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El lobo y las siete cabritillas

Ilustración: Stevan55

Érase una vez una vieja cabra que tenía siete cabritas, a las que quería tan tiernamente como una madre puede querer a sus hijos. Un día quiso salir al bosque a buscar comida y llamó a sus pequeñuelas.

—Hijas mías —les dijo—, me voy al bosque; mucho ojo con el lobo, pues si entra en la casa os devorará a todas sin dejar ni un pelo. El muy bribón suele disfrazarse, pero lo conoceréis enseguida por su bronca voz y sus negras patas.

Las cabritas respondieron:

—Tendremos mucho cuidado, mamaíta. Márchate tranquila.

Se despidió la vieja cabra con un balido y, confiada, emprendió su camino.

No había transcurrido mucho rato cuando llamaron a la puerta y una voz pidió:

—Abrid, hijitas. Soy vuestra madre, que estoy de vuelta y os traigo algo para cada una.

Pero las cabritas comprendieron, por lo ronco de la voz, que era el lobo.

—No te abriremos —exclamaron— no eres nuestra madre. Ella tiene una voz suave y cariñosa, y la tuya es bronca: eres el lobo.

El lobo se fue a la tienda y se compró un buen trozo de yeso, que se comió para suavizarse la voz. Volvió a la casita y llamó nuevamente a la puerta:

—Abrid hijitas —dijo—  vuestra madre os trae algo a cada una.

Pero el lobo había puesto una de sus negras patas en la ventana, y al verla las cabritas, exclamaron:

—No, no te abriremos, nuestras mamá no tiene las patas negras como tú. ¡Eres el lobo!

Corrió entonces, el muy bribón, a un molinero:

—Échame harina blanca en el pie —le dijo.

El molinero comprendió que el lobo tramaba alguna tropelía, así que se negó, pero la fiera lo amenazó:

—Si no lo haces, te devoro.

El hombre, asustado, le blanqueó la pata.

Volvió el rufián por tercera vez a la puerta y, llamando, dijo:

—Abrid, pequeñas; es vuestra mamíta querida, que está de regreso y os trae buenas cosas del bosque.

Las cabritas replicaron:

—Enséñanos la patita; queremos asegurarnos de que eres nuestra madre.

La fiera puso la pata en la ventana, y, al ver ellas que era blanca, creyeron que eran verdad sus palabras y se apresuraron a abrir. Pero fue el lobo quien entró. ¡Qué sobresalto, Dios mío! ¡Y qué prisas por esconderse todas!

Una se metió debajo de la mesa; la otra, en la cama; la tercera, en el horno; la cuarta, en la cocina; la quinta, en el armario; la sexta, debajo del fregadero, y la más pequeña, en la caja del reloj.

Pero el lobo fue descubriéndolas una tras otra y, sin gastar cumplidos, se las engulló a todas menos a la más pequeñita que, oculta en la caja del reloj, no la pudo encontrar.

Ya harto, el lobo se alejó a un trote ligero y en un prado verde que encontró se  tumbó a dormir a la sombra de un árbol.

Al cabo de poco regresó a casa la vieja cabra. ¡Lo que vio! La puerta, abierta de par en par; la mesa, las sillas y bancos, todo volcado y revuelto; la jofaina, rota en mil pedazos; las mantas y almohadas, por el suelo.

Buscó a sus hijitas, pero no aparecieron por ninguna parte; las llamó a todas por sus nombres, pero ninguna contestó. Hasta que le llegó el turno a la última, la cual, con vocecilla queda, dijo:

—Mamá querida, estoy en la caja del reloj.

La fue a buscar la cabra  y, entonces, la pequeña le explicó que había venido el lobo y se había comido a las demás. ¡Imaginad con qué desconsuelo lloraba la madre la pérdida de sus hijitas!

Cuando ya no le quedaban más lágrimas, salió al campo en compañía de su pequeña, y, al llegar al prado, vio al lobo dormido debajo del árbol, roncando tan fuertemente que hacía temblar las ramas.

Se acercó y al observarlo de cerca, le pareció que algo se agitaba en su abultada barriga. «¡Válgame el cielo! —pensó la cabra—, ¿serán mis pobres hijitas, que se las ha merendado y que están vivas aún? Y envió a la pequeña a casa, a toda prisa, en busca de tijeras, aguja e hilo.

Abrió la panza al monstruo, y apenas había empezado a cortar, cuando una de las cabritas asomó la cabeza. Al seguir cortando saltaron las seis afuera, una tras otra, todas vivitas y sin daño alguno, pues la bestia, en su glotonería, las había engullido enteras sin masticar.

¡Que contentas se pusieron! ¡Con cuánto cariño abrazaron a su mamaíta!

Pero aún no había terminado. La cabra dijo:

—Traedme piedras, que ahora que el lobo duerme, aprovecharemos y llenaremos su panza con ellas.

Las siete cabritas corrieron en busca de piedras y las fueron metiendo en la barriga, hasta que ya no cupieron más. La madre cosió la piel con tanta presteza y suavidad, que la fiera no se dio cuenta de nada ni hizo el menor movimiento.

Terminada su siesta, el lobo se despertó  y, como los guijarros que le llenaban el estómago le habían dado mucha sed, se encaminó a un pozo cercano para beber.

Mientras andaba, los guijarros de su panza se movían de un lado a otro y chocaban entre sí con gran ruido, por lo que exclamó:

—¿Qué será este ruido que suena en mi barriga? Creí que eran cabritas, pero parecen chinitas.

Al llegar al pozo e inclinarse sobre el brocal, el peso de las piedras lo arrastró y lo hizo caer al fondo y no pudo volver a salir y si nadie lo ha ayudado, ahí debe seguir.

FIN

El conejo y el venado

Cuentan, que hace mucho, mucho tiempo los animales no eran como son ahora. Dicen, que cuando el Gran Señor de los Montes los creó les dio otro aspecto…

El conejo, por ejemplo, no era como lo conocemos, porque en lugar de sus grandes orejas tenía dos cuernos en medio de la cabeza… Sus cuernos eran casi del tamaño de su cuerpo y pesaban una barbaridad, así que el pobre animal casi no podía brincar, que ya se sabe que es su modo favorito de moverse por el campo.

Entre los seres creados estaba también el venado, un animal veloz y hermoso pero al que algo, en su aspecto, lo afeaba: su cabeza parecía demasiado pequeña en comparación a su cuerpo y de ella colgaban dos largas orejas, que aún le daban un aspecto más extraño.

