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El lobo y las siete cabritillas

Ilustración: Stevan55

Érase una vez una vieja cabra que tenía siete cabritas, a las que quería tan tiernamente como una madre puede querer a sus hijos. Un día quiso salir al bosque a buscar comida y llamó a sus pequeñuelas.

—Hijas mías —les dijo—, me voy al bosque; mucho ojo con el lobo, pues si entra en la casa os devorará a todas sin dejar ni un pelo. El muy bribón suele disfrazarse, pero lo conoceréis enseguida por su bronca voz y sus negras patas.

Las cabritas respondieron:

—Tendremos mucho cuidado, mamaíta. Márchate tranquila.

Se despidió la vieja cabra con un balido y, confiada, emprendió su camino.

No había transcurrido mucho rato cuando llamaron a la puerta y una voz pidió:

—Abrid, hijitas. Soy vuestra madre, que estoy de vuelta y os traigo algo para cada una.

Pero las cabritas comprendieron, por lo ronco de la voz, que era el lobo.

—No te abriremos —exclamaron— no eres nuestra madre. Ella tiene una voz suave y cariñosa, y la tuya es bronca: eres el lobo.

El lobo se fue a la tienda y se compró un buen trozo de yeso, que se comió para suavizarse la voz. Volvió a la casita y llamó nuevamente a la puerta:

—Abrid hijitas —dijo—  vuestra madre os trae algo a cada una.

Pero el lobo había puesto una de sus negras patas en la ventana, y al verla las cabritas, exclamaron:

—No, no te abriremos, nuestras mamá no tiene las patas negras como tú. ¡Eres el lobo!

Corrió entonces, el muy bribón, a un molinero:

—Échame harina blanca en el pie —le dijo.

El molinero comprendió que el lobo tramaba alguna tropelía, así que se negó, pero la fiera lo amenazó:

—Si no lo haces, te devoro.

El hombre, asustado, le blanqueó la pata.

Volvió el rufián por tercera vez a la puerta y, llamando, dijo:

—Abrid, pequeñas; es vuestra mamíta querida, que está de regreso y os trae buenas cosas del bosque.

Las cabritas replicaron:

—Enséñanos la patita; queremos asegurarnos de que eres nuestra madre.

La fiera puso la pata en la ventana, y, al ver ellas que era blanca, creyeron que eran verdad sus palabras y se apresuraron a abrir. Pero fue el lobo quien entró. ¡Qué sobresalto, Dios mío! ¡Y qué prisas por esconderse todas!

Una se metió debajo de la mesa; la otra, en la cama; la tercera, en el horno; la cuarta, en la cocina; la quinta, en el armario; la sexta, debajo del fregadero, y la más pequeña, en la caja del reloj.

Pero el lobo fue descubriéndolas una tras otra y, sin gastar cumplidos, se las engulló a todas menos a la más pequeñita que, oculta en la caja del reloj, no la pudo encontrar.

Ya harto, el lobo se alejó a un trote ligero y en un prado verde que encontró se  tumbó a dormir a la sombra de un árbol.

Al cabo de poco regresó a casa la vieja cabra. ¡Lo que vio! La puerta, abierta de par en par; la mesa, las sillas y bancos, todo volcado y revuelto; la jofaina, rota en mil pedazos; las mantas y almohadas, por el suelo.

Buscó a sus hijitas, pero no aparecieron por ninguna parte; las llamó a todas por sus nombres, pero ninguna contestó. Hasta que le llegó el turno a la última, la cual, con vocecilla queda, dijo:

—Mamá querida, estoy en la caja del reloj.

La fue a buscar la cabra  y, entonces, la pequeña le explicó que había venido el lobo y se había comido a las demás. ¡Imaginad con qué desconsuelo lloraba la madre la pérdida de sus hijitas!

Cuando ya no le quedaban más lágrimas, salió al campo en compañía de su pequeña, y, al llegar al prado, vio al lobo dormido debajo del árbol, roncando tan fuertemente que hacía temblar las ramas.

Se acercó y al observarlo de cerca, le pareció que algo se agitaba en su abultada barriga. «¡Válgame el cielo! —pensó la cabra—, ¿serán mis pobres hijitas, que se las ha merendado y que están vivas aún? Y envió a la pequeña a casa, a toda prisa, en busca de tijeras, aguja e hilo.

Abrió la panza al monstruo, y apenas había empezado a cortar, cuando una de las cabritas asomó la cabeza. Al seguir cortando saltaron las seis afuera, una tras otra, todas vivitas y sin daño alguno, pues la bestia, en su glotonería, las había engullido enteras sin masticar.

¡Que contentas se pusieron! ¡Con cuánto cariño abrazaron a su mamaíta!

Pero aún no había terminado. La cabra dijo:

—Traedme piedras, que ahora que el lobo duerme, aprovecharemos y llenaremos su panza con ellas.

Las siete cabritas corrieron en busca de piedras y las fueron metiendo en la barriga, hasta que ya no cupieron más. La madre cosió la piel con tanta presteza y suavidad, que la fiera no se dio cuenta de nada ni hizo el menor movimiento.

Terminada su siesta, el lobo se despertó  y, como los guijarros que le llenaban el estómago le habían dado mucha sed, se encaminó a un pozo cercano para beber.

Mientras andaba, los guijarros de su panza se movían de un lado a otro y chocaban entre sí con gran ruido, por lo que exclamó:

—¿Qué será este ruido que suena en mi barriga? Creí que eran cabritas, pero parecen chinitas.

Al llegar al pozo e inclinarse sobre el brocal, el peso de las piedras lo arrastró y lo hizo caer al fondo y no pudo volver a salir y si nadie lo ha ayudado, ahí debe seguir.

FIN

El conejo y el venado

Cuentan, que hace mucho, mucho tiempo los animales no eran como son ahora. Dicen, que cuando el Gran Señor de los Montes los creó les dio otro aspecto…

El conejo, por ejemplo, no era como lo conocemos, porque en lugar de sus grandes orejas tenía dos cuernos en medio de la cabeza… Sus cuernos eran casi del tamaño de su cuerpo y pesaban una barbaridad, así que el pobre animal casi no podía brincar, que ya se sabe que es su modo favorito de moverse por el campo.

Entre los seres creados estaba también el venado, un animal veloz y hermoso pero al que algo, en su aspecto, lo afeaba: su cabeza parecía demasiado pequeña en comparación a su cuerpo y de ella colgaban dos largas orejas, que aún le daban un aspecto más extraño.

Un día, el venado oyó que el conejo tenía unos majestuosos cuernos, así que fue a buscarlo y después de mucho andar, dio con él.

—¡Conejo, conejo! —gritó con todas sus fuerzas.

—¿Quién me llama? —inquirió el conejo.

—Soy yo, el venado. He venido hasta aquí para admirar tus bellos cuernos.

—¡Ay, venado!, cierto que son muy bonitos, pero ¡ni te imaginas lo que pesan! Apenas puedo brincar con ellos —contestó compungido el conejo.

