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La bruja y la hermana del Sol

Ilustración: Iván Bilibin

En un país lejano hubo un zar y una zarina que tenían un hijo, llamado Iván, mudo desde su nacimiento.

Un día, cuando ya había cumplido doce años, fue a ver a un palafrenero de su padre, al que tenía mucho cariño porque siempre le contaba cuentos maravillosos.

Esta vez, el zarevich Iván quería oír un cuento; pero lo que oyó fue algo muy diferente de lo que esperaba.

—Iván Zarevich —le dijo el palafrenero—, dentro de poco tu madre dará a luz una niña, y esta hermana tuya será una bruja espantosa que se comerá a tu padre, a tu madre y a todos los servidores de palacio. Si quieres librarte de tal desdicha, ve a pedir a tu padre su mejor caballo y márchate de aquí adonde el caballo te lleve.

El zarevich Iván fue corriendo a su padre y, por la primera vez en su vida, habló. El zar tuvo tal alegría al oírlo hablar que, sin preguntarle para qué lo necesitaba, ordenó en seguida que le ensillasen el mejor caballo de sus cuadras.

Iván Zarevich montó a caballo y dejó en libertad al animal para seguir el camino que quisiese. Así cabalgó mucho tiempo hasta que encontró a dos viejas costureras y les pidió albergue; pero las viejas le contestaron:

—Con mucho gusto te daríamos albergue, Iván Zarevich; pero ya nos queda poca vida. Cuando hayamos roto todas las agujas que están en esta cajita y hayamos gastado el hilo de este ovillo, moriremos.

Iván rompió a llorar y se fue más allá. Caminó mucho tiempo, y encontrando a Vertodub le pidió:

—Déjame vivir contigo.

—Con mucho gusto lo haría, Iván Zarevich; pero no me queda mucha vida. Cuando acabe de arrancar de la tierra estos robles con sus raíces, moriré.

Iván lloró aún con más desconsuelo y se fue más lejos. Al fin se encontró a Vertogez, y acercándose a él, le pidió albergue; pero Vertogez le repuso:

—Con mucho gusto te hospedaría, pero no viviré mucho tiempo. Me han puesto aquí para voltear esas montañas; cuando acabe con la última, moriré.

El zarevich derramó amarguísimas lágrimas y se fue más allá. Después de viajar mucho llegó al fin a casa de la hermana del Sol. Esta lo acogió con gran cariño, le dio de comer y beber y lo cuidó como a su propio hijo.

El zarevich vivió allí contento de su suerte; pero algunas veces se entristecía por no tener noticias de los suyos. Subía entonces a una altísima montaña, miraba al palacio de sus padres, que se percibía allá lejos, y viendo que nunca salía nadie de sus muros ni se asomaba a las ventanas, suspiraba llorando con desconsuelo.

Una vez que volvía a casa después de contemplar su palacio, la hermana del Sol le preguntó:

—Oye, Iván Zarevich, ¿por qué tienes los ojos como si hubieses llorado?

—Es el viento que me los habrá irritado —contestó Iván.

La siguiente vez ocurrió lo mismo. Entonces la hermana del Sol impidió al viento que soplase.

Por tercera vez volvió Iván con los ojos hinchados, y ya no tuvo más remedio que confesarlo todo a la hermana del Sol, pidiéndole que le dejase ir a visitar su país natal. Ella no quería consentir; pero el zarevich insistió tanto que le dio permiso.

Se despidió de él cariñosamente, y le dio para el camino un cepillo, un peine y dos manzanas de juventud; cualquiera que sea la edad de la persona que come una de estas manzanas rejuvenece en seguida.

El zarevich llegó al sitio donde estaba trabajando Vertogez y vio que quedaba solo una montaña. Sacó entonces el cepillo, lo tiró al suelo y en un instante aparecieron unas montañas altísimas, cuyas cimas llegaban al mismísimo cielo; tantas eran, que se perdían de vista. Vertogez se alegró, y con gran júbilo se puso a trabajar.

El zarevich Iván siguió su camino, y al fin llegó al sitio donde estaba Vertodub arrancando los robles; solo le quedaban tres árboles.

Entonces el zarevich, sacando el peine, lo tiró en medio de un campo, y en un abrir y cerrar de ojos nacieron unos bosques espesísimos. Vertodub se puso muy contento, dio las gracias al zarevich y empezó a arrancar los robles con todas sus raíces.

El zarevich Iván continuó su camino hasta que llegó a las casas de las viejas costureras. Las saludó y regaló una manzana a cada una; ellas se las comieron, y de repente rejuvenecieron como si nunca hubiesen sido viejas. En agradecimiento le dieron un pañuelo que al sacudirlo formaba un profundo lago.

Al fin llegó el zarevich al palacio de sus padres. La hermana salió a su encuentro; lo acogió cariñosamente y le dijo:

—Siéntate, hermanito, a tocar un poquito el arpa mientras que yo te preparo la comida.

El zarevich se sentó en un sillón y se puso a tocar el arpa. Cuando estaba tocando, salió de su cueva un ratoncito y le dijo con voz humana:

—¡Sálvate, zarevich! ¡Huye a todo correr! Tu hermana está afilándose los dientes para comerte.

El zarevich Iván salió del palacio, montó a caballo y huyó a todo galope.

Entretanto, el ratoncito se puso a correr por las cuerdas del arpa, y la hermana, oyendo sonar el instrumento, no se imaginaba que su hermano había huido.

Afiló bien sus dientes, entró en la habitación y su desengaño fue grande al ver que estaba vacía; solo había un ratoncito, que salió corriendo y se metió en su escondrijo.

La bruja se enfureció y, rechinando los dientes con rabia, echó a correr en persecución de su hermano. Iván oyó el ruido, volvió la cabeza hacia atrás, y viendo que su hermana casi lo alcanzaba sacudió el pañuelo y al instante se formó un lago profundo.

Mientras la bruja pasaba a nado a la orilla opuesta, el zarevich Iván se alejó bastante. Ella echó a correr aún con más rapidez. ¡Ya se acercaba!

Entonces Vertodub, comprendiendo al ver pasar corriendo al zarevich que iba huyendo de su hermana, empezó a arrancar robles y a amontonarlos en el camino; hizo con ellos una montaña que no dejaba paso a la bruja. Pero esta se abrió camino royendo los árboles, y al fin, aunque con gran dificultad, logró pasar; pero el zarevich estaba ya lejos.

Corrió persiguiéndole con saña, y pronto se acercó a él; unos cuantos pasos más, y hubiera caído en sus garras.

Al ver esto, Vertogez se agarró a la más alta montaña y la volteó de tal modo que vino a caer en medio del camino entre ambos, y sobre ella colocó otra. Mientras la bruja escalaba las montañas el zarevich Iván siguió corriendo y pronto se vio lejos de allí. Pero la bruja atravesó las montañas y continuó la persecución.

Cuando le tuvo al alcance de su voz le gritó con alegría diabólica:

—¡Ahora sí que ya no te escaparás!

Estaba ya muy cerca, muy cerca. Unos pasos más, y lo hubiera cogido.

Pero en aquel momento el zarevich llegó al palacio de la hermana del Sol y empezó a gritar:

—¡Sol radiante, ábreme la ventana!

La hermana del Sol abrió la ventana e Iván saltó con su caballo al interior.

La bruja pidió que le entregasen a su hermano.

—Que venga conmigo a pesarse —dijo—. Si peso más que él, me lo comeré, y si pesa él más que yo, que me mate.

El zarevich consintió y ambos se dirigieron hacia la balanza. Iván se sentó el primero en uno de los platillos, y apenas puso la bruja el pie en el otro el zarevich dio un salto hacia arriba con tanta fuerza, que llegó al mismísimo cielo y se encontró en otro palacio de la hermana del Sol.

Se quedó allí para siempre, y como la bruja no pudo atraparlo, regresó a su castillo.

FIN

El sueño de Lucy

Ilustración: boum

Era Lucy una modesta y sencilla bombilla que vivía en la casa de los señores González; su trabajo consistía en alumbrar el sótano. Pasaba la mayor parte del día a oscuras y aburrida, esperando que alguien de la familia bajara a buscar algo de lo que allí almacenaban.