Un día, el venado oyó que el conejo tenía unos majestuosos cuernos, así que fue a buscarlo y después de mucho andar, dio con él.

—¡Conejo, conejo! —gritó con todas sus fuerzas.

—¿Quién me llama? —inquirió el conejo.

—Soy yo, el venado. He venido hasta aquí para admirar tus bellos cuernos.

—¡Ay, venado!, cierto que son muy bonitos, pero ¡ni te imaginas lo que pesan! Apenas puedo brincar con ellos —contestó compungido el conejo.

Al venado se le iluminaron los ojos. Era el momento de poner en marcha su plan:

—Conejo, ¿qué tal si te libero un rato de tu peso? Préstame tus cuernos, que quiero ver cómo me quedan a mí.

El conejo se los prestó, y el venado se dirigió al lago para admirarse con su nueva imagen.

—Estos cuernos me quedan mucho mejor que mis orejas largas —pensó el venado.

El conejo, entretanto, esperó y esperó, pero el venado no volvía con los cuernos que le había prestado.

—¡Venado!, ¿dónde estás? —llamó a gritos—. ¡Devuélveme mis cuernos!

Pero el venado, que ahora corría feliz entre la hierba, le contestó también gritando:

—¡No! ¡Ni hablar! ¡Ahora son míos!

Muy enfadado, el conejo se lanzó en su persecución dando grandes brincos, pues ahora, sin la cornamenta sobre su cabeza, era mucho más ligero.

—¡Venado, devuélveme los cuernos! ¡Venado, devuélveme los cuernos! —gritaba cada con cada salto.

Cuando los dos se cansaron de correr, se sentaron sobre la hierba y el venado, mirando al conejo, le dijo:

—Ay, conejo, te veo raro sin nada sobre la cabeza. La verdad es que estás un poco feo. ¿Sabes qué?, como no pienso devolverte tu cornamenta porque a mí me queda mucho mejor que a ti, te regalo mis orejas.

Dicho y hecho. Puso junto al conejo las dos largas orejas y se marchó veloz de allí.

El conejo no tuvo más remedio que colocarse aquellas largas orejas sobre la cabeza y, en cuanto lo hizo, empezó a escuchar el canto de los pájaros, el ruido del viento y hasta oyó, a lo lejos, el ruido de las pezuñas del venado contra el suelo. Se puso muy contento, pues ahora tenía las mejores orejas del mundo, y, además, se había librado de sus pesados cuernos y podía brincar tan alto como quisiera.

Feliz, el conejo pensó que, después de todo, aquel cambio no había sido tan mala idea.

FIN

La pequeña cerillera

Ilustración: roserika

Hacía un frío terrible. Estaba nevando y comenzaba a oscurecer. Era la última noche del año, la víspera de Año Nuevo. En medio de ese frío y esa oscuridad, una niña pequeña y pobre, con la cabeza descubierta y los pies descalzos, caminaba por la calle.  Sí, llevaba zapatillas al salir de casa, pero de poco le sirvieron. Eran unas zapatillas muy grandes, habían sido de su madre, y la niña las había perdido al cruzar corriendo la calle, tratando de esquivar a dos coches que se acercaban a toda velocidad. Una de las zapatillas no hubo forma de encontrarla; la otra se la llevó un chiquillo; dijo que la utilizaría de cuna cuando tuviese hijos.

Así que la pobre andaba descalza, con los piececitos amoratados por el frío. En un viejo delantal llevaba cerillas y sostenía entre sus manos un paquete entero de ellas. En todo el día nadie le había comprado ni una, nadie le había dado una mísera moneda. Caminaba hambrienta y aterida de frío, ¡pobre cerillera! Los copos de nieve se posaban sobre su largo pelo rubio, que formaba preciosos rizos en el cuello; pero no estaba ella para pensar en tales adornos.

Se veían luces en todas las ventanas y hasta la calle llegaba un delicioso aroma a guiso. Era la víspera de Año Nuevo, sí, no lo olvidaba.

En un ángulo que formaban dos casas —una de ellas se adentraba en la calle más que la otra—, se sentó la cerillera acurrucada en el suelo y encogió sus piernecitas bajo el cuerpo, pero incluso así sentía frío. No se atrevía a regresas a su casa, pues no había vendido ni una sola cerilla ni tampoco había conseguido ni una triste moneda y seguro que su padre le pegaría. Además, en su casa también hacía frío; solo los cobijaba el tejado y por él se colaba el viento por todas partes, a pesar de la paja y los trapos con los que habían intentado tapar los huecos. Tenía las manos casi congeladas de frío. ¡Ay, el calor de una cerilla le vendría muy bien!… ¡Si se atreviera a sacar una de la caja, encenderla y calentarse los dedos! Y sacó una: «¡ras!». ¡Cómo chisporroteaba! ¡Cómo ardía! Dio una llama clara y cálida, como la de una velita, cuando la resguardó con la palma mano; ¡una luz maravillosa! A la niña le pareció que estaba sentada frente a una gran estufa de hierro, con pies y chimenea de latón; el fuego ardía alegremente en su interior, ¡y cómo calentaba! La niña alargó los pies para entrar en calor, pero la llama se extinguió, la estufa se esfumó y ella se quedó sentada, con un trocito de cerilla quemado en la mano.

Encendió otra cerilla, que al arder y proyectar su luz sobre el muro, lo volvió transparente como si fuese una gasa. La niña pudo ver, a través de la pared, el interior de una sala; en ella había una mesa puesta, cubierta con un blanco mantel y adornada con fina porcelana. Sobre la mesa, humeaba un pato relleno de ciruelas y manzanas. Y lo mejor de todo fue que el pato saltó de la fuente y, contoneándose por el suelo, con cuchillo y tenedor sobre su espalda, se acercó hacia la niña. Pero cuando ya lo alcanzaba, la cerilla se apagó y no quedó más que la fría y gruesa pared ante ella.

Encendió la tercera cerilla y se encontró sentada bajo un precioso árbol de Navidad. Era todavía más alto y más bonito que el que había visto a través de las puertas de cristal de la casa del rico comerciante la pasada Navidad. Miles de velitas ardían en sus verdes ramas y de las ramas colgaban postales de colores, como las que adornaban los escaparates de las tiendas. La pequeña levantó sus bracitos… y, entonces, la cerilla se apagó. Todas las lucecitas navideñas se elevaron hacia el cielo y ella se dio cuenta de que eran las rutilantes estrellas; una de ellas cayó y trazó en el firmamento una larga estela de fuego.

—Alguien está muriendo —murmuró la niña.