Al venado se le iluminaron los ojos. Era el momento de poner en marcha su plan:

—Conejo, ¿qué tal si te libero un rato de tu peso? Préstame tus cuernos, que quiero ver cómo me quedan a mí.

El conejo se los prestó, y el venado se dirigió al lago para admirarse con su nueva imagen.

—Estos cuernos me quedan mucho mejor que mis orejas largas —pensó el venado.

El conejo, entretanto, esperó y esperó, pero el venado no volvía con los cuernos que le había prestado.

—¡Venado!, ¿dónde estás? —llamó a gritos—. ¡Devuélveme mis cuernos!

Pero el venado, que ahora corría feliz entre la hierba, le contestó también gritando:

—¡No! ¡Ni hablar! ¡Ahora son míos!

Muy enfadado, el conejo se lanzó en su persecución dando grandes brincos, pues ahora, sin la cornamenta sobre su cabeza, era mucho más ligero.

—¡Venado, devuélveme los cuernos! ¡Venado, devuélveme los cuernos! —gritaba cada con cada salto.

Cuando los dos se cansaron de correr, se sentaron sobre la hierba y el venado, mirando al conejo, le dijo:

—Ay, conejo, te veo raro sin nada sobre la cabeza. La verdad es que estás un poco feo. ¿Sabes qué?, como no pienso devolverte tu cornamenta porque a mí me queda mucho mejor que a ti, te regalo mis orejas.

Dicho y hecho. Puso junto al conejo las dos largas orejas y se marchó veloz de allí.

El conejo no tuvo más remedio que colocarse aquellas largas orejas sobre la cabeza y, en cuanto lo hizo, empezó a escuchar el canto de los pájaros, el ruido del viento y hasta oyó, a lo lejos, el ruido de las pezuñas del venado contra el suelo. Se puso muy contento, pues ahora tenía las mejores orejas del mundo, y, además, se había librado de sus pesados cuernos y podía brincar tan alto como quisiera.

Feliz, el conejo pensó que, después de todo, aquel cambio no había sido tan mala idea.

FIN

La pequeña cerillera

Ilustración: roserika

Hacía un frío terrible. Estaba nevando y comenzaba a oscurecer. Era la última noche del año, la víspera de Año Nuevo. En medio de ese frío y esa oscuridad, una niña pequeña y pobre, con la cabeza descubierta y los pies descalzos, caminaba por la calle.  Sí, llevaba zapatillas al salir de casa, pero de poco le sirvieron. Eran unas zapatillas muy grandes, habían sido de su madre, y la niña las había perdido al cruzar corriendo la calle, tratando de esquivar a dos coches que se acercaban a toda velocidad. Una de las zapatillas no hubo forma de encontrarla; la otra se la llevó un chiquillo; dijo que la utilizaría de cuna cuando tuviese hijos.

Así que la pobre andaba descalza, con los piececitos amoratados por el frío. En un viejo delantal llevaba cerillas y sostenía entre sus manos un paquete entero de ellas. En todo el día nadie le había comprado ni una, nadie le había dado una mísera moneda. Caminaba hambrienta y aterida de frío, ¡pobre cerillera! Los copos de nieve se posaban sobre su largo pelo rubio, que formaba preciosos rizos en el cuello; pero no estaba ella para pensar en tales adornos.

Se veían luces en todas las ventanas y hasta la calle llegaba un delicioso aroma a guiso. Era la víspera de Año Nuevo, sí, no lo olvidaba.

En un ángulo que formaban dos casas —una de ellas se adentraba en la calle más que la otra—, se sentó la cerillera acurrucada en el suelo y encogió sus piernecitas bajo el cuerpo, pero incluso así sentía frío. No se atrevía a regresas a su casa, pues no había vendido ni una sola cerilla ni tampoco había conseguido ni una triste moneda y seguro que su padre le pegaría. Además, en su casa también hacía frío; solo los cobijaba el tejado y por él se colaba el viento por todas partes, a pesar de la paja y los trapos con los que habían intentado tapar los huecos. Tenía las manos casi congeladas de frío. ¡Ay, el calor de una cerilla le vendría muy bien!… ¡Si se atreviera a sacar una de la caja, encenderla y calentarse los dedos! Y sacó una: «¡ras!». ¡Cómo chisporroteaba! ¡Cómo ardía! Dio una llama clara y cálida, como la de una velita, cuando la resguardó con la palma mano; ¡una luz maravillosa! A la niña le pareció que estaba sentada frente a una gran estufa de hierro, con pies y chimenea de latón; el fuego ardía alegremente en su interior, ¡y cómo calentaba! La niña alargó los pies para entrar en calor, pero la llama se extinguió, la estufa se esfumó y ella se quedó sentada, con un trocito de cerilla quemado en la mano.

Encendió otra cerilla, que al arder y proyectar su luz sobre el muro, lo volvió transparente como si fuese una gasa. La niña pudo ver, a través de la pared, el interior de una sala; en ella había una mesa puesta, cubierta con un blanco mantel y adornada con fina porcelana. Sobre la mesa, humeaba un pato relleno de ciruelas y manzanas. Y lo mejor de todo fue que el pato saltó de la fuente y, contoneándose por el suelo, con cuchillo y tenedor sobre su espalda, se acercó hacia la niña. Pero cuando ya lo alcanzaba, la cerilla se apagó y no quedó más que la fría y gruesa pared ante ella.

Encendió la tercera cerilla y se encontró sentada bajo un precioso árbol de Navidad. Era todavía más alto y más bonito que el que había visto a través de las puertas de cristal de la casa del rico comerciante la pasada Navidad. Miles de velitas ardían en sus verdes ramas y de las ramas colgaban postales de colores, como las que adornaban los escaparates de las tiendas. La pequeña levantó sus bracitos… y, entonces, la cerilla se apagó. Todas las lucecitas navideñas se elevaron hacia el cielo y ella se dio cuenta de que eran las rutilantes estrellas; una de ellas cayó y trazó en el firmamento una larga estela de fuego.

—Alguien está muriendo —murmuró la niña.

Su abuela ya fallecida, la única persona que la había tratado con cariño, le había dicho una vez: «Cuando una estrella cae, se eleva un alma al cielo».

De nuevo, frotó una cerilla contra la pared. Todo se iluminó y en medio del resplandor apareció su anciana abuela, nítida, radiante, dulce y dichosa.

—¡Abuela! —exclamó la pequeña—. ¡Llévame contigo! Sé que desaparecerás cuando se apague la cerilla. ¡Desaparecerás igual que la estufa, el delicioso asado y el gran árbol de Navidad!

Y se apresuró a encender todas las cerillas que le quedaban, porque no quería perder a su abuela. Los fósforos brillaron de tal manera, que la luz era más clara e intensa que la del día. La abuela nunca había sido tan hermosa ni tan grande. Tomó en sus brazos a la niña y, envueltas las dos en felicidad y luz, volaron alto, muy alto. Y ya no hubo frío, ni hambre, ni miedo. Estaban en un reino celestial.

