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La Pequeña Hada y Lala

Ilustración: SteeveeJ

En aquellos días, los vecinos de Isla Imaginada andaban un poco aburridos. Entre ellos comentaban que hacía mucho tiempo que no sucedía nada extraordinario, importante o diferente de la rutina habitual.

También nuestra amiga, la Pequeña Hada, se aburría, así que empleaba sus días en favorecer a sus paisanos con pequeños encantamientos: encontrar un anillo perdido, apaciguar los insistentes rebuznos de un burro con un jarabe milagroso, fabricar polvos mágicos para que los zapatos del cartero fueran más deprisa… En fin, cosas sin importancia.

Hasta que una noche, terribles ráfagas de viento, que azotaban calles y ventanas, tuvieron a todos en vela. ¡Aquello era un torbellino impresionante!

Al día siguiente, muy tempranito, el canguro Horacio salió a desayunar como cada día. En dos saltos, se colocó junto al estanque y ¡¡¡ohhhhhhhhhhhh!!!, tal fue su descubrimiento, que salió pitando, mejor dicho, saltando, a compartirlo con todo el pueblo:

—¡Vecinos! ¡Vecinos!  ¡Todos al estanque! ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Es increíble! ¡Es enorme!

Adormilados, se asomaban a puertas y ventanas:

—Pero, Horacio, ¿qué sucede?

—¿Qué horas son estas?

—¡Con la noche que hemos pasado por culpa del viento!

Horacio seguía con su cantinela y los fue guiando hacia el estanque. La mayoría aún iba en pijama, nadie había querido entretenerse porque la curiosidad era muy grande.

A medida que se acercaban, los vecinos vieron en medio del estanque, allí donde el agua era más profunda, una gran, gran, bola moviéndose arriba y abajo, arriba y abajo, haciendo un ruido como un soplido.

El canguro Horacio miró a sus amigos y les dijo:

—¿Qué me decís? ¿No es extraordinario?

Se miraban unos a otros, cada cual daba su opinión

—Es una piedra gigante.

—Un meteorito ¡Sin duda!

—Un gran bombón.

Tita, la tortuga, que la pobre había sido la última en llegar, dio también su opinión

—¡Nada de eso! ¿No veis que respira? ¡Es un animal! ¡Seguro!

Fue entonces, ante tanto ruido, que la gran bola del estanque se despertó y todos pudieron ver cómo del agua surgía una cabezota, con una gran boca, llena de dientes, grandes colmillos y una lengua enorme, que de un gran rugido, acompañado de un soplido, tumbó a todo el mundo por los suelos. La pobre Tita se quedó panza arriba y necesitó la ayuda de dos asnos para volver a ponerse en pie.

Asombrados quedaron todos al ver, en medio del estanque, a la hipopótama más grande que nunca hubieran imaginado.

La verdad era que la más sorprendida y espantada era ella, que los miraba con cara de susto:

—¿Dónde estoy?

En cuanto habló, volvió a salir de su bocaza un huracán que tiró por los suelos a la mayoría de los presentes. Menos mal que Tita estaba bien cobijada entre las patas de los asnos y, esta vez, se salvó del revolcón.

El canguro Horacio, el descubridor, fue el portavoz de los vecinos:

—Señora hipopótama, estás en Isla Imaginada, el país donde habitan todos los personajes de los cuentos que existen o han de existir. ¿Cómo has llegado hasta aquí y cuál es tu nombre? Pero, por favor, contesta bajito para que no salgamos volando.

La pobre hipopótama, haciendo un esfuerzo para no levantar mucha ventolera, les explicó:

—Soy Lala, me he escapado de un cuento que no me gustaba. Tenía que perseguir a los niños para asustarlos y eso a mí no me gusta nada ¡A mí me gustan los niños! Así que esperé al primer huracán que pasó, pude subirme a él y llegué hasta aquí. Por favor ¡dejad que me quede con vosotros! Prometo que no hago daño a nadie —Y entonces, sin ya poderse aguantar más, empezó a llorar con unos sollozos que emocionaron a los que allí estaban. Suerte que, en previsión de otra avalancha de aire, se habían agarrado a los árboles, echado piedras en los bolsillos y cogido unos a otros para no caer— ¡Ayyyyyyyyyy! ¡Ayyyyyyyy! ¡Buaaaaaaaaa! ¡Buaaaaaa!

Las hojas de los árboles empezaron a temblar y caían como si ya hubiera llegado el otoño; en el estanque se creaban remolinos que sacaron a la superficie a los peces que nadaban en el fondo; y las ranas, molestas, empezaron a croar sin parar.

La escandalera era tal, que ya, en toda la isla, no quedaba un alma dormida, y menos aún nuestra amiga la Pequeña Hada, que llegó tarde a la reunión porque se había entretenido, tan presumida era, en peinarse unas bonitas trenzas que en cuanto pisó la calle se le deshicieron debido al huracán creado por el llanto de Lala.

Como la Pequeña Hada era muy querida y respetada, en cuanto llegó empezaron a pedirle opinión y a ponerla al día de la aventura de la pobre hipopótama.

—¿Tú qué opinas Pequeña Hada?

—¿Se puede Lala quedar con nosotros?

—¿Pero cómo haremos para no vivir en un continuo torbellino en cuanto abra la boca?

La Pequeña Hada se aproximó a la orilla del estanque y habló así:

—Querida Lala, fuiste muy valiente al huir de un cuento que no te hacía feliz. Has venido al sitio adecuado. Aquí nadie te va a obligar a hacer algo que no quieras. Así que puedes estar tranquila. Puedes vivir en este estanque y ya pensaremos en algo para que no nos hagas volar a todos

En ese momento, Lala se sintió tan agradecida y contenta que dejó escapar una gran risotada:

—¡Ja, ja, ja, ja, ja! ¡Gracias, amigos!

¡Y ya estamos! De nuevo un huracán barrió todo el parque. Algunas gallinas huyeron despavoridas, prometiéndose no volver nunca más al estanque porque la fuerza del aire las había dejado sin plumas.

Con tantas emociones, a Lala le entró hambre y salió del agua para tomar un rico desayuno de las frescas hierbas que crecían alrededor.

Los vecinos de Isla Imaginada aprovecharon ese intermedio de paz para parlamentar:

—Hemos de encontrar una solución.

—Tiene que haber una manera para hacer que cesen los torbellinos que salen por su boca.

—¿Y en verano qué? ¡Nuestros niños y cachorros vienen a bañarse aquí! Lala ocupa casi todo el estanque y además los puede asustar, es que ¡es tan grande!

—¡Es muy grande! ¡Ese es el problema!

—La Pequeña Hada nos tiene que ayudar, siempre lo hace.

Así que la Pequeña Hada, que escuchaba pensativa, les dijo:

—Está bien, buscaré una solución. De momento, dejemos a Lala en paz. No nos acerquemos demasiado y os pido un favor: que nadie le haga cosquillas ni le cuente un chiste.

Ahora fueron los vecinos los que rieron de buena gana. Volvieron todos a sus hogares, cerraron bien puertas y ventanas en previsión de nuevas ráfagas de viento y procuraron no salir a la calle para no salir volando y acabar en la Luna.

La Pequeña Hada iba por el camino repasando las palabras del señor Oso: «Es muy grande. Ese es el problema».

Desde luego, su problema era el tamaño, nadie había visto nunca, ni siquiera en los libros, una hipopótama tan enorme. «Si fuera más pequeña, su potencia huracanada se reduciría y podría vivir sin problemas entre nosotros», se dijo la Pequeña Hada.

Todos esos pensamientos dieron doscientas vueltas en su cabecita, donde ya se vislumbraba una solución para el problema de Lala.

Decidida, la Pequeña Hada dio media vuelta y volvió al estanque, con los bolsillos cargados de piedras, ¡por si acaso!, y llamó a la hipopótama:

—¡Lala! ¡Lala!, creo que puedo ayudarte, pero tienes que decirme si te parece bien la solución que se me ocurre. Escúchame y después me contestas ¡pero bajito!