Algunos de sus compañeros en aquel sótano eran los miembros itinerantes de la despensa. Por allí pasaban latas de conserva, botellas de leche, cajas de galletas, aceites y un sinfín de víveres y productos de limpieza. Se quedaban poco, porque en la casa vivían dos jovenzuelos que comían por diez y ensuciaban por veinte. Apenas Lucy empezaba a intimar con una lata de atún, alguien se la llevaba para preparar una ensalada y la pobre bombilla se quedaba, otra vez, esperando que alguno de los González accionara el interruptor para poder lucir su luz clara y sentir el calorcillo de su filamento iluminando el sótano.

Allí, además de algunos viejos cachivaches, herramientas de bricolaje y enseres de jardín, había un rincón especial en el que guardaban a los más queridos compañeros de Lucy. Era la estantería de las cosas de Navidad. Varias cajas que contenían los muchos adornos que, año tras año, engalanaban la casa y el jardín de la familia González.

Unas semanas antes de las fiestas, los habitantes de esas cajas empezaban a ponerse nerviosos. Lucy oía el murmullo que provenía del fondo del sótano. Eran los espumillones y las bolas del árbol, deseosos de salir de las cajas y vivir otra Navidad en el salón. Se empujaban entre ellos y se hacían cosquillas. La estrella que siempre ponían en lo más alto del árbol los llamaba al orden:

—¡Silencio! ¡Quietos! Tened paciencia, que pronto saldremos de aquí.

—¡Seguro que ya está nevando, Estrella! ¡Nos lo vamos a perder! –decía un ángel de cerámica impaciente.

—Tranquilos, ya veréis como pronto bajarán a por nosotros. Mientras, ¡a callar todos! –remataba la estrella.

Lucy escuchaba estas conversaciones y su corazón transparente sentía un poquito de envidia. Su sueño era salir algún año del sótano para formar parte de las luces del árbol, o brillar fuera, en el jardín, iluminado la casa junto a cientos de sus pequeñas hermanas bombillas ¡Solo una Navidad! ¡Sería tan bonito!

Y es que Lucy disfrutaba escuchando a los adornos cuando, cansados, volvían a ser guardados en sus cajas. Le encantaba el modo en que narraban lo que habían vivido fuera: los niños correteando en la nieve, el olor de las deliciosas viandas que se preparaban en la cocina, las canciones que entonaba, desafinadas, el señor González, el trasiego de vecinos y parientes que compartían la Navidad en aquella casa… ¡Y tantas otras cosas!

—¡Qué suerte, chicas! Con lo bonita que estará la calle con tantos adornos. Y el árbol, que lucirá espléndido. ¡Ay!, ¡cómo me gustaría poder salir de este oscuro sótano!

—¡Oh!, Lucy, querida —tintineó una campanita dorada—, no pierdas la esperanza. ¡Tal vez este año te saquen de aquí!

—¡Ojalá!, ¡Es lo que más deseo en el mundo!

Todos los adornos conocían el deseo de la bombilla, pero no sabían cómo ayudarla:

—Nosotros no podemos hacer nada –susurró una de las bolas plateadas a la campanilla dorada.

—Pobre Lucy, nunca conseguirá salir de aquí —murmuró el angelito.

Todo esto lo escuchó un ratoncillo, vecino del sótano, que había salido de su escondite para ver si pillaba algo de la despensa. El ratoncillo se sintió conmovido por la pena de la bombilla y corrió a su casita, donde esperaban sus papás, los señores Roedor, y sus cinco hermanos. Les contó lo que había oído y les propuso ayudar a Lucy.

—Papá, mamá, por favor, vamos a ayudar a la pobre bombilla ¡se lo merece! Ha estado mucho tiempo ahí colgada, sola y aburrida ¡Porfi, porfi! ¡Es Navidad!

—¡Sí, mami, papi! ¡Vamos a ayudarla! –los pequeños ratoncillos se unieron a su hermano.

—Pero, hijos, ¿qué podemos hacer nosotros, unos pequeños ratones? – les contestó papá ratón.

—Pues la única forma de llevar a Lucy fuera del sótano es desenroscarla y cambiarla por otra bombilla—así habló mamá ratona, que había estado callada hasta entonces.

—¡Difícil empresa! Pero ¡lo intentaremos! –dictaminó papá ratón—. Lo primero será encontrar una bombilla que no quiera trabajar esta Navidad y ceda su puesto a Lucy.

Imaginaban que esto iba a ser un trabajo difícil, pero, aunque los ratones eran pequeños, su corazón era tan grande como un elefante y su determinación de ayudar a Lucy, firme. Así que papá ratón encargó a sus hijos que recorrieran las estanterías de los adornos y vocearan para que los oyeran bien todas las bombillas:

—¡Atención, atención!, bombillas de Navidad, ¿cuál de vosotras haría un favor a una compañera?

Las bombillas, alborotadas, preguntaban:

—¿Qué pasa? ¿Qué es ese griterío, ratones?

Cuando los pequeños les explicaron su idea para cumplir el sueño de Lucy, todas coincidieron:

—¡La bombilla Comodona! ¡No puede ser otra!

Y es que, según explicaron las otras bombillas, Comodona era la más holgazana de todas ellas. Cada año se quejaba de que la hacían trabajar demasiado en Navidad. Al empezar las fiestas, la colocaban en el árbol del salón y permanecía encendida tardes y noches, hasta que la familia se iba a dormir. Y la noche de Navidad incluso la dejaban encendida toda la noche para que Papá Noel no diera un traspiés. Comodona se pasaba todo el tiempo enfurruñada.

—¡Figuraos! –dijo una bombilla azul—, es tan comodona, que ni siquiera se ha asomado para ver qué pasa. ¡Con todo el revuelo que habéis montado!

—La iremos a despertar y seguro que acepta el cambio de mil amores —apostilló una bombilla verde.

¡Y claro que aceptó! Así, que la familia de ratoncillos y los adornos navideños trazaron el plan y cuando se lo contaron a Lucy, esta se puso tan nerviosa, que se encendía y se apagaba sin ton ni son de lo contenta que estaba.

El primer paso era desenroscar a Lucy, llevarla a la caja donde aguardaba Comodona y efectuar el cambio. Se pusieron manos a la obra. Todos a una, la familia Roedor empujó una escalera que se guardaba en el sótano y la colocaron justo debajo de Lucy. Papá ratón subió el primero, arrastrando varias cintas de espumillón. Tras él, tres de sus hijitos hicieron lo mismo y, con mucho cuidado, envolvieron la bombilla para que no se dañara.

Desde abajo, mamá ratona se encargó de dirigir la delicada operación:

—A la de tres, girad con fuerza. Una, dos y… ¡tres! ¡Otra vez! Una, dos y… ¡tres!

Cuando por fin Lucy estuvo desenroscada y acomodada sobre un gran lazo rojo de terciopelo, los ratoncillos la arrastraron hasta la caja de las bombillas. Allí fue recibida, con gran alegría, por todos los adornos, porque compartía con ellos el deseo de vivir la Navidad con la familia. Las campanitas repicaron en su honor y las bolas giraron contentas. Organizaron tal revuelo, que la gran estrella del árbol tuvo serios problemas para acallarlos.

Ahora había que transportar a Comodona, que encantada se dejaba hacer, hasta lo alto de la escalera y enroscarla para que nadie notara el cambio. Pasaría allí el invierno, sin alborotos ni ruidos, durmiendo la mayor parte del tiempo.

De nuevo, con la ayuda de los espumillones y el lazo rojo, los ratones llevaron a cabo su tarea con éxito. Solo quedaba esperar a que la familia González bajara al sótano a buscar toda la decoración navideña. Y eso fue lo que sucedió.

Después de mucho trabajo, las ventanas quedaron muy bonitas con sus guirnaldas luminosas; en las mesas se colocaron velas y plantas de Navidad; los barrotes de la escalera se adornaron con los espumillones; y el gran lazo rojo presidía la chimenea.

También fuera, la casa quedó impresionante. De la puerta pendía una corona de ramas que daría la bienvenida a todos los invitados cuando llegaran a celebrar las Fiestas; decenas de ciervos, ardillas, corderos y otros animalillos de madera, cerámica y paja quedaron esparcidos por el jardín para disfrute de los niños; cientos de bombillas de colores recorrían la fachada de la casa e iluminaban la calle casi, casi, como si fuera de día. Incluso hicieron un muñeco de nieve, que adornaron con un viejo sombrero y al que pusieron una gran zanahoria por nariz.