Su abuela ya fallecida, la única persona que la había tratado con cariño, le había dicho una vez: «Cuando una estrella cae, se eleva un alma al cielo».

De nuevo, frotó una cerilla contra la pared. Todo se iluminó y en medio del resplandor apareció su anciana abuela, nítida, radiante, dulce y dichosa.

—¡Abuela! —exclamó la pequeña—. ¡Llévame contigo! Sé que desaparecerás cuando se apague la cerilla. ¡Desaparecerás igual que la estufa, el delicioso asado y el gran árbol de Navidad!

Y se apresuró a encender todas las cerillas que le quedaban, porque no quería perder a su abuela. Los fósforos brillaron de tal manera, que la luz era más clara e intensa que la del día. La abuela nunca había sido tan hermosa ni tan grande. Tomó en sus brazos a la niña y, envueltas las dos en felicidad y luz, volaron alto, muy alto. Y ya no hubo frío, ni hambre, ni miedo. Estaban en un reino celestial.

En el ángulo de las dos casas, la fría madrugada descubrió a la chiquilla, rojas sus mejillas y la boca sonriente… Había muerto de frío en la última noche del año viejo. La primera mañana del nuevo año iluminó el pequeño cuerpecito, que sostenía entre las manos un paquete de cerillas casi consumido. «¡Quiso calentarse!», decía la gente. Pero nadie supo las maravillas que había visto, ni el resplandor con que estaban envueltas ella y su abuela cuando entraron en la dicha del Año Nuevo.

FIN

Sal en la cola

Ilustración: John Bauer

Érase una vez un niño que siempre deseaba alguna cosa.

A veces deseaba un caballo, otras un trineo o un castillo o una navaja. Pero como su padre había muerto y su madre era una pobre barrendera, nunca podía hacer realidad sus sueños.

Una vez, recibió el consejo de un viejo sabio:

—Si quieres que tus deseos se cumplan, debes ir al bosque y echar un pellizco de sal sobre la cola de una urraca. Eso sí, tienes que darte prisa y pedir tu deseo mientras la sal permanece en la cola, ya que, de otro modo, no se cumpliría.

Desde aquel día, siempre llevaba sal en los bolsillos. Salía temprano y volvía tarde a casa; vio muchas urracas, pero no pudo acercarse a ninguna.

Una mañana, se encontró con una que era más tratable que las otras. Pudo acercarse tanto, que casi la podía tocar. Pero cuando estaba a punto de sacar la sal, voló y fue a sentarse en un árbol, desde donde se reía de él.

Lo estuvo engañando durante todo el día y al llegar la noche, Olle estaba tan cansado, que se tumbó debajo de un pino y cerró los ojos para no ver a aquel pájaro malvado que no hacía más que reírse de él.

Pero la urraca seguía allí y saltaba de una rama a otra, hasta que por fin lo llamó por su nombre:

—iOIIe! iOlle!

—iPero cómo! — exclamó—. ¿Puedes hablar?

—Sí, has de saber que soy una princesa encantada —dijo la urraca—. Y, por supuesto, conseguirás lo que quieras si me ayudas. Consígueme una bonita navaja para que pueda pulir mi pico y mis garras. Si me la traes, yo me quedaré quieta para que puedas echar sal en mi cola.

Le pareció bien al chico y a la mañana siguiente salió a recoger fruta, la vendió y consiguió suficientes monedas para comprar una navaja bien bonita.

Con ella fue al bosque y cuando vio a la urraca, desplegó la hoja de la navaja para que brillara bien. Ella se acercó saltando y miró la navaja, primero con un ojo y luego con el otro.

—iBuah! —dijo la urraca—. Esa no es navaja para una noble princesa como yo. Debería, por lo menos, tener el mango de oro.

Y voló al árbol de nuevo.

Olle se quedó tan triste, que las lágrimas afloraron a sus ojos.

—Intentaré conseguirte una con mango de oro —dijo.

—No, gracias, ya no quiero una navaja —contestó la urraca—. Quiero un bonito trineo. Me divertiría montar en trineo este invierno.

Olle tenía que conseguirle un trineo. Se puso a tallar cucharones de madera y los cortó tan bonitos con su navaja nueva, que rio de alegría. A medida que los fabricaba, los vendía en la ciudad. Sin embargo, no talló uno para él.

Ganó tanto dinero, que pudo comprar un hermoso trineo y fue al bosque a ver a la urraca.

—iAquí tienes el trineo! —gritó arrogante, porque estaba seguro de que a la urraca le iba a gustar.

La urraca bajó de su árbol, picoteó el hierro y pisoteó el cojín. Y explotó en una carcajada.

—¿Te parece que es suficientemente bueno para una criatura tan fina como yo? —Y se posó en su rama—. No, de seda y plata debería ser.

Olle luchaba contra el llanto.

—Tendré que buscar uno mejor entonces —dijo.

—No vale la pena, no vale la pena —gimoteó la urraca—. Ahora quiero un caballo y un carruaje. Pero que sean muy bonitos; sino es inútil que intentes esparcir sal en mi cola.

Olle cogió el trineo y lo alquiló a buen precio en una pendiente donde los ricos solían jugar. Todos querían montar en él, porque el trineo era el más rápido en muchas millas. Sin embargo, él no montó ni una sola vez.

Por fin había ahorrado tanto dinero que pudo comprar un caballo. Lo enseñó a hacer cabriolas y lo exhibió. Con el dinero que obtuvo, compró otro caballo y montó un espectáculos con los dos para obtener más ganancias, con las que compró un elegante carruaje con incrustaciones de plata. Cuando todo estuvo listo, volvió al bosque en busca de la urraca.

La encontró sentada en su rama.

—Eso puede ser algo —dijo al ver la plata brillando. Pero después de inspeccionar el carruaje, sacudió la cabeza—. Me gustan los carruajes abiertos. Y los caballos deberían ser blancos, no marrones.

—Ay, ay, ay —Suspiró Olle.

Tuvo que sentarse en una piedra para tranquilizarse. Criatura más caprichosa que aquella urraca era imposible encontrar. Aunque, claro, para eso era una princesa.

—Como no entiendes ni de caballos, ni de carruajes —dijo la urraca—, si quieres que te ayude, dame un castillo con cien habitaciones y un hermoso parque.

Olle suspiró profundamente. Aquello era demasiado. Pero se acordó de su carruaje. Empezó a trabajar con él en la ciudad y todos querían alquilarlo, porque, aunque no le gustó a la urraca, lo cierto es que era el más bonito de aquellos alrededores. Sin embargo, Olle nunca se paseó en él.