La hipopótama movió la cabeza de arriba abajo para indicarle que estaba de acuerdo y la Pequeña Hada le explicó:

—Estarás de acuerdo en que tu problema, ¡y el nuestro!, es que eres demasiado grande para vivir en este estanque y que tu voz, tan potente, desencadena algunos inconvenientes para nosotros. He pensado que si tu tamaño fuera más pequeño no habría ningún problema y estaríamos contentos de que fueras una nueva vecina. En el Gran Libro de los Conjuros para Hadas Buenas tiene que haber uno que nos sirva. Lo investigaré ¿Estás de acuerdo?

Los ojos de Lala se llenaron de lágrimas y con toda la suavidad que pudo respondió

—¡Oh!, eso sería maravilloso ¿De verdad podrías hacerlo?

—¡Pues claro Lala! ¡No hay nada imposible para la Pequeña Hada!

—Pues confío en ti. ¡Adelante!

Caminando deprisa, llegó a la Gran Biblioteca Hadística y fue directa a la mesa donde se consultaba el Gran Libro de los Conjuros para Hadas Buenas. Era un libro muy gordo y había que tener paciencia para encontrar el encantamiento adecuado. Las horas pasaron volando para la hadita consultando hojas y hojas, capítulos y más capítulos hasta que encontró uno que llamó su atención: «Conjuros para engrandecer y empequeñecer animales».

—¡Ya está! ¡Tiene que ser aquí! ¡Aquí estará la solución para Lala!

Estudió todo el capítulo con mucha atención, porque no podía equivocarse. Si en lugar de empequeñecer a la hipopótama la engrandecía, ¡sería un lío gordísimo!

Trabajó hasta estar segura de tener el conjuro perfecto y se dirigió al estanque donde Lala la esperaba impaciente.

—¡Lala! ¡No digas nada! escucha atentamente. He hallado el encantamiento para hacerte más pequeña, si quieres que siga adelante con él di que sí con la cabeza.

Y eso fue, exactamente, lo que la hipopótama hizo.

Entonces, La Pequeña Hada sacó su varita y haciendo con ella grandes círculos en el aire pronunció las palabras mágicas:

Varita brillante,

varita bonita,

que esta hipopótama

se haga pequeñita,

que su risa sea brisa

y su aliento un suspiro.

¡Mágica varita, yo te lo pido!

Inmediatamente, una cascada de puntitos brillantes escapó de la varita mágica y envolvió a Lala, que con los ojos abiertos como platos esperaba temerosa lo que pudiera pasar. Notó que le empezaban a subir cosquillitas desde las patas hasta las orejas mientras iba viendo cómo, a su alrededor, los árboles, las flores y hasta la Pequeña Hada se iban haciendo más y más grandes.

Pero lo que pasó, en realidad, es que ella se fue haciendo más pequeñita y tuvo que nadar hasta un lugar menos profundo de la laguna, porque ya no tocaba con sus patas el fondo.

La Pequeña Hada estaba entusiasmada, ¡el encantamiento había funcionado! Ahora, la hipopótama Lala era del tamaño de cualquier oveja de las que por allí pastaban.

—¡Hurra! ¡Hurra! ¡Funcionó! ¡Lala di algo! ¡Quiero oír tu voz!

Y Lala, complaciendo a su amiga, lanzó un grito lo más fuerte que pudo y que apenas si movió el flequillo de la Pequeña Hada y algunas hojas de un árbol cercano.

Nuestra Hadita había sacado del apuro a la ahora pequeña hipopótama y a todos los habitantes de Isla Imaginada. En adelante, podrían vivir tranquilos sin necesidad de andar con la preocupación de si iban a salir volando, y en verano podrían ir a refrescarse al estanque, como cada año. ¡Mejor aún!, porque ahora tenían una nueva amiga con quién compartir juegos.

FIN

En el mismo barco

Ilustración: RUYMOON

Un barco lleno de pasajeros zarpó de un lejano puerto y comenzó a navegar por el mar. En él viajaban ancianos y niños, jóvenes y no tan jóvenes, hombres y mujeres, ricos y pobres, negros y blancos, altos y bajos, guapos y feos… En fin, gente de todas las clases, de todos los lugares y de todas las ideologías.

Unos viajaban por trabajo, otros por placer. Algunos huían de su hogar y buscaban nuevos sitios donde ser felices, otros deseaban correr aventuras. Cada uno de ellos tenía un camarote asignado en aquel gran barco que avanzaba por aquel ancho mar, a veces en calma y a veces embravecido, llevando a cada cual a su destino.

De pronto, los pasajeros comenzaron a escuchar fuertes ruidos. Parecía que alguien, con un martillo, golpeaba algo. Los golpes eran cada vez más fuertes y los pasajeros, sorprendidos, se miraban unos a otros:

—¿Qué es ese ruido? ¿De dónde procede? —se preguntaban asustados.

El capitán ordenó a dos marineros que investigaran de inmediato lo que ocurría. Enseguida empezaron a recorrer el barco de arriba a abajo con rapidez; estancia por estancia, camarote a camarote.

Los golpes de martillo continuaban, cada vez eran más intensos. Los pasajeros, intranquilos, recorrían los pasillos, entre curiosos y preocupados por la situación:

—¿Estaremos en peligro? —se preguntaban— ¿Qué es lo que ocurre?

Al fin, los dos marineros llegaron al último camarote, situado en el último subsuelo del barco. ¡Estaban seguros! ¡Los golpes provenían de ese lugar!

—¡Abran inmediatamente! —exigieron al mismo tiempo que golpeaban la puerta del camarote.

Pararon los golpes y la puerta se abrió.

—¿Qué pasa? ¿Qué queréis? —preguntó malhumorado el pasajero de aquel camarote sujetando con una mano el picaporte, y con la otra un enorme martillo.

Los marineros miraron con asombro. Primero al hombre y luego hacia el interior de la habitación. ¡No podían creer lo que veían sus ojos! ¡El suelo de la estancia estaba a punto de romperse!

—Pero, señor, ¡¿qué hace?! ¿No ve que agujereará el suelo y nos hundiremos todos? ¡Suelte ahora mismo ese martillo! —le ordenaron enérgicamente.

—¿Y por qué habría de soltarlo? Este martillo es mío, este es mi camarote y, por tanto, con mi martillo y con mi camarote puedo hacer lo que me dé la gana —respondió el agresivo pasajero.

Al escuchar la discusión, el pasaje empezó a agolparse frente a la puerta del camarote.  Todos tenían algo que decirle al señor. Algunos le rogaban, otros le gritaban, otros intentaban razonar con él… Pero todos, todos querían exactamente lo mismo: que soltara el martillo y dejará de intentar agujerear el suelo del barco.

—Por favor, señor, cálmese y suelte el martillo —pidió alguien amablemente.

—¿Acaso está loco? ¡Deje de dar golpes de una vez! —gritó otro.

—Ya basta, inconsciente. ¡Es usted un irresponsable! —añadió un tercero, muy enojado.

—¡Que alguien lo expulse de este barco! ¡Lo que hace es muy grave! – exigió otro pasajero.

—¡No tienen derecho a hablarme así! —reaccionó con furia el hombre del martillo—. Yo he pagado mi pasaje exactamente como todo el mundo y este es mi camarote. Ni ustedes ni nadie tienen derecho a ordenarme nada porque este espacio es mío. ¿Acaso yo le digo a alguien lo que puede o no puede hacer?

Entonces, se escuchó la suave voz de una niña:

—Pero, señor, ¿no lo entiende? si usted se empeña en hacer un agujero en el suelo de su camarote, el barco entero se llenará de agua y todos nos hundiremos. ¿No entiende que todos navegamos en el mismo barco y lo que uno hace nos afecta a todos?

FIN

El cuento de Ana

Ilustración: NeoSlashott

 

Ana tenía ocho años y lo que más deseaba en el mundo era un reloj de pulsera. Cuando por fin se lo regalaron, lo primero que quiso hacer fue ir a enseñárselo a su mejor amiga, Clara. La mamá de Ana le dio permiso. Cuando su hija salió de casa le hizo esta advertencia:

—Ana, ahora que ya tienes tu reloj nuevo, y ya sabes leer perfectamente la hora; no me falles. De aquí a casa de Clara tienes dos minutos andando; así que no tienes excusa para volver tarde a casa. Regresa antes de las seis para merendar. ¡No te retrases!

—Entendido, mamá —dijo Ana mientras salía corriendo por la puerta.