Pero, sin duda, el rey de los adornos era el árbol del salón, cuyas ramas llegaban hasta el techo. Era tan alto, que papá González tuvo que subirse a una escalera para colocar la gran estrella en lo alto. La familia estuvo adornándolo una tarde entera para dejarlo precioso, con sus bolas plateadas, sus campanitas y los angelitos. Y lo mejor fue cuando se iluminó con todo su esplendor.

—¡Ohhhhhh! ¡Qué bonito! –exclamaron a la vez.

¿Y a que no sabéis dónde estaba nuestra amiga Lucy? ¡Pues claro! En lo más alto del árbol la colocó papá González. Al sacarla de la caja, preguntó extrañado:

—¿De dónde ha salido esta bombilla? Es más grande que las otras ¿La recordáis del año pasado?

Mamá González sonrió divertida:

—Yo no la recuerdo… ¡Pero ya sé lo que ha pasado! ¡Ha venido aquí caminando ella sola desde otro sitio y se ha metido en la caja de las bombillas de Navidad! —dijo burlona—. Una bombilla tan valiente merece estar en lo más alto del árbol, junto a la gran estrella, para iluminarla bien.

Y así fue como se cumplió el sueño de Lucy, la modesta bombilla, que aquel año pasó los días más felices de su vida compartiendo con el resto de adornos la alegría que llenaba el hogar de los González.

¿Y qué fue de los Roedor? La familia al completo, escondida bajo el sofá, observaba orgullosa y feliz el resplandor que desprendía Lucy. Ellos, mejor que nadie, sabían que no hay nada más bonito en Navidad que ayudar a cumplir los sueños de los demás.

FIN

El Pequeño Marinero y la rosa triste

A nuestro amiguito Mario, el Pequeño Marinero, lo arrojó a la orilla de la playa Grande de Isla Imaginada una gran ola una noche de tormenta. En este último año, Mario se ha convertido en un jovencito intrépido y aventurero. ¡Nada le da miedo! Ha convencido a Popeye, el Marino, para que lo lleve con él a explorar el mundo, mejor dicho, los océanos, y prepara con mucho entusiasmo su primer largo viaje.

Hace unos días, estaba muy atareado haciendo el equipaje cuando llamó a la puerta su vecino el conejito, un chismoso de cuidado que se pasa el día dando vueltas por el barrio para luego llevar las novedades a unos y otros.

—¡Ehhh! ¡Mario, vecino!, ¿quieres saber qué pasa en el prado del granjero Pepe?

El Pequeño Marinero, un poco enfurruñado con el conejo por haber interrumpido su tarea, contestó:

—Mira, conejito, ahora estoy muy ocupado, vuelve otro rato.

—¡Ohhhh, qué pena! Te quedarás sin saber por qué la rosa no hace más que llorar…

—¿Que la rosa está llorando? ¿Por qué? —A Mario le picó la curiosidad.

La rosa es una preciosa flor que solo vive en los prados de Isla Imaginada, su perfume es único, dulce como una gominola, y sus pétalos suaves como terciopelo.

—¡Si no vienes, no lo sabrás! ¡Vamos! —apremió el conejito.

Mario dejó el equipaje a medio hacer y siguió al conejo.

Faltaba poco para llegar al prado del granjero Pepe, cuando empezaron a oír los tristes lamentos:

—¡Ayyyyyy! ¡Pobre de mí! ¡Nadie me puede ayudar!

La pobre rosa lloraba resignada; las lágrimas caían de sus pétalos como si de rocío se tratara.

Mario y el conejito se acercaron curiosos y, preocupados, se sumaron al círculo que alrededor de la triste rosa habían formado varias familias de hormigas, dos lagartijas, un pato y tres gallinas. En silencio, contemplaban el rosal del que brotaba una única rosa, aún un capullo, del color rojizo del cielo cuando el sol se va a dormir.

—¡Ayyyyyyyyyy! –seguía quejándose la flor.

El Pequeño Marinero se sintió conmovido con su tristeza y le habló así:

—A ver, preciosa rosa, ¿por qué estás tan triste? ¿Cuál es la pena que te aflige?

—Nadie me comprende, marinerito ¡No sabéis la suerte que tenéis todos los que aquí estáis! Nadie me puede ayudar —replicó la rosa.

—Explícate, pues, amiga. Si no compartes con nosotros lo que te apena, seguro que no podremos ayudarte. ¡Cuéntanos!

—Está bien. Veréis, me gusta mucho ser flor. Sé que mi perfume os encanta, que gozáis con mi belleza y, al pasar por mi lado, procuráis no pisarme. Si la tierra está seca, me regáis y cuando el invierno llega y me voy a dormir, esperáis con ansia a que brote de nuevo anunciando la primavera. Pero yo os envidio a vosotros porque sois libres. Vais de un lado a otro cuando queréis. El conejo salta por el prado; el pato se baña en el estanque; las hormigas entran y salen de su hormiguero; las gallinas se pasan el día picoteando de aquí para allá, cacareando; y las lagartijas buscan el sol para calentarse. Sin embargo, yo estoy atada a la tierra. Llueva o haga sol no puedo moverme. No conoceré jamás otras tierras que no sean las que veo a mi alrededor. No puedo ir de visita a otras granjas ni buscar refugio para las tormentas ¿Por qué las flores no tenemos patas? ¡Ayyyyyyyyyyyyy!

Ni los animalitos allí reunidos ni y el Pequeño Marinero supieron qué decirle a la rosa triste. Jamás se les hubiera ocurrido que una flor tan hermosa pudiera ser tan desgraciada y sabían que era muy difícil poder ayudarla.

Mario la comprendía perfectamente, él mismo estaba deseando salir de su país, Isla Imaginada, para conocer otros mundos. No quería rendirse y habló por todos:

—Amiga rosa, ¡te vamos a ayudar! Esta noche consultaremos con la almohada y encontraremos una solución para que no te sientas triste nunca más. ¡Mañana vendremos a verte!

Cuando se hubieron alejado lo suficiente para que la flor no los escuchara, los animalitos, alborotados, replicaron a Mario:

—Pero, Pequeño Marinero, ¡es imposibleeeeee ayudar a la rosa! –se lamentaba el conejito fisgón.

—¡Coc,coc, coc!, las flores no tienen patas ¡Es imposible! –cacareaban las gallinas.

—¡Vaya lío!, ¡vaya lío! —repetían hormigas y lagartijas.

—¡Cuac, cuac! ¿Qué le diremos mañana a la rosa triste? —apostilló el pato.

Pero Mario estaba convencido de que, entre todos, encontrarían el modo de ayudar a la flor.

—No seáis pesimista, procurad poner todo vuestro empeño e inteligencia en encontrar una solución. ¡No podemos consentir que la rosa siga tan triste! Así, que ¡a pensar! Mañana temprano nos reunimos aquí.

La noche fue larga. Poco a poco, cansados de tanto cavilar sin hallar solución, el sueño los fue venciendo a todos… A todos menos a Mario, que seguía dando vueltas, pensando y pensando, hasta que, rendido y con los pies doloridos de tanto andar arriba y abajo, se sentó en su sillón favorito para quitarse sus botas marineras. Al quitarse la izquierda, observó que en la suela había quedado pegado un pequeño terrón de tierra; de él sobresalían, por un extremo, las hojas de una pequeña plantita de hierba y por el otro, las raíces.

—¡Viva, viva!¡Encontré la solución! —El Pequeño Marinero brincaba contento porque ya sabía cómo ayudar a la rosa triste.

A la mañana siguiente, se reunieron como habían convenido. Los animalitos desanimados, porque no habían sido capaces de dar con solución alguna y Mario muy contento, porque tenía un plan.

—Escuchad, ya sé lo que haremos, es muy sencillo: arrancaremos el rosal, que es la casa de la rosa, con mucho cuidado para no dañar las raíces, y lo plantaremos en un recipiente donde quepa suficiente tierra para alimentar a la rosa; yo la regaré cada día para que esté siempre fresca.

—Pero, Mario, la rosa lo que quiere es ver otros paisajes y moverse como si tuviera patas —argumentó el conejito.

—¡Y lo hará! ¡Vaya si lo hará! La llevaré conmigo en mis viajes en el barco de Popeye. ¡Allí dónde yo vaya, irá ella también! ¿Qué os parece?