Pronto ganó tanto dinero, que pudo comprar otro carruaje y luego otro, y otro más. Al fin consiguió una compañía de alquiler de carruajes y ganaba más dinero que nunca.

Ahora resultaba fácil construir un castillo; lo hizo de mármol blanco brillante y marchó al bosque en busca de la urraca. Esta lo siguió al interior del castillo. A saltitos inspeccionó todos los rincones y cuando hubo revisado todo dijo:

—Pues sí, esto puede pasar. Pero necesito tres cofres de oro para mantenerlo.

—iQué desvergüenza! —gritó Olle.

—Tú mismo, sino no podrás echar sal en mi cola —Salió volando por la ventana y desapareció.

«Bueno, si he conseguido todo esto, quizá pueda conseguir un poco más», pensó Olle.

Ahora sabía cómo actuar. Trabajó duro y consiguió llenar tres enormes baúles de monedas de oro. Buscó a la urraca y volvió con ella al castillo.

—Sí —dijo—, ahora parece que todo está bien. Esparce, pues, la sal en mi cola.

¡Por fin había llegado el momento deseado!

Sonriente y satisfecho metió, Olle, la mano en el bolsillo y sacó un pellizco de sal. La urraca se quedó totalmente quieta y él esparció los pequeños granos brillantes sobre su cola.

—Bueno, ¿qué deseas? —preguntó la urraca.

¿Qué podía desear? Había estado tan ocupado trabajando para conseguir los deseos de otro, que había olvidado totalmente los suyos.

—Uno, dos… —contó la urraca.

—iEspera un poco!, iespera un poco! Déjame pensar…

Pero por nada del mundo pudo recordar qué quería.

—…¡tres! —acabó la urraca, y en un santiamén saltó y la sal cayó de su cola. Y ahí estaba, sentada en la ventana riéndose de Olle.

Pero el que se enfadó de verdad fue Olle.

—No te guasees de mí — gritó—. Ya sé lo que quiero: voy a comprarme una escopeta para matarte.

—Eso no estaría nada bien, Olle —dijo la urraca—. ¿Quieres matarme? ¿A mí?, ¿a la que te ha conseguido todos tus deseos, tantos, que ya no sabes qué desear? ¿No tienes ya una navaja y un trineo y caballos y carruajes y un castillo y dinero?

Era verdad. Tenía todo lo que había deseado. Ahora sólo tenía que sentarse y disfrutarlo.

—Y pensar que he trabajado tanto para poder esparcir sal en tu cola, para que al final no me haga ninguna falta.

—Así es, intenta explicarte eso —dijo la urraca riendo más que nunca—. Levantó el vuelo y desapareció.

Pero Olle no se molestó en buscar respuestas. Se quedó en su castillo y vivió dichoso el resto de sus días.

FIN

La huelga de las hormigas

Hormigas en Huelga

Ilustración: Hermes

Érase una vez, una isla del Pacífico llamada Malpelo, en la que vivían un sinfín de animales. Era un remanso de paz y tranquilidad, en el que todos los habitantes tenían su espacio y no se molestaban los unos a los otros. Cada uno tenía asignadas sus responsabilidades y nadie se saltaba las normas, todos estaban siempre de acuerdo, y de no ser así —cosa que ocurría en contadas ocasiones—, convocaban una Asamblea, debatían, votaban y, finalmente, acataban de buen grado lo que decidía la mayoría.

Así transcurrían placidos los días, pero, hete aquí, que una mañana, cuando los primeros rayos de sol calentaban las piedras de la isla y con su calor empezaban a deshacer las gotas del rocío que durante la noche habían dormido en ellas, que un largo lamento despertó a todos los habitantes de aquel tranquilo paraíso.

El primero en escucharlo fue el cangrejo, que ya andaba atareado buscando su desayuno, pues era muy madrugador.

Después, el sollozo llegó a oídos de la lagartija, que levantó la cabeza para escuchar mejor, y del lagarto punteado, que, muy cerca de ella, intentaba cazar un mosquito. Ambos se miraron preocupados: había que averiguar de dónde procedía aquel extraño gemido que antes, nunca jamás se había escuchado en la isla.

—¿Quién tiene problemas? —preguntó el cangrejo.

—¿Quién necesita ayuda? —inquirió la lagartija.

—¿Quién se lamenta? —remató el lagarto punteado.

Deshecha en llanto, la Reina de las hormigas salió de debajo del musgo, se enjugó las lágrimas y les contó a los tres el porqué de sus quejas.

Las hormigas obreras de Malpelo se habían declarado en huelga porque no querían seguir transportando hacia el nido las semillas. El camino que llevaba hacia el hormiguero estaba lleno de obstáculos. Piedras, ramas caídas y algún que otro socavón, eran para ellas obstáculos casi insalvables que requerían un gran esfuerzo. Así, que se habían movilizado y, todas a una, habían decidido manifestar su disconformidad. Pintaron pancartas sobre hojas de helecho, en las que reivindicaban una mejora del camino o el cambio de ubicación del hormiguero, algo que la reina desestimó de inmediato, ya que estaba en el mismo lugar desde hacía generaciones.

Cangrejo, lagartija y lagarto, escucharon atentamente lo que contaba la Reina de las hormigas y decidieron que, siendo un asunto de tan extrema gravedad, no quedaba otro remedio que tratarlo en Asamblea Extraordinaria.

Convocaron a las aves marinas, que acudieron puntualmente con el alcatraz de Nazca en cabeza, custodiado, a derecha e izquierda, por el intrépido piquero enmascarado y el valiente piquero patirrojo.

La tiñosa negra y la gaviota reidora viajaron a lomos de la fragata real que, para no perderse, siguió la estela de la gaviota tijereta, que más que volar cortaba el aire.

Convocaron también a los peces de colores de los arrecifes coralinos, al tiburón martillo para que pusiera orden y al tiburón ballena, que delegó su voto en las tortugas marinas por miedo a quedar varado en las aguas someras cercanas a la isla.

Tampoco asistió el monstruo de Malpelo, que prefirió no aparecer, decisión que aplaudieron de forma entusiasta los delfines, ya que siempre provocaba altercados con su manía de morderles la cola.

Una vez reunidos todos los animales, cada una de las partes expuso sus razones.

La Reina de las hormigas hacía valer su rango y advertía que todas morirían de hambre si no le hacían caso y recogían semillas. También insistía en defender la ancestral ubicación del hormiguero.