Dieron las seis y ni rastro de Ana. A las seis y cuarto no había aparecido todavía, y su madre se enfadó. A las seis y media seguía sin aparecer, y su madre se enfadó aún más. A las siete menos diez, el enfado se convirtió en miedo. Cuando ya se disponía a salir para ir en busca de su hija, se abrió la puerta de la calle y Ana entró triste y en silencio.

—¡Ay, Ana! —la riñó su madre—. ¿Cómo has podido ser tan desobediente? ¡Sabías que estaría muy preocupada por ti! ¿Dónde te habías metido?

—He estado ayudando a Clara a… —empezó a decir Ana.

—¿Ayudando a Clara? ¿A qué, si puede saberse? ¿Qué era tan importante que no pudiera esperar? —le preguntó enojada su madre.

La niña empezó a explicarse de nuevo:

—A Clara, le han regalado una bicicleta nueva por su cumpleaños y la estuvimos probando, pero ella se cayó de la acera y la bicicleta se rompió y yo la ayudé a…

—¡Ya basta, Ana! —la interrumpió su madre— ¿Puedes explicarme qué sabes tú de arreglar bicicletas? Pero si tú no sabes…

Esta vez fue Ana la que interrumpió a su madre.

—¡No mamá! Yo no ayudé a Clara a arreglar su bicicleta, solo me senté a su lado y la ayudé a llorar…

FIN

La bruja y la hermana del Sol

Ilustración: Iván Bilibin

En un país lejano hubo un zar y una zarina que tenían un hijo, llamado Iván, mudo desde su nacimiento.

Un día, cuando ya había cumplido doce años, fue a ver a un palafrenero de su padre, al que tenía mucho cariño porque siempre le contaba cuentos maravillosos.

Esta vez, el zarevich Iván quería oír un cuento; pero lo que oyó fue algo muy diferente de lo que esperaba.

—Iván Zarevich —le dijo el palafrenero—, dentro de poco tu madre dará a luz una niña, y esta hermana tuya será una bruja espantosa que se comerá a tu padre, a tu madre y a todos los servidores de palacio. Si quieres librarte de tal desdicha, ve a pedir a tu padre su mejor caballo y márchate de aquí adonde el caballo te lleve.

El zarevich Iván fue corriendo a su padre y, por la primera vez en su vida, habló. El zar tuvo tal alegría al oírlo hablar que, sin preguntarle para qué lo necesitaba, ordenó en seguida que le ensillasen el mejor caballo de sus cuadras.

Iván Zarevich montó a caballo y dejó en libertad al animal para seguir el camino que quisiese. Así cabalgó mucho tiempo hasta que encontró a dos viejas costureras y les pidió albergue; pero las viejas le contestaron:

—Con mucho gusto te daríamos albergue, Iván Zarevich; pero ya nos queda poca vida. Cuando hayamos roto todas las agujas que están en esta cajita y hayamos gastado el hilo de este ovillo, moriremos.

Iván rompió a llorar y se fue más allá. Caminó mucho tiempo, y encontrando a Vertodub le pidió:

—Déjame vivir contigo.

—Con mucho gusto lo haría, Iván Zarevich; pero no me queda mucha vida. Cuando acabe de arrancar de la tierra estos robles con sus raíces, moriré.

Iván lloró aún con más desconsuelo y se fue más lejos. Al fin se encontró a Vertogez, y acercándose a él, le pidió albergue; pero Vertogez le repuso:

—Con mucho gusto te hospedaría, pero no viviré mucho tiempo. Me han puesto aquí para voltear esas montañas; cuando acabe con la última, moriré.

El zarevich derramó amarguísimas lágrimas y se fue más allá. Después de viajar mucho llegó al fin a casa de la hermana del Sol. Esta lo acogió con gran cariño, le dio de comer y beber y lo cuidó como a su propio hijo.

El zarevich vivió allí contento de su suerte; pero algunas veces se entristecía por no tener noticias de los suyos. Subía entonces a una altísima montaña, miraba al palacio de sus padres, que se percibía allá lejos, y viendo que nunca salía nadie de sus muros ni se asomaba a las ventanas, suspiraba llorando con desconsuelo.

Una vez que volvía a casa después de contemplar su palacio, la hermana del Sol le preguntó:

—Oye, Iván Zarevich, ¿por qué tienes los ojos como si hubieses llorado?

—Es el viento que me los habrá irritado —contestó Iván.

La siguiente vez ocurrió lo mismo. Entonces la hermana del Sol impidió al viento que soplase.

Por tercera vez volvió Iván con los ojos hinchados, y ya no tuvo más remedio que confesarlo todo a la hermana del Sol, pidiéndole que le dejase ir a visitar su país natal. Ella no quería consentir; pero el zarevich insistió tanto que le dio permiso.

Se despidió de él cariñosamente, y le dio para el camino un cepillo, un peine y dos manzanas de juventud; cualquiera que sea la edad de la persona que come una de estas manzanas rejuvenece en seguida.

El zarevich llegó al sitio donde estaba trabajando Vertogez y vio que quedaba solo una montaña. Sacó entonces el cepillo, lo tiró al suelo y en un instante aparecieron unas montañas altísimas, cuyas cimas llegaban al mismísimo cielo; tantas eran, que se perdían de vista. Vertogez se alegró, y con gran júbilo se puso a trabajar.

El zarevich Iván siguió su camino, y al fin llegó al sitio donde estaba Vertodub arrancando los robles; solo le quedaban tres árboles.

Entonces el zarevich, sacando el peine, lo tiró en medio de un campo, y en un abrir y cerrar de ojos nacieron unos bosques espesísimos. Vertodub se puso muy contento, dio las gracias al zarevich y empezó a arrancar los robles con todas sus raíces.

El zarevich Iván continuó su camino hasta que llegó a las casas de las viejas costureras. Las saludó y regaló una manzana a cada una; ellas se las comieron, y de repente rejuvenecieron como si nunca hubiesen sido viejas. En agradecimiento le dieron un pañuelo que al sacudirlo formaba un profundo lago.

Al fin llegó el zarevich al palacio de sus padres. La hermana salió a su encuentro; lo acogió cariñosamente y le dijo:

—Siéntate, hermanito, a tocar un poquito el arpa mientras que yo te preparo la comida.

El zarevich se sentó en un sillón y se puso a tocar el arpa. Cuando estaba tocando, salió de su cueva un ratoncito y le dijo con voz humana:

—¡Sálvate, zarevich! ¡Huye a todo correr! Tu hermana está afilándose los dientes para comerte.

El zarevich Iván salió del palacio, montó a caballo y huyó a todo galope.

Entretanto, el ratoncito se puso a correr por las cuerdas del arpa, y la hermana, oyendo sonar el instrumento, no se imaginaba que su hermano había huido.

Afiló bien sus dientes, entró en la habitación y su desengaño fue grande al ver que estaba vacía; solo había un ratoncito, que salió corriendo y se metió en su escondrijo.

La bruja se enfureció y, rechinando los dientes con rabia, echó a correr en persecución de su hermano. Iván oyó el ruido, volvió la cabeza hacia atrás, y viendo que su hermana casi lo alcanzaba sacudió el pañuelo y al instante se formó un lago profundo.

Mientras la bruja pasaba a nado a la orilla opuesta, el zarevich Iván se alejó bastante. Ella echó a correr aún con más rapidez. ¡Ya se acercaba!

Entonces Vertodub, comprendiendo al ver pasar corriendo al zarevich que iba huyendo de su hermana, empezó a arrancar robles y a amontonarlos en el camino; hizo con ellos una montaña que no dejaba paso a la bruja. Pero esta se abrió camino royendo los árboles, y al fin, aunque con gran dificultad, logró pasar; pero el zarevich estaba ya lejos.

Corrió persiguiéndole con saña, y pronto se acercó a él; unos cuantos pasos más, y hubiera caído en sus garras.

Al ver esto, Vertogez se agarró a la más alta montaña y la volteó de tal modo que vino a caer en medio del camino entre ambos, y sobre ella colocó otra. Mientras la bruja escalaba las montañas el zarevich Iván siguió corriendo y pronto se vio lejos de allí. Pero la bruja atravesó las montañas y continuó la persecución.

Cuando le tuvo al alcance de su voz le gritó con alegría diabólica:

—¡Ahora sí que ya no te escaparás!

