola palabra en el mundo que no se pueda repetir.

—Entonces, ¿queréis hacer la apuesta? —preguntó la joven.

—¡Adelante! —contestó al unísono la pareja.

La joven empezó:

Ovovivíparo.

Ellos repitieron:

—Ovovivíparo.

La joven dijo:

Electroencefalografista.

La pareja dijo:

—Electroencefalografista.

Entonces, sonriendo, la viajera les dijo:

—¡Error!

Los amigos se quedaron sorprendidos. Estaban convencidos de que habían pronunciado bien la palabra y como no estaban dispuestos a dejarse ganar, le propusieron a la chica:

—Intentémoslo de nuevo. Si ganas, ¡pagaremos tu estancia en la posada durante una semana entera!

—¡De acuerdo! —aceptó la joven.

Y empezó otra vez:

Desoxirribonucleico.

Los amigos:

—Desoxirribonucleico.

La joven:

Esternocleidomastoideo.

Los amigos, después de pensarlo un rato, pronunciaron:

—Esternocleidomastoideo.

De nuevo, la joven dijo con una sonrisa:

—¡Error!

Lo intentaron varias veces más y, en cada ocasión, apostaron una gran cantidad de dinero. Después de un rato, los amigos se rindieron, pagaron su deuda y preguntaron:

—¿Dónde hemos fallado?

La joven dijo:

—En ninguna ocasión habéis sido capaces de pronunciar la tercera palabra. Cada vez, la tercera palabra era ‘error’, pero como vosotros no habéis sido capaces de repetirla, habéis perdido la apuesta.

La joven viajera pasó una semana a pan y cuchillo en la posada y se marchó de allí con una buena cantidad de dinero para continuar sus aventuras por el mundo.

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

El camello perdido

Ilustración: lemonflower

Un anciano derviche que viajaba solo por el desierto se encontró a una pareja de comerciantes. Tanto la mujer como el hombre parecían muy nerviosos; no paraban de otear el horizonte, a derecha e izquierda, como si hubieran perdido algo. El derviche se acercó a ellos:

—Muy buenos días, ¿verdad que están buscando uno de los camellos de su caravana? —les preguntó.

—¡Sí señor! ¿Lo ha visto? —contestaron esperanzados.

—Ese camello que se les ha perdido…, ¿está ciego del ojo derecho?

—Ciertamente…

—Ese camello que se les ha extraviado…, ¿cojea de la pata izquierda —volvió a preguntar el derviche.

—Sí, es cojo —respondió extrañada la pareja de comerciantes ante la nueva pregunta de aquel misterioso anciano.

—Al camello que buscan…, ¿le falta un diente? —siguió preguntando el derviche.

—Sí, le falta un diente —respondieron los comerciantes cada vez más sorprendidos.

—Ese camello que no encuentran…, ¿lleva una carga de miel y maíz?

—Sí, sí —dijeron los impacientes comerciantes—. ¡Pero díganos ya dónde está!

—No lo sé —dijo tranquilamente el derviche.

—Pero ¿cómo que no lo sabe?, ¿acaso no lo ha visto usted?

—No, nunca he visto ese camello. Ni tampoco nadie me había hablado de él antes de encontrarme con ustedes.

—¡Eso no es posible! ¡Miente!

La pareja de comerciantes se miró sorprendida, convencida de ser víctima de un engaño o de un robo. El hombre, acercándose al derviche, le exigió una respuesta:

—Le exigimos que nos diga ahora mismo dónde ha escondido nuestro camello y qué ha hecho usted con la carga que transportaba.

—Les prometo que yo ni he visto ese camello, ni he visto la carga —aseguró muy convencido el derviche.

Para aclarar tan extraño y complicado hecho, la pareja condujo al anciano derviche ante el cadí, para que este fuera el que juzgara el caso.

El cadí hizo muchas preguntas, tanto a la pareja como al anciano, y después de un examen muy detenido, no fue capaz de encontrar prueba alguna que acusara al derviche. Al parecer, no mentía al decir que no había visto al camello, y tampoco encontró evidencias de que hubiera robado la carga.

—Entonces solo hay una explicación: ¡este hombre es un hechicero! —exclamaron los comerciantes. De otro modo, es imposible que describiera a nuestro camello con tanto detalle.

Pero el derviche, dirigiéndose tranquilamente al cadí y a los comerciantes, aclaró:

—Entiendo que estéis todos sorprendidos y que penséis que hago magia, que miento o que pretendo estafaros, pero nada más lejos de mi intención. Quizá, con mis palabras, os he dado motivo para pensar eso. Así que debo explicarme. He vivido muchos años y siempre he intentado aprender de todo aquello que me rodea. Me he habituado a mirar despacio y con cuidado y a pensar bien en lo que veo, incluso en medio de un desierto. Esta mañana, mientras caminaba por el camino que conduce al oasis, encontré las huellas de un camello. Supe que andaba perdido porque junto a sus pisadas no había rastro de otros pasos, ni de humanos ni de animales. Comprendí que el camello era ciego del ojo derecho, porque la hierba de ese lado del camino estaba intacta y, en cambio, la hierba que crecía a la izquierda del sendero se la había comido al pasar. Noté, además, que le faltaba un diente, porque allí donde la hierba estaba mordida quedaba siempre un pequeño espacio sin cortar. Deduje que iba cojo porque la pisada de una de las patas apenas se marcaba en la arena. Finalmente, una larga caravana de hormigas, que arrastraba granos de maíz caídos en la misma dirección en la que se dirigían las pisadas del camello, y montones de moscas que se disputaban unas gotas de miel me indicaron qué tipo de carga llevaba.

Atónitos al escuchar su razonamiento, la pareja de comerciantes y el cadí dejaron libre al derviche, que siguió su camino con los ojos muy abiertos para seguir aprendiendo de los secretos escondidos a su alrededor.

FIN