Las hormigas obreras, que ganaban con creces por numero a la reina, mantenían sus quejas y volvían a manifestar, una y otra vez, lo penoso y arduo de su esfuerzo y la necesidad de mejoraras en el camino o el cambio de ubicación del nido.

Todo el mundo escuchó los argumentos, y como en todos los casos difíciles, con gran disparidad de opiniones, los animales decidieron que había que deliberar.

Los más ancianos de la isla de Malpelo se encerraron en una ostra gigante para intentar resolver el enfrentamiento. Sería complicado hallar el equilibrio y dar con una propuesta que fuera aceptada por ambas partes. Aquello no era tarea fácil. Finalmente, tras discutir durante horas, encontraron una solución.

Como cambiar el hormiguero de lugar hubiera sido muy complicado, no había otro remedio que mejorar el camino si querían mantener la paz en la isla; todos deberían colaborar para desbrozarlo y hacer más fácil para las hormigas el transporte de semillas hacia el nido.

Estuvieron de acuerdo en echar una mano, si bien, en este caso, echaron un pico las aves, una pata las arañas y demás insectos, sus colas los reptiles y cada uno colaboró como pudo en la limpieza de la vía.

En pocas semanas, el sendero quedo tan plano, que parecía una autopista y las hormigas pudieron transitar por ella sin tropiezos.

Ahora estaban felices, porque podían transportar en un santiamén las semillas al nido y aún les quedaba tiempo para descansar y divertirse. Y la Reina también estaba satisfecha, el nido seguía en el lugar de siempre y las provisiones para el invierno estaban aseguradas.

Gracias a la colaboración de todos, la calma y la tranquilidad volvieron a la Isla de Malpelo, y por lo que yo sé —y eso que ya han pasado muchos años—, el camino que limpiaron entre todos sigue igual de limpio, porque las brigadas de control que se formaron entonces, se encargan de impedir que la maleza invada de nuevo el sendero.

FIN

Las capas (o ¿por qué lloramos cuando cortamos cebolla?)

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Ilustración: Dilka Bear

¿Hacéis ensaladas? ¿Os gustan con pocos ingredientes o con muchos? Y, sobre todo, ¿acostumbráis a incluir en ellas a la reina de las verduras?…

¡Un momento!, ¡¿que no sabéis quién es la reina de las verduras?! Pues mirad, la elección de las verduras comenzó…

Hace mucho, mucho tiempo, cuando los árboles caminaban por la tierra y por el cielo volaban criaturas de las que hoy ni siquiera conocemos el nombre que, un día, se reunieron las verduras para elegir a una que reinara sobre todas ellas.

Estaban muy emocionadas. Todas creían que eran las mejores para optar al título y todas creían que tenían la razón de más peso para ser las elegidas.

Más que una reunión, aquello era un griterío increíble. Por un lado estaban los pimientos y las lechugas, los tomates y las cebollas por el otro. También estaban las acelgas, las espinacas y los rábanos. Y tampoco faltaba una zanahoria que exclamaba:

—Yo tengo derecho a ser la reina.

—Sí, ¡y qué más! —gritaba el resto—. ¿Tú que te pasas la vida bajo tierra? ¡Vamos, calla!

—Lo seré yo, que soy la verdura más espléndida —decía la lechuga.

—¿Qué dices? ¡Lo seré yo!, porque mi planta sube y sube y os puedo observar a todas desde las alturas —argumentaba el tomate.

Y así iba transcurriendo la conversación, sin que nadie se pusiera de acuerdo. Las horas pasaban y aquellas discusiones no conducían a ninguna parte.

A esta reunión, sin que nadie lo viera, se había colado un pequeño caracolito que, de vez en cuando, hacía una visita al huerto donde todas vivían para comer las hojas de las plantas y si podía, en alguna ocasión, también algo de verdura. Escuchaba atento toda aquella palabrería hasta que, de pronto, se le ocurrió una idea.

—¿Y por qué no hacéis un concurso?

Todas las verduras se callaron de golpe. El caracolito había tenido la mejor idea de todas las que se habían propuesto hasta ese momento. Pero tenían una duda, ¿qué tipo de concurso podían hacer?

Si lo hacían sobre quién tenía las raíces más grandes, las zanahorias y los rábanos estarían en el podio.

Si fuera un concurso sobre quién era la más alta, los tomates ganarían.

Y si había que decidir quién era la más verde, muchas quedarían descartadas sin poder participar.

La cosa era de lo más difícil y una nueva discusión arrancó.

—¡Callad todos! —gritó el caracol—. ¡Es muy fácil! Si deseáis saber quién ha de ser la reina de las verduras, debéis invitar al ser humano para que os pruebe y aquella verdura que haga emocionar más al hombre, será la ganadora.

Y así lo hicieron. Enviaron un mensaje al hombre y este se presentó al cabo de dos días.

Ante él, se colocaron las verduras para que las catara.

El hombre comenzó con el tomate. Lo cortó a daditos y lo probó. ¡Su sabor era espectacular! ¡Buenísimo! Era tan rico, ¡que se lo tuvo que comer entero!

Después, le tocó el turno a la lechuga. Separó unas hojas; su aroma era impresionante —aunque quizás vosotros, acostumbrados a comer las verduras de los grandes cultivos que no huelen a nada, no sepáis que las lechugas son olorosas a más no poder—, mordió y un torbellino de emociones se mezcló en su boca, ¡era algo sorprendente!

Y así fue probando todas y cada una de las verduras. Pimientos, rábanos, acelgas, espinacas, zanahorias, coles, escarolas…, hasta que le llegó el turno a la última verdura: la cebolla.

Mientras el hombre probaba a sus compañeras, la cebolla, que era muy inteligente y apenas había hablado durante la reunión, se había ido cubriendo con muchas capas de piel así que, cuando llegó su turno, el hombre tuvo que empezar a quitárselas para conseguir llegar hasta su corazón.

A medida que iba eliminando capas, de los ojos del hombre comenzaron a brotar lágrimas. Primero tan pequeñas, que solo le humedecieron los ojos pero, poco a poco, se fueron acumulando y, finalmente, comenzaron a resbalar por sus mejillas.

Todas las verduras se quedaron mudas de asombro; ¡la cebolla había conseguido hacer emocionar al hombre más que ninguna de ellas! ¡Ya tenían ganadora! La reina de las verduras tenía que ser la cebolla.

—¿Cómo has conseguido turbar tanto al hombre? —le preguntó el caracol.

—Muy fácil —dijo ella—, simplemente le he recordado a sí mismo.

—¿Qué quieres decir? —interrogó el resto de verduras.