Estaba ya muy cerca, muy cerca. Unos pasos más, y lo hubiera cogido.

Pero en aquel momento el zarevich llegó al palacio de la hermana del Sol y empezó a gritar:

—¡Sol radiante, ábreme la ventana!

La hermana del Sol abrió la ventana e Iván saltó con su caballo al interior.

La bruja pidió que le entregasen a su hermano.

—Que venga conmigo a pesarse —dijo—. Si peso más que él, me lo comeré, y si pesa él más que yo, que me mate.

El zarevich consintió y ambos se dirigieron hacia la balanza. Iván se sentó el primero en uno de los platillos, y apenas puso la bruja el pie en el otro el zarevich dio un salto hacia arriba con tanta fuerza, que llegó al mismísimo cielo y se encontró en otro palacio de la hermana del Sol.

Se quedó allí para siempre, y como la bruja no pudo atraparlo, regresó a su castillo.

FIN

El sueño de Lucy

Ilustración: boum

Era Lucy una modesta y sencilla bombilla que vivía en la casa de los señores González; su trabajo consistía en alumbrar el sótano. Pasaba la mayor parte del día a oscuras y aburrida, esperando que alguien de la familia bajara a buscar algo de lo que allí almacenaban.

Algunos de sus compañeros en aquel sótano eran los miembros itinerantes de la despensa. Por allí pasaban latas de conserva, botellas de leche, cajas de galletas, aceites y un sinfín de víveres y productos de limpieza. Se quedaban poco, porque en la casa vivían dos jovenzuelos que comían por diez y ensuciaban por veinte. Apenas Lucy empezaba a intimar con una lata de atún, alguien se la llevaba para preparar una ensalada y la pobre bombilla se quedaba, otra vez, esperando que alguno de los González accionara el interruptor para poder lucir su luz clara y sentir el calorcillo de su filamento iluminando el sótano.

Allí, además de algunos viejos cachivaches, herramientas de bricolaje y enseres de jardín, había un rincón especial en el que guardaban a los más queridos compañeros de Lucy. Era la estantería de las cosas de Navidad. Varias cajas que contenían los muchos adornos que, año tras año, engalanaban la casa y el jardín de la familia González.

Unas semanas antes de las fiestas, los habitantes de esas cajas empezaban a ponerse nerviosos. Lucy oía el murmullo que provenía del fondo del sótano. Eran los espumillones y las bolas del árbol, deseosos de salir de las cajas y vivir otra Navidad en el salón. Se empujaban entre ellos y se hacían cosquillas. La estrella que siempre ponían en lo más alto del árbol los llamaba al orden:

—¡Silencio! ¡Quietos! Tened paciencia, que pronto saldremos de aquí.

—¡Seguro que ya está nevando, Estrella! ¡Nos lo vamos a perder! –decía un ángel de cerámica impaciente.

—Tranquilos, ya veréis como pronto bajarán a por nosotros. Mientras, ¡a callar todos! –remataba la estrella.

Lucy escuchaba estas conversaciones y su corazón transparente sentía un poquito de envidia. Su sueño era salir algún año del sótano para formar parte de las luces del árbol, o brillar fuera, en el jardín, iluminado la casa junto a cientos de sus pequeñas hermanas bombillas ¡Solo una Navidad! ¡Sería tan bonito!

Y es que Lucy disfrutaba escuchando a los adornos cuando, cansados, volvían a ser guardados en sus cajas. Le encantaba el modo en que narraban lo que habían vivido fuera: los niños correteando en la nieve, el olor de las deliciosas viandas que se preparaban en la cocina, las canciones que entonaba, desafinadas, el señor González, el trasiego de vecinos y parientes que compartían la Navidad en aquella casa… ¡Y tantas otras cosas!

—¡Qué suerte, chicas! Con lo bonita que estará la calle con tantos adornos. Y el árbol, que lucirá espléndido. ¡Ay!, ¡cómo me gustaría poder salir de este oscuro sótano!

—¡Oh!, Lucy, querida —tintineó una campanita dorada—, no pierdas la esperanza. ¡Tal vez este año te saquen de aquí!

—¡Ojalá!, ¡Es lo que más deseo en el mundo!

Todos los adornos conocían el deseo de la bombilla, pero no sabían cómo ayudarla:

—Nosotros no podemos hacer nada –susurró una de las bolas plateadas a la campanilla dorada.

—Pobre Lucy, nunca conseguirá salir de aquí —murmuró el angelito.

Todo esto lo escuchó un ratoncillo, vecino del sótano, que había salido de su escondite para ver si pillaba algo de la despensa. El ratoncillo se sintió conmovido por la pena de la bombilla y corrió a su casita, donde esperaban sus papás, los señores Roedor, y sus cinco hermanos. Les contó lo que había oído y les propuso ayudar a Lucy.

—Papá, mamá, por favor, vamos a ayudar a la pobre bombilla ¡se lo merece! Ha estado mucho tiempo ahí colgada, sola y aburrida ¡Porfi, porfi! ¡Es Navidad!

—¡Sí, mami, papi! ¡Vamos a ayudarla! –los pequeños ratoncillos se unieron a su hermano.

—Pero, hijos, ¿qué podemos hacer nosotros, unos pequeños ratones? – les contestó papá ratón.

—Pues la única forma de llevar a Lucy fuera del sótano es desenroscarla y cambiarla por otra bombilla—así habló mamá ratona, que había estado callada hasta entonces.

—¡Difícil empresa! Pero ¡lo intentaremos! –dictaminó papá ratón—. Lo primero será encontrar una bombilla que no quiera trabajar esta Navidad y ceda su puesto a Lucy.

Imaginaban que esto iba a ser un trabajo difícil, pero, aunque los ratones eran pequeños, su corazón era tan grande como un elefante y su determinación de ayudar a Lucy, firme. Así que papá ratón encargó a sus hijos que recorrieran las estanterías de los adornos y vocearan para que los oyeran bien todas las bombillas:

—¡Atención, atención!, bombillas de Navidad, ¿cuál de vosotras haría un favor a una compañera?

Las bombillas, alborotadas, preguntaban:

—¿Qué pasa? ¿Qué es ese griterío, ratones?

Cuando los pequeños les explicaron su idea para cumplir el sueño de Lucy, todas coincidieron:

—¡La bombilla Comodona! ¡No puede ser otra!

Y es que, según explicaron las otras bombillas, Comodona era la más holgazana de todas ellas. Cada año se quejaba de que la hacían trabajar demasiado en Navidad. Al empezar las fiestas, la colocaban en el árbol del salón y permanecía encendida tardes y noches, hasta que la familia se iba a dormir. Y la noche de Navidad incluso la dejaban encendida toda la noche para que Papá Noel no diera un traspiés. Comodona se pasaba todo el tiempo enfurruñada.

—¡Figuraos! –dijo una bombilla azul—, es tan comodona, que ni siquiera se ha asomado para ver qué pasa. ¡Con todo el revuelo que habéis montado!

—La iremos a despertar y seguro que acepta el cambio de mil amores —apostilló una bombilla verde.

¡Y claro que aceptó! Así, que la familia de ratoncillos y los adornos navideños trazaron el plan y cuando se lo contaron a Lucy, esta se puso tan nerviosa, que se encendía y se apagaba sin ton ni son de lo contenta que estaba.

El primer paso era desenroscar a Lucy, llevarla a la caja donde aguardaba Comodona y efectuar el cambio. Se pusieron manos a la obra. Todos a una, la familia Roedor empujó una escalera que se guardaba en el sótano y la colocaron justo debajo de Lucy. Papá ratón subió el primero, arrastrando varias cintas de espumillón. Tras él, tres de sus hijitos hicieron lo mismo y, con mucho cuidado, envolvieron la bombilla para que no se dañara.

Desde abajo, mamá ratona se encargó de dirigir la delicada operación:

—A la de tres, girad con fuerza. Una, dos y… ¡tres! ¡Otra vez! Una, dos y… ¡tres!

Cuando por fin Lucy estuvo desenroscada y acomodada sobre un gran lazo rojo de terciopelo, los ratoncillos la arrastraron hasta la caja de las bombillas. Allí fue recibida, con gran alegría, por todos los adornos, porque compartía con ellos el deseo de vivir la Navidad con la familia. Las campanitas repicaron en su honor y las bolas giraron contentas. Organizaron tal revuelo, que la gran estrella del árbol tuvo serios problemas para acallarlos.