En el ángulo de las dos casas, la fría madrugada descubrió a la chiquilla, rojas sus mejillas y la boca sonriente… Había muerto de frío en la última noche del año viejo. La primera mañana del nuevo año iluminó el pequeño cuerpecito, que sostenía entre las manos un paquete de cerillas casi consumido. «¡Quiso calentarse!», decía la gente. Pero nadie supo las maravillas que había visto, ni el resplandor con que estaban envueltas ella y su abuela cuando entraron en la dicha del Año Nuevo.

FIN

Sal en la cola

Ilustración: John Bauer

Érase una vez un niño que siempre deseaba alguna cosa.

A veces deseaba un caballo, otras un trineo o un castillo o una navaja. Pero como su padre había muerto y su madre era una pobre barrendera, nunca podía hacer realidad sus sueños.

Una vez, recibió el consejo de un viejo sabio:

—Si quieres que tus deseos se cumplan, debes ir al bosque y echar un pellizco de sal sobre la cola de una urraca. Eso sí, tienes que darte prisa y pedir tu deseo mientras la sal permanece en la cola, ya que, de otro modo, no se cumpliría.

Desde aquel día, siempre llevaba sal en los bolsillos. Salía temprano y volvía tarde a casa; vio muchas urracas, pero no pudo acercarse a ninguna.

Una mañana, se encontró con una que era más tratable que las otras. Pudo acercarse tanto, que casi la podía tocar. Pero cuando estaba a punto de sacar la sal, voló y fue a sentarse en un árbol, desde donde se reía de él.

Lo estuvo engañando durante todo el día y al llegar la noche, Olle estaba tan cansado, que se tumbó debajo de un pino y cerró los ojos para no ver a aquel pájaro malvado que no hacía más que reírse de él.

Pero la urraca seguía allí y saltaba de una rama a otra, hasta que por fin lo llamó por su nombre:

—iOIIe! iOlle!

—iPero cómo! — exclamó—. ¿Puedes hablar?

—Sí, has de saber que soy una princesa encantada —dijo la urraca—. Y, por supuesto, conseguirás lo que quieras si me ayudas. Consígueme una bonita navaja para que pueda pulir mi pico y mis garras. Si me la traes, yo me quedaré quieta para que puedas echar sal en mi cola.

Le pareció bien al chico y a la mañana siguiente salió a recoger fruta, la vendió y consiguió suficientes monedas para comprar una navaja bien bonita.

Con ella fue al bosque y cuando vio a la urraca, desplegó la hoja de la navaja para que brillara bien. Ella se acercó saltando y miró la navaja, primero con un ojo y luego con el otro.

—iBuah! —dijo la urraca—. Esa no es navaja para una noble princesa como yo. Debería, por lo menos, tener el mango de oro.

Y voló al árbol de nuevo.

Olle se quedó tan triste, que las lágrimas afloraron a sus ojos.

—Intentaré conseguirte una con mango de oro —dijo.

—No, gracias, ya no quiero una navaja —contestó la urraca—. Quiero un bonito trineo. Me divertiría montar en trineo este invierno.

Olle tenía que conseguirle un trineo. Se puso a tallar cucharones de madera y los cortó tan bonitos con su navaja nueva, que rio de alegría. A medida que los fabricaba, los vendía en la ciudad. Sin embargo, no talló uno para él.

Ganó tanto dinero, que pudo comprar un hermoso trineo y fue al bosque a ver a la urraca.

—iAquí tienes el trineo! —gritó arrogante, porque estaba seguro de que a la urraca le iba a gustar.

La urraca bajó de su árbol, picoteó el hierro y pisoteó el cojín. Y explotó en una carcajada.

—¿Te parece que es suficientemente bueno para una criatura tan fina como yo? —Y se posó en su rama—. No, de seda y plata debería ser.

Olle luchaba contra el llanto.

—Tendré que buscar uno mejor entonces —dijo.

—No vale la pena, no vale la pena —gimoteó la urraca—. Ahora quiero un caballo y un carruaje. Pero que sean muy bonitos; sino es inútil que intentes esparcir sal en mi cola.

Olle cogió el trineo y lo alquiló a buen precio en una pendiente donde los ricos solían jugar. Todos querían montar en él, porque el trineo era el más rápido en muchas millas. Sin embargo, él no montó ni una sola vez.

Por fin había ahorrado tanto dinero que pudo comprar un caballo. Lo enseñó a hacer cabriolas y lo exhibió. Con el dinero que obtuvo, compró otro caballo y montó un espectáculos con los dos para obtener más ganancias, con las que compró un elegante carruaje con incrustaciones de plata. Cuando todo estuvo listo, volvió al bosque en busca de la urraca.

La encontró sentada en su rama.

—Eso puede ser algo —dijo al ver la plata brillando. Pero después de inspeccionar el carruaje, sacudió la cabeza—. Me gustan los carruajes abiertos. Y los caballos deberían ser blancos, no marrones.

—Ay, ay, ay —Suspiró Olle.

Tuvo que sentarse en una piedra para tranquilizarse. Criatura más caprichosa que aquella urraca era imposible encontrar. Aunque, claro, para eso era una princesa.

—Como no entiendes ni de caballos, ni de carruajes —dijo la urraca—, si quieres que te ayude, dame un castillo con cien habitaciones y un hermoso parque.

Olle suspiró profundamente. Aquello era demasiado. Pero se acordó de su carruaje. Empezó a trabajar con él en la ciudad y todos querían alquilarlo, porque, aunque no le gustó a la urraca, lo cierto es que era el más bonito de aquellos alrededores. Sin embargo, Olle nunca se paseó en él.

Pronto ganó tanto dinero, que pudo comprar otro carruaje y luego otro, y otro más. Al fin consiguió una compañía de alquiler de carruajes y ganaba más dinero que nunca.

Ahora resultaba fácil construir un castillo; lo hizo de mármol blanco brillante y marchó al bosque en busca de la urraca. Esta lo siguió al interior del castillo. A saltitos inspeccionó todos los rincones y cuando hubo revisado todo dijo:

—Pues sí, esto puede pasar. Pero necesito tres cofres de oro para mantenerlo.

—iQué desvergüenza! —gritó Olle.

—Tú mismo, sino no podrás echar sal en mi cola —Salió volando por la ventana y desapareció.

«Bueno, si he conseguido todo esto, quizá pueda conseguir un poco más», pensó Olle.

Ahora sabía cómo actuar. Trabajó duro y consiguió llenar tres enormes baúles de monedas de oro. Buscó a la urraca y volvió con ella al castillo.

—Sí —dijo—, ahora parece que todo está bien. Esparce, pues, la sal en mi cola.

¡Por fin había llegado el momento deseado!

Sonriente y satisfecho metió, Olle, la mano en el bolsillo y sacó un pellizco de sal. La urraca se quedó totalmente quieta y él esparció los pequeños granos brillantes sobre su cola.

—Bueno, ¿qué deseas? —preguntó la urraca.

¿Qué podía desear? Había estado tan ocupado trabajando para conseguir los deseos de otro, que había olvidado totalmente los suyos.