Los animalitos estuvieron de acuerdo en que era una magnífica idea y corrieron a explicarle a la rosa el plan.

—¡Qué gran idea! ¡Me encantará viajar contigo Pequeño Marinero!, aunque me da miedo que podáis hacerme daño al arrancarme de la tierra —dijo la rosa preocupada.

Entre todos la convencieron de que no sufriría ningún daño y aquella misma mañana empezaron la tarea de buscar un recipiente adecuado, que se convertiría en el nuevo hogar de la rosa. Se les ocurrió ir a ver a la Pequeña Hada, siempre dispuesta a ayudar en lo que fuera, y ella, generosa, les regaló un gran cubo de latón casi nuevo que ellos se encargaron de convertir en una linda casita. Las lagartijas lo pintaron con sus rabitos y las gallinas hicieron agujeritos para el agua sobrante con sus piquitos.

Mientras, las hormigas, el conejo y el pato, con gran cuidado para no dañar las raíces, se atareaban en sacar el rosal de la tierra. Las hormigas excavaron túneles alrededor de la planta y el conejo y el pato sacaron la tierra despacito. Una vez libre, Mario, con mimo, colocó la planta en el cubo que les había regalado la Pequeña Hada, que, pintado de colorines, había quedado precioso.

Cuando el trabajo estuvo terminado, cansados pero contentos, vieron que la rosa lloraba, pero ahora de alegría.

—¡Gracias a todos, amigos, al fin podré ver mundo!

Ahora, el Pequeño Marinero y la rosa son inseparables. Los dos están muy ilusionados y deseando emprender su primer largo viaje. Han decidido que allí adonde vayan, la rosa viajera dejará su simiente para que nazcan nuevas rosas y sean admiradas por su belleza y aroma. Gracias a la generosidad de los animalitos y al ingenio del Pequeño Marinero, en todos los jardines del mundo se podrá contemplar la más hermosa de las flores: la rosa de Isla Imaginada.

FIN

Nita y Gus

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Ilustración: Belette Le Pink

En la huerta de Manuel y Luz, el rey de los árboles era el gran manzano. Daba frutos deliciosos que eran recolectados cada otoño y  acababan en el mercado del pueblo para deleite de todos los que los probaban.

Faltaba un mes para la recolección y las ramas del gran árbol lucían llenas de cientos de manzanas que, día a día, se iban tornando de verdes en rojizas a la vez que iban engordando.

En una rama escondida colgaba una pequeña manzana, más chica que sus hermanas. Vivía feliz  en una huerta tan linda, le gustaba ver amanecer desde su rama y el olor a tierra mojada después del chaparrón. Su tamaño no le importaba mucho y  le daba igual que las otras manzanas se burlaran de ella:

—No llegas ni a manzanita. ¡Te llamaremos Nita! Ja, ja, ja, ja.

—¡No vas a servir ni para hacer una papilla!

—¡Ya!, ni hablar de un buen pastel o una macedonia!

—¡Puaffff! ¡Irás a parar al comedero de los cerdos!

Un día Nita empezó a sentir unas cosquillas en su tripa. Primero fue un hormigueo muy suave, luego se hizo más fuerte y no podía dejar de reír.

—Ja, ja, ja, ja, ja.

Las manzanas de su alrededor la miraban extrañadas hasta que la tenía más cerca soltó un grito mirándola muy seria:

—¡Nita!, ¿no te das cuenta? En verdad eres boba. ¡Tienes un gusano en la tripa! ¡Si no te libras de él, te comerá entera!

Nita, sorprendida, descubrió en su barriguita un pequeño agujero del que asomaba la cabeza de un gusanito, con dos ojos brillantes y una sonrisa amable.

—¡Oh!, perdona pequeña manzana, buscaba un hogar donde refugiarme, pronto comenzará a helar por las noches y me has parecido muy confortable, tan pequeña y  tan dulce. Pero si quieres que me vaya, buscaré otra manzana. ¡Aquí hay muchas!

Las otras manzanas que estaban muy atentas protestaron:

—¡Ni hablar! ¡Quédate con Nita! De todas maneras, ella no sirve para ir al mercado.

La pequeña manzana se sintió halagada de ser la elegida, ella no vio al gusano como un enemigo y le propuso:

—Amigo gusano, si me prometes que vivirás conmigo sin hacerme daño y que no me molestaras, dejaré que pases a mi lado el invierno.

Las demás manzanas comenzaron a reír a carcajadas:

—Ja, ja, ja…. ¡Pasar el invierno, dice! ¡Eso no hay manzana que lo resista! Cuando llegue el frío, no quedarán ni frutos ni hojas.

A Nita no le importaba lo que dijeran las demás, ella estaba muy contenta de haber encontrado un amigo, alguien que la valoraba y que quería vivir con ella.

Así que firmaron un pacto de amistad y Gus, que ese era el nombre del gusanito, se convirtió en su amigo y defensor.

Nita y Gus pasaban los días muy entretenidos. Gus salía por las mañanas y traía las novedades de la huerta: que si las lechugas andan frescas, que si las gallinas han puesto poco, que si el gato cazó un ratón…

Y llegó el día de la recolecta. Manuel y Luz se pusieron a la tarea de llenar grandes cestos con todas las manzanas en buen estado para poder venderlas.

Cuando Manuel hubo puesto en el cesto todas las vecinas de Nita, fijó su mirada en ella y dijo a Luz:

—Esta la dejo, es muy pequeña y, además, tiene gusano.

Y allí se quedaron, Nita y Gus, solos en el gran manzano.

Los días eran cada vez más fríos y cuando el aire soplaba, las hojas del árbol volaban por doquier e iban formando a los pies del árbol una alfombra mullida.

Gus, que era más espabilado y tenía más mundo, se dio cuenta de que uno de esos golpes de viento haría caer a su amiga al suelo e ideó un plan.

Se pasó dos días enteros trabajando sin parar a los pies del árbol, primero excavó un hoyo, poquito a poco —hay que tener en cuenta que era un gusano muy pequeño—, y, después, lo rellenó con las hojas caídas, hasta que quedó satisfecho con la tarea realizada:

—¡Sí señor! ¡Me ha quedado un colchón magnífico!

Y volvió a instalarse con Nita.

—Gus, ¿qué has estado haciendo tanto tiempo ahí abajo? ¡Ya estaba preocupada!

—No has de temer nada, ya me he ocupado yo de todo.

La inocente Nita no sabía bien de qué hablaba su amigo, pero confiaba en él y se quedó tranquila.

El día siguiente amaneció otoñal, con oscuras nubes cargadas de agua y fuerte viento.

—¡Fiuuuuuuuu! ¡Fiuuuuuuuuu! —Soplaba.

Gus le decía a Nita:

—¡Agárrate fuerte, amiga, y no tengas miedo!

Y entonces, un gran remolino envolvió el manzano y Gus y Nita se precipitaron contra el suelo.

Pero como el gusanito bien había previsto, fueron a caer en la cama que tanto trabajo le había costado hacer.

Allí quedaron, bien tapados y calentitos, porque Gus se encargó de ir aportando tierra nueva y hojas limpias para que Nita no pasara frío y así durmieron todo el invierno, abrazados.

Tan bien estaban, que al llegar los primeros días cálidos y las lluvias primaverales a Nita comenzaron a salirle pequeñas raíces que fueron afianzándola en la tierra y, con el andar de los días, hasta ramitas y hojas, que buscaron la luz del sol y se convirtieron en promesa de una nueva planta.

En un paseo por la huerta, Luz observó el pequeño árbol que empezaba a crecer a los pies del gran manzano y con la ayuda de Manuel, cuidando de no estropear ramas ni raíces, lo trasplantaron a una suave colina donde siempre lucía el sol y con unas vistas excelentes del lugar. ¡El mejor rincón de la finca!

Así fue como la pequeña manzana, ayudada por su amigo el gusanito, llegó a convertirse en un magnífico manzano que, con el correr de los años, llenó muchísimos cestos de deliciosos frutos y ofreció plácidas horas de descanso a su fresca sombra a los hijos y nietos de Luz y Manuel.

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Ilustración: Belette Le Pink

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Nita y Gus» con la voz de Angie Bello Albelda

Un cuento de plata y arena

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Ilustración: Clara Bailo, El niño de luz de plata

«Un amigo —pensó Najib— no es alguien de quien quieres algo, sino alguien para el que quieres lo mejor».
El niño de luz de plata.