Ahora había que transportar a Comodona, que encantada se dejaba hacer, hasta lo alto de la escalera y enroscarla para que nadie notara el cambio. Pasaría allí el invierno, sin alborotos ni ruidos, durmiendo la mayor parte del tiempo.

De nuevo, con la ayuda de los espumillones y el lazo rojo, los ratones llevaron a cabo su tarea con éxito. Solo quedaba esperar a que la familia González bajara al sótano a buscar toda la decoración navideña. Y eso fue lo que sucedió.

Después de mucho trabajo, las ventanas quedaron muy bonitas con sus guirnaldas luminosas; en las mesas se colocaron velas y plantas de Navidad; los barrotes de la escalera se adornaron con los espumillones; y el gran lazo rojo presidía la chimenea.

También fuera, la casa quedó impresionante. De la puerta pendía una corona de ramas que daría la bienvenida a todos los invitados cuando llegaran a celebrar las Fiestas; decenas de ciervos, ardillas, corderos y otros animalillos de madera, cerámica y paja quedaron esparcidos por el jardín para disfrute de los niños; cientos de bombillas de colores recorrían la fachada de la casa e iluminaban la calle casi, casi, como si fuera de día. Incluso hicieron un muñeco de nieve, que adornaron con un viejo sombrero y al que pusieron una gran zanahoria por nariz.

Pero, sin duda, el rey de los adornos era el árbol del salón, cuyas ramas llegaban hasta el techo. Era tan alto, que papá González tuvo que subirse a una escalera para colocar la gran estrella en lo alto. La familia estuvo adornándolo una tarde entera para dejarlo precioso, con sus bolas plateadas, sus campanitas y los angelitos. Y lo mejor fue cuando se iluminó con todo su esplendor.

—¡Ohhhhhh! ¡Qué bonito! –exclamaron a la vez.

¿Y a que no sabéis dónde estaba nuestra amiga Lucy? ¡Pues claro! En lo más alto del árbol la colocó papá González. Al sacarla de la caja, preguntó extrañado:

—¿De dónde ha salido esta bombilla? Es más grande que las otras ¿La recordáis del año pasado?

Mamá González sonrió divertida:

—Yo no la recuerdo… ¡Pero ya sé lo que ha pasado! ¡Ha venido aquí caminando ella sola desde otro sitio y se ha metido en la caja de las bombillas de Navidad! —dijo burlona—. Una bombilla tan valiente merece estar en lo más alto del árbol, junto a la gran estrella, para iluminarla bien.

Y así fue como se cumplió el sueño de Lucy, la modesta bombilla, que aquel año pasó los días más felices de su vida compartiendo con el resto de adornos la alegría que llenaba el hogar de los González.

¿Y qué fue de los Roedor? La familia al completo, escondida bajo el sofá, observaba orgullosa y feliz el resplandor que desprendía Lucy. Ellos, mejor que nadie, sabían que no hay nada más bonito en Navidad que ayudar a cumplir los sueños de los demás.

FIN

El Pequeño Marinero y la rosa triste

A nuestro amiguito Mario, el Pequeño Marinero, lo arrojó a la orilla de la playa Grande de Isla Imaginada una gran ola una noche de tormenta. En este último año, Mario se ha convertido en un jovencito intrépido y aventurero. ¡Nada le da miedo! Ha convencido a Popeye, el Marino, para que lo lleve con él a explorar el mundo, mejor dicho, los océanos, y prepara con mucho entusiasmo su primer largo viaje.

Hace unos días, estaba muy atareado haciendo el equipaje cuando llamó a la puerta su vecino el conejito, un chismoso de cuidado que se pasa el día dando vueltas por el barrio para luego llevar las novedades a unos y otros.

—¡Ehhh! ¡Mario, vecino!, ¿quieres saber qué pasa en el prado del granjero Pepe?

El Pequeño Marinero, un poco enfurruñado con el conejo por haber interrumpido su tarea, contestó:

—Mira, conejito, ahora estoy muy ocupado, vuelve otro rato.

—¡Ohhhh, qué pena! Te quedarás sin saber por qué la rosa no hace más que llorar…

—¿Que la rosa está llorando? ¿Por qué? —A Mario le picó la curiosidad.

La rosa es una preciosa flor que solo vive en los prados de Isla Imaginada, su perfume es único, dulce como una gominola, y sus pétalos suaves como terciopelo.

—¡Si no vienes, no lo sabrás! ¡Vamos! —apremió el conejito.

Mario dejó el equipaje a medio hacer y siguió al conejo.

Faltaba poco para llegar al prado del granjero Pepe, cuando empezaron a oír los tristes lamentos:

—¡Ayyyyyy! ¡Pobre de mí! ¡Nadie me puede ayudar!

La pobre rosa lloraba resignada; las lágrimas caían de sus pétalos como si de rocío se tratara.

Mario y el conejito se acercaron curiosos y, preocupados, se sumaron al círculo que alrededor de la triste rosa habían formado varias familias de hormigas, dos lagartijas, un pato y tres gallinas. En silencio, contemplaban el rosal del que brotaba una única rosa, aún un capullo, del color rojizo del cielo cuando el sol se va a dormir.

—¡Ayyyyyyyyyy! –seguía quejándose la flor.

El Pequeño Marinero se sintió conmovido con su tristeza y le habló así:

—A ver, preciosa rosa, ¿por qué estás tan triste? ¿Cuál es la pena que te aflige?

—Nadie me comprende, marinerito ¡No sabéis la suerte que tenéis todos los que aquí estáis! Nadie me puede ayudar —replicó la rosa.

—Explícate, pues, amiga. Si no compartes con nosotros lo que te apena, seguro que no podremos ayudarte. ¡Cuéntanos!

—Está bien. Veréis, me gusta mucho ser flor. Sé que mi perfume os encanta, que gozáis con mi belleza y, al pasar por mi lado, procuráis no pisarme. Si la tierra está seca, me regáis y cuando el invierno llega y me voy a dormir, esperáis con ansia a que brote de nuevo anunciando la primavera. Pero yo os envidio a vosotros porque sois libres. Vais de un lado a otro cuando queréis. El conejo salta por el prado; el pato se baña en el estanque; las hormigas entran y salen de su hormiguero; las gallinas se pasan el día picoteando de aquí para allá, cacareando; y las lagartijas buscan el sol para calentarse. Sin embargo, yo estoy atada a la tierra. Llueva o haga sol no puedo moverme. No conoceré jamás otras tierras que no sean las que veo a mi alrededor. No puedo ir de visita a otras granjas ni buscar refugio para las tormentas ¿Por qué las flores no tenemos patas? ¡Ayyyyyyyyyyyyy!

Ni los animalitos allí reunidos ni y el Pequeño Marinero supieron qué decirle a la rosa triste. Jamás se les hubiera ocurrido que una flor tan hermosa pudiera ser tan desgraciada y sabían que era muy difícil poder ayudarla.

Mario la comprendía perfectamente, él mismo estaba deseando salir de su país, Isla Imaginada, para conocer otros mundos. No quería rendirse y habló por todos:

—Amiga rosa, ¡te vamos a ayudar! Esta noche consultaremos con la almohada y encontraremos una solución para que no te sientas triste nunca más. ¡Mañana vendremos a verte!

Cuando se hubieron alejado lo suficiente para que la flor no los escuchara, los animalitos, alborotados, replicaron a Mario:

—Pero, Pequeño Marinero, ¡es imposibleeeeee ayudar a la rosa! –se lamentaba el conejito fisgón.

—¡Coc,coc, coc!, las flores no tienen patas ¡Es imposible! –cacareaban las gallinas.

—¡Vaya lío!, ¡vaya lío! —repetían hormigas y lagartijas.

—¡Cuac, cuac! ¿Qué le diremos mañana a la rosa triste? —apostilló el pato.

Pero Mario estaba convencido de que, entre todos, encontrarían el modo de ayudar a la flor.

—No seáis pesimista, procurad poner todo vuestro empeño e inteligencia en encontrar una solución. ¡No podemos consentir que la rosa siga tan triste! Así, que ¡a pensar! Mañana temprano nos reunimos aquí.