—Uno, dos… —contó la urraca.

—iEspera un poco!, iespera un poco! Déjame pensar…

Pero por nada del mundo pudo recordar qué quería.

—…¡tres! —acabó la urraca, y en un santiamén saltó y la sal cayó de su cola. Y ahí estaba, sentada en la ventana riéndose de Olle.

Pero el que se enfadó de verdad fue Olle.

—No te guasees de mí — gritó—. Ya sé lo que quiero: voy a comprarme una escopeta para matarte.

—Eso no estaría nada bien, Olle —dijo la urraca—. ¿Quieres matarme? ¿A mí?, ¿a la que te ha conseguido todos tus deseos, tantos, que ya no sabes qué desear? ¿No tienes ya una navaja y un trineo y caballos y carruajes y un castillo y dinero?

Era verdad. Tenía todo lo que había deseado. Ahora sólo tenía que sentarse y disfrutarlo.

—Y pensar que he trabajado tanto para poder esparcir sal en tu cola, para que al final no me haga ninguna falta.

—Así es, intenta explicarte eso —dijo la urraca riendo más que nunca—. Levantó el vuelo y desapareció.

Pero Olle no se molestó en buscar respuestas. Se quedó en su castillo y vivió dichoso el resto de sus días.

FIN

El señor Korbes

Ilustración: Kristin Tercek

Érase que se era una vez, una gallinita y un gallito que decidieron salir juntos de viaje.

Construyeron un hermoso carruaje con cuatro ruedas encarnadas y engancharon cuatro ratoncitos para que tiraran de él.

La gallinita y el gallito montaron en el carruaje y emprendieron la marcha.

Al poco rato, se encontraron con un gato que les preguntó:

—¿Adónde vais?

Y ellos le respondieron:

Por el mundo vamos;

y del señor Korbes,

la casa buscamos.

—Llevadme con vosotros —suplicó el gato.

—Con mucho gusto —respondieron la gallinita y el gallito—. Siéntate detrás, no sea que te caigas por delante.

Y el carrito cantó:

Cuidado al saltar,

que mis ruedas coloradas

no se vayan a ensuciar.

Ruedecitas, rodad;

ratoncillos, silbad.

Por el mundo vamos

y del señor Korbes

la casa buscamos.

Durante el camino, subieron al carrito una piedra de molino; luego, un huevo; luego, un pato; luego, un alfiler y, finalmente, una aguja de coser. Todos se instalaron en el coche y siguieron viaje; y el carrito cantaba:

Cuidado al saltar,

que mis ruedas coloradas

no se vayan a ensuciar.

Ruedecitas, rodad;

ratoncillos, silbad.

Por el mundo vamos

y del señor Korbes

la casa buscamos.

Pero al llegar a la casa del señor Korbes, este no estaba.

Así que los ratoncitos aparcaron el coche en el granero; el gallito y la gallinita volaron a una percha; el gato se sentó junto a la chimenea; el pato fue a posarse en la barra del pozo; el huevo se envolvió en una toalla; el alfiler se clavó en un almohadón de la butaca; la aguja se instaló en la almohada de la cama y la piedra de molino se colgó sobre la puerta de entrada.

Llegó por fin el señor Korbes y se dirigió a la chimenea para encender el fuego; pero el gato bufó asustado y le llenó la cara de ceniza.

Corrió el señor Korbes al pozo para lavarse y el pato le salpicó de agua todo el rostro.

Quiso secarse con la toalla y se golpeó contra el huevo, que se rompió y se le enganchó en los ojos.

Deseaba descansar después de tantos tropiezos; sentóse en la butaca y lo pinchó en el trasero el alfiler.

Encolerizado, se echó en la cama y al apoyar la cabeza en la almohada, se clavó la aguja en el cogote.

Más que furioso, se dirigió a la calle; pero, al abrir la puerta, la piedra de molino le cayó en medio de la cabeza y casi lo mató.

¡Qué mala persona debía de ser ese señor Korbes para que le ocurriera tantas desgracias!

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El señor Korbes» con la voz de Angie Bello Albelda

La astucia de la tortuga

Ilustración: TehChan

El elefante y el hipopótamo eran muy bueno amigos y siempre comían juntos. Como eran tan grandes, comían mucho y para el resto de animales quedaba poco. Pero aún quedaba menos para la pobre tortuga, tan lenta ella, que como llegaba siempre la última,  siempre andaba con el estómago medio vacío.

Y como dicen que el hambre aviva el ingenio, la tortuga ideó un plan para proveer su despensa durante una larga temporada.

Una noche, mientas el elefante y el hipopótamo se daban el gran banquete, la tortuga se acercó a ellos:

—Feliz cena, amigos, ¿qué tal? —saludó—. En verdad sois una pareja grande y fuerte, aunque ninguno de vosotros dos es tan fuerte como yo. Me apuesto algo, a que ni el uno ni el otro es capaz de sacarme del agua tirando de esta cuerda. ¡Me apuesto cien kilos de hierba fresca!

El elefante, al ver lo pequeña que era la tortuga, no tuvo ni la más mínima duda:

—Muy bien, acepto tu apuesta y la subo. Si no soy capaz de sacarte del agua, no te daré cien kilos de hierba, ¡te daré quinientos!

Así pues, se despidieron y a la mañana siguiente se encontraron en el río tal y como habían acordado. La tortuga ató la cuerda alrededor de su pata y se sumergió en las aguas del río mientras el elefante la observaba, sujetando con su trompa el otro extremo de la cuerda.

Ya dentro del agua, y como la tortuga conocía a la perfección aquel lugar, se sumergió hasta el fondo y, rápidamente, desató la cuerda de su pata y la ató con fuerza a una enorme roca que había en el lecho del río y permaneció sumergida a la espera.

No tardó el elefante en tirar de la cuerda. Primero con suavidad, después con todas sus fuerzas y durante mucho rato. Cuando el exhausto elefante estaba a punto de rendirse, ¡chas!, la cuerda se rompió. La tortuga, que esperaba aquel momento, desató la cuerda, la volvió a anudar alrededor de su pata y se dirigió a la superficie sin mostrar ningún signo de cansancio. Arriba, todos pudieron comprobar que el elefante había sido incapaz de vencer a su pequeña contrincante, así que al paquidermo no le quedó más remedio que pagar el precio acordado en la apuesta.

Feliz marchó la tortuga a su casa y el elefante tras ella con toda la carga de hierba.

Pasaron algunos meses y la despensa de la pequeña tortuga volvió a vaciarse, así que pensó en utilizar el mismo truco para obtener más provisiones, está vez, engañando al hipopótamo.

El hipopótamo estuvo de acuerdo, pero recordando lo que había ocurrido meses antes con su amigo el elefante, le dijo a la tortuga:

—Acepto tu apuesta, pero esta vez seré yo el que me quede en el agua tirando de la cuerda mientras tú permaneces en tierra. Y como estoy seguro de mi fuerza, en lugar de quinientos kilos de hierba fresca, te daré mil si logras ganarme.

La tortuga aceptó el trato.