Esta entrada está dedicada a todos los refugiados saharauis de los campos de Tinduf (Argelia).

A veces suceden cosas. Y aquella tarde sucedió algo. Entonces parecía nada, ahora parece un universo.

Los niños del club de lectura de Farsía, capitaneados por la maestra Enguía Ubud, siempre fueron muy especiales…

…los niños lectores de Farsía, no contentos con leer —más bien devorar, libros y libros; tantos, que tenían al Bubisher exhausto—, un día quisieron recomponer la cancioncilla «Mano con mano»; un regalo de Mehdi, un músico genial, un cantor del pueblo.

La melodía era breve y el estribillo se repetía una y otra vez. Pero Enguía la entonó, despacio, marcando las sílabas lentamente, con su aterciopelada voz infantil. Y luego, a ella, se unieron las voces de los niños y niñas, y nació lo que hoy es un auténtico himno.

Poco después, una tarde de otoño, Tuttu me preguntó curiosa:

—¿Cómo se escribe un libro?

Al mirar sus oscuros ojos comprendí que lo preguntaba de verdad, tal vez porque por un agujerito de gusano había visto el futuro. Yo le repliqué que era fácil, que bastaba con seguir el hilo.

—Escribir —dije— es, en realidad, «escrivivir». Basta con una buena primera frase, y después solo hay que dejarse llevar.

—Cuál, por ejemplo —preguntó Tuttu.

—No sé… —contesté.

Pero al levantar los ojos hacia el cielo buscando inspiración, vi la luna imponente que acompaña la vida de los refugiados saharauis desde hace cuarenta años: la luna de Tinduf, distinta a todas las lunas que pueden contemplarse desde nuestras tristes ciudades, y dije:

«Una noche, de la Luna bajó una escalera de plata…».

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Ilustración: Clara Bailo, El niño de luz de plata

No hizo falta más. Mi libreta empezó a echar humo. El club de lectura al completo se puso a argumentar: quién vio la escalera de plata, quién subió o bajó por ella… Y yo lo iba anotando todo, asombrado, porque aquel grupo de niños de Farsía actuaba como un cerebro único.

Así nació El niño de luz de plata, Najib, el chico listo que se hace amigo de un hijo de la Luna.

Lo probamos en las escuelas. Yo contaba el cuento de los niños de Farsía y Clara Bailo, con la ayuda de un kamishibai  dibujaba ante los ojos asombrados de los escolares —¡oh, milagro!—, todo lo que yo iba contando.

Ahora, casi seis años después, esos niños son ya jóvenes que viven su propia vida, pero sus ideas, aquella catarata de pequeños sucesos ha cristalizado y ahora es un libro. Un libro hermoso escrito en dos lenguas: árabe y castellano. Un libro que para no ser ni occidental ni árabe, sino de todos, se abre en vertical.

Y gracias a este libro nacerá una biblioteca en Dajla, el campamento más alejado, más olvidado, menos poblado. En el que, sin embargo, los niños esperan impacientes una caricia del destino. Y la tendrán. Tendrán una biblioteca en la que leer, pintar, reírse, enamorarse. Será libro a libro, granito a granito, del mismo modo que la arena forma las grandes dunas. Y SERÁ con tu ayuda.

Ahora nos lees, pero pronto tendrás en tus manos, bajo tus ojos, una historia hermosa en la que no hay ningún deseo de dar pena, de reclamar nada. O quizá sí, la VIDA. Con sus momentos mágicos y con sus momentos terribles. Con su dolor y su ternura. Porque el final, tan dulce, me lo susurró al oído Minetu, una de aquellas niñas del club de lectura de Farsía:

«Y de la escalera cayó…»

Y al caer halló una mano extendida…

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Ilustración: Clara Bailo, El niño de luz de plata

Para capturar una lágrima, o quizá para estrechar otra mano, la tuya.

No pongas FIN a esta historia.

Contribuye con tu pequeño granito de arena* a que la construcción de la biblioteca de DAJLA se haga realidad.

Pide tu ejemplar a Pilar Segura ( pseguratorres@hotmail.com  *10 € + gastos de envío)

Los cuatro dragones

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Ilustración: Gemma Font

Al principio de los tiempos, sobre la Tierra, no había ríos, ni lagos, únicamente existían las aguas del mar del Este, custodiadas por cuatro dragones: el dragón Largo, el dragón Amarillo, el dragón Negro y el dragón Perlado.

Un día, los cuatro dragones decidieron explorar el mundo, emergieron de las profundidades  marinas y  volaron hacia el cielo.

En las alturas, planearon con el viento, se persiguieron riendo y se divirtieron, hasta que, de pronto, el dragón Perlado refrenó su vuelo y rugió señalando hacia la Tierra:

—¡Mirad!

Sus compañeros se acercaron y, escondidos entre las nubes, dirigieron la vista hacia donde les indicaba su amigo.

Abajo, sobre la superficie, vieron una multitud de gente afligida que quemaba incienso, hacía ofrendas y suplicaba:

—Dios del cielo, envíanos agua para que no muramos de sed.

—Dios del cielo, danos agua para que no mueran nuestras cosechas.

Los cuatro dragones contemplaron los cuarteados campos de arroz, que ya hacía tiempo que se habían bebido hasta la última gota de agua; la verde hierba, que agachaba sedienta su marchita cabeza; y los árboles, desnudos de sus hojas, como tristes esqueletos abrasados por el sol. Hasta donde la vista alcanzaba, solo se veía un desolado paisaje, amarillo y adusto. Hacía demasiado que no llovía.

—Esa gente es piel y huesos —dijo el dragón Amarillo—. Morirán pronto si no llueve.

—Deberíamos ir a contarle al Emperador de Jade que la Tierra está sedienta —sugirió el dragón Largo—.  Ya es hora de que envíe lluvia.

Estuvieron todos de acuerdo y emprendieron el largo camino que conducía al Palacio Celestial, la morada del Augusto de Jadeel dios del cielo.

Molesto al verlos llegar, el todopoderoso Emperador, gruñó irritado:

—¿Cómo os atrevéis a presentaros ante mí sin ser convocados? ¡No permitiré que alteréis mi descanso! ¡Regresad al mar al instante!

—Gran Emperador, perdonad nuestra intromisión, pero debéis saber que la Tierra se muere. No llueve desde hace mucho, las cosechas se están secando y la gente tiene hambre y sed. ¡Enviad lluvia, por favor! —rogó el dragón Largo.

—Mañana, mañana… Mañana enviaré lluvia a la Tierra. Vosotros volved al mar —refunfuñó con desgana el Emperador, mientras con un suave balanceo de su mano derecha indicaba a los dragones que se alejasen de su presencia.

Durante los siete días siguientes, los cuatro amigos miraron esperanzados el cielo, pero ni una gota cayó.

Cada vez más débil y triste, la gente sobrevivía comiendo hierba seca, masticando tierra y lamiendo el rocío que la noche depositaba sobre las piedras.

Estaba claro que al Emperador de Jade, los humanos no le importaban. Solo pensaba en su propio bienestar y placer. Los cuatro dragones estaban apenados.

De pronto, mientras observaba apesadumbrado el mar del Este, al dragón Largo se le ocurrió una idea:

—¿Qué os parece si nos llenamos la boca con agua de mar y la lanzamos sobre la Tierra desde el cielo? Caerá como lluvia y así tal vez podamos salvar las cosechas para que la gente pueda comer.

A sus compañeros les pareció una idea brillante. Se apresuraron a llenar sus bocas de agua, alzaron el vuelo para alcanzar las nubes y, desde allí, la arrojaron.

Repitieron la misma operación muchas veces para pulverizar agua de mar,  que caía en forma de generosa lluvia, sobre la reseca Tierra.

—¡Llueve! ¡Llueve! —gritaban con alegría los niños chapoteando en los charcos.

—¡Llueve!, ¡Llueve! —gritaban los adultos dando gracias al cielo.

En los campos de arroz se formaron riachuelos y los pequeños brotes sedientos empezaron a reverdecer.

En la Tierra, renacía la vida.

Las oraciones de agradecimiento llegaron a oídos del Emperador de Jade que, furioso, comprendió que los cuatro dragones habían desobedecido.

Ordenó a sus emisarios que capturasen a los transgresores y los condujeran ante él:

—Vuestra osadía os costará cara. Os condeno al encierro eterno —Decretó airado.