La noche fue larga. Poco a poco, cansados de tanto cavilar sin hallar solución, el sueño los fue venciendo a todos… A todos menos a Mario, que seguía dando vueltas, pensando y pensando, hasta que, rendido y con los pies doloridos de tanto andar arriba y abajo, se sentó en su sillón favorito para quitarse sus botas marineras. Al quitarse la izquierda, observó que en la suela había quedado pegado un pequeño terrón de tierra; de él sobresalían, por un extremo, las hojas de una pequeña plantita de hierba y por el otro, las raíces.

—¡Viva, viva!¡Encontré la solución! —El Pequeño Marinero brincaba contento porque ya sabía cómo ayudar a la rosa triste.

A la mañana siguiente, se reunieron como habían convenido. Los animalitos desanimados, porque no habían sido capaces de dar con solución alguna y Mario muy contento, porque tenía un plan.

—Escuchad, ya sé lo que haremos, es muy sencillo: arrancaremos el rosal, que es la casa de la rosa, con mucho cuidado para no dañar las raíces, y lo plantaremos en un recipiente donde quepa suficiente tierra para alimentar a la rosa; yo la regaré cada día para que esté siempre fresca.

—Pero, Mario, la rosa lo que quiere es ver otros paisajes y moverse como si tuviera patas —argumentó el conejito.

—¡Y lo hará! ¡Vaya si lo hará! La llevaré conmigo en mis viajes en el barco de Popeye. ¡Allí dónde yo vaya, irá ella también! ¿Qué os parece?

Los animalitos estuvieron de acuerdo en que era una magnífica idea y corrieron a explicarle a la rosa el plan.

—¡Qué gran idea! ¡Me encantará viajar contigo Pequeño Marinero!, aunque me da miedo que podáis hacerme daño al arrancarme de la tierra —dijo la rosa preocupada.

Entre todos la convencieron de que no sufriría ningún daño y aquella misma mañana empezaron la tarea de buscar un recipiente adecuado, que se convertiría en el nuevo hogar de la rosa. Se les ocurrió ir a ver a la Pequeña Hada, siempre dispuesta a ayudar en lo que fuera, y ella, generosa, les regaló un gran cubo de latón casi nuevo que ellos se encargaron de convertir en una linda casita. Las lagartijas lo pintaron con sus rabitos y las gallinas hicieron agujeritos para el agua sobrante con sus piquitos.

Mientras, las hormigas, el conejo y el pato, con gran cuidado para no dañar las raíces, se atareaban en sacar el rosal de la tierra. Las hormigas excavaron túneles alrededor de la planta y el conejo y el pato sacaron la tierra despacito. Una vez libre, Mario, con mimo, colocó la planta en el cubo que les había regalado la Pequeña Hada, que, pintado de colorines, había quedado precioso.

Cuando el trabajo estuvo terminado, cansados pero contentos, vieron que la rosa lloraba, pero ahora de alegría.

—¡Gracias a todos, amigos, al fin podré ver mundo!

Ahora, el Pequeño Marinero y la rosa son inseparables. Los dos están muy ilusionados y deseando emprender su primer largo viaje. Han decidido que allí adonde vayan, la rosa viajera dejará su simiente para que nazcan nuevas rosas y sean admiradas por su belleza y aroma. Gracias a la generosidad de los animalitos y al ingenio del Pequeño Marinero, en todos los jardines del mundo se podrá contemplar la más hermosa de las flores: la rosa de Isla Imaginada.

FIN

Nita y Gus

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Ilustración: Belette Le Pink

En la huerta de Manuel y Luz, el rey de los árboles era el gran manzano. Daba frutos deliciosos que eran recolectados cada otoño y  acababan en el mercado del pueblo para deleite de todos los que los probaban.

Faltaba un mes para la recolección y las ramas del gran árbol lucían llenas de cientos de manzanas que, día a día, se iban tornando de verdes en rojizas a la vez que iban engordando.

En una rama escondida colgaba una pequeña manzana, más chica que sus hermanas. Vivía feliz  en una huerta tan linda, le gustaba ver amanecer desde su rama y el olor a tierra mojada después del chaparrón. Su tamaño no le importaba mucho y  le daba igual que las otras manzanas se burlaran de ella:

—No llegas ni a manzanita. ¡Te llamaremos Nita! Ja, ja, ja, ja.

—¡No vas a servir ni para hacer una papilla!

—¡Ya!, ni hablar de un buen pastel o una macedonia!

—¡Puaffff! ¡Irás a parar al comedero de los cerdos!

Un día Nita empezó a sentir unas cosquillas en su tripa. Primero fue un hormigueo muy suave, luego se hizo más fuerte y no podía dejar de reír.

—Ja, ja, ja, ja, ja.

Las manzanas de su alrededor la miraban extrañadas hasta que la tenía más cerca soltó un grito mirándola muy seria:

—¡Nita!, ¿no te das cuenta? En verdad eres boba. ¡Tienes un gusano en la tripa! ¡Si no te libras de él, te comerá entera!

Nita, sorprendida, descubrió en su barriguita un pequeño agujero del que asomaba la cabeza de un gusanito, con dos ojos brillantes y una sonrisa amable.

—¡Oh!, perdona pequeña manzana, buscaba un hogar donde refugiarme, pronto comenzará a helar por las noches y me has parecido muy confortable, tan pequeña y  tan dulce. Pero si quieres que me vaya, buscaré otra manzana. ¡Aquí hay muchas!

Las otras manzanas que estaban muy atentas protestaron:

—¡Ni hablar! ¡Quédate con Nita! De todas maneras, ella no sirve para ir al mercado.

La pequeña manzana se sintió halagada de ser la elegida, ella no vio al gusano como un enemigo y le propuso:

—Amigo gusano, si me prometes que vivirás conmigo sin hacerme daño y que no me molestaras, dejaré que pases a mi lado el invierno.

Las demás manzanas comenzaron a reír a carcajadas:

—Ja, ja, ja…. ¡Pasar el invierno, dice! ¡Eso no hay manzana que lo resista! Cuando llegue el frío, no quedarán ni frutos ni hojas.

A Nita no le importaba lo que dijeran las demás, ella estaba muy contenta de haber encontrado un amigo, alguien que la valoraba y que quería vivir con ella.

Así que firmaron un pacto de amistad y Gus, que ese era el nombre del gusanito, se convirtió en su amigo y defensor.

Nita y Gus pasaban los días muy entretenidos. Gus salía por las mañanas y traía las novedades de la huerta: que si las lechugas andan frescas, que si las gallinas han puesto poco, que si el gato cazó un ratón…

Y llegó el día de la recolecta. Manuel y Luz se pusieron a la tarea de llenar grandes cestos con todas las manzanas en buen estado para poder venderlas.

Cuando Manuel hubo puesto en el cesto todas las vecinas de Nita, fijó su mirada en ella y dijo a Luz:

—Esta la dejo, es muy pequeña y, además, tiene gusano.

Y allí se quedaron, Nita y Gus, solos en el gran manzano.

Los días eran cada vez más fríos y cuando el aire soplaba, las hojas del árbol volaban por doquier e iban formando a los pies del árbol una alfombra mullida.

Gus, que era más espabilado y tenía más mundo, se dio cuenta de que uno de esos golpes de viento haría caer a su amiga al suelo e ideó un plan.

Se pasó dos días enteros trabajando sin parar a los pies del árbol, primero excavó un hoyo, poquito a poco —hay que tener en cuenta que era un gusano muy pequeño—, y, después, lo rellenó con las hojas caídas, hasta que quedó satisfecho con la tarea realizada:

—¡Sí señor! ¡Me ha quedado un colchón magnífico!

Y volvió a instalarse con Nita.

—Gus, ¿qué has estado haciendo tanto tiempo ahí abajo? ¡Ya estaba preocupada!

—No has de temer nada, ya me he ocupado yo de todo.

La inocente Nita no sabía bien de qué hablaba su amigo, pero confiaba en él y se quedó tranquila.

El día siguiente amaneció otoñal, con oscuras nubes cargadas de agua y fuerte viento.

—¡Fiuuuuuuuu! ¡Fiuuuuuuuuu! —Soplaba.