A la mañana siguiente, la tortuga ató una soga nueva alrededor de su pata y corrió hacia las altas hierbas que rodeaban el río. Mientras, el hipopótamo sujetó el otro extremo con su enorme bocaza y se sumergió con parsimonia en el agua.

Tan pronto como la tortuga estuvo fuera del alcance de las miradas de los testigos curiosos, desató la cuerda de su pata y la anudó alrededor del tronco de un gigantesco árbol.

Cuando el hipopótamo empezó a tirar de la soga, esta permaneció firmemente atada y por más que tiró y volvió a tirar de ella, el hipopótamo no pudo hacer nada.

Cansado y jadeante, se rindió. Salió del río echando agua por la nariz. En cuanto la tortuga oyó sus jadeos, desató la cuerda, la anudó a su pata y salió de entre los matorrales.

El hipopótamo tuvo que admitir que la tortuga era más fuerte que él y pagar la deuda.

Tanto el elefante como el hipopótamo estuvieron de acuerdo en que era mejor tener a la tortuga como amiga que como enemiga, ya que era el animal más fuerte de aquel lugar y así se lo dijeron.

—De acuerdo —aceptó la tortuga—. Seré vuestra amiga y viviré cerca para poder protegeros y vosotros, a cambio, llenaréis mi despensa. Pero como me será un poco difícil atenderos a los dos a la vez, he decidido que mientras yo protejo al hipopótamo en e l agua, una de mis hijas hará lo propio con el elefante en tierra.

Es por este motivo que, desde ese día, existen las tortugas de tierra y las tortugas de agua. Y si os fijáis, las últimas son mucho más grandes, pues la sabia tortuga de esta historia eligió el agua porque, aunque veces en la tierra la comida escasea, siempre es posible pescar algún que otro pez.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La astucia de la tortuga» con la voz de Angie Bello Albelda

El camello perdido

Ilustración: lemonflower

Un anciano derviche que viajaba solo por el desierto se encontró a una pareja de comerciantes. Tanto la mujer como el hombre parecían muy nerviosos; no paraban de otear el horizonte, a derecha e izquierda, como si hubieran perdido algo. El derviche se acercó a ellos:

—Muy buenos días, ¿verdad que están buscando uno de los camellos de su caravana? —les preguntó.

—¡Sí señor! ¿Lo ha visto? —contestaron esperanzados.

—Ese camello que se les ha perdido…, ¿está ciego del ojo derecho?

—Ciertamente…

—Ese camello que se les ha extraviado…, ¿cojea de la pata izquierda —volvió a preguntar el derviche.

—Sí, es cojo —respondió extrañada la pareja de comerciantes ante la nueva pregunta de aquel misterioso anciano.

—Al camello que buscan…, ¿le falta un diente? —siguió preguntando el derviche.

—Sí, le falta un diente —respondieron los comerciantes cada vez más sorprendidos.

—Ese camello que no encuentran…, ¿lleva una carga de miel y maíz?

—Sí, sí —dijeron los impacientes comerciantes—. ¡Pero díganos ya dónde está!

—No lo sé —dijo tranquilamente el derviche.

—Pero ¿cómo que no lo sabe?, ¿acaso no lo ha visto usted?

—No, nunca he visto ese camello. Ni tampoco nadie me había hablado de él antes de encontrarme con ustedes.

—¡Eso no es posible! ¡Miente!

La pareja de comerciantes se miró sorprendida, convencida de ser víctima de un engaño o de un robo. El hombre, acercándose al derviche, le exigió una respuesta:

—Le exigimos que nos diga ahora mismo dónde ha escondido nuestro camello y qué ha hecho usted con la carga que transportaba.

—Les prometo que yo ni he visto ese camello, ni he visto la carga —aseguró muy convencido el derviche.

Para aclarar tan extraño y complicado hecho, la pareja condujo al anciano derviche ante el cadí, para que este fuera el que juzgara el caso.

El cadí hizo muchas preguntas, tanto a la pareja como al anciano, y después de un examen muy detenido, no fue capaz de encontrar prueba alguna que acusara al derviche. Al parecer, no mentía al decir que no había visto al camello, y tampoco encontró evidencias de que hubiera robado la carga.

—Entonces solo hay una explicación: ¡este hombre es un hechicero! —exclamaron los comerciantes. De otro modo, es imposible que describiera a nuestro camello con tanto detalle.

Pero el derviche, dirigiéndose tranquilamente al cadí y a los comerciantes, aclaró:

—Entiendo que estéis todos sorprendidos y que penséis que hago magia, que miento o que pretendo estafaros, pero nada más lejos de mi intención. Quizá, con mis palabras, os he dado motivo para pensar eso. Así que debo explicarme. He vivido muchos años y siempre he intentado aprender de todo aquello que me rodea. Me he habituado a mirar despacio y con cuidado y a pensar bien en lo que veo, incluso en medio de un desierto. Esta mañana, mientras caminaba por el camino que conduce al oasis, encontré las huellas de un camello. Supe que andaba perdido porque junto a sus pisadas no había rastro de otros pasos, ni de humanos ni de animales. Comprendí que el camello era ciego del ojo derecho, porque la hierba de ese lado del camino estaba intacta y, en cambio, la hierba que crecía a la izquierda del sendero se la había comido al pasar. Noté, además, que le faltaba un diente, porque allí donde la hierba estaba mordida quedaba siempre un pequeño espacio sin cortar. Deduje que iba cojo porque la pisada de una de las patas apenas se marcaba en la arena. Finalmente, una larga caravana de hormigas, que arrastraba granos de maíz caídos en la misma dirección en la que se dirigían las pisadas del camello, y montones de moscas que se disputaban unas gotas de miel me indicaron qué tipo de carga llevaba.

Atónitos al escuchar su razonamiento, la pareja de comerciantes y el cadí dejaron libre al derviche, que siguió su camino con los ojos muy abiertos para seguir aprendiendo de los secretos escondidos a su alrededor.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El camello perdido» con la voz de Angie Bello Albelda

El rey burlón

Ilustración: Gwen Burns

No sabemos cuándo ni dónde, vivió un rey cuya mayor diversión consistía en burlarse de la gente. Sobre todo, le gustaba martirizar con sus estúpidas bromas a los que no podían defenderse, a los más débiles, a los más pobres o a los más simples.

Cierto día en el que se paseaba con su séquito por las calles de la ciudad, vio en medio de la plaza mayor un enorme gentío congregado y se acercó. A medida que la gente lo reconocía, le abría paso, de manera que pronto estuvo en primera fila.

Desde su privilegiada posición, vio a una mujer más anciana que el reloj de sol que presidía la plaza, que no paraba de besar a su burrito, caído cuan largo era en medio de un gran charco de barro.

Oír los lastimoso rebuznos del pobre animalito rompía el corazón de cualquiera:

—¡I-aah!, ¡i-aah!, ¡i-aah!