—Veréis, ya sabéis que yo, normalmente, no tengo tantas capas y es muy fácil llegar hasta mi corazón. Pero, al ponerme tantas, he imitado al ser humano. Ellos ponen capas y capas sobre su corazón y para conseguir llegar hasta él tienes que ir sacándolas poco a poco. Algunas personas se ponen muchas, para que nadie llegue nunca hasta allí, pero si tienes la paciencia suficiente para ir sacándolas todas, puedes descubrir un corazón tierno y buenísimo. Cuando el hombre ha comenzado a sacarme las capas, se ha dado cuenta de la naturaleza de su propio ser y de la de sus congéneres y por eso se ha emocionado.

Las verduras escuchaban atónitas a la cebolla, ¡habían elegido a la verdura más inteligente de todas! Por fin tendrían la reina que les convenía.

Desde entonces, las personas, que tendemos a olvidar rápidamente las cosas, cada vez que pelamos una cebolla, lloramos porque las capas que vamos sacando para llegar hasta su corazón nos recuerdan cómo somos en realidad los seres humanos.

FIN

Los mosquitos (o ¿por qué los mosquitos me pican a mí?)

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Ilustración de Joan Batllori i Comas coloreada por Hermes, de Tintas Creativas

 

¿Conocéis un animal que va haciendo «zum, zum», se alimenta de sangre y muchas veces lo hace cuando estamos durmiendo?… ¿No? Otra pista. Una vez que ha comido la sangre que necesita, te deja en el cuerpo un granito que pica, ¡y pica mucho! Sí, exacto, ¡el mosquito!

Tenéis que saber que si los mosquitos nos molestan y nos importunan con sus picaduras, es culpa… No, no tiene nada que ver con que tengamos más o menos azúcar, sino que….

 

Hete aquí que hace mucho, mucho tiempo, cuando las ranas tenían pelo y la música aún no existía, que los mosquitos no comían sangre. Se dedicaban a comer néctar como sus parientes a rayas, las abejas, o sus primos lejanos, los colibrís. No probaban sangre de ningún tipo; ¡ni tan siquiera había pasado por su diminuta cabeza hacerlo! Eran felices teniendo lo que tenían y punto.

Era un tiempo en que la convivencia entre especies era pacífica y todos se entendían. La única ley que existía era la ley de la naturaleza. Todo ser vivo sabía que esa ley consistía en comer y ser comido, pero no por ello se guardaban rencor. Cuando los lobos cazaban jabalíes, lo hacían con el más profundo respeto hacia la otra especie y también todo el mundo sabía el valor de las hierbas y de las plantas que les servían de alimento. Pero al cabo de unos cuantos años, llegó al planeta una nueva especie.

Aquella especie andaba sobre dos patas y poseía una gran inteligencia capaz de crear lo que llamaban herramientas. Como habréis podido adivinar, esa especie era el ser humano. Poco a poco, fue adquiriendo la supremacía sobre el resto de los seres vivos, creyéndose mejor y superior al resto del mundo.

Así pues, con el paso del tiempo, fue colonizando todos los hábitats naturales, echando a las especies que habitaban en ellos. Comenzaron con las cuevas, donde vivían los osos y los tejones; luego, se apropiaron de las tierras de pasto de las cabras para edificar sus pueblos. En otros lugares en lugar de quedarse con las tierras, colonizaron los árboles, y echaron de ellos a los pájaros que los habitaban.

Al principio, los animales intentaron sublevarse contra ese ataque indiscriminado de sus lugares de caza y pesca y de sus hogares, pero por mucho que se esforzaban no había forma; el hombre siempre se inventaba alguna de sus llamadas herramientas para hacer frente a los ataques. Así que, unas tras otras, todas las bestias se fueron retirando y se hicieron cada vez más escasas y evasivas.

Esta situación también afectó a los mosquitos, los cuales vivían en las praderas, junto a los gamos y otros animales, disfrutando de las flores, del cielo y de la brisa cálida del verano. Pero con la llegada del ser humano, se vieron relegados a vivir en los pantanos, donde las flores apenas crecían y, muchas veces, la suciedad hacía casi insoportable la vida. Los mosquitos, muy furiosos, se reunieron en comité para encontrar una solución urgente a dicha situación. Pero por mucho que discutían, charlaban y se gritaban unos a otros, no había forma de hallar respuesta alguna a todos sus interrogantes.

Fue en esa época, que un mosquito que estaba revoloteando por uno de los pocos prados que aún quedaban, divisó una flor amarilla preciosa, casi al final de la verde pradera. Al verla, no se lo podía creer, debía de ser la última flor de la temporada, «su néctar será delicioso», pensó el mosquito.

Ya estaba a punto de llegar, cuando apareció un hombre que arrancó la flor para poder olerla. Cuando el mosquito vio esta atrocidad, no pudo contener la ira que había ido creciendo en su interior y se lanzó contra aquel ser que era mil veces más grande que él y, con toda su furia, le clavó en el brazo la trompa que hasta ese momento le había servido para chupar el néctar. Extenuado como estaba y aún con la trompa clavada en el brazo, aspiró profundamente y una bocanada de sangre le entró en la boca.

Justo en ese momento, descubrió el secreto mejor guardado hasta entonces de la naturaleza: los seres humanos eran hijos de las flores, pero ni ellos mismos lo recordaban. Aquella bocanada de sangre que había probado era la cosa más dulce que había saboreado jamás, más que el néctar. Fue entonces cuando decidió ir a hablar con el consejo de sabios de los mosquitos.

Y allí, en medio del pantano, los mosquitos decidieron poner en práctica lo que hasta hoy siguen haciendo: a partir de aquel día, se alimentarían de la sangre de los humanos, y no dejarían de hacerlo hasta que aquellas nuevas bestias no se comportaran con armonía con la naturaleza y los mosquitos y el resto de los animales recuperaran sus posesiones.

FIN

El Árbol (o ¿por qué tenemos historias nuevas constantemente?)

En un remoto lugar de la Tierra, a salvo de la codicia humana, en un lugar que ni siquiera aparece en los GPS y que los satélites desde el espacio no pueden espiar, allí, en aquel recóndito lugar, vive el Árbol de las Historias.

El Árbol de las Historias existe desde el mismo momento en que apareció la primera palabra. De hecho, no se sabe muy bien si el Árbol nació con la primera palabra o bien la primera palabra apareció porque el Árbol brotó. Sea como sea, el Árbol lleva allí tanto tiempo, como tiempo lleva el hombre sobre la Tierra.