Y, seguidamente, pidió al dios de las montañas que sobre cada uno de los dragones elevara una cordillera, de manera que jamás pudieran liberarse.

Los dragones quedaron atrapados para siempre bajo elevados montes, sin embargo, no renunciaron a ayudar a los humanos.

Para poder salir de su encierro, se convirtieron en caudalosos ríos, atravesaron su cárcel de rocas y, antes de regresar a su hogar en el lejano mar, bañaron las tierras por las que iban transcurriendo, hasta convertirlas en fértiles vergeles.

De este modo, nacieron los cuatro grandes ríos que, hasta hoy, dan de beber a la China: el Hēilóngjiāng o Amur, del dragón Negro; el Huáng Hé o río Amarillo, del dragón Amarillo; el Yangtsé o Cháng Jiāng, del dragón Largo;  y el Zhū Jiāng o Río de las perlas, del dragón Perlado.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Los cuatro dragones» con la voz de Angie Bello Albelda

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Mediopollo

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Ilustración: Yolanda Cabrera

Había una vez una robusta gallina española que empolló una bonita y numerosa familia. Todos sus pollitos eran graciosos y finos, excepto uno, que resultó ser solo un medio pollo. Tenía un solo ojo, un ala, una pata, media cabeza y medio pico.

—¡Qué atrocidad! —cloqueó mamá gallina—. ¡Mi benjamín es solo un medio pollo! ¡Jamás servirá para nada!

Pero por raro que parezca, Mediopollo estaba muy lejos de ser un inútil; brincaba de un lado para otro sobre su única patita y se mostraba mucho más valiente y audaz que sus hermanos. Pero era también muy orgulloso y difícil de complacer, por lo que mamá gallina no se sintió excesivamente triste, cuando, un día, Mediopollo le dijo:

—Estoy hasta la media cresta de este viejo corral. ¡Me voy a Madrid a ver al rey!

—Solo eres un medio polluelo tonto —lo regañó mamá gallina—. Incluso un gallo hecho y derecho lo pensaría dos veces antes de emprender un viaje como ese.

—De todas maneras, voy —se obstinó Mediopollo—. Nada gano quedándome en este miserable gallinero contigo y con los demás. Yo soy especial y cuando llegue a Madrid, el rey me dará un corral para mí solo. Cuando esté instalado, tal vez os invite a pasar unos días conmigo.

—Vete, pues —contestó mamá gallina—. Pero no olvides ser amable y educado con todo el mundo y quizá tengas suerte, aunque no seas más que un medio pollo.

—¡Ya veremos! —exclamó Mediopollo y se alejó, dando rápidos brinquitos sin mirar hacia atrás ni una sola vez.

Al poco, llegó a un arroyo, cubierto de hierbas.

—¡Mediopollo, ayúdame, por favor! —suplicó el agua del riachuelo—. Saca estas hierbas que me aprisionan para que pueda correr libremente.

—¿Que te ayude? —contestó enojado Mediopollo—. ¿Crees que no tengo cosa mejor que hacer, que perder mi tiempo sacando hierbas? ¡Voy a Madrid a ver al rey!

Y, renqueando, se alejó.

Encontró, más tarde, una hoguera que alguien había encendido, pero cuyas llamas eran ya tan débiles que no tardarían mucho en extinguirse por completo.

—¡Por favor, ayúdame, Mediopollo! —imploró el fuego de la hoguera—. ¡Lánzame unas ramas o me ahogaré en unos minutos!

—¿Que te ayude? —Se indignó Mediopollo—. ¿Crees que no tengo nada mejor que hacer, que perder mi tiempo lanzándote ramas? ¡Voy a Madrid a ver al rey!

Y dando la espalda a la hoguera siguió su camino.

A la mañana siguiente, pasó junto a un enorme nogal en cuyas ramas se había enredado el viento.

—¡Por favor, ayúdame a desenredarme de estas ramas que me atrapan, Mediopollo! —rugió el viento.

—¿Que te ayude? —gritó furioso Mediopollo—. ¿Crees que no tengo nada mejor que hacer, que perder mi tiempo liberándote? ¡Voy a Madrid a ver al rey!

Continuó dando brincos con su única patita y a primera hora de la noche llegó a Madrid. Sin perder ni un minuto, se dirigió al Palacio Real.

—Esperaré aquí afuera —murmuró para sí—.  Seguro que el rey no tardará en salir a recibirme como merezco.

Pero mientras recorría los jardines esperando, se asomó el cocinero real por la ventana de la cocina y al ver a Mediopollo, exclamó:

—¡Qué casualidad! El rey acaba de pedirme consomé de pollo para la cena.

Bajó corriendo el cocinero, atrapó a Mediopollo por su única ala y lo arrojó a la olla que tenía ya preparada sobre el fuego.

—¡Agua, agua! —suplicó Mediopollo, desesperado—. ¡Apiádate de mí y no me mojes tanto!

—¿Apiadarme, Mediopollo? —contestó el agua—. ¿Por qué, si tú no quisiste ayudarme cuando yo era arroyo que corría por el campo?

Al poco rato, dentro de la olla hacía un terrible calor y Mediopollo gritó:

—¡Fuego, fuego, por favor, no ardas tanto que me quemas con tu calor!

—¿Qué no arda, Mediopollo? —contestó el fuego—. ¿Por qué, si cuando estaba a punto de morir en el bosque me diste la espalda?

De pronto, el cocinero levantó la tapa de la olla y al ver que solo era un medio pollo lo que hervía dentro, exclamó:

—¡Qué barbaridad, un medio pollo! ¡Esto no sirve para el consomé del rey!

Y sacándolo de la olla, lo arrojó por la ventana justo en el momento en que pasaba el viento.

El viento levantó en volandas a Mediopollo. Lo agitó de aquí para allá, y de allá para acá, sobre tejados y azoteas, como si fuera una pluma.

—¡Viento, viento! —suplicó Mediopollo—. ¡Por favor, no me sacudas así!

—¿Qué no te sacuda, Mediopollo? —contestó el viento—. ¿Por qué, si no me ayudaste cuando me enredé en el nogal?

Y con toda su furia, el viento lo elevó hasta un tejado y lo dejó clavado en la punta, donde todavía sigue.

Si vas a Madrid fíjate bien, porque verás a Mediopollo sobre su única pata, con una sola ala, un ojo, media cabeza y medio pico. ¡La veleta más alta de toda la ciudad!

FIN

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Los dos reyes de Gondar

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Ilustración: Blasterkid

Era un día como los de antaño… y un pobre campesino, tan pobre, que no tenía más que la piel sobre los huesos y tres gallinas que picoteaban algún grano de teff que hallaban en el polvoriento suelo, estaba sentado a la entrada de su vieja cabaña como cada atardecer. De súbito, en la lejanía divisó a un cazador montado sobre su caballo que se acercaba galopando.

Al llegar frente a su casa, el forastero refrenó la montura, se acercó a él, desmontó y le dijo:

—Paz para ti en esta tarde, me he perdido en la montaña y estoy buscando el camino que conduce a la ciudad de Gondar.

—¿Gondar? Gondar está a dos días de camino de aquí —le contestó el campesino—. Pero el sol ya se está poniendo y sería más sensato que pasaras aquí la noche y te marcharas bien temprano mañana por la mañana.

El cazador aceptó la oferta y el campesino eligió la más hermosa de sus tres gallinas y con ella preparó un guiso para agasajar a su invitado.

Después de cenar juntos, pero sin apenas hablar, el campesino le cedió su cama al cazador para que pudiera descansar y él se acostó en el suelo, junto al fuego.

Al día siguiente, poco antes de amanecer, cuando el cazador se hubo levantado, el campesino le explicó cómo llegar hasta Gondar:

—Debes adentrarte en el bosque hasta dar con un río, que deberás cruzar montado en tu caballo, pero con mucho cuidado de no desviarte hacia la parte más profunda, la cual reconocerás porque en ella hay unas rocas muy grandes; acto seguido, toma el camino de la izquierda, el que bordea el precipicio y sigue hasta desembocar en una carretera muy ancha y después…

El cazador, que escuchaba con atención, repuso:

—Creo que volveré a perderme. No conozco esta región… ¿Tú podrías acompañarme hasta Gondar? Podrías montar tras de mí en el caballo…

—De acuerdo —dijo el campesino—, pero con una condición: cuando lleguemos allí, me dirás adónde debo dirigirme para poder conocer al rey. ¡Me haría tanta ilusión verlo! ¡Aunque fuera desde lejos!