La viejecita, con los ojos llenos de lágrimas, le hablaba con dulzura:

—Pobre burrito mío, ¿qué te ocurre? Estás muy enfermo. ¡Ay!, ¡qué te ahogas! Por favor, burrito de mi alma, no te mueras. ¿Qué haría yo sin ti? Cúrate, que tienes que ayudarme a llevar la carga y a trabajar. Eres lo único que tengo en este mundo. Si tú te mueres, yo me moriré también. ¡Levántate, precioso mío!

En cuanto el rey burlón vio a aquella viejecita abrazada al burro y hablándole de tal modo, rompió a reír estrepitosamente y le dijo:

—¿Qué haces, vieja loca? ¿Por qué besuqueas a esa bestia? Ese burro, con el culo enfangado no lo merece. Es a mí a quién deberías besar. ¡Yo soy tu rey! Ja, ja, ja.

Por encima de los gemidos del burro y de las carcajadas de la gente, que siempre aplaudía las impertinencias del rey, la anciana respondió al monarca con dulzura:

—Pero no eres tú, señor rey, sino mi burrito, el que cada día me ayuda a llevar la carga. ¡Pobre de mí! Tengo que curarlo, pero no sé cómo hacerlo. Es como si le faltara el aire. ¡No puede respirar!

—No se curará con tus arrumacos, vieja —Siguió burlándose el rey burlón—. Yo sé qué le ocurre a tu bestia y conozco el remedio.

—¡Ay, señor!, si fueras tan amable de darme una solución, te estaría eternamente agradecida.

—El único modo de sanarlo es haciendo todo lo que yo te diga. Si lo haces, se curará al instante. Da cincuenta vueltas a la pata coja alrededor del burro mientras pronuncias el siguiente conjuro mágico:

Hay un burro rebuznando,

una vieja suplicando,

y cien tontos observando.

Rey de los asnos, no sigas bramando.

¡Cúrate ahora mismo!, que yo te lo mando.

La viejecita escuchó con mucha atención al rey y convencida de que aquel tratamiento surtiría efecto, hizo todo lo que el rey le había indicado.

La gente, al ver a la anciana corriendo a la pata coja y recitando aquellas absurdas palabras, no podía parar de reírse. Todos se desternillaban de la risa, sujetándose la barriga y a algunos hasta le caían lagrimones.

Pero lo más extraño de todo fue que hasta el burro, al ver a su dueña en tal actitud, pareció reírse. Soltó tal rebuzno que, efectivamente, se hubiera dicho que se estaba carcajeando. Al emitir aquel extraño grito con tanta fuerza, escupió una astilla de madera que se había tragado y que se le había quedado atravesada en la garganta, impidiéndole respirar.

Liberado al fin de aquel estorbo, se levantó de golpe, más sano y más contento que nunca.

Todos los que allí estaban congregados, aplaudieron riendo. ¡Aquel remedio tan absurdo había surtido efecto!

Al rey, sin embargo, la risa se le cortó de golpe y terriblemente enfadado, se marchó de allí con el rabo entre las piernas. ¡Él era el rey burlón, no el rey curandero!

Al alejarse, le llegó la voz de la vieja:

—¡Mil gracias, señor rey, por tu remedio! Te estaré eternamente agradecida.

Pasó el tiempo y, un día, el rey burlón cayó enfermo. Tan enfermo estaba, que era seguro que pronto moriría.

El caso es, que le había salido un enorme absceso en la garganta que le impedía tragar comida y que le dolía muchísimo. Sus quejas y alaridos se oían en palacio noche y día.

Los mejores médicos de la corte discutían y discutían, sin ponerse de acuerdo en si se moriría de dolor o por no comer. En lo único en lo que se ponían de acuerdo es en que no duraría mucho.

Ante tan funesta perspectiva, el rey burlón convocó a todos los nobles para hacer testamento, y en esto estaban cuando apareció la viejecita del burro corriendo a todo correr y gritando:

—¡Yo salvaré al rey! ¡Yo conozco el remedio!

Sin que nadie pudiera impedirlo, se plantó en la cámara en la que el monarca yacía.

Al verla, el rey, con la voz medio ahogada por culpa de su terrible grano, preguntó:

—¿Quién es esta vieja?, ¿una curandera? ¡Dejad que pruebe su cura!

Entonces, la mujer, ante la atónita mirada de los nobles, se puso a dar vueltas alrededor de la cama real a la pata coja mientras recitaba a pleno pulmón:

Hay un burro rebuznando,

una vieja suplicando,

y cien tontos observando.

Rey de los asnos, no sigas bramando.

¡Cúrate ahora mismo!, que yo te lo mando.

La corte no sabía si reír o llorar ante aquel irreverente espectáculo, pero el enfermo enseguida lo comprendió todo. De golpe, reconoció a la vieja de la que se había burlado meses antes. Ahora le aplicaba el mismo remedio que él aconsejó aplicar al burro.

El rey empezó a reír como nunca antes se había reído en toda su vida. Y de tanto reír, el grano de su garganta reventó y sanó de golpe:

—¡Me has salvado la vida! ¡Pídeme lo que quieras!

Pero la ancianita le respondió con su dulce voz:

—Nada quiero, señor rey. Viéndoos curado ya me doy por pagada. Las riquezas repártelas entre esta gente tan elegante. Viendo sus infelices caras, diría que son muy pobres. En cambio, yo tengo mi burrito.

Ciertamente, la anciana curó aquel día al rey burlón, que desde entonces nunca volvió a burlarse de nadie.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El rey burlón» con la voz de Angie Bello Albelda

 

Verdad y Mentira

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Ilustración: pesare

Cuentan que una vez, cuando los animales aún hablaban y el sol madrugaba más que ahora, se encontraron en medio de un camino la Verdad y la Mentira, que viajaban por el mundo captando adeptos para sus respectivas causas.

Entablaron una animada discusión sobre si era más conveniente ser sincero o mentiroso y al no ponerse de acuerdo, decidieron seguir juntas su periplo para comprobar cuál de las dos tenía razón.

Antes de emprender la marcha, pactaron que un día una y otro día la otra, se responsabilizarían de buscar alojamiento y sustento y de hablar con la gente que les saliera al paso y que cuando no fuera su turno no intervendrían, escucharan lo que escucharan.

Ya sospecharéis que la Verdad era muy sincera; siempre decía lo que pensaba y nunca jamás mentía. En cambio, la Mentira era justo todo lo contrario, no era en absoluto sincera, mentía y lisonjeaba para obtener provecho de sus aranas o bien para congraciarse con los demás, diciéndoles todo aquello que deseaban escuchar.

Al finalizar la primera jornada de viaje juntas, llegaron a una posada y la Verdad pidió alojamiento. Aclaró que estaban de paso y que solo se quedarían aquella noche. «Poco negocio haré con este par», pensó para sí el posadero. Y se dispuso a darles la peor habitación de todas, afirmando que era la única que le quedaba, a pesar de que en la posada no se alojaban otros viajeros.

La Mentira callaba, según lo acordado, mientras la Verdad, al ver aquella estancia cochambrosa, le fue indicando al posadero todo lo que estaba mal, roto o sucio. El posadero se quedó tan boquiabierto al escuchar tantas verdades juntas, que no acertó a replicar.