Su tronco es de color marrón y es retorcido. Si lo miras con atención, tienes la sensación de que de sus raíces nacen troncos y más troncos. Todos ellos se van entrelazando hacia el cielo, hasta llegar a la gran copa. Allí, infinidad de hojas se despliegan en un espectáculo magnificente de luz y color. Pero si observas con más atención, te das cuenta de que cada una de las hojas del carrujo es una historia.

De cada historia, de cada cuento, de cada narración, de cada fábula contada por un chamán, una bruja o brujo, un abuelo o una abuela, por padres, profesores, bibliotecarios y escritores… de cada uno de los que cuenta o escribe alguna, nace una nueva hoja. De este modo, el Árbol, a través de las palabras, se va nutriendo y va creciendo.

Aun así, la tierra que lo rodea está llena de hojas marrones, secas, muertas, sin vida. Todas aquellas historias que por algún motivo han dejado de contarse, las que han caído en el olvido y ya nadie guarda en la memoria, se han ido marchitando en su copa y han caído del Árbol. Pero, como ocurre en la naturaleza, esto no es tan grave; ellas son el alimento de nuevas historias.

Por ese motivo, el Árbol ha podido vivir durante tantos y tantos años. En algunas épocas se ha visto vacío, casi sin hojas, aguantando con pocas historias. En otras épocas, en cambio, su esplendor creó una sombra tan alargada, que era capaz de proteger del sol a kilómetros de distancia.

Cada cuatrocientos años el Árbol florece y da un único fruto; un fruto grande, redondo y granulado. De color naranja. No se sabe muy bien cuál es su sabor, pero cuentan las leyendas que aquel que pueda comerse el fruto se convertirá en un gran creador de historias. Algunos dicen que Cervantes, William Shakespeare, Julio Verne, Virginia Woolf o Àusias March llegaron hasta el Árbol y pudieron comer su fruto.

Allí, al pie del Árbol, vive una persona vieja como la misma Tierra, antigua como el Árbol y sabia como la humanidad entera. Esa persona tiene un solo cometido: nutrir al Árbol de las Historias. Cada día se sienta allí y le cuenta historias, cuentos, fábulas, narraciones. Así el Árbol no morirá jamás.

Conoce el Árbol a la perfección; se enamora, como el Árbol, de todas las historias escritas en las hojas; llora con el Árbol cuando una hoja se marchita y cae; y se alegra por cada nueva hoja nacida. Cuando le cuenta historias, es capaz de percibir como el Árbol se estremece de emoción y siente cómo se alimenta con las palabras.

Hay una historia que al Árbol siempre le ha gustado mucho. El hombre siempre la empieza del mismo modo:

En un remoto lugar de la Tierra, a salvo de la codicia humana, en un lugar que ni siquiera aparece en los GPS y que los satélites desde el espacio no pueden espiar…

FIN

El escondite (o ¿por qué hay montañas tan altas?)

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Ilustración: bridge-troll

Hace mucho, mucho tiempo, cuando los demonios y los ángeles se hablaban y el cielo todavía no estaba tan lejos del infierno, nuestro planeta estaba habitado por criaturas mágicas y misteriosas.

Por el aire volaban hadas, dragones, grifos y arpías; en mares y ríos, ninfas y sirenas reinaban con absoluta tranquilidad; en las profundidades de la tierra, enanos y trolls excavaban sinuosos túneles, y sobre la superficie de la tierra se podían encontrar miles y miles de otros seres fantásticos. Gnomos, elfos y duendes habitaban los bosques; pegasos, centauros y sátiros pastaban en las praderas; golems y unicornios vagaban por los acantilados; y los gigantes deambulaban de uno a otro lugar.

Todos estos seres vivían en paz y armonía, sin molestarse unos a otros. Pero entre ellos vivía otro ser, que no era ni mágico ni misterioso: el ser humano.

El ser humano fue cultivando odio y envidia hacia sus mágicos vecinos y así, poco a poco, de aquel odio nació el miedo. Miedo a lo desconocido, miedo a lo incomprendido, miedo hacia aquello que no podían controlar. De hecho, hoy día, los humanos todavía conservamos buena parte de ese miedo.

De aquel miedo, surgido del odio y la envidia, nació un grupo de hombres y mujeres que se llamaron los Cazadores.

La función de los Cazadores era acechar y matar a cualquier ser que no fuera humano. Y hay que decir que llevaban a cabo su trabajo con mucha diligencia. No había ni una sola criatura mágica que estuviera a salvo. Elfos, dragones, gnomos, sirenas… Absolutamente todos iban cayendo bajo sus artes maléficas. Incluso los gigantes fueron víctimas de sus maleficios.

Fue entonces, cuando las pocas criaturas que quedaban se reunieron en Consejo para determinar qué hacer.

—Yo digo que deberíamos calcinar a todos los seres humanos y ¡listo! —decía el dragón.

—Así únicamente generaremos más odio —le recordó el hada.

—Yo digo que los encantemos para que se olviden de nosotros —añadía la bruja.

—En el fondo del mar tenemos mucho espacio, podrían venir con nosotras —decía la sirena mientras se cepillaba su larga cabellera.

Y así discutían, uno tras otro, lo que debía hacerse.

Por fin, llegaron a un acuerdo, simple pero eficaz, aunque algunos no estaban muy convencidos: tenían que esconderse de los seres humanos.

Buscarían un lugar de difícil acceso, pero con espacio suficiente para todos. Y fueron los gigantes los que, finalmente, dieron con la solución.

Con sus enormes manos juntarían piedras y rocas para formar montañas y cordilleras. Entre las montañas dejarían espacios, que serían valles y prados, y trazarían caminos inaccesibles para los humanos. De este modo, todas las criaturas mágicas tendrían su propio espacio. Las únicas que rehusaron fueron las sirenas y los tritones. El fondo del mar era suficientemente profundo para esconderse para siempre. Y eso es lo que hicieron.

Construyeron las montañas más altas que jamás se habían visto sobre la tierra y todas las criaturas mágicas pudieron refugiarse en ellas.

Los Cazadores, por mucho que exploraban, nunca encontraban nada, y si por una casualidad eran capaces de dar con el rastro de una de las criaturas, los gigantes se encargaban de provocar aludes y desprendimientos para que los Cazadores retrocedieran. Con el tiempo, y a fuerza de no encontrar nunca ninguna criatura, los seres humanos convirtieron la historia en mito y este en leyenda.

Es por eso que en la actualidad tenemos montañas tan y tan altas, porque allí, en las más recónditas y misteriosas profundidades, todavía hoy se esconden las criaturas mágicas que antiguamente fueron nuestras vecinas.