—No hay problema en eso. Lo verás. ¡Te lo prometo!

El campesino cerró la puerta de su cabaña, montó en el caballo detrás del cazador y emprendieron la marcha.

Pasaron horas y horas atravesando montañas y montañas y bosques y ríos… y, después, pasó otra noche entera más.

Si atravesaban caminos sin sombra, el campesino abría su sombrilla negra y los dos se protegían del sol. Si pasaban por lugares fríos, se cubrían los dos con la misma manta vieja que el campesino había tenido la precaución de llevar consigo.

Cuando al fin divisaron la ciudad de Gondar recortada sobre el horizonte, el campesino le preguntó al cazador:

—¿Cómo se reconoce a un rey?

—No te preocupes, es muy fácil: cuando todo el mundo hace lo mismo, el rey es aquel que hace las cosas de forma diferente. Solo tienes que observar qué hace la gente que te rodea y lo reconocerás de inmediato.

Poco después, los dos hombres llegaron a la ciudad y el cazador enfiló el camino hacia palacio.

Al llegar a la entrada, se encontraron con muchísima gente que hablaba y se contaba historias, hasta que vieron a los dos jinetes sobre el caballo; entonces todos guardaron silencio, se apartaron para dejarles el paso libre y se fueron arrodillando a medida que pasaban ante ellos.

El campesino no entendía nada. Todo el mundo estaba arrodillado, excepto el cazador y él, que montaban el corcel.

—¿Dónde estará el rey? —preguntó el campesino— Mira a la gente… Debe andar cerca, pero yo no lo veo.

—Ahora entraremos en el palacio y lo verás. ¡Te lo aseguro!

Y los dos hombres entraron en el recinto del palacio montados en el caballo.

El campesino estaba inquieto. Veía de lejos una larga fila de gente y de guardias montados a caballo que los esperaban ante las puertas de entrada.

Al pasar delante de ellos, los guardias desmontaron y solo ellos dos siguieron sobre el caballo.

El campesino se empezó a poner nervioso:

—Me dijiste que cuando todo el mundo hiciera lo mismo… Pero sigo sin saber quién es el rey…

—Paciencia. Ya lo reconocerás. Tu solo recuerda que cuando todo el mundo hace exactamente lo mismo, el rey es el que actúa diferente al resto.

Los dos hombres desmontaron y entraron juntos a una inmensa sala del palacio. Nobles, cortesanos y consejeros reales, todos a una, se sacaron sus sombreros e hicieron una genuflexión cuando los vieron. Todos se quedaron con el sombrero en la mano, excepto el cazador y el campesino.

El campesino, entonces, se acercó al cazador y murmuró en su oído:

—Aún no sé quién es el rey…

—No seas impaciente —lo interrumpió el cazador—, acabarás por reconocerlo. Ven, siéntate conmigo.

Y ambos se instalaron en un amplio y cómodo sillón mientras toda la gente que había allí seguía de pie.

El campesino, cada vez más inquieto, empezó a observar con atención todo lo que lo rodeaba. Se giró hacía el cazador y le preguntó:

—Vamos a ver… ¿Quién es el rey?, ¿eres tú o lo soy yo?

El cazador se echó a reír y contestó:

—El rey soy yo, pero tú también eres un gran rey porque supiste acoger en tu casa a un extranjero que necesitaba ayuda y lo trataste bien.

Y desde entonces, el campesino y el cazador conservaron su amistad durante toda su vida.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Los dos reyes de Gondar” con la voz de Angie Bello Albelda

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El pollito que llegó a rey

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Ilustración: snake-silent

Érase una vez un pollito muy chiquitín, muy chiquitín que vino al mundo siendo ya huérfano, y lo primero que dijo al romper el cascarón fue:

—¡Qué injusticia! ¡Mis papás han tenido que morir de hambre y el rey les debía un grano de maíz!

Estaba muy triste, pero el valeroso pollito se enjugó las lágrimas, descolgó el zurrón de su difunto padre, se puso la bufanda de su difunta madre  y, anda que te anda, se dirigió hacia la capital decidido a cobrar la deuda.

Apenas había andado media docena de pasos, cuando en medio del camino encontró un palo que lo hizo tropezar y caer.

El pollito se levantó se sacudió el polvo y dijo:

—¡Hola, Palo!, he tropezado contigo. No te había visto.

—¿Adónde vas? —le preguntó el palo.

—A la ciudad, a cobrar un crédito de mis difuntos padres —contestó.

—Vamos juntos —dijo el palo.

El pollito cogió el palo y lo metió en el zurrón.

Anda que te anda, topó con un gato que, al verlo, exclamó:

—¡Oh!, un dulce pollito ¡Qué bocado más tierno!

—No valgo la pena —replicó el pollito—,  tengo poca carne.

—¿Adónde vas? —preguntó el gato.

—Voy a cobrar un crédito de mis padres.

—Pues voy contigo —dijo el gato—. Tal vez encuentre por el camino algo bueno para comer.

El pollito cogió al gato y lo metió en el zurrón.

Poco después, encontró a una hiena que le preguntó:

—¿Adónde vas con ese zurrón?

—Voy a ver al rey para cobrar un crédito de mis padres —explicó el pollito.

—Me gustaría conocer la ciudad. ¡Vayamos juntos! —dijo la hiena.

El pollito cogió a la hiena y la metió en el zurrón.

Anda que te anda, topó con un fiero león.

—¿Adónde vas pequeño pollito? —rugió la fiera.

—A cobrar un crédito de mis difuntos padres.

—Vamos allá juntos —dijo el león.

El pollito cogió al rey de la selva y lo metió en el zurrón.

Encontró después a un elefante que estaba hartándose de plátanos.

El elefante le preguntó alegremente:

—¿Adónde vas, chiquitín?

—A cobrar un crédito de mis difuntos padres.

—¡Pues vayamos juntos! —exclamó el paquidermo.

El pollito cogió al elefante y lo metió en el zurrón.

Anda que te anda, encontró a un guerrero, que le preguntó:

—¿Adónde vas con ese zurrón tan pesado?

—Voy a cobrar una deuda.

—¿A casa de quién? —preguntó el guerrero.

—Al palacio del rey —contestó el pollito.

—Pues iremos juntos —dijo el guerrero.

El pollito lo cogió y lo metió en el zurrón.

Por fin, cargado con su zurrón, llegó a la ciudad donde vivía el rey. La gente corrió a anunciar al soberano que el pollito había llegado y que pretendía cobrar el crédito de sus difuntos padres.

—Haced hervir un caldero de agua, que echaremos a ese insolente polluelo dentro y haremos un buen caldo con él, así no tendremos que pagar la deuda.

El hijo del monarca se puso a gritar:

—¡Yo haré el caldo! ¡Yo haré el caldo!

Cuando el pollito vio que se acercaba el príncipe, le dijo al palo:

—¡Palo, ahora es la tuya!

El palo hizo tropezar y caer al hijo del rey, que derramó el agua y quedó escaldado.

La gente de la ciudad dijo entonces:

—Hay que encerrarlo en el gallinero con las gallinas; ellas lo matarán a picotazos.

Pero el pollito sacó al gato del zurrón y le dijo:

—¡Te devuelvo la libertad!

El gato mató a todas las gallinas, cogió la más gorda y se escapó con su botín.

La gente dijo entonces:

—¡Que lo encierren en el establo con las cabras; allí lo pisotearán!

El pollito dijo entonces:

—¡Hiena, ya eres libre!

La hiena mató a todas las cabras, escogió la más gorda y con ella se escapó.

La gente dijo entonces:

—¡Que lo encierren en el establo de las vacas!

Y allí lo metieron, pero el pollito dijo:

—¡León, ahora es la tuya!

El león salió del zurrón y terminó con todas las vacas, escogió la más gorda y la devoró en un abrir y cerrar de ojos.

El pueblo entero estaba furioso y decía:

—¡Este polluelo es un desvergonzado y no quiere morir! ¡Lo encerraremos con los camellos! Ellos acabarán con él.

Lo encerraron allí, pero el pollito dijo:

—Elefante, buen amigo, ¡sálvame la vida! Ahora es la tuya.