Gus le decía a Nita:

—¡Agárrate fuerte, amiga, y no tengas miedo!

Y entonces, un gran remolino envolvió el manzano y Gus y Nita se precipitaron contra el suelo.

Pero como el gusanito bien había previsto, fueron a caer en la cama que tanto trabajo le había costado hacer.

Allí quedaron, bien tapados y calentitos, porque Gus se encargó de ir aportando tierra nueva y hojas limpias para que Nita no pasara frío y así durmieron todo el invierno, abrazados.

Tan bien estaban, que al llegar los primeros días cálidos y las lluvias primaverales a Nita comenzaron a salirle pequeñas raíces que fueron afianzándola en la tierra y, con el andar de los días, hasta ramitas y hojas, que buscaron la luz del sol y se convirtieron en promesa de una nueva planta.

En un paseo por la huerta, Luz observó el pequeño árbol que empezaba a crecer a los pies del gran manzano y con la ayuda de Manuel, cuidando de no estropear ramas ni raíces, lo trasplantaron a una suave colina donde siempre lucía el sol y con unas vistas excelentes del lugar. ¡El mejor rincón de la finca!

Así fue como la pequeña manzana, ayudada por su amigo el gusanito, llegó a convertirse en un magnífico manzano que, con el correr de los años, llenó muchísimos cestos de deliciosos frutos y ofreció plácidas horas de descanso a su fresca sombra a los hijos y nietos de Luz y Manuel.

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Ilustración: Belette Le Pink

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Nita y Gus» con la voz de Angie Bello Albelda

Un cuento de plata y arena

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Ilustración: Clara Bailo, El niño de luz de plata

«Un amigo —pensó Najib— no es alguien de quien quieres algo, sino alguien para el que quieres lo mejor».
El niño de luz de plata.

Esta entrada está dedicada a todos los refugiados saharauis de los campos de Tinduf (Argelia).

A veces suceden cosas. Y aquella tarde sucedió algo. Entonces parecía nada, ahora parece un universo.

Los niños del club de lectura de Farsía, capitaneados por la maestra Enguía Ubud, siempre fueron muy especiales…

…los niños lectores de Farsía, no contentos con leer —más bien devorar, libros y libros; tantos, que tenían al Bubisher exhausto—, un día quisieron recomponer la cancioncilla «Mano con mano»; un regalo de Mehdi, un músico genial, un cantor del pueblo.

La melodía era breve y el estribillo se repetía una y otra vez. Pero Enguía la entonó, despacio, marcando las sílabas lentamente, con su aterciopelada voz infantil. Y luego, a ella, se unieron las voces de los niños y niñas, y nació lo que hoy es un auténtico himno.

Poco después, una tarde de otoño, Tuttu me preguntó curiosa:

—¿Cómo se escribe un libro?

Al mirar sus oscuros ojos comprendí que lo preguntaba de verdad, tal vez porque por un agujerito de gusano había visto el futuro. Yo le repliqué que era fácil, que bastaba con seguir el hilo.

—Escribir —dije— es, en realidad, «escrivivir». Basta con una buena primera frase, y después solo hay que dejarse llevar.

—Cuál, por ejemplo —preguntó Tuttu.

—No sé… —contesté.

Pero al levantar los ojos hacia el cielo buscando inspiración, vi la luna imponente que acompaña la vida de los refugiados saharauis desde hace cuarenta años: la luna de Tinduf, distinta a todas las lunas que pueden contemplarse desde nuestras tristes ciudades, y dije:

«Una noche, de la Luna bajó una escalera de plata…».

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Ilustración: Clara Bailo, El niño de luz de plata

No hizo falta más. Mi libreta empezó a echar humo. El club de lectura al completo se puso a argumentar: quién vio la escalera de plata, quién subió o bajó por ella… Y yo lo iba anotando todo, asombrado, porque aquel grupo de niños de Farsía actuaba como un cerebro único.

Así nació El niño de luz de plata, Najib, el chico listo que se hace amigo de un hijo de la Luna.

Lo probamos en las escuelas. Yo contaba el cuento de los niños de Farsía y Clara Bailo, con la ayuda de un kamishibai  dibujaba ante los ojos asombrados de los escolares —¡oh, milagro!—, todo lo que yo iba contando.

Ahora, casi seis años después, esos niños son ya jóvenes que viven su propia vida, pero sus ideas, aquella catarata de pequeños sucesos ha cristalizado y ahora es un libro. Un libro hermoso escrito en dos lenguas: árabe y castellano. Un libro que para no ser ni occidental ni árabe, sino de todos, se abre en vertical.

Y gracias a este libro nacerá una biblioteca en Dajla, el campamento más alejado, más olvidado, menos poblado. En el que, sin embargo, los niños esperan impacientes una caricia del destino. Y la tendrán. Tendrán una biblioteca en la que leer, pintar, reírse, enamorarse. Será libro a libro, granito a granito, del mismo modo que la arena forma las grandes dunas. Y SERÁ con tu ayuda.

Ahora nos lees, pero pronto tendrás en tus manos, bajo tus ojos, una historia hermosa en la que no hay ningún deseo de dar pena, de reclamar nada. O quizá sí, la VIDA. Con sus momentos mágicos y con sus momentos terribles. Con su dolor y su ternura. Porque el final, tan dulce, me lo susurró al oído Minetu, una de aquellas niñas del club de lectura de Farsía:

«Y de la escalera cayó…»

Y al caer halló una mano extendida…

mano

Ilustración: Clara Bailo, El niño de luz de plata

Para capturar una lágrima, o quizá para estrechar otra mano, la tuya.

No pongas FIN a esta historia.

Contribuye con tu pequeño granito de arena* a que la construcción de la biblioteca de DAJLA se haga realidad.

Pide tu ejemplar a Pilar Segura ( pseguratorres@hotmail.com  *10 € + gastos de envío)

Los cuatro dragones

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Ilustración: Gemma Font

Al principio de los tiempos, sobre la Tierra, no había ríos, ni lagos, únicamente existían las aguas del mar del Este, custodiadas por cuatro dragones: el dragón Largo, el dragón Amarillo, el dragón Negro y el dragón Perlado.

Un día, los cuatro dragones decidieron explorar el mundo, emergieron de las profundidades  marinas y  volaron hacia el cielo.

En las alturas, planearon con el viento, se persiguieron riendo y se divirtieron, hasta que, de pronto, el dragón Perlado refrenó su vuelo y rugió señalando hacia la Tierra:

—¡Mirad!

Sus compañeros se acercaron y, escondidos entre las nubes, dirigieron la vista hacia donde les indicaba su amigo.

Abajo, sobre la superficie, vieron una multitud de gente afligida que quemaba incienso, hacía ofrendas y suplicaba:

—Dios del cielo, envíanos agua para que no muramos de sed.

—Dios del cielo, danos agua para que no mueran nuestras cosechas.

Los cuatro dragones contemplaron los cuarteados campos de arroz, que ya hacía tiempo que se habían bebido hasta la última gota de agua; la verde hierba, que agachaba sedienta su marchita cabeza; y los árboles, desnudos de sus hojas, como tristes esqueletos abrasados por el sol. Hasta donde la vista alcanzaba, solo se veía un desolado paisaje, amarillo y adusto. Hacía demasiado que no llovía.

—Esa gente es piel y huesos —dijo el dragón Amarillo—. Morirán pronto si no llueve.

—Deberíamos ir a contarle al Emperador de Jade que la Tierra está sedienta —sugirió el dragón Largo—.  Ya es hora de que envíe lluvia.

Estuvieron todos de acuerdo y emprendieron el largo camino que conducía al Palacio Celestial, la morada del Augusto de Jadeel dios del cielo.

Molesto al verlos llegar, el todopoderoso Emperador, gruñó irritado:

—¿Cómo os atrevéis a presentaros ante mí sin ser convocados? ¡No permitiré que alteréis mi descanso! ¡Regresad al mar al instante!

—Gran Emperador, perdonad nuestra intromisión, pero debéis saber que la Tierra se muere. No llueve desde hace mucho, las cosechas se están secando y la gente tiene hambre y sed. ¡Enviad lluvia, por favor! —rogó el dragón Largo.

—Mañana, mañana… Mañana enviaré lluvia a la Tierra. Vosotros volved al mar —refunfuñó con desgana el Emperador, mientras con un suave balanceo de su mano derecha indicaba a los dragones que se alejasen de su presencia.

Durante los siete días siguientes, los cuatro amigos miraron esperanzados el cielo, pero ni una gota cayó.

Cada vez más débil y triste, la gente sobrevivía comiendo hierba seca, masticando tierra y lamiendo el rocío que la noche depositaba sobre las piedras.

Estaba claro que al Emperador de Jade, los humanos no le importaban. Solo pensaba en su propio bienestar y placer. Los cuatro dragones estaban apenados.

De pronto, mientras observaba apesadumbrado el mar del Este, al dragón Largo se le ocurrió una idea:

—¿Qué os parece si nos llenamos la boca con agua de mar y la lanzamos sobre la Tierra desde el cielo? Caerá como lluvia y así tal vez podamos salvar las cosechas para que la gente pueda comer.

A sus compañeros les pareció una idea brillante. Se apresuraron a llenar sus bocas de agua, alzaron el vuelo para alcanzar las nubes y, desde allí, la arrojaron.

Repitieron la misma operación muchas veces para pulverizar agua de mar,  que caía en forma de generosa lluvia, sobre la reseca Tierra.

—¡Llueve! ¡Llueve! —gritaban con alegría los niños chapoteando en los charcos.

—¡Llueve!, ¡Llueve! —gritaban los adultos dando gracias al cielo.

En los campos de arroz se formaron riachuelos y los pequeños brotes sedientos empezaron a reverdecer.

En la Tierra, renacía la vida.

Las oraciones de agradecimiento llegaron a oídos del Emperador de Jade que, furioso, comprendió que los cuatro dragones habían desobedecido.

Ordenó a sus emisarios que capturasen a los transgresores y los condujeran ante él:

—Vuestra osadía os costará cara. Os condeno al encierro eterno —Decretó airado.

Y, seguidamente, pidió al dios de las montañas que sobre cada uno de los dragones elevara una cordillera, de manera que jamás pudieran liberarse.

Los dragones quedaron atrapados para siempre bajo elevados montes, sin embargo, no renunciaron a ayudar a los humanos.

Para poder salir de su encierro, se convirtieron en caudalosos ríos, atravesaron su cárcel de rocas y, antes de regresar a su hogar en el lejano mar, bañaron las tierras por las que iban transcurriendo, hasta convertirlas en fértiles vergeles.

De este modo, nacieron los cuatro grandes ríos que, hasta hoy, dan de beber a la China: el Hēilóngjiāng o Amur, del dragón Negro; el Huáng Hé o río Amarillo, del dragón Amarillo; el Yangtsé o Cháng Jiāng, del dragón Largo;  y el Zhū Jiāng o Río de las perlas, del dragón Perlado.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Los cuatro dragones» con la voz de Angie Bello Albelda

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Mediopollo

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Ilustración: Yolanda Cabrera

Había una vez una robusta gallina española que empolló una bonita y numerosa familia. Todos sus pollitos eran graciosos y finos, excepto uno, que resultó ser solo un medio pollo. Tenía un solo ojo, un ala, una pata, media cabeza y medio pico.

—¡Qué atrocidad! —cloqueó mamá gallina—. ¡Mi benjamín es solo un medio pollo! ¡Jamás servirá para nada!

Pero por raro que parezca, Mediopollo estaba muy lejos de ser un inútil; brincaba de un lado para otro sobre su única patita y se mostraba mucho más valiente y audaz que sus hermanos. Pero era también muy orgulloso y difícil de complacer, por lo que mamá gallina no se sintió excesivamente triste, cuando, un día, Mediopollo le dijo:

—Estoy hasta la media cresta de este viejo corral. ¡Me voy a Madrid a ver al rey!

—Solo eres un medio polluelo tonto —lo regañó mamá gallina—. Incluso un gallo hecho y derecho lo pensaría dos veces antes de emprender un viaje como ese.

—De todas maneras, voy —se obstinó Mediopollo—. Nada gano quedándome en este miserable gallinero contigo y con los demás. Yo soy especial y cuando llegue a Madrid, el rey me dará un corral para mí solo. Cuando esté instalado, tal vez os invite a pasar unos días conmigo.

—Vete, pues —contestó mamá gallina—. Pero no olvides ser amable y educado con todo el mundo y quizá tengas suerte, aunque no seas más que un medio pollo.

—¡Ya veremos! —exclamó Mediopollo y se alejó, dando rápidos brinquitos sin mirar hacia atrás ni una sola vez.

Al poco, llegó a un arroyo, cubierto de hierbas.

—¡Mediopollo, ayúdame, por favor! —suplicó el agua del riachuelo—. Saca estas hierbas que me aprisionan para que pueda correr libremente.

—¿Que te ayude? —contestó enojado Mediopollo—. ¿Crees que no tengo cosa mejor que hacer, que perder mi tiempo sacando hierbas? ¡Voy a Madrid a ver al rey!

Y, renqueando, se alejó.

Encontró, más tarde, una hoguera que alguien había encendido, pero cuyas llamas eran ya tan débiles que no tardarían mucho en extinguirse por completo.

—¡Por favor, ayúdame, Mediopollo! —imploró el fuego de la hoguera—. ¡Lánzame unas ramas o me ahogaré en unos minutos!

—¿Que te ayude? —Se indignó Mediopollo—. ¿Crees que no tengo nada mejor que hacer, que perder mi tiempo lanzándote ramas? ¡Voy a Madrid a ver al rey!

Y dando la espalda a la hoguera siguió su camino.

A la mañana siguiente, pasó junto a un enorme nogal en cuyas ramas se había enredado el viento.

—¡Por favor, ayúdame a desenredarme de estas ramas que me atrapan, Mediopollo! —rugió el viento.

—¿Que te ayude? —gritó furioso Mediopollo—. ¿Crees que no tengo nada mejor que hacer, que perder mi tiempo liberándote? ¡Voy a Madrid a ver al rey!

Continuó dando brincos con su única patita y a primera hora de la noche llegó a Madrid. Sin perder ni un minuto, se dirigió al Palacio Real.

—Esperaré aquí afuera —murmuró para sí—.  Seguro que el rey no tardará en salir a recibirme como merezco.

Pero mientras recorría los jardines esperando, se asomó el cocinero real por la ventana de la cocina y al ver a Mediopollo, exclamó:

—¡Qué casualidad! El rey acaba de pedirme consomé de pollo para la cena.

Bajó corriendo el cocinero, atrapó a Mediopollo por su única ala y lo arrojó a la olla que tenía ya preparada sobre el fuego.

—¡Agua, agua! —suplicó Mediopollo, desesperado—. ¡Apiádate de mí y no me mojes tanto!

—¿Apiadarme, Mediopollo? —contestó el agua—. ¿Por qué, si tú no quisiste ayudarme cuando yo era arroyo que corría por el campo?

Al poco rato, dentro de la olla hacía un terrible calor y Mediopollo gritó:

—¡Fuego, fuego, por favor, no ardas tanto que me quemas con tu calor!

—¿Qué no arda, Mediopollo? —contestó el fuego—. ¿Por qué, si cuando estaba a punto de morir en el bosque me diste la espalda?

De pronto, el cocinero levantó la tapa de la olla y al ver que solo era un medio pollo lo que hervía dentro, exclamó:

—¡Qué barbaridad, un medio pollo! ¡Esto no sirve para el consomé del rey!

Y sacándolo de la olla, lo arrojó por la ventana justo en el momento en que pasaba el viento.

El viento levantó en volandas a Mediopollo. Lo agitó de aquí para allá, y de allá para acá, sobre tejados y azoteas, como si fuera una pluma.

—¡Viento, viento! —suplicó Mediopollo—. ¡Por favor, no me sacudas así!

—¿Qué no te sacuda, Mediopollo? —contestó el viento—. ¿Por qué, si no me ayudaste cuando me enredé en el nogal?

Y con toda su furia, el viento lo elevó hasta un tejado y lo dejó clavado en la punta, donde todavía sigue.

Si vas a Madrid fíjate bien, porque verás a Mediopollo sobre su única pata, con una sola ala, un ojo, media cabeza y medio pico. ¡La veleta más alta de toda la ciudad!

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Mediopollo» con la voz de Angie Bello Albelda

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