FIN

Un matrimonio muy bien avenido

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Ilustración: Luigi Lucarelli

Don Pepe y Doña Fina vivían juntos y felices desde ya nadie era capaz de recordar cuándo, pero debía de hacer muchísimo tiempo, porque casi todas las fotos de su álbum de recuerdos eran en blanco y negro.

Los dos ancianitos formaban un matrimonio perfecto y en su pueblo eran famosos por lo mucho que se querían y por lo bien que se llevaban. Ambos eran, como se suele decir, un matrimonio muy bien avenido.

Una fría tarde de invierno, estaban los dos acurrucados bajo la mantita azul de cuadros que compartían, sentados en el sofá de terciopelo verde que colocaban frente a la chimenea del salón cuando empezaban los primeros fríos. Contemplaban, medio adormecidos, el chisporroteo de la chimenea cuando Don Pepe, de repente, abrió mucho los ojos y, muy excitado, se dirigió a su esposa:

—Fina de mi vida, ¡mañana es nuestro aniversario de boda! En un día tan señalado y especial, no puede faltarnos tu rico bizcocho, dulce y calentito, para celebrarlo.

—Pepe de mi alma, ¡es verdad! ¡Mañana es nuestro aniversario! ¡No puede faltar mi bizcocho!

—¿Harás ese bizcocho tan rico que solo tú sabes hacer?

—¡Ay, Pepe!, con gusto te lo haría, pero el caso es que no queda ni una pizca de harina.

—¿Harina? ¡No hay problema! ¡Ahora mismo voy a comprar harina!

Y dicho y hecho. Se sacó el batín, se calzó sus botas, se abotonó el abrigo, se caló el sombrero, cogió su bastón y se dirigió a la panadería.

Con el paquete de la mejor harina bajo el brazo, regresó rápidamente a su casa.

—¡Finaaaaaaaaaaaaa, mi amor! Aquí traigo harina para que hagas tu bizcocho, dulce y calentito, para celebrar nuestro aniversario.

—Pepe, ¡qué bien que has traído la harina! Con gusto te haría el bizcocho que me pides, pero el caso es que tampoco queda azúcar.

—¿Azúcar? ¡No hay problema! ¡Ahora mismo voy a comprar azúcar!

Y dicho y hecho. Se sacó el batín, se calzó sus botas, se abotonó el abrigo, se caló el sombrero, cogió su bastón y se dirigió al supermercado.

Con la bolsa del azúcar más refinado bajo el brazo, regreso rápidamente a su casa.

—¡Finaaaaaaaaaaaaa, mi amor! Aquí traigo azúcar para que hagas tu bizcocho, dulce y calentito, para celebrar nuestro aniversario.

—Pepe, ¡qué bien que has traído el azúcar! Con gusto te haría el bizcocho que me pides, pero el caso es que no queda ni un solo huevo.

—¿Huevos? ¡No hay problema! ¡Ahora mismo voy a comprar huevos!

Y dicho y hecho. Se sacó el batín, se calzó sus botas, se abotonó el abrigo, se caló el sombrero, cogió su bastón y se dirigió a la huevería.

Con los huevos más gordos y frescos bajo el brazo, regreso rápidamente a su casa.

—¡Finaaaaaaaaaaaaa, mi amor! Aquí traigo huevos para que hagas tu bizcocho, dulce y calentito, para celebrar nuestro aniversario.

—Pepe, ¡qué bien que has traído los huevos! Con gusto te haría el bizcocho que me pides, pero el caso es que tampoco queda ni una pizca de levadura.

—¿Levadura? ¡No hay problema! ¡Ahora mismo voy a comprar levadura!

Y dicho y hecho. Se sacó el batín, se calzó sus botas, se abotonó el abrigo, se caló el sombrero, cogió su bastón y se dirigió a la tienda de la esquina.

Con la levadura bajo el brazo, regreso rápidamente a su casa.

—¡Finaaaaaaaaaaaaa, mi amor! Aquí traigo levadura para que hagas tu bizcocho, dulce y calentito, para celebrar nuestro aniversario.

—Pepe, ¡qué bien que has traído la levadura! Con gusto te haría el bizcocho que me pides, pero con tanto viaje arriba y abajo estoy completamente agotada y, como ya se ha hecho muy tarde, ahora mismo me voy a la cama. ¡Mañana será otro día! ¡Que tengas muy buena noche!

—¿Agotada? ¡No hay problema! ¡Tú vete a dormir, que yo ya me encargo de todo!

Y dicho y hecho. Se sacó el batín, se puso un largo delantal, entró en la cocina y allí se puso a amasar la harina, junto a los huevos, la levadura y el azúcar. Después, puso la masa a hornear.

A la mañana siguiente, el bizcocho estaba listo. Don Pepe lo colocó en una bandeja, junto a dos cafés recién hechos, y se dirigió al dormitorio.

—¡Finaaaaaaaaaaaaa, mi amor! ¡Muy buenos días! Abre los ojos, esposa de mi alma!, que aquí traigo tu bizcocho recién salido del horno, dulce y calentito, para celebrar nuestro aniversario.

—Pepe, de mi corazón, ¡feliz aniversario!

Y muy juntitos, arrebujados bajo las mantas, Don Pepe y Doña Fina, disfrutaron de un suculento desayuno para celebrar su aniversario. Tal y como debe hacerlo un matrimonio muy bien avenido.

FIN

 Receta del bizcocho de Doña Fina:

Ingredientes:

  • 400g de harina
  • 320g de azúcar
  • 4 huevos
  • Un sobre de levadura
  1. Separar las yemas de las claras de los huevos y batir muy bien las yemas. Seguidamente, incorporar, poco a poco, el azúcar, hasta conseguir una masa sin grumos.
  2. Mezclar bien la harina con la levadura y unirlo a la masa anterior, sin parar de remover, para que el bizcocho quede bien esponjoso.
  3. Batir las claras del huevo a punto de nieve, en un recipiente aparte, y añadirlas, muy despacio, a la masa anterior.
  4. Colocar el bizcocho en el horno, previamente precalentado a 180º, y dejar hornear entre 40 y 45 minutos.
  5. Pasado ese tiempo, entreabrir el horno durante 10 minutos para que el aire frío entre poco a poco. De este modo, evitaremos que la masa baje de golpe a causa de la diferencia brusca de temperatura. Pasados los diez minutos, se saca del horno y se deja enfriar, a ser posible sobre una rejilla.
  6. ¡A comer! y ¡Buen provecho!