Y sacó al paquidermo del zurrón.

El elefante miró desafiante a los camellos y los aplastó, del primero al último.

La gente del pueblo fue a ver al rey y le dijo:

—Aquí en la ciudad no podemos con este polluelo insolente; paguémosle lo que se les debía a sus padres y que se marche. Le daremos caza en el bosque y recuperaremos lo que le hemos dado.

El soberano ordenó abrir su real tesoro y entregarle al pollito el grano de maíz que se le debía.

Y el pollito, feliz y contento, abandonó el pueblo con su grano de maíz.

Cuando vieron que se alejaba camino adelante, montaron en sus caballos, incluido el mismísimo rey, y se lanzaron en pos del pollito. Pero el pollito, que se dio cuenta del peligro, sacó rápidamente al guerrero del zurrón y le pidió:

—¡Guerrero, por favor! ¡Ayúdame! ¡Demuéstrales que eres de armas tomar!

Y el guerrero, antes de lo que se tarda en contarlo, hizo trizas a todos.

El pollito volvió entonces a la ciudad del rey y se quedó con todas las riquezas del palacio y él mismo se proclamó rey de aquel pueblo al que había conseguido vencer con la ayuda de todos sus amigos.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “El pollito que llegó a rey” con la voz de Angie Bello Albelda

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Kitete, el hijo de Shindo

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Ilustración: Mónica Pereiro

Había una vez, una mujer chagga, llamada Shindo que vivía en un pueblo al pie del monte Kilimanjaro. Era viuda y no había tenido hijos y como vivía sola, siempre estaba muy cansada, ya que tenía que encargarse de todo. A diario limpiaba su casa y barría el patio, daba de comer a las gallinas; iba al río a lavar la ropa; acarreaba agua del pozo; cortaba la leña; cocinaba…

Cada noche, al ocultarse el sol, Shindo elevaba su vista hacia el monte y rogaba:

—¡Gran Espíritu de la montaña!, estoy cansada. ¡Envíame ayuda!

Cierto día en el que Shindo limpiaba el huerto de malas hierbas, apareció a su lado, de repente, un hombre que habló así a la sorprendida mujer:

—Soy mensajero del Gran Espíritu de la Montaña. Siembra estas semillas de calabaza y cuídalas, porque ellas son la respuesta a tus plegarias.

Dicho esto, desapareció.

Shindo se preguntó: “¿Cómo podrán ayudarme unas semillas de calabaza?”, pero igualmente las sembró y las cuidó con esmero.

Asombrada, veía cómo crecían día a día. Tanto, que una semana más tarde, las calabazas ya habían madurado.

La mujer las cortó y se las llevó a su casa, les quitó la pulpa y las dejó huecas. Una vez preparadas, las colgó de una viga. Allí se secarían y se endurecerían y, cuando ya estuvieran listas, las vendería en el mercado para ser usadas como cuencos o jarras.

Separó y reservó para ella la calabaza más pequeña y la colocó junto al fuego para que se secara más rápidamente.

A la mañana siguiente, Shindo se marchó al campo a sembrar y mientras ella no estaba, las calabazas empezaron a cambiar. Les crecieron cabezas, brazos y piernas y, en poco tiempo, aquellas calabazas se habían trasformado en niños.

También la calabaza que Shindo había dejado junto al fuego, era ahora un niño y oyó como los otros lo llamaban desde la viga de la que pendían:

¡Kitete, hermano, bájanos de la viga!

Ayudaremos a mamá.

Bájanos de aquí, Kitete,

¡nuestro hermanito favorito!

Kitete ayudó a bajar a sus hermanos y hermanas de las vigas y ya en el suelo, los niños salieron de la casa y todos empezaron a cantar y a jugar en el patio…

Todos menos Kitete, que como había estado tan cerca del fuego, ahora era un niño débil y enfermizo, al que le costaba entender las cosas. Así, que mientras sus hermanos y hermanas cantaban y jugaban, Kitete los observaba sonriente, sentadito en la puerta de la casa.

Al poco, los niños dejaron de divertirse y pusieron manos a la obra: limpiaron la casa, barrieron el patio, alimentaron a las gallinas, lavaron la ropa en el río, acarrearon el agua del pozo, cortaron leña y cocinaron para que Shindo tuviera la comida preparada al regresar.

Cuando todo estuvo hecho, Kitete ayudó a sus hermanos a colgarse de la viga y poco después, todos eran de nuevo calabazas.

Al llegar Shindo aquella tarde, los vecinos le preguntaron:

—¿Quiénes eran esos niños que estaban hoy en tu casa? ¿De dónde han salido? ¿Por qué te ayudan con el trabajo de casa?

—¿Qué niños? ¿Os reís mí?” —contestó Shindo muy enojada.

Pero al entrar en su casa, se quedó atónita. ¡Todo el trabajo estaba hecho y su comida preparada! ¿Quién podía haber hecho aquello?

Al día siguiente, la historia se repitió. En cuanto Shindo se marchó, las calabazas se convirtieron en niños y gritaron a coro:

¡Kitete, hermano, bájanos de la viga!

Ayudaremos a mamá.

Bájanos de aquí, Kitete,

¡nuestro hermanito favorito!

Kitete los descolgó, jugaron un rato, terminaron las labores de la casa de la casa, subieron a la viga, y todos se convirtieron en calabazas de nuevo.

Una vez más, Shindo quedó desconcertada y decidió descubrir quién la estaba ayudando.

Al tercer día, Shindo fingió que se marchaba, pero en lugar de dirigirse al campo, se escondió para observar qué sucedía. Entonces vio a las calabazas convertirse en niños, y oyó como gritaban:

¡Kitete, hermano, bájanos de la viga!

Ayudaremos a mamá.

Bájanos de aquí, Kitete,

¡nuestro hermanito favorito!

Salieron de la casa, jugaron, hicieron los trabajos caseros y después, con la ayuda de Kitete, empezaron a encaramarse a la viga.

—¡No, no! —les dijo Shindo llorando— ¡No os transforméis de nuevo en calabazas! Seréis mis hijitos y os cuidaré y os querré.

Desde ese día, los niños se quedaron con Shindo, como sus hijos y ella ya nunca más estuvo sola. Todos juntos trabajaron tanto, que pronto mejoró la economía de la casa, y pudieron comprar un campo y un gran rebaño de ovejas y cabras. Todos hacían algo, excepto Kitete, que se quedaba junto al fuego sonriendo.

A Shindo esto no le importaba. De hecho, Kitete era su favorito, porque era como un tierno bebé. Pero en ocasiones, cuando ella estaba cansada o triste, pagaba su mal humor con él.

—¡Eres un niño inútil! —le decía— ¿Por qué no puedes ser inteligente como tus hermanos y hermanas, y trabajar como ellos?

Y Kitete la miraba y sonreía.

Un día que Shindo llevaba una gran olla a la cocina, tropezó con Kitete y se cayó al suelo. La olla de arcilla se hizo añicos y el guiso se esparció por todas partes.

—¡Muchacho tonto! —gritó Shindo— ¡Te tengo dicho que no te cruces en mi camino! Pero, ¿qué puedo esperar de ti si no eres un niño de verdad? ¡Solo eres una calabaza hueca!

En ese mismo instante, Kitete desapareció y en su lugar quedó la pequeña calabaza.

—¿Qué he hecho? —se lamentaba Shindo acariciando la anaranjada superficie— ¡No quería decir eso! Tú no eres una calabaza, tú eres mi hijito querido.

Los hermanos y hermanas de Kitete se miraron entre ellos, y todos subieron de un salto a la viga y al unísono gritaron:

¡Kitete, hermano, bájanos de la viga!

Ayudaremos a mamá.

Bájanos de aquí, Kitete,

¡nuestro hermanito favorito!

Pasó el rato y nada sucedía. Hasta que, de repente, la pequeña calabaza empezó a cambiar: le creció una cabeza, luego unos brazos, y finalmente unas piernas. ¡De nuevo era Kitete!

Shindo aprendió la lección, Kitete era distinto, pero no por ello menos valioso que el resto de sus hijos. A partir de entonces, tuvo mucho cuidado en repartir su amor entre todos por igual y ellos, a su vez, le ofrecieron consuelo y felicidad, durante el resto de sus días.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Kitete, el hijo de Shindo” con la voz de Angie Bello Albelda

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