La Verdad y la Mentira se encerraron en su habitación y, desde allí, oyeron cómo el dueño de la venta preparaba la cena y, después, se sentaba a comer.

Esperaron en vano a que el hombre las avisara para tomar un bocado, hasta que la Verdad decidió salir y recriminarle al posadero su falta de hospitalidad. El posadero la escuchó ofendido y replicó que no servía cenas a quien lo criticaba, así que las dos viajeras no tuvieron más remedio que irse a dormir muertas de hambre.

Al día siguiente, al reemprender su viaje, la Mentira le dijo a la Verdad:

—Compañera, hoy me toca a mí. Te ruego que, oigas lo que oigas, no hables.

Atardecía cuando llegaron a la siguiente población y decidieron pasar allí la noche. La Mentira se dirigió sin tardanza a casa del alcalde para saludarlo y presentarse:

—Sepa usted, señor alcalde, que viajo de incógnito, con la única compañía de mi ayudante. Soy alguien muy importante, mi poder no tiene límites. Puedo conseguir todo aquello que me proponga. Incluso cosas que nadie creería.

Acto seguido, le pidió al alcalde que convocara a todos los habitantes para poder contar cuáles eran esas habilidades extraordinarias.

Cuando el pueblo al completo estuvo reunido en la plaza mayor, la Mentira pronunció su discurso. Contó que estaba de paso y que, únicamente, podía quedarse aquella noche, ya que gentes de otros pueblos reclamaban su presencia. Afirmó que estaban en presencia de alguien tan poderoso, que incluso podía resucitar a los muertos. No obstante, añadió, como era muy tarde y estaba cansada del largo viaje, se marchaba a descansar. Sin embargo, al día siguiente, a mediodía, y para demostrar lo que afirmaba, resucitaría a todos los difuntos que hubieran fallecido el último año.

Dicho esto, la gente se dispersó y la Mentira y su compañera de viaje se acomodaron en la suntuosa casa en la que eran alojadas las personas distinguidas que visitaban el pueblo.

No habían pasado ni cinco minutos, cuando el alcalde se presentó para advertir a la Mentira de que cuando resucitara a los muertos, ni se le ocurriera resucitar a su predecesor, puesto que él hacía solo una semana que había tomado posesión de su nuevo cargo. El motivo estaba claro: si resucitaba al anterior alcalde, perdería su puesto. La Mentira escuchó, pero no dijo ni que sí, ni que no.

Al cabo de un minuto de haberse marchado el alcalde, se presentó ante la Mentira una mujer, que contó que había perdido a su marido hacía once meses. El marido, que en vida había sido el mayor tacaño del que se tenga noticia, le había dejado en herencia una inmensa fortuna, de la que ahora disfrutaba y a la que tendría que renunciar si él regresaba. De nuevo, la Mentira escuchó, pero no dijo ni que sí, ni que no.

Tras la mujer, se presentaron otras personas con la misma súplica: que resucitara a cualquier difunto, menos al suyo. Aunque los motivos eran diversos, el más frecuente era el de las herencias. Dinero, objetos o propiedades que se verían obligados a devolver a sus legítimos dueños en caso de que volvieran a la vida. A todos escuchó la Mentira, pero a nadie le dijo ni que sí, ni que no.

Había ya oscurecido y se acercaba la hora de cenar, pero como cada uno de los que había visitado a la Mentira para pedirle que dejara a su muerto muerto y bien muerto la había intentado sobornar con una gran bandeja repleta de las más exquisitas y delicadas viandas, el problema fue elegir qué comer.

Mientras daban cuenta de aquellos manjares, la Verdad le dijo a la Mentira:

—Te has pasado con tus embustes. ¿Cómo has sido capaz de prometer devolver la vida a un muerto? Todo el mundo sabe que eso es imposible. Y más increíble aún, es que la gente te haya creído.

—Sí, hay cosas que todo el mundo sabe que son imposibles pero que, sin embargo, desean creer. Gracias a eso, hoy nos iremos a comer con la barriga bien llena y dormiremos en una cama mullida.

A mediodía, la plaza mayor estaba abarrotada, llena de curiosos que esperaban el milagro anunciado por la Mentira. Esta empezó su discurso:

—Buenos días,  sin que nadie se ofenda por ello, creo que es mi deber empezar por resucitar a la persona más importante de este pueblo. Es decir, al antiguo alcalde.

El nuevo alcalde se apresuró a responder:

—Mi predecesor dirigió nuestros destinos durante más de sesenta años. Se dedicó en cuerpo y alma al servicio de la comunidad y todos lo apreciamos por ello. Justo es que ahora lo dejemos tranquilo, ya hizo suficiente. Creo que será mejor empezar con otro.

—Ya habéis oído lo que dice el señor alcalde —dijo la Mentira—. La palabra de un alcalde es ley. Por lo tanto, empezaré con otro difunto.

Se dirigió entonces a la mujer que había perdido a su marido hacia casi un año. Sin embargo, ella también rechazó la oferta diciendo que su marido se había pasado la vida trabajando duramente y que él mismo había afirmado en los últimos tiempos que estaba ya cansado.

Acató la Mentira el deseo de la mujer y pasó a otra persona, y luego a otra y a otra, y a otra más, siguiendo el orden de las visitas recibidas la noche anterior. Todos ponían alguna excusa para que no se obrara el milagro en sus difuntos.

Finalmente, dijo:

—Ya lo veis, soy capaz de resucitar a los muertos, pero preferís que no lo haga, así que acataré vuestros deseos y los dejaré descansar en paz.

La gente empezó a dispersarse en dirección a sus casas y cuando la plaza quedó desierta, las dos viajeras se dirigieron a su alojamiento para recoger sus pertenencias antes de marcharse. Al abrir la puerta, casi ni pudieron entrar, tan llena estaba la casa de los regalos de agradecimiento que les había enviado la gente del pueblo.

De nuevo en ruta, la Verdad reflexionó:

—Yo siempre soy sincera y valoro la franqueza por encima de todas las cosas, pero lo cierto es que en el mundo hay muchos mentirosos y de eso, en parte, la culpa es de la propia gente, que prefiere creer cualquier embuste antes que aceptar la verdad. Además, hay personas tan simples que pagan muy caras las mentiras, cuando escuchar las verdades les saldría gratis. ¡Esto no hay quién lo entienda!

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Verdad y Mentira» con la voz de Angie Bello Albelda

El abecedario

Gallo

Ilustración: Yudaev

Érase una vez un hombre que compuso nuevos versos para un abecedario; dos por letra, exactamente como se suele ver en las antiguas cartillas escolares. Decía que hacía falta algo nuevo, pues los viejos pareados estaban muy sobados, y los suyos le parecían más acertados.

De momento, el nuevo abecedario estaba solo en manuscrito, guardado en el gran armario-librería, junto a la vieja cartilla impresa; aquel armario contenía muchos libros eruditos o entretenidos.

Pero el viejo abecedario no quería por vecino al nuevo, así que había saltado del anaquel en el que estaba y, al hacerlo, había pegado un empellón al intruso, el cual también cayó al suelo, y allí estaba ahora con todas las hojas dispersas.

El viejo abecedario giró su primera página, que era la más importante, pues en ella estaban todas las letras, mayúsculas y minúsculas.

ABCCAP

Aquella hoja contenía todo lo que constituye el alma de los libros: el Alfabeto, las letras que, quiérase o no, gobiernan el mundo. ¡Qué poder más terrible! Todo depende de cómo se las dispone: pueden dar la vida, pueden condenar a muerte; alegrar o entristecer. Por sí solas nada son, pero ¡puestas en fila y ordenadas!…

Allí estaban, cara arriba. El gallo, Ave de la A mayúscula, lucía sus plumas rojas, azules y verdes. Hinchaba el pecho muy ufano, pues él sabía lo que significaban las letras.

Al caer al suelo el viejo abecedario, el gallo había batido las alas y se había encaramado de una volada en uno de los bordes del armario y después de atusarse las plumas con el pico, lanzó al aire su penetrante quiquiriquí. Todos los libros del armario, que, cuando no estaban de servicio, se pasaban el día y la noche dormitando, oyeron la estridente trompeta. Y entonces, el ave se puso a discursear, con voz clara y perceptible, sobre la injusticia que acababa de cometerse con el viejo abecedario.

—Por lo visto, ahora ha de ser todo nuevo, todo diferente —dijo—. El progreso no puede detenerse. Los niños son tan listos, que ya saben leer antes de conocer las letras. «¡Hay que darles algo nuevo!», dijo el autor de los nuevos versos, que yacen esparcidos por el suelo. ¡Bien los conozco! Más de diez veces se los oí leer en alta voz. ¡Cómo gozaba el hombre! Pues no, yo defenderé los míos, los antiguos, que son tan buenos, y las ilustraciones que los acompañan. Por ellos lucharé y cantaré. Todos los libros del armario lo saben bien. Y ahora voy a leer los de nueva composición. Los leeré con calma y tranquilidad, y creo que estaremos todos de acuerdo en lo malos que son.

A. Ama
Sale el ama endomingada
por un niño ajeno honrada.

B. Barquero
Penas y fatigas pasó el barquero,
pero ahora reposa placentero.

—Este pareado no puede ser más estúpido —dijo el gallo—, pero seguiré leyendo.

C. Colón
Navegó Colón el mar ingente,
y ensanchó la tierra enormemente.

D. Dinamarca
De Dinamarca la leyenda es bella,
que ningún mal caiga sobre ella.

—Muchos daneses encontrarán bonitos estos versos —observó el ave— pero yo no. No les veo nada de particular. Sigamos.

E. Elefante
Siempre es pesado el elefante,
incluso cuando solo es un infante.

F. Flor
Al llegar la primavera,
se abre al mundo lisonjera.

G. Gigante
Este individuo tan ingente,
a menudo, asusta a la gente.

H. Hurra
Con este grito, en nuestra tierra,
empieza la fiesta y acaba la guerra.

—¿¡Cómo podrá un niño comprender estas alusiones!?  —protestó el ave— Y, sin embargo, en la portada leemos: Abecedario para adultos y niños. Pero los adultos seguro que tienen mejores cosas que hacer que leer los versos de un abecedario, y los pequeños no lo entenderán. ¡Esto es el colmo! Sigo.

I. Isla (Imaginada)
Cada martes allí vamos
y de cuentos disfrutamos.

—Este es el único pareado que se salva —aprobó el gallo.

J. Jardín
Tantas plantas hay en él,
que más que un jardín, es un vergel.

K. Kilo
Pesa más un kilo de plomo que de paja,
¿será que está de rebaja?

—¡A ver cómo explican esto a los niños!

L. León
Si furioso lanza un rugido,
corre para no ser mordido.

M. Mañana (sol de)
Cada amanecer asoma puntual,
y no es porque cante el ave en el corral.

—¡Vaya!, ahora se mete con nosotras —exclamó el gallo—. Suerte que estamos en buena compañía; en compañía del sol. Sigamos.

N. Negro
Lo negro, negro siempre será,
aunque lo laves con asiduidad.

Ñ. Ñu
Ciertamente es un bicho raro,
tal vez vaca y antílope cruzado.

O. Olivo
Hoja más hermosa nunca fue
que la que le regaló la paloma a Noé.

P. Pensador
La mente del pensador mueve el mundo,
de lo más alto a lo más profundo.

Q. Queso
El queso se utiliza en la cocina,
y con otros manjares bien combina.

R. Rosa
Entre las flores, es la rosa bella
lo que al cielo la más brillante estrella.

S. Sabiduría
Muchos presumen de tener sabiduría
y en verdad su mollera está vacía.

—¡Permitidme que cacaree ahora un poco! —dijo el gallo—. De tanto leer pierdo las fuerzas y he de tomar aliento.

Y se puso a cantar de tal forma, que no parecía sino una trompetilla de latón que daba gusto oír —al gallo, entendámonos—.

—Prosigamos.

T. Tetera
La tetera tiene rango en la cocina,
pero la categoría del puchero es aún más fina.

U. Urbanidad
Virtud indispensable es la urbanidad,
para no ser un ogro en sociedad.

—Esto tiene que ser muy profundo —observó el gallo—, pero por más que lo intento, no puedo llegar al fondo.

V. Valle (de lágrimas)
Valle de lágrimas, Madre Tierra
a ti iremos todos, en paz o en guerra.

—¡Esto es muy crudo! —se lamentó el ave.

W. Waterpolo
El waterpolo es un gran deporte,
aunque al de secano no le importe.

X. 

—Aquí no ha sabido encontrar nada nuevo:

Xilófono
Tu melodía a los niños encanta,
tanto como a los viejos espanta.

—Al final, ha tenido que contentarse con «xilófono».

Y. Yggdrasil
En este árbol, dioses nórdicos vivieron,
pero cuando el árbol murió, enmudecieron.

—Estamos casi al final —dijo el gallo—. ¡No es poco consuelo! Ahí va el último:

Z. Zapato
El zapato, un gran invento,
que al pie protege o da tormento.

—¡Por fin! ¡Se acabó! Pero aún no estamos al cabo de la calle. Ahora viene imprimirlo. Y luego leerlo. ¡Y lo ofrecerán en sustitución de los venerables versos de mi viejo abecedario! ¿Qué dice la asamblea de libros eruditos e indoctos, monografías y enciclopedias? ¿Qué dice la biblioteca toda? Yo ya he hablado, ahora que actúen los demás.

Los libros y el armario, todos en pie, permanecieron mudos, mientras el gallo voló, muy orondo, y se volvió a situar, de nuevo, bajo la A de Ave.

—He hablado muy bien y he cantado aún mejor. Esto no me lo va a quitar este nuevo abecedario. Seguro que fracasa. De hecho, ya ha fracasado. ¡Porque él no tiene gallo!

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El abecedario» con la voz de Angie Bello